ID de la obra: 961

Finjamos un "sí"

Het
R
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4
Emparejamientos y personajes:
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planificada Mini, escritos 224 páginas, 111.980 palabras, 38 capítulos
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Capítulo 35

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Ya han pasado cuatro meses desde la partida de Patrick. Mis hermanos siguen viniendo a casa casi todos los días. Se turnan para no dejarme sola. Karol también ha sido una salvación en el trabajo; hace todo lo posible por distraerme, hacerme reír, aunque sea complicado, recordarme que sigo aquí, que sigo viva. Todavía es difícil. Siento como si estuviera hecha pedazos… pero al menos algunos de esos pedazos han empezado a encajar otra vez. Comer sigue siendo complejo, pero por primera vez en semanas, empiezo a sentir que algún día, tal vez, voy a estar bien. Hoy, al entrar en la oficina de Don Mario para dejarle un documento, me detengo en seco. Está terminando una videollamada. —…gracias, Patrick —dice Don Mario justo antes de colgar. Patrick. Mi pecho se congela. Cuatro meses. Cuatro malditos meses sin un mensaje, sin una llamada, sin un correo, sin una miserable nota escrita a mano. Ni una palabra. Nada. Y ahora escucho su nombre así, como si nada. Como si siguiera en su vida sin tener que saber que arrastró la mía consigo. Me prometió que volvería. Me dijo que siempre iba a volver a mí. Y le creí. Dios, cómo le creí. ¿Cómo es posible que se haya ido así, sin una sola explicación? Me siento más sola ahora que cuando empezamos a vivir juntos. Porque al menos entonces tenía la esperanza. Ahora solo tengo silencio. Odio la forma en que todos me miran en el trabajo. Saben. Todos saben que se fue y no me dijo nada.  El tiempo del contrato no se ha terminado; sí ya tiene los papeles… pero entonces, ¿por qué no dice nada? ¿Por qué no me llama? Aunque sea que me diga que me odia, que me uso y puedo seguir con mi vida. Pero necesito algo. Me estoy volviendo loca. Ya no sé cuánto más puedo soportar. Salgo de la oficina de Don Mario y vuelvo a mi asiento como un robot en transe.  —¿Cómo estás? —me pregunta Karol desde su silla, con esa voz que usa cuando no quiere que me derrumbe frente a todos. —Don Mario estaba hablando con él —respondo sin mirarla. —Es imposible… ¿estás segura de que era él? —Acabo de ir y estaban en una video llamada…. Estoy segura de que era él. Karol se queda en silencio. Y entonces: —¿Como te sientes con eso? ¿qué vas a hacer? ¿Qué voy a hacer?. ¿Qué no voy a hacer?. Tal vez ya no piensa volver. Tal vez esta fue su forma de salirse de todo. No quiero creerlo. No puedo creerlo. Jana debe estar detrás de esto. Pero ¿tanto, así como para desaparecer? Patrick nunca me dejaría así…el lucharía contra su familia. ¿verdad?, despues de un momento de pensarlo y meditarlo contesto. —Creo que voy a hacer justo lo que quería evitar.  Karol alza una ceja, intrigada. —¿Y eso es? —Voy a volar hasta Irlanda —respondo con una mezcla de miedo y determinación—. Voy a buscarlo. Y me va a tener que decir, a la cara, qué pasó. Ya no lo sporto mas. Karol sonríe, como si hubiera estado esperando exactamente esa respuesta. —Justo eso pensé que ibas a hacer. No pierdo ni un segundo más. Ahí mismo, compro los primeros boletos de avión que encuentro y reservo el primer hotel que me aparece en el buscador. Puede que tenga que ir hasta Irlanda, pero me di cuenta de que en la computadora sigo teniendo acceso a las tarjetas de Patrick. Y si voy a cruzar el océano para terminar con Patrick o para exigirle una maldita explicación, pues al menos que él pague por eso. Armo un itinerario de cuatro días. Es lo único que tengo. No me quedan más vacaciones, pero logré negociar esos días en el trabajo. Solo necesito encontrármelo. Por dicha, trabajamos para la misma empresa… así que sé exactamente cómo encontrarlo. ............................................................................................................................................................... Cuando llego a Irlanda trece horas después no tengo tiempo para turistear, ni lo quiero. Me voy directo al hotel, dejo la maleta y salgo casi corriendo rumbo a la oficina donde sé que trabaja Patrick, es de mañana así que es probable que aun ni siquiera haya llegado. Todavía siento el jet lag, me pesan los párpados y tengo la garganta seca. Pero no me importa. No me interesa si estoy cansada. Necesito respuestas. Necesito ver su cara. Escuchar de su boca por qué desapareció. Y solo tengo cuatro días asi que es mejor ir de una vez. Gracias al google maps logro llegar sin ningun problema al gran edificio que es la compañina de Patrick, o por lo menos la de su familia. Entro con la cabeza en alto lista para enfrentarme a lo peor. —Hola, ¿con quién tengo el gusto? —pregunta una mujer hermosa desde la recepción. Su acento, su seguridad… todo en ella me intimida un poco. Pero este es mi momento de usar la carta que he guardado bajo la manga desde hace tiempo. —Hola, es la señora Reggin —digo con confianza. Tengo que creérmelo yo para que lo crean los demás. Soy su esposa. Y vengo por lo que me pertenece: una maldita explicación. —¿Disculpe? —responde ella, frunciendo ligeramente el ceño—. No tengo registrada a ninguna señora Reggin. Querrá usted decir la señorita Reggin. Ok. Puede ser que en este lado del mundo nadie sepa quién soy. Tal vez nunca lo dijo. —Exacto, me refería a… la señorita Reggin. Vine a verla.  Somos grandes amigas.  Trabajo en esta empresa, solo que en la sede de Costa Rica. Estoy de vacaciones en Irlanda y… ya que pasaba por aquí, pensé en saludar a mis compañeros del otro lado del mundo. Estoy improvisando. Y no muy bien. Pero la recepcionista, aunque confundida, empieza a teclear algo en la computadora. Por un segundo siento que va a creérselo. —¿Podrías darme tu número de empleado? Piensa, Sofía . Rápido. No puedo darle mi numero real de empleado probablemente este vetada en esta sucursal asi que mejor doy la de Karol. —Claro, es el F86953... —Sofía . Me congelo. No puede ser. Esa voz. Ese tono. Ese tono exacto con el que decía mi nombre cuando me besaba. Suena como un abrazo que me aprieta por dentro. Como una herida que se abre y sangra. Me giro lentamente. Patrick está ahí. De pie. Inmóvil. No se mueve, no dice nada. Parece un puto y sexy maniquí. Está más pálido de lo que debería estar. Los ojos abiertos, como si no pudiera creer que soy real. Y yo… tampoco puedo creer que, después de todo, después de cuatro meses de silencio absoluto, lo primero que dice es simplemente mi nombre tan facil cuando yo no puedo ni pronunciar el suyo.  —Señor Reggin, buenos días —dice la recepcionista apenas lo ve. Patrick se ve bien. Más que bien… se ve diferente. Mas tonificado. En su mundo, en su entorno. Nada que ver con cómo lo veía en casa o rodeado por la naturaleza de Costa Rica. Ya no tiene las mejillas rojas por el calor, ni esa expresión relajada, se volvió a cortar el pelo y ya su barba desapareció. Ahora está completamente cubierto con un abrigo largo que lo hace ver más alto, más imponente, más lejano. Mis piernas se congelan. No puedo moverme. No sé qué decir. No pensé que le diría cuando lo viera para ser honesta. Creo que no lo pensé bien. Se que llegue hasta aqui para verlo pero ahora que esta enfrente ya no se que decir. —¿Patrick? ¿Por qué te quedas ahí como…? —empieza a decir Jana, mientras se acerca a donde está su hermano, pero se queda en silencio al notar hacia dónde él mira. Cuando nota mi presencia. Y él, él solo me mira a mí. Tenemos la mirada clavada entre nosotros. Y yo solo estoy de pie ahí. Como una tonta. Muda. —Sofía —dice Jana por fin, con un tono que mezcla disgusto y sorpresa forzada—. ¿Qué haces aquí? Yo aún contemplo a Patrick su mirada me revuelve el estómago. No puedo creer que él esté frente a mí... y que se vea tan distante. Tan frío. Como si yo fuera el problema. —Ah… —abro la boca, pero no sale nada. No puedo ni moverme mucho menos hablar. —Ven —interviene Jana, acercándose y sujetando mi brazo con mas fuerza de la necesaria—. Creo que tenemos que hablar. —¡Déjala! —escupe Patrick, dando un paso adelante—. No la toques. —Hermanito, hermanito —chista Jana con la lengua—. No creo que este sea el momento ni el lugar. Por favor, déjanos un momento de chicas. —Sofía , necesito que hablemos —me dice Patrick, pero es demasiado tarde. Jana ya me arrastra dentro del edificio.  Camino como en trance. Mis pies se mueven, pero no soy yo quien los dirige. Es ella. Me dirije a una oficina hermosa y grande que imagino debe ser la de ella. —¡Por favor, no le hagas caso a lo que diga! —grita Patrick desde el pasillo, no se si me lo dice a mi o a su hermana. Pero antes de poder escuchar algo más la puerta se cierra tras nosotras. Escucho el clic del cerrojo y me doy cuenta de que estoy atrapada. —¿Qué haces aquí? —dice Jana, sentándose tras un enorme escritorio. Yo sigo de pie, confundida, congelada—. No eres bienvenida. —Yo… —Por favor, deja de ser tan estúpida y habla de una vez. ¿Qué más quieres? ¿Más dinero? —¿Qué?— digo confundida. —¿Tienes el descaro de venir hasta aquí a exigir un mejor trato? ¿No te da vergüenza ser tan patética?— dice con desdén—  Yo no podría ni verme en el espejo si fuera tú. Sabes que ya tenemos lo que necesitábamos, ¿para qué vienes? La puerta suena de nuevo. Escucho golpes y la voz de Patrick al otro lado. —¡Jana, déjame entrar! —¡Vete, Patrick! ¡Solo empeoras las cosas! —grita ella sin siquiera mirarlo. Cuando al fin recupero el aliento y mis piernas se sienten propias otra vez, empiezo a reaccionar. —Solo… solo quería ver cómo estaba. No me ha respondido en cuatro meses. Y... Jana suelta una carcajada llena de condescendencia. —¿Y viniste hasta aquí? Ahora sí, te has ganado el premio a la más patética. ¿Por qué crees que no te responde? Obviamente no está interesado. Ya tiene la ciudadanía, No te necesitamos más. —¡Jana! —insiste Patrick desde la puerta. —¿Qué pensabas? —continua— ¿Qué te amaba? ¿En serio creíste que alguien como él podría quererte? Ya te viste, — me señala completa —¿No? No tienes estudios, no tienes clase, no tienes nada. Es evidente que solo estás detrás de su dinero. —¡Yo nunca…! —¿Nunca qué?—me vuelve a interrumpir— ¿Nunca estarías con él por interés? ¿Adivina qué? Ya lo hiciste.—escupe y siento como un cuchillo atraviesa mi pecho — Lo único que hiciste fue meterte en un trato que no entendías. Nos hiciste un favor, dices tú… —ríe más fuerte—. ¿En serio creíste que eras importante? Fuiste la única tonta lo suficientemente ingenua para aceptar algo así. Un contrato. Una ciudadana barata para que él obtuviera lo que quería. ¿Por qué crees que te escogimos a ti, en vez de las otras chicas de la conferencia? Porque eres una estúpida, una tonta sin un cinco donde caerse muerta. —Yo… —¡Yo, Yo, ¡Yo! ¡Me tienes harta! —tuerce los ojos—. A menos que… —pausa un momento y me observa con malicia—. ¿Estás enamorada? Se ríe como si la idea fuera absurda. El golpe en la puerta continúa, pero ahora ni siquiera lo escucho. Siento que voy a vomitar no puedo ni respirar. Necesito salir de aqui.  —Te acostaste con Patrick. ¡Eso es! —al ver que agacho la mirada y mis mejillas se encienden, todo dentro de mi tiembla como si quisiera salir corriendo, ella sonríe cruel—. ¿De verdad crees que eso te hace especial? La gente lo hace todos los días. Patrick lo ha hecho con muchas más antes que tú e incluso despúes de ti. No seas ilusa. En realidad, nunca había pensado eso, su comentario me lastima una vez mas. Pero sacudo mi cabeza no puedo dejar que ella se meta ahí y me rompa mas de lo que estoy. —No me interesa lo que pienses —logro decir levantando la cabeza y manteniendole la mirada, lo digo débil pero firme—. No vine por dinero. Vine por Patrick. —Pues él no va a verte. Él YA no quiere verte. —Eso no es lo que parece allá afuera —digo mirando la puerta. —Él es un idiota. Pero no va a poner en riesgo su empresa por alguien como tú. ¿Por qué crees que no te ha buscado en estos cuatro meses? Porque a pesar de que “te ame”,—hace las comillas con sus manos— ama mucho más su poder. Ya tiene la ciudadanía costarricense. Ya conseguimos lo que queríamos. Ya no te necesitamos. Eras un peón en este juego. Y ahora eres un maldito estorbo. —Patrick no permitiría que… —intento. —¿Patrick? —suelta una carcajada seca—. ¿Patrick qué? ¿crees que él va a salvarte de lo que viene? Se inclina sobre el escritorio, con los ojos fijos en los míos. Se ve aterradora, cruel y firme en sus palabras, me hace temblar. —Escúchame bien niña estúpida: si no te largas en este momento, no solo te voy a despedir a ti. Voy a reemplazar a cada uno de los empleados de la sucursal en Costa Rica. No me importa cómo, pero lo haré. Nadie que trabaje contigo volverá a conseguir un trabajo digno en ese país. Y sabes cuántas empresas manejamos allá gracias a ti. Así que sí, básicamente… tú y todos los tuyos estarán jodidos. —No puedes hacer eso —susurro, aunque mi voz tiembla. —¿Quieres apostar? Adelante. — dice como si fuera una víbora dispuesta a atacar. Pone su mano debajo del escritorio y suena un clic. La puerta se destraba, y Patrick entra tan rápido que casi cae de cara al suelo. Se recompone como puede y se acerca a mí. Lo miro… pero ya no lo reconozco.  —Lárgate, no quiero volver a ver esta cara de imbécil nunca más. —dice por último Jana. Y como si mis pies estuvieran poseidos por las ordenes de Jana salgo de la oficina, necesito salir de este edificio. Necesito aire. Siento que los pulmones se me estrujan, me voy a desmayar. No sé si he respirado desde que crucé esa puerta. Pero necesito salir. Cuando ya logro ver la puerta escucho sus pasos detrás de mí. Patrick corre, me alcanza, y me sujeta del brazo. Me hacer dar la vuelta, quedando frente a él. —Sofía … —me mira como si fuera la primera vez que me ve—. Por favor, no le creas nada de lo que te dijo. Solo lo observo. Mi mente está vacía, pero el corazón… el corazón está hecho trizas. ¿Qué se dice en estos casos? ¿“Hola”? ¿“Te extrañé”? ¿“Eres un idiota que me rompió el corazón”? —Necesito irme —murmuro, intentando soltarme de su agarre. —Necesito que hablemos. —¿Ahora sí? — siento cómo me arden los ojos —. Pensé que estabas en una zanja muerto, o desaparecido, pero no. Estás aquí vivo y feliz — siento mis mejillas llenarse de lágrimas — Genial. —digo molesta conmigo misma—Justo lo que quería evitar… llorar frente a ti. — me limpio bruscamente las mejillas.  Estoy molesta con Jana, con Patrick, comigo. ¿En que estaba pensando?¿Como se me ocurrio venir hasta aqui?. —No es que no quisiera hablar. Todos mis movimientos estaban vigilados, Sofía. Todos. —Claro. — Mi voz es puro hielo. —Es verdad. Estoy tratando de armar un plan, necesito tiempo… necesito que confíes en mí. —Por supuesto. — El sarcasmo me quiebra la garganta. —Sofía , por favor… — su voz se rompe, su mirada también —. No me hagas esto. Te amo. Y tú lo sabes. Nunca habría hecho nada de esto si no fuera por ti. Voy a… Nos interrumpe la secretaria de Jana. —Señorita Rodríguez—dice, como si no viera mis lágrimas ni la desesperación en el rostro de Patrick—. Esto es para usted. —Me extiende un folder amarillo puedo ver en su expresion que hasta que no lo tome no nos dejara solos así que lo tomo rapido solo para que se vaya—. La señorita Reggin espera que tenga una buena vida… y que no vuelva jamás por estos lados. Lo dice con frialdad, como una máquina bien entrenada y despues solo se  marcha. Abro el folder. Saco unos papeles cuando leo un poco veo que son los papeles del divorcio. Siento que el piso se abre debajo de mí. Ya lo tenían planeado. Sabían que vendría. Todo estaba armado. Yo ilusamente pensaba que vendría a encontrarlo. Que me diría algo. Cualquier cosa. Que en Irlanda no había señal de internet. Que lo atropelló una oveja y perdió la memoria. ¡Lo que fuera! Pero no… aquí estoy. Frente a él. Conexión a internet y edificios de vidrio por todos lados. No he visto ni una sola oveja desde que llegue. Patrick no está perdido en ningún lugar. Está aquí. Y tenía los papeles del divorcio listos. Levanto la mirada hacia Patrick. Ahora sí… me derrumbo. —Lo tenias listo. — digo con un hilo de voz — ya sabían que vendría. —No los firmes —me dice. Hay miedo en su voz. Pánico, incluso. Mis ojos ya no pueden verlo bien. Las lágrimas me empañan la visión. Me arden. —No los firmes, por favor, Sofía . —Me toma la cara con ambas manos. Me limpia las lágrimas con los pulgares, pero no paran de caer—. No los firmes. Por nosotros. No lo hagas. Se acerca más llegando a pegar su frente a la mía. Se lo permito por que ya no puedo más, cierro los ojos. Ya no sé qué más hacer. Creo que esto es todo. Ya no hay más que pelear. Perdí. ¿Cómo se gana una guerra contra magnates de los negocios? Yo no tengo nada. Me enfrenté a una lluvia de balas con un maldito cuchillo de madera, creyendo que el amor me iba a salvar. Jana tiene razón. Soy patética.  —Por favor… —lo escucho susurrar. — Necesito que me des una semana más.  Doy un paso atrás. Me separo de él. Doy media vuelta y me voy. Patrick se queda ahi en medio de la recepción. Guardo los papeles en mi bolso como si pesaran toneladas y me subo al primer taxi que encuentro en esta ciudad que no conozco, que no entiendo, y que en este momento… no quiero ver nunca más. Cuando llego al hotel, me dejo caer en la cama y lloro. Lloro como la primera noche que se fue. No sé qué otra cosa hacer. Solo puedo llorar, sacarlo todo del pecho. No puedo respirar. Siento que me muero. Y estoy sola, completamente sola, en un país extraño y  lloro hasta quedarme dormida, como mi cuerpo sabe reaccionar ya al llanto. ............................................................................................................................................................. Horas después, un golpe fuerte en la puerta me sobresalta. Me despierto sin saber dónde estoy, en qué año, ni siquiera en qué siglo. El sonido en la puerta se repite, solo que más fuerte esta vez. —¡SOFÍA ! ¡Sé que estás ahí! ¡Abre, por favor! —se oye al otro lado. —¿Patrick? —me levanto de la cama, confundida—. Es imposible que me haya encontrado. Me acerco a la puerta y miro por el visor. Sí, es él. Patrick está ahí. Son casi las diez de la noche. He dormido al menos ocho horas sin darme cuenta. Mi cuerpo estaba exhausto de tanto. —Abre, por favor, Sofía —su voz suena quebrada, como si hubiera estado llorando. No me queda de otra. Nadie quiere hospedarse al lado de una habitación donde están a punto de romper la puerta asi que abro. Patrick entra sin esperar permiso y cierra la puerta detrás de él. Nadie lo sigue. Viene solo. Está agitado, respirando rápido. Su pecho sube y baja como si hubiera recorrido cada hotel, cada cuarto, en toda Dublín buscándome. —¿Qué haces aquí? —le pregunto. Sé que no va a romper el silencio él solo. —Necesitamos hablar. —Odio esa expresión —respondo, mirando hacia otro lado. Continuo parada junto a la puerta. Con la mano sujetando el pomo. Por si necesito abrirla. Por si necesito huir. Por si vuelven a herirme los Reggin. —No me voy a rendir, Sofía . No contigo —dice mientras se acerca lentamente—. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida… y no pienso rendirme. —No tiene caso, Patrick. Jana lo dejó muy claro. Ustedes son demasiado poderosos. Yo no puedo luchar contra eso. Literalmente podrías comprar el país si quisieras. —Lo haría. Si eso significara estar contigo… lo haría —responde, ahora más cerca de lo que quiero admitir. Me toma las manos—. Desde el primer momento que te vi, con ese vestido rojo en el lobby del hotel en Nueva York, supe que eras tú, supe que tenías que ser mía. Me enamoré de ti. Todos estos meses, los días contigo, tus sonrisas, incluso cuando te enojas o me haces enojar... No me importa. Me enamoré de la mujer que se duerme con libros abiertos, que canta en la cocina sin darse cuenta, que juega con Naga como si fuera su hija. Me enamoré de ti, Sofía . Y no puedo, ni quiero, imaginar una vida sin ti. Porque eres tú. Tú eres la que me hace ver películas de comedia, la que me hace bailar en la playa, la que quiero en mi vida. No quiero ni necesito a nadie más. La manera en que te mueves, en que hablas, en que respiras… No puedo estar sin ti. Eres el aliento de mi vida, Sofía . Te amo. —Te fuiste —le digo, sin desviar la mirada, fría como el hielo, quiero que lo sienta que comprenda mi dolor—. Puedes decir todas esas “palabras bonitas”, pero te fuiste. Su mirada es triste, tanto que casi me duele decirle eso, pero necesito decirle la verdad. —Sí. Me llevaron, y no luche lo suficiente, me duele haberte hecho daño. No tienes idea... —No puedo — intento zafar mis manos de la suyas. —Sofía por favor, no me dejes. Se que te lastime, pero este tiempo encontré algo—responde, mirándome tan profundamente que siento que quiere que lea su alma—. Me di cuenta de que hay una manera de ser libres… libres de Jana, de mi padre, de todo esto. —¿Qué? —Solo necesito una semana más. —Otra vez con lo mismo… —No. No me entiendes. Estoy… soy… —Habla claro, Patrick. No puedo seguir así. —Primero que todo, cortaron toda comunicación entre tú y yo. Me llevaron sí, pero me quitaron el celular. Cada email, cada mensaje estaba siendo monitoreado porque… porque le dije a Jana y a mi padre lo que siento por ti. Cierro los ojos. Me duele escucharlo de nuevo, pero también me alivia. —Ellos pensaron que la única solución era apartarme de ti de raíz. — continúa con una pequeña risa en sus labios—. Como si pudiera olvidarte. Como si pudiera olvidar estos ojos, este cabello… estos labios —levanta una mano y me roza el labio inferior con el pulgar—. Como si pudiera. Su contacto me estremece. Mi cuerpo jamás podría olvidar lo que se siente cuando Patrick me toca. Él cierra los ojos y apoya su frente en la mía. —Te amo. — dice, mientras susurra —Ya te lo dije. —Patrick, continúa… no te distraigas —Claro —dice, alejándose apenas, sacudiendo la cabeza con una sonrisa cansada. Aun así, sus dedos siguen acariciando mis brazos—. Encontré algo. Todos los contratos de las empresas del continente americano están a mi nombre. No sé si fue un error de Jana… o si simplemente nunca pensó que me rebelaría. Estoy esperando el último documento de aprobación. En cuanto lo tenga, todas las empresas volverán a manos de sus dueños originales en cada país. Mi padre y Jana se quedarán únicamente con las que están en Europa que serian las originales que mi padre fundo. En una semana… todas serán libres. Seremos libres. Libres de ellos. Me quedo muda. Entonces… ¿qué pasará con la empresa en Costa Rica? Si Patrick ya no será el dueño, ¿qué razón tendría para quedarse? ¿Eso significa que… que no volverá? —No, quiero ser mala con las demás empresas, pero ¿dónde está la buena noticia? —susurro, tratando de entender—. Si ya no eres el dueño… entonces ya no hay razón para que regreses. —Mi amor —dice, acercándose de nuevo. Su voz suena más firme, más clara—. Ahí es donde está el truco. Lo lamento muchísimo. Sé que tú estuviste de acuerdo en ayudarme con la ciudadanía, pero yo te utilicé… y me pesa. Me pesa de verdad. Pero ahora, gracias a eso, legalmente puedo mantener la empresa de Costa Rica a mi nombre... temporalmente claro esta. Técnicamente seguiré siendo el jefe de esa franquicia. Pero en los nuevos papeles, la dueña real serás tú. Como en el resto de países, todos los nuevos dueños serán personas nacionales. No como yo. Yo podre ser copropietario pero tendran a sus jefes originales.—dice, dejando escapar una risita triste. Yo. Dueña de la empresa. Jefa de Patrick. Estoy tratando de procesarlo todo. Es más poder del que jamás imaginé tener. Más poder del que cualquier persona que conozco haya tenido jamás. Bueno omitiendo a Patrick. —Es mucho poder… —digo al fin—. ¿Estás seguro de que podemos con eso? Yo no sé… —Mi amor —repite, con los ojos brillando—. Contigo a mi lado, podemos con lo que sea. Solo quédate conmigo. Patrick me rodea la cintura y me atrae con una ternura que contrasta con la urgencia en su mirada. Su frente se apoya en la mía, pero esta vez sus labios rozan los míos apenas, como si pidiera permiso con el alma. —Dime que me perdonas —susurra, con voz quebrada—. Dime que no te perdí. No quiero pasar ni una noche ni un día más lejos de ti.—susurra contra mi boca. No le respondo. Solo levanto la mano y toco su mejilla. Él cierra los ojos al sentir mi caricia. Se le escapa un suspiro, como si llevara semanas sin respirar. Y entonces, sin pensar más, sin detenernos, sin pedir permiso, lo beso. Al principio es suave, como si tuviéramos miedo de rompernos. Pero dura apenas un segundo. Porque luego todo estalla. Siento cómo su respiración choca con la mía, cálida y temblorosa. Mi cuerpo, que había estado en alerta todo el día, se rinde. Me aferro a su camisa con fuerza, como si con eso pudiera anclarme a algo que no quiero volver a perder. Cuando me besa, todo el aire se va de mis pulmones. No es un beso suave, es un beso lleno de todo lo que no dijimos, todo lo que sufrimos en silencio. Es desesperado y dulce al mismo tiempo, como si ambos estuviéramos tratando de volver a encontrarnos entre los escombros. Sus manos bajan por mi espalda con una lentitud que me enciende la piel. Me carga con naturalidad, como si fuera parte de él, como si fuera una pluma y en segundos me lleva a la cama sin dejar de besarme, sin romper ese lazo que acabamos de recuperar. Caigo sobre el colchón con él encima, y me aferro a sus hombros. Su cuerpo se ajusta al mío con una precisión que parece inevitable, y nuestras respiraciones se mezclan como una sola. Sus labios descienden por mi cuello, pausados, como si memorizaran cada centímetro. Me estremezco. Su tacto me reclama y, al mismo tiempo, me venera. Cuando vuelve a mis labios dice. —No sabes cuánto te extrañé —dice entre besos, mientras sus manos exploran mi espalda, mi cintura, mi cuerpo que ya no puedo controlar. —Yo también… Patrick… —respondo entre suspiros, arqueándome bajo él, sintiendo cómo su calor se funde con el mío. Nos deshacemos de la ropa con una mezcla de torpeza y urgencia, como si lleváramos siglos esperando este momento. Cuatro meses, cuatro meses y no podemos controlarnos. Me detengo un instante, apoyando mi frente en la suya. —¿Estás seguro? Aun no te he perdonado. —Eres mía, y yo soy todo tuyo, tú eres mi esposa, fy ngwraig—me dice en voz baja, y siento cómo me tiembla el pecho —. Lo has sido desde el primer momento. Ya me perdonaras después. La palabra que había dicho hace meses, la que no entendí. Eso significaba que yo era su esposa, que yo era suya. Y el mío. Mis manos exploran su espalda, su cuello, su cabello. Quiero sentirlo entero, grabarme en la piel esta certeza de que está aquí, que no se ha ido, que es real. Él recorre mis costillas, mis caderas, con una devoción que me rompe. Me mira, y sus ojos lo dicen todo: amor, deseo, miedo, esperanza. Nuestros cuerpos se reconocen como si hubieran estado esperando este momento. No hay prisa, pero tampoco hay dudas. Cada beso es más profundo, cada caricia más intensa, hasta que el control se vuelve algo lejano. Nos entregamos el uno al otro con una urgencia suave, una mezcla de necesidad y ternura, como si al unirnos pudiéramos sellar todo lo que hemos vivido. Y en medio del silencio de la habitación, sólo se escucha el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas, el roce de las sábanas, y el latido del corazón que Patrick apoya contra mi pecho como si necesitara recordar que estoy viva, que estamos vivos. Cuando todo termina, cuando mi cuerpo aún tiembla contra el suyo, Patrick me abraza fuerte, cubriéndome con la sábana. Me besa la frente y suspira, con la voz aún temblorosa. —Te prometo que esta vez no me iré. Se acurruca contra mi pecho, y por primera vez en semanas, me siento en casa. Nos quedamos juntos en silencio, él con la cabeza apoyada sobre mi pecho, respirando lentamente, como si necesitara asegurarse de que sigo aquí. Yo paso mis dedos entre su hermoso cabello pelirrojo, una y otra vez, grabándome la textura, el color, la paz de este momento. Lo extrañe muchísimo. —Estas mas delgada — dice mientras su mano recorre mi abdomen y mi cadera. Suena preocupado — ¿no has comido bien? Suspiro —No. Llevo unos meses de mierda, a decir verdad. —intento sonar un poco burlona. —Lo siento. —dice aun con su cabeza apoyada en mi pecho sin mirarme. Nos envuelve un silencio que necesito romperlo lo antes posible. —¿Cómo me encontraste? —preguntó en voz baja. Todavía con la respiración entrecortada. Patrick sonríe. Puedo sentir cómo su pecho tiembla contra el mío cuando se ríe. —Bueno… me di cuenta de que una de mis tarjetas tenía un cobro un poco elevado —dice entre risas suaves—. Así que revisé los movimientos, encontré el hotel y.… chantajeé un poco al recepcionista para que me dijera el número de tu habitación. Levanta la mirada y sus ojos azules están encendidos con esa chispa traviesa que tanto me gusta. Se inclina y me da un beso corto, suave, como un suspiro que se posa en mis labios. —No lo puedo creer… —murmuro. —¿Cuándo es tu vuelo de regreso? —pregunta mientras empieza a dibujar círculos lentos con sus dedos en mi cadera, con tanta ternura que casi me duele. —Mañana por la tarde… —¿¡Qué!? —dice incorporándose un poco, apoyándose en sus antebrazos para mirarme mejor—. Dijiste que venías a ver si estaba muerto en una zanja y solo tomaste dos días. ¿Pensabas buscarme por toda Irlanda durante solo dos días? Pongo los ojos en blanco con una sonrisa cansada. —Patrick. Obvio que sabía que no estabas muerto. Don Mario se ha encargado de mantenernos al tanto de que sigues vivito y coleando. Además, solo me quedaban cuatro días de vacaciones, y dos son para los vuelos… porque si no lo sabías, llegar hasta aquí es un viaje eterno. Y no viajo en vuelo directo así que toma aún más tiempo. Él se echa a reír, siento su cuerpo relajándose mientras su boca encuentra mi cuello. Un beso lento, justo en el hueco sensible que me hace contener el aliento. —No te vayas. —me susurra al oído — Quédate conmigo. Después podemos comprar un vuelo de regreso juntos a casa. —No creo que sea lo mejor… Levanta su mirada y encuentra mis ojos cansados de tanto llorar y de luchar. —Déjame enseñarte un poco de mi ciudad. Solo una semana más. —Patrick, tu hermana… —Mi hermana no tiene poder aquí —me interrumpe—. No puede hacer nada. —Claro que sí. Ella es… —¿Un monstruo?. Lo sé —dice con una sonrisa amarga. —No —respondo con sinceridad—. Ella va a destruirme. A mí… a ti. A todos los que se crucen en su camino. —Ya te dije que no puede. No lo va a hacer. —Lo mejor es que me vaya. Pero confiaré en ti. Confiaré en que vas a volver. Patrick me mira como si le acabara de quitar algo muy valioso. Sus ojos azules bajan un poco, luego me busca de nuevo, como si necesitara una última oportunidad para convencerme. —No quiero que te vayas —susurra mientras me acaricia la mejilla—. No me dejes. —Es lo mejor. Te esperaré, Patrick. Como lo he hecho estos meses, como lo he hecho toda mi vida. No dice nada más. Solo asiente con una tristeza que me parte. Pero entonces se acerca de nuevo, sus labios rozan los míos y volvemos a besarnos, con esa urgencia callada que tienen los que no saben cuánto tiempo les queda. Sus manos me envuelven, mi cuerpo lo busca. Esta noche es nuestra. Solo nuestra. Y no pienso dejar que Jana, ni nadie, la arruine.
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