ID de la obra: 961

Finjamos un "sí"

Het
R
En progreso
4
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 224 páginas, 111.980 palabras, 38 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
Compartir:
4 Me gusta 4 Comentarios 1 Para la colección Descargar

Capítulo 34

Ajustes de texto
Cada dia con Patrick se hace mas facil, mas rutinario y mucho mas comodo. Asi que hoy al igual que siempre estoy en mi escritorio, concentrada en el trabajo, cuando veo a Marc entrar en la oficina de Patrick. Hemos tenido unas semanas tensas desde aquella visita incómoda de Jana. Todo sigue igual, pero siento que algo está a punto de estallar. Marc entra sin tocar, como siempre. Desde mi lugar, puedo verlos hablar. Patrick se pone de pie. Luego, gira lentamente su rostro y cruza su mirada con la mía. Me encuentra, como si supiera que lo estaba observando desde el primer momento. Su mirada me inquieta. Hay algo en sus ojos que me hace saber que algo no está bien. Preocupación. Urgencia. Dolor, tal vez. Marc sigue hablando, moviendo las manos como si explicara algo importante. Pero Patrick no le presta atención. Sigue mirándome. Como si quisiera correr hacia donde yo estoy. Como si estuviera a punto de hacer algo que no quiere hacer. Y entonces vuelve la mirada a Marc . Asiente. Una vez y luego ambos salen de la oficina. Veo cómo se abren las puertas del ascensor. Patrick entra sin decir una palabra. Sus ojos siguen fijos en los míos hasta el último segundo, hasta que las puertas se cierran y desaparece. —¿Qué fue eso? —pregunta Karol a mi lado, sacándome de mi trance. —No... no lo sé —respondo, apenas en un susurro. Tomo mi celular y le escribo un mensaje.                                 Sofía : ¿Qué pasó? ¿Estás bien? — 11:05 a.m. Dejo el celular a un lado. Intento seguir trabajando. Intento no pensar en nada que no sea mi lista de pendientes. Puede que no sea nada. Pero sé que no voy a poder concentrarme. No dejo de pensar en su mirada en como sus ojos encontraron los mios y me dijeron mas de mil palabras.  Horas después, vuelvo a mirar el celular. Nada. Ni una respuesta. Ni un visto. Ni una doble palomita. —¿Te dijeron algo? ¿Te respondió? —pregunta Karol de nuevo, esta vez con un tono más bajo. —No. Debe estar en una reunión muy importante. — le respondo, aunque más para convencerme a mí misma que a ella. Patrick siempre contesta. SIEMPRE. Incluso cuando está en medio de reuniones. Incluso cuando le mando mensajes absurdos preguntando si prefiere los chocolates o las gomitas. Siempre. Miro de nuevo. El mensaje ni siquiera se ha entregado. El silencio es peor que cualquier respuesta. Cuando llego a casa ese día, su carro no está. Tampoco estaba en el estacionamiento de la oficina cuando salí en la tarde. Entro. Naga corre a recibirme, y eso me calma un poco. Me encargo de ella: agua, comida, caricias. Se queda a mi lado un rato, y cuando se aburre de mí, vuelve al jardín. Me voy directo a la sala de estar y todo asiento en uno de los sillones. Siento el corazón latiendo raro, asi que tomo el celular y le escribo nuevo.                                       Sofía : ¿Patrick, estás bien? — 5:38 p.m.  Espero un poco.                                       Sofía : ¿Me podrías contestar? — 5:40 p.m.  Espero un poco mas.                                       Sofía : Por favor. — 5:50 p.m. Nada. Ni una señal. Ni una palomita azul. Ni una palomita gris. Nada. Siento un vacío en el pecho que no sé cómo llenar mi angustia. Tamborileo los dedos contra la carcasa del celular. Me levanto del sillón donde he estado esperando. Camino de un lado a otro. Tal vez tenga una agenda guardada con su itinerario. Tal vez tenía una reunión muy importante y simplemente no me dijo nada. Quizá Marc solo vino a llevarlo a una reunión de emergencia. Subo al segundo piso y empujo la puerta de su cuarto. Pero está vacío. No hay ropa, ni zapatos. Ni siquiera están las sábanas verdes que tanto me gustaban. No queda nada. Como si nunca hubiera dormido ahí, como si Patrick no hubiera existido más allá de mi imaginación. Me quedo inmóvil en el marco de la puerta, paralizada. —¿Qué pasó aquí?— pregunto para mi misma.  Mi respiración se acelera. Me cuesta tomar aire. Siento que me ahogo. Estoy a punto de entrar en pánico. Me abrazo a mí misma, cruzando los brazos sobre las costillas como si pudiera sostenerme, como si así pudiera evitar romperme en pedazos. Tomo el celular. Si no contesta los mensajes, al menos una llamada... Marco su número. —El número que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio. Le sugerimos llamar más tarde —dice una voz robótica, indiferente. Cuelgo. Vuelvo a marcar. Nada. Vuelvo a marcar. Nada. Vuelvo a marcar. Nada. Tengo el numero de Marc , lo llamo también y nada, esta igual. —¿Qué...? ¿Qué está pasando? Estoy confundida. Desorientada. Patrick no se iría así. No sin decir nada. No sin dejar un rastro. Me acerco a la cama. Las almohadas, sin fundas, están ahí como un lienzo blanco, virgen, como si nadie las hubiera tocado. Tomo una de ellas y la acerco a mi rostro. Aún huele a él. Ese aroma es lo único que me confirma que fue real. Que sí estuvo aquí. Que no lo inventé. Bajo corriendo a su oficina. Tal vez ahí haya algo. Pero esta vacía. No están sus libros. No está el violonchelo. No está su computadora, ni su libreta negra. Nada. Como si lo hubieran borrado. Salgo al patio. Camino hasta la pequeña casita de madera donde tenía sus herramientas de ejercicio.Nada. Ni siquiera está el mat de yoga. —¿Cómo...? ¿Cómo es posible? Todo. Se lo llevaron todo. Entro a la casa aun desorientada. Esa noche me quedo sentada en la sala, esperando con Naga en mi regazo para darme soporte. Mirando la puerta, convencida de que en cualquier momento va a abrirse. Que Patrick va a entrar con una excusa absurda, que todo fue una mala broma, diciendo que fue un malentendido, o que se fue por algo urgente y que va a explicarlo todo. Que volverá. Pero no hay ningún sonido. Solo escucho a Naga que me deja un momento para ir a beber agua en la cocina y luego solo vuelva a mi regazo. Nada más. La sala se oscurece. Yo sigo ahí, sentada, abrazada a mí misma en la penumbra. Patrick duró dos semanas conmigo. Solo dos semanas aquí antes de desaparecer. Solo dos semanas en la que pensé que si estaríamos juntos. En la que estaba convencida de que habíamos ganado. Y entonces rompo a llorar. Porque se fue. Porque no me dijo nada. Porque me dejó. Porque ni siquiera sé si volverá. Lloro tanto que me quedo dormida en el sillón. Cuando despierto es gracias a un dolor horrible en la espalda y otro peor, en el pecho. El del corazón. El que no se calma con masajes ni con café. El que no se si sanara. Cuando logro recuperar la compostura compruebo el celular. Sigue igual. Nada. Ni una notificación. Me levanto. Me visto. Me preparo a toda prisa. No sé por qué, pero tengo la esperanza de que tal vez hoy regrese. Que lo veré en la oficina, que todo fue un mal sueño y talvez solo tuvee un colapso de tanto trabajar. Llego más temprano de lo usual. Estaciono en mi lugar habitual. Pero el espacio de Patrick está vacío. Vacío. Otra vez. ¿Debería reportarlo como desaparecido? ¿No se supone que se esperan 24 horas para eso? ¿Pero cómo explico que mi esposo por contrato, el hombre que amo ha desaparecido? Llego a mi escritorio. La oficina de Patrick está vacía, pero lo más extraño es que no parece haber ningún tipo de caos o sorpresa en los rostros de los demás empleados.  Todo sigue como si nada. Entonces Don Mario se acerca a nuestro grupo de trabajo. Su rostro tiene una expresión neutra, pero su llegada me pone en alerta. —Buenos días a todos. Todos respondemos como niños en una sala de clases, un tímido "buenos días" al unísono. —Bueno —dice con tono firme—, tengo un anuncio que darles de parte de los jefes superiores. Mi corazón comienza a acelerarse. Él sabe algo. Él tiene noticias. Noticias que yo no tengo. —Nuestro querido jefe, Patrick Reggin, ha vuelto a Irlanda por un asunto personal. Me quedo helada. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Volvió a Irlanda? ¿Así, de la nada? No tiene sentido. Nada de esto tiene sentido. Me lo hubiera dicho. Lo hubiera impedido. jamás se iría así. Su mirada se cruza con la mía por un segundo. Como si esperara que yo supiera de qué está hablando. Pero no sé. No entiendo nada. Y él aparta la mirada enseguida para continuar: —A partir de ahora, trabajaremos con él de forma remota, por medio de videollamadas o a través de su asistente, el señor Harrison… también conocido como Marc . Sé que lo han visto por los pasillos en alguna ocasión, así que él estará viniendo ocasionalmente por cualquier asunto de dirección que esté fuera de mis manos. Por el momento esas son las noticias que tenemos asi que muchas gracias por su atención —concluye Don Mario—. Pueden volver a sus tareas. Levanta la mano como despedida y se va. En cuanto se aleja, las voces comienzan a llenarse de especulaciones. Todos cuchichean, lanzan teorías sobre el porqué de la repentina partida de Patrick. Yo, yo solo puedo quedarme quieta. La garganta cerrada. El pecho apretado. Me cuesta respirar.  ¿Desde cuándo el oxígeno es tan escaso? Siento que mis pulmones ya no funcionan bien. Entonces Karol se me acerca en silencio y me susurra: —Amiga… ¿pasó algo entre ustedes? La miro, pero mis ojos ya están empañados. Todo se vuelve borroso. Siento que en cualquier momento voy a romper en llanto, y no quiero hacerlo frente a todos. Karol toma mi mano sin decir nada más y me lleva al baño. Una vez ahí, cierra la puerta y me sostiene las manos. Sabe que no estoy bien. Me conoce lo suficiente para entender que no necesito decirle mucho. Pero igual hablo. —No sé —murmuro, apenas con un hilo de voz—. No hice nada mal. Yo no… —Amiga —dice con ternura—, no te culpes. Sea lo que sea que esté pasando, no es tu culpa. —Le mandé mensajes. Lo llamé… —la miro como si pudiera encontrar una explicación en sus ojos—. Suena patético, ¿verdad? —No, no digas eso —responde con firmeza. — es tu esposo, es lógico que estés preocupada. —Claro que sí. Se fue. Me dejó. — se me rompe la voz. —¡No! —dice Karol, con más convicción que yo misma—. No. Él es un idiota. Y no te merece. —Amiga… —susurro sin aliento, como si buscara aire o respuestas en el rostro de alguien que no tiene por qué dármelas. Karol no responde. Solo me mira con esos ojos llenos de empatía y me abraza fuerte. Entonces lloro en sus brazos. Lloro como si con cada lágrima pudiera sacarme el nudo del pecho, el peso en los hombros, el hueco que Patrick dejó. Estamos así por al menos treinta minutos. Ella no dice nada más. Solo se queda conmigo, sosteniéndome, pasándome papel higiénico de vez en cuando para que pueda secarme la nariz o los ojos… y volver a llorar. ................................................................................................................................................................ Ha pasado más de un mes desde que Patrick se fue. Desde entonces, no he recibido ni una sola palabra suya. Nada. Solo los breves y vagos comentarios de Don Mario, que a veces menciona que Patrick está trabajando desde Irlanda. Marc no se ha vuelto a aparecer por la oficina. Lo estoy esperando. Estoy desesperada por verlo, por preguntarle algo, cualquier cosa, lo que sea que me dé una respuesta. Que me diga qué pasó, que me dé, aunque sea un insulto, un "no te quiere ver más". Pero necesito algo. Cualquier cosa. Hace una semana me mudé a su cuarto. Sí. Me pasé a dormir ahí. Solo para poder retener un poco más de su olor en las sábanas, en la almohada, en el aire. Pero ya se está desvaneciendo. Su olor se mezcla con el mío, y cada noche lo siento menos. Lo estoy perdiendo. La casa está vacía de él. Su energía, su presencia, su voz. Su oficina está igual de vacía. Como si nunca hubiera vivido ahí. No dejó nada. Ni una prenda, ni una nota, ni un libro. Nada. Solo su número en mi celular. Eso es todo lo que tengo de él. Y lo uso como mi diario. Todos los días le escribo. Como una loca. Lo sé, pero lo necesito. Estoy como alguien que sigue esperando que él, de alguna manera, todavía me lea. No me importa si no contesta solo que los lea. Mis mensajes no se entregan. No hay doble check. No hay palomita azul. Nada. Solo vacío. Pero aun así le escribo.                               Sofía : Hola, hoy tuve un buen día. Ya pude comer sin vomitar. Se que te puede parecer asqueroso, pero bueno es algo que estoy trabajando y queria que lo supieras – 8:00 p.m.                                 Sofía : ¿Cómo estuvo tu día? Hoy Karol hizo algo muy gracioso. Te hubieras reído muchisimo. – 4:30 p.m.                               Sofía : Hola. Fui a visitar a mis papás el día de hoy. Preguntaron por ti. Les dije que estás muy ocupado en Irlanda. No quiero que te odien o que piensen mal de ti. Espero que estés bien. – 9:00 p.m. También intenté enviarle correos. Todos rebotan. Como si nunca hubiera existido. Como si su dirección de correo fuera tan ficticia como nuestra historia.  Me siento patética pero es la unica manera de sacar todo lo que tengo dentro. Los días mas dificiles son cuando me despierto en la madrugada por que sueño con él y lo busco en la noche.                             Sofía : Te extraño. – 2:00 a.m.                              Sofía : Espero que estés bien. – 2:01 a.m.                              Sofía : Aún te amo. – 2:02 a.m. Últimamente me duermo llorando. A veces durante una hora, otras, dos. Ya no sé si estoy llorando por tristeza, por rabia o simplemente por costumbre. En la oficina todos me miran con cara de lástima. Intento parecer fuerte, mantenerme entera. Pero las ojeras me delatan. Y mis silencios también. Siento que estoy rota. Y me molesta saber que fue Patrick el que lo hizo y aun así no puedo odiarlo. Recibo una llamada. Miro la pantalla con un pequeño rayo de esperanza, como si, después de dos meses, aún creyera que podría ser él. Lo peor es que sí… aún lo espero. Y probablemente siempre lo espere. Pero no. Hoy es Melissa. Suspiro, intentando no sentirme decepcionada. —¿Aló? —contesto sin entusiasmo. Ya ni me importa contestar en la oficina. A estas alturas, nadie me dice nada. —Sofí , tenemos que hablar —dice Melissa desde el otro lado, con ese tono que ya me hace fruncir el ceño. —Estoy ocupada, Me. —No por celular. En la vida real. Elena y yo vamos a ir hoy a tu casa. Tenemos la llave, así que cuando llegues ya estaremos ahí. Solo te aviso, para que no pienses que es alguien extraño si escuchas ruido en la cocina. O ves luces en la casa. Lo saben. Saben que todos los días espero. Que sigo esperando. Como una tonta. —Ok —digo simplemente, y cuelgo. Cuando llego a casa, las luces están encendidas. Me quedo un momento frente a la puerta. Me molesta que cada cosa, cada pequeño momento me hace recordarlo. Respiro hondo. Recuerdo cuando Patrick estaba adentro. Esperándome con su platillo favorito. O buscando una película que quería ver, aunque yo ya la hubiese visto mil veces. Pero verla con él era otra cosa. Era… todo. Odio verme tan patética pero no se que mas hacer. Tengo el corazón roto. Abro la puerta y ahí están mis dos hermanas en la cocina. Cocinando algo como si esta fuera una noche normal, como si yo tuviera ganas de comer. Como si el mundo no se me hubiera desmoronado encima. —Hola —digo sin ganas. Aunque, debo admitirlo… saludar a alguien después de tanto tiempo sintiéndome sola se siente un poco reconfortante. Dejo mi bolso en la silla junto a la puerta y me dirijo hacia ellas, arrastrando los pies. Estoy en mi casa puedo ser dramática. —Hola —me dicen casi al unísono, con sonrisas suaves. —Toma asiento, debes estar agotada tras un largo día de trabajo —dice Elena mientras sirve algo caliente en una taza. —No tengo hambre —respondo automáticamente. —No es para que comas, es té —aclara Melissa, dejando otra taza frente a mí—. De manzanilla con jengibre. Para el alma rota. Me quedo ahí, parada unos segundos más. Luego suspiro y me dejo caer en la silla. Siento el calor de la taza en mis manos. Casi se me llenan los ojos de lágrimas solo por eso. Hace cuánto no tenía una conversación tranquila con alguien que me conoce. Que me ve. Que me pueden entender mas de lo que quisiera admitir. —¿Qué pasa? —pregunto, seca, cortante. Sin levantar la vista de la taza. Aunque sé perfectamente qué pasa. Ellas no están aquí para hablar de la última película que vimos. —Sofí … —empieza Melissa, con la voz suave—. Te estás deshaciendo. —No —respondo de inmediato—. Solo estoy cansada. He tenido mucho trabajo.  Elena se cruza de brazos, esa forma tan suya de prepararse para decir verdades. —No. No es solo trabajo. —dice Elena— Te estás apagando. Desde que Patrick se fue, eres una sombra. No comes bien, no duermes, no hablas con nadie.  Ya pasaron dos meses. Mami está preocupada. Papi también y aunque no lo digan hasta Benjamín quiere venirse aquí para acompañarte. —¿Y qué quieren que haga? ¿Que lo supere como si nada? —digo, más brusca de lo que pretendía. Aprieto la taza. El nudo en la garganta arde y por fin logro levantar la vista hacia ellas —. No puedo fingir que no me duele. Que no me partió a la mitad. ¿Quieren escucharlo verdad?. Muy bien. Ustedes tenían razón. Jamás debí aceptar esto. Fui una idiota, me vieron la cara y ahora soy la idiota mayor.  Melissa se acerca y se sienta junto a mí. Pone su mano en mi muslo. —Nadie piensa eso Sofi. Nadie te está pidiendo que digas esas cosas. No queremos que finjas nada. Solo que no te encierres. No queremos perderte también a ti. —Me dejó. —digo con un hilo de voz y mucha vergüenza en mi corazón — Se fue sin decir nada. Sin una explicación. Sin una despedida. Solo desapareció. ¿Cómo se supone que siga adelante como si eso fuera normal? —No es normal que alguien que decía amarte te haya dejado así —responde Elena, acercándose al otro lado—. Pero tienes que entender algo: lo que te hizo, no habla de ti. Habla de él. Y de su forma cobarde de lidiar con las cosas. —No es que tengamos razón o no, ese no es el punto de esta reunión —dice Melissa—. No vinimos a decir “te lo dijimos”, vinimos porque no te reconocemos. Porque te amamos. —Yo lo amo… —mi voz se quiebra por completo. Una lágrima resbala, luego otra. No peleo contra ellas. Estoy demasiado cansada. Solo quiero que salgan todas las lagrimas que me quedan.— Tal vez nunca me amó. Tal vez solo caí redondita en sus mentiras, y ni cuenta me di. Fui solo una pieza en su juego. Algo útil. Y ya no lo soy. Melissa me envuelve en un abrazo. Su olor me recuerda a cuando era niña y tenía miedo de dormir sola. Siempre ha sabido cómo sostenerme a pesar de que es mi hermana menor. —Y está bien —susurra—. Está bien que lo ames. Pero no puedes destruirte por alguien que no tuvo la decencia de quedarse. Ni de luchar por ti. —¿Y si no puedo seguir? ¿Si me quedo atrapada aquí? —pregunto entre sollozos. Mi voz sale temblorosa, como un susurro que ni yo quiero escuchar. Elena se acerca y se una a nuestro abrazo. —Entonces te sacamos nosotras. Aunque tengamos que venir aquí todos los días y sentarnos a tu lado hasta que te levantes otra vez. No estás sola, Sofí . Nunca lo estuviste y nunca lo estarás. —¿Qué se supone que haga? —susurro como una niña perdida—. ¿Cómo se supera algo así? Ustedes son las que saben más de esto que yo. No... no sé qué hacer. Nunca había tenido una relación, ni siquiera un novio. Y ahora de pronto… esto.— señalo a mi alrededor. Melissa se separa un poco para verme a los ojos. —Lo sé. Justo por eso estamos aquí. Te vamos a ayudar. Sabíamos que ibas a darlo todo. Porque eres así. Intensa, leal, amorosa. Solo te pedimos algo a cambio: que no te olvides de ti misma. Vamos a salir de esto ya veras. —Un día a la vez —añade Elena, acariciándome el cabello como lo hacía cuando me caía y ella me ayudaba a levantarme—. Y si algún día sientes que no puedes sola, nosotras vamos a estar justo aquí. Como hoy y siempre. Me quedo en silencio. Por primera vez en semanas, no me siento sola. Todavía rota. Todavía con mil preguntas sin respuesta. Pero… acompañada. Y eso, por ahora, es suficiente para sostenerme un poco más.
4 Me gusta 4 Comentarios 1 Para la colección Descargar
Comentarios (0)