En territorio desconocido
20 de diciembre de 2025, 22:51
Incluso cuando ya conocía esta visión, Ortiga no podía negar que le quitaba el aliento. Descansando en la ribera del río Mander, el río más caudaloso de esta región (sí, ella había hecho su tarea e investigado sobre el objetivo de su visita. Y sí, también aprendió lo que significaba caudaloso: era un río muy grande y con mucha agua. De mucho caudal. ¿Por qué no simplemente decir que era un río grande? Se le escapaba. Tal vez la nobleza lo hacía porque sonaba mejor, y como Ortiga era ahora una princesa, ¡ella se aprendería todas las malditas palabras!), se encontraba el castillo en el que piensan las niñas cuando sueñan con ser princesas.
Sobre una colina de laderas suaves y simétricas (otra de sus palabras finas para decir parejo), descansaba la primorosa construcción que fue el orgullo de los Gardener y hoy pertenecía a los Tyrell. La joya de la corona del Dominio: Alto Jardín.
Incluso desde lo alto del cielo, tan alto que los hombres no eran más que hormigas, se distinguían sus torres blancas. Algunas finas y esbeltas, mucho más elegantes y por lo que sabía, de construcción más reciente. Posteriores a ellas, o intercaladas, se hallaban sus cuadradas compañeras. Adustas, severas, las verdaderas guardianas. Las torres cuadradas eran un vestigio de los primeros hombres y se alzaban como las protectoras hermanas mayores. Más viejas y defensivas.
Tres líneas concéntricas de piedra blanca marcaban sus tres murallas defensivas, aquellas sobre las que Maegor habló con tanta efusividad. Y también el único rasgo que parecía admirar de la fuente de sus ensoñaciones. Para él, Rocadragón era el mejor castillo y punto. Alto Jardín, más allá de sus tres muros y por supuesto, el laberinto de zarzas, no tenía nada digno de mención para él. Se burlaría un poco, pero al final todos tienen derecho a tener sus gustos. ¿Y qué si él prefería las cosas útiles a las bonitas? Ella prefería la moneda en su bolsa que un collar de piedras preciosas sobre su cuello. Suponía que no eran tan diferentes.
Nyxia emitió un rugido de llamada, un aviso para que todos supieran que descendía, y dio tres vueltas en torno al castillo antes de aterrizar en uno de sus patios. Eligió el que ya estaba lleno de gente, y donde también se les había dejado un amplio espacio de aterrizaje, y se preparó para repetir el baile que había ejecutado todos estos días. A su espalda, sentado detrás de ella a petición suya, escuchó a Maegor gruñir con un parecido aterrador, aunque más bajo, a las bestias que montaban los Targaryen. Ella también sintió la necesidad de hacerlo. Visenya le había recomendado viajar despacio y con calma, con paradas a descansar y comer en torres y castillos. Por inesperada que fuera su llegada, cada lugar los recibió con toda la pompa y fanfarria que pudo. Tras varios días de viaje, comenzaba a ser agotador.
Recibimiento, festín, descanso. Era lo esperado en cada parada. Maegor se había aferrado a levantarse temprano y entrenar, lo que los obligaba a más fanfarria y compartir desayuno con el Lord con el que descansaron. Lo que provocaba más retrasos que enojaba a su muy rígido esposo. Este también ignoraba abiertamente que era el causante indirecto del retraso mismo. Por suerte para ellos, la idea de Visenya de parar en las casas solariegas para la comida del mediodía fue muy útil. Aunque intentaban agradar, no tenían los medios para derrochar en magnificencia, y contrario a lo esperado, su marido de mentira se sentía más cómodo con ello. Era una criatura de hábitos y pocas formalidades. Si antes lo dudaba, ahora estaba segura.
Recuerda Maegor, - se dirigió a él mientras se desenganchaban de las argollas de la montura - estamos aquí para hacer política. - lo vio arrugar la nariz - Es lo que hemos hecho todo el camino. En cada torre, casa o fortaleza en la que nos quedamos. - le palmeó el hombro con confianza - Lo has hecho bien antes, y lo harás bien ahora.
Lo haremos. - le respondió asintiendo, antes de seguir apresurado en su tarea, considerando que debía bajar primero.
Solo trata de mantenerte más paciente que en la casa del escudo azul con fuego en los bordes y palos del mismo color que el fuego en el centro. - recomendó.
Atrapados un par de días con noble cuyo máximo objetivo en la vida parecía ser complacerlos, y que lucía encantado por la lluvia que los detuvo. Maegor se había sentido bastante arrinconado con su hospitalidad. Aunque ¡Ey!, no ofendió a nadie. Y si lo hizo, fue muy superficial.
Eso detuvo por completo a su esposo, antes de que recitara una bola de datos como si fuera una canción que conocía muy bien - Casa Shermer de Smithyton. Un campo de clavos de cobre sobre un campo azur con bordadura acanalada de cobre. Tierras del Dominio. Su lema es...
Sí. Sí. Sí. Ya entendí. Sabes todo sobre ellos. - Maegor parpadeó un par de veces y Ortiga se sintió algo culpable - No me hagas caso. Es solo envidia porque tú lo sabes y yo no. - miró a la comitiva Tyrell que los esperaba en el suelo para distraerse.
Ortiga. - Maegor la llamó. Al devolver su vista sobre él, vió sus cejas fruncidas en un ceño que conocía muy bien - Tengo catorce años de estudiar estas cosas. Tú no tienes un año entero. E incluso con eso, habrá cosas que yo conoceré y tú no. Como habrá muchísimas cosas que tú sabrás y yo no entenderé. Como decirle a una mujer que su hija se veía bastante rellena era malo.
Ella resopló de la diversión - El valor de la mayoría de las mujeres se tasa a partir de su belleza, Maegor. Decirle a una madre que su hija esta gorda es decirle que vale menos para el matrimonio.
Pues eso es tonto. - el ceño se hizo mucho más profundo, sin importar cuanto demoraran presentarse ante sus anfitriones - Las mujeres nobles se casan por contratos de matrimonio, dotes o alianzas. Su belleza rara vez influye.
Sí. - una parte de ella sintió que se le apretaba algo - Eso no quita que el nuevo marido no le enoje que no sea bella, la desprecie por ello y no la valore como a una esposa hermosa.
Maegor fue a rebatirla. Lo notó en el estrechamiento de sus ojos. En como alzó su mentón. Pero antes de que abriera la boca, ella lo interrumpió.
- No tiene sentido discutir esto, Maegor. Es como funciona la mayor parte del mundo. Cuando crezcas lo entenderás.
Él resopló - Ya soy un hombre adulto y casado. ¿Por qué todos siguen repitiendo eso?
Porque es la verdad y no se diga más. - cortó ella - Ahora, bajando. - señaló al grupo Tyrell que comenzaba a impacientarse - Ya llevamos un par de días de retraso. No los hagamos esperar más.
El descenso fue rápido y eficiente, y en defensa de los Tyrell, no iniciaron toda la bienvenida cuando Maegor tocó el suelo, sino que esperaron por ella.
Príncipe Maegor. Princesa Orthyras. - dijo un hombre que luciría adusto de no ser por sus prendas. Cabellos castaños claros y ojos del color de la madera, sus rasgos naturales no destacaban tanto como sus ropas. Su jubón verde claro estaba bien, de no ser por la gran cantidad de bordados de rosas doradas que ocupaban cada espacio disponible en el mismo. Lo complementaba con una cantidad tal de anillos que solo sería superado por el mismo Aenys - Lord Theo Tyrell, su fiel vasallo, los recibe. ¡El pan y la sal! - exigió mirando hacia una sirvienta y adelantándose a lo que iba a decir uno de los dos hombres jóvenes a su lado.
Ortiga tragó sin saborear nada, evaluando todo a su alrededor. Por las prendas, los dos que estaban a su lado solo podían ser familia, probablemente sus hijos. Aunque uno de ellos no se le parecía en nada.
Este es Ser Harlen. Mi heredero. Nombrado así por mi padre. - presentó al hijo con el que no compartía muchos rasgos, aunque si uno se fijaba bien, notaría el parecido en su nariz y en la forma de sus ojos. Rubio y de ojos verdes, solo podía pensar que salió a su madre. Formal y elegante, sin que dejara de notarse la fuerza de sus brazos, esta era la imagen que uno tenía cuando pensaba en un caballero noble - El orgullo de nuestra Casa y recientemente ganador de un torneo.
Una reverencia pulcra y formal fue ejecutada de su lado. Todo respeto y nada de jovialidad. Probablemente se llevaría bien con Maegor, o se matarían por ser demasiado parecidos.
Y este, - dijo casi empujando al que tenía el cabello parecido a él, obligándolo a ejecutar una reverencia apresurada - es mi segundo hijo, Bertrand Tyrell.
Cuando alzó su cabeza, Ortiga no tardó en notar bolsas bajo los ojos verdes que compartía con su hermano. Un temblor fino en sus manos que trató de disimular entrelazando ambas. Ella reconoció los signos. Este era un borracho. O iba en camino a serlo. Se mantendría alejada de él. Aunque eso sí, sus ropas estaban limpias y bien cuidadas, y al igual que su hermano, usaba un jubón fino pero no excesivamente adornado como su padre.
El resto de las presentaciones pasó como un borrón para ella, que buscaba en todos posibles amenazas. No se le pasó tampoco que ninguna de las mujeres ni niños de la familia estaban presentes. Aunque eso podía ser por el dragón. Domado o no, suponía que nadie quería poner en riesgo a los miembros más frágiles de su Casa.
Pero ya es bastante tarde. Vengan Altezas. - guió el hombre señalando con una mano a un sirviente muy bien vestido - Permitan que mi mayordomo los guíe hasta sus aposentos, para que se refresquen antes del festín.
El hombre los llevó a través de patios interiores y jardines cubiertos de parras y rosales trepadores que cubrían las estatuas y las columnas. A cada momento que pasaba tenía más sentido el nombre de este lugar. Ya distanciados del grupo principal, con solo el mayordomo dirigiéndolos a donde se resguardarían, un par de guardias de escolta y tres sirvientes cargando sus muy repletas alforjas, ella llamó la atención de Maegor. Un pellizco en su costado y un ligero gesto, y el príncipe se inclinó contra ella. ¡Vaya! No hace ni un año y habría sido ella quien lo superaba en altura.
Maegor, oye, - le susurró en el oído - ¿cuáles son los chismes de este lugar?
Su ceño apareció más veloz que un relámpago - Los chismes son indignos. - su mandíbula se puso firme. Los pocos bordes suaves que tenía comenzaban a desaparecer y su barbilla tendía a parecer más cuadrada que otra cosa, pero cuando se ponía así de terco, esos rasgos como que se acentuaban - Así que no esperes que yo propague rumores.
Ortiga sonrió para ella misma divertida, sin mostrar externamente lo que pensaba, y con toda la inocencia que pudo reunir dijo - Pero no serían chismes. - parpadeó un par de veces e intentó batir sus pestañas cuando la sospecha se hizo obvia en Maegor - Considéralo compartir información que podría ser importante entre aliados que se encuentran en territorio hostil.
La sospecha se agudizó, hasta que fue el propio Maegor el que pareció tomarse la idea con alegría. Las esquinas de sus labios se alzaron y un brillo pícaro atravesó el violetas de sus orbes. ¡Malditas sus pestañas! ¿Por qué tenían que ser tan tupidas y gruesas?
Retrasó sus pasos para quedar separado del hombre que los guiaba y una mirada cuando este se detuvo a esperarlos, lo puso en marcha de nuevo. Así. Sin palabras. Esa habilidad para dar órdenes sin emitir un sonido era algo que Ortiga tenía mucho interés en aprender. A las personas a sus espaldas, una sola orden de - Distancia - hizo que se alejaran lo suficiente de ellos para que no escucharan nada. Uno pensaría que hablaría con normalidad después de tomar esas medidas, pero no. Su esposo se reclinó contra su oído mientras avanzaban a un paso más lento, susurrándole cosas mientras le hacía cosquillas en las orejas.
Al parecer, Lord Tyrell tuvo un matrimonio por amor. - Oh, vaya. Eso debería ser una rareza entre la nobleza. No supo que vio Maegor en sus ojos, pero continuó - Más importante, se casó por encima de sus posibilidades. Su mujer era noble cuando se casó con él, mientras era aún el hijo de un mayordomo.
Ortiga sintió que se le abría la boca - Eso debió ser un escándalo en su momento.
Maegor cabeceó con fuerza y se pegó más a ella - Es por eso que lady Tyrell usa solo el apellido de su esposo. En aquel momento su familia la repudió. - parecía emocionado de contar todo.
Al final, los hombres que tanto proclamaban odiar el chisme de las mujeres, disfrutaban tanto con ellos como cualquiera. Ortiga, que creció entre ladrones y contrabandistas lo sabía muy bien. Lo que nunca entendió fue porque lo negaban con tanta fuerza.
Cuando el padre de Lord Theo recibió Alto Jardín de mi padre, su familia se reconectó, pero lady Tyrell continuó siendo llamada así porque estaba orgullosa de su marido. - ¡Oh! ¡Qué lindo! Maegor se rascó la cabeza - Solo que ahora luce bastante fría con él. - eso no era tan lindo. Menos si hasta Maegor se daba cuenta. ¿Qué habrá pasado? He aquí un jugoso chisme que quizás le gustaría conocer. Pero primero un baño. Uno bien caliente para quitarse el olor a dragón del cuerpo y relajar la rigidez de los músculos. Ah, ser rica. Poder tomar siempre un baño de agua caliente era lo máximo. ¿Podría haber algo mejor?
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Con su nueva cabaña terminada, su nueva, gloriosa y cálida cabaña, Dunstan había comenzado su trabajo en serio. Con el príncipe afuera durante un buen rato, por lo que le habían informado, esperaba tener algún resultado para su regreso. No esperaba que fueran buenos. No cuando sus pruebas iniciales no mostraban nada, justo como esperaba. A diferencia de la cal, echar ceniza en el agua no provocaba ninguna reacción, aparte de convertirse en un lodo como el polvo común.
Aun así, había molido la ceniza según las muy breves indicaciones de su príncipe. Dejándola con diferentes grosores que iban de tan fina como la harina hasta gruesa y con grumos, y la había mezclado en diferentes contenedores con cal en diferentes proporciones. Las tablillas de barro no curado contenían toda la información de los ingredientes usados, y por supuesto, Dunstan había creado una mezcla de mortero común para compararla con lo que sea que obtuviera.
Para empezar, la mezcla maligna se tragaba el agua. Había que agregar más en todas para que se convirtiera en la pasta que buscaba, y a diferencia del mortero que se deslizaba bien y no era pegajoso, la mezcla resultante tendía a adherirse a sus instrumentos. Era bastante desagradable al tacto, aunque Dunstan tenía que reconocer que se extendía de forma uniforme. Para lo que serviría, había pensado en aquel momento con un deje de burla. Aún así, su nuevo producto pareció fraguar a la misma velocidad que el mortero común, mostrando algo de cuerpo, cosa que se lo había adjudicado solamente a la cal.
Por lo que decidió pasar a lo que Lorcan llamaba "su prueba de las bolas". Sus hijos se habían divertido mucho con esta tarea, después de que él no les permitiera salir a jugar por largos ratos. No podían. Al fin tenía un trabajo, una fuente de ingresos. Tenían el estómago lleno y rebosaban de energía por lo mismo, por lo que tenían que esforzarse para mantener este encargo. Bueno, este trabajo fue entretenido para ellos. Su orden fue hacer muchas bolas con las diferentes mezclas. Él llevando la constancia en sus tablillas de barro, colocadas cerca de cada bola. Recordó también la importancia de enseñarles a sus hijos sus rudimentos de leer y escribir, además de las sumas. Ahora que estaban más holgados, podía dedicar algo de tiempo a ello.
Sus hijos vigilaron bien sus divertidas bolitas. Al parecer, la bola que tenía más ceniza que cal tardaba más en fraguar, pero no se había preocupado mucho por esto. Al menos hasta el día de "romper las bolitas". Había sido otro juego para sus hijos. La bola de mortero se deshizo bajo suficiente presión, justo como esperaba. Continuó con las mezclas. La ceniza gruesa ni siquiera lo intentó. Algunas de esas bolas ni habían sostenido su forma. Las de ceniza media igual. La ceniza fina... Ah, la ceniza fina. El descubrimiento. Sus hijos, ya sabiendo lo que tenían que hacer, habían continuado con interés su destructivo cometido. Un dedo presionado con fuerza contra la bola y lo dejaban a él para evaluar su desarrollo. Fallo tras fallo, hasta que escuchó a la menor de sus crías gritar:
- ¡Papá! ¡Esta no se desmorona! ¡Se parte!
¿Partirse? Había pensado en ese momento, y había cojeado hasta el lote. Una parte de ceniza fina por una parte de cal. El mayor había llegado corriendo con la llamada de su hermano y continuó la tarea detenida con deleite. Ante los ojos asombrados de Dunstan había ocurrido una maravilla. Con suficiente presión las bolas se partían, se fracturaban, y aún así, trataban de conservar su forma. El lote de más ceniza por cal fue aún más espectacular. Lorcan tenía que poner todo el peso de su cuerpecito para romper la masa. Un dedo no era suficiente. Fue esa la señal, el momento en que Dunstan comprendió que tenía algo importante entre manos.
Había mirado su viejo hogar. Decrépito, cayéndose, tambaleante. Y había decido que el pasado del que quería alejarse serviría para su nuevo, y ahora más prometedor, futuro. Desmantelarlo sería una cosa sencilla para un hombre sano. Él, que apenas podía sostenerse sobre sus piernas, podía considerar imposible o dificultuosa tal misión. Pero tomar una que otra teja vieja, las que le habían regalado alguno vecinos para parchear su techo, era fácil. Había realizado nuevas pruebas con ellas.
La función del mortero era pegar. Así que si sus experimentos estaban arrojando algo inesperado, era hora de llevarlo a la práctica. Descartó la ceniza gruesa y la media, dejándola de lado para ver si mejoraba al molerla un poco más, y probó con la prometedora ceniza fina. Un par de tejas pegadas con mortero, y unas cuantas más con diferentes grados del polvo volcánico ligado con cal, favoreciendo a la cal como demostraron las bolas. Y había esperado. Esta vez no con desinterés, o el constante pinchazo de temor en su nuca temiendo el regreso del príncipe y que él no tuviera nada bueno que contar.
La primera teja pegada con el mortero se despegó con un golpe seco, así como la segunda y la tercera. Bien. Es así como funcionaba el mortero. Llegó el turno de las tejas de ceniza. Sus manos temblaban mientras agarraba las dos piezas pegadas. Nada. Dunstan sabía que sus fuerzas eran exiguas en comparación con su juventud, pero no justificaba esto. Tal vez fuera por el temblor de sus manos, pensó. Después de todo, una de ellas no funcionaba bien. Aún así, la esperanza trataba de sobrepasar con desesperación al cinismo en su interior.
¡Lorcan! - le gritó a su hijo mayor. La emoción comenzaba a abrumarlo - ¡Lorcan ven aquí y separa esto!
Su hijo trató y trató, siendo el mayor era el más fuerte de ambos, pero no lo consiguió. Su hermano menor, queriendo ser participe de su esfuerzo, agarró una teja mientras Lorcan agarraba otra y ambos jalaban en diferentes direcciones. Obtuvo como resultado unas tejas rotas y sus hijos cayendo de culo, pero el mortero volcánico seguía firme y adherido. La esperanza comenzó a masacrar a su enemigo. Su pecho redoblando sus latidos. Sus pulmones llenándose a reventar.
Prueba con los otros ladrillos, Lorcan. - le dijo a su conmocionado hijo mientras se frotaba el trasero - Prueben con todos.
Cada teja rota lo hizo levantar cada vez más las comisuras de sus labios. Cada refunfuño de sus hijos, quejándose de que el pegamento no cedía, lo tenía queriendo gritar de alegría. En un punto decidió no contenerse. Comenzó a reírse como un maniático. Lorcan mirándolo asustado mientras su hermano menor corría alrededor de su muy alegre padre, sin entender bien lo que sucedía. En un momento su impulso lo derribó, y ambos de sus pequeños corrieron a ver como estaba.
Lo siento, papá. - su pequeño bebé comenzaba a moquear - No quería hacerte daño. Eres lo único que tengo.
Por un momento, Dunstan maldijo a la perra de su esposa que los abandonó, pero hoy no era un día para recriminaciones. Había descubierto algo grande, lo sabía. Podía sentirlo en su doloridos huesos. Y cuando el príncipe Maegor regresase, y contrario a lo que había pensado, Dunstan tenía buenas noticias que comentar.
Ven acá, mi vida. - Dunstan agarró a su sollozante cría y la jaló contra su pecho - ¿Ves? Ahora los dos estamos en el suelo y no hay nada por lo que llorar. - besó sin vergüenza ninguna su empolvado pelo, y pronto estaba jugando a las luchas con él en el suelo. Lorcan no tardo en unirse a la diversión.
Nadie nunca en toda la historia de Poniente, pensó Dunstan con seguridad, fue tan feliz de tener un montón de tejas rotas.
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Con la voz de la Caron sonando de fondo, y Alyssa tenía que admitir que sentía algo de envidia por su habilidad, el resto de sus damas continuaban con sus amenas conversaciones mientras tejían. Intercambiaban aquí, en este espacio seguro, uno de sus temas favoritos: los cotilleos y rumores. Melessa probablemente quería unirse, pero su lugar estaba allí en la esquina, como el miembro con menos estatus e influencia de su grupo.
Alice Arryn, pese a participar en todo lo que a Alyssa le interesaba, no parecía muy contenta con hablar de su casa. Si bien su hermano se había casado con una Royce, y de forma extraña vivía con su familia política en vez de con sus parientes más poderosos, Alice vivía en el inexpugnable Nido de Aguilas. O casi inexpugnable. Visenya había demostrado su debilidad ante los dragones. Pero después de presionarla un poco, la rubia insípida aceptó responder a todo lo que le preguntaran sobre su muy aislado hogar.
Es por ello que la dama Elesham cumple con todas las funciones de la Señora de la fortaleza. Porque la dama Stark se ha aferrado a sus costumbres y han pasado años sin concebir ningún niño. - aunque no había dicho nada malo, y posiblemente nada que nadie en el Valle de Arryn no supiera, Alice continuaba mirando por encima de su hombro. Como temiendo ser atrapada contando cosas prohibidas - Quizás como un castigo de la Madre para que no nazca un Arryn hijo de una mujer de creencias impías.
Alyssa tuvo que fruncir los labios ante esto. Que se le permitiera a la querida de Ronnel Arryn gobernar su castillo era algo desagradable, incluso para ella. El lugar de esas mujeres era la cama, no ser exhibidas con orgullo en el salón principal. Pero al parecer, era una dama piadosa y le había dado un hijo a su señor. No importa que se revolcara con un hombre casado y fuera del sagrado matrimonio, era considerada por ello más respetable que la Stark. La cual se negaba a renunciar a sus paganos dioses. Estúpida adoradora de árboles.
Es por ello que la hija mayor de la Casa Elesham es la mejor prospecto para convertirse la esposa de Ronnel. La única digna y preparada. - la insípida Arryn mostraba un fervor casi religioso, contrario a su carácter dócil y obediente que se limitaba a seguir y nunca tener sus propias ideas - Por supuesto. Eso si la dama Stark fallece en algún momento. Todavía ese encuentra muy sana. - asintió con celeridad.
No digas tonterías, querida. - Alyssa buscó elogiarla. Y también sería más conveniente colocar a una de sus secuaces en un puesto bien alto - Si algo le pasa a la Stark, tú eres la dama de más alto rango y una Arryn. Serías la opción ideal para esposa. No una amante que viene de un pequeño feudo isleño. - ella también venía de una isla, pero los Velaryon tenían en sus venas la sangre de la vieja Valyria. Eran diferentes.
Contrario a lo esperado, a Alice no la emocionó la idea - Oh, no, no, no. Yo no quiero casarme en el Valle. No me gustan mucho las montañas. - dijo la excusa con una sonrisa sin sabor.
Alice querida, - Alyssa presionó - naciste entre las montañas, puedes adaptarte a ellas. Y no habría mayor honor para ti que ese matrimonio.
Alice llegó a pincharse el dedo con la aguja, teniendo que lamer una gota de sangre - No, mi Señora. - permaneció terca, confundiendo a Alyssa que se había acostumbrado a que la rubia se hiciera pequeñita y cediera ante el más mínimo de sus caprichos - Yo quiero casarme bien lejos. No me importa que no sea con una Gran Casa.
Eso no le convenía. Sería una alianza desventajosa para la Arryn, que podía aspirar a algo más, y para las conexiones de Alyssa. La Velaryon iba a seguir presionando. Alice ya retorcía sus manos contra el vestido, pero de repente la Manderly intervino:
Esta conversación no tiene sentido. - con el cabello rubio como el oro viejo, y de ojos oscuros como la ceniza que caía del maldito Monte Dragón y que parecían cambiar con las emociones fuertes, Rowena Manderly era una belleza improbable - Lady Stark está viva y sana. Y a menos que algo horrible le ocurra, - miró con saña a Alice que pareció encogerse - o de alguna forma Ronnel consiga separarse de ella, nadie más se convertirá en Señora del Valle.
Aunque sus palabras parecieron sanjar la conversación, Alyssa había olido la sangre en el agua, y planeaba perseguir a su presa como harían los tiburones. Después de todo, la Manderly tampoco pertenecía a una Gran Casa a pesar de encontrarse entre sus acompañantes. Aún si su estatus era más bajo, su riqueza la escudaba de la mayoría de los debacles respecto al tema. Ella la odiaba porque, aunque austera en sus formas y su vestir, su belleza destacaba.
Mi dulce Rowena, - puso su voz más dolida - como puedes hablarle así a nuestra suave Alice. ¿No vez que solo dijo lo que creen todos en el Valle? - miró a su alrededor buscando la confirmación que pronto recibió - No es culpa de Ronnel que su esposa esté seca y sea una salvaje norteña que adore a los dioses incorrectos.
Los ojos de Rowena se oscurecieron como el carbón - En primer lugar mi Señora, me parece dudoso acusar a la dama Stark de infértil cuando entre su esposa y su amante, - la mención de la última estaba llena de desprecio - Lord Ronnel solo ha conseguido sacar un hijo de ambas.
Pero tuvo uno con lady Elesham. - fue su respuesta - Por lo tanto, el problema esta en su esposa.
Rowena inclinó su cabeza en una aceptación, aunque veía en la terquedad de sus labios que no aceptaba del todo eso - En segundo lugar, los Dioses Antiguos son tan respetables como los Siete. Después de todo, eran los dioses de este continente y no unos traídos de Essos. - la hija de la Casa del Tritón pareció alzarse - Y por último, ya sean creyentes o no, los Norteños son tan súbditos de la Corona como el resto de los reinos sureños. Debería respetarlos como su futura reina, mi Señora. - terminó con una pequeña reverencia.
Eso acalló a Alyssa, pero ella no permitiría que eso se quedara así. Puso su sonrisa más inocente - Rowena, dulce. No quería ofenderte. Eres una Manderly, los más civilizados de todo el Norte y seguidores de los verdaderos dioses. - por un instante quiso decir los únicos civilizados, aunque empezaba a dudar de eso - No te metería en el mismo saco que el resto de ellos, querida.
Rowena sonrió de regreso, sin embargo no parecía contenta. Bien.
Tampoco entiendo porque defiendes a la Stark con tanta fuerza, querida. No eres su familia. - nunca perdería la oportunidad de echarle en cara frente a todas que no era de la más alta nobleza. Para recordarle de forma sutil su lugar. Alyssa no sería señalada como la villana y Rowena quedaría más abajo en la jerarquía de su grupo. Justo por encima de la Caron. Después de todo, fue enviada solo porque tras las humillaciones que sentían los norteños que se le daban a su antigua princesa de vientre seco, ninguno de los hijos de Thorren Stark aceptaría enviar a sus hijas.
Alyssa casi se perdió su respuesta - Lady Stark era, antes del enlace establecido por la reina Rhaenys, la prometida de mi hermano.
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Cuando ingresó a la habitación donde el príncipe se daba su baño, fue recibida y envuelta por una neblina de vapor. La advertencia que le habían dado de que ambos príncipes preferían escaldarse en agua hirviendo durante su baño le pareció ahora prudente. Ella ya sabía que meter las manos en ese líquido se las reventaría con ampollas. Eso si lograba aguantar por algún tiempo. No lo creía. A ella no le gustaba el dolor.
El príncipe Maegor, hijo menor del Conquistador, no se perdió su llegada. Un ceño se apretó en una cara que comenzaba a lucir dura ante su presencia. A pesar de su andar bamboleante y que sus tetas desbordaban en su muy sencillo escote, el príncipe no lució complacido con su llegada.
Dije que no necesitaba ningún sirviente para el baño. - se recostó hacia atrás en la bañera de cobre, nada de pelo en su pecho todavía. Ella se lamió los labios de forma obvia. Lo suficiente adulto para ya querer una mujer, y lo suficiente joven para no estar tan quemado por la experiencia. Justo como le gustaban - Todo lo que harás será estorbar. Largo.
Ella parpadeó desconcertada. ¿Era tan joven e inocente que no captaba su insinuación? Mejor. Estos tendían a ser presas más fáciles - Soy Rhonda, mi Señor. - sacudió su cabello rojo, uno de sus mejores activos, para atraer su atención.
¿Qué me importa como te llamas? - unos ojos violetas la observaron con desdén - ¿Estás sorda o no entiendes lo que te digo?
Rhonda empezaba a frustrarse un poco. Cierto. Muchos nobles solo la usaban sin importarles como se llamara, pero este ni siquiera caía en lo que ella ofrecía. La última vez que la familia real había pasado por aquí, Rhonda había tenido su sangre de luna, así que sus servicios no se le habían podido ofrecer a los Targaryen. Ahora, viendo este delicioso trozo de hombre, ella estaba más que dispuesta. Era lo suficiente atractivo para que esto no fuera una tarea dura. Ella además podría echarle en cara a sus compañeras que fueron rechazadas por todos los miembros de la realeza la última vez, que Rhonda la pelirroja sí había conseguido meter a un sangre de dragón en su cama.
No entiende, mi Señor. - pasó sus manos a lo largo de su cuerpo - Lord Theo Tyrell me envió a ofrecerle otro tipo de servicios.
La comprensión amaneció en él, pero contrario a su expectativa, la emoción que presentó no fue la esperada.
Un labio del príncipe se alzó con disgusto - ¿Una calienta camas? Me interesa todavía menos. - cerró los ojos mientras disfrutaba de ser hervido vivo - Puedes largarte.
Rhonda salió por la puerta hacia el pasillo de los sirvientes, pero no se había rendido todavía.
Ey, tú. - le dijo a uno de los mozos que esperaban impacientes la llamada del príncipe para servirles. O que este se retirara para arreglar todo a su paso - Busca uno de mis aceites. ¡Rápido! Lord Tyrell quiere que el príncipe este bien complacido.
El muchacho regresó en menos de lo que cantaba un gallo. Más o menos el tiempo que Lord Fossoway tardaba en follarla, y le entregó una de sus botellas perfumadas.
Cuando regresaba a las habitaciones del príncipe, escuchó un gemido profundo, y sintió que la ira se encendía en su pecho. Esa debía ser Lolys, o Mavis, intentando seducir al príncipe en su ausencia. No entendía. Lord Theo la había enviado a ella. ¡Esas malditas envidiosas! ¡De seguro se habían colado de alguna forma! Enfadada del todo, pero consciente de que era solo una sierva más para los altos Señores que no toleraba muy bien las molestias, decidió hacerse la distraída y entrar a interrumpir al cuarto donde ocurría todo.
Entró fingiendo ignorancia, y cuando la nube de niebla se despejó, fue recibida por una imagen bastante inusual. No era ni Lolys ni Mavis. Poppy no, porque Poppy acababa de tener a un bastardo de Bertrand. Al principio la creyó una sirvienta desconocida, luego al ver que se acercaba a la tina sin miedo de ser quemada, se le ocurrió una sola respuesta... ¿Por qué la princesa haría una tarea tan servil como era bañar a su señor esposo?
Parpadeó, pero la vista no desaparecía. Seguía siendo la princesa, que morena y marcada, envuelta en una bata sencilla y con el cabello mojado y recogido, lavaba la cabeza de su joven marido. Se encontraba sentada en una banqueta que había arrastrado hasta la bañera, con sus manos oscuras destacando contra el oro y plata que adornaba la cabeza del príncipe. Rhonda se quedó ahí, sin saber que hacer, mientras la princesa la tenía atrapada con la mirada.
Esto era malo. Esto era muy, muy malo. Una cosa era acostarse con un Lord, u ofrecerse a él. Con sus esposas cerca habían más peligros. Algunas no podían hacer nada más que sonreír, con una sonrisa de pómulos agrietados, y fingir que no pasaba nada. Otras podían armar un escándalo, y las más peligrosas, podrían tramar una venganza como castigo. Acusarla de robo o algo peor. No con esta.
Manos firmes, como de soldado, y Rhonda se había acostado con muchos y sabía de ello. Cicatrices a lo largo de sus brazos y un dragón, solo los estúpidos y demasiado orgullosos se olvidarían de la amenaza que era la bestia; la respuesta de ella sería demasiado violenta en comparación. Sus ojos estrechándose mientras estudiaba a Rhonda, y sus labios apretados ya sugerían que no le gustaba lo que veía. Sus músculos tensándose la tenían nerviosa. Esta no era una princesa dócil y delicada, no habría berrinche ni gritos sino algo peor, y Rhonda lo tenía muy claro.
¿Qué pasa? ¿Por qué te detienes? - cubierto de espuma, el príncipe Maegor aún no la había visto - Ortiga, no pares. - exigió con una suavidad que no hubiera esperado de él.
Hay una criada aquí con una botella. - la tensión de la princesa empezó a desaparecer - ¿Tú pediste algo?
Enjuagándose los ojos con el agua humeante, un solo vistazo sobre ella le trajo al príncipe no temor ni culpa, sino fastidio - ¿La sirvienta de antes? Hace un rato dudaba si eras tonta o sorda. Ahora creo que eres ambas. ¿Qué parte de lárgate no entendiste?
Eso hizo reaccionar a la princesa, que le pegó con fuerza en el hombro - No trates así a los sirvientes. Ellos también son personas. - y volvió a enjabonar con fuerza el corto cabello de su marido.
Un ruido que solo podía ser un ronroneo de placer surgió del pecho del hijo del Dragón, que enseguida cerró los ojos y se inclinó para facilitarle la labor a su esposa.
No necesitamos sus servicios. - pronunció la morena princesa - Por favor, márchese.
Rhonda lo hizo apresurada, no eran tan tonta como para desafiar a un miembro de la realeza, no si su esposo no la protegería. Pero se detuvo a escuchar tras la puerta apenas esta se cerró. ¿La princesa trataba de seducir a su marido durante su baño? Quizás rebajándose así era la única forma que tenía de obtener su atención. Los chismes corrían rápido, y Bertrand en su cama solía ser bastante parlanchín. La hermosa Ceryse Hightower compartía la cama de Maegor Targaryen diez veces por cada noche que pasaba con su princesa extranjera. Justo como había hecho su padre con sus dos esposas. Todos sabían quien era la favorita en sus respectivos matrimonios.
Se quedó espiando todo el rato, solo para que no hubieran gemidos de placer más allá de algunos aislados y el sonido de agua cayendo. Entonces escuchó la voz de la princesa distorsionada por la puerta.
- No puedo creer que tú demoraras más en bañarte que yo, que tengo el pelo largo.
La única contestación fue una risita masculina y un - No mires - antes de que la princesa continuara:
Maegor Targaryen, - hubo una pausa - empiezo a creer que te demoraste solo para que yo te ayudara.
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Él... Él no recordaba cómo se llamaba. Así como no recordaba bien donde había nacido. Solo recordaba el batir de las olas contra la pequeña bahía en la que se asentaba su aldea. También recordaba que frente a las costas de esta, pero mucho más lejos, había una isla. Una isla muy grande, le había dicho su padre, ¿o fue su abuelo? Bueno, era una isla de playas azules como las joyas, tan bellas que soñaba con ellas cuando podía. Había olvidado su nombre, y donde había nacido, pero no olvidaría esas hermosas playas. Eran su escape en su mente, de la tortura que era vivir. Del olor a vómito y a orina, el eterno hedor a mierda al que ya se había acostumbrado.
¿De donde era él? Era de las Tierras de la Tormenta, eso sí lo recordó. Lo sabía porque su amigo era el dorniense, y al principio pensó que sería su enemigo. ¿Por qué fue tan tonto? El dorniense era bueno. Era el único con el que podía hablar porque los otros esclavos a su alrededor no eran de Poniente, ni hablaban la lengua común. Había más hombres de las Tierras de la Tormenta, pero estaban muy lejos, a tres o cuatro filas por delante de él. Sus cadenas no lo dejaban acercarse a ellos, y la fuerza para hablar a gritos hacía tiempo que lo había abandonado.
Trató de recordar más de su hogar, de cuando era una persona y no un animal para ser vendido. Él... Él quería casarse con una vecina. La última vez que la vio, unos piratas la estaban violando. Si la vida era buena, la habrían dejado muerta ahí. Vivir como un esclavo era una miseria mucho mayor. ¿Cómo se llamaba su vecina? Él la había querido. Debería recordarle, así como debería recordar su nombre. Pero no podía. Solo podía pensar que tenía una bonita sonrisa y había querido tener muchos hijos con ella. Ahora, tendría suerte si vivía otro año más. ¿Cuántos llevaba aquí?
No podían ser muchos, si es que acaso llegaba a uno. Los esclavos no duraban mucho en el vientre del barco. Escuchó una tos y el dorniense, que dormía recostado contra él, se removió incómodo.
Entonces bajó el hombre, el hombre cruel del látigo, y empezó a bramar órdenes. Él no entendía bien lo que decía, pero entendía la orden.
- ¡¡¡Remen!!!
No existía otra orden para ellos. El dorniense se sacudió asustado. Él tuvo que preguntar.
- ¿Qué dice?
Después de todo, el dorniense había sido esclavo más tiempo que él, y fue esclavo del puerto antes de terminar en este barco.
El viento no sopla lo suficiente para llenar las velas. - le susurró, y vio al dorniense llorar sin derramar lágrimas - Quieren que rememos hasta salir de esta calma.
Él también quiso llorar. No sabía si de dolor, cansancio o desesperanza. Ya no sabía si era mejor vivir o morir. Pero junto con el dorniense y los otros esclavos, agitó sus remos. El peso de la pala lo oprimía, y el calor agobiante no lo hacía más fácil.
Se preocupó por el dorniense a su lado, que había comenzado a toser las otras noches, y trató de hacer más fuerza para que él se esforzara menos.
El dorniense lo notó aunque trató de negar con la cabeza. No estaba tan fuerte como antes. Ya no era el hombre musculoso que había sido, sino un saco de huesos. Las malditas gachas con que los alimentaban no le daban la suficiente energía. Su estómago se quedaba siempre vacío. ¡Maldita pasta blanca! Pero no le importó y siguió remando, más cuando entre azotes vio como tomaban el cuerpo de un esclavo, uno volantino, y el hombre del látigo usaba sus llaves para separarlo de sus cadenas. Una vez había soñado con matarlo y tomar la llave, ahora no se atrevía. Muerto, el esclavo liberado estaba muerto. Y sería desechado al mar para que hiciera menos peso. Por ello remaba todo lo que podía, para que el dorniense más débil pudiera recuperar sus fuerzas, o se recuperara todo lo que pudiera.
No mueras. - quiso decirle, pero le faltaba el aliento - No mueras y me dejes solo, mi único amigo.
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No te rías. En serio, te ves más guapo así. - Maegor trató de no inmutarse ante el halago, pero no pudo. Las comisuras de sus labios se alzaron contra su voluntad, y tomó todo de sí para no pasar sus manos por su cabello y arruinar el trabajo de su esposa. No es que fuera mucho. Después de todo él llevaba su cabello corto como su padre, aunque ya necesitara cortarlo un poco. Un sencillo anillo de plata adornaba su cabeza. Pero su mujer había tomado su peine y se había dedicado a acomodar sus cortas hebras hacia atrás.
Tú también luces bien. - dijo mirándola con detenimiento - Tu cabello luce como la melena de un león.
Pfttt - ella se burló. No entendía por qué. Su cabello negro estaba esponjoso alrededor de su tiara de espinas de oro rojo. Un regalo de su madre - Más bien querrás decir que luzco como un perro mojado.
Para dar énfasis a su afirmación, sacudió la cabeza en una imitación del animal, mojando con algunas gotas de agua a Maegor.
Ya basta, tonta. - intentó escudarse con sus manos, un tanto inútil - Me vas a empapar.
El mayordomo caminaba por delante de ellos, a la misma distancia que más temprano, ajeno a su comportamiento. O quizás fingiendo que no pasaba nada.
Maegor, - llamó ella - yo sé que el símbolo de los Lannister es un león dorado sobre un campo rojo. - ella se rascó cerca de su oreja - Son los ricos de la mina de oro, - él asintió porque eso era correcto - y su lema es: Oye mi rugido.
Eso está muy bien esposa. - muchos se confundían de lema con los Señores de las Tierras del Oeste.
Pero... - vio como sus pómulos se oscurecían - ¿Cómo luce realmente un león?
Oh, ¿No lo sabes? - sus pómulos se oscureciendo aún más - Pues... - ¿cómo decirlo? - es como un gato. Un gato realmente grande. No tan pequeño como un perro pero menos grande que un caballo.
¿Un perro es pequeño para un león? - su boca se quedó abierta de par en par, como una puerta doble.
- Sí. Un león fácilmente se zampa a un perro.
Ella actuó muy impresionada - ¿Y los Lannister tienen en su castillo más de estos gatos grandes?
No. - se rascó la barbilla con duda - Bueno, no lo creo. Nunca he ido allí. Aunque sí padre y Aenys. Pero creo que es más bien un símbolo. Como nuestro dragón de tres cabezas.
Pero Maegor... - resopló ella - Nosotros si tenemos dragones.
Pues claro, - se encogió de hombros - y por ellos es que somos superiores. - dijo hinchando su pecho - ¡Ah! Y la melena de los leones - amplió los brazos a su alrededor - es así.
Ortiga no sonrió ante esto, sino que arrugó su naricita hasta que su cicatriz se puso blanca, y comenzó a pasar sus dedos por su cabello, aplastándolo. ¿Qué le pasaba?
En eso, el mayordomo se detuvo ante una puerta, señalándola para que entraran ahí. Eso no parecía la sala del festín. No importaba. Fuera lo que fuera, había algo más importante.
- Ortiga, ¿Dije algo mal?
No, nada. - respondió ella con una sonrisa torcida, pero continuaba agarrando su cabello y jalándolo hacia abajo de forma frenética. Ella tragó - Estaba pensando en que quiero un gato. - dijo mientras miraba los alrededores.
¡¿Un león?! - después de todo, algunos nobles tenían bestias exóticas guardadas para ser vistas, pero Ortiga no parecía de esas.
No, no. - negó ella - Un gato-gato.
Fue su turno de arrugar la nariz - Mejor no. Se meten en cualquier lugar y no hay manera de detenerlos por completo. - eso solo provocó una risa divertida de su parte.
Sí, - Ortiga asintió - a ti no parecen gustarte mucho los animales. A menos que sea un dragón, por supuesto.
Por supuesto. - él confirmó con total aceptación.
¿Y si mejor vamos a donde nos lleva el mayordomo? - Maegor arrugó sus cejas, a pesar de que era lo lógico, el comportamiento de Ortiga se sentía... apresurado. ¿Qué sucedía?
Sin siquiera permitirle hacer la pregunta, Ortiga lo tomó del brazo y los encaminó. Al atravesar la entrada se encontraron con los miembros varones de la familia Tyrell, más un nuevo integrante. Esta sala abierta parecía un recibidor, no tan formal, ni tan relajado. Las reverencias de todos fueron sencillas y económicas, aunque Maegor vio al segundo hijo tambalearse un poco.
Princesa Orthyras, disculpe mi impertinencia, - Theo Tyrell se adelantó, siempre muy consciente de su lugar en la jerarquía social - pero me gustaría que esto se llevara a cabo antes del banquete.
Tomó al nuevo integrante de su grupo por los hombros y lo empujó hacia ella. Era un niño flaco y desgarbado, casi un renacuajo, y no podía tener más de once años. Su cabello castaño que compartía con dos hombres en la sala le habló de su familiaridad, y a diferencia de ellos, tenía un par de brillantes ojos ambarinos.
Este es Fannar Tyrell, el hijo de mi hermano menor fallecido. - Maegor solo pudo pensar ¿qué clase de nombre es Fannar?, pero no lo dijo. Estaba tratando de ser "más político" y eso se sentía como algo que no debía decir. Creía... - Y si usted lo acepta, será su escudero.