Consecuencias parte I
4 de mayo de 2026, 16:00
¡Puta noche! Ella había esperado problemas, pero no que pasara esta mierda. Sip, definitivamente no esperaba que sucediera esta basura. Y como siempre, después de meterse de lleno en el asunto, llegaban los arrepentimientos.
Mira, no le importaba haber ayudado a la chica Tyrell. Ni haberse arriesgado al enfrentarse a ese abusador, ni haberlo derribado. Es más, si fuera posible le hubiera gustado seguir pegándole un poco más, pero como perdió la conciencia, ya no tenía sentido. Pero... y siempre tenía que haber un puto pero, le preocupaba cómo la haría quedar esto.
Puede que ella hubiera salvado a la damita, y aún así, además de algunas miradas de alivio y agradecimiento, no ignoraba las miradas de desagrado. Como si solo por meterse hubiera hecho algo mal. Estaban en el fondo, sí, y sin embargo, estaban ahí. ¿Qué pasaba si esto la hacía quedar mal ante Poniente? La vida, al menos la suya, siempre tenía una manera de darse la vuelta para joderla. Ella podía decir que no le importaba lo que pensaran los demás de ella, pero...
¿Qué pasaba si esto se convertía de alguna forma en una mancha para la familia real? ¿Y si molestaba a Visenya? Más importante, pensó mirando hacia delante, hacia la espalda que dirigía el camino hacia sus aposentos, ¿qué pasaba si sus acciones molestaban de alguna forma a Maegor? Casi no siguió avanzando.
Jaaa. Soltó un largo suspiro. Bueno, miró hacia el techo el último tramo del camino, ella no era una cobarde y nunca lo había sido. Vamos a enfrentar las cosas de frente, se dijo con firmeza. Así que hinchó el pecho y atravesó la puerta abierta que mantenía Maegor para ella. Que él permaneciera estoico mientras sostenía el cierre, la hizo recelar. ¿Estaba enojado? ¿Molesto? ¿Disgustado de que ella hubiera intervenido? ¡Sería más fácil saber si no mantuviera esa cara vacía que no le decía nada! Se estaba conteniendo, lo sabía, pero no sabía exactamente qué.
Trató de adivinar una vez más lo que estaba pensando. Buscó sus ojos, sorprendiéndose de que cada vez que lo hacía tenía que mirar más para arriba. ¿Qué cuando lo conoció, poco más de medio año antes, él no era un dedo más bajo que ella? ¿Cómo rayos estaba creciendo tan rápido? ¿Acaso le echaron abono en los pies o qué? Diablos, ella ya sabía que él la había superado en altura, sin embargo, cada vez que se ponía a pensarlo... ¡Carajo! ¡Crecía al ritmo de las malas hierbas! Y en medio de todas esas interrogantes internas, se di cuenta con un suspiro de fastidio, que se estaba desviando. Tratando de mantener esta falsa paz un rato más.
Bueno, Ortiga, ya eres una niña grande. Éntrale al problema de frente.
Bueno, querido, - mencionó con una valentía que mermaba a cada instante con la duda - ¿qué piensas de mi actuación allá atrás? ¿Orgulloso? - le guiñó un ojo, tratando de aligerar el ambiente.
El coraje casi la abandona cuando se abalanzó sobre ella, sin tiempo para reaccionar.
Sin apenas un instante para comprender, Maegor la agarró de las nalgas, atrapándola entre él y la pared más cercana. Su beso era tan agresivo que no le dejaba pensar. Segura estaba de que sus labios saldrían hinchados de esto.
Primero vino el alivio brutal. ¡No estaba molesto! ¡Ni siquiera un poquito! Estaba segura de ello, porque aplastada entre sus dos cuerpos y ligeramente inclinada hacia la derecha, palpitaba exigente su barra de carne firme y llena. Luego, las pequeñas embestidas de Maegor contra el vértice de sus muslos la encendieron. ¡Oh, sí! ¿Por qué no?
Cuando Ortiga devolvió el beso con la misma fuerza, justo cuando pensaba que era imposible, Maegor aumentó la intensidad. Hinchados no, sus labios saldrían de aquí lastimados. Pero, ¡¿a quién le importaba?!
Bueno, quizás a ella cuando le empezó a faltar el aire.
Tuvo que escapar, para respirar un poco. Maegor no parecía necesitar lo mismo, pues tardó nada en agarrar su trenza y jalarla como hacen los niños pequeños. Apenas le dio tiempo de pronunciar un - ¡Ay! - cuando él comenzó el asalto a su cuello expuesto. Seguía sostenida contra la pared solo con el agarre posesivo de una de sus manos y la presión de su peso contra ella. Su cabello se mantenía preso de la otra extremidad. Los besos repartidos por el cuello, y una pequeña olisqueada que le hizo cosquillas, la tenían arrugando hasta los dedos de los pies de placer.
Maegor... - lo llamó, aunque ni ella misma sabía para qué.
Ya sé. Ya sé. - le contestó con una voz más profunda de lo normal - Solo besos. - sus palabras chocaron contra su carne sensibilizada, seguidas de un mordisco juguetón. Sus disculpas vinieron en forma de un suave chupetón para aliviar el área asaltada.
Francamente, podría quedarse así toda la vida. Asegurada por su figura, flotando entre la calma y el placer. Al menos flotaba hasta que él habló:
Ortiga, - sintió tanto como escuchó su duda - sé que esto no es joder, pero no creo que sean solo besos.
Son solo besos. - replicó ella desesperezándose y mirando a su cara. Sin embargo, de repente sintió una duda tan obvia que hasta él la debió haber notado. Si no eran solo besos, ¿qué más podrían ser? - Son solo besos. - repitió esta vez tratando de convencerse a sí misma.
No lo hizo muy bien, porque Maegor resopló. Parte burla, parte diversión - Bien, digamos que son solo besos... Entonces esposa, - enunció con lentitud, un brillo calculador posándose sobre su mirada - ¿qué más podemos hacer que cuente como "solo besos"?
Su corazón se saltó un latido, luego otro. Se mordió la carne maltratada de sus labios antes de empujarle - Maegor, sepárate de mí un momento.
Lo hizo rápido, preguntando - ¿Estás enojada conmigo?
No. Dame un momento. - tomó una buena respiración - Estoy tomando una decisión. - y también sintiendo que se sonrojaba - Bien. Hagamos esto. - se dijo más para ella que para él, y comenzó a quitarse el jubón.
No se atrevió a espiar su reacción mientras se deshacía de la prenda. Incluso comenzó a aflojar el nudo de la banda que cubría los pechos cuando se detuvo para decirle:
- Maegor, no quiero que te rías de nada.
¿Reírme de qué? - un vistazo rápido lo mostró todo concentrado en el trozo de tela. No tardó nada en levantar la cabeza con alarma, con un gesto que conocía muy bien: no entendía de que hablaba - ¿Reírme de qué? - se veía alterado, notando ella que el negro de sus pupilas había cubierto casi por completo el violeta de su iris.
Son algo pequeñas. - le costó mucho admitir eso en voz alta. Muchísimo.
El rostro frente a ella permanecía en blanco. Se imaginaba que seguía sin comprenderla. Exhaló profundamente y terminó de desatar el nudo. La banda cayó a sus pies.
La mirada de Maegor cayó a mayor velocidad en sus pechos, los cuales podían decir que tenían su absoluta concentración. Bien. No había quejas hasta ahora.
Mira, - agarró su mano y la puso sobre uno de los globos de sus pechos - puedes acariciar, apretar, jugar, lamer... ¡Pero nada de morder duro! ¡¡¡Me oíste!!!
Por un momento pensó que no la había escuchado, hechizado como parecía. Su otra mano pronto siguió el ejemplo de la primera y se ocupó de la otra esfera, usando sus pulgares para hacer rebotar sus pezones erguidos. Tan sensibles que casi dolían, su piel clara contrastaba contra la oscura de ella.
La conciencia pareció apoderarse de él en un instante, arrancando su interés de sus pechos a su cara - Dijiste... - se lamió sus labios acolchados y algo rellenos - Dijiste que no muerda duro. - sus ojos se estrecharon con suspicacia - ¿Eso significa que puedo morderlos siempre que lo haga suave?
El silencio se extendió. ¿Cómo demonios se supone que conteste a eso?
Eso no es un no. ¡Eso no es un no! - una de sus sonrisas torcidas, y algo aterradora si no lo conocías bien, se apoderó de su cara. Su gesto se tornó malicioso, y su voz se engrosó mientras preguntaba - Dígame, esposa ¿cuánto puedo apretar con mis dientes, antes de que se considere demasiado?
Antes de hoy, juraría que nunca antes lo había escuchado ronronear. Toda su atención puesta en ella, aunque sus manos no detenían su exploración, mientras esperaba su respuesta.
¡Ay, mierda!
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Dentro de las habitaciones de la fortaleza estaba segura de que prosperarían los gemidos y los chismes. Sin importar cuan grande fuera el evento vivido, la vida nunca se detenía. Dentro de la seguridad que ofrecían los cuartos del castillo, habría placer, descanso, entretenimiento. Secretos y emociones contenidas liberados en lo privado, entre las paredes interiores de aposentos y salas.
No pasaba así con los pasillos. Como cuando el bosque calla porque lo esta atravesando una fiera, los siervos de Alto Jardín mantenían un perfil bajo, no queriendo atraer la atención este noche. No tenían nada que temer de ella al menos. Alguien más era su objetivo. Que respirara todavía era una prueba de todo su férreo control. Más considerando que cada vez que cerraba los ojos, soñaba con la tortura y el terror que podría infringir sobre él. Por dañar a su dulce niña. Por asustarla. Aún así, no podía. El Bulwer tendría que sobrevivir, para un juicio en el que quizás no pague del todo lo que causó. Pero el mundo no era justo, y ella tenía más hijos, más familia, más personas de la que preocuparse. Entre ellos los propios siervos del castillo. Sirvientes que entendían su rabia silenciosa, su deseo de venganza detenido, y aunque libres de convertirse en los destinatarios de su furia fría, se mantuvieron casi invisibles a su paso.
Sin embargo y pese a no poder desgarrar al causante de todo esto, no significaba que no planeara y no maquinara, y ella daría la pelea de su vida para asegurarse que ese asqueroso Hijo del Guerrero no saliera indemne de su crimen. ¿Y quién dice que sin importar que se determinara como su castigo, el hombre no podía llegar a sufrir el más horrible de los accidentes? ¿Uno que lo dejara tener una muerte lenta y agonizante?
Pero no era la única furiosa al parecer, pensó mientras salía de sus sangrientas fantasías, pues acercándose al despacho de su marido las recriminaciones de su hijo mayor escapaban de allí en un tono agresivo no mermado por las paredes de piedra.
Deberíamos haberle cortado la cabeza de ese animal justo ahí mismo. - el heredero perfecto y el hermano furibundo se mezclaban en un solo discurso - Nadie podría habernos culpado de nada. Nadie habría protestado. ¡Y ahora caemos en esta estupidez! ¡¡¡Ese idiota no debería vivir para ver un nuevo amanecer!!!
Mientras su voz se elevaba, cada vez más clara a pesar del muro que los separaba, encontró ella algo tranquilizador en todo ello. Alguien más podía exteriorizar lo que sentía, lo que calmaba algo en su interior. Si su hijo era la rabia, ella podía ser la cabeza fría. Tonto, pero así eran los sentimientos. Un vistazo a los guardias en la puerta, y estos la abrieron sin pronunciar palabra ni avisar a los que estaban en el interior.
¡¡¿Quién... - su hijo se había girado tenso y enojado desde su posición frente al escritorio de su padre. La visión de ella provocó que se guardara la acometida belicosa que dedicaría a cualquier otro que ingresara a la estancia.
Su marido, por otro lado, permaneció imperturbable a su llegada, respondiendo desde su asiento al discurso previo de su hijo. Probablemente esperaba que ella se presentara desde mucho antes, pero... No pudo separarse de Aleria. No hasta que esta quedó dormida por las administraciones del maestre.
Es cierto que Ser Bulwer debería haber muerto por su agresión, y así habría pasado si su... piadoso compañero - a pesar del tono lacónico, ella estaba segura de que Theo escondía bajo esa fachada una expresión diez veces más insultante para referirse a ese fanático - no hubiera hablado. Pero lo hizo. - apoyo el codo sobre los papeles que descansaban sobre el mueble de roble oscuro, apoyando su cabeza en la mano mientras observaba desapasionadamente lo que había frente a él - Así que ahora tenemos que hacer "lo correcto", porque los Tyrell no somos lo suficientemente fuertes para oponernos a la Fé.
Ante su acercamiento, pudo observar mejor lo que había sobre el escritorio. Mapas del Dominio y hojas llenas de cálculo. Bien. Podía odiarlo, pero Theo Tyrell era un hombre eficiente cuando podía serlo, y cuando captaba una idea, ponía todo su ingenio en ello. Ya planeaba la ruta que tomaría la caravana de los Tyrell a Alto Jardín. Un equilibrio adecuado entre la suficiente pompa noble y la urgencia por el crimen cometido. A pesar de tener sentido, ella calculó mentalmente, tenía su propio plan a cumplir y esta ruta no era la apropiada para ello.
¡¿Así que simplemente entregaremos a esa escoria a Antigua?! - su hijo explotó contra su padre, sin embargo, mantuvo un ceño fruncido en su dirección - Por favor, - alzó los brazos, incapaz de contenerse - ese lugar es un nido de Hightower. Y con tantos que odian a los Tyrell, junto con los lazos de estos con la Fé, ¿no crees que aprovecharan la oportunidad de humillarnos?
¡Y de haber hecho lo que tu quieres - Theo siseó - habrían tenido la oportunidad de destruirnos! - de inmediato recuperó la calma, o trató, apretando con sus dedos el puente de su nariz.
Ella se colocó entre su esposo y su hijo, uno sentado y otro de pie, desde lados diferentes del sólido escritorio. Ella a un costado, presenciándolo todo y preparándose para intervenir.
Pues ahora, ese maldito Bulwer permanecerá impune hasta ser ajusticiado por la Fé. - los puños de Harlen estallaron justo sobre los papeles de su padre - Si es que es juzgado y no encuentran cualquier excusa para perdonarlo. - se burló - Ja. Incluso con tu plan de reclamar parte del tribunal que lo juzgue, padre, cosa que veo improbable que ocurra, los Tyrell quedaremos como débiles en el Dominio.
No quedaremos como débiles, Harlen. - decidió aclarar para su hijo, su muy aireado y casi frenético hijo - No si convertimos esto de un "los Tyrell son débiles" a un "todos somos débiles".
Theo asintió, consciente de su idea. Por una vez, no giraba la colección de anillos en sus dedos. Esto no era momento de duda, era momento de pensar y de accionar. Harlen, por otro lado se atrevió a ladrarle.
¿Y Aleria? - aunque la confusión en su cara competía con la preocupación en la cara, el enfado también estaba allí. Y no le gustó como la dirigía contra ella.
Tu hermana descansa. - admitió - Se le dio un tónico para que se calmara y finalmente cayó en un sueño profundo.
Terminada su exposición, se dedicó a seguir en el mapa de su esposo la ruta que le parecía más apropiada tomar.
No deberías estar aquí. - las palabras le hicieron levantar la cabeza de un tirón. Por el rabillo del ojo, descubrió que su esposo la imitaba - Tu lugar era mantenerte junto a Aleria. Asegurándote de su bienestar.
Aleria duerme Harlen. Mantenerme junto a la cabecera de su cama no le servirá de nada. - lo miró de arriba a abajo con frialdad, desde sus puños contenidos hasta su mandíbula apretada, y desvío la vista - Lo mejor que puedo hacer por ella es estar aquí, concentrando mis esfuerzos por el bien de la familia. De esa manera, cuando despierte, ya estarán trazados los planes y será más fácil calmar sus preocupaciones.
Aún así... - escuchó como la terquedad se mantenía en su voz - Tú deberías...
Harlen. - su nombre, pronunciado con sencillez y sin dirigirle una mirada, lo detuvo. Lo escuchó tragar, lo escuchó respirar hondo, y entonces lo escuchó disculparse.
Perdón, madre. - Harlen dejó escapar el aire de sus pulmones - Me deje llevar.
Ella asintió, sabiendo que sus dos primogénitos, tanto su hijo como su hija, aspiraban siempre a ser el caballero o la dama ideal. Pero a diferencia de la frágil Aleria, Harlen no era tan ingenuo, y sabía muy bien cuando su rigidez moral debía ceder.
Sus ojos chocaron con Theo y ambos asistieron, era hora de que su primogénito se enterara de la estrategia de sus padres.
Enfrentarnos a la Fé por completo, y más si somos solo nosotros es un suicidio, Harlen. - por un instante, las manos del Señor de Alto Jardín se contrajeron antes de que las aflojara - Sin embargo, no tenemos que hacerlo. Solo debemos oponernos a uno de sus principios: los miembros de la Fé solo pueden ser juzgados por la Fé.
Eso se escucha muy bonito. - agregó ella, robando la atención del heredero de su Casa - Al menos hasta que te enfrentas a una situación como en la que estamos nosotros. Una familia noble siendo atacada y - señaló la situación - dicha familia tiene que ver como el agresor queda impune hasta que la Fé decida juzgarlo.
Los altos miembros del clero argumentaran que no ha quedado impune. - esclareció Harlen con una contracción del labio, era obvio que no lo creía pero tenía que rectificar a sus padres - Dirán que solo fue un aplazamiento hasta que fuera juzgado con corrección.
Eso la hizo sonreír con maldad - Ah, pero queda impune de momento. Eso es lo que todos verán. - entonces trazó con los dedos una línea sobre el mapa. Theo frunció sus cejas y siguió el camino - ¿Esta es la ruta que siguió Morgan Hightower para venir aquí, no?
Sus espías la habían informado, pero siempre era bueno comparar notas con lo que sabía su marido. No fuera a ser que se le hubiera pasado algo por alto.
Eso es correcto. - expresó él y agudizó los ojos mientras ella continuaba delineando lo que debería haber sido un viaje que priorizó la velocidad. Sus ojos se agudizaron - ¿Por qué preguntas?
Porque tomaremos esta ruta a la inversa. - respondió escueta.
¡Madre! - interrumpió Harlen, mirándola como si se hubiera vuelto senil. ¡Ja! No estaba tan vieja todavía - ¿Por qué te desvías del tema? - entonces cayó en cuenta - ¿Qué tiene que ver esto - sus manos giraron sobre las cartas sobre el mueble - con todo?
Ella decidió educarlo, satisfecha de que su hijo no fuera un completo ignorante sobre la astucia de su progenitora - Mira Harlen, en el tiempo que lleva aquí, esa escoria que se llama a si mismo un miembro del brazo armado de la Fé - pronunció con asco - no sólo atacó a tu hermana, sino que le pegó una paliza brutal a una inocente miembro del servicio. Una tranquila moza encargada de mantener la limpieza y la presencia de sus habitaciones.
Por un instante, su hijo se quedó en blanco mientras Theo tosía, entonces cayó en cuenta - ¿La calienta camas?
No será una calienta camas cuando lleguemos a Antigua. La hará parecer un testigo menos fiable. - admitió ella - Sin embargo, será la propia justicia secular de la Fé quien mantenga la mentira. Preferirán decir que es solo una limpia-pisos a una chica de entretenimiento, aunque les juegue en contra.
Porque de no hacerlo, - Theo pronunció con lentitud, agarrando la idea al vuelo - será admitir que uno de los suyos, un miembro que debía ser casto, agregaba a su lista de delitos otro pecado. Y la función de la chica es algo menor. Su testimonio tendrá poco peso, después de todo será una plebeya señalando a un paladín de la Fé.
Sin embargo, su presencia servirá para señalar que las acciones de Gregory no fueron un error al azar. - notó enseguida su hijo - Un ataque puede ser un error, dos son una coincidencia muy fortuita.
Pero... - ella observó de su esposo a su hijo, una sonrisa de suficiencia se posaba en su cara mientras volvía a trazar una línea imaginaria en el mapa - un hombre capaz de tanto, de ser participe de tal desliz en territorio enemigo. ¿De que sería capaz cuando se sentía con más libertad de acción? ¿De creerse en un lugar que no sería vigilado?
Ambos hombres se sobresaltaron. La cabeza de Theo fijándose en el mapa, sus ojos moviéndose mientras calculaba la nueva idea. Harlen estaba boquiabierto. Impresionado.
Si seguimos el camino por donde pasaron - tragó antes de parpadear - ¿piensas que encontraremos otra víctima de sus acciones?
Y no importa quién sea ni de donde haya salido, - admitió ella - pues...
Será un patrón. - completó su esposo, quien comenzaba a registrar los papeles sobre la mesa, buscando quizás los informes de cada paso que dio esa víbora Hightower en sus dominios.
Sí. - admitió ella con suficiencia - Y mientras nosotros - se irguió con un deje de falso orgullo - encerramos a tu hermano por sus crímenes contra un sirviente, - una leve tensión invadió la habitación ante la mentira que todos sabían que era. Pero no, ella se dijo, esa era la verdad y sería tratada como tal. Bertrand atacó a Ian y por sus acciones fue encerrado. Una posible degradación de los propios Tyrell los blindaba en contra de ser juzgados por la Fé o señalados. Ellos eran intachables. Serían vistos por ello como nobles que perseguían la justicia sobre todo a los ojos del pueblo llano de Poniente - la Fé ha dejado suelto a un loco, que va por ahí lastimando gente hasta que finalmente atacó a la hija de una casa noble.
Harlen se tensó ante el recordatorio de lo ocurrido. Sus hombros elevándose y sus músculos contrayéndose por la falta de acción.
Y ahora la misma Fé que permitió esto - continuó ella - reclama que es su derecho juzgarlo. Evaluar si es culpable o inocente, y determinar su castigo. Sin importarle como sus acciones afectaron directamente a una dama de la más alta nobleza. Sin importarle su estatus ni la posición de sus padres.
Quieres convertir el caso de Gregory en un ataque contra toda la nobleza. - pronunció Harlen con casi un miedo reverente.
Sí. Si un loco puede atacar a la hija de un Gran Señor en su propia casa. - ella sintió como la rabia que creía encerrada intentaba aflorar, y la contuvo. Fría, necesitaba su cabeza fría - Si puede hacerlo frente a su padre y a su prometido, mientras rompe los ritmos sagrados de la hospitalidad, y la Fé y solo la Fé tiene la potestad sobre él y sus crímenes, ¿qué pueden esperar el resto de los nobles si algo semejante ocurre sobre ellos?
Por ello dijiste lo que dijiste, madre. - se dió cuenta su hijo - Convertirán esto - miró de su padre a ella - de un "los Tyrell son débiles" a "toda la nobleza es débil".
Es correcto. - explicó Theo, que ya sabía parte del plan - Será fácil para el clero ignorarnos. Con el Septón Supremo siendo un Hightower, incluso trataran de desacreditar nuestras exigencias. Pero, ¿qué pasará cuando cada Casa noble del Dominio, o supongamos la mayoría de ellas, exija que tengamos acceso a reclamar la justicia que nos corresponde?
Incluso si no logramos nuestro propósito. - terminó ella - Incluso si no logramos insertarnos en el juzgado, si la decisión sobre nuestra participación no nos favorece, no será una derrota. Porque será un fracaso para toda la nobleza.
Debe hacerse con cuidado. - disparó Harlen, sus manos trazando el mapa mientras pensaba - Debemos mover con delicadeza cada una de nuestras fichas. - el heredero perfecto desaparecía bajo el hijo astuto y calculador que le había enseñado a ser. De repente soltó - ¿Qué pasa con los príncipes?
Ella se tensó, así como su esposo - Deben irse. Esta debe ser nuestra batalla y no ser ensombrecida por los dragones.
La familia real no estará contenta si los involucramos, y además, - Theo ya hacía girar uno de sus anillos - esto debe hacerse con nosotros en el centro. La presencia de realeza desviara la atención de lo que importa: el poder de la Fé y su justicia secular sobre la nobleza.
Todos asistieron.
Yo me encargaré de despedir a Sus Altezas. - adiós a la princesa morena y al tosco príncipe solitario. Extrañaría la fijación en la lógica del último - Pero eso será mañana. Ahora debemos escribir nuestras cartas. Los cuervos serán enviados al amanecer, para que cada aliado o potencial ayuda sepa de nuestra situación.
No sólo en el Dominio. Cada reino debe saber de esto. Para bien o para mal marcará un precedente histórico. - concluyó Theo - Y sobre todos los reyes, para que sepan que no involucraremos a su hijo y a su nuera en nuestra escaramuza.
Piensen bien las palabras, - aclaró ella - porque lo que salga de aquí se convertirá en nuestra versión oficial.
Y sobre los Hightower y los suyos, quizás ya tenían espías enviando a ellos lo sucedido, pero los Tyrell no les contarían sus planes hasta que estuvieran en las puertas de esa altanera y atestada ciudad.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
En una torre apartada del centro de la fortaleza el sonido de la fauna nocturna que residía en el exterior había inundado el interior de las paredes. ¡Malditos bichos! ¿Es que acaso no podían dejarle estar en silencio con su miseria? ¡Así el descanso no le llegaría nunca! Para empeorar las cosas, aunque no podía decir que el calor fuera asfixiante ni las estancias incómodas (estaban diseñadas después de todo para recibir a los más ilustres huéspedes involuntarios, como él), las ventanas demasiado altas para impedir el escape no permitían el paso del fresco aire. Por lo tanto, la falta de brisa, combinada con la presión húmeda del clima, tenían sofocados a sus ya irritados nervios.
Sin una botella para acunar sus sueños, Bertrand Tyrell era incapaz de descansar en santa paz.
El primer responsable de esto una vez había sido la culpa. La vocecita insidiosa que lo llamaba una y otra vez mata-sangre desde lo más profundo de su ser. Oh, aún la sentía. Podía estar seguro de ello, como de su anhelo por un pequeño sorbo del más aguado de los vinos. Se lamió los labios. En este punto estaría dispuesto a tratar de beber vinagre... Bueno, no tanto. Pero a lo que iba: la culpa, al menos la principal, había ido adormeciéndose de cierta manera.
Puso una mano sobre sus ojos, recostado como estaba en el colchón y mirando desapasionado al techo. No es que le sirviera de mucho, pues el insomnio se había apoderado de él, y lo tenía agarrado en sus abrasivas garras. Incluso le había gritado a su sirviente cuando el hombre armó un barullo más temprano, sin importarle que fuera la primera vez que el mozo se prestara para cualquier chismorreo que sacudiera Alto Jardín.
Por otro lado, el silencioso hombre no era mucho de su agrado, combinando eso con el cansancio acumulado que arrastraba, la mezcla estaba lista para que estallara contra él. Bertrand no sentía ni una pizca de arrepentimiento por ello, así como estaba seguro de que el fortachón no sentía culpa ninguna por zarandearlo cuando él "se portaba mal". El recordatorio del peso de sus manos sobre sus hombros aún lo estremecía. En especial cuando estaba seguro de que ni su maestro de armas, cuando aún era un mocoso insoportable, se había atrevido a agitarlo de esa manera.
Sin la bebida para embotar sus pensamientos, el sueño no le llegaría con facilidad. A estas alturas el plebeyo debería saberlo, y si bien había sido instruido en torturarlo con una abstinencia forzada, Bertrand podía devolver el golpe forzándole a soportar su mal humor. No sabía cuánto le pagaban por ser su nodriza, pero debía ser una buena tajada, ¡así que se aguante!
¿Dónde estaba? Ah, si, la culpa. La amante más fiel e inseparable de Bertrand, había sufrido un brutal revés a manos de su madre. Si lo pensaba bien, suponía que la única persona en el mundo capaz de eso fuera ella. El alcance de las habilidades de su madre no era algo que desestimara. Aún así, ¿cómo pudo la mujer, en un simple intercambio de frases, asesinar de manera brutal a su eterna compañera? Solo para plantar más, por supuesto. Aunque la nueva, no era tan feroz ni tan recriminante como la anterior.
Su madre, su principal jueza y acusadora, no lo creía responsable de la pérdida de su hermano. Y si alguien tenía derecho a juzgarlo, era ella. Saben los dioses cuanto él la hizo sufrir. No era una mata-sangre según ella, solo alguien no confiable. Eso seguía picando, pero no era lo mismo. Ni mucho menos parecido.
El principal responsable de todo, es tu padre, no tú. Sus palabras habían arrancado un peso de su pecho cuyo alcance desconocía hasta el momento. Diablos, él se sabía culpable, y se sentía horrible por ello, pero... Cuando su madre lo exoneró del peor de los crímenes fue como si pudiera respirar por primera vez en tantos años.
No soy un mata-sangre. ¡No soy un mata-sangre! Repitió con fiereza. Solo soy un hijo imbécil que traicionó a su buena madre, por un patán que no protegió ni a los inocentes niños que engendró fuera de su matrimonio, ni a los nacidos dentro de este. Y él tendría que vivir con ello el resto de su vida.
Pero dioses... ¡Qué alivio! No era un mata-sangre. Solo era un condenado borracho que estaba tirando su vida a la mierda cuando su madre y sus hijos, un dejo de vergüenza lo llenó al pensar en la incertidumbre del futuro de sus niños por sus propias decisiones idiotas, mas lo necesitaban. Su padre había echado a sus otros niños, a sus hermanos ilegítimos, por el mísero crimen de haber sido descubierto por su madre. La trampa fue de él, la traición fue de él, y aún así, fueron sus medios hermanos los que pagaron el precio. ¿Qué pasaría con sus bebés si él no se enderezaba? Eran bastardos, sin más derecho a herencia que la que el propio Bertrand lograra exprimir para ellos. No podían contar con la misericordia de un abuelo como Theo Tyrell, no cuando su falta de linaje los convertía en piezas desechables y casi inútiles. Por un momento, pensó en el más pequeño de todas sus crías, un recién nacido enganchado al pecho de su madre. Si Bertrand moría y era echado ¿cuánto sobreviviría ahí fuera? ¿En un mundo que consideraba a un bebé bastardo poco más que escoria?
Él se arreglaría. Se lamió los labios y miró la jarra de agua que descansaba en la mesa de la esquina, deseando con todas sus fuerzas que fuera un buen dorniense. Apretó su boca y se recriminó. ¡No! Si quería arreglarse no podía beber. Ni aferrarse al tranquilizante sopor que le brindaba la embriaguez. Él haría lo posible por arreglarse. Tenía que hacerlo.
Mientras tanto y afuera de la torre, el constante chirriar de los grillos era incontenible. Debería rendirse, pensó mientras se sentaba en la cama. Esta sería otra noche sin dormir. Por un momento jugó con la loca idea de mandar a su guardián personal a perseguir a los bichos, al menos los cercanos, para deshacerse del constante cri - cri que emitían. Gracias a la madre que no eran cigarras, o estaba seguro de que habría enloquecido.
Fue entonces cuando volvió a sentir el barullo. El casi inaudible susurrar a través de la puerta de su nueva cárcel. ¡Por todos los Siete! ¡¿Qué podía ser tan grande que su cuidador estaba tan interesado en escuchar?! En este punto Bertrand también quería saberlo.
Así que, fastidiado como estaba, se levantó a averiguar qué mierda pasaba. Cuando llegó a la estancia externa, no tardó en ver a su matón personal con la trampilla de la puerta abierta, escuchando lo que alguien más le contaba con una mano cubriendo su boca. ¡Dioses, ahora sí que quería averiguar que lo tenía así!
Su llegada distrajo la atención del hombre, que puso sus ojos abiertos y asustados en Bertrand. Él... Él lo sintió. Un escalofrío que le robó la sonrisa cínica que sabía que traía. Algo estaba mal. Algo estaba muy mal.
¡¿Qué pasa?! - exigió con un ladrido.
El criado desvió la vista hacia la rejilla del portón bien rápido, desde la cual escuchó una despedida apresurada y pasos que se retiraban. El perro vigilante de su madre no giró hacia él hasta que el sonido desapareció por completo.
Solo entonces el siervo se volvió hacia él. Lo primero que hizo fue fruncir los labios y se relamió la boca antes de responder. O intentarlo. Boqueó como un pez fuera del agua antes de negar. Luego lo vio inclinarse de un lado al otro, todavía dudando. Seguía sin decir nada.
¡Habla! - ordenó con una fuerza que no sabía que todavía mantenía. No desde que estaba encerrado aquí - ¡Escupe! ¡¿Qué ha pasado?!
Su sirviente tragó en seco antes de pasarse la mano una y otra vez por la barba. Finalmente, pareció tomar una resolución porque suspiró y habló por fin - Debería sentarse.
¡Oh, maldición! Eso no podía ser una buena señal. ¿Pero no podía ser tan malo, verdad? Si no, alguien le habría avisado. ¿No es cierto?
No soy una puta damisela para que me traten con tanta delicadeza. - apretó los puños a los costados. Era un borracho, no una flor delicada - Puedo soportar lo que sea.
- En el festín de esta noche, la señorita Aleria fue atacada y golpeada en público.
Él había dicho que podía soportarlo. Lo había creído. Pero por un instante, no sabía si el mundo estaba paralizado o si giraba a su alrededor - ¿Qué? - la pregunta le salió como si perdiera el aire.
Sí. - el hombretón asintió, su cara de preocupación no desaparecía - Esta noche mientras se celebraba la despedida de los príncipes y en medio de un baile, un Hijo del Guerrero loco se abalanzó sobre ella y comenzó a agredirla, clamando que era su amante.
Por un instante, por un breve y mísero instante, Bertrand tuvo la esperanza de que esta fuera una de sus alucinaciones. Como las que tuvo los primeros días cuando terminó aquí. Las palabras dichas a continuación solo agravaron la situación:
- El príncipe Maegor y Ser Hightower trataron de intervenir, hasta que la princesa finalmente venció al atacante con una silla.
Sí, el debía estar escuchando cosas que no estaban ahí. La seriedad del hombre desmentía su teoría - A ver, a ver, - se aferró a los brazos de su interlocutor - ¿acabas de decir que mi hermana fue atacada en medio de una fiesta? ¿Por un Hijo del Guerrero? ¿Solo para que fuera derrotado con una silla? - cada palabra sonó más absurda que la anterior. Pero no por ello la preocupación se esfumaba. Incluso sintió como apretaba la carne del mozo atrapada bajo sus palmas.
Sí. - la escueta sílaba no debería ser considerada tan impactante, y sin embargo alteró todo dentro de él.
¡Mierda! ¡Mierda! - esto era un desastre - ¡Tengo que salir de aquí! ¡Tengo que ver a mi hermana!
Empujó a su sirviente y ocupó su lugar. No tardó nada en tomar los barrotes, los de la ventanilla, entre sus puños y los sacudió con todas sus fuerzas. La barrera de madera y acero ni siquiera cancaneó.
¡Guardias! ¡Guardias! ¡Libérenme! ¡Tengo que ver a mi familia! - desde acá adentro era imposible salir. Ese era el objetivo del lugar, por lo que necesitaba que alguien abriera desde el exterior - ¡Abran las malditas puertas! - volvió a intentar sacudirlas, pero realmente la puerta no cedió ni un poco.
¿Por qué no había sido avisado de esto? Ni un solo puto mensajero para contarle lo sucedido. ¡Se estaba enterando de todo por los malditos chismes de un maldito sirviente!
Mi señor Bertrand, - era la primera vez que le hablaba con la mitad del respeto que se merecía - se que la situación es grave, pero aléjese de la puerta. - la cabeza de Bertrand se disparó en su dirección - Sigue sin serle permitido salir, ya que no se me han dado órdenes de lo contrario.
Mi hermana... - se escuchó suplicar. Aleria era frágil. Ahora debía estar hecha un manojo de lágrimas. Ya que no pudo detener a su atacante, al menos debía hacer algo. Sostener su mano, lo que sea.
Su hermana fue atacada por un borracho que se metía polvos para la nariz, ¿para qué querría la asistencia de otro borracho? - genuina curiosidad salió de la voz del hombre, haciendo que su insulto sonara aún peor para Bertrand.
¡Tengo que ayudarle! - estalló. Todos los músculos de su cuerpo apretándose - Soy su hermano. ¡Tengo que protegerla!
¿Y que puede hacer usted por ella? - fue desestimado - Su agresor fue capturado, y encerrado en las mazmorras como el animal que es. Y será conducido a Antigua en la espera de un juicio. Vuestro padre exigirá ser parte de los jueces que castigarán al hombre. Todo está dicho y hecho, y usted no puede hacer nada. Aparte de no sé, - se encogió de hombros - ¿estorbar?
Bertrand se quedó boquiabierto por el atrevimiento del siervo de decirle eso. No es que no tenga razón, una vocecita chillona, muy parecida a la de Jeyne, le habló dentro de su cabeza. Luego se dio cuenta de algo más. ¿Cómo que lo llevaban al cabrón a Antigua para un juicio? ¿Por qué no aquí? Entonces su mente empezó a correr. Un miembro de las Espadas era un miembro de la Fé, y por lo tanto solo podía ser juzgado por esta. Su padre debería saberlo. Su madre también. ¿Qué planeaban?
Bertrand quería ir con ellos. Preguntar. Luego de saber cuál era su estrategia, aportar sus propias ideas a esta. Quizás no fuera el mejor caballero, pero sus padres siempre habían elogiado su astucia. Él debería estar a su lado, ayudando. En vez de eso estaba aquí, observó las paredes desnudas, en una prisión de su propia invención. Se fijó en su guardián. Un hombre duro, que no le importaba un ápice su estatus noble en comparación con sus órdenes de mantenerlo quieto. No habría piedad de su parte. No importa cuanto jurara y suplicara, no sería liberado para colaborar en el plan que de seguro estaba armando su familia.
Estaba aquí, encerrado e inútil, mientras los suyos se enfrentaban a una amenaza a la que pocos se habían atrevido a hacerle frente. Se sentía como un inválido, indefenso. Mientras su hermana, su hermanita, sufría, él estaba por aquí tratado como un enfermo con plaga. Debía poder hacer algo, ¿pero qué? Si no había sido informado, suponía que los Tyrell no contaban con él para solucionar problemas. Sin embargo, se negaba a quedarse de brazos cruzados.
Empezó a caminar por la estancia, ante la mirada impasible del guardián. Una vuelta, otra. Nada. Ninguna idea. Casi se agarra el cabello para jalarlo, debido a su inutilidad. ¡No! ¡Necesitaba la cabeza despejada! Quizás un trago de agua.
Regresó a su alcoba, a donde descansaba una jarra con agua fresca, cuando la vista le dio una idea. Lo primero que pensó al entrar y ver el recipiente fue el deseo de que fuera vino. Sus labios fueron lamidos, buscando el sabor dulzón de una bebida que no estaría ahí, cuando una idea brillante se le atravesó.
¡Papel! ¡Tinta! - gritó para que el siervo se la alcanzara.
No habría vino ni mujeres para Bertrand, pero lujos como este no se los negarían. No podía ir a ayudar a Harlen, a consolar a Aleria, pero podía usar su cabeza, lo único bueno de él que quedaba.
Enviaría un mensaje a su madre, ella sabría la mejor manera de usar sus sugerencias. Después de todo, el mozo había llamado un "borracho de polvos de la nariz" al atacante de su hermana. Bertrand podía ser considerado solo un ebrio problemático, la vergüenza de los Tyrell, pero el conocía muy bien las debilidades que traía consigo una adicción. Lo menos que podía hacer era explotarlas.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
¡Dioses! ¡Puta mierda! ¡Por favor, que nadie esté despierto! Esta era la segunda vez en lo que iba de esta luna, en que tenía que entrar a hurtadillas a una estancia. Pero era la primera vez en su vida que lo hacía en la propia. Aunque puede que ya no lo fuera, se dijo con un temblor de labios.
El escándalo del festín ya había reverberado por todo el castillo. No había una sola esquina, un solo rincón, donde no se comentara lo ocurrido. Ella respiró profundo. En la inmediatez del ataque, había escapado. Sabiendo, conociendo, que esto era el final de su vida como la conocía en Alto Jardín. Ella, que era la favorita de los invitados. Ella, que se preciaba de mostrarse altanera ante las otras mozas de la servidumbre, había pasado toda la noche escondida en un matorral y aprovechaba la tranquilidad tenue de la madrugada para moverse.
¿Cómo es que todo había salido tan mal? ¿En qué punto se había torcido su vida?
Rhonda casi quiso llorar de la injusticia. Sus labios temblaron hasta que se los mordió. No era momento para eso. Era momento de replegarse y ver que se podía salvar. De nada servía llorar sobre el desastre en que se había convertido su vida. Así que en silencio y de puntillas, se arriesgó a ser atrapada y entró como un fantasma al edificio que albergaba a los sirvientes.
Alto Jardín había sido un sueño imposible para ella. No sólo había llegado tan alto, recibiendo favores que una plebeya no tenía ni derecho a desear, sino que incluso había llegado a convertirse en la última amante de Bertrand Tyrell. Una más en su colección, pero eso no importaba. Lo que importaba era que su posición hubiera quedado permanentemente asegurada de haber logrado concebir a uno de sus hijos. Con uno de sus mocosos en brazos, no hubiera importado que Bertrand se buscara una nueva querida, ya siempre recibiría moneda para mantener a su bastardo. Justo como se hacía con sus otros hijos.
Rhonda conseguía muy buenos regalos de sus amantes, y cualquiera pensaría que arriesgarse al parto y los cambios de su cuerpo por el embarazo podrían afectar su atractivo. Por supuesto que le habría preocupado. Pero no era tonta. Su belleza por despampanante que fuera, se dijo, acomodándose sus pechos, no duraría para siempre. Una posición más permanente como madre de uno de los Flores de Bertrand era más jugosa, pues este se encargaba de que todos sus niños, y sus madres incluidas, estuvieran bien cuidados.
Le había parecido un precio aceptable y estaba muy contenta de pagarlo. Solo que todo se había jodido. Y no de la forma en que le gustaba.
Se detuvo en un doblez del pasillo, asomando la cabeza para asegurarse de que no hubiera ningún guardia. Tenía la esperanza de que en la confusión, a nadie se le habría ocurrido perseguirla. Rhonda había entrado a la fiesta del brazo de Gregory Bulwer, sí. Pero ella era una calienta camas, todos lo sabían, en ese momento no tenía nada de raro. Y con suerte, a nadie se le ocurriría acusarla de nada en un primer momento, demasiado concentrados en el hijo de puta loco que había resultado ser el Hijo del Guerrero. Sin embargo, pronto alguien pensaría en ella, sospecharía. Probablemente fuera esa arpía de lady Tyrrell, que la tenía cogida con ella. En este punto, no dudaba que cuando la recordara, si es que lo hacía, la noble dama, pensó con desdén, sería capaz de culparla por las acciones de Gregory.
En la penumbra del corredor, casi se le escapa un sollozo. Ahora no tenía a Bertrand, y por las aterradoras acciones de ese bruto del Bulwer, podría haber perdido todas las cosas por las que se había esforzado tanto: su habitación individual, un logro sobresaliente dentro de la servidumbre, y todos los obsequios reunidos por ella a lo largo de los años.
Se retorció los dedos, recordando las miradas de envidia de las otras chicas cuando el lugar le fue asignado. Un cuartito propio en lugar de un barracón comunal para dormir, o echarse allí donde el sueño la atrapara, significaba no sólo una comodidad muy obvia, sino una subida de estatus inmensa. Hablaba del valor que tenía Rhonda, y ella se había vanagloriado tanto de que las demás se quedaran por debajo de ella. Sabía que si una de esas perras celosas la veía, no tardarían en entregarla a la figura de autoridad. Querrían hacerle pagar por opacarlas siempre, después de todo, resopló esta vez con orgullo, ¿por qué conformarse con mozas comunes, cuando podían revolcarse con ella?
Una tos en el pasillo la paralizó, sacándola de un bandazo de sus pensamientos y dejándola aterrada de que hubiera alguien presente. Se fijó bien, buscando el emisor. Resultó ser alguien durmiendo en el suelo, un pobre diablo que no alcanzó ni siquiera a un jergón en el dormitorio comunal.
Necesitaba pasarlo. Necesitaba llegar a su cuarto, a su escondite dentro del mismo, a recuperar cuanto pudiera de sus tesoros. Incluso si ya la perseguían, dudaba de que alguien hubiera encontrado la tabla ligeramente suelta en una esquina inferior de la pared. Rhonda entraría, agarraría las joyas más caras y las monedas que había acumulado, y se largaría de aquí para siempre. No era tan tonta como para creer que podría actuar inocente, como si nada hubiera pasado, no cuando su último amante había atacado a maldita Aleria Tyrell en pleno banquete. ¡¿Cómo se le ocurrió?! ¡Ese puto Bulwer había jodido su vida! Porque siendo sinceros, ya era hombre muerto. Solo quedaba averiguar cual sería su muerte, y como lady Tyrrell se encargaría de que pagara por todo lo que hizo. Porque esa arpía de seguro querría venganza. Solo esperaba que la vieja zorra cayera de alguna forma por haberse metido contra la Fé.
Y aunque poco le importaba lo que pasara con él, el problema era que jodió las pocas oportunidades de permanecer aquí que quedaban para ella. ¡Puto! Arruinó su futuro aquí y el futuro que le prometía con él. Esperaba sinceramente que lo torturaran. ¡Se lo merecía!
El corazón le latió de forma desordenada cuando tuvo el coraje de pasar por el lado del bulto durmiente. En un momento se movió y todo dentro de ella se erizó, creyendo de verdad que se había despertado. Pero no. El saco de carne en el suelo se tiró un pedo y siguió durmiendo.
Hizo una mueca de asco por el mal olor, y siguió de largo. Cuando llegó a su puerta, las palpitaciones casi se habían calmado. El tacto de la madera le trajo un alivio que no era capaz de describir. La empujó con suavidad, aliviada de que no estuviera cerrada. La puerta era una barrera, era seguridad, era saber que tras ella se encontraban los recursos que necesitaba para garantizar al menos un nuevo inicio cómodo. ¡Finalmente! En todo una luna de errores y catástrofes, una buena noticia. Sintiéndose más segura, entró con confianza, solo para detenerse horrorizada.
Veo que has sido tan estúpida para regresar, Rhonda. - en medio de su cama, acostado y vestido, si la poca luz que había lo iluminaba bien, estaba el jefe del servicio - Si hubieras tenido medio cerebro, deberías haber intentado escapar. Salir corriendo tanto como te permitieran tus piernas. - se sentó con mucha calma sobre el colchón de paja - Pero no, eso sería muy inteligente para ti, ¿no es así, golfa?
Así mismo entró, así mismo trató de salir. Giró apresurada, tratando de escapar con una carrera, cuando fue impactada contra una pared. Un cuerpo más grande sirviendo como ariete contra ella. El dolor, por grande que fuera, no pudo superar al shock que fue la pérdida de aire. Se le salieron las lágrimas, y por un instante, todo se puso negro.
Arriba. Arriba. - el ardor en su cráneo la trajo de vuelta, con la seguridad de que el hombre le intentaba arrancar el pelo - ¿No pensaste realmente que podrías escapar o sí? No después de lo que le pasó a la señorita Aleria. Tu bonito cuero cabelludo tendría precio, tarde o temprano.
Por favor, - se oyó susurrar a sí misma - yo no planeé esto. No es mi culpa.
¿A sí? ¿Y qué hacías tú con ese bruto? - a pesar de usar su peso para mantenerla en el lugar, sintió como sus mechones eran alados hacia atrás.
Yo solo estaba complaciendo a un huésped. - sollozó. El ardor en su cabeza la alertó de que posiblemente le había arrancado un mechón.
Oh, Rhonda. Debes pensar que soy tan idiota como tú. - le dijo en el oído, con el mismo tono con el que se explican las cosas a los niños pequeños - En ningún momento se te ordenó atender a ese idiota. No después del ataque de Lolys. Si estabas ahí, fue porque tú te lo buscaste. Ahora, disfruta de las consecuencias.
El miedo se empezó a apoderar de ella - Por favor. Por favor. Yo no pensé que pasaría esto. No quería que sucediera. - solo quería desenmascarar al príncipe. Jamás soñó con meterse con lady Aleria - Lady Tyrell me matará. Por favor, déjame ir. Esto no fue mi culpa.
No te preocupes, tonta. - sonó muy condescendiente - Lady Tyrell no te matará. Te hará algo peor. - pronunció con diversión - Mi querida Rhonda - respiró contra su cuello - te has ganado un viaje directo al feudo Fossoway.
Ella se sacudió horrorizada. Incluso atrapada como estaba, los temblores la hacían moverse en el lugar.
- Directo a las amorosas y celosas manos de lady Fossoway.
¡¡¡No!!! - se le escapó un grito. Los dientes le castañearon. No a lady Fossoway y su manía de torturar a las queridas de su esposo - ¡No me entregues! ¡Te daré lo que sea! Mis joyas...
Aspiro a convertirme en el próximo mayordomo de Alto Jardín, zorra. - al agarre de su moño se recrudeció - Cualquier mísero regalo que tengas no compite con eso.
El aliento contra su cuello le dio una idea - Me deseas. Lo sé. - había visto la codicia cuando la miraba un par de veces - Te dejaré tenerme si finjes que no me viste pasar.
¡Ay, Rhonda! Cuando te entregue, planeo ganarme el agradecimiento de los Tyrell. No cambiaría eso por nada. Además, - la giró de frente, buscando su rostro antes de dar el golpe final. Primero una de sus manos le cortó la respiración. Su garganta era rodeada y exprimido de forma tal que pensó que buscaba matarla. Casi desfalleciendo notó que se pegó aún más a ella con su verga ya erecta - ¿quién dice que no puedo tenerte antes?
No tenía sentido pedirlo, pues no habría misericordia, pero en su interior suplicó: ¡Por favor, no!
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Dentro de las murallas de Alto Jardín prosperaba la paz. Impoluto era el blanco castillo, con sus torres más modernas estilizadas y altivas, y sus hermanas antiguas y resistentes. Quizás dentro de los cuartos, a puerta cerrada, habría dicha y dolor, placer y crueldad. Sin embargo, solo habría tranquilidad en el exterior de la fortaleza, como debería ser. Y como si nada importante hubiera sucedido, una vez más salió el sol.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Lo que debería ser una mañana bien organizada, comenzaba bastante rara. Dentro de sus cuartos personales, Maegor estaba muy confundido por ello.
El día había comenzado correctamente. Su esposa y él se habían levantado temprano. Bueno, él la había despertado a ella. Un desayuno adecuado, justo antes del entrenamiento matutino, era la norma para ellos. Así como lo era ver a su esposa comer todo lo que le pusiera delante como si su alma no estuviera en su cuerpo. Ella hacía esto o despertaba rabiosa, lo que siempre lo divertía. Ortiga no tenía ni el aspecto ni el carácter para dar miedo, pero persistía en poner mal talante cuando la levantaba a la hora necesaria.
Hoy había tocado la primera opción. Solo de verla empezaba a sospechar que ella no permanecía semi-dormida, sino que estaba por completo en ese estado mientras rompía el ayuno. Ella cabeceaba, se tambaleaba y tragaba como una criatura movida por cuerdas y no por voluntad propia. Era la verdad. Ortiga no era una criatura madrugadora y tenía que aceptarlo.
Fue en ese horario que recibió la visita imprevista, atravesándose en su ya ajetreado itinerario. Cualquiera pensaría que debía ser algo urgente para interrumpirlos, pero no, lady Tyrell se presentaba para una despedida personal.
Se había enfadado un poco... Bueno un poquito más que eso, y fue algo cortante con la dama hasta que Ortiga le pateó la espinilla. Le regañaría para que no lo hiciera más, pero sabía muy bien que le iba a contestar de vuelta su esposa:
- Si no quieres que yo haga eso, no te portes así.
Y como lo cierto era que portarse así era su carácter natural, no le quedaba más que aguantarse. Suponía que era algo bueno. Ortiga no tenía miedo de corregirle cuando se equivocaba, y así mejoraba sus interacciones con los demás. Su padre había dicho que era necesario un comportamiento adecuado para gobernar con efectividad. Y si no nacía de él, le convenía que su mujer lo enderezara.
Lady Tyrell por otro lado... ¿Por qué habría venido a molestar, digo, a darle una despedida personal? La respetaba, sí, pero no eran cercanos. Arrugó la nariz. En ningún momento había motivado él tal cercanía. ¡Era insensato! La mujer iba a participar en la comitiva que lo despediría, estaba seguro. ¿Por qué presentarse en su cuarto para hacerlo íntimo? Se preguntó con disgusto. No sólo retrasaba sus ejercicios, sino que él no entendía esta familiaridad.
Estaba agradeciendo que el intercambio no durara tanto, calculando cuánto demoraría esto su partida, mientras la señora de Alto Jardín se marchaba. En el justo momento en que la puerta se cerró tras su espalda, Ortiga se giró hacia él para decir:
¡Vaya manera más educada de echarnos! - un silbido salió de la boca de su mujer, que se había despertado por completo cuando anunciaron a su visitante - Esa mujer si que tiene buenos modales. Incluso me da gusto irme. - terminó con una sonrisa.
Todavía concentrado en terminar su desayuno inconcluso, el que había dejado por la mitad con la visita imprevista de la dama, tardó un poco en comprender lo que había dicho.
¿Cómo que nos echó? - parpadeó y volvió a parpadear. Eso era ilógico. ¿Por qué lady Tyrell los echaría si ya se marchaban hoy?
Ortiga lo miró asombrada - ¿Tú aún planeabas irte? - su voz se elevó, así como una de sus cejas - ¿Después de lo que pasó ayer?
Pues, sí. - se encogió de hombros. Entonces fue su turno de preguntar - Espera, ¿qué tendría que ver lo de ayer con nuestros planes?
- ¡Maegor! ¡Atacaron a su hija frente a nosotros!
¿Y qué? - no habían sido ellos los atacantes, ni los atacados. Eran mayormente espectadores, y quizás un poco los participantes con respecto a salvar a la chica Tyrell, pero todo lo demás no era su problema.
Ortiga abrió mucho la boca, e intentó contestar un par de veces pero no pudo.
Esposa... - dudó un instante - ¿Tú no planeabas que nos marcháramos? Ya habíamos determinado que partiríamos.
¡Antes de que pasara esta mierda! - ella pareció explotar, señalando por donde se había marchado lady Tyrell.
Una vez más, ¡no tiene nada que ver con nosotros! - sabía que se estaba enfadando, pero entre el atraso y que no entendía nada, se despertaba su mal humor.
¡¿Cómo que no tiene nada que ver?! - Ortiga pareció detenerse, apretar su cara y respirar profundo - Maegor, - dijo en ese tono explicativo de ella - atacaron a su hija y nosotros estábamos ahí. Como van a hacer un juicio, o lo que sea, pensé que tendríamos que presentarnos. Como testigos o lo que sea. - ella agitó sus manos.
- Mujer, había docenas de nobles en esa fiesta. Los tiene a todos ellos para que repitan como cuervos lo que pasó. No somos necesarios.
Bueno, - Ortiga se rascó la parte posterior de la cabeza - supongo que tienes razón. Solo pensé como príncipes, tendríamos que ir.
Es cierto que por nuestra posición, nuestras palabras tienen mayor validez. - añadió él. Y no era suficiencia porque tenía la razón - Es por ello que lady Tyrell pidió nuestro testimonio por escrito.
Era inteligente. Nadie podría cuestionar el relato de dos príncipes, y así Maegor y Ortiga no tendrían que desviarse de su camino. Los Tyrell conseguían la voz de dos miembros de la realeza, sin que estos estuvieran presentes. También escribir una carta no los retrasaría demasiado. ¡La mujer si que era eficiente! La molestia por su interrupción comenzó a mermar. Si los Tyrell eran sus aliados, ellos debían acudir en su apoyo. Si bien aplicaba esa lógica al campo de batalla suponía... se acarició el mentón... suponía que también aplicaba para problemas menos bélicos. La dama de la Casa había conseguido recaudar su apoyo, sin su presencia, y sin alterar demasiado sus planes. Todos acababan satisfechos, así que pensó que estaban bien.
Mientras tanto, para no suponer, porque muchas veces suponía y estaba en un error, intentó dejar las cosas claras:
Ahora... - se le escapó una mueca - ¿nos marchamos, verdad?
La mandíbula de su novia cayó, y el tic en el labio de Maegor se volvió loco.
¡¿Qué no estabas escuchando a la dama?! - ella se agitó - Es obvio que prefiere que nos larguemos. Tu mismo acabas de dar toda una explicación sobre porqué deberíamos irnos.
¡Pues que sé yo! ¡Me tienes confundido! Primero nos íbamos, después no nos íbamos. Ahora quiero que no hayan dudas. - estampó un pie en el piso - ¿Nos vamos o no?
Nos vamos. Nos vamos. - repitió ella - Luego de lo sucedido deberíamos quedarnos, pero como lady Tyrell lo desaconsejó, nos vamos.
Él resopló fastidiado - Tanto enredo por gusto, cuando al final nos íbamos a ir de todas formas. ¿No es más fácil decir que nos íbamos y punto?
Pues sí. Pero como tu mismo dijiste, hay cosas que se esperan de nosotros. - aclaró a Ortiga - Ayudar a nuestros anfitriones es una de ellas. Al menos hasta que nuestros anfitriones nos digan que se sienten mejor si ven que nuestros traseros se dirigen en la dirección contraria de su objetivo. - terminó refunfuñando.
- Pues todo esto suena a complicación innecesaria para mí. Nos vamos y ya.
Ella suspiró - Al final tienes toda la razón. Sin embargo, - esa sonrisa torcida que empezaba a asociar con su picardía apareció - esto de los tejemanejes del comportamiento cortesano, así como el lenguaje florido y todas esas mierdas de darle vueltas a la conversación para transmitir un mensaje sencillo, es lo que se espera de la Corte. - se burló ella.
Maegor lo sabía. Aún así, una cosa era saberlo y otra que le gustara.
Sin embargo esposo, - inquirió ella - tú planeabas marcharte antes de que lady Tyrell lo pidiera. Creo que con respecto a tu idea de partir de todas formas, sin importar los sucesos de anoche, fuiste tú llegando a la respuesta correcta por el camino equivocado.
Uy... Se encogió completo. Una vez más, tenía que aceptar que ella estaba en lo correcto. Que dos personas lleguen a la misma conclusión, no significa que una no lo haga de forma equivocada.
Ortiga, su mujer, vio su disyuntiva - ¡Ay, Maegor! ¿cómo es que soy yo quien se da cuenta de esto? Tú eres el que ha vivido entre la Corte y sus expectativas toda la vida.
Y mayormente fallaba ante ellas. No le dijo a Ortiga, aún así el sabía. Sabía que algunos lo veían como un extraño entre ellos, como si no perteneciera. Aún si nadie se lo decía a la cara, lo entendía muy bien. Algo dentro de él no encajaba.
Pues, - fingió encogerse despreocupado. Los intercambios de la Corte siempre eran un lenguaje extranjero para él, uno lleno de nudos y complicado, del tipo que prefería no desperdiciar su esfuerzo en aprender - eres más astuta que yo para estas cosas.
Y él en ocasiones temía ser algo lento para ellas.
¿Sabes Ortiga? - quiso que ella supiera esto - Me alegra tenerte a mi lado.
Awww... - ella se emocionó.
Él no era de detalles tiernos, pero cuando ella se acercó buscando un beso, no desperdició la oportunidad. Estos si que le gustaban, y no tenía nada de malo si los compartía con su esposa. Es más, estaba seguro de que todos dirían que era lo correcto.
El beso fue corto, suave. No como los de anoche pero no podía decir que no lo disfrutó. Terminado este, Ortiga se distanció, comenzando a arreglarse, aunque no había nada que arreglar, su cabello y el cuello alto de su jubón. La escuchó aclararse la voz antes de volver a hablar:
Bueno, creo que después del entrenamiento tendremos que escribir lo que pidió la señora. - ella dejó escapar el aire y se relajó por completo - A menos que prefieras dejar de lado el entrenamiento para no retrasar nuestra partida.
Todo dentro de él se arrugó. Por un lado, ya se había preparado para partir a la hora determinada. No le gustaba en absoluto cambiar sus planes. Pero, y esto era muy importante, su rutina de ejercicios era más importante. Sus prácticas habían tenido lugar cada mañana desde que era un niñito, y no las detendría ahora.
Entrenamiento. - le dijo a Ortiga - Se atrasa nuestra salida. Si lo haces bien no demoraremos mucho.
Ella había mejorado bastante en su escritura, y si bien su caligrafía parecía la de un alumno desaplicado, todavía era entendible.
Sobre eso... Ummm... - ella dudó, antes de pedirle con una sonrisa chiquitita - El papel que tengo que escribir, ¿no lo puedes hacer tú? - sus manos se apretaron en un gesto suplicante.
No le serviría de nada.
¡No! - fue tajante - Tu testimonio tiene que ser de tu puño y letra, y describiendo lo que tú viste pasar. Falsificar tu versión de la historia es inaceptable.
Vaya. No tenías que ponerte tan intenso por ello. Lo voy a hacer yo. - interrumpió Ortiga, tratando de suavizarlo.
Ella volvió a lanzarle una mirada esperanzada, quizás a punto de negociar, pero viendo su rostro cerrado hizo una mueca y renunció.
¡Bien! Ya escribiré yo mis garabatos de mierda. - la vio masajearse la frente - Solo espero que puedan entender mi letra.
Ella escribía mal, pero no taaaan mal.
¡Quiero que sepas que te molestaré todo el rato para no tener faltas de ortografía! - le dijo en tono molesto - ¡No te vayas a burlar si no sé escribir bien algunas palabras. Si desperdicio papel, - lo señaló con furia - ¡será tu culpa!
Su esposa tacaña, ya debería saber él que siempre estaría preocupada por el desperdicio. El papel era caro para algunos. Sin embargo, ella era ahora una princesa. No tenía que alterarse tanto por arruinar quizás un par de hojas.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Encantador. Esto era francamente encantador. Tuvo que contenerse para no relamerse los labios del placer. Ahora estaba en sus garras un jugoso cotilleo de la más reciente princesa del reino, un personaje extravagante desde su aparición, y haciendo honor a lo poco que sabía de ella, una vez más se había convertido en el centro de las habladurías.
Mientras algunos nobles rompían el ayuno más tarde y en la quietud de sus habitaciones, él prefería hacerlo aquí, en el comedor principal. Prefería ser de los primeros en irse y los últimos en marcharse, ya que así no se perdería ninguna noticia nueva. Y más importante: así podía compartir sus pensamientos con todos. No sólo disfrutaba de ello, prosperaba aquí. Lo suyo nunca había sido el campo de batalla, ni los torneos, sino la astucia solapada de la Corte. ¡Y que chismes tendría para contar!
Bajo la mesa, movió los pies con alegría, más feliz que nunca por la posición que tenía en la casa de su sobrino. Siendo uno de los muchos tíos del actual Lord Rowan, algunos habrían esperado que fuera echado como pasó con el resto de sus hermanos. Pero su situación había sido diferente. Muy diferente. Él no codiciaba el título de su familia, ni siquiera un poquito, y mucho menos tenía hambre de gloria. Se conformaba, con bastante satisfacción, en ser un peón político, siempre que le permitieran enterarse de todo y contar su versión de la historia.
¡Y que historia tenía! Sus pies se removieron con más velocidad.
Había sido enviado aquí por su sobrino. Los Rowan de Soto de Oro podían decir que se mantenían neutrales en el Dominio, sin apoyar a los Tyrell pero tampoco a los que clamaban por ocupar la posición de los mismos. Sin embargo, la presencia de dos príncipes en Alto Jardín cambiaba mucho las cosas. No presentarse los marcaría como opositores de los antiguos Mayordomos, y perderían posible influencia con ellos y con la familia real. Acudir a la fiesta sería posicionarse de un lado en la contienda subterránea de la Cuenca. Su muy astuto sobrino lo envió a él, parte de los Rowan pero sin estar muy alto. Lo que lo colocó en una buena mesa, pero no la principal en la que se sentaba lord Theo Tyrell. Resopló. Francamente no le molestaba, no cuando tenía rienda suelta para hablar todo lo que quisiera sobre la princesa Orthyras y sus más recientes acciones.
¡Oh, que placer era para él la existencia de la dama! Primero, con su casi milagrosa aparición en la boda del príncipe Maegor (y su inserción en la misma), el nombre de Orthyras Targaryen se había corrido de boca en boca más rápido que una plaga en un barrio pobre. Y a él no se le pasaba que nadie conocía su apellido previo. El misterio hacía que le picara aún más la curiosidad. Algunos susurraban que era una hija bastarda de Aegon, improbable, arrugó la nariz, pero jugoso chisme. Otros, que era una bruja salida de la nada. Aunque si la chica tenía una sola gota de magia, no parecía saber usarla. Lo que si supo usar, y él lo había visto de primera mano, era una silla.
¡Había sido maravillosa! Un Hijo del Guerrero suelto y sin control, atacando a una damisela como Aleria justo frente a la mitad de la nobleza del Dominio. Confundiéndola con su amante debido al uso de especias para la nariz. Solo con eso él tendría material para diez, no, veinte charlas. Que el príncipe Maegor y Ser Morgan Hightower acudieran a su auxilio solo hacía que todo fuera aún más picante. En ningún momento se imaginó que la bizarra princesa intervendría, y derribaría a sillazos al hombre borracho. ¡Por los Siete, que encantador! ¡Esto sería la comidilla de todos por al menos un par de años!
Entonces, como el buen observador que era, notó un leve cambio en el ambiente. No tardó en descubrir la llegada de lady Tyrell por un pasillo lateral. En el camino, la nobleza dama, aún graciosa para su edad, se detuvo a ordenarle algo a una sirvienta y tuvo una charla trivial con unos caballeros menores en el camino. Él siguió sus pasos con deleite, en especial al darse cuenta de que se dirigía a su mesa. Durante las cenas formales, lady Tyrell compartía la mesa con su marido, pero en otras ocasiones no perdía la oportunidad de mantener la distancia con su esposo. Todos sabían porque, pero eso era un chisme viejo que aunque aún podía ser un poco exprimido, era ínfimo en comparación con la última sensación.
Buenos días, Ser Rowan. - pronunció ella a su llegada - ¿Puedo hacer uso de mi avanzada edad, e insertarme sin invitación a su mesa?
Por supuesto que puede, lady Tyrell. - tuvo que contener una sonrisa llena de dientes - Esta es su Casa y siempre es un placer compartir su presencia.
Hizo un leve saludo de referencia, ya que la dama desestimó la formalidad, en lo que un siervo agregaba una silla a su lado. Desde el otro extremo, su esposa lo miró con ojos grandes e interesados. Ella era como él, y estaba seguro que mataría para saber que palabras intercambiaban de primera mano.
Déjeme preguntarle, lady Tyrell, - trató de ser lo más educado posible mientras escarbaba en busca de más - ¿cómo se encuentra lady Aleria?
Su ausencia en el comedor se notaba.
Ya está más calmada, - admitió la madre - pero continúa algo aterrorizada. Ser atacada en su propio hogar no es algo que se supera con facilidad.
Una atrocidad es lo que es. - le dio la razón, negando con suavidad la cabeza - Menos mal que la princesa estuvo ahí y todo se solucionó.
Sí, - dijo la dama con la voz cortada y él tuvo la tentación de enseñar los colmillos - menos mal que la princesa estuvo presente. Sus acciones fueron - había un leve matiz amenazante - heroicas en todo caso.
Como se espera de una Targaryen. - confirmó él - Nuestra princesa solo hizo lo necesario para poner bajo control a un villano.
No era tan estúpido como para llevarle la contraria a los dragones, y en todo caso, la historia de la chica era buena por si misma. No necesitaba que él "la embelleciera". Aparte, si alguien más la malinterpretaba, no sería su culpa. Una dama metiéndose en una pelea siempre provocaba murmuraciones maliciosas, aunque tales comentarios no saldrían de él, que se limitaba a contar su historia.
Cierto. - eso pareció serenar a la dama - Incluso la partida de los príncipes se ha mantenido, porque luego de su ayuda, no queremos involucrar a Sus Altezas en este asunto tan desagradable.
Los Tyrell iban a darse zarpasos con la Fé. Esto parecia más materia prima para todas las cartas que tenía pensado enviar cuando llegará a casa.
Con respecto a nuestro prisionero, tiene razón en llamarlo villano. ¿Sabe usted, - se acercó a él para decirle en tono de confidencia, haciendo que su esposa abriera aún más grande los ojos, no por celos de otra mujer sino por celos de lo que él descubriría primero - que antes de anoche, había atacado a una muchacha del servicio? Le dio toda una paliza, alegando haber sido ofendido. - hubo un leve encogimiento de hombros - Lo desestimamos, después de todo, algunos siervos merecen ser azotados...
Él asintió sin mucho interés, esa era una realidad de la vida para los criados que olvidaban su lugar.
... Incluso no escuchamos a la moza cuando clamó inocencia. - él se burló. Eso era lo que hacia toda la plebe cuando eran atrapados - Sin embargo, ahora creo que el ataque de Ser Bulwer no era una rareza. Sino un patrón. Y anoche fue el momento en que se equivocó de víctima.
¡Por todos los Siete! ¡Que horrible! - cubrió su boca, fingiendo esconder él horror cuando lo que sentía era alegría. Ya no era la princesa contra un borracho, si no la princesa contra un posible monstruo. Volvió a mover los pies. Esta historia se hacía más y más interesante a cada instante que pasaba.
Sí, ¿cómo es que alguien como él ha podido quedar impune todo este tiempo? - ella suspiró con descontento.
No se preocupe, mi Señora. Estoy seguro que cuando su esposo viaje a Antigua, todo se resolverá. - y aunque pasara lo que pasara, él estaría ahí para presenciarlo.
Ojalá todo fuera tan sencillo. - la dama se cubrió una mejilla - A mi esposo le preocupa que no solo no le dejen ser parte del jurado que acuse a Ser Bulwer. Si no que teme que incluso intenten absolver sus acciones.
¡Nadie se atrevería a tal cosa! - pronunció él con escándalo - Todos vimos lo que sucedió.
- Sí, pero existe la posibilidad de que nieguen su culpa. Que aleguen que solo era un hombre enfermo.
Casi arrugó la nariz ante semejante estupidez. Ese hombre había competido en fuerza con otros dos, y la princesa había necesitado media docena de golpes atroces para derribarlo. ¿Quién se atrevería a llamarlo enfermo?
- Incluso me preocupa lo que hubiera pasado de no estar los príncipes presentes. ¿Habríamos tenido el derecho de defendernos?
Lady Tyrell, usted exagera. - sin embargo, una pequeña chispa de algo que él no se atrevía a llamar preocupación hizo mella en su interior.
¿Lo hago? - la seriedad con que lo miró le provocó un escalofrío - Mi estimado Ser Rowan, ¿no atacó el hombre a mi hija en el mismo epicentro del poder Tyrell?
Sí, pero... - no le dejó continuar.
- ¿No clama la Fé que solo ellos pueden juzgar a sus miembros?
Sí. - apretó sus labios, algo incómodo por el giro en la conversación.
Entonces, si nuestra hija puede ser víctima de un ataque tan severo, justo frente a nuestros ojos, y se nos niega la potestad para emitir un juicio, ¿qué podríamos esperar en otras condiciones? Somos una Gran Casa, y nos hemos visto sometidos a casi suplicantes, demandando un derecho que nos debería pertenecer. ¿Qué podrían esperar otros nobles? Digamos una Casa menor, o miembros de una Casa importante, pero no los principales. ¿Podrían reclamar algo o serían desestimados?
Bajo la mesa, sus pies se detuvieron por completo.
La Fé no permitiría tal cosa, lady Tyrell. - pero su voz carecía de la seguridad de antes.
No lo harían. - una ceja dorada se elevó en su cara - ¿No es Aleria una prueba? Anoche le tocó a ella, pero si ese tal Gregory es el criminal que creo que es, ¿cuánto tiempo pudo estar cometiendo sus fechorías? ¿Cuántas víctimas nobles pueden haber por ahí, que no hablaron porque se saben expuestas a pesar de su posición?
Si le pasó a lady Aleria Tyrell, le habría podido pasar a cualquiera, era lo que decía. A su lado, los comensales más cercanos se quedaron en silencio, ya incapaces de disimular que estaban espiando. La quietud que se respiraba era pesada.
- También, ahora que esto se convertirá en algo tan público, me preocupan otras consecuencias. Otros miembros de la Fé militante, al ver como el clero se convierte en un muro que escuda sus acciones, ¿no podrían escalar los abusos que cometen? ¿Aprovecharse de la impunidad? Sé de buena mano, que las tasas por protección de la milicia eclesiástica ha subido últimamente.
Él lo sabía muy bien. Soto de Oro recibía a muchos comerciantes que se quejaban a escondidas de la extorsión de algunos Hijos del Guerrero. Él no la llamaría así, pero sabía que las tierras de su familia también se sometían al... inusual impuesto. Temía, ahora que lady Tyrell lo había sacado a colación, que negarse al precio exigido, por mucho que subiera, pudiera llevar a represalias. Las económicas eran las esperadas, pero, ¿se atreverían a ponerle una mano encima a los nobles? Lo habían hecho aquí, después de todo, aunque las condiciones eran diferentes.
Oh, - lady Tyrell pareció perder fuerza - perdón por mi intensidad con respecto al tema, Ser. El estado de mi niña me tiene alterada. No debí expresarme con tanta fuerza y pasión. - un temblor pareció sacudirla.
¡No diga eso, mi Señora! - exclamó con vehemencia - Usted es una madre afligida y una noble de la más alta alcurnia. ¿Quién si no usted posee tal derecho? No. - se corrigió a sí mismo - Así como es el derecho de los nobles a la horca y a juzgar los crímenes sobre sus tierras, es el derecho de todo noble tener la capacidad para defenderse y castigar a quien lo agrede. Sea un miembro eclesiástico o no. ¡No se debe permitir tal impunidad y desacato a las normas de la moral!
Se escucharon varias exclamaciones de acuerdo, de las personas que se habían insertado en su conversación personal. ¡Esta situación debía corregirse! La Fé podría juzgar a los suyos si cometían crímenes contra los plebeyos. Sin embargo, no se debía permitir que pisotearan a los nobles, o sentaría un mal precedente.
¡Desde luego que no! ¡No debería permitirse! Le escribiría a todos sus amigos sobre ello.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Tras su aspecto compungido y su pronta retirada del salón para recuperarse, la Señora de Alto Jardín escondía su absoluta satisfacción. El tío de Lord Rowan y su esposa, pudieran ser considerados poco importantes en el esquema de las cosas. Sin embargo, también podían ser considerados entre los mayores chismosos del Dominio. Cualquier chisme, noticia o preocupación que cayera en sus lenguas, se convertía casi inmediatamente en conocimiento común.
Temprano en la mañana, los Tyrell habían enviado a sus cuervos a contar lo que querían, pero ¿por qué conformarse? Ahora tendría a los cien cuervos del hombre contando lo que quería que contaran, y no dudaba que antes de abandonar el castillo, la casi totalidad de sus huéspedes compartirían la misma intención. Amigos y familiares, alianzas y socios comerciales serían informados de la infamia aquí ocurrida, y de lo que significaba para todos aquellos con una gota de sangre noble.
Su versión de la historia se propagaría como pasto de las llamas. La validez de su petición, un lugar dentro del jurado, se convertiría no en una extravagancia, sino en un punto de interés focal para la nobleza. La Casa de la rosa dorada no pediría por ella misma, sino por todos. Serían los Tyrell los defensores de los derechos nobliarios, y ganaran o perdieran, se alzarían como paladines de todo su estamento.