ID de la obra: 941

Sangre y fuego y otras magias extrañas

Het
NC-17
Finalizada
1
Tamaño:
665 páginas, 354.131 palabras, 50 capítulos
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Con los ojos en el objetivo

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Desde su escritorio personal, Maegor se restregó la cabeza. Buscara donde buscara, no había en Rocdragón un regalo que fuera lo suficiente... (no tenía una palabra exacta para ello) ...para Ortiga. ¿Qué regalo podría valer por toda una vida de no tener ningún día de su nombre? No había ninguno. O tal vez si lo había, pero era algo demasiado grande para él. Por ahora. Pero mientras tanto, quería conseguir algo digno de su esposa. Hubiera preferido que fuera de su casa, para que ella supiera que de aquí solo tendría cosas buenas. Pero esta fallando en encontrarlo. Ya que los artesanos locales no tenían nada que le interesara, trató de conformarse con los de la Corte. Quizás no fueran de aquí, pero al menos estaban en la isla. Nada. Aplicó la misma lógica con los que se trasladaron temporalmente a su feudo, buscando la moneda que pudieran conseguir de cualquier patrocinador. Tampoco obtuvo ningún resultado favorable. Pensó en joyas, pero no encajaba. Una demasiado pequeña sería una burla a lo que buscaba, mientras que una demasiado grande sería una exageración para su muy práctica esposa, que buscaría vender la pieza por su valor en oro. ¿Qué le quedaba? ¿Ropa? ¿Algún perfume o chuchería brillante? Arrugó la nariz. No, no, no. Quería algo especial. Ahora, con su próxima marcha, parecía que tendría que renunciar a la idea de un presente originario de la isla. Su destino, por otro lado, era una de las Cortes más suntuosas de este continente: Alto Jardín. Quizás allí encontrara algo del gusto de su amiga. ¿No había dicho ella que su castillo era el más hermoso? Aunque el mejor era Rocadragón, por supuesto. Puede que allí hubiera algo especial y lo suficiente bonito para su consorte. Sin embargo, Maegor no tenía mucha fé en encontrar algo con estas características. Le gustaría que aquello que entregara no fuera solo atractivo, sino que le sirviera siempre a su compañera. Además, no creía que las cosas que a él le gustaban encajaran con el gusto de Ortiga. A ella le atraían las cosas bonitas, y él, que más o menos entendía el concepto, se perdía a la hora de elegir algo basado en semejante exigencia. ¿Por qué algo sería considerado bueno solamente por lucir bien? Parecía una característica de idoneidad ilógica. La razón de su partida también lo tenía nervioso, se admitió a sí mismo mientras golpeaba sus dedos en la mesa. El repiqueteo constante y rítmico calmaba un poco su inquietud. La razón oficial del viaje era la búsqueda de un acompañante para su esposa. La mayoría creería que se trataba de una dama de compañía, sin imaginar jamás la función que ejercería este nuevo compañero. Su madre prefería mantenerlo en secreto hasta el final. Mientras menos gente supiera, menos planes y medidas podrían tomar para detenerlo o contrarrestarlo. He ahí la importancia de mantener un secreto. El motivo real de este viaje era la escalada en la agresión de Balerion. La cual había pasado de simple intimidación, si se le podía llamar así a la actuación del colosal depredador, a enfrentamientos más físicos aunque aún ausentes de derramamiento de sangre. Todos ellos estaban de acuerdo en mantener separadas a las dos bestias durante un rato, especialmente después de su último choque. Todo había comenzado con una simple alimentación. El Ladrón de Ovejas, para sorpresa de nadie, prefería alimentarse de los cadáveres de corderos ofrecidos que de otras presas más grandes. Azogue se mantenía lejos del resto de sus mucho mayores congéneres, mientras todos se dedicaban a devorar a sus presas. Puede que los dragones no fueran en demasiado agresivos ni compitieran por la comida, siempre que hubiera exceso de esta, pero la juvenil dragona evitaba cualquier posible conflicto contra el resto de los titanes. Vhagar y Balerion consumían la carne que ellos mismos habían carbonizado a una distancia relativamente corta. Hacía mucho tiempo que se habían acostumbrado a la presencia el uno del otro y no eran ajenos a compartir. Cada uno de ellos bastante cómodo con la presencia del otro dragón. Nyxia por su parte, había sido un dragón salvaje hasta su reciente vínculo con su esposa, y eso se podía apreciar mientras comía. Engullía los ovinos sacrificados con demasiada ferocidad, protegiendo sus restos de cualquier intrusión de sus semejantes. Alas semi extendidas y vigilante de su entorno, el gigantesco reptil se encontraba preparado para reaccionar a cualquier intento de robo. Ni siquiera Vhagar, con quien se había acercado bastante, podía aproximarse demasiado sin recibir un siseo de advertencia. Lo suyo era suyo y el dragón marrón no lo compartiría. Todos eran competidores para él, desde sus compañeros draconianos, hasta los encargados de alimentarle. Todos recibían alaridos y chasquidos de amenaza si no dejaban un espacio prudente entre ellos y la carne caprina. Los cuidadores pronto aprendieron a alejarse de su presa antes de que se le acabase la paciencia al muy posesivo animal. Solo su esposa, que contemplaba a su lado el espectáculo, habría podido pegarse a él y salir entera. Ortiga le había dicho que ya lo había hecho, y mientras que el resto de los seres podría esperar ser reducidos a cenizas por la bestia marrón, su esposa solo había recibido llamados tiernos y un empujón para que se alimentara también del cordero. Si bien Nyxia no dudaba en dividir su alimento con su jinete, los demás podían esperar fuego si cruzaban sus muy marcados límites. Por semejante territorialidad con la carne, tendría sentido que la otras criaturas se alejaran de su cena. Todos así lo hacían, hasta que solo uno se atrevió a romper tal regla y ese fue la única bestia capaz de enfrentarle. Balerion el Terror Negro, buscaba continuar su desafío. Solo que tal vez, no esperara una reacción tan explosiva como la que recibió. Maegor fue un espectador directo de la situación. Ver a todos los dragones que quedaban en el mundo era un espectáculo demasiado interesante para perdérselo. Era tan atractivo observar como interactuaban los unos con los otros en el reducido grupo. Su esposa, que compartía su fascinación por los inmensos reptiles con él, también había acudido para ver lo que no era un evento tan raro ni digno de contemplar para el resto de los Targaryen. Ella se había burlado de que ambos fueran un poco raros y él, sin contestarle, había quedado satisfecho. Le complacía la idea de ser raros juntos. Fue entonces cuando Balerion, al parecer lleno hasta la saciedad, había cruzado las fronteras invisibles que había establecido Nyxia para alimentarse de varios corderos quemados y aún humeantes. Su acercamiento pasó desapercibido al principio, menos para Ortiga. Había algo en Balerion que la intimidaba y la mantenía siempre consciente de él. Tendría sentido si fuera su tamaño, o su color oscuro que parecía absorber la luz, pero no. Ella seguía refiriéndose a otra cosa que sentía y era complicado explicar con palabras. Sí, a él le pasaba mucho eso. Balerion siguió su paso único de los dragones, que usaban sus alas dobladas como patas delanteras, para acercarse cada vez más a su erizado competidor. Al principio, quizás como hicieron el resto de los cuidadores, Maegor había pensado que la montura de su padre solo buscaba otra posición, o alzar vuelo. Pero quedó claro bastante pronto que se aproximaba a Nyxia. El dragón marrón no se perdió el acercamiento del macho mayor. Tragó con saña la presa que tenía dentro de sus fauces y cubrió con su cabeza los restos ardientes donde descansaba su comida. Un gruñido traqueteante comenzó a salir de él. No detuvo a Balerion. Vhagar, desde donde estaba devorando un caballo, solo alzó la su coronada cabeza para luego decidir ignorar lo que sea que pasará. Azogue, mucho menor, detuvo todo lo que estaba haciendo para vigilar la reacción de los dos animales que fácilmente lo aplastarían. Ante el avance del Terror Negro, el Ladrón de Ovejas comenzó a extender sus alas, avisándole al otro macho que condideraba intolerable su presencia y que no renunciaría a su cena. El dragón del rey no parecía interesado en la comida. Se acercó por detrás al macho espinoso y se mantuvo quieto. Eso antes de que lanzara su mordisco. No hubo sangre, ni realmente carne atrapada entre sus dientes. Un momento estaba quieto y al siguiente, Balerion había cerrado sus mandíbulas en un rápido movimiento en el aire cerca de la grupa de Nyxia. El tamaño de los dragones engañaba a muchos que esperaban reacciones más lentas de criaturas tan grandes, y olvidaban que eran depredadores en la cúspide de su poder. El amago del mordisco ocurrió en un parpadeo. El chasquido resonó en la playa. Maegor juró que todo quedó paralizado un instante, incluso el viento que soplaba sobre las olas. Nyxia no reaccionó bien, pasando de la protección y celo al combate. Su alarido fue uno de guerra y batalla. Puede que no fuera profundo, pero fue lo suficiente largo y estridente para hacer retroceder al Terror Negro. Muy pronto, dos pechos draconianos chocaban con fuerza. Nyxia empujaba y agitaba sus alas contra la imponente figura que le había acechado momentos antes, mientras lanzaba gritos de furia. Balerion respondía con sus propios bramidos, aunque no tan profundos y estridentes como pudieran ser. Azogue, alertado por la pelea, emitió su propio grito para abandonar el área en un vuelo apresurado. La dragona de su hermano no quería quedar inmiscuida en nada, al parecer. Vhagar, quizás notando que competían por la comida o algo más, y no por ella, continuó comiendo sin preocuparse por el choque de titanes que ocurría a su alrededor. Los hábitos de alimentación territoriales de Nyxia la habían situado a una distancia prudente del conflicto, y no parecía interesada en renunciar a su asado. Mientras tanto, los embates de Nyxia y Balerion levantaban arena por todas. Más de una roca fue aplastada bajo su peso, y de quedar atrapados bajo sus extremidades, cualquier humano desaparecería. Todos los presentes comenzaron a retroceder con celeridad, incluso él sintió la necesidad de ello. Retroceder lejos de dos dragones enfrascados en una pelea no era cobardía, era sentido común. Fue a tomar el brazo de su mujer, viendo que no se movía, para sentirla rígida y fría. Un vistazo a su rostro la mostró más pálida que nunca, con un bigote de sudor adornando su labio superior. ¡Lo va a matar! - dijo con desesperación. Y estaba seguro de que no se refería a que su dragón sería el causante del daño. Las dos bestias habían terminando sobre sus dos patas, y la diferencia de tamaño era abrumadora de esta manera. Balerion triunfaba sobre Nyxia con posiblemente más de medio siglo a su favor, y eso se notaba a simple vista. No sólo tenía mayor altura y envergadura, sino que su masa debía ser el doble, por lo menos. Es no impedía que Nyxia se mantuviera sin retroceder. Se lanzaban el uno al otro mordiscos en el aire, y chispas de fuego negro y rojo escapaban de sus narices. Por suerte, no había habido ninguna llamarada directa todavía. En un momento dado, los dragones decidieron renunciar a las falsas mordidas y comenzaron a aprovechar su posición para intercambiar agresivos golpes con sus cuellos. Impulsaban por así decirlo su pescuezo contra el cuello contrario, buscando la dominancia, en vez de hacerlo más definitivo y arrancar la garganta de su enemigo. Aunque aún alertado, esto convenció a Maegor de que no buscaban matarse. Sin embargo, en ese momento parecía más una mentira que se decía a si mismo. Un empujón de Balerion impulsaba a la bestia llena de púas de Ortiga hacia atrás, pero esta no renunciaba y devolvía el doble de golpes. Llegando a la misma conclusión que él, que esto era menos sobre matarse y más sobre quien mandaba, Ortiga trató de detener a su montura. ¡Daor! ¡Lykirī, Nyxia! - exigió su esposa, aunque con los bramidos de los dos colosos, y los ruidos de sus choques, dudaba que ella fuera audible para nadie excepto él - ¡Lykirī, Nyxia! ¡Kelīs! Como no obedecía, trató de acercarse. Maegor la contuvo, pero con un arranque brutal consiguió evadir su agarre antes de salir disparada hacia los combatientes animales. Él no dudó en perseguirla para intentar arrastrarla de regreso a una posición más segura. Cuando la atrapó a medio camino, ella continuaba tratando de gritar - ¡Lykirī, Nyxia! ¡Lykirī! Su acercamiento pareció activar algo en Vhagar, que con un estridente llamado logró detener de forma efectiva la pelea. Los dos machos detuvieron los golpes y se separaron entre refunfuños. Vhagar simplemente resopló y volvió a su cena. Nyxia retomó su posición alrededor de sus muy chamuscadas ovejas, no sin antes acercarse a Ortiga con quejidos que no se correspondían a su tamaño. Balerion se marchó en sentido contrario, no sin dedicar una ultima atención a su rival. Aunque más potentes, sus cortos ladridos sonaban igualmente a quejas lanzadas a quien quisiera escucharlas. No sonaba como un macho que se sentía vencedor. Maegor había tomado a Ortiga del brazo y la había llevado lo más lejos que podía de los dragones, en especial del suyo, para solo entonces comenzar a gritarle él mismo. Le gritó por actuar sin pensar y arriesgarse de esa manera. Le gritó por intentar interponerse entre dos dragones furiosos. Le volvió a gritar por ponerse en peligro de esa forma, y arriesgarse a morir contra una fuerza en la que ni ella ni él tenían oportunidad de oponerse. Fue solo todo el autocontrol que reunió a lo largo de su vida lo que le impidió tomarla y agitarla. Su mujer se quedó quieta, con sus ojos abiertos y pasmados, aunque sin una pizca de miedo. Él siguió maldiciéndola y elevándole su voz hasta casi quedarse ronco, consciente de que un solo mal movimiento y los dragones hubieran podido acabar con ella. Ahora, pasado todo el asunto y pensándolo con calma, se dio cuenta de que no debió haber hecho eso. Pero había estado asustado como nunca, su corazón latiendo tan fuerte que le dolía el pecho dentro de sus costillas. Un simple empujón mal dado y él se quedaba sin amiga. Se sacudió de nuevo su corto cabello. No. No debió gritarle. Ahora tenía que pedirle perdón por ello. Quizás conseguirle un regalo para suavizarla. ¡Maldición! No había conseguido su primer regalo y ahora tenía que conseguir otro. Uno que dijera: perdón por gritarte, pero si haces eso de nuevo, lo volveré a hacer. Suspirando por los embrollos en los que se metía, fue avisado que un hombre del Feudo solicitaba una audiencia privada con él. Maegor sabía de esta persona, su familia había servido con fidelidad a los Targaryen desde mucho antes que la Maldición, pero no entendía que quería con él. El príncipe no requería de sus servicios en este momento y de haber cualquier problema, debería ser consultado con su madre. Aún le faltaban dos años para ser el Señor oficial de Rocadragón. Por un momento pensó en negar su solicitud pero se abstuvo. Durante el Progreso Real con su padre, Aegon se había detenido en infinidad de ocasiones a mediar conflictos, siendo estos muchas veces problemas de simples labriegos que se hallaban al costado del camino. Cuando Maegor preguntó porque un rey desperdiciaría su tiempo atendiendo a un súbdito tan pequeño, recibió una explicación inesperada. No era cuestión de arreglar lo que los aquejaba, había dicho su padre, sino de que se sintieran escuchados. Un simple campesino no valía mucho en el gran esquema de las cosas, pero la impresión que se llevarían de ti era lo que compartirían con familiares y amigos, que a su vez harían lo mismo con los suyos. De esa manera, hasta el mismo pueblo llano tendría sus propias creencias de como era el rey para ellos, y dicha opinión correría de boca en boca, ya fuera positiva o negativa. Maegor se había molestado por esto, porque la imagen de un rey dependiera de simples rumores y no de sus ya probadas acciones. Su padre se había reído de él, después de todo ¿escuchar a un labriego y resolver sus disputas no era también una acción? Maegor quería ser visto como un señor tan activo y justo como su padre. A pesar de no ser el Señor de Rocadragón, todavía, podía empezar a actuar como se esperaría de él. Después de todo, pronto sería su lugar y lo correcto era prepararse para asumir la responsabilidad. Tomada la decisión, ordenó que el solicitante fuera trasladado a su presencia. El hombre que se presentó frente a él nunca sería un guerrero, sus pasos demasiado calmados y su mirar mientras observaba todo era muy suave. Aún así, no sería tan estúpido como para despreciar su fuerza. De complexión enjuta y fibrosa, y de piel bronceada y curtida por el sol, esta persona había nacido para la resistencia. Aparte de algunas hebras de color ceniza, que algunos confundirían con la edad pero Maegor sabía que poseía toda su familia, no había nada que destacara en él. Tendría unos cuarenta y tantos años y vestía un jubón de lana verde y botas de cuero fino, pero cuyo brillo se hallaba opacado por el uso. Nadie lo confundiría jamás con un noble, pero a diferencia de muchos, no se doblegó ante su mirada. Su reverencia fue tranquila y practicada. El gesto de un hombre que conocía de estas formalidades pero no se subordinaba a ellas, y por encima del perfume de jabón fino, podía captar el ligero aroma que venía de ejercer su oficio. Desde su escritorio, Maegor aceptó la reverencia y esperó a que hablará. Como no lo hizo, se impacientó un poco. Lo miró con firmeza antes de exigir: ¿Qué vienes a decir? Habla. - se encogió un mínimo por dentro, por su propio tono más que autoritario. ¿No se había dicho que tenía que ser más cortesano en sus modales? A su favor, la persona frente a él no retrocedió. Lo analizó con una calma que no esperaría de un plebeyo que se dirige a un príncipe, antes de que el hombre suspirara y le dirigiera unas palabras tan calmadas como sus pasos. Buenas tardes, Su Alteza, y perdone la impertinencia de presentarme sin ser llamado. - esta bien, tenía que admitirlo: su voz tenía una cualidad sedante que habría sido más efectiva que la leche de amapola - Asisto ante usted por una situación fuera de lo común. - el primer rastro de nerviosismo se presentó en él mientras miraba a su alrededor - Como debe saber, su hermano es un gran entusiasta de mi trabajo y por lo mismo, un ferviente patrocinador. Lamentablemente, ha llegado hasta mi conocimiento varios rumores confirmados de sus irregularidades. Tratando de no cambiar el semblante, Maegor sintió que se alejaba de la explicación. Su hermano tenía unas cuantas deudas y pagos atrasados allá en Desembarco del Rey. Sin embargo, juraría que escuchó decir a su madre que Aenys había recibido suficiente moneda como regalo por su futuro hijo para empezar a solventar sus deudas. Y además de ello, aún sobrarle para prepararse para su próximo bebé. Suponía que los artesanos de la isla o la Corte aún trabajaban con la idea de que el príncipe heredero tenía pagos atrasados. Frunció el ceño. Era eso, o sabiendo de sus recientes deudas, dudaban en confiar en la rapidez del pago de su hermano. Vaya. Se rascó una ceja, eso de mantener una imagen para el pueblo llano empezaba a tener más sentido. Aenys estaba saldando sus pagos atrasados, y durante mucho tiempo fue un efusivo comprador. Aún así, tras su reciente tropiezo y los chismes que debieron surgir, las personas que antes buscaban su atención ahora dudaban en ofrecerle sus productos. Bufó. No podía negar que sentía un poco de resarcimiento por lo de su fiesta. Aenys, el amado por todos, no contaba con la confianza de los artesanos cuyos productos tanto apreciaba. Pero, ¿qué tenía que ver eso con él? ¿Aenys les debía algo y esperaba que Maegor lo presionará para pagarle? Estaban hablando con el miembro de la familia real equivocado si ese era su objetivo. Suspiró por el desperdicio de su tiempo, cuando tendría que partir muy pronto en un viaje lo suficientemente largo. Por otro lado, serían solo Ortiga y él en un viaje en dragón, actuando como una pareja y visitando lugares juntos. Agitó sus pies bajo la mesa. Eso sonaba como algo satisfactorio. Por ello, cuando el rey Aegon acudió para la compra de la última adquisición de su hijo mayor, no pudimos ofrecerle debido a la condición en la que de encontraba... - el hombre continuaba su discurso en un tono monótono, que más que aburrido, conseguía ser de alguna forma relajante - Es por ello que conociendo que se encuentra buscando un regalo para su novia, quería ofrecerle mis productos. Generalmente el príncipe Aenys tendría prioridad cuando se tratará de una pieza como esta, - esto captó su atención con una celeridad pasmosa - pero me pareció más sensato ofrecerle la primera opción. Maegor observó con renovado fervor al hombre. Lo que este servidor ofrecía eran solo productos de la más alta calidad. Incluso sus desechos eran comprados como joyas finas por otros nobles. La adquisición de algo de él reunía todos los requisitos que hubiera exigido para él mismo, y si creía que Aenys estaría tan interesado en ello, era señal de que era algo bello. Aenys solo gustaba de comprar cosas hermosas. Quiero verlo. - exigió, esta vez sin importarle como sonaba su voz. Presentía que le regalo de Ortiga estaba finalmente a su alcance. El siervo se removió tranquilo - No lo traje conmigo, mi Señor. No quería asumir que usted lo compraría solo porque sí. Solo acudí a informarle. Bien. - Maegor asintió - Me interesa. ¿Dónde está? Quiero verlo y mientras más pronto, mejor. Se encuentra en mi casa. - admitió el hombre. Bien, la casona de su familia quedaba en las afueras del pueblo con dirección al castillo. Aún quedaba suficiente luz del día para un viaje de ida y vuelta - Muy bien. Si vamos ahora, podré regresar antes de que el sol se ponga por completo en el horizonte. ¿Ahora, mi Señor? - preguntó, sin expresar ningún nivel de duda aún ante el exabrupto comportamiento de su príncipe. Si, ahora. Si lo que ofreces me complace, negociaremos. Pronto partiré de viaje. - el plan ya se formaba en su mente - De realizar la compra, la traeras al castillo tras mi partida. Así sorprenderé a mi novia con mi regalo. De repente, una sensación de corrección lo llenó. A su esposa le gustaban las sorpresas. Lo había visto cuando le dio sus preciosas tintas de colores, tan útiles y brillantes que aún le sorprendían. Él le devolvería el favor. Ortiga tendría un regalo tan útil como bello, y conociéndola como la conocía, le encantaría. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Así que la esposa de mi hijo esta huyendo de la princesa Orthyras. - aunque meditabundo y con una expresión que no revelaba nada, Ceryse podría jurar que escuchó la diversión en la voz del rey. Como ya era rutina, Ceryse se encontraba en uno de los aposentos más abiertos del monarca, intercambiando lo que era para todos una charla trivial. El copero de Aegon en una esquina mientras que Lorena Peake, su dama de compañía, se encontraba en la otra. Afuera en las puertas abiertas, pues ellos no tenían nada que ocultar, se hallaban dos miembros de la Guardia Real. Esto era increíblemente favorable para Ceryse. Cualquiera que investigara, sabría que Ceryse era la encargada de la dirección de todas las funciones femeninas de la Corte de Aegon, tras la reciente renuncia de la reina a encargarse de ellas. A Alyssa le correspondería tal posición, pero había fallado en sus diligencias para con su suegro y ella había sabido llenar tal posición. Como resultado, cada cierto tiempo se reunía con el gobernante de todo Poniente en un escenario privado y a la vez, a la vista de todos, para acallar cualquier rumor malicioso. Así, hasta el cortesano más despistado, vería en ella a la nuera más favorecida del Conquistador. Si mi fuente es confiable, y lo es, - Alyssa había reunido varias damas importantes a su alrededor para elevar su influencia, pero había olvidado algo muy importante. Debes dar para recibir. A esas mujeres, o al menos la mayoría de ellas, no se conformarían solo con el título: damas de compañía de la futura reina. Sino que esperarían ser tratadas como tal. Incluso si supieran que eran consideradas simples accesorios, lady Velaryon debería al menos disimularlo un poco mejor. Pero ya sabes lo que dicen, de cerca es más difícil ocultar una mentira - tras la disculpa - casi bufa al usar la palabra - de la princesa, lady Alyssa evita toparse con ella. A más de quince días de aquel evento, la que se creía la próxima reina de Poniente había estado muy consciente de su lugar con respecto a la princesa extranjera, y huía de su paso como si trajera la plaga con ella. Lylian Darklyn, su espía dentro de su círculo privado, le había comentado sobre ello. A Ceryse se le había dificultado un poco encontrar una grieta en la que interceder cuando Alyssa reunió a sus subordinadas, pero increíblemente, había sido la dama de Fuerte Pardo la primera en buscarla. Antes de su brillante estrategia de reunir a la lady más importante de cada reino para servirle, y tenía que admitir que era una buena idea, Alyssa solo se codeaba con otras Velaryon. Primas y parientes que se arrastraban por su favor, dejando en las afueras de su gracia al resto de las mujeres de la Corte del rey. Con las invitaciones que había enviado, estas damas esperaban encontrar un lugar de honor a su lado, pero solo encontraron servidumbre. O bueno, algunas de ellas. Alyssa dejaba en la periferia de su grupo a la compañía más hermosa que le podía hacer abierta competencia. La Darklyn quedaba en el rango intermedio, no expulsada hacia las afueras, como tampoco en su círculo más íntimo. No sabía que enfurecía más a la mujer nacida en Valle Oscuro, que Alyssa mantuviera una breve distancia de ella, o que no la considerara lo suficiente bella para alejarla por completo. Es por ello que se había acercado a Ceryse, que había sembrado amistades en la corte de Desembarco con todas las damas de las Tierras de la Corona que se hallaban presentes antes del movimiento de la caballito de mar. Hacer amigos antes que enemigos daba sus frutos, y Ceryse ya tenía un ojo para vigilar a Alyssa. Pronto y si todo le salía bien, tendría otro. Ya que según lo que le contaba Lylian, Melessa Caron era tratada más como el juglar de su grupo que como un miembro. La dama marqueña, a pesar de haber heredado el cabello negro y los ojos azules de su abuela Durrandon, poseía la voz clara con la que había sido bendecida su Casa durante generaciones. Las primeras veces en las que Alyssa pidió, muy amablemente eso sí, que cantara mientras bordaban, lo había tomado como un honor. Pero no se detuvo tras esas primeras veces. En cada ocasión, en cada actividad, quedaba reducida a ser el entretenimiento. Menos una amiga o consejera, más como su única función, excluida de las confidencias y chismes. Si Ceryse movía bien los hilos, y por supuesto que lo haría, pronto tendría otra aliada infiltrada en el núcleo de Alyssa. ¡Brillante! No me has podido dar mejor noticia, Ceryse. - le dijo un satisfecho Aegon. Aunque ninguna sonrisa adornaba su regia cara, si podía ver las comisuras de sus labios elevarse - La princesa Orthyras esta resultando ser muy útil. Ya que Alyssa no daba señas de enderezarse con la influencia de su madre, quizás ahora lo haga por las malas. - mencionó el soberano antes de beber de su taza. Ceryse también bebió de la suya mientras cruzaba su mirada por un instante con lady Peake. La receta que bebían, una infusión de manzanilla con un toque de salvia, había sido idea su prima. La dama de Picaestrella sabía de estos remedios más que ella, que siempre había contado con la presencia de un maestre para ello. Ceryse había aprendido como hacerlo para ofrecerlo como muestra de respeto y preocupación por el rey, y también aconsejada por Lorena que veía como la presión del gobierno afectaba al monarca. Había sido un éxito con Aegon, en especial luego de agregarle una cucharada de miel para endulzar su amargor. La recepción pública había sido más complicada. Había intentado hacer la bebida las primeras veces en las cocinas del castillo, en el estrambólico dragón humeante, pero no fue tan bien recibido. Esperaba hacer un espectáculo de virtud, la nuera comprometida con la salud de su padre político, al mismo tiempo en la que se aseguraba que todos vieran que no buscaba envenenar al rey. Había esperado el escrutinio del personal, pero no la vigilancia hostil. La sensación de que era una intrusa no apreciada. Pronto notó muchos rasgos únicos. La cocina debía estar llena de bastardos de los dragones o sus descendientes, que al contrario de su esperada naturaleza, eran muy leales a la Casa Targaryen. O más precisamente, a Visenya. Ceryse no era apreciada, y supuso que su intento de echar a una sirvienta por aferrarse a sus creencias ridículas, no la elevó en sus aprecios. Hubiera sido distinto de no ser por Orthyras, defensora de lo absurdo, razón por la cual el resto de los sirvientes se sentían seguros en sus puestos. Pero por otro lado, la presencia de Visenya se interpondría en la total aceptación de los siervos hacia ella hiciera lo que hiciera. Bueno, sopló su infusión caliente para alejar la frustración, no tenía sentido lamentarse por lo que ya había pasado. Una pizca de ansiedad se empezó a apoderar de ella mientras Aegon, a su lado, parecía regodearse con la vicisitud que atravesaba Alyssa. En parte lo comprendía. Como padre, quería que su heredero triunfara y no lo haría mientras tuviera un peso muerto como la Velaryon arrastrándolo hacia abajo. Así que tenía que corregir a Alyssa o deshacerse de ella. No es que Ceryse creyera que a Aenys le fuera muy bien por su cuenta. Aún así, no le gustaba para nada los elogios que dedicaba el rey a la princesa. Ceryse aspiraba a ser su apoyo indiscutible, y no lo lograría si el Conquistador creía que la chica valyria le servía mejor. Aún así, no podía quejarse. Las mujeres que se quejaban eran molestas y no quería que se asociara con su nombre otra cosa que no fuera efectividad. Así que apretó sus labios mientras miraba su taza casi vacía y la terminó de beber de un trago. Solo entonces se dio cuenta del silencio. Miró asustada al rey para ver la diversión brillando en esos preciosos ojos púrpuras. Era un choque y a su vez una contradicción la semejanza que compartía con su marido. Aunque los orbes de este último eran de un violeta hermoso, Ceryse no creía que pudieran competir contra los ojos del Aegon el Dragón. Después de todo, el monarca era la mejor versión. Sin embargo, aunque fuera solo físicamente, la diferencia de color de sus iris era la mayor diferencia externa que parecían compartir. Ah, y las pestañas. Maegor tenía esas pestañas alzadas y tupidas que matarían de envidia a cualquier damisela. A parte de ello, compartían la misma mandíbula cuadrada, que empezaba a marcarse ahora en el príncipe, el mentón obstinado y la nariz recta y firme. Su cabello era una mezcla de dorado y plateado, pero eso era lo mismo para toda la familia excepto la infante Rhaena, con rizos casi del color de la plata pulida. E incluso fruncían el ceño de manera semejante. Era en los gestos y el semblante donde variaban como individuos. De Maegor conocía poco, aparte de su aire de eterna desaprobación. Su Señor esposo compartía la cama con ella en la búsqueda de un heredero y la abandonaba lo más pronto posible, sin todavía aceptar su idea de doblar sus esfuerzos e intentarlo también por las mañanas. Pero por lo que sabía de él, su carácter era más bien serio o resabioso, o enviaba a todos miradas francamente disgustadas. Su padre, por otro lado, tenía un aura más melancólica y misteriosa. Era un hombre sabio y más maduro que se había enfrentado a grandes logros y grandes derrotas en la vida. Y a pesar de ello, o quizás debido a ello, conservaba la afabilidad para que estar a su alrededor se sintiera ameno. Ceryse, que había conocido a muchos nobles de todas las edades y todos los estatus, nunca se había sentido tan bien escuchada como por este hombre que no podía desentrañar. Es por ello que se quedó descolocada ante su inesperada diversión. ¿Qué ocurre, mi rey? - preguntó dubitativa, mientras apretaba los dedos de los pies en sus zapatos de tela fina. Nada, lady Ceryse, - tarareó el monarca mientras terminaba su cálida bebida - solo disfrutaba de la calma. Esto - agitó el recipiente vacío en su mano - tiende a ser muy relajante en las tardes más duras. ¿Me podrías servir más? Por supuesto, mi rey. - dijo encantada. Desde que comenzó a agregar miel, era más común que el Targaryen se atreviera a recargar su vaso. El hecho de que el rey también bebiera sin comprobar la existencia de ningún veneno, para desaprobación de su copero, llenaba de orgullo el pecho de Ceryse. Tenía la confianza implícita del monarca en ese caso, y ¿puede haber mayor señal de fé que estar seguro de que no atentaría contra su vida? Aegon el Dragón agitaba su bebida con una pequeña cucharita plateada y luego daba sorbos suaves a la cálida infusión antes de suspirar con calma. Sí. Al menos en este punto, Ceryse ya tenía a su favor la absoluta seguridad del rey creía en ella lo suficiente como para arriesgarse de esa forma. De repente, un suspiro más pesado salió del hombre a su lado - Sabes, Ceryse... Lamento si te sientes incómoda si te llamó así, querida. Oh, no. No se preocupe. - todo dentro de ella se agitaba por la cercanía - Es un honor. Un honor que no se atrevía a devolver. Al menos aún no. Pero la falta de títulos para responderle tendría que bastar. Aegon asintió y suspiró de nuevo - Sí. Sabes, no te he agradecido por tu labor. Te has hecho responsable de las tareas que dejó Visenya con una pulcritud que me sorprende. Y has sido tan útil e inteligente es otros aspectos, demasiado madura. Bastante inesperado para alguien tan joven. No hable como sin usted fuera tan mayor, mi rey. Todavía es un hombre en la flor de la vida. - algo mayor que su propio padre, pero sus hábitos mucho más sanos lo mantenían en una forma a la que su progenitor no podía aspirar. Me halagas demasiado, Ceryse. Y eso que si a algo esta acostumbrado un rey es a los halagos. - de pronto, algo pareció asentarse sobre sus todavía poderosos hombros - Ah, Ceryse, si conocieras el peso completo de gobernar. No puedo imaginar lo que se siente su responsabilidad. - admitió con franqueza. El rey resopló - No es tanto el ahora lo que me preocupa, sino el mañana. La dama Hightower trató de no emocionarse, o al menos no actuar como tal. Así que mantuvo su postura serena aunque no pudo evitar erguirse un poco. Esto sonaba a confidencia. Mi hijo Aenys es más como su madre. - dijo el Conquistar con un deje de emoción - lo suyo es la política y el encanto. Lamentablemente, - suspiró - no tiene la agudeza ni la mano firme necesaria para sostener el trono en su totalidad. Ceryse solo podía asentir con conmiseración ante lo que decía. La verdad que asolaría a cualquier gobernante. Sin embargo, por debajo de ello, se agitaba el fervor. ¡Lo había logrado! ¡El rey confiaba tanto en ella como para hacerle esta, suponía que para él, muy difícil confesión! El príncipe Maegor por otro lado es fuerte, es recto. Quizás... Quizás demasiado recto. - ella asintió con calma, entendiendo lo que quería decir - Sería un buen líder si no fuera tan rígido. Y que a diferencia de mi hijo, carece del carisma necesario para ser un cortesano exitoso. Cierto. El muchacho le parecía a Ceryse en ciertas ocasiones, algo lento de entendederas. Con algunos episodios de brillantez repentina, pero esos eran menos que comunes. - Era mi idea, y perdón por poner este peso sobre tí, convertir a tu esposo en un pilar que pudiera sostener a Aenys. Un hijo para la política y otro para el campo de batalla. El heredero para la seguridad, y el repuesto para asegurarlo todo. Justo como funcionaban las Casas más astutas. El rey frunció el ceño de una forma que conocía muy bien - Entonces llega Alyssa y destruye con sus pies lo que armo yo con mi cabeza. - unos dedos firmes acariciaron sus sienes - Al menos ahora, la princesa Orthyras se presenta como un instrumento para mantener en su lugar a orgullosa Alyssa. ¿No es divertido como, buscando una segunda novia para su hijo, Visenya encontró un látigo para recordarle su lugar a la futura reina? A Ceryse no le gustaba que hablaran de Alyssa como la próxima reina, aunque de cierta manera suponía que era la verdad. Lo que sí apreciaba era la forma de referirse a Orthyras. Como un instrumento. El rey tenía razón. La princesa era otra pieza en el tablero. Una más difícil de controlar, pero una pieza al fin. - Sin embargo, me preocupa la princesa por eso mismo. Si ella controla a Alyssa, ¿quién la controla a ella? Una pregunta difícil. Si bien Ceryse le gustaría encargarse de ello, no creía tener suficiente poder todavía para ser capaz de ordenarle algo a la otra mujer de su marido. O nada, para el caso. Orthyras obedecería, pero no por obedecer, sino simplemente porque quería. De no querer, la dama del Dominio no podría obligarla con nada. No pudo evitar retorcer los dedos de su mano por la frustración. Oh, no. Ceryse querida, no te preocupes de esa forma. - Aegon palmeó co suavidad los agarrotados dedos de sus manos - No te pido que hagas algo. Me conformo con que te mantengas alerta y la vigiles. Después de todo, has demostrado tener una mente fría para los dramas, y solo intervendrías como última opción. Eso... Eso sonaba más factible. Ceryse podría encargarse de ello. Solo se metería en medio si la situación era desesperada. Ayudame con esto, Ceryse, y te lo deberé. - el padre de su esposo, de su muy infantil y poco maduro esposo, a pesar del tamaño que ya había alcanzado, la miró con intensidad - Vigila que Alyssa aprenda su lección sin destruirse. Así como vigila también que la princesa Orthyras discipline pero no aplaste. Es un equilibrio delicado y supongo que solo puedo confiar en ti. ¿Me harías ese favor? ¿Qué el líder que gobierna sobre los siete reinos este en deuda con uno? ¿Y qué creyera que tal tarea solo podía recaer sobre sus hombros? Ese sería el sueño con el que fantaseaban los más importantes Lores del continente. Y Ceryse no desperdiciaría la oportunidad. Aunque para ello tuviera que cortarse el brazo. Luego de aceptar la propuesta, prácticamente se sintió flotar en una nube de satisfacción. Se despidió con una sonrisa de alegría no fingida y salió por la puerta decidida a no fallar por ningún medio. Para obtener algo, tienes que entregar algo más a cambio. No era tan estúpida para creer que cualquier cosa relacionada con el poder no fuera una transacción. Ceryse no era alguien ingenuo, solo que consideraba este un muy buen trato y estaba más que dispuesta a pagar el precio. En el aposento notablemente más vacío, Aegon agitaba una vez más la mezcla con la pequeña cuchara, agregando más miel a la infusión. Cuando terminó, se fijó bien en el plateado material. Estaba impoluto y ni una sola mancha negra marcaba su superficie. Excelente. Una preocupación menos. Bebió sin dudar, consciente que desde su juventud y su temprana visita a Antigua, la idea de su hermana de desarrollar inmunidad contra ciertos venenos era la correcta. Se arrepentía profundamente de no haber seguido el consejo de Visenya y haber aplicado lo mismo con Aenys. Pero eran un niño tan frágil... Ahora habría sido un buen momento para comenzar a desarrollar resistencia, pero con el estado de sus relaciones con su hermana, estaba muy consciente de que esta se negaría. Observó por donde había salido una de las esposas de Maegor, la que era más codiciosa al parecer, y se contuvo de bufar. Niña tonta. Niña tonta y manipulable. Queriendo jugar un juego solo para convertirte así de rápido en una pieza tan receptiva y moldeable. Bueno, dijo probando la bebida, al menos no había tratado de endulzarlo con vino. El mejunje de hierbas al menos servía para algo más que recreación, y en definitiva, ayudaba a dejar escapar lo último de su tensión que le apretaba los músculos. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Una sola mirada, bastó una sola mirada a su promesa, y el príncipe Maegor se había girado hacia él para lanzar un escueto - Me sirve. Será el regalo perfecto que buscaba para mi novia. Negociemos el precio. No podía decir que lo había sorprendido demasiado pero fue algo inesperado. Tanto el príncipe como su madre eran compradores suyos, así como el rey y por supuesto, el príncipe Aenys. Este último lo rondaba siempre cuando producía lo que el llamaba "sus más atractivas joyas". Un poco tonto, se dijo resoplando para sí mismo, cuando evaluaba lo que producía por su belleza y no por todo el trabajo que puso en ello. Las características que todos los demás apreciaban. Pero uno no le decía eso en la cara a un príncipe, incluso uno que era tan afable y dispuesto a ser complacido como lo era el hijo mayor del Conquistador. En este caso, por supuesto, ambos factores se combinaron. Lo que pareció complacer aún más al príncipe Maegor. No es que la negociación se la pusiera fácil, era el hijo de Visenya después de todo, pero el precio acordado fue más que justo. El hecho de que el segundo hijo del rey prometiera pagar al contado en el momento en que fuera trasladado su premio al castillo, lo tenía suspirando de alivio. El príncipe Aenys era un buen comprador, era cierto, pero era un tanto desmedido. Y nunca negociaba. Parecía bastante contento con pagar el precio exigido. Él nunca le cobraría de más, demasiado, porque prefería conservar todos sus dedos en caso de ser acusado de estafa. O su mano. Pero la actitud de Aenys le parecía un tanto irresponsable. Habría comerciantes que no dudarían en aprovecharse, y el despilfarro lo llevaría a un hueco económico. Un hueco en el que al parecer, ya estaba. Recientemente había escuchado que se encontraba pagando sus deudas, pero alguien que no era solvente no podría pagar su precio. No el que él pedía por esta, aunque tampoco le podría negar su producto a un miembro de la familia de sus patrocinadores. No si se encaprichaba. Así que si el príncipe ponía el ojo en lo que él guardaba detrás de la casona, podría prepararse para entregárselo con un pago lejano en el horizonte. Cuando empezaron a circular los rumores del segundo príncipe buscando con inusitado interés un regalo entre los artesanos del feudo, no lo podía creer. No del todo. Recordaba bien al niño demasiado serio y demasiado estricto, muy parecido al que tenía enfrente, para que este estuviera recorriendo la isla en busca de un presente para su esposa. Pero el rumor salió de muchas bocas y pronto se convirtió en certeza. El príncipe Maegor buscaba un regalo para su novia. Y un regalo bello, además de todas las exigencias que tenía para las cosas que le pertenecían. Él había visto su oportunidad. No sólo se ganaría algo de gratitud por entregarle a su futuro Señor el presente que buscaba con tanto ánimo, y por lo que oía no se conformaba con algo menos que la perfección, sino que se libraba de fiarle a su hermano su último orgullo. Con Maegor obtendría moneda constante y sonante, de eso podía estar seguro. Bueno, - por primera vez en todo el tiempo que lo conocía, vio dudar al hijo de la reina. Lo que ocurrió después también lo desbalanceó un poco. Maegor Targaryen extendió su mano para intercambiar un apretón por el trato cerrado. Vaya. Podía contar con los dedos los nobles que hacían eso, y nunca se le hubiera ocurrido incluirlo a él. Parece que su compra lo dejó satisfecho. Para no quedar mal, extendió su propia mano. En ella fue visible la marca de una feroz dentellada que le dieron cuando era joven y descuidado, aún bien definida en su dorso, y recibió su firme apretón - espero que su novia este complacida. He escuchado sólo cosas buenas de la princesa Orthyras. El padre de Alynx, motivado por la confianza de su hija, había apostado contra él en la taberna a que el codiciado regalo no era para la esposa que todos creían. Según Alynx, doncella de la princesa, y todavía no entendía como la chiquilla había llegado hasta allí, el príncipe Maegor estaba más apegado a su segunda novia de lo que pensaba la mayoría fuera del castillo. No dentro, porque según ella, casi el total de los sirvientes de la fortaleza sabían la verdad. ¿Qué verdad? Se había preguntado él. Diez noches con una por cada noche con otra dejaban claro sus preferencias. O no, se dio cuenta, y también descubrió que le debía al padre de Alynx un par de rondas de bebida. Una por su apuesta, y otra por el espectáculo que le permitió contemplar y que nunca creyó posible. Ante la mención de su segunda esposa, los ojos violetas de Maegor brillaron como tocados por la luz del sol y por primera vez en todo el rato que lo conocía vio una sonrisa, una genuina sonrisa, partiendo su cara. Eres el primer comerciante que se da cuenta que este regalo es para mi otra novia. ¡Idiotas! - resopló, pero la alegría no abandonó su cara. Su mandíbula se suavizó y sus pestañas revolotearon sobre sus ojos soñadores - No puedo esperar el momento en el que vea mi sorpresa. - Maegor dejó escapar una breve risita, y él estuvo a punto de caerse al suelo de la impresión - Mi Ortiga amará esto. Lo sé. Durante años, había conocido al niño demasiado serio y suspicaz. Su boca fruncida preocupaba a muchos como una señal de posible crueldad. A pesar del parecido con su apuesto padre, nadie lo llamaba atractivo, no como hacían con su hermano mayor. Más suave y más encantador, Aenys se ganaba a todo el que lo conociera tras un rato, en contraste con su severo medio hermano. Pero viendo a Maegor así, en un genuino momento de alegría, pensó que era lo mejor que mantuviera su semblante previo. Si sonreía de esa manera todo el tiempo, el que era considerado el hijo menos atractivo de Aegon, dejaría un rastro de doncellas suspirantes y corazones rotos en su camino. Y no tendría que hacer nada más que pasar por ahí para provocarlo. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Una ligera capa de polvo que reconocía como ceniza flotaba en el aire. Por suerte para todos, con el viento en contra, la peor carga que estaba soltando Monte Dragón no caía sobre ellos cubriéndolos. Aún así, el olor azufre ligado con el salobre aroma del mar era inconfundible. Aunque afortunados por evitar la gris y molesta cubierta polvorienta y molesta, Ortiga temía que semejante ventolera hiciera más lento su viaje. Ya te dije que no te preocupes tanto. - suspiró la reina Visenya. Con su propio traje de montar y botas deslustradas, aún se las arreglaba para tener ese aspecto casi mítico que parecían portar algunos Targaryen, esa otredad tan difícil de describir - Querías alejarte de la isla un tiempo y lo conseguiste. Es más, - el dorso de su mano le sirvió de apoyo a su mandíbula, en un gesto de evaluación - puede que hasta sea conveniente el retraso. Así escaparás por un período más largo. Esa era una preocupación menos en la montaña de preocupaciones que empezaban a apilarse sobre ella. Aún así, se distrajo cuando la propia Visenya empezó a acomodarle bien su faja de montar para luego enderezarle el peinado. No sabía ni porque lo intentaba. Normalmente era una causa perdida, y luego del vuelo largo que planeaban, su cabello sería un desastre enmarañado hiciera lo que hiciera. No te preocupes tanto, niña. - la reina atrajo su atención - Este no será como nuestro viaje de vuelta. Nada de acelerar el paso, ni acampar en medio de la nada. Quiero que te quedes en el primer castillo o torreón que encuentres para las comidas y para descansar. Sí. Sí. Ya sé. - trató de no dejar la molestia traslucir en su voz, pero ya le había explicado esto al menos tres veces - ¿No crees que haya gente que se moleste porque dos Targaryen y su dragón salen de la nada, caen sobre ellos, y les exigen compartir su alimento y dormir en sus camas? Los ojos amatistas de la dama valyria se entrecerraron, para que luego esta dejara escapar una risa musical - Sois dos príncipes del reino, muchacha. La mitad de esos Señores estarán encantados de recibirte solo porque sí, y la otra mitad le echarán en cara a sus vecinos que fueron anfitriones de la realeza mientras los demás no. No dudes que aunque poco preparados, se desgastarán en prodigarles atenciones. Ella tuvo que asentir ante su lógica. Después de todo, Visenya había sido reina por más años de los que ella había vivido. Y esta gente no se quitaría el pan de la boca para ofrecerle algo de probar a ella y Maegor. Lo que sea que le dieran, por escaso que pareciera en comparación con la mesa del rey y lo que recibió en Rocadragón, siempre sería mejor que la sopa aguada de su infancia. Así que ella no se quejaría. - Aún así, ¿tienes todo por si te ves obligada a guarecerte en medio del campo? Sí. - respondió con desgana, dejando salir un suspiro pesado con su admisión. ¿Tienda de campaña? ¿Comidas? ¿Mantas? - inquirió Visenya, mientras observaba la silla de Nyxia para segurarse de que las alforjas estuvieran cargadas y bien atadas. Sí, sí y sí. - contestó ante su insistencia - Para partir solo me falta Maegor. - el cual se estaba demorando más de lo esperado en el castillo. Ortiga se había visto obligada a venir aquí sin él, solo acompañada por Visenya y su reducida comitiva. Un vistazo mostró a los hombres de la reina estacionados a una distancia que le permitieran a ambas conversar sin que sus palabras se posaran en oídos indiscretos. En el lado positivo, en vez de llegar aquí en la grupa de la yegua zaina de Visenya, había venido montando por su propia cuenta en el potro que le prestó la reina. Mucho más oscuro y también más calmado que la temperamental montura de su suegra, los resultados de sus prácticas secretas con Maegor comenzaban a dar resultado. Ya Ortiga no parecía desconocer el arte de montar equinos. Una grieta menos en su mentira para que otros descubrieran, solo le quedaba resolver al menos mil más. Que fuera a pasearse abiertamente, y ser el centro de atención de una de las cortes más fastuosas del continente la tenía tensa. Sus músculos apretados mucho antes de partir. Y Visenya lo vió. No te alteres tanto, Ortiga. - removió el pelo que tanto había acomodado, arruinando todo el esfuerzo previo por arreglarlo - Lo harás bien. No puedo hacerlo bien. - las palabras se le escaparon de su boca, a pesar de intentar morderlas, incapaz de contener lo que pensaba - Debe ser perfecto. Un fuerte resoplido salió de la fina nariz valyria frente a ella - No existe la perfección, Ortiga. Metetelo en la cabeza. Solo existe dar lo mejor que podamos. Te lo dice la experiencia. Me lo dice la mujer que conquistó el Valle en un solo movimiento. - fue su turno de resoplar. Ante la ceja interrogante de Visenya tuvo que apretar los labios y admitir - Alto Jardín es fino, la corte más elegante de Poniente podría decirse, compitiendo siempre con la de los Lannister. Has estudiado sobre ella. - afirmó Visenya para sí misma - Bien. La preparación te llevará lejos. No. No lo hará. - Ortiga sintió el impulso de agarrarse el cabello y jalarlo - Mientras más leo, más aprendo. Y mientras más aprendo, más me preocupo. ¿No crees que se darán cuenta enseguida que soy analfabeta? - extendió los brazos para que la madre de Maegor la viera con total claridad. Eras analfabeta. - corrigió - Ya no lo eres. Y nadie puede esperar que sepas todo lo que sabría una noble ponienti cuando te consideran una extranjera recién llegada. Pero no soy una extranjera. - las palabras le costaron mucho atravesar su garganta - No soy una hija de un noble de un lugar diferente. Soy yo y soy... Una hija de un príncipe de un lugar diferente. Eso es cierto sin importar la condición con la que naciste. - fue interrumpida. Visenya la obligó a alzar el mentón con los dedos - Eres extranjera, sino de nuestra tierra, lo eres para nuestra posición. Y eres ahora una princesa Targaryen que se está adaptando a un mundo que no conoce del todo y donde no encaja bien. Una pizca de mentira no invalida tu verdad, Ortiga. Lo que fuimos ayer no importa, sino lo que somos hoy y seremos mañana. Así que irás a Alto Jardín - exigió con firmeza - y darás lo mejor de ti. Eso iba a hacer de todas formas. - farfulló ella, poniendo una sonrisa de regreso en su falsa suegra. Así me gusta. - exclamó la reina antes de girarse a observar a Maegor, que finalmente se aparecía. ¿Por qué demosrastes tanto? - interrogó Visenya, y debió ser por algo importante que no quería que se supiera, porque Maegor se puso rígido por completo. Labios apretados, ceño fruncido, cualquiera supondría que estaba enojado con su madre por la pregunta. Todavía era posible que lo estuviera. En lugar de contestar, su falso esposo desvió la vista. Ella entendía este gesto. Este decía que sería tozudo y no hablaría. Ya, ya. Déjale mantener sus secretos, Visenya. Todas sus cosas ya están aquí, así que estamos listos y no hay motivos para más retrasos. - palmeó el brazo de Maegor para llamar su atención. Cuando la tuvo, hizo una pregunta cuya respuesta ya conocía - ¿Adelante o atrás? Adelante. - no dudó en contestar, y aunque se hizo, Ortiga no tardó en darse cuenta de su error justo cuando montó después de ella. Empezó a rumiar sobre ello apenas el Ladrón de Ovejas agitó sus alas para despegar. En apenas medio año, el príncipe la había sobrepasado por mucho, y ya no tenía ni siquiera la capacidad de mirar por encima de su hombro. Que bueno que en cierto modo, ella no tenía que guiar por completo al dragón, porque así no podría manejar. Con respecto al trayecto, o se ponía a mirar para los lados, o solo podría dedicarse a observar la espalda del príncipe. Su muy ancha espalda. Mmm... Su falso esposo no solo estaba creciendo para arriba, se dio cuenta. Aunque menos prominente, se estaba ensanchando. Pero estas cosas pasaban desapercibidas cuando convivías con la persona a diario y no te fijabas bien. Como estaba haciendo ahora. Fue esta distracción la que hizo que la llegada de Balerion fuera más abrupta. Se dirigió hacia ellos con la firmeza del vuelo de una flecha. Si no fuera por su inmensa masa, hubiera logrado acercarse casi desapercibido. Al punto de hacer contacto, soltó un rugido de aviso que Nyxia no dudó en responder. Menos profundo y aterrador que el de la bestia llamada El Terror Negro, el bramido de Nyxia contenía su propia furia. Desde tal cercanía, el calor único de Balerion la golpeaba como la apertura de las puertas de un horno. Ortiga sintió lo que haría su dragón instantes antes. ¡Agárrate! - fue lo único que alcanzó a decirle a Maegor, antes de que el Ladrón de Ovejas hiciera su propia maniobra para esquivarlo, que su feroz contrincante se dispuso a copiar. Nyxia se zambulló en una picada, con Balerion a la zaga. Como este no se rendía, comenzó un patrón de giro que la bestia más grande no tardo en imitar, solo para que la persecución se convirtiera en un baile de uno alrededor del otro. Apretó los dientes mientras fuerzas desconocidas la intentaban arrancar fuera de su silla. Solo pudo agradecer que existieran cosas como los enganches hacia la montura o sino, saldría despedida. Por suerte o por habilidad, la estructura más delgada y ágil de su espinoso compañero le permitió escapar del mucho más robusto Balerion. La montura del rey debió notar que había perdido este encuentro, pues se rindió con facilidad y comenzó en descenso a tierra. Ortiga, que al igual que Maegor, no dejaba de girarse todo lo que podía hacia atrás a vigilar a la maldita amenaza. No contuvo su frustración: ¡Dragón hijo de puta! - alzó su puño - ¡Casi se matas de un dolor en el pecho! A esa distancia, era dudoso por no decir imposible que Balerion la escuchara, sin embargo emitió su propia contestación. Un rugido atronador salió de sus fauces, solo podía suponer que así sonaba el estallido de un volcán, porque la aterrorizó. ¡Puta mierda! ¡Larguémonos de aquí! - dijo mientras se giraba asustada hacia adelante. Ese grito la había sentido hasta en los huesos y no le había gustado para nada. Menos la contestación de su propia bestia - No busques pelea, idiota. - le dijo al dragón en común, pese a la insistencia de Maegor y Visenya de hablarle en valyrio - ¿No ves que mide más que tú y debe pesar el doble? Aún así, Nyxia no detuvo sus bramidos en pleno vuelo. Casi podía sentir como se movían las escamas bajo él para emitir tal ruido que Balerion contestaba desde su asiento. Más profundos y poderosos, los sonidos del Terror Negro parecían más aullidos de otro mundo que el rugido de un dragón. Aterrador. La única forma de describir a la ardiente bestia era aterrador. Ortiga se alegraba de repente y más que nunca por este viaje. Cualquier temor sobre cómo lidiar con los gobernantes del Dominio quedaba adormecida por el hecho de que se libraban de una oscura amenza. Una sombra que parecía obsesionado con enfrentarse hacia Nyxia. Lo que la asustó momentos antes, ahora le traía paz. Ella podía jugar los juegos que jugarán esos nobles mimados. La supervivencia era su fuerte, y después de todo, en comparación con lo que le esperaba a su dragón en esta isla, el blanco castillo del Dominio significaba seguridad.
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