Una crísis y un sabor a limón con miel
31 de diciembre de 2025, 16:09
Cuando era llamado a las cámaras de un noble, Ian no encontraba la situación chocante. Cuando fue un bardo errante, su voz no fue el único servicio que ofreció. Tanto a hombres como a mujeres. Lo que sea para no volver a esa aldea minera en la que había nacido.
Su madre siempre alabó su belleza, y como sus manos no deberían llenarse de cayos como las de su padre. Él se sintió siempre diferente de sus hermanos, y cuando se le presentó la oportunidad, aprovechó para escapar de la miseria en la que había crecido. Eventualmente, su camino lo llevó al exuberante Dominio, lejos de las colinas en las que nació.
La tierras más fértiles del reino eran proclives a estar divididas entre el puritanismo absoluto y la ferviente adhesión a la fé, y la decadencia más desenfrenada. La santidad impuesta y perseguida coexistía con el vicio indulgente. Era un lugar donde Ian podía prosperar, pero el peligro aún acechaba en cada esquina. El placer era tanto admirado como vilipendiado. Por eso la oferta que le dieron aquí le pareció un regalo del cielo.
Ian no era tonto. Sabía que era usado para satisfacer a los invitados, ¿y qué? Tenía un lugar cálido, seguro, y los lujos que nunca en su vida se hubiera atrevido a soñar. Sin trabajos pesados, sin exigencias que no estuviera dispuesto a cumplir. El precio a pagar le había parecido muy bajo. Después de todo, ya estaba acostumbrado a ello. Solo que esta vez, cuando le informaron quien lo requería, sabía que esto solo podría terminar mal.
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¿Cuándo voy a montar el dragón? - el mocoso preguntó por quinta, ¿o era sexta?, vez. Sus ojos dorados brillando con excitación. Maegor, que no reconocía bien las emociones, entendía esta muy bien. Entenderlo no significaba que no lo considerara molesto.
Hoy no. - dijo mirando hacia el niño que se había presentado esa mañana más que dispuesto a "servir a su señora". Con el cinturón ya atado sobre su ropa, su verdadero objetivo estaba claro - Hoy alimentarán a Nyxia.
- ¿Y que tiene que ver ser alimentado con volar?
Pues, - no dudó en alzar el dedo para explicar. Puede que él no fuera considerado un gran conversador, pero este era un tema que amaba abordar - si son empujados a ello, no importa que no hayan comido, los dragones volarán. Pero...
El sobrino de Lord Theo Tyrell lo escuchó con completo embelesamiento, como si sus palabras contuvieran los secretos de la vida. Bueno, eran conocimientos sobre los dragones. Algo considerado igual de importante para los Targaryen.
... si son alimentados con suficiente comida, como está pasando - ambos miraron hacia si esposa, que cargaba uno de los cadáveres de oveja sacrificada sobre sus hombros, depositándola cerca de Nyxia en lo que iba a buscar otra más - se mantendrán en un estado menos activo y calmado. Preferirán quedarse tranquilos y digerir sus presas en vez de salir a volar.
El niño asintió, observando a Ortiga aproximarse con el segundo de los tres corderos destinados a alimentar a su montura.
Tres ovejas es suficiente para llenar a Nyxia, y a su vez, dejarlo lo suficiente alerta para si se necesita salir con él por cualquier motivo. - continuó Maegor - En caso contrario y de no alimentarse: el dragón podría estar más irritable e indispuesto a ceder a los comandos. O dedicarse a cazar en los territorios adyacentes.
Los campesinos se morirían de miedo. - afirmó el niño.
Los campesinos y los terratenientes. - completó Maegor.
Ortiga llevó el último cordero, y ya se había reunido una pequeña multitud para el espectáculo. Bueno, pensó Maegor, al menos respetaron la distancia que su esposa le indicó a los sirvientes. Para evitar un desastre, Ortiga se mantendría cerca durante la alimentación, para calmar a la bestia. Parecía risible en cierta forma. Una diminuta humana le daba al gigantesco dragón seguridad sobre su comida.
Una orden fue pronunciada, y pronto, llamas de rojo encendido y dorado brillante cayeron sobre la pila de cadáveres.
Oh, ¡qué fuego más lindo! - tuvo que darle la razón al niño. Hasta ahora y de los dragones que conocía, Nyxia tenía la llama más hermosa. Que el color de su fuego no se correspondiera con las escamas de el Ladrón de Ovejas era un misterio por sí mismo - ¿Cuánto tardaré en conducir yo al dragón?
¡No lo harás! - dijo agarrando sus hombros. El sobrino de los Tyrell se agitó un poco al ser sostenido de repente - Nunca te atrevas a intentar controlar a un dragón ajeno por tu cuenta.
Me refería a con uno de ustedes dos detrás de mí. Soy joven, - hinchaba el pecho con solemnidad - pero no se me olvida que solo los Targaryen doman dragones.
- Ni siquiera es solo eso. Yo puedo tener el linaje correcto, pero si monto a Nyxia sin mi esposa, seré desbancado. Puede que hasta devorado.
Ojos como el ámbar iluminado se abrieron bien grandes, antes de que el muchacho se rascara la coronilla - Pero eres un Targaryen, ¿por qué... - Miró desde la espinosa bestia marrón hasta él y de regreso.
No importa que yo sea un Targaryen. Un dragón tiene un solo jinete. Así como un jinete tiene un solo dragón. Esa es la naturaleza del vínculo. - afirmó con la altivez de saber algo que alguien más no - Con el tiempo, cuando su jinete fallece, un dragón puede conseguir a alguien más, pero nunca mientras su jinete esta vivo. Ahora, - Fannar no se perdía nada de su explicación - dos personas pueden montar a un dragón, solo si el jinete lo permite y esta presente. Pero sin el jinete...
La boca del escudero se abrió grande, antes de echar un vistazo al patio, donde el Ladrón de Ovejas se daba un festín de su carne favorita. Ortiga se mantenía a su lado, su presencia calmando la territorialidad del animal. Ser demasiado agresivo con su jinete tan cerca y en peligro de ser dañada por él no era una opción.
Viendo los restos humeante, el niño lanzó otra pregunta - ¿Por qué el dragón solo come después de quemar a sus presas y no carne cruda como otros depredadores?
Oh. Una interrogante bastante interesante sobre la que los valyrios habían lanzado múltiples conjeturas. Maegor tenía sus teorías favoritas entre las más aceptadas, y pese a su renuencia a charlar, siempre estaba dispuesto a discutir sobre ellas.
Los dragones son criaturas únicas en muchos sentidos, con una inteligencia superior a todas las demás bestias. Sobre el consumo de carne chamuscada se cree... - una voz arrastrada lo interrumpió.
Vaya, vaya, si es Fannar de los helechos. - Bertrand Tyrell se dirigía a ellos, arrastrando en sus brazos a la pelirroja que se le ofreció unos días atrás. Aunque bien vestido, había un aire desaliñado en su peinado. El brillo de sus ojos y su paso no del todo firme le avisó que el segundo hijo de esta Casa no estaba del todo sobrio - No te basta con ser el escudero de una mujer, ¿ahora sueñas con convertirte en jinete de dragón, Fannar de los helechos? ¿Quieres que escriban sobre ti tu propia canción?
El niño enrojeció al momento y apretó sus manos de una forma que Maegor conocía muy bien. La frustración de estar enojado y no saber cómo responder. No es que a él le importara defender al mocoso, pero era ahora un servidor de su esposa y por lo tanto de su bando. Además, pensó con una mueca, le parecía que de alguna forma se estaba burlando de algo relacionado con su mujer.
Quiero pensar que no te estas burlando de que tu princesa tenga un escudero. En especial cuando fue una oferta de tu Casa. - sus ojos se estrecharon cuando el Tyrell no retrocedió, sino que se recostó contra la mujer a su lado.
Esta al menos bajo sus ojos ante la mirada de Maegor. Una observación desapasionada de ella mostró un escote bajo y un corpiño mal ajustado. Elevó una comisura de su labio antes de desviar la vista. Vulgar. Pero, ¿qué se podía esperar de los gustos de un borracho? Al final, su esposa tenía razón: Bertrand Tyrell era un ebrio consumado.
No. No. - Bertrand respondió con una sonrisa, aunque algo lo incomodaba de esta - Aunque dudé al principio de la idea, su esposa tiene una especie de - agitó sus manos en el aire - no sé qué viril. El tipo de mujer fuerte que encajaría contigo.
El Tyrell tenía razón en que Ortiga encajaba con él. Después de todo, la sangre del dragón se atraía. Aún así, una parte de él se erizó por el comentario y trato de analizar sus palabras en busca de ofensa. Esperen...
¿Mi esposa... - debió haber escuchado mal - viril?
Por supuesto que sí. - asintió Bertrand con una sonrisa puntiaguda - Mírala.
Él trató de ver a lo que se refería. Ortiga usaba calzas como siempre, solo que en vez de llevar un jubón, se cubría en esta ocasión con una camisa. Una opción lógica considerando que tuvo que cargar tres ovejas y no quería mancharse de sangre. El sudor del esfuerzo la cubría y la prenda se le pegaba al cuerpo, pero poco más. Maegor no vio a lo que se refería así que solo se encogió de hombros con Bertrand.
Bah, la chica esta enseñando los músculos a todos. - ¿eh? Ortiga era más fuerte que la noble promedio, pero para él todavía estaba flaca y le faltaba ganar peso. Sus brazos, aunque más macizos, eran palitos comparados con los de hombres musculosos - ¿No ves que se dedicó a cargar todo eso para demostrarle al público de lo que era capaz?
Señaló a los distintos grupos que observaban la alimentación de Nyxia de lejos. Aquí en el Dominio, ver a un dragón comer no era algo común, por lo que tanto damas como caballeros, y algún que otro sirviente, contemplaban lo que ocurría. Incluso estaba la hermana de Bertrand, Aleria, aferrada a su prometido que estaba también presente.
Nadie aquí excepto mi esposa puede alimentar a Nyxia. - intervino - Ella cargó esas ovejas porque debía, no porque quería.
- Eso lo podían hacer los sirvientes.
Nyxia es demasiado feroz y posesivo para que unos desconocidos se le acerquen. - respondió con sinceridad.
¡Bah! - Bertrand se agitó - Eso son excusas.
¿Qué tan borracho estas? - dio un olfateo rápido. El aroma a alcohol, aunque ligero, estaba presente - Solo un imbécil se acercaría a ese dragón mientras come.
Estas muy interesado en defender las acciones de tu... mmm... mujer, ¿eh? - el tono de burla no le pasó desapercibido - Supongo que ustedes dos se cubren el uno al otro. - terminó golpeando su hombro con una familiaridad que nunca había permitido mientras le guiñaba el ojo.
¿Eh? ¿A qué se refería? Como estaba cansado de discutir con alguien que hablaba cosas sin sentido, decidió pasar a la acción - Si estas tan seguro de lo que dices, ¿te atreverías a acercarte tú al dragón? ¿O acaso solo sirves para hablar?
Bertrand se sonrojó y apretó toda su cara. Mientras, la sonrisa desapareció de la mujer que lo acompañaba. Bertrand se separó de ella, encaminándose hacia la bestia. La moza intentó detenerle.
Bertrand, - la alarma se encendió en su voz - no creo que sea una buena idea.
Suelta, mujer. - de un zafonazo la alejó de él - Yo le voy a demostrar... - no terminó de oír lo que decía.
Justo como esperaba, Nyxia notó su acercamiento al primer momento. Sus alas, que antes estaban recogidas, comenzaron a extenderse. Un chillido, luego otro. No apreciaba que Bertrand se dirigiera hacia su cena. Ortiga también lo seguía. En un punto, y viendo que el Tyrell no retrocedería, colocó su mano sobre una de sus patas. El ruido que soltó Nyxia fue como el de una trompeta, si el sonido de mil trompetas pudieran salir de una garganta y este advirtiera que tenía el deseo de partir por la mitad a los que lo escuchaban. Bertrand resbaló en el suelo, y estaba seguro de que recuperó su sobriedad en un instante, porque reculó con una muy impresionante celeridad.
Las respuestas de las otras personas fueron mixtas. Hubo algunos gritos, y al parecer, Aleria se desvaneció sobre su prometido. Algunos echaron veloces carreras. Pero la mayoría, viendo que Nyxia recuperó la calma tras la vergonzosa retirada de Bertrand y unos cuantos rugidos de victoria, permanecieron en el lugar riendo divertidos. El Tyrell regresó por donde vino, llenando de suficiencia a Maegor. Al verlo regresar, cruzó sus brazos sobre su pecho y preguntó:
- ¿Qué pasa Bertrand? ¿Te asustaste del dragón que no hacía nada?
Fannar se fijó en todo lo que hacía; entonces cruzó también los brazos sobre su pecho y usó su tono molesto para preguntar - Sí, Bertrand. ¿No me digas que tienes miedo?
Por respuesta solo recibieron una cara muy roja y una maldición.
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Puto tragaespadas. - Bertrand bebió un tragó directamente de la botella de vino para calmar sus nervios - Él sabía muy bien lo que iba a pasar. Apuesto a que lo disfrutó.
Pues veamos si disfrutaba tanto cuando supiera que Bertrand conocía su aflicción. Probablemente su esposa era como él. Una desviada. O no. Solo no había tenido un hombre decente. La muchacha no era graciosa como las mozas más coquetas, pero parecía pegarse mucho a su marido. Quizás si quisiera a un hombre, solo que no lo tenía. Aunque era demasiado masculina. Estaba confundido.
Bertrand agitó la cabeza intentando despejarla. Tal vez la chica era normal, y el príncipe... Bueno, aunque fuera un desviado, era un príncipe. Quizás no debería...
Quizás no sea inteligente lo que hice. - dijo poniendo una mano sobre su cara. Por un instante, una alarma sonó en su cabeza. Parecía gritar: ¡Consecuencias! ¡Consecuencias! - El príncipe Maegor...
El príncipe Maegor es un tragaespadas. - Rhonda elevó seductora la botella de regreso a sus labios - Tú lo sabes. ¿Por qué sino rechazaría tener una mujer en la cama? ¿Un hombre normal lo haría? - preguntó mientras se restregaba contra él de forma muy obvia.
Más que para sierva, esta mujer debería trabajar de puta, pensó con disgusto. A pesar de ello, puso su mejor sonrisa y la besó en los labios.
Cierto, mi pelirroja. ¿Por qué un hombre no se acostaría contigo? - la apretó contra él mientras le agarraba él trasero. Nada. Bebió otro trago.
El alcohol ahogó esa vocecita qué gritaba en el fondo de su cabeza. Quizás. Quizás. Quizás...
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Ian se aclaró la voz, atrayendo la atención del príncipe en la bañera de cobre. Vaya. No era broma cuando el personal decía que los Targaryen no deberían tomar sus baños en tinas, sino en cacerolas puestas al fuego de la cocina. El humo blanco se elevaba de la superficie del agua. Uy. Sí. Ni por todo el oro de Roca Casterly él se iba a acercar allí.
Las cejas apretadas en un ceño de enojo pasaron a uno de confusión mientras el príncipe lo observaba. Vaya. Se veía bastante joven cuando no estaba tenso. Demasiado joven. ¿Qué pasaba si era como él, justo como dijo Bertrand, pero todavía no lo sabía? Suave. Tenía que ser muy suave, pues estaba pisando suelo muy peligroso.
Como la princesa se encuentra muy ocupada tomando un baño extenso, - el príncipe asintió con lo que dijo. Después de todo, su esposa trataba de sacar la sangre de cordero y el olor del animalejo carbonizado de su cabello, además del olor propio de su montura. No. La princesa se demoraría lo suficiente - fui enviado como ayuda de cámara a suplir cualquier necesidad que usted tenga. Cuando salga del baño, por supuesto. - puso algo de jovialidad al final para tantear el terreno.
El hijo del rey solo dejó escapar un suspiro suave y comenzó a restregarse con lentitud. Tenía que admitir que era una vista hermosa. Piel blanca y un color de pelo que se inclinaba más hacia el oro que hacia la plata, sin llegar a serlo, esta persona tenía rasgos que envidiaría cualquiera en el negocio del placer. Los ojos violetas solo parecían más misteriosos con la bruma del agua.
Ian se preguntó si el príncipe se inclinaba de verdad hacia otros gustos, o no. Sus músculos no le decían nada. Contrario a lo que muchos creían, un aspecto más masculino no te hacía ansiar las atenciones femeninas. Así como rasgos delicados no te inclinaban a ser un muerdealmohadas. Mírenlo a él. Estaba seguro de que los Tyrell pensaban que se doblaba para aquellos a quienes era ofrecido, cuando Ian prefería en verdad ir arriba. No es que no hubiera tenido que aceptar recibir a los señores a los que era enviado, aunque eso no lo disfrutaba mucho. Aún así, era su trabajo.
Aunque con este, mmm, saboreó la idea. Quizás no fuera tan malo ser tomado por este, pensó mientras veía que se enjabonaba el torso. Pero primero lo primero, averiguar si tenía peculiaridades o no. Después de todo, aunque según Bertrand no había ninguna prueba de que el príncipe gustara de las mujeres. Tampoco tenía ninguna de que gustara de los hombres. Más allá de rechazar a Rhonda, por supuesto.
Si a Ian realmente le atrajeran las mujeres, tampoco se revolcaría con ella. Pero por un lado, Ian conocía a esa perra envidiosa. La muy zorra todavía lo resentía porque según ella, sedujo a aquel apuesto caballero cuyo nombre ni siquiera recordaba. Muy bonito por fuera pero un cerdo en la cama, y no en el buen sentido. Pero Rhonda lo había querido, y luego se había enfadado cuando el hombre había querido a Ian, lanzando una acusación tras otra sobre las artes de él como tragaespadas. No entendía que si alguien no gustaba de las mujeres, no iba a gustar de ninguna mujer, incluyéndola a ella. Y por el otro lado, a él jamás realmente le gustaron las féminas. No es que no pudiera complacerlas con la motivación adecuada, pero no todos funcionaban así.
Durante su diatriba interna, el Targaryen se levantó de la bañera chorreando agua e Ian le alcanzó la tela para que se secara. Aprovechó para darle un vistazo más profundo, ¡y por los Siete!, que pedazo de jovencito. Se arrepintió al instante de la idea de dejarse tomar por él. Si el príncipe se tambaleaba en sus gustos en las sábanas, Ian le rezaría a cada uno de los dioses para que le gustara ser la mujer en la cama. Ese trasero no podía ser ignorado.
Entonces, mi príncipe, soy experto en masajes. - intentó ser sutil a la vez que dejaba caer ligeras pistas - Por si siente los músculos tensos.
El príncipe se detuvo e Ian esperó su reacción. Pero solo estiró el cuello hacia un lado hasta que sonó, antes de decir - No. Estoy bien. Aunque quizás después.
Parpadeó un poco anonadado. ¿Eso era un: sí, pero estoy cansado ahora? ¿O un: no tengo idea de lo que tratas de sugerir en realidad?
Al parecer tendría que esforzarse un poquito más. Quieran los dioses que si el muchacho gustaba de atenciones masculinas, fuera consciente de ello. Y que no las rechazara. Aquellos que gustaban de los hombres, pero no lo admitían, eran más malos con Ian que incluso los "normales". Después de todo, lo deseaban pero no podían aceptarlo.
Déjeme ayudarlo con eso, mi príncipe. Ese cordón bonito pero algo difícil. - Ian aseguró la bata de descanso a sus caderas, acomodándola con suavidad - Listo, - puso su voz ronca lo más suave que pudo - ¿no se siente así mucho mejor? De seguro que si se ve.
El Targaryen frunció el ceño, e Ian, muy preocupado, esperó el rechazo. En su lugar, Maegor se inclinó hacia el espejo, revisando su imagen - Yo no veo nada. - estudió su reflejo con detenimiento - Estás hablando tonterías.
Vaya. Parece que el consejo de Rhonda de que había que ser directo con el príncipe debería ser escuchado. Insinuación tras insinuación pasaban desapercibidas para él. No le gustaba esto, no le gustaba para nada. Si el muchacho quería dormir con hombres, todavía no lo sabía, e Ian no le gustaba estar en la posición de ser quien le enseñara. Esto podía ir en muchos sentidos. Demasiado riesgo, aunque el beneficio fuera igual de alto. Pero Bertrand había ordenado servir al príncipe y complacer sus apetitos más bajos, e Ian no se podía ir de aquí sin hacer una declaración implícita. O Bertrand lo sabría, tarde o temprano, porque en Alto Jardín todo se sabía.
Bien Ian, hora de ponerse firmes - ¿Cómo que no? - pasó un dedo a lo largo de su pecho - Si estás magnífico, querido. - el príncipe lo miró estático. Tiempo de subir la apuesta - Y estoy seguro de que te sientes aún mejor. - la sonrisa sensual que puso no podría ser ignorada mientras apretaba uno de sus brazos.
Por un instante, cuando el príncipe lo sostuvo, algo en Ian brincó de felicidad. Incluso si era inexperto, la noche prometía. Pero eso fue hasta que el agarre se transformó en un apretón brutal. La cara de Maegor Targaryen todavía estaba perdida cuando él elevó su rostro hacia el príncipe. Pronto pasó a la confusión y luego a la furia. Uy. No le gustaba la compañía masculina. No le gustaba para nada. Así como no le había gustado la oferta. Esto va a doler, fue lo único que le dio tiempo a entender, cuando un brutal cabezazo borró todo pensamiento con un ardor cegador.
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Puñetazo. Puñetazo. Puñetazo. Gran parte de la ofensiva cara había desaparecido. La nariz se había quebrado y no estaba seguro de si la sangre salía de sus fosas nasales o de su boca. O de algún otro lado. Terminada la cara, fue por la mano ofensiva. Esa que lo tocó. El afeminado fue fácil de girar en el piso como un muñeco de paja. No dudó en alzar su brazo y comenzar a empujar. Bajo él, el hombre-muñeco se retorcía. Sintió vibrar el suelo mientras el brazo hacía ¡Crack!, aunque lo sintió más que escucharlo.
Se dio cuenta de que el mundo se había quedado mudo cuando vio la cara de su esposa moviéndose. Sin voz. Ojos bonitos con forma de almendra. Almendras deliciosas. Un exterior duro y resistente, para esconder el más delicioso y dulce interior. Como su esposa.
Oh, no. Su esposa parecía preocupada. Lo sacudía y le hablaba, pero él no podía entender. Su esposa le agarró el rostro y lo guió hacia abajo, hacia el hombre ofensivo. Oh. Su esposa estaba desnuda y mojada. Pezones oscuros expuestos. Eso no era correcto. Miró a su alrededor y la tomó de la cintura, arrastrándola a la ventana. Un solo jalón y las cortinas se desprendieron de sus soportes. Uno le pegó en el hombro, pero fue como el roce de una mariposa. Ni lo sintió. Tenía otra tarea que hacer. Envolver a su esposa para que no estuviera desnuda. ¿Por qué no podía hacerlo? La tela no tomaba su forma y se amontonaba encima de ella. Tenía que cubrirla. Su esposa lo tomó de la mandíbula y lo miró a los ojos. Con sus ojos bonitos. Y habló. Pero su boca se movía sin emitir sonidos para él.
Déjame cubrirte. - trató de decir, pero ningún sonido salió de su propia boca mientras continuaba amontonando tela sobre ella.
Ortiga se asustó. Lo podía ver, pero ¿de qué? Él estaba aquí y la cuidaría. Entonces ella ayudó. Un par de movimientos y la cortina la envolvía como un vestido apropiado. Todo cubierta. Fue en ese momento cuando su mujer se dirigió al hombre ofensivo con su cara ya no tan ofensiva. Quiso agarrarla pero su esposa tenía sus propias creencias.
Boca rota habló. Sus labios se abrieron y se cerraron, y su esposa se alejó de él para ir a gritar a la puerta. Ella se alejó del hombre ofensivo, bien. Pero también se alejó de él, mal. Aún así, regresó a su lado, mejor. Su esposa, su dura por fuera, dulce por dentro esposa continuó hablándole.
No escucho. - quiso decirle, pero su voz no salía.
Otra vibración lo obligó a mirar por la puerta. El Señor de este lugar y su hijo estaban aquí y su esposa gritaba. La primera vez no lo había hecho, se dio cuenta. No cuando ahora su piel se ponía oscura y su cara se engurruñaba mientras señalaba al sirviente herido en el piso. El hijo del Señor salió, y antes de que se diera cuenta trajo al otro. Al no heredero.
Tambaleándose sobre sus pies dijo algo. Algo que dijo enojó a su esposa. Frunció el ceño. Si ella estaba enojada, él estaba enojado. Iba a abalanzarse sobre él cuando su hermano se giró y lo derribó de un puñetazo. Una mirada hacia abajo le mostró a su esposa sujetándolo.
Esta bien. No me voy a ir si no me dejas ir. - pero una vez más las palabras no salieron.
Su esposa gritó, o habló o lo que sea, y los Tyrell se retiraron. Así como vino un sirviente y se llevó al ofensivo invasor en el piso. Ortiga lo sujetó de la mano y lo llevó hacia su cuarto. Directo a su cama. ¿Quería dormir? Esta bien. Le gustaba dormir a su lado. Más si ella estaba así sosteniendo su mano. Era una lástima que no escuchara lo que le decía. Podía estar seguro que eran palabras bonitas. Su dura y dulce esposa.
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Ella se encontraba bordando. Hilo de seda amarilla, grueso y resistente, atravesaba las guías que eran marcadas por su punzón. El objetivo era un patrón sencillo: una rosa estilizada sobre un fondo marrón. Esperaba pasar este tiempo a solas en paz, luego de su visita diaria al septo. No era algo que disfrutara, pero eran tareas para mantener su imagen. Para mantener sus muros en pie y sus defensas en alto. No sería cuestionada y su existencia transcurriría tranquila, en esta bendita calma que en el fondo detestaba. O al menos esa fue su esperanza, hasta que unos pasos que se oían en una loca carrera se acercaron hasta su lugar.
Una puerta se abrió con estrépito, y la falta de reverencia con la que se presentó la sierva le habló de la urgencia de la situación antes de que ninguna palabra fuera pronunciada.
Mi Señora, - los ojos grandes de una criada temblaron junto con su respiración agitada - Mi Señora, Bertrand...
Su familia se caía a pedazos. Otro desastre que tendría que parchear. Ella suspiró ante la temblorosa sirvienta y dejó sus instrumentos a un lado, organizados para cuando regresara. Tenía que pensar. ¿Cómo sacar a los suyos de esta situación?
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Él había estado despierto todo ese tiempo, pero de repente fue consciente de la textura de la piel de Ortiga. Ella estaba en la cama, aferrada a él. Su cuerpo más pequeño envolviéndolo de forma protectora. La cortina con la que estaba cubierta, (¿por qué había usado eso para vestir a su esposa en lugar de algo más?), había perdido la forma de su vestido improvisado y dejaba expuesto su vientre.
Ortiga, - su esposa se sacudió y sus manos apretaron los cachetes de Maegor, dirigiendo su rostro en su dirección - deberías ponerte otra cosa. Esa cortina es muy áspera.
¿Estas despierto? - fue su única respuesta. En la oscuridad del cuarto podría jurar que vio brillar algunas lágrimas.
Por supuesto que estoy despierto. - sus cejas se arrugaron, confundido por su preocupación - He estado despierto todo el rato.
Ella negó con la cabeza, una nube de cabello oscuro agitándose a su alrededor - No. - ¿no qué?. - ¿Sabes qué pasó?
Un afeminado me tocó. - sus cejas se arrugaron aún más - Me estaba mirando mientras me bañaba. - la miró con claridad - Yo reaccioné.
- Sí. Eso fue idea de Bertrand.
¿Bertrand? - estaba tan confundido - No entiendo.
¿No escuchaste nada? - un temblor recorrió a su mujer antes de endurecerse - El hijo de puta de Bertrand envió al tipo a ganarse tu favor.
¿Cómo se hace con las mozas? Asqueroso. - gruñó - ¿Por qué me siguen enviando mujeres? No. - se detuvo - ¿Por qué me enviaron un hombre?
Porque Bertrand es un borracho y por lo tanto, actúa como un borracho. - la escuchó sorberse los mocos. ¡Qué sonido más desagradable! - Entonces, ¿te han enviado algunas mujeres?
Varias. - hundió su rostro contra su pecho. Le gustaba estar atrapado aquí, en sus brazos - En cada Casa en la que nos detuvimos, creo. Puede que sea una tradición ofrecerlas. Ya sabes: pan, sal, mujer. - una preocupación le subió por la columna - No toque a ninguna. Lo juro.
Esta bien. Te creo. - sus palabras fueron acompañados de sus dedos peinando su cabello. La sensación de sus caricias y la vista de la piel expuesta de su vientre lo acunó hasta la ensoñación.
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Una luz molesta lo sacó de su sueño. Trató de girar en su cama pero aún así, el molesto estímulo no desapareció. Gritaría - ¡¿Quién dejó abiertas las malditas ventanas?! -, pero con su dolor de cabeza, eso solo intensificaría los latidos. Se revolvió en la cama de nuevo. Este no era su colchón. ¿Se durmió en el lecho de otra de sus mujeres?
Abrió los ojos con suavidad, conociendo muy bien lo que le haría el exceso de luz. Por pura suerte, aunque no estaba mal iluminado, las ventanas de este lugar eran muy pequeñas y demasiado altas. Parpadeó dos veces. Este no era el lugar de ninguna de sus mozas. Un vistazo a su alrededor demostró que la habitación estaba amueblada y bien surtida. ¿Una noble menor? Esto era mala idea. En especial si podía convencer a alguien de que la forzó y le arrebató su virtud. Podría exigir un matrimonio, y más cuando su padre quería que se casara. Como su hermano estaba sin hijos, algunas lo veían como un premio en los últimos tiempos. No importaba su reputación. No importaban sus bastardos. Sin herederos del primogénito de Alto Jardín, él se había convertido en una presa jugosa. Bertrand no estaba interesado en serlo.
Tomó unas respiraciones profundas para manejar el mareo, antes de llamar - ¿Hay algún puto sirviente aquí? Tengo hambre.
Escuchó ruidos metálicos, como de pestillos corriéndose, y entonces vio aparecer un hombre. Lo miró de forma entrecerrada. Juraría que este era del personal del castillo. ¿Ummm? ¿Estaba en Alto Jardín? ¿Por qué no lo llevaron a sus habitaciones?
Quiero romper el ayuno. - exigió - Tráeme algo de comer y mi vino.
Un asentimiento profundo y una retirada. Él se echó en la cama, cubriendo sus ojos con su antebrazo mientras el metal sonaba de nuevo. El sonido lo confundió, pero las puntadas que asediaban su cerebro le impidieron analizar nada. Pronto el hombre regresó, dos sirvientes sin nombre cargaban bandejas de comida mientras él portaba su tablero abatible. Esto fue la prueba de que estaba en Alto Jardín, pues Bertrand personalmente había mandado a fabricar este mueble como mesa de cama cuando su condición le impedía levantarse con propiedad la mayoría de las mañanas. Lo que no resolvía la duda de por qué no lo llevaron a su cuarto. Se encogió mentalmente. No tenía ni las ganas ni el deseo de averiguar el porque.
Pan blanco, mermelada, fruta y queso. Y leche. ¿Leche? ¿Se pensaban que era un niño? - ¿Dónde esta mi vino? Necesito algo para quitar el mal sabor de mi boca. Quiten esa cosa - señaló con el estómago revuelto el líquido blanco y espumoso - de mi vista.
Una inclinación y la leche fue retirada. Uno de los sirvientes regresó con una copa nueva y una jarra. Un solo sorbo le probó que era agua - ¡¿Qué es esta mierda?! - palmeó la mesa abatible, arrancándola de su regazo y enviándola al suelo - ¡Dije vino, malditos desgraciados! ¡¿Es que acaso son sordos o lentos de entendederas?!
Los dos nuevos sirvientes se lanzaron al suelo a limpiar los desechos, mientras el primero que vio permanecía de pie, inmutable.
Las órdenes fueron claras. - ¿órdenes? Bertrand tragó en seco. ¿Qué mierda estaba pasando? - Solo se nos permite ofrecerle agua, leche o infusiones. No habrá vino. No habrá aguamiel. No habrá aguardiente. - lo pronunció todo de una forma tajante que le dio escalofríos. El sabor pastoso en su boca se acentuó.
¿Quién les dio esas órdenes? ¿Están locos? - se estaba agitando. Un temblor ligero se empezaba a apoderar de él - ¡Cuando salga de aquí los mandaré a azotar!
El siervo asintió, pero en vez de doblegarse solo afirmó algo - También tiene prohibido salir.
Como para acentuar lo que dijo, los otros dos sirvientes salieron llevándose sus destrozos. El sonido de un pestillo cerrándose fue claro está vez. Un sudor frío se deslizó por su cuerpo. El temblor de sus manos se acrecentó. Bertrand lamió sus labios. Su boca seca.
Tengo plata. - pronunció con desesperación. Esto tenía que ser idea de Harlen o de su padre. Más de Harlen. El hijo de puta rígido despreciaba a Bertrand y su muy mentada promiscuidad. Maldito envidioso. Los hombres iban de mujer en mujer, no es su culpa que Harlen fuera un adepto a una moralmente estúpida fidelidad conyugal - Más plata de la que ganarás tú en tu vida. ¿No quieres dejar de ser un sirviente besador de culos? Traeme en secreto una jarra de vino.
Pero solo recibió una negativa. Ningún interés en la fortuna ofrecida.
Por favor. - se oyó suplicar mientras le castañeaban los dientes. El pánico comenzaba a morderlo. Necesitaba su copa de vino. El criado no se conmovió. Podría decirse que era un pordiosero quien le suplicaba por monedas para beber y no el hijo de su amo. No habría misericordia de su lado.
Entonces nació la rabia. Bertrand era un Tyrell. El gobierno del Dominio había sido entregado a su abuelo por el mismísimo Aegon el Conquistador. Este despreciable hombre frente a él era solo un plebeyo. ¿Cómo se atrevía a desobedecerle? ¿A ignorar sus peticiones? Uno estaba destinado a servir y suplicar al otro, y ese no era él.
Por ello, intentó abalanzarse sobre el mozo. Podía ser menos fuerte, pero ningún siervo se atrevería a tocar a un noble. Ningún siervo excepto este, pensó, mientras era sacudido como un trapo y depositado de regreso en el colchón. Bertrand se quedó mirando como el hombre arrastraba una silla y se sentaba frente a él. Brazos cruzados y actitud de maestro de armas dispuesto a apalearle si se portaba mal.
Cuando su padre llegó, sus temblores eran inconfundibles. Había dejado una huella húmeda en la cama, a la que tuvo que regresar porque las náuseas no le permitían estar de pie. O sentado. También había vaciado la vejiga, y el estómago un par de veces, en el orinal.
Padre. - el alivio fue inconfundible - Padre, estoy mal.
Lo sé, hijo. - el tono era pesado. Oscuro. La condición de Bertrand era obvia a simple vista.
Llama al maestre. Este no quiso. - señaló al siervo sentado - Llama al maestre para que al menos me de una poción.
No pasará hijo. Él, - cabeceó a quien ya conocía como su guardián - te vigilará. Si piensa que estas muy mal, solo entonces traerá al maestre.
¿Por qué me haces esto padre? - gimió. Sin esperar la respuesta a continuación.
- ¿Recuerdas lo que pasó anoche?
Bertrand trató de recordar. ¿Había armado un barullo en el septo de la fortaleza de nuevo? El septón le guardaba algo de rencor desde que se acostó con aquella viuda de las Tierras de la Corona. La que acudió para la boda del mocoso Targaryen. La había impresionado contando como el septo de Alto Jardín competía con el Septo Estrellado de Antigua, y la había llevado allí para que lo comprobara. Quizás se pasó un poco al tomarla allí, pero es que no pensaba que hubiera nadie. Esperen... El mundo de Bertrand se paralizó, o al menos lo hizo su cuerpo. La firmeza volvió a sus manos y un torrente de recuerdos volvió con una claridad un tanto aterradora.
No. - dijo mirando alarmado a su padre - Dime que no hice eso.
Lo hiciste. - el rostro de Theo Tyrell no había estado tan oscuro en años. Recordaba con horrorosos detalles cuando fue la última vez.
Bertrand se recostó hacia atrás, cubriendo su cara. Deseando con todas sus fuerzas que esto solo fuera un sueño borracho. Intentó tragar saliva, pero su boca estaba seca.
¿Cómo... - dudó, realmente no quería saber pero tenía que preguntar - ¿Cómo está todo?
¿Realmente quieres saber? - el tono de su padre fue tan frío que lo hizo saltar en su lugar. Su carcelero solo miraba hacia el frente, como si no estuvieran discutiendo una ofensa a los mismos dragones - Enviaste un maldito puto... No una moza, un puto, al maldito Maegor Targaryen. ¿Y adivina qué? El príncipe no es un jodido tragaespadas.
Y no podemos, no sé, - se lamió los labios - dejarlo como una broma de mal gusto.
¡¿Te estas oyendo?! - su padre gritó por primera vez - Enviaste a un afeminado a seducir a un príncipe mientras se bañaba. Ningún hombre recto toleraría eso. Menos los malditos Targaryen.
Necesitaba un trago. O varios. Para olvidarse de todo esto. Pero Bertrand vivía para revolcarse en la miseria - ¿Qué tan malo fue?
La cara de Ian no volverá a ser la misma. El maestre dice que tiene un hombro dislocado y el brazo fracturado. - su padre intentó controlarse, girando sus anillos en sus dedos - No se si lo recuerdas, pero Maegor Targaryen daba miedo ayer. No había furia ni enojo en él. No había alma detrás de esos ojos. Solo crueldad.
Theo Tyrell empezó a deambular en el lugar. La estancia demasiado corta para que su padre, un hombre todavía joven, pudiera liberar sus energías.
Y organizaste esto con su esposa justo a su lado. - eso lo alteró aún más. Padre quería una alianza con ambos hijos de Aegon, pero la primera prometida de Maegor hacía que las cosas fueran espinosas. La princesa Orthyras, salida de la nada, fue la respuesta a muchas de sus plegarias. Unirse a ella era poner un pie en la línea de Visenya, y de alguna forma, crear oposición contra los altivos Hightower y su vociferante reclamo - La princesa tampoco estaba feliz anoche, para nada. Su dragón no está feliz. Desde ayer no hay persona que pueda acercar a su patio sin que le gruña. Y este no es Azogue. El dragón de Aenys parece un juguete en comparación.
Los temblores de Bertrand estaban lentamente regresando a él. No sabía si eran de necesidad o de miedo. No cuando comenzaba a sentir un hueco expandiéndose en su estómago. Todo dentro de él le gritaba para que se hundiera en las sábanas y fingiera que nada de esto había pasado. Pero no funcionaría. Su mente trataría de analizar una y otra vez todo lo que había hecho. Cada error repetido hasta la saciedad. Buscando en que se había equivocado y cual hubiera sido la forma correcta de actuar. El olvido llegaría solo en el fondo de una botella. Lo sabía muy bien.
- Necesito un trago.
El rostro de su padre pasó de preocupado a gélido - Tus tragos fueron lo que nos metieron aquí. Tu madre tiene razón.
¿Madre? - las náuseas volvieron con renovadas fuerzas - ¿Madre esta involucrada?
- ¿Quién crees que esta intentado resolver todo lo que provocaste?
El mareo y el alivio se revolvieron de forma incómoda en su interior. Su madre era una mujer muy inteligente. Todos sabían que Jeyne había heredado su astucia. Si alguien podía solucionar este desastre sería ella. Pero... no le gustaba que su madre supiera de sus desastres. No importa que no hiciera nada para esconderlos. No podía soportar su cara de decepción. La sensación de saber que ella lo había visto fallar, de nuevo.
- ¿Madre sabe que estoy aquí?
- Tu madre ordenó esto. Es una parte fundamental de su plan. Y no pienso contrariarla. No por ti.
¿Y qué es precisamente esto? - observó a su alrededor. Estos cuartos estaban bien amueblados. Sin embargo, lucían demasiado cerrados para su gusto.
Estas aquí por tu bien. Y como castigo. - concentró toda su atención en su padre, que acomodaba su ropa, como hacía cuando se preparaba para salir - Esta es una de nuestras habitaciones para invitados más ilustres... y renuentes.
Bertrand observó sus alrededores con mayor atención. Las ventanas estaban demasiado altas y enrejadas. Sería imposible salir por ellas. El ruido metálico de las puertas resonó en su mente. Esto era una celda. Una prisión para nobles rehenes. Y Bertrand estaba aquí.
Padre, ¿qué va a pasar conmigo? - tuvo que aferrarse a las sábanas bajo él.
Esta habitación será tu hogar temporal por algún rato. Dígamos un par de lunas. - se sacudió el polvo invisible de su cuerpo - Una ofensa requiere un pago. Esto podría considerarse bajo, pero tu madre está tratando de enterrar todo. Para que los Tyrell no tengamos que pagar el precio.
- ¿Así que me van a encerrar para que reflexione?
Su padre asintió, pero fueron las palabras que dijo a continuación las que lo sumergieron en una espiral de terror - Y te quitaremos lo que pareces ansiar más que nada. No más mujeres y no más alcohol. Después de todo, son tu veneno.
La garganta se le cerró. La sangre se le heló en las venas. ¿Sin bebida? ¿Tendría que vivir cada día sabiendo en lo que se había convertido?
No, padre. No. - negaba tal destino de forma casi histérica - No me haga esto.
Yo no he hecho nada. Te lo hiciste tu mismo, Bertrand. - con los últimos arreglos a su ropa, su padre se dispuso a marcharse.
Padre. - se lanzó a alcanzarlo, sujetando su mano - Déjeme encerrado. Llévese a mis mujeres. Pero al menos déjeme el vino. Lo necesito. - se oyó patético hasta para sus propios oídos.
Con un arranque, su padre se libró de él - ¡Suéltame, maldito borracho!
Tirado en el suelo, sin la fortaleza para levantarse, Bertrand estaba viviendo una de las situaciones más humillantes de su vida. No le importó. Así como no le importó el asco en la cara de su padre.
Deme aunque sea un poco de cerveza. Cerveza aguada. - las súplicas se convirtieron en exigencias ante la negativa de Theo Tyrell de hacerles caso - ¡Usted me lo debe, padre! ¡Usted me lo debe! ¡Yo mentí por usted! - el clank de la puerta y el sonido de cerrojos cerrándose lo hizo gritar con más fervor - ¡¡¡Yo mentí por ti!!! ¡Me lo debes! ¡Cabrón hijo de perra! ¡Estoy así por tu culpa! - gritó incluso cuando su padre ya debía haber dejado este pasillo. Incluso cuando el descontrol se apoderó de su cuerpo y la voz se le quebró. Cuando pasó el suficiente tiempo para que hasta en su locura, supiera que sus desvaríos no llegarían a su padre, las lágrimas hicieron su aparición - Yo mentí por tí, papá. Yo mentí por tí.
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Ortiga se despertó en un lento estiramiento, y con una comezón. Maegor tenía razón. Esta cortina en la que estaba envuelta picaba y era áspera. Pero no había tenido el valor de cambiarla anoche, decidida a sostener a un príncipe Targaryen en la cama. Lo que era risible, considerando que se podía deshacer de ella con un solo brazo. Y hablando de cierto príncipe, miró hacia él. Aún recostado contra su vientre, tenía los ojos abiertos y la vista fija en un punto invisible. No tardó mucho en notarla despierta. Entonces, su cara se tornó en una máscara de furia, pero por alguna razón la desconcertó más el motivo de esta en vez de sentir miedo para la rabia que veía.
¡Bertrand Tyrell me tendió una trampa con un maldito desviado! - su expresión se hizo más severa - ¡Pensaba que me gustan los hombres en la cama! - aulló al final.
Vaya, - parpadeó ante la escena que tenía ante sí - ¿Te estas enfadando... ahora?
¿Qué tiene? - Maegor se separó de ella de un tirón. Tenía puesta su bata de baño. Vaya. Los dos habían dormido con la ropa incorrecta. Y luego se burló de ella misma, porque ahora tenía ropa "correcta" para dormir.
Nada. No tiene nada. - ella también se levantó, intentando mantener el áspero material contra su cuerpo y observando que tan factible era cambiarlo por la sábana - Es solo que tú te empiezas a enojar ya cuando se me está empezando a pasar todo a mí. - era divertido si lo pensabas.
¿Por que te ríes? - su sonrisa pareció aplanar la rabia de Maegor, o quizás posponerla, considerando cuanto había tardado en llegar - ¿Ortiga?
Soy solo yo siendo tonta. - tomó la sábana y se cubrió con ella. Una sacudida y un par de brinquitos y adiós tela que da comezón. Luego de apretarse su nueva cobertura, se dispuso a investigar el atractivo aroma. Solo tuvo que abrir las puertas del cuarto para ver, perfectamente servido en el recibidor, un festín entero sobre su mesa de comedor privada - Oh, esta gente es astuta. Supongo que nos quieren felices y contentos luego de anoche. Excelente. - y con las mismas se dispuso a asaltar la comida.
¿Cómo que excelente, mujer? ¡¿Qué no te das cuenta de lo que hicieron?! - Maegor la siguió a través de la entrada, agitándose cada vez más - ¡Enviaron a un tragaespadas a mis aposentos! ¡Mientras me bañaba!
Lo sé. Y por eso estoy comiendo. - dijo, antes de observar entre tanta exuberancia un plato que contenía un par de pequeños, y muy bonitos, pasteles de limón. Sus favoritos. Todos suyos. Maegor que comiera otra cosa. En Alto Jardín se priorizaba la estética sobre la cantidad de comida, y estos diminutos pastelitos, por muy atractivos que fueran, no daban para los dos.
No entiendo. - el tono de Maegor seguía subiendo - ¿Qué tiene que ver eso con la comida?
Que no pienso bien con el estómago vacío. - contempló la esponjosa masa antes de zamparla de un bocado. Tratando de atender a los modales que tanto le exigían, se lo terminó de tragar antes de continuar - Y necesitamos pensar bien lo que vamos a hacer.
¡¿Cómo que pensar bien lo que vamos a hacer?! ¡Bertrand Tyrell me ofendió! - exigió, su pie golpeando el suelo - Necesita ser castigado.
Estoy de acuerdo. - asintió mientras contemplaba la segunda, y dulce pieza. Esta la saborearía. Para disfrutarla mejor. Por eso empezó a comerla en pequeños mordisquitos - Pero vinimos aquí por una alianza. Y no pienso dejar que un maldito borracho me lo arruine. No voy a fallar.
¿Por qué estas preocupada por fallar? - bajo la furia, la voz empezó a sonar rota - ¿No ves que me ofendieron?
Maegor, - lo observó. Alto, fuerte, imponente. Pero de alguna forma no parecía seguro sobre sus pies - lo sé bien. Es por eso que estoy pensando. Como conseguir justicia y a la vez, mantener las relaciones. Y de no poder conseguir ambas, tenemos que ser inteligentes y pensar que es lo mejor a largo plazo. Tu sabes más de esto que yo. ¿No es lo correcto?
Sí. - pero la corta palabra pareció desesperarlo.
Se acercó a él y tomó su mano, haciendo círculos relajantes sobre ella. Todavía le preocupaba que volviera al estado de ayer: aunque despierto, no del todo con ella. Y preguntó - ¿Dime? ¿Qué es lo que realmente sucede? No parece ser solo la ofensa.
La pregunta pareció calar hondo. Primero Maegor se quedó estático. El negro superando al violeta en sus ojos. Hubo un temblor. Su pecho se expandió pero no bajó con la misma celeridad. Todo se volvió para él más interesante que ella: la mesa, el suelo, la pared. Su tono fue plano, demasiado plano, cuando dijo - No sé de que hablas. ¿Por qué estaría molesto además de la ofensa?
Porque de alguna forma, no creo que sea eso. - intentó guiarlo por su mandíbula para que la mirara de nuevo. El príncipe intentó resistirse sin usar su mayor fortaleza en su contra. Cuando él no pudo evitarlo, cuando sus orbes se posaron sobre ella, continuó - Porque soy tu amiga. Y los amigos no se dicen mentiras.
Yo... yo... - sus manos se abrieron y cerraron en un ritmo constante. Intentó decir algo, abría la boca una y otra vez hasta que la agonía llenó sus gestos. Ella se empezó a preocupar de verdad. ¿Qué pasaba? Cuando comenzó a golpear su cabeza, saltó alarmada.
¡Maegor! ¡Maldita sea, detente! - sujetó el brazo agresor y lo agitó - Basta de lo que sea que sea esto. ¡Me vas a decir que esta mal y me lo vas a decir ya!
Maegor respiraba como si hubiera salido de una carrera por su vida. Inspiró hondo, buscando calmar el ritmo, y repitió la acción. Un vistazo hacia ella y no tardó en poner su mano contra su cabeza, cubriendo la mitad de su rostro - Bertrand cree que soy un tragaespadas. Porque rechazé a la moza que me enviaron. He rechazado a todas las mozas. Yo... - tragó antes de empezar a respirar con celeridad - Lo lamento mucho Ortiga, pero no las rechacé solo por ti. Por mi matrimonio. Ellas... Ellas...
Ortiga le apretó la mano, para que supiera que estaba aquí para él. Que lo escuchaba.
Ellas ni siquiera me atraían. No me llamaban la atención. - soltar eso pareció enviarlo directo al pánico - Yo no siento la lujuria que todos dicen que sienten los hombres. No siento esa necesidad de perseguir faldas. - la miró con mudo horror - ¿Qué pasa si soy un desviado? ¡¿Qué pasa si Bertrand tiene razón?! - la agitación regresaba. Las manos de Maegor empezaron a apretar las suyas.
¡¿Todo esto por las palabras de un estúpido borracho?! - su voz comenzó a elevarse.
¡Los borrachos siempre dicen la verdad! - el agarre de Maegor empezó a ser doloroso.
Con un arranque de velocidad se deshizo de él, sus dedos gritando de alivio, y lo agarro de su bata con la suficiente fuerza para sorprenderlo - ¡Los borrachos dicen SU verdad! No significa que lo que digan tenga sentido. El alcohol no les convierte en sabios maestros, solo en malos mentirosos. Ahora - aplanó sus manos sobre la tela de su bata, buscando evitar que las tomara de nuevo. Ya había aprendido su lección: Maegor nervioso apretaba de más - si te gustan los hombres, y no creo que lo hagas, - aclaró - ¿qué tiene de malo?
¡¿Cómo que qué tiene de malo?! - la miró como si lo hubiera traicionado. Como si hubiera sugerido que le entregara todo lo que tenía a su peor enemigo y luego saltara a un mar embravecido - ¿Quieres estar casada con un hombre defectuoso? ¡¿Qué solo le traiga vergüenza a su familia?!
No estarías defectuoso, Maegor. Y de todas formas, ¿estás siquiera seguro de ser así? - una de sus cejas de arqueó todo lo que pudo - Por lo que yo sé de la historia, te acostaste con cuanta mujer pudiste. Si te hubieras revolcado con un solo hombre se hubiera sabido. Todo lo malo que se pudo decir de ti se dijo, y de esto no se habló nunca.
Yo no soy él. - el dolor era claro con sus emociones a flor de piel - Yo no soy el Maegor de tus historias.
Lo sé. - lo abrazó. Su figura ya la sobrepasaba bastante, y aún así, lograba verse desamparado en este momento - Lo eres y no lo eres. Pero quiero señalarlo.
Sintió que le devolvía el abrazo - Además, ¿qué pasa si todas esas mujeres era solo por buscar un hijo? Por lo que dices, estaba desesperado. Se que hay hombres con esos gustos con esposa, para tener herederos.
Maegor, para empezar, estamos discutiendo en base o lo que alguien más contó sobre ti. Dime, - alzó la cabeza para verlo mejor - ¿te sientes atraído por los hombres? ¿Te gusta mirarlos?
No. - la palabra se le escapó sin que le diera tiempo para pensar. Lo vio fruncir las cejas y apretar sus labios. Lo vio concentrado, como cuando estudiaba bien las cosas, antes de escupir con mucha más seguridad - No, no lo hago.
Ves. - le pegó con suavidad en el pecho antes de separarse - No te gustan los hombres. Problema resuelto. Crisis evitada. - de regreso al resto de su pastelito.
- Eso... ¡Eso es hasta peor!
¿Cómo que peor? - eso la detuvo - Estabas preocupado de ser un tragaespadas y no lo eres. ¿Cuál es el problema ahora?
Es que no me siento atraído ni por hombres ni mujeres. - golpeó su torso - Debería hacerlo. Todos dicen que los jóvenes son lujuriosos. - extendió sus palmas, contemplándolas abiertas - ¿es que acaso no funciono como los demás? ¿Estoy roto?
Tú lo que tienes es hambre, porque estas hablando boberías. - y en una muestra de su supremo afecto por él, le extendió lo que quedaba de su pastel de limón - Ten. Come algo.
¿Un pastel mordido? - pateó el piso - Ortiga, esto es serio.
Desgraciado malagradecido. - murmuró ella entre dientes - No sabes el trabajo que me dió ofrecerte esto. - masticó la esponjosa masa de forma agresiva y se limpió las migas contra la sábana que la envolvía - Bien. Déjame pensar en una solución a esto.
Maegor se quedó ahí de pie, jugando con el cordón de su bata en lo que esperaba por su respuesta. Como si ella no tuviera suficiente presión encima.
Bien. Déjame preguntar. ¿Nunca has mirado a una chica o a un chico y te ha gustado ni nada? ¿Solo un poquito? Sinceridad por favor. - demandó con calma.
Se removió en su lugar, balanceándose - Sí. Pero se me pasa enseguida.
Bien. Eso ya es algo con lo que trabajar. - piensa, Ortiga, piensa. Un loco plan pasó por su mente en un instante. Pero era descabellado. Y le daba miedo. Miedo su reacción y miedo el resultado. Se apretó las sienes, dudando en decir lo que se le ocurrió - A ver, tengo una idea, pero no te rías.
Maegor solo parpadeó - ¿Por qué me iba a reír?
Se me ocurrió algo. Algo descabellado. Si no quieres no se hace. - quería dejar eso bien claro - O si te sientes incómodo.
Más incómodo de lo que estoy ahora. - Maegor se señaló - Ortiga, habla. ¿Cuál es tu idea?
A ver, mira, - fue su tiempo de dudar, cuando soltara esto ya no había vuelta a atrás - no creo que hayas sido cercano-cercano a una chica. Jamás.
Ortiga, estoy casado con Ceryse. - aclaró él.
Sí, pero eso no cuenta. - ella arrugó la nariz - Ustedes son más fríos juntos que las aguas de mar abierto en plena madrugada. Pero ¿me vas a dejar hablar? - ya estaba bastante nerviosa para también ser interrumpida.
Frente a ella, la respuesta del hijo de Visenya fue cabecear afirmativo.
Bien. Mira. - se lamió sus labios. Vaya. Esto era difícil - No creo que hayas hecho nada caliente o cercano a caliente, si sabes a lo que me refiero, con nadie. ¡Ceryse no cuenta! - lo detuvo ante lo que iba a expresar, temerosa de que si la cortaba, no fuera capaz de explicarse - Por lo que no sabes realmente si encuentras atractivo el contacto. Por lo que se me ocurrió un experimento.
Hizo una pausa demasiado larga, lo suficiente para que Maegor exigiera - Bien, estoy escuchando. Dímelo.
Ufff. Esto era complicado - Estaba pensando. ¿Qué tal si probamos con un beso? Un beso de verdad. Mira, - extendió sus brazos para explicarse - no es por parecer ofrecida ni nada pero podemos hacer esto. Si te da asco puede ser que te gusten los hombres, mientras que si sientes lo otro entonces la respuesta es la contraria. Si no sientes mucho podemos probar con otra chica. Otra chica hermosa para asegurar los resultados. - al escucharse a sí misma, el pánico por las implicaciones la agarró - O mejor buscamos a la otra chica primero. - sus palabras comenzaron a escapar en ráfagas - Sí. Eso tiene más sentido. Tu me dices que rasgos te parecen bonitos y yo encontraré a una chica con ellos.
- Ortiga...
- Mira, se que parece una locura. Pero si fallas con una chica, probaremos con otra.
- Ortiga...
- Y sí no funciona, probaremos con un chico y así estaremos seguros.
¡Ortiga! - esta vez fue Maegor quien la sostuvo para calmarla. Su ceño estaba fruncido, pero no fruncido-enojado, sino más bien pensativo - Lo que dijiste me parece una buena idea. - asintió para él mismo - Pero buscar a otra chica no tiene mucho sentido. Podemos, ya sabes, probar entre nosotros.
Bien, sí. Tienes razón. - aún así, tenía el corazón galopándole en el pecho.
- ¿Cómo hacemos esto?
Uh... Deja ver. - sintió el ardor de sus mejillas cuando le echó un vistazo - Bien, primero tenemos que estar a la misma altura. A este ritmo vas a llegar al techo. - su broma no provocó nada más que la silenciosa concentración de Maegor.
Bien, - le iba a tocar dar órdenes. Por favor, dioses árboles o como se llamen, no dejen que esto termine mal - inclínate un poco para que estés a mi alcance.
Al hacerlo, Maegor se tuvo que sujetar de ella, y juró que su contacto casi quemaba - No. - dijo mientras se inclinaba contra ella, sus narices casi chocando - Déjame hacerlo a mí. Tu solo cierra los ojos y piensa en lo que sientes.
Esta bien. - aceptó él. Lo vio apretar fuerte, como asegurándose que sus párpados permanecieran cerrados y ella trató de ir suave.
Bueno, era el momento de la verdad. Agarró su rostro y unió sus labios con delicadeza. Eran acolchados y llenos. Ella misma cerró sus ojos, y trató de no pensar en lo que pasaría si esto iba mal. El contacto apenas duró un instante, y puede que chupara un poquito, cuando se separó de Maegor.
Bien, ¿qué piensas? - en este punto, la respuesta la tenía más asustada a ella que a él.
Solo después de que habló, Maegor abrió los ojos. Su ceño se suavizó algo - No estoy muy claro. - apretó sus labios - ¿Podemos intentarlo de nuevo? ¿Para estar seguro?
Sí. - bueno, ya había dado el primer paso. Solo quedaba ver como terminaba. Maegor, en su afán de volver a intentarlo, chocó sus dientes con ella. Su risa fue algo ligera ante su vergüenza - Calma. Sin apuro. Hagamos esto suave.
Y con los ojos cerrados. - puntualizó é antes de seguir su propia sugerencia.
Volvieron a donde empezaron. De alguna forma, este beso se sintió más largo, más cuando Maegor intentó devolverlo. No había mucha experiencia aquí, pero no por ello no fue malo. Su compañero trató de imitar cada una de sus acciones. Lo que debieron ser apenas unos instantes se alargaron en su cabeza como si todo pasará más lento.
Cuando se separaron, las sensaciones se desvanecieron entre la expectativa y el miedo.
Bien, - preguntó ella con el corazón en la boca - ¿cómo se sintió? ¿Bien? ¿Mal? - o lo peor y que más le preocupaba - ¿Asco? ¿Maegor? - lo llamó debido a su falta de respuesta.
Ante su voz, Maegor parpadeó. Primero lamió su labio superior y luego chupó el interior, buscando el sabor de miel con limón que había probado en los labios de su esposa. En un latido, las dudas y los miedos habían sido expulsados. Y solo había quedado el sabor del cítrico combinado con el trabajo de las abejas, y una sensación de calor que corría desde los dedos de sus pies hasta la punta de sus orejas. Se relamió los labios, tratando de acceder de regreso al sabor percibido. Extraño, cuando antes no le había gustado tanto. Solo estaba seguro de algo. Su cuerpo se lo pedía a gritos. Cuando su esposa preguntó, no hubo otra respuesta - Bien. Se sintió bien. ¿Podemos repetir?