Consecuencias parte II
17 de mayo de 2026, 0:58
- ¿S o c?
Cuando no obtuvo una respuesta inmediata, alzó la cabeza. Maegor la observaba como si le hubiera preguntado una barbaridad y no una simple duda sobre cómo se escribía una maldita palabra.
Sus ojos violetas se estrecharon con sospecha sobre ella - ¿Por qué necesitas usar esa palabra? Porque pretendes usarla, ¿verdad?
Na. - el sarcasmo goteó un poco de ella - Solo tenía dudas sobre como se escribía y quería saber. - ante su asentimiento se dio cuenta de que Maegor de verdad creyó cierto esto - ¡Es broma! ¡Es broma! - aclaró antes de que se lo creyera por completo - Si la voy a usar. De verdad. - golpeó con el dedo el material de escritura que yacía sobre la mesa que ambos compartían.
Sus cejas se fruncieron en un ceño que conocía muy bien y él se inclinó desde su lado para observar lo que había garabateado. Ortiga uso su cuerpo para tapar la hoja de pergamino:
¡Ey! ¡¿Qué mierdas crees que haces?! ¡Atrás! - como no retrocedía ante ella, no dudó en lanzarle un codazo - ¡Si yo no puedo ver la tuya, tu no puedes ver la mía! ¡Retrocede!
Es diferente. - explicó él, finalmente alejándose - Tu querías copiarme. Yo solo quiero comprobar lo que escribes.
Lo comprobarás cuando lo termine, y ni un momento antes. ¡Me entendiste! - sentenció ella de forma concisa.
No podía negar que se sentía un poquito mal por lo mucho que se estaba demorando en comparación con él. Maegor era alguien bien educado, se dijo al inicio, no alguien apenas dejando de ser analfabeta como ella. Esa palabra dicha por Visenya, aunque no fue dirigida como una ofensa, había calado hondo. Ortiga vivía entre la realeza y suponía que para todos formaba parte de ella. Se le escapó una mueca solo de pensarlo. También era muy obvio que se quedaba por detrás, no importa cuánto se esforzara leyendo todo lo que caía en sus manos. O intentándolo. No se iba a rendir, por supuesto. Podía ser muy terca cuando se lo proponía, pero cosas como las de ahora se sentían casi como una bofetada de la realidad diciendo: Mira, tú nunca estarás a este nivel.
Buena manera de hacerla sentir menos, aunque sabía muy bien que no era a propósito. Pero frente a él, sus logros se sentían poco más que tropiezos. Como los primeros pasos torpes de un niño que aprende a caminar.
Otro vistazo rápido al área de Maegor mostró un par de hojas, su testimonio, ya completado con una letra perfectamente legible en comparación con la suya. De líneas rectas y definidas. Y además, para su confusión, el escueto Maegor las había llenado con celeridad. Solo se había sentado ahí, reflexionando un poco en su cabeza, o eso creía, y luego le había entrado con más ganas a la escritura que un pobre hambriento que ve caer en su regazo un jamón ahumado. ¡Hombre, no sólo escribía más rápido y mejor, sino que la amplitud superaba a todo lo que había escrito ella hasta el momento!
Para alguien que casi no habla - no pudo retener las palabras en la lengua - pareces haberte dado gusto con la tinta.
Maegor parpadeó, luego volvió a parpadear, antes de lanzar su corta interrogante - ¿Eh?
No es nada. Nada. - sentía como se le calentaba un poco la cara. Esperaba que su piel oscura lo ocultara - Es solo que para alguien que no habla mucho, pareces no tener problemas con las letras. - y señaló su escrito.
Él siguió su mano y después solo se encogió de hombros - No soy bueno respondiendo al momento. - se rascó la barbilla, que a sus cuatro y diez años aún estaba escasa de barba. Unos cuantos pelos, pocos, pequeños y claros, intentaban apenas brotar ahí - Con un escrito puedo reflexionar lo que quiero decir. Es mucho más fácil.
¡Ay! Ella sintió una punzada. ¿Cómo podía ser eso? ¡Con lo fácil que es hablar! Incluso le decían que se solía ir de lengua, y para él era más fácil escribir. Suspiró. Eso tenía que ser cosa de gente muy educada.
Respiró profundo y apretó los dientes, decidida a no fallar. ¡Y mucho menos desperdiciar el puñetero pergamino! Cuando le dijeron el precio, por un endeble pedacito de la cosa, casi le da un dolor en el pecho. ¡Como podía valer tanta plata algo que se arruinaba de nada! ¡Demonios no! ¡A ella no se le jodería ni un solo trozo de esa basura!
Ella sacó su lengua a un lado, ya que no podía evitar ser algo tonta, y se concentró todo lo que pudo. No supo cuanto demoró en terminar, pero estuvo satisfecha con lo logrado. Ya que iban a intercambiar testimonios para su revisión, y como el suyo aún no tenía la tinta seca, tomó la arena que había para ello y comenzó a espolvorearla sobre el documento. Visenya lo había hecho al menos una decena de veces cuando quería apresurarse.
Una mano la detuvo y vio que Maegor tomaba la arena de ella - Buena idea, pero estás sobbrepasándote. Ve a leer el mío. Yo me encargo de esto.
Así que con sus grandes manos comenzó a distribuir la arena, y ella se dijo que esas manazas eran mejores para la tarea que las suyas. Aunque en silencio se prometió aprender a hacerlo mejor.
No pudo decir que la lectura fue tan complicada. El hijo menor de Aegon no usaba lenguaje florido ni enredado, que siempre la confundía. Era directo y al grano, y tan, tan correcto.
Esto suena tan oficial. - más que un elogio, se sintió como una queja. Solo que no sabía si era para él o para ella misma - Por todos los dioses, lo mío debe sonar al parloteo de un niño. ¡Dámelo! ¡Tengo que escribir otro!
El deseo de ahorrar el rollo, pese a que ella no lo pagó, competía con la idea de quedar en vergüenza por escribir algo tan infantil para un jurado.
Y viendo que Maegor no había terminado, quizás porque el secado demoró algo de tiempo, trató de arrebatarle el desastre que era lo que ella escribió. Su esposo no lo permitió. No dudó en usar su tamaño contra ella, usando un brazo de barrera y con el otro extendido con su pergamino, continuó la lectura.
Esto suena muy... - ¡Uy! Esto era malo. Él no podía dar un elogio falso aunque lo intentara - vivido. Natural. - ¿eso es malo, o malo - malo? Las cejas de Maegor se apretaron - ¿Te diste cuenta del ataque antes de que ocurriera? - no esperó su respuesta antes de asentir con orgullo - Buena intuición, esposa. Predecir el peligro a tu alrededor es una muy buena habilidad para el combate. Te resultará muy útil.
Sí, sí. Dame la hoja. - una cosa era lo que servía en una pelea y otra para un jurado.
No. - él continuó apartándola - Esto servirá.
¡No se parece nada a la tuya! - casi escupe exaltada.
Por supuesto que no, porque tu voz es diferente de la mía, y así será tu testimonio. - el brazo que la detenía se posó en su hombro - Esta es tu palabra, y debe ser escuchada como la princesa que eres. No debes ser una copia o seguirme. Escucha bien Ortiga: tú debes ser tú.
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Análisis sobre el personaje entonces conocido como la princesa Orthyras Targaryen. Basado en su testimonio escrito para el histórico juicio que enfrentó a la nobleza secular del Dominio contra las organizaciones que comprendían a la Fé y a su brazo militante. Acaecido en el año veintiséis después de la Conquista de Aegon, en la luna...
Muchas cosas se han escrito sobre esta controversial persona. Unos la han llamado bárbara salida de tierras remotas, otros bruja, otros jinete guerrera. Bastarda, princesa, señora del dragón. Los adjetivos son pocos para encapsularlos en un solo escrito. Ya sea para bien o para mal, su surgimiento está lleno de misterio, y sus acciones, por criticables o efectivas que fueran, todavía están sometidas hoy a debate.
Un aspecto poco mencionado sobre esta figura fue su educación. De lo que podemos observar en este testimonio escrito, el primero de ella que se tiene constancia oficial, es que la dama, si se le puede llamar así, poseía una caligrafía notablemente tosca. Con trazos burdos más propios de señores que descuidaron su educación en función de las armas, en vez de lo que cabría esperar de una señorita nacida y criada en la nobleza. Nada como su contraparte, la gentil y siempre piadosa Ceryse Hightower, cuya prosa es incriticable.
Pero regresando a la emblemática y rebelde figura: así como su vida, sus palabras sobre el pergamino están llenas de contradicciones. En ellas el texto revela, si creemos en lo escrito, que según la "princesa", haciendo gala de un impulso visceral, ella pronosticó el ataque que conllevaría al posterior enfrentamiento entre nobleza y religión. Es gracioso suponer que una mujer que pasó su vida actuando en contra de principios femeninos, actuara guiada por estos mismos, en una acción nada femenina debo aclarar.
Ya sea que se crea o no, una corazonada para algunos que la llaman guerrera de nacimiento, un acto histérico de otros que la tachan de disruptiva aunque no puedan desestimar sus contribuciones, lo cierto es que Orthyras Targaryen actuó y se adelantó a sus homólogos en defensa de lady Aleria Tyrell, posteriormente convertida en lady Fossoway. Y aunque algunos aluden a que su escrito encaja más con un escudero de pocas letras, y la lectura de dicho documento me hace creer lo mismo, existen muchos más testimonios de la sagacidad de la morena muchacha. Con algunos incluso llamándola una erudita avispada escondida dentro de donde otros solo veían una moza afilada, descuidada y espinosa.
Sin embargo, ya sea que descartemos su actuar como algo basado en un instinto práctico (motivado quizás por su trayectoria de vida, por las afirmaciones previas de que la entonces señorita había sobrevivido a una guerra que consumió a su familia) o simple perspicacia, o que incluso creamos las más oscuras afirmaciones de sus detractores, sobre el uso de un don asociado a artes arcanas, lo cierto es que docenas de testigos corroboran que fue Orthyras Targaryen quien salvó el día. Y con una silla, de todas las cosas. Este evento precedió a una larga serie de intervenciones, y fue la primera vez que se vislumbró el carácter indómito de una mujer que se convertiría en uno de los principales apoyos en los posteriores triunfos de su marido.
En conclusión: La gloria o el caos están marcados como el destino de los dragones, y esta oscura muchacha, intrépida y voluntariosa, no estaría exenta de tal sino. También podemos afirmar que aunque no luciera la belleza de la Antigua Valyria, solo los tontos podrían dudar de que dicha mujer llevaba su sangre.
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Mientras avanzaba por los pasillos, Morgan apretaba los dientes y trataba de fingir no estar tan irritado como se sentía.
Atrapado. Había pasado la noche anterior y toda la mañana atrapado dentro de sus aposentos. Guardias en cada puerta, incluso en los pasillos, y por último... El sonido de pasos resonando tras él rayó sus nervios. Guardias que lo escoltaban en cada paso que le permitían dar. ¡Los que le permitían! ¡Justo cuando creía que esto no podía empeorar!
Sabía que las consecuencias serían desastrosas si Gregory llegaba respirando a Antigua, y aunque ruin y bajo, no dudaría en arreglar ese pequeño percance. Sin él, no habría castigo esperando, ni retribuciones por hacer. La Fé de los Siete podía lavarse las palmas y fingir que nada pasó. Los Tyrell al parecer no lo permitirían. Solo quedaba esperar a que se descuidaran en el viaje de regreso. Un motivo más para no oponerse a su compañía forzada.
Trató de acomodarse la ropa mientras continuaba caminando hacia el patio exterior. Le preocupaba inmensamente que el personal de sus anfitriones no decayera en su vigilancia cuando salieran del castillo. Era imperativo que Gregory Bulwer, y el reclamo de los Tyrell, no llegaran a Antigua. ¡Maldita ropa! Intentó enderezarla, maldiciendo de nuevo las pequeñas mezquindades de los mayordomos ascendidos. Aunque no los mataban de hambre, la calidad de la comida no mermó, la abundancia que habían disfrutado de las mesas de Alto Jardín no era la misma. Así como el servicio. Casi se pone a escupir ahí mismo por el insulto.
Él, el maldito segundo hijo del Señor del Faro y de la última princesa Gardener, sin ayuda para vestirse o para lavarse. ¡Como un vulgar campesino! Si no estuviera en la posición en la que estaba, estaría exigiéndole cuentas a Theo Tyrell. Lo impidió solo el sentido común y el hecho de que cualquier enfado que sintió en el momento, lo redirigió sobre Deziel Ryster. El puñetero hombre casi se regodeaba en el estado en el que los tenían, afirmando que la austeridad era más compatible con el estilo de vida de un Hijo del Guerrero. ¡Claro! ¡Lo dice un patán que probablemente compartió un solo sirviente para asistirlo a él y a sus hermanos!
Morgan había tenido que escapar de sus estancias, pues entre sentirse enjaulado entre las paredes, tironeó de nuevo del cuello de su túnica y trató de no pensar en la ausencia de su espada, las ganas de retorcer el cuello de Gregory se estaban convirtiendo en ganas de retorcer el cuello de Deziel. No se le escapaba que estuvieran así por su intransigencia. De no haber abierto la boca y haberse aferrado con tanta rigidez a sus principios, Gregory habría sido ajusticiado en el momento y habría sido la Fé quien tuviera derecho a reclamar algo. Que lo dudaba. Era posible que miraran para otro lado con respecto a un asunto tan turbio.
Así que aquí estaba, a punto de despedirse del cuñado que no soportaba y su otra esposa. ¡Por el Padre! ¡Nunca en su vida pensó tener que vivir esto! El príncipe, aunque aceptó las despedidas formales, prefirió no estar acompañado a último momento por todos los nobles que querían aferrarse a él como las sanguijuelas de poder que eran. Mantener a una multitud alejada del dragón fue la excusa que dieron los Tyrell para que solo una pequeña comitiva de ellos permaneciera al final. Aunque...
Vio la cabeza de la bestia alzarse en la distancia. No era tan inmensa como Balerion, dudaba que hubiera alguna criatura tan grande como él, pero su tamaño no era nada divertido. Incluso Vaghar, la diosa de la guerra, se empequeñecía en comparación con la bestia parda. Un escalofrío de aprehensión lo recorrió. No se sentía del todo cómodo con la cercanía, y la excusa de los Tyrell empezó a sentirse menos que una excusa.
Alteza, - llamó él al ver a Maegor listo y preparado, justo antes de que lo anunciaran. Le gustaba atrapar a la gente de sorpresa - he venido a despedirme de usted y su encantadora esposa.
De espaldas a él cuando lo llamó, el segundo príncipe del reino comenzó a girarse, bastante rígido también. Una sola mirada le mostró su rostro de siempre, disgustado, aunque puede que un poco más de lo normal. El desprecio en sus ojos violetas era inconfundible, imposible de ocultar incluso tras esas tupidas pestañas. ¡Ja! ¡A pesar de ser tan masculino, el chico tenía pestañas de doncella! Tendría que burlarse de esto después.
¿Ningunas palabras amables para su buen hermano? - abrió los brazos, como si esperara un abrazo de despedida, y vio retroceder al muchacho asustado. Bien. Una victoria para él.
Lárgate, Hightower. Tu presencia no me es grata. - le escupió sin una pizca de discreción.
El grupo Tyrell, formado por los señores, su heredero y un par de caballeros y sirvientes, se alejó aún más de lo que ya habían hecho con su llegada. Si. Suponía que aunque estaban listos para pelear con la Fé, no estaban interesados en interponerse en una disputa familiar que involucrara a la realeza. Aún así, no dudaba de que tendrían los oídos abiertos.
Maegor no tardó en bufar, una mueca en su rostro, antes de dejarle atrás. Su figura, impresionante para sus cuatro y diez años y enfundada en cuero negro con detalles en rojo, destacaba contra el verde del paisaje. Interesante que también se alejara del efusivo Theo Tyrell, que llevaba suficientes anillos arriba para repartirlos con el resto de su familia.
¿Ser Morgan? - una voz femenina, aunque no aguda como a las que estaba acostumbrado, lo llamó por su retaguardia. Atrapado por sorpresa, en vez de ser el emboscador, fue su turno de girarse. Allí estaba la princesa Orthyras, con un traje de cuero marrón donde su esposo usaba el negro. El aroma afeitado del material flotaba hacia él.
¡Princesa! - acostumbrado a sorprender, no a ser el sorprendido, tardó un momento en organizarse - ¡Tan encantadora! - el galán siempre salía primero con él.
Ella detuvo su avance, y su mirada no fue de disgusto. No del todo. Más bien decepción - ¿De nuevo con esa basura?
De repente se sintió más que regañado. Como cuando su madre lo atrapaba haciendo algo malo y le decía - Eres mejor que eso - con sus delicado hombros decayendo. Esa frase, por simple que fuera, dolía más que cualquier azote.
Se aclaró la garganta y trató de rectificar, sin él mismo entender del todo porque - Mis disculpas. Es la costumbre.
Una ceja oscura se alzó, pero la chica se encogió de hombros y pareció serenarse. Un silbido corto y dijo - Vaya guardia de honor llevas allá atrás.
Morgan también los observó. Con armadura y completamente armados, cualquiera diría que temían que Morgan poseyera una fuerza sobrehumana y fuera capaz de derribarlos solo con sus manos. Aunque, le dio una pequeña contracción, quizás sospecharan que compartía el gusto de Gregory por las especias por la nariz. Y todos estaban conscientes de lo que había sido capaz de hacer el hombre.
Sí, - él se burló para aligerar todo - empiezo a creer que los Tyrell temen que yo solo tome por asalto el castillo.
Su risa fue clara y nada elegante. Primero vino un resoplido y luego la sonrisa torcida y el rostro arrugado. Nada fino, nada destinado a atraer. Morgan, que era un experto en el tema, supo que era por completo real. Y en cierta manera, muy relajante. Se relamió los labios para volver a hablar:
Princesa, - Hu. Esto era incómodo - me gustaría agradecerle por defenderme anoche.
Le agradecía inmensamente el no haberse visto obligado a dormir con ratas.
Eso. Bah. - ella lo desestimó con un gesto de la mano - Eso no es nada. No te preocupes.
Tan suelta en su forma de ser. Sus padres no debieron ser nada estrictos en su educación.
Aún así, debo agradecerle. - miren eso, el caballero dentro de él no había muerto - Mis viejos huesos le agradecen no haber tenido que dormir en el suelo.
Ella se rió, y lo miró de arriba abajo, burlándose de su frase. Cierto, aún le faltaban un par de años para cumplir treinta, pero se sentía mucho mayor de lo que era. Y aún así, estaba tan confundido. ¿Cómo es que esta chica, tan genuina y tan abierta, podía llevarse tan bien con el mocoso insufrible de Maegor Targaryen?
Disculpe mi impertinencia, - y aquí él sabía que entraba en terreno peligroso - pero debo preguntar. Usted es... es... alegre. Vivaz. ¿Cómo es que puede llevarse bien con... - un vistazo hacia el último lugar en que lo vio, y apareció un Maegor Targaryen el doble de amargado de lo habitual, pero por algún motivo, contenido de no venir a donde estaban ellos.
La princesa Orthyras siguió su mirada y saludó con un gesto efusivo de la mano - Oiga, no es un completo gruñón. Tiene sus momentos buenos.
No siquiera él supo la cara que puso, pero a la princesa se le escapó otra risa - Mira. Él también es una persona, con lados buenos y malos. También es capaz de hacer cosas tontas, o divertidas.
¿Cómo cuáles? - preguntó, genuinamente horrorizado ante la idea de que Maegor Targaryen tuviera otra versión que no fuera un león con una espina en la pata.
Mira, por ejemplo, - empezó ella a hablar con fascinación - le gustan tanto los dragones como a mí. - ¡Duh! Eso era obvio. Ambos eran Targaryen - No le molesta cuando hablo, y hablo, y hablo. Y por lo general, no me manda a callar.
Sí. Eso encantaba a la mayoría de las mujeres, aunque no veía al jovencito aguantando eso.
¡Oh! ¡Oh! ¡También hace esto! - ella saltó en el lugar - Cuando va a rodar los ojos, en vez de ponerlos en blanco empujando el... el...
- ¿El Iris?
Sí, eso. - aplaudió - En vez de solo empujar el Iris para atrás, hace esta cosa lindísima de girar el Iris por todo el ojo. ¡Es adorable!
El horror comenzó a multiplicarse dentro de él, así como una sensación de pesadez - ¡Por los Siete! ¡Estas enamorada de él!
¡¿Qué?! ¡No! - se puso seria enseguida - ¡No, no, no, no! Mira, a mi me gusta, pero ¿enamorada? No hombre, no. Que cosas más absurdas dices. - y se rascó su cuello.
A él le parecía que se estaba negando demasiado, cuando vio la marca. Allí donde sus uñas pasaban por encima de su piel, una decoloración cuya causa conocía muy bien se asomaba.
¿Eso es un chupetón? - se le escapó la pregunta.
Ella se paralizó. Sus ojos oscuros ampliándose. No tardó en arrancar de su faja un bolsillo cocido, y de dentro de él sacó un espejo de plata, que aunque no muy grande, tampoco podía decir que fuera del todo modesto.
Se distrajo pensando en que la moza no parecía del tipo vanidosa, no estaba tan bien arreglada para ser alguien que llevaba un espejo encima, para no pensar en que se acostaba con el Targaryen. Ceryse estaba segura de que no lo hacía, y él lo había creído. Se le empezó a revolver el estómago.
¡Hijo de puta! - escupió ella luego de ver la marca en el espejo y taparla con una mano - ¡¿Cuándo pasó esto?
Quizás cuando usted se revolcaba con el príncipe. - ojos oscuros y dilatados se posaron sobre él - Eso sucede - afirmó con condescendencia - cuando una actúa como una cualquiera y se prostituye.
La chica brincó, y a lo lejos, su dragón se sacudió malhumorado. En el borde de su visión, vio retroceder a unos cuantos, pero la discusión con la princesa Orthyras absorbió todo su interés.
¡Lo que yo haga con mi esposo no es asunto suyo! - ladró ella.
- Si alguien anda ensuciando la cama del marido de mi hermana, ¡es mi asunto!
¡También es mi marido! - fue su réplica.
Morgan resopló con burla - Sinceramente, ¿crees eso? Eres astuta, no una niña ingenua. - uno de sus labios se contrajo del disgusto - Deberías saber que nadie cree que su matrimonio valga un cobre. Mi hermana es la esposa de Maegor Targaryen, tu eres la concubina que es forzada a soportar.
Ella se contrajo por completo, y luego sus labios se aplanaron y apretaron. Desde su lugar, el dragón conocido como Nyxia, el Ladrón de Ovejas, hizo un sonido irrepetible y aterrador. Un gruñido-gorgoteo terminó en un sonido de succión que le erizó cada pelo del cuerpo. Más cuando notó que la bestia miraba en su dirección.
No se corre ante los depredadores. No se corre ante los depredadores. Fue lo que cantó en su cabeza, sin poder admitir que era incapaz de moverse.
Tú, - fue entonces cuando se fijó de regreso en la fiera que tenía enfrente. Sus cejas arrugadas le recordaban a alguien, y veía como abría y cerraba sus puños - tienes mucho valor para atreverte a decirme eso en la cara. Tengo que admirarlo. Pero, ¿sabes qué? - lo miró como si fuera una mosca en sus zapatos - Puedes creer lo que quieras. ¡¡¡Y yo no tengo que escuchar insultos de una puta masculina!!!
Fue su turno de estremecerse cuando el insulto golpeó en el blanco. La princesa se dio la vuelta, y lo dejó atrás sin más, encaminándose con hombros cuadrados y pasos enojados hacia Maegor. Su dragón continuaba su estremecedora serenata, haciendo que la comitiva Tyrell retrocediera paso a paso. Los guardias tratando de cubrir a sus señores, pese a saber que de ser el objetivo del animal, no sobrevivirían.
Cuando regresó su vista hacia la pareja, vio a la moza morena darle una regañina al príncipe que además de inapropiada, parecía encajar mejor para un par con cincuenta años de matrimonio. El hijo menor de Aegon registró el cuello de la chica, y en vez del disgusto esperado, vio desde aquí la aparición de una sonrisa boba en su cara. Tan boba que se veía clara incluso entre la distancia. ¡El chico lo estaba disfrutando!
Una mirada de suficiencia que le envió, fue suficiente para probar su teoría. Maegor Targaryen lo observó con triunfo, y posando una mano en la espalda baja de su esposa, la acercó para que le continuase peleando. Sin importarle ni la incorrección, ni la bestia malhumorada.
No le importaba nada más que tenerla cerca. ¿Acaso no entendía que tener a su esposa riñéndole en público, por escaso que fuera, estaba mal? ¿Qué pasaba con su orgullo?
Otro de esos sonidos de succión se repitió, alertándolo. Nyxia no se había movido, pero estaba claro quien era el objetivo de su enfado.
¡Estúpido insensato! se dijo a sí mismo. ¿Cómo vas a enfadar a una mujer con dragón? ¡Y más importante: cerca de su dragón! ¡Maldición! ¡Puta mierda! ¡¿Cómo se había olvidado del puñetero dragón?!
Respirando para calmarse, y para ocultar los temblores tardíos que le provocó la bestia, fue cuando Morgan se dio cuenta de que había exagerado un poco. Si, los dos chicos se habían acostado, pero no era su estilo enfrentar las cosas así. No había sido un crimen tan grande para descolocarlo. Ni siquiera si hermana creía, antes de todo este embrollo del matrimonio bigámico, que su esposo se mantendría célibe fuera de su cama. Los hombres poderosos tonteaban por ahí, y más los príncipes. Luego le llegó la revelación. En casi todo el rato que llevaba en Alto Jardín, Morgan no había pensado sinceramente en el bienestar de su hermana.
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Su esposa estaba regañándolo y regañándolo, y a él no podía importarle menos. No, pensó mirando al desventurado Hightower que todavía los espiaba. Estaba gozando de ser regañado. En primer lugar, su cuñado, una mueca de asco se le escapó al reconocer su parentesco, ya no tenía la atención de Ortiga. En segundo, ella estaba concentrada en quien único debería poseer su interés: él. Que estuviera un poco enfadada, se dijo mientras ella estampaba un pie en el piso y agitaba las manos, era algo secundario. Y por último y motivo principal de toda la situación, estaba la marca que su esposa señalaba una y otra vez en su cuello.
No había sido a propósito. La verdad que no. Tampoco se arrepentía ni un poquito. Esto se sentía casi como la satisfacción que llega cuando vences a un oponente muy complicado. Mmm... No. Faltaba algo.
Trató de mirar de regreso el... chupetón... Sí, así lo había llamado Ortiga. Pero lamentablemente el traje de montar, destinado a ser abrigado, lo cubría. Una lástima. Preferiría que todo el mundo lo viera. ¡Eso! La revelación le llegó. El chupetón se sentía como posar tu estandarte sobre una fortaleza conquistada. O eso suponía. No tenía esperanzas de conquistar una fortaleza muy pronto, pues ¿quién sería tan estúpido como para oponerse a sus padres? Sin embargo, la analogía era para él la misma.
La carne marcada en su cuello era un trofeo para él. No entendía la razón del enfado, no cuando quería sugerirle a su esposa que usara escotes que le permitieran mostrarla a los demás. ¿Cómo podría convencerla de...
- Maegor, ¿me estás escuchando?
Negó con la cabeza, pues no le había hecho mucho caso. Luego se contrajo. ¡Ay! Hasta él sabía que estaba mal no atender a quien se dirigía a ti. Su mujer tampoco estaba muy feliz con él. Sus brazos estaban cruzados sobre su pecho y su boca fruncida, mientras uno de sus piecesitos marcaba un compás enfadado contra el suelo. No. Su esposa no estaba nada contenta.
¿Esto te parece estúpido para tí? ¿O divertido? - reclamó ella - Te das cuenta que hasta que desaparezca - su mano señaló al área afectada bajo las capas de protección - tendré que usar ropa alta para ocultarla. ¡Y hace calor en el Dominio! ¡Voy a tener que sufrir hasta que ya no esté!
Pues no la ocultes. - si todo fuera tan fácil de solucionar como eso.
A Ortiga no le pareció tan brillante su plan.
¡Acaso estas loco! - sus ojos oscuros y almendrados se abrieron todo lo que podia, y a su boca, al contrario, le costaba cerrarse - ¡¿Acaso quieres que todos piensen que soy indecorosa e inmoral?! ¿Qué soy... ¿Qué soy una mujer de mala vida? - ella revisó los alrededores antes de lamerse los labios y preguntar con un tono más bajo - ¿Quieres que todos sepan que soy una puta? ¿Cómo mi madre? - lo último fue pronunciado con una voz rota que no encajaba con ella.
Frunció el ceño, confundido por todo. Tenía que ser una de esas veces en las que se perdía cuando la gente hablaba. Cuando escuchaba las palabras pero no procesaba bien el significado. Extraño. Esto no le solía ocurrir mucho con Ortiga.
¿A qué te refieres con ser una puta? - dobló su cuello intentando entender - ¿Cómo podría convertirte esto en una puta si estamos casados?
Ella no le supo dar respuesta, por ello continuó.
¿Quién podría pensar eso? Esto está bien si pasa dentro del matrimonio. - acarició el cuello alto, con la esperanza de volver a echarle un vistazo a la marca - Nadie puede llamarte puta. - de eso estaba segurísimo - Además, ni siquiera hemos follado. ¡Y deberíamos hacerlo! Follar, ¿sabes?
Ante su asentimiento, porque ahora que sabía que ella le gustaba, su cuerpo no perdía lo oportunidad de demandar más cercanía, su esposa le lanzó un bofetón suave por el estómago. Ni siquiera se lo sintió, se admitió mirando hacia abajo.
¿Qué? - preguntó ante su mirada torva - Lo que dije es cierto.
Los ojos de Ortiga se estrecharon y tras ella su dragón se removió un poco. A Nyxia Maegor no le agradaba mucho. No desde que trató de vincularse al dragón cuando conoció a Ortiga. Que ahora pareciera que había trasladado su rechazo hacia Morgan le pareció magnífico. Un dragón que lo odia un poco menos, alguien que no soporta un poquito más cerca de morir, una distancia asegurada entre dicho imbécil y su esposa. Todos eran cosas buenas.
Mira, esposa, - dijo con la tranquilidad de alguien que sabe que tiene la razón, y está complacido de paso - no estamos follando, e incluso si lo hiciéramos: estamos casados. Nadie, absolutamente nadie, puede llamarte puta. Eres casi lo opuesto a ello.
Ella no pareció convencida - Maegor, - la vio morderse los labios antes de seguir - ¿qué pasa si la gente no cree que nuestro matrimonio es de verdad?
Parpadeó el doble de confundido. ¿Qué? Un de sus cejas se alzó tanto que sentía como le estiraba los músculos de la cara.
Los brazos de Ortiga se soltaron, y comenzó a retorcer sus manos - ¿Qué pasa si la gente cree que solo Ceryse cuenta como tu esposa? ¿Qué no puedes tener dos esposas?
¿Quién sería tan estúpido al creer eso? - resopló con fastidio, pero viendo a Ortiga, la segura e intrépida Ortiga así, tuvo que ponerse serio - Esposa, ¿crees que alguien ve a Aenys como ilegítimo por nacer de la otra esposa de mi padre?
Ella tragó en silencio y negó con su cabeza.
- ¿Alguien se atrevería a sugerir jamás que mi madre no está casada de verdad?
¡Es diferente! - interrumpió ella.
¡Es lo mismo! - cortó él. Si un Targaryen podía tener dos esposas, ¿por qué no podía hacerlo su hijo? - Ahora, - el enfado comenzó a subirle por el pecho - ¿quién te ha dicho tales ideas ridículas?
Nadie. - ella desvió la vista. Sus botas no podían ser tan interesantes - Es algo que la mayoría piensa.
No pensabas así más temprano. - analizó él ignorando su respuesta. Alguien había provocado esto y él lo averiguaría - De hecho, no pensabas así cuando nos preparamos para salir. ¿Qué cambió de allí hasta acá? - preguntó para si mismo, acariciándose la mandíbula.
Otro bufido molesto del dragón hacia el hermano de Ceryse le dio la solución a su interrogante. Morgan... gruñó para sus adentros, pero de su lengua escapó - ¡Esa basura Hightower! ¡Ortiga!, - la regañó - eres demasiado inteligente para hacerle caso a lo que dice.
- ¡¿Pero qué pasa si tiene razón?! ¡¿Qué pasa si...
¿Cómo va a tener razón ese perro de la Fé? ¿Qué no eres mi esposa de verdad? ¡Ja! Ortiga, no olvides que fueron ellos quienes aceptaron dos novias en lugar de una. - tomó sus hombros y acercó los rostros de ambos - Fue el propio tío de Ceryse quien ungió el matrimonio, así que olvida esas sandeces que te haya dicho. Esa rata trepadora, y así los llama madre, - para que no creyera que el rechazo venía solo de él - solo busca aprovecharse y pasarte por encima usando cualquier excusa que encuentre.
Ortiga, su feroz Ortiga, persistía en sentirse menos. ¿Cómo lo arreglaba?
Esposa, - tomó su barbilla y la alzó - no voy a decir que los comienzos no importan, porque lo hacen. Pero al final, lo que realmente cuenta es quien eres ahora. Y tú eres una astuta y valiente jinete de dragón. No puedes hacerle caso a lo que digan aquellos que están por debajo de tí. ¿Entiendes?
Yo... - sus ojos saltaron de un lado a otro hasta detenerse en él. Ella suspiró y dejó escapar todo el aire que tenía adentro - Supongo que tienes razón. - aunque puso su sonrisa, había algo dentro de ella que carecía de su energía de siempre - Bueno, al menos nos largamos de aquí y lo dejamos atrás, ¿verdad?
Tenía razón, pero no le gustaba como lo expresó. Fue a indagar cuando una vocecita chillona llamó a lo lejos:
- ¡Princesa! ¡Príncipe! ¡Ya estoy listo y completamente abrigado!
Se puso rígido, y más cuando vio avanzar a Fannar Tyrell en toda carrera en dirección hacia ellos. Envuelto en unas cuantas capas de ropa, por supuesto, para espantar al frío que llegaría con el viaje en dragón. Sin embargo, no avanzó mucho porque lady Tyrell, en un movimiento poco elegante, se abalanzó sobre él y lo sostuvo incluso antes de que pudieran hacerlo los guardias. La dama desconfiaba de la bestia de Ortiga y su obvia mala disposición, y parecía renuente a dejar que su sobrino se acercara al peligro.
¿No podemos dejarlo atrás? - fue el primer pensamiento que le atravesó el cerebro y lo pronunció en voz alta.
¿Eh? - esta vez, la confundida era ella.
El niño, - lo señaló con la barbilla - ¿tiene que ir con nosotros? ¿No puede ir detrás? No sé, - pateó el suelo - ¿con el resto de sus pertenencias que enviará su familia?
Trató de sonreír esperanzado de que esta nueva opción pareciera apropiada. El morral con sus cambios de túnica y otras cosas más básicas ya estaba atado a la grupa de la silla. El Ladrón de Ovejas, con su tamaño, ni siquiera sentiría el peso. Sus otras posesiones serían enviadas a Rocadragón, ya fuera por tierra o por mar. ¿Por qué no enviar al mocoso con ellas?
¿Qué? ¿Por qué? - Ortiga estaba pasmada - Maegor, vinimos aquí a buscar a mi escudero. ¿Por qué nos iríamos sin él?
Porque las cosas han cambiado entre nosotros. Fue lo que no dijo. Solo podía recordar como fue el trayecto hasta acá, ellos solos la mayoría del tiempo, e imaginar cómo sería el regreso. Tanto tiempo sin miradas sobre ellos. Solo esposo y esposa en un viaje en su dragón. Se le antojaba delicioso, y correcto. Así debían ser las parejas. El niño, miró hacia donde estaba, con la dama de Alto Jardín abrazándolo y él intentando escapar, ¡el niño sería un estorbo! ¡Quería estar a solas con su mujer!
Maegor, - Ortiga puso las manos en sus caderas, sus muy bonitas y anchas caderas, caderas que él había apretado y medido muy bien, y volvió a ser la chica algo mandona que sabía que era - no voy a enviar a un niño bajo mi responsabilidad a atravesar medio continente sin supervisión.
No será sin supervisión. - intentó mediar él - De seguro habrá guardias.
Ella no estaba impresionada con su lógica.
A ver, quizás por tierra no sea lo más inteligente mandarlo. - la distancia era larga, y para mayor seguridad deberían alinearse con una caravana con guardias y comerciantes. Los caminos eran sinuosos y nunca faltaba el bandido estúpido que se atrevía a asaltar a los viajeros - Pero por mar sería más rápido.
¿En serio? - las comisuras caídas hacia abajo eran una señal obvia de que no le gustaba el plan.
Mira, se que tendría que bordear el continente... - y pasar frente a las costas de Dorne, y atravesar las aguas de los Peldaños de Piedra, infestadas de Piratas dornienses, de las Ciudades Libres, de las Tierras en discordia y de una docena de lugares. Además de las aguas traicioneras de Bastión de Tormentas. Apretó los dientes. Mientras más lo pensaba, más le sonaba una mala idea.
No olvides que ya todo está listo para que partamos, Maegor. - su esposa había vuelto a su yo risueña, puede que disfrutando su lucha interna no-tan-interna - ¿En serio vas a alterar tú mismo, tu perfecta planificación?
¡Por supuesto que no! dijo su lado sensato. Y no le quedó más remedio que aceptar que el niño vendría. ¡Ay! ¡Maldita sea! Su esposa tenía la razón. Sin embargo no le gustaba. Pero no le quedaba más remedio que aguantarse y sufrir.
Alzó la mano e hizo un gesto para que el mocoso se acercara. Si tenían que cuidarlo, al menos lo harían bien. A su llegada, le enderezó las pieles con las que estaba abrigado y se tragó la irritación que sentía por la felicidad del niño por venir con ellos. Sus comentarios entusiasmados sobre la ruta a recorrer.
Él sí que no estaba feliz. Para nada. Hubiera preferido mil veces que los únicos encima del dragón fueran Ortiga y él. Por ello, y a pesar de que iba contra su forma de ser, no pudo evitar refunfuñar para sus adentros: ¿Por qué tenía que soportar esto él?
Agarró al pequeño idiota por la faja cuando lo vio avanzar hacia el dragón. Ante sus ojos grandes le tocó decir - ¡¿Qué he dicho?! Ortiga primero, y solo después pueden montar los demás.
Lo sabía, mi príncipe. Se lo juró. No iba a montar todavía. - exclamó el renacuajo, a pesar de que había sido Maegor quien lo había tenido que detener.
Tuvo que contener un suspiro. Durante el intercambio, la bestia parda de su esposa desvió su dragonil cabeza hacia ellos, y Maegor estaba seguro de que entendía lo que estaba sintiendo. Segurísimo. Los dragones eran criaturas inteligentes, más que cualquier otro animal sobre la tierra, y este, de todos ellos, parecía disfrutar de su sufrimiento. Un resoplido con aliento de reptil fue lanzado en su dirección y la del niño, y no quedó más nada que hacer que recibirlo.
No supo que fue peor, el hedor que traía consigo, o el calor que pareció obligar a que el olor se adhiriera a ellos.
Fannar empezó con - ¡Puagh! ¡Agh! ¡Qué asco! - gritado con una sonrisa abierta, lo que no tenía sentido. La risa de Ortiga no tardó en llegar. No le pasó por alto que esta estuviera a una distancia segura y no fuera objetivo del fétido ataque. Nyxia amaba a Ortiga, ella nunca sería su víctima, pero no dudaría en hacerle sentir su desprecio a Maegor. Miró a la bestia, y miró a su nuevo acompañante chillón y solo pudo suponer:
Este viaje iba a ser insoportable y largo.
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Previo a la partida de los príncipes, desde una de las blancas agujas que coronaban el que fue el hogar de Garth, el de la mano verde, docenas de cuervos partieron en todas direcciones para repartir sus mensajes. Sin embargo, lo que transmitirían no se encontraba solo escrito en papel, sino que estaba allí para quien supiera buscar.
Los cielos que surcaban no estaban exentos de peligros. Aves de presa que buscarían alimentarse de un solitario córvido. Vientos erráticos o temporales inclementes podrían acompañarlos. No faltaría mencionar que un depredador más grande remontaba como ellos ciertas corrientes de aire. Pero los cuervos no se preocupaban. A menos que despertaras su furia, los dragones no tenían interés en ellos, y no los amenazarían siempre que ellos no perturbaran primero su paz.
El mundo podría contener la respiración ante su presencia, sin embargo, entre ambas especies figuraba una pactada y silenciosa tregua. Aún así, eso no significaba no mantenerse alerta ante la cercanía inapropiada de las bestias. Poniente había sido primero de los cuervos, no de los reptiles gigantes. Eran extranjeros en tierras extrañas, pese a su magnificencia, y la sangre de la antigua Valyria no lo debía olvidar. Aunque sí, las circunstancias los habían forzado a convivir.
Misteriosos son los caminos que toma la vida, ya que criaturas tan semejantes y a la vez tan distintas compartían inequívocamente el mismo espacio. Sin embargo los cuervos abrían sus alas y volaban sin inmutarse a través de sus tierras ancestrales y siguiendo el paso posterior de los días. Para ellos el cielo bajo los dragones no era algo que temer.
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En los días subsecuentes a la marcha de la realeza de Alto Jardín, nuevas bandadas abandonaron la fortaleza ancestral de los Gardener. Solo que las plumas de estas criaturas venían en docenas de estilos y colores diferentes.
Al final también transmitirían sus mensajes, pero ella, como señora de la Casa Tyrell y a punto de enfrentarse a un enemigo tan grande como era la Fé, esperaba que hicieran algo más.
Márchense y graznen, pensó, y cuéntenle a amigos y vecinos lo ocurrido. Enfurézcanse, teman, preocúpense, pero que todos lleguen a la misma conclusión: esto que pasó es inadmisible, y no puede permitirse que sea la Fé quien controle la seguridad en la que descansa la sangre noble.
Por ello se encontraba aquí, despidiendo comitiva tras comitiva. Apretando la mano de aliados que consideraba seguros, o tan seguros como pudieran ser este grupo calculador, obstinado y orgulloso que era la nobleza. Susurrando en el oído de aquellos que se encontraban tambaleantes: agitando el miedo en algunos, avivando la indignación en otros. Lo que fuera necesario para fortalecer un poco más su posición. Para que al reclamo de los Tyrell se unieran mil voces, ya fueran grandes o pequeñas. Lo que importaba, al menos al inicio, era el estruendo.
¡Ah! Ahora tendría que despedir a alguien que no necesitaba convencimiento. Y que a diferencia de la mayoría, no había sacrificado ningún ave para incluir en su indumentaria los últimos caprichos de la moda.
¡Oh! ¡Sam! Sinceramente, tu partida será sentida por mí. - estiró las manos para recibir su adiós - Lleva de paso mis buenos deseos a Colina Cuerno, y dile a tu padre que rezo por su recuperación.
Demasiado joven para aceptar su amabilidad con la política necesaria, Samwell Tarly resopló - Mi padre será el primero en decirle que guarde sus rezos para quienes lo necesiten. Todavía le queda sangre dorniense por derramar.
Apenas año y medio menor que el sucesor de Aegon, no podrían haber dos personas más distintas en carácter, se dio cuenta de repente. Opuestos en cada sentido, uno artístico y el otro un guerrero de pura casta. Una lástima que el segundo hijo del rey no lo hubiera conocido a profundidad, pues los veía siendo afines. O quizás solo era ella intentando reunir a sus niños solitarios.
Ignorante de sus pensamientos, el joven puso sus ojos en blanco ante sus propias palabras y ella solo pudo dar un asentimiento suave. El padre del muchacho estaba cada vez más deteriorado, y aunque desde hacía un par de años todos predecían su pronta muerte, el viejo terco se resistía. Sin embargo, todos estaban de acuerdo en que su hijo, el niño frente a ella, heredaría su feudo ancestral antes de los veinte años.
Se fijó en el grupo que iba tras él - Lord Hunt y sus herederos. - la política siempre se entrometía en cada rincón, así que aprovechando su cercanía susurró - Bien hecho, Sam. Mantén cerca a tus principales vasallos. Que no crean que pueden sobrepasarte, pero se vean a su vez compartiendo las glorias de tu mesa.
Joven, demasiado joven para la carga que llevaba y que pronto aumentaría, Samy apretó sus labios y asintió. La sucesión, aún siendo él el adorado y único hijo de Lord Tarly, no era una cosa segura. Tíos mayores y otros buitres ya rondaban, sugiriendo que su edad podía ser un impedimento para suceder al título, sin importar que de facto Sam ya gobernaba.
- Si, mi lady. Yo siempre sigo sus consejos como si fueran las palabras de mi propia madre.
Ella se enterneció, después de todo, Samwell era para ella otro de sus pollitos perdidos. Otros de esos niños que ella acogía bajo sus alas. No importaba que hacía ya rato que la superaba en altura.
Puedo preguntarle, - Sam espió las puertas - ¿qué hace acá afuera despidiendo a los grupos?
Los nobles que se marchaban de Alto Jardín deberían despedirse de la familia gobernante y no al revés, más cuando eran varios y de estatus más bajo. Y así sucedía. Su marido recibía el primer adiós dentro de la edificación y ella estaba aquí...
Estoy reforzando nuestra posición. - admitió sin prestarle mucho interés, evaluando la próxima comitiva. Algunos Vryrnel. Presas fáciles, ya que podía decirse que apoyaban a los Tyrell, y lo suficientemente importantes para que su voz no fuera totalmente ignorada cuando llegaran a Antigua.
¡Esto es un insulto! - escupió Sam, y ella saltó ante su exclamación. Tras la espalda del joven heredero, el grupo de acompañantes se removió incómodo pero sin intervenir.
- ¿Sam?
Lady Aleria fue atacada frente a todos nosotros. - cuando apretó su puño, lo vio temblar de la furia contenida - En su propia Casa. Ese bastardo Hijo del Guerrero - pronunció con sorna, su labio elevándose del disgusto - ¡debería haber sido colgado de las murallas!
Aunque los sucesores de lord Hunt aprobaron lo dicho, su señor padre permaneció estoico. A su favor, no se le pasó por alto que no negaba, y había un brillo aprobador en él. La impetuosidad del Tarly se imponía, pero también podía decirse que era el altavoz de su estamento. Muchos lo escucharían, pues se atrevía a decir en voz alta lo que muchos pensaban.
- Samwell, conoces el principio. Solo la Fé puede juzgar a sus miembros. Nosotros intentamos abrir un hueco ahí, pero...
¡Pues no debería ser así! - estalló - Si un hombre alza la mano contra una mujer de sangre noble, la justicia debería ser inmediata. Ya sea por la espada o por el hacha. Servida por hombres de verdad, no por septones envueltos en sotanas.
El desprecio de los Tarly por la pacífica vida en el clero salía a relucir. Los varones nacieron para pelear. Y las mujeres para criar a dichos varones. Cualquier otra cosa era inaceptable, y Samwell, feroz defensor de las tradiciones de su hogar, no creería lo contrario.
¿Lo dice un joven iracundo o el belicoso heredero de los Tarly? - preguntó ella para aligerar la tensión.
Lo digo yo. - respondió con fiereza, solo para bajar un poco la intensidad al percatarse de contra quién la empuñaba - ¿Acaso no puedo ser ambos? - preguntó bajito, siendo más el pequeño Samy que Samwell.
Puedes serlo conmigo, - ella acarició sus rizos - sin embargo no debes dejar que nadie vea en ti ninguna debilidad. No ahora. No importa que sea falta de fuerzas o exceso de ardor juvenil. - apretó su hombro - Debes ser lo que ya eres, Samwell Tarly el osado, el hijo que todo padre desea y el hombre que todo noble debe aspirar a ser. No debes dejarte llevar por tus pasiones.
- Es difícil...
Es necesario. - interrumpió ella, y su rostro se tornó pétreo hasta que él le dio la respuesta esperada.
Lo sé. Lo sé. - asintió antes de apretar la mandíbula - Sin embargo no me gusta. Un tribunal para un hombre que todos saben culpable. - se burló.
Así es el mundo, Sam. - rectificó ella, enderezándose y volviendo a ser la Señora de Alto Jardín - Y nosotros somos los que debemos encajar en él.
Acogido en Alto Jardín, pese a lo mucho que le costó a su padre separarse de él, aunque nunca lo admitiría, la nueva generación Tarly crecería con vínculos cercanos a los Tyrell. Ella no tenía nada que ver con su educación como caballero, pero cuando se trataba de papel y pluma, y los tejemanejes de la política, no se le podía dejar todo el trabajo al maestre. Su esposo lo había aprobado, cualquier cosa que fortaleciera sus alianzas. No entendía que cuidar de estos chicos también llenaba una necesidad egoísta dentro de ella. Y como tal, Samwell había resultado tener una cercanía a ella aún mayor de lo que se esperaba de un pupilo.
Por ello, cuando soltó de repente un - ¿Qué necesitas de mí? - no fue considerado para ella algo inesperado del impetuso chico.
Necesito que seas quien eres. - afirmó ella con un resoplido de diversión - La voz de la indignación noble. Que todo el que te escuche no sólo oiga de lo ocurrido, sino de lo que debe ocurrir. De como debe arreglarse la situación.
El muchacho sonrió, con esa chispa de picardía que tienen los que obtienen lo que desearon - Entonces, ¿debo quejarme y rezongar como una vieja? - palmeó con fuerza su rodilla - No se preocupe. Si no puedo actuar, todos a mi alrededor sabrán como yo lo hubiera hecho, y lo que pienso de todo esto. - finalizó.
Ay, Sam. Reaccionas muy bien para alguien que está siendo manipulado en mi interés. - confesó ella, sabiendo o más bien esperando, que Samwell hubiera adivinado sus intenciones desde el inicio. No importa que quisiera ser un hombre de acción, y que no le interesaran las intrigas cortesanas. En la nobleza, si no entiendes de estas cosas, era lo mismo que tener un brazo atado a la espalda en medio de la batalla.
Ella le había enseñado mejor.
Ah, mi lady. - le dedicó un guiño pícaro - No es manipulación si sé lo que quieres y yo quiero hacerlo.
Oh, Samy, pensó para sus adentros, aún tienes mucho que aprender.
Más tarde, mucho más tarde, ella había terminado de despedir a los que se marchaban. Al menos por hoy. En los próximos días, otras familias también partirían y sus acciones se repetirían. Sin embargo, aún quedaba mucho por hacer. Visitó a su hija, que continuaba con el aire de fragilidad que la caracterizaba, y por una vez ella no sabía si era buscado o fingido. Su esposo y su hijo mayor continuaban los preparativos para el viaje, y ella se encargó del transporte de su criminal encargado.
Encima de una carreta había una jaula, y era una jaula donde viajaría todo el trayecto Gregory Bulwer. Para que todo el que lo viera preguntara lo sucedido, y se enterara de lo que hizo. Los guardias, los sirvientes, cualquier miembro de su caravana, había sido informado de una forma u otra que no debían contener la lengua. Puede que el pueblo llano no fuera afectado por lo que planeaban hacer, pero ¿cómo se vería la Fé si protegía a un hombre despreciado por la nobleza y la plebe? Y lo pasearía en jaula, para que todos tuvieran presente que era un monstruo que contener y no sólo un hombre que juzgar.
Incluso llegó a visitar a Bertrand, un corto agradecimiento por haber salido de su estupor por el bien de su familia, aunque no le pudo dar más. Sus labios temblaron. Simplemente no podía.
Ya cuando estaba casi recuperada llegó a sus habitaciones. A su sillón con su mesita. Donde reposaban sus agujas de tejer. ¡Cómo las odiaba! Y desde allí miró ese lugar por la ventana. Quien siguiera su vista, no encontraría nada raro. La imagen que contemplaba era un jardín perfectamente cuidado, como los que abundaban en el castillo. La única excepción, si podía llamarse así, y que no destacaba demasiado, era la presencia de un simple rosal blanco en una tierra donde gobernaban las rosas doradas. Ella abandonó todo para ir junto a él.
Avanzó en silencio ante lo que otros consideraban un simple arbusto. Bonito y sencillo, pero solo un arbusto.
Me marcho. - admitió ante la nada, y aunque lo supiera no pudo detenerse - Cuando lo haga, dejaré encargado al jardinero tu cuidado. Él será el que te riegue.
Una planta no le iba a responder. No importaba. Se le aguaron los ojos y se dio la vuelta. No pudo dar dos pasos antes de que una caprichosa lágrima se le escapara y la obligara a detenerse.
Se volvió hacia atrás, hacia el solitario rosal, para terminar de despedirse - Mamá te extrañará.
Los cielos son crueles, mi niño. Ojalá nos protejan como no te protegieron a ti.