Capítulo 36
21 de enero de 2026, 23:59
PATRICK:
Entro a la oficina y el mundo se detiene.
—Sofía . — susurro su nombre. Escucho mi voz, tiembla. No soy quien suele temblar, pero ella siempre ha tenido ese efecto sobre mí.
Y ahí está. Por un instante, no sé si estoy soñando. Me he imaginado este momento tantas veces —en la ducha, en la cama, en el silencio largo de la madrugada— que no sé si confiar en lo que veo. Pero es ella. Su silueta. Su mirada. Su expresión entre sorprendida y rota, se ve diferente, más delgada, sola, enferma, tiene unas ojeras que le marcan la cara, pero aun así sigue siendo la mujer más hermosa que he visto en mi vida.
No sé si respiro, creo que olvide como hacerlo. El corazón me golpea el pecho con una violencia que no sentía desde niño. Ella… está aquí. En este edificio. A metros de mí. Tan real como mi propia piel. La observo. Cada parte de ella. Su piel, su pelo suelto, la forma en que aprieta los labios como si contuviera todo el dolor del universo.
Pero antes de que pueda dar un paso, la voz de Jana me saca del trance.
—¿Patrick? ¿Por qué te quedas ahí como…? —empieza, pero se detiene al seguir mi mirada.
Ella también la ve. A Sofía . Y todo se tensa. Odio que ambas esten en el mismo lugar. Jana puede destruirla en un segundo. Se que Sofia es una de las mujeres mas fuertes y valientes que he conocido en toda mi vida, pero Jana es destructora y rompe todo a su paso. Así que tego miedo.
—Sofía —dice Jana finalmente, con esa voz suya que mezcla cortesía venenosa con desdén—. ¿Qué haces aquí?
Quiero correr. Sacarla de ahí. Alejarla de mi hermana, de este lugar, de todo lo que le hace daño. Quiero protegerla. Aún no esta listo el plan para poder protegerla, se que no he tenido oportunidad para hablar con Sofia pero jamás pense que vendria a buscarme o al menos creo que eso hace aqui. Estoy paralizado. No puedo creerlo. Ella me busco… después de todo. Está aquí. Yo no tengo derecho a que me haya buscado. No después de tanto silencio. No después de la manera en que me fui y la deje. Me odio por haberlo hecho así, ¿cómo ella no lo hace? debe odiarme.
Veo que Jana se acerca a ella con esa sonrisa afilada. La conozco demasiado bien. Sé que viene lista para envenenar cada segundo que Sofía y yo compartimos. Cada palabra de Jana es un bisturí disfrazado de cortesía.
—Ven —dice Jana, ya cruzando el vestíbulo para sujetarla del brazo—. Creo que tenemos que hablar.
Y entonces algo dentro de mí se rompe.
—¡Déjala! —escupo, dando un paso al frente—. No la toques.
—Hermanito, hermanito… —dice con esa sonrisa falsa—. No es el momento ni el lugar. Déjanos un momento de chicas.
—Sofía , necesito que hablemos —le digo, pero Jana ya la arrastra hacia su oficina. La veo irse y mi reacción otra vez es demasiado lenta. Camino rápido. Corro. Pero veo como ambas entran en la oficina de Jana y cierra la puerta. Me dejan fuera como era de esperarse de mi hermana. Golpeo la puerta, grito, pero se que no me dejara entrar.
Mi pecho arde. Cada segundo detrás de esta puerta es una tortura. No sé qué le está diciendo. No sé qué veneno le está metiendo a la cabeza. Golpeo la puerta con fuerza.
—¡Jana, déjame entrar!— grito aún mas.
Nada. Solo escucho el murmullo de su voz. Mi hermana. Mi sombra.
—¡Vete, Patrick! ¡Solo empeoras las cosas!—dice con una voz cargada de ira.
¿Empeorar? ¡Lo único que empeora todo es ella! ¡Lo único que destruye lo bueno es ella! Justo como cuando éramos niños y yo me encariñaba con alguna de nuestras niñeras y Jana hacia lo posible para que la despidieran.
Sigo insistiendo. Grito su nombre. Pero entonces escucho la voz de Sofía . Y me parte el alma.
“Solo quería saber cómo estaba…” No la merezco. No después de lo que hice o que me obligaron a hacer.
Se que viene el golpe. Jana la está destrozando. Lo sé. La conozco. Sé qué palabras usa para matar lentamente.
Sigo golpeando. Y cuando finalmente escucho el clic del cerrojo, entro como una ráfaga. Y por fin la veo. Sus ojos están tan tristes y llenos de lágrimas que está intentando contener. Su cuerpo tiembla. Y la odio. Odio a Jana como nunca antes. Odio que acaba de lastimar a la mujer mas especial en mi vida.
—¡Lárgate! —le grita Jana. Su voz es hielo—. No quiero volver a ver esa cara de imbécil nunca más.
Sin dejarme decir una palabra Sofía sale. Camina tan rapido que debo correr tras ella pero por fin la alcanzo. La tomo del brazo. No quiero forzarla, pero esta aquí, ¿como se va a ir sin escucharme? necesito que me de cinco minutos para poder explicarme y poder explicar todo. Solo cinco minutos.
—Sofía … —mi voz tiembla como mis manos—. Por favor, no le creas nada de lo que dijo.
Sus ojos… Dios, sus ojos están tan llenos de dolor que me cuesta mirarla.
—Necesito irme —susurra.
—Necesito que hablemos.
—¿Ahora sí? Pensé que estabas muerto en una zanja —dice, y cada palabra es una daga—. Pero no… estás aquí. Vivo y feliz.
¿Feliz?, nunca, si no estoy con ella no puedo ser feliz.
—No es eso. No quería esto. No fue decisión mía, Sofía . Mis movimientos estaban vigilados.
—Claro. — dice tan frio que me duele en cada célula de mi cuerpo.
—Es verdad. Estoy tratando de armar un plan, necesito tiempo… necesito que confíes en mí.
—Por supuesto. — Y ahí me doy cuenta, me odia lo sé, yo también me odio por haberla lastimado. No merezco su perdón.
—¡Sofía , por favor! —Mi voz se rompe—. No me hagas esto. Te amo. Y tú lo sabes. Nunca habría hecho nada de esto si no fuera por ti. Voy a…
Pero antes de que pueda decir más, llega Alex. Le entrega el sobre amarillo. Y mi mundo se derrumba. Son los papeles del divorcio. Preparados. Fríos. Crueles.
Maldita Jana todo lo tenia medido. Claro que tenia esos papeles listos, sabia que si me mencionaba algo yo la detendria. Cuanto la odio, no puedo creer todo lo que me ha hecho y siempre lo he dejado pasar, pero esta vez no, ya no.
Sofia toma el sobre y lo abre. Quiero detenerla, decirle que no es mas que otra jugarreta de mi hermana. Pero cuando me mira. El rostro de la mujer que amo… se rompe frente a mí. La perdí.
—Lo tenías listo —dice, la voz hecha trizas—. Ya sabían que vendría.
—No los firmes —digo, suplicando.
Sus lágrimas son un látigo. Me acerco y tomo su cara entre mis manos. Es tan perfecta la manera en la que su rostro cabe a la perfeccción en mis manos. Quiero que me mire y que comprenda que no me voy a rendír, que jamás me voy a rendir. Pero en este momento no se que hacer. No lo sé. Solo sé que no quiero que lo nuestro se termine.
—Por favor, Sofía… no los firmes.
Apoyo mi frente contra la suya. Quiero desaparecer ahí, fundirme con ella, como si pudiera protegerla solo con tocarla. Ella es mi hogar. Y la estoy perdiendo. La siento escaparse como arena entre los dedos, inevitable, imparable.
—Solo una semana más —susurro, casi suplicando—. Dame solo una semana.
Siento sus manos en mis muñecas. Cuando abro los ojos, ya se está alejando. No me escucha. No puede. Pero yo sí la escucho a ella. Y voy a luchar.
La veo subir a un taxi. Se va. No puedo seguirla por todo Dublín, pero voy a encontrarla. Siempre lo hago. Me giro decidido a ir a la oficina cuando una mano me agarra el hombro con fuerza y me obliga a enfrentarla.
Jana.
—¿QUIÉN SE CREE ESA ESTÚPIDA PARA LLEGAR AQUÍ?
La rabia me atraviesa el pecho como un golpe seco.
—¿Quién te crees tú para llamarla así?
—Patrick, está arruinando todo. Todo lo que hemos construido. Deberías agradecer que fui yo quien la descubrió y no papá. ¿Sabes lo que él habría hecho?
—No me importa lo que él hubiera hecho.
—Pues deberías.
—Estoy harto, Jana —digo, y mi voz ya no tiembla—. Te lo dije antes y lo repito ahora: no me interesa lo que papá piense, y mucho menos lo que tú creas. Estoy harto… —mi voz se endurece—. Y lo que le acabas de hacer a Sofía fue la gota que rebalsó el vaso. Jamás te voy a perdonar lo que le hiciste. Ni lo que le dijiste.
—Es solo una zor—
—Atrévete a continuar —la interrumpo, con una frialdad que incluso a mí me asusta.
Nunca le he hablado así. Lo sabe. Lo ve. Sus ojos se abren, sorprendidos, y por primera vez… con miedo.
—Te lo juro, Jana —continúo, sin bajar la mirada—, si terminas esa frase, te vas a arrepentir.
Cierra la boca. No dice nada. El silencio pesa más que cualquier insulto.
—Papá y tú me han arruinado la vida —digo, cada palabra cargada de años de rabia contenida—. Pero a ella no. No más. Nunca más lo voy a permitir.
Me libero de su agarre y camino directo a mi oficina. Al llegar, Marc ya me espera junto a la puerta. Sé que toda la oficina sabe lo que pasó. Sé que mi padre probablemente ya viene en camino. Pero no me importa.
La imagen de Sofía, con los ojos destrozados, con el corazón hecho pedazos, termina de romper algo dentro de mí.
Han despertado a la bestia. El lado más primitivo, más feroz, más decidido de mí. Y está listo para destruir cada empresa, cada contrato y cada mentira que mi padre ha construido a nivel mundial.
Fui yo quien la metió en esto. Y voy a ser yo quien la saque. Aunque tenga que quemarlo todo para lograrlo.
Busco cualquier rastro que me diga dónde puede estar. Reviso historiales de hoteles, vuelos, cargos antiguos, reservas canceladas. Llamo a Karol. Nada mi teléfono sigue bloqueado. Marco el número de Don Mario. Tampoco. Paso horas así, con la cabeza ardiendo y el pecho apretado, hasta que, casi por inercia, reviso los movimientos de mis tarjetas.
Entonces lo veo. Cargos elevados. Recientes. Un patrón claro. Un hotel.
No me importa el monto. Podría haber comprado el avión si hubiera querido. Lo único que importa es que está ahí.
Salgo de la oficina sin avisar a nadie. El tráfico de Dublín parece confabularse contra mí. Cada semáforo en rojo me aprieta más el pecho. Golpeo el volante con los dedos, respirando hondo para no perder el control.
Cuando por fin llego al hotel, entro directo, sin mirar alrededor. El lobby es elegante, silencioso, demasiado pulcro para el caos que llevo dentro.
Me acerco al mostrador.
—Buenas tardes —digo—. Busco a una huésped. Sofía Reggin.
El recepcionista teclea algo en la computadora. Frunce apenas el ceño.
—Lo siento, señor… no tenemos a ninguna Sofía Reggin registrada.
Siento un vacío seco en el estómago.
—¿Está seguro? —pregunto, más bajo—. Acaba de llegar hoy.
Vuelve a teclear. Esta vez con más calma.
—Solo tengo una Sofía Rodríguez.
El mundo se me queda en silencio.
Rodríguez.
No Reggin.
Mi apellido no lo uso.
Trago saliva. Algo en el pecho se me quiebra con un sonido que solo yo escucho. No usó mi apellido. Necesito hablar con ella para poder dejar todo en claro.
Aprieto la mandíbula. Me obligo a respirar.
—Es ella —digo finalmente—. Es mi esposa.
El recepcionista levanta la vista, incómodo.
—Lo siento, señor, no podemos dar otro tipo información sobre nuestros huéspedes.
Aprieto la mandíbula.
—Está aquí. Lo sé.
—Aun así, señor, es política del hotel.
Respiro hondo. No tengo tiempo para esto.
—Escucha —me inclino apenas hacia él, bajando la voz—. No estoy aquí por curiosidad. Es mi esposa. Tuvimos una… discusión. Y necesito hablar con ella ahora.
El hombre duda. Lo veo en su mirada. Sabe que algo no está bien.
—Si no está registrada a su nombre…
Meto la mano en el bolsillo del saco y dejo sobre el mostrador varios billetes, sin contarlos siquiera.
—Solo dime el número de habitación.
—Entiendo Señor, aun así no puedo dar información de los huéspedes. Es política del hotel.—repite una vez más.
Me inclino apenas hacia el mostrador. Bajo la voz.
—Lo entiendo pero se fue creyendo que no la amo, que la engañe y que la abandone. Y no lo está. Por favor. Solo dime el número de habitación.
El recepcionista traga saliva. Mira el dinero. Luego mira alrededor. Baja la voz.
—Señor, yo…
Agrego más billetes, sin perder la calma.
—No te estoy pidiendo que me acompañes. Solo un número.
Silencio.
Teclea algo en la computadora. Sus dedos se mueven nerviosos.
—Quiero que sepa que tenemos camaras en todo el hotel y si algo llega a pasar voy a tener que llamar a los policias para proteger a nuestros huespedes
—Lo entiendo.
El recepcionista suspira recoje los billetes y dice
— Quinto piso —murmura—. Habitación 517.
—Gracias.— logro decir y salgo disparado para su habitación.
Camino directo al ascensor. Mis pasos suenan demasiado fuertes en el mármol. El espejo me devuelve una imagen que apenas reconozco: un hombre desesperado, roto, aferrándose a lo último que no quiere perder.
El ascensor sube lento. Demasiado lento.
Quinto piso.
El pasillo es largo, silencioso. Cuento las puertas mientras avanzo. 511. 513. 515.
Me detengo frente a la puerta. Levanto la mano y dudo. Por primera vez en todo el día, tengo miedo. Miedo de que al abrir esa puerta ya no me quiera en su vida.
Toco pero no responde.
—Sofia
Nada, no suena nada, no creo que el recepcionista me haya engañado
—Sofia abre— golpeo un poco mas fuerte —SOFIA SE QUE ESTAS AHÍ
Estoy empezando a desesperarme. y por fin la puerta se abre entro si mirar si hay alguien mas y cuando por fin la tengo de nuevo frente a mí…
Mi corazón va al triple de velocidad, Jana me dijo que no podía buscarla. Pero estoy harto de escucharla estoy harto de hacer lo que ella quiera. Es mi momento de ser libre, es mi vida, y necesito luchar por lo que quiero. Por lo que es mío.
La veo. De pie, junto a la puerta, con la mano aún en el pomo. Como si fuera a escapar en cualquier momento. Como si todavía no supiera si soy su refugio… o su amenaza.
Me mira con ojos heridos. Ojos que no he dejado de imaginar cada noche desde que me la arrebataron. Desde que la traicioné con mi silencio. Sus ojos están rojos. Pero nunca se vio más hermosa. No solo por su físico, sino porque su dolor hablaba de amor. De que aún hay una posibilidad. Aún me necesita al igual que yo la necesito a ella.
—¿Qué haces aquí? —me pregunta. Su voz suena a desprecio. No puedo culparla por sonar así. Me lo he ganado.
—Necesitamos hablar —respondo.
Sus ojos se endurecen. Miro cómo se aferra aun mas al pomo de la puerta. Está lista para huir. Lista para no creerme una palabra más. Pero no puedo rendirme. No ahora que estoy tan cerca.
—No me voy a rendir, Sofía . No contigo —digo, dando un paso más cerca, tengo que ser cuidadoso, siento que estoy entrando en una casa en ruinas y en cualquier momento se derrumba sobre mí. —. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Y no pienso rendirme.
—No tiene caso, Patrick. Jana lo dejó muy claro. Ustedes son demasiado poderosos. Yo no puedo luchar contra eso. Literalmente podrías comprar el país si quisieras.
—Lo haría —le digo, sin dudar—. Si eso significara estar contigo… lo haría.
Y es verdad. La miro. Su rostro está cansado, pero sigue siendo la mujer que me devolvió el alma. La mujer que convirtió un matrimonio por contrato en el amor más honesto que he sentido jamás.
Le tomo las manos. Tiemblo. Es momento de ser la persona más sincera del mundo, si después de esto aun no me quiere o me aparta voy a seguir peleando por ella hasta que me vuelva a amar.
—Desde el primer momento que te vi, con ese vestido rojo en el lobby del hotel… supe que eras tú. Que tenías que ser mía. Me enamoré de ti. Por completo. No solo de tu sonrisa o de tu forma de pelear conmigo… Me enamoré de la mujer que se duerme con libros abiertos, que canta en la cocina sin darse cuenta, que juega con Naga como si fuera su hija. Me enamoré de ti, Sofía . Y no puedo, ni quiero, imaginar una vida sin ti.
Ella no se muevesolo me mira con mucha tristeza.
—Te fuiste —dice finalmente. No desvía la mirada, pero en sus ojos ya hay lágrimas—. Puedes decir todas esas palabras bonitas… pero te fuiste.
Duele. Como si me clavara una daga en el estómago. Pero no la culpo. Tiene razón.
—Sí. Me llevaron. Pero no luché lo suficiente. Y eso… eso me destruye. No tienes idea de cuánto me duele haberte hecho daño.
—No puedo —susurra, e intenta zafarse de mis manos.
—Sofía , por favor. No me dejes. Sé que te fallé. Pero este tiempo… encontré algo. Una manera de ser libres. Libres de Jana. De mi padre. De todo esto.
—¿Qué?
—Solo necesito una semana más.
—Otra vez con lo mismo…
—No. No me entiendes. Estoy… soy…
—Habla claro, Patrick. No puedo seguir así.
Sus ojos están llenos de dolor. Ya no puedo ser ambiguo.
—Primero que todo, cortaron toda comunicación entre tú y yo. Me llevaron sí, pero me quitaron el celular. Cada email, cada mensaje estaba siendo monitoreado porque… porque le dije a Jana y a mi padre lo que siento por ti.
Cierra sus ojos. Me cuesta seguir hablando. Pero ella necesita saberlo.
— Ellos pensaron que la única solución era apartarme de ti de raíz. Como si pudiera olvidarte. Como si pudiera olvidar estos ojos, este cabello… estos labios— le toco el labio con el pulgar. y Dios como la extrañana, su piel es tan suave tan dulce que no se si podre continuar hablando. Ella tiembla. Yo también. La amo, cada parte de ella, cada centímetro de su ser, ¿como pude estar cuatro meses o toda una vida sin ella?.
Apoyo mi frente en la suya. Necesito sentirla. Oler su piel. Saber que aún puedo alcanzarla, aunque sea un poco.
—Te amo —susurro.
—Patrick… continúa. No te distraigas —dice, con la voz hecha de cenizas.
Me enderezo apenas, pero la sigo tocando. Su piel es tan suave como cuando la toque la ultima vez.
—Encontré algo. Todos los contratos de las empresas del continente americano están a mi nombre. No sé si fue un error de Jana… o si simplemente nunca pensó que me rebelaría. Estoy esperando el último documento de aprobación. En cuanto lo tenga, todas las empresas volverán a manos de sus dueños originales en cada país. Mi padre y Jana se quedarán únicamente con las que están en Europa. En una semana… todas serán libres. Seremos libres. Libres de ellos..
Ella me mira. Traga saliva, pero no dice nada. Su rostro es un poema de confusión: incredulidad, miedo, esperanza. Todo mezclado en una sola expresión. Sé que está asustada. Lo veo en sus ojos. Su reacción instintiva no es alegría, es duda. Su primera preocupación es si volveré. Si ya no soy el dueño… ¿por qué habría de regresar? Y la respuesta está ahí, tan clara para mí como el aire que respiro. Volvería por ella. Aunque no quedara nada. Aunque todas las empresas se desvanecieran. Iría donde fuera, a donde ella esté. Porque ya no se trata de poder, de negocios, ni de mi padre. Se trata de ella. Ella es mi razón.
—Es mucho poder… —dice, con una pizca de miedo. —. ¿Estás seguro de que podemos con eso? Yo no sé…
—Mi amor — digo, ahora más firme —. Contigo a mi lado, podemos con lo que sea. Solo quédate conmigo.
La envuelvo con los brazos. Mi frente sigue contra la suya. La miro a los ojos, y sé que estoy suplicando sin palabras. Me acerco más pero despacio, y mis labios rozan los suyos con una suavidad que me quiebra por dentro. Pero no se aparta se que me extraña tanto como yo la extraño a ella. No puedo, no quiero estar mas sin ella.
—Dime que me perdonas… —le susurro, con la voz hecha trizas—. Dime que no te perdí. No puedo pasar ni una noche, ni un día más sin ti.
Ella no dice nada. Pero levanta una mano. No se si me va a dar una cachetada, aunque si es así lo merezco, por lo que no me muevo. Pero en cambio me acaricia la mejilla. Y entonces lo sé… no todo está perdido.
Nos besamos. Primero con miedo. Luego con hambre. Con necesidad. Con desesperación.
Y cuando nos unimos en esa cama, cuando por fin vuelvo a sentir su cuerpo contra el mío, sé que he vuelto a casa. Sé que el infierno valió la pena por este momento. Por su cuerpo. Por su ser. Por su amor.
Porque ella es mía. Y yo soy suyo.
Y ahora… voy a pelear.
Por nosotros.