Las formas de tratar una herida
22 de marzo de 2026, 16:37
Estaba tan cansada que ya no tenía sueño, pensó mientras se tallaba los ojos. Toda la noche en vela, debatiendo si debía o no visitar al más díscolo de sus hijos. Ella era una cobarde, pues había dado una vuelta tras otra sin decidirse, dejando pasar el tiempo. Y como sabía que pasaría, surgió un problema. Siempre había un problema esperando suceder, y siempre había alguien esperando que ella, la siempre contenida y preparada dama de Alto Jardín, estuviera presente para darle solución.
Se burló de sí misma. Había creado una imagen de intocabilidad y eficiencia, en contraste con el caótico enredo en el que se había tornado su familia, enredo que al parecer ni ella se atrevía a tocar. Así que a la primera señal de disturbios se abalanzó sobre ello, dejando para después la confrontación necesaria con Bertrand. Siempre lo dejaba para después.
El más reciente incidente con sus no tan bienvenidos invitados había erizado los cortos vellos de sus brazos cuando sucedió. Como siempre, los nobles podían dar una palmada aquí o un azote allá a sus sirvientes asignados sin que se le pasará a nadie requerirlos por ello. Era un derecho esperado ante un error de la servidumbre. No pasaba lo mismo con este nivel de brutalidad. Solo uno de los Hijos del Guerrero, y vaya que la había sorprendido que fuera solo uno, había aceptado la compañía de una de sus siervas destinadas al entretenimiento de huéspedes. Todo habría marchado bien, pero en plena noche los alaridos de esta alarmaron a esa sección del castillo, y los que acudieron encontraron al Bulwer dándole una paliza a la moza desnuda. Él alegó que ella lo había ofendido y se había burlado de él, y como tal exigía un castigo para la infractora.
Cuando ella se presentó, estaba segura de que cualquier desliz que hubiera cometido la tonta no merecía tal escarmiento, y que cualquier castigo estaba de más. Después de todo, debajo de su melena rubia solo quedaba una masa hinchada donde antes estaba una cara bastante bonita que complacía a muchos Lores que pasaban por la fortaleza.
Pero ante la terquedad del obstinado caballero, y a pesar de que su superior lo había mirado como si hubiera juzgado la situación y lo había encontrado culpable a él, se vio obligada a escarmentar aún más a la maltratada sirvienta. El Hightower había asentido como si fuera lo correcto aunque con sus dientes apretados, sabía que cualquier consideración que tenía su personal con él había muerto con esto. Como el agresivo hombre exigía, la mujer sería castigada... en sus términos. Ella era lo suficiente sabia para entender un equilibrio: los nobles esperaban que su palabra valiera más que un grupo entero del pueblo llano y que cualquier mínimo roce ante su honor fuera reprendido. La mayoría del mundo estaba de acuerdo con esto, pero existía un límite donde se consideraba injusticia, y aunque la plebe aceptaría la imposición, no se tardaría en murmurar sobre la tiranía.
Ella también había hecho una promesa a su gente. Los Tyrell eran nobles, y aún así separados de estos y elevados por encima de su estatus anterior gracias a un edicto de un rey, pero no olvidarían de donde salieron y protegerían a los suyos. Incluso si tenía que darle una palmada superficial a una moza herida y degradarla... a un trabajo menos pesado, cobrando igual cantidad de monedas que antes y con la promesa de "evaluar" la devolución de su posición tras cierto período. Período que coincidiría con su recuperación. Había recibido una mirada agradecida a través de sus moretones, y sabía que la historia se extendería y la lealtad también. Lo que los demás no entendían es que los nobles se marchaban y los siervos permanecían, y por sus acciones, ella tenía ahora el doble de espías dispuestos a vigilar cada movimiento de esos molestos Hijos del Guerrero.
Un noble tonto complacido con el escarmiento. Una servidumbre aún más agradecida y leal. Desastre en ciernes desarticulado y explotado para su beneficio, pero en lugar de descansar, había vuelto a su anterior disyuntiva. ¿Debería visitar a su hijo o no? Cada vez que pensaba en dejarlo para después se detenía. Si lo hacía continuaría postergándolo como solía hacer, y ella había tomado la decisión de no continuar esto. Sin embargo, aún no se atrevía a dirigirse a su torre y se encontraba rondando por los pasillos. Una sombra ojerosa y agotada de mujer.
No aguantó más y se apretó el puente de la nariz, la punzada detrás de sus órbitas se había tornado en un dolor lacerante, y ella ya no era tan joven para permanecer despierta toda la noche sin consecuencias, como podría haber pasado en otros tiempos. Fue en este estado que se encontró con al parecer, otro criatura igual de conflictuada que ella, solo que envuelta en la piel de un malhumorado príncipe Targaryen. Otro polluelo perdido que quizás la necesitara.
Príncipe Maegor. ¡Alteza! - terminó llamando al imponente muchacho. Pese a lo que se había dicho a sí misma, no podía evitar preocuparse por los chicos que se veían perdidos como él. No parecía ser un mal niño, solo torpe, y ella tenía debilidad para estos jovenzuelos. Los que solo parecían necesitar un poco de ayuda. Un poco de su guía. Ella estaba dispuesta a dárselas si ellos sabían recibirla - ¿Puedo preguntar que hace por acá?
Trotó hacia él, notando que se encontraba agitado y con un gambezón de entrenamiento. No era una imagen tan rara, solo desubicada. Estaba muy lejos del patio de entrenamiento de donde debió haber salido, a juzgar por su aspecto sudado y algo descuidado. Aunque poco dado a preocuparse por como lucía, ella había conocido a algunos herederos que avergonzarían a las más refinadas doncellas en este aspecto, Maegor Targaryen prefería presentarse siempre impoluto y aseado cuando no se dedicaba a sus ejercicios. Por eso verlo así le alertó de que algo estaba mal.
Y una vez más Bertrand será dejado para después, le dijo una vocecita que ella ignoró.
¿Lady Tyrell? - preguntó con una confusión en su voz que lo hacía parecer más joven. O quizás solo lo hacía parecer de su edad. Todos lo veían como alguien tan maduro por su comportamiento estoico, que olvidaban que tenía apenas diez y cuatro años. ¡Ni siquiera era mayor de edad!
Sí, Alteza. - al alcanzarlo le dedicó una reverencia.
Lo vio parpadear y detallarla antes de soltar un - Luce horrible.
Se quedó boquiabierta ante la falta de tacto, pero no se ofendió. Se sentía horrible - Eso no es muy educado de decir, mi príncipe.
Lo vio apretar los ojos y encogerse, antes de murmurar - Otro error de tonto - para golpearse la frente. Oh, su pobre niño, no tenía porque juzgarse con tanta dureza. Sin embargo, el resto de la nobleza no lo vería así. Aún así, no pudo evitar que le doliera por él.
Oh, no se presione tanto, mi príncipe. Para aprender primero tenemos que cometer errores, - y cuando él extendió el brazo en una invitación educada, ella aceptó con una inclinación - y como usted mismo puede ver, no me ofendo siempre que se corrija con sinceridad.
Lo vio desviar los ojos ante su lección, para luego cabecear en aceptación a sus palabras. ¿Estaba en esa edad en la que se avergonzaba de todo?
- Puedo preguntar, ¿qué le pasa?
Lo vio callar, y seguir caminando, y seguir aún más. Que no se hubiera retirado significaba que tarde o temprano hablaría. Eso estaba bien, ella tenía paciencia, y estas cosas no deben apresurarse.
Yo... - dijo después de un rato, mirando al suelo mientras no detenían sus pasos - le hice daño a mi esposa.
La admisión la conmocionó. Había creído que los príncipes eran demasiado unidos para ello y a diferencia de muchos, no desconfiaba del aspecto severo de Maegor. Sin notarlo y asustada por las implicaciones, le apretó el brazo, lo que pareció motivarlo a hablar aún más. No había sido a propósito pero funcionaba - Le apreté fuerte de las muñecas y tiré de ella.
El alivio terminó inundándola, un peso desapareciendo de su cuerpo. Ningún miembro de la familia real había sido dañado en el castillo, no importa incluso si era una esposa reprendida por su marido.
Eso... Eso no está tan mal. - sí, de todas las cosas que pudieron ser esa no era tan mala - Eres joven y solo fue un pequeño error...
¡No! - la interrumpió él con firmeza, y con ese ceño fruncido que alejaba a tantos - No es correcto hacerle daño a mi esposa.
Esta bien. Estoy segura de que un agarre fuerte no hizo mucho daño. - expresó ella tratando de calmarlo - No hay porque alterarse tanto por ello.
Si hay porque alterarse. - volvió a cortar él su discurso, safándose de su agarre y extendiendo frente a él sus propias palmas. Tenía que admitirlo, podía ser un niño pero tenía manos grandes y robustas - Yo, yo soy fuerte, y ahora fue eso, pero después puedo hacerle más daño sin querer.
Tan joven y con tanta razón, aún así - Eres un buen joven, tan preocupado por algo que de seguro no quisiste hacer. - descuidado y fuera de una rutina que ella había notado muy bien, era claro que dicho evento lo había alterado. Pobre chico. Más tarde se diría que fue la falta de sueño lo que provocó el descontrol, porque estiró la mano y peinó con la misma la corta cabellera del hijo de los monarcas del trono de Hierro.
Ambos se congelaron, solo entonces dándose ella cuenta de lo que había hecho.
¡Mi príncipe, yo...! - ¡el horror! ¿Cómo había podido hacer eso?
Esta bien. - le contestó Maegor, aunque su ceño se profundizó mientras parecía organizar su cabello él mismo. Era demasiado corto para haber sido despeinado y aún así, pareció concentrado en devolver cada pelo a su lugar - Mi madre recién empezó a hacerme esto y descubrí que no me molesta tanto. Con ciertas personas. - le dedicó un vistazo rápido - Esta vez está bien, pero no lo vuelva a hacer.
No fue alivio lo que sintió, solo un dolor sordo. ¿Recién? ¿Solo recién era que este chico había conocido esa caricia tan simple? Una ráfaga de dolor, celos y envidia le atravesó el pecho. ¿Cómo podía una madre tener un hijo como este y solo recién, la palabra la enfureció, dedicarle un cariño tan sencillo? Si hubiera sido ella... No se atrevió a continuar. No sabía su historia ni lo que había pasado. No podía juzgar. Eran solo sus propios anhelos los que intervenían. Sin embargo, ella sabía mejor.
El hijo de Aegon continuaba ajeno a su debacle, regresando al tema que le molestaba - Yo quiero ser el mejor esposo que mi esposa pudiera haber tenido. - lo pronunció con una fuerza, como si fuera una meta definitiva - Esto no es solo un pequeño error. En el entrenamiento - se dirigió a ella con firmeza, su pecho expandiéndose mientras hablaba - si no se corrige un pequeño desliz, uno lo repetirá una y otra vez. Primero en el mismo entrenamiento, luego en un duelo o incluso en el campo de batalla, donde ya no será un pequeño desliz, sino un error garrafal que podría costarte la vida. - se irguío en toda su altura - No permitiré que esto me cueste mi matrimonio. Esta equivocación será cortada de raíz, desde ya.
No supo que decir. Demasiada firmeza, demasiada convicción en alguien que apenas estaba aprendiendo a vivir. Y también demasiada sabiduría. ¿No había dejado ella de lado a Bertrand, dejando que la distancia entre ellos creciera y se extendiera? No importaban las excusas, importaban los hechos, y ella se había mantenido alejada de su propio niño herido. Eso se detendría hoy. Quizás no eliminará la distancia, pero algo tenía que sanar entre ellos.
Sabes, - admitió con burla - algunos podrían llamarte ingenuo e idealista.
Lo vio apretar aún más su cara, para nada feliz con lo que ella dijo y acabó sorprendiéndola de nuevo - ¿Pero usted no?
No. - negó con una sonrisa triste - Yo le rezaré a los Siete porque esa terquedad tuya se mantenga y cumplas todas esas promesas que estas lanzando al aire.
¡No son promesas al aire, mujer! ¡Y ten por seguro que las cumpliré! - por un instante temió haberlo ofendido, hasta que vio una comisura alzada en una boca ligeramente desviada.
¿Maegor Targaryen, me hizo usted una broma? - lo observó bajar la cabeza para luego subirla con suficiencia - Muchacho encantador. - le dijo colocando de regreso su brazo contra el suyo. El príncipe lucía muy satisfecho, aunque no continuó pinchando como haría otro joven. Ella podía estar orgullosa. No lo conocía tan bien, pero podría jurar por su vida que este momento era más bien un evento escaso del que pocas personas tendrían un vistazo y ella había sido una de ellas. Se podía considerar afortunada. Aunque pensando en su vida... Suspiró.
No se dejó desanimar. Tratando de no dejar caer la conversación, trató de inyectar un poco de alegría en sus palabras - Supongo que ya tienes hecho una lista de las cosas básicas para evitar convertirte en un mal marido.
Su aspecto serio debió confundirlo a pesar de haber usado un tono jocoso, porque el príncipe a su lado comenzó enumerando una lista.
Sí, la tengo. - empezó a contar con los dedos de una mano - Darle todo el respeto que se merece como mi esposa y como una Señora del Dragón. Nunca dejarla de lado ni abandonada todo el tiempo. - ¡Ay! Pensó con constricción, llegando a la conclusión de que eso se podía relacionar con el reconocido interés del rey Aegon de mantener a su esposa Visenya fuera de su vista en todo momento y cuando fuera posible - No dañar físicamente a mi esposa de ninguna manera. - otro dedo fue alzado en su mano y se dirigió a ella - No me preocupaba tanto por esto antes. Aspiraba a ser una marido normal. Ahora quiero ser el mejor, por lo que se que esa lista no está terminada y le iré agregando más cosas por el camino. - alzó el mentón que ya perfilaba ser cuadrado.
Suponía que el momento de bromear había terminado, aunque no esperaba que él se tomara su comentario tan a pecho. Sin embargo parecía tan decidido a ello, tan dispuesto, que ella se sintió presionada a aportar algo también a su ya establecido plan de matrimonio. Las cosas de estos jóvenes, se burló internamente.
Bueno, - decidió contarle con algo de desgana - si quieres mejorar como marido, puedo darte algunos consejos y hablar desde mi experiencia. Desde mis malas experiencias. - aclaró.
El príncipe se detuvo y se concentró en ella, haciendo imposible que se retractara.
¿Sabes lo que me pasó? Bueno, por supuesto que sabes, todos han escuchado los rumores. - cada miserable persona en el Dominio y era probable que más allá.
No me gustan los rumores. No es lo mismo rumores que la verdad. - habló con firmeza - De hecho, pueden ser lo contrario. Así que si un confirmación, todos son mentiras para mí.
Definitivamente demasiado sabio para tu años. - ella asintió - Sin embargo, muchos rumores pueden contener una parte de verdad, por distorsionada que este. Cuando circule uno, es porque una información jugosa salió a flote y lo mejor es investigar.
Su cabeza subió y bajo en afirmación, el chico a su lado le daba la razón.
Bueno, supongo que te contaré mi versión de la historia, y una enseñanza implicita. - tuvo que humedecerse los labios para hablar. Habían pasado años y las heridas todavía dolían. Todo todavía dolía como entonces - Yo me casé por amor, renuncié a muchas cosas en el nombre del sentimiento, aunque al final terminé en el mismo lugar y estatus. Bueno, puede que un poquito más arriba. - contó con una sonrisa.
Él seguía serio. Bueno, suponía que la hora de la diversión de verdad que había terminado. Fue bonita mientras duró.
Incluso con el gobierno de Alto Jardín yo amaba a mi esposo y él me amaba a mí. De hecho, creo que todavía me ama. - lamentablemente para él, no le devolvía el sentimiento - Hasta que me traicionó con otra mujer.
No entiendo. - su ceñó permanente se torció en uno de confusión - ¿Si dice que la ama a usted, por qué querría a otra? - ¡cuánta inocencia! ¿Por qué todos no podían ser así?
- Porque pensaba que podía. Porque todos le decían que los hombres como él podían mantener a una amante y a una esposa y que todo seguiría igual. Porque pensaba que lo perdonaría.
Pero usted, - preguntó tentativo - ¿no lo hizo?
- No. La confianza esta rota. Mi fé en él muerta. La sociedad espera que lo perdonara y fingiera que nada pasó. Que hiciera como si mis ojos fueran ciegos y mis oídos sordos. La mayoría de las nobles lo harían. ¿Pero sabes qué?
Ojos violetas hermosísimos parpadearon sobre ella.
- No funciona. Una esposa que descubre a su esposo en esas circunstancias, aunque no ame a su marido, aunque lo ame y ya sea que diga perdonarlo, nunca vuelve a ser igual. Dejas de confiar, dejas de creer, y en mi caso: dejas de amar. ¿Supongo que usted no quiere eso?
La cabeza de agitó de un lado a otro - Y no hay peligro de que me pase. Traicionar así a una jinete de dragón es estúpido. - dijo con una mueca - Probablemente acabaría muerto y calcinado.
Fue a decirle que una esposa no haría eso con su marido y luego lo pensó mejor. De tener un dragón ¿qué le haría hecho ella a su esposo? Definitivamente no habría sido nada pacífico. Sonrió al imaginar a cierto esposo suyo ardiendo en llamas. Una idea absurda, ya que eso no saldría bien para nadie, aunque en definitiva la complació mucho en ese instante - Bueno, supongo que eso ya es algo bueno, pero no es solo la infidelidad, aunque esa es bastante mala por si sola.
Entonces... - su corta melena de plata y oro fue rascada con duda.
Es una lección sobre la confianza. Si tu esposa deja de creer en tí... - dejó la frase a la mitad, para ver si él podía terminarla.
Nunca volvería a confiar. - respondió luego de rumiar un rato - Como cuando recibes a un traidor, nunca puedes confiar de vuelta en él. Una vez traidor, siempre traidor.
Correcto. - le dedicó una sonrisa antes de proseguir con seriedad - También es una advertencia contra el mundo. Te dirán que hacer, que es lo correcto, que el daño que no hagas no importa, aunque tú sepas lo que provocas con tus acciones. Es importante no escuchar a estas personas. La presión del que dirán puede llevar a un hombre a hacer algo tan estúpido como tomar una amante solo por tener una, a pesar de que dice continuar amando a su esposa. - pronunció con rencor.
Hubo un silencio incómodo, antes de que la voz del príncipe lo destrozara.
Discúlpeme, lady Tyrell, pero todo hombre que haga eso es imbécil. - afirmó con seriedad, para luego quedarse pensando un rato - ¿Cómo podría dejarse guiar por consejeros estúpidos? ¡Y más si saben que esta mal!
Ah, eso es porque no conoces cuan seductoras pueden ser algunas sugerencias, ofreciendo los deseos más oscuros para ser complacidos sin mediar las consecuencias. Así como no sabes cuan crueles pueden ser las murmuraciones, - expresó con pesar. Ella las había sentido en carne propia, sin embargo y a diferencia de su marido no había cedido. ¡Lo mío fue peor! Quiso gritar una parte de ella. Yo sufrí por él y ¿cómo le pagó? Sucumbiendo a la primera oportunidad. ¡Nunca lo perdonaría! ¡Nunca, nunca! - y cuanta presión podrían hacerte sentir. - concluyó con pesar.
No se preocupe lady Tyrell, - intentó unos suaves golpecitos en su brazo - soy demasiado terco para hacer algo que no quiero solo porque los demás lo piden. Aún así, me preocupa las capacidades de Lord Tyrell para dirigir este lugar en base a lo que me dijo. No entiendo como alguien así pudo ser dejado a cargo de Alto Jardín. ¿Cómo podría depositar mi padre su confianza en él?
La preocupación de algunos, y la debilidad que otros usaban en su contra. Estúpido Theo Tyrell y sus estúpidas decisiones.
No se preocupe, mi príncipe. Lord Theo conoce sus límites y nunca pondría en riesgo este feudo otorgado a su familia. - explicó de forma ominosa. Pudo haber jodido su matrimonio, pero nunca pondría en riesgo su muy prestigiosa posición - Además, - decidió concluir - una persona puede ser a la vez un buen Lord y un pésimo esposo y padre. No son cosas excluyentes.
El chico asintió y se quedó pensando en silencio, analizando lo que dijo. Al menos era un pensador, se dijo, en contraposición con algunos que aceptaban todo lo que se les decía a la primera. Iba por buen camino. Ella también decidió hacerlo. Maegor Targaryen tenía razón, si dejas que un error prospere, este crecerá desproporcionado. Era hora de arreglar su error.
Que los Siete le den fuerzas para lo que se avecinaba. No postergaría lo de su hijo una vez más. Anciana por favor, dame tu sabiduría, rezó hacia el cielo. Madre por favor, permíteme ser una venda para sus heridas y no un puñal que simplemente las abra.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Bertrand una vez más se encontraba mirando el techo desde su cama. No tenía las fuerzas para hacer nada más. Tampoco es que tuviera las ganas de hacer nada más. Se relamió los labios, no porque estuvieran resecos, sino en un impulso tonto de buscar el sabor del vino. No habría. No se le había permitido probar una gota desde que fue enclaustrado aquí. No importa cuanto ordenara, suplicara o negociara por ello. El sirviente de su madre y único permitido dentro de sus habitaciones, con la notable excepción de una friega - suelos algo madura, se había asegurado de ello. Nada de bebida para el impenitente Bertrand, que una vez más había jodido a su familia, o más bien por poco lo hace de nuevo. Tampoco habían chicas que lo entretuvieran ni festines para atorarse de comida, algo con lo que distraer su mente.
En este punto ya había pensado un par de veces en seducir a la moza de la limpieza, pero una sonrisa sin sus dientes delanteros le había quitado ese apetito. Por ahora no estaba tan desesperado. Por ahora... Pronto lo estaría si seguían dejándolo a solas con sus pensamientos. Tanto para su más ferviente deseo en esta vida que era no pensar. Nunca pensar. Para no tener que cargar con todo lo que hizo.
¡Matasangre! ¡Matasangre! ¡Matasangre! Susurró su consciencia, y esta vez el temblor de sus manos no fue por su abstinencia, sino por el terror abyecto de la afirmación. Él trataba de negarlo con la misma intensidad con la que sabía que era cierto. Bertrand Tyrell era un matasangre.
Sintió la puerta externa de su celda abrirse y cerrarse. Extraño. Creía que aún no era hora de que le trajeran más comida, aunque últimamente solía confundirse mucho. Cerró los ojos y se concentró en los sonidos. Lo que sea necesario para ignorar cualquier pensamiento que le atravesara su cabeza. Como de costumbre, sintió los pasos de su criado, o más bien su carcelero, acercarse. Pasos pesados y anchos contra el suelo, de un hombre que podía contenerlo con una sola mano. Cosa que ya había hecho par de veces. Si no estuviera tan enfadado, aplaudiría al mozo por tener las pelotas para pegarle a un noble. Aunque por otro lado, era un sirviente ordenado por su madre, nadie en este castillo se opondría a sus designios y mucho menos él, a pesar de lo que pensaran los demás. Bruto y callado se sentó en su asiento, en el cual solía vigilarlo sobre su cama, siempre en silencio. Solo que el mullido almohadón que usaba sonó diferente. Frunció sus cejas, o quizás solo era algo que se inventó su mente mareada. Lo que fuera siempre que no pensara, que no recordara.
El silencio se extendió, y Bertrand permaneció callado. Tenía accesos de esto que el hombre aceptaba sin rechistar, ya que no parecía ser muy parlanchín, pero hoy Bertrand estaba nervioso. Necesitaba llenar el espacio.
¿Qué pasa, hombre? - preguntó con sus ojos cerrados, no queriendo ver más del bien conocido techo - ¿Finalmente decidiste rendirte y me trajiste el vino que te pedí? - mencionó con burla y quizás, solo quizás, con una pizca de esperanza - Nunca recibirás una oferta mejor en tu vida.
¿Quince días encerrado por casi causar el cataclismo de tu familia y aún te atreves a desear más vino? - una voz helada y también muy reconocida lo hizo sacudirse sobre el colchón. Se levantó de un tirón para ver al siervo vigilante pegado a la pared, y a su muy respetable madre sentada en el puesto que él solía ocupar. Ella enarcó una de sus rubias cejas - ¿No tienes nada que decir en tu defensa?
¡¡¡Madre!!! - vocalizó con conmoción.
No hay porque gritar, Bertrand. - la vio cruzar las manos sobre la falda de su vestido - Estoy justo delante de ti.
No supo que decir, que hacer aparte de tragar en seco y boquear. Su madre sí. Se quedó observándolo con tenso escrutinio. Desde la holgadez de sus ropas debido a la delgadez, así como su descuidado aspecto, su barba desaseada y sus ojeras. Incluso semiacostado en la cama sintió el impulso de retorcerse. De alguna forma siempre terminaba presentando ante ella su peor versión, y a pesar de todo no se había acostumbrado a la vergüenza que le subseguía. ¿Irónico no? La Vergüenza de los Tyrell, avergonzado.
De repente se arrepintió de haber deseado llenar su aburrimiento con algo, prefería estar a solas con sus pensamientos que enfrentarse a esta mujer. Una dama de hierro invulnerable. Un titán que protegía a su familia. Antes había sido todo eso, pero también lo amaba. ¿Cómo podría amarlo ahora? ¿Después de en lo que se había convertido? ¿Después de lo que había hecho? Él mismo no podía perdonarse, ¿cómo podría ella, siendo la principal víctima de todas sus acciones? No. Habían otras. Vidas que él había arruinado para siempre, e incluso una vida había sido truncada por su causa. ¡Matasangre! ¡Matasangre! ¡Matasangre! Regresó la voz, y él necesitaba de todo su ingenio para ignorarla.
¡¿Qué deseas?! ¡Dilo pronto y lárgate! - y solo luego de explotar de rabia se dio cuenta de lo que había hecho. La miró horrorizado, queriendo decir - No, mamá, por favor. No quise decirte eso -, pero ya era tarde. Las palabras habían sido pronunciadas y su madre se veía ahora más severa que antes.
Me he pasado la noche en vela discutiendo si visitarte o no. - solo entonces notó Bertrand las bolsas en sus ojos, grandes y pesadas por no dormir, más considerando que el sol ya debía estar aproximandose a su punto más alto en el cielo - Y soy recibida con esta ingratitud. - la vio apretar los labios.
Ingrato era poco para lo que él era. Traidor, canalla, mentiroso, mata... ¡Basta! Tenía que concentrarse en su madre. Esta era la primera vez que se dirigía directamente a él en años. No a través de una discusión con otros miembros de su familia en una habitación, no a través de los mensajes de un sirviente. Cara a cara. Y a pesar de que estaba desesperado por el calor su madre, la otra, la de antes, tomaría incluso su disgusto siempre que se dirigiera directamente a él, confirmando que su hijo aún existía en su presencia.
Perdón madre, - trató de presentarse, pero al poner las piernas en el piso para levantarse le dio un mareo. Tembloroso, débil, patético ¿cuán bajo podía seguir cayendo? - Perdón por no saludarte correctamente, - le explicó con la mejor sonrisa que le pudo dedicar. Por su mirada no estaba muy impresionada - estoy algo enfermo... - y no supo que más decir. Ambos sabían que no estaba enfermo.
Su madre asintió, dispuesta a dejar pasar la mentira, una pequeña en comparación con muchas otras que le había dicho él. Y que aún le decía.
¿Puede saberse que la trae por aquí, madre? - no lo había visitado en todo este tiempo. Ninguno de su familia lo había hecho, aunque lo entendía. ¿Quién querría visitar a un desperdicio de persona, que casi había lanzado todo el esfuerzo de generaciones de Tyrell por las murallas?
Vengo a hablar de tu matrimonio. - una sola frase causó en él la impresión más honda. ¿Matrimonio? ¿Qué clase de broma era esta? Pero la dama frente a él ya no bromeaba con él. Apenas y le dirigía la palabra. Ajena al shock que lo embargaba, su madre continuaba su explicación - Necesito que te recuperes lo antes posible. - no dijo de qué, ambos sabían a lo que se refería - Cuando pase tu encierro, tu padre comenzará a presionarte para concertar un enlace. Pretendo retrasar su búsqueda hasta que salgas y encuentres a alguien que trabaje a tu conveniencia, pero te necesito sobrio para ello.
No. - negó con la cabeza, agitándose cada vez más. Debería parecer un espantapájaros siendo sacudido por una ventolera - No pueden concertarme un matrimonio por conveniencia. ¡No pueden!
Después de todo, ¿aún te niegas a ello? - la cara de su madre estaba arrugada de odio, una imagen que no había visto en casi una década, pero supo destrozarlo igual. El significado de su comentario también lo hizo respingar.
Vio a su madre, porque aún lo era por mucho que desearía no serlo, apretar los puños sobre la falda para luego aflojarlos y suspirar. Tomó aire y lo soltó con fuerza antes de dirigirse de regreso a él - Lo siento, Bertrand. Me he pasado un poco. - vio como masajeaba con delicadeza sus sienes - La falta de sueño y demasiados problemas me están agobiando. Espero que puedas perdonarme.
El que deseaba suplicar perdón era él. Lanzarse de rodillas y alcanzar el borde inferior de su vestido y suplicarle que lo perdonara. Él era el que había arruinado todo. No lo hacía solo porque sabía que no habría piedad de su madre, y más importante aún, él no la merecía. Sabía lo que pensaba, acababa de verlo. La señora de Alto Jardín, que había visto a su hijo encubrir la aventura de su padre, que había jugado y se había encariñado con la otra familia de este, el patán disoluto que se acostaba con toda moza que le diera la oportunidad, aún quería tener un matrimonio por amor.
¿Por qué, si ya ni siquiera creía en ese sentimiento? No sabría decirlo. Puede porque una parte de él aún estaba atrapada en aquel chico ingenuo de diez y siete años que soñaba con tener una pareja como lo habían sido sus padres. No tenía sentido. Era tonto. Así como lo era el deseo de volver atrás y cambiarlo todo. ¿Cuántas cosas habría hecho diferente? Para empezar, observó la figura erguida de su madre en el asiento, no habría rechazado los mimos y abrazos que esta le quería otorgar en su juventud. Los tomaría y se aferraría a ellos como un tacaño a sus monedas. Pero era tarde, demasiado tarde. Solo valoras lo que tuviste una vez que lo pierdes.
¿Por qué este repentino interés en mi boda, madre? Antes a nadie le interesaba. - antes lo dejaban actuar a su antojo, entendiendo que Bertrand era un desastre y cualquier matrimonio suyo también lo sería. No es que él fuera peor que algunos nobles, pero los Tyrell no serían excusados como se hacía con otros.
El maestre afirmó tras el último aborto de tu cuñada, que dudaba ya de que fuera capaz de llevar un niño a término. - explicó con una frialdad que congeló la sangre en sus venas - Incluso advirtió sobre la improbabilidad de que vuelva a quedar encinta. Lo que colocaría a tus hijos, a los legítimos, - puso énfasis en la aclaración con un engrosamiento de su voz y un chispazo en sus ojos verdes - como los próximos herederos. Así que ya sea que pase directamente a ti, o a tus hijos, la herencia de Alto Jardín eventualmente terminará en tu línea.
¡Harlen debería dejarla entonces y buscarse otra esposa! - escupió con enojo. Todo para ocultar el miedo que empezaba a calar sus huesos. No, Alto Jardín no podía caer en sus manos. Miren los problemas que provocaba siendo un segundo hijo. ¿Cómo podría cargar él con Alto Jardín? Esa responsabilidad le correspondía a Harlen. El siempre correcto Harlen que nunca hacía nada mal, pensó con encono pero también con una envidia acumulada. Harlen no habría fallado como él.
- Harlen se niega. La respeta demasiado.
La respuesta lo sacudió y lo avergonzó a partes iguales, pese a que su madre había hablado de forma muy neutra. El terror no tardó en comenzar a clavar sus garras de forma más profunda en él - Entonces los hijos de Aleria. - mencionó - Estoy seguro de que las manzanas estarán encantadas de dejar a su nieto no nacido como el futuro heredero. El Dominio no podría estar más feliz de que lo que ellos llaman un noble de verdad se asiente aquí.
Por favor Bertrand, eres más inteligente que eso. - rechazó su madre con burla - Así como nos odian, empezarán una pelea de perros con cualquier otra Casa que no sean ellos mismos si se asientan en la joya de estas tierras. Lo que significa que cualquiera con un reclamo entrará en guerra abierta para convertirse en el hombre que planta su trasero en la silla del gobernante de esta fortaleza.
Resopló molesto, eso no se podía negar. Se hablaba mucho de honor y de respeto, hasta que había algo de valor en juego y entonces todos se volvían borrachos agresivos en una taberna. La dignidad noble de la que presumían no valía nada cuando la codicia aparecía por medio.
Además, - su madre hizo girar su cuello, quizás adolorida del mismo - dígamos que el hijo de tu hermana hereda. ¿Lo haría como Tyrell o como Fossoway? Ambos sabemos las expectativas.
- No importan las expectativas. Sería el legítimo sucesor de la familia. Mis tíos no podrían discutirlo.
- ¿Crees que los hermanos de tu padre no comenzarían a reclamar que tienen derechos más directos? El hijo de una hija o un hermano. Aunque la gente piense que todo queda claro, las luchas por el poder no funcionan así. Alegrarán que Aegon el Dragón entregó Alto Jardín a los Tyrell, no a los Fossoway. Y de haber querido a uno gobernando aquí lo habría puesto él mismo.
¿Y no podemos hacer algo? - su progenitora era una mujer inteligente, más que la mayoría de los hombres, debería poder ocurrírsele algo.
Nuestra familia se encamina a una crisis sucesoria, Bertrand, - negó con la cabeza - y somos demasiado jóvenes como Casa para sobrevivir a una. Incluso si planeamos de antemano, ningún plan es infalible, por lo que debemos seguir la opción más viable.
- Entonces, ¿me sacrifican a mí?
La mayoría no lo consideraría un sacrificio. Todas las riquezas de los Gardener a tu alcance. ¿Qué más podrías desear? - le dijo mientras sacudía el polvo que no existía en su faldas. Volvió a soltar el aire y dejó caer los hombros - No importa lo que pienses Bertrand, hago esto por tu bien.
¿Cómo podría ser obligarme a casarme algo por mi bien? - preguntó con dientes apretados.
Porque te estoy dando la oportunidad de escoger. Muchas familias y aún más damas casaderas ignoraran tu colección de hijos bastardos para poner sus manos en la herencia de este lugar. - la mención de sus hijos, sus hijitos que no podría ver por medio año mientras se mantuviera encerrado aquí, captó su atención - Muchas incluso fingiran aceptar a los niños, para luego de que te cases con ella hacer sus vidas miserables. - advirtió.
Nunca lo permitiría. - sus niños eran lo primero. Nunca los abandonaría. Los mantendría a su lado todo el tiempo, cuidados y protegidos.
Eso, o harán que sus hermanos legítimos los odien. A los que ya tienes y a los que tendrás, porque ambos sabemos - afirmó como si fuera una verdad inmutable y probablemente tenía razón - que seguirás descarriándote por ahí. Matrimonio o no.
Todos los nobles tienen amante, mamá. - afirmó y se arrepintió al instante.
¡¡¡No te atrevas a pronunciar la asquerosa escusa de tu padre de nuevo ante mí!!! - más que un regaño, era un ladrido. El veneno se deslizaba por la garganta de su madre mientras hablaba. La emoción hizo que no pudiera contenerse y se puso de pie como para encaminarse hacia donde estaba - ¡Esa justificación me parece tan cobarde y patética como la primera vez que la escuché de los labios de tu padre! ¡¿Me entendiste?!
Cabeceó debidamente escarmentado. ¡Tonto! ¡Tonto! ¿Cómo se te ocurre decirle eso a ella? Nadie dijo nada por un breve momento, aunque se sintió más largo de lo que debería haber sido.
Bien. - mencionó entre dientes la dama, tratando de arreglar su ropa para cubrir su arrebato. Incluso arregló los impolutos mechones dorados que compartía con su hermana. Lo que fuera para controlarse, y a pesar de esto, se mantuvo de pie.
Su madre trataba de recuperarse mientras el sirviente tras ellos desviaba la cara. Suponía que no se atrevía a dejar a solas a su señora con el inestable Bertrand. No es que pudiera hacerle nada, indefenso como estaba como un niño. Como sus hijos...
¿Dónde estaba? Ah, ya sé. Tanto tu como yo sabemos que un hijo ilegítimo no tiene casi derechos, - comenzó a deambular, moviendo sus manos en el aire - menos si sus medios hermanos "correctos" los rechazan. - se detuvo para asegurarse de que le hiciera caso - Te preocupas por tus hijos, Bertrand, y eso es algo que apruebo. Digan lo que digan son mis nietos y tenemos que pensar en lo mejor para su futuro.
Era una suerte que el odio de su madre no se trasladara a sus hijos. La mayoría despreciaban a los nacidos bastardos, no mamá. Mamá lamentaba que sus niños tuvieran ese estado por lo que significaba para ellos.
No quiero. - expresó con un temblor. Como la suplica de un infante que estaba siendo castigado. Se sentía acorralado incluso aún más de lo que ya había sido en esta miserable celda.
Lo que quieres no importa. - el tono fue tajante - Ahora tienes hijos, hijos que están más desamparados aún debido a su estatus, y es tu responsabilidad asegurar su futuro. Si tu esposa la buscas tú, al menos podrías encontrar a alguien que encaje con tus necesidades. Tu provocaste esta situación con tus descendientes Bertrand, y necesito que estés claro para hacerte cargo.
Su pecho se comenzó a sentirse apretado. Las paredes se cerraban sobre él. ¡Esto no le podía estar pasando! ¡No podía! - Debe haber otra forma. - dejó escapar - Tal vez si papá me deja algo apartado para mis hijos, yo no tendría que hacer esto. Podríamos...
Bertrand. - pronunció su nombre con un peso que no pudo ignorar. Apretó sus labios para acallar su discurso. Su madre miró del suelo hacia al techo antes de dirigirse de vuelta a él - Te estoy advirtiendo. Tu padre no dudará en usar a tus bastardos para presionarte.
Sintió como todo dentro de él se paralizaba - Padre no lo haría.
Tu padre abandonó a sus propios hijos para disminuir un escándalo. Tu continua negativa pone a los Tyrell en el camino de una guerra por la sucesión. - sus ojos se posaron sobre él de forma apagada - ¿Qué crees que sería capaz de hacerles a tus niños para que te tuerzas ante su voluntad?
Su corazón se saltó un latido. Luego otro. Y luego retumbó en un ritmo brutal como en venganza por los latidos perdidos. Los golpes fueron tan poderosos que le dolieron las costillas. Le comenzó a faltar el aire y sintió que se le aguaban los ojos. Acorralado. Él estaba completamente acorralado en una prisión de su propia invensión. ¡Maldito sea el retorcido sentido del humor de los dioses! ¡Maldito sea todo!
La señora de Alto Jardín permaneció quieta y de pie, esperando a que él procesara lo que decía. ¿Qué había que pensar? Todas las desiciones, le gustaran o no, ya habían sido tomadas de su mano. O hacía lo que su madre decía o sus niños sufrirían por no hacerle caso. Parece que no podía hacer nada sin estar a punto de arruinar la vida de su familia.
¿Esto debe hacerte muy feliz no? - pronunció con una risa áspera, mientras sentía como las lágrimas se le querían escapar - Verme así de miserable. - bufó - Dioses, como lo debes estar disfrutando.
No disfrutó de tu dolor, Bertrand. Sufro por él. - y pese a ello, su voz carecía de emoción. Su tono tan plano como una superficie de cristal pulido.
¡Ja! ¡Que chiste más divertido! La mujer que me odia siendo miserable porque yo sufra. - se colocó una mano en el pecho con dramatismo - ¿Cómo demonios quieres que me crea eso? - escupió.
No te odio. - plana, tan plana. Tan carente del afecto con el que antes lo envolvía. Ninguna crispación, ningún gesto. No mostraba ninguna preocupación por como Bertrand se derrumbaba ante sus revelaciones. ¿Acaso pensaba que era estúpido? Ella lo odiaba, y lo peor era que él se lo merecía.
Hacia casi una década, cuando aún era un joven imberbe, descubrió el horrible secreto de su padre: una amante. El hombre al cual admiraba y al que quería imitar mantenía una querida en la misma casa que había recibido como dote de su madre. Aún conmocionado su padre lo había llevado a un lado, tratando de explicarle. Lo que dijo en aquel entonces aún lo tenía grabado: que su madre y él tenían problemas que Bertrand desconocía, que él como hombre tenía necesidades que su madre no estaba satisfaciendo. Que esta era solo una amante, como las que mantenía cualquier noble y no había nada de que preocuparse. Pero Bertrand debería mantener el secreto. Después de todo, esto era una cosa menor pero que alteraría las sensibilidades de las mujeres de su familia.
Y Bertrand, estúpido e ingenuo Bertrand, se quedó callado. ¿A quién se atrevería a contarle? ¿A la pequeña Jeyne, apenas una renacuaja? ¿O a la soñadora Aleria, a los que todos llamaban su gemela a pesar de ser rubia donde él era castaño, por la fascinación tonta que compartían ambos por las historias de amor? Harlen estaba lejos, en su acogida, y Bertrand no podía contarle esto a su madre. Más grande aún se sintió el peso cuando ella anunció con alegría su embarazo. Si sus padres tenían problemas, ¿cómo había pasado esto? Madre no era tan joven para quedar encinta con tanta facilidad.
Y así, el peso que lo ahogaba empezó a hacerse más grande mientras más crecía el vientre de la dama de Alto Jardín. No soportaba la mirada preocupada de su madre, ni como su padre fingía ser una pareja perfecta en sus narices. Necesitaba cada vez más escapar con mayor frecuencia de la fortaleza y de la red de mentiras que se extendía por allí. ¿Y adonde se le ocurrió escapar? Con la otra familia de su padre. ¡Tonto, tonto y matasangre! Pero aquí no tenía que mentir, que ocultarse. Aquí pudo conocer a sus dos hermanitos, dos, y jugar con ellos. Bertrand había sido criado para amar a su familia, y ellos eran parte de él, aunque fueran solo la mitad.
Su madre, preocupada por sus continuas escapadas, no tardó en averiguar sobre su destino. Entrometida como era en la vida de todos sus hijos, y peor aún, pesada con un niño, se atrevió a presentarse en aquel escondido a simple vista rincón. Recordó el terror sordo que sintió cuando se apareció. Una mirada a los dos niños, castaños como él así como lo era su padre, antes de empezar una diatriba sobre el error que era esto. Ahora tenía dos niños nacidos fuera del matrimonio, le había dicho. Dos niños que serían señalados y tratados como menos por nobles y hasta por plebeyos. A pesar de que estaba regañándolo con todo lo que tenía, una mirada compartida con la madre de sus hermanos solo reveló alivio. Los creía suyos, y Bertrand cargaría fácilmente con esa culpa. Hasta que ocurrió el desastre.
Una palabra, una sola, nacida de la familiaridad de sus medios hermanos con él, hizo colapsar la vida de su familia. El mayor de los niños, de apenas un par de años, lo llamó hermano bastante confundido. Hermano. Se congeló. Su madre también lo hizo antes de ponerse roja, horriblemente roja, y estallar con una indignación que nunca había visto en ella, antes o después. Los gritos no tardaron en llegar, con la querida de su padre, una sierva de esas tierras, temblando aterrorizada. Los gritos pronto cambiaron y luego hubo sangre. Tanta sangre. Demasiada sangre y otros líquidos.
El bebé de su madre había llegado antes de tiempo, y no en Alto Jardín donde sería cuidada por un maestre. No. En la misma cama donde su padre concibió a sus hijos ilegítimos. Su madre siendo sostenida solo por Bertrand y la mujer con la que fue engañada. El niño, prematuro como era, cabía con una facilidad aterradora en sus manos. Muy pequeño, demasiado, y no del color correcto. Desde el instante en el que llegó, su madre centró todo de ella en él e ignoró al resto del mundo. Ignoró las súplicas de Bertrand y las explicaciones de su marido cuando apareció. Ignoró el llanto de sus hijas cuando fue llevada a Alto Jardín, que solo podían abrazarse entre ellas. Sostuvo todo el tiempo contra su seno a su hijo más joven, mientras el escándalo corría por el Dominio igual de veloz que las llamas extendiéndose por los pastos secos de los Campos de Fuego.
Invitaciones fueron retiradas. Visitas suspendidas. Los Tyrell terminaron de nuevo en el centro de otra tormenta de chismes. Su padre desechó a su otra familia, ordenando que se largaran de sus tierras, mientras un Bertrand desesperado trataba de encontrarles un lugar apartado donde se guarecieran. Y su madre continuaba sosteniendo a su bebé, tan frágil y tan pequeño que nadie tenía esperanzas de que sobreviviera.
No se inmutó ni siquiera cuando Harlen regresó y tuvo que ser contenido para evitar que le propinara una paliza a su Señor padre.
Pronto, antes de que llegará el cambio de luna, lo que todos temían y rezaban para que no sucediera ocurrió. Su hermano vivió lo suficiente para ser sostenido, nombrado, amado. Pero se marchitó como hacían las rosas cuando son arrancadas del rosal. Los lamentos desesperados de su madre se escucharon por cada rincón del castillo. Por primera vez en mucho tiempo, reconoció la existencia de sus hijos. Harlen, Aleria y Jeyne la rodeaban, intentando calmar un dolor que no tenía nombre. Sin embargo, cuando su padre trató de unirse...
Nunca en su vida había visto tanto odio desatado. Tanta rabia, tanto rencor. Su madre le deseó a su padre mil y un tormentos, y una tras otra de las más horrorosas muertes. Le deseaba el peor destino y más, de ser posible. Lo repudió con un odio tan encarnado que él ni siquiera se atrevió a acercarse. Y luego, sin cambiar de mirada, puso sus ojos en Bertrand.
Aquella visión nunca la había podido borrar. Se repetía una y otra vez en sus pesadillas con su madre señalándolo y gritando: ¡Culpable! ¡Culpable! En vez de eso, tenía una estatua de calma fría frente a él, y necesitó sacudirse de encima la neblina del recuerdo para poder volver a la realidad en la que vivía.
Mírate, - estoica, contenida, su madre prefería mantener su vista en su pared que fijarse en el despojo que tenía por hijo - ni siquiera eres capaz de mirarme. ¿Y esperas que me crea que me amas? ¿Qué me has dejado abandonado todo este tiempo por la ternura de tu corazón? No digas mentiras, mamá. Esa es mi función en esta Casa.
Te amo Bertrand. - pronunció con voz de piedra - Y puedes estar seguro de que me he mantenido alejada de ti por tu bien.
- ¿Quieres decir que no me odiaste cuando pasó todo? Mírame a la cara y dime que no me culpas. ¡Hazlo!
Se crispó por un instante antes de continuar, mecánica, contenida - No voy a mentir y decir que no te odié, Bertrand. - y la confesión de algo que ya sabía logró arrancar de sus ojos las lágrimas que había logrado contener hasta el momento - Descubrí que mi esposo me engañó cuando encontré a mi hijo jugando con su otra familia. El hijo que decía amarme y aceptó que fuera engañada de forma impune.
Cuando lo observaba de esa manera tan desapasionada, se sentía en ocasiones incapaz de creer que su madre pudiera ser poseedora de tal amor que decía concederle, no así con el odio que creía que ocultaba de él.
Viví uno de los peores días de mi vida, sabiendo que la traición no vino solo del hombre que decía proteger mi corazón, sino de mi propia sangre. - no pudo evitar saltar, sintiéndose azotado por la acusación que nunca antes había pronunciado contra él - Y entonces, mi... mi bebé... - su voz tembló al final, solo para detenerse.
Bertrand la vio acunar el aire, lanzar un gesto de ternura a sus brazos vacíos, como si estuvieran ocupados de verdad por el crío perdido. Su hermano menor. ¡Matasangre! ¡Matasangre! El hechizo terminó y la dama del hogar de los antiguos Gardener volvió a ser la señora contenida que conocía.
No voy a decirte que no te odié en ese momento, hijo mío. Te odié como ni siquiera se odia a los enemigos. En mis momentos oscuros, incluso llegué a desear que conocieras el dolor que he vivido. - se detuvo para sorber el aire, esta vez fue ella quien estuvo a punto de derramar gotas de líquido a través de sus mejillas - No sabes cuanto me arrepiento. No te mereces eso, Bertrand. Nadie se merece eso.
¡Yo lo hago! - escupió, con un dolor y una furia que no sabía de donde salía. Aquí estaba su madre, confesando su amor por él y absolviéndolo de su culpa y estaba aún más enojado que antes. ¡No lo aceptaba! - ¡Yo lo maté! ¡Maté a mi hermano! ¡Merezco cualquier cosa!
¡¿Bertrand?! - la alarma de su madre no logró detener su estallido, si acaso lo exacerbó.
¡A tu bebé! ¡Yo maté a tu bebé y casi te mato a ti! - miró sus manos, manos que ya no se podían mantener firmes y que una única vez habían acunado a un bebé que cabía en sus palmas - Si hubiera hablado antes... Si no lo hubiera ocultado... Estaría vivo. El susto que pasaste...
- Mi bebé murió porque sus pulmones no estaban sanos, Bertrand.
- ¿Eso es lo que...
Eso es lo que dijo el maestre, y tiene razón. - tajante, absoluta, hablaba sin espacio para las réplicas. Tuvo que morderse la lengua y dejarla continuar - No digo que no haya responsabilidad y no haya culpa, pero los años me han otorgado la claridad que no tuve en un primer momento. El que tuvo una amante y tuvo hijos que me destrozaron todo no fuiste tú, fue tu padre. Tu no lo obligaste a tenerla. Fue él, y suyo es el peso de lo que pasó. Así que escúchame bien: - casi deletreó la frase - Tú no eres un matasangre.
Tímida, su voz interior lo repitió: No lo soy. No lo soy. Ahora necesitaba creerlo en su totalidad.
Entonces, ¿por qué te has mantenido alejada de mí, incluso ahora? - después de todo lo confesado, ella permanecía aparte de él, desde el otro lado del cuarto - ¿Por qué no te me acercas?
Su cabeza cayó con vergüenza, sus labios rosados fueron apretados antes de que se dirigiera de regreso a él - Ya te lo dije, por tu bien. - se contoneó sobre sus pies - Que sepa que no has sido tu el que me ha hecho el peor mal, no significa que pueda borrar los sentimientos que nacieron en aquel entonces. Una parte de mi, una profunda, aún te resiente. Aún te culpa aunque sepa que no es correcto.
- Tú...
Si me quedo cerca de ti, eventualmente esa parte saldrá a flote y dirá algo que te destruya. Algo que no te mereces. - se acercó a él y extendió sus manos, una caricia dada sin llegar a tocarlo. Tan cerca y tan lejos, empezó a temblar para evitar forzarse en su abrazo - No estoy orgullosa de en quien te has convertido, Bertrand. Un borracho, un irresponsable mujeriego. Tan diferente del chico que prometía ser la mano derecha de su hermano.
Cada epíteto lo hizo sacudirse, era en lo que se había convertido. Una desgracia para una Casa que trataba de levantarse. Que se tambaleaba en su posición.
Pero, - esta vez si fue capaz de ver el amor en sus ojos. Su madre lo amaba. Lo amaba - si estoy orgullosa de como te has hecho cargo de todos tus hijos. Que sin importar qué, no los abandonas. - y así, lentamente, su madre volvió a colocarse su armadura y frente a él estaba de regreso la dama de hierro - Así que espero que te recuperes, que tomes las riendas de tu vida y hagas lo correcto para los nietos que tengo ahora.
Sus nietos bastardos. Los únicos que tenía hasta el momento.
Si, madre. - satisfecha con lo obtenido, la dama pareció querer marcharse. Antes de que llegará a la puerta no pudo aguantar y preguntar - Madre - ella se giró para escucharlo y tuvo que lamerse los labios - Si me arreglo, si dejo de beber, ¿crees que las cosas podrían ser como antes?
Estúpido y desesperado anhelo.
No lo creo, mi niño. - le respondió con pesar - Esta parte mala que siento por ti, nace de mis vísceras. No es algo racional. Por otro lado, e incluso si pudiera borrar el odio, ¿podría confiar en tí luego de la mentira que me hiciste vivir?
De alguna manera, su madre había borrado parte de su culpa. No soy un matasangre. No soy un matasangre, se repitió. Pero había plantado otra.
Madre, - de nuevo interrumpió su salida - tengo algo más que confesarte.
Ella esperó paciente a que hablara, él tuvo que respirar hondo para encontrar el valor.
Los hijos de mi padre, los que echó, - ¡dioses, esto era difícil! - yo los estoy manteniendo. Parte de los fondos que destino a mis hijos bastardos van a ellos. No. Más bien los mantengo a la par que a mis propios hijos, aunque no los críe aquí.
Su respuesta fue como un mazazo que le robó el aire - Lo sé.
¡¡¿Qué?!! - más que pregunta, fue casi un alarido.
Bertrand, ¿acaso olvidas quien soy? - broma, estaba bromeando con él. Ligera, frágil, seguía siendo una broma - Tu padre puede ignorar tus pequeños desvíos, considerarlos como una parte de tu comportamiento disoluto y no prestarles atención. Yo soy tu madre, y la persona que maneja los presupuestos internos. - resopló - Puedes estar seguro de que se donde acaba cada moneda.
Su mandíbula casi cae contra el suelo - Pero... Pero... ¿No te importa?
¿Por qué habría de hacerlo, Bertrand? - inclinó su cabeza como si estuviera parloteando tonterías - Al final del día, esos niños no me hicieron nada. No merecen ser abandonados a pasar hambre como decidió hacer con ellos tu padre. Legítimos o no, son Tyrell, y merecen ser cuidados como tal.
Anonadado era poco para lo que sentía. Llevaba tanto tiempo creyendo cosas sobre su madre, que la realidad lo sorprendió por su inverosimilitud.
Yo... Yo pretendo traerlos aquí cuando pueda. - continuó. Sabiendo que su padre se negaría en seco. Se había desprendido de los niños para aplacar un escándalo y le diría a Bertrand que traerlos cerca solo lo removería. Así que tendría que esperar a que él falleciera - ¿Te parece bien?
- Por supuesto. Alto Jardín pertence ahora a los Tyrell, y ellos llevan la sangre de esta Casa aunque no su apellido. No está en mi negarles nada.
El mundo le dio vueltas. De todas las personas, esta era la aliada más inesperada para su idea. Harlen, el correcto Harlen, no quería saber nada de esos niños. La fría Jeyne parecía contar entre sus escasas emociones con un rencor guardado hacia ellos. E incluso Aleria no lo apoyaría. La damisela perfecta no se relacionaría con bastardos. A sus hijos no los hacía menos, había aprendido a mantener sus vínculos familiares por rotos que estuvieran, pero el resto de los hijos ilegítimos pasaban ante sus ojos como si no existieran, negándose a reconocer su presencia. No, no habría apoyo de sus hermanos hacia los otros hijos de su padre.
Entonces, - la esperanza encendiéndose en su pecho - me ayudarás a acomodarlos aquí cuando logré traerlos. - no si podía. Lo haría. Se lo había jurado a si mismo.
La respuesta fue devastadora - No.
- ¿No?
No. - reafirmó - Cuando ellos entren por esa puerta, yo me marcharé por la otra.
Pero... ¿Por qué? ¡Tú dijiste que no los odiabas! - acusó mientras se agitaba sobre las sábanas.
No lo hago. - se encaminó hacia él - No son responsables de nada de lo que me pasó. Pero Bertrand, siempre serán el recordatorio de los peores momentos que he vivido. No me han hecho nada, sí, pero fueron una parte de ello. Y no cuentan con el amor que te profeso para protegerse. Ellos merecen estar aquí, también, y estoy de acuerdo con ello. Sin embargo, yo no tengo porque soportar su presencia.
¿Por qué? - lloriqueó como el niño herido que había sido y ya no recordaba ser.
Porque mi niño, - su toque en su mejilla le causó una impresión más honda que cualquier otra cosa. Su palma sosteniendo su cara en una caricia negada durante años, y Bertrand se alimentó de ella como un hombre sediento. No era suficiente y sin embargo, tendría que bastarle - esto es algo que puede sonar duro y cruel, pero es tan cierto como que el sol brillará cada día sobre los campos: su verdad no invalida mi dolor.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
El sonido de unos pasos muy cercanos la despertaron. Todavía adormilada, levantó confundida la cabeza de la exageradamente suave y exageradamente inmensa almohada que ocupaban las camas de Alto Jardín. La pesada caída de una silla próxima a la cabecera de la cama la sacó de su persistente modorra. Con alarma se dio cuenta de que no se había despertado alerta, solo para notar como Maegor se sentaba con toda su amplitud en el asiento. Su primer instinto fue cubrir con su mano la humedad de donde había levantado la cara. No quería que viera su charco de baba. Luego vino la preocupación. No se había dado cuenta de nada hasta que estaba demasiado cerca. ¡Puta confianza!
Esposa, no hable. - lanzó el príncipe desde donde estaba, sentado erguido y con firmeza - Necesito hacer una declaración. - y expandió su pecho, tomando aire para comenzar la misma.
Todavía no estoy lo suficiente despierta, se dijo Ortiga, pero Maegor no se daría cuenta así como no se daba cuenta de algunas cosas. Aunque lo cierto era que era bastante agudo para otras. Todos tenemos nuestras virtudes y defectos, se consoló mientras se acomodaba sentada sobre el colchón de plumas. Las sábanas cubriendo de su cintura para abajo, mientras quedaba semi - sentada, ¿o era semi - acostada?, sobre la superficie blanda. Apenas había colocado sus brazos sobre sus rodillas cuando empezó otro grandilocuente discurso. Ja, ja. Grandilocuencia. Desde que aprendió la palabra estaba segura de que podía usarse para cualquier declaración que hiciera un miembro de esta familia.
Se que lo que he hecho no es correcto. - afirmó Maegor con severidad - Se que te he lastimado y herido y eso no es aceptable.
Mientras continuaba, Ortiga se fijó en su aspecto. Su cabello corto estaba alborotado para sus perfectos estándares. Ella había regresado aquí luego de su pelea, encontrando consuelo en la comida de mitad del día. Siempre cuidaba de no exagerar lo que tragaba, pero que la comida estuviera ahí, que no faltara, solía aliviar lo peor de sus preocupaciones. No sirvió por completo esta vez pero al menos ayudó. El hijo de Visenya por otra parte, parecía recién llegado y que no había tomado su habitual baño, viendo que todavía tenía puesto el gambezón de su entrenamiento matutino y un ligero tufillo le llegaba hasta acá.
Mi promesa hacia tí - remató golpeándose el pecho - es que no permitiré que ese daño vuelva a ocurrir. - asintió con severidad, como si ya fuera un hecho - Y sabrás que he cumplido mi palabra cuando seamos viejos, y un día te des cuenta que esa vez que te agarré fuerte de las manos fue la única vez que te lastimé.
Un poquito intenso, ¿no crees? - se burló ella tratando de aligerarlo todo, ante lo que él parpadeó confundido - Es broma. Es broma. - aclaró - Soy yo tratando de aliviar la situación.
Vio como inclinaba la cabeza de un lado al otro. Su ceño apareció, eso sí, de forma leve - ¿Por qué?
Aquí fue donde regresaron las dudas. Sus pies se removieron bajo las coberturas y toda su seguridad volvió a flaquear - Quizás exageré un poco. - admitió sintiéndose más pequeña. ¡Por todos los malditos dioses! ¿Quién mierda se creía que era ella? ¡Hablando así con la realeza! ¡Estaba loca! ¡¡¡Loca!!! - No me dolió tanto. No debería haberme vuelto tan feroz y exigido...
No. - cortó. Su ceño agudizándose sobre su rostro. El mentón cuadrándose en una muestra de terquedad.
Fue su turno de estar confundida - ¿No qué?
No te atrevas a retractarte. - su expresión se tornó enfadada con ella. ¿Eh? ¿Qué hizo? - Eres una princesa Targaryen y una jinete de dragón. No sólo es justo que hagas exigencias, sino que es tu derecho. No te permitiré que te rebajes y te niegues a ti misma algo tan básico como la protección contra el daño. Eres mi esposa. ¡Mereces más que solo eso! - su tono se elevó al final.
Está bien. Está bien. Nada de echarme para atrás. - sus párpados se estrecharon en sospecha - ¡Qué ya entendí! ¡Soy tu esposa y puedo exigir lo que me de la gana! ¡¿Mejor?! - preguntó con una pizca de sarcasmo.
Maegor permaneció ignorante a lo último, porque asintió bastante complacido con esa altivez tan propia de él.
Suspiró un poco divertida con todo. De alguna forma no sólo había viajado hacia atrás en el tiempo, sino que a veces pensaba que este era un mundo diferente, donde las cosas estaban al revés - Sabes, tus palabras sonaron muy bonitas y todo, pero si dices tengo tanto derecho a exigir, entonces no me voy a quedar callada.
Él se quedó esperando en silencio.
Para empezar quiero una disculpa por lo que hiciste. - respiró profundo - Cuando me lastimaste. No te disculpaste en ningún momento. Ni siquiera ahora.
Sus ojos se expandieron grandes en su cara y su boca se abrió en un gesto tonto. Las disculpas salieron igual de rápido - Perdón. Perdón. Perdón. Perdóname por lastimarte. Y por no haberme disculpado en ese momento. Y por no darme cuenta de que no lo hice. Y por no hacerlo hasta ahora. Y por...
Ya entendí. Ya entendí. - tuvo que reírse, hasta aquí llegó el muchacho soberbio y serio - Te perdono.
Aliviado no alcanzaba a explicar cómo se sintió, si el hecho de que se derritiera sobre el asiento cayendo hacia atrás contra el respaldo, fuera una señal. El suspiro exagerado era otra prueba.
Entonces... - Maegor se recompuso - ¿puedo terminar de tener la siesta de mitad del día contigo?
Esta era después de todo una parte de su sagrada rutina, que Maegor le había contagiado. Lo cierto es que nada era tan cómodo como acostarse a dormir luego de tener el estómago lleno y ninguna preocupación alarmante. El clima cálido del Dominio con sus vientos frescos, hacían de este descanso una delicia. Pero...
- No lo creo, Maegor. En primer lugar, apestas.
Su esposo... ¿Falso? ¿Podía considerarlo falso en este momento? ¿O considerarlo un esposo de verdad? ... no tardó en alzar uno de sus brazos y oler su axila. La arcada y el - ¡Necesito un baño! - le siguieron con prontitud.
En segundo, hoy necesito... Necesito... - amplió sus brazos, buscando lo que quería decir - espacio. Sí, creo que es eso. No deberías pasar la noche aquí.
Lo vio apretar los labios, nada feliz con ello. Aún así, cabeceó aceptación - Un castigo por mis acciones. Me parece apropiado. Sin embargo es muy suave.
No es un... Espera. - se tuvo que apretar la frente cuando entendió lo que le dijo - ¿Me estás sugiriendo que debería hacerte pagar más caro lo que me hiciste?
Su cuello se inclinó y se quedó un breve instante en silencio, antes de asentir varias veces.
Maegor, - suspiró entre divertida y capitulante - ¿sabes que te conviene quedarte callado cuando esto ocurra, no? Si algo te beneficia, deberías aprovecharlo.
Pero, - mostró su entreceño de confusión, en este punto ella casi había comprendido que variaba mucho el significado dentro del mismo gesto - no debo. Si lo hago no habría justicia para el crimen. Además, - se explicó mientras se cruzaba de brazos - el castigo funciona como disuasorio, para evitar que volvamos a cometer el mismo fallo, así como es una manera de cobrar el precio del error cometido. - se rascó la barbilla - Lo que yo hice no se paga con un día y una noche de dormir separados. Es de una magnitud diferente. Deberías pedir algo de igual valor.
Ella resopló por las ideas que lanzaba. Este chico tonto, negó en su interior - Maegor, eso no es... - una mirada la calló, incapaz de luchar contra la lógica a la que se aferraba, emitió una propia - Mira, como yo soy la persona lastimada, está en mí elegir el castigo. Y parte de mi confianza estará en que lo aceptes.
- Bien. Pero no me gusta esto.
No se supone que te guste. - replicó ella agotada con todo - Creo que eso es parte del castigo.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Su baño transcurrió con perfecta tranquilidad. Los sirvientes de Alto Jardín eran callados y discretos, y luego de averiguar cómo él prefería estas sesiones, solo agua humeante y ninguna asistencia, complacían presurosos sus gustos.
Incluso luego de su boda con Ortiga y más específicamente, luego de convivir con ella, se había acostumbrado a que la ausencia de molestias, o más bien el silencio, fuera constantemente interrumpido. No pasó ahora. Habían ocasiones, no eran lo común pero podía pasar, en las que su esposa no entraba como un vendaval por la puerta, o decidía no brindarle ayuda. Aunque disruptiva cuando aparecía, una parte de él se había adaptado a que ocurriera, pero podía actuar tranquilo cuando no.
Esto era diferente, pensó Maegor mirando la puerta. El vapor del líquido subía y entendía bien que su mujer no atravesaría la entrada. Había pedido espacio y no sería ella quien se opusiera a lo mismo que pidió. Sin embargo, se sentía incómodo. De alguna forma la ausencia de ruido, la ausencia de esa energía que traía con ella, se sentía más pesada. Ortiga no vendría, había seguridad en ello, y no le gustaba.
Ese día tomó solo su baño, comió solo su comida y durmió solo, usando por primera vez la estancia que le habían dedicado para que él durmiera los Tyrell. Hizo todas sus tareas y actividades, la lectura de las cosas que le interesaban en paz y tranquilidad, sin ninguna distracción. En otro tiempo lo habría disfrutado. En otro tiempo... Todo lo que sentía era que estaba mal y estaba incorrecto. Faltaba algo y él sabía muy bien que era. Incluso ya acostado en la cama, y sabiendo que no iba a venir, Maegor miró la puerta. Ella no lo haría, pero tenía la esperanza de que lo hiciera. Se quedó mirando la barrera de madera. Su esposa no vendría pero ojalá que lo hiciera.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
La noche era el momento ideal para ejecutar su plan. Al amparo de la oscuridad sería más sencillo infiltrarse donde quería. Por suerte para ella, los guardianes vigilaban a quienes estaban adentro. No buscaban a nadie que intentaba entrar. Ella se aprovecharía de esto.
Maldijo cuando su hermoso vestido se enredó con uno de esos molestos rosales que tanto abundaban por aquí. La tela se la había regalado uno de los nobles a los que se follaba, bastante contento por sus servicios, y había sido cocido por una costurera del castillo a cambio de que rechazara las insinuaciones de su marido. Se acostó con él de todas formas, solo para saber que todo por lo que había trabajado la estúpida había sido en vano. No lo admitiría, por supuesto. No fuera a ser que necesitará más de su mano de obra.
Sintió como las espinas le arañaban las piernas y escupió con todo el odio que tenía. Aunque en silencio. La ventaja de la falta de iluminación le jugaba en contra, pues no veía bien el camino. No importaba. Ella lograría llegar y buscaría la mejor opción que tuviera para que su venganza fuera exitosa. ¡Nadie despreciaba de esa forma a Rhonda la Pelirroja! Ella era, después de todo, la mujer más sensual de la fortaleza y las zonas adyacentes.
En un momento dado, tuvo que esperar detrás de unas zarzas. Ya no eran solo los soldados los que custodiaban las habitaciones de los invitados no tan invitados de los Tyrell, sino que tras la paliza de Lolys y la supuesta muestra de protección de lady Tyrell, cada sirviente de este lugar espiaría encantado para la dama. Muchos ya habían visto a Lolys la tonta, hecha una masa de carne golpeada debajo de sus rubios rizos. Ella se alegró, otra mujer menos con la que competir. Mavis mientras tanto, se entretenía consolándola con arrumacos. Lamealfombras desviadas las dos. A menos que le pagaran por ello, Rhonda no tocaría a otra mujer.
Pero bueno, sobre lady Tyrell, todos pensaban que era tan amable y tan preocupada por la servidumbre. Que su castigo a Lolys era más bien una protección a la moza del Hijo del Guerrero que le dio una paliza. ¡Idiotas todos! Lady Tyrell no era ninguna santa. ¿Habían olvidado que había encerrado a su propio hijo y protector de Rhonda, Bertrand, por algo que no había hecho? Le temblaron los labios. Era posible que la mayoría se creyera el cuento de Bertrand golpeando a Ian, el tragaespadas local. Por insistencia de lady Tyrell, los principales chismosos del castillo ya no prestaban oídos a sus sugerencias. ¿Y qué pasaba con el té de Luna? ¿Se olvidaban que lo habían forzado sobre ella? La amada señora, escupió con saña, le había robado la oportunidad de tener un bastardo noble. Y no noble solo por tener esa sangre, eso solo no le servía, sino uno reconocido. Bertrand no dudaba en llamar propios a los hijos nacidos de su semilla y los acomodaba bien. En él, ella tenía un protector que le daba buenos lujos: la mejor bebida y comida, y de tener a su hijo como planeaba hacer, ella estaría en una posición privilegiada.
Pero no, ese príncipe Targaryen la rechazó. ¿Y por qué? Muchos decían porque estaba enamorado de esa... esa... esa criatura fea que era la princesa. ¿Cómo alguien podría encontrar atractiva a esa moza y no a ella? Era escuálida y poco femenina en comparación con su cuerpo voluptuoso y su cabello encendido. Todos terminaban fijándose en ella y el príncipe Maegor ¿la ignoraba en pos de su esposa morena y común? ¡No tenía sentido! ¡De ahí en adelante todo le salió mal! ¡Maldita princesa fea y maldito príncipe impotente! ¡Sí! Maegor Targaryen debía ser impotente. Eso explicaba muchísimas cosas. Por eso no la había tocado a ella y tampoco a la mujer de la que todos decían que estaba enamorado. Que divertido, ¡y pensar que no se le ocurrió hasta ahora! ¡El príncipe Maegor Targaryen no podía levantar la verga!
Cuando escuchó a la ronda de soldados alejarse, salió de su escondite y decidió entrar por una de las ventanas. Qué bajo había llegado. Ella no tenía que ocultarse al llegar hasta sus amantes, a menos que hubiera una esposa o prometida importante cerca, pero la situación lo necesitaba. Si alguien la veía, hubiera alertado a lady Tyrell quien a su vez mandaría a detenerla. No. Rhonda haría lo que vino a hacer. Lograría de alguna forma que la acusación contra Bertrand se demostrara equivocada y usaría a los enemigos de Maegor para ello. Más o menos tenía una idea de que hacer, pero lo estaba pensando todo sobre la marcha. No le importaba la reputación del príncipe, le importaba que su protector saliera. Con él, ella recuperaría todas esas cosas bonitas que le daba y podría empezar a trabajar en otro hijo. Y la dama de Alto Jardín tendría que dejarla en paz mientras ella se mantuviera en la cama de Bertrand.
Cuando logró entrar por la ventana, le tomó unos instantes recuperarse mientras el miedo la mordía. ¿Qué pasa si alguien la vio y alertó a Lady Tyrell? ¿Qué pasa si su plan, el cual no lo había pensado del todo, no funcionaba y no liberaban a su amante? ¿Qué pasa si Bertrand salía y se aburría de ella antes de darle un hijo, y se iba a perseguir otras faldas? ¡No! Eso no pasaría. Se golpeó las mejillas con fuerza para despertarse, y también para darse rubor en el rostro.
Todo estará bien, Rhonda. - habló en voz alta en el pasillo vacío pero en un susurro, aún temiendo ser sacada a rastras del lugar por hombres de la Dama Tyrell. - Nadie normal se te puede resistir.
Se irguió, se arregló el vestido, se aseguró que sus pechos estuvieran a punto de derramarse por su escote. Por último, agitó su ya agitado pelo, dándole ese aspecto de recién follada que atraía a tantos. Con la confianza recuperada, decidió atravesar las puertas como si ella estuviera siendo enviada a allí por sus señores y no por algún plan desesperado y a medio hacer. Pero es que estaba al borde de un abismo. Sin confianza para ella aquí, sin nadie para oír y esparcir chismes. Perdiendo todas las cosas finas que le dio lo que todos llamaban la Vergüenza de los Tyrell. ¡No era una vergüenza! ¡Era solo un hombre de verdad que sabía cómo divertirse!
Puso su mejor sonrisa en sus labios, luego de morderse los mismos eso sí, antes de entrar a donde quería.
Buenas noches, mis señores. - ronroneó mientras hacía su entrada triunfal - Los Tyrell se disculpan por el pequeño desliz de su personal y me han enviado a - se pasó las manos por todo el cuerpo de manera lenta y sugerente - complacer vuestras necesidades.
El Hightower, y sabía que era él porque toda moza dentro de las murallas sabía de sus rizos adorables y su sonrisa seductora, apenas y le prestó interés al principio. Una mirada aguda, como de sospecha, y luego sacudió su cabeza y poco más. Regresó de inmediato a lo que sea que estaba haciendo. Tenso sobre una silla, parecía concentrado en pensamientos más profundos. Un chispazo de fastidio la recorrió. Ella estaba aquí. No era tiempo de pensar en nada más que ella y en lo que podrían hacer juntos.
Como enfadarse no le serviría de nada, se encaminó hacia él. Se aclaró la voz antes de que el Hightower volviera su atención sobre ella - Mi señor debe estar muy estresado, déjeme acomodar sus músculos y...
No me interesa y no me toques. - la despidió el hombre sin dedicarle más de una mirada. No veía a nada del atractivo seductor, el hombre que estaba dispuesto a sonreírle a la moza más baja, con él que tenía que conversar - No tengo tiempo que desperdiciar contigo.
Sintió que un sonrojo le subía, ya fuera de la humillación o la vergüenza. Más cuando el hijo de Antigua se levantó de su puesto y le pasó por el lado como si ella no valiera tanto. ¡Como si no fuera la favorita de cada Lord visitante! Ella trató de no rendirse, incluso si no era con él, su otro hombre...
El disgusto era claro en el más serio de los tres. No tardó en alzar la mueca en su cara y todo él se contrajo. La detalló de arriba a abajo con desdén antes de enunciar - ¡¿No has escuchado, calientacamas? No te queremos. ¿Por qué no desapareces?
Esto estaba avanzando tan mal que apretó sus dientes hasta que crujieron. No podía fallar. Tenía que sacar a Bertrand de su castigo por el método que fuera necesario, incluso si debía hundir un poco la reputación de un príncipe Targaryen. Lo que tuviera que hacer para ello. Y se suponía que estos Hijos del Guerrero estaban aquí por algo contra Maegor, no sabía bien que pero ellos deberían querer arruinar los planes del príncipe. Y no le estaban dando ninguna apertura, ninguna oportunidad de evaluar si se acoplarían a sus planes o no.
Cuando empezaba a desesperar por dentro, ya que si fallaba las puertas del castillo continuarían cerrándosele a este ritmo, y ni pensar que pasaría si era atrapada aquí sin la atención de uno de estos caballeros, un hombre fornido y ancho le agarró el trasero y la apretó contra él - No te preocupes, moza. Se ve que andas necesitada y yo si te prestaré atención.
La sonrisa de su cara casi se cae. Este debía ser el que golpeó a Lolys. Hubiera preferido a otro de los dos, ya que aunque culpaba a su compañera, no quería arriesgarse a que fuera violento con ella. Distraída en sus pensamientos, el hombre le clavó los dedos en su carne como retribución a haberlo ignorado.
Un ligero espasmo en su sonrisa fue todo lo que mostró. No era ni la primera ni la última vez que le daban un pellizco fuerte.
No te sientas mal porque nuestro refinado y estimado Ser Hightower - alzó la nariz con altivez y un brillo borracho en sus otros. ¿Gustaba de beber? Mejor. Hacía rato que no tomaba de buen vino, aunque una ligera olfateada no le trajo el aroma del licor - se negó a revolcarse con una muchacha tan follable como tú. - sus dedos se volvieron a apretar - Es que el muy idiota - pronunció cuando ya habían salido de su audición - anda jadeando tras la princesa, y esta ni lo mira. - se carcajeó.
Ella lo imitó. Se lo tenía merecido ese hermoso pedazo de hombre, por desestimarla. ¿Pero que artes de puta tendría la princesa para verse así y de todas formas, tener hombres jadeando por ella?
El fortachón, el que golpeó a Lolys, continuó burlándose con ella sobre como andaba su líder, pero había una malicia en todo lo que hacía que ella se sintió tentada. ¿No había sido el noble Hightower quien lo humilló los otros días? Se fijó mejor en su aspecto. Su rostro estaba algo magullado, no como Lolys pero si lo suficiente. Había oído de pasada que le habían dado una tunda brutal de entrenamiento. Su nariz andaba roja e hinchada, aunque sin el olor a alcohol. No estaba bebiendo, sino más bien que olía a algo perfumado y exótico. Debía ser una fragancia extranjera. Parecía ser un hombre de gustos finos, a pesar de pertenecer a una orden religiosa. Alguien que prefería los lujos a todo lo demás era precisamente el tipo que le gustaba.
Además, se dio cuenta, parecía tener algo en contra del hermoso rubio. ¡Mejor! Un hombre que busca demostrar ineptitud en sus superiores estaría encantado con la idea de confrontar a Maegor. Más cuando fuera Rhonda quien le compartiera la información que podía usar para el beneficio de ambos. Para demostrar que era capaz de hacer lo que no hacían los demás. Ella también se lo demostraría a la Señora de este lugar. Vamos a ver quien gana al final, vieja acabada. Después de todo, ni siquiera en su mejor momento y con todo su poder, había sido capaz de mantener a su querido marido.
Oh, cariño. - ronroneó al hombre con verdadera satisfacción, más cuando lo sintió empujar sus caderas contra ella - Algo me dice que tú y yo nos vamos a divertir mucho.
Pronto Maegor sería desenmascarado públicamente. Pronto todos sabrían la verdad y Bertrand sería libre para continuar sus parrandas con ella. Y el príncipe, y lady Tyrell, e incluso el patán que había resultado ser Morgan Hightower, quedarían más humillados de lo que había sido ella. ¡Oh, como le gustaban los finales felices!