Capítulo 38
30 de enero de 2026, 4:00
Es lunes por la mañana. Patrick ya se fue al trabajo hace un rato, y yo me he quedado en la casa... o como él suele decir, nuestra casa.
Aún no son ni las nueve cuando escucho el timbre.
—¿Quién será? —murmuro mientras me acerco a la puerta—. Literalmente nadie sabe que estoy aquí. Y si buscan a Patrick, sabrán que no está… A menos que sea alguien de paquetería.
Abro la puerta sin demasiada expectativa, pero lo que veo al otro lado me deja helada. Frente a mí hay una versión mayor, más rígida… y claramente más furiosa de Patrick. El parecido es innegable, pero la expresión de desprecio en su rostro es totalmente opuesta a la calidez que veo cada día en el hombre que amo.
—¿Hola? —pregunto con cautela.
—¿Así que tú eres la zorra que ha estado revolcándose con mi hijo?
¡Wow! Empezamos fuerte, señor.
—Disculpe… ¿qué dijo?
—Déjame entrar —ordena, como si esta fuera su casa.
Pero no me muevo ni un centímetro. No pienso dejar que un desconocido, aunque sea el padre de Patrick, entre en la casa si estoy sola. No después de haber estado una vez encerrada con Jana. No otra vez. No con otro Reggin que no sea Patrick y mucho menos con la manera que acaba de empezar su saludo. Así que no me muevo.
—¿No me vas a dejar entrar? —insiste, con los ojos encendidos de furia.
—Creo que lo que tenga que decir puede decirlo perfectamente desde donde está. Y si lo único que viene a hacer es insultarme, prefiero escucharlo desde afuera.
Estoy nerviosa. Lo noto en mi respiración agitada. Sé que perfectamente podría empujarme y entrar, pero no lo hace. Tal vez no está acostumbrado a que lo enfrenten. Me estudia con su mirada y siento como una gota de sudor fria recorre mi espalda.
—Muy bien —espeta, casi escupiendo las palabras—. Dile a mi hijo que cancele todos sus planes de quitarme las empresas.
No lo dice como una petición, ni como una advertencia. Lo dice como una orden. Como si estuviera tan acostumbrado a dar instrucciones que espera que el mundo entero simplemente las siga.
Por un momento, me quedo en silencio.
—¿Qué? —por un instante no entiendo lo que quiere decir.
Pero entonces lo recuerdo: Patrick me habló de los documentos, de la transferencia de la empresa a mi nombre. Ahhhhhh... Ok… supongo que ya es oficial. Los papeles fueron entregados. Eso me da un toque de alegria apesar de que estoy asustada.
¿Pero que yo le diga a Patrick qué hacer con la empresa? ¿Yo? ¿Qué voy a saber yo de eso?
—¿Me escuchaste o no? —insiste, cruzando los brazos, la mirada cargada de desprecio.
—Sí, entendí —respondo, ya harta—. Pero dígame, ¿qué tengo que ver yo con sus asuntos de empresa? Hasta donde sé, todo lo relacionado con ese contrato siempre fue entre usted y Patrick. No conmigo. Yo no tengo nada que ver en esto.
Mi voz suena firme, más de lo que esperaba.
Lo que me queda ahora es fingir que no sé nada… o simplemente no seguirle el juego. Y sinceramente, no pienso seguirle el juego a nadie. Que grite si quiere que haga una rabieta. No importa por que ya perdió.
Él me mira como si no pudiera soportar que alguien le hable así. Y luego lo dice.
—Eres una maldita zorra.
—Disculpe, señor —intento sonar calmada y segura, aunque por dentro me tiemblan hasta las pestañas. Después de lo que viví con Jana, no puedo permitirme que nadie más me desestabilice. Además, ahora tengo algo claro: Patrick está de mi lado. —Le agradecería que dejara de ofenderme, especialmente si está aquí porque necesita algo de mí. Evidentemente no está obteniendo el resultado que quiere… pero con esa actitud, le aseguro que no lo va a lograr.
Sus ojos se abren como platos al escuchar mi respuesta.
—Tienes que decirle a Patrick que rompa ese contrato ahora mismo —escupe.
—¿Perdón?
—¡Por tu culpa está robándome mi empresa! ¡Tú eres la culpable de este robo!
Ah, ya entiendo. Él cree que soy la mente detrás de todo esto. Cree que estoy manipulando a Patrick por su dinero. Qué ironía.
—¿De verdad eres tan estúpida? —grita con rabia, dando un paso más hacia mí—. Necesito. Que. Le. Digas. A Patrick. Que. Termine. Este. Contrato.
Deletrea cada palabra como si estuviera hablándole a una niña de dos años. La condescendencia en su tono es tan venenosa como su desprecio. Y ahí lo veo claro: ya entiendo de dónde Jana heredó su carácter.
—No tengo ningún asunto que ver con las decisiones laborales de Patrick. Le pido, por favor, que se retire de mi propiedad —respondo, con la voz firme, aunque mi corazón golpea con fuerza dentro de mi pecho. Enfatizó en la ultima palabra solo para molestarlo.
—¿Quién te crees que eres? —gruñe, y esta vez da un paso más. Es grande. Su presencia es imponente. Por un segundo, me asusto. Esta levantando la mano se que me va a golpear ya no soporta mas mi insolencia.
—¡Padre!
La voz de Patrick corta el aire como una espada. El hombre se detiene en seco.
Él… se detuvo.
Siento cómo mis pulmones se llenan de aire por fin. Patrick está aquí.
—¿Qué demonios haces en nuestra casa? —le reclama, avanzando con paso firme hacia nosotros.
Su padre se da la vuelta, enfrentándolo. Ahora se ve aún más furioso, pero hay algo más detrás de su rabia: miedo.
—¿Qué crees que hago? ¡Cómo te atreves a robarme mi empresa!
Patrick suelta una risa seca y burlona.
—¿Tu empresa? Si no estoy mal, ya no es tuya. Y si vamos al caso, nunca lo fue realmente. Solo que tú y Jana jamás pensaron que yo sería más inteligente que ustedes… y terminaría haciendo lo que es correcto y quedándome con lo que siempre fue mío.
—¡Maldito desgraciado! —grita su padre, totalmente fuera de sí—. ¡Cancela lo que estás haciendo! ¡No voy a dejar que me quites todo por lo que he trabajado y lo que he dado mi vida!
Patrick lo mira, completamente sereno, como si no le afectara. Pero yo lo conozco. Conozco ese gesto. Está furioso. Pero no va a gritar. No va a perder el control. No con él.
—Lo que hiciste fue abusar de todos, toda tu vida. Me usaste, usaste a Jana, manipulaste a todos los que se cruzaron en tu camino. Pero se acabó. No tengo que obedecerte más. Esta ya no es tu vida, y tampoco es tu casa y si prestas atención, parece que ya lo hice, todo lo que temías ya lo hice.
En ese instante, frente a mí ya no está el Patrick dulce al que estoy acostumbrada. No es el hombre tierno que me abraza por las noches ni el que me escribe con emojis. Este Patrick es otro. Un tiburón. Un estratega implacable. El empresario que fue criado para enfrentarse a monstruos… como el que tiene delante.
Su rostro es serio, su postura firme, y sus palabras, cortantes.
—¡Cancélalo! ¡CANCELA TODO! ¡Esta puta tiene la culpa de todo! —grita su padre, señalándome con un dedo tembloroso, completamente fuera de sí.
—No te atrevas a llamarla así —dice Patrick, su tono grave y peligroso. Su voz no es elevada, pero el poder que carga hace temblar la habitación—. LÁRGATE… o te juro que te quito las empresas de Europa y te dejo sin nada.
La mirada del padre cambia. Ya no es furia. Es terror. No un miedo cualquiera, sino ese momento exacto en el que te das cuenta de que has perdido el control sobre el monstruo que tú mismo creaste. Lo está viendo: Patrick ya no es su hijo obediente. Es su igual… o peor aún, su superior.
Estoy segura de que Patrick nunca le había hablado así. Nunca le había mostrado los dientes.
—No te atreverías —responde su padre, con apenas un hilo de voz.
Patrick da un paso más. La tensión se vuelve insoportable. Él se ve como un depredador a punto de atacar, y su presencia domina todo el espacio.
—¿Ah, no? ¿Quieres probarme? —su voz se vuelve más baja, más peligrosa—. Fui criado bajo tus reglas. Me enseñaste a destruir, a manipular, a ganar. Y ahora, gracias a ti, soy mejor que tú. Si quiero, te dejo en la calle.
El silencio que sigue es denso como plomo.
Yo estaría llorando si alguien me hablara así. Pero él no. Su padre permanece callado, derrotado.
—Lárgate —dice Patrick, sin titubear, cada palabra como un disparo—. No me importa lo que digas. No me importa lo que intentes. Los papeles ya fueron enviados, firmados, ratificados por todo el consejo internacional. Ya lo sabes, porque tú los leíste. Y ahora, oficialmente, soy libre de ti.
SU padre da un paso atrás totalmente rendido.
—Te lo advierto: si vuelves a buscarnos o intentar dañar a Sofía, me encargaré de destruir lo que quede de ti. No quiero volver a verte nunca más.
Y como un perro con la cola entre las piernas, su padre se va. No dice nada más. No gira la cabeza. Solo sale, derrotado.
Fue una guerra silenciosa, sin golpes ni escándalo. Pero brutal. En Costa Rica — pienso— ya se habrían volado uno que otro puñetazo. Pero aquí, en este tipo de batallas, las armas son el poder y la palabra.
Estoy en el marco de la puerta, paralizada. No me he movido. No sé si puedo.
Acabo de presenciar algo… monumental.
Cuando por fin estamos solos, Patrick camina hacia mí. Me toma las manos con suavidad, como si quisiera asegurarse de que sigo aquí. Que soy real. Que no hui despues de presenciar tal batalla, me toma la cara con ambas manos y me mira a los ojos. Sus ojos están cargados de rabia, de tristeza… pero también de alivio.
—¿Estás bien? ¿Te hizo algo? ¿Te tocó?
—No —respondo, negando mientras me aferro a él—. Estoy bien. Me asusté… pero estoy bien.
Patrick me abraza con fuerza, como si quisiera protegerme de todo lo que pueda venir, de todo lo que este pasado aún nos lanza. Y yo lo dejo.
—Lo siento —dice, con una dulzura que contrasta con el filo que mostró hace segundos—. Lamento que tuvieras que ver eso.
Me aparto para poder mirarlo a los ojos y sus manos tibias envuelven las mías. Me doy cuenta de que estoy temblando un poco.
—¿Cómo supiste que vendría aquí? —pregunto, apenas un susurro.
—Ah —dice con una risa entre triste y resignada—. Hace un momento estábamos en la oficina. Grito un poco… sabía que vendría aquí. Así que vine tras él.
—Eso fue impresionante —respondo, aún un poco asombrada. Su sonrisa se amplía, cargada de orgullo.
—¿Te gustó ver mi lado asesino? —su mirada se oscurece por un instante, como si evocara todo lo que acababa de hacer.
—Ni siquiera sabía que lo tenías.
Se echa a reír, relajando el ambiente.
—Prométeme que nunca me lo vas a mostrar.
Su risa se hace más fuerte, cálida.
—¿Mostrarte a ti mi mirada asesina? Por favor... sé que tú tienes una peor.
—¡Oye! —le doy un empujón suave, entre risas, mientras cruzamos juntos la puerta hacia adentro.
Patrick sigue riendo, como si después de todo, pudiera respirar por fin.
—Debemos empacar —dice entonces, en un tono más bajo, más real—. Y volver a casa.
Me detengo. Lo miro.
—¿Ya?
Asiente con firmeza, sin dudar.
—Ya.
No hace falta decir más. Me acerco a él, me envuelvo en sus brazos, y lo beso. Con fuerza, con certeza. Con la sensación de que por fin, después de todo lo que hemos atravesado, encontramos nuestro lugar.
Volvemos a casa. Los dos.
Juntos.
A empezar nuestra nueva vida.