Sangre y fuego y otras magias extrañas

Het
NC-17
Finalizada
1
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883 páginas, 468.935 palabras, 61 capítulos
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¡No ganarás!

Ajustes
Se despertó con esa sensación de incomodidad mañanera, esa que le avisaba que era momento de usar el garderobe. Su entrepierna estaba levantada como ya era costumbre. Lo que no era costumbre fue cuando miró a la mujer a su lado y su primer instinto fue abalanzarse sobre ella. ¿Y por qué detenerse? Ortiga le daba la espalda. La silueta de su cuerpo y sus caderas anchas destacando contra la sábana. El calor contra el que había estado acurrucado toda la noche lo llamaba, pues sabía muy bien que los dragones disfrutaban de la calidez. No dudó y se pegó contra ella. Su polla buscando fricción pese a las coberturas y él asaltando la parte posterior de su cuello. ¡Le encantó esto! A Ortiga no tanto. ¡Déjame dormir, cachondo de mierda! - se sacudió con energía - ¡¡¡Maldito madrugador!!! Puso un beso, y luego otro, y luego... decidió seguir su ejemplo de los otros días y le mordió la oreja. ¡¡¡Qué no!!! ¡Lárgate, cabrón! Déjame en paz - refunfuñó aún semidormida, desligándose de él y reptando hacia debajo de la inmensa almohada de plumas de ganso contra la que había descansado todo su sueño. El esponjoso cojín era tan grande que su cabeza y parte de su espalda quedó sumergida. De alguna forma, esto se sintió divertido. Su esposa podía tener buen carácter, sin embargo odiaba con todo su corazón levantarse temprano. ¡De verdad que lo odiaba! ¡Y a él le estaba gustando esto de molestarla! No tenía sentido, pero así era. Como claramente su compañera no le apetecía jugar, decidió marcharse. Puede que ella pensara que era muy temprano, pero él estaba seguro de que era más bien tarde. Muy cerca de la hora donde debería estar ya en el campo. No debería seguir demorándose. Aún así, dio un vistazo a su trasero marcándose bajo los cobertores y la tentación atacó de nuevo. Ella le había dado permiso, ¿no? ¿Por que resistirse? Así que alzó la palma y... El aullido que dio su esposa aún resonaba en sus oídos cuando terminó la caminata hacia el retrete, que estaba en un pequeño nicho adyacente a sus aposentos. Antes se habría sentido incómodo de jugar, ya que era algo que consideraba muy infantil. Después de todo era un hombre adulto con ya diez y cuatro años, con una esposa durmiendo justo a su lado. Pero también... los juegos que ellos jugaban no los haría ningún niño. También explicaba porque la gente se divertía tanto con el deporte de cama, que hasta el momento no le había parecido la gran cosa. ¿Por qué nadie le habló de estos antes? No sabría decirlo, pero maldecía a los que callaron. Ya frente al asiento labrado que servía para evacuar se enfrentó a la primera dificultad del día. A estas alturas, su polla ya debería haber bajado. Con la urgencia por orinar presionándolo y él todavía en esta situación, tuvo que tratar. Vaciar la vejiga nunca en la vida le había resultado una tarea tan complicada. ``` El llanto de la niña, que hubiera molestado a otros, le brindó una sensación de corrección a Alyssa. Ya, ya, Rhaena. - le dio unos suaves golpecitos en la espalda de su hija, que se apretujaba contra sus faldas. Quizás quería ser cargada, pero eso no pasaría. No pondría en riesgo su embarazo, no cuando podía estar llevando al heredero. ¡No! Estaba llevando al heredero. No aceptaría nada más. ¡Mamá! - el grito fue agudo, acompañado de lágrimas infantiles - ¡¡¡Mamá, tengo miedo!!! ¡La bruja mala...! - lloró con miedo. Esto iba a alterar a su hija. Lo sabía y lo lamentaba, pero era necesario. Era por su bien. No va a pasar nada malo, Rhaena. - apretó su cuerpecito contra ella, esperando que así soltara la tela de su vestido de su agarre - Todo va estar bien siempre que no confíes en nadie más que en papá y en mamá. - repitió en la habitación vacía. Todo el personal enamorado de la idea de una madre que desea pasar tiempo a solas con su bebé, era para Alyssa el momento ideal para plantear sus ideas. Su hija no debía confiar en nadie. Ni en su niñera, ni en ninguna acompañante que eventualmente buscara, y mucho menos en esa bruja de Visenya fingiendo para ganarse a su niña. Rhaena estaba destinada a ser reina, y ella no dejaría que nadie más influyera en ella. Su hija solo podría seguir sus consejos. Las palabras de Alyssa debían ser la guía que marcara todo su camino. Unos golpes en la puerta la molestaron. ¿Quién se atrevería a interrumpirla? Alyssa, querida. - la voz de Aenys se escuchó tras la puerta - ¿Todo está bien? ¿Por qué escucho llantos? Ella se levantó en el momento, alisando la tela arrancada del agarre de Rhaena, que seguía estirando los brazos esperando ser aupada. Aegon la estaba mal acostumbrando solo por un ligero malestar. Pasa, querido. - puso su sonrisa más gentil para recibirlo, un beso colocado con suavidad en su mejilla. Aenys le devolvió el saludo, su siempre cariñoso marido, y luego frunció el ceño al ver a su cría llorando. Por suerte para ella, el parecido familiar no lo afectaba tanto y dicho gesto no le recordaba a su despreciable medio hermano. La sola existencia de Maegor era una amenaza para el reclamo de su esposo. Que su madre se atreviera a codiciar la mano de Rhaena para él solo había empeorado el rechazo que sentía. Rhaena estaba destinada a ser la pareja de su heredero y su consorte. Ellos no le robarían nada a los hijos de Alyssa Velaryon. ¡Nada! Y gracias a los Siete que los rasgos de Aenys difirieran. Con su embarazo, cualquier semejanza con su medio hermano le hubiera dado ganas de vomitar. Estaba segura de ello. ¿Qué pasa con mi nena? - preguntó el Targaryen, agachándose y recogiendo a Rhaena del suelo. - Le estaba contando un cuento y se asustó. ¿Es así? - Aenys se inclinó contra ella y besó su coronilla - ¿Qué te asustó tanto, mi princesa? La bruja mala me hará daño. - lloriqueó abrazándolo - ¡Mala! ¡Mala no buena! Ya, ya. - Aenys se dirigió a ella - ¿Está bien contarle estas historias? Creo que la alteran. Es parte de crecer, querido. - le explicó acariciando su mejilla. El príncipe heredero (el título de su esposo siempre la hacia suspirar de satisfacción) colocó su mano contra la suya antes de separarla y besarla - Parecen solo historias, pero le enseñan lecciones a nuestra hija. - ¿Y cuál es la de esta? - Que debe confiar en ti y en mí. Y en el abuelo. - concluyó él besando la frente de Rhaena. Una parte de ella se molestó y quiso corregirlo. La otra, la otra le recordó que Aegon era el rey, y que su esposo lo creía un hombre perfecto y ejemplar. No. No debería decirle en su cara que tampoco se debería confiar en él. Bueno, ya que estarás jugando un momento con ella, - señaló a su hija en brazos - te esperaré afuera. Aunque ligera, Rhaena seguía estando enferma y ella no podía arriesgarse mientras gestaba. Tú serás el futuro rey, mi bebé, prometió mientras se palpaba el vientre con suavidad. Aenys vio su mano y se enterneció, antes de que suspirara con resignación. No podré acompañarte pronto. - habló con desgana - Tendrás que irte sin mí. ¿Por qué? - preguntó con preocupación. ¿Qué tanto podría demorarse? Mi padre. - puso sus ojos en blancos - Está furioso porque dice que dejamos a Rhaena sola y enferma. Le dije que tenía los mejores sirvientes que se podrían contratar, pero solo se enojo más. ¿Y que quiere que hagamos? - ella apretó los puños, enojada con el hombre que seguía interfiriendo una y otra vez con su crianza. - Que pasemos más tiempo con ella. Estoy embarazada. - replicó demasiado rápido, y se sintió cohibida por su justificación, no fuera a ser que Aenys pensara mal de ella - Además, no es apropiado. - Aenys asentía - La crianza de los niños pequeños le pertenece a niñeras y amas de cría. Lo sé. Lo sé, mi amor. - afirmó su pareja - Pero sabes como es mi padre. Es de una forma de ser diferente. Pero no te preocupes, mi vida. Yo pasaré tiempo con Rhaena, pero tu mantente alejada. Se que será por tu bien. Complacida por su respuesta, abandonó las habitaciones, satisfecha de escuchar las quejas de su hija sobre la bruja mala que fingía ser buena. Planeara lo que planeara Visenya, no pasaría. ¡Trata bruja y perderás! Su Aenys, mientras tanto, trataba de calmar a su nena. Al menos él sabía que esto no estaba bien y la libraba a ella de dicha responsabilidad. ¡Que esposo tan magnífico tenía! ¿Había alguna otra mujer más afortunada que ella? ``` ¡¡¡Yeeiiiiiii!!! ¡¡¡Eso, Maegor!!! ¡Así se hace! - a su espalda, Ortiga no se limitaba a susurros educados, sino a gritos de ánimo sin ninguna muestra de decoro. Debería contenerse, de verdad que debería, pero no pudo. La efervescencia en su pecho hizo que sus labios se partieran en una sonrisa que no podía controlar. Había pasado una mañana satisfactoria entrenando con Harlen, heredero de los Tyrell. Ortiga también había venido, solo que a ella le costó más abandonar las sábanas. Su buen humor restaurado pese a sufrir algunas bromas, ya que sus habilidades con la espada desentonaban con los caballeros. En ese momento se había contenido apretando los puños. No le gustaba esa confianza y falta de respeto hacia ella, una princesa y su esposa, pero Ortiga había lanzado sus propias puyas de regreso y el maestro asignado a entrenarla las había aceptado con aparente gracia. Su esposa, de actuar poco educado, conseguía encajar con esta gente mejor de los que él haría por si mismo. No molestaría, aunque vigiló en todo momento que el hombre no se propasara. Terminada su rutina, le pidió a su muy sudada novia que se quedara un poco más. Siguiendo su propio consejo, buscaba impresionarla con algo en lo que realmente fuera bueno y como ya lo había visto luchar, no se le ocurrió otra cosa que practicar con la quintana. Eso lo había traído hasta aquí. Esta área de prácticas estaba separada del patio de armas de los nobles de Alto Jardín por una gruesa cerca de madera, por lo que su esposa no tuvo que seguirlo muy lejos. Los postes del cercado superaban la altura de un hombre y poseía gruesos tablones como barrera contra cualquier caballo que se desbocara. Riesgo muy posible para estos ejercicios. Muchos observadores de su actividad se guarecían tras la muralla de palo. Es más, si no se equivocaba, Ortiga de seguro estaría trepada en la cerca, en lugar de vislumbrarlo desde una ventana como cualquier dama noble. Aunque... ¿Realmente había esperado otra cosa de ella? Su primera carga a la quintana había resultado perfecta, pese a que el corcel que montaba no era el suyo y no lo conocía muy bien. Su lanza había golpeado contra el blanco, un escudo dorniense le habían dicho, y había evitado con exactitud el golpe devuelto por el otro brazo del artilugio. Su propio impulso sirviendo de contraataque del mecanismo. Los aduladores de siempre no habían tardado en rodearlo, para su molestia. Su caballo no había reducido por completo el trote de su carrera y ya había caballeros y nobles menores halagándolo. Y por antinatural que pareciera, también algunas señoritas. El mal ejemplo de su mujer les estaba dando coraje de hacer lo que no hacían antes, pensó al ver a las dos muchachas que se le atravesaron muy cerca, momento en el que escuchó los gritos a todo volumen de su esposa. Un vistazo por el rabillo y la localizó más o menos donde pensaba. Aunque también había superado sus expectativas: Ortiga estaba encaramada en la cima de uno de los postes, usando la circunferencia del mismo como asiento. Gritaba como verdulera por él, y aún así, nunca se sintió tan... tan... ¿podría decir admirado? ¿Elogiado de verdad? Mientras más fuertes eran sus aclamaciones, más sentía que la sonrisa que tenía crecía, como algo conectado que no podía detener. Al mirar al frente, se dio cuenta de que no era lo único cambiado. Las dos señoritas que lo habían saludado, tratando de parecer lo más elegantes posible luego de ingresar a este lugar, también habían alterado su comportamiento. Habían llegado altivas, tratando de lucir refinadas entre el barro removido por el paso de innumerables caballos, y habían tratado de captar su atención con lo que la Corte llamaba comentarios ingeniosos. Enredos sin sentido para él. Ahora no parecían las mismas muchachas. Una había bajado su cabeza, un sonrojo en su cara mientras sus ojos subían y bajaban hasta él. La otra se había quedado muy quieta, para luego empezar a pestañear como si se le hubiera metido algo en el ojo. Trató de no hacer lo de siempre y pedirles que se largaran. Su padre le estaba enseñando a ser más político y esto incluía tratar suave a los molestos roces que tenía uno con las damiselas. Él no tenía paciencia para esto, pero tampoco quería cometer una falta. Después de todo, su padre finalmente trataba de educarlo personalmente. Le prestaba atención dispuesto a convertirlo en alguien mejor. No fallaría. Sin embargo, a la primera oportunidad se dio la vuelta, decidido a guiar a su corcel hasta su esposa. ¿Viste su cara? ¿Viste eso? ¡Se parece tanto al rey! - escuchó suspirar a una de las muchachas cuando se iba, como si fuera un gran descubrimiento. ¿Acaso era tonta? Todos sabían que Maegor Targaryen, alzó el mentón con orgullo, era la viva imagen de Aegon el Conquistador. Él estaba decidido a hacer honor a dicho parecido. Cuando cabalgó hacia ella, Ortiga lo esperó sobre su poste como una lady en un palco. Trataba de mantener un aspecto regio sobre su asiento improvisado, con un brillo burlón en su mirada. Así que levantó la lanza (ya que él también quería mostrarse un poco ante ella) y se acercó para dedicarle una promesa. Escuche mis palabras, esposa. - hinchó el pecho - Yo me convertiré en el mejor caballero y dedicaré todos mis torneos a vos. Vio como se alzaban las comisuras de su boca y como ella restregaba de arriba a abajo su cicatriz. No tuvo que escucharla aceptar su oferta, antes de regresar a la práctica. Por mucho que quisiera impresionarla, no lograría ser el mejor si no se esforzaba al máximo. Aún así, en el campo de prácticas adyacente, pudo observar como tres Hijos del Guerrero continuaban su entrenamiento. Habían pasado toda la mañana en ello y aún continuaban. No le gustaba la presencia de Morgan Hightower. Demasiada casualidad que estuviera presente, demasiado interés mostrado en su esposa. Eso si, se había dedicado a ejercitarse con todas sus fuerzas contra su subalterno, quizás mostrando sus capacidades ante Ortiga que estaba en el mismo campo. Yo soy mejor que él, se admitió con convicción. Mejor marido, mejor partido, mejor opción. También sería mejor caballero. Ignoró su presencia, cargando con determinación contra el aparato de prácticas, e imaginando en el escudo no un emblema dorniense sino una torre blanca. Y a cierto Hijo del Guerrero sosteniéndolo. ¡No ganarás! ``` ¡¡¡Maldición!!! - gritó Gregory después de que Morgan aplicara una vez más contra él un combo brutal, que lo dejó tirado en el piso sin posibilidad de defenderse - ¡Al menos déjame sonarme la nariz! ¡No aguanto más! Embarrado de lodo de pies a cabeza, Morgan solo sintió asco, y un poco de lástima, por el Bulwer. Alto Jardín, con sus inmensas plantaciones de rosas y otras flores, no le asentaba. Era un desastre moqueante. Luego recordó lo sucedido anoche y la razón por la que estaba forzando estas prácticas sobre él y pensó que se lo merecía todo. Pero como prefería no quedar embarrado de su mucosidad por contacto cercano, decidió darle un respiro. Limpia tu asquerosa cara. - no pudo evitar el desdén en sus palabras, sentía hasta la mueca que no podía controlar en su rostro - Y luego regresa. Será el turno de Deziel de educarte. Ante su anuncio su otro compañero, que practicaba en solitario, bajó su espada de madera. Gregory era mejor que él, no sólo mejor entrenado sino que venía de una familia conocida por sus hombres robustos como toros. O bueno, lo había sido. Esta mañana, había visto un despliegue de ineptitud en extremo inesperado, aunque una olfateada rápida no le trajo consigo el olor a alcohol que esperaba. Las borracheras de Gregory le habían hecho perder la forma, pero no esperaba que a tal punto, ya que incluso luego de abandonar la bebida se mantenía descentrado e incapaz de mantener la guardia ante ataques tan básicos. Morgan le había cobrado en su carne el crimen cometido, pese a la insistencia de inocencia del hombre de Corona Negra y su continua réplica de que fue la moza quien lo ofendió. Deziel Ryster continuaría su penitencia, ya que aunque previamente no podría imponerse sobre él, su estado actual dejaba mucho que desear. El Bulwer necesitaba otra ronda de golpes, aunque no creía que limpiaría con ello su imagen ante las personas de la fortaleza. ¡Jodido Bulwer arruinando sus planes! Mordió sus labios por la frustración, le hubiera gustado agitar al imbécil un poco más, sin embargo su objetivo estaba frente a él y todo estaba despejado para su intervención. Morgan se sacudió el polvo de sus ropajes, peinó hacia atrás sus agitados rizos y puso su sonrisa más pícara. Quizás su versión educada y noble no le resultaba atractiva a la princesa, por lo que decidió intentarlo con un aspecto más desaliñado. Aunque tampoco quería exagerar y lucir deslucido. Así, sudado por el esfuerzo y con sus músculos marcados, sabía que así podía terminar resultando atractivo para ciertas féminas, entre las que esperaba que cayera la más reciente miembro de la familia real. Que una criatura con un cara marcada como la suya lo rechazara con tanta facilidad hería un poquito su orgullo. Si no fuera por haber vivido más de dos décadas en la que las mayoría de las mujeres posaban sus ojos en él y quedaban prendadas de su encanto, se creería poco atractivo. Su sonrisa cancaneó por un instante, pues a pesar de lo que pensaba, la falta de interés de ella empezaba a tambalear su confianza. Sacudió su cabeza. Esa era una idea estúpida que no tenía cabida en sus creencias. Morgan Hightower había sido considerado desde que era un niño de mejillas rosadas como irresistible, alcanzando un nuevo nivel con la madurez. No tenía ni trece años cuando ya las mujeres iban tras él. Así que repasó su sonrisa ladina y se encaminó a la cerca desde donde Orthyras Targaryen disfrutaba el espectáculo que le daba el mocoso. Su acercamiento fue visto por caballeros y aduladores, y uno que otro sirviente. Las miradas de los últimos eran oscuras y acusadoras sobre él. ¡Qué no había hecho nada! ¡Ni siquiera puso un dedo sobre la moza! Es más, la protegió. ¿Acaso nadie lo tendría en cuenta? Espera, porque se preocupaba lo que pensara la servidumbre de él. Se sacudió de nuevo, tratando de deshacerse de la incómoda sensación, y se dijo que mientras nadie informara de lo sucedido a la princesa, estaba bien. Y de todas formas, Morgan no había hecho nada malo. ¿Disfrutando de la vista de las prácticas, Su Alteza? - nadie sabría lo que le costó no ofender al niño - esposo de la chica, el cual había crecido como la yerba al parecer. Morgan saltó para sujetarse de uno de los tablones del cercado de madera. Quería estar más al nivel de la muchacha para el intercambio, pero esta, desde su muy burdo trono que era el poste levantado, lo superaba en altura. ¿Ya se aburrió de aporrear a su hombre, Ser Hightower? - dijo la chica sin inmutarse por su llegada. O lo estaba vigilando o tenía nervios de acero. Lo segundo era más bien malo para lo que quería, mientras que lo primero hablaba de que ella se mantenía consciente de él. Que fuera de buena o mala manera era algo que tendría que descifrar - ¿Y por ello viene a importunarme? - Si, parece que su seguimiento no era del que le convenía. Mala suerte para él, pero estaba decidido a triunfar. - ¿Es así como su padre le enseñó a tratar a la familia, princesa? Una contracción de su labio le dijo que había tocado un nervio, y solo entonces la encumbrecida chica se dignó a mirar hacia abajo. No le gustaba esta posición, con ella como una reina y él un suplicante a sus pies. Era lo que había, le dijo su lado práctico. Aunque seguía siendo molesto. ¿Por qué los sirvientes de Alto Jardín le dedican miradas de desprecio más fuerte de lo normal? - mantener una sonrisa se convirtió en una tarea ardua - ¿Y por qué cuando les da la espalda, lucen como si estuvieran dispuestos a envenenar tus comidas? No pudo evitar cabecear hacia atrás buscando los infractores. La amenaza de ser envenenado era algo que se tomaba demasiado en serio. Culpaba a su tía Patrice por ello. Vio caer unas cuantas cabezas. El hecho de que había tantos siervos previamente fijos en él provocando un escalofrío por su cuerpo. ¡Excelente! ¡Lo que le faltaba! ¡Lidiar con un personal unido en su odio hacia él! Más temprano había visto a la moza con ojos de ternera y está lo había esquivado. Era claro lo que pensaban todos de él, y que esta tarea que se le dió estaba a punto de hacerse más difícil todavía. ¡Todo por culpa del puto Bulwer! ¡En mala hora lo trajo hasta acá! En su enojo, no pudo evitar observar al remitente de sus maldiciones. El hermano menor de lord Bulwer se alejaba del campo, cojeando y cubierto de barro, para luego rebuscar entre sus cosas. No tardo en encontrar lo que debía ser una tela, y Morgan vió... No, más bien escuchó, la sacudida de nariz más poderosa del mundo. El hombre en serio se estaba ahogando con el polen. Se merecía eso y más, ya que no había sido más que un lastre en todo el camino hacia aquí, ¡y ahora esto! ¡Los Siete lo maldigan! Cuando alzó la vista, se dio cuenta de que la princesa había seguido el objetivo de su mirada con una cualidad depredadora inesperada en ella, solo para que parapadeara y se volviera hacia él como la moza algo impertinente que conocía. Trató de decirse que debió ser más bien su imaginación. Sí, la chica era algo atípica, pero francamente no parecía tener un hueso aterrador en su cuerpo. Más bien pequeña para el estándar noble, y bastante delgada, la princesa lucía un aspecto delicado si uno se fijaba bien. Un contraste bastante grande con su aire poco pulido y su aún más arisco con él carácter. Sí, debió ser su mente bajo presión que lo hizo ver cosas. Cuando saliera de aquí, saldría al coto de caza de su familia. Solo él y un par de sirvientes masculinos. Sin chicas que deslumbrar u otros nobles para fraternizar. Sin responsabilidades. Solo él, el bosque y una que otra cacería. Pero no habría nada de eso hasta que lograra su cometido. Entonces... Digame princesa, su padre no le prestó mucha atención mientras crecía, ¿verdad? - trató de decirlo de la forma más suave posible. De verdad que trató, intentando cargar sus palabras con un toque de apoyo que las mujeres buscan tanto - ¿Estaba el caballero demasiado ocupado para atender a su hija? Mi padre era un hombre ocupado, Ser. - pronunció con una frialdad que decía que no le gustó su apertura, para luego perder su erguido porte y doblar su espalda, apoyando el mentón en sus manos - Pero puede estar seguro de que no soy así por culpa de él. - pronunció con burla. Al parecer, Morgan no había podido sacar por completo el desdén de su pregunta. ¡Maldita sea! - No quería decir eso, princesa. ¿Qué no quería decir, Morgan? - pese a decir su nombre, no había confianza ni familiaridad - ¿Qué no luzco como una princesa? ¿Qué es culpa de mi padre que sea así? - una de las comisuras de sus labios se alzó con desprecio, su cicatriz contrayéndose - ¿Qué mi padre me consideraba menos que sus otros hijos y por ello me descuido? Hubo un suspiro molesto, y Morgan se sintió como un niño siendo corregido por su maestre. - Lamento informarle que está del todo equivocado, Ser. Así que déjese hacer suposiciones absurdas y de intentar lo que sea que este intentando. No funcionará. Usted es demasiado directa. - dijo con algo de rencor. Una acusación no le serviría de nada a sus objetivos, pero es que esta chica era una fiera espinosa cada vez que Morgan se acercaba a ella, y nada le estaba resultando como había esperado. Sí. Esa soy yo, Ser. - le replicó la moza, solo para distraerse cuando su esposo reventó con fuerza su lanza de madera contra el escudo de la quintana. Desde aquí no podía ver bien su cara, más cuando estaba cubierta por el equipo protector, pero Morgan podría jurar que habría una mueca de celos bajo el yelmo del príncipe. Se lo decía su instinto. Bueno, rodó sus hombros, si no podía seducir a la princesa podía hacer creer a su obviamente celoso marido que estaba siendo seducida. Lo importante era causar problemas, y muchas veces en la Corte valía más lo que se creía que la verdad. ¡Y podía dejar de humillarse intentando ganarse a la muchacha y decirle todo lo que quería! Empezando por sus puntos débiles. Me pregunto, - mencionó con satisfacción - ¿ya que dijo que su padre no es responsable de su falta de modales - ¡oh! ¡Como disfrutó recalcarlo! - si él aprobaría que usted se dirigiera a mi y me tratara de la forma en la que lo hace? Eso paralizó a la dama, y Morgan creyó haber ganado el encuentro hasta que una risa grande y ruidosa salió de ella. Dientes blancos y preciosos, aunque algo torcidos, destellaron. La mujer se tambaleó desde su puesto e incluso se secó una lágrima de la cara. ¿Qué es tan divertido, princesa? - preguntó dubitativo y algo descolocado por haber sido convertido en su fuente de diversión. Tú, - necesitó recuperar la respiración para terminar la frase - Morgan Hightower, segundo hijo de tu Casa, ¿no? Trepado como estaba en la cerca, sintió la necesidad de removerse sobre sus pies - Sí. Ese soy yo. - pronunció con una duda sin sentido. Ese era él. Pues Ser Morgan, segundo hijo de la Casa Hightower, de los Señores de Antigua, - de repente, la diversión desapareció dando paso a una seriedad aterradora - no te hubiera gustado conocer a mi padre. No habría terminado bien para ti. - terminó mientras pasaba una mano por su cuello. En la cabeza de Ortiga apareció un recuerdo, su padre de pie, apoyado en Hermana Oscura, con esa sonrisa ladina que era tan suya. Casi podía escuchar su voz diciendo, aunque realmente nunca pronunció dichas palabras ante ella - ¡Toma la cabeza del puto Hightower! - No, a Morgan no le hubiera convenido conocer a Daemon Targaryen. - ¿Qué? Eso no tiene sentido princesa. ¿Qué razón habría tenido para odiarme de esa forma su Señor padre? Un brillo burlesco se apoderó de ella y Morgan fue impulsado a buscar el porque. ¿Por qué fallaba con ella? ¿Por qué le desagradaba su encanto? ¿Por qué su padre, un hombre ya fallecido, le odiaría lo suficiente como para querer su cabeza? Los Hightower no querían la de su hija. Solo que perdiera poder e influencia, y que todo el apoyo que recaudara sirviera para elevar a su hermana. No querían que muriera, solo que quedara relegada. Las acciones de Morgan, incluso si lograba su cometido, no le costarían la vida, se dijo con seguridad. Los Targaryen no sacrificarían a una jinete de dragón tan fácil. Hasta el momento, y a pesar de la pésima recepción que he tenido de su parte, he sido todo lo noble y educado que he podido ser. - la chica continuaba sin dar respuesta, sus comisuras elevadas como si lo que dijera le hiciera mucha gracia - ¿Qué tiene? La he tratado con toda la cortesía y honestidad... - el sonido de una sacudida de mocos interrumpió su discurso. Morgan no pudo evitar mirar hacia atrás, donde el condenado Bulwer y su pañuelo, ahora adherido a su nariz, continuaban su previa labor de arruinarle todo. Cuando volvió la vista hacia ella y su aspecto burlón, una furia se encendió en él. Una que le subía desde la punta de los pies hasta el cuello. ¿Cómo podía esta persona tan vulgar ser inmune a él? - Se siente muy divertida de ver a los hombres arrastrarse por vos, ¿no es así? Una ceja enarcada fue su única respuesta. Solo avivó el fuego que era su enojo. Qué yo, - se señaló - uno de los mayores galanes del Dominio, ande tras sus pies como un perro en celo. - concluyó con amargura. ¿Qué quiere que le diga, Ser Morgan? ¿Qué admita mis sentimientos por usted? - ella entrelazó sus manos de forma suplicante - ¡Oh, Ser Morgan! - enunció imitando la agudeza de algunas voces femeninas - Quiero confesar que comparto los sentimientos que me profesa. El mismo nivel de asco. - sus últimas palabras pronunciadas con un desdén poco camuflado. Se quedó parpadeando, sin saber cómo reaccionar a ello. La chica si sabía cómo continuar: ¿Piensas tú que no sabía lo que tramabas desde el inicio? - la vio carraspear y escupir desde donde estaba - ¿Qué por ser la chica fea no me daría cuenta que jugabas al seductor contra mí? No es eso, princesa... - trató de mediar. Suponía que en su orgullo se había olvidado que su estatus previó a venir acá debió ser envidiable. No sería el primer hombre enviado a ganarse su afecto. Cállese Hightower. - ella resopló - Mire, si usted quiere jugar a la puta masculina es su problema... - ¡No soy una puta! - ¿No? ¿Seguro? Porque es bastante claro que yo le desagrado. Así que la única razón por la que me debe caer atrás es porque quiere algo para su familia. ¿No es así? Tuvo que apretar los dientes para contener la ofensa en sus labios. ¿Cómo se atrevía a sugerir que él era eso? - Las putas masculinas no existen. No es mi culpa que usted no sepa lo que es un galán. Los prostitutos si existen. Tu y yo lo sabemos. - mencionó con frialdad - Y un galán va detrás de una chica o de otra, siempre que le gusten. Tú, - lo miró de arriba a abajo y Morgan se sintió tan aplastado - lo haces por un precio. Puta masculina. - prácticamente deletreó. ¡¿Qué va a saber usted de galanteó con esa cara?! - escupió, su rostro deformándose pese a sus intentos de mantener las apariencias - Yo he sido el rostro más codiciado del Dominio, yo... No me interesa cuantos "yo" pronuncie. - lo interrumpió - Usted sigue sin gustarme. Supongo que está demasiada encantada por la belleza valyria para creer que otros pueden ser atractivos, ¿no? - pronunció con un rencor que no sabía de donde salía - Todo lo que le debe interesar son cabellos platinados y ojos violetas. Hay belleza en otras formas, pero usted - fue su turno de observar su figura con desprecio - no lo entendería. El sonido de un caballo galopando mientras se acercaba se escuchó en el fondo, pero Morgan no sería distraído de la conversación. Ella bufó, para nada ofendida - Mire, Ser, una no tiene que ser bonita para apreciar la belleza. - colocó una mano sobre su pecho mientras cruzaba sus piernas encima del poste - Y tampoco digo que los Targaryen sean los únicos que ocupan el trono indiscutible en ese sentido. ¡Maldición! ¡Si el príncipe más guapo que he conocido no compartía esos rasgos! Eso lo desconcertó, más aún la mirada soñadora de la chica, como si hablará de un ídolo. Incluso la vio cerrar los ojos para describir a lo que ella consideraba el hombre más encantador. - Era moreno, robusto y de nariz respingada. Sus rizos oscuros enmarcaban su cara. Y no es solo eso Ser, - abrió los ojos para mirarle - era más noble de lo que usted nunca podrá llegar a ser. Se quedó sin contestación, pues en ese justo momento Maegor Targaryen se apeó junto a la cerca. Hola, Maegor. - dijo ella con alegría. Aléjese de mi esposa, Hightower. - pronunció una voz ronca detrás de un casco, ignorando el saludo amistoso - ¿No tiene algo más que hacer que no sea importunar a mi mujer? Morgan devolvió la sonrisa a su cara, la que sabía que había erizado a muchos maridos - Cuñado, me siento herido por sus palabras. - colocó uno de sus rizos detrás de su oreja - Solo estaba entreteniendo a mi nueva hermana, ya que la actividad le parecía repetitiva. ¿No es así, princesa? - buscó apoyo en ella, pues a pesar del disgusto planteado, a la chica no le convenía que su volátil esposo se metiera en un problema con él. La moza tendía a protegerlo y contaba con ello. Si de paso podía ofender a Maegor y salir impune, mejor. Por eso se sorprendió que no respondiera - ¿Princesa? La princesa en cuestión había perdido todo interés en el intercambio, y tenía su mirada fija en el patio de armas. Sus cejas fruncidas en un gesto de preocupación. Algo esta mal. - advirtió, y tanto Morgan como Maegor se volvieron para ver de que hablaba - En sus otras prácticas no era tan asertivo. Algo esta mal. Morgan fue recibido por un espectáculo inesperado. Luego de haber pasado media mañana vapuleando al Bulwer, este había retomado la delantera. Sus movimientos eran fluidos como una vez lo habían sido y no le daba chance a Deziel de educarlo como había esperado hacer el caballero. El hombre al menos se puso las calzas de una puta vez. - suspiró algo complacido. Le hacía falta que Gregory volviera a ser el de antes, no la patética excusa de un borracho llorando por su amante. No, Ortiga tiene razón. Algo esta mal. - Morgan se fijó en Maegor, que observaba el enfrentamiento con detenimiento - El caballero era más lento esta mañana y recibió muchos golpes. Incluso si recuperó la concentración, los golpes previos debieron ralentizarlo. Morgan volvió a observar el combate. Deziel retrocedía ante los impactos del Bulwer, que haciendo honor al emblema de su familia, actuaba como un toro en una embestida. Los golpes no lo detenían y él empujaba y empujaba. Era digno del respeto perdido, del guerrero que fue una vez. Aún así, una espinita de inquietud se le clavó en el pecho. ¿Qué había pasado con el hombre? ``` Algo estaba mal y ella iba a averiguar que era. Después de todo, si dejas que el peligro se establezca cerca de ti, lo estás invitando a que te muerda. Ortiga había aprendido esa lección muy joven, y tal vez debido a que la supo aplicar, llegó a la edad adulta, ya que muchos niños como ella no lo hicieron. Bueno, se dijo mientras seguía en silencio los pasos del Hijo del Guerrero con gripe, sobrevivió por estar siempre vigilante, ser muy astuta y tener mucha suerte. Mucha, mucha suerte, pensó mientras recorría con el dedo la cicatriz de su cara. Muchas veces salió de un problema del que todavía no estaba segura de cómo lo esquivó. O cómo se metió en él para empezar. ¿No era una bastarda marcada casada con un príncipe Targaryen, con su propio dragón y siendo considerada por los nobles más finos como parte de la realeza? Eso solo pudo ser magia, y magia fuerte. Las sospechas de Ortiga de lo ocurrido se hicieron más poderosas aquí, y comprobaría si tenían algo de sentido más tarde. Después de esto. Los hombres doblaron por una esquina y se dividieron. En el mismo borde, Ortiga avanzó un tramo y luego se quedó quieta. El que perseguía se estaba alejando cada vez más, pero ella no avanzaría hasta salir del campo de visión de los tres. No se arriesgaría. O eso planeaba hacer hasta que una presencia se le acercó por detrás. Impactada, porque tenía buen oído, fue a sacar una de sus cuchillas hasta que la figura alta se convirtió en Maegor. ¡Por todos los dioses! ¡Mierda! ¡Qué susto me has dado! - puso una mano en su pecho y la otra la apoyó contra él. Ella se había acostumbrado tanto a su presencia que su cuerpo no le advertía ya cuando estaba cerca, se dio cuenta con preocupación - Bueno, a lo que iba, yo... No pudo decir nada, pues la agarró del brazo y con un tirón la arrastró tras de sí. ¿Qué creías que estabas haciendo? - siseó Maegor delante de ella - Persiguiendo a ese perro Hightower. - rumió mientras avanzaba a grandes zancadas. Maegor, espera. ¡Maegor, para! - intentó llamar mientras se tropezaba. Sus pasos eran por mucho mayores que los suyos. Pero no hizo caso. Apretó su agarre, hizo caso omiso de sus palabras y aceleró su caminata - ¿Qué hacías jadeando por... ¡¡¡Qué me sueltes!!! - exigió con un grito y un tirón, liberándose de él. ¡¿Qué mierda te - la furia desapareció, para que su última palabra saliera conmocionada - pasa? Ortiga ignoró lo que fuera que pasara con él y se concentró en ella. Su muñeca palpitaba y ella abrazó contra sí la extremidad lastimada. - Tú. - su voz salió gruesa y oscura, como cuando intentaba aparentar ser peligrosa frente a algunos matones. Solo que esta vez ellaerí que era peligrosa - ¿Qué crees que hacías? - pronunció con una suavidad que hubiera confundido a muchos en esta situación. Yo. Yo... - Maegor cambió la dirección en la que miraban sus ojos violetas, desde sus propios ojos hasta el brazo que ella sostenía - Te vi siguiendo a Morgan y yo... Te dió un ataque de celos y la tomaste contra mí. - él se inclinó de un lado a otro antes de negar con la cabeza, y volver a hacerlo. Se ponía sobre un pie, luego sobre otro y repetía. Solo que esta vez no habría perdón de su parte - Sabes, tienes derecho a tener celos. Todos lo tenemos y es una emoción muy humana. Pareció tratar de asentir y sonreír, pero ella lo conocía mejor. Ese era su intento de sonrisa falsa, y era pésimo. Solo que a ella no le parecía divertido en esta ocasión. Pero me hiciste daño. Me lastimaste. - lo vio saltar ante su acusación para luego negar con la cabeza, agitándola con fuerza - Usaste tu tamaño contra mí, ¿pero sabes qué? No le permito a nadie lastimarme. ¡Jamás! ¡¿Entiendes?! Cuando ella dio un paso adelante, para dejar claro su punto, él retrocedió como si ella fuera un verdadero peligro. Sus pupilas dilatándose mientras se desviaba una vez más a mirar su muñeca. Yo no quería. No quería. - siguió diciendo sin que ella lo consolara en esta situación. De pronto se quedó muy quieto antes de decir - Tengo que pensar. - y dio media vuelta y se fue. Sin dar explicación. Sin llegar a un acuerdo. Y sobre todo, sin pedir perdón. ``` Mientras caminaba, no, mientras tomaba por asalto los pasillos, las personas a su alrededor le abrían el paso. Ya fueran sirvientes, soldados y uno que otro caballero. ¡Cobardes! - quiso decirles, pero para ello requeriría pronunciar una palabra sin que se le enredara la lengua. En su estado no podría. Otro siervo más en el camino se echó a un lado y bajo la cabeza. Una parte de él estaba satisfecha por su sumisión. Era su lugar, después de todo. Otra, una muy pequeña que gritaba desde una esquina, lo pinchaba. ¿Esto es lo que quieres ser? ¿El que da miedo? ¿El que lastima? ¿Cómo hiciste con Ortiga? Se estremeció. Él no podía lastimar a Ortiga. Ella era suya y él de ella, su familia, y los dragones no lastimaban a su familia. Para prosperar, debemos permanecer unidos. Era el mantra con el que creció. Y hoy, lo había roto. No importaba que no quisiera. No importaba cual fuera su intención. Él y solo él, había lastimado a Ortiga. De repente sintió asco. Asco del miedo en los ojos de las personas y asco de las cabezas caídas con temblores cuando pasaba. Necesitaba un lugar despejado. Necesitaba... Sus pies lo condujeron al sitio ideal. Había memorizado cada área que recorría, quien sabe si le serviría después, y aquí estaba. Tres inmensos árboles blancos de hojas rojas, arcianos de la religión de los Antiguos Dioses, brotaban de cada punta del estanque para unirse en un abrazo grupal. Parecían convertirse en un solo árbol sobre las aguas. Decidió inclinarse sobre estas. Su reflejo le devolvió la mirada, pero no era el de siempre. No había neutralidad en su cara como cuando se preparaba ante su espejo de plata pulida. Su mandíbula estaba apretada, su ceño fruncido y un brillo amenazador en sus ojos. Un enemigo, se dio cuenta. Alguien con el cual todos los que eran más débiles que él se verían obligados a inclinarse, y tenerle miedo. De haber conocido a alguien que lo mirara así, Maegor lo habría enfrentado. Pero ¿podían los demás compararse con él, criado para ser un guerrero desde sus primeros pasos y de sangre excepcional? No lo creía. De repente, la imagen que se distinguía en el apacible líquido le dio una revelación. Era él, Maegor el Cruel, el de las historias oscuras de su esposa. El monstruo que aterrorizó a su familia. No existía un peligro de convertirse en él, sino que siempre había estado allí, siendo una parte de él. Pero había cometido un error, se había metido con su Ortiga, y eso era algo que Maegor no permitiría. Has lastimado a mi esposa. - le enseñó los dientes al reflejo que se los devolvió. Había sido el otro el que la había lastimado, porque él no lo haría. ¡Nunca, nunca! Pero el otro era parte de él. Mantenido siempre en el fondo de su ser y dispuesto a salir a la mínima oportunidad. Más vale que te escondas, - le dijo a la imagen - porque lo que has hecho no te lo perdonaré. Ortiga era su esposa, suya. Y Maegor por primera vez en su vida estaba... estaba... contento. Tenía una esposa divertida de la que no quería alejarse. A la que buscaba tanto que lo primero que hacía al despertar era estirar la mano para alcanzarla. El lado oscuro de él ponía en peligro esa felicidad. Se olvidaba de quien formaba parte. Estás jodido cabrón. - dijo imitando los modos de su esposa - Entre mis mejores cualidades están ser terco, posesivo y egoísta. - Maegor nunca renunciaría a la princesa Targaryen que había encontrado, por nada ni por nadie - Ortiga es mía, y nadie lastima lo que es mío. Ni siquiera yo. Así que más vale que te ocultes. Más vale que no salgas jamás de las sombras en su presencia. Porque aunque seas yo mismo, te destruiré. Su reflejo no contestó, pero Maegor no dudó en tomar una piedra, una pesada que necesitaba sostener con ambas manos, para lanzarla contra la superficie del estanque. Cuando las ondas no se habían desvanecido, se dio la vuelta para marcharse. Ya había tomado una decisión y no se desviaría de ella. ¡Jamás! Así, mientras le daba la espalda a su refugio entre los árboles, repitió por segunda vez en el día la misma promesa, solo que dedicada a él mismo y con mayor vehemencia: - ¡No ganarás!
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