Sangre y fuego y otras magias extrañas

Het
NC-17
Finalizada
1
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754 páginas, 404.758 palabras, 55 capítulos
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Entre las sombras del jardín

Ajustes
Un par de puntadas más y este sería un trabajo terminado. Francamente detestaba esta labor, pero era lo que se esperaba de una dama noble y en especial una de su posición. Que fuera piadosa y que supiera bordar. Como si alguna de esas cosas sirviera para dirigir una Casa. A las jovencitas se les enseñaba a cantar y a sonreír, y a dirigir a los sirvientes. Luego se casaban y se esperaba que sirvieran a su nuevo hogar, gobernaran en ausencia de su esposo y en caso de ser necesario: protegieran sus fortalezas de asedio. Todo sin entrenamiento. Evitó suspirar por el fastidio de la operación mecánica que era el movimiento de la aguja y siguió analizando el pensamiento. Los hombres exigían que sus esposas mágicamente supieran luego de casadas todas estas cosas, pero esperaban que no mientras fueran sus prometidas. Lo que era una reverenda estupidez. Pero bueno, así funcionaba el mundo. Solo podía tener la esperanza de haber sido una matrona más avispada al enseñarle a sus hijas estos conocimientos de antemano, aunque tuvieran que fingir que no. Lamentablemente, Aleria se había aferrado a ser una dama perfecta. Así que aunque escuchaba lo que transmitía, no sabía si decidía no aprenderlo para mantenerse en el ideal de la desvalida damisela. Casi rodó los ojos. Sabía exactamente porque lo hacía, pero no creía que aferrarse a su prometido de esa forma le serviría para lo que quería. Un leve toque en su puerta le avisó que el enfrentamiento previsto había llegado. A una orden suya entró en el aposento una de sus doncellas. Esta hizo una silenciosa reverencia y se marchó a unirse al resto de sus compañeras que trabajaban silenciosamente en una esquina. Dándole a ella la soledad necesaria para pensar, y también manteniendo una distancia prudente de su próximo intercambio. Mi Señora, - la mujer ante ella hizo una reverencia más burda. La mayoría de los nobles ignorarían esto en favor de los pechos que se desbordaban de su muy expuesto escote. Tristemente para la criada, esa estrategia de distracción no funcionaría con ella - ¿Cómo puedo servirle? Había algo de preocupación en su voz. Bien. Al menos la idiota era lo suficiente inteligente para saber que había obrado mal. Veamos si reconoce la magnitud de su error. ¿Rhonda, no? - por supuesto que sabía su nombre, uno debe de saber todo acerca de sus enemigos. Ya sean grandes o pequeños - Me gustaría saber a que se debe tal insolencia para con la Casa que te acoge y te alimenta. En ese momento decidió dejar la aguja y la pieza de cuero a un lado, para concentrarse en su nueva y molesta espina. Su cabello rojo se agitó mientras la moza sacudía la cabeza. - No se de que habla, mi Señora. No me atrevería a... Calló cuando la vio alzar la mano. Lady Tyrell decidió arreglarse con calma su impoluto peinado antes de continuar el asalto, lo que parecía poner nerviosas a las personas que se preparaban para una discusión. ¿No lo haces? - fingió estar confundida antes de endurecerse - ¿Acaso no eres tú la que esta cuestionando el hecho de que Bertrand golpeara o no a Ian? ¿Despúes de que Ian fue llamado a sus aposentos ese mismo día, y todos reconocen el desagrado que siente mi hijo por el mozo? - cruzó los brazos sobre su pecho - ¿No dices abiertamente que el castigo de las acciones de mi muchacho es exagerado para lo que hizo? ¿Qué debió ocurrir algo más? La vio apretar los labios, consciente de que lo que creía que era una astuta manera de sembrar discordia sin ser señalada se había acabado. Entonces frunció los labios en un puchero, en un gesto de inocencia más falso que la santidad de un septón que visita un burdel, y la muy tonta decidió fingir ignorancia. Como si ella no hubiera estado con Bertrand cuando su muy intoxicado hijo urdió ese plan. Como si no se hubiera sujetado a su brazo y muy probable fuera la que lo hubiera animado. No se porque piensa eso de mí, lady Tyrell. - sus ojos se abrieron grandes y casi lagrimearon - Es solo que muchas cosas no tienen sentido. Bertrand es... Es... Mi hijo es un borracho. - dijo sin tapujos. Si, pero nunca ha sido violento. Todos lo saben. - miró a su alrededor, buscando validación de las doncellas y compañeras en el cuarto. Sin embargo, estas no eran su público acostumbrado, ni tampoco eran tan ingenuas. En todo caso, solo recibió una que otra mirada dura, para que luego las demás la ignoraran. Como una simple hormiga sin valor. Una leve contracción en su labio superior fue toda la molestia que dejó ver de ser desestimada. Los borrachos cambian. Empeoran con el tiempo y la bebida. - la observó con desdén de arriba a abajo antes de devolverle sus palabras - Todo lo saben. - imitó su tono agudo de voz antes de regresar al propio - Lo que me interesa es saber: ¿por qué el príncipe Maegor es mencionado en tus conversaciones? Hubo un silencio pesado, incluso entre el resto de las mujeres del aposento. Suponía que sabían la verdad, o la intuían, y también conocían la versión que debían contar. Pero todas querían saber. Después de todo, no es un chisme si solo escuchas y no se lo cuentas a nadie más. ¡Oh, que habilidad! El puchero se logró mantener a pesar del temblor muy real, y momentáneo, de su poseedora. Solo podía creer que esa capacidad de actuación era la que la había llevado a convertirse en la favorita de los Lords visitantes, además de su hijo. Actuar como si realmente le gustaran los toques de los invitados a los que era ofrecida era probable que le garantizara algunos regalos que nunca hubiera conseguido por su condición. Y aún así, tenía que aplaudir su terquedad para mantenerse en el personaje. Es solo que el comportamiento de Su Alteza para con su esposa no tiene sentido. - ella alzó una ceja - ¿Donde se ha visto que un marido corteje a su dama? Cualquiera diría que busca ocultar algo. - término de forma oscura. El matiz infantil desapareciendo ante la malicia. El cortejo del príncipe Maegor, tan público como había sido durante lo que sería reconocido para la historia como "la crisis de las cucarachas", todavía tenía suspirando a Aleria con emoción. Y contándole a todos una y otra vez como Maegor había rescatado a su esposa de los gigantescos insectos (un escalofrío de desagrado la recorrió al pensar en ellos), cargándola en sus brazos y dirigiéndose con ella hacia el atardecer. O cualquier otra tontería romántica que se inventara. Su hija parecía olvidar que hacía poco lo había llamado el príncipe gruñón, para ahora pensar en él como un heroico caballero. Por otro lado, las quejas del maestre sobre el príncipe matón y demasiado protector con la princesa, habían servido como fuente fidedigna de información para los propagadores de rumores. Nadie dudaría de su palabra, y menos si estas tenían una connotación negativa. De esa manera, la mayoría del castillo no dudaría del enamoramiento que tenía el hijo de Aegon con su esposa extranjera. Las críticas de su servidor hacia el muchacho ensimismado, y demasiado agresivo en su preocupación por la salud de su esposa, habían hecho la historia más real. Los románticos lo veían como un cónyuge preocupado por su amada compañera. Los escépticos pensaban que era un defecto que un príncipe fuera abiertamente amenzante con un maestre, solo por la condición de una mujer afligida por debilidades femeninas. Aunque admitían que tal comportamiento se le "pasaría" cuando creciera. Eso sí, las críticas de dicho maestre hacia su muy noble visitante habían convertido en certeza para todos la creencia de un vínculo afectivo entre los príncipes de Rocadragón. Y los Tyrell se relamían los labios al imaginar un golpe inesperado para el reciente ascenso de los Hightower, y hacia la peligrosa influencia que hubiera podido ejercer lady Ceryse sobre su bastante joven esposo. Los Targaryen son diferentes. - se encogió de hombros ante la situación - Después de todo, el príncipe Aenys también recita poesía y llena de regalos a lady Velaryon. No es lo mismo. El príncipe Aenys no se parece en nada a Maegor. - la forma informal, y algo despreciativa, para referirse a alguien de la realeza la molestó por su familiaridad - El hijo menor de Aegon ni siquiera le presta atención a las mujeres, y ¿ahora quiere hacerse el caballero enamorado con esa princesa... ¡Silencio! - no toleraría ningún insulto hacia sus aliados en su espacio. Que pensaran lo que quisieran pensar todos, mientras fuera internamente. Pero de ahí para afuera no sería tolerado ninguna cosa que se opusiera a su conveniente enlace, por privado que fuera este lugar - Ya veo lo que ocurre. - escrutó de arriba a abajo a la criada, que estaba a nada de ser considerada una común mujerzuela - Te duele en el orgullo que Su Alteza te haya rechazado para dedicarle todo su interés a su consorte. No estas acostumbrada a que no te hagan caso, ¿eh? ¿Será que no eres tan atractiva como crees? Sus palabras dieron en el blanco. Vio ponerse roja a la última favorita de su segundo varón. Que mala combinación hacia con su cabello ese sonrojo. Resopló divertida. En un momento dado, la furia sobrepasó a su sentido común y Rhonda se desató. ¡Ese niño tiene que ser un maldito tragaespadas! - las palabras escupidas con tal veneno se parecían tanto a las que supuestamente había dicho su hijo, que ella empezó a creer que dicha idea fue sembrada por la mujer. Ella no le quitaría a Bertrand la responsabilidad por lo ocurrido. Señalar a alguien más con el dedo no libraría a su vástago de las consecuencias de sus acciones, pero empezaba a temer que su cercanía fuera desestabilizadora para el retoño que esperaba recuperar - Mire estos. ¡Estos! - se golpeó sus pechos desbordados - Ningún hombre de verdad, con sangre en las venas, los ignoraría. Todo lo que esta haciendo el príncipe Maegor es un teatro. - bufó - Mire que bajo a caído que tiene que fingir interés por... Un estruendo detuvo a la vulgar moza de continuar. La palmada de lady Tyrell sobre su mesa de costura la había paralizado. Podía ver sus temblores, ya fuera de impotencia o temor por las consecuencias. Una vez más sobrepasas tu lugar. ¡Y ahora te atreves a ofender a la realeza dentro de mi Casa! - ¿hasta que punto llegaba su engreimiento? - Quizás deba recordarte que no eres más que una pieza desechable. Tu lugar aquí no es seguro, y a cada instante que pasa se me hace más atractiva la idea de enviarte lejos. De repente le surgió un plan sobre la marcha. Si quería enderezar a Bertrand, tendría que deshacerse de todos los estímulos que lo empujaran hacia abajo. Esta mujer, pensó mirándola con frialdad, no se limitaba a revolcarse en su cama. Estaba segura de que susurraba en su oído. Todas lo hacían. Pero esta... Esta plantaba pensamientos peligrosos. ¡Y tengo el lugar ideal para ti! - exclamó con macabra alegría. ¿Dónde? - preguntó Rhonda dudosa. El miedo haciendo que ignorara su estatus y exigiera respuestas. Mi hija pronto se casara. Como su madre, es mi deber enviar un personal de nuestra propia Casa para que la atienda. - la vio palidecer, intuyendo lo que eso significaba - No serás una amenaza para mi niña, ya que no importa que artes intentes ejercer allí, su prometido será inmune a ti. Sabe que adornas la cama de su padre cada vez que nos visita, y su madre también. Su piel adquirió el color de las sábanas. Lady Fossoway era conocida en el Dominio como una esposa celosa. Era bien sabido que las criadas que compartían los favores de su amo terminaban mal cuando este se aburría de ellas. Sin la protección del Señor, la Señora se inventaba castigos imaginativos, y a más de una le faltaban dedos o dientes, sino terminaban expulsadas. Lord Fossoway también era conocido por olvidarse de sus amantes apenas estas salían de su vista. Como consecuencia, las sirvientas de la Casa de la manzana roja hacían lo imposible por no atraer la atención de su Lord, y este buscaba los placeres fuera de sus tierras. Rhonda se había beneficiado de esto, residiendo en Alto Jardín y fuera de las hambrientas garras de lady Fossoway. Pero si era trasladada allí... - ¡No se atrevería! ¿Qué no me atrevería? - ante su frase pronunciada de forma más fría que el hielo, vio dilatarse los ojos de la insolente mocosa frente a ella - ¿No sabes de lo que soy capaz, muchacha sin seso? La vio tomar aire y envalentonarse, y tuvo que admitir que casi estuvo impresionada por su valentía. Casi. Porque estaba templada en demasiada estupidez para ser alabada. No. No se atrevería. - la moza se paro recta, sin el recato que debiera tener alguien de su posición inferior - Soy la favorita de su hijo y quien sabe, - una sonrisa calculadora se posó en su cara antes de deslizar una mano bajo su vientre - quizás soy la madre también de su próximo nieto. - Me lo imaginaba. ¿Lo hacía? - preguntó confundida la pelirroja, antes de sonreir como si hubiera ganado esta batalla - Claro que lo hace. Por supuesto que sí. - después de todo aunque Bertrand cambiará de amantes más de lo que las damiselas cambiaban de pañuelos, se aferraba con fuerza a sus hijos bastardos. Aún les dedicaba atención y se encargaba de que estuvieran bien, y por ende sus madres terminaban siendo acomodadas y protegidas. Rhonda debía contar con ello - Pero ese tema tiene solución. Ante sus palabras, una de sus doncellas de más confianza trajo una jarra preparada de antemano y llenó con ella una copa. Lady Tyrell la señaló y le dio una orden a Rhonda - Bebe. La vio negarse con la cabeza, con una desesperación nacida del terror. La moza era lo suficiente astuta como para intuir que era y lo que significaba - ¡No puede obligarme! - le gritó. ¿No puedo? - arqueó una ceja antes de emitir una sentencia - ¿Segura? No le hizo falta decir nada. Sus doncellas se abalanzaron sobre la criada como una jauría ante un conejo. Rhonda peleó y empujó. E incluso la vio jalar los cabellos de una de sus muchachas más jóvenes. El jaleo atrajo a sus dos guardias. Ante su intervención, Rhonda lanzó una sonrisa prematura, ya que puede que uno de ellos fuera su amante. O los dos. Después de todo, se había acostado con media guarnición. No importó. Un grito se le escapó cuando su moño fue atrapado en un agarre brutal por uno de los dos hombres, que luego la obligaron a arrodillarse. Sus brazos extendidos y con dos guardias sujetando sus hombros no tenía como moverse, en especial cuando su doncella principal llevó el cáliz a sus labios para que bebiera. No tardó en escupirlo. No te preocupes, querida. Hay más de donde vino ese. - ella misma rellenó la copa por segunda vez - Aún así, - agitó el líquido - prefiero acabar de una vez, y no tolero el desperdicio de una bebida que vale más que tú. Sus palabras fueron un comando. La jefa de sus doncellas se encaminó hacia la sierva rebelde y apresó su nariz antes de torcerla. Rhonda gritó y lloró, pero no pudo liberarse mientras otra de las acompañantes de lady Tyrell vaciada de nuevo la Copa en su boca. Cuando el líquido le cayó, con su cabeza impulsada hacia atrás y sus fosas nasales bloqueadas, no tuvo más remedio que elegir entre beber y ahogarse. Tras un par de tragos fue dejada caer en el suelo, sin contemplaciones, mientras lloriqueaba en un bulto en el piso de piedra. Basta de drama, niña insolente. - ella volvió a su costura, el cuero de este grueso no era fácil de trabajar y ya estaba al terminar el patrón - Ustedes, - se dirigió a los guardias - traigan algo para que Rhonda limpie el desastre que armó, y luego uno se mantendrá a su lado el resto del día. No vaya a ser que intente algo tonto como vomitar lo bebido. Cuando Fannar llegó, ella ya concluía su costura al tiempo que Rhonda fregaba y secaba el suelo húmedo. Su sobrino llegó con la energía que lo caracterizaba, y no le dedicó más que un ceño fruncido a la sirvienta que lagrimeaba mientras limpiaba. ¡Tía! ¡Tía! ¡Tía! - el niño la llamó como si ella no estuviera prestándole atención, en vez de estar sentada y esperando su llegada - ¡Necesito mi cinturón! Este. - dijo alzando la pieza de cuero marrón extrañamente curtido y trabajado. Cera de abeja y aceite, si no se equivocaba - ¿Qué crees, mi niño? ¿Mejoró? Su pequeña boquita se quedó abierta antes de lanzarle esa sonrisa grande e inocente que solo podían tener los más jóvenes - ¿Bordaste una rosa dorada en mi cinturón, tía? - mencionó como si no lo creyera, pasando las manos por el hilo de seda amarillo y el patrón adjunto - ¿Estos son helechos? Por supuesto. - mencionó con cariño - Pronto te irás de mi lado para convertirte en escudero. - ¿y que haría ella sin su pequeño? - Y tarde o temprano serás un caballero. Esto es para que recuerdes que eres un miembro de la Casa Tyrell, pero también tendrás que tener un emblema que te identifique. Espero que este te de una idea. - dijo guiñándole un ojo. Fannar no tardó en alzar su cinturón y hacer ese baile inconexo que hacen los niños que están llenos de alegría, alborotando por todo el cuarto, antes de regresar y poner su cabeza en su regazo. - Tía, ¿me vas a extrañar? Por supuesto que lo haré. - pasó sus manos por su cortos cabellos, consciente de que cuando regresara quizás no la dejara hacer lo mismo - Así que espero que me mandes cartas por lo menos una cada luna. No te preocupes por el precio. Yo pagaré por los mensajes y los mensajeros. ¿Y mi tía esta segura de que no me olvidará? - la pregunta fue demasiado seria - Después de todo, no soy su hijo. Ni siquiera porto su sangre. Que dijera eso rompió un poquito de lo que quedaba de su cínico corazón, pero entendía de donde salía - Fannar Tyrell, ¿quién se ha encargado de ti todos estos años? - el niño se retorció avergonzado por el regaño, pero había una esperanza en sus ojos que desmentían sus otras emociones - Necesitarás estar alejado de mí el doble de tiempo del que te crié, y mucho más allá del otro extremo del continente, para que yo te olvide. Su sobrino fue complacido por esto. Cerró sus párpados, acomodándose contra ella, antes de que un carraspeo lo sacara de su estado tranquilo. Maldita sirvienta. ¡¿Cómo se atreve a molestar?! Mi Señora, - al menos estaba correctamente cabizbaja la maldita mujerzuela de melena rojiza - si no necesita otro de mis servicios, me retiro. Lárgate. - demandó - Y cuidate de cometer otro error. O si no, ya sabes lo que te espera. Una inclinación apresurada de Rhonda y esta salió por la puerta, seguida por uno de los guardias. Fannar se quedó mirando, y ella decidió preguntar, ya que con los años había descubierto que los niños podían ser más observadores de lo que muchos creían. - Fan, ¿sabes quien es ella? La última calientacamas de Bertrand. - dijo arrugando la nariz - No me gusta. Es mala y envidiosa. Y mira mal a la gente por la espalda, cuando no la están mirando. Eso selló su destino. Al más mínimo desliz, la pelirroja acabaría con los Fossoway. No importa cuanto disfrutarán sus huéspedes con ella. Si la querían, que visiten la otra Casa. Eso si lady Fossoway la dejaba entera. - Me gustaba más la otra. - ¿La otra? Sí. - la castaña cabecita asintió - La que tuvo al niño. Poppy. Poppy es una tonta que sueña cosas imposibles con Bertrand. - le reveló algo enfadada. No quería que terminara siendo tan ingenuo como Aleria, aunque su hija se había vuelto así por sus propios errores. ¿Por qué no? Tú lo hiciste. - se lo echó en cara sin enfado, con la claridad de un niño ante una certeza indiscutible. Eso fue diferente. - aclaró enseguida - Los Tyrell nunca fueron plebeyos. Seguían siendo nobles, aunque su estatus no era considerado tan alto como el de muchas otras Casas. Eso es mentira. Tú familia te echó y te prohibió usar su apellido por la vergüenza que les causaste. - tragó en seco al recordar aquellos días, y las decisiones que la llevaron hasta aquí. No importa que ahora, aquellos mismos que la echaron quisieran que volviera a su lado, su nuevo estatus borrando sus anteriores objeciones - Así que un noble se puede casar con un plebeyo. Lo voy a repetir una última vez, Fannar Tyrell. - había que mantenerse firme cuando los infantes se ponían así de testarudos - Los Tyrell eran los Mayordomos generacionales de Alto Jardín, un estatus de servidumbre, pero seguían siendo nobles. ¡Pues no lo suficiente! - le replicó enfadado - Todavía soy considerado un mestizo, y por ello mi madre no me quiere. Oh, Fan. - cualquier enojo desapareció. De repente el motivo de la disputa quedaba claro, quizás producido por la próxima separación - Eso es más complicado. Pero al final, se reduce a eso. - continuó terco - Los Tyrell son considerados de baja calaña para muchos, incluyendo a mi madre. Es por eso es que se olvidó de mí. Ella tuvo que apretar los dientes. Quería enseñarle una lección de la cruel realidad de este mundo a su sobrino, cuando él ya había internalizado otra más cruel - No es tan sencillo, mi niño. - aunque el final, y en parte, tenía razón. Muchos en el Dominio consideraban a los Tyrell como recién ascendidos. Colocados por encima del lugar que les correspondía. Y no dudaban en enseñarle eso a sus descendientes. Pero ante la primera oportunidad de una alianza, sacrificaban a las que muchas consideraban los peones intercambiables de las familias: sus hijas. Imagina ser una chica noble, criada toda tu vida llamando a los Tyrell arrastrados o escoria trepadora, y que luego tu familia te venda a ellos. Eso le había pasado a la madre de este niño. Se había sentido hundida y humillada. Obligada a casarse incluso con un hijo que no heredaría nada, cuando ella esperaba un matrimonio más "digno". No importa las riquezas en las que vivía, ni que no gozaría de tales lujos en otra fortaleza. Apenas tuvo la oportunidad, se casó con un Lord correcto y tuvo a los hijos nobles correctos que esperaba tener. Y si alguna vez se acordaba de Fannar, era una ocurrencia tardía. Ay, Fan. Un día aprenderás que todo es mucho más complejo que esas simples líneas. Pero no discutamos más, mi pequeño amor, pues pronto te irás de mi lado. - besó su coronilla - Solo tienes que saber que te extrañaré con todas mis fuerza, y que tu tía te ama como si hubieras nacido de su seno. Después de la pérdida de su último bebé, no se lo podía negar a ella misma, tenía una debilidad por todos aquellos niños que parecían necesitar del calor de una madre. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Escúchame bien, idiota. - Morgan se vio obligado a sostener a uno de sus compañeros por el jubón y estamparlo contra la pared - No se que mierda te pasa en este viaje, pero eso que sucedió allá atrás no se puede repetir. No tan cerca de Alto Jardín. Perdón, jefe. - Gregory Bulwer, uno de los muchos hermanos menores de Lord Bulwer de Corona Negra, se sacudió la nariz dos veces ante su regaño - Es solo que esa zorra rubia me recordó a mi moza. La puta ramera que me abandonó. Tras su espalda y vigilando la entrada del callejón, su otro compañero y subordinado de los Hijos del Guerrero, Ser Deziel Ryster se removió incómodo. Un miembro de verdadera convicción, no como el caballero al que tenía atrapado entre él y el exterior de una taberna, aceptaba fingir ignorancia ante los deslices de los otros miembros de la orden. Pero una cosa era eso y otra admitir abiertamente, y tan lejos de la más e irónicamente permisiva urbe que era Antigua, que un miembro de las Espadas de la Fe poseía una amante permanente. O la había poseído. ¿Acaso estás borracho? - siseó antes de olfatearle, aprovechando la cercanía. El olor de la bebida estaba ausente. Por supuesto que no, jefe. - Morgan fue empujado a separarse de él - Usted me dijo que no bebiera más, y eso he hecho. - usó su capa amarilla, el complemento de su armadura plateada, para secarse sus fosas nasales obstruidas. Tan cerca del hogar de los fallecidos Gardener, el polen en el aire parecía haber irritado los pulmones de su hombre. ¡Entonces deja de decir esto en voz alta! - Morgan sintió crujir sus dientes - Esto no son las tierras de mi familia, sino más bien que los Hightower no somos muy bien recibidos aquí. Cualquier excusa puede ser usada para expulsarnos. Aunque contaba con su posición dentro de la organización de las Espadas de su religión, lo cierto era que no era tan sólida como debería haber sido. El matrimonio bígamo de su hermana había reverberado en muchos sectores, provocando incluso disputas internas. Había sido el Septón Supremo, el tío paterno de Morgan, quien había oficializado la ceremonia. A los ojos de muchos creyentes y más importante, algunos Máximos Devotos, su tío Marvin había legalizado la bigamia al menos para los Targaryen. Una rotura de los sagrados mandamientos. No había disidencia abierta, todavía, pero las tensiones eran claras. Morgan se había visto obligado a arrastrar con él a este idiota, porque los miembros más correctos de su congregación no querían involucrarse de más. No con el espinoso asunto que eran los nuevos parientes políticos de los Hightower. En especial si involucraba a la otra mujer, en un territorio donde el propio Morgan no era considerado compañía grata. Ya, ya. - el idiota moqueante escupió a sus pies, a punto de manchar la capa verde de Morgan. (Siempre se preguntó si le dieron ese color en específico por ser él quien era o por algo más) - Lo siento, jefe. Es solo que no puedo creer que la perra me dejara y se fuera con otro hombre. - le admitió más bajo, para que cualquiera que pasará no escuchara - Vi ese cabello rubio y pensé que era ella. Si no querías que lo hiciera, no debiste acostarte con su mejor amiga. - se burló él. La verdad, Morgan pensaba que el tipo había tenido en sus manos una buena situación. Su moza no pedía ser mantenida y tenía su propia casita. Se conformaba con el cariño de Gregory, por escaso que fuera. Entonces el idiota se acostó con otra mujer en la cabaña que le pertenecía a ella. ¿Qué esperaba? La muchacha no le debía nada. La próxima vez que supo de ella, había vendido la casa que había sido su nido de amor, y se había ido con un capitán de barco que la quería en matrimonio. Es que soy un hombre. Ella debía entender que tengo necesidades. - le creería más si no sonara como uno de sus sobrinos mocosos quejándose - No es mi culpa que su amiga se me halla ofrecido. Es una puta. Sus ojos brillaban con enojo y algo más, y Morgan solo pudo sentir asco - ¡Pues no me importan si son putas o no! ¡Haz otra jugada como esa que acabó de ver en público, y seré yo quien te endereze a golpes! ¿Entiendes? Si, jefe. - por un instante, lució serio y decidido, o al menos lo hizo hasta que usó sus manos para secarse su goteante nariz. ¡Maldito Maegor Targaryen y su maldita otra esposa! ¡Si no fuera por ellos, él no tendría que estar aquí! ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Había contado los pasos, furibundo, mientras se paseaba desde una punta a la otra del cuarto. Recorría una y otra vez la habitación con celeridad, eso sí, asegurándose de no hacer ruido, de forma tal que pudiera tranquilizarse. No era apropiado para un príncipe, lo sabía. Sabía que debía quedarse quieto y pensar, pero no podía. Necesitaba liberar la energía y a la vez, no podía mantenerse lejos de su esposa. Por ello había echado a la mayoría de los sirvientes. Los que quedaban estaban afuera, esperando en las estancias externas su llamado ante cualquier necesidad. Pero no podía. Necesitaba paz. Necesitaba a su esposa estuviera mejor. Y como ella se encontraba vulnerable, necesitaba alejar a cualquiera que pudiera ser una amenaza. Lo que allí en Alto Jardín, que no era su hogar, eran todos. Cinco pasos cortos más, o lo mismo que dos largos, y llegó a la pared. Entonces dio la vuelta y retomó el camino de regreso. La puerta del dormitorio se encontraba cerrada, y allí estaba él, incapaz de entrar. De ver lo que muchos llamarían una escena pacífica, pero a Maegor le erizaba cada pelo del cuerpo. Apenas media tarde y Ortiga ya estaba durmiendo como hacía días que lo hacía. Después del incidente de los insectos del patio (que no eran para tanto, apenas medían más que su palma, aunque su mano era grande), Ortiga había caído en ese estado. Fría, letárgica, siempre cansada. La mujer que era capaz de subir y bajar varias veces en apenas un rato la torre en la que dormía allá en Rocadragón, apenas tenía el impulso de levantarse de la cama. En un primer momento, el maestre lo había llamado un simple desvanecimiento. Alto Jardín había estado lleno de la debilidad constitucional femenina según el hombre, tras el incidente, y le recomendó a su esposa lo mismo que a todas: reposo y sales aromáticas. Por muy sabio que fuera, su diagnóstico era totalmente erróneo. Él lo sabía. Lo veía. Lo sentía. Ortiga descansaba en el colchón, con un sueño largo y constante. Su respiración calmada. Sin deseos de moverse. Sin necesidad de explorar o divertirse. Apenas se emocionó cuando le trajo sus dulces favoritos, y ahí fue cuando las alarmas comenzaron a sonar en su cabeza. El viaje en el bote que sugirió Aleria Tyrell fue pospuesto para dos días después del encuentro, cuando su mujer parecía empezar a recuperarse. Parecía, era la palabra, pues tras un corto paseo carente de cualquier esfuerzo físico, la incansable bola de energía que era su consorte había caído de regreso en las sábanas. Para descansar un rato. Cuando el sol empezó a descender de nuevo en el horizonte y ella apenas se había movido de su posición, había renunciado a aceptar el primer diagnóstico. Había mandado a llamar al maestre por segunda vez. Y el maldito erudito continuaba terco en que todo era culpa de sus nervios femeninos y la constitución "más sensible" de la princesa. Maegor le dijo que no era eso. Su esposa era fuerte, vibrante. Practicaba con armas. Había participado en combate. La única debilidad entre esas cuatro paredes estaba en la mente del maestre. Que no le hizo caso. Ortiga también trató de hablar. De decir lo que sentía. El hombre permaneció sordo a sus palabras y vio el justo momento cuando su feroz esposa se rindió. Hombros caídos y tambaleante sobre la cama, Ortiga asintió para decir - Tiene razón, maestre. Por favor, váyase y déjeme descansar. La rabia y la molestia había ardido a través de él. La rata gris podía ser muy sabia y un excelente curador, pero no escuchaba. No escuchaba las palabras de él, que era el príncipe y menos de su esposa, que además de compartir su estatus era la víctima de los síntomas. No siquiera la revisó realmente. ¡El maldito incluso planeaba retirarse sin revisarla! O al menos lo hacía antes de que él se alzara sobre el molesto tipo y su molesta y tintineante cadena. Su cabeza quedaba muy por debajo de la de Maegor. Pese a no haber alcanzado al plenitud de su tamaño ya tenía el doble del ancho del amante de los libros y ante su voz helada de - Revísala -, el maestre corrió a comprobar a su mujer. Sus ojos se habían dilatado y había retrocedido, solo para encaminarse a toda prisa a la mujer que apenas se sostenía sentada en el lecho. Un solo toque a sus labios lo sacudió. Sintió lo que Maegor sentía cada noche a su lado, aferrándose a ella. Frialdad. Labios fríos, pies fríos, manos frías. Eso era incorrecto. Como sus dragones, los Targaryen eran criaturas de calor. Y Ortiga era una Targaryen de pies a cabeza si le preguntaban. No importa el nombre o los colores que llevaba en su piel. La sangre del dragón corría en sus venas, solo que ahora lenta y carente de vitalidad. Piedras calientes debajo del colchón. - había ordenado el hombre que finalmente, y después de todo, notaba lo que él llevaba todo el rato diciendo: había algo mal - Alimenten más fuerte el fuego del hogar. Preparen vino especiado para la princesa. Que lo tome en cada comida y entre ellas. Había urgencia en sus palabras, y la disposición que había esperado todo ese tiempo para que corrigiera su error. Tampoco podía negar algo más retorcido. Cuando en su agitación por encargarse de su propia irresponsabilidad, el maestre se había enfrentado a él, lo había visto retroceder y bajar la vista con una oscura satisfacción. No había escuchado a Maegor el príncipe, pero había escuchado a Maegor el hombre, y le temía. Temía su tamaño y temía que era probable que pudiera romperlo con sus manos. Y Maegor disfrutaba de esto. Que la persona que había desechado sus preocupaciones temblará ante su presencia como un perro acobardado. Eso le enseñaría a no ignorarlo y poner en peligro la salud de su esposa, se dijo con suficiencia. Una rata gris era al final una rata cobarde. Temblar y retroceder era su lugar. Ortiga por su parte, apenas y había puesto resistencia a beber el vino. Otra señal de alarma. Por ello, esa noche al dormir, había colocado sus pies en su abdomen. Frío, frío, frío. Esperaba pasarle aunque fuera un poco de calor. Hoy estaba aquí, tenso. Sin ver señales de mejoría y sin que el patán que proclamaba ser bastante respetado en la Ciudadela le diera ninguna respuesta a la condición de su esposa. Iba por el tercio final de su caminata hacia la puerta del cuarto, cuando alguien tocó la entrada externa. Sintió que se engrifaba. Le molestaba ver a Ortiga así, pero le molestaba aún más que alguien se atreviera a importunarla. Se dirigió hacia allí como una fiera, considerando que no había aquí servidumbre para recibir a las molestias que muchos llamaban invitados. Sus pisadas, por pesadas que fueran, permanecieron silenciosas. ¡¿Qué?! - siseó mientras abría, consciente de no elevar la voz, siendo recibido por un rostro conocido. Lady Tyrell estaba parada allí, con toda una comitiva a sus espaldas. Todos se inclinaron en una reverencia colectiva. Tres malditos guardias y al menos dos sirvientas. Si bien la duda apagó sus sentimientos por un momento, estos regresaron con renovada fuerza. ¡¿Qué quiere?! - exigió. Una ceja fue alzada por la dama, antes de que admitiera - Conversar. Y a riesgo de ser impertinente, aconsejar a Su Alteza. No tengo tiempo para ello. - dijo enojado - Y no pienso dejar a mi esposa sola. Estos, son mi personal de confianza. - dijo señalando a toda la procesión que la seguía - Para que se encarguen y vigilen de la princesa mientras nos ausentamos. Después de todo, - su tono fue melódico y firme, casi arrullándolo en una sensación de seguridad en la que no planeaba caer - no puede hacer nada por ella en estos momentos, y solo le robará un instante de su tiempo. Maegor espió al personal de regreso. Seguía sin gustarle la idea. Quién sabe qué... - ¿No confías en ellos para nada no? La pregunta fue pronunciada a través de unas comisuras elevadas. No había ofensa en el rostro de lady Tyrell. O eso creía. Era muy malo leyendo expresiones, sin importar cuanto tratara de aprender. No se preocupe. Si lo hace, piense en esto: Puede que no me crea pero amo a mi sobrino, que pronto se irá de aquí como escudero de la princesa Ortiga. Si quiero que él triunfe, ella debe triunfar. Y mucho de eso está ligado a usted. - desde su postura serena, la vio sacudirse un polvo que no existía de su falda - Mientras usted no amenace a mi Casa y mi familia sin motivo alguno, es mi prioridad que usted cumpla con todos sus cometidos. ¿Ya se siente más seguro? Su discurso lo dejó desarmado. Un error garrafal en medio del campo de batalla, que recién había descubierto que se podía llamar así también al político. Pero es que la mujer había admitido abiertamente una posible enemistad, por no decir traición, si Maegor se convertía en una amenaza para los Tyrell. Quizás ya había gastado todo el enojo de su cuerpo, porque sintió una sonrisa tirante extenderse de su boca. Usted es muy directa, lady Tyrell. - cabeceó con orgullo - Bien. Me gusta así. Las sutilezas no tienen sentido para mí. Y la mujer era demasiado eficiente. No pudo evitar la curiosidad de saber cómo quería aconsejarle y que haría esta astuta y calculadora dama. Pero ese viene con nosotros. - dijo señalando a un guardia. El único miembro de los cinco que mostró alteración ante las afirmaciones de la dama a la que servían. Apenas una crispación de sus manos, en comparación con sus compañeros que no habían pestañeado. Eso era debilidad ante la lealtad que profesaban a lady Tyrell, y si planeaba poner a su muy valiosa esposa en su custodia, no admitiría la más mínima muestra de esta duda entre sus guardianes. Esta bien, mi príncipe. Ya que no podría pasearme por allí con usted, sin ninguna matriarca que nos vigile. - resopló la señora de Alto Jardín. Esta vez, los labios de la dama se elevaron aún más, y se cubrió la boca con una mano. ¿Eso había sido un chiste o algo divertido? No debió reaccionar como ella esperaba. Vaya, - la sonrisa desapareció y un ceño oscuro cayó en su lugar - Su Alteza no tiene sentido del humor. ¿Verdad? ¿Verdad qué? ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ La caminata fue larga, y aunque algunas nobles de su edad quizás hubieran optado por unpalanquiín o algo más, ella se lo negó. El esfuerzo físico era bueno en cierta medida. Un paseo a pie le permitía el esfuerzo que muchos no recomendaban a las damas nobles, como si el estatus afectara su físico y les impidiera actuar como seres humanos normales. Ella en estos últimos tiempos, y contrario a lo que una vez había sido, intentaba mantenerse aún más en la línea que todos esperaban de ella. Por eso aprovechaba estas pequeñas oportunidades como pequeños actos de rebeldía que nadie podría criticar ni tachar de incorrectos. Nadie podía negarle a la señora de este lugar una visita, por larga que fuera, a sus jardines. Además, dudaba que el príncipe que caminaba a su lado hubiera aceptado ser trasladado en dicho artilugio como una frágil y desvalida damisela. Un vistazo rápido lo mostró tenso. Sus labios rellenos apretados mientras lanzaba una mirada mal disimulada hacia atrás. A Maegor Targaryen no le gustaba separarse de su otra esposa, cuando en su creencia, rehuía de la primera. Cuando Ceryse Hightower y él habían pasado por aquí tras su reciente boda, había descartado el trato que se tenían. Parecía lo normal entre dos recién casados que no se habían conocido antes de contraer nupcias, en especial cuando el esposo era todavía un muchacho verde, y uno con muy mal carácter. Alguien más cínico, y eso que ella se consideraba como tal, creería que su reciente apego a su otra mujer era una distracción del problema provocado por Bertrand. Pero... Era demasiado real. Lo que trabajaba a su favor. Incluso los escépticos no dudarían del apego que tenía hacia la princesa Orthyras. Menos aún después de las quejas del maestre. Y hablando del mismo... Nuestro maestre ha estado murmurando por los rincones sobre el inadecuado trato que recibió de usted. - no. Eso no serviría. Este niño no captaría la insinuación - Más bien, ha estado criticando para el que quiera escuchar sobre como Su Alteza actuó como un matón con él cuando solo realizaba su labor. En apenas un parpadeo, vio el cambio en él. Paso de estar distraído, intentando vigilar a su espalda unas estancias a las que su vista no tenía acceso, a permanecer atento y enfadado. ¡Esa maldita rata cobarde! ¡Debí suponer que iría a lloriquear por ahí como el patético hombrecito que es! - sus hombros, que ya apuntaban a una amplitud mayor a la media, se alzaron mientras él príncipe convertía sus manos en garras - ¡¿Cómo se atreve?! Sin alterarse por el espectáculo, y considerando que el príncipe no redujo su paso, continuó - Ya tengo la versión del maestre de lo que sucedió pero, a pesar de ser un miembro respetado de Alto Jardín, me gustaría escuchar tu versión de la historia. La vida me ha enseñado que es mejor oír ambas versiones de lo sucedido antes de sacar conclusiones. Ya que cada quien cuenta lo que pasó solo desde su lado. El hijo de Aegon alzó su cara hacia ella. De ángulos rectos y mentón firme, aún quedaba allí alguna evidencia de que la infancia no lo había abandonado del todo. Sin embargo, su siempre apretada expresión era muy buena para esconderlos - ¡Ese cobarde no escuchaba! Había algo equivocado con mi princesa. Se lo dije. Ella se lo dijo. No hizo caso. - los dedos convertidos en zarpas se expandían y contraían contra su palma - ¡No la estaba atendiendo bien y mi esposa se sentía mal! Entonces lo hice escuchar. - el borde filoso de sus palabras no sería ignorado por nadie. Ya veo. - tarareó, y eso pareció descolocar a Maegor. ¿Ya ves? - parpadeó anonadado. Sus párpados estrechados se abrieron para mostrar grandes ojos violetas ocultos tras gruesas pestañas - ¿En serio? Por suerte para él, las líneas firmes de su rostro le impedirían parecer femenino. Lo que sería un riesgo muy grande con esas pestañas tupidas que hasta su preciosa Aleria debería envidiar. Si supiera explotarla, diría que un pequeñuelo con su cara podría haberse salido con la suya con un par de maldades. Siempre que supiera hacer bien un puchero. Por alguna razón, dudaba que Su Alteza alguna vez hubiera sido participe de tales tretas infantiles. Una lástima, los niños que hacían eso siempre se veían adorables. Sí. Creo que entiendo perfectamente que pasó. - el hijo menor del Dragón esperó callado sus palabras - Lamentablemente, nuestro maestre tiene la mala costumbre de no atender a lo que le dicen las mujeres y los niños. Siempre creyendo tener la razón por encima de ellos. - ¡¡¡Que no soy un niño!!! Alzó una ceja y lo vio retroceder en su explosiva afirmación. Un ligero tic se desató en uno de sus labios. Su guardia permanecía a una distancia prudente, pero se había acercado un poco más al ver los ánimos un tanto caldeados. Las sombras del jardín se proyectaban sobre el ambiente. Puede que usted no se sienta así, pero es de esa forma como lo verán muchos. Después de todo se puede considerar que su juventud es bastante excesiva. - e inclinó la cabeza, concediendo - Puede que incluso existan quienes lo crean como un adulto y esperen que actúe como tal, pero sin darse cuenta lo traten como al niño que niega ser porque así es como lo reconocen en su interior. Pero no estamos discutiendo eso, ¿no es así? Maegor pareció recobrar el control de su expresión, volviendo a su actitud severa e inflexible y dejando atrás su creciente enojo - No. Ella cabeceó - Como decía, nuestro maestre tiende a ignorar muchas veces lo que dicen algunos de nuestros invitados si contradicen lo que él considera su saber superior. Lo que es inaceptable, en especial contra huéspedes tan ilustres como ustedes. Un solo gesto afirmativo fue lo que recibió. Definitivamente Maegor Targaryen nunca sería uno de esos nobles que busquen elogios. Al menos no le interesaban los halagos que la mayoría recibía con agrado. Los lamesuelas de la Corte tendrían dificultades con este. Lo que no cambia en ambas versiones es la forma en la que logró que el maestre... - buscó la palabra que tanto había repetido su acompañante - ... escuchara. ¡Se lo merecía! - escupió con todo su cuerpo contraído. ¿He dicho yo que no? - una vez más, sus palabras lo habían desarmado. Suponía que en el fondo todos, incluso un príncipe seguro de tener la razón, buscaban un poco de validación - Lamentablemente, lo que algunas personas se merecen a criterio propio es distinto de lo que se merecen a criterio de los demás. ¿Y qué les importa a los demás? - pese a la explosiva contestación, el príncipe trató de mantenerse más calmado. Sus puños permanecían cerrados pero quietos contra sus costados. Importa cuando eres un príncipe y todos los ojos están puestos sobre ti. - aunque seca, su respuesta pareció calar algo dentro de él porque se estremeció - Importa porque aunque no sea grande, los pequeños gestos también pueden dejar marcas en la reputación de uno. Y dudo que usted quiera ser conocido como el príncipe matón, ¿no? Sus labios fueron mordidos antes de que soltara - Tenía que hacerlo. Tenía que proteger a mi esposa. Lo sé. Es por ello que no te estoy criticando. - fijó sus ojos en su destino antes de continuar - Hasta el momento, lo que cuenta el maestre es solo sobre un príncipe exagerado en su protección hacia su esposa. Los románticos lo verán como un amoroso marido preocupado. Los cínicos verán a un Targaryen posesivo agresivo en la defensa de algo que considera suyo. Aunque su comportamiento es inadecuado, será ignorado por aquellos que lo escuchen en consideración con su juventud. Pero, - lo miró de frente - no es su juventud lo que me preocupa. Si no la lección que esta aprendiendo. Aunque le parezca efectivo, usar la intimidación para lograr que los demás obedezcan no es una estrategia para ser usada de forma indiscriminada. Digamos que hace más mal que bien a largo plazo. ¿Y qué quería que hiciera? - extendió sus brazos - ¿Quedarme quieto mientras ese incompetente ignoraba la salud de mi mujer. Ella suspiró antes de colocarse el dorso de la mano en la frente. ¿Cómo explicárselo? - Príncipe Maegor. No digo que el miedo no sea una herramienta útil, siempre y cuando sea usado como herramienta y no como un plan de acción. - Esa no es una respuesta, lady Tyrell. - Esa es la respuesta que tengo para usted, Su Alteza. Porque hay veces que no hay caminos correctos, y mucho menos respuestas. Su boca se abrió y su paso se detuvo - ¿Qué? Pudo sentir una sonrisa suave en sus propios labios. Contrario a lo esperado, este muchacho prestaba bastante atención a sus palabras, buscando aprender. Una mente dispuesta a escuchar era en ocasiones mejor que una mente brillante que creía saberlo todo. Además, se sentía bien que alguien destinado a ser tan importante se tomara tan enserio sus consejos, en especial cuando no tenía que ofrecerlos como alternativas humildes o sembrarlos como si fueran las propias ideas de sus oyentes. Pongamoslo así: - y señaló el camino para continuar su trayecto - Digamos que lo que hiciste con el maestre es como un movimiento arriesgado y poco convencional en el campo de batalla. Y disculpe si mis analogías no funcionan del todo. No. No. Continúe. - se encargó de caminar a la par con ella. El movimiento que hizo con el maestre quizás no sea considerado "correcto", pero en ese momento tus opciones se habían visto reducidas e hiciste un movimiento necesario para ganar. Como un golpe poco caballeresco en medio de un combate. - el príncipe pareció digerir esto antes de asentir - Su uso no será bien recibido aunque tampoco vilipendiado, siempre que no se convierta en un patrón. Porque entonces no se te convertiría en un buen caballero, sino uno que usa artimañas. Entonces esta bien en el momento, ¿pero después no? - su ceño bajo a una pose que ya le parecía natural en él a ella - Eso no tiene sentido. - lo vio rascarse las sienes - Dices que la intimidación no funciona, pero le ha servido a mi madre. Y no puede decir que le ha ido mal. Ah, la reina Visenya. - tarereó - Eso es un caso especial. Un brillo de suficiencia recorrió sus ojos, y sus comisuras se alzaron en una corta sonrisa de orgullo - Por supuesto que sí. - Ten en cuenta esto. Lo que lo que funciona para unos, puede que no funcione para otros. Y de ello dependen muchos factores. ¿Cómo? - parecía más una exigencia que una pregunta. Como ya dije, nuestro maestre tiende a ser un poco - buscó como categorizarlo - terco a la hora de escuchar a las mujeres o niños. Y como él hay muchos repartidos por ahí. - se encogió de hombros ante una de las realidades de la vida - Los niños crecerán para ser hombres, y entonces serán verdaderamente escuchados. En especial si se convierten en guerreros grandes e imponentes. Una vez más, su halago no dio en el blanco ya que Maegor se encontraba analizando lo que dijo - Y entonces, - apretó sus labios - lo que funcionaba como niño no me servirá de adulto. Eso es correcto. - ella asintió - Tomemos a vuestro padre de ejemplo. De repente alzó su rostro hacia ella y la observó con toda la concentración del mundo. Ah. Un hijo que idolatraba a su progenitor. Esperaba que este no cayera con demasiada fuerza de su pedestal. Sabía el daño que eso podía hacer. - El rey Aegon es, en todo caso, un hombre imponente. Nadie dudaría jamás de su fuerza y su poder. ¿No es así? Cabeceó con fuerza. El oro y plata de su cabello brilló cuando atravesaron un parche de sol entre las penumbras del tupido jardín. - Y dígame, ¿vuestro padre siempre busca imponerse sobre los demás a través del miedo, o pese a su aspecto regio, prefiere mantenerse en el peor de los casos neutral? Lo vio abrir la boca para luego cerrarla. Sus cejas casi se unen en su entrecejo y su introspección no tardó en el llegar - Mi padre siempre trata de actuar benevolente. Correcto. ¿Y sabes por qué? - esta vez, su cabeza fue de un lado a otro - Porque sabe que tiene el poder para destruirnos. Tú lo sabes. Yo lo sé. Cada pobre pordiosero que vive sobre esta tierra lo sabe. En caso de actuar sembrando el miedo, todo Poniente le tendría terror. Y el miedo es una buena herramienta en pequeñas dosis. En grandes, se convierte en una enfermedad. Deviene en desesperación, y los hombres desesperados hacen cosas estúpidas. - ¿Y qué pasa con mi madre? Ah. He allí la pregunta - Como ya dije: los niños crecerán para convertirse en hombres. Los que hoy son ignorados, mañana serán escuchados. Mientras tanto, las mujeres serán siempre mujeres. Nuestro poder depende en gran medida de lo que quieran darnos los hombres en nuestras vidas. Ya sean nuestros padres, hermanos, esposos. E incluso nuestros hijos. Y en muchas ocasiones, no podemos actuar de forma directa. Tenemos que sugerir, convencer, negociar. Mientras tanto, la reina Visenya tiene una notable excepción. Su dragón. - aquí no hubo dudas y ella estuvo de acuerdo. Tienes toda la razón. Su dragón. Ella será escuchada solo por tenerlo. - era difícil hacer de lado lo que decía alguien que tenía el poder la vida y la muerte sobre ti en sus propias manos, sin depender de la influencia de alguien más - Aún así, habrá a quienes no les guste. Quienes traten de ignorarla. Estoy seguro de que ha tenido que esforzarse el doble para recibir solo la mitad del respeto que se merece. Eso es estúpido. - no tardó en escupir - Puede que el dragón de mi madre no sea tan grande como Balerion, pero sigue teniendo el mismo poder destructivo para con sus enemigos que tiene mi padre. Así como pasa con mi esposa. Podrían quemar cualquier castillo que quisieran. - terminó aclarando - Solo un idiota se atrevería a tratarlas así. Tiene toda la razón en este punto. Sin embrago, y puede que esto no lo sepa porque aún es bastante joven, pero mi príncipe, - dijo con toda la seriedad posible - el mundo está lleno de imbéciles. Pfff - fue breve, y el hijo del rey no tardó en recobrar su aspecto formal, aún así ella siempre sabría que le logró arrancar una pequeña risa. Suspiró - También, y aunque no me guste mucho, tengo que admitir que incluso las personas más inteligentes tenemos nuestros momentos de estupidez. Lo mejor que podemos hacer cuando lo descubrimos es corregirlo. - lo pensó bien - Además, le recomiendo que no vaya diciendo por ahí eso de los dragones. Puede sonar obvio para usted, pero esa es una forma muy inocente de sembrar el terror. El príncipe imitó su suspiró - Aghh, esto de la política es demasiado complicado. Como le de los modales y las charlas educadas. - pronunció con asco antes de acariciarse la frente. Suponía que interiorizar todo esto podía darle un ligero dolor de cabeza. De repente, el príncipe se paralizó antes de poner un gesto contrito - Debería haberle ofrecido mi brazo para el paseo. ¿No es así? Bueno, si me lo ofrece ahora no lo rechazaré. - y así lo hizo. Habían peores escenarios que un príncipe de modales algo torpes. Sabe, lady Tyrrell. Usted es muy buena consejera. Y lidiando con los problemas. - con su brazo siendo sostenido por el suyo, el príncipe trató de darle unos gentiles golpecitos. Demasiado mecánico, parecía más algo aprendido que natural - Espere... ¿Dijo que el maestre estaba hablando mal de mí? Ante su asentimiento estrechó sus ojos con sospecha. Usted es demasiado inteligente para dejar eso al azar. ¿Por qué lo permite? - la pregunta flotó en el aire. Sintió que sus dientes brotaban en un gesto cruel - Porque es muy conveniente, mi príncipe. Los párpados se entrecerraron aún más - ¿Cómo? Pues su narrativa encaja con lo que deseo que se cuente. - el niño a su lado, porque a pesar de su tamaño todavía era un niño para ella, inclinó la cabeza - Quiero alejar lo más posible su nombre del incidente de Ian. Y esto ayuda. ¿Quiere saber cómo? Sí. - fue corto y conciso. - Su reciente cortejo a su esposa tiene a gran parte del castillo murmurando sobre su romance. Lo que aleja cualquier especulación con el incidente ocurrido. ¡No lo estoy haciendo por eso! - pronunció mientras un tic saltaba una y otra vez en su labio. No se enoje, Alteza. Solo digo como funcionan las cosas. - fue su turno de dar unas palmaditas - Pero aún así, - continuó - siempre habrá quien sospeche. Aquí es donde interviene el maestre. Es una fuente respetable que cuenta una historia que encaja con la nuestra. Que sea en un tono negativo funciona a nuestro favor. Una de sus cejas se arqueó en su frente. Alteza, los rumores negativos corren más rápidos que los positivos. Y la gente está más impulsada a creer las cosas malas sobre las buenas. - él le dio la razón - Un maestre contando como un príncipe lo intimidó para que atendiera a su esposa es más creíble que cualquier halago que se pueda pronunciar sobre usted. El maestre será regañado por ello, no se preocupe. Pero después. - Porque es más conveniente. Porque es más conveniente. - asintió, antes de encaminarse directamente a un pequeño laberinto lateral. Pensé que íbamos a verificar la reclusión de su hijo Bertrand. - dijo Maegor sin detener su caminata, mientras observaba de un lado a otro los arbustos bien podados destinados a adornar y confundir. Eso hacemos. - afirmó mientras observaba al edificio que servía de prisión a los nobles huéspedes de Alto Jardín. Aunque un tanto deslucido, encajaba lo suficiente con la estética del castillo para que la mayoría no le dedicara una segunda mirada. Entre eso y lo alejado que estaba de la zona central del círculo interior de la fortaleza, poco rondaban por el área. Y entonces, ¿qué es esto? - preguntó mientras se detenían frente a un bajo ventanal a un costado de la construcción. Trato de verlo desde su perspectiva. Ventanas en un arco descendente hechas con madera resistente y que desde acá se notaban cerradas desde adentro. Con un sólido pero bastante minúsculo banco colocado bajo la última ventana, una de las más pequeñas. ¿Confundido? Este es un secreto que imagino que disfrutará. - explicó acercándose al asiento, y tras palpar bajo el arco de madera y su unión con la piedra, activo un mecanismo con un ruido sordo de arrastre. Enseguida, la pequeña ventana se abrió y ella usó el banco de escalón, notando no por primera vez que tenía una altura ideal para usarlo para subir - Además, como desea que su visita fuera discreta, imaginé que no quería entrar por la puerta principal. ¡Un pasaje oculto! - se dirigió a la entrada con celeridad, con la emoción de un niño que hace un nuevo descubrimiento. No tardó en mirar a través del marco y dentro de la estancia - Oh. Las demás ventanas son falsas y solo tienen una pared detras. - y se quedó analizando el muro que cubría el ventanal. Muchas en el primer nivel son así. Creo que fue planeado de esta manera para si alguien buscaba entrar, fuera repelido. - afirmó - Y posiblemente se rendiría antes de descubrir que se podía pasar por este rinconcito. - explicó dirigiéndose a una puerta mientras su guardia entraba tras ellos - Venga. Vamos. Cuando Maegor salió, volvió a mirar hacia atrás - ¡Vaya! Esto parece más un armario en el pasillo que otra cosa. - admitió arrastrando su mano por la textura de la pared. Lo parece, ¿verdad? - lo pronunció con orgullo, ya que aunque no era responsable por la arquitectura, era una ferviente admiradora de encontrar trampas y pasajes escondidos - Los Gardener lo pensaron muy bien a la hora de intentar que sus invitados renuentes continuarán siendo prisioneros. Si alguien logra salir de sus celdas y escapa al pasillo, ignorara esta puerta en busca de la salida que tuvo todo el rato frente a el. Ni siquiera escondieron la puerta. - expresó con admiración cuando salió al pasillo - Sino que la ocultaron a simple vista. Alguien que busca escapar no miraría dentro de un armario. - dijo mientras sus comisuras se alzaban de forma genuina. Casi sintió el impulso de acariciarle el cabello. Sin embargo, aún no estaba tan atolondrada por sus sentimientos. Por favor, sígame Su Alteza. - lo llamó cuando permaneció demasiado fascinado por la truculenta entrada oculta. Él volvió a su lado, pareciendo olvidar la necesidad de extenderle su brazo, de nuevo. Eso estaba bien para ella, pues mientras más avanzaba por los corredores poco iluminados, más sentía que crecía la rigidez de sus músculos. Pronto, incluso a la distancia que estaban, pudieron escuchar unos lloriqueos. El príncipe casi saltó hacia atrás, retrocediendo. Su voz semi alarmada - Se que me ofendió, pero no tenían que torturarlo. No lo hemos hecho. - le aclaró ella mirando la cara horrorizada del joven miembro de la realeza. Bueno, al menos esto probaba que no tenía una verdadera afición por el sufrimiento ajeno - Pero mi príncipe, cualquiera pensaría que se sentiría complacido si sucediera tal cosa. Después de todo, lo que hizo Bertrand fue bastante grave. - dijo tanteando al muchacho. Se encogió de hombros - El enojo ya se me pasó. Me di cuenta de que su acusación y acciones fue pura estupidez. Además, - un gesto depredador se desplazó por él - usted misma lo dijo. Algunas malas acciones se permiten si nos benefician. Y yo he ganado mucho con lo que hizo. Por primera vez mientras conversaban, fue su turno de fruncir el ceño. ¿Qué había ganado él? Tuvo que sacudirse el pensamiento mientras se acercaba a la puerta que contenía la celda y habitación de su hijo. No tardó en correr la rendija de metal de la misma para observar el interior de los aposentos. El ruido sacó al hombre a quien acunó en su seno de su trance. ¿Quién esta ahí? - pronunció antes de lanzarse hacia la entrada cerrada con desesperación - Por favor. Por favor, déjeme salir. O si no, traigame un poco de vino. Por favor, - pronunciaba gimoteando - me hace falta. Por favor. El príncipe a su lado se retiró asqueado. Ella permaneció firme en el lugar hasta que su hijo se estrelló contra la madera y miró de vuelta. Por favor, consígame... - pronto, al verla, hizo un silencio enfermizo antes de caer en el suelo hacia atrás - No, madre. No me mire así. No me mire así. Lo vio hacerse una pelota en el suelo. Su pobre niño. El más romántico de todos. Mira como había terminado. Se le llenó la boca de saliva y quiso maldecir a los hombres y a la nobleza, y al absurdo conjunto de reglas no escritas que seguían para encajar. Su estómago comenzó a sentirse pesado, pero años de costumbre le permitieron mantener su rostro estoico. No me mire así, madre. No me mire... - el cambio fue repentino. Bertrand se levantó y se estrelló por segunda vez contra la puerta, sacando su brazo por la rendija abierta - ¡No me puedes hacer esto, maldita perra! ¡Yo soy tu hijo! ¡Cuando salga de aquí te haré pagar! Ella y Maegor estaban fuera de su alcance, pero llegaron a ver como el brazo retrocedía como disparado hacia atrás. Una mirada furtiva por si era una trampa, mostró al sirviente al que le había encargado su cuidado inmovilizándolo en el suelo. Había escogido al hombre adecuado para la labor, pensó con una frialdad que la asustó. ¡Maldito bastardo! ¡Te haré azotar! ¡Lo juró por los dioses! - y así como había empezado, terminó. Su hijo se rindió en brazos del mozo, llorando como un niño pequeño - ¿Qué estoy haciendo? ¡¿Qué estoy haciendo?! ¡Perdóname, madre! ¡No quería hacerlo! - gritó como para que lo escuchara - ¡Perdóname! ¡Perdona lo que te hice, mamá! ¡No quería! ¡Lo juró que no quería! Su pobre hijo, pensó con un dolor sordo en el pecho, pero sabiendo que estaba haciendo esto por su bien. Si quería que sanara, tenía que purgar la bebida de su cuerpo. Por cruel que pareciera. Por mucho que sufriera. Cuando el príncipe decidió que ya había visto suficiente y podían retirarse, aún se escuchaban sus súplicas de perdón. Ella supo que no era solo por esto. Su hijo suplicaba clemencia por algo más. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ El sol se escondió tras el horizonte y luego se volvió a alzar. Mientras tanto, las sombras del jardín se alargaron. Dominaron todo. Se apoderaron de cada rincón, danzaron entre las hojas y abrazaron los helechos. Ante la llegada del astro rey, volvieron a ser el lugar donde guarecerse de sus rayos. Pero los jardines no olvidan. En la oscuridad, las sombras gobernaban. Y bajo sus garras se podía hallar refugio o terror. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Aunque trataba de mantener su sonrisa, Morgan estaba agotado hasta los huesos. Los últimos días, habían empujado a los caballos a recorrer a galope por el tramo de tierra que iba desde el Aguamiel hasta el Mander, repostando y cambiando las monturas cada vez que se podía. Gregory se había puesto cada vez más irritable, ya fuera por el agotamiento o por las motas de polen que tenían a su nariz siempre congestionada. Mientras tanto, incluso el estoico Deziel se había comenzado a exasperar con como él los empujaba. Pero Morgan tenía una misión: causar problemas. O en todo caso convertirse en una cuña entre la pareja cuya existencia humillaba el honor de su hermana. Cuando llegaron al Mander, ambos caballeros suspiraron aliviados. El viaje por el caudaloso río sería menos movidos que por los enlodados caminos de tierra. Y aquí, ya fuera que fueran lento o rápido, era solo voluntad de los dioses. Morgan no podía intervenir ni forzar al capitán a navegar más rápido de lo que ya hacían. Lo que no significa que no lo intentó. Por suerte para los hombres que le hacían compañía, el viaje por el curso de agua no solo fue apacible, sino que la brisa del mar del Ocaso los favoreció. Casi podría creer que era un regalo divino, pero no creía en esas cosas. Cuando descendieron frente a los campos de Alto Jardín y Morgan no hizo que espolearan a sus caballos para llegar allí, lo miraron como si de repente se hubiera vuelto corto de luces. Morgan había presionado por hacer el viaje más rápido. Levantarse más temprano, acostarse más tarde. Menos descansos para comer y aún menos para mear. Esto último cabreó de sobremanera a los suyos, pues cuando un hombre debe vaciar la vejiga, no aprecia que alguien más lo detenga o lo este apurando. Pero necesitaban llegar de forma calmada. Cualquier comportamiento urgente habría hecho que sus... anfitriones... fueran más atentos a quienes recibían entre sus murallas. Morgan fingiría tranquilidad hasta que estuviera bajo el amparo del derecho del huésped, cosa que los soldados en la entrada no dudaron en ofrecer. El miembro más alto de la dotación había traído el pan y la sal, y aquí estaba Morgan, atragantándose con ellos. Le habían comentado que el mayordomo saldría a recibirlos y él estaba decidido a no ser echado. Puede que el oficial en las puertas no lo reconociera. Puede que estuviera acostumbrado a que los Hijos del Guerrero se guarecieran en Alto Jardín en su paso por el Dominio y hacia otras latitudes de ida y vuelta a Antigua. Pero era muy probable que el mayordomo si supiera quien era. Y así fue, pues apenas el hombre atravesó la puerta, su gesto de saludo desapareció en una mueca. - ¿Qué hace acá, Hightower? Mucho cuidado, mayordomo. - pronunció el título con desprecio - Esta ante un caballero, un Hightower de Antigua y un Hijo del Guerrero al mismo tiempo. - forzó a meterse en la boca el último pedacito de pan y lo masticó con fuerza, antes de usar su sonrisa más grande - Como invitado bajo este techo, - miró hacia el mismo antes de devolverle la mirada al tenso criado - espero que se me trate con todo el honor y respeto que me merezco. - ¿Dónde estaba ese honor y respeto cuando usted atravesó la entrada de la muralla principal usando artimañas? ¿Quién dice que las usé? - su sonrisa se hizo más grande - Me presenté como una de las humildes Espadas de la Fé y eso soy. No dijo que fuera un Hightower. - replicó el hombre. Nunca dije que no lo fuera. - le lanzó de regreso antes de adoptar una postura más seria - Ahora, deja de actuar como si fueras el amo del castillo y dígale a Lord Tyrell que venga a recibirme. - término con suficiencia. Puede que Ser Morgan - pronunció recalcando su posición - no lo sepa, ya que nunca heredará el asiento de su padre. No fue educado correctamente en como actúa el señor de un dominio. Morgan pudo sentir como se deslizaba su sonrisa mientras surgía una en el rostro de su contrincante Pero lord Tyrell es el amo de esta fortaleza. No puede acudir a recibir al llamado de un simple Hijo del Guerrero. - le devolvió con burlas sus palabras - Después de todo, lord Theo es el Señor de Alto Jardín y usted es solo un visitante inesperado. - y que no sería bien recibido, también. Tuvo que apretar la mandíbula, pues la puya había dado en el blanco. Aún así, podía ser que esto le conviniera - Bueno, no importa. Por cierto, me he enterado que mis nuevos parientes políticos andan por acá. Supongo que deberé ir con mi recién ganado hermano y mi... hermana. - lo último fue tan doloroso de decir como arrancarse un diente. Un rostro plano le devolvió la mirada, antes de admitir con frialdad - Sus Altezas ya no están en el castillo. Su corazón se saltó un latido - ¿Cómo que no? - Se fueron. Morgan quiso maldecir y luego rebanar algo con su espada por la frustración. Días. Llevaban días en el camino. Durmiendo poco y sobreesforzándose para llegar acá a tiempo. ¿Y Maegor Targaryen y esa extranjera ya se habían ido? Sus hombres lo matarían por el desperdicio de esfuerzo y la tiranía que aplicó para llegar aquí en el menor tiempo posible. Sus compañeros, aunque incompatibles, se habían puesto de acuerdo para decir que Morgan exageraba en su desesperado intento de lograr lo que fuera que tuviera planeado hacer. Espera, - estrechó sus ojos - ¿a dónde se fueron? No sé. - seguía escueto. Demasiado escueto. Y Morgan presintió la trampa. - ¿Y que fueron a hacer precisamente? Vio morderse el labio al criado, antes de que finalmente admitiera entre dientes - Salieron a pescar. ¿Unos príncipes saliendo a pescar? ¿No a cazar? Eso era una excusa de mierda, si había escuchado una. Aún así, la respuesta del siervo frente a él dejó mucho que desear - Vaya. Eres algo insolente, ¿no es así? Mentir sobre la ubicación de dos príncipes. - No he dicho una mentira en todo este tiempo... Ser. Bien. No importa. - no tenía tiempo que perder. Mientras más pronto tanteara el terreno, más pronto podría tener un plan de acción - ¿Dónde está su comitiva? - No partieron con ninguna comitiva, Ser. ¿Cómo que no? ¡Eso es imposible! - argumentó. Como si el siempre dispuesto a resaltar Lord Theo Tyrell, soltara sus más nuevas adiciones de poder con tal facilidad, pudiendo pavonearse con ellas - Voy a preguntar una última vez. ¿A dónde fueron? Señálame con un dedo y yo seguiré el rastro de los caballos. Y yo le digo la verdad, Ser. - parecía hastiado de lidiar con él - El príncipe Maegor, la princesa Orthyras y el escudero de esta, Fannar Tyrell, salieron en una salida de pesca en su dragón. - aunque no le falto el respeto en ningún momento, era obvio que el hombre disfrutaba de ver frustrados sus planes. Incluso sin saber cuales eran - Suerte rastreándolos. ¡Maldita sea! Tendría que quedarse quieto y esperarlos aquí, como hacen las novias con sus maridos ausentes. Intentar seguirle el rastro a un dragón era una tarea titánica en el mejor de los casos. Incluso si Morgan lo lograba, que lo dudaba, ellos cubrirían más terreno en un corto vuelo de lo que él podría soñar con cualquier corcel. Y viendo como lograban esquivarlo sin siquiera tratar, temía que en caso de seguirles, probablemente estarían de vuelta en lo que él los buscaba. ¡Malditos sean los dioses! Tendría que quedarse aquí, rodeado de hombres Tyrell haciéndole malas caras, en espera de unos mocosos que se divertían por ahí. ¡Los Siete debían odiarlo! No le quedó más remedio que apretar sus dedos contra su carne. Quejarse y maldecir no serviría de nada. El enojo nublaba la mente y su furia aquí no serviría de nada. Necesitaba ser astuto y solapado. Así que forzó a sus labios a alzarse en un brillante gesto de alegría y sacudió sus rizos ante un desconfiado mayordomo. Bueno, mi gentil amigo. Entonces hay poco que yo pueda hacer. - golpeó su pecho con una palmada de vinculación masculina ante la mirada escéptica del servidor, que pronto se tornó en sospechosa - Pero, ¿esta es la hospitalidad que ofrecen en la joya del Dominio? El servicio parece estar decayendo. - negó con tristeza. Vio como el mayordomo apretaba los labios. Vio como contenía. Y luego renuente lo vio ceder - Por acá, Ser Morgan. - dijo con una referencia - Hemos preparado para usted y sus hombres alojamientos adecuados. Este no traicionaría a sus amos Tyrell. Ni siquiera inadvertidamente. No importaba. Todos los lugares tenían puntos débiles. La lealtad de los siervos no era absoluta. Solo debía encontrar a alguien lo suficientemente tonto o codicioso para hablar de más.
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