ID de la obra: 941

Sangre y fuego y otras magias extrañas

Het
NC-17
Finalizada
1
Tamaño:
665 páginas, 354.131 palabras, 50 capítulos
Descripción:
Notas:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
Compartir:
1 Me gusta 4 Comentarios 0 Para la colección Descargar

Bajo la superficie

Ajustes de texto
La escala de Alto Jardín era asombrosa. No era Harrenhall, porque nada competía con Harrenhall, pero este tamaño era fantasioso para Ortiga. Estaban celebrando en el Salón de los Festines Nocturnos, ¿o era otro su nombre? Solo sabía que sonaba muy elegante. Este no era el lugar al que ella acudió en su primera visita, y eso que pensó que aquel era el colmo del lujo. Este, con techos altísimos, galerías para músicos y vitrales, era simplemente algo sacado de una fantasía. Rocadragón era más... No tosca, el castillo estaba demasiado bien trabajado para ser tosco, sino más bien severo. Oscuro. Destinado a impresionar de otra manera. De la manera que asustaba y le recordaba a sus enemigos el poder de sus poseedores. Alto Jardín estaba destinado a ser un paraíso. A recordarle a todos la riqueza de sus señores y la fastuosidad de la que eran capaces. Después de todo, el Dominio era la región más rica de Poniente. Y la más poblada al parecer. Y el salón estaba lleno a rebosar. Lord Tyrell no se había ido por las ramas y montado algo discreto, lo que por un lado tenía sentido. Apenas ella aceptara a su sobrino de escudero, toda la Corte de Aegon se enteraría. Mejor hacerlo ahora y en sus términos. Y vaya manera de establecer lo que quería decir. Es por ello que es mi orgullo informarles... - jovial y con una copa alzada, las manos de Lord Theo estaban cargadas de anillos. Pero estos eran diferentes a los que llevaba antes, si no se equivocaba. Más temprano había favorecido las piedras amarillas. Ahora, entrada la noche, eran joyas verdes y esmeraldas las que adornaban sus dedos. Y eran tantos aros de oro que estaba segura de que podría tomar un par durante la cena sin que se diera cuenta. No lo haría, ya no era apropiado, se dijo para sí misma alzando la cabeza con ese aire de superioridad de los nobles. Ese que era común en Maegor. Pero para no perder la habilidad... Para tomar los anillos de él sin que lo notara, debería charlar con él y disimuladamente tocar sus muy cargados manos. Para ello tendría que acercarse, lo que no sería tan difícil siendo ella una de sus invitadas de honor. Entre ellos dos solo estaba Maegor, siendo considerado el invitado más importante, por supuesto. Puede ser que Ortiga tuviera el dragón y fuera a ella a quien le dieran un escudero, pero Maegor era el hijo del rey y su protector esposo. Y ella era una frágil y delicada esposa. Resopló. Sí, como no. Mi sobrino Fannar se convertirá desde ahora en el ayudante y escudero de la princesa Orthyras. Y le servirá en todo lo que esta necesite, como hemos jurado hacer cada Tyrell con los miembros de la Casa del Dragón. - la gente celebraba como si esa pudiera ser la máxima aspiración en la vida de un niño. Se preguntaba: ¿cuánto tardarían en hablar mal de la elección a sus espaldas? Porque eso era lo que hacían la mayoría en la Corte. Sonreír se frente para clavarte un puñal por la espalda. Al parecer era el deporte favorito de los cortesanos - Ven Fannar. - llamó Lord Tyrell a su sobrino - La princesa ha preparado un regalo para tí. Ven para que te lo entregue. ¡Vaya! A este hombre le gustaba controlarlo todo, incluyendo sus acciones. Al menos fue lo suficiente inteligente como para no empujarla a que le diera su regalo. El niño, que suponía que estaba informado de lo que pasaría, se acercó con un paso firme y consciente. Como si quisiera que el suelo temblara bajo sus pies. Vaya. Se ve lindo como trataba de parecer más grande. Esperaba que le gustara su regalo. Cuando se presentó ante la mesa del estrado alto, el sirviente al que mandó a buscar su presente procedió a entregárselo a ella. Parecía que el regalo pasó por medio castillo antes de llegar a su destinatario. Ortiga se levantó y se aclaró la voz - Fannar Tyrell, te entrego este presente para darte la bienvenida a mi servicio y a su vez, como muestra de lo que será tu futuro a mi lado. El chico extendió las manos con algo de codicia, solo para no poder ocultar la decepción cuando un grueso cinto de cuero marrón fue depositado sobre sus palmas. ¿Este es mi regalo? - una ceja castaña se alzó sobre unos ojos dorados. ¡Fannar Tyrell! - tronó Lord Theo - Agradécele a la princesa cualquier cosa que te de. Oh, no se preocupe Lord Tyrell. - dijo ella divertida mientras el sobrino del hombre agradecía, pero sin acercarse con muchas ganas al cinto - Tal vez no entiende para que se usa. El mequetrefe arrugó la nariz y habló con esas maneras que no pueden contener lo que tienen que decir, que es tan común en niños - Es un cinto. ¿Para que más iba a ser? Vio a Maegor beber vino a su lado, y aunque no sonreía, podía ver su genuina diversión ante el desconocimiento. Cada día aprendía un poquito más de él, como era el hecho de que le gustaba lucir serio y formal ante todos. Casi como otro niño que trataba lucir como un hombre, le susurró de forma oscura la voz en su cabeza. Ella se sacudió el pensamiento. Bueno, ¿le tienes miedo a las alturas? - Fannar pareció descolocado con el cambio de tema, a la vez que respondía que no - Bien. ¿Ves las argollas metálicas distribuidas por el cinto? - el mocoso las revisó y asintió - Son para atarlas a las cadenas de la silla. Para que no te caigas del cielo cuando vueles en mi dragón. La comprensión tardo un momento en llegar a él. Para cuando lo hizo, el niño se aferró a su regalo como un tacaño a su bolsa de monedas - ¡¿En serio voy a montar en dragón?! - su voz empezaba a perder cualquier intento de solemnidad, casi chillando de algarabía. ¡Fannar, mantén la dignidad! - una vez más, Theo Tyrell intervino. Ortiga evitó poner los ojos en blanco por la necesidad del hombre para querer controlar cada pequeño detalle. Déjelo, Lord Tyrell. - intentó sonar lo más jovial posible. No supo que tan bien lo logró, pero el gobernante del granero del reino le devolvió la mirada con una sonrisa. Ortiga miró a su escudero. ¡Vaya, tenía un escudero! Esto empezaba a sentirse real, y tranquilizó al niño - El trabajo empezará pronto, pero sí. - afirmó con magnanimidad, como si su regalo fuera lo mejor del mundo. De seguro lo parecía, por la forma en la que el pequeño Tyrell se aferraba a él. ¿A que ya no pensaba que era un cinto feo? - Como mi escudero, tu función será estar a mi lado. Y como yo generalmente estaré encima de un dragón... - se encogió de hombros - Deberías divertirte y enseñárselo a todos tus amigos. Fannar Tyrell estuvo a nada de patinar por el impulso de dirigirse a su mesa en el banquete, pero regresó para mostrarle la banda de cuero con orgullo a lady Tyrell. Se encontraba al lado de su esposo, pero no había intercambiado con el una palabra en toda la noche. Lo sabía porque vigilaba a su hijo Bertrand. Apenas había iniciado todo y ya lo había visto beber lo suficiente como para derribar a un hombre. Ortiga lo mantenía observado, porque tenía ese aire de borracho problemático, y por ende, fue consciente de su madre. Rubia y de ojos verdes como el musgo, ya sabía a quien se parecían la mayoría de los hijos de Lord Tyrell. La mujer también tenía ese porte de persona que no se deja afectar por lo que pase a su alrededor. Aún así, y aunque no la escuchó, pareció dedicarle una sincera felicitación a Fannar, que entonces si despegó a mostrar su premio a sus compañeros. Bertrand debió haber hecho algún comentario malicioso, pero lady Tyrell solo le dedicó una breve mirada castigadora y decidió cerrar la boca y ahogarse con su copa. Mejor. A ver si su madre lo mantenía a raya y Ortiga podía disfrutar de la maldita comida más abundante que había visto en su maldita vida. No creía poder comerlo todo, pero lo intentaría. Maegor le ayudaba tomando de vez en cuando bocados de su plato, sabiendo muy bien que ella no se sentía cómoda con dejar sobras. El lado bueno era que ese cuerpo suyo necesitaba más comida de la que le habían servido, y eso que fueron en extremo generosos al servirle. Le dedicó una mirada a su marido. Estaba comiendo con fruición. Aplicando su nueva estrategia para tener menos roces con la gente. Dejaba hablar a su vecino y lo escuchaba, o fingía escucharle, mientras se zampaba su comida. Así no decía nada indebido, él podía comer en paz y todos terminaban felices. Más si era alguien que tenía tanta abundancia de palabras como de recursos, como parecía ser el caso de Theo Tyrell. Sí. No debería haber en Poniente un lugar tan próspero como este. La música salía de cada rincón. La comida siendo servida mientras fluía como un río. Ella estaba en el medio de la mesa, con el heredero de Alto Jardín a un lado, y le seguían su hermana y el prometido de esta. Su hermana era la versión más joven de su progenitora, solo que mucho más hermosa... y demasiado melosa con su prometido. Si seguía así de dulce, pronto atraería hormigas. El prometido era, por lo que sabía, el próximo Lord de la Casa de la manzana roja. Debió estudiar más del Dominio completo y no sólo de Alto Jardín, se dio cuenta. En fin, el heredero de la manzana también lucía encantado de recibir los afectos de una dama tan bella, pero ¿qué hombre no? Por lo que sabía, había sido incluido en la mesa debido a la ausencia de la esposa de Harlen. Lo que importaba es que la gente de su lado era bastante tranquila, y Theo Tyrell, del lado de Maegor, se afanaba en complacerlo. No era tan tonta como para confiarse del todo, pese al ambiente tranquilo y festivo. Aún así, si le hubieran preguntado, tendría que admitir que en sus peores predicciones no esperaba lo que vino a suceder tiempo después. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Mientras una doncella preparaba la cama de la princesa y la otra le traía su leche con miel, ella estaba atendiendo su cabello. Sentada frente a un tocador, veía claramente el reflejo de la más nueva hija de la Casa del Dragón. Oscura y con cicatrices, ella no era lo que esperaba cuando lidiabas con un Targaryen. Menos aún su cabello. No caía en cascada, ni en rizos, ni en tirabuzones. Sino en ondas rebeldes que se negaban a doblegarse sin importar cuantas veces le pasara el cepillo. Como olas oscuras en un mar revuelto. Ella estaba especialmente consciente de eso luego de haber atendido a lady Alyssa Velaron durante el Recorrido Real, cuando pasó por aquí. Aún así tenía que admitirlo, el pelo era fuerte y sano, y las puntas terminaban de forma saludable. Puede que no fuera el cabello ideal de una princesa, pero si estaba bien cuidado. Lo sabía porque era su trabajo vigilar los pequeños detalles. La más mínima y inadvertida minucia podía contener un fragmento valioso de información. Y ella, como buena observadora, había sido instruida en averiguar todo lo que pudiera de esta extranjera devenida en realeza. También se le había instruido evaluar las reacciones a la pequeña situación creada por Lord Tyrell. Justo cuando pensaba que la noche pasaría con absoluta calma, las puertas del cuarto de la princesa se estrellaron contra sus goznes, haciendo que la sirvienta encargada del refrigerio nocturno de la princesa casi lo dejara caer. El príncipe Maegor entró hecho una bola de furia. Apenas podía creerse que ese hombre enojado, con una mueca de desdén casi permanente en su boca tuviera solo catorce años. Si con el tamaño que tenía ahora era impresionante, cuando terminara de crecer sería aterrador. Aunque ya lo era. Con el ceño fruncido y los músculos tensos que la ropa de dormir no podía disimular, estaba segura de que todas las mujeres de la habitación estaban temblando. Aunque quizás estuviera equivocada, se dijo cuando miró hacia abajo para notar a la invitada de su Casa preparada para un asalto. Y con la punta de una cuchilla asomando de su mano. ¿De donde había salido esa cosa? No solo el príncipe Maegor es peligroso, se dio cuenta. Lo que luego le pareció tonto. Orthyras Targaryen tenía un dragón, y esas eran las armas definitivas. Pero lejos de él, con su aspecto sencillo y su no muy impresionante estatura, la mayoría incluyéndola la hubiese descartado como amenaza. Más si uno la comparaba con su fortachón marido. Acababa de demostrarse que eso era un error. Algo más que informar, además de la próxima interacción. Maegor, ¿qué pasa? - viendo quien había entrado con tanta furia a su cuarto, la dama frente a ella se relajó con celeridad y escondió su filoso instrumento con una velocidad que casi pasó desapercibida para ella. Ignorando con tranquilidad el enfado de su esposo. ¿Puedes creer que me prepararon un cuarto separado de ti? - expresó el hijo del Conquistador, como si este resultado fuera un error terrible de sus anfitriones. Una ligera risa salió de la bronceada muchacha, antes de que le pidiera a ella que continuara cepillando su cabello - ¿Y qué tiene? ¿Cómo que que tiene? - esta vez, el hijo del Dragón se quejó como uno esperaría de un joven de su edad - ¡Yo quiero dormir contigo! Pues duerme conmigo y ya. - Orthyras se encogió de hombros, dedicándole a ella, su doncella, un guiño a través del espejo de metal pulido. Eso pareció relajar a Maegor, a quien vigilaba en el reflejo. Se rascó la barbilla, bastante marcada para su edad y asintió. Aliviado de alguna forma con la sugerencia, estiró sus brazos y se dejó caer en la cama de la princesa. Su peso repentino haciendo crujir la madera bajo el colchón. Maegor, ¿qué crees? - ya había observado la primera reacción a la que le pidieron que le echara un ojo. Maegor Targaryen prefería dormir con su esposa que sin ella. Ahora, ¿cómo reaccionaría a la provocación - Los Tyrell me regalaron esto. ¿Cómo me queda? La camisa de dormir era de una seda verde y profunda, con un escote amplio bordado con rosas doradas, diseñado para atraer la atención de un hombre. Por un lado, la princesa no lo presentó con la modestia de una dama noble ante una prenda tan sugerente, sino que giró con ella como si fuera un vestido elegante. Por otro, no hubo codicia ni hambre en los ojos de su marido. Solo un - ¡Oh! - y un - Se ve muy suave. ¿Puedo tocar? - . La señora avanzó hasta donde estaba su marido en la cama, y este no dudó en tomar la falda y restregarla contra su mejilla. Tan suave, Ortiga. Y se adapta tan bien contra tu cuerpo. - una risita salió de la muchacha - Deberíamos comprar más de esta tela para ti. Más tarde, y afuera de la puerta, ella vigiló la presencia de ruidos o agitación en el interior de la habitación. Nada. Como Lord Tyrell esperaba. El príncipe Maegor prefería compartir la cama con su segunda esposa, pero solo para dormir. ¿Qué significaba esto? No lo sabía, solo entendía que tendría muchas cosas para informar. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Sentado en su despacho, su despacho personal, Theo Tyrell trató de darle sentido al misterio que tenía entre sus dedos. Jugaba con su colección de anillos mientras tanto, los anillos que en su juventud no hubiera aspirado a usar jamás. Hoy los tenía, quizás un poco en exceso, pero los necesitaba para recordarse que él era ahora Lord Theo Tyrell y no simplemente Theo, el hijo del Mayordomo de Alto Jardín. Yo digo que el príncipe es un traga espadas. - las palabras burdas de Bertrand, recostado sobre su diván, provocaron que la mujer sobre él se riera de esa forma artificial que tienen las cabezas huecas - ¿Quién podría tenerte enfrente y no abalanzarse sobre ti, mi preciosa Rhonda? - culminó poniendo un beso sobre los labios de la pelirroja pechugona. Bertrand... - ronroneó la mujer. Pero lo que fuera que iba a decir, quedó cortado por la voz de Harlen. La golfa ya dijo lo que tenía que decir. - sentado todo firme y correcto en su asiento, Harlen solo dedicó una mirada de disgusto a su hermano, antes de posar los ojos verdes de su madre en él. Ojos que tenían todos sus hijos menos la astuta Jeyne, que aún así recibió motas en su iris de ese color - Ahora, deja que se largue. Tenemos cosas serias para discutir y que no debería escuchar una simplona. Harlen, que malo. - la mujer hizo un puchero. Sí, Harlen. Que malo. - se burló Bertrand - Tal vez si nuestra querida Rhonda te calentara un poco la cama, se te pasaría esa cara de sufrido amargado que tienes. - la muy tonta se rió con una de esas risitas agudas que le rayaban los nervios. Si esa golfa se mete en mi cama. - Harlen ni siquiera le dirigió una mirada a su hermano - Ya sabe que le pasará. - la mujer se estremeció solo para que su segundo hijo la consolarla - No tengo tiempo para andarme revolcando en el lodo con los cerdos. Alguien debe mantener la dignidad de la Casa, - olfateó con indignación - para que esto no se convierta en un chiquero. Pareció que lo último afectó a Bertrand, que ya iba a contestar. Basta ya. - su mano resonó sobre el escritorio de roble. Cuando decidió tener un despacho propio diferente del que usaban los reyes Gardener, porque por dentro aún se sentía un intruso, fue su esposa quien le recomendó que usar para que encajara con él. Había querido usar caoba pero ella lo desaconsejó. Esa madera gritaba caro y exótico, riqueza ostentosa sobre todas las cosas. El roble era igual de noble, pero más discreto. Proyectaba autoridad tranquila y permanencia. Su esposa había tenido razón, como casi siempre la tenía, pensó mientras pasaba los dedos por la superficie de madera. Era una verdadera pérdida no contar ya con su consejo. En especial cuando se enfretaba a ciertas encrucijadas - Rhonda, lárgate. Bertrand - dijo mientras lo vio volver a llenar su copa - deja de beber. Te necesito consciente para esto. Su segundo hijo hizo una mueca y se quejó - Bah. Harlen no tiene porque alterarse tanto. Todos los nobles tienen amantes. - fue a alcanzar el recipiente con alcohol, pero retrocedió. Y una de ellas acaba de tener a tu bastardo ¿no? - Bertrand dejó de lado su copa - ¿Cómo se llama la madre? ¿Poppy? ¿Puppy? - se encogió de hombros, pero Theo pudo notar el temblor ligero de sus manos. ¿Cuándo su familia se había convertido en esto? - ¿Te harás cargo también de este bastardo? Bertrand desvió la vista, pero su voz sonó más firme que con cualquier otro tema. Esto no admitía discusión para él - Sí. Harlen hizo una mueca de desdén con su respuesta, y por un instante, Theo observó con profundidad la dicotomía que eran sus hijos. Harlen era el orgullo de su Casa, la viva imagen de su madre. Quizás por ello era considerado el noble ideal. Rígido, recto, cumplidor. Hace años que el muchacho jovial pero correcto había muerto para dar paso a este hombre que no toleraba desviaciones. Del lado contrario del cuarto se encontraba el que todos llamaban la vergüenza de los Tyrell, y que muchos a su espalda decían que se parecía a él. Bertand compartía su cabello y algunas de sus facciones, pero la sangre de su madre no se quedó atrás. Aún así, todos señalaban su baja herencia el motivo de su declive. Su hijo menor se hallaba recostado en un diván, con una jarra de vino a su lado. Había bebido lo suficiente para hacer tambalearse a un par de hombres curtidos, pero aún estaba de pie. Tan joven y ya tenía una colección de hijos bastardos para mostrar, además de sus frecuentes roces con la bebida. Por suerte no se había metido en el juego, y eso era lo único que Theo podía agradecer. Nunca muy diestro en las armas, Bertrand estaba destinado a ser el administrador consumado de su hermano. Ahora Harlen no le confiaría la custodia de sus perros. Todo esto era un desastre, cuando una vez vislumbró un futuro tan brillante. Se pasó las manos por el cabello y procedió a hacer lo que hacía en estos casos. Ignorar la situación y centrarse en otras cosas. Como dijo Jeyne, y al contrario de lo que piensa la mayoría de Poniente - tomó las letras enviadas por la más fría y calculadora de sus hijos. A esta Harlen sí la consideraría para su mano derecha, si fuera hombre. Puede que incluso lo hiciera siendo mujer. Enviarla a ella a la Corte en vez de la ansiosa por ser amada de Aleria fue lo correcto - el príncipe Maegor parece sentir un inusual afecto por la princesa. Pese a la creencia general de que favorece a su otra esposa. Durante el regreso del Cortejo Real con el rey a la cabeza, su recién casado hijo lucía como si prefiriera habitaciones separadas con su altiva esposa Hightower. Pero era demasiado pronto en aquel entonces. Por ello y tomando en cuenta su comodidad, decidió brindarle su propio lecho de descanso a él y a su otra pareja. Y esa era la excusa a la que se aferraría si el príncipe se quejaba formalmente de la distribución de sus aposentos. ¡Bah! El muchacho es un tragaespadas. Te lo digo yo. - ignorando sus órdenes, Bertrand dio otro sorbo profundo a su vino - No se acuesta ni con la doncella que envíamos, ni se acuesta con su esposa. Es un desviado. Escucha mis palabras. - terminó agitado, derramando parte de su bebida. O tal vez no está interesado en caer en bajezas. - por un breve instante, la mirada de Harlen se posó en él. Sus ojos eran indiferentes contra Theo, donde una vez había habido admiración. No la admiración de un niño hacia su héroe, sino la de un hombre joven hacía alguien a quien deseaba imitar - La Hightower sirve para que cumpla su deber dinástico, la princesa extranjera... - se encogió de hombros, y de repente el parecido con el hermano que despreciaba se hizo claro Ya oíste a Rhonda y a... - Bertrand se acarició las sienes, olvidando el nombre de la mujer a la que su familia confiaba muchas cosas - ¡Bah! Se baña con ella, duerme con ella pero no la toca y se preocupa por las telas. ¡Es un maldito muerde almohadas! ¡¡¡Suficiente!!! - tronó él - No se cuestionarán los gustos de uno de los príncipes, y menos el que tiene dos esposas - y un dragón aterrador, pero eso no lo dijo - en esta Casa. Bertrand, lárgate a pasar la resaca o lo que sea. Mañana te quiero sobrio. Aún así, su hijo hizo oídos sordos y se llevó la jarra de Dorado del Rejo con él. Theo solo pudo suspirar y agitarse el pelo. Iba por mal camino ese. Entonces miró a su heredero. Su casi perfecto heredero. - ¿Tu esposa se está recuperando bien del aborto? Sí. - escueto. Harlen no era dado a las palabras últimamente. Sabes, Bertrand no está del todo equivocado. - dijo de forma suave - Los hombres nobles tienen amantes. Tú podrías tener una y... - No. Escúchame, Harlen. Solo para probar. Para demostrar que puedes tener niños y que ella es la defectuosa. - agitó los anillos entre sus dedos - Después no tienes porque hacerte cargo del bebé. Le pagaremos a la madre para que se lo lleve y... ¿No me ha escuchado, padre? - desde su lugar, su primer hijo se puso más recto de ser posible - No. Harlen, no amas a tu esposa. - era hora de poner la verdad sobre la mesa - Incluso has admitido que buscarás casarte con una Blackbar de pasarle algo. Las mujeres de esa Casa siempre terminaban con media docena, para no decir una docena entera, de mocosos berrinchudos y berreantes. La única excepción era la esposa del heredero de Antigua, aunque ese ya contaba con tres vástagos. Lo haría. - admitió su hijo sin un deje de duda, para luego mirarlo con una frialdad que no esperaba de un aliado, menos de su descendencia - Pero no estoy interesado en dejar bastardos regados por ahí como... - una de las comisuras de su labio se alzó - como ciertas personas. Los Tyrell ya somos señalados como advenedizos en posición de algo que no nos corresponde. No haré que seamos todavía más señalados con el dedo. Theo suspiró, viendo como la terquedad de su hijo se hacía presente - Solo me preocupo por ti, Harlen. Tu esposa... Mi esposa ha perdido un hijo. Yo - puntualizó - he perdido un hijo. Tu quieres agregar el dolor de un nacido bastardo a la mezcla. Para solo abandonarlo por ahí como si no valiera nada. - se burló, pero había un cinismo en su tono que era inconfundible. - Harlen... Más vale que Bertrand no se entere jamás de tu brillante estrategia, tampoco. Puede que me desagrade mi hermano, pero respeto como se ocupa de todos sus hijos, y en cierta forma los ama. ¿Qué pensaría él de ti, si conociera tu plan de abandonar a tus nietos bastardos como si fueran desperdicios de una pocilga? - se levantó de su lugar, y con una reverencia que solo debería darle un vasallo a su señor, se despidió. Ya en la puerta le dedicó unas últimas palabras - También respeto demasiado a mi mujer. No la haré cargar con esa humillación. No importa si no tiene que lidiar con los niños, no vivirá con la vergüenza de saber que existen. Theo solo pudo mirar la madera de roble bajo sus palmas. Según su esposa, representaba la perseverancia y la continuidad. Como un patrón al que deberían aspirar los Tyrell, ahora que habían llegado tan alto. ¿Por qué entonces sentía, como si las raíces de su familia estuvieran siendo expuestas y arrancadas? ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ La mañana corría fresca mientras él recorría los interminables jardines. Cuando la encontró, le pareció una imagen que debería ser guardada en su memoria. A diferencia de las damas que la acompañaban, si podía ser llamado así. Sentarse en unos bancos a una decena de pies de la princesa a la que hacían compañía, no parecía correcto. Su Ortiga estaba estirada sobre una manta en el suelo, ojeando un libro. La brisa corría fresca, y el sitio que había elegido su esposa bajo la sombra de un árbol le parecía bien planeado. Suficiente sombra para no ser dañada por los rayos del Sol, y suficiente iluminación para no necesitar de una llama. La manta también se veía gruesa y cómoda. Ortiga, ¿qué haces? ¿No deberías estar con lady Aleria? - preguntó mientras se acercaba, luego de recibir reverencias un tanto informales de las doncellas que acompañaban a su mujer. Su esposa sopló sobre un mechón rebelde en su cara antes de contestar - Estaba con la hija de Lord Tyrell. - Maegor asintió - Pero esta estaba tan preocupada por su prometido, y que se sintiera solo, - su amiga puso sus ojos en blanco y agitó la cabeza - que le dije que fuera con él a acompañarle. Que realmente no me molestaba que fuera a verlo, ya que quería leer algo. Que solo me dirigiera al maestre de este lugar y ya. - ¿Y se puede saber qué lees tú? Ortiga le echó un vistazo y sus pómulos se oscurecieron. No tardó en mostrar lo que traía entre manos - Es un libro ilustrado que me dio el maestre. - se rascó la mejilla - Quería saber cómo se ve un león. Aunque tengo mis dudas con respecto a la habilidad del que hizo los dibujos. Ah, sí. Déjame verlo y te diré el parecido. - cuando se acostó junto ella, llegó a la conclusión de que tenía razón: la manta era cómoda. Si bien ella estrechó sus ojos hacia el pequeño contenedor que traía, no preguntó que era. Tal vez distraída por el chillido de una de las doncellas o sus redoblados cuchicheos. Ortiga solo se burló un poco y regresó su atención al libro. ¿Qué les pasa? - ¿había hecho algo malo? Desde el día de su nombre, cuando su hermano anunció a su próximo bebé, era especialmente consciente de las miradas sobre él. Preguntándose si eran una burla o buscaban algún defecto en su persona. ¿Ellas? - las señaló con los ojos - Creo que consideran poco apropiado que te acuestes junto a mí. Su mandíbula quedó colgando en su cara - ¡Pero si eres mi esposa! - ante su encogimiento de hombros, devolvió la vista sobre sus espectadores. Una matrona entre ellas viendo todo con desaprobación - ¡¡¡Es mi esposa!!! ¡¡¡Y me puedo sentar a su lado a leer!!! La frase pronunciada con enojo amilanó a algunas, aunque en su esposa solo provocó diversión. Deja eso tonto. Ven y mira esto. - palmeó cerca de una página abierta - Esto se ve bonito, pero no parece un gato grande. No. - Maegor arrugó la nariz con el dibujo - Eso podría ser cualquier cosa, además de un león. Lo imaginaba. - ella se rió - Los gatos normales no parecen gatos. Y deja que veas como dibujaron los caballos. ¿No me vas a preguntar que es esto? - señaló la pequeña caja a su lado. No. - dijo Ortiga, para luego cambiar de opinión y decir - Sí. - olfateó ruidosamente - ¿Qué es? Abrió la tapa para mostrar el tesoro en su interior. La apariencia discreta de la configuración atrapada dentro de la cajita no le engañaba. Era su sabor más ansiado - Es mi dulce favorito. Almendras. - agitó la caja en su cara - Pruébalas. Maegor, tengo un libro en mis manos. - señaló las letras escritas con apasionante detalle. Lástima que los dibujos de las bestias no se correspondan - Si toco el dulce, no podré seguir hojeando las páginas. Maegor miró desde el preciado botín traído para compartir, hasta los ojos que le recordaban mucho el exquisito sabor y tomó una desición - Abre los labios entonces. Uno para ti, y otro para mí. - explicó mientras llevaba el relleno dulce que tanto apreciaba a su boca. Su mujer acogió con deleite su lógica correcta, aceptando sin problemas su idea. No como esas malditas acompañantes, de las que salió hasta un graznido de indignación. ¿Qué? No es como si estuviera compartiendo su semilla aquí con ella a plena luz del día. Decidió ignorar a las mujeres carentes de sentido común mientras Ortiga seguía revisando animales conocidos y desconocidos. Mono. - leyó su mujer con voz pausada ante la criatura burlona. Él se detuvo de masticar para compartir sus conocimientos - Vaya, ese sí se parece bastante. - dijo mirando al animalejo - Creo que madre tuvo unos de esos. ¿Ah, sí? - Ortiga volvió a fijarse en la criatura, mientras abría su boca y esperaba su parte del festín. Sí. Hoy era un buen día para guardar en su memoria - ¿Para que sirven? ¿Diversión? - lo cierto era que no estaba muy seguro - Madre lo tenía como mascota. - vio a Ortiga quedar boquiabierta antes de continuar - Madre le puso incluso ropa de su bufón. - ¿Tu madre le puso a su mascota la ropa de un bufón? Bueno, eso creía. Como no estaba seguro, se encogió de hombros y continuó repartiendo su pequeño y saborizado objeto de deseo entre los dos. Desde un lugar mucho más alejado del mismo patio, padre e hijo paseaban mientras contemplaban la escena. Más cercanos al estanque sobre el que se unían los Tres Cantores, los famosos arcianos que según contaban había sembrado el legendario Garth Manoverde con sus propias manos, usaban la cobertura de las inmensas figuras para que los distraídos príncipes no notasen a simple vista su presencia. ¿La está... - Bertrand tragó en seco. Estaba sobrio, pero no firme sobre sus pies mientras preguntaba - ¿La está alimentando? Como para responder a su pregunta, el príncipe Maegor colocó algo en la boca de la princesa. Su figura más grande cerniéndose sobre la pequeña, pero nada delicada dama. Sí. - contestó su padre antes de apretar sus labios - Y tu hermana no está junto a ellos para vigilarlos. Como debería estar haciendo. Ja. - Bertrand se burló, antes de lamerse sus propios labios para hablar - Esa debe estar persiguiendo a su prometido. Desde que arreglaste su matrimonio, la muy tonta esta desesperada porque la ame. No te burles de tu hermana. - pronunció con fuerza Lord Theo, solo para que su segundo hijo resoplara y comenzara a mirar a su alrededor. Cuando un sirviente se les acercó, le hizo una ceña a la que el mozo obedeció - Ahora que ves esto, ¿sigues creyendo que el príncipe tiene gustos... - observó a su hijo - diferentes? En defensa de su hijo, este hizo una mueca ante la sugerencia - Eso fue el alcohol. Ya sabes como me pongo. Solo un loco o un borracho creería eso de él. ¡Míralo! - señaló al príncipe. Su padre golpeó sus manos extendidas para que las bajara - ¡No señales, Bertrand! ¿Es que acaso incluso sobrio no puedes ser disimulado? Perdón, padre. - Bertrand lamió sus labios de nuevo mientras miraba a su alrededor - Estoy un poco nervioso. En eso, el siervo regresó apresurado con una copa de vino en una bandeja. Bertrand... - regañó su padre al verlo beber todo en un par de tragos. Es solo para despertarme. - dijo Bertrand mientras sonreía. Lo cierto es que de repente parecía más agudo y concentrado. Abrió sus brazos para demostrarlo - Ves. Estoy bien. Solo fueron unos tragos. Lord Theo Tyrell, segundo Gran Señor de Alto Jardín, solo pudo asentir. Por su parte, donde descansaban los dos príncipes, una pequeña caja de dulces se agotaba. Vaya, - Maegor le echó una mirada al vacío contenedor, aunque ya sabía que iba a ver - se acabo. Que mal. - dijo su esposa con pesar, antes de mostrarle una sonrisa torcida y amplia - Pero tengo que admitir algo. Eres mejor gente que yo, Maegor Targaryen. Y más generoso. ¿Por qué dices eso? - Maegor no pudo evitar fruncir sus cejas. Cierto, él trataba de ser mejor, para no convertirse en el futuro en alguien cruel. Y no consideraba ser una mala persona. Pero su esposa siempre se preocupaba por los demás, incluso las personas salidas de lo más bajo. ¿Cómo podía ser él mejor que ella? Esto me atrevo a decírtelo ahora, solo después de que se acabó el dulce pero, - su sonrisa se hizo demasiado amplia, enseñando sus dientes - yo no me hubiera atrevido a compartir mis bizcochos favoritos. - él abrió su boca y ella soltó una risita - Lo más seguro es que me hubiera escondido y me lo hubiera comido todo yo sola. ¡Que mala eres, mujer! Justo después de que yo te diera la mitad de lo mío. - aún así, no se enojó. Ortiga actuaba muy rara con la comida - No te preocupes, mi malvada esposa. - dijo ante su falta de arrepentimiento - Si te gusta tanto el dulce, yo conseguiré más. Y no seré tan codicioso como para no darte la mitad. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Mi Señora... Lady Bashara... - caminando por la cubierta del barco, se encontraba la mujer más hermosa que muchos hombres jamás verían. Con cabellos trenzados de tal forma que semejaban hilos de oro blanco, y ojos tan claros que parecían carentes de color, su visión dejaba en claro que ella era de la sangre de la vieja Valyria. El hombre lo intentó de nuevo - Embajadora Bashara. Solo cuando mencionó su título, la preciosa aparición se dignó a detenerse. Silencioso y a su espalda, también se detuvo su séquito esclavo. Dos mujeres de apariencia valyria, hermosas por si mismas pero opacadas por su ama, cargaban toldos portátiles de telas finas y madera oscura. Una dama noble volantina no debía ser manchada nunca por la luz del astro rey. Su piel debía lucir impoluta, para distanciarse aún más de las clases bajas que la rodeaban, y Bashara se adhería firmemente a esta creencia. Aún en medio del mar. Un esclavo armado de piel negra como el carbón, y al que nadie en toda la tripulación le había visto emitir jamás una palabra, servía de perro guardián. Aunque no hizo ningún movimiento más allá de quedarse quieto y esperar, sintió una repentina necesidad de retroceder de su presencia, pero no podía. Devolvió la vista a la ama del hombre. Sin una palabra de ella, él no se movería. La beldad esperó con paciencia, sin preguntar que se le ofrecía. Le dieron ganas de retorcer el sombrero que se había quitado para dirigirse a ella. Pero ya que había reunido el coraje para interrumpirle, tuvo que tomar el valor para hablar de sus preocupaciones. Mi Señora Bashara... - hubo un breve parpadeo de emoción y se dio cuenta de su error - Embajadora Bashara, disculpe que un servidor como yo interrumpa su paseo matutino, pero hay preocupaciones entre la tripulación. Un solo y breve asentimiento fue lo que le concedió el permiso para continuar. Los vientos no han sido favorables. Un número grande de remeros esta agotado y sin posibilidad de sustitución pronta, por ello debemos mantenerlos. Es claro que los dioses no favorecen este viaje. - la belleza arrugó las cejas, muy de seguro confundida sobre a donde quería llegar - La tripulación esta hablando. Una mujer en un viaje tan largo no es muy aprobada por los dioses del mar. Solo silencio respondió a su explicación, por lo que se vio forzado a continuar. Sus labios agrietados por el aire salobre y curtidos por el sol, no habían nacido para intercambiar palabras con tan fina dama, pero lo intentaría. En ocasiones, si los dioses dan su beneplácito, una mujer puede viajar todo un largo trayecto y no ocurre nada. - apretó el sombrero en sus manos, seguro de que le quedarían arrugas al mismo - Pero cuando los dioses marinos rechazan su presencia de tal manera, lo correcto es dar la vuelta y esperar en el puerto a que sus disgustos amainen. Entonces, - la escuchó hablar por primera vez. Su voz no era clara ni músical, sino ahumada. Le hizo desear con desesperación una mujer en su cama. Miró a sus esclavas, a sus muy bonitas esclavas, y las descartó. Muchos amos no les importaba quien usara a sus posesiones comunes, pero estas eran personales. De seguro las reservaría para prestárselas al capitán o a sus oficiales, si quería algo de ellos. Tendría que conformarse con liberarse en uno de los esclavos de la bodega. Lo bueno de su condición es que ni siquiera podrían intentar oponerse a sus atenciones, no es que les sirviera de mucho. Siempre obtenía lo que quería - me dices que confías tanto en el poder de los dioses, ¿qué deseas qué nos anclemos al puerto más cercano, en espera de sus señales favorables? ¿Tanto crees en sus designios? Sí, mi Señora. - dijo evitando temblar ante su esbelta figura, notando que se había equivocado con su título una vez más. Entiendo. - su rostro se suavizó con una expresión benevolente y sus labios se alzaron en una sonrisa dulce - Te concederé tus deseos. ¿Son ciertas sus palabras, mi Señora? - no pudo evitar con gratitud. Por supuesto. - le respondió ella - Grillo. Todo lo que sitió fue una fuerza que lo arrastraba y una sensación de caída, antes de que el salado líquido entrara por su boca y su nariz y lo cubriera por completo. La tripulación presente en la cubierta se quedó impactada cuando el esclavo moreno agarró a uno de sus miembros y lo lanzó por encima de la barandilla. Solo atinaron a permanecer paralizados mientras el hombre chapoteaba en el agua. Nadie intente rescatarlo. - se dirigió a todos ellos la dama volantina, con la sonrisa tranquila de quien no ha hecho nada malo - Solo cumplí su deseo. Vuestro compañero no se siente cómodo en un barco con una mujer, porque molesta a sus dioses. Así que lo saqué del barco donde había una mujer, y como confía tanto en sus deidades, puede esperar a que ellos lo rescaten. Dio una ligera sacudida, como para continuar su camino, cuando recordó - Ah, y soy la embajadora Bashara, si fueran tan amables de recordarlo... La mujer era bella, bella como la nieve sobre las montañas, pero era igual de cruel. Sus ojos de repente no parecían incoloros, sino un lugar donde el hielo de su alma había encontrado como mostrarse. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Las nubes negras se tornaban más amenazantes a cada momento. Dunstan había viajado al pueblo, preocupado porque el cielo finalmente se abriera y dejara escapar una lluvia torrencial. Por extraño que pareciera, en lugar de venir del mar Angosto, este temporal venía soplando desde el continente. Lo que hizo que una alarma sonara en su cabeza. Ya tenía una casa nueva, una de las más bonitas del pueblo, y por supuesto bien condicionada. La comida que le era traída desde el castillo no sólo era suficiente para alimentarle, sino que era variada. Un hombre como él no podía pedir más en la vida. No esperaba que le pagaran por sus servicios, al menos no tan pronto y no tras entregarle un hogar nuevo con todos sus enseres, pero el príncipe Maegor había establecido que se le pagaría y había que pagarle. Las primeras monedas depositadas en sus manos lo hicieron sentir entero de nuevo. Esto no era el pago de un inválido, sino el de un experto en su profesión. Dunstan volvía a ser un maestro artesano. Su descubrimiento le aseguraba que no estaba atrapado en una tarea imposible. Y así, con las necesidades primordiales cubiertas, vino otra preocupación. El frío, ese que se te mete en los pulmones, había sido un asesino silencioso que había vivido con todos ellos antes en su vieja choza. Ahora tenían un cálido hogar junto al fuego, pero... ¿Y la ropa? No podía exigirle a los príncipes que se la suministraran. Uno no hacía demandas tontas y con ellos habían sido más que generosos. Así que con las monedas resonando en su bolsita, se encaminó al pueblo. Esta vez no como un hombre roto, sino finalmente con algo de dignidad. Su pie se arrastraba y algunos desviaban la vista, pero él mantuvo su cabeza en alto. Si una vez sintió vergüenza, el hambre de sus niños la había matado. ¿Por qué la sentiría ahora cuando era un hombre solvente para sus estándares? Después de todo, cuando le ofreció moneda al comerciante de telas, este las tomó con ambición. Poco le importó que su mano no funcionara bien. Sus estrellas de cobre valían tanto como las de los demás. Para la confección, decidió confiar en la viuda de la esquina, la que le compraba el pescado y a veces le daba pequeños trabajos. No muchos lo hacían, y ahora que estaba arriba, le parecía justo apoyar a quienes una vez lo apoyaron. Ya estaba llegando a su casa cuando el cielo se abrió, y una lluvia torrencial cayó sobre él. Si hubiera sido antes, hubiera podido correr el pequeño tramo que lo separaba de la entrada. Con su pie inutilizado, esos cuantos pasos tuvo que tomarlos con calma. Para que no le fuera peor y terminara revolcado de en el piso. Al menos no tuvo que arrastrar su pierna por todos los malditos charcos de lodo del camino. ¡Papá! ¡Papá! - sus dos crías ya lo esperaban. El caldo en la chimenea se cocinaba a fuego lento. Cría. - sacudió el cabello del menor, provocándole una risa - Lorcan, ¿hicieron lo que les pedí y guardaron las cosas en el almacén? Sí, papá. - dijo orgulloso el mayor de sus hijos - Guardamos las herramientas y todo el polvo seco para que no se mojara. Su maravillosa ceniza volcánica. Considerada como nada más que molesto polvo. Años de verla barrida por el suelo y desechada como basura le parecieron un desperdicio enorme, luego de descubrir su potencial. Espera... Lorcan dijo polvo y herramientas... Su corazón comenzó a latir acelerado, teniendo que agarrar a su hijo por el brazo. Lorcan, - lo sacudió - ¿y las mezclas? ¿Dejaste las mezclas afuera? Los ojos de su hijo se agrandaron, y de no ser de su agarre, habría salido disparado bajo lluvia. ¡Déjalo, Lorcan! ¡No tiene sentido! - exclamó enfadado - Si te metes bajo la lluvia ahora, no conseguirás salvar nada. Solo estropearte los pulmones. - sintió el impulso de agitarlo. Los ojos de Lorcan aguándose mientras era regañado. Dunstan se apretó las sienes. Si solo el polvo se hubiera mojado, le hubiera importado menos. Pero se mojaron las nuevas mezclas hechas para experimentar, que no solo eran el gris material seco y molido, sino que tenían agregada cal. Inundadas de agua, los elementos se arruinarían y serían irrecuperables - ¡Maldición, Lorcan! ¡Te dije que lo guardaras todo! Cojeó hasta la ventana, donde la abrió ligeramente para espiar su centro de pruebas. Filas de contenedores de la nueva mezcla descansaban ordenados. Desde aquí podía ver los primeros, cubiertos de agua. Todo una carga arruinada. Se pasó las manos por el pelo, buscando la solución. ¿Qué hacer? Se sentó en el piso, pensando. No se atrevía a decirle al príncipe que desperdició sus recursos. Puede que solo tuviera catorce años, pero Maegor Targaryen era una figura de temer. Pero, ¿cómo justificar tal desperdicio? De repente se le ocurrió una idea. Su descubrimiento era reciente y nuevo, ni siquiera el príncipe debería esperar resultados tan pronto. Quizás, se rascó la barbilla, quizás debería decir que la cal pérdida era producto a sus múltiples pruebas. Después de todo, nadie media ni llevaba un control de la ceniza todavía. Sí. Esa era la solución. Observó a sus niños, que se habían quedado callados y quietos, y los llamó - Entiendan, mis vidas, dependemos de esto para comer. Cuando señaló su patio, a través de las ventana cerrada, ambos asistieron. No deberían haber olvidado aún el dolor de un estómago vacío. Papá, con su brazo y su pierna mala no puede hacer muchas cosas. - ambos miraron las extremidades destruidas por un accidente - Y las que puede, la gente no me deja hacerlas porque son feas. ¡No son feas! - gritó el menor para luego agarrarse de su pierna inservible - ¡Solo están rotas! Lo están. - admitió - Pero al mundo no le importa. Entonces, este trabajo, - volvió a señalar hacia afuera - es un regalo enviado a nosotros. Tenemos que cuidarlo. O sino, volveremos a como estábamos antes. Sus niños temblaron. El menor aferrado a él, Lorcan de pie, junto al fuego. Dunstan volvió a levantarse y mirar por la ventana. Que desperdicio. - la imagen no cambiaba. Sus vasijas con mezcla, que había puesto a secar, desbordadas de agua. Negó con la cabeza y quitó de sus ojos la desagradable visión. Sin saber que bajo el líquido, la mezcla fraguaba. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ El compás de su respiración era relajante por si sola. Debido a su propio peso, que hundía el colchón, su esposa estaba pegada a él. O puede que solo buscara su calor. A Maegor no le importaba. Pasaba sus dedos por su brazo desnudo, contando una a una las cicatrices que ya conocía y buscando unas nuevas. La piel suave, el bache entre su carne marcada, le producía un placer diferente. Así que repitió la operación una y otra y otra vez. El olor de Ortiga, mezclado con agua de rosas, le llegaba a la nariz. No era tan malo, pero el prefería el jabón con aroma a cítricos que ella usaba en Rocadragón. Así olía bien, pero no era totalmente ella. Solo por si acaso, se acercó a su cuello para profundizar en su aroma natural. Ah... Mucho mejor. Las cosquillas hicieron que se retorciera, y Maegor temió haberla despertado. Pero no. Solo provocó que se pegara más contra él. El acercamiento lo obligó a echar un vistazo más profundo. Ortiga repetía la bata regalada por los Tyrell. Las doncellas que la habían visto volver a usarla, sugirieron que si tanto gustaba de ella, en Alto Jardín se le podrían confeccionar más. Ortiga iba a negarse, él sugirió colores más Targaryen. Le encantaría ver el contraste de rojo o negro contra su piel oscura. Entonces lo golpeó la tentación. No se atrevía a mirar su escote, o si no, en esta habitación poco iluminada, no podría despegar sus ojos de ahí. No es correcto. No es correcto. No es correcto. No pudo dejar de repetirse. Así que se dispuso a disfrutar como la tela se pegaba a su piel, dibujando sus músculos y curvas. El material suave lo llamaba. La tentación de pasar sus manos por su torso cubierto. Pero no podía, porque no tenía permiso. Pero quería tanto... Nadie sabría la fuerza de voluntad que le tomaba no hacerlo. Aún así, no se pudo negar a pasar sus manos por el contorno en el aire. Él no sabía mucho de belleza, pero de algo estaba seguro: esto era hermoso. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ ¡Bertrand! - la voz de aguda de Rhonda, chillona en su placer, le perforó los oídos - ¡Tú si que eres un hombre! No como ese mocoso del príncipe. Aunque pronunciada en un tono bajo, no se podía negar que la pelirroja seguía molesta por el rechazo del segundo hijo del Dragón. Por supuesto que lo soy, querida. - dijo él mientras le apretaba uno de sus hinchados pezones. Sin embargo, el placer que esperaba no llegaba - Un hombre de verdad no podría rechazarte. Solo un tragaespadas. ¡Bertrand! - Rhonda regañó, pero podía sentir el placer malicioso por su sugerencia. Es cierto, querida. Todos los hombres, incluso los que aman a sus esposas, tienen amantes. - esta vez, su mano intentó apoderarse de su teta por completo. Lo que fue infructuoso. Había una razón por la que Rhonda la pelirroja era la sierva de cama favorita de muchos nobles visitantes - Que el príncipe no folle contigo ni con su esposa, es señal de que algo está mal con él. Como algo estaba mal en el fondo de Bertrand. Lo sabía. Todavía existía la parte tonta e idealista de él, que quería creer en el amor puro y fiel. Pero esas eran estupideces que se contaban para adormecer a las doncellas. La fidelidad no existía. No tenía sentido buscarla ni esperarla. Solo valía el placer del momento. Los hombres de verdad tienen varias mujeres y se complacían con todas ellas. Por eso sabía que había algo mal en él. Para empezar, no podía sentir verdadera satisfacción por tener a Rhonda en su cama. Su polla flácida en sus calzas. Por ello tomó un trago largo de vino, y luego otro. Hasta que dejó de sentir tanto. Ni sus sueños tontos, ni vergüenza por quien se había convertido, ni asco por la situación en la que estaba. Tenía una mujer caliente en su cama y tenía que demostrar quien era. El príncipe Maegor es un tragaespadas. - repitió mientras estaba encima de Rhonda. Sus chillidos mientras la montaba eran iguales a los cerdos del matadero - El príncipe Maegor Targaryen es un tragaespadas y yo te lo voy a demostrar.
1 Me gusta 4 Comentarios 0 Para la colección Descargar
Comentarios (0)