Sangre y fuego y otras magias extrañas

Het
NC-17
Finalizada
1
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754 páginas, 404.758 palabras, 55 capítulos
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Bordeando los límites

Ajustes
Cuando se dirigió a sus aposentos, escuchó las súplicas de las sirvientas incluso antes de entrar al cuarto. - Por favor, por favor princesa. ¡No haga eso! No supo qué pensar hasta que atravesó la puerta y una escena estrambótica, a las que debería acostumbrarse casado con quien estaba casado, lo saludó. Su esposa, siempre única, se encontraba en el suelo como un animal de cuatro patas, revisando debajo de la cama. Cuando entró las criadas lo miraron horrorizadas, quizás pensando que las culparía por ello. Primero tendría que averiguar que pasaba. - Esposa, ¿qué haces? Solo le dedicó un breve vistazo - ¡Hola, Maegor! - antes de continuar lo que fuera que estuviera haciendo - Me advirtieron que los bichos - admitió en una sacudida de su cuerpo - a veces se metían en los aposentos. Me aseguro que no haya entrado ninguno. ¿Y no pueden hacerlo las siervas? - preguntó mirando a las dos mujeres que se tomaban de las manos y negaban con la cabeza, ya imaginando el castigo que sobrevendría sobre ellas. Nah. - le dijo. Y la escuchó lanzar un - ¡Ay! - cuando elevó la cabeza y la golpeó contra la cama - No descansaré tranquila hasta asegurarme por mi misma. Sabes como soy. - le dijo sin mirarlo. Las otras mujeres siguieron temblando, su cobardía siendo algo patética para él. Aún así, no veía motivos para tanto terror. Cansado de ver sus figuras casi agazapadas, se apretó el puente de la nariz antes de exigir - ¿Por qué siguen presentes? ¿No ven que su presencia ya no es necesaria? No tardaron en marcharse entre agradecimientos, lo que le pareció un tanto exagerado. Nunca antes había visto a ningún sirviente tan feliz de ser despedido. Negó con suavidad antes de devolver su atención a quien único que se lo merecía aquí. Su Ortiga seguía gateando así por el cuarto buscando en los rincones oscuros, y en vez de corregir su falta de dignidad (puede que lo hiciera después, mucho después), solo pudo sentir alivio. Esta era su esposa, su rebosante de energía y haciendo lo que no tenía que hacer, esposa. No la chica que languidecía en una cama sin que el maestre supiera explicarle porque. También le gustaba mucho lo que veía. Ella también debió notar su concentración, pues lo miró en esa posición por encima del hombro y preguntó: - Maegor Targaryen, ¿acaso me estás viendo el culo? Posó sus ojos en el objeto de interés antes de regresar a ella para responder - Sí. La escuchó reír, de esa risa suya que no era lo que nadie consideraría refinada y le hablaba de diversión. - ¡Al menos disimula, tonto! No entendía porque hacerlo, pero si ella se lo pedía... Se giró de lado y continuó mirando su trasero por el rabillo. Otra ronda de risas se desató a nivel del suelo. Marido tonto. - negó antes de levantarse e ir a su lado, alzando su rostro hacia él. Sabía que quería. No era bueno con las expresiones, pero siendo Ortiga su Ortiga, estaba aprendiendo a leerla mejor. La recibió contra él y no dudó en devolver el beso. Ni lo haría nunca. Explotaría cada oportunidad que le diera para hacerlo - ¿Cómo consigues ser tan divertido? ¿La verdad? No sabía. Él nunca había sido ese. La persona entretenida que hablaba con los demás y les caía bien. Y si alguien se reía de él sería con burla, lo sabía, por ello nunca lo permitió. Ortiga no era así, realmente lo creía divertido. Si se burlaba era solo un poquito y tampoco podría criticarla, la mujer no paraba de reírse de sus propios errores. De todas formas estaba bien. Él quería ser esa persona encantadora para ella, temía más bien el día que Ortiga no lo considerara así. Sin saber bien como responderle, y considerando que ella le había dado permiso esa misma mañana para tocar, decidió simplemente callar y hacer algo que prefería. Terminó bajando su mano por su espalda y apretando uno de sus globos. La firmeza de la carne en su palma provocando una sensación placentera que no podía explicar. Ella se fijó en su mano y no lo detuvo, solo alzó una de sus cejas y dictaminó - Parece que te gusta mucho. Él asintió, pues era cierto, y saltó cuando sintió su toque de regreso. Maegor se quedó conmocionado ante su muy descarada mujer. Su boca del todo abierta ante la sorpresa. La dignidad de la que tanto se preocupaba desapareciendo ante el impacto. Ella no tardó nada en replicarle. ¿Qué? - se encogió de hombros en su abrazo - Tú agarras y yo agarro. Pensó en decirle que estaba mal, solo para fruncir el ceño. Era incorrecto que un caballero le agarrara el trasero a una dama, eso se lo habían dejado en claro hace mucho. Pero nunca le habían dicho que estuviera prohibido a la inversa. Jamás escuchó decir a nadie que las damas no debían agarrar a los caballeros. Mmm, bueno, supuso que estaba bien. Además, volvió a apretar la maciza pieza que no había soltado, su esposa le había dado el permiso para hacerlo con ella pese a todo. ¿Por qué no podría él devolverle la misma gracia? Maegor quedaba satisfecho, ella también. No era necesario cambiar nada, ya que aquí adentro todo estaba bien. Era el mundo exterior el que siempre se presentaba con un obstáculo, una interferencia, interrumpiendo. Empezando por ese maldito Hightower de... ¡Maegor! ¡Afloja! - las palabras de su esposa lo sacaron de su bucle. En su distracción, estaba exprimiendo la carne que antes amasaba. Lo siento, mujer. - la apretó el globo de forma suave para disculparse. ¿Qué pasa? - sus ojos oscuros lo seguían desde abajo. No quería arruinar el momento, pero le preocupaba. Estaba pensando en el hermano de Ceryse. - habían llegado de su viaje solo para encontrar su intrusiva presencia. Su siempre astuta mujer pensó rápido y usó la excusa del cansancio para alejarlo de ellos (aunque era solo media excusa, estaban agotados). Pero no podrían evitarlo para siempre. Ella arrugó la nariz, su cicatriz blanqueándose - Si. Ninguna oportunidad de que esté aquí por casualidad, ¿verdad? Él negó con la cabeza. Quizás no fuera el más agudo, pero sabía muy bien que las casualidades como esa no existían en este mundo, y menos para alguien tan interesado en ellos como era su cuñado. Solo recordar el vínculo lo hizo estremecerse. Me lo imaginaba. - ella suspiró con resignación y haciendo círculos en su pecho cuando lo sintió sacudirse - Esa rubia va a traernos problemas. Lo presiento. Es rubio, no rubia. - la corrigió, solo para que ella le devolviera una sonrisa que tenía una dureza que no encajaba con las que le dedicaba a él. Apretó los labios y admitió - No me gusta. Pues ya somos dos. - dejó los giros y le dio unas palmaditas, antes de entrecerrar los párpados como si se esforzara por pensar - Ahora tenemos que averiguar qué quiere, y cómo piensa lograrlo. Él se quedó frente a ella, sin palabras. ¿Cómo es que Ortiga no se había dado cuenta? Morgan la quería. Solo un ciego no se daría cuenta. Sin embargo, el maldito Hijo del Guerrero podría quererla todo lo que quisiera, Ortiga era suya por completo y nadie excepto él la tendría. Hasta el más mínimo pedacito le pertenecía, y Maegor no la compartiría con nadie más. La sorprendió agarrando su mandíbula y atrapándola con un beso duro. Aunque tomada con la guardia baja, su mujer pronto se unió a su intensidad. Esto era casi violento, y le encantaba. Además, recordó lo que ella le sugirió más temprano: Oye, durante los besuqueos - había sugerido Ortiga medio en broma, medio de verdad - tu manos pueden ir en mis caderas, - se había rascado la mejilla, con su piel oscureciéndose - o más abajo. Al principio no había entendido bien que quería decir. Una explicación tartamudeada después (el hecho que su desvergonzada novia no hiciera contacto visual con él le debió servir de pista) hizo que su corazón latiera a un ritmo alocado. Tenía el permiso para tocar algo que, aunque parecía una acción poco pudorosa, le atraía hacer. Entre ellos se le permitía la excepción a una regla, y él no se opondría a algo que funcionaba a su conveniencia. Así que como la criatura egoísta que era, cuando le ofrecieron algo que deseaba, él no dudaría en apoderarse de ello. Y un tanto más. Apretó a Ortiga contra él, su carne llenando sus manos. El calor que emanaba de ella cubriendo su pecho. Él necesitaba más contacto, ¡más! y mientras más cerca la mantuviera se dijo, menos espacio habría para que esa rata arrastrada de Antigua llamara su atención. Si Ortiga no se daba cuenta de lo que quería el cabrón Hightower, mejor, pensó mientras su labios colisionaban con una fiereza que era propia de los dragones. No quería que le dedicara en ese sentido ni siquiera el más fugaz de sus pensamientos. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Bueno, el bando del príncipe se había anotado la primera victoria, tuvo que admitir Morgan mientras era escoltado por un sirviente a la íntima y formal cena con los Tyrell. A su llegada, esperaba atraparlos desequilibrados por el cansancio viaje. Su aparición repentina desestabilizándolos. Sin embargo, Orthyras Targaryen había resultado ser una pensadora veloz y lo había esquivado con la destreza de un buen cortesano, pese a sus modales burdos. Ya se lo había dicho Ceryse: podría lucir sin pulir pero era afilada. Probablemente una hija dejada correr libre por padres permisivos hasta la exageración, pensó con una mueca. No tan común, pero tampoco tan extraño. Peores cosas se habían visto. Recordó algo, su madre había muerto, ¿no? Entonces tenía más sentido. Ella no sería la primera chica criada como salvaje en ausencia de una madre, en vez de ser educada en el refinamiento esperado. Dudó, quizás lo estaba pensando demasiado y esto hasta fuera normal para los suyos. De los dragones podía esperarse eso. Miren como era Visenya. ¿Quién dice que los progenitores de la chica no lo vieran como algo esperado que fuera así? ¿No eran todos los valyrios siempre considerados extranjeros de costumbres oscuras para los que estudiaban sobre ellos? ¿Qué era esto en comparación con otras de sus tradiciones? Pero a lo que iba. Sus nuevos parientes políticos estarían en la comida organizada por sus anfitriones. Destinada a ser menos abierta que un festín, para intentar controlar el intercambio entre ellos. Podía considerar a los Tyrell advenedizos, pero ¡qué bien trabajaban! Aunque era probable que fuera fruto de la mente de la Señora de la fortaleza. Morgan no era tan tonto como para despreciar su intelecto, aunque no diría que Theo se quedaba muy atrás. Lamentablemente para él, el Señor actual de Alto Jardín era víctima de su anterior estatus y sus ganas de compensar. No importa con cuanto oro se cubriera, Theo Tyrell siempre sería poco más que un mayordomo ascendido. Nunca podría deshacerse del estigma, no importa cuanto lo intentara. De hecho, puede que con sus acciones incluso lo empeorara, se burló. Los compañeros de Morgan por su parte, no habían sido invitados y se habían tenido que quedar en sus aposentos. Su estatus considerado demasiado bajo para compartir la mesa con la familia gobernante. Una forma de dejarlo sin aliados, suponía. Buena idea, mala aplicación. Deziel era demasiado apegado a las sagradas escrituras para ayudarlo en la ejecución de su plan. Callar era una cosa, ser cómplice sería algo inaceptable para él. Era muy probable que ahora mismo estuviera rezando para que Morgan espiara sus pecados. Los cometidos y los por cometer. Y Gregory... Gregory sería más una molestia que un apoyo. Por suerte para el mal humor que se cargaba últimamente, había quedado muy complacido con la belleza rubia que le habían enviado para entretenerlo. Bueno, el cebo de los Tyrell había atrapado algo, solo que no podrían sacar mucha información de él. O nada. La chica iba a desperdiciar su tiempo follando con el Bulwer. ¿Cómo había dicho que se llamaba? ¿Dorys? ¿Lolys? ¡Bah! ¿Por qué le estaba dedicando cualquier pensamiento a una vulgar calientacamas? Ni siquiera podría usar una de ellas, no le convenía hacerlo aquí mientras se dedicaba a una seducción. No. Él tendría que mantener una fachada prolija, sin pequeños deslices que puedan alterar la percepción que tuviera la moza salvaje de él. Soltó todo el aire mientras caminaba, ¡qué bajo tenía que caer! Cuando llegó, la mayoría de los puestos estaban ocupados por Tyrell y parientes. Maegor y compañía estarían blindados de su presencia, pues los puestos a su alrededor ya estaban rodeados. Excepto uno. Ignoró al sirviente que le ofrecía una silla y se encaminó a su muy asequible presa. La hija mayor de la Casa Tyrell era que era toda una beldad. Un partido por el que algún heredero de alguna Gran Casa hubiera caído con facilidad, por lo que a muchos extrañó que fuera su hermana menor la enviada a la Corte del rey y no ella. Morgan sabía porque. No había astucia tras esos ojos verdes esmeraldas, solo una inocencia absurda y explotable. ¿Cómo alguien como lady Tyrell había permitido esto en una hija? Aunque viendo como le salió Bertrand... ¿Cómo es que una dama tan bella no se encuentra acompañada? - preguntó mirando el asiento vacío a su lado, y casi enfrente de su principal objetivo: la princesa morena. Los labios rosados de la doncella se abrieron y parpadeó con duda - Parece que mi prometido se retrasó, Ser Hightower. - aunque no trataba de seducirlo, Aleria usaba ese tono frágil y delicado con todos, lo que la hacía parecer una damisela desventurada. Morgan interpretaría con facilidad el papel de héroe. - Pues él tendrá que perdonarme, pero desde que vi tus dorados rizos me ví en la necesidad de ser deslumbrado. ¿Puedo hacerle compañía? La muy ingenua cayó con una velocidad aplastante, ofreciendo el puesto exacto que quería. Esta no sería un desafío. A su lado, su cuñada bastante decaída no levantó la cabeza de la mesa. Le seguían su hermano mayor y sus padres, todos desaprobadores con el cambio de ubicación ofrecido por su hija en bandeja de plata. Tampoco se le pasó por alto la ausencia del segundo hijo de la Casa, que debía andar de putas. Aunque, se acarició la barba bien cuidada, con su familia queriendo servir de barrera entre él y los Targaryen, debería estar presente. Debería investigar eso. Por su lado, Maegor Targaryen permaneció ajeno al intercambio, dedicándole un vistazo superficial y hastiado antes de decidir que no valía la pena. O esa era su cara de asco de siempre. Su objetivo, por otra parte... La princesa consiguió alzar una comisura de disgusto incluso mientras degustaba de su copa. Parece que no sólo no se encandiló por sus modales, sino que le resultó desagradable ser expuesta a ellos. Sabía que no caería con facilidad, pero la moza no se complacía con nada que saliera de él. ¿Qué tenía? Cuando el heredero de las manzanas se apareció, Morgan apenas y le dedicó una sonrisa de suficiencia. El hijo mayor de los Fossoway era aún un joven imberbe, pero el muchacho tenía el suficiente sentido común para no desafiar a un Hightower. O no quería parecer maleducado frente a su prometida. Por ello solo apretó los puños y ocupó el lugar de Morgan en la mesa. Se rió internamente de esto. Morgan decidió usar su estatus como el invitado más reciente para ocuparse del entretenimiento. Lamentable para él, la princesa se sintió poco impresionada por su elocuencia y terminó prestando más atención a la verborrea de su escudero a su lado, que no paraba de discutir sobre su propio viaje de pesca. Tampoco le gustó mucho la cercanía de la real pareja, en especial con el esposo de su hermana comiendo del plato de la moza extranjera como un perro en busca de sobras. Morgan se habría burlado, pero vio algo más peligroso: cercanía, comodidad. Lo opuesto a un matrimonio distante que vivía de las apariencias. Esto no le gustaba. Mientras tanto, Fannar Tyrell imitaba sobre la mesa los gestos de luchar contra un pez que se le resistía. Aunque molesto, siendo Morgan alguien que no perdía oportunidades, decidió callar y escuchar, buscando una grieta donde pudiera explotar una debilidad. El niño habló de la gran cantidad de peces capturados, entregados a una campesina que sirvió como cocinera y ofreció sus especias para un festín, como muestra de generosidad y recompensa por sus servicios. Morgan se contuvo de poner los ojos en blanco y negar con la cabeza. Los niños siempre eran exagerados en sus logros, pero una sonrisa divertida y verdaderamente genuina se escapó de él. Le hubiera removido el pelo de tenerlo a su lado. El emocionado escudero también habló del tamaño de sus capturas, señalando sobre la misma mesa dos piezas cocinadas. Su premio era el mayor de los capturados y el otro, todavía decente pero de menor tamaño, era el del príncipe Maegor. Casi superaban a los que había capturado su Señora, se jactó el infante. Ante sus palabras, vio la contracción en Maegor, como apretó los labios ofendido, y Morgan encontró la grieta que buscaba. Entonces, príncipe Maegor, - toda la mesa quedó en silencio, siendo la primera vez que Morgan hablaba directamente con uno de ellos - ¿qué se siente ser superado en la pesca por su mujer? Maegor Targaryen era orgulloso, como todos los hombres. ¿Cómo se sentiría ser señalado como inferior en algo a su joven esposa? Si Morgan quería cumplir su cometido, era esencial comenzar poniendo cuñas entre ellos. El príncipe parpadeó, como si no entendiera bien su pregunta, y se quedó pensando. Justo cuando ya creía que no iba a responder, el hijo de Aegon se encogió de hombros para responder - Mi esposa es mejor que yo pescando. Yo soy mejor que ella cazando. Supongo que hacemos un buen equipo. - y se metió otro bocado de comida en la boca, sin el más mínimo indicio de haber sido alterado. ¿Ya? ¿Ese era todo el alcance de su reacción? ¿Dónde estaba el ego herido que conocía tan bien? Buscando distraer del tema de Morgan, el hijo mayor de los Tyrell decidió intervenir sugiriendo un viaje de caza. Aunque su padre asintió con emoción, la idea no fue recibida con el entusiasmo esperado por el príncipe, el cual se inclinó hacia su esposa para comentarle algo. Vio a la muchacha casi atragantarse con la cena, y cubrirse la boca para evitar soltar una carcajada. ¡Por todos los dioses! Era una risa de verdad, no de las fingidas, y Morgan no podía creerlo. El príncipe Maegor era demasiado serio para hacer una broma, ¿qué podría haber dicho que fue tan divertido? ¿Qué dije que es tan divertido? - susurró Maegor en el oído de su esposa, que reposaba contra él tras su acercamiento. Sus ojos oscuros y almendrados brillaban con diversión, y Ortiga le explicó en el mismo tono - Dices que eres mejor cazando, y al momento de arrepientes de hablar porque no quieres salir a cazar. Apretó su ceño - Sí, ¿y qué? Soy bueno cazando, no significa que me guste mucho. Menos cuando una partida de caza organizada por la nobleza lleva comitivas, tiendas, sirvientes, gentes con trompetas. Unas cincuenta malditas personas para cazar un condenado venado. - se le estaba pegando la forma de hablar de Ortiga. Ella por su parte, trató de evitar reírse - Oh, dioses. ¿Te imaginas una cacería organizada por Lord Tyrell? Arrugó la nariz del horror, seguro de que incluiría estandartes de seda y bufones para ser entretenidos, lo que provocó que su esposa no pudiera contener una pequeña carcajada. Se habría enojado, pero ella rozó su pierna con la suya, puede que intentando consolarle y él decidió devolverle el toque. Todavía le molestaba como Fannar presentaba su pesca como propia, ese era el pensamiento reincidente que tenía mirando los platos, cuando había sido Ortiga la responsable. Las mentiras estaban mal, aunque ella decía que esta era pequeña y no le molestaba. También, se rascó una oreja, le molestaba un poquito que todos creyeran que el niño Tyrell había pescado algo mejor que él. Otra vez sintió como su pierna chocaba de regreso con la suya y suspiró. Las cosas que aguantaba por su esposa. Estaban demasiado cerca, demasiado. Morgan tuvo que dar todo de sí para continuar dedicándole su mejor sonrisa a Aleria. La dama, luego de echar un vistazo a sus padres, parecía muy desesperada por desviar su atención. Otro vistazo superficial mostró a la pareja teniendo bromas internas. Esto era malo. Por un lado, Maegor había demostrado ser un hueso duro de roer. Su hermana le había dicho que era algo lento, aunque a él no le parecía así, solo que pensaba diferente de lo esperado. Lo que traía consigo sus propias complicaciones. Si no sabía cómo reaccionaría ante algo, era más difícil encontrar sus vulnerabilidades, por lo que tendría que explotar las de la princesa. Pero, ¿cuáles eran? ¿Qué podría distanciarla del mocoso a su lado, si no lo había logrado su mal humor y carácter intransigente? ¡Todo sería fácil si no tuviera que prestarle atención a su vecina de seso vacío! Aleria hablaba y hablaba, tratando de que solo se enfocara en ella. Por un instante, Morgan deseó que fuera su hermano Bertrand quien estuviera a su lado. A estas alturas ya se estaría ahogando en el fondo de su copa. Espera un momento... ¡Hermanos! Sintió afilarse sus dientes mirando a la dispareja pareja. Un príncipe Targaryen ideal. Cabello de plata y oro y ojos violetas que no encajaban en estas tierras. El resultado de siglos, no, milenios de endogamia. Mientras tanto la princesa era de piel oscura y cabello más oscuro todavía. Aparte del linaje para montar dragones, si algún antecesor tenía rasgos valyrios, estos no habían sobrevivido. Por lo que era más dudoso que... Dígame princesa, - se dirigió a ella, que aunque respondió con una atención educada no pudo ocultar del todo su fastidio - ¿fue un shock muy grande enfrentarse a las costumbres más tradicionales de los Targaryen? La chica inclinó la cabeza mientras Maegor lo miraba con furia contenida, su mano posándose sobre la de ella. ¿No te gusta que me dirija a tu "otra" esposa? ¡Pues espero que ardas de rabia, bastardo! El resto de la mesa acalló con pánico social. Este era un tema que nadie discutía. Cuando Aegon llegó al continente, estaba casado con sus dos hermanas. Una abominación a los ojos de los Siete. Sin embargo nadie dijo nada y la gente se adaptó a fuerza de costumbre a verlos así. Sin embargo, si lo pensabas bien era bastante repugnante, y si alguien lo veía desde afuera... ¿A cuál más específicamente se refiere? - fingir ignorancia siempre era la salida más cortés a un problema, pero él estaba aquí para presionar. Ya sabe, el matrimonio de los reyes. - casi sintió como se enfriada la habitación. Hasta el pequeño Tyrell presintió el peligro y dejó su parloteo, mirando preocupado en todas direcciones - Ya contó en Antigua que la bigamia no era algo que practicaba su padre. Ella asintió con lentitud, aún así, sus hombros permanecían tensos, sus dedos entrelazándose con los de su esposo. Pero usted parece adaptarse bien a compartir marido. - cabeceó hacia el príncipe ceñudo a su lado. ¿Qué puedo decir? - se rió ella - Es lo que me tocó. Tampoco es tan horrible. Risas nerviosas cundieron por el salón. Pero no me refería a eso. Si no más bien a la relación de los reyes previa al matrimonio. - el ambiente se volvió pesado. Si se fijará en los demás, estaba seguro que vería caras blancas y vacías. Sin embargo su objetivo era la princesa, que permanecía estoica - Es obvio que usted no nació de uno, - señaló su apariencia. El gesto provocó que ella soltara a Maegor y se pasará de forma repetida una mano por la piel de su antebrazo desnudo. ¿La chica tenía problemas con como se veía? Mejor. Una debilidad tan útil y femenina. Algo que archivar y de lo que aprovecharse después - por lo que ¿qué opina del matrimonio entre hermanos? Juraría que incluso se podía escuchar las respiraciones de las personas a su alrededor, en lo que la ahora conocida como Orthyras Targaryen respondía en un tono comedido, consiente de que su respuesta, ya fuera hacia un lado o hacia otro, podría ser condenatoria. Supongo que es una monstruosidad que se cometa. - comentó ella y Morgan casi podía salivar por lo que dijo - A menos que seas, claro, sangre de los Señores del Dragón. - Parece muy segura, princesa, de poner a los Targaryen en un escalón aparte. - Estoy muy segura, Ser, de que los Targaryen son la excepción a muchas reglas. ¿No lo cree? - No es eso, princesa. Es solo que con su apariencia pensé... La vio apretar sus labios antes de que los suavizara para preguntar - ¿Qué no soy hija de hermanos - esposos? Qué no parezca valyria no tiene nada que ver con eso, Ser Morgan. Puedo asegurarle que la mayor parte de la familia si lucía como usted esperaría. - le lanzó una sonrisa compungida, pero Morgan no permitiría que rodeara el tema. - Al final no respondió a mi pregunta, princesa. ¿Sobre el matrimonio entre hermanos? - ella esperó su asentimiento - Pues no, no soy hija de ese tipo de relación. Ni mi padre ni su hermano se casaron con sus hermanas... Solo porque no tenían una, Ser. Mis abuelos eras hermanos, así como los padres de estos. Si lo pienso, - engurruñó su cara, la inmensa cicatriz que la atravesaba palideciendo y arruinando aún más si apariencia - cuando único la familia de donde vengo no se inclinó hacia esos enlaces es cuando no había chicas para llevarlos a cabo. - explicó antes de asentir con lentitud. Todo dentro de Morgan se revolvió ante la idea. Desviados incestuosos. Es más, si hacemos los cálculos, aunque no se casaron entre hermanos, los lazos sanguíneos en la generación de mi padre también estaban medios complicados. - ¿eh? Todas las cabezas giraron en su dirección - El hermano de mi padre se casó con su prima y mi padre con su sobrina, la hija de ambos. Bueno, eso no está tan mal. - la nuera de los Tyrell habló por primera vez. Pero los hijos de la última mujer de mi padre, sus hijastros, se prometieron con sus hijas. Por lo tanto, mi padre era el tío de su esposa, tío segundo y suegro de sus hijastros. Bueno, eso tampoco es tan raro. - se rió lord Tyrell mientras se acariciaba la colección de anillos que traía - Suena algo enredado, pero son solo parientes no directos. Nada que críticar. Hubo muchos asentamientos sobre la mesa ante esa lógica, a la que Morgan no podía diferir. Pero... - trató de hablar de nuevo. La chica se adelantó. No es solo eso, - hizo un gesto de brazos amplios, como buscando la atención de toda la mesa, cosa que ya tenía - el padre de los chicos y la segunda esposa de mi padre eran hermanos. Ella era la madre de mis medias hermanas. Por lo tanto, mis hermanastros y mis medias hermanas estaban prometidos, pero además de ser hermanastros entre ellos y primos segundo o terceros, no estoy segura, - aclaró - también eran primos en primer grado. Abrió la boca solo para que la muchacha soltara un chiste: - Nada raro si consideran que mi padre era su propio primo. Muchos se rieron, aunque vio a algunos empezar a contar con los dedos, puede que buscando calcular el parentesco que había dentro de la familia de la princesa. Pero también... - una vez que empezó a hablar, la moza parecía decidida a no callarse. Estúpida. Mientras más uno mantenía el silencio, era menos probable dejar escapar un secreto importante. La dejaría que ella sola cavara el hueco en el que se iba a enterrar. No pudo evitar elevar las comisuras con regocijo ante el pensamiento, mientras su incesante charla llenaba la sala. ... la abuela de los niños por ambos lados, madre del padre de los chicos y madre de las chicas, era la prima directa de mi padre. - ¡¡¿más?!! ¡Por los Siete! ¡Esto ya era exagerado! - Así que mi padre era tío segundo, primo ¿tercero? y suegro de sus propios hijastros. Además de ser primo de sus propias hijas. ¡Son un maldito círculo! - se le escapó al niño Tyrell y Morgan en este punto no pudo estar más de acuerdo. No era incesto directo, y para las normas de Poniente sería permisible, pero ¡¡¡Maldita sea!!! ¡Todo se quedaba dentro en esa maldita familia! Solo más tarde, cuando regresaba a sus propios aposentos, Morgan se dio cuenta de que había sido distraído. La maldita Orthyras se había válido de una cháchara interminable sobre el enredo que eran sus relaciones familiares, sin revelar nada más que un entrecijo de cruzamientos de tíos con sobrinas y primos con hermanos. La discusión sobre el parentesco que hubieran tenido los hijos de sus medias hermanas con sus prometidos, y hermanastros, le había dado un dolor punzante de cerebro. Ahí mismo, sobre su plato humeante. Solo ahora notaba que sus preguntas calculadas habían sido desviadas y dirigidas a un tema confuso por naturaleza. Maldijo internamente y escupió, pues la princesa lo había esquivado por segunda vez y él no era un hombre que le gustara perder. Sin embargo, si ella pensaba que podría salirse con la suya para siempre, estaba muy equivocada. Solo que al acercarse a sus estancias, un barullo infernal le advirtió que tendría que lidiar primero con otro dolor martilleante de cabeza. Se escuchó un grito agudo seguido de un rugido. ¡Maldita sea todo! Cuánto le gustaría haber imitado a la Vergüenza de los Tyrell, para estar tan intoxicado por la bebida que nadie contara con él para nada. Pero si algo ocurría allí adentro, era con sus hombres, y Morgan Hightower no abandonaba nunca sus responsabilidades. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ A una distancia prudente de ella escuchó lo que ella consideraba un grito. O más bien un llamado, sin embargo actuó como si no hubiera llegado a sus oídos. Tenía la vana esperanza de que el emisor de las llamadas se rindiera y la dejara en paz. O que entendiera el educado mensaje que era el no hacerle caso. No lo hizo. ¡Esposa! - llamó otra vez, y ella se vio obligada por protocolo a detenerse y esperar a que la alcanzara para proseguir su camino - Le llevó llamando un rato, pero en base a la decencia no quería levantar mucho la voz. Vaya tonterías educadas - dijo su marido mientras peinada su aún abundante cabellera castaña hacia atrás. Si pensaba que usando su broma favorita de su juventud la iba a ablandar, estaba muy equivocado - Pero bueno, ahora tenemos que seguirlas aún más, ¿no? - le dedicó las palabras con un brillo juguetón en los ojos. Francamente, lo había escuchado todo el rato, y tenía toda la intención de ignorarlo hasta que Theo Tyrell, segundo Lord de Alto Jardín y gobernante del Dominio (se mofó de los títulos), se apresuró para caminar a su lado. Cuando ella no le siguió la corriente, hizo un gesto con su mano y sus propias sirvientas mantuvieron la distancia de ambos, quedándose junto a la servidumbre de él que estaba más alejada. Ella apretó sus uñas contra su carne de la molestia. Él era el Señor de este lugar y su voz sería obedecida por encima de la de ella. Déjalo ir, pensó, y soltó el aire que estaba conteniendo. El fresco de la noche llenó sus pulmones con cada nueva inspiración y la ayudó a serenarse. ¿Qué se te apetece? - preguntó sin mostrar algún tipo de alteración por su aparición. Ella continuaba caminando con un paso constante, mientras el hombre al que una vez llamó mi amor le seguía el ritmo. Se fijó en sus dedos, con los cuales estaba haciendo girar los anillos en sus manos. Eso le hablaba de su nerviosismo - ¿Qué pasa? Me gustaría terminar esta charla rápido para dedicarme a mis tareas. Otra ronda de insoportables bordados, pero que le permitiría tener sus manos ocupadas mientras analizaba el comportamiento de su invitado especial de esta noche. Un poco de diversión se coló al pensar en como la princesa le había dado una vuelta tras otra al Hightower, hasta dejarlo tan confundido como gran parte de los comensales. Morgan tenía fama de galán en estas tierras, eso si, intachable. Pero a los hombres se les permitía muchas cosas sin que su reputación se viera tocada por ellas. Que su encanto se estrellara contra el muro de desinterés de Orthyras Targaryen era lo más gracioso que había vivido en mucho tiempo. Casi ahogando la preocupación por la esperada fijación del Hijo del Guerrero en los príncipes. Él había venido aquí por ellos, de eso estaba segura. Específicamente a qué, no sabía. Por otro lado, ¡vaya que la familia de la princesa extranjera estaba entrecruzada! En cualquier momento hubiera esperado que dijera que la sobrino nieta de alguien se casó con él, o algo por el estilo. Y qué manera de hablar y hablar para al final no decir nada. ¡Astuta! ¡Astuta charlatana! Aunque tenía que admitir que ella misma se puso a hacer cálculos del grado de parentesco que tenía esa gente entre ellos. Por supuesto, lord Tyrell interrumpió sus pensamientos - ¿Siempre tienes que ser así de fría conmigo? ¿Por qué no podemos volver a ser como ellos? ¿Cómo quién? - dijo, ignorando al pregunta más importante, cuya respuesta a estas alturas debía ser obvia. Sin embargo, su esposo se había vuelto muy bueno en no darse cuenta de las cosas obvias. Los príncipes. - resopló Theo - Es claro que están en camino de estar enamorados, si no lo están ya. Ella asintió, dándole la razón en ese asunto y poco más. Cada vez más apegados, su atracción mutua empezaba a ser visible hasta para el que no la quería ver. Nunca lo hubiera imaginado de Maegor Targaryen, pero suponía que los milagros si existían. Aún así, aunque pareciera muy bonito, parece ser que la cercanía entre ellos había despertado la envidia de su marido. Y el muy idiota trataba de recuperar lo perdido entre ellos. Como si fuera posible. Prefería meterse primero a un septo. - ¿Y bien? ¿Y bien qué, esposo? - repitió monótona. Por un instante, volvió a tener ese rostro de joven confundido que la enamoró, como si no supiera a que se enfrentaba. Sus dedos se detuvieron en sus anillos, estáticos. Cuando ella mantuvo su semblante carente de cualquier emoción volvió a hacer girar las joyas con renovada fuerza. El destello de enojo apoderándose de su cara - ¡Basta de estas tonterías! ¡Responde! Él era un tonto si no sabía cuan terca podía ser ella, que desafió a su propia familia y toda la nobleza de su reino solo para casarse con él. - No, esposo. No podemos volver a ser como ellos. Su marido se exaltó - ¿Por qué? ¿No extrañas los viejos tiempos? ¿Cuándo éramos un equipo? ¿Confidentes el uno del otro? Recordó esos tiempos. Cuando las estancias enteras en las que vivían los Tyrell eran más pequeñas que sus cuartos personales en su hogar ancestral. Incluso después, ya cuando Alto Jardín era suyo y ella era más que su mano derecha. Pero esos tiempos habían pasado ya. Ignorante de la realidad, su esposo continuaba su monólogo - ¿Dónde está la mujer que sugirió a mi padre que acciones tomar tras la destrucción de los Gardener? ¿La que ideó el plan para legitimar nuestra posición en nuestras tierras? Sigo aquí. - le señaló - ¿Acaso no me ves? No. Tú, - sus manos hicieron un gesto de su cabeza hasta la punta de sus faldas - tú no. Me refiero a la mujer que se reía de mis chistes malos. La que no podía esperar a contarme lo que pensaba. - la que me quería, pareció decir. Todo dentro de ella quiso estallar de furia ante la demanda que no planteó. Morderlo y gritarle y destruirlo. Aún así, como había hecho antes, buscó la moderación. El poco poder que mantenía se debía a la imagen que había construido, y esta escoria a su lado ya le había quitado demasiado para entregarle un poquito más. Sigo siendo esa mujer, esposo. - no Theo, nunca más Theo - Es solo que ya no te amo. Parecía desesperado. Theo Tyrell se agitó el pelo con ambas manos, el oro de sus aros destacando entre los mechones de su melena - ¿Por qué? Bueno, si él se hacía él desentendido, ella también. Continuó caminando y mirando a su alrededor, como si aún fuera de día y pudiera contemplar los jardines qué los rodeaban en todo su esplendor. De pronto, soltó como si nada - Solo fue una amante y fue hace años. ¿Por qué no me perdonas? - se quejó. Como si fuera una minucia. Como si eso no hubiera marcado una antes y un después para todos ellos. Como si no hubiera exterminado cada gramo de afecto que ella había atesorado por él. Si él hubiera querido destruir todo lo que eran ellos, no le hubiera salido mejor ni aunque hubiera lanzado fuego valyrio sobre toda su relación. ¿La edad lo había vuelto estúpido? Como no tenía nada qué decir a eso, ella siguió caminando, fingiendo que no había escuchado lo que había dicho. Acostumbrado a no ser dejado de lado, su marido decidió una confrontación más cercana. La tomó del brazo buscando una mayor atención, que ella no continuara dirigiéndose a su destino sin detenerse por él - Te juro que desde que la eché, no he vuelto a saber de ella. La bilis le subió por la garganta - ¡¡¡Qué no me toques!!! - gritó, librándose de él con un empujón. Dio un paso atrás y golpeó repetidamente allí donde la había sujetado, tratando de sacudir su toque. La cara de su esposo, porque gracias a los putos dioses ¡malditos sean los Siete! aún era su esposo, se estremeció, y él se quedó allí de pie, con el brazo en alto, sin entender del todo aún lo que había pasado. Nunca en tu puta vida - pronunció en voz baja, recuperando el control - vuelvas a tocarme. Tu solo contacto me da asco. - le dejó en claro con todo el desprecio que pudo reunir. Considerando lo que sentía por él, era mucho. Lo suficiente para que su marido tomara unos pasos de distancia. Detrás de ellos, vio retroceder aún más a la servidumbre. Yo solo hice lo que los demás. Todos los nobles tiene amante. - mencionó, como si dijera algo cotidiano, como decir que el sol salía por el este. Quizás lo fuera, pero no para ellos. Ellos eran cualquier cosa menos lo común. O más bien, lo habían sido. Vaya, que buena excusa. - ella lo miró de arriba a abajo - ¿Eso es lo que te decías a ti mismo? - Yo no encajaba, A... ¡¡¡No te atrevas a llamarme por mi nombre!!! - una vez más, él le estaba arrebatando él control y lo odiaba. Esto era suyo, algo en lo que no podía influir, y no lo iba a tomar de ella. Respiró profundo para decir con frialdad - Continúa - . Quería ver hasta donde llevaba este patético intento. Él tragó con fuerza - Toda la nobleza mantenía una amante, o varias. Era una cosa de estatus para un Señor. Yo era un forastero. Ya estaba rompiendo el molde. Pensé... Pensaste que una amante te haría más parecido a ellos. - su propia contestación lo tenía asintiendo con alegría, como si ella le diera la razón - Puedes decirme, ¿cómo te salió? Lo vio encogerse y cambiar su peso de un lado a otro. Sí, cuando se supo lo de su amante no había salido tan bien como él podría haber planeado. - Perro infiel. Vulgar. ¿Qué más se podía esperar de él? - debieron ser las frases más mencionadas por cada miembro de la nobleza del Dominio esa luna. ¿Qué decía? Más bien las frases más mencionadas de ese año. La nobleza nunca te iba a aceptar del todo, marido. - explicó con calma - Y como ya viviste, siempre va a estar dispuesta a resaltar cada mínimo error que cometas. Y este no fue uno pequeño, ¿no es así? Buscarte una amante para encajar, - negó con la cabeza - ¿en qué estabas pensando? Lo vio apretar los labios antes de replicar - No debió haber sido para tanto. Tu padre también tenía una, y una bastante famosa en aquel momento. Tienes toda la razón. - ella volvió a ese estado frío, en el que sentía que estaba hablando con un desconocido de cosas que no tenían nada que ver con ella - Es más, es probable que aún tenga una amante a su edad. - Entonces... Pero también mi padre no es lo suficientemente estúpido como para pedirle a mi madre que lo ame. Los enemigos de mi padre no habrían podido usar que tuviera una amante en su contra. Y - le espetó con burla - seguir el ejemplo de quien te llamó rata de alcantarilla destinada a poco más que cambiar orinales no me parece muy inteligente de tu parte. Y había poco que replicar ahí, ya que llamarlo escoria era lo más suave que lo había llamado su padre. Después de todo, un simple hijo de mayordomo se había robado a la hija que creía destinada a la realeza. Su padre jamás lo había perdonado. Sabes, en el fondo, todo el Dominio te envidiaba. - lo vio parpadear con desconcierto - Pese a las críticas, pese a los señalamientos, tu me tenías a mí, la mujer que se dispuso a abandonar su estatus y su apellido ancestral por un nombre que no valía ni la mitad que el suyo. Y ella se había llamado Tyrell con tanto orgullo. Tan feliz había sido en ese entonces. - Tu tenías la historia de amor. Tu tenías el sueño imposible. El deseo secreto del que se burlaban porque no lo podían tener. Y tu lo rompiste. Eso era lo que realmente le había dolido. Ella había dejado todo atrás por él, ¿y por que razón la traicionó él? ¿Por qué el resto de los nobles que le despreciaban tenían querida y él no? Tonto. Idiota. ¡Como lo odiaba! No aguantó más esta calma, así que decidió seguir caminando, olvidándose de regresar a sus cuartos personales. Ella tenía que dejar salir esta energía y no creía que gritar a todo pulmón fuera apropiado. Para su desconcierto, su indeseado acompañante siguió a su lado, meditando. Sabes, puede que haya cometido un error, - una amante no era un error - pero sigo siendo un marido poco autoritario y generoso. Muchas mujeres estarían felices con un esposo como yo, que no se ha vuelto a desviar. Por mi puedes volver a hacerlo. Ya no me importa. - cortó. Pero no quiero hacerlo. - se ajustó el cinturón tejido sobre el jubón - Solo quiero a mi esposa y que esta retome sus deberes. Nunca los he abandonado. Te di los herederos necesarios y me encargo de la familia. Mantengo en orden tu castillo y contribuyo con el ajuste de las cuentas. No te avergüenzo y procuro respeto hacia tu Casa. - enumeró con eficiencia - Ningún marido podría exigir más de mí. Solo que él quería afecto. El que una vez le había dado y ahora no le daría. Él podía negarlo todo lo que quisiera. Podía incluso suplicar, pero ella no iba ceder. ¿Te das cuenta que este comportamiento tuyo es el que está lastimando a Bertrand? - dijo de repente, retomando el asalto desde otro punto de vista ¡¿Cómo se atrevía a culparla por ello?! Tuvo que morderse la lengua para no empezar a despotricar. Cuando recuperó el control no pudo contestarle lo que quería antes de que él continuara. - Nuestro hijo se ha ido destruyendo desde entonces, ¿no lo has notado? ¿No te das cuenta de que es por ti? Porque actúas como si te hubiera traicionado. Porque lo hizo, Tyrell. - escupió - Te cubrió las espaldas mientras te revolcabas con esa... - apretó los puños conteniendo sus palabras - ¿Sabes que incluso trató de fingir que ella y tus hijos - la admisión de la existencia de los niños, dos para ser exactos, lo hizo saltar - eran suyos? Trató de hacerlos pasar como su amante y sus bastardos. ¡Qué hijo más leal con su padre! Solo trataba de proteger nuestro matrimonio. Sabía que éramos felices hasta que lo descubriste. - murmuró por lo bajo mientras miraba sus botas. Lo que llamas nuestro matrimonio terminó el día que decidiste que era una buena idea tener una amante para igualarte con el resto de la nobleza. - aceleraría sus pasos, pero era demasiado vieja para correr como una niña buscando la seguridad de sus habitaciones, aunque deseaba con desesperación la protección de las mismas. No quería seguir escuchando sus palabras, pero había mucho que dejar salir - Y no éramos felices. Estábamos viviendo una mentira ideada por ti. Tu me amabas. No mientas. - demandó con frenesí. Su respiración se agitó esperando su respuesta. De nuevo, lo hice. - asintió - Pero ya no. Y por cierto, de nuestros hijos no es solo Bertrand el que terminó con problemas. El resto está bien. - dijo mientras fruncía sus cejas. ¿En serio crees eso? - ella bufó. Jeyne siempre fue algo solapada y Aleria soñadora. Solo cambiaron un poquito. - trató de convencerla - Y mi heredero está perfecto. Tu heredero está tan rígido que no lo he visto sonreír en todo lo que va de año. - disparó ella. Hasta el momento en que se descubrió la traición, ellos habían sido una familia entera. Sana. Con momentos buenos y malos, pero unidos. Para sus hijos, ellos eran la historia de amor de la que cantan los bardos. La mujer que renunció a su estatus y el hijo de casi un criado, elevados hasta grandes Señores. Sus retoños crecieron sabiendo este cuento, sabiendo que tenían lo que ningún otro Señor podía presumir: dos padres que se amaban más que cualquier cosa. Hasta que se supo de la amante de su esposo. Descubierta viviendo en la casa que había ganado con la dote que su padre no pudo sustraer de ella. Fue un escándalo aún peor que su romance. Recordaba como fue el día, pero después poco más, ya que estaba en una nebulosa de dolor y luto. Solo "despertó" para las consecuencias permanentes. Theo Tyrell había destruido el sueño imposible. Una derrota para los románticos, una muestra de absoluta vulgaridad para los más cínicos, y la prueba de que los Tyrell eran algo más que simples advenedizos, sino que eran unos totales y absolutos traidores. Tanto los que no aprobaban su matrimonio como los enemigos de su ascenso aprovecharon esto. ¿Cómo se podía esperar lealtad de un hombre que traicionó a la mujer que abandonó todo por él? Una lección que también impartían las matronas a sus muy influenciables chiquillos. Sus hijos lo tomaron peor. Harlen trató de dejar atrás a aquellos que lo señalaban como el hijo de un hombre sin honor, destinado a convertirse en lo mismo. Había elegido el camino de la rectitud, buscando convertirse en el ideal de nobleza: intachable, incriticable, el heredero ideal. Algunos incluso murmuraban que se debía a su sangre, ya que no lucía mucho de su padre. Con Aleria fue algo parecido, lo que peor. Para ella, era su madre la que de alguna forma había fallado, y su error había llevado a la traición de su padre. Por ello, su hija mayor trataba con una intensidad que rayaba la desesperación ser la damisela soñada, una mujer tan perfecta que ningún hombre la traicionaría. Luego de comprometerse, se había aferrado tanto a su prometido, como si lo suyo fuera un romance cantado por trovadores y no un pacto matrimonial. Iba a terminar asfixiando al chico de las manzanas. Contrario a su hermana, Jeyne, el bebé de la familia, había decidido extirpar cualquier idea sobre los sentimientos en un matrimonio, como un jardinero que se deshace de las malas hierbas. Y por supuesto estaba Bertrand. El que antes de todo esto había sido el más ferviente creyente del amor de toda su descendencia, sin importar cuanto se burlaran sus hermanos de él. Ya sabían todos como había terminado. Por otro lado, Bertrand... Su hijo había sabido de la amante y la había dejado vivir a ella en la ignorancia. E incluso visitaba a la mujer y jugaba con sus medios hermanos. Había descubierto toda esta traición solo por preocupación hacia él y sus constantes desapariciones. Enterada del lugar al que tanto acudía, y siendo ella más joven y directa, había decidido presentarse en lo que era su casa para saber que entretenía al que era en ese momento el menor de sus hijos. Pronto lo había dejado de ser, y aún más pronto había recuperado ese título. Solo que sin el mismo peso en el vínculo proclamado. Su hijo sabía de la amante de su padre. Su hijo guardó ese secreto y convivió feliz con la otra familia. Su hijo buscaba protegerlos a ellos. Era difícil conciliar eso con el hijo que se había negado con toda la determinación del mundo contra un enlace por conveniencia, ya que quería casarse por la emoción real. Deberías agradecer que para mantener estable la posición de nuestros hijos, me necesites aquí. - una parte importante de su reclamo, pese a que esta fortaleza fue entregada a los Tyrell por Aegon el Dragón, pasaba a través de ella - Si no fuera por ellos, hace rato que te habría abandonado. Su marido se detuvo e incluso lo escuchó boquear, antes de que retomara sus pasos para alcanzarla. Por un instante creyó que trataría de tomarle de las manos, pero fue lo suficientemente inteligente para evitarlo. Bien. Aún le quedaba capacidad para pensar. ¡No te atreverías! - mencionó escandalizado. Llegó su turno de detenerse para aclararle la situación. Su marido se amilanó ante ella, después de haber intentado captar su atención durante toda la conversación, parecía no soportar con el peso de su intensidad. ¿Qué no lo haría? Fui capaz de casarme contigo cuando todo el Dominio se me echó encima, Theo Tyrell. Burlándose y diciendo que cometí una estupidez. ¿Te imaginas ahora, cuando todos desean que te abandone? - los enemigos de la Casa serían los primeros en recibirla con los brazos abiertos, como una víctima de las garras de un escalador codicioso. Ella tendría el perdón que nunca antes hubiera sido otorgado a una chica noble fugada con un plebeyo por amor. Aunque los Tyrell no fueran plebeyos. No del todo. Pero ya que su marido se había quedado tan amablemente callado, era hora de retorcer el puñal justo como quería, para que él sintiera una fracción del dolor que ella había vivido. Para decirle algo que llevaba guardando hacia mucho. Sabes, te escogí porque pensé que eras diferente. - se fijó bien en él, para ver el resultado de la estocada final. Quería verlo palidecer y tragar saliva, y mirarla como si ella le hubiera prendido fuego a todo lo que amaba. Al final, solo estaría devolviendo el favor personal - Porque era joven y tonta y pensé que lo nuestro era especial. Estaba equivocada. - lo miró de arriba a abajo, vestido de seda como cualquier noble y con sus dedos llenos de anillos. Su esposo vivía con el complejo de no ser suficiente. Con suerte, ese complejo se convertiría ahora en seguridad - Al final resultaste ser lo mismo, pero mucho más barato. No sabes cuanto me arrepiento de haberte elegido. Casi tropezó hacia atrás. Le hubiera encantado verlo caer al suelo, donde pertenecía, pero eso eran pedir demasiado. Cuando le dirigió una mirada de ojos desorbitados se dio por satisfecha. Esperaba que no pudiera dormir por las noches pensando en sus palabras. Una inclinación de despedida y ella salió de ahí con una sonrisa fría en sus labios. Mientras se dirigía hacia un destino incierto, ya que no soportaba la idea de continuar encerrada en sus habitaciones, su personal siguió sus pasos. Las personas de su marido se había retirado con él. Necesitaba aire, necesitaba libertad, necesitaba... Allí en la distancia un edificio llamó su atención. Era donde residía temporalmente su hijo más problemático. El que apenas con diez y siete años apañó la infidelidad de su padre. Una parte de ella, la dolida, la traicionada, pensaba que merecía lo que estaba pasando. Eso era poco para lo que ella había sufrido. Sin embargo, esa no era ella. Sin importar lo que hubiera pasado, era su madre y él su hijo. Y en cierta forma su padre también lo había traicionado, lo había destruido. En primer momento, no había podido verlo, tan sumergida en sus pérdidas y en su dolor. Pero él seguía siendo y sería por siempre uno de sus pequeños. ¿Podía realmente una madre matar por completo el amor que siente por el niño que acunó en su vientre? ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Cuando sus labios fueron arrancados de él, debió haberse dado cuenta de que algo pasaba. Pero no podía detenerse. Su cuello expuesto fue víctima de sus atenciones. ¿Cómo se le ocurrió pensar que los besos aquí no eran correctos? ¡Maegor! - jadeó con urgencia - ¡Me aplastas! Se sacudió incluso antes de que el significado de sus palabras se tradujera del todo en su cerebro. Solo cuando se alzó encima de ella, apoyando su peso en sus rodillas y sus codos, notó que ambos se habían hundido en el colchón. Muy caliente. La vista bajo él era demasiado hermosa. Ortiga en uno de esos vestidos prometidos por los Tyrell, solo que con los colores de su Casa. El rojo contra su piel era tan encantador que por un instante todo lo que quiso fue seguir los bordes de la ropa contra su carne. Después de todo, la seda era tan ligera que era como si no llevara nada. Maegor, ¿me escuchas? - volvió a mirar sus labios, hinchados y oscurecidos, y un gemido le subió por la garganta. Detenerse consumía toda su voluntad, escucharla sobre eso era más difícil. ¿Cómo había terminado encima de ella en la cama? - Solo besos, ¿está bien? Solo besos. Eso no era un no. O un detente. Era un: solo besos. Por lo tanto, lo que estaba haciendo no estaba del todo mal. Solo besos. - afirmó. Y su voz salió ronca en comparación a la que conocía. No tenía que detenerse. Solo no aplastarla. Y solo besos. Volvió a estrellar su boca contra la de ella. Respirar no era tan importante como esto. Y abrazándola contra él dejó caer su cuerpo de lado. La cama crujió. Así no habría más aplastamientos, ni más interrupciones. Su aliento conseguía arder contra su rostro y él necesitaba más. Un poco más. Agarró sus nalgas y apretó su cuerpo contra el suyo. La carne hinchada dentro de sus propias calzas se lo agradeció y de alguna forma lo hizo más desesperado. Solo besos, se repetía, solo besos.
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