Capítulo 37
27 de enero de 2026, 20:46
A la mañana siguiente, despertar entre los brazos de Patrick y que ambos aun estemos desnuedos es como estar envuelta en una manta de calidez y nostalgia. No se separó de mí en toda la noche, como si realmente creyera que podría desaparecer en cualquier momento.
Me mantuvo cálida todo el tiempo. Y lo agradezco. Porque, incluso con calefacción, Irlanda es mucho más fría que Costa Rica.
Mi cabeza descansa sobre su pecho, y sus brazos fuertes me rodean en un abrazo de oso gigante. Siento su respiración acompasada, su corazón latiendo con calma… y no quiero moverme. No quiero salir de aquí. Nunca.
Y mientras empiezo a recordar todo lo que paso ayer tengo miedo de que Jana nos encuentre. De que todo vuelva a derrumbarse. Pero, como si pudiera leerme el pensamiento, siento un beso suave en la frente.
—Buenos días, amor —dice con esa voz rasposa de recién levantado. Suena tan bien que debería ser ilegal.
Si alguna vez se cansa de los negocios, y no quiere trabajar mas en eso lo pondré a grabar audiolibros. Se haría millonario.
—Buenos días —susurro.
Lo beso otra vez. No quiero perderlo. Y él lo sabe, porque me devuelve el beso con la misma ternura, con la misma necesidad.
—No quiero moverme de aquí —le digo, cuando apenas separo mi rostro del suyo.
—Entonces no lo hagas.
—Mmm… —me acurruco un poco más contra su pecho, me apriete un poco más a él —. Pero debo empezar a alistarme para ir al aeropuerto…
—Quédate —dice sin soltarme.
—Patrick…
—Quédate esta semana que me queda. Quédate conmigo. Te necesito a mi lado. Por favor.—sus suplicas son tan insistentes que lo pienso un momento.
¿De qué sirve irme ahora? Es cierto que se me acaban los días de vacaciones, pero… ¿qué es lo peor que podría pasar? ¿Que Don Mario se enoje conmigo? Bueno, ya me arreglaré con él. Además, si regreso al trabajo después de haber rescatado a Patrick… eso sí sería una victoria. Y sé que no soy la única que lo extraña por lo tanto sería la heroe del trabajo.
Dejo salir un gran suspiro.
—Está bien —respondo al fin, sonriendo con resignación.
Patrick no espera ni un segundo. Se levanta de golpe, dejando la cama helada en su ausencia. Se viste en un instante y empieza a buscar mi maleta.
Yo me incorporo, aún envuelta en las sábanas, y lo miro desde la cama, algo confundida.
—¿Qué haces?
—Bueno, no te vas a quedar aquí —dice Patrick mientras busca en la maleta—. Tenemos una casa. Y vamos para allá.
—¿Tienes una casa aquí? —pregunto, y en cuanto lo digo, me doy cuenta de lo tonta que suena la pregunta—. Claro que tienes una casa aquí... eres de aquí.
Él sonríe como si hubiera leído mis pensamientos.
—Bueno, es nuestra casa —aclara, sacando ropa de la maleta y extendiéndomela—. Por eso quiero que te quedes, para que puedas verla.
—¿Pero estás seguro de que es buena idea que...?
—Sofía —me interrumpe con suavidad pero firmeza—. Ya te lo dije. Todo está listo. Solo necesito unos días más y...
—¿Pero te vas a ir conmigo? ¿Vas a dejar todo esto? —pregunto, señalando hacia la ventana, hacia esa ciudad hermosa que vibra más allá del vidrio. La misma ciudad que, incluso con los ojos llorosos, me pareció encantadora cuando llegue.
Patrick se acerca, se inclina hacia mí y me besa. Su cercanía me calma.
—Esto no es vida si tú no estás. He vivido treinta y cinco años aquí, y no me molesta en lo más mínimo pasar el resto de mis días contigo en otra parte.
—Pero...
—Pero nada —responde, con esa determinación que me desarma—. Sí, ahora es bonito porque estamos en primavera. Pero deberías ver cómo se pone esto en invierno. El frío no se compara con nuestro hogar en Costa Rica. Mucho menos con tu familia, la gente, la cultura... lo amo todo y por si fuera poco tú estás allá. ¿Cómo voy a preferir esto?.
Él también señala la ventana, pero ahora lo hace para que entienda lo que verdaderamente significa para él.
—No quiero que tengas que escoger —susurro.
—No estoy eligiendo entre dos cosas, Sofía —hace una pausa, reflexiona—. Bueno, sí estoy escogiendo. Pero por primera vez en mi vida, soy yo quien elige. Y te elijo a ti.
Esas palabras se meten en mis odios y es mucho más de lo podria desear. Entonces se acerca de nuevo a la cama y me besa con una ternura que me deja sin palabras.
—Bueno —dice después, separándose un poco—. Vístete, que ya no puedo estar un segundo más en este cuarto contigo desnuda en la cama e intentar hacer algo que no sea mirarte como un completo pervertido y tener pensamientos obsenos.
—¡Patrick! —le doy un pequeño empujón en el hombro, entre risas.
Él se ríe conmigo, se da la vuelta para darme algo de privacidad (aunque sé que está tentado a mirar), y yo me visto, sintiéndome inesperadamente segura bajo su presencia, de ves en cuando me observa como quien contempla una obra de arte. Es extraño… pero reconfortante. Me hace sentir deseada, pero también amada.
En menos de veinte minutos desde el centro de la ciudad, llegamos a una joya arquitectónica escondida en una calle tranquila, en el corazón de Ranelagh, según me explicó Patrick.
La fachada de ladrillo rojo de su casa —bueno, nuestra casa— se alza con una elegancia sobria. Está impecablemente renovada. Combina el encanto clásico de la época Victoriana con lo mejor del diseño contemporáneo: ventanales amplios, detalles de madera restaurada, y un jardín pequeño al frente con hortensias en flor. La casa no solo parece acogedora… parece hablada, como si tuviera historias esperando ser contadas entre sus paredes.
—Wooo... muy europeo —digo mientras bajo del auto.
Patrick me toma de la mano justo cuando abre la puerta del copiloto.
—Pues sí... estamos en Europa —responde con una sonrisa.
Lo miro con una ceja alzada, como diciéndole "duh", y él se ríe antes de rodear el auto para ir por mi maleta.
Yo, en cambio, me quedo contemplando la fachada. Tiene dos pisos y una puerta color lila que resalta entre los tonos sobrios de la casa. Es hermosa, serena... casi poética.
—La puerta la pinté por ti —dice mientras regresa a mi lado—. Sabía que la verias algún día tambien para recordarte todos los días.
Abre la puerta con calma, como quien abre algo sagrado.
—Entra.— dice con una gran sonrisa y amor en sus ojos.
Lo miro con media sonrisa y un dejo de ironía.
—¿Sabías que la veria algún día? Ajá... ¿pero cómo sabías que te iba a perdonar?
Patrick no titubea.
—Eso no lo sabía —dice, bajando la mirada por un segundo—. Pero todas las noches recé para que lo hicieras.
Desde el momento en que cruzo la puerta principal, siento como si estuviera entrando en el corazón de Patrick.
Todo transmite armonía. Cada objeto, cada color, cada rincón parece haber sido colocado con intención, como si estuviera diseñado no solo para vivir, sino para sentir.
El recibidor es elegante: suelos de madera oscura, paredes claras que reflejan la luz natural que entra por las ventanas altas y acristaladas. Un mueble blanco con superficie de mármol sostiene una lámpara delicada y cálida, y sobre la pared cuelgan molduras finas y obras de arte cuidadosamente seleccionadas.
Es un equilibrio entre lo clásico y lo moderno, entre lo sobrio y lo acogedor.
Una escalera alfombrada en gris suave asciende con una curva sutil. Los barandales de madera blanca se ven impecables. Sin duda, los dormitorios están en el segundo piso, pero no tengo prisa por subir. Estoy disfrutando cada detalle.
Luego llegamos a la cocina. Es el corazón de la casa, como Patrick lo es del mío.
El diseño es impecable: luminosa, funcional, moderna. Gabinetes blancos de estilo shaker, electrodomésticos empotrados de última generación, y una isla central en un tono verde profundo que le da carácter. Las lámparas colgantes de vidrio añaden un aire contemporáneo, mientras una pared de ladrillo expuesto equilibra la modernidad con un toque rústico y cálido.
Alrededor de la isla, hay sillas altas tapizadas en gris claro. Me imagino ahí, desayunando con él, charlando por horas o cocinando juntos.
Me recuerda a nuestra casa en Costa Rica… pero con un aire más refinado. Es como si esta casa fuera Patrick, y la de Costa Rica fuera yo. Dos estilos distintos, pero profundamente conectados. Es la misma esencia, solo en diferentes tonos.
Cada rincón tiene detalles que delatan su presencia y su amor por lo simbólico: una corona de flores secas en la pared, un florero con rosas frescas sobre la mesa, pequeñas fotos en blanco y negro en marcos de madera clara. Es un espacio lleno de amor… y espera.
Lo amo. Amo el lugar. Me hace sentir segura.
Siento a Patrick detrás de mí. No necesito voltearme para saber que está sonriendo. Pero lo hago igual.
Y sí, ahí está: con esa sonrisa que tiene desde que volvimos por decirlo así.
—Se parece mucho a la nuestra en Costa Rica —digo mientras recorro el salón con la mirada.
—Lo sé. Por eso supe que amarías esta —responde Patrick, sonriendo—. Iré arriba a dejar tu maleta. Ponte cómoda.
Me deja sola. El silencio en la casa es cálido, cómodo, como si me abrazara. Empiezo a recorrer la sala con más atención. En una de las estanterías hay varios cuadros, y uno de ellos me llama la atención.
Me acerco, aprecío una fotografía mía.
Estoy riendo con los ojos cerrados, jugando con Naga en el jardín. No recuerdo haber visto esa imagen antes, ni que Patrick me la hubiera tomado. Me veo... realmente feliz. Hay algo tan genuino en esa risa, que por un instante me siento conmovida. La foto parece sacada por un profesional, pero estoy segura de que nunca me mencionó que existía.
Empiezo a revisar los demás cuadros. Y ahí están.
Más fotos mías.
Una donde estoy leyendo en el sofá, otra cocinando, otra en la terraza mirando hacia el cielo como si estuviera soñando despierta.
¿Cómo no me di cuenta? ¿En qué momento las tomó?
Camino hacia su despacho para inspeccionar un poco más. Ahí, junto a su computadora, hay otra fotografía que me deja inmóvil. Es una imagen del último día de la conferencia en Nueva York. La tomaron cuando todos nos estábamos despidiendo fue una foto grupal. En ella, yo estoy mirando hacia la cámara, aunque con el rostro distraído, probablemente pensando en las decisiones que había tomado al aceptar ese contrato. Pero Patrick… él no está mirando a la cámara. Está mirándome a mí.
Como si en ese instante ya supiera que todo esto iba a suceder. Como si ya me hubiera elegido.
Siento entonces sus brazos rodearme por la cintura. Me abraza por la espalda y me da un beso suave en el cuello.
—¿Patrick… cuándo tomaste todas estas fotos?
—Esa —dice, señalando la de la conferencia— es del día que nos conocimos, ¿lo recuerdas?
—Sí, claro que lo recuerdo. No es como si pudiera olvidarlo. Pero las demás…
—Las demás las tomé cuando no me veías.—dice y en su voz puedo notar una risa de satisfaccioń.
—Sí, eso puedo ver —respondo con una sonrisa que intenta esconder la ternura que me invade—. ¿Pero por qué?
Patrick me da otro beso, esta vez en el hombro. Me doy vuelta para poder mirarlo mientras me da una explicación logica.
—Porque estaba solo en casa... y necesitaba verte todos los días. Así que las imprimí y las puse por toda la casa. Para no olvidarme de lo que se siente tenerte cerca.
Me lo imagino tomando las fotos a escondidas, eligiéndolas con cuidado, y luego comprando marcos, colocándolas una a una en cada rincón.
Mi corazón se expande. Un poco más.
Y otro poco más.
Como si el amor tuviera esa capacidad: de crecer incluso cuando ya creías que estaba lleno. Y sin duda alguna me doy cuenta que este hombre es el que quiero para el resto de mi vida.
................................................................................................................................................................
La primera mañana me despierto en su cama, con la luz entrando suavemente por las cortinas blancas. Patrick ya no está. Por un segundo, creo que todo fue un sueño que aún estoy en Costa Rica y no fue mas que una ilusión. Hasta que siento el olor a café y escucho la puerta del cuarto abrirse.
—Buenos días —dice entrando con una bandeja. Lleva dos tazas, fruta y unos croissants con cocholate. Me sonríe—. Sé que no es gallo pinto, pero lo intenté.
—No te preocupes. Estoy impresionada de que recuerdes el nombre —le digo, mientras me incorporo.
—He recordado cosas más difíciles… como la forma exacta en que fruncías el ceño cuando estabas molesta conmigo.
Nos reímos. Esa mañana no salimos de casa. Pasamos horas desayunando lento, luego en la tarde, Patrick debe ir a trabajar pero no me importa ya que con el jetlag y pasar las noches con Patrick no he podido acomodarme al sueño. Cuando vuelve del trabajo cenamos y él me pone música de bandas irlandesas que no conozco. Cantamos, mal, y bailamos, peor. En definitiva no es música para bailar.
Al día siguiente, salimos a conocer la cuidad.
—¿Y si alguien te ve? —le pregunto mientras caminamos por las calles de Temple Bar.
—Le diré que salí por un café. ¿No ves? —levanta su vaso como prueba—. No estoy mintiendo.
Paseamos por las callejuelas coloridas, entramos en librerías y tiendas de antigüedades. En una me compra un abrigo, porque él insiste en que es “muy tú”. Terminamos comiendo en un pub escondido, uno donde, según Patrick, “no va nadie de la oficina”.
Cuando llega el miércoles.
Vamos al Jardín Botánico de Dublín. Lleno de flores, invernaderos de cristal y caminos que parecen sacados de un cuento. Nadie nos molesta, nadie nos conoce. Patrick me toma fotos, pero ya no a escondidas. Me hace reír con algo tonto y luego me besa bajo una pérgola llena de buganvilias.
—¿Crees que algún día esto pueda ser normal? —pregunto.
—Creo que ya lo es. Solo hay que decidir vivirlo así —responde, tomando mi mano.
Jueves en la noche, cuando Patrick vuelve del trabajo me encuentra aun en pijamas, me excuso con que aun necesito recomponerme de la diferencia horaria. Él cocina para mí apesar de mi exigencias de que queria hacerlo yo, pero en realidad no queria.
—¿Esto es...? —pregunto, mirando el plato.
—Pollo al curry con arroz basmati. Tu favorito. O eso dijiste una vez en casa mientras discutías con Elena sobre cuál era el mejor tipo de arroz.
Me río. No recordaba ese momento. Él sí.
Después de cenar, bailamos lento en su sala. La música apenas se oye. Bailamos en silencio más que todo, moviéndonos como si no hubiera pasado el tiempo. Me siento segura, en casa, como si por fin hubiera encontrado el lugar donde pertenezco.
Viernes. Vamos al Howth Cliff Walk, una caminata por los acantilados. Hace frío y viento, pero Patrick me presta su chaqueta aunque yo lleve una igual de abrigado. Me gusta el frio pero esto es demasiado.
—¿Estás segura de que nadie de la empresa te verá aquí? —pregunto. No se por que pero tengo un terror que nos vean, siento que ha sido la semana mas larga de mi vida. Me encanta pasar tiempo con él obviamente, y se que ha ido a trabajar pero y si se mete en problemas por mi culpa. Es imposible que Jana no vaya a hacer nada después de nuestro encuentro.
—Jana odia caminar. Y los de la junta no pisan tierra sin un chófer. Estamos seguros. Ya te dije que Jana no tiene ningún poder aquí. Cuando te dije eso lo dije en serio. Ella estuvo en la oficina el otro día, pero siempre está fuera del país… buscando dónde meter las garras.—me dice y me tranquiliza un poco.
Nos sentamos al borde de los acantilados. El mar se estrella contra las rocas. Hay silencio entre nosotros, pero no incómodo. Solo paz. Yo necesito procesar el miedo que aún siento cuando escucho el nombre de Jana. Creo que, más que nada, fue un pequeño trauma que me dejó… al hacerme creer que Patrick, en serio, se iría.
—¿Aún te arrepientes de haberte quedado? —me pregunta—. Te noto callada.
Lo miro. Niego con la cabeza.
—Para nada. Solo que aún me pone nerviosa pensar en Jana… o en lo que vaya a pasar al finalizar la semana.
—¿No confías en mí?—frunce el ceño como si se sintiera ofendido.
—No es eso. Es que… no sé.—me encojo de hombros— Siempre que uno piensa que algo bueno puede pasar algo cambia. Y de pronto ya no es como pensabas.
—Entiendo —dice, y se queda un momento en silencio, pensativo—. Sé que nunca me has visto en acción, pero soy bueno en los negocios. Confía en mí, te prometo que todo va a salir bien. Sé que Jana te asustó cuando pasó lo que pasó. Pero ella nunca va a poder contra mí. Por eso creo que me detesta tanto.
Me quedo en silencio. Nunca me había puesto a pensar lo triste que debe ser haber tenido una hermana a la que no te enseñaron a amar. Yo tengo a mis hermanos y los amo con todo mi corazón. Son lo único que es tuyo para siempre. Ellos viven en ti y tú en ellos. No me puedo imaginar que Patrick no tenga eso con la suya.
—Lo siento —digo, mientras entrelazo mis dedos con los suyos.
—¿Por qué lo sientes? —responde con una pequeña sonrisa. Pero yo lo miro con tristeza, y su sonrisa se difumina—. ¿Por qué lo sientes?
—Es que… tu hermana y tú… no sé. Me da mucha tristeza.
Toma mi mano, la que está entre la suya, y me besa el dorso.
—Mi amor, no lo sientas. Siempre ha sido así.
—Sí, pero no debería. No es así como deberían ser los hermanos —siento cómo mi voz se quiebra. No puedo creer que estoy a punto de llorar por Jana. Ugh, no.
—Ya, ya —dice mientras me acerca a él en un abrazo—. Tal vez, algún día, cuando todo esto acabe, podamos volver a comunicarnos. Y tal vez… ella quiera que yo esté en su vida. Y tú también.
—Sí, supongo que sí —digo mientras me seco las lágrimas.
Él sonríe como si esa frase le bastara para vivir diez años más tranquilo. Nos ponemos de pie y regresamos a casa.
El sábado es más doméstico. Vamos al mercado, compramos flores y verduras. Cocinamos juntos. Me enseña una receta de su abuela. Vemos películas en el sofá. Me quedo dormida sobre su pecho, y despierto con él acariciándome el cabello.
Domingo es el último día. Ya mañana es “el día”. Intento no ponerle demasiada atención, pero siento cómo mi pequeña ansiedad va tomando el control de mi mente.
Vamos a un parque hermoso, su favorito, según él. Patrick me toma de la mano, y mientras caminamos por los senderos llenos de hojas, me dice:
—No sé qué va a pasar después de esto. Pero gracias por darme esta semana.
—No fue solo tuya —respondo—. Yo también la necesitaba.
Nos detenemos bajo un árbol en flor, de esos que parecen pintados a mano. Él se para frente a mí. Me sonríe.
—Sofía … sé que ya lo habíamos hablado en Costa Rica, antes de que todo pasara, pero me gustaría volver a preguntártelo.
Las flores caen a nuestro alrededor como en cámara lenta. Patrick se arrodilla, sin importarle los pantalones tan elegantes que lleva. Saca un anillo de su bolsillo. No es como el dorado y simple que me dio el día que nos “casamos”. Este es hermoso, con una piedra que al reflejar la luz tiene destellos morados. Este hombre y los detalles...
—Así que te pregunto una vez más. ¿Te gustaría casarte de verdad conmigo?
Me quedo un momento viéndolo. Es digno de una fotografía. Su mirada tiene un poco de miedo. No sé por qué, si él sabe lo que siento por él. Se ve tan bello… No sé si hay personas alrededor, no me importa, a decir verdad. No quiero que nadie se mueva. Este es nuestro momento.
Miro una vez más el anillo y luego a Patrick. Le empieza a temblar la mano. No sé si es por estar arrodillado, lo cual no creo, porque lo he visto hacer muchísimo más esfuerzo cuando entrena o cuando está conmigo en su cama. Pero está temblando.
—Patrick…— Sus pupilas se dilatan como si estuviera a punto de morir.—Sabes que eres el amor de mi vida.
Me agacho hasta estar a su nivel, tomo su rostro entre mis manos, y sin dejar de mirarlo le digo:
—Contigo aprendí que el amor no se mide por lo que parece fácil, sino por lo que vale la pena luchar. Porque aun cuando te fuiste, nunca te dejé de esperar. Porque en cada ciudad, en cada idioma, y en cada historia, mi alma siempre pronunció tu nombre. Y porque desde que volví a estar contigo, mi corazón entendió que este es su lugar. A tu lado y tu al mío. Por lo tanto. Sí, Patrick… Sí, mil veces sí, acepto volver a casarme contigo.
Él deja escapar el aire , por fin vuelve a respirar. Me sonríe con los ojos vidriosos y nos ponemos de pie con el anillo aún temblando entre los dedos.
Yo le tiendo la mano y él la toma. Desliza el anillo en mi dedo con tanta ternura que siento que algo en mí se enciende. Luego me abraza. Un abrazo de esos que sostienen el alma. Que dicen “gracias” y “te extrañé” y “ya no más adiós” sin necesidad de palabras.
Y entonces me besa.
Me besa con una suavidad que casi duele. Con una intensidad que me ancla a este planeta. Con una pasión que me hace entender que todo—todo—valió la pena solo por llegar a este instante.
Nos quedamos ahí un rato, bajo el árbol, con los pétalos cayendo alrededor, como si el mundo nos bendijera en silencio.
Después, tomados de la mano, volvemos a casa.
Y en medio de sus brazos, antes de quedarme dormida, pienso en este amor, el nuestro, me doy cuenta de lo agradecida que estoy por todas las decisiones que hemos tomado para llegar hasta aquí.