El nudo Gregordiano
13 de abril de 2026, 23:08
Notas:
El título fue creado jugando con el nombre de Gregory y nudo Gordiano, espero sinceramente que lo disfruten
Más vale que ese bruto de Gregory saliera vivo de esto, porque Morgan quería matarlo con sus propias manos. Ese pensamiento se había apoderado de la cabeza de Morgan mientras otro de los invitados a esta fiesta se interponía entre él y el problema al que debía darle solución. A los participantes de este festín no les bastaba con no servir de ayuda, ya que solo se habían quedado allí de expectantes, sino que también le dificultaban a Morgan acercarse al centro del asunto.
Empujando a otro noble fuera de su camino, alcanzó a ver cómo Gregory lanzaba al suelo de un codazo al chico de las manzanas. Al parecer, el prometido de Aleria había tratado de intervenir. Muy infructuosamente, pero al menos había hecho algo. No como el resto de la nobleza a su alrededor, que se mantenían paralizados. Hubo uno que otro grito aislado de alguien pidiendo que alguien más hiciera algo, de voces tanto femeninas como masculinas, pero nadie saltaba a la acción.
Actuaban no como personas, sino como conejos frente a su depredador, se dijo con asco. A las damas las podía perdonar. Además, ellas estaban para ser protegidas, no tenían porque actuar. El shock de ver a una chica dulce y suave como Aleria ser atacada en medio de un festín debía ser bastante grande. Esto nunca debería haber pasado. Menos en el propio hogar de la niña. Si bien creía eso, pues ninguna lady fue criada para enfrentar tal violencia, no tenía la misma consideración con los hombres. Ni consigo mismo.
Todos debían de tener aunque sea un mínimo de entrenamiento para la guerra. ¡¿Cómo es que se quedaban ahí sin hacer nada?! ¿Sin intentar detener a Gregory? Morgan no había podido llegar tiempo, pero uno de ellos o varios debieron de haber hecho algo. ¡Lo que sea! Hasta el maldito mocoso de Maegor Targaryen lo seguía de cerca, preparado para la acción. ¿Por qué los demás no intentaron nada? ¿Eran todos cobardes pusilánimes? ¿Siquiera tenían sangre en las venas?
¡Gregory! ¡Detente! - exigió antes de llegar - ¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?! - gritó cuando llegó al círculo despejado que se había formado alrededor de la escena. Trataba de mantener una respiración constante, una postura de liderazgo, a pesar del esfuerzo que le supuso su alocada carrera.
Carrera que no había servido de nada, pues había llegado muy tarde para evitar que iniciara todo este fiasco. ¡Maldición! Por un instante tuvo que contener las ganas de jalarse los pelos de la cabeza y arrancárselos de la frustración. Un ataque de uno de sus hombres a una dama noble frente a la mitad de la nobleza del Dominio. Lo que le faltaba. ¡Por todos los putos Siete! No habría manera de contener el escándalo.
La imagen a la que se enfrentaba solo empeoraba las cosas. El imponente Bulwer, con su armadura de plata y su capa amarilla, se encontraba inclinado mientras zarandeaba por el pelo a lady Aleria Tyrell. La menuda muchacha era tratada como un manojo sin voluntad, incapaz de oponerse a lo que le hacía. Desde aquí, podía ver como mechones de cabello dorado y gruesos lagrimones caían por su delicada carita, mientras ella era arrastrada sin compasión. La chica Tyrell había renunciado a su talante educado y lanzaba chillidos y pequeños grititos que le retorcían su cínico corazón.
Lady Aleria carecía de la astucia cortesana, y Morgan la había desestimado por ello. También era una lástima que hubiera nacido en la Casa de la rosa, cuya posesión de Alto Jardín se oponía al reclamo directo de su familia. Pero él nunca había deseado que un daño como este viniera sobre ella. Morgan podía ser un hijo de puta frío y manipulador, pero nunca le había puesto un dedo encima a una mujer de esa forma. Y aquí estaba un hombre bajo su mando directo cometiendo tal delito.
No, se prometió. Costase lo que costase, se encargaría de que Gregory pagase por el crimen. Así tuviera que matarlo él mismo. A falta de espada, agarraría ese grueso cuello con sus dedos desnudos y apretaría y apretaría hasta que...
Frente a él, el heredero de los Fossoway se encontraba todavía retorciéndose en el piso. Sus manos cubrían su cara, con sangre filtrándose entre sus dedos. ¡Ay! Ese golpe había conectado contra algo en su rostro. Sin embargo, y por mucho que le doliera, ya debería estar de pie. En medio de un combate uno tiene que aprender a superar el dolor o alguien más acabaría con uno. O dejarías desprotegido a quien querías cuidar, como había sucedido con la pobre Aleria.
Morgan la salvaría.
¡Suelta a la chica Tyrell! ¡¡¡Ahora!!! - demandó Morgan en su condición de líder del grupo. Un líder nada feliz que esperaba obediencia con labios apretados. Todos ellos estaban metidos en un grueso problemón. Ya podía escuchar las reparaciones exigidas por Lord Theo a los Hightower, y a menos que su padre se distanciara de él, veía improbable que no fuera obligado a cumplir. Morgan era un miembro de su Casa antes que un Hijo del Guerrero, siempre le había dicho, y eso también funcionaba en sentido contrario.
Gregory no obedeció, pues al parecer, su subordinado tenía sus propias ideas - ¡No! ¡No lo haré! - el idiota jadeaba como si el que hubiera corrido a través de toda la estancia atravesando un muro casi impenetrable de nobles fuera él. No tenía sentido. No creía que la inexistente, por no decir inocua, resistencia de Aleria hubiera podido minar sus energías.
¿Dónde mierda estaban los guardias? Sabía que custodiaban las puertas del salón pero, ¿Por qué no habían llegado todavía? No estaban tan lejos. Luego se dio cuenta de que si a él le costó llegar, cuando había salido disparado antes de que Gregory realmente hiciera algo, ellos tendrían el paso bloqueado. Ningún caballero, noble o Lord había movido un dedo hasta el momento para proteger a Aleria, pero todos querían ver que ocurría. Por ende, solo entorpecían a los protectores asignados por los Tyrell.
Pero no había tiempo para ponerse a analizar esto, no cuando el Bulwer comenzó una diatriba para todo el que quisiera escuchar.
¿Por qué siempre la defiendes? ¿Eh? ¿Por qué? - preguntó Gregory de repente con genuina confusión, lo que francamente, tenía más confundido a Morgan - Siempre te interpones entre ella y yo. Siempre atravesado. ¡¿Por qué lo haces?! - si no fuera porque estaba sosteniendo el peso de una Aleria lanzada al suelo, podría apostar a que Gregory, moqueante y enojado como estaba, estaría recorriendo un camino frente a él. Como una fiera enjaulada - ¡¡¿Por qué estás tan interesado en protegerla?!! - escupió con saña, acompañado de un grito de miedo de la joven en sus garras. Una serie de chillidos, como un eco, continuó entre la multitud.
Morgan estaba perdido. Sin entender nada de lo que se refería. Maegor, que había llegado junto con él, le dedicó una mirada como preguntando de que hablaba. ¡Como si él supiera! Gregory continuó, saciando sus dudas y creando nuevas, y más grandes.
Ella me abandonó y me traicionó. Me dejó por otro. ¡¡¡Tú lo sabes!!! ¿Cómo puedes protegerla? - señaló a su noble cautiva - ¡Me dejó por otro hombre y aún así la cubres! ¡Yo soy de los tuyos! - se golpeó el pecho - ¡Deberías ayudarme a castigarla! ¡No cuidarla! - terminó elevando la voz y retomando la violencia contra una lloroza Aleria.
Espera. ¿Estaba hablando de su amante? ¿La que él engañó? Morgan Hightower estaba genuinamente horrorizado. Su boca se había quedado abierta y estaba seguro de que en cualquier momento su mandíbula caería hasta su pecho. ¿Cómo podía confundir a aquella moza con una dama? ¿Y llegar a este punto? ¿Qué tan borracho tenía que estar para cometer tal disparate?
Gregory, por el Guerrero... ¡¿De qué mierda estas hablando?! - Gregory parpadeó con lentitud hacia él, deteniendo el ataque sobre la señorita que había atrapado. Morgan señaló con la quijada a la frágil chiquilla que sostenía - Esta es Aleria Tyrell y nunca ha sido tu amante. ¡Es una chica de alta alcurnia! ¡Con dote y prometido! Demasiado fina para tí. Mírala. ¡Mírala, por los Siete!
Gregory se fijó en ella como si fuera la primera vez que la viera. Inclinó su cabeza, vacía y que pronto sería separada de su cuerpo, de un lado a otro, buscando la semejanza. La dama se quedó muy quieta. Quizás por el miedo. Quizás por la esperanza de que el hombre que la atacó se diera cuenta de que todo era un gigantesco error y la dejara ir. El agarre que la sostenía incluso pareció debilitarse.
Ella... - Gregory usó su mano libre, la que no sostenía a la niña Tyrell, para rascarse su frente y luego secarse su siempre goteante nariz - Ella... ¿No es ella? - su otro puño se aflojó lo suficiente para que parte de la cabellera de Aleria se deslizara.
Maegor dio un paso hacia la dama temblorosa, tratando de recuperarla y Gregory reaccionó. Usando su corpulencia, atrajo contra él a la desmadejada doncella y amenazó al príncipe. ¡Lo que faltaba! Otro pecado más en lo que parecía una lista ya interminable - Atrás perro, o le partiré el cuello a ella y luego a ti. No te la llevaras. ¡Me oíste! ¡No la tomaras de mí!
Morgan se vio obligado de tomar al esposo de su hermana del brazo y detener su avance. Su cuñado se tensó, pero Morgan apretó más fuerte obligándolo a retroceder. No podían hacer nada mientras la jovencita se interpusiera entre ellos. No cuando había una amenaza de tal violencia. No cuando el Bulwer tenía la fuerza para cumplir lo prometido. Al menos con Aleria, suave y delicada Aleria. Por un instante Morgan se imaginó su delgado cuellito roto y sintió ganas de vomitar. No. No podían enfrentarlo directamente mientras ella estuviera atrapada por él. Solo les quedaba intentar razonar.
Mira a la moza, Bulwer. - trató de mediar con firmeza y a la vez con suavidad - Es una dama elegante de la cabeza a los pies - Morgan se sacudió sus rizos color miel - Gregory, mírala. ¿Cómo puedes confundirla con tu amante? No se parecen en nada. La tuya era menos delgada y más exuberante. - trató de lanzarle una sonrisa lasciva. La misma que usaba el hermano menor del Señor de Corona Negra cada vez que la describía.
Morgan la había visto un par de veces y había tenido que darle la razón.
¡No! Es ella. - Gregory sacudió su cabeza mientras sudaba como un cerdo. Esperaba porque fuera porque se estaba dando cuenta del lío en el que estaba metido - Ella se escapó de mi. Pensaba que yendo a un lugar tan lejos no la encontraría. Pero la encontré. ¡La encontré! - puso énfasis en sus palabras agitando a la pobre chica que intentaba usar sus manos para sujetarse desde donde él había enredado sus manazas contra su cabello.
¡Qué no lo hiciste! - por el rabillo del ojo observó la llegada de los guardias, que finalmente habían logrado cruzar el apiñado cerco humano de cortesanos. Estos se dedicaron a apartar al resto de los nobles invitados. Bien. Si no podían ayudar, al menos podían deshacerse de los estorbos. Siempre que Gregory conservara de rehén a Aleria, había poco que hacer - Escúchala, por la Madre. ¡Ni siquiera suenan igual!
A la primera mirada que le dedicó, Aleria se explayó con frenesí - Yo no soy ella, Ser, se lo juro. No lo soy. - sollozó - No sé qué le hizo su amante pero no fui yo.
Las cejas toscas de Gregory se fruncieron, como si esto fuera inesperado.
Hubo un movimiento en el grupo detrás del Bulwer, quizás más guardias apartando al resto de los nobles, que parecían más obstáculos que otra cosa, pero no podía distraerse.
Tu mujer tenía la voz ronca. - trató de racionalizar. Ser cordial cuando quería ladrar órdenes, y amenazas, y maldiciones, le estaba costando toda su contención - Esta no es la tuya. No se ve como ella. No suena como ella. Entonces, no es ella.
Mientras más lo pensaba, más se preguntaba: ¿Qué tanto había bebido para creer que Aleria Tyrell era su querida? Sin embargo, él conocía a Gregory y sabía como era y como actuaba cuando estaba borracho. Sus gestos eran diferentes, sus reacciones eran diferentes. No tenía sentido, nada de esto lo tenía.
Además, Morgan le había prohibido beber en este viaje, y por imposible o duro que hubiera creído que sería para Gregory Bulwer, este lo había aceptado y se lo había tomado con calma. Forzó sus sesos, tratando de recordar si lo había visto aferrado a una botella como era su costumbre desde que salieron de Antigua, pero nada le venía a la mente. Pero, si no estaba borracho, ¿esto que era?
No lo sabía. Pero era obvio que había reaccionado mal y en el peor momento. ¡Puta mierda! ¡Maldita sea!
Gregory se detuvo, como pensando en lo que había explicado, y Morgan se sintió inquieto cuando notó lo mucho que se demoraba en parpadear. Había algo antinatural en ello. Dioses, ¿qué estaba pasando aquí? ¿Había algo mal con su cabeza? Tendría que hacer que un maestre lo revisara, si Lord Theo no lo colgaba personalmente de las murallas primero, para probar que algo estaba mal con su mente. Si se había vuelto loco, no se podía culpar a Morgan por sus acciones. ¿O sí?
Yo... Yo... - lo vio lamerse los labios, dudando al mirar a la chica caída. Un temblor casi compulsivo en sus dedos. Iba a soltarla. Estaba seguro.
O al menos tenía planeado hacerlo hasta que un caballero se adelantó.
Vamos, vamos. Es claro que todo esto es solo un malentendido. Permítame llevarme a la dama, Ser. - una sonrisa ladina se posó en la boca del varón sin nombre, así como un brillo calculador en sus ojos - Yo intercedere por voz ante Lord Tyrell y todos esto será pronto desestimado como lo que es: un simple exceso de un juerguista. - la mentira aceitada salió con una facilidad pasmosa de su boca.
El cabrón que se adelantó parecía ser solo un buitre, que viendo la posibilidad de presentarse como el salvador de la joven cuando todo se empezaba a enderezar, decidió inmiscuirse en el asunto. Un noble menor reclamando ser el héroe de los Tyrell y ganarse su gratitud era un premio al que nadie renunciaría.
Lamentablemente, lo jodió todo.
¡Bastardo! Los dientes de Morgan crujieron cuando se enfrentó a las consecuencias. Nadie más había intervenido hasta el momento, y él que si lo hizo, arruinó cualquier oportunidad de que las palabras de Morgan calaran, ya que los ojos de Gregory se volvieron locos cuando vio al hombre aproximarse. Giraban en todas direcciones antes de que el inestable Bulwer estallara:
¡Mientes! - rugió - ¡Tu siempre mientes! ¡Siempre!
El desconocido retrocedió azorado, viéndose acusado por alguien a quien ni siquiera conocía.
El grito de Aleria le reventó los oídos cuando él la levantó, pegando su diminuta figura contra su pecho y un brazo suyo le rodeaba el cuello. La niña debía estar en puntillas mientras él bramaba y daba señas de que le estaba dificultando la respiración al apretar su agarre sobre ella.
¡Cada vez que la tengo, cada vez que atrapo a la perra, tú te metes en el medio! - pasó de señalar al intruso a señalar a Morgan, como si fueran la misma persona - ¡Y me castigas a mí! ¡¡¡A mí!!! - se golpeaba el peto con su mano libre mientras acusaba, y por un instante Morgan vio como Aleria era levantada del suelo en esa posición. Sus pies pateando en el aire - ¡Tu la quieres para ti, por eso la defiendes! ¿No? Todos la quieren. - continuó dirigiéndose al círculo de espectadores a su alrededor - Por eso es que todos intentan separarla de mí. ¿Pero saben qué? - se rió con una risa seca y enfermiza que rayó sus nervios - ¡Esta es mi zorra! ¡Es mía y la trataré como yo quiero! ¡Como yo quiera, saben! ¡Nadie puede detenerme de ejercer mis derechos!
Cariño, estas equivocado. - una voz conocida se presentó, forzándose a ser lo más profunda posible y sonando a las espaldas de su inestable compañero. Morgan reconoció a su dueña, y supo que tendría solo un parpadeo para aprovechar la treta con la que acababa de salirle la moza - Tu amante soy yo.
Fue suficiente para que Gregory girara su cabeza y para que Morgan atacara. Sabía que un solo vistazo a la pequeña y flaca, por no decir morena princesa, y hasta el muy confundido Gregory sabría que no era su mujer. Pero era una apertura que se podía explotar y Morgan no era melindroso con oportunidades como esta. Sin embargo, su objetivo no era vencer al Bulwer sino...
¡Puto Hightower! ¡Te dije que es mía! - Gregory comenzó a asestarle golpes a su espalda y a su cabeza mientras Morgan cubría todo lo que podía a la hija mayor de los Señores de Alto Jardín. Si alguien quería hacerse el héroe, bien por ellos. Morgan solo quería proteger a la chica de violencia innecesaria en su contra. A su lado vio la silueta de Maegor, quien ni con toda su fuerza lograba contener a Gregory, o separarlo de su delicada presa. Morgan envuelto alrededor de Aleria. Gregory tratando de recuperar su control absoluto sobre ella. Maegor luchando por separar a los dos primeros del último. Debían parecer niños aferrados peleando por un premio, más que miembros de la más alta alcurnia. ¡Que falta de dignidad para cualquiera que los contemplara, y habría muchos testigos de esto para burlarse después!, pensó distraídamente Morgan.
Fue esta proximidad con Aleria y por ende a Gregory, lo que le permitió sentir, más que ver, el primer impacto.
Gregory se sacudió pero no soltó a la dama, al menos no al primer golpe, o al segundo. Para el tercero empujó lejos de él tanto a Aleria y a Morgan como a Maegor, con una fuerza que parecía más propia de un toro que de un hombre, y se giró para cargar contra su atacante. Morgan cayó contra las lozas del salón, con una temblorosa criatura entre sus brazos, solo para convertirse en testigo de un evento todavía más bizarro en una noche en la que nada parecía tener sentido.
Gregory había intentado enfrentarse a su oponente, aquella que lo había distraído. Aún así, si esperaba encontrar una víctima fácil en la menuda princesa Orthyras, pronto descubriría su error. La princesa se presentaba como un espíritu vengador, como en los cuentos de miedo que le contaba de pequeño su nana, portando una... ¿Eso era una silla?
Orthyras Targaryen no esperó la revancha del Hijo del Guerrero, sino que alzó todo lo que pudo el fuerte asiento de madera que sostenía. Grueso y robusto, y diseñado para resistir al más obeso de los comensales, el arma elegida por la princesa no sólo parecía capaz de aguantar la embestida de una bestia, sino que le faltaba poco para pesar lo mismo que ella. Y Orthyras aprovechó esto para estampar semejantes propiedades que poseía la silla contra el hombro del Bulwer.
Aún así Gregory no cayó hacia atrás, sino que terminó a cuatro patas sobre el suelo. Como una bestia cubierta por una lona amarilla que era su capa. La princesa tampoco detuvo su ataque. Otro sillazo directo contra su espalda hizo que Gregory colapsara en el suelo. ¿Cómo no iba a hacerlo? Si ya iba por cuatro trastazos y ese mueble estaba hecho de maderos lo suficientemente resistentes para no desarmarse a pesar de las repetidas colisiones.
Pensaría cualquiera que en este punto, sería imposible que ese cabrón se levantara, pero nadie le debió de informar de ello al Bulwer que ya intentaba elevarse del piso de forma tambaleante. O al menos lo hacía hasta que la princesa lanzó otro sillazo, y otro. Derribado en el piso, el cuerpo de Gregory se había rendido, pero sus ojos aún estaban inyectados con rabia. Vio detenerse a la princesa y tomar aire, solo para asestar otro más.
La conciencia del Bulwer finalmente se extinguió.
¡Por el amor de la Madre, princesa! - se dirigió a ella sin saber bien como sentirse, Aleria ya escapaba de su agarre para arrastrarse hasta su prometido y aferrarse a su brazo - Tampoco tenía que golpearlo tanto.
¿Estás loco? - una de las cejas de la jinete de Nyxia casi le llegan al pelo mientras señalaba al derribado subalterno de Morgan - Míralo. Mide el doble que yo y debe pesar el triple. Se llega a levantar, la que sale mal parada soy yo. ¡Y ya viste como se resistía!
La princesa colocó la silla de regreso en el suelo, y agitaba sus manos señalando al inerte Hijo del Guerrero. Los guardias Tyrell permanecieron en los límites del círculo noble que habían estado custodiando, igual de estáticos que sus más elevados congéneres. Si fuera por miedo a Gregory, a que sufriera una recuperación milagrosa y volviera a su feroz y casi indetenible carga, o la desenfadada princesa, Morgan no sabría decirlo.
Al lado de Morgan, Maegor Targaryen se levantó y se sacudió, motivándolo a imitarle, antes de ladrar a los soldados - ¿Qué hacen allí paralizados? Mi esposa ya derrotó al infractor. ¿Acaso también tiene que capturarlo y encerrarlo o ustedes finalmente harán su trabajo? - su orden puso todo en movimiento - Y no se olviden de registrarlo primero en busca de armas. - resopló.
Un intercambio de miradas entre ellos, un asentimiento, y los hombres de armas se apresuraron a obedecerle.
Ignorando del revuelo que causarían sus acciones, y con una desfachatez que solo podía esperarse de ella, una princesa Orthyras sonrió a la sala antes de bromear - ¿Qué pasa gente? ¿Impresionados? - mostró su brazo, su no muy macizo brazo y lo apretó en un alarde de fuerza antes de bromear - Podré no ser la mejor con una espada, pero demonios, si que puedo hacer locuras con una silla. - terminó colocando sus manos en sus caderas.
Unos poco soltaron risas tensas, arrancadas de ellos, ante su chiste. La Corte sabía adular a los favoritos. O a los poderosos. La Corte sabía admirar a los héroes y a las beldades. Pero, ¿en que categoría cae una princesa que porta una silla cual espada? Ni el mismo Morgan sabía que pensar de todo esto. La chica que hacia apenas un rato discutía un tema inocuo con él, no compaginaba con la que era capaz de tales demostraciones de violencia con tanta calma. ¿Debía ser aplaudida por su rápida, y admitámoslo, muy eficiente reacción? ¿O deberían lloverle críticas por inmiscuirse en un asunto que debía ser dejado a los guerreros?
El príncipe Maegor si tenía muy en claro como tomarse la situación, ya que en vez de reírse del chiste o enojarse por la interferencia de su esposa, como debería hacer todo marido cuerdo, asintió con la seriedad que era tan propia de él antes sus palabras. ¿Esto era considerado correcto para él? Parecía serlo, pues con mucha tranquilidad se encaminó hacia ella, colocándose a su lado. Todo Alto Jardín sabría con ese movimiento que apoyaba las acciones de su esposa.
Morgan sabía muy bien para donde se inclinaría su familia, pero por una vez, por una sola vez, trató de pensar como respondería por el mismo. Y no sabía que pensar de ella.
Ajena a la tensión en el ambiente, o quizás simplemente ignorando la falta de lamebotas tras ella, la princesa negó con la cabeza. Una sonrisa torcida apoderándose de su cara mientras se sentaba en el mueble que antes había sido su arma y ahora era el trono desde el que observaba toda la habitación. Sus piernas cruzadas una sobre otra, así como sus brazos cruzados sobre su pecho. Ella se tendió indolente sobre el respaldo. Como si no estuviera sujeta a las normas de etiqueta que seguían el resto de las damas. Recordaba bien las lecciones de su hermanita: una dama noble siempre permanece erguida y orgullosa, sentada recatadamente y con las manos en el regazo. Su espalda nunca debe descansar contra el asiento. Un reguero de reglas estúpidas, si le preguntaban, pero que Morgan había llegado a aceptar. Puede que incluso alzara una ceja ante cualquier damita que no las siguiera.
Ahora... Ahora estaba confundido. No se imaginaba a esta chica encadenada a tales consideraciones. Las mujeres debían ser suaves y protegidas, pero ser así no le había servido de nada a Aleria. La princesa... Quizás la princesa pudiera haber vivido lo mismo, pero no se la imaginaba solo como una víctima llorona, sino más como un dolor de cabeza constante, o ella misma una amenaza, para cualquiera tan estúpido como para intentar esto contra ella. La observó de nuevo mientras reposaba exhausta contra el asiento, fingiendo, se dio cuenta, de que todo estaba perfectamente. En este punto cualquiera estaría colapsando. Sinceramente se preguntaba: ¿Qué estaría pasando por esa cabecita?
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Los temblores se estaban apoderando de ella, pensó Ortiga con frialdad. No era miedo, se dijo. Era cansancio. El agotamiento que llega cuando haces una tarea que lleva tus fuerzas al límite. Sí, eso era. Nada de miedo. No era una cobarde.
La verdad era que estaba muy tranquila tras lo que había pasado, y miraba todo a su alrededor con desapasionada curiosidad. Aún así, una lección que había aprendido de pequeña es no mostrar debilidad, nunca, y es por ello que escondía sus manos bajo sus brazos. Para que nadie notara que no estaban firmes.
No tenía miedo, no tenía miedo, prácticamente canturreó para sus adentros. Pero los demás no lo creerían si enseñaba el más mínimo indicio de vacilación. Así como sabía que si mostraba la más leve muestra de vulnerabilidad, nunca nadie lo olvidaría. Como un escualo cuando siente sangre en el agua. Nobles, matones, ambos eran lo mismo. Solo que los primeros fingían ser más refinados y tenían bolsillos más profundos.
Por ello Ortiga se aseguró desde niña de ganarse una reputación de peleonera, con más bravuconería que otra cosa. No importaba que tan fuerte eras o no, solo que no fueras tan fácil de derribar. Los abusadores siempre se iban tras presas más fáciles, y ella se aseguró de nunca la consideraran como tal. Y planeaba hacer lo mismo aquí.
Jamás sería una dama refinada, así que las opciones para ser respetadas eran pocas. Sin embargo, estaba decidida a hacerse un hueco, y ella iba a establecer los términos para ello desde ahora. Después de todo, ya tenía un modelo a seguir, solo que se conformaba con ser la mitad de la mitad de lo que era Visenya.
Pero hablando de damiselas elegantes...
Aleria Tyrell se aferraba a su prometido con una desesperación que rayaba en lo absurdo, gimoteando sobre sus heroicas acciones y cómo era todo un caballero por intentar salvarla. Ortiga tuvo que contenerse para no poner los ojos en blanco. Si ser derribado de un golpe era algo heroico para ella, la chica necesitaba replantearse muchas cosas. Por otro lado, el mozo al menos lo había intentado. No ayudaba que su oponente fuera una mole, con un cuello tan ancho como los propios muslos de Ortiga, y que necesitara media docena de golpes para caer.
¡Hay algo mal con él! le dijo su cerebro. Sin embargo, no estaba segura de qué era. ¿Esto a que le recordaba? Ya lo había visto pasar, pero no recordaba por más que se forzara a pensar en ello. Se apretó el puente de la nariz, presionando con los dedos. Estaba ahí. Lo sabía. Lo tenía en la punta de la lengua pero no llegaba.
A su vez, la chica Tyrell estaba empecinada en enredarse al brazo de su futuro marido como una hiedra, mientras lloriqueaba sobre su sufrimiento. El chico con el que se casaría trataba de distanciarse de ella tanto como lo permitía su extremidad, mientras sostenía su nariz sangrante. ¡Ay niña! No creo que ese tipo tenga muchas ganas de consolarte en estos momentos. Una pequeña mueca se le escapó, pero ella trató de disimularla con una contracción de su labio.
Entre el barullo, finalmente pudieron presentarse los miembros faltantes de la familia Tyrell. La cabeza del Dominio contempló con quietud la escena antes de que la indignación le subiera por el rostro. Con el rostro rubicundo y enseñando los dientes, su adulador anfitrión desapareció detrás de un hombre enojado. Casi pensaría que eran dos personas diferentes que compartían el mismo gusto en ropa: seda verde suntuosa con rosas y vides bordadas con hilo de oro y más oro, como para que nadie olvide qué tan ricos eran ahora los Tyrell.
La dama de Alto Jardín se apresuró a sostener las manos de su hija, distanciándola de su futuro esposo. Él, por su lado, armaba un jaleo sobre honor mancillado y reclamaba el indudable placer de ejecutar al pendejo que la atacó. Lord Pomposo, engreído y complaciente, ahora Lord Pomposo, engreído y enojado, escuchaba con aterradora tranquilidad solo para aclarar que una muerte rápida no convendría para el infeliz que cometió el error de meterse con su hija.
¡Uy! Ese desgraciado estaba jodido y medio. Ella resopló satisfecha, ya que no creía en la piedad para con estos casos. Cualquiera diría que siendo ladrona abogaría por un castigo más suave para el idiota, pero ¡Nah! Ese cabrón se lo buscó, y Ortiga había sido un tipo diferente de criminal. Nunca le había hecho daño a nadie... que no se lo mereciera. La chica Tyrell, por irritante que le pareciera, no tenía por qué haber sufrido daño.
Volvió a mirar a la dama. Sostenida por su madre, y con su hermano mayor acurrucándola contra su pecho, la fachada de doncella en peligro se derrumbó para dar paso a una niña berreante. Los labios de la Aleria temblaron, antes de que empezara a llorar de verdad y a soltar lamentos gimoteantes. Una parte de ella, una parte cruel, pensó que todo este espectáculo era una exageración. Si lo peor que le había pasado eran unas buenas sacudidas, entonces debería darse por satisfecha en vez de llorar, razonó mientras se rascaba la cicatriz que le atravesaba la cara. Luego se azotó a sí misma mentalmente.
¡No, Ortiga, no! Era una dama noble. Tenía sentido que siempre hubiera sido protegida. Esto debía ser algo horrible para ella. Una chica de la nobleza... ¡No! Ningún niño, se dijo con los labios apretados, tenía porque acostumbrarse a estas cosas. Sin importar que ella considerara que esto no era para tanto.
Que tu hayas vivido algo peor no significa que los demás tienen que sufrir igual, Ortiga, se recordó a sí misma.
Sacudió la cabeza. Reflexionar sobre su vida era algo que no encajaba con ella. Su estilo era más de vivir el momento y ver como avanzaban las cosas. Tampoco es que quisiera pensar en ello. Las cosas malas mejor se dejaban atrás. Mejor buscaba algo más para distraerse de tales pensamientos oscuros. Algo como...
Golpeó el reposabrazos de su asiento. Sí, esto serviría. Todavía estaba bastante incrédula con que el mueble hubiera sobrevivido completamente intacto. Con sus pies apoyados en el suelo, se impulsó para atrás y nada. Joder. Esta mierda no se tambaleaba ni un poquito. Abollada sí, milagrosamente entera también. El asiento permaneció firme, haciéndole preguntarse si estaba hecho de acero en lugar del roble macizo. ¡Rayos! ¡Alguien debía recompensar el carpintero que lo hizo! Por un instante, incluso imaginó llevarse la silla a Rocadragón. ¡Qué vista sería el Ladrón de Ovejas con la dichosa butaca amarrada en su grupa!
Entonces lo vio. Por el rabillo del ojo, mientras levantaban al inconciente Hijo del Guerrero, un pequeño detalle llamó su atención. Parecía solo una diminuta prenda, y sin embargo, algo dentro de ella empezó a gritar con alarma. Se erizó. No había llegado hasta aquí sin hacerle caso a sus instintos, y no empezaría a ignorarlos ahora.
Para llamar a los guardias que recogían a Gregory, Ortiga soltó uno de sus mejores silbidos. Terminó atrayendo la atención no sólo de los hombres de armas, sino de la mayoría de personas a su alrededor - Háganme el favor y revisen eso. - apuntó con el dedo al cuadrado de tela en el suelo.
Era importante. Algo dentro de ella se lo decía.
El más cercano a Ortiga hizo una mueca. Teniendo en cuenta que señalaba un pañuelo caído, y que desde aquí se notaba la nariz goteante del prisionero, ella tampoco querría tocar esa cosa. El paño debía de haber salido de algún lado mientras lo registraban en busca de armas. Inocuo, fue pasado por alto. A nadie más que a ella se le ocurriría revisarlo.
Cuando los guardias no obedecieron con presteza a su petición, Maegor dio un paso hacia ellos, motivándolos a reaccionar. ¡Qué lindo era tener un marido con fama de mal genio que la apoyaba en sus sugerencias más absurdas! Casi le dieron ganas de besarlo frente a todos. ¿Saben qué? Lo haría después cuando no tuvieran tanta audiencia, decidió con anticipación.
Para obedecerle, el prisionero fue dejado caer con un ¡Ploff! descuidado que nadie criticó. Casi se le escapa una risita. Nadie aquí le daría la más mínima consideración, pero eso... Casi le saca una carcajada. Sin embargo, a lo que iba.
El trozo de tela, cuya finalidad todos conocían, fue sostenido y elevado por una esquina. Nadie quería agarrarlo de verdad. Pero en lugar de la pegajocidad esperada, un fino polvo gris amarillento, cuyo color se asemejaba más al tronco de algunos árboles de maderas claras, apareció cuando el trapo fue sacudido.
Oh, oh. Creo que ya sabía que era esto. Esto era malo. Y en retrospectiva, todo empezaba a cobrar sentido.
¿Qué es eso? ¡¿Qué mierda es eso?! - Lord Tyrell había abandonado la tarea de convencer a su yerno de los beneficios de un castigo prolongado sobre una muerte inmediata, sospechando correctamente que esto era algo importante. Por una vez, no estaba girando sus anillos compulsivamente, sino que abría y cerraba sus dedos como si necesitara algo que apretar.
Pues... - Ortiga arrastró la voz - parece que nuestro amigo el dormido le gustaban los polvos.
Recibió unas cuantas miradas en blanco. De Maegor lo entendía, pero ¡Vaya! Los Tyrell eran bastantes sanos, considerando que tenían a un borracho como Bertrand de familiar. Pero bueno, la bebida no era lo mismo que esto. Suponía.
Ante la confusión generalizada, ella golpeó con su dedo el ala de su nariz - Ya saben, no soy una experta, pero creo que eso es especias para... Ya saben. - repitió el golpe.
El entendimiento llegó lentamente para algunos, mientras que otros ya habían caído en cuenta de lo que hablaba. Miradas sorpresivas que iban de ella hasta el adicto derribado lo demostraban. Maegor mantenía entrecerrados sus ojos, todavía sin comprender. En una rara, rarísima, muestra de solidaridad, Morgan se lo explicó al oído. ¿Cómo estaba tan segura? Pues la fachada siempre controlada del príncipe se deslizó un poquito. Bueno, mucho.
¡¿Qué esos polvos son para qué?! - gritó a viva voz, en vez de preguntar con esa seriedad regia que tanto le gustaba mostrar. Nunca lo había visto tan escandalizado. Sus tupidas pestañas se abrían y cerraban compulsivamente. Como si el hecho de que un caballero, un defensor proclamado de la Fé, cayera en los vicios más bajos, estuviera fuera de su entendimiento. No tardó en dirigirse hacia ella y preguntarle muy erizado - ¡¡¿Estás segura?!!
Todo un salón: nobles, guardias, Maegor, los putos Tyrell, la miraban esperando una respuesta. Como si ella lo supiera todo sobre ello. ¡No lo hacía! ¡Ella no se metía en esa mierda! Pero, un escalofrío la recorrió, ¿y si ahora todo el mundo pensaba que ella, a quien veían como una extranjera rara, estaba envuelta en dichos hábitos?
¡Demonios, no! ¡A ella no la iban a embarrar con eso! - ¡Qué sé yo! ¡Solo he oído hablar de ello! - escupió con saña.
El horror en sus caras de los presentes no pasaba desapercibido y ella no quería que la relacionaran con el tema. Dioses, esperaba que su esposo no la mirara mal después de esto.
- ¡Ya he dicho que no soy una experta! ¡Maldición! Si quieren averiguar más, pregúntenle al maestre. ¡¿Qué no se supone que tienen que saber algo sobre esa basura?!
¡Ay! ¡Uh, oh! No debió hacer eso. Solo después de hablar, se dio cuenta de su error. Maldiciendo en público. Se encogió por dentro. Ojalá Visenya, del otro lado del continente, no se enterara. Y si lo hiciera, que era lo más probable, pensó con desgana, ojalá no la culpara. Ortiga estaba intentando hacer lo mejor que podía para la alianza que la reina buscaba.
Pero al parecer, el testimonio del erudito no era tan necesario, ya que el control de Lord Tyrell se rompió.
¡Ese maldito adicto! - se giró hacia el Hijo del Guerrero tirado entre dos guardias, incluyendo al que sostenía el pañuelo. Temblaba de furia, su piel enrojeciéndose cada vez más mientras contemplaba al agresor de su hija que no había sido retirado - He cambiado de opinión: ya no quiero un castigo prolongado. - su voz se iba elevando poco a poco - Cada respiración que emite esta basura contamina mis tierras. ¡Antes de que acabe la noche, su cabeza adornará las murallas de Alto Jardín! - concluyó bramando.
Aunque hubo exclamaciones veladas por toda la multitud, y una dama al parecer se desvaneció en el fondo (solo los Dioses saben por qué), la gran mayoría de los espectadores reaccionaron con asentimientos y miradas duras. Eran un precio apropiado para tal crimen.
O al menos parecía serlo, hasta que una figura adornada de plata se interpuso entre su compañero inconsciente y el Señor y padre que reclamaba justicia.
Discúlpeme por interrumpirle, Lord Tyrell, - las palabras reclamaron la atención no solo del gobernante de este lugar, sino de cada persona presente - pero no le corresponde a usted castigar sus acciones.
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El Guardián del Sur se atragantó antes de preguntar - ¡¿Qué no me corresponde?! - mientras la cabeza de Theo Tyrell giró con tal velocidad, que por un instante Morgan temió que se despegara de su cuello. No tenía por qué preocuparse, ya que de haber ocurrido, la rabia habría mantenido vivo al hombre.
Si pensaba que Lord Theo se veía enojado antes, eso no era nada ahora. Podía observar claramente como las venas de su cara se hinchaban mientras el hombre convertía sus puños en garras y casi los dirigía hacia...
Deziel, ¡¿qué haces?! - regañó en un susurro, con los ojos de todos puestos sobre ellos.
La voz del Señor de Alto Jardín lo sobrepasó - ¡¿Y quién es usted, señor mío, para negarle a un Señor la justicia que clama para su hija?!
Deziel se mantuvo si acaso más firme - Ser Deziel Ryster, mi lord, un humilde Hijo del Guerrero.
Ese nombre no me suena. - escupió el gobernante del Dominio antes de agitar una mano y preguntar - ¿Familia?
Deziel apretó los labios antes de admitir - Mi familia son terratenientes menores aquí en la cuenca. Deben lealtad a una Casa bajo la influencia directa de... - comenzó a señalar a Morgan. Mal momento. Prefería pasar desapercibido en todo lo posible. Mientras menos se mencionara a los Hightower durante todo esto, mejor.
Vasallos de vasallos. - resopló el antiguo mayordomo, desestimando al caballero.
Deziel apretó su mandíbula pero no se amilanó - Mi origen no importa, Señor. - explicó ante la incredulidad del lord - Lo único que importa es lo que soy ahora. - replicó mientras pasaba los dedos por su armadura plateada.
Ryster pulía la pieza en cada oportunidad que tenía, y por eso brillaba casi tanto como un peto Lannister. Morgan se había burlado una vez de su vanidad, que iba en contra del carácter santurrón que proclamaba el hombre, pero sabía bien porque lo hacía. Su máximo orgullo en esta vida era ser un Hijo del Guerrero y tristemente, se aferraba a la idea de siempre hacer lo correcto. Lamentablemente para el desenlace de este asunto, según él, lo correcto se hacía siguiendo solo y únicamente los principios de su orden.
Y... - el caballero menor continuó, deteniéndose para señalar hacia atrás, hacia donde Gregory yacía aún desparramado - quien es él.
Que trajeran a mención al Bulwer erosionó la capa de control que Lord Theo había intentado - Ese... Ese... - lo señaló temblando, incapaz de referirse a él de otra forma - ¡Ese es una basura! ¡Un desperdicio de aire que debe ser juzgado y castigado con propiedad!
Estoy de acuerdo. - Deziel cedió para alivio de Morgan.
Mientras más rápido el Bulwer fuera juzgado y ajusticiado, más rápido se podría enterrar el escándalo que ya sentía que sobrevenía. Theo Tyrell lució aplacado con el comentario. Su hijo, el siempre correcto Harlen, asintió con sensatez. Aún sostenía a una Aleria todavía más horrorizada al saber que se discutía si su familia tenía la potestad o no para castigar al hombre que la lastimó.
Sin embargo, su subordinado no lo iba a dejar ahí.
Sin embargo, mi Señor, - la frase hizo que un hilillo de terror le recorriera la espalda - Gregory Bulwer es un Hijo del Guerrero, y solo un tribunal de la Fé puede juzgarlo. Usted, - observó de arriba a abajo al noble ante sí, desestimándolo como había hecho con él - no tiene ningún derecho a intervenir.
¡¡¿Qué no tengo ningún derecho?!! - los ojos de Theo Tyrell casi se salen de sus órbitas, si fuera por la rabia o por la impresión de lo que le habían dicho, no sabría decirlo.
Ser Ryster respondió con un sencillo - No, no lo tiene. - que provocó unas cuantas murmuraciones y críticas entre los invitados. Uno de los guardias tensó sus hombros, como si la respuesta lo hubiera ofendido personalmente.
Ese hombre rompió el sagrado derecho de la hospitalidad, y atacó a mi propia hija, mi niña, - Theo Tyrell se golpeó el pecho - bajo mi techo y en mis tierras. ¡¿Y ahora me dices que no tengo derecho a juzgarlo?! ¡¡¿Qué pasa con las leyes de los hombres?!! - pronunció, dirigiendo la pregunta a toda la sala.
Vio a los nobles a su alrededor ponerse nerviosos. Una dama apretaba una estrella de siete puntas que colgaba en su cuello. Los ceños fruncidos abundaban y Morgan estaba diez veces más preocupado que cuando vio a Gregory atacar a Aleria. Deziel estaba llevando este asunto a terrenos peligrosos.
Los hombres están sometidos a las leyes de los hombres, los miembros de la Fé - explicó Deziel con monotonía, como si estuviera recitando una escritura que había aprendido hace tiempo - deben su voluntad a los Dioses, y solo los que los siguen pueden cumplir los designios y castigar y perdonar sus acciones.
Hubo un par de asentimientos, dudosos en su mayoría, y un caballero canoso cruzó los brazos sobre su pecho con un matiz de aprobación. Sin embargo, Morgan se fijó bien. Quienes apoyaban estas palabras, desaparecían en número entre el mar de rostros disgustados. No era solo que estos eran gente de los Tyrell, se dijo con una mueca de aprehensión. Puede que ni siquiera era por el daño ocurrido contra Aleria. Sino por algo que consideraban aún más peligroso para ellos.
¡¿Quieres decirme - Theo Tyrell se pegó cara a cara contra Deziel Ryster - que uno de ustedes, "honorables" Hijos del Guerrero, - el adjetivo fue pronunciado con una burla inconfundible - pueden ir por ahí atacando a mujeres inocentes, miembros de la nobleza, - abrió sus brazos, abarcando en un gesto a los miembros de la alta estirpe de este reino - al punto de dañar a la hija de un Gran Señor y tú, - golpeó el platinado peto un par de veces con la punta de su dedo - piensas que no tengo derecho a reclamar justicia? ¿Qué debería entregar al agresor a los piadosos brazos que permitieron que este hombre anduviera libre por ahí, impune ante las transgresiones que de seguro ha cometido con anterioridad, para que ellos lo juzguen?
Lord Tyrell le había dado voz a sus palabras, y exacerbado los temores de sus ilustres invitados. Morgan vio muchos rostros ponerse pálidos. La dama de la estrella la soltó para colocarse con delicadeza una mano en la boca, presa de una fuerte impresión. El entendimiento comenzó a circular entre los menos avispados. Y no pintaba bien para Gregory, ni para Morgan. Aún así, Deziel permanecía terco.
Eso es correcto, mi Lord. - respondió con firmeza.
De no haber sido por lady Tyrell, que puso una mano en el hombro de su marido, estaba seguro que este se habría abalanzado sobre Deziel. Afortunadamente para todos, incluyendo a si mismo, ante un gesto negativo de la dama, su esposo recobró un poco el dominio sobre sí mismo. Solo un poco. Sus respiraciones, por profundas que fueran, no lograban sosegarlo del todo. Estaba seguro que un paso en falso y el hombre mandaría al diablo a todos y toda autoridad religiosa, y se cargaría a Gregory y a Deziel con sus propias manos. En este punto, estaría bien con eso, siempre que no lo incluyera.
¡Maldito y devoto Deziel! Primero Gregory se había estado dosificando polvos todo este tiempo. Le venían a la cabeza muchas veces que lo vio usando sus pañuelos, inhalando, se dio cuenta, en vez de sacudirse la nariz. Luego, en su muy ofuscada mente, se le ocurrió atacar a la mansa cierva que era Aleria Tyrell en un maldito festín público. Y ahora... Ahora Deziel quería convertir esto en una batalla entre la nobleza y la Fé por quien tenía la jurisdicción para castigar al puto Bulwer. ¡Debió quedarse callado! Pero los dos malditos acompañantes que trajo consigo a esta misión, parecían encantados de hacerlo tropezar contra cuanto obstáculo se presentara. Y de no haber ninguno, crearlos ellos mismos.
Con Gregory muerto en una rápida muestra de ira justiciera por parte de Lord Tyrell, se imaginó que los altos mandos de la Fé habrían mirado para otro lado. Quizás un leve y metafórico azote de manos a los mayordomos por "haberse propasado", y los mismos devotos hubieran barrido todo bajo la alfombra. Para que no se supiera que un miembro de la Fé militante hubiera caído en tan bajos vicios, y fuera capaz de cometer tal bajeza. Las Espadas de la Fé deberían lucir como mínimo, si bien no eran, intachables.
Eso hubiera sido lo ideal, se admitió Morgan. Sin embargo, Deziel había abierto la boca y establecido un debate muy peliagudo. Uno que él, por mucho que quisiera, no podía ignorar.
Lamentablemente, Lord Tyrell, - Morgan trató de sonar calmado, sabiendo bien lo que se les venía encima - Ser Ryster tiene razón. - la leve sonrisa de suficiencia del caballero le dio a Morgan las ganas de tumbársela de un puñetazo. Y continuar pegándole - Un miembro de nuestra orden solo puede ser juzgado por un tribunal eclesiástico. Así que corresponde trasladar a Ser Gregory a Antigua. Pero no teman, - intentó dirigirse a toda la audiencia atrapada entre las paredes de la estancia - juro por mi honor que participaré en el juicio y me aseguraré de que todo sea cumplido con rigor.
Nadie parecía muy convencido. Si acaso se veían aún más desconfiados.
Por supuesto que lo harás. Yo me aseguraré de ello. - la mueca fría del hombre no podría haber sido confundida con una sonrisa por nadie. Le dio mala espina. Su siguiente orden confirmó sus temores - ¡Guardias! ¡Lleven a esa basura a las celdas! Y también a Ser Morgan y a Ser Ryster. Ninguno de ellos es ya mi invitado, sino unos criminales que entraron a mi hogar solo para romper y violar toda la hospitalidad que se les brindó. - se dirigió a Morgan con oscura finalidad - Y serán tratados como tal.
Los soldados se apresuraron a cumplir. Él retrocedió un paso hacia atrás, así como lo hizo Deziel. El hombre, en su nebulosa religiosa, al menos tenían el sentido común para darse cuenta de la amenaza. Una vez más, inútilmente, intentó tomar el arma que no le habían permitido traer. ¡Mierda! Ya se imaginaba que tendría varias noches de sueño acompañadas de ratas y otras alimañas.
Deziel por su parte, aunque desarmado igual, parecía dispuesto a luchar - Yo haría retroceder a sus hombres, Lord Tyrell. - los observó a todos con desaprobación, como si con ella tuviera el poder de controlarlos - Un ataque contra nosotros, es un ataque contra la Fé.
Esto no es un ataque. - señaló con falsa cordialidad la cabeza de los Tyrell - Es solo un movimiento preventivo. Busco contenerlos. No dañarlos.
Sus guardias parecían muy dispuestos a lo contrario si Deziel y él se resistían. Pero las intenciones de Lord Theo se habían hecho públicas, y después de lo vivido por su hija, nadie lo culparía si sus siervos, sin su tácita aprobación, los sometían con un poco de maltrato. Se preparó mentalmente para lo que venía.
No esperó que alguien más interviniera a su favor.
Oh. Wow. ¡Paren todo! - la princesa saltó de su asiento para detener a sus futuros carceleros. Señaló desde Deziel hasta él - Miren. Entiendo meter al imbécil durmiente en las celdas. ¿Pero a estos dos? ¿Por qué? No han hecho nada. - la defensa de ella fue inesperada.
Porque princesa, - Lord Tyrell cambió el semblante para dirigirse a ella, explicando su razonamiento con una calma que desmentía su furia anterior - las acciones de un hombre, son la responsabilidad de su superior. Si comete un crimen...
Lo cometía en el nombre de su líder. Lo que se traducía en algo muy sencillo: supiera o no Morgan lo que pasaba por la cabeza, y la nariz, de Gregory Bulwer, era su responsabilidad. ¡Maldita sea! En cualquier otro momento, pensaría en discutirlo. Pero con los ánimos caldeados como estaban, cualquier razonamiento suyo sería visto como un intento de diluir su culpa. ¡Joder!
Miren, - la princesa Orthyras agitó su mano y lo señaló - lo cierto es que en lo personal, el caballero aquí presente no me agrada mucho. Nah. La verdad es que no me cae bien del todo. - admitió con una pequeña contracción - Pero, - la moza seguía sorprendiéndolo de nuevo al defenderle, en especial cuando lo miró con lástima - a diferencia de muchos aquí, al menos intentó arreglar la situación. ¿Eso no cuenta para nada?
No, esposa. - Maegor, que había avanzado tras ella, lo observó sin ningún atisbo de simpatía - Las personas deben hacerse responsables de sus acciones.
Sí, pero él no hizo nada. Nadie más aquí se dio cuenta de lo que sucedía con su compañero. - la morena dama, cuya piel competía con la de algunos dornienses, puso sus manos en sus caderas - A mí por poco se me pasa. ¿Por qué debería él ser castigado por ello?
Porque los líderes no dan excusas. - terminó tajante su cuñado. Era claro que estaría encantado si Morgan se hundía con su hombre.
Detrás de ellos dos, Morgan se dio cuenta de que Theo Tyrell discutía algo con su esposa. No podía escuchar lo que se decía, pero Theo prestaba mucha atención a las palabras de la dama. Esto era lo que lo hacía tan peligroso. No importaba su estatus anterior. No importaba su estúpida tendencia a querer demostrar que pertenecía a la alta nobleza. El hombre no sólo era inteligente, sino que no tenía reparos en seguir los consejos de alguien igual o más inteligente que él: su mujer. Los dioses se apiadaron de los Hightower cuando él la engañó y quebró su anteriormente unido matrimonio, porque trabajando siempre juntos hubieran sido un equipo formidable. Ahora, se preguntó con inquietud, ¿qué idea se le habrá ocurrido a la matriarca de la familia? Solo la Anciana podría saberlo, y eso no pronosticaba nada bueno para Morgan.
Lord Theo cubrió su mandíbula con su mano, mientras escuchaba las sugerencias de su consorte con sombría determinación. El brillo malicioso en sus ojos hizo que Morgan sintiera el impulso de pasar su peso de un pie al otro, nervioso. El Protector de las Marcas se ajustó el jubón y jugueteó con uno de sus múltiples anillos antes de intervenir.
La princesa Orthyras tiene en parte la razón, Alteza. - el amo de la fortaleza se dirigió al menor de los príncipes del reino - Si bien Morgan Hightower comparte la responsabilidad de lo ocurrido, no ordenó el ataque, ni entendía la adicción de su subordinado. - no podría salir de esta tan fácil, ¿o sí? - Sin embargo, - hasta aquí llegó su vana esperanza - Ser Morgan es responsable de haber traído a ese hombre entre nosotros y no haberlo controlado bien. Falló en su deber.
Todos lo miraron. Hubo disgusto, hubo asentimientos y una ligera exclamación de - ¡Es culpable, Lord Tyrell! - que vino de la parte trasera de la multitud. Por una vez en su vida, ser el centro de toda esta atención lo hizo sentirse incómodo. Morgan quiso encogerse y desaparecer en el lugar.
Pero... - Theo, como montando un espectáculo, le puso un mayor peso a su interpretación benevolente - en consideración a su pronta reacción al ataque de mi hija, y teniendo en cuenta que no fue usted quien levantó la mano contra ella, - dirigió su discurso hacia Morgan - estoy dispuesto a mantenerlos en sus habitaciones correspondientes. Excepto Ser Bulwer, claro está. Ese irá de cabeza a una jaula, - murmuró por lo bajo - y sus habitaciones serán registradas en busca de pruebas. - su última frase fue pronunciada más alto, para que todo el que quisiera lo supiera.
Por supuesto, Lord Tyrell. - pasar de estar presos en una celda a confinados en sus estancias sonaba como una magnífica idea. ¿Quién se negaría? Incluso Deziel pareció asentir, satisfecho con el nuevo curso de acción.
Siempre que usted jure cumplir lo que prometió, Ser Morgan. - los ojos afilados del mayordomo ascendido se posaron sobre él - Sobre asegurarse de que Gregory sea responsabilizado en un juicio apropiado.
¿Eso era todo? ¡Ja! Morgan podría decir las palabras cuantas veces sean necesarias - Juro hacerlo, Lord Tyrell. Puede confiar en mis promesas. Viajaré hasta Antigua y seré el más ferviente acusador de Gregory. Presionaré con todo para que sea castigado.
Aunque confío en su palabra, - contrario a lo que decía, el gesto de mostrar los dientes de Lord Tyrell no le pareció amistoso sino amenazador - prefiero que mi familia completa lo escolte hacia su hogar y el núcleo de la Fé. Yo también iré personalmente, después de todo, debo formar parte de los jueces.
¡¿Qué?! - la pregunta se le escapó a Morgan mientras todo el aire de sus pulmones seguía un destino semejante.
Si, Ser Morgan. - Lord Theo ronroneó complacido - Usted prometió que haría todo lo posible para que ese juicio fuera correcto y se cumpliera con rigor. Gregory Bulwer es un Hijo del Guerrero y debe ser juzgado por la Fé. - concedió con gracia - Pero también ha quebrado el más sagrado derecho de los hombres. ¿No les parece justo que el Señor cuya hija fue mancillada forme parte del tribunal que lo acusará?
Las exclamaciones alentando este plan no tardaron en llegar, pareciendo algo razonable y equitativo para todos los nobles presentes. O al menos la mayoría. El señor canoso frunció el ceño y negó con la cabeza, adivinando correctamente que esto no sería tan bien acogido por el clero. El anciano entendía bien lo que esto significaba.
Por dentro, Morgan empezó a temblar. Se le revolvió el estómago mientras trataba de mantenerse imperturbable. Consciente de que se había metido en una pelea entre dos depredadores dispuestos a desgarrarse entre ellos y a todo lo que se interpusiera en su camino. La mirada complacida que le dirigió lady Tyrell, la cual se mantenía falsamente recatada detrás de su marido, le hizo saber que ella comprendía que lo habían arrinconado.
¡Oh, no! ¡No, no, no! ¡Mierda! Esto no le gustaría a nadie en Antigua. Los miembros de la Fé solo podían ser juzgados por la Fé. Ese era un precepto fundamental que había sido ratificado por el mismísimo Aegon el Dragón, y a ningún devoto le gustaría que alguien con un título nobiliario se inmiscuyera. Sentaría un mal precedente.
La Fé querría mantener a todos bajo sí misma. Los nobles tratarían de sobrepasarla cuando pudieran. Él lo sabía. Y de la forma más tonta y estúpida posible, Morgan había dado los ingredientes para que este conflicto se armara, justo en su puerta y bajo su nombre. Su frente se perló de sudor y empezó a sentir punzadas en su bajo vientre. ¡Maldita sea! ¡Estaba jodido!