Un comienzo movido e inusual
16 de enero de 2026, 15:23
No había terminado de decir la frase, apenas unos instantes, cuando sintió lo que solo podía ser el impacto de un puñetazo en el estómago.
Un - Oof - se le escapó y cuando se levantó, acariciando la zona afectada, su esposa había comenzado a alejarse de él.
Su aspecto lucía de alguna forma muy erizado, como su dragón. Hombros tensos y levantados, puños apretados y un ceño fruncido sobre sus bonitos ojos con forma de almendra. De alguna manera se sintió incorrecto. Ese gesto no era de su esposa, tan dada a sonreír.
Eso fue una advertencia, Maegor Targaryen. - lo señaló con firmeza. - La próxima vez que te burles de mí cuando intente ayudarte, te dolerá más.
¿Burlarse? ¿De qué hablaba? Maegor se relamió los labios sin entender, dándose cuenta de que el sabor a limón estaba desapareciendo. No le gustó. No le gustó nada. Menos que ella se separara de él cuando había encontrado algo tan placentero. Todo dentro de él exigía que volviera. De hecho...
Mujer, ven junto a mí. - ella se cruzó de brazos para su confusión. Decidió ser más firme - Escucha a tu marido.
Fue lo incorrecto de decir. La vio erizarse aún más antes de que le contestara:
No se quien pienses que soy yo, marido o no, para que creas que puedes burarte de mí y luego darme órdenes. Pero no lo haré. - resopló - Y más vale que no intentes esto en público, porque te haré pasar la vergüenza de tu vida. A mi nadie me humilla de esa forma.
¡Mujer! ¡¿De qué infiernos estás hablando?! - no entendía nada. Solo que había encontrado la solución a un acertijo, la deliciosa pieza que le faltaba en algo, y en vez de repetir se estaba alejando - ¿Por qué sigues hablando de burlas? ¡¿Cuáles burlas?! ¡¡¡Yo solo quiero más besos!!!
En otro parpadeo, su esposa volvió a cambiar. Desaparecieron los gestos duros, para quedar solo una suavidad extraña, unos ojos muy abiertos.
Ummm... - la vio rascarse la cicatriz de su nariz - ¿Podrías repetir eso último? Emmm, como que no lo entendí muy bien.
¿Cómo no lo vas a entender, mujer? Ya lo he dicho dos veces. Dame. Más. Besos. De los de verdad. - sus últimas palabras las terminó con un quejido. Algo vergonzoso, pero su cuerpo protestaba por la ausencia de un contacto recién descubierto. No sabía cómo pasó, y francamente no le importaba. Solo sabía que quería más. Necesitaba más. Y lo necesitaba ahora - Ven junto a mí y dame tus labios.
Otro parpadeo y esta vez su esposa estaba roja como nunca había visto. Sus mejillas sonrojadas a través de su piel más oscura.
Ah, ya veo. Emmm... - se rascó la nuca - Perdón por el golpe. Yo pensé...
Olvídate del golpe. Ni siquiera me dolió. - extendió su mano para que la tomara - Ven junto a mí y me olvidaré de todo.
La vió enrojecer más, justo cuando pensaba que no era posible, y para su horror también la vió dudar. Luego, ella respiró con fuerza antes de aclararle - Solo besos, Maegor Targaryen. - le dijo antes de tomar su mano.
El contacto trajo una ola de alivio por todos su cuerpo. No dudó en agarrar su extremidad y atraerla junto a él. En ese breve momento, algo nuevo empezó a arder. Avaricia. Algo que gritaba: Más, más, más. Él estaba más que dispuesto a obedecer.
Pudo sentir el calor de su proximidad. Su aliento chocaba con el suyo pero por primera vez desde que tenía memoria, no lo registró como una sensación molesta sino una apetecible. Su esposa, aunque frente a él, no parecía ser capaz de mirarle a los ojos. Cuando ella le devolvió la mirada sabía bien que proseguía.
Bien. Calma. Suave. Misma altura. - se inclinó un poco, asegurándose de repetir las condiciones correctas - Ojos cerrados.
Ortiga se rió, con esa risa suave que le hacía cosas sentir cosas extrañas, antes de hablar - Los besos no se dan siguiendo una lista, Maegor. - aún así, ella cerró los ojos y se inclinó junto a él.
Sabía que era su turno. ¡Por fin! No dudo en imitar sus movimientos y devolver el beso. Con los párpados cerrados, las sensaciones crecían como un torrente. Labios suaves y dulces. El limón poco a poco desaparecía, y aunque no tenía nombre para el nuevo sabor, sin duda estaría entre sus favoritos. La carne se amoldaba contra la carne, la suavidad que nunca pensó que aprobaría con tanto deleite. Trataba de devolver lo que le daba su esposa, la delicada succión, hasta que sintió algo húmedo.
Detuvo todo y convirtió sus manos en grilletes para los de su compañera - ¿Qué fue eso? - ¿esa era su propia voz? Se escuchaba a si mismo diferente. Más profundo. Pero no lo había hecho a propósito.
Eso también puede ser parte de un beso. - dijo Ortiga mientras sus ojos se movían de él al suelo - A menos que no te guste. Entonces no lo hacemos.
Oh... Pero me gusta. - miró sus labios. ¿Cómo es que nadie le había dicho que los besos se sentían tan bien - ¿Eso fue tu lengua, no? Dame más. - soltó su izquierda para apresar su cabeza e impedir que ocurriera otra detención sin sentido.
Si esto era lo que se sentía el placer, entendía entonces porque se decía que algunos hombres se volvían locos por él. No quería detenerse. Jamás. Siempre necesitaría más de esto. En su afán, sabía que estaba aplicando demasiada fuerza. Demasiado impulso. Más de lo que había usado Ortiga. Pero su esposa no se quejaba, si algo, trataba de seguirle. No importaba que le faltara el aire. El cuerpo de Ortiga se amoldaba contra el suyo. El calor que le daba se convertía en un ardor en sus lomos. Hasta el pelo enredado entre sus dedos se sentía bien. Cada trozo de él cantaba en victoria, o al menos lo hacía hasta ese molesto toque en la puerta.
¿Qué quieren? - ladró, enojado porque alguien se atreviera a interrumpir.
Apagada por la puerta cerrada, una voz tranquila y pausada habló - Lamento mucho molestarle, mi príncipe, pero Lady Tyrell quiere intercambiar unas palabras con usted y su esposa de ser posible.
La atenderemos en un momento. - contestó su mujer antes de que él pudiera ordenar a la esposa del maldito Tyrell que los dejara en paz por un buen rato. O hasta que ellos estuvieran listos y la llamaran. Que si fuera por él no sería pronto - No me mires así, Maegor. - Ortiga le dijo con firmeza, con un mohín en esos labios que lo habían complacido tanto - Vinimos aquí por una alianza y no voy a renunciar sin al menos negociar.
Sabía que era lo correcto, pero no quería. No quería. Estas eran sus habitaciones y el mundo no debería inmiscuirse adentro. No cuando se enfrentaba a este nuevo descubrimiento. Con el placer suavizándose, porque no había desaparecido del todo, se dio cuenta de algo más. Algo que pronto notaría su esposa. El tic en su mejilla se volvió loco.
Maegor, ¿qué pasa? - Ortiga colocó su mano libre contra un lado de su mandíbula. Pronto, demasiado pronto, sus ojos se abrieron bien grandes. Justo antes de que bajara la cabeza para observar entre sus dos cuerpos.
Ella estaba envuelta en una sábana. Él en una bata de baño. No había manera en la que su polla hinchada y atrapada en la tela pasara desapercibida. No estando tan cerca. Pero no fue enojo, o vergüenza lo que había en la cara de Ortiga cuando se volvió hacia él. Una sonrisa pequeña, una sonrisita, y ella refugió su cara contra su pecho. La escuchó reír.
Solo por las dudas... - Esposa, ¿no estás ofendida?
¿Ofendida por qué? - de vuelta hacia él, la sonrisa en su rostro se había hecho más grande - Eso es solo una señal de que te gustó lo que hicimos. Así puedo estar segura del todo.
No necesitas señales, mujer. Basta con mi palabra y yo te dejaré en claro que me gustó. - afirmó - Ahora, dame otro beso.
- Maegor, tenemos que alistarnos.
Lo haremos. - suspiró con decepción. Ellos deberían haber rechazado a lady Tyrell - Pero dame un último beso primero.
El contacto fue muy corto. Demasiado.
Otro. - exigió. Y así, lo que debía ser un beso corto, se convirtió en dos.
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Mientras esperaba tras la puerta, ella trataba de mantenerse lo más serena posible. Siempre era bueno tener un plan de acción, pero no era lo mismo agobiarse con cada detalle del mismo. Sí, era bueno preocuparse por las pequeñas cosas, pero alterarse por cada pequeña variante solo la llevaría al fallo. El secreto estaba en encontrar un equilibrio correcto entre la calma y la preocupación. Lo mejor era tener un plan en general, como ya lo tenía, y contingencias en caso de que las cosas se torcieran en algún punto. También estaban las variantes inesperadas, como esta que la había llevado aquí. Jamás, en toda su experiencia, se le había ocurrido un desastre de estas magnitudes. Menos que fuera originado por su hijo. Ofender a los príncipes era una acción inimaginable. Aún así, y aunque nadie se había preparado para ello, no estaba fuera de posibilidad. Como había demostrado Bertrand.
Si cuando juegas con la realeza, los nobles deben tener cuidado, el doble de la misma precaución debe aplicarse para su recién ascendida Casa. Después de todo, que Alto Jardín, la joya inesperada caída en el regazo de los Tyrell, fuera arrebatada de sus manos no era un destino tan improbable. Medio Dominio esperaba con ansias que ocurriera. Y los que no lo hacían, complotaban en las sombras para lograrlo. La ansiedad de aquello probablemente acunaba a su esposo al dormir. ¿Cuánto se regocijarían sus enemigos si supieran que las acciones de Bertrand Tyrell casi habían logrado de un plumazo enviarlos al borde al que tanto deseaban empujarlos? Aunque eso si, la mayoría estaría de acuerdo en que si alguien dentro de los Tyrell podía hacerlo, ese sería Bertrand, más conocido por todos como la Vergüenza de la Casa.
Pero ese era el eterno tira y afloja de la nobleza. En especial de aquella que se alzaba por encima de lo esperado. Aunque una vez en su juventud deseó librarse de estos juegos, el destino tenía sus propias ideas y por ello había terminado aquí. Inmersa entre planes y conspiraciones. Siempre temiendo dar un paso en falso. Uno aprendía a lidiar con la presión para no desmoronarse.
Eso se complicaba un poquito cuando dicha presión se presentaba en forma de una bestia marrón inmensa y malhumorada, que por alguna razón estaba furiosa. Conocer el motivo de su furia lo hizo peor. Bertrand se las había arreglado para ofender de sobremanera a Maegor Targaryen, y de paso a su esposa la jinete. La chica podía ser un tanto subestimada hasta que medio castillo comenzó a andar de puntillas porque de un día para otro, el dragón escupía fuego a cualquiera que se acercara al patio donde descansaba.
La princesa Orthyras no había tenido contacto con él. Había sido vigilada, ella y su esposo, desde cada instante después de lo que ella llamaba "el incidente". Y aún así, de alguna forma, su dragón sabía y compartía el enojo con su ama. O esa era la conclusión de cada miembro de su familia que sabía de lo ocurrido. Ella estaba de acuerdo con el pensamiento. Y el temor de moverse de la forma incorrecta no escapaba de su mente. Después de todo, ahora era la señora de este lugar debido a que la Casa anterior había cometido el error de subestimar a los dragones. Todos sabían cómo habían terminado. Un escalofrío la recorrió. Habían sido pasto de las llamas. Ella se encargaría de que eso no sucediera con ellos. Y si bien la situación no los había arrinconado hasta allí todavía, pero...
Ella se encontraba aquí cortar el problema antes de que echara sus raíces difíciles de erradicar. O al menos eso esperaba. Suspiró, tratando de rodearse una vez más de ese aire pacífico y aspecto poco amenazante que la caracterizaba. Después de todo, es mejor que sus contrincantes bajen la guardia ante ella. El hecho de que se estuviera preparando para un enfrentamiento contra dos jovencitos, porque ambos no superaban los dos decenios, se sentía como una espinita clavada en su carne. El desagrado la atravesó. Ella estaba muy vieja para esto. Pero así era la vida cuando crecías alrededor del poder. Y aunque niños para sus ojos, los príncipes no solo ostentaban dicho poder, sino que uno de ellos era poseedor activo de una fuerza con la que solo podían soñar la mayoría de los hombres.
Harás lo que tengas que hacer para mantener a tu familia a salvo, se dijo. No pienses en ellos como niños sino como Targaryen. Y luego, intentaría arreglar la catástrofe en ciernes en la que se había convertido su hijo. Para ello había preparado el terreno. Los príncipes habían sido dejados mayoritariamente solos al despertar. Todo perfectamente preparado, sin sirvientes que se les atravesaran, para que no hubiera nada que caldeara más de lo que habían sido sus ánimos. A su vez, su visita inesperada, sin la misma servidumbre para alistarlos para ella, los harían susceptibles y desbalanceados para cualquier disculpa suya y posterior negociación. Un truco sucio, se dijo con desdén, pero necesario.
Aún así, cuando fue invitada a pasar, la que casi se tropieza al quedar desestabilizada era ella. ¡Se suponía que no se estaban acostando! Bien. Eso no tiene nada que ver con lo que la llevaba aquí. Sin embargo, su paso cancaneó un poco. Ante sí se encontraba la vista esperada. Más o menos. Tanto Maegor Targaryen como su esposa, la princesa Orthyras, se hallaban vestidos de una forma un tanto informal. Ambos con jubones, pero ya esperaba eso debido a la tendencia de la princesa de negarse a usar vestidos como correspondía a una dama. La ropa no estaba tan desajustada o arrugada como hubiera esperado, ya que quizás la pareja se ayudó el uno al otro. Eran los otros rastros que no pudieron borrar lo que casi la derriban.
Sin una doncella para peinarla, el pelo rebelde de la princesa no habría sido desenredado sin dificultad. Pero no esperaba esto. Revuelto y alzado en diferentes direcciones, lo más probable es ningún peine hubiera logrado domar con la suficiente rapidez una cabellera que fue sujetada y estrujada por un par de manos. ¿Cómo lo sabía? Pues aunque trataban de fingir indiferencia mientras estaban sentados para recibirla en dos sillas iguales, y lo de los asientos no se le pasaba, no se podían ignorar los labios hinchados de ambos príncipes. Ella se sentó, tras una mecánica reverencia, en el asiento que suponía preparado para ella. Su respaldo más bajo frente a los dos príncipes la marcaba como vasalla. Una suplicante frente una audiencia frente a la realeza. Se hubiera burlado, pero su cuerpo agradecía el descanso frente al shock.
Tenía más sentido que toda esta escena fuera montada por la princesa. Parecía del tipo astuto. Además, esto no encajaba con lo que sabía de Maegor Targaryen. Las dos veces que lo había conocido, por breve y superficial que fuera, le habían dejado formarse una idea. Serio, directo y sin contemplaciones. El príncipe lo más probable era que la hubiera dejado de pie. Es más, él probablemente se hubiera mantenido de pie también. Por lo tanto, esta fachada improvisada, sin siervos para montarla, debió ser todo salido de la cabeza de la enigmática dama frente a ella. Lo más sorprendente de todo fueron sus... tronos temporales. Iguales en todos los aspectos, el uso de dos sillas idénticas le decía más a ella de lo que suponían estos niños. Por un lado, la princesa no dejaría que la empujaran a un lado, al parecer. No aceptaría ser relegada. Por otro lado, y mucho más revelador, fue el hecho de que su esposo lo permitiera con tanta calma. El príncipe lucía como la clase de chico que mantenía los agravios cerca de su pecho. Que pareciera tan contento con la nueva disposición era, en una breve palabra, esclarecedor.
Las suposiciones de Jeyne se habían quedado cortas. Pero bueno, su hija era todavía una niña para notar que el hijo menor del rey no solo favorecía a su otra esposa, sino que la mantenía en pie de igualdad. ¡Jeyne tampoco notó que se estaban acostando! Gritó conmocionado su cerebro, que ignoraba que nadie en Alto Jardín estuviera consciente de esto pese a su constante vigilia. O puede que fuera un hecho más reciente. Quizás esta siendo manipulado, dijo su lado cínico. No será el primer hombre, ni el último, sin ser controlado desde la cama por una mujer. Apretó los dientes. La extrema juventud del novio, incluso para los estándares de la nobleza, lo convertía en una presa más fácil de estas maquinaciones.
¿Se siente bien? - la pregunta la sacó de sus pensamientos sobre conjuraciones - ¿Quiere que le traiga agua?
Ojos oscuros pero limpios. La princesa tenía un suave ceño fruncido, y la miraba erguida y preocupada desde su posición.
No se preocupe, princesa. - al parecer su distracción había provocado una caída de su fachada estoica - Cuando salga de aquí le pediré a mis sirvientes un vaso de vino.
Despedir al personal del servicio directo se había vuelto en su contra. La princesa, sin darse por aludida, se levantó de su asiento y se dirigió a la mesa servida para ellos más temprano. Grande fue su sorpresa al verla regresar con una copa y una jarra a cuestas.
Tomé. - le dijo extendiendo el recipiente de metal.
Y ella tomó la copa más por la confusión de ver a una princesa haciendo una tarea servil que otra cosa.
No me mires así, Maegor. La dama lucía mal y yo la ayude. - escupió la morena princesa a su esposo, que la observaba posado en su asiento - No hay tiempo para finuras si la señora tenía fatiga. Cualquiera diría que me vieron cometer un maldito crimen y no simplemente brindar asistencia. - masculló la princesa en lo que regresaba a su posición inicial junto a su marido.
De regreso a su lado, el hijo menor de Aegon, el de actitud astiada, cambio de semblante. Si le molestó que su esposa sirviera vino a alguien de menor estatus que ella, se le pasó enseguida. No dudó en dar golpecitos ligeros en la mano de su segunda novia, como para suavizarla. ¡Por la Madre! ¡Estaba viviendo una revelación tras otra! ¡Maegor Targaryen aceptando algo a lo que se oponía! Pronto se abrirían los cielos si esto seguía así.
Concéntrate, trato de decirse. Ella era la que buscaba que manteniendo en vilo a sus jóvenes invitados, pudiera tomar el control de la situación. Ser desestabilizada ella misma sería pésimo para cualquier intercambio, o llegado a ello, negociación. Aún así, no pudo más que analizar una vez más la vista ante ella.
Regio y formal, sentado en su silla cual sí fuera un trono, se encontraba Maegor Targaryen. Era todo lo que se esperaba de un príncipe de su familia y algo más. Tenía el aspecto que gritaba que había algo en él que era de fuera de este mundo. Ese que poseían el rey Aegon y la reina Visenya, y en menor medida, o mejor dicho más suave, en Aenys. En el príncipe Maegor, con su semblante demasiado firme y recto, y ojos violetas escrutadores, ese "algo" estaba recrudecido.
La princesa, por su lado, no hubiera recibido más de dos miradas. Ninguna de ellas buena. Desgarbada en su asiento, apoyada en un codo, lucía despreocupada. Esto no era una audiencia formal, y aún así... Esa actitud laxa provocaría más de una ceja elevada en las matronas de la nobleza, y también encajaba mucho con su aire. Nunca sería considerada como alguien salida del molde de una dama finamente educada, sino que parecía más una pilluela de algún barrio bajo de Antigua. La cicatriz de su cara no le ayudaba. Por suerte para ella, su título, y por supuesto su dragón, la sacaría de la mayoría de las malas especulaciones. Habría críticas, eso era obvio. A menos que una persona sea un santo, recibiría críticas. De hecho, las recibiría aún siendo un santo. Pero en el caso de la irrepetible dama frente a ella, sus extravagancias serían desestimadas como parte de su carácter. La gente se cuida de señalar con el dedo a los más poderosos que ellos. Y nada en este mundo era tan poderoso como una de las bestias de la Casa Targaryen.
Estaba divariando, se dio cuenta, y sacudió la cabeza con fuerza cuando su mente le jugó una mala pasada. Por un instante creyó ver un parecido entre ambos. Una semejanza familiar. Rasgos compartidos. No sabía en que facciones, pero debió ser sólo una tontería suya. El rey Aegon jamás se abría desviado de su lecho matrimonial. Y por la edad de la chica, esta debió nacer cuando Rhaenys aún vivía. No. El monarca de los siete reinos estaba demasiado envuelto y apretado entre las manos de esa esposa, para romper los votos matrimoniales dados a ella.
Si se siente tan mal, podemos dejar esto para después. - arguyó la princesa. Verdadera preocupación por ella brillaba en sus ojos - O quizás su esposo o alguien más de su familia podría acudir.
No, princesa. Estoy bien. - no había venido hasta aquí para nada. Pero estaba demasiado distraída si una principiante se daba cuenta de su estado alterado. Suspiró para sus adentros, ella estaba demasiado vieja para verse obligada a jugar estos juegos. Cruzó sus manos sobre su regazo y fingió estar compungida. Su alguien de ellos dos sentía pena por ella, mejor - Gracias por su consideración por una señora pasada de años que se olvida de sus límites ahora que no es tan joven.
Maegor, que se mantuvo lacónico hasta ese momento, vio en sus palabras la oportunidad de intervenir - Bien. Aclarado ya que se encuentra en condiciones, diga lo que vino a decir.
Vio a la esposa del príncipe apretar los labios un poco, antes de suspirar y ceder, recostándose en su asiento. La tregua había terminado y era momento de la política.
- Mis príncipes, vengo ante ustedes portando la voz de la experiencia. Quizás es algo atrevido de mi parte acudir aquí, siendo solamente la señora consorte de Alto Jardín, pero espero que podáis escuchar mis sugerencias sobre cómo abordar este espinoso asunto.
Sus palabras, en vez de adormecer al príncipe ofendido, parecieron disgustarlo. Uno de sus labios se alzó en una mueca de desdén.
Pensé que estabas aquí para ofrecer soluciones. - su voz era neutral pese al obvio rechazó por su discurso - O para decirme como trató tu familia con el problema. No estoy para desperdiciar mi tiempo. Si no habéis hecho nada todavía, supongo que tendremos que tomar el problema con nuestras propias manos.
Su ceño fruncido cambio en algo más oscuro. Algo que prometía ser más aterrador cuando finalmente alcanzara la adultez, no es que no fuera aterrador en este momento. Su corazón latió desacompasado.
Los sirvientes cercanos al evento ya han sido tratados. - fue veloz al responder, temiendo las acciones que tomaría este príncipe - Mi hijo esta siendo castigado como tal. Vine a contar las medidas tomadas, las razones de porque seguimos ese camino y comprobar si son lo suficiente para agazajarlos para que olviden la ofensa.
El príncipe inclinó la cabeza, como analizando lo dicho. De alguna forma, su entreceño fruncido ahora no daba tanto miedo. Pudiera ser porque lucían menos severo y más curioso.
Si ya actuaron, y no estoy criticando que procedieran así, - alzó una mano para detener cualquier interrupción de su parte - ¿por qué dijo que acudió con sugerencias?
Su esposa, que hasta entonces se limitaba a observar, pasó su mirada de él hacia ella, esperando su respuesta.
Parece que tendría que ser muy directa - No quería ofender. - se sacudió la falda del vestido y la alisó, antes de colocar recatada sus manos de regresó en su regazo - Muchos señores podrían sentirse insultados por las medidas que tomé, incluso si ellos mismos las aprobarían viniendo de mi señor esposo. La idea de presentarlas como meras sugerencias viniendo de una mujer les calma el ego y les dan una sensación de control.
Se encogió por dentro. Quizás fue demasiado directa. Esta vez, la ceja arqueada de la princesa imitó a la de su esposo, y hubo algo en ese gesto que se le hizo demasiado parecido. Apretó el puño sobre sus manos cruzadas. Otra vez estaba imaginando cosas. Lo más probable era que la joven pareja se copiara el uno al otro. Puede que incluso fuera la princesa, tratando de encajar más en el comportamiento noble que se le exigía por su nueva posición. ¿Qué mejor ejemplo que su marido? Después de todo, aunque no era muy sociable, se le podía describir como un príncipe intachable.
Maegor mientras tanto, asentía, interiorizando lo que dijo. Luego soltó un suspiro pesado, como si lidiar con esta verdad fuera un problema.
Valoro la efectividad sobre todas las cosas. Si crees que tus acciones fueron las correctas, y me complacen, - aclaró - poco me importará tu género. Después de todo - y esto pareció decirlo para sí mismo - mi propio padre valora las capacidades de las personas por encima de esas cosas.
La cara de la novia de Maegor se arrugó con diversión, y una ligera risita escapó de ella - No olvides a tu madre, Maegor. Me parece - un brillo malicioso se apoderó de ella - que si te atrevieras a decirle que no puede tomar decisiones o dar órdenes por ser mujer, su respuesta te ardería en los lomos.
Por supuesto que no me atrevería a decirle eso. - Maegor Targaryen resopló, empezando a relajarse en su silla. Aún seguía recto, pero parecía haberse esfumado de él la mayor parte de la tensión - No soy tan tonto. - fue más firme cuando se dirigió a ella. La mayor parte de la suavidad había desaparecido, pero también ese aire intransigente que a ella le preocupaba tanto - ¿Cuáles fueron tus medidas? Habla.
Todos los dientes de Orthyras se asomaron en una sonrisa torcida, forzada, antes de escupir - Dos palabras. Cortesía y política.
Vio lo que parecía imposible, en una mañana llena de imposibles. El esposo de la chica mostró una breve contracción y con un suspiro agotado se dirigió a ella - Podrías decirme - las palabras casi sonaron como arrancadas de su boca - ¿qué acciones se tomaron para contrarrestar la ofensa que me fue proferida?
Si no tuviera tanta experiencia como tenía enfrentando lo inesperado, la dama de Alto Jardín se hubiera quedado anonadado. Pero la tenía. Así que tras un breve y necesario parpadeo de impresión, ella se lanzó a explicar.
- En primer lugar me gustaría aclarar que mi hijo, Bertrand Tyrell, se encuentra en nuestras habitaciones correspondientes para invitados nobles renuentes y poco dispuestos a aceptar nuestra hospitalidad.
¿Eso que significa? - la morena chica, que también parecía la más avispada, tenía un aspecto perdido ante su referencia.
En una celda para prisioneros nobles, esposa. - unas palmaditas en su mano fueron ofrecidas a través de la separación entre las dos sillas - No es una celda común, sino una habitación con todas las comodidades.
Ante sus propias palabras, Maegor volvió a apretar su ceño. Ella se le adelantó consciente de que eso no sonaba un castigo muy grande.
Tiene todas las comodidades, pero sigue estando prisionero, sin ser capaz de salir a elección. Son estancias cerradas y estrechas, incómadas para alguien acostumbrado a la opulencia. Además, - incluyó para que no pareciera que su hijo encaminado al desastre se habría librado de toda responsabilidad con palmaditas en la espalda - también carece de todo lujo. Bertrand no tendrá acceso ni a sus mujeres, ni a su vino. Y para mi hijo eso cuenta como un castigo desproporcionado.
La princesa asintió, así que aunque no lucía del todo satisfecho, su marido aceptó la disposición. En su mayoría.
¿Por cuánto tiempo estará encerrado? - prácticamente ladró el hijo de Visenya, ganando así una mirada fulminante y sin tapujos de su consorte.
Francamente, no sabía si divertirse o preocuparse por la chica.
Los Tyrell, comprendiendo la magnitud de la ofensa cometida contra usted, Su Alteza, hemos determinado que este encerrado por seis lunas. - quieran los dioses que medio año atrapado entre esas paredes curaran la afición de su hijo por la bebida.
La cabeza plateada se inclinó de un lado a otro, antes de negar - Seis meses no parecen ser demasiado severos.
En parte estaría de acuerdo con usted, mi príncipe. - dijo ella. Una piedra de temor empezando a formarse en su estómago - Es por ello que necesito que escuche mi plan completo.
Un asentimiento fue todo lo que necesitó.
Para comenzar, mi objetivo no es sólo castigar a mi hijo, sino lograr que su nombre salga de aquí tan intachable como llegó. - esa era la parte peligrosa. Cualquier rumor, por desfavorable que fuera para él, podría terminar siendo mortal para la posición inestable de su familia - Para ello, lo primero que hicimos fue encargarnos de Ian.
Ante la duda en dos rostros demasiado jóvenes explicó:
- El... El asistente que intentó mancillar vuestro honor. Nuestro maestre lo atendió y se encuentra recuperándose en una estancia discreta.
¡¿Ese desviado todavía está aquí?! - una máscara de furia cubrió al Targaryen ante ella. Ella estaba equivocada. Era lo suficiente aterrador sin necesitar ser adulto - ¡Lo quiero fuera de aquí!
- Aunque en otra ocasión cedería ante su demanda, ¿me permitiría terminar de explicar mis motivos y como encajan con el plan?
Por un instante, pensó que se negaría. Sus puños se aprestaban contra los brazos de su asiento y casi podría jurar que los escuchó crujir. Por suerte para ella, los ojos del príncipe se desviaron hacia la princesa, y aunque no pareció gustarle lo que vio ahí, aceptó.
Bien. - gruñó - Di tu plan.
No pudo evitar inclinar la cabeza en una muestra tanto de respeto como de alivio.
Como pensará, muchos señores se habrían desecho del siervo que cometió la insolencia con una bolsa de monedas por su silencio, y la amenaza de un digno escarmiento si habla de más. - los dos miembros reales asintieron - Eso es estúpido. - cortó la idea de raíz - Pensar eso es confiarse en algo en lo que nadie debería. ¿Qué pasará cuando se le acaben las monedas? ¿O si se emborracha y hace el tonto como hacen los borrachos?
Bocas fueron abiertas y fueron cerradas con la misma celeridad. Si algo había probado este evento era que las personas nubladas por la bebida no pensaban con la cabeza.
Prefiero mantener a Ian cerca. Controlado. Atrapado entre mis espinas. - los jóvenes reales empezaban a subir a bordo con su línea de pensamiento - Además, Ian tiene su utilidad dentro del plan. Después de todo, quien mejor que la víctima para señalar con el dedo al culpable.
¿Qué? - jadeó la princesa, para que luego sus ojos se estrecharan antes de abrirse ampliamente - No me digas.
Maegor miró de su esposa a ella, y de ella a su esposa. Personalmente, disfrutaría mucho de ver la sorpresa en su rostro ante la siguiente pieza de información.
Ian esta golpeado. Bertrand esta encerrado y es conocido por detestar a Ian, además de haberlo llamado a sus aposentos ese mismo día. - su propia sonrisa apareció, estirando la carne de su cara. Hacía mucho tiempo que no tenía motivos para sonreír así - Y los Tyrell no quieren que el nombre del príncipe sea mencionado. Si Bertrand esta siendo castigado y no queremos que rumores sobre Su Alteza se difundan, ¿qué mejor que culparlo por darle una paliza a un sirviente leal? Después de todo, como la mayoría nos tacha de advenedizos, nuestra Casa necesita mantener la mayor muestra de rectitud posible. ¿Hay mejor manera que aplicar castigos ejemplares, y hasta exagerados, con nuestro propio hijo por sus faltas?
Y con el afeminado cerca, - el príncipe Maegor rumió esto - tenéis al principal testigo señalando con el dedo al culpable conveniente.
- Así es, Alteza.
Su sonrisa era atemorizante, del tipo que daba miedo. Aún así, ella había aprendido a ver la crueldad tras muchos gestos y este no poseía nada de esto.
Lady Tyrell, - el segundo hijo de Aegon la miró como si la viera por primera vez - es usted en extremo eficiente. - vaya, ¿eso era un cumplido? - Quizás Alto Jardín debió de haber pasado a sus manos y no a las de su marido. Para que pudiera dar órdenes directas y no aparecerse con la tontería esa de las sugerencias.
Por un instante, y pese a su muy larga experiencia, sintió que se sonrojaba. En materia de cumplidos este no era precisamente bueno, pero era sincero. Y de alguna forma muy reconfortante para ella.
- Estamos para servir, Su Alteza.
Sin embargo, el rostro del príncipe volvió a su estado serio - Me gustaría ver en que condiciones se encuentra su hijo.
Maegor, - la princesa no ocultó lo que sentía. Entre dientes lo regañó - ¿No ves que la dama va a pensar que quieres comprobar que el castigo se cumpla?
Pero eso quiero hacer. - esa voz no era la de un príncipe frío, demasiada parecida a las de sus propios hijos cuando eran niños y se quejaban por algo que nadie entendía excepto ellos.
La princesa respondió con un golpe de un puño en su brazo, que no pareció sacudir al príncipe tanto como la sacudió a ella - Al menos intenta decirlo de una forma que sea los más educada posible. ¿No ves que eso que dijiste es ofensivo?
Oh, no me ofendí princesa. - intervino ella para desarticular cualquier posible discusión - El príncipe a demostrado ser... - buscó que decir - demasiado directo. En cierta forma es refrescante. - al menos lo era cuando te dabas cuenta de que iba en serio y no era una fachada. Y si uno se presentaba con soluciones y no con problemas.
No importa. Él quiere mejorar en su política y no lo hará de esa forma. - Maegor arrugó la nariz y la jinete de Nyxia fue casi tan directa como su cónyuge. Le hizo darse cuenta realmente cuan jóvenes eran.
Maegor había tenido trece días de su nombre a sus pies cuando se casó hace apenas medio año. Trece. Theo, con todos sus defectos, había aceptado no casar a ninguno de sus hijos, incluyendo sus hijas, hasta que estuvieran completamente crecidos. El rey, de alguna forma, había decidido lo contrario para su hijo menor. La chica, aunque de más edad y más madura, aún poseía destellos de inocencia que sólo los años mataban. ¡Son niños! Gritó la madre en ella. ¡Niños que deberían ser protegidos y no enfrentarse solos a las vicisitudes que le ponían la vida! Pero el mundo era cruel, y aunque no tenía nada en su contra, debía proteger a los suyos. No podía hacerse cargo de cada pichón perdido. Aún así...
Princesa, - llamó de esa forma la atención de ambos - aún estoy presente y usted misma no debería relajar su actuar de esa forma ante mí, un posible adversario político.
Mi esposa no ha actuado mal. - fue el príncipe el que saltó en su defensa, antes de que la muchacha pudiera decir algo.
- Si bien puede ser más permisible que usted sea tan directo, no será tan fácil de ser aceptado viniendo de ella. Además, es algo mandona con respecto a usted, lo que no sería bien visto.
Vio como los pómulos de la dama se oscurecían, pero Maegor pareció desestimarlo - Bah, ser mandona es parte de ser una mujer Targaryen y jinete de dragón.
Ella... Ella nunca lo había visto así pero... ¿Visenya y Rhaenys no habían dado órdenes y prácticamente gobernado por su propia cuenta? ¿Qué importaba si una era considerada más suave que la otra? ¿No mandaban igual? Tres mujeres Targaryen que había conocido, ya sea de cerca o de lejos, parecían compartir el mismo rasgo. ¿Quién sabe? Quizás fuera la regla para ellas. Después de todo, aunque ya habían pasado más de veinte años desde la Conquista, una parte importante de los Targaryen seguía sintiéndose mayoritariamente extranjera para el resto de Poniente.
Además, - el príncipe no había terminado. Esta vez sacó una sonrisa risueña, la que debería mostrar si quería ser considerado más atractivo en la Corte - mi esposa me gusta así.
La oscuridad de sus mejillas se convirtió en un verdadero sonrojo en el rostro de Orthyras, y en su pecho repercutió el pensamiento que estaba jugando en contra de dos niños. Niños poderosos. Casi adultos, pero aún niños. Con una inmensa máquina de matar sin igual a su alcance y el poder para derribar ejércitos. Pero para su mente, que se negaba a detenerse, seguían siendo niños aún.
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Apenas Lady Tyrell salió por la puerta, Ortiga abandonó su posición erguida. Sí. A pesar del consejo de la dama, esto de intentar lucir regia y elegante no iba del todo con ella. Lo haría en situaciones más formales pero, no encajaba con su personalidad ser tan así. Lo intentaría, pero no creía que quedaría bien con ella. Era más seguro que se viera ridícula.
- De alguna manera, me siento estafada.
¿Por qué? - Maegor también se relajó, estirándose en su silla. Desde su punto de vista, Ortiga pudo notar cuán largas eran realmente sus piernas en comparación con las suyas. Si seguía creciendo a este ritmo, pronto se sentiría como una enana a su lado.
- Pues, no sé. Todo fue demasiado fácil.
¿Te molesta que todo se haya solucionado con facilidad? - no sólo se arrugaron sus cejas, sino que fue toda su cara.
No. - dijo ella - Bueno, quizás sí. Un poco. - asintió. Ante la duda parpadeante en Maegor, continuó - Mira, como Lady Tyrell tenía todo organizado y controlado, es difícil negociar con ella. ¿Cómo se le exige algo a alguien que llega ya con todas las soluciones y respuestas en la mano?
Pues no lo haces. - se volvió a estirar en su lugar. Sus brazos por encima del respaldo y sus piernas extendidas en un movimiento felino. Pese a su veloz crecimiento era demasiado macizo para parecer desgarbado - Y supongo que por ello Lady Tyrell vino así de preparada. Lo que es muy inteligente de su parte.
Supongo que sí. - ella admitió con fastidio antes de bostezar, Maegor quedó contagiado del gesto - Es sólo que no sé... Quería ganar experiencia negociando, y siento que todo fue tan fácil que no aprendí nada.
Si lo hiciste, por fácil que fuera. - Maegor la interrumpió - Y es mejor que haya sido así de sencillo. - la duda se apoderó de su cara - Mira, cuando comienzas a entrenar con un arma, comienzas con los movimientos básicos. No con los avanzados. Así que está situación fue tu "inició ideal".
- Mmm... Creo que tienes razón.
Por supuesto que la tengo. - dijo con esa altanería propia de él.
¿Y qué hay de tí? - lo miró recostado y relajado contra la silla - Pareces bastante satisfecho.
Pues lo estoy. - admitió él - ¿Por qué no lo estaría?
- Justo más temprano estabas muy tenso por todo.
Lo estaba. - asintió - Ya no tengo porque estarlo. Después de todo, la solución de Lady Tyrell es óptima.
Ella estrechó sus ojos.
Mira esposa, - una sonrisa pequeña y ligera se posó en sus labios. Era algo pícara y encantadora, y ella necesitó toda su fuerza de voluntad para no sonrojarse. De nuevo - su resolución fue absolutamente eficaz.
¿Lo consideras tan así? ¿Seguro? - había reaccionado mal a todo esto para que lo dejara ir con tanta facilidad.
Pues sí. ¿El plan de Lady Tyrell soluciona la ofensa a mi honor? - él mismo respondió a su pregunta - Lo hace. ¿Funciona de forma limpia y nos evita posibles problemas relacionados? Pues sí. Madre aprobaría esta manera de atar cabos sueltos. Y la negociación terminó con todos complacidos. Y por sobre todas las cosas, lo suficientemente rápido.
- ¿Y por qué es tan importante que termine rápido?
Pues, - la pequeña sonrisa se transformó en una depredadora, con los colmillos afuera. Algo la sacudió - significa que todavía queda tiempo antes de que nos toque ir a entrenar.
Tú y tus rutinas. - no pudo evitar poner los ojos en blanco mientras agitaba la cabeza.
Por lo tanto, - ni siquiera se alteró por su interrupción - tenemos todavía tiempo para compartir más besos. Así que ven y dámelos.
Hasta aquí llegó su intento. Pudo sentir el momento exacto en las que sus mejillas se calentaron - Eres muy exigente.
Lo soy. - asintió con confianza.
- Y no tienes ninguna vergüenza.
Porque habría de tenerla. - sus ojos violetas parpadearon con cruda inocencia, antes de que el orgullo tomara ese lugar - Además, descubrí que estaba equivocado. - llenó sus pulmones de aire - No estoy roto. Es sólo que mi cuerpo se daba cuenta de algo que no entendía mi cabeza.
Esta vez, fue la duda quien se apoderó de ella - ¿Qué?
Él cabeceó - Sí. Es como cuando tu cuerpo reacciona a un movimiento y te defiendes antes de que tu cabeza entienda del todo que pasó. - colocó una de sus grandes manos contra su pecho - No era que fuera defectuoso. La ofensa de Bertrand no tiene sentido. Es sólo que no tengo que sentirme atraído por otras mujeres si te tengo a ti de esposa.
Síii... - ella arqueó sus cejas - No creo que la atracción funcione así.
Pues funciona así para mí. - él se encogió de hombros.
Entonces, se puso a escrutarla a ella, o más bien a su asiento. No imaginaba lo que vendría a continuación. Maegor estiró su mano, y aferrándose a uno de los brazos de su silla, la arrastró hacia su lado. El mundo de Ortiga se movió, o más bien, esa sensación vertiginosa cuando el suelo se mueve bajo tus pies. Una sensación no tan agradable cuando no estabas preparada para ello. Terminó justo al lado de Maegor, que ya la esperaba. El peso de él provocando que su puesto ni siquiera se moviera.
¿Qué fue eso? - dijo algo estupefacta.
Pues, demorabas demasiado en venir a mi. Así que te traje. - terminadas sus palabras, exigió - Beso.
- Me faltó llamarte arrogante, ¿verdad?
Deja de hablar de mis virtudes, mujer. ¿No ves que se nos acaba el tiempo?
Esas no son virtudes, Maegor Targaryen. No te hagas el necio. - pero cuando, a pesar de su vergüenza se inclinó hacia él, lució sumamente complacido.
Son virtudes sí yo digo que son virtudes, esposa. - sintió como enredada sus dedos en su pelo, sólo para que las llemas acariciaran su cuero cabelludo - Ahora bésame.
Cuando cerró sus ojos, sus labios se apoderaron de los de ella con una intensidad cruda. Cada pequeña cosita que le enseñó, Maegor parecía devolverla con el doble de intensidad. Algo torpe aún, su boca terminaría magullada. Cuando se separó, había una luz extraña en sus ojos.
¿Qué pasa? - preguntó temerosa. ¿Por qué, después de tanto presionar, se detenía? La espina de la preocupación la empezó a pinchar.
Estoy analizando. - dijo él antes de lamer sus labios. Sólo emitió un gemido bajo antes de reanudar el asalto con el doble de fuerzas. Como si se hubiera detenido para tomar impulso. Su segunda detención fue más lenta, y pudo escucharlo murmurar entre dientes - ¿Cómo es que esto mejora cada vez? ¿No debería detenerse? ¿Yo empezarme a acostumbrar?
No le dio tiempo de analizar lo dicho al momento, aunque tiempo después las palabras pronunciadas se cernieron como una premonición maligna sobre su cabeza. ¿Qué pasaría si se acostumbraba? ¿Se comenzaría a aburrir de ella?
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Abriendo la puerta del estudio, supo que algo había pasado al ver la papada de su padre agitarse - ¿Me mandó a llamar, padre?
Sabes que es esto, Morgan. - su padre lanzó lo que sólo podía ser un breve mensaje escrito en un listón de papel.
No, padre. - su hermano estaba sentado en un asiento frente a su padre. Bebía profusamente de su copa de vino y su piel había enrojecido. Su ceño estaba en su punto más alto, señal de que estaba todo lo enojado que podía estar. Pero con su tez rubicunda y bonachona, la mayoría lo confundiría no con ferocidad, sino con ebriedad.
Una falta de respeto. Eso es lo que es. - dijo Martyn dando un trago tan largo como si su bebida fuera agua - Y una afrenta a la moral, además.
Se removió incómodo, esperando lo que sabía que eran malas noticias - ¿Padre?
Esto, - señaló el papel, la carne colgante de su cuello se agitó temblorosa con su ira contenida. No entendía cómo él y su hermano, viviendo en el Faro y teniendo que subir y bajar de forma constante sus escaleras, tenían sus cuerpos en tan deteriorado estado - es un aviso de uno de nuestros espías en Alto Jardín.
Ah, la insultante situación de los Tyrell de nuevo. El que unos criados ocuparan el asiento que debía ser legítimamente de su madre, o eso reclamaba padre, era un punto de discordia que siempre salía a relucir.
- ¿Qué dice?
Cierto príncipe Targaryen esta de visita en el Dominio. - retrocedió como si las palabras lo hubieran golpeado - Y acompañado de una sola de sus esposas.
¿Quieres adivinar que esposa es? - ladró Martyn.
Morgan sólo pudo apretar su mandíbula. Si fueron recibidos en el hogar de la Casa Gardener, y no había aviso de que vinieran a visitar Antigua, entonces sólo había una respuesta.
Así que los Tyrell están tratando de poner un pie en ambas facciones Targaryen. - adivinó.
Y lo consiguieron de una forma en la que no tienen que transigir con nosotros. - Lord Manfred Hightower se recostó hacia atrás en su silla.
Una vez más Morgan maldijo a su padre por aceptar ese maldito matrimonio bigamo, una afrenta absoluta al honor de su hermana. No sólo la perdía ante un insolente mocoso Targaryen, sino que su hermanita tenía ahora que compartir marido con esa desgreñada moza. Para que resultara que también Maegor terminara marginando a su esposa, su legítima y primera esposa (y nadie convencería a Morgan de otra cosa), con respecto a la morena muchacha.
Esto es una afrenta padre. La hija de la Casa Hightower esta siendo dejada de lado en una misión diplomática en nuestra región para favorecer a una extranjera. - sus puños se apretaron hasta dolerle.
Eso no es todo. - Martyn se levantó de su asiento, sólo para caer de regreso por su propio peso - Cuéntale padre. Cuéntale porque están allí.
Los Tyrell - su padre respiró profundo, evitando escupir un insulto contra los exmayordomos - han decidido entregarles un escudero a uno de los príncipes.
Eso... Eso no tiene sentido. - estaba bastante confundido con esto - ¿Cómo? Hasta donde yo sé, Maegor Targaryen no es un caballero.
El maldito escudero no es para el príncipe. - su hermano renunció a beber de su copa y fue directo a la jarra. Después de tragar, se limpió la barbilla con una mano y continuó - ¡Es para esa inadecuada princesa! ¡¿Dónde se ha visto?! - terminó aullando.
Morgan sintió que algo se recrudecía dentro de él. Miró a su padre, esperando saber su respuesta a este insulto. Esperando las órdenes que sabía que vendrían de él.
Los Hightower no somos precisamente bien recibidos en Alto Jardín. - no con su padre siendo tan vocal, ya fuera a puerta cerrada o no, sobre el derecho de sus hijos y nietos a la joya del Dominio - Presentarnos ante ellos, y sin previa invitación sería mal visto. Incluso considerado una falta de educación. Si nos echaran, ni siquiera sus detractores podrían criticarlos.
Los dedos de padre comenzaron un golpeteo rítmico en la mesa. Como solía hacer cuando pensaba. Su vista se posó sobre él.
Pero... - su sonrisa fue agresiva debajo de la grasa de sus mejillas - no podrían rechazar a una delegación de los Hijos del Guerrero. ¿Qué excusa podrían tener para negarles la entrada a hombres que cumplen tan noble labor? Tenga uno de ellos o no el apellido Hightower.
Partiré enseguida padre. - dijo sin dudar - ¿Qué espera que haga?
Lo que sea que provoque fricción. Busca debilidades. Siembra rencores. - lo miró de arriba a abajo - De ser posible usa esa cara bonita que tienes y seduce a la princesa. Ya sea que te ganes un lugar como su amante, o que se desate un escándalo para que su reputación colapse, no me importa. Destruye esa relación y de ser posible ese matrimonio.
Morgan asintió, consciente de lo que debía hacer. Sin embargo, sentía asco. La piel se le erizó imaginando lo que vendría. De tantas mujeres hermosas que había en el mundo y le tocaba encantar a la feucha. Aún así, lo haría. Por su familia y por su hermanita. Lo que fuera necesario.