Sangre y fuego y otras magias extrañas

Het
NC-17
Finalizada
1
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883 páginas, 468.935 palabras, 61 capítulos
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Cuenta regresiva para un desastre

Ajustes
Tres. Eran tres los árboles posiblemente mágicos los que habían en Alto Jardín. O eso pensaba Ortiga. Ella había bromeado una y otra vez con pasarse a los Antiguos Dioses, no del todo en broma porque nunca creyó mucho en los Siete, y como el último truquito que vivió y que la mandó hasta este tiempo parecía estar relacionados con los Dioses de los Niños del Bosque... Estos árboles estaban relacionados con los Niños y los Antiguos Dioses, y no sabía muy bien como, pero estaban unidos. Y como la visita a Antigua la dejó del todo decepcionada de la Fé, ya no había sentido nada espiritual en el Septo Estrellado más allá de una codicia por las riquezas allí acumuladas, los Dioses de los Primeros Hombres le habían parecido una excelente opción. No exigían donativos, ni rezos constantes. No parecían meterse mucho en la vida de la gente ni se la pasaban señalando cada pequeño pecado. Tampoco incluían muchas ceremonias. Unos dioses que estuvieran ahí sin exigirte tu constante devoción le parecían unos dioses que encajaban con ella. Una religión sencilla a la que aferrarse cuando todos lucían interesados en que se "adaptara" a las costumbres de su "nuevo continente". Al menos estos dioses parecían ser más reales. ¡Ey! Si se ponía a pensarlo, estos supuestos dioses ya habían interactuado con ella, aunque digamos que no de forma muy amistosa. Por lo tanto ahora no parecían, sino que se sentían mucho más reales. Aterradoramente reales, pensó, mientras se acercaba a una de las enormes circunferencias de uno de los tres dichosos árboles. ¿Había sido el maestre de este lugar quien le contó que habían sido sembrados hacia miles de años por Garth Manoverde? No lo recordaba bien. Solo sabía que estas cosas eran viejas. Muy viejas. Y probablemente más mágicas de lo que nadie se atrevía a pensar. Después de todo, sangrar sobre ellos había sido una de las cosas que sospechaba la había mandado acá. Pero como no estaba segura se encogió de hombros y siguió adelante. Despreocupada de lo que podía significar. Hasta que un simple toque la dejó encamada por un reguero de días. Fría, tan fría. Sin fuerzas para ni siquiera levantarse y comer. Ella tenía que averiguar si había sido una simple casualidad o una amenaza para su existencia. Le gustaba saber que cosas eran un peligro para ella, para mantenerlas vigiladas, o exterminadas de ser posible. Pero viendo lo sobreprotector que se había tomado Maegor, nunca pareció buena idea ir y sugerirle probar. Diría que no. Esta noche, cuando la había dejado sola, de repente se le presentó la oportunidad. No lo había pensado pero pedir espacio la beneficiaba el doble al parecer. Y... ella estaba postergando todo. Las sombras abarcaban cada rincón de este patio. La falta de luna le había garantizado moverse en silencio sin que nadie la siguiera, solitaria en su investigación como prefería ella. Y aquí estaba, sola en una arboleda en plena noche, a la cual había acudido para averiguar algo a lo cual se negaba a aproximarse. Se dio cuenta luego de llevar un rato frente al tronco, a una saludable distancia, sin atreverse a acercarse. Pero... ¿Y si no funcionaba con este? ¿No era el árbol de al lado el cual la afectó? ¿Tenía que ser un arciano específico o todos trabajaban igual? ¿Un ligero roce no le haría tanto daño, verdad? Bueno Ortiga, tú no te has escabullido hasta acá para nada. Basta de cobardía que eso nunca la llevó, ni la llevaría, a ningún lado. Se apretó el cinturón del jubón y se encaminó hacia el árbol con el brazo extendido. Solo un ligerísimo toque, prometió mientras daba sus últimos pasos. Sin embargo, retiró la mano con celeridad antes de tocar la fantasmal madera blanca. ¡¿Qué putas fue eso?! - se preguntó con alarma. Aunque poco dispuesta a repetir la sensación, trató de hacer contacto solo para ser repelida. Incluso antes de tocar la corteza pálida, sus dedos habían comenzado a hormiguear. Un calambre subiendo hasta casi el codo. El segundo intento fue peor. Más cerca. La sensación estaba más cerca. No había acercado tanto la mano como la primera vez y lo sentía. Lo que fuera que fuera eso se estaba extendiendo. Buscándola. Y no le gustaba. Era frío, aterrador. El breve no contacto aún así provocó una especie de entumecimiento y en estos momentos una succión de algo dentro de ella. Oh, no. Esta mierda no le gustaba ni un poquito. Y ella se iba a largar de aquí, admitió mientras retrocedía. Los tres colosos que eran los arcianos, sus figuras uniéndose en una sola sobre el estanque, provocó en ella un respeto bastante reverencial. Aquello que le había pasado primeramente no era simple casualidad, sino que ya había probado en su carne que había una relación. Esto también era peor que lo que le había pasado la vez anterior. No tan malo, pero la ausencia de consecuencias no negaba el miedo que le empezaba a subir por la espalda. Esto era real. Muy real y al parecer podía crecer. Y ella estaba en un maldito lugar que tenía tres de estas malditas cosas. Mejor se largaba de aquí. Si quería averiguar algo lo haría por los libros. Eran más seguros después de todo, y para algo estaba aprendiendo a leer. Ella no era una cobarde, pero ¡demonios si se iba a meter con algo que no comprendía! ¡Y que sabrán los putos dioses lo que le podían hacer! Contuvo sus ganas de salir corriendo, o si no el temor se la comería por una pierna, y se regresó a sus habitaciones que de repente le parecían un refugio ineficiente. El castillo más bonito de todos ya no le parecía tan bonito. O quizás mejor dicho, tan seguro. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Se sentía como si tuviera arena detrás de los ojos. Luego de su incursión nocturna, Ortiga se había sentido obligada a refugiarse en sus habitaciones. Mal refugio resultó ser, ya que era incapaz de pegar el ojo por mucho rato sin despertarse sobresaltada. Después de todo, ¿podía una pared detener la magia o lo que sea que fue eso? ¿El poder de los árboles podía extenderse hasta acá? No lo sabía, y si bien había pasado toda su estancia aquí con relativa tranquilidad... Ahora no podía. No se sentía segura, y en esos casos era mejor no dormir profundo. Los instintos estaban ahí por algo. Además, prefería pasarse de cauta que pecar de ingenua, porque los ingenuos no sobrevivían en el mundo. Demasiados males y demasiados peligros habitaban sobre esta tierra. También le daba la impresión, se dijo con una mueca, de que había destapado uno nuevo. Uno que no conocía y no sabía cómo lidiar con él. Yacía agotada sobre el diván y todavía vestida con la vaporosa ropa de dormir que le dieron aquí mientras meditaba sobre esto. Todo lo que había sucedido ¿era por su sangre Targaryen, no? ¿Todo esto? Visenya había lanzado un discurso tras otro sobre el poder de esta, y la gloria de sus ancestros y todas esas boberías mientras la educaba. Si bien le había prestado atención, no le había prestado "verdadera" atención. Era una bastarda. No podía reclamar la gloria de un linaje, aunque descendiera de él, más allá de admitir que de ahí había salido. Así es como funcionaban las cosas. Incluso con la mentira en la que vivía, se removió sobre su trasero, esa era su realidad. Pretender otra cosa era engañarse. Pero se estaba distrayendo. Este nuevo poder, amenaza, como sea que decidiera llamarlo, le recordaba algo: nacida del lado equivocado de la sábanas o no, sangre del dragón era sangre del dragón. Los arbolitos mágicos o, un escalofrío la recorrió al pensar en el cada vez menos improbable probabilidad de que si existieran, los Dioses Antiguos, no creían en términos legítimo y natural al parecer. Bueno, resopló con burla, en la naturaleza los animales no se casan para tener crías. ¿Por qué habría importarle a los arcianos si las personas lo hacían o no? Lo que importaba era el resultado final: los niños que saldrían de la unión, el legado que llevaban en las venas. O eso sospechaba. Lo que traía consigo otras preocupaciones, las que la dejaban aún más intranquila. Por ejemplo: si esto la afectaba, ¿afectaría también a Maegor? ¿A Visenya? Eran más puros que ella, ¿no? Si los árboles la buscaban por su sangre, se burló en silencio de la idea para acallar los pinchazos de alarma, ¿no significaba eso que su... su suegra (¡Uy! La idea de que Visenya era su suegra se empezaba a asentar luego de medio año de estar casada) y su casi marido, eran presas más apetitosas? Pero... ¿No habrían sentido esto antes? ¿O es que nunca antes se habían acercado, o habían tocado un arciano? ¿O tenían que sangrar sobre uno primero para que ocurriera esto? ¿Y que pasaba si había algo mal en ella y solo con ella se activaba? ¿Los estaba poniendo en peligro al permanecer cerca? Se los debía contar, pero... - tembló - ¿y si la culpaban? ¿Y si decidían que era más seguro mantener la distancia? Sobreviviré, se dijo apretando los dientes. Ella siempre sobrevivía. Tampoco dejaría que un peligro desconocido se presentará ante ellos de improviso. Ella les advertiría y los cuidaría como pudiera, sin importar su reacción. Aún así, se encontraba inquieta, imaginando en su cabeza mil escenarios sobre como actuarían ellos cuando ella confesara lo sucedido. Quizás era paranoia, pero todos terminaban mal, muy mal. En especial para ella. Mientras más pensaba, más se tensaba. Si hasta ahora nada había pasado con ellos, todo empezaba a apuntar en su dirección. ¡Maldita sea! ¿Por qué los problemas no la podían dejar en paz? Bastante tenía ya con todo lo que estaba viviendo, para venirse a meter con un nuevo enredo. Más si este la marcaba como diferente... O aún más diferente. Siempre la idea de ser señalada la apuñalaba con una punzada en la boca del estómago. No importa cuanto pretendiera lo contrario, no importa cuanto fingiera, ella quería pasar desapercibida. Las sombras eran un lugar pacífico siempre que nadie las revolviera, y eso era algo a lo que aspiraba sobre todas las cosas: tranquilidad. Se derritió sobre el mueble. Si no tenía sueño, o no podía dormir, al menos podía elegir la comodidad. En esta posición pasaba sus dedos sobre la sedosa tela, buscando calmarse al imitar las caricias que le daba Maegor. Las secuelas de su aventura no habían sido divertidas y necesitaba aflojar la tensión que la invadía. Ni el miedo ni la presión eran buenos consejeros a la hora de meterle cabeza a la situación y hacer planes. Lamentablemente no estaba funcionando, pensó, cuando otro sentimiento al que no estaba acostumbrada, o que por lo general pretendía que no sentía, se empezó a apoderar de sus pensamientos. La culpa era como el agua en un temporal dentro de su mente, encontraría cualquier rendija y se colaría, si bien no siendo mortal, si se llegaba a convertirse en algo molesto o incluso insoportable. Como esa gotera de agua fría que te cae encima, que no te matará pero te hará sentir miserable mientras exista. ¡Puta! Ella si conocía la culpa, desde hace mucho tiempo, y podía llegar a sentirla. Sin embargo había aprendido a enterrarla a menos que fuera imposible. Generalmente era así por grandes cosas, no por una diminuta infracción como la que había cometido al actuar sola. Después de todo, estaba acostumbrada a tomar decisiones así. Si no lo hacía de esta forma, ¿qué le iba a decir a Maegor para que aceptara este experimento? Incluso si lograba convencerlo de que sus sospechas tenían sentido, lo que dudaba, ¿permitiría que ella se expusiera así? No lo creía. Sin embargo, era necesario averiguar que estaba pasando. No podían quedarse sin saber. Ella no... Sus dientes crujieron y se dio cuenta de que estaba apretando la mandíbula. No importa cuanto lo analizara y se diera la razón, la culpa no se iba. ¡Maldito sentimiento! ¡Piérdete! Pero no se fue, y el que llegó por la puerta fue su muy confundido marido. Ortiga, - inclinó su cabeza hacia un lado antes de preguntar - ¿qué haces despierta tan temprano? - sus cejas apretándose en una confusión que le parecía adorable. Quería mentirle. Podía mentirle. La tentación era demasiado grande. Sin embargo, mirando su cara, no pudo - Hice algo malo. - admitió entre dientes. La confesión casi arrancada de su boca. Lo vio detenerse y parpadear, antes de apretarse el rostro. Luego de frotar cuanto pudo, cuando sus manos bajaron de donde estaban, preguntó - ¿Qué? ¿No escuchaste? - estaba enojada, pero el sarcasmo no era necesario. Maegor no tiene la culpa de lo que pasó Ortiga, ni de lo que hiciste ni de lo que vas a hacer. Relaja tu enfado - Hice algo malo. - cada palabra pronunciada con lentitud, debido a lo mucho que le costó dejarlas salir. - ¿Nos traerá problemas con los Tyrell? ¿Qué? ¡No! - ¿qué problema habría podido provocar ella con los Tyrell? Entonces, - se rascó la mandíbula antes de agitarse - ¿con Morgan, el hermano de Ceryse? ¿La rubia Hightower? Nah. - exclamó ella en medio de la corrección de Maegor de que se decía rubio y no rubia. Ugh. Tendría que explicarle después que buscaba ser ofensiva al referirse así al Hijo del Guerrero. ¿Con madre? ¿Con padre? ¿Con alguien de la nobleza? - empezó a listar mientras ella negaba. - ¡Maegor! Hice algo malo sola, y hasta que podamos comprobarlo, no afecta a nadie más que a mí. ¿Entiendes? Una sacudida lenta en afirmación, una mirada dudosa al mueble donde estaba tirada y el príncipe Targaryen se sentó a su lado. ¿Qué hiciste? - inquirió más relajado, sin embargo gracias a su cercanía, notó que el blanco de sus ojos estaban llenos de venas rojas. ¿Qué pasó acá? - colocó sus manos cerca de las órbitas, por un lado con una verdadera tensión por ese aspecto por parte de él, por otro buscando aplazar la discusión. Ya se imaginaba que no le iba a gustar. No pude dormir bien. - bueno, ya eran dos - Tenías razón. Dormir solo fue un buen castigo. No me gustó para nada. Más bien fue miserable. No volvamos a dormir separados. Dioses, - tuvo que reírse - ¿cómo vas a decir que algo que te hizo sentir mal fue algo bueno? ¡No! - alzó sus manos - No me lo digas. Creo que estoy empezando a entender esa lógica tuya. Le respondió con asentimiento silencioso y luego una mirada inquisitiva. Bueno, hora de confesar. Anoche... - las palabras se le atascaron en la garganta - Bien. Cuando yo vine a para acá pasaron muchas, muchas cosas. - agitó las manos - Desde que ví salvajes de las montañas Luna, visite la Isla de Rostros y terminé volando hacia una cueva en Rocadragón en medio de la tormenta más grande, y salida de la nada, - aclaró con una pausa - que he visto jamás. Yo se esto. - ya se lo había contado. A él y a Visenya. Ahora, cuando llegamos aquí y me dio sabes, la... la... ¿el decaimiento? - ¿cómo describir lo que le pasó? ¿Los desvanecimientos? - contestó él. Arrugó la nariz con el término que había usado el maestre. Sonaba demasiado parecido a los desmayos de las chicas nobles, puso en blanco sus ojos, pero no había otra palabra que encajara mejor - Bueno, supongo que sí. Cuando me dio el desvanecimiento, me di cuenta después que había tocado el arciano de aquel jardín. Uno de los que están sobre el estanque, ¿sabes a cuales me refiero? Ajá. Los del patio alejado. ¿Y? - sentado a su lado, se mantenía erguido y de manos cruzadas, como si estuvieran discutiendo un asunto de Estado. Bueno, al menos le prestaba la suficiente atención. Me di cuenta de que en la Isla de Rostros había un arciano, y aquí el contacto con otro me puedo provocar esto. Así que tenía que comprobarlo. - mientras más hablaba, su boca se iba abriendo y en este punto sus cejas casi se salían de su frente - Así que anoche fui a probar mi teoría y cuando toque el árbol... ¿Fuiste a tocar algo que crees que te hizo daño? ¿Sin llevarme? Espera. - su mirada se quedó en blanco antes de estrecharse - ¿Llevaste un guardia? ¡No! ¿Qué pasaba si reaccionaba raro? No quería que nadie en Alto Jardín se enterara. - lo único que le faltaba era parecer más rara. O peor aún, que la llamaran bruja. Maegor no pensaba igual. ¡¿Fuiste sola a un jardín en medio de la noche? ! - su grito la hizo encogerse - ¡¡¿Sin nadie que te protegiera?!! Shhh, baja la voz. Maegor. - se estaba agitando justo a su lado - El punto no es ese. El punto es que no llegué a tocar el árbol y lo sentí. Esa cosa que me pasó... - sus manos fueron agarradas y sostenidas por las de él. Tus dedos están fríos. - sopesó cada uno - No tanto como cuando te dio la debilidad pero cxno están igual de cálidos que siempre. - pareció recordar lo que estaban discutiendo - ¡No vuelvas a exponerte así! Te estas perdiendo la parte importante. - señaló en la dirección en la que estaban los tres arbolillos posiblemente relacionados con alguna que otra deidad de nombre desconocido - Hay tres arcianos, probablemente mágicos en este lugar, y yo reaccionó a ellos. Los árboles son solo árboles, Ortiga. - pudo sentir, más que escuchar, la condescendencia - No hay nada mágico en ellos. ¿Cómo puede alguien que viene de una familia que monta dragones no creer ni un poquito en la magia? - la necesidad de jalarse el pelo estaba allí. Incluso llegó a agarrar parte de su cabello - ¿Te das cuenta de que yo vine del pasado? ¿Qué es eso sino magia? Todo tiene una explicación, esposa. - lo vio apretar el ceño - Montamos dragones porque venimos de una familia que monta dragones. Que incluso se casan entre sus miembros para conservar dicha habilidad. Es un rasgo hereditario. Como lo son las pieles más oscuras de las razas de personas que viven en lugares más cálidos. ¡No es lo mismo! - explotó ella. No, pero es lo más parecido que puedo pensar. - él se rascó la cabeza - Estoy seguro de que si me das más tiempo podría ocurrírseme una comparación mejor. Bien, olvidemos eso. ¿Qué pasa conmigo? - se golpeó el pecho - ¿Qué otra explicación, aparte de la magia, podría haber para que yo este aquí? Pues... No sé. - se desparramó hacia atrás como ella - Pero que yo no lo sepa no significa que no exista una explicación lógica. Solo demuestra que yo no lo sé todo. O que fue magia. - permaneció Ortiga terca - Todas las cosas no tienen explicación, Maegor. Así como la misma naturaleza. Nadie puede decir como se forman las tormentas. O porque sopla el viento. - El viento sopla por el flujo de aire frío y caliente. ¿Eh? ¿Qué? - Explica eso. - exigió. Cuando el aire se calienta se eleva, formando corrientes de aire ascendente. - proclamó como si fuera conocimiento común - El espacio que deja es ocupado por el aire frío que baja a llenar ese lugar. Este desplazamiento es en esencia el viento. - ¿De dónde demonios sacaste tú esa idea? De mis estudios de la biblioteca de madre. - ante su más que obvia duda continuó en voz baja - Ya sabes, la secreta. - antes de volver a un tono normal - Ortiga, los valyrios dominaron los cielos durante milenios. Al montar dragones se podía observar el clima desde arriba. Estudiar el comportamiento del viento era algo lógico. Incluso necesario. - admitió con seguridad. Las corrientes de viento debían ser para los Señores del Dragón como las mareas para los marineros, deberías saber todo de ellas si querías tener una vida larga y feliz. Aún así, su mandíbula iba a tocar el suelo - ¡¿Y por qué nadie más sabe de esto?! ¿Por qué habrían de saber? - pronunció con desdén - Ortiga, Valyria no compartía sus secretos. Esos conocimientos son parte de nuestro legado. No tienen porque caer en las manos de nadie más. ¡Puta Madre! Tendría que aplicarse aún más a su lectura. Apenas estaba dominando el común, y ni soñaba con el valyrio de los tratados de Visenya, pero ella tarde o temprano leería esas cosas. De los libros se podía aprender lo insospechado, y eso y que apenas tenía la capacidad de descifrar los más sencillos. Cuando logrará hacerse con esos conocimientos... Sus dedos se empezaron a retorcer con las ganas de apoderarse de esa sabiduría que no tenía nadie más, en especial cuando Visenya y Maegor se habían ofrecido a compartirla con ella. Mientras estaba ideas rondaban por su cabecita, el silencio se apoderó de la sala compartida. Cuando se fijó en él, Maegor dejó caer su cabeza hacia atrás y suspiró. Aún estoy enojado por lo que hiciste. - si la hubiera regañado no le habría herido tanto - Sin embargo, lo que yo hice fue peor. No creo que esto, aún si sumamos mi castigo, lo equilibre. Esto no es una competencia Maegor. - ese pensamiento lo cortaría de raíz - Que lo que tu hiciste fuera más malo no borra que yo actúe de forma equivocada. Su rostro, serio de por sí, le pareció más severo - Ortiga... ¿Tú no dijiste. que debería aprovecharme de la situación si funciona a mi conveniencia? Tú me recomendaste eso. ¿Por qué no lo aplicas? No puedo. - murmuró mientras observaba sus rasgos. Entre sus cejas gruesas y sus ojos violetas adornados con pestañas tupidas yacía una nariz recta. Su mentón cada día estaba más cuadrado. La mayoría afirmaría que era de semblante adusto. Aún así, cuando la confusión se apoderó de él, lo mismo hizo la culpa con ella - No puedo mentirte. No puedo. ¡Maldición! ¡Puta consciencia! Si hubiera estado en el suelo en vez de recostada sobre el diván, le hubiera gustado patear algo para dejar salir la frustración. Algo barato, porque ella no rompería nada que valiera más que media moneda de cobre. Buscó por toda la habitación. ¡Caro, caro y más caro! Mejor se quedaba estática y rumiaba el sentimiento en quietud. Si fueras cualquier otro lo habría hecho sin parpadear. ¡Los demás que se jodan! - arrugó su cara - Pero todo dentro de mí se revela contra la idea. Sus pestañas se agitaron mientras parpadeó conmocionado. ¡¿Qué miras?! - por alguna razón, esto la enojaba - No puedo mentirte ni manipularte, ¿y qué? Maegor... ¿por qué mierda estas sonriendo? Una sonrisa tonta se extendía a lo ancho de sus mejillas - Soy especial. Maegor, eres un puto Targaryen. Y un prodigio con las armas. - dejó en claro - Estoy segura de que siempre has sabido que eres especial. Sí, lo sé. - cabeceó con todo el orgullo del mundo antes de mirarla - Pero Ortiga, me acabas de decir que soy especial para ti. Esposo tonto. - refunfuñó ella, mientras él pareció muy contento con todo - Maegor. Yo... Ya no quiero seguir aquí. Eso llamó su atención. - Ya sea que tu no creas en la magia, y créeme, me gustaría que todo estuviera en mi cabeza, ya no me siento cómoda acá. ¿Podemos irnos? Maegor se rascó la barbilla - Pues ya obtuvimos de aquí lo que veníamos a buscar. Cierto, Fannar Tyrell ya era su escudero y ya habían recibido toda la hospitalidad que Visenya recomendó que disfrutaran. Ya habían hecho toda la política que podrían hacer y con suerte Balerion estaría más calmado con Nyxia. Además, si nos marchamos, no tendremos que lidiar con Morgan Hightower. - sus ojos se encendieron, como si todo se estuviera convirtiendo en un plan a seguir que estaba armando - Lo que sea que te pasara - desestimó sus preocupaciones por no creer del todo en ellas - de seguro madre sabrá algo. Sí, - asintió con satisfacción - hablaré con Lord Tyrell para informarle nuestra despedida. Es lo educado de hacer. - le informó con esa manera de hablar tan exacta suya. Bien, ya fuera que creyera en el peligro de los árboles o no, Ortiga se alejaría de ellos. Su estancia en Alto Jardín estaba llegando a su fin. Esperemos que no ocurra nada malo en este tiempo, pensó con una pizca de preocupación al mismo tiempo que miraba por una ventana. Desde aquí, por altos que fueran, ninguno de los arcianos era visible. Sin embargo, persistía en ella el miedo de ver volar por ahí una de las rojas hojas de su follaje. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Dos. - proclamó mientras abría las puertas de la estancia. Como sospechaba, Ortiga seguía recostada en el diván con uno de los delicados vestidos de noche que le habían regalado los Tyrell. Su entrada abrupta la hizo sacudirse, y una parte de él se retrajo. Era obvio que no estaba del todo bien, por eso le había ordenado descansar y no asistir al entrenamiento. Y sí, estaba consciente que sus órdenes no habrían sido obedecidas si Ortiga no quisiera. Pero le daba una apariencia de control, y necesitaba el control para calmarse. En especial después de enterarse que su esposa, su pequeña y delgada aunque no del todo frágil esposa, había atravesado medio castillo sola en medio de la noche para comprobar si su cuerpo reaccionaba mal o no a un árbol. El solo pensamiento lo hacía apretar los puños, pero al menos con este respingo que dio, supo que aunque agotada, no estaba apática como la última vez. No le gustaba para nada ver a su esposa así, y haría lo necesario para impedirlo. ¿Dos qué? - preguntó ella, ya más calmada y parpadeando con lentitud. Después del entrenamiento y su baño, porque esto no era tan urgente y no necesitaba alterar su rutina por ello, fue a visitar al Señor de Alto Jardín para informar de su partida. Ellos dos ya habían pasado suficiente tiempo aquí, era hora de volver a casa. Cuando hablé de nuestra despedida con Lord Theo, este sugirió que le diéramos una prórroga de al menos dos días, para organizar un festín de despedida adecuado. - la vio poner los ojos en blanco y reírse del hombre que haría de cualquier cosa un evento especial. Maegor habría preferido montarse en el dragón e irse sin tanta fanfarría. A Lord Theo Tyrell, siempre dispuesto a complacer mientras toqueteaba su colección de anillos, le habría dado un dolor en el pecho fulminante ante su plan de marcharse. Dioses, ese hombre. - Ortiga negó con la cabeza. Momentos después dejó caer los hombros - ¿Estamos atrapados aquí dos días más, eh? - la vio apretar el borde de la falda - ¿Piensas... ¿Piensas que todo estará bien? Sí, ¿por qué no lo estaría? - sin embargo ella no se calmó con sus palabras. La comida del mediodía transcurrió sin que ellos hablaran mucho, una señal de que Ortiga no estaba del todo bien. De estar normal, ella habría hablado de esto y aquello con la vivacidad de siempre, aunque al verla bostezar dudó si lo que le afectaba fue el contacto cercano con el árbol o la falta de sueño. Las líneas negras bajo sus ojos eran una pista visual clara para él. Al menos a eso le daría remedio pronto. Vamos, Ortiga. - apresuró cuando terminaron de comer y se pulieron los dientes. Fue agradable descubrir que aunque no con los mismos recursos, su esposa siempre había cuidado su dentadura como él. No soportaba las personas desaseadas, aunque quizás algunos lo consideraran exagerado en sus cuidados personales - Vamos a tomar la siesta. Ella avanzó, entre renuente e impulsada por su cuerpo a apagarse - Se que no crees en lo que me pasó, pero... - ella se inclinó de un lado a otro sobre sus pies. Si noto algo raro - le juró con seguridad, siempre dispuesto a cumplir lo prometido y más si era relacionado con su protección - te cargaré y te llevaré corriendo lo más lejos que pueda. - aclaró mientras removía las coberturas de la cama. Ortiga cayó sobre las sábanas con el salvaje abandono que la caracterizaba. Él la observó mientras se deshacía personalmente de su ropa. En algunas ocasiones habría aceptado el servicio de un Ayuda de Cámara, pero no en esta. Su jubón y calzas, aunque formales, no eran complicados de poner y quitar. No requería que alguien más lo ayudara con una tarea tan básica, además... No permitiría que ningún hombre, incluso un sirviente, tuviera el más leve vistazo de lo que él observaba. Contempló la figura que reposaba sobre el colchón. El vestido de seda negra se adhería a cada curva de Ortiga en líneas fascinantes. Sabía muy bien, porque ya lo había comprobado, que al pasar sus dedos sobre la tela se podía sentir absolutamente todo. Maegor llegó a la conclusión de que además del vestido verde de este tipo, que le habían regalado primero los Tyrell, y el negro y el azul que agregaron después, él personalmente mandaría a hacer uno rojo, y uno que combinara rojo con negro, como los colores Targaryen. Y uno blanco que destacara contra su piel. Y uno... Tuvo que sacar su mente de ahí o se perdería, y en lugar de ello prestó atención a su propio guardarropa. Sus calzas ya habían sido apropiadamente dobladas, así como su jubón. Palpó su camisa, dudando unos instantes antes de seguir el consejo previo de su esposa: aprovecha la situación. Quería el mayor contacto piel con piel que fuera posible, y a ella no le molestaba cuando él dormía sin camisa de noche. ¿No debería molestarle que lo hiciera ahora, verdad? Nada se perdía con probar. Se sacó la camisa y se fijó bien un momento en sus costuras. Algunos sastres no le prestaban la misma atención a las prendas interiores que a las externas y daba como resultado líneas asimétricas. Imperdonable. Él no usaría tal cosa. Justo como esta mañana, todo estaba en su lugar, así que bien complacido, se metió en la cama y arrastró a su Ortiga contra su pecho. - Mmm... No hubo quejas de su parte mientras su cabeza reposaba sobre sus costillas. Ella se acomodó aún más y colocó una pierna sobre la suya, provocando un latido acelerado por su cercanía. Alguien está contento de tenerme cerca. - pronunció mientras acariciaba el cordón de sus braies de lino negros. Nada de adornos ni nada frívolo para su ropa interior, solo lino adecuado y en buen estado. Aunque no se pudo resistir a que fuera teñido de negro. Los calzones de lino generalmente no se tintaban, pero él era un príncipe Targaryen por lo que cada pieza de su ropa podría demostrarlo. Ahora las calzas cubrían un bulto que se elevaba sobre la tela negra. Nada de juegos, Ortiga. - la detuvo él - Aunque me gustaría, estas muy cansada. - otro de sus bostezos le dio la razón. Aún así, ella nunca entendería lo que le costó no aplastar su frágil palma contra su palpitante miembro. ¿Aún enfadado por el "solo besos"? - preguntó ella. No. Preocupado por ti. Me di cuenta - explicó - que lo que hacemos es como mis espuelas de caballero. Por mucho que quiera ser nombrado como tal, tengo que dominar cada habilidad antes de merecer ganarlas. Pasa lo mismo contigo. Tengo que aprender a hacer todo bien antes de llegar al final. - pero dejó de resistirse a la tentación y comenzó a acariciar su espalda. Podía sentir cada cicatriz a través de la tela. A estas alturas ya podía saber donde estaría cada una. No tardó mucho en apretarle una nalga. Ninguna fuerza en el mundo podría detener ese impulso. A través de su cercanía sintió su risa, así como vio sacudirse su cabello negro, luego vino el suspiro - Maegor, hay veces que me pregunto si funcionaremos. No se como lo haremos. Él bajó su vista hacia donde ella estaba, su rostro devolviéndole la mirada. Somos tan diferentes que me preocupo. - a pesar de su sonrisa, la seriedad del tema era tal que él prestó toda su atención - Tú no eres muy creyente de hacer cosas buenas por los demás, no me engañas. - le dijo mientras le guiñaba un ojo - Aceptas que el mundo es como es y vives bajo sus reglas. Él asintió. Así funcionaba antes de que él existiera y funcionaría mucho después. ¿Qué tenía que ver con... Pero aún así, eres un ferviente seguidor de hacer lo "correcto". - claro que lo era - Seguir los códigos establecidos aunque los demás no lo hagan, mientras que yo... - dejó caer su cabeza hacia atrás, sus cejas casi tocándose mientras discutía - Yo no creo para nada en la corrección. Aunque se como es el mundo, siento que no funciona bien y trato de corregirlo siempre que pueda. De arreglarlo si tengo la oportunidad. Y romper algunas reglas en el proceso. - le sonrió maliciosa. Sí, eso era él y eso era ella - Entiendo eso. - afirmó con lentitud, sus palabras saliendo despacio - Pero, ¿a dónde quieres llegar? Somos opuestos, ves. - entonces lo vio: preocupación, duda, temor... O eso pensaba. Conocía muy bien la mayoría de sus emociones. Las había memorizado para no fallarle, sin embargo estas no eran las de siempre - Somos lo contrario el uno del otro en todo. Me hace preguntarme - sus comisuras bajaron en una muestra clara de infelicidad - ¿estamos destinados a fracasar? ¿Cómo pareja? ¿Por qué pensarías eso? - la estupefacción no salía de su voz. ¿Por qué? Maegor, - sus labios hicieron un puchero que el quería besar, tomar, poseer - ¿qué acabamos de discutir? - Que somos diferentes. No entiendo que tiene que ver. Maegor, que no me parezco en nada a ti. ¿Cómo vamos a lograr esto - agitó su mano sobre ambos - si somos incompatibles? ¿Quién dice que lo somos? - fue su turno de fruncir el ceño - Esposa, para empezar, no necesito a nadie igual a mí, sino a alguien que me complete. Ante su duda, su ceja arqueada en interrogación, siguió explicando. Tu eres parte de mi equipo, se supone que debes suplir mis debilidades. Es como... Como... - piensa Maegor, piensa - ¡Como el ejército! - ¿Eh? Sí, como un ejército. - asintió con alegría. El ejemplo ideal y algo que él podía diseccionar muy bien - Por muy buenos que sean, un ejército no puede estar formado solo por caballeros. Necesita arqueros, soldados a pie, lanceros. Cada uno con una función que fortalece la posición de los demás. - la dejó pensar en ello antes de apretarla contra su cuerpo - Eres todo lo que me falta, y supongo que al revés pasa lo mismo contigo. Ella bajo y subió la cabeza, en un asentimiento suave, procesando lo dicho. Yo - golpeó su pecho - estoy destinado a llenar aquello en lo que flaqueas, así como espero que hagas lo mismo. No tenemos que ser iguales, Ortiga. Solo seguir el mismo camino. ¿Y cuál es ese, si se puede saber? - resopló ella, podía ver como recuperaba un brillo de picardía. Pues... - se permitió decirlo en voz alta, el sueño que tenía para ellos - Seremos los mejores Señores que Rocadragón tendrá jamás. Y los más valyrios. - tenía que dejar eso en claro y se lo dijo con firmeza - No más tonterías ándalas para nuestro lado de la familia. Sabes, la mayoría dirían que Aenys y Alyssa parecen más valyrios que nosotros. Bueno, que yo. - corrigió mientras pasaba un dedo por la piel oscura de su antebrazo. Bah, tonterías. - siguió con sus cinco dígitos el trayecto de Ortiga - Esto es solo la superficie. El oro por oscuro que sea, no deja de ser oro. Y siempre valdrá más que el bronce bruñido. - recordó recordando la comparación que hizo - Que Aenys y Alyssa parezcan más valyrios significa que lo sean. Ser y lucir son dos cosas diferentes, esposa. - y no pudo evitar apretar otro de su firmes globos para reafirmar lo que pensaba. Cada oportunidad que tuviera de hacer esto y que no se hiciera, pensó, era una oportunidad desperdiciada. Maegor despreciaba el desperdicio. Entonces, ¿crees que somos el perfecto complemento el uno del otro y por ello encajamos? - replicó ella, a su vez se acomodaba contra él. Una respiración profunda mientras lo hacía. Por supuesto. Somos perfectos el uno para el otro gracias a nuestras propias imperfecciones. Pero basta de charlas Ortiga. - fue su turno de dudar antes de besar la corona de su cabello - Es hora de descansar. Cierra los ojos y sueña. Con nosotros. Con nuestro futuro. Los mejores Señores que Rocadragón tendrá jamás pronto estarían en casa. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Uno. Uno solo, por favor Maegor. - escuchó la voz clara de la princesa Orthyras. Aunque inconfundiblemente femenina, contrario a la apariencia descuidada de la moza, carecía de la tonalidad aguda y casi frágil de muchas doncellas y jóvenes de la nobleza. La vida le había enseñado a Morgan que esta suavidad era en su mayoría fingida. En todo caso, no se podía negar la verdad. Podía no sonar bonita. Podía carecer de la delicadeza esperada de una dama, pero la voz de Orthyras Targaryen sonaba real. Entre todo el ruido y jolgorio del banquete, el banquete de despedida de los príncipes, Morgan pudo divisar el oro y plata del cabello de Maegor Targaryen alejándose. Su esposa debería estar en el lugar que había abandonado con prisa, siendo ella indistinguible para él a esta distancia. A su vez, la cabeza del príncipe comenzaba a destacar entre la multitud, no sólo por su color. Todos tenían razón: el niño grande estaba destinado a convertirse en un hombre todavía más grande. Ya comenzaba a alzarse sobre las personas a su alrededor. Hoy seguía siendo un mocoso para él. Un niño al que Morgan debería haber hundido y todavía no había podido. Hoy era su última oportunidad, y a pesar de ser esto, todavía no sabía que hacer. Tuvo que escoger. O buscaba una confrontación con el príncipe "algo lento" según Ceryse, que se alejaba, o permanecía y se enfrentaba a la princesa que le había llamado con ciertos argumentos discutibles puta en su cara. Morgan eligió en contra de lo que era más inteligente. Apretó sus labios mientras se encaminaba a la jinete de dragón, entendiendo una vez más porque su familia le decía que les dejara pensar los planes a ellos y él se encargara de lucir atractivo y seducir a las mozas. Morgan nunca sería considerado muy astuto, menos cuando prefería chocar su cabeza contra el más agudo de sus dos objetivos. Maegor sería una presa más fácil, demasiado explosivo, pero su última discusión con ella lo había dejado perdiendo y ahora necesitaba rebatir sus palabras. Encaminándose hacia el miembro más moreno de la familia real, Morgan rememoró su previo intento de causar disrupción en la pareja de príncipes. Otro fallo más en una serie que lo dejaba como un joven incapaz y no el galante caballero capaz de derribar a cualquier mujer adulta con una de sus sonrisas que se suponía que era. Su fracaso del día anterior lo impulsaba hacia delante justo ahora. ¿Cómo no hacerlo, cuando él mismo no entendía del todo que bicho lo había picado para actuar así? El día de ayer había sido informado de la pronta partida de su cuñado y su otra esposa. Sin haber cumplido lo que había venido a hacer, se había sentido humillado, y había optado por una actuación más directa. Cuando supo que el matrimonio real se hallaba en la biblioteca del castillo, pensó que los Siete finalmente se inclinaban a su favor y se había dirigido hacia allá. El chico era un guerrero de una punta a la otra. Que supiera leer debía ser un logro, solo fomentado porque los Targaryen, en otras palabras: su madre, lo habían considerado necesario para que ejerciera sus funciones. La jovencita, aunque más avispada, no le parecía el tipo de dama que se sentaba tranquilamente a leer una historia, o La Estrella de Siete Puntas. Morgan había llegado a la conclusión de que debían estar haciendo algo más. Y en un espacio tan público como podía llegar a ser la biblioteca, un lugar al que nadie se le ocurriría negarle el acceso, que Morgan los pillara haciendo algo indebido, o sugiriera que estaban faltando a la moral en dicho lugar, no parecía descabellado. Una vez más, Morgan se equivocó. Maegor tenía al menos dos libros en una pila, absorto en las páginas abiertas de un tercero. Solo cuando se fijó bien, notó que su amplia figuras cubría a su esposa, quien con sus codos apoyados en la mesa y las manos en la cabeza, parecía devorar las hojas de un manuscrito. Estaban en una absorbida concentración, a tal punto que su llegada solo causó que levantaran brevemente sus cabezas, casi coordinados. De repente le parecieron demasiado jóvenes, demasiado inocentes para lo que él planeaba hacer con ellos, y cohibido se retiró sin que ellos se lo pidieran. Se había sentido un monstruo por sus planes en ese momento. El más ruin de los villanos. En comparación con él, ellos eran apenas unos niños. Desde entonces y luego de pensarlo todo bien, se había llamado idiota media docena de veces. Para su suerte, en medio de la abarrotada sala de fiestas, ese estúpido sentimiento había desaparecido. No era que hubiera dudado, se mintió, es solo que su querida madre lo hubiera regañado por interrumpir la lectura de cualquiera. Sí, se dijo mientras pasaba sus palmas sobre la coraza plateada, eso es lo que pasó. Su familia sabía que él siempre había seguido las palabras de su madre. Todos lo sabían. Pero no era momento de distraerse. Era momento de enfrentar a su adversario. Buenas noches, hermana. - su saludo sacudió al par de nobles que la rodeaban pero la muchacha permaneció tranquila - Aunque casi siento que debería decir adiós, ya que se marcha tan pronto después de mi llegada. Vio a los dos caballeros acercarse y cuchichear mientras Orthyras mantenía una sonrisa más falsa que un septón de sangre Stark. Su llegada no era bien recibida por ella, era obvio. Bien, pues que sea miserable como él. Tan preocupado por mi vida, Ser Morgan. - devolvió ella con una inclinación de falsa bienvenida - Parece que piensa mucho en mi bienestar. Y por lo visto, usted sigue siendo tan original como siempre, hermana. - expresó con suficiencia luego de una decorosa reverencia. La princesa parecía dispuesta a romper todos los protocolos del mundo apareciendo con un jubón en lugar de un vestido. Eso sí, con una tiara de oro rojizo con un rubí ensartado coronando su cabello trenzado al estilo de Visenya. ¡Pues al fin! ¡Algo que la marcaba como princesa y no como una campesina cualquiera! Al menos los Targaryen de verdad eran inconfundibles, no como ella que se perdería en cualquier multitud. Por su lado Morgan, con su armadura de plata y su capa verde de los Hijos del Guerrero, mostraría unos modales y una rectitud intachable. Se acomodó sus rizos detrás de la oreja. Al menos sería más fácil hacer comparaciones donde ella saliera perdiendo, ya que siempre había una matrona por ahí buscando criricar a las jovencitas. Que dicha princesa desvirtuara todas las etiquetas en comparación con un hombre, el cual podía ser más laxo, haría que los chismes a su costa corrieran más afilados. O al menos eso esperaba. En este punto estaba lanzando estocadas al aire, esperando que al menos una diera en el blanco y les hiciera daño de alguna forma. ¡Mierda! Que bajo estaba cayendo, pensó con una contracción de sus labios. Mi querido Morgan, - saludo ella con una exuberante alegría que era incapaz de cubrir del todo la mentira que era - tan encantador. Me pregunto si habrá forma de ponerle precio a tu galantería. Apuesto a que tu familia se haría más rica. Espera... Eso lo detuvo. ¿Lo acababa de llamar, educadamente, galán de alquiler? La sonrisa de Morgan se congeló. ¡Esto no se podía quedar así! Bastante molesto, dirigió una mirada cerrada al par de nobles menores. ¡Lárguense! - gritaban sus ojos. Uno se detuvo de beber su copa, y cuando su amigo no entendió la indirecta, lo agarró del brazo para alejarlo de su breve reunión familiar. Al menos uno de ellos era lo suficiente inteligente para saber cuando mantener las distancias. No le convenía a nadie estar presente para su próxima charla trivial, se dijo con sorna. Apenas se alejaron los dos acompañantes sin nombre de la princesa, no pudo contener la pregunta - ¿Me acaba de llamar galán de alquiler? - su boca tembló en una mueca. Su forma de dirigirse a ella fue una falta de respeto a su estatus, sin embargo no podía detenerse. Todo dentro de él estaba erizado de furia. Oh... Galán de alquiler... ¿Cómo no se me ocurrió a mi esa idea? - pronunció con una sonrisa esta vez genuina, y algo maliciosa - Supongo que esa es la manera de llamarte apropiadamente puta masculina en público, ¿no? ¿Cómo una mocosa se las arreglaba para enfurecerlo tanto? Tuvo que abrir y cerrar los dedos, para detener las ganas de sentarla sobre su regazo y azotar su trasero como había visto hacer a algunos padres de las clases bajas. Para ver si funcionaba y enderezaba a la chica. También pensaba que la moza realmente se lo merecía. Sin embargo, la muchacha frente a él no era una niña. Era una mujer, joven pero adulta, y no una ruborizada y nubil mozuela. Pero todavía pensaba que alguien debería darle unas buenas nalgadas y ponerla en su lugar. Si su marido actuara con ella como el hombre que fingía ya ser, quizás lo hiciera. - Valientes palabras para una mujer que es poco más que una ramera a los ojos de Poniente. ¿En serio que lo soy? - preguntó ella para resoplar al instante - ¿De donde sacas esas ideas, mi querido Morgan? Estoy casada de forma legítima con mi esposo. - pronunció con lentitud, como si él fuera corto de entendederas - Oficializado por un Septón Supremo que de casualidad es tu tío. Supondría que lo sabrías. - negó con pena. Ah, pero no sabes lo inconstantes que somos, Su Alteza. - al menos ya no tenía que seguir llamándola hermana. En especial cuando sus testigos ya se habían marchado. Las personas a su alrededor tratarían de escuchar, pero la música impedía que se oyera mucho fuera de su círculo - Lo que hoy un Septón tacha de sacrosanto, mañana otro lo tildará de herejía. Sabrán los Siete en que punto quedará usted. En el más elevado, Morgan. - pronunció ella con frialdad - Gracias a mi dragón... - la amenaza no terminó de ser pronunciada - estaré arriba. Y aunque no garantiza la victoria, estar más alto me da una ventaja abrumadora, ¿no es así? Se rebanó los sesos buscando contestarle. No quería que ella lo sobrepasara en otro intercambio de puyas, sin embargo ella se le adelantó. Bien, terminada la sesión de ofensas y considerándome victoriosa en la primera ronda, - asintió con magnanimidad, como si todo estuviera escrito en piedra - me gustaría preguntar: ¿qué buscas? Al mismo tiempo que hablaba, en un rápido pase, vio a sus ojos revolotear en oscura atención por la habitación. El soldado dentro de Morgan se irguió en alerta. La princesa... ¿esperaba problemas? Aunque nunca bajaba la guardia del todo, decidió agudizar sus sentidos. Puede que fuera otra de sus tácticas distractorias, pero había sido demasiado rápido y muy poco obvio, como un guerrero acostumbrado a escanear los peligros más que una jovencita fiestera. La preocupación de la chica, fuera cual fuera, se le contagió. ¿Persistes en tus intentos de seducirme? ¿O de hacer a Maegor creer que me seduces? - dijo de improviso. Morgan permaneció quieto, sin demostrar ninguna alteración de su estado de ánimo coqueto ante la confrontación tan directa. Internamente sus ojos se querían salir de su cara por semejante descaro. ¡La moza no tenía vergüenza! Ella también lo escrutó con una calma que hubiera esperado más bien de una matriarca mucho mayor antes de proseguir - Maegor y yo discutimos lo que buscas. Quizás intentas arruinar mi imagen, y por ende la suya de forma pública. - apretó su diminuto puño - Pero ese cabrón terco esta encaprichado en que me quieres de verdad. ¡Tonto! - escupió y Morgan fue atrapado en un sobresalto. Espera. ¡¿Hablaste de esto - casi se le sale un falsete en sus palabras - con tu marido?! Lo miró como si no estuviera cuerdo al hacer la pregunta - Emmm... Sí. - ¡Esas cosas no se hablan! ¿No tienes sentido de la dignidad? Si tener sentido de la dignidad es callarse los problemas en vez de dicutirlos con mi esposo para encontrarles sentido y solución, entonces no. - negó en una sola cabeceada - No tengo sentido de la dignidad. Prefiero por mucho el sentido común. Gracias. - replicó con impertinencia. La mujer estaba loca. ¡Loca! ¿Cómo va a admitirle de forma abierta a su marido que otro hombre la deseaba? ¿No temía las consecuencias? La última frase la debió decir en vez de solo pensarlas, pues ella arrugó sus cejas y la nariz para responder. Su larga cicatriz blanqueándose con el gesto. Destacaba mucho, y sin embargo, Morgan comenzaba a acostumbrarse. ¿Qué consecuencias? Yo no he hecho nada. Allá tu. - se encogió de hombros como si eso resumiera todo - Tengo otras cosas de las que preocuparme que por una rubia - lo miró de arriba a abajo, demostrando lo que pensaba de él - que juega al seductor encarnado para su familia. Si lo volvía a llamar puta masculina, de una u otra forma, no respondía. El insulto había calado hondo, y Morgan se negaba a considerar que fuera porque tenía un poquito de verdad. ¿Y que puede preocupar tanto a una princesa, Su Alteza? - inquirió. Tenía que encontrar una debilidad y se le acababa el tiempo - ¿Tiene que ver con su investigación del día de ayer? - era la única explicación. Ni Orthyras ni Maegor tenían aspectos de eruditos. Esa era la única explicación racional para dedicarse a la lectura. No había ninguna razón para... Pues, pudiera ser. - respondió ella, desarmándolo. No debían estar discutiendo ninguna debilidad si ella era tan abierta sobre esto. ¡Maldición! Hasta aquí su línea de pensamiento, suspiró internamente de la frustración - A Maegor y a mi nos surgió una duda sobre los arcianos... ¿Los... arcianos? - de todos los temas del mundo. ¿Por qué los malditos arcianos? Sí. - el anillo de espinas rojizas subió y bajo, y a Morgan le pareció algo divertido que lo usara aquí. Después de todo, los Gardener habían usado coronas de espinas de acero. Al menos en la guerra. Era casi poético que una Targaryen, aunque llevara el apellido por política, de la familia que derrotó a los antiguos gobernantes del Dominio, llevara una joya tan semejante para la paz. Perdón madre, por burlarme de los tuyos, elevó una plegaria a donde sea que estuviera. Pero ese aspecto que lucía la jinete de la bestia parda, era llamativo a sus ojos. Quizás porque se presentaba como una premonición, o una rememoración de lo que era el reinado de esta dinastía. Los otros días me llamaron la atención los árboles, - continuó ella ajena a su análisis - y ¿por qué no investigar? La miró con su boca entreabierta. ¿Dedicarse a leer sobre ellos solo por eso? - ¿Y encontraste algo interesante? - la decepción en su tono fue clara. - Pues bien, no se si Maegor lo hizo, ya que se dedicó a estudiar las propiedades de los arcianos y el uso de su madera. ¿Puedes creer que había un tratado solo sobre eso? Podía. En Antigua, en la guarida de los maestres, podías encontrar un libro sobre casi cualquier cosa. Si alguien se dedicaba a escribir sobre un tema, allí estaría. Que la muchacha hablara con tal fascinación le provocó un dolor de cabeza. Definitivamente no esperaba que fuera un ratón de biblioteca. - Yo por mi lado me dedique más bien al tema de las leyendas y la magia. La relación que tenían con los Antiguos Dioses y los Niños del Bosque. Puedes creer que... Estaba acostumbrado a charlar con chicas que empezaban a hablar de temas vacíos como eran las últimas modas, o los chismes, o las historias fantasiosas y románticas. Había aprendido que aunque el parloteo parecía vano, satisfacía algo en las mujeres hablar y hablar indefinidamente. Pero al contrario de lo que pensaban los demás de su sexo, había entendido algo. No lo hacían por el amor a su propia voz, sino porque estaban encantadas de que alguien las escuchara. Aunque un poco más académica, la princesa parecía fascinada con las leyendas infantiles y desvariaba con él sobre ello ya que se había aparecido como víctima dispuesta. Al menos Morgan tenía experiencia en fingir interés en cualquier cháchara, hasta que oyó: Finalmente, leí sobre Garth Manoverde y como las personas lo adoraban. Y me dije a mi misma: ¡Ay, coño! - la vulgaridad pronunciada con tal comodidad lo sacó del todo de su indiferencia - Puede que los hombres sonrieran a su paso, pero las mujeres debían odiarlo de todo corazón. ¿Eh? - ¿Por qué? - la duda se le escapó. El rey semi - mítico había traído la prosperidad allí por donde pasara. ¿Por que alguien lo odiaría? ¿Acaso no te has leído los cuentos? - preguntó ella sorprendida. Una ceja alzada en su cara. Por supuesto que sí. - esclareció con fuerza. No le bastaba a la chica llamarlo puto, ¿sino que creía que no estaba ilustrado? - Garth Manoverde se considera el progenitor de cada linaje importante en el Dominio. No hay nadie aquí que no haya escuchado de él. Aunque quizás la princesa, siendo extranjera, no lo supiera. - ¿Qué tiene que ver eso con las mujeres? - inquirió desconcertado. Pues todo. - ella expandió sus manos como si fuera obvio - Mira, - explicó con energía, como quien hace un descubrimiento importante - según los cuentos, cuando pasaba las mujeres tenían mellizos o trillizos. ¿No? Sí. - era cierto, o eso contaban aquellos que transmitían su leyenda - Muchos niños para el seno de sus madres. Por eso. ¿No lo ves? Ah, bueno, ya veo. - resopló ella mirándolo con diversión, y pese a ser un gesto burdo no le pareció tan insidioso en su cara - Mira, a menos que la magia que causaba muchos bebés hiciera que el embarazo fuera fácil, y provocara partos poco complicados, la bendición de Garth para las mujeres - se burló, instantes antes de echar un vistazo rápido a cada rincón del salón - no era un regalo, sino una sentencia de muerte. Distraído por el enemigo imaginario que ella vigilaba, tardó unos momentos en procesar lo que había dicho. Entonces su mandíbula cayó y no pudo evitar dedicarle una mirada horrorizada - ¿Qué? ¡No! Garth repartía bendiciones a hombres y mujeres por igual. Las granjas florecían y las mujeres volvían a ser fértiles, y aquellas que ya lo eran obtenían muchos hijos. Esto es algo bueno. No. Eso era algo horrible. - replicó ella con un empujón de su mano en el aire - Cada parto trae consigo la posibilidad de morir. Si ya pasó su edad para tener hijos, recuperar la capacidad no solo expone nuevamente a dichas mujeres a un evento que puede matarlas, sino que probablemente no tengan la fuerza para llevar un embarazo a término. Su boca se abrió y se cerró. Tenía que admitirlo, ella tenía un punto importante con ello - Pero las historias - de repente sintió la necesidad ilógica de discutir esto - decían que las mujeres tenían dos y tres hijos por embarazo. Por lo tanto, si llegaban a partir a los bebés. Sí. Tienes razón. - ella cabeceó - Y allí esta la otra parte, y aún más horrible de la situación. La miró azorado, casi temeroso de lo que diría a continuacióny se aclaró la voz para saber - ¿Y cuál es la parte horrible de ello? - Morgan Hightower, dígame: ¿cuántos bebés sobreviven a los partos múltiples? Un escalofrío lo recorrió, y luego otro cuando cayó en cuenta de lo que decía. La seriedad en el rostro generalmente alegre de la chica, aunque nunca permanecía así mucho tiempo cerca de él, demostró que tan en serio se tomaba todo. Generalmente no todos. - que las trillizas del Señor de Tarth hubieran nacido sanas, así como que su madre se hubiera mantenido con vida, había sido considerado casi un milagro por muchos. Una bendición de la propia Madre para la consorte del Lucero del Alba. Generalmente ninguno, más bien. - ante su mirada interrogante ella respondió - Supongo que imaginaste el caso de una mujer noble atendida por un maestre y comadronas. Pero Morgan, las acciones de Garth, de haber existido, habrían afectado mayoritariamente a campesinas. Mujeres que con suerte tendrían la atención de una partera, de tener alguna. Y que no tendrían la mitad de los cuidados en los que viviría una dama. Esto lo desestabilizó, imaginando que si de ser ciertas las leyendas, aunque creía firmemente que estas eran exageraciones sobre algo que había sucedido, el coste para esas mujeres debió ser terrible. Él no era del todo un imbécil. Podía imaginarse que incluso las mujeres de constitución fuerte del pueblo llano sufrirían si tuvieran que cargar a múltiples bebés, más si tenían que alumbrarlos solas o casi sin ayuda. ¿Cuántos niños se perderían? ¿Cuántos niños, ya sea recién nacidos, o ya mayorcitos, se habrían quedado sin madre de haber vivido eso? - Y también tenemos que considerar el cuidado de los niños en caso de supervivencia. Si acunar a un bebé es una tarea complicada, ¿cómo sería con dos o tres a la vez? ¿Tendría la madre suficiente leche para todos? Con tantos bebés, tantas nuevas bocas que alimentar, ¿podría lograrlo su familia? Por otro lado, - saboreó lo que iba a decir, pensando la forma correcta de enunciar su argumento - el paso de Garth hacía florecer los cultivos. Por lo que al menos los campesinos tendrían suficiente alimento para sus familias, y supongo que para el ganado por si la leche materna no era suficiente. Mmm... - la chica apretó sus labios - supongo que tienes razón. Esto se sintió como una victoria más grande de lo que era. Lo que hizo peor las siguientes palabras del propio Morgan - Pero tierras más fértiles y cosechas variadas no significan plebeyos mejor alimentados. No si no tienen acceso a dichas tierras. O sus señores son ávaros y codiciosos con las cosechas. La princesa se quedó impresionada, como si fuera Morgan quien hubiera argumentado desde el principio del problema que suponía esta parte de la leyenda de Garth Manoverde y no ella. Y lo miró con un respeto que nunca antes le había dedicado hasta ahora. Morgan se dió cuenta con desconcierto que le gustaba esto. Discutir y analizar este tema, por absurdo que fuera, y que se le hicieran caso a sus ideas, le complacía. Era... divertido. Sin embargo no duró mucho. En una de sus vigilias, veloces pero fugaces a la sala, algo cambio y la princesa Orthyras se convirtió en una criatura diferente. Sus dientes, algo torcidos pero muy blancos, aparecieron en una muestra de genuina satisfacción y un brillo se apoderó de ella justo antes de pronunciar - ¡Maegor! Se quedó rígido, no sólo por la aparición del yerno que despreciaba, sino por la interrupción de su entretenido intercambio. ¿Por qué tenía que venir a molestar? ¿No podía ser como otros maridos, y quedarse presumiendo por ahí de otras cosas como su habilidad con las armas, mientras dejaba a su esposa abandonada aburrida y en paz? Pero no, el mocoso tenía que aparecerse y molestar. Y por lo visto, ya que Maegor tenía un aspecto más agrio que de costumbre, tampoco estaba muy feliz con la cercanía de Morgan a su novia. Dime, - la chica aplaudió con deleite no escondido - ahora que tuviste tiempo para pensar, ¿me vas a sacar a bailar como te pedí? - ella se aferró a su brazo en una súplica que había visto hacer a muchas féminas. No. - la respuesta fue más seca que el paisaje de Dorne. El príncipe no dudó en responder cortante a la vez que le pasaba una copa a las manos de su esposa - Bebe. La chica arrugó la nariz, sin beber de recipiente, y persistió en su pedido - ¡Oh, vamos! Se que no se bailar estos bailes, - agitó su mano libre - pero prometo no pisarte los pies. Qué no. - él no cedió ni un ápice, e impulsó a su mujer a beber del líquido que rechazaba. - ¿Tengo que hacerlo? Se que no quieres, pero... - sus cejas se unieron sobre el puente de su nariz - Este es tu castigo. No te gusta, pero yo como el afectado, tengo derecho a escoger. - asintió, y la chica luego de suspirar, empezó a forzarse a tomar del líquido. ¿Qué es eso? - se preocupó por verla obligada a tomar de una fuente desconocida, pues aunque fuera el derecho de cada marido comandar sobre su mujer, conocía muy bien que un veneno o una bebida dañina podía ocultarse en cualquier lugar. No creía que el Targaryen se atreviera a hacerle daño duradero, pero no podía dejar atrás su paranoia. ¡Gracias, tía Patrice, por sembrar tanta desconfianza en mi! Oh, esto. - Orthyras agitó lo que fuera que estuviera tomando ante de hacer un gesto de asco - Vino especiado. - dijo para su total desconcierto. ¿Tanto rechazo por solo eso? - El maestre me lo recomendó. Es por mi bien. - confirmó como si este sencillo tratamiento fuera una sentencia severa y no una simple bebida aromatizada - ¡Puagh! - sacó la lengua después de un trago largo. ¿Y tú que haces acá? - disparó contra él Maegor Targaryen. Había vuelto a la carga, y era obvio que lo quería lejos. Estábamos discutiendo sobre el lado malo de las supuestas bendiciones de Garth Manoverde. - la princesa disipó cualquier sospecha que pesara sobre él y sus intenciones con ella durante su plática. O intentó hacerlo. Maegor se pegó a ella, marcando con su acercamiento su propiedad sobre su consorte. Eso antes de mirarla confundido y exclamar un - ¿Qué? Sí. - afirmó ella con confianza - Discutíamos que la idea de que los embarazos de varios hijos que provocaba Garth, habrían sido visto más como una maldición por la población femenina. Maegor se quedó quieto, sus ojos estrechados por un buen rato antes de abrir su boca para exclamar - ¿Qué? No. Los hijos son siempre una bendición. ¿Quién no podría estar feliz de tener muchos hijos? ¿Ignorando el hecho de que muchos hijos en un parto probablemente maten a la madre? - Maegor boqueó ante el hecho en el que no había pensado - Incluso en un escenario en el que entregar a esos bebés no les cueste la vida y que todos los niños sobrevivan... Si los niños nacen sanos, entonces nada de lo otro importa. - cortó él - Un bebé siempre es algo bueno, no algo que deba rechazarse. Si las mujeres se encontraban esperando varios hijos en ese caso, solo les queda celebrar su llegada. Que tu quieras algo no significa que todos lo demás lo quieran con las mismas ganas, Maegor. - Orthyras no dudó en replicarle a su marido con una ceja alzada - Y con respecto a quien no estaría feliz con una camada de niños, pues... - comenzó a enumerar con los dedos - Mujeres que no quieren tener muchos hijos, familias que no pueden alimentar a más infantes. - su ceño se frunció - También está el caso de las que lleven niños no queridos, ya sea que fueron forzados en ellas o que les arruinarían la vida. - terminó con una mueca. Todos sabían a lo que se refería. Bastardos. Manchas en el honor de sus padres. También... - para su propia sorpresa, Morgan intervino - están las mujeres que desean hijos y lo hacen con toda su alma, pero por motivos de salud no deberían tenerlos. - pensó recordando a su propia madre, tan frágil y anhelando una familia grande. Por suerte para ella, aunque dudaba que jamás hubiera pensado así, la concepción le había resultado complicada. Su madre había sufrido por ello, pero Morgan había podido conservarla por muchos años. Un agradecimiento silencioso fue enviado a la Madre, por rechazar los ruegos de su progenitora de hacerla más fértil. Morgan amaba a su familia, pero de escoger entre conservarla con vida a ella o tener una colección de hermanos, sabía bien que escogería. Dos herederos y una hija eran más que suficiente para cualquier hombre que valorara a su esposa. La princesa quedó muy convencida con su argumento, en contraposición con su marido nada contento con lo que dijo. Maegor lo observaba como si lo hubiera ofendido personalmente. ¡Vaya! Algo bueno había salido de esto después de todo, no pudo evitar la pizca de mezquina satisfacción que sintió. No lo creo. - permaneció terco, sus puños apretados contra sus costados - Muchos niños garantizan que todos tendrían herederos suficientes. Ah, - lo detuvo Morgan antes de que incluso Orthyras interviniera - pero eso no es algo del todo bueno. Demasiados hijos significa que alguno de quedará sin herencia. ¡Y eso es solo para los nobles! - él y la princesa habían discutido sobre como afectaría al pueblo llano, y este situación los llevaba de regreso a ellos - Los campesinos para empezar no tienen mucho que repartir. Creo... - se rascó la parte posterior de su cuello - Creo que ni siquiera le interesa a la mayoría dejar un legado. Solo vivir sus vidas. Muchos hijos significan que no tendrían una vida cómoda o asegurada. No. Demasiados hijos no serían una bendición. La princesa asentía y volvía a asentir ante lo que dijo. Eso no es correcto. No debería ser así. - uno de sus pies pateó el suelo para reforzar lo que dijo. Pero así es. Tu piensas de una forma, yo pienso de otra. Alguien más lo hará de otro modo. - le tensión contenida de su esposo no la alteró en lo más mínimo. Orthyras solo se encogió y siguió hacia adelante - Todos somos diferentes y cada creencia depende de la situación y vivencias de cada uno. Así que puedes creer lo que quieras, y yo haré lo mismo. ¿Algún problema con eso? El hijo de Aegon se removió, incómodo con su calma, aunque tras varias respiraciones algo pareció apagarse dentro de él - Supongo que tienes razón, esposa. ¡Por los putos Siete! ¡¿El mocoso terco había cedido en algo?! Lo había presenciado y no podía creerlo. Ni por lo que decían de él, ni por lo poco que había conocido de su persona. No quiero continuar con este tema. - lo vio rascarse la barbilla, aún escasa de barba - No me gusta discutir contigo. Tonto. - se burló ella de él justo frente a sus ojos, y por un instante Morgan dudó de su cordura - Puede que no te guste, pero hagas lo que hagas, discutiremos con el tiempo. En especial - esta vez fue ella quien se puso algo agresiva, sus palabras saliendo entre dientes - si continuas con tu manía de despertarme temprano en las mañanas. Una risita se escuchó frente a él, y Morgan tardó en procesar que era Maegor quien emitía él sonido. Estaba disfrutando de esto, se dijo con bizarra fascinación, antes de verlo dejar caer su peso contra ella. De repente se sintió incómodo por lo que veía. Muy incómodo. Esto no era ni lo peor, ni lo más desviado que había presenciado. Ni siquiera provocaría una ceja alzada en la más crítica de las chismosas, y aún así se sintió un intruso. Alguien que estaba en un lugar al que no pertenecía, que debía retirarse con premura. Un villano corruptor. Todo su conflicto interno se detuvo ante un simple gesto de la princesa. Su mirada paso de estar relajada, a una concentración casi obsesiva a sus espaldas. Su copa cayó de sus manos, para alarma de su esposo. El sonido metálico resonando en sus oídos. Ortiga, ¿qué te pasa? - lo escuchó decir, pero ya en el fondo de su mente. Morgan ya se había girado y buscaba por toda la habitación la amenaza que alteró a la princesa. No se distinguía ningún problema entre la colección de túnicas y vestidos coloridos. Un grupo se disponía a empezar otra ronda de baile al compás de los juglares y entonces Morgan lo vio. Oh, no. No. No. No. No llegaría a tiempo, se dio cuenta mientras estiraba su mano para alcanzar la empuñadura de su espada. No estaba, pensó con desesperación, ya que se le había negado portar un arma en la víspera de las fiestas. Solo los guardias las llevarían. Un alarido intentó escapar por su garganta, pero no sabría que gritar. Salió corriendo en tropel, sabiendo que no lo lograría pero tratando de todas formas. Los pasos pesados del príncipe resonando a sus espaldas. De seguro ni siquiera imaginaba lo que vendría, pero estaba entrenado para seguir el combate y Morgan se disponía a pelear. La princesa se escabulló en diagonal a ellos mientras Morgan atropellaba a los nobles a su paso, quizás buscando alertar a los soldados que custodiaban las puertas. Las quejas y gimoteos de señores, damas y sus familias que se le atravesaban en medio no lo desacelerarían. Pero no llegaría a tiempo. ¡Siete por favor, deténganlo! ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Había una calma extraña, justo la que existía antes de un gran desastre. Todos estaban tan satisfechos y contentos, sin saber que todo colpasaría pronto. Rhonda se regodeaba con la idea. En un festín tan grande, había risas y diversión y sobre todas las cosas había una gran cantidad de miembros de la nobleza. Personas que lady Tyrell no podría silenciar como hacía con los sirvientes de sus dominios. Ella contaba con ello. Veamos como intentas frenar este escándalo, vieja bruja. En plena estancia, Gregory la apretó contra su cuerpo, sin importarle algunas miradas de desagrado enviadas en su dirección. Ver a un Hijo del Guerrero aferrarse a una amante en público debía parecer una afrenta contra la moral para muchos, pero bueno, ella chupó sus labios para hacer que se viesen más hinchados, después de hoy nadie pensaría en lo que hacía ella aquí y todo el mundo señalaría con el dedo a cierto príncipe Targaryen. Un criado llevando una jarra de vino le pasó por el lado, observándola en silencio por el rabillo del ojo. Pronto la Señora de Alto Jardín sabría que Rhonda estaba aquí en los brazos de alguien a quien consideraban un enemigo de su familia. Resopló con fastidio, después de arriesgarse con la comitiva del Hightower y pensarlo bien, se dio cuenta que era probable que no pudiera permanecer en la fortaleza. Incluso si lograba la libertad de Bertrand. Incluso si este regresara a olisquear tras sus faldas de nuevo, no podrían volver a lo que era antes. La dama de Alto Jardín la tendría tildada de traidora y le haría la vida imposible. Una verdadera lástima, pensó con un mohín. Nadie le daba regalos tan finos como su hijo. Pronto comenzará el espectáculo. - Gregory de la Casa Bulwer le dedicó una sonrisa acuosa, antes de alejarla un momento para soplarse con uno de sus pañuelos la nariz. Desagradable. Tanto su moqueo continuo como su sonrisa ladeada. La misma que le daba después de joderla. No era muy bueno en eso, pensó mientras le devolvía el falso gesto, ya que la dejaba con un ardor en la entrepierna y nada de satisfacción. Pero poco importaba. Se había ofrecido a convertirla en su querida permanente, y darle una casita como hizo con su amante anterior. Zorra estúpida, había pensado primero. Mira que abandonar a un hombre que te mantiene en tu propia casa. Luego se dio cuenta de algo. Si conseguía un benefactor mayor, lo que sería muy fácil en Antigua siendo una metrópolis tan grande como era, y podía mantener o vender la casa, Rhonda podría escalar más alto y ser más rica de lo que sería aquí con solo los presentes del segundo hijo de los Tyrell y uno que otro noble visitante. Más de lo que nunca había soñado. Gregory había probado ser un hombre fuerte, pero sin mucho seso, y Rhonda rezaba para que fuera tan idiota que le permitiera repetir la jugada que le hizo su otra querindanga. No creía que fuera tan difícil, se burló para sus adentros. Más bien sería muy fácil, gracias a que el noble caballero había probado tener solo músculos por cerebro. El patán necesitaba que Rhonda conectara las ideas para él, o sino no habría podido armar el plan para exponer públicamente a Maegor solo con sus insinuaciones. Aprovechó que estaba de espaldas a ella, inhalando de la tela que siempre llevaba encima, para poner los ojos en blanco en su dirección. Muy fuerte, muy noble, pero tan estúpido. Ven, Gregory. - ya había divisado una cabellera de oro y plata en una punta de la sala - Es hora de la diversión. Solo tenían que pinchar a Maegor lo suficiente, y este estallaría con violencia frente a la mitad de la nobleza del Dominio. Eso sumado a las acusaciones que Gregory lanzaría, que serían más creíbles con la reacción del príncipe, convertirían esta alianza entre los Tyrell y los Targaryen en un motivo de lamentación y pérdida. No habría manera de acallar los rumores y el escándalo salpicaría a la realeza y a la Casa de la Rosa por igual. Ensortijó uno de sus rizos rojos entre sus dedos, ya imaginando la humillación que vivirían algunos. Cualquiera pensaría que con el ofrecimiento del Bulwer ella olvidaría la idea de hacer sufrir a ambas familias, pero esa no era ella. Quería verlos humillados y su nombre tirado en el suelo. Quería justicia por haber sido tratada como alguien descartable. Quería... ¿Gregory, - pronunció con su voz más ahumada - a dónde vas? Se estaba encaminado con paso firme hacia donde se reunían los bailarines. Gregory, querido, - su tono se volvió más áspero - vas en la dirección contraria. ¡Gregory! - llamó entre dientes, ya que no le estaba haciendo caso. Pero Gregory ya no la escuchaba. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Una explosión de música llenó sus oídos y Aleria Tyrell comenzó a mostrar sus pasos de baile bien practicados. Una dama perfecta no fallaba un paso, por no decir jamás pisaba los pies de su acompañante, y lograba lucir grácil durante cada pieza. Eso era difícil si tu pareja no era tan buen bailarín, le dijo una vocecita insidiosa, pero Aleria mantuvo la sonrisa de alegría en su rostro. Quizás su prometido no fuera el mejor bailando, pero definitivamente admiraba como se movía ella. Su cabello dorado, suelto en contra de las recomendaciones de su doncella, giraba libre tras Aleria. El heredero de los Fossoway, luego de su compromiso, le había dicho que era uno de sus rasgos más hermosos y Aleria se había jurado mostrarlo siempre para él. Lo que fuera que complaciera a su nuevo amor. La coreografía era movida, y ella forzaba a su respiración a ser pausada, para que no pareciera que se esforzaba demasiado. Delicada, grácil, graciosa. No permitiría que su futuro esposo pensara que ella era menos que la novia ideal. ¡No lo permitiría! Suavizó sus propios pensamientos, porque si pensaba con tanta emoción, actuaría como tal, y las doncellas debían ser gentiles en cada aspecto. Aleria no era tonta. Ella sabía que su compromiso estaba destinado a beneficiar a su Casa, sin embargo había puesto todo su interés en convertirse en la novia perfecta que atraería al pretendiente perfecto. Había sido recompensada con este enlace. Después de todo, se complació en saber que sus cualidades la convertían en mejor prospecto para él que la fría y calculadora Jeyne. Eso le había dicho él y Aleria había quedado radiante de la felicidad. No es que se hubiera negado a casarse con quien su padre hubiera decidido, ya fuera un hombre viudo ya con hijos o un Lord mayor o anciano. Oh, no.. A pesar de estremecerse por la idea, Aleria habría aceptado cualquier resolución a la que hubiera llegado su familia. Ella era educada y obediente y cumpliría siempre con lo que le ordenaran su Señor padre y ahora, su Señor esposo. Pero ya no tenía que preocuparse por ello, se dijo con felicidad, pues su prometido era joven, y galante, y la adoraría. Habiéndose ella dedicado a convertirse en tal dechado de virtudes, estaba segura de que su pronto a ser esposo la amaría como ella ya hacía. También dedicaría toda su vida a hacerlo feliz y mantenerlo así. La música se hizo más fuerte. Entre giro y giro, Aleria compartió una conexión especial con su prometido, estaba segura de ello. Sin embargo, algo tras ella atrajo la atención del heredero de la Casa de la manzana. Sus ojos se abrieron de par en par y dejó de seguir el baile. ¿Qué... Un impulso desconocido la jaló hacia atrás. Los juglares tocaron una nota estridente antes de detenerse. ¿Por que se detenían? La pregunta no le sería respondida porque entonces cayó al suelo. Fue cuando registró el dolor que venía de su cuero cabelludo, como si alguien intentara arrancárselo, mientras una voz desconocida gritaba: - ¡Así que aquí estabas! ¿Creíste que escondiéndote aquí podrías escapar de mí? ¡Te castigaré por atreverte a pensar eso, ZORRA!
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