Sangre y fuego y otras magias extrañas

Het
NC-17
Finalizada
1
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754 páginas, 404.758 palabras, 55 capítulos
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Un cortejo singular

Ajustes
El cielo finalmente se había despejado tras varios días de temporal, lo que significaba que tendría que enfrentarse a otra jornada de trabajo agotador. Francamente en estos momentos, no sabía si eso sería considerado un castigo o un alivio. La alteración de Lady Ceryse, causante directa de su infortunio, comenzó un par de días antes de que se desatara la tormenta. Las noticias de que el príncipe y su otra esposa habían partido a un viaje repentino y sin aviso había llegado a la Corte. Como si ser dejada atrás por su marido, que iba con otra mujer, no fuera lo suficientemente doloroso (fuese considerada dicha mujer otra esposa o no), su ama fue una de las últimas en enterarse. Ni siquiera sabía que su cónyuge no estaba en el castillo hasta que el rumor ya había circulado. De allí en adelante las cosas empezaron a deteriorarse. Fueron los pequeños gestos las que la preocuparon. Sus silencios pasaron de ser calmados a opresivos. Las comisuras de sus labios comenzaron a inclinarse hacia abajo con mayor frecuencia. Y Lena ya preveía que sería ella la que sufriría. Así que intentó ser buena. Intentó no hablar de más. Intentó no hacer mucho ruido. Intentó no moverse demasiado rápido, ya que por alguna razón, Lady Ceryse la había convertido en el blanco de sus frustraciones. Aunque trató que no fuera así, Lena había sido regañada por esto y por lo otro. Y también por lo que no tenía nada que ver con ella. Al final, el error que hizo que todo estallara contra ella no tenía sentido. Era una nimiedad, incluso si hubiera contado como error. Todavía no estaba segura de verlo, pero recibió una fuerte reprimenda de su ama. Las puntadas que hizo no eran lo suficientemente ordenadas, había dicho Lady Ceryse. Arruinando una costura interna del vestido. No lo creía. La vieja señora decía que tenía talento para ello. Lady Ceryse misma decía, cuando ella era más joven, que le faltaba poco para superarla. Al final no importó. Lena pagaría. Y ahora que había salido el sol, la hora de pagar había llegado. Ni siquiera se le dirigió palabra para aplicar el castigo. Cuando Lena llegó a los aposentos de la dama, una inmensa cesta de mimbre se encontraba cargada en el centro de la habitación. La doncella principal apenas señaló con los ojos de ella hacia la carga. El resto de sus compañeras ni siquiera le dirigió la mirada. Como si ella fuera una humilde sierva que cumplía con su deber y debía pasar invisible ante ellas. A su salida, se retomaron las risas y las charlas divertidas. Pero no habría tal cosa para ella. Se detuvo casi al final del pasillo, dejando caer con suavidad y a sus pies la cesta con las piezas de su noble señora. La espalda ya le dolía y sus dedos tenían marcas rojas de sostener su carga. Ahora que estaba sola respiró hondo, para dejar salir todas las cosas feas que le habían dicho en los últimos tiempos. Trató de limpiarse con elegancia las lágrimas del rostro sólo para notar que sus manos, sus blancas y anteriormente bien cuidadas manos, estaban ásperas. Y pronto se pondrían peor. Recuperado el aliento retomó su viaje. Luego de su boda, su dama se había ido alterando más y más. En parte lo entendía. Debía ser muy difícil compartir al esposo. Era el lugar de una mujer noble saber que los hombres tenían necesidades que serían cubiertas en otros lado, o eso decían el resto de las doncellas a su alrededor. Y que los esposos buscarán mujeres de baja calaña para cubrir esas necesidades, pero ¿de ahí a saber que la otra mujer era su igual? ¿Qué los derechos de sus hijos serían tan fuertes como sus propios niños? Algunos decían que incluso más... Sacudió la cabeza. Esa idea de que los niños de la princesa, cuando llegaran, estarían por encima de los de Lady Ceryse le parecía una traición. No sólo los Hightower la habían acogido y la vieja señora la había amado como a su sangre, sino que ella era una Flosar. Una casa pequeña, que realmente nunca había conocido, pero estaba emparentada con los gobernadores de Antigua. Los Señores del Faro la habían cuidado desde su nacimiento, y ella les devolvería todo lo que hicieron por ella. No importa cuando duro la hubiera tratado Lady Ceryse en los últimos tiempos. O cuan cruel fuera su lengua, o que castigos exagerados le impusiera. Pronto Ceryse volvería a ser la joven sofisticada y calmada que era. La que aconsejaba a su madre sobre que vestidos favorecerían más a Lena. La que se aseguraba de que siempre luciera bien. Aún podía sentir la suavidad de la última confección dedicada a ella. Flores rosadas bordadas en un vestido verde. La labor realizada con esmero tanto por Lady Ceryse como por la vieja señora. Si repitiera ese gesto ahora, el sedoso material contrastaría contra los callos que había desarrollado. Sacudió la cabeza tratando de despejarse. Esto pronto pasaría. Volvería a vivir como en esa época. Su dama se sentiría mejor y no volvería a tener sus accesos de mal humor, y trataría a Lena como siempre lo había hecho. Ella por su parte le agradecería, se dijo con una sonrisa triste, y trataría de olvidar estos malos momentos. Cuando llegó, la lavandería parecía haber sido azotada por una ventolera. El olor sofocante de la lejía ya le quemaba la garganta. Tras unas cuantas inhalaciones sus pulmones ya se sentían pesados, con una sensación de ahogo inminente. La mayoría de las mujeres que trabajan aquí se movían como preparadas para un asedio. Los gritos de las lavanderas y las órdenes eran lanzadas de aquí para allá. Después de todo, habían pasado varios días sin poder atender sus responsabilidades debido al clima. Hoy, los rayos del sol golpeban con fuerza y no había un instante por desperdiciar. Su señora y compañía estaban molestas de no tener sus ropas y cambios de cama tan limpios y frescos como esperaban. Imaginaba que el resto de los nobles del castillo estaban igual. Sumado eso a la desaparición del príncipe Maegor, su dama se alteraba por cualquier detalle. Por eso había terminado aquí. Una tarea que la liberaba de sus palabras afiladas sólo para castigar su cuerpo. La cesta con la ropa que le habían encargado estaba tan llena que apenas podía sostenerla entre sus brazos. Ya sentía una fatiga prematura recorriendo su cuerpo, cuando apenas había iniciado la jornada. ¿Otra vez te enviaron acá? - una voz amable le dijo desde una esquina. Ella se sobresaltó, esperando una crítica. La primera vez que alguien le hizo una pregunta cómo esa se llenó de vergüenza. Puede que fuera huérfana, pero seguía siendo noble. Lavar la ropa era una tarea para mozas plebeyas, no para ella. Como tal, había respondido de mala forma, ganando sin saber algunas enemigas entre el propio personal. No importa su sangre noble. Si ella estaba aquí era porque estaba siendo degradada, todos lo sabían. En especial, las sirvientas lo entendían. Por lo que su orgullo le jugó en contra. Allí no tenía las protecciones que esperaba de su estatus. Y no había misericordia para una niña orgullosa que le contestaba a los que parecían preocuparse por ella. Cabeceó en silencio, temerosa de lo que vendría. Ante ella se paró una muchacha joven y empapada, ya fuera de agua o del esfuerzo, y con un suspiro pesado tomó parte de sus cosas. Casi con rudeza. Déjame ayudarte con eso. - le dijo mientras encaminaba las piezas hasta donde tenía su asignación. Casi llora de alivio. Tuvo que morderse los labios para controlarse. No era todo, y todavía tendría que lavar bastante. Llorar no haría nada más que atrasar su trabajo. La lejía de ceniza le destrozaría un poco más las manos. Pero gracias a la sirvienta, no sería lo mismo. Le había quitado unas cuantas cosas de encima. Un alivio de su carga. No todo, porque la muchacha aún tenía sus propias responsabilidades, pero eso era algo menos de lo que tendría que encargarse. Le sonrió a la chica, agradeciendo su ayuda, y trató de permanecer cerca para conversar. Con Lady Ceryse tan enfadada con ella últimamente, y el hecho de que ella acabara tan cansada por el esfuerzo, Lena había sido excluida silenciosamente por las otras doncellas. Terminaba sintiéndose separada de quienes debían ser sus compañeras e iguales. Más que el cansancio, ese aislamiento era algo que no podía soportar. Ella sabía que no era plebeya y que no debía estar aquí. Pero es que se sentía tan sola. Más tarde, cuando ya tenía grietas en las palmas y estas le ardían, se puso a pensar. Estas labores eran consideradas un castigo severo para una niña de buena cuna, pero su dama se empecinaba en que las realizara. La alejaba así del servicio doméstico que le correspondía. Si Lena no pertenecía a aquí, ni entre las doncellas de su señora, ¿dónde terminaría? De alguna forma se sentía que si las cosas no mejoraban pronto, acabaría por no encajar en ningún lugar. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Frustración. Esa era la única palabra que podía describir lo que sentía. Dunstan, incluso con su cojera y su mano inútil, no estaba acostumbrado a quedarse quieto. Siempre había algo que hacer. Un desastre que cubrir. Su discapacidad hizo que su energía nerviosa se disparara. No sólo tenía que arrastrarse y mendigar para sostener a su familia, sino que su cuerpo roto no le permitía moverse con su gracia anterior. No le permitía liberar su fuerza contenida. Se encontraba prisionero de su propia carne maltrecha. La lluvia que tanto le había preocupado se había convertido en un temporal. Y el viento y el mar se combinaban para que un frío se cerniera sobre toda la isla, a pesar de que el sol golpeaba fuerte. Él lo sentía con especial intensidad en sus huesos rotos. Los que no sanaron del todo bien. Los cambios de temperatura le hacían sentir un dolor sordo en sus extremidades maltrechas. Y aún así, eso no era lo que le preocupaba. No dejó salir a sus hijos de su casa. Pronto tendrían ropa cálida para cubrirse, pero mientras tanto eran mejor que permanecieran cubiertos en su bien resguardado hogar. Su preocupación tenía que ver más con el desperdicio. El desperdicio de tiempo y el desperdicio de material. Arrastró su pierna a través de la arena húmeda, esquivando los charcos grises de ceniza que aún permanecían, y se encaminó hacia sus contenedores inundados. Todo una carga de material gris finamente molido desperdiciado. Sus mezclas de polvo volcánico y cal hundidas bajo una capa de agua de lluvia. Negó con la cabeza y apretó los dientes de la frustración. Trabajo y materia prima perdidos sin justificación. Si le hubieran dicho hace una luna a Dunstan que le pesaría ver la ceniza volcánica desperdiciarse se hubiera reído. Con carcajadas grandes como las que no soltaba desde hacía bastante rato. Incluso al comenzar este proyecto, lo vio como una locura de un príncipe. Una excentricidad. Pero se quedó callado porque eso le pondría un techo sobre las cabezas de su familia y pan en la boca. Ahora... Ahora apretaba los labios, al ver aplazados los resultados de sus experimentos. Que la ceniza, su ceniza, hubiera sido contaminada y desecha por el agua de lluvia lo hacía peor. Tendría que iniciar desde el principio con las mezclas. Calcular las partes de ceniza contra las de cal. Anotar sus tablillas de arcilla. Aplazar la idea de evaluar de que zonas el polvo grisáceo salía con mayor calidad (pues sospechaba que al igual que la caliza, podrían haber "vetas" de su infravalorado material que tuvieran más calidad que otras). Entonces, sólo le quedaba limpiar sus contenedores para que se secaran y moler dentro del almacén más del preciado polvo. Y saben los dioses cuando regresarían los príncipes con exigencias de información. Nunca es bueno decepcionar a un noble. Muy a pesar de que Dunstan ya había hecho grandes avances. Pateó un contenedor, tanto para vaciarlo sin tener que agacharse como para disipar algo de su frustración, y continuó con el siguiente. Pese al aire frío, el sol le calentaba la espalda a través de la ropa. Otro contenedor pateado y más agua derramada. Iba ya por el cuarto cuando notó algo. De las cajas derribadas sólo había salido líquido. Sí, sabía que sus materiales se disolverían en parte, y que la lluvia constante arrastraría parte de ellos. Su recién descubierto mortero echado a perder. Pero al menos debería quedar una masa, por mínima que fuera. Se inclinó hacia un contenedor, tambaleándose por un momento y teniendo que recuperar el equilibrio. Maldijo a su pierna inservible y deseó que se la hubieran cortado en aquel entonces. Una vez había soñado conque volvería a funcionar. Era más sabio en estos días, y su pierna se había convertido en un estorbo y un peso muerto que arrastrar. Se inclinó de regreso, con más cuidado, alcanzando con su mano buena el encuadre de madera. Al llevarlo a su vista, vio que la mitad del cajón estaba ocupado por materia dura, de superficie lisa. Parpadeó anonadado. Como fuera lo que fuera esto no quería salir se dobló, golpeando contra el suelo un par de veces la caja. Sus golpes dieron resultados y sintió que algo se despegaba. Escuchó un clank seco y vio, allí frente a sus pies, un perfecto y bien formado ladrillo gris. Pensó que estaba soñando. Pensó que sus ojos lo engañaban. Pero la pieza seguía ahí. No podía ser posible pero el sonido que hizo, o uno muy semejante, lo conocía muy bien. Se arrodilló en el suelo, sin preocuparse por la humedad o que se le mojara la ropa. Y palpó buscando una respuesta. Duro, macizo, sin ceder ante la presión. Lo agarró y lo golpeó con fuerza contra el suelo. El bloque se mantuvo intacto. Ese fue el día en que Dunstan Carrick tuvo una revelación. No era un nuevo y mejor mortero lo que había descubierto, sino que de alguna forma y ante él, se había creado piedra. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Molesto era poco para describir como se sentía. Pese a sus planes, la primera mitad de la mañana no había salido como había esperado. Durante su entrenamiento un grupo más grueso de espectadores de lo normal se habían reunido a observarlo, y a alabarlo. Como si esto fuera un combate de torneo y no simple rutina. Eso debía ser algo organizado por los Tyrell tras el incidente. Consideraba a la tropa igual que una manada de alimañas escurridizas y ruidosas, no algo halagador. No le hubiera importado antes, pero entonces era diferente. El mundo entero de Maegor parecía haber cambiado de un día para otro. Y aunque no parecía haber ninguna alteración externa, todo en su interior se sentía revuelto y confuso, y de alguna manera también enfocado. Para empezar quería estar más cerca de su esposa, incluso sin besos, pero la multitud entusiasta parecía poner nerviosa a Ortiga. Demasiados ojos mirando. Comprendía ese sentimiento, aunque no estaban haciendo nada aparte de practicar. Decidido a cambiar la situación, se pasó todos sus ejercicios analizando la estrategia que tomaría a continuación. Así que tomó la decisión de hacer lo que nunca antes se le habría ocurrido: cortejar a su novia. La idea era ridícula por sí sola. Maegor nunca hubiera imaginado rebajarse hasta ese punto. Supo desde niño que el suyo sería un matrimonio de conveniencia, y en ellos rara vez había cortejo. Y eso era antes, énfasis en la palabra, del matrimonio. La mayoría de los hombres que conocía descartarían la idea de hacerlo luego de casados. Maegor lo creía correcto. Pero... Esos hombres no tenían matrimonios felices. Eran matrimonios normales para él. Serios, formales, basados en nada más que el interés político y el legado. No quería eso. No con Ortiga. Él quería algo como lo que tenía Aenys. Por más que le desagradara Alyssa. Por más que le pareciera ridículo la actitud de su hermano para con ella, cantando y haciéndole regalos a una mujer que ya era su esposa, lo cierto era que funcionó para él. Siempre se estaban besando, se dijo con un escalofrío de asco. El recuerdo de ver a su hermano apretado contra la Velaryon le daba repulsión. Tanto por la imagen como por la idea de ver sus labios pegados por tanto rato. Ahora no. Ahora quería sus propios besos. Besos largos y, se dijo con las orejas calientes, besos con lengua. Y como al único marido que había observado conseguir eso de su esposa era a Aenys, decidió imitarlo. Así que cortejo sería. Cantar quedaba descartado. Eso sí. Demasiado ridículo para él. Y, aclarándose la garganta, también estaba seguro de ser malo en eso. No. No le cantaría. Eso sólo le traería el doble de vergüenza. Pero los poemas no quedaban fuera de la lista. Aenys tenía siempre uno para su esposa, tan gustoso como era para las bellas artes. Como Maegor no tenía tal habilidad, y probablemente nunca la desarrollaría, decidió probar con una opción más fácil. Le habló a su esposa de reunirse en el patio, donde había leído su libro sobre animales, decidido a hacer una recreación de ese día. A Ortiga le había agradado y si sumaba un componente romántico, de seguro la haría feliz. Él había conseguido unos pasteles de limón para compartir con ella, relamiéndose al recordar la última vez que probó dicho sabor. Luego fue con el maestre de Alto Jardín, siguiendo el ejemplo de su mujer. Para pedir un libro prestado y también una recomendación. Leyendo de camino a su cita las páginas obtenidas, llegó a la conclusión de que la edad le había hecho estragos a la cabeza del hombre. Estos poemas eran simplemente horribles. Quizás al ser distraído por la masacre al sentido común que eran estos versos, no notó lo inusualmente concurrido que estaban los jardines elegidos para su cita. Varias personas pasaron por su lado, la mayoría de ellas siendo damas a las que ignoró. Tenía que encontrar algo aquí lo suficientemente romántico para su esposa, pero cada escrito sonaba aún más... Más... Arrugó la nariz, sin saber siquiera que palabra usar para describir este desperdicio de papel y tinta. ¡Oh! Mi libro favorito de poemas. - tuvo que alzar la mirada, para saber quién era tan cabeza hueca que le gustaba esta cosa. No se sorprendió ver a Aleria Tyrell. Después de todo, ella y sus doncellas deberían hacerle compañía a su esposa. Lo que sí lo desconcertó fueron la cantidad de acompañantes con la que se presentaba. Su grupo de damas se había triplicado, por no hablar de las sirvientas que habían a su alrededor, e incluso un par de septas. Incluso el nuevo escudero de su esposa, que no se había despegado de ella en toda la mañana, estaba de pie en una esquina. Miró de un lado a otro. Mujeres por doquier. Los bancos del lugar estaban llenos a reventar, y aunque algunas trataban de disimular, era obvio que tanto él como Ortiga eran el foco de su atención. Sintió como su ceño bajaba y trató con toda su fuerza de voluntad no ladrarle a todas la orden de que se marcharan. Trata de ser educado y político, se dijo. Son damas nobles y deben ser tratadas con cierta delicadeza, pensó, recordando las sugerencias de su padre. Pero era difícil. Más cuando su presencia impediría que Ortiga estuviera relajada y feliz. ¿No veían que arruinaban su ambiente pacífico con su mujer? Una garganta se aclaró, y resultó ser la hija mayor del señor de Alto Jardín, que miraba de él al libro - Entonces, ¿gusta Su Alteza mucho de los poemas? Para nada. - su respuesta pareció descolocarla, pues sus ojos verdes parpadearon muy seguido - Esto, - señaló el libro casi ofensor de lo mal escrito que estaba - es para leerle a mi esposa. ¡Oh! - uno de esos momentos griticos agudos salió de la dama - ¡Qué romántico! ¿Lo era? Bueno, si una mujer lo decía. Así que hasta aquí iba bien. Ojalá que Ortiga le guste esta absurda palabrería. - ¿También planea llevarla a un paseo en barco? ¿Eh? La dama Tyrell debió de ver la duda en su cara, porque continuó. En Alto Jardín tenemos barcos de placer, para dar paseos a lo largo del río Mander. - agudizó los oídos ante esto. Antes hubiera despreciado la idea. Ahora lo veía como una nueva opción en la que le sería difícil cometer un error. ¿Cómo podría fallar en un paseo? - Si quiere, pediré que organicen uno para esta tarde. Es una manera preciosa de disfrutar un día cálido como este. - suspiró de forma melodramática - Me encantaría dar una vuelta con mi prometido. Con un nuevo plan a medio organizar, y nada interesado en las cosas de pareja de alguien más, decidió darle la espalda y dejar de perder el tiempo que le debía estar dedicando a Ortiga. Ella lo esperaba ya en una manta en el suelo. Entre las sombras y la luz del sol, su piel morena le parecía encantadora. ¿Me estabas esperando? - preguntó. Sí. - le dijo ella. Pero en lugar de fijarse en él o en la pequeña cesta que contenía sus amados dulces, o incluso el estúpido libro, su esposa parecía concentrarse en Aleria Tyrell. Ortiga hazme caso. - exigió, obteniendo como respuesta una ceja alzada de su parte. Un resoplido nada femenino salió de ella y Ortiga se empezó a correr en su manta - Esta bien. ¿Qué te traes entre manos? He traído un libro de poemas para recitarte. - le mostró el encuadernado con una de sus comisuras alzándose de disgusto - Pero sólo de leer un par de páginas recordé porque no me gusta la poesía. Ortiga parpadeó y volvió a parpadear, centrándose esta vez en el manuscrito. Su boca se abrió para luego cerrarse muy rápido. Incluso la vio pellizcarse un cachete. Entonces sonrió antes de hablar: Ven y acuéstate a mi lado. - golpeó el lugar junto a ella en la manta - Y dame ese libro. Los bardos siempre cantan acerca de las hermosas poesías. No puede ser tan horrible. Ah, pero lo es. - explicó mientras invadía su espacio, tratando de quedar lo más cerca posible. Un carraspeo cercano a la Tyrell cortó el aire, haciendo que Ortiga se pusiera rígida antes de suavizarse. Observó, buscando al infractor, sólo para ver a una septa mayor, de cara adusta y cercana a los cincuenta años, mirándolos con reprobación. De regresó a su esposa, ella ya leía con lentitud la escritura. Trató de arrebatársela. Se supone que él se lo debía leer a ella. Pero Ortiga tenía manos más rápidas y sacó el poemario de su alcance. No. Déjame leer a mí. - lo detuvo - Así te diré sí me gusta o no. Pareció pronunciar cada frase, aunque ningún sonido salió de su garganta. Sus labios se movían en el aire, vacíos de su voz y con lentitud. Su ceño, no muy común, fue surgiendo mientras bajaba la vista. Esta bien. Estoy confundida. - le pasó de regreso el libro - Lee esto para mí, para ver si lo que yo entiendo es lo mismo que dice. Así lo hizo, obteniendo como resultado una boca abierta de su esposa. ¡Por todos los dioses! No leí mal. - una sonrisa grande y torcida se posó en su boca - Es más que horrible. Es... Es... No hay palabras para decirlo. - se dio vuelta hasta quedar bocarriba, moviendo sus pies como si le estuvieran haciendo cosquillas. ¿Por qué pareces tan feliz con eso? - él, por su parte, no lo estaba. Había esperado ser romántico. O tanto como pudiera. Esto lo echaba todo a perder. Es que es tan ridículo que es divertido. - replicó Ortiga entre risas - ¡Es encantador de lo ridículo que es! Pero, es que es absurdo. - era demasiado meloso, demasiado florido - No entiendo la diversión. ¡Exacto! - le dijo con emoción - Esto, - le dio unas palmaditas a la cubierta - parece algo que vomitaría una niña enamorada. O un borracho. Vamos a leerlo y burlarnos de él. Empezaba a comprender. La idea de Ortiga cobraba sentido. Esta cosa no era un libro de poemas, sino que parecía más bien el discurso de un bufón enfermo de amor. Aún así, suspiró decepcionado - Yo quería hacer algo romántico por ti. ¿En serio? ¿Por mí? - preguntó Ortiga, como si se le escapara la lógica del asunto. Como si no tuviera sentido. Sí, se removió incómodo, no era lo normal. Pero él era algo codicioso, tenía que admitirlo, y quería más besos. Por lo tanto, haría lo que fuera necesario para lograrlo. Sí. - asintió con una cabecera firme - Poemas y dulces. Pero fallé en la mitad de las cosas. No había terminado de hablar, cuando Ortiga ya había girado a velocidad y se había apoderado de la cesta. No tardó mucho en revisar el contenido. ¡Pasteles de limón! - gritó - ¿Y son todos míos? A pesar de estar preguntando, ya tenía abracado el contenedor contra su pecho. Dudaba que pudiera incluso arrebatárselo, incluso si no los hubiera traído sólo para ella. Sí. ¿No te dije que intentaba ser romántico? - ¿así no era como funcionaba el romance? Darle dulces y regalos a las chicas, y hacer un reguero de actos tontos. Ortiga ya había tomado uno de los pequeños pastelitos y se lo estaba zampando. Sus mejillas se veían llenas, ya que generalmente daba grandes mordiscos en vez de comer con delicadeza como hacían la mayoría de las damas. Viendo como comían las mujeres nobles, Maegor no entendía como no se desplomaban en el suelo por comer tan poco, aunque... Eso quizás explicara la tendencia de las damiselas a desvanecerse. Por suerte, su esposa no era como el resto de las mujeres. Sí lo hiciste. - afirmó Ortiga después de tragar - Y estas haciendo un excelente trabajo. Por supuesto que sí. - admitió con orgullo. Luego dudó - Emmm, ¿exactamente como estoy haciendo eso? - se rascó la barbilla - Reírnos de los poemas no parece algo romántico. ¿Por qué no? - ella se encogió de hombros - Estamos en un lindo lugar. Yo tengo deliciosos dulces. - apretó la masa rellena de miel - Y me divierto junto a una agradable compañía. ¿Qué puede ser mejor que eso? - al terminar, devoró lo que quedaba del primer pastel y acercó su cabeza a la suya. Estaba seguro de que recibiría otro beso, o al menos lo iba a hacer hasta que un graznido de la molesta septa la hizo sacudirse y alejarse de él. Todo dentro de Maegor se encendió con enojo. ¿No veía la maldita mujer que los estaba interrumpiendo? ¿Acaso no estaban casados? ¿Había alguna razón por la que no podían hacer estas cosas? Lo único que lo contuvo de ir y demandar que la vieja religiosa se fuera fue que su mujer le sostuvo el brazo. Déjala, Maegor. - frotó su frente contra la suya. No era un beso pero al menos era algo - No le hagas caso. Sólo nos arruinará el día. Tienes razón. - dijo luego de pensarlo, aunque todo dentro de él le pedía expulsar a la infractora. Si se decidía por el paseo en barco, no permitiría que la causa de tantas interrupciones se subiera al mismo. La mujer no seguiría arruinando su cortejo. La echaría primero al agua. También notó que las miradas juiciosas parecían molestar a su esposa y eso era algo que hablaría con su madre para arreglar. Después. Por ahora intentaría tener un rato ameno con ella, como había sugerido la propia Ortiga. Busquemos más poemas tontos de los que reírnos. - le pidió, buscando que su novia sólo se fijara en él. Ortiga asintió, colocando la cesta con pasteles de su lado y el libro entre ambos. Él se recostó junto a ella, lanzando una mirada seca a la septa, la cual se mantuvo inteligentemente en silencio. No parecía aprobar su comportamiento, pero ese era su problema. Él no se iba a detener. Al final, su esposa resultó tener razón. Estas cosas eran tan ridículas que daban risa. Como la descripción de una mujer de que el pecho de su amado la hacía sentir tan segura como un muro de ladrillos. Hasta él, que no sabía nada de este arte, sabía que esto era tan burdo como absurdo. Burlarse del resto de los escritos tampoco fue tan difícil. Maegor... - Ortiga lo llamó después de un rato - Lady Tyrell es muy hermosa, ¿verdad? ¿La señora del castillo? - preguntó al instante. ¿No era la dama algo mayor para evaluarla de esa manera? No, tonto. - ella golpeó su brazo - Aleria Tyrell, su hija. Ah, ya. - echó un vistazo hacia atrás. Incluso rodeada de sus doncellas, era fácil localizar a la rubia muchacha. Su corona de cabellos dorados la hacía destacar. Sus rostro desde aquí se notaba delicado y su cuerpo lucía esbelto. Parecía una versión más joven de su madre, al igual que su hermano mayor. Sin embargo, este último era hombre y por supuesto, tenía rasgos masculinos. ¿Y bien? - preguntó con insistencia. - ¿Bien qué? - ¿No es Lady Tyrell muy hermosa? Volvió a mirarla. Esta vez, tanto ella como sus damas de compañía al sentirse observadas, comenzaron a cuchichear. Regresó a su esposa - Supongo que sí. Creo que es incluso más hermosa que Ceryse. - ¿por qué estaba mencionando a su otra esposa? La Hightower estaba lejos y él no quería dedicarle ningún pensamiento. Si tú lo dices... - francamente, no entendía la conversación. ¿Cómo que si yo lo digo? - Ortiga estiró y aplanó la manta frente a ella con sus palmas - ¿No puedes decir cuál es más bonita? ¿O cuál te gusta más? Ambas son de rasgos atractivos. Pero no sé como evaluar la belleza de cada una con respecto a la otra. Con respecto a gustarme o no, no me gusta ninguna. - eso la dejó pasamada, y a él todavía más confundido y tratando de explicar - Supongo que de tener que elegir, preferiría a Lady Tyrell. Aún así, eso se debe a que no la conozco. Y considerando que este es su libro favorito de poemas, - confesó, sintiendo nada más que lástima por la chica - eso no me hace pensar muy bien de ella. La pobre muchacha debía ser una descerebrada. Que triste, siendo su madre una mujer tan inteligente. Ay, Maegor. - su esposa suspiró con tristeza - Hay veces que me gustaría abrirte él cráneo para ver cómo funciona esa cabecita tuya. Lo mismo digo. - explicó mientras se revolvía el cabello - Estoy intentando pasar tiempo contigo y en vez de eso, tu quieres hablar de otras mujeres. Vio como sus mejillas se oscurecían, antes de que le respondiera - No me hagas caso. Hazte la idea de que estoy actuando raro porque está al llegarme mi sangre de mujer. ¿Eso significa que no puedo dormir contigo? - la preocupación fue clara en su voz. La sangre de luna significaba que no podían compartir la cama, ¿verdad? Su respuesta fue un puñetazo - Idiota. Eso no tiene nada que ver. Ni que estuviéramos follando. Ah, verdad. - que alivio. Dudó un instante, antes de restregar su frente contra la suya como había hecho ella cuando llegó. Tonto. - le dijo su mujer. Pero una de sus sonrisas torcidas, esas que le decían que todo estaba bien, se posó en sus labios. Con eso murió cualquier discusión. Expulsada por su lógica firme, y su desviado pero convertido en divertido plan de romanticismo. No podía quejarse. Ningún hombre podría burlarse de él por leer poemas para su novia, no cuando lo hacía para criticar a los autores y su total falta de capacidad para escribir algo decente. Podía decir que el resto de la mañana pasó magnífica. Y hubiera seguido siendo perfecta hasta que sintió a Ortiga ponerse rígida. ¿Qué pasa? - preguntó al sentir sus músculos tensos en su proximidad, pero Ortiga tenía la vista fija y no contestó. Miró a su alrededor sin ver nada, por lo que volvió a fijarse en su consorte para seguir el punto exacto en el que miraba. Intentó fijarse con mayor concentración, sin ver nada que le provocara alarma, hasta que notó un movimiento entre las hojas caídas. Se paró de un salto, justo como hizo ella, preocupado de que fuera alguna serpiente. Un movimiento después y unas hojas arrugadas corridas mostraron un inofensivo insecto de gran tamaño. Ufff... No hay nada de lo que preocuparse, esposa. - dijo con alivio - Es sólo una cucaracha. Por supuesto que se que es una cucaracha. - Ortiga seguía retrocediendo - Pero es una cucaracha inmensa. Horrorosa. Aterradora. ¿Eh? Si que tenía buen tamaño, casi más grande que su palma... - Pero si no hace nada. ¡No me importa que no haga nada! ¡No me gustan los bichos! - nunca la había escuchado hablar de forma tan áspera y aguda - ¡¡¡Y menos las cucarachas!!! La palabra pareció provocar una reacción generalizada entre todas las damas del patio. Incluso hubo un par de tenues gritos de miedo. No entendía. No era peligrosa, e incluso si lo fuera, estaba demasiado lejos para afectarlas a ellas. ¡Yo me encargo! - Fannar Tyrell se encaminó hacia la criatura mimetizada con las hojas caídas y la pateó. En vez de morir, el bicho abrió sus alas y salió volando. Junto al menos otros dos congéneres que estaban en la pequeña pila de desechos de los árboles en la que lo divisó Ortiga. Los gritos fueron ahora generalizados, comenzando por su esposa: ¡Puta Madre! ¡Esas mierdas vuelan! - y antes de que entendiera lo que estaba pasando, su consorte comenzó a trepar por su cuerpo sin pudor ninguno. ¡Cálmate, mujer! - trató de detenerla. Sin embargo, Ortiga no estaba dispuesta a renunciar a su improvisado refugio y por ello terminó cargándola como si fuera un saco de trigo. Sus piernas sujetas contra su pecho para asegurarla. ¡Cálmate y una mierda! ¡Sácame de aquí! - exigió mientras se removía sobre él. Tuvo que usar su fuerza para evitar que se cayera de su hombro. Como no salió de allí con la suficiente rapidez, sintió el escozor de sus uñas en la espalda. Fannar estaba quieto y con sus ojos bien abiertos, observando el desastre causado. Algunas damas lloraban compungidas y otras agitaban las manos, reclamando la atención de las sirvientas que las rodeaban. Se extrañó de que las septas no impusieran el orden, o al menos lo hizo hasta que les echó un vistazo rápido. La septa mayor, la amargada, se encontraba brincando encima de un banco. Sus faldas alzadas como si los animalitos estuvieran trepando por ella en lugar de estar volando en la dirección contraria. ¡Que asco! Pensó mientras avanzaba. Su preciada carga aprobando que se alejara de la escena. Él por su parte agitó con fuerza la cabeza, tratando de borrar el recuerdo de las piernas desnudas de una septa entrada en años. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ El viento soplaba a su favor, de tal forma que el bote avanzaba a gran velocidad a pesar de surcar las aguas a contracorriente. La idea de embarcarse le resultó de repente magnífica, ¡pensar que había salido de la cabeza de una mujer! Eso sólo reforzó su creencia de no subestimar al sexo hermoso. Eso que decían sobre que las damas eran emocionales e incapaces de decisiones difíciles eran una sarta de estupideces. Las mujeres que conocía podían llegar a ser más astutas y calculadoras que muchos hombres. Sin embargo, puede ser que fuera más bien algo de las féminas de su familia. El viento del suroeste que soplaba desde el mar del Ocaso empujaba la embarcación hacía su destino, y Morgan Hightower agradeció una vez más la sugerencia que le dio su tía Patrice. Una lástima que las mujeres no pudieran heredar por encima de los hombres, tal y como pasaba en Dorne, o más bien una lástima en ese caso en específico. Su padre era un hombre agudo e inteligente, pero no le llegaba a los talones a su tía. Pero basta de contemplaciones estúpidas, mejor disfrutar el paseo mientras pudiera. El sol brillaba con fuerza, y le hacía dudar del temporal sufrido hacía apenas siete días. Los caminos de barro desde Antigua a Alto Jardín estarían intransitables. Convertidos en lodazales por las lluvias recientes y constantes. Incluso con su idea original, de cambiar los caballos a lo largo del viaje e ir en un grupo pequeño, el trayecto hubiera tardado al menos dieciséis días. Fue allí cuando su tía, consciente de su urgencia, se apareció con un plan brillante: partir de Antigua navegando el río que atravesaba la ciudad hasta donde se pudiera, limitando su trayecto a tierra hasta alcanzar las riberas del Mander, y desde el caudaloso río continuar a Alto Jardín. Así aceleraría drásticamente las millas que lo separaban de su objetivo y sufriría menor desgaste físico. Porque una mente sana trabaja mejor con un cuerpo descansado, le había dicho su tía. Y hasta ahora estaba funcionando. La brisa impulsaba las velas de tal forma que no había sido necesario usar los servicios de los remeros. El barco cortaba a través del agua con tal velocidad que ya no sabía si se encontraba todavía en el Aguamiel, o si habían alcanzado uno de sus afluentes. Pronto tendrían que desembarcar, posiblemente en las tierras de los Florent, y llenarse de tierra y lodo. Pero mientras tanto podía mirar por la borda y disfrutar del horizonte, o de los peces que nadaban confiados en el fondo. Ah, esta era una vista preciosa. Tan diferente de la atestada ciudad que él llamaba hogar. Su madre siempre se lo había dicho, tenía más de Gardener que de Hightower. Lo suyo eran los campos abiertos y las arboledas frondosas. Morgan se sentía apretado entre las murallas de Antigua y sus barrios sobrepoblados. Pensar en su madre le trajo sensaciones agridulces. Su sonrisa orgullosa, la que le dedicaba sólo a él, era algo que había perdido para siempre. Y lamentablemente, no había sido muy común verla sonreír. Profundamente infeliz y melancólica, así la llamarían la mayoría que la conoció de lejos. Los que no sabían de la dulzura que llevaba adentro. De joven había pensado que su tristeza era solamente por la pérdida de su familia y el robo de su hogar ancestral. Morgan había aprendido más tarde que pese a la calma que mostraba, su madre no había encontrado ningún consuelo en su matrimonio. Sus progenitores no eran de temperamento explosivo, pero entre ellos no había ni el más breve atisbo de conexión. Padre era demasiado desalmado según su madre, y él se refería a ella como exageradamente confiada pese a nunca desafiar sus elecciones. Pero madre siempre tenía una sonrisa para sus hijos. Incluso se atrevía a decir que ellos fueron su única felicidad en esta vida. También debería incluir a los breves lazos sanguíneos que le quedaban, pensó con una mueca. Quizás por la pérdida de los verdaderos Gardener, su gentil mamá buscaba la cercanía con su sangre bastarda, a los que llamaba sin vergüenza alguna familia. Se removió incómodo mientras una corriente de aire mecía sus dorados rizos. Tampoco podía mentir. No importa cuan bajos o ruines pudieran ser considerados sus parientes ilegítimos, lo cierto era que adoraban a su madre con más fervor que los más celosos miembros de su orden a los mismos Siete. Casi tanto como la había adorado el propio Morgan. Por ello, lo poco que le pidió su madre al final, se convirtió para él en un juramento inamovible. Y dijera lo que dijera su familia, había fallado. Tomó aire profundamente y apretó los puños. Maegor Targaryen, el mocoso del Dragón, se hallaba disfrutando de la vida en Alto Jardín con su otra zorra, mientras dejaba atrás a su hermanita. No se le debía permitir. Por ello padre lo había enviado a esta misión. Para proteger los intereses de Ceryse, y por consiguiente, de los Hightower. Para él, era algo todavía más profundo. Le había prometido a su madre que cuidaría de su hermana. Bueno, de las chicas, pensó con algo de culpa. La otra era alguien en quien ni quería pensar, pero si Ceryse estaba bien, ella estaría bien. Cuando se pactó el enlace tenía sus dudas. Su hermana era una mujer hecha y derecha, y juntarla con un niño insolente no le parecía apropiado. Padre habló de los beneficios, Ceryse del estatus, y él pese a sus objeciones no pudo influir en sus planes. Lo que demostró ser un grave error. Su hermana estaba atrapada compartiendo marido, como una de esas esposas que eran más esclavas que señoras en Essos. Compitiendo contra una mujer tosca y sin clase. Él había hecho una nueva promesa sobre su juramento roto: conseguiría una forma de deshacer ese matrimonio bígamo, o al menos borraría la afrenta contra su hermana. Costara lo que costara. La moza morena caería ante él. Todas lo hacían. Una sonrisa por aquí, un roce por allá. La mayor parte de su esfuerzo se basaba en miradas intercambiadas y algún que otro coqueteo. No es que la moza pudiera estar muy acostumbrada a ser perseguida. Sería una presa fácil. Veamos como reaccionan los Targaryen al ver a su nueva princesa revolcarse con otro hombre. ¿La echarían a un lado, avergonzados? ¿O fingirían que no ocurrió nada con dientes apretados y sonrisas tensas, con tal de mantener a su dragón? Sería divertido de ver. Eso compensaría tener que compartir cama con una muchacha que no le resultaba atractiva en lo más mínimo. Cuyo cuerpo no despertaba en él ningún flechazo de interés. Pero bueno, se encogió de hombros, seducir a una mujer que no le gustaba ya ni le molestaba. Después de todo, no era esta la primera vez que lo hacía. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ - Emmm... Maegor, creo que ya estoy bien. ¿Crees? - preguntó mientras se detenía. En su defensa no es que pudiera verle su cara, colgada como estaba de su hombro. Hubo un silencio extraño, puede que resaltado por la ausencia total de las charlas parlanchinas de las chicas Tyrell. Tenía que estar impresionada. En todo el rato que la llevaba a cuestas no había reducido su paso, y eso que se alejó bastante desde donde estaban las gigantescas cucarachas. Ahora estaban a la sombra de un árbol que se inclinaba sobre un estanque. - Ortiga, ¿qué acaba de pasar? Agradeció que la posición le impidiera verla ponerse tan roja como una niña - No me gustan los bichos. Lo cierto era que los odiaba. Los detestaba. Desde niña, la sensación de pequeñas patitas caminando sobre su cuerpo le provocaban repulsión. No era algo desconocido para ella. Lo nuevo era este miedo sin sentido. No es como si no estuviera acostumbrada a lidiar con ello. Pero llevaba más de un año sin tener que soportar su presencia asquerosa. Sin despertar porque alguna criatura invadía su cama y recorría su piel mientras dormía. Al parecer, adaptarse a vivir bien es más fácil que adaptarse a retroceder. La sola vista del animalejo provocó un su cuerpo una negación absoluta. Algo así como si gritara: ¡No, no y no! Y a partir de ahí, se había esfumado cualquier pensamiento racional. Sintió como se inclinaba y la depositaba con calma en el suelo, asegurándose que no se tambaleara. Su cara estaba llena de duda y algo de negación - ¿Todo esto por qué no te gustan los bichos? También tenían el tamaño de mi bota, Maegor. - replicó a la defensiva. No exageres mujer. Si acaso eran así. - y separó sus dos manos a una distancia en la que cabía su cabeza. ¿Y crees que eso es poco? - ladró. Respiró hondo para dejar salir el enfado. No era su culpa que ella se hubiera vuelto irracional con una criatura que antes no la molestaba - A ver, todos en esta vida tienen debilidades. Más grandes o más pequeñas, y vienen en distintas formas pero todos tienen. Él asintió mientras la escuchaba. Había pasado de ser un par de dedos más bajo que ella, a superarla por mucho. Pronto se detendría, ¿verdad? Sabía que estaba destinado a ser alto, o al menos eso decían los cuentos. Pero quizás le pasaba igual que a ella con las cucarachas. Se exageraban sus medidas por el temor que despertaba en los que lo conocieron. O al otro Maegor. No estaba segura de como podían ser el mismo. No te preocupes. - le dijo con una pose como si estuviera ofreciendo un gesto magnánimo - Yo me encargaré de cualquier bicho que te moleste a partir de ahora. Mi héroe. - no pudo evitar decir y lo vio resoplar de burla - ¿Y que recompensa quiere mi feroz caballero por protegerme? No tienes que reírte de mi, esposa. - su ceño empezó a bajar. Más suave que para otros, pero seguía siendo un ceño. ¿Quién se está burlando? El premio que ofrezco es verdadero. - le dijo juguetona mientras se acercaba a él. Un príncipe al rescate y una mañana interesante. Puede que no hubiera funcionado como en las canciones, pero hoy había sido la primera vez en su vida que alguien le ofrecía romance. O lo intentaba. No importa que no funcionará exactamente como lo esperado, lo había disfrutado. Ella no lo dejaría pasar sin reconocimiento. Si hablas de verdad, entonces no quiero nada. - dijo Maegor con firmeza. Ortiga notó que no había entendido su juego, y eso sólo lo hizo más divertido - Es mi deber como tú marido protegerte. Tonto. - se acercó todavía más a él - No rechaces algo sin saber primero que ofrecen. ¿Qué podrías darme para... Ah... - lo sintió pararse en la punta de sus pies mientras depositaba una cadena de besos a lo largo de su cuello - Eso está mal. Los besos son en la boca. ¿Me detengo? - preguntó mientras daba otro pequeño besito, y luego otro. No. - su voz fue la de un niño al que le preguntan si quiere renunciar a su dulce favorito. Estiró su cuello, dándole de esa manera más territorio para que ella invadiera. Eso le provocó una risa interna y el deseo de ser maliciosa. Vio su oreja expuesta y decidió atacar. Ni muy duro ni muy fuerte, sólo una mordidita, para saber cómo actuaría. Maegor reaccionó más rápido de lo que imaginaba. La agarró de las caderas y la aplastó de tal forma contra su cuerpo que la levantó del piso, estrujándola contra él. Me aplastas. - fue lo único que alcanzó a graznar, porque sus brazos la habían apretado tanto contra él que no tenía espacio ni para llenar los pulmones. Cuando la dejó caer, con lentitud para que no acabara con el trasero en el suelo, notó su entrepierna hinchada mientras descendía. ¡Vaya, eso fue rápido! Una ojeada a su cara mostró unos ojos violetas dilatados, un rico en el labio que no se detenía y una seriedad más apropiada para un funeral que para una sesión de besuqueo. Decidió fingir ignorancia para no alterar a su muy excitado caballero guardián. Ven, vamos a besarnos más. - e inclinó su rostro hacia arriba. La invitación fue aceptada y él fue a por sus labios, sólo para detenerse casi al contacto. Cierra los ojos, Ortiga. Hazlo bien. - tonto, no creía que había una forma de hacer mal esto, pero aún así los cerró - Y dame tu lengua. - escuchó mientras tenía sus párpados caídos. Eso le trajo una sonrisa que Maegor devoró al instante. Atrapó su cabeza, enredando sus dedos entre su cabello, y colocó su otro brazo en su espalda para acercarla más a él. Vaya, más tarde le tendría que enseñar que podía poner sus manos en su cintura. O en otros lugares. Pero sería más tarde. En estos momentos era difícil pensar más allá de sus labios y una lengua tímida que salía y se escondía. Los sonidos eran casi obscenos mientras su erección le pinchaba el bajo vientre. Los besos se alargaban y el aire se hacía escaso con la codicia de Maegor por continuar. Cuando se separaron, no era sólo ella la que respiraba con dificultad. Lo que sí se había ido de Maegor era ese aspecto cerrado, de príncipe regio. Su corto pelo también estaba revuelto, y Ortiga se dio cuenta de que debió ser ella. Debió haberlo revuelto mientras tenía atrapado su cuello entre sus propios brazos. Le hizo pensar que el suyo debía ser un desastre. Él, por su lado, puso una sonrisa grande, de las que eran naturales y muy escasas para él, y se inclinó de regresó contra ella. Esperaba un beso, pero no esperaba que lo depositara en su nariz. Justo sobre su cicatriz. No era nada que haría que una matrona alzara las cejas, ni que un septón pudiera criticar. Fue apenas el roce de una mariposa sobre la línea Blanca que le atravesaba la cara. Aún así, eso la avergonzó más que cualquier cosa. Más que todos sus otros besos y más incluso que la reacción de su cuerpo masculino ante los mismo. ¿Cómo debía reaccionar ante ese gesto contra una de las partes más feas de ella? Sus mejillas si supieron cómo, el calor que sentía en ellas no dejaba dudas de que se había sonrojado como una moza enamorada. Maegor suspiró entonces, e inclinó la cabeza como si se enfrentara a un terrible dilema. ¿Qué pasa? - preguntó ella preocupada. Hace apenas un instante habían estado bien. - Deberíamos volver. - Sí, ¿y? No puedo volver así. - y señaló la carne entre sus piernas marcada contra sus calzas. Esa ropa no ocultaba nada, y ya se imaginaba el escándalo de un príncipe Targaryen caminando por todo el castillo así - ¡Y no se baja! Eso sólo le trajo una risa larga, de la que por suerte Maegor no se enojó. No estaba lista para follar, todavía no, pero no podía negar que le gustaba ver ese resultado en él. Le provocaba unas cosquillas ligeras por todo el cuerpo. - Trata de echarte agua fría en el cuello. ¿Y funcionará? - dijo removiéndose en el lugar, mientras echaba un vistazo al estanque. Pues no sé. Eso he oído. - ella se encogió de hombros - Después de todo no soy un hombre y no me pasan estas cosas. Él no tuvo más remedio que probar, inclinándose contra el agua, lo que le dio tiempo a Ortiga a pensar y lamentarse. Dejamos el libro de poemas regado. ¡Y mis pasteles! - uno era demasiado caro, y los otros demasiado deliciosos para ser abandonados así. Bah, alguien más que estaba allí los recogerá. - dijo con la seguridad de un príncipe acostumbrado a ser servido. Y luego emitió un largo siseo al mojarse el cuello. ¿Funciona? - preguntó apoyándose contra el árbol cercano. Sí. Eso creo. Dame un momento. - el silencio que hubo no fue el esperado - ¿Ortiga? ¿Qué pasa? Creo que me siento mal. - bajita. Su voz salió muy bajita. Él corrió hacia ella, atrapando sus mejillas con sus grandes manos - Estas muy pálida. Y helada. - una mano cálida se posó en su frente - ¿Puedes caminar? Negó con la cabeza, o trató de hacerlo. Maegor sólo le bastó mirarla otra vez para tomar una decisión. Sus brazos se convirtieron en su camilla y su paso se volvió acelerado mientras se encaminaba a sus habitaciones, preocupado por su condición. Ortiga sólo podía mirar a su espalda, con el resto del mundo desdibujándose a su alrededor. Troncos grandes de madera tan blanca como los huesos expuestos al sol. Hojas que descansaban en las ramas siendo tan rojas como la sangre. Lo que pensaba que era un árbol que se doblaba sobre el estanque resultaron ser tres que se convertían en uno. Sabía que eran. Eran arcianos, como los de los viejos Dioses. Ortiga apretó su mano. Al tocar el árbol, había sentido lo mismo que cuando golpeas en ocasiones el codo contra algo. No sabía como llamarlo. Sólo que cada pedacito de ella había sido víctima de dicha sensación. Incluso ahora, su extremidad permaneció entumecida. La abrió y cerró de nuevo. ¿Qué había sido eso?
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