Sangre y fuego y otras magias extrañas

Het
NC-17
Finalizada
1
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754 páginas, 404.758 palabras, 55 capítulos
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Sobre como se construye una imagen

Ajustes
Este era por mucho el más mejor día de su vida, pensó Fannar mientras un nuevo pez picaba en su cordel. Tiró del hilo con fuerza y vio como un nuevo pecesito se unía a su colección. ¡Príncipe Maegor! ¡Príncipe Maegor, mire! - levantó su nueva captura - ¡Este es más grande que el anterior! ¡Calla! - le contestó - ¡Que me espantas los peces! Bah. Si los ruidos espantaran a los peces, él no habría pescado tantos, se dijo mientras unía el nuevo ejemplar a su creciente cardumen. ¿Cardumen era la palabra? Le habían enseñado que así se llamaban a los grupos de peces, pero ¿se llamaría así a un grupo pescado? No le parecía. ¿Qué otra palabra se debería usar? ¿Ristra? Mientras pensaba en eso se distrajo un poco. Ayer, pensó, cuando la princesa le había mandado a informar que se preparara para un vuelo al día siguiente había dudado. Los chismes corrían y los adultos contaban que tras el problema con las cucarachas, la princesa sufría de desvanecimientos. En ese momento quiso poner los ojos en blanco. Solo eran cucarachas arbóreas. No eran para tanto. Pero la dama a la que había sido asignado como escudero había actuado más desvalida que Aleria. ¡Qué vergüenza! ¿Cómo se supone que él se convertiría en caballero bajo su mando? Pero claro, él no se ausentaría. Bajo ningún motivo pondría en riesgo la oportunidad de montar en un dragón. La mañana había amanecido despejada y el sol brillaba con fuerza. Cuando acudió al jardín, pudo ver más de cerca a la criatura huraña que era la montura de la princesa. Nadie se podía acercar a la bestia en un amplio cerco o sería repelido con feroces gruñidos. No conocía a ninguna persona lo suficientemente valiente como para comprobar como reaccionaría el dragón si se acercaban aún más. Ni siquiera su mejor amigo Jon se había atrevido. Mientras tanto, su presencia y la de otros ya tenía en guardia al depredador que los vigilaba de una forma aterradora. Había algo demasiado calculador en la forma en que los miraba a través de esos ojos de pupilas verticales. Y de repente, el cambio fue absoluto. La enojada criatura se había convertido en un cachorro sediento de atención (un cachorro del tamaño de un edificio). Gemidos lastimeros salían de unas fauces capaces de devorar un caballo. El motivo de su transformación resultó obvia bastante pronto. La princesa Orthyras venía acompañada del brazo de su esposo, ambos vestidos con cueros y bastantes abrigados. Había dudado de su cordura. El Dominio era bastante cálido en esta época. Además, la condición de la noble dama también lo tenía dudoso. No la conocía, pero su piel oscura parecida a la de los comerciantes dornienses estaba un tanto pálida. Mientras, su marido la seguía muy de cerca. No parecía que pudiera soportar el esfuerzo de un corto viaje. Pero lo que él creía no importaba, pues al final, Orthyras había abrazado y besado la cabeza del animal como si fuera una pequeña mascota mimada. Y Fannar había visto suceder la magia. En un par de parpadeos, la princesa se veía mejor. Más erguida y más enérgica. Mejoró lo suficiente para ponerse firme, cruzarse de brazos y exigir que se abrigara antes de partir, para su confusión. Se rascó la frente, recordando pensar que ahora tenía que obedecer a una chica morena. Y luego la princesa subió sin dudar a la silla. Solo entonces (y después de que hubieran cubierto a Fannar con capas de tela), él y el príncipe (No, se dice el príncipe y él), la siguieron. Fannar recordaba bien la lección que le dio el hijo menor del gran rey Aegon: la princesa Orthyras siempre debía ser la primera en subir a la bestia y la última en bajar de la misma. Así que había montado emocionado, colocado entre ella y el príncipe, y fue este el que ató las cadenas que colgaban a los aros de su cinturón. Por un instante pensó en quejarse, ya que prefería estar delante. Para verlo todo. Entre ambos príncipes no vería mucho. Pero él era un escudero y se suponía que tenía que obedecer a su caballero, aunque fuera una chica que tampoco era caballero. Luego lo pensó bien. Mejor callarse. No vaya a ser que se arrepintieran y no lo llevaran. Además, era la primera vez que montaba y aunque no le temía a las alturas, no estaba seguro de cómo actuaría cuando subiera a los cielos. No quería quedar como un cobarde si se impresionaba demasiado. El despegue fue diferente a todo lo que conocía. No era como montar en barcos, donde sientes el movimiento pero a la vez estás quieto en tu lugar. Tampoco era como cabalgar. El mundo bajo Fannar entró en movimiento. Todo fue irregular. No sólo el dragón se impulsó en una breve carrera, sino que abrió sus alas y comenzó un brutal aleteo. De alguna forma lo sintió incluso estando sentado sobre la silla, como músculos más grandes que algunos bueyes se movían bajo él. Sintió un extraño mareo cuando en vez de avanzar hacia delante, se encaminaron hacia arriba. Entonces agradeció estar atrapado entre los dos príncipes. No le gustaba el despegue. Pero nunca se lo diría a nadie. ¡Nunca, nunca! Cuando iban a medio camino de alcanzar las nubes entendió el porqué de los abrigos. El viento le cortaba la cara y allí arriba el frío se colaba entre cada rincón descubierto. Solo con mirar el frente sabía que estaban alto, muy alto. Más que en la torre más alta del castillo. Más alto de lo que Jon o Robb jamás estarían. Se preguntó si escupía desde allí, le caería a alguien bajo ellos. Ojalá pudiera hacerlo y que le cayera a Bertrand. Pero no podía apuntar desde el cielo, porque los árboles y los campos eran cosas diminutas desde aquí. Así que no podría ver a los hombres y mucho menos distinguirlos. ¡Que lástima! Bueno, solo le quedó disfrutar. El mundo se expandía de una forma que nunca había visto y aunque el animal era inmenso, ellos eran pequeños en comparación con lo que se veía en el horizonte. Aún así, desde el dragón sentía que todos estaban a sus pies. Más que nunca, deseó ser un Targaryen y tener su propia criatura que escupía fuego . Nunca jamás de los nunca se le hubiera ocurrido querer el lugar de una niña, pues las damitas solo cosían, bordaban y cantaban. No sabían divertirse de verdad, ni trepar árboles. Pero la princesa tenía a Nyxia el Come Ovejas (¿le decían así no?), y su montura era más grande que la del príncipe Aenys. Más que el doble. Apostaba a que Bertrand nunca en la vida se volvería a burlar de él si tenía un dragón bajo él. Solo al final del viaje, se asustó de verdad, al darse cuenta de que la bestia no tenía rienda alguna. ¿Cómo lo dirigían? ¿Cómo iban a hacerle obedecer? Pero Nyxia bajo con tranquilidad, sin ningún grito o orden. Él lo sabía porque estaba detrás de la princesa. No la escuchó ni siquiera susurra nada, pero obedeció. La bestia obedeció, y él se encogió de hombros. ¿Los Targaryen no usaban magia para montar dragones? ¡Claro que la magia serviría para manejarlos! Se preguntó si podía pedirle a la princesa, si era muy bueno y obediente y se lo ganaba, si le podía enseñar un hechizo para tener a su propio dragón. Y así, habían terminado aquí. Con otro pez tirando de su cordel. Mire príncipe Maegor. Otro pez que acabo de capturar. - se sacudió con orgullo la nariz - De seguro voy a ganarle en esta competencia. ¡Ya te dije que esto no es una competencia, mocoso! Solo hacemos esto porque Ortiga quería relajarse. Ni siquiera se porque te trajo a ti. Además, - bufó, levantando un pez tan largo como su antebrazo - si alguien gana seré yo. Los tuyos son pescaditos. Los míos son premios dignos. - alzó su mentón con altanería. Fannar miró todo lo que había pescado, y luego miró la ristra del príncipe. Unos cuantos peces grandes, más grandes que cualquiera que hubiera capturado él. Pero escasos en número - Bah. Yo pesqué más, así que yo gano. El príncipe Maegor solo resopló - Ya lo decidirá Ortiga cuando venga. La princesa Orthyras quería pescar en paz, por lo que su esposo le dijo que él se encargaría de vigilarlo. Para que ella se divirtiera tranquila (al final solo estaba pescando en el recodo del río, a un grito de distancia). Fannar casi se enoja por como lo dijo el príncipe. Como si él fuera solo un niño pequeño y descuidado, y no un escudero - pensó con suficiencia - que ya había atrapado mas peces de los que había hecho el príncipe. Pero al final se quedó callado. El príncipe Maegor era un guerrero increíble, incluso siendo tan joven. Lo sabían los maestros de armas y los soldados de la guarnición. Estaba destinado a convertirse en un gran caballero, y él quería estar a su lado. Después de todo, la princesa era una mujer y quizás no supiera pescar bien. O fuera tan melindrosa con los gusanos en el anzuelo que Fannar pasaría todo el rato poniéndolos y no podría pescar por su cuenta. Pescar junto al príncipe era mejor. Pero... ¿Por qué llama Ortiga a la princesa Orthyras? ¿Es un sobrenombre de cariño? ¿Es por la ortiga, la planta, o por algo más? - tomó aire para seguir - ¿Puedo llamarla yo así? ¿Puedo... ¡Calla! - el príncipe se cubrió los oídos con las palmas. Palmas firmes para sostener las armas, como decía su entrenador de espada - No me dejas pensar. - y con velocidad escupió - Y la respuesta es no. Abrió los labios para preguntar que era no, sin embargo, Maegor se le adelantó. - No puedes llamar a mi esposa Ortiga. Solo podemos hacerlo mi madre y yo. Infló sus mejillas para no quejarse. El príncipe era increíble, pero muy estricto. Soltó el aire. Le pediría permiso a la princesa. Si batía sus pestañas como Aleria con su prometido quizás se lo permitiera. Las chicas mayores era muy tontas y caían con facilidad en ese truco. Así que lanzó otra vez su anzuelo, seguro de que todo le saldría bien. Ya cuando el sol estaba a punto de alcanzar su punto más alto, sintió remover se los arbustos en dirección a donde estaba la princesa. ¡Princesa! ¡Princesa mire! - alzó sus capturas - ¡He ganado la competencia de pesca! Una sonrisa de dientes algo torcidos lo recibió, y un - Excelente pesca. La princesa por su lado, salió de entre el matorral empapada y con las mangas de su camisa y las calzas remangadas. Fannar fue a regañarla. Las señoritas nobles no podían enseñar los tobillos, eso hasta él lo sabía, y menos lo podían hacer las princesas. Sin embargo, las palabras de le atascaron ante otro hecho aún más impactante que vio. - Oh no. Nuestro bando ha perdido esta competencia, príncipe Maegor. ¿Nuestro bando? - el príncipe lo miraba como si estuviera hablando tonterías. Sí, nosotros los chicos contra la princesa Orthyras, que es mujer. - ¿el príncipe era bobo? ¿Cómo es que no se daba cuenta? En respuesta a su aclaración, Maegor miró de su esposa a él, antes de estrechar los ojos y abalanzarse sobre Fannar. Mocoso insolente. ¡Habrás perdido tú! - le dijo estrujando su cabeza. Maegor, deja al pobre niño. - las palabras de la princesa le sonaron a burla, él no necesitaba que nadie lo defendiera. Aún así, agradeció que lograron que su príncipe aflojara su agarre - No abuses de él. Su Alteza lo soltó renuente, no sin antes decirle - Si nos dividimos, yo siempre voy a estar en el bando de mi esposa. ¡Me oíste! - terminó demasiado alto. Ay, no es para tanto. - trató de enderezarse el peinado antes de mirar las capturas de la princesa. Era imposible. Había pescado más que el doble, no, el triple, de lo peces que él había capturado. Los pescados de Maegor lucían enclenques en comparación a los más grandes de ella. Podía estar mojada y algo embarrada de lodo en las mejillas. Podía haber roto todos los protocolos que debía seguir como una dama educada. Pero había ganado la competencia. ¡Es injusto! ¡Eres una chica! - pisoteó el suelo, olvidando por el momento que le dijeron sobre el decoro y el extremo respeto que le debía. ¡Era una dama que se desmayada por cucarachas! ¡¿Cómo es que había llenado dos ristras enteras de pescado?! Incluso tenía un par de anguilas al final de esos manojos. Se enfurruñó. Hasta él sabía que esos bichos eran difíciles de pescar - ¡Debiste de hacer trampa! ¿Por qué es injusto? - preguntó el príncipe antes de que Fannar soltara la última frase. Si bien la princesa no se ofendió más allá de una ceja elevada, su esposo si lo hizo - ¡¿Cómo te atreves a llamar tramposa a mi esposa?! ¡Niño maleducado! Sabía que se le escapó un chillido para nada masculino, pero es que Maegor era tan grande que daba miedo, y le apretaba muy duro. Maegor, déjalo. No es para tanto. Vamos, suelta. - le dijo agitando las manos cargadas. El peso era tal que apenas podía mover los dedos. El príncipe lo liberó con un gruñido y entonces la princesa se dirigió a él: ¿Y qué tiene que ver que sea una chica con pescar, chiquitín? - le preguntó la que debería ser una dama, pero mientras más la miraba, menos le parecía. Las chicas no pueden pescar como los hombres. - en vez de respaldarlo, las comisuras del príncipe cayeron mientras la princesa sonrió. Pues lamento informarte que puede que los hombres sean mejor peleando, en su mayoría, porque son más fuertes. - asintió ella con sabiduría - Pero como vez, - agitó sus dos cordeles cargados - pescar no tiene nada que ver. Eso, - inclinó la cara - o eres muy malo. No, no. Tienes razón. - replicó sin pensar - Las chicas pueden pescar igual de bien. De verdad. Te lo juro. - si las niñas eran malas pescando por naturaleza, entonces él era peor que las niñas. Mejor decir que si podían pescar, o él quedaría mal ante Robb y Jon. Bien. - resopló como se suponía que no debía hacerlo una mujer de la realeza. En este punto no le hubiera sorprendido que se parara con las piernas abiertas y escupiera - Ahora, como tu primer encargo como mi escudero, vete a buscar el morral que deje allá atrás. Lo llené también y no podía cargar con él. ¡No podía ser! ¿Había atrapado más cosas? Pateó cada piedra que se le atravesó en el camino hasta que encontró el morral, que era lo suficiente pesado para que tuviera que abrazarlo contra su pecho. Por ello sintió el movimiento y echó una ojeada. La princesa no se podía enojar porque revisara algo que le mandó a buscar, ¿verdad? Uy. ¡Eran bichos de agua y estaban vivos! ¿Cómo los capturó? Cualquier enojo por haber perdido se le pasó, ahora quería que su dama-princesa-caballero le enseñara sus secretos y por ello corrió de vuelta, morral al hombro. Incluso se tropezó con una enredadera casi llegando. La detención le sirvió para ver un secreto. Lejos de él y de su mirada, o eso pensaban los príncipes, la princesa tomó las manos de Maegor y las puso en su cadera. Estaban los dos muy cerca, eso sí. Su marido le tocó la cara, probablemente para quitarle alguna mancha de barro, y terminó besándola con ganas. Se retorció un poco pero de alguna forma se sintió feliz. Soñar con romance no era cosa de chicos, lo sabía, y sabía cómo funcionaban los matrimonios nobles. ¿Pero estaba mal tener esperanzas de que el amor fuera real? Oh, no. Mejor intervenía. El príncipe le estaba empezando a apretar el trasero como hacía Bertrand con las criadas, y todos sabían cómo terminaba eso. Era algo que no quería presenciar. ¡Princesa! ¡Princesa! - gritó corriendo hacia ella tan rápido como le permitía el peso a su espalda, solo frenó casi al chocar con ella (por suerte su esposo ya la había soltado) - ¿Puedo llamarla Ortiga? A cambio usted puede llamarme Fan, porque no me gusta que me digan Fannar Tyrell. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ El batir de las alas sonó como el martilleo del herrero mientras trabajaba. Seguido vino un sonido semejante a cuando las sábanas tendidas son azotadas por el viento, solo que más fuerte que doce veces cien (no tenía un número para ello). Ella sabía de un solo animal que provocaba ese ruido en el mundo y esos eran los dragones. Este año, el Dominio había sido visitado por más dragones que nunca antes. Muchos los habían visto pasar volando sobre sus cabezas. Ella negó, sabiendo que en su maltrecha cabaña habría un revoltijo de terror. Demasiadas historias de miedo, demasiado reales. Pero... En vez de alejarse, el sonido se hizo más fuerte, hasta que un gruñido aterrador le hizo vibrar los huesos. No tuvo que mirar hacia arriba (aunque lo hizo) para saber que el dragón sobrevolaba en círculos su descuidada granjita. ¿Por qué? Pensó con un escalofrío de terror. Siempre era mala idea atraer la atención de un noble. Y los dragones solo significaban una cosa: realeza. Un solo vistazo rápido y ya suponía quien era. En el Dominio, todos conocían a las bestias que devastaron al ejército Gardener. Negro para el Terror Negro, el dragón del rey. Bronce para el dragón de la reina Visenya. La otra reina había caído, y después de ella solo estaba el dragón de su hijo. Más pequeño y delicado que el de sus progenitores, el heredero del rey montaba en una montura blanca. Este animal era marrón como los campos arados y mojados por la lluvia. Era la criatura desconocida salida de la nada, que había obligado al Septón Supremo a casar a su sobrina en un matrimonio donde compartía al esposo. Y viendo su figura entendió el porque. Este animal era espinoso, como si estuviera preparado para la guerra, y su sombra cubrió por entero su hogar. Ya podía escuchar los animales agitándose en sus corrales. Sí, ella hubiera aceptado hacer cualquier cosa que la dueña de la bestia pidiera. Justo como era probable que tendría que hacer ahora. Dos vueltas dio sobre su granja y sin embargo, en lugar de aterrizar sobre sus campos el dragón se posó en el suelo a muchos, muchos pasos de distancia, en el medio del camino. Seguía siendo en su entrada, así que era claro que querían algo con ella. Y como a la nobleza no se le hace esperar, corrió a ver que deseaban con una sensación de vértigo y temor subiéndole por la espalda. Cuando se acercó, un niño ya estaba en el suelo con un muchacho a su lado. Oro y plata en el cabello del mayor lo marcaba como Targaryen. Todos sabían que eran especiales y lucían como tal. Pero sobre la bestia, solo vio a una chica común. Pelo negro y piel oscura, se encontraba atrapando su trenza dentro de un pañuelo. También alcanzó a escuchar las quejas del más pequeño. Si querías ir allí, ¿por qué te posaste tan lejos? - gimoteó - Había un campo despejado justo en el lugar. Porque allí estaban sus cultivos y los aplastaría. - le respondió la jinete, sus palabras tan fuertes que llegaba hasta ella - También podría terminar con destrozos provocados por sus animales. ¿Quieres que una familia pobre se quede sin comer? ¿Eh? Solo es una maldita caminata, Fannar. No te vas a morir por ello. - No pasaríamos por esto si supieras cocinar. Eres una mujer. Se supone que sabes hacerlo. ¡Pues te dije que no sé! No puedo cocinar nada o se quema. No podría hacerlo aunque mi vida dependiera de ello. En todo caso, ¿por qué no cocinas tú, eh? - la chica empezó a bajar del inmenso depredador - Yo soy la ama y tú el sirviente, ¿esa labor no te tocaría a ti? Su silencio se correspondió con la llegada de ella. Vivían no dudó en lanzarse al suelo a saludar - Bienvenidos, Sus Señorías, a mi humilde granja. El tratamiento correcto no es Sus Señorías. - aclaró una voz que no había escuchado. Ella tembló. Si había un Targaryen junto a la mujer, solo podía ser su esposo, el segundo hijo de Aegon. Mientras que el primogénito del rey era conocido y tenía una reputación brillante, de este no se sabía mucho. Y si se contaba algo era oscuro. Oscuro como su madre, la reina guerrera. Maegor, no te atrevas a regañarla. No ves que quizás no conoce nada mejor. - fue la chica quien frenó al príncipe y Vivían se asustó aún más. A los maridos no les gustaba ser corregidos en público. Los hombres poderosos debían ser peor. Sin embargo, la dama tenía un dragón y suponía que levantarle la mano no sería nada inteligente. Ella no lo haría. Lo que la dejaba como la testigo indefensa de todo. Quieran los Siete que el príncipe no pensara que estaba escuchando de más. Ven, querida. Nada de eso. - escuchó decir sin saber a quien se dirigía, hasta que unas manos morenas la sujetaron y la levantaron - Buenos días. - una sonrisa con sus dientes algo torcidos pero muy blancos la saludó - Veníamos de paso y vimos esta cabaña tan alejada del camino principal, que decidimos pasar a revisarlos. Era la escusa más falsa del mundo, pero más tarde le echaría la culpa a estar tan confundida que se le ocurrió responderle a una princesa - Mi Señora, no estoy tan alejada de la aldea. Y este es el camino principal del Dominio, que pasa por Alto Jardín y llega a Antigua. ¿En serio? - aún sosteniéndola, la dama volvió a mirar hacia atrás - Estos caminos son una mierda. - pateó el suelo - Tierra pura. El príncipe Maegor (suponía que era él) intervino, aún sin reprender a su esposa ni a ella - ¿De dónde vienes es tan diferente, mujer? Pues sí. - replicó la princesa sacudiendo el polvo de Vivían. Francamente, se sentía más aterrorizada por ese gesto que por si la jovencita estuviera altiva y dándole órdenes. Entonces sabría que esperar - De donde yo vengo, el Viejo Rey se encargó de que las carreteras principales fueran de tierra compactada. Con grava esparcida. - mencionó con orgullo - No sólo mejoró la vida de las personas, sino que la economía del reino creció gracias a él. Grandemente. Por ello ha sido considerado el mejor monarca que ha habido jamás. El que debía ser Maegor Targaryen lanzó su mirada de un lado al otro del camino medio enlodado antes de preguntar - ¿Todo eso solo por arreglar las carreteras? El príncipe valyrio sonó tan incrédulo como se sentía ella. Aunque si lo pensaba bien, un camino en el que los mercaderes pudieran moverse mejor... ¡Bah! Eso aquí no pasaría, era solo un sueño imposible. Sí. - le respondió la mujer extranjera a quien debía ser su esposo sin dudar. Luego se dirigió a ella - Entonces, querida, ¿nos invitas a tu casa? Mi casa es su casa, princesa. No necesitan invitación. - el temor crecía alrededor de su pecho como una enredadera. ¿Qué querían? Bien, ve para allá. - le señaló - Nosotros llevaremos algunas cosas. Corrió a su lugar para arreglar todo lo que pudiera. Tras su puerta, sus hijos mayores contenían a los menores para que no fueran a ver de cerca al dragón. Chicos listos y buenos. El fuego ardía en la chimenea. El agradable aroma de su caldo de conejo y hierbas cubría cualquier posible hedor. Recogió algunas cosas que estaban revueltas y se dirigió a sus niños. Todos en silencio. - ordenó - No vaya a ser que ofendan de alguna manera a... - echó una ojeada al grupo que descargaba algo de su silla de montar. Tembló al mirar a la montura - A nuestros reales invitados. Todos asintieron, obedientes, y algunos se unieron en una muralla protectora alrededor de su plataforma para dormir. Dispuestos a ocultar los secretos de esta familia. No tardo mucho en llegar la muchacha, morral al hombro. Algo saltarina y alegre, no se parecía en nada a los rumores que hablaban de ella. Algunos decían que era una bruja. Que había creado un dragón de la nada con hechicería. Que su rostro estaba desfigurado y que solo su magia (y su dragón) habían hecho que el Septón Supremo aceptara oficializar su enlace. A Vivían le pareció un rostro común, ni bello ni feo, siendo lo único destacable la cicatriz que le atravesaba el rostro de lado a lado y que cruzaba sobre su nariz. Bueno, ¿qué es ese aroma tan espectacular? - olfateó con fuerza y se dirigió a su cacerola - Esto es magnífico. ¿Podemos tomar un poco? La negativa se le detuvo en la punta de la lengua. ¡No podía! ¡Esa era su comida y la de su familia! Le había costado mucho conseguir el conejo por su cuenta, viuda como era. Planeaba después echarle más agua y hierbas y volverla a hervir para que rindiera más. Los condimentos salvajes destinados a ocultar la falta de carne posterior. Oh, no se preocupe. - respondió la princesa con una sonrisa conocedora y sincera, y Vivían se dio cuenta que no le había respondido con suficiente velocidad. No le dio tiempo de hablar de nuevo. Puede tomar todo lo que quiera princesa. Mi casa es suya. Suya. - sus hijos permanecían a su alrededor, en silencio temeroso. Ya, está bien. Está bien. - tomó su mano y la palmeó. Vivían tragó duro antes de respirar, buscando calmarse - Solo quería decir que venimos de pescar, y como ninguno sabe cocinar, estamos contando con su habilidad para ello. El corazón le latió una, dos veces. Entonces, si nos hace el favor de cocinar para nosotros y brindarnos un poco de lo que tiene para comer, podríamos también compartir lo que pescamos para todos. - terminó sacudiendo la melena sucia de su hijo más pequeño, que ya babeaba con la idea de comer pescado y no sólo caldo. No era lo mismo, y cada niño hambriento en esa habitación lo sabía. - Oh, no me atrevería a exigirle eso princesa. Yo sí. - dijo su pequeña y desgreñada Loise encima de la cama. La plataforma de madera separada del suelo para evitar el frío nocturno. Bueno, - la moza morena asintió con la cabeza - si cada uno de ustedes nos ayuda a preparar el pescado para que no se eche a perder, deberían tener derecho a comer. No es un regalo, sino el pago por sus servicios. Un intercambio justo, ¿no? Como si lo hubieran planeado, todos sus hijos, ya fuera con mayor o menor seguridad, asistieron con la cabeza. Cuando el esposo de la muchacha llegó con el niño a su lado, cada uno con las manos cargadas de haces de peces, la manada entera que eran sus crías se abalanzaron sobre ellos con las manos extendidas. Maegor, dales los pescados. - le dijo la esposa al verlo paralizado y parpadeando, como si no supiera que hacer con tantos niños rodeándolo - Ellos se encargarán de limpiar y destriparlo todo. ¿Quién se iba a imaginar que ella, una viuda que apenas tenía para alimentar a su propia familia, estaría dándole de comer a dos príncipes dragón dentro de su propia casa? Pero esa era la imagen a la que se enfrentaba Vivían. La chica morena, la extranjera, se zampaba el caldo en una de sus escudillas de madera maltrechas. El príncipe Maegor (y sí, era él porque lo habían llamado así), estaba sentado y asediado a preguntas por los niños que eran demasiado pequeños para ayudar con el pescado. Sus palabras eran enredos incluso para ella, y más si hablaban varios a la vez. El príncipe tenía un aspecto concentrado en la charla infantil, y saltaba de un niño a otro que conversaba con un pánico creciente mientras trataba de seguirles el ritmo. Además de responder con frases y palabras cortas, cada vez que hacían una pregunta que no podía, o no quería responder, se metía una cucharada de su estofado en la boca y esperaba a que cambiaran de tema. Su rostro era la imagen de un hombre superado por fuerzas superiores. Desde afuera, los gritos de - ¡Qué asco! - se escuchaban fuertes y claros, con ese tono infantil que sonaba más emocionado que otra cosa. El otro niño noble que venía con los príncipes, se encontraba afuera viendo como sus mayores desescamaban y sacaban vísceras con deleite morboso. Este caldo es excelente. - su atención fue atraída desde los filetes en pinchos que se asaban en la chimenea hacia la conversación con la princesa - Mejor que el de algunos castillos. No sea exagerada, princesa. - pronunció con la mayor humildad que podía. - Oh, pero es verdad. ¿No es cierto, Maegor? ¡Maegor! ¿Qué? - parecía que el hijo menor de Aegon el Conquistador era realmente cautivo de la palabrería sin fin de sus hijos. Digo que este caldo - alzó ligeramente el tazón de madera - es mejor que el de algunos castillos. El príncipe bufó y se tragó otra cucharada - He probado mejores. Vio a la princesa apretar los labios y lanzarle una patada a su espinilla. ¿Qué? ¿Qué dije? Explique que he probado mejores, pero también he probado peores en algunas fortalezas. - admitió mientras se encogía de hombros. Su Loise, desde el jergón elevado, se acicaló como si la cocinera fuera ella. Apenas terminó de hablar, la puerta se abrió de golpe y otro de sus hijos entró gritando - ¡Más pescado fresco para asar! Ella se retorció por dentro al ver al príncipe Maegor encogerse. ¡Le había dicho a sus retoños que se mantuvieran en silencio! ¡Sin molestar! Pero la princesa solo soltó una carcajada y le dijo que gritara más alto, así espantaba a los muertos. Su hijo obedeció con ganas. El príncipe se estremeció aún más, pero ella no se atrevió a hacer más nada que no fuera aplicar mostaza salvaje y otras hierbas sobre la carne. Si el marido no le decía nada a su esposa, menos ella se atrevería a corregir a una princesa. Esta absurda velada continuó por bastante rato. Lo suficiente para saciar a sus nobles invitados y a su banda de descendientes. Los más pequeños habían sido víctimas de su estómago lleno y se habían desplomado allí donde estuvieran más cómodos. Uno de ellos tratando de luchar contra el sueño, había perdido la batalla sentado cerca del príncipe y cabeceaba peligrosamente hacia él. Habría esperado que fuera echado de su lado, o quien sabe, que de alguna forma Su Señoría lo acomodara (no sería lo más raro que le había pasado hoy). Pero una vez más, fue testigo de un comportamiento excéntrico en el mejor de los casos. El príncipe Maegor había extendido un dedo, uno solo, y mantenía a su hijo sin tambalearse apretando ese único dedo contra su sien. Ignoraba a todos mientras mantenía erguido a su polluelo de esa extraña manera, como si fuera una labor que requiriera demasiada concentración. Se hubiera pellizcado los costados para asegurarse de que no lo estaba imaginando, pero estos ya le dolían tras múltiples intentos a lo largo de toda esta visita. Mientras tanto, echó una mirada a las brazas. Todavía quedaban un par de filetes cociéndose. Había cocinado más de los que realmente consumirían y ella misma no había probado bocado, con la esperanza de guardar unos pocos para la próxima comida. Ojalá y los príncipes no se dieran cuenta, ya que casi se sentía como robo. Después de todo, habían ofrecido solo el pescado que pudieran comer a cambio de un tazón de estofado para cada uno. La mayoría lo consideraría un buen trato. Desventajoso para ellos incluso, ya que el caldo no valía lo mismo que la carne. Pero es que ellos tenían tantos. Quizás no se dieran cuenta de un par de piezas faltantes. Respiró hondo, sintiéndose como una vulgar ladrona después de tantos regalos, pero ver a sus hijos saciados por primera vez en saben los Siete cuanto tiempo había despertado algo oscuro y desesperado en ella. Necesitaba más comida, y si solo pudiera conservar un poquito. Escudriñó a los tres inesperados benefactores, para ver si habían descubierto su truco. El príncipe Maegor no le importaba otra cosa que no fuera su inusual tarea. A pesar de la extrañeza, su desmadejado hijo parecía muy cómodo. El niño noble, que había descubierto era un Tyrell (ahora también podía presumir de haber recibido a uno de sus señores feudales en su hogar), se encontraba fanfarroneando ante sus mayores sobre como era volar en un dragón. Aunque por otro lado, ¿podía decirse que eran fanfarronerías? Porque al final, él había llegado cruzando el cielo como solo deberían hacer los pájaros. Solo quedaba la princesa, y esta la miró con demasiado conocimiento en esos ojos oscuros. Ella sabía lo que estaba haciendo. ¡Lo sabía! Lo vio cuando volvió a mirar los pinchos aún repletos de carne en la chimenea y volteó hacia ella. Se estremeció de la vergüenza, y quiso encogerse en una bola y ponerse a llorar como cuando era niña. Le estaba robando a quien le había dado tanto, y en vez de enojo, solo recibía compasión en su mirada. Cuán bajo estaba cayendo y sin embargo, en todo lo que podía pensar es que mañana sus hijos volverían a pasar hambre. Maegor, Fannar, ¿pueden venir conmigo? - la princesa indicó hacia afuera del hogar y Vivían se apresuró a tomar la cabeza de su hijo del dedo de Su Señor, y esperar temerosa el desenlace. Apenas salieron por la puerta, recostó a su pequeño en el lugar y se pegó a la misma tratando de escuchar que decían. Mamá, chismosear está mal. - la regañó su hija mayor - Siempre lo dices. ¡Calla! - replicó ella - Esto es muy importante. Las tablas de madera eran tan delgadas que no impedían el paso de las voces si pegaba el oído a la superficie. Lo que sea para enterarse de todo. Es injusto. - ese tono quejumbroso lo distinguió enseguida - Si les damos todos nuestros trofeos, ¿cómo demostraremos todo lo que hemos pescado? ¿La princesa quería dejarle todos sus pescados? Pensó en lo que significaría. Cuatros ristras casi cargadas por completo. Podría salarlos, ahumarlos o cocerlos. Tendría comida asegurada para unas cuantas lunas. Quizás podría incluso comerciar. Se puso una mano en el pecho y rezó como hacía rato que no hacía. Siete, por favor, permitan que esto pase. - apretó su puño contra su corazón que latía desbocado - Se que ya me han dado mucho, pero por favor... Por favor, por favor... - ya no sabía ni lo que suplicaba. Esta gente cocinó para ti que saliste de la nada. - escuchó hablar una voz de mujer - Puedes decir que fuiste magnánimo y les ofreciste lo pescado. ¡Fannar Tyrell! - sus palabras se transformaron en casi un regaño - No me hagas ponerme dura. ¿Sabes que voy a hacer? La respuesta del niño fue pronunciada demasiado bajo para alcanzar a oírla. Si haces eso yo voy a conservar una de las mías y llevarla a Alto Jardín. - ¿cómo era eso una amenaza para él - ¿En serio quieres que lo haga, para que luego la comparen con la tuya? Si solo les das el pescado puedes decir que fuiste generoso con tu triunfo y ya. Como Maegor, que no se queja. Tras de la puerta, solo se escuchó el murmulló lloriqueante, de esa manera que tienen los niños cuando saben que terminarán cediendo pero no quieren. Hagamos una cosa. - dijo la princesa - En compensación, puedes tomar el pescado más grande de mi ristra y decir que lo pescastes tú. ¿Te conviene? El grito de alegría del niño Tyrell atravesó la cabaña, casi acallando los pasos que se dirigían de regreso. Ella se apartó de la entrada, fingiendo que no había escuchado nada y apretando sus manos contra su falda para que nadie viera sus temblores. Suplicó por dentro una vez más - Por favor, Siete todopoderosos, por favor. Bueno, familia, tenemos que irnos. - trinó la princesa con exagerada alegría mientras azotaba la puerta - Pero antes queremos entregarles un obsequio por tan grato recibimiento. Vio a ambos varones dirigirse a las ristras de peces ya destripados y agarrar uno cada uno de diferentes mazos. ¿El príncipe también se llevaría un pescado de trofeo? Apretó los dientes y se regañó a si misma. No seas codiciosa, Vivían. Ya estas recibiendo más de lo que soñaste. Agradece. Pueden quedarse con todo lo que dejamos. - Oh, gracias a la Madre. Por poco se desvanecía ahí mismo de la emoción - Toma esto también. - y le empujó el morral que había traído a su hijo mayor, que lo apretó contra su cuerpecito delgado. - Muchas gracias, princesa. Sus Señorías. Por tal generosidad. Ya dije que el título para príncipes no es Su Señoría. Es Su Alteza. - corrigió sin mucha emoción el hijo más pequeño de Aegon el Dragón. Ella parpadeó dudosa antes de afirmar - Por supuesto, Sus Altezas. - cosa que pareció complacer al príncipe que asintió. Bueno. Si eso era lo peor que se obtenía de él y con su reputación. Rumores exagerados todos, llegó a pensar. Los vió salir por la entrada, ella y todos sus hijos despidiéndolos y agitando sus manos como si fueran héroes que se marchaban. Escuchó al marido discutiendo finalmente con la mujer - No es correcto que Fannar muestre un pescado que no es suyo como su captura, mujer. - ¿Crees que no está bien? ¿Por eso conservaste el más grande de los tuyos en lugar de uno mío? Podrías haberlo hecho, ya que al final, perdiste la mayoría por mi culpa. Apenas le escuchó respoder - No. Es incorrecto y sería mentira. No puedo decir que pesqué algo que no hice. Estaría mal, Ortiga. - lo último se escuchó con una voz más aguda, evidenciando que pese a su tamaño, el príncipe aún estaba en la edad de crecer. Eso fue lo último que pudo oír de ellos mientras se alejaban por el camino. Debería haberlos acompañado hasta su montura, pero no se atrevía. De alguna manera y con la distancia, la bestia se veía aún más grande y aterradora. Ella no tenía tanto valor y no permitiría que sus hijos se arriesgaran. El grupo no tardó en trepar al muy paciente depredador, y desaparecieron en la distancia con igual velocidad. Segura ya de que se habían perdido en el horizonte, regresó al hogar. Sus hijos, al menos los que estaban despiertos, ya rodeaban la plataforma de madera elevada en la que solían dormir. Ella se arrodilló y miró bajo de ella. Ya puedes salir papá. Es seguro. - nada - La bestia ya se fue. Te lo juro. ¿No es así, niños? Sí, abuelo, sal de ahí. - llamó uno - Ya se perdieron en la distancia. Ya se fue el dragón y los príncipes dragón con él. - dijo otro. Ven, papá. Hay cena todavía para ti y para mí. - pensó en como seducirlo para abandonaron su refugio - Te prometo que el monstruo ya se fue y cuando salgas y me ayudes a controlar a los niños, te haré pastel de anguila. ¿No e s tu favorito? Así, arrastrándose poco a poco, salió un hombre bastante grande y arrugado - Lo siento mucho, hijita. - dijo temblando - Yo solo lo escuché y nome pude detener. Sus nietos observaban todo en silencio. Su abuelo, inmenso y valiente, que los cargaba a todos cuando podía, no podía detener sus ligeros temblores. Ante su vista, su padre hizo por secarse las lágrimas que le habían corrido por la cara, avergonzado. - Lo sé, papá. Ya lo había visto suceder. Hacia más o menos medio año, cuando la familia real acudió para la boda del príncipe, su padre se encontraba reparando su techo. Un rumor desconocido para ella salió de la nada, y había visto a su padre lanzarse despavorido desde lo alto y romperse una pierna, para luego arrastrarse desesperado hacia este mismo lugar. Solo entonces, y demasiado lejos para distinguir algo más que su color y su forma, había visto pasar al que todos conocían como el Terror Negro. Lo siento. Lo siento. - dijo mientras se erguía aún renqueante, ya que su pierna no había sanado del todo, la última en una serie de desgracias. Su feroz y protector padre se había convertido en un niño asustado, incapaz de pensar o reaccionar más allá del miedo puro. Ella nunca podría creer que su protector padre, su siempre fiel guardián, era un cobarde - Lo entiendo papá. No es tu culpa. - dijo acariciando el rostro tan conocido. La mitad era aún bastante guapa a pesar de sus años, la otra mitad era la que hacía que los aldeanos desviaran la mirada. La carne derretida y sin forma, la prueba escrita en su piel de que había sobrevivido a los Campos de Fuego. Desde ese entonces no reaccionaba bien a los dragones, y al parecer, tampoco a los Targaryen. Mira, papá. - atrapó su mano buscando distraerlo - Mira todo lo que tenemos. Lo guió hacia los pinchos que aún se asaban. Con tal abundancia, ambos podrían darse un festín al menos este día. Ya mañana guardarían para después. Esta noche dormirían saciados. Vio sentarse a su padre sobre el jergón levantado, y dedicarle una sonrisa torcida y temblorosa. Con tantas bocas que alimentar, y en el estado de su padre, cada bocado contaba. Esto no era solo un alivio, era una fortuna más allá de sus esperanzas más locas. Cuando su padre ya se disponía a comerse su asado, su estofado de conejo ignorado en favor de la carne, los grillos afuera de su puerta se silenciaron. En ese momento e interrumpiendo, sonó un golpe en la puerta y hubo un llamado: - ¡Vivían! ¡Vivían! ¿Estas bien? Al abrirla, notó a su vecino más cercano bastante preocupado. Y tratando todavía de vigilar el entorno estaba otro, temeroso de acercarse más. Quizás temiendo que el dragón y sus jinetes regresaran. Nadie quería estar presente para eso. Suponía que todos en la aldea habían visto el dragón y estos eran los más valientes, siendo los primeros en acercarse tras su partida. ¿Qué pasó? - preguntó uno de ellos, observando preocupado el interior de su casa y a su dispersa prole. Dos príncipes dragón vinieron a mi casa para que les cocinara. Y a cambio me pagaron con pescado. - sí, decirlo en voz alta sonó tan difícil de creer como pensaba. Pero nadie en todo el pueblo debió perderse a la bestia marrón que bajaba a su granja, y no dejaría que nadie la acusara de pesca indebida. No cuando las ristras tenían algunas piezas prohibidas para ellos. - ¿Qué tonterías dices, Vivían? El otro la miró con la nariz arrugada, como pensando que el susto la había vuelto loca y ahora decía boberías. Créanme o no, es la verdad. - dijo encogiéndose de hombros y ya planeando hacerle a su padre un pastel de anguila, ya que veía al menos dos de ellas de buen tamaño entre sus nuevos tesoros. Su Loise entretanto decidió saltar en su defensa - Vinieron porque mamá cocina mejor que en muchos castillos. - aseguró con firmeza - El príncipe grandote lo dijo. Ambos vecinos la miraron con duda luego de mirarse entre ellos. Su Alteza el príncipe Maegor - pronunció lo recién aprendido como si ella supiera modales finos, imitando ese mentón elevado que había visto en varón menor del rey - admitió que mi estofado sabe mejor que el de algunos castillos. - pronunció con altivez - Pero no todos. - reprendió a su hija que aún así permaneció terca. Pero de repente, sus vecinos olfatearon y miraron al interior de su cabaña con codicia. Vaya, las palabras de la realeza tenían poder. Y hasta el más humilde de los hombres le gusta la idea de compartir un lujo. Vivían, querida, - el hombre se relamió la boca - ¿podrías invitarnos a comer? Su compañero asintió con alegría. ¿Pero quiénes se creían que... El pescado regalado era solo suyo, pero eso no significaba que podía regalar su otra comida. ¡Estos malditos aprovechados! Espera. Se detuvo antes de regañarlos, dándose cuenta que ahora tenía algo que podía explotar. Extendió su mano - Dos estrellas de cobre o cinco monedas de cobre por un plato que aprobaron los hijos del rey. Bueno, la chica no era hija de Aegon. Aunque sí podía considerarse su hija política, ¿no? El más próximo dudó antes de asintir. Pagar unos cobres por un plato decente de estofado era un precio justo, aunque no uno que podían permitirse todos y a diario. Por una cena que era elogiada por la realeza... Buenos, la sangre real no tenía que elogiar a una campesina, sus palabras eran un sello de aprobación confirmadas por una parlanchina niña que no sabía cuando callarse. Así que su vecino sacó pronto las monedas, antes de entrar y servirse en una escudilla que recogió de ahí dentro. El peso del cobre atrapado en su palma le brindó una calma que no sentía desde hacía mucho. ¡Eso es injusto, Vivían! - se quejó el otro, resoplando - No tengo monedas con las que pagar antes de vender mi cosecha. Tú lo sabes. Era cierto. Inclinó su cabeza y lo pensó - Bien. Puedes comer si me ayudas a reparar mi techo. - si, eso era buena idea. Su padre no había terminado de hacerlo, y ahora no podía con su pierna rota - Te haré la cena por tres días si lo haces cada vez que regreses de trabajar el campo. Puedes traer a tu hijo mayor. Es un mozo fuerte y también lo alimentaré si ayuda. Pues tenemos un trato. - dijo su vecino con una sonrisa y un apretón de manos, antes de pasar a la cabaña como si fuera suya y buscar una escudilla propia. Bufó ella misma, pero que importaba. Había conseguido muchas cosas hoy. La vida empezaba a mejorar. ¡Mamá! ¡Mamá! Esto se mueve. - llamó su primogénito con el saco de cuero con hebillas de metal todavía cargado. Cuando se acercó a él, ya estaba abriendo el morral. Lo había depositado en el suelo y se apresuraba a destaparlo. ¡Mira, mamá! Más comida. - entonó ante sus vecinos, que se acercaron a ver con el caldo entre sus manos. Todos se fijaron en el interior de la bolsa, incluso su padre y sus otros hijos. Dentro, cangrejos y camarones de río se retorcían todavía con vida. Más comida, le dijo su lado práctico. Algo aún más extraño, le dijo su curiosidad. Después de todo, no sabía que los nobles pescaran estas cosas. Eran algo que solo le interesaban a los más hambrientos, como lo eran los huérfanos desesperados y las madres viudas. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ ¡Maegor, por todos los dioses! - exclamó Ortiga mientras se apretaba la nariz - ¡El pañuelo me lo puse solo por si acaso! A su esposo no le importó, permanecía doblado sobre la corriente con el agua por encima de las rodillas y la cabeza semi-sumergida mientras se la frotaba. ¡Maegor, escúchame! - gritó con la suficiente fuerza para que aflojara su labor, pero no se detuvo por completo - En primer lugar con tu pelo corto, de tener piojos no se te pegarían. No tendrían de dónde agarrarse. Sus manos comenzaron a pasar más despacio por su coronilla. Yo sí tenía que hacerlo porque ¿te imaginas sacar una de esas plagas de este pelo? - alzó su trenza libre del pañuelo en la que la había envuelto. Se arrepentía profundamente de haberle explicado con señas porque lo hizo. Maegor, siendo Maegor, la había presionado para aterrizar el dragón y ahora estaban acá - Además, te juro que ninguno de los niños parecía tener piojos. Estaban algo sucios, pero no descuidados. ¿Segura? - preguntó con sus ojos violetas muy abiertos. Segura. - ella afirmó, solo para que Fannar le sonriera como si estuviera a punto de hacer una maldad. No sé, princesa. A mí me pica la cabeza. - y para dejarlo claro, se rascó. Maegor solo parpadeó una vez antes de regresar a restregarse casi con desesperación, para diversión de Fannar que se reía mientras se tapaba la boca. Ella lo miró enojada y le soltó un pescozón que le quitó toda risa. - ¡Ay! Te lo mereces. Por buscapleitos. - le dijo mientras resoplaba. El niño se olvidó pronto del golpe, porque se agarró del jubón y lo jaló dos veces - Princesa, princesa. ¿Puede usted enseñarme un hechizo para domar un dragón? ¿Y para qué quieres tú un dragón, Fan? - preguntó divertida, para no pensar en su pobre, y asediado por la idea equivocada de piojos, Maegor - ¿Qué harías con él? - Pues me la pasaría volando por ahí princesa. Que pregunta más tonta. Mocoso insolente, pensó ella. Además, - concluyó con mucha seriedad - quemaría a todos los que me caen mal. ¡¡¡Dracarys!!! - gritó tan alto que debió espantar a todas las aves en una milla. Su dragón le prestó atención desde donde estaba posado, antes de decidir ignorarlo y reposar su cabeza en el piso. Pues no hay ningún hechizo para enseñarte a domar dragones. - y de haberlo no lo conocía - ¡Y de existir no te lo enseñaría! - le escupió al ver como Maegor se negaba a salir del riachuelo todavía. ¡Ay, princesa! - se quejó Fannar - Tampoco tiene que ser tan mala. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Un humor oscuro había atrapado al rey, que llevaba en brazos la más preciosa carga de su Casa. Su dulce Rhaena, su belleza tímida de vividos ojos violetas y una pelusilla rubia casi blanca, se aferraba a él. Aegon Targaryen se había enterado que su pequeña nietecita estaba enferma y no había habido ninguna responsabilidad o deber en el mundo que lo apartara de ella. Tenía todo un Consejo, dividido en estos momentos entre Rocadragón y Desembarco del Rey, para encargarse de cualquier problema menor que surgiera. La salud de su descendencia era más importante que cualquier otra cosa en estos momentos, quizás por el terror reminiscente que vivió con la infancia de Aenys. Grande fue su sorpresa al encontrar en las habitaciones de la niña solo a sus sirvientes y no a sus progenitores. Pudiera ser que se ausentaran un momento, pero una breve interrogación al personal de su nieta demostró que era un pensamiento equivocado. El príncipe era una padre amoroso, afirmaban las sirvientas, ya que visitaba a su hija todos los días a pesar de tener solo tres años e incluso jugaba con ella. Ahora que estaba enferma estaba muy preocupado, confirmaron todas las cuidadoras. El príncipe había ordenado ser informado de cualquier avance sobre la salud de su hija e incluso había duplicado las visitas. Cuando preguntó si no se había quedado a su lado, las siervas ponientis, porque se fijó que lo eran, habían dicho que el príncipe era un hombre demasiado educado y respetuoso para hacerlo. No era el lugar correcto de un hombre: esto vino directo de la dama más noble encargada del cuidado de la niña. ¡Maldita gente de Poniente, con sus malditas estúpidas costumbres! Realmente ¿qué más tenía que hacer su hijo en esta vida, aparte de preocuparse por Rhaena? No tenía ningún puesto o responsabilidad, más allá de presentarse en toda fiesta y ocasión formal siendo educado, para ser visto y alabado por cada noble que lo conociera. Para que toda la Corte lo viera como una figura carismática. Una cosa era eso y otra era dejar en manos de otros el estado de su pequeña Rhae. ¿Por qué era así? Una vez más maldijo haber criado a su hijo bajo la tutela de septones y maestres de este continente, pero también había crecido a su lado. ¿No había visto su ejemplo? Y la madre de la niña... Aegon apretó los puños mientras avanzaba guiado por un sirviente por los pasillos que conocía, dos miembros de la Guardia Real tras él, todo el rato tratando de no apretar el cuerpecito de Rhaena. La nena se sentía mal y él se negó a que cualquier servidor cargara a su algo irritado tesoro. No le preocupaba el contagio de un pequeño malestar estomacal, para eso tenía su vínculo con Balerion, y nadie le quitaría unos instantes preciosos con su amada niña, una copia aún más hermosa de su adorada Rhaenys. Que Aenys no cuidara de cerca a su nuevo y más grande amor ya era malo a sus ojos, pero la actuación de Alyssa era peor. ¡Era la madre, por las malditas Catorce Llamas! ¡¿Cómo podía saber que su hija estaba enferma y mantenerse alejada?! Ya era bastante malo que solo supervisara al personal encargado de su cuidado, y tuvo que contenerse para no estallar de furia cuando le dijeron que también era una madre ejemplar, ya que venía al menos tres veces al día a vigilar los cuidados de su prole. ¡¿Cómo demonios era eso ejemplar?! Rhaenys había mantenido a Aenys a su lado en todo momento. Las separaciones eran más escasas que el tiempo que permanecía a su lado. Ella lo amamantó, lo meció, y lo apretó contra su seno cuando pensaba que la debilidad se lo llevaría. Si recordaba bien los informes, Visenya había sido igual con Maegor. Y ahora su nieta estaba adolorida y enferma y su madre mantenía la distancia, ¡ya que tenía que proteger al heredero en su vientre! Puso los ojos en blanco y besó la blanca coronilla. No te preocupes Rhaena, abuelo se va a encargar de todo. - susurró para su irritada nietecita. Si los remedios de los maestres no actuaban lo suficientemente bien, e incluso si lo hacían, Aegon prefería dejar estos temas a la persona más confiable para ello. Él y su segunda esposa podían tener todos los problemas del mundo, pero de algo podía estar seguro, Visenya se volvería una fiera para proteger de cualquier mal a un miembro de su familia. Cuando informó que llevaría a su infante heredera directa con la reina, nadie lo contradijo. ¿Quién lo haría? Él era el rey y con el rey no se discute en estas cosas. Algo que al parecer Alyssa Velaryon no conocía del todo. Al punto de que incluso apareció en su camino en dirección a los nuevos aposentos de su esposa. Había bufado internamente. No podía encargarse de su propia hija por su embarazo, cuando tras casi una luna de su anuncio aún no daba señales de hincharse su vientre, pero si podía correr a impedir a que alguien más se encargara de ella. Alguien debió informarle de su decisión, y la muy recién embarazada Alyssa se apresuró a impedir que su hija fuera expuesta a lo que consideraba un mal ejemplo. Al parecer, el peligro que era Visenya para su nieta justificaba arriesgarse, puso los ojos en blanco, no así para el dolor y la incomodidad de su niña. La muy tonta había intentado sugerir que lo de Rhaena era algo menor, ¿y qué si lo era?, y que se le pasaría bajo la atenta mirada del maestre encargado de tratarla. Qué no era necesario la intervención de Visenya. Que en todo caso y si era tan buena, solo podria aliviar un poco antes a la niña. Todo dentro de él había ardido. ¿Dejar que una sombra de dolor rozara a su nieta, cuando podía ser apartada de su camino? ¿Y esta mujer se atrevía a sugerirlo? La había mirado de arriba a abajo y le había dicho que si quería criar a sus hijos así como una correcta dama noble, pensó con burla, estaba bien. Pero cuando el rey tomaba una decisión sobre sus herederos, ella como la dama refinada que precisaba ser, debía mantener la boca cerrada y agachar la cabeza. Por ello estaba aquí, visitando un rincón conocido de su propio hogar, aunque nunca antes había pensado que se convertiría en los aposentos personales de Visenya. Que esta hubiera abandonado el cuarto de su infancia al que se aferró tanto durante toda su vida, todavía lo tenía algo desbalanceado. Otro de sus nuevos cambios, del que había escuchado pero no había prestado atención en el momento por su enfado. ¿Qué significaba esto? No le gustaba. Uno sabía que esperar del orden, no pudiendo prepararse sobre lo inesperado. Y Visenya siempre había sido una roca. Hasta ahora. Al final de un pasillo adornado con un tapiz que le parecía familiar y contaba sobre las glorias de Visenya en la Conquista, se detuvo su guía - Ya hemos llegado, Su Majestad. Distraído por la trampa de polvo que era el tapiz (aunque Visenya no permitiría una sola mota de suciedad), no había prestado atención a la puerta y al guardia frente a ella. Incluso en su propia fortaleza, Visenya no confiaría su seguridad con una Corte llena de desconocidos. Era bueno ver que su hermana al menos seguía siendo la misma paranoica de siempre. Dicha idea no había terminado de cruzar por su cabeza, cuando unas risas muy apagadas atravesaron la puerta. Su corazón se saltó un latido. Por un instante, un desesperado y devastador instante, había creído que había ocurrido lo imposible. Que su amada, pérdida para él durante tantos años, había encontrado una forma de volver. Pero no, el tono ronco al final de la risa mató la esperanza. Aunque parecida, esa no era la risa de su amor. Su Rhaenys. No le dio tiempo a recuperarse cuando el guardián de Visenya lo anunció. Pese a ser el rey, dudaba que algunos de sus hombres de la reina aflojara su labor y le permitiera el paso en silencio que hubiera preferido, para averiguar mejor lo que sucedía. Así, todavía perdido, la puerta fue abierta y él entró en un mundo que parecía incompatible con su hermana-esposa. Lo primero que lo sorprendió fue la iluminación. Al abrir una doncella la entrada, se enfrentó a un inmenso ventanal que daba de cara al mar y dejaba entrar la luz del sol y la fresca brisa marina. Un contraste devastador con su anterior habitación, cuya ventana minúscula y enfrentada al campo de entrenamiento le daba un aire enclaustrado al ya estrecho cuarto. La otra sorpresa fueron las paredes. Estantes llenos de libros las cubrían, eso no le sorprendió, así como sus botellas. Visenya siempre se había inclinado hacia las pociones y mejunjes, y después de todo, aquella era la razón por la que había acudido aquí. No. Eran los colores los que lo cambiaron todo. Botellas y frascos de vidrios y formas coloridas esparcidos entre las diferentes repisas. Almohadones de telas brillantes en un diván e incluso su cama tenía un dosel de gasa de seda rosada. ¿A qué estaba jugando su hermana? ¿Cuál era su plan amueblando así su nueva habitación? ¿Y esa risa? ¿Era suya? ¿Acaso trataba de imitar a Rhaenys? Y casi en el centro de la misma habitación estaba la susodicha. Sin calzas ni vestidos fuertes. Usaba una suelta ropa de interior de tonalidad clara, evitando por primera vez los colores con los que se vestían los Targaryen. Su acompañante no era otro más que su Maestro de Naves, el Almirante de su flota y padre de la demasiado engreída madre de su nieta: Lord Aethan Velaryon. Con un juego de mesa entre ellos a medio jugar, y sus copas de vino siendo rellenadas por un copero, solo podía suponer que llevaban en esta diversión algún rato. Majestad. - Aethan no tardó en incorporarse y saludar, para curiosidad de su nieta en su pecho. Visenya lo escrutó desde su posición y su saludo fue apenas una inclinación de cabeza, aunque sus ojos no tardaron en posarse en Rhaena con duda. La pequeña Rhae se siente mal. - enunció con simpleza - Vine a ver si podías encargarte. Fue como sonar los cuernos de batalla en un combate frontal. El sofisticado aspecto poco interesado de su hermana desapareció bajo una ola de preocupación, y firme decisión de corregir lo que estaba mal. ¿Qué sucede? ¿Cuáles son los síntomas? ¿Desde cuándo? - las preguntas fueron lanzadas en ráfagas, y Aegon estaba seguro que de negarle las respuestas, Visenya no dudaría en recurrir a la tortura contra él con tal de averiguarlas. Nada se imponía entre ella y la salud de un niño Targaryen, y pobre del tonto que lo intentara. Mientras Visenya se inclinaba contra él para revisar a una renuente Rhaena, Aegon dedicó una mirada cerrada al almirante de su flota. Aethan Velaryon captó lo que quería decir en el instante, y a pesar de su preocupación por la situación, decidió retirarse. Visenya apenas y se despidió, todo de ella concentrada en la nena que se apretaba contra sus brazos. A su nieta tampoco le gustaba mucho ser el centro de atención de desconocidos, tal y como era la reina, y buscaba seguridad apretándose contra su cuello. Palmeó su pequeña espalda en lo que Visenya trataba de palpar con suavidad su vientre. Cuando la puerta sonó tras él, le lanzó una mirada cáustica a los sirvientes de su esposa, buscando que abandonaran el lugar. Justo como predijo, se mantuvieron firmes. La gente de Visenya se adhería a sus comandos directos y era algo que ni siquiera podía criticar. Una aclaración de su garganta y Visenya se fijó en él. Señaló a los siervos y ella suspiró. - Déjennos a solas. Su orden fue obedecida con prontitud. De esa forma, se quedaron acompañados solo por el silencio y el ruido del viento contra las paredes. ¿Te parece correcto estar divirtiéndote con un hombre en tus habitaciones? - las palabras no habían salido de su boca y ya se había arrepentido de lanzarlas, pero no las devolvería. Su hermana solo elevó una ceja y devolvió su interés a su nieta - Tengo más de cincuenta años, Aegon, y tenía más compañía. No hay nada que criticar. - Es solo que me parece... inapropiado. Eso detuvo a la mujer, que se irguió frente a él antes de decir con firmeza - Rhaenys era entretenida con bardos y mimos las noches que me visitabas y nunca te pareció inapropiado, pero ¿me echas en cara que nuestro propio primo y compañero de infancia me entretenga a plena luz del día? La punzada fue grande, más cuando el recuerdo de Rhaenys estaba rondando con fuerza hoy - ¡No te atrevas a meter a nuestra hermana en esto! Lo hago porque es el estándar por el que siempre me mides. - escupió de regreso - ¿No te gusta que se use contra tí? Sintiendo la tensión en el ambiente, Rhaena empezó a lloriquear y a apretarse contra él, deteniendo en el acto cualquier enfrentamiento. Aegon la hizo rebotar en su agarre mientras Visenya la engatusaba, contando que solo eran dos viejos bobos discutiendo boberías. Verla hacer gestos tontos lo dejó aún más confundido y descolocado que cuando había llegado. Déjala en el suelo, Aegon. - le explicó con una sonrisa que no le llegaba a sus ojos amatistas - Para que tome confianza del ambiente. Le habría discutido, pero al parecer Rhaena se negaba a tomar la medicina y usaba a sus ayas y niñeras como escudos humanos contra esta. No dudó que él mismo cayera en la trampa de sus lagrimosos ojos de niña dolida. Ya en el suelo, la nena se aferró a su pierna, pero no dejaba de espiar la peculiar decoración a través de la misma. Entonces, princesa, ¿por qué no quieres tomar la medicina para curarte la barriguita? - la seriedad de la pregunta, demasiado adulta para una niña según él, fue camuflada por el tono arrullante en el que se pronunció. Rhaena lo sorprendió respondiendo con claridad - Amarga. - dijo antes de enseñar la lengua. Visenya se rió de nuevo, con esa risa músical y abierta que había confundido con la de su hermana perdida. Esta terminaba diferente pero el parecido estaba ahí para cualquiera que hubiera conocido a la otra mujer. Por un instante, se sintió como si el mundo estuviera bajo el agua y él escuchara todo a través de una barrera líquida. Entonces, supongo que no te gustaría una bebida de adultos. - terminó Visenya con formalidad, mientras comenzaba a mezclar polvos con agua sobre la mesa, para luego verterle una melaza. No. - contrario a su carácter, Rhaena permaneció terca en no beber. Arrugaba su naricita mientras se encontraba sujetando todavía sus calzas. Bueno, - Visenya se encogió de hombros - supongo que entonces esto es solo para mí. Mmm... - una sonrisa complacida se posó en sus labios - Bebida para mayores con miel. Bajo él, los ojos de una inteligente niña de tres años se estrecharon con sospecha. ¿Quieres, Aegon? - la pregunta lo tomó por sorpresa, pero como Visenya no hacía nada al azar aceptó. Luego de volver a mezclar todo, la bebida le fue ofrecida - Demasiado dulce. - no dudó en pronunciar, y los grandes orbes lilas de Rhaena se abrieron grandemente. ¿Sabes qué? - Visenya preparó otra mezcla ante él, pudo ver una variación en los ingredientes - Ya se me está acabando, pero me voy a tomar todo lo que queda. Me encantan estas cosas dulces. La timidez de su nieta desapareció ante la codicia de un sabor agradable para ella. Corrió de entre sus piernas a las de su hermana, exigiendo contra esta - ¡No! ¡No! ¡Dame! ¡Mío! - abría y cerraba sus manos estiradas, esperando que todo fuera depositado con prontitud en ellas. ¿Así solo? ¿O con más miel? - preguntó su hermana a la bebé, viéndose muy dispuesta a seguir agregando más. ¿Estaría bien agregarle más de ese producto a la medicina? Aegon dudaba, pero como sus conocimientos al respecto eran limitados y nunca podrían competir contra los de Visenya. Rhaena por su lado no dudó - Sí. Más. Más miel. Dame. Una sonrisa genuina brotó de su esposa, que luego de mezclar todo con una cucharita de plata, se arrodilló para darle la ofrenda a su nieta. Esta bebió con fruición, no amilanándose ante la bebida como había ocurrido en ocasiones anteriores. Cuando terminó, Rhaena incluso metió el dedo en la taza, buscando las últimas gotas del dorado producto de las abejas. Sin más nada que extraer, señaló los frascos sobre la mesa. ¡Quiero ver! - demandó. Aegon estuvo a punto de recogerla, sin saber bien que eran esas cosas y que harían en un contacto directo con ella. Y considerando esta nueva faceta exigente, no querría que Rhaena hiciera un berrinche ante una negativa. Lamentablemente, Visenya se adelantó, llevando a su nieta a otro estante con un colección todavía más variada de botellas. - ¿No te gustan más estas, Rhaena? ¿No son más bonitas? ¡Sí son! ¡Sí son! - estiró los dedos hacia ellas - Las quiero. Espera. - dijo Visenya, que mientras sujetaba a una Rhaena removiéndose con la facilidad de alguien acostumbrado a luchar contra niños, destapaba una botella y se la llevaba a la nariz de la pequeña. Un grito, un destello de terror, un deseo abyecto de preguntar: ¡¿qué demonios estas haciendo?! lo invadió, pero pronto un olor de perfume se apropió de las cercanías de ambas. Rhaena dio un suspiro de satisfacción - Tan dulce. Tan rico. - y se retorció avergonzada contra la extraña a quien le había agarrado confianza. ¿Quieres oler más Rhaena? - preguntó mientras Aegon se separaba y se apretaba la nariz. Años antes, había sido la propia Visenya quien le recomendó alejarse de los perfumes fuertes. Había sido lógico, y él mismo no había querido enfrentarse a cualquier estímulo que le recordara la dificultad de llevar aire a sus pulmones. Desde entonces, había sido una de sus manías para toda la Corte que el rey no disfrutaba de la perfumería. Mientras tanto, aparte del desagradable olor a menta, el recordatorio constante del remedio que necesitaba en caso de emergencia y que ella siempre tenía a mano, Visenya no había portado otro olor fuerte. Ya fueran esencias finas, o aceites extranjeros, su hermana-esposa también los había evitado en favor a él. Ahora, Aegon olfateó rápidamente antes de separarse un poco más. El nauseabundo para él, olor a menta, no existía. Solo una explosión tras otra de nuevos olores. Que su hermana no tuviera a mano su remedio ya era bastante malo, pero esta nueva obsesión con acumular fragancias... ¿Por qué tienes tantos perfumes si no los vas a usar? - preguntó con ligereza, pero una mirada calculadora por encima de su hombro le dijo que su hermana mayor ya estaba en guardia. ¿Quién dice que no los usaré? - replicó ella. Sintió erizarse todo dentro de él. ¿Eso era una amenaza? - Sabes que me desagradan. - dejó caer para no explicar lo que ambos sabían. ¿Y qué? - ella movió sus hombros antes de dedicarle una caratoñas a la niña risueña que cargaba, que no tardó en patear el aire de la diversión que sentía. ¿Cómo que: y qué? - le dijo conmocionado - No los puedes usar a mi alrededor. ¿Quién dijo que lo haría hermano? - Visenya negó para dirigirse a Rhaena con ese tono embobado con el que hablaban algunos con los niños - Tu abuelo es un hombre tonto. No recuerda que pasamos mucho rato lejos él uno del otro. Tonto. Tonto. Rhaena estaba encantada con la palabra - ¡Abuelo tonto! ¿Quieres decir que lo usas cuando no estoy? - preguntó escandalizado. Por supuesto que lo hago. - le replicó ella sin dudar - Me gustan. He descubierto que no tengo que renunciar a ellos por nadie. En especial por ti, que siempre estas lejos. Tú y tu disgusto. - recalcó con sorna. Eso... No tenía sentido. Una vez más, el mundo era sacudido bajo sus pies. Visenya había vivido para su familia. ¿Qué era este desprecio de sus necesidades, cuando antes no había sido así? No le gustaba. No le gustaba para nada esta nueva Visenya. ¿Qué dices, mi tesoro? - la vió apretar a Rhaena en su abrazo - ¿Quieres tu propio perfume? El asentimiento que dio su nieta agitó sus rizos plateados de lo fuerte que fue. Pues mandaré a hacer uno especialmente para ti. - golpeó con su dedo su naricita - Creo que la esencia de violetas quedará bien en una nena tan preciosa como tú. ¿A que sí? - terminó frotando su nariz contra la suya, y todo dentro de él se revolvió. Este no era su lugar y esta no era Visenya. Ella estaba destinada a ser la fuerte, la dama de hierro. Era Rhaenys quien debió convertirse en la abuela que mimaba a su nieta y que la llenara de regalo. Sin embargo, Rhaenys se había perdido. Pero él no permitiría que nadie ocupara su lugar. Dame a la niña. - exigió con un comando más apropiado para un soldado. Vio a su hermana dudar, y el tomó a Rhaena de sus brazos con firmeza, pero asegurándose de no dañar a su preciosa nieta - Deberías tener más cuidado con tus acciones, Visenya. - le explicó mordaz - Cualquiera podría pasar y verte jugar con la niña, y terminaría haciéndose una idea equivocada de ti. Vio como el amatista de su iris desaparecía cuando sus pupilas se dilataron. Eso se sintió mejor. Alterarla a ella como ella lo había alterado a él. Cualquiera pensaría que te estas ablandando con los años, y bien sabes que a muchos les encantaría ver debilidad en ti. - la vio endurecerse, sus ceño apretarse y su boca fruncirse de forma muy parecida al gesto de Maegor. Así estaba mejor. No era su lugar en el mundo verse suave - Se cuanto te ha costado construir tu reputación. No quieres que un pequeño momento te cueste lo que tanto esfuerzo te ha tomado construir, ¿verdad? La amenaza de violencia contenida que siempre estaba presente en ella volvió, y Aegon se alegró de verla. Esta era su verdadera naturaleza y él no la dejaría pretender otra cosa. Vete. - demandó ella - Sal de mi cuarto. No tenía que pedirlo dos veces cuando era él quien no quería estar aquí, rodeado de esta absurda escenificación. Al salir de la estancia, hizo lo que hacía siempre: despedir cualquier pensamiento de Visenya de su cabeza. Todo estaba de nuevo en su lugar y él no se atormentaría dedicándole ninguna otra atención a su hermana-esposa. Ven Rhaena, - hizo brincar a la nena en sus brazos para llamar su atención - vamos a regañar a papá. Rhaena lo miró con duda. Lo único que el abuelo le a pedido a papá es que se presente en cada evento y fiesta para que todos lo conozcan y sean sus amigos. - convertirlo en una figura popular no era difícil con su amor por la diversión y siendo el favorito del rey - Nada más pesado que eso. Pero papá debería estar al lado de su princesa si se siente mal. - nada en esta vida debería importar más que la familia, especialmente para ellos que eran la sangre del dragón - Después de todo, no tiene más nada que hacer ese papá malo. Rhaena repitió - Papá malo. - antes de echar un último vistazo hacia atrás y abrazarse a su cuello. La doncella que esperaba para atender a Visenya suspiró a su paso. Las damas ya fueran nobles o plebeyas parecían derretirse ante él y su preciosa nieta. Quizás la nobleza ándala prefiriera mantener a sus niños pequeños lejos, pero ¿quién podría resistirse a esta imagen? Desde la puerta abierta, Visenya vio como Rhaena abrazada de Aegon, agitaba su bracito para despedirse. Su peso tomado de ella se sentía como un vacío a su alrededor. El suspiro enamorado de su doncella la enfureció. No tardó la sierva en darse cuenta que requería sus servicios - Que limpien mi cuarto. Cada esquina y cada rincón. Agua y jabón de ser necesario. - nadie protestó por su absurda demanda. Y pensando en la preciosa niña que Aegon había tomado de ella, una decisión se recrudeció con fuerza dentro de Visenya. Ella tendría sus propios nietos. Bebés rosados y regordetes. Que serían suyos, de su sangre. Y cuando tuviera esos niños, no permitiría que nadie, ni siquiera el poderoso Aegon, el siempre alabado Conquistador, se atreviera a intentar arrancarlos de sus brazos. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ La presencia del dragón no permaneció inadvertida para nadie en Alto Jardín, no cuando llegaba con un rugido y una vuelta alrededor de la fortaleza, y no en especial para Morgan Hightower que esperaba su llegada. Decidido a acudir al encuentro de la princesa, mientras más pronto mejor, decidido a tomar una salida de sirvientes de las estancias que le dieron. Si bien las habitaciones eran adecuadas para su posición como Hijo del Guerrero, estaban un tanto alejadas y la recepción que le dieron dejaba mucho que desear. Tampoco dudaba que en la entrada principal el sirviente destinado a servirle lo vigilara. De pedirle Morgan que lo llevara hasta ella, el hombre aceptaría, solo para demorarse y confundirse en el camino. No. Mejor ir a donde quería por su propia cuenta. Lograrlo no fue tan difícil después de todo. Una sonrisa por aquí, agitar un poco sus rizos por allá, y una moza de la servidumbre con ojos de vaca le explicó que rumbo tomar. Quería acompañarle, podía verlo en ella, prendada como estaba de su encanto noble, pero su instinto de supervivencia ganó. Una cosa era un intercambio rápido de palabras y otra cosa era guiar al enemigo natural de los Tyrell a donde estaban sus invitados. Aún así, y para que no quedará decepcionada, Morgan lanzó un guiño y un beso al aire. Una de esas risillas agudas y bobaliconas le fue devuelta. Mantuvo su sonrisa aunque por dentro solo sintió desprecio por la estupidez de la chica. Unos cuantos giros y Morgan llegó al patio. ¡Vaya que este lugar era grande! Con razón todos lo codiciaban. Por suerte para él, una vida de subir y bajar por el Faro lo preparó físicamente para lo que otros considerarían una larga caminata. Saliendo de la entrada vio tres cabezas infantiles corriendo y gritando - Dracarys -, que iban desde el castaño claro, marrón rojizo y cabello negro. Solo pudo negar con diversión. Los niños eran niños, y por mucho que él despreciara a ciertos príncipes Targaryen, no podía negar que la idea de ser el poseedor de un dragón debía ser atractiva para niños y adultos por igual. Al menos a él si le interesaría. Encontrar a la princesa fue fácil. Ya alejada de la bestia espinosa que era su montura, se encontraba rodeada por todas las personas disponibles en el patio que tomaban de ella una cantidad algo exagerada de abrigos para el clima que hacía. No supo sobre qué charlaba la princesa con ellos pero desde aquí, sus dientes torcidos no eran tan obvios en su sonrisa. ¡Saludos, hermana! - gritó con toda la falsa alegría que pudo reunir - Es un placer volver a encontrar en el Dominio un espécimen tan raro de una bella flor extranjera. El juego de palabras le pareció divertido. En sus cartas a él, Ceryse le contaba de todo lo que ocurría en la Corte del rey, incluyendo los rumores de que era una bastarda de Aegon. Ambos se habían divertido bastante con el chisme, pues además de que nadie con medio cerebro creería eso, era obvio que la moza morena no compartía una gota de sangre con el Conquistador. Sin embargo y a pesar de su desprecio, era el trabajo de Morgan hacerla caer por él, y si bien tenía que halagarla, nadie le diría como. Comparar su belleza y hacer alusión a la bastardía en la misma frase le permitía mantener una sonrisa más sincera en su boca. En primer momento la muchacha mantuvo su propia sonrisa dudosa, y en espacio de un instante, una multitud de emociones recorrió su cara marcada. Primero confusión, con sus delicadas cejas estrechándose, luego reconocimiento, y luego algo a lo que no estaba muy acostumbrado: desprecio. Al parecer, y aunque trató con mucha fuerza lograrlo, la primera impresión que se había llevado la chica de él no era muy halagadora. Estaba bien. Aún podía arreglarse. Morgan había encantado a mujeres más difíciles y bajo la vigilancia de maridos más agudos. Esto no sería tan complicado. Al menos él pensaba a eso, hasta que la servidumbre abrió el paso a un rostro que conocía muy bien. El ceño fruncido era parte de él, no así la mueca de dientes expuestos que traía. Maegor Targaryen, por muy lento que dijera su hermana que era, había escuchado sus palabras y lo había catalogado como amenaza. Cualquier otro se hubiera preocupado del marido celoso, más cuando era claro que esos ojos violetas le deseaban la muerte. No pasaba así con Morgan. Lo único que se le pasaba por la cabeza era: ¡¡¿Cómo mierda había crecido tanto en poco más de medio año?!!
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