ID de la obra: 962

Yakuza Kiwami - El Tigre que Nunca Rugió

Gen
NC-17
Finalizada
1
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
525 páginas, 169.963 palabras, 21 capítulos
Descripción:
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Nada Vuelve a ser Igual

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Capítulo 3

“Nada Vuelve a ser Igual”

Kamurocho se sumergía en el crepúsculo mientras la lluvia enfriaba el asfalto y desdibujaba los neones en los charcos. Ryohei corría sin tregua, su respiración agitada y la mente ardiendo en preguntas que no le daban descanso. La noticia de la muerte de Sohei Dojima y el arresto de Kiryu lo había dejado atónito. Cada paso resonaba en el agua estancada, su conciencia inundada de recuerdos y dudas. "¿Cómo pudo Kiryu llegar a esto?" Una punzada de inquietud se instaló en su pecho al recordar su propio pasado. Años atrás, él mismo había cruzado una línea al matar a Murakado, un acto que aún pesaba en su conciencia. La idea de que su amigo pudiera haber seguido un camino similar lo llenaba de desasosiego. Las sirenas a lo lejos lo impulsaron a ir más rápido. Esquivó transeúntes entre los reflejos de neón en el pavimento mojado. La oficina de Kazama estaba cerca. Solo debía llegar y entender qué había sucedido. Pero algo cambió. Un escalofrío le recorrió la espalda. No por la lluvia, no por el frío, sino por algo más primitivo. Instintivamente, redujo la marcha, la respiración aún entrecortada por la carrera. El bullicio de Kamurocho nunca cesaba, pero en ese instante, todo sonido parecía lejano, distorsionado, como si el aire mismo contuviera una presencia ajena. No estaba solo. Giró la cabeza sutilmente, tratando de no delatar su sospecha. Nada fuera de lo común. Solo sombras proyectadas por los letreros de neón, siluetas difusas de personas refugiándose de la lluvia. Pero la sensación persistía. Una presencia. Fría. Densa. Observándolo. El ritmo de sus pasos se alteró. No por indecisión, sino porque cada fibra de su cuerpo le gritaba que había ojos sobre él. Que alguien lo acechaba entre la multitud. "¿Paranoia?" pensó. Pero no era paranoia. Lo sabía. Lo sentía en la piel. Una sombra en la penumbra. Un peso en el aire, presagio de lo inevitable. Apretó los puños dentro de los bolsillos del abrigo, negándose a mostrar inseguridad. Si alguien lo seguía, si alguien lo observaba, entonces quería que lo supiera. Al girar la última esquina, divisó el edificio de la familia Kazama. No redujo el paso. Si su perseguidor tenía intenciones claras, tendría que dar la cara. Inspiró profundo, preparándose para lo que estaba por venir, mientras la lluvia le azotaba la espalda. Pero antes de cruzar la puerta, no pudo evitar echar un vistazo por encima del hombro. Nada. Y, aun así, la sensación de que algo lo esperaba en las sombras se quedó con él. Empujó la enorme puerta con más fuerza de la necesaria. Entró sin frenar. Los hombres de seguridad apenas tuvieron tiempo de hacer una reverencia antes de apartarse, permitiéndole avanzar directo a la oficina principal. Dentro, la atmósfera era pesada, como si la tensión se hubiera adherido a las paredes. Shinji estaba en el sofá, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el suelo. Al otro lado, Osamu Kashiwagi sostenía el auricular con una mano mientras con la otra hojeaba un informe, su expresión impenetrable, pero los ojos afilados. —Vine lo más rápido que pude… —soltó, aún con la respiración agitada, pero sin esperar respuesta. Su voz se endureció de inmediato—. ¿Qué mierda pasó? ¡¿Cómo que Kiryu está en prisión?! El silencio se volvió insoportable. Nadie hablaba. Nadie se movía. Su paciencia pendía de un hilo. —¡Shinji! —gruñó, cortante—. Habla de una maldita vez. El grito retumbó en la sala. Kashiwagi dejó de escribir, la tensión en el ambiente se hizo tangible. Se incorporó con calma, aunque su mirada proyectaba firmeza. —Cálmate, Tachibana. Estamos intentando entender la situación y… —¡¿Cómo demonios esperan que me calme?! —rugió, su voz quebrándose entre rabia e impotencia—. ¡Kiryu está en prisión y ustedes solo esperan! Mantuvo la mirada fija en Kashiwagi, con el pecho subiendo y bajando con fuerza. Shinji, sintiendo el peso de su desesperación, finalmente levantó la cabeza; sus ojos reflejaban culpa y desesperación. —Hace un par de horas, el patriarca Dojima... —comenzó con voz temblorosa—. Secuestró a Yumi. Nishiki y Kiryu fueron tras él para rescatarla. Hubo un altercado, y... Dojima terminó muerto. Kiryu asumió la responsabilidad y fue arrestado por el asesinato. —¿Fueron al mismo tiempo? —preguntó con tensión contenida. —No... —contestó Shinji—. Cuando me enteré, llamé al Serena, pero Reina me dijo que Kiryu estaba aquí, así que lo llamé... Nishiki fue el primero en ir a buscar a Yumi. Las palabras le golpearon como un puñetazo en el estómago. El corazón se le aceleró. ¿Kiryu, un asesino? No. No encajaba. Apretó la mandíbula. Nishiki había llegado primero. Nishiki estuvo a solas con Dojima. ¿Fue él? —¿Dónde está ahora? Kashiwagi, que se mantenía en silencio hasta entonces, intervino con cautela: —No se sabe… —Su tono era medido, pero no logró ocultar una sombra de duda. La mente de Ryohei bullía. Recordó incidentes pasados, momentos donde Nishikiyama mostró ambición desmedida, una chispa de resentimiento hacia el lugar que Kiryu ocupaba. Aunque sin pruebas, una sospecha incómoda empezaba a tomar forma. —¿Y Yumi? —En el hospital donde trabajas. —respondió Shinji en un murmullo. La tensión era palpable. Acusar sin evidencia era peligroso, pero pensar que Kiryu pagaba por un crimen ajeno era insoportable. Decidido, se giró hacia la salida, con las ideas ya ordenadas. —¿A dónde vas? —preguntó Kashiwagi, con mezcla de autoridad y preocupación. —A encontrar respuestas. —respondió sin mirar atrás. Mientras la puerta se cerraba, los dos hombres intercambiaron miradas cargadas de incertidumbre. Sabían que, si él empezaba a escarbar, las verdades enterradas no tardarían en salir. Antes de cruzar por completo, el médico se detuvo. Giró levemente, la mirada clavada en ambos. —Si logran contactarlo… —su voz, por primera vez, sonó melancólica—. Háganmelo saber. Y si es posible… permítanme visitarlo. No esperó respuesta. Cerró la puerta tras de sí con un suspiro contenido. Ya fuera, el aire estaba cargado de lluvia y humo de cigarro. Ajustó su abrigo y se encaminó al Hospital Universitario Touto. Sabía que Kazama estaría en la sala de espera. Yumi, en urgencias. Al llegar, mostró su credencial médica al personal de seguridad, lo que le permitió acceder sin obstáculos a las áreas restringidas. Su experiencia como médico le daba cierta libertad, y no pensaba desperdiciarla. En la zona de urgencias, la encontró sentada en una camilla, envuelta en una manta. Sus ojos vagaban sin rumbo, la expresión extraviada entre confusión y vacío. —Yumi —llamó suavemente al acercarse. Ella giró hacia él, pero no mostró reconocimiento. —Soy Ryohei. ¿Me recuerdas? Frunció el ceño, como si intentara escarbar entre recuerdos borrosos, pero terminó negando con la cabeza. —Lo siento... no sé quién eres. Las palabras fueron como un golpe. Una presión en el pecho lo dejó sin aliento. Intentó racionalizar, pero la realidad se impuso con frialdad. —¿Nada…? —murmuró, incapaz de disimular la tensión en la voz. La miró con atención, esperando un atisbo de reconocimiento. No lo encontró. Solo confusión. Solo vacío. Respiró hondo, obligándose a mantener la compostura. —Está bien… —dijo con más firmeza de la que sentía—. Has pasado por algo muy traumático. A veces, la mente bloquea recuerdos para protegerse. Ella bajó la mirada. Las manos temblaban. —No recuerdo nada... Ni cómo llegué aquí, ni qué me pasó. Asintió, comprendiendo la magnitud del impacto. Sabía bien lo que decía la medicina: ante un evento extremo, la mente podía romperse. Era una defensa. Un modo de evitar el colapso. Y ahora, más que nunca, Yumi necesitaba tiempo. —Yumi, lo que estás experimentando es una respuesta natural a un trauma severo. Tu mente está intentando protegerte del dolor, bloqueando esos recuerdos. Ella lo miró, los ojos empañados por las lágrimas. —Entonces… ¿qué significa esto? ¿Voy a estar así para siempre? ¿Nunca voy a recordar quién soy realmente? Durante unos segundos, él no supo qué responder. Odiaba no poder darle una certeza, algo que aliviara su miedo. Finalmente, le tomó la mano con delicadeza. —Es posible que los recuerdos regresen con el tiempo y el apoyo adecuado. Pero no debes presionarte. Lo más importante ahora es que te sientas segura y rodeada de personas que te cuiden. Asintió con lentitud, aunque la incertidumbre persistía en su expresión. —¿Y qué hay de... Kiryu? ¿Nishiki? —preguntó él, tanteando con cuidado. Ella parpadeó, confundida. —Esos nombres... no me suenan. Lo siento. La amnesia parecía ser selectiva, centrada en las figuras clave del evento traumático. Ryohei sabía que forzar un recuerdo en esas circunstancias solo podía empeorar la situación, generando más ansiedad o incluso rechazo. —No te preocupes por eso ahora. Lo fundamental es tu recuperación. Estoy aquí para ayudarte en lo que necesites. En ese instante, una enfermera se acercó y le informó que trasladarían a la paciente a una habitación más privada. —Te veré más tarde. Descansa, ¿sí? Yumi asintió, y él se apartó con discreción para dejar que el personal hiciera su trabajo. Mientras la veía alejarse, envuelta en esa manta blanca, un nudo se apretaba en su garganta. La gravedad del daño era real. La recuperación dependería no solo del tiempo, sino del entorno y del cuidado que recibiera. Con un suspiro profundo, se dirigió hacia la sala de espera. Kazama lo aguardaba allí, sentado con los brazos cruzados, el rostro marcado por la seriedad. Aunque su postura seguía siendo imperturbable, la carga de la situación se reflejaba con claridad en sus ojos. Al verlo acercarse, el patriarca inclinó apenas la cabeza. —Tachibana. —Su tono era bajo, pero firme—. Revisaste a Yumi, ¿verdad? ¿Cómo está? —La vi… pero necesito saber algo. Kazama bajó la mirada. Por un instante, pareció más cansado que de costumbre. Cerró la mano en un puño sobre la rodilla, como si se aferrara a algo invisible. —Sohei… —murmuró, sin rabia en la voz, solo un agotamiento profundo—. La secuestró. La sangre de Ryohei hervía por dentro, pero logró contenerse. El jefe alzó la vista, y por primera vez, en lugar de frialdad, mostró impotencia. —Intentó… —vaciló un momento, apretando la mandíbula—. Intentó violarla. El impacto de esas palabras fue brutal. El médico apretó los puños, luchando contra la rabia que amenazaba con tomar el control. Ahora comprendía el porqué del bloqueo de Yumi. Apoyó la espalda contra la pared, cruzando los brazos. —Así que es por eso… —murmuró. El sonido de pasos en el pasillo llenó el silencio que siguió. Con un nuevo suspiro, rompió la quietud. —Físicamente está bien. No tiene lesiones graves, pero… —exhaló lentamente—. No recuerda nada. No me reconoce, ni a Kiryu, ni a Nishiki. Kazama frunció el ceño. —¿Por qué? —No se trata de una pérdida de memoria al azar. —Ryohei eligió con cuidado cada palabra—. Es un mecanismo de defensa. La mente cierra la puerta a ciertos recuerdos cuando el dolor que generan es demasiado fuerte. No es olvido. Es supervivencia. El patriarca guardó silencio unos segundos. —¿Y eso puede cambiar? —Es difícil dar una respuesta concreta —admitió, llevándose una mano a la nuca—. A veces vuelven por sí solos. Un olor, una voz, algo familiar puede despertar la memoria. En otros casos… la mente prefiere mantener esa puerta cerrada para siempre. Kazama bajó la mirada, su mandíbula tensa. Luego pasó una mano por el rostro, como si buscara aclararse. —Entonces… aunque esté frente a nosotros, es como si habláramos con una extraña. —Exacto —confirmó Ryohei—. Y si presionamos, podríamos empeorar su estado. Lo más sensato es que sienta que está a salvo. Kazama asintió lentamente, procesando la información. —Entiendo… —musitó. Después alzó la vista, con el gesto más humano que le había visto en días—. Y tú… ¿cómo estás llevando esto? No respondió de inmediato. Exhaló despacio. Sabía que no podía hacer mucho más por ella en ese momento. Pero había otra persona que también necesitaba ayuda. —No soy el importante ahora —dijo por fin—. Pero si logran establecer contacto con Kiryu, quiero saberlo. El hombre mayor lo observó en silencio, luego asintió. —Si hay forma de hablar con él, te lo haré saber. —Gracias. Se apartó de la pared, listo para marcharse. Pero antes de dar el primer paso, la voz grave de Kazama lo detuvo. —Tachibana. Se giró apenas. —No cargues con todo esto solo. Ryohei soltó una risa breve, sin humor, ajustándose la chaqueta. —Es parte del encanto —respondió, dejando tras de sí su cansancio sin disimulo. Y sin mirar atrás, se alejó. La noticia de la muerte de Sohei Dojima se había propagado como pólvora. No solo en los círculos del bajo mundo, sino en toda la ciudad. Los titulares inundaban los periódicos: "Asesinato en la familia Dojima", "Joven subordinado arrestado por matar a un patriarca", "Kamurocho en vilo por el crimen que sacudió al Clan Tojo". Cada artículo era más sensacionalista que el anterior. Incluso en el Hospital Universitario Touto, donde normalmente solo se hablaba de medicina, el caso se había vuelto el tema de conversación. —Escuché que un tipo de la yakuza mató a su jefe… y que ni siquiera intentó escapar. —Seguro lo hizo esperando algún favor en la cárcel. —Dicen que era protegido de Shintaro Kazama. Vaya lealtad la suya. Ryohei apretó los dientes, los nudillos tensos alrededor de la bandeja quirúrgica. Inspiró profundo. Intentó no reaccionar. No valía la pena… Hasta que alguien cruzó la línea. —Kazama no debería sorprenderse. Si su discípulo es un asesino, los demás no deben ser muy distintos… El sonido del instrumental metálico golpeando la mesa rompió la charla. Todos giraron hacia él. Alzó la vista. La sonrisa que se dibujó en su rostro no tenía calidez alguna. Era afilada. Como filo antes de cortar. —Qué curioso. Los que jamás han pisado Kamurocho siempre creen que pueden opinar de todo. El interno que había hablado abrió la boca, pero Ryohei ya estaba caminando hacia él. —Déjame adivinar… —su voz era baja, cada palabra calculada—. Tú, con tu vida perfectamente estructurada, crees entender la lealtad en ese mundo. Que puedes mirar desde arriba y juzgar sin ensuciarte nunca. Se detuvo a un paso, su tono gélido. —Pero dime… ¿qué harías si tuvieras que elegir entre tu vida y la de alguien más? ¿Si supieras que no hay salida y aun así debieras decidir? El silencio en la sala se volvió denso. Ryohei dio un paso atrás, con una media sonrisa helada. —Eso pensé. Dejó la bandeja sobre la mesa con una calma que no reflejaba su interior. Sin una palabra más, abandonó la sala. No podía perder el control. No ahora. Pero cuando se trataba de Kiryu, había líneas que no toleraba cruzar. Aún procesaba la tensión cuando una voz familiar lo llamó desde el pasillo. —Doctor Tachibana… Se giró y se encontró con el doctor Kiminobu Hiyoshi, un hombre de mediana edad de gesto afable, que se acercaba con la mano extendida. —Doctor Hiyoshi. No esperaba verlo por aquí. Tras el saludo, caminaron juntos por los pasillos del hospital rumbo a la habitación de Yuko Nishikiyama. —Escuché lo ocurrido en Kamurocho... El implicado es cercano a usted, ¿cierto? El médico tensó la mandíbula, conteniendo la oleada de emociones. —Preferiría no hablar de eso. Ya escuché suficientes comentarios por hoy. El otro asintió, comprendiendo el mensaje sin necesidad de más palabras. —No se preocupe, no insistiré. En realidad, vine a hablarle de la paciente Nishikiyama. Un nudo se formó en su estómago al oír el nombre de Yuko, la hermana de Nishiki. —Tenía previsto coordinar una reunión con su hermano para ultimar detalles de la cirugía, pero... Hiyoshi apoyó una mano reconfortante en el hombro de su colega. —Sé que todo esto ha afectado profundamente a tu entorno, doctor. Pero recuerda, como médicos, debemos aprender a separar lo personal de lo profesional. Nishikiyama-san necesita esa operación, y su hermano confía en nosotros. Cuando estés listo, organicemos esa reunión y avancemos con el procedimiento. Ryohei asintió, agradecido por el gesto. —Tiene razón. Gracias por recordármelo. Me pondré en contacto con él y le avisaré. Mientras continuaban por el pasillo, no podía evitar sentir la tensión en el ambiente, pero también una chispa de esperanza. A pesar de todo, aún había vidas que podía salvar. Y eso le bastaba para seguir adelante. Con el paso de las semanas, su vida dio un giro radical. Las conversaciones sobre la muerte de Sohei Dojima se fueron apagando en los pasillos del hospital. Ya no era el tema principal, pero la sombra del escándalo seguía presente, como un susurro que se negaba a desaparecer. Sin embargo, lo que realmente lo consumía era la imposibilidad de visitar a Kiryu. Necesitaba saber si estaba bien, si necesitaba algo, si al menos seguía en pie. Pero las prisiones japonesas eran implacables. Sin parientes directos, Kiryu no podía recibir visitas. Y al no tener familia, ese aislamiento era absoluto. —Shinji logró entrar —le comentó Kashiwagi durante una de sus visitas al Serena—. Con la ayuda de la familia Kazama, conseguimos que lo dejaran verlo, aunque solo por unos minutos. —¿Y qué dijo? ¿Cómo está? —preguntó Ryohei, con un nudo en la garganta. El otro hombre bajó la vista. —No dijo mucho. Solo recibió una carta de expulsión del clan… firmada por el director Sera. Ryohei apretó los dientes. Lo estaban desechando. Como si nunca hubiera sido parte de ellos. Como si toda su lealtad hubiese sido inútil. Días después del ingreso de Yumi al hospital, desapareció. Una enfermera fue a verla por la mañana. La cama estaba vacía. Al principio no hubo alarma; tal vez había salido a caminar, o se encontraba en otra sala. Pero al revisar los pasillos y consultar al personal, la inquietud se instaló. Revisaron las cámaras. Nada. Como si se hubiera desvanecido con la niebla del amanecer. Como si la ciudad se la hubiera tragado. La policía abrió una investigación, pero entre el caos del asesinato de Dojima y el arresto de Kiryu, su caso quedó relegado. Ryohei escuchó todo tipo de versiones: que alguien la ayudó a escapar, que simplemente se marchó sin dejar rastro. Pero algo no cuadraba. Nishiki visitaba a Yuko de vez en cuando. Su actitud era tranquila, casi indiferente, como si nada hubiera cambiado. Preguntaba por el tratamiento, escuchaba con atención, y por momentos, parecía el mismo de siempre. Hasta que se mencionaba a Kiryu. Ahí todo se rompía. Sus dedos se crispaban apenas sobre el reposabrazos. La mandíbula se tensaba durante una fracción de segundo, antes de acompañar una risa forzada desviando la mirada hacia la ventana. —¿Has sabido algo de él? —preguntó Ryohei durante una de esas visitas. Nishiki tardó en responder. Abrió la boca, pero no dijo nada. Su mano, antes relajada, se cerró con fuerza antes de soltarse. Luego encogió los hombros, como si quisiera restarle importancia. —No —dijo por fin, con una voz tan vacía que dolía. Ahí terminó la conversación. Pero Ryohei no podía sacarse una pregunta de la cabeza. Esa que lo perseguía en cada rincón de su conciencia: ¿Fue Nishiki quien apretó el gatillo? No tenía pruebas, pero todo encajaba demasiado bien. Nishiki había sido el primero en llegar. Estuvo a solas con Dojima el tiempo suficiente. Si fue él quien lo mató, Ryohei podía entenderlo. Ese hombre merecía pagar por lo que hizo. Por lo de antes. Por esa noche maldita. Pero el silencio de Nishiki decía más que cualquier confesión. Ni una palabra. Ni una excusa. —¿Yumi sigue sin aparecer? —le preguntó a Reina en una de sus visitas al bar. La mujer, que en ese momento limpiaba vasos, se detuvo apenas antes de contestar: —No hay rastro de ella. Es como si se la hubiera tragado la tierra. Algo en su voz hizo que Ryohei alzara la vista. No era solo tristeza. Había algo más. ¿Miedo? Fue entonces cuando reparó en su rostro. En su mejilla. Apenas visible, pero el enrojecimiento aún persistía. —Reina… —Ryohei entrecerró los ojos—. ¿Qué te pasó en la cara? Ella se congeló, la mano detenida sobre el vaso. Por un instante, el Serena pareció respirar más despacio. —No es nada, Ryo-chan —respondió con una sonrisa forzada, retomando su tarea. Pero él no le creyó. —Reina. Esta vez sí lo miró. Y por un segundo, hubo algo en su mirada más fuerte que la evasión: advertencia. —De verdad, no preguntes. No va a cambiar nada. Y Ryohei entendió. No necesitaba más pistas. Sabía que Nishiki ya no era el mismo. Y sabía que Reina no era de las que se dejaban intimidar fácilmente. Con el tiempo, la familia Nishikiyama se consolidó como una subsidiaria del Clan Tojo, con Akira Nishikiyama al mando. Sin embargo, aquella oferta que alguna vez le prometieron… nunca llegó. Nishiki no volvió a hablarle del puesto como médico de la organización. Y eso solo confirmaba una dolorosa verdad: el hombre que conoció años atrás estaba desapareciendo. Mientras Kamurocho seguía rugiendo bajo los neones y el murmullo incesante de la ciudad, para Ryohei, el tiempo se había detenido. Como si su vida estuviera atrapada en un instante inmóvil. En su camino al hospital, se desvió. Al entrar a la relojería, el sonido de la campanilla fue lo único que rompió el murmullo exterior. El anciano relojero, de lentes gruesos y manos firmes, levantó la vista con una mezcla de reconocimiento y resignación. —Ah, Tachibana-san. Justo iba a llamarlo. Ryohei se acercó con paso tranquilo, aunque algo en el tono del hombre le hizo anticipar la respuesta. —¿Y bien? ¿Pudo arreglarlo? El relojero suspiró, desplegando con cuidado el reloj de bolsillo envuelto en paño. A simple vista, parecía intacto… pero al mirarlo de cerca, las grietas seguían ahí. Las manecillas, inmóviles: 17:45. —Reemplacé todo el mecanismo —explicó con desconcierto—. Revisé engranajes, ajusté resortes… pero se detiene en la misma hora. No hay razón lógica para que no funcione. Ryohei pasó los dedos por la superficie. Las grietas recorrían justo los rostros de Kiryu y Nishiki. —Pulí el grabado. Incluso intenté rehacerlo con la foto original que me dió… pero las marcas siempre regresan. Sacó la imagen del mostrador. La fotografía desgastada mostraba a los tres sonriendo. Intactos. Sin cicatrices. —No sé qué decirle, Tachibana-san. Esto… no tiene explicación. Ryohei esbozó una sonrisa amarga. —Quizá no la necesite. Tal vez es una señal del destino. El anciano lo observó por encima de los lentes, sin añadir nada. Solo le devolvió la foto y vio cómo cerraba el reloj con un clic suave, antes de guardarlo en su abrigo. —Gracias por intentarlo. Hay cosas que no se pueden reparar. El otro asintió. —Si alguna vez cambia de opinión, tráigalo de nuevo. —Lo tendré en cuenta. Al salir, una extraña calma lo invadió. No era frustración. Ni enojo. Era resignación. Tal vez el reloj nunca volvería a andar. Tal vez él tampoco. Con la llegada de 1996, el tiempo avanzaba sin detenerse. Yumi seguía sin aparecer. Kiryu continuaba tras las rejas. Como si el mundo se hubiese olvidado de ellos. Pero Ryohei no podía hacerlo. Su rutina se mantenía constante: cuando no le tocaba turno en el hospital, solía pasar por el Serena junto a Nishiki. Aunque en apariencia todo seguía igual, en el fondo algo se había roto. Además, visitaba con frecuencia las oficinas de la familia Kazama, intentando conseguir noticias sobre Kiryu y algún permiso para verlo en prisión. Nunca obtenía una respuesta favorable. Una tarde, mientras conversaban en el Serena sobre opciones para la situación de Yuko, el teléfono sonó de forma abrupta, interrumpiendo la charla. —Bar Serena, ¿quién llama? —atendió Reina con su tono habitual. Luego de unos segundos en silencio, levantó la vista y extendió el auricular a Ryohei—. Es del hospital. Tomó el teléfono al instante. Su voz adoptó el tono profesional en cuanto reconoció al interlocutor. Le informaron que el doctor Kiminobu Hiyoshi, con quien había discutido el caso de Yuko meses atrás, estaba disponible para reunirse. —Sí, entendido —respondió con seriedad—. Estoy con su hermano, iremos ahora mismo. Colgó sin demora y ambos salieron rumbo al hospital. Ya en el centro médico, encontraron a Hiyoshi en uno de los pasillos. Su expresión era contenida, pero la forma en que observó a Nishiki no pasó desapercibida. —El doctor Tachibana me informó sobre el estado de su hermana y hemos seguido su evolución… —comentó con voz serena, aunque su mirada parecía pesar algo más—. Lamento decir que no ha habido mejoras. Si queremos que sobreviva, necesitará un trasplante de corazón con urgencia. El yakuza sintió un nudo en la garganta, pero logró mantenerse firme. —Dígame cuánto cuesta. No importa la cifra. Lo conseguiré. El médico mantuvo la mirada fija unos segundos antes de desviar los ojos hacia Ryohei, que seguía la conversación con atención. —Sabemos que este tipo de operación es compleja. Encontrar un órgano compatible no es sencillo —explicó sin perder la calma—. La lista de espera es extensa… podrían pasar años hasta dar con un donante adecuado. —Tiene que haber otra manera… —musitó Nishiki, su voz quebrada. Por primera vez, Hiyoshi esbozó una sonrisa fugaz. Apenas un reflejo, antes de retomar su tono impasible. —¿Lo que sea? —repitió, su voz carente de énfasis, pero cargada de significado. El silencio se instaló entre ellos. Solo el murmullo lejano de la sala rompía la tensión. Nishiki asintió. —¿Ha oído hablar de las corredoras de órganos? —preguntó el cirujano con una naturalidad que heló el ambiente. Ryohei, hasta ese momento en silencio, dio un paso al frente. —Un momento… ¿está insinuando recurrir al mercado negro? ¿Sabe lo que eso implica? El otro médico lo miró con rostro impasible. —Si de verdad quieren salvarla, deben entender que esto no es solo cuestión de voluntad… sino de sacrificio. —Su voz no temblaba. Cada palabra parecía cuidadosamente elegida—. Puedo conseguir el órgano, garantizar la compatibilidad… pero ya saben que la medicina moderna tiene un precio. —¿Cuánto? —intervino Nishiki sin dudar. Una pausa breve. —Treinta millones de yenes —dijo Hiyoshi como quien anuncia el valor de una consulta más. La cifra cayó como un bloque de concreto. Nishiki parpadeó, la mandíbula apretada, la respiración irregular. Ryohei lo observaba, sabiendo que buscaba desesperadamente una salida. Hiyoshi no le dio espacio. —Sé que no es poco —continuó, cruzando los brazos con falsa empatía—. Pero hablamos de la diferencia entre esperar sin garantías… o actuar y salvarla ahora. El yakuza tragó saliva. El médico se inclinó apenas. —Si tu hermana pudiera hablar… ¿qué crees que preferiría? Nishiki cerró los ojos. —Lo conseguiré. No importa cómo. —Doctor Hiyoshi… —Ryohei se cruzó de brazos, endureciendo el tono—. Entiendo los costos de una cirugía como esta, pero esa cifra es inaccesible para cualquier familia común. ¿No existe otra alternativa? El cirujano lo sostuvo con la mirada. Sus palabras sonaban neutras, pero había algo en su expresión que Ryohei no lograba definir. —Es el riesgo que hay que asumir si queremos salvarla, Tachibana —repitió con aparente serenidad, aunque la decisión parecía haber estado tomada desde mucho antes. Y sin más, Hiyoshi se alejó por el pasillo, dejándolos con más dudas que certezas. Los días avanzaron, convirtiéndose en semanas, y luego en meses. Ryohei se sumergió por completo en el trabajo. Su destreza en el quirófano comenzó a llamar la atención. No era uno más; se distinguía por su precisión quirúrgica y la calma con la que operaba. Comenzó asistiendo en procedimientos menores: apendicitis, cálculos biliares, pequeñas reconstrucciones. Con el tiempo, fue convocado para operaciones más delicadas. Participó en resecciones tumorales, trasplantes de córnea y, en más de una ocasión, sostuvo literalmente la vida de un paciente mientras el equipo luchaba por estabilizarlo. Cada intervención le recordaba lo frágil que es la existencia, lo delgada que es la línea entre el éxito y la tragedia. Y también, por qué seguía ahí. Una tarde, tras terminar una reconstrucción vascular compleja, decidió pasar por la habitación de Yuko. El cuarto era el mismo, pero ella no. Su piel lucía aún más pálida, los labios secos, y la respiración apenas sostenida por la voluntad. El monitor emitía un pitido irregular, como si su corazón batallara por cada latido. Arrastró una silla y se sentó junto a la cama. —¿Cómo te sientes? —preguntó con suavidad, aunque temía la respuesta. Yuko giró apenas el rostro. En sus ojos se reflejaba un agotamiento más profundo que el físico. —Cansada… —susurró—. Siento que no llegaré al trasplante. La frase le golpeó el pecho. Apretó la carpeta médica entre los dedos. No quería aceptar esa idea. —No digas eso… eres fuerte —respondió, esforzándose por mantener la voz firme—. Nishiki está haciendo todo lo posible para conseguir el dinero. Ella sonrió, pero su expresión no tenía alegría. —El dinero no es lo importante… —suspiró. El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí cargado. —Ryohei-san… ¿puedo pedirte algo? Asintió sin vacilar. —Claro. Ella desvió la mirada hacia la ventana. El cielo ardía en tonos naranjas, como si el sol se negara a despedirse. —Si llego al trasplante… y no sobrevivo… —hizo una pausa, respirando hondo—. ¿Puedes cuidar de Akira? Sintió que el aire se volvía denso. Su mandíbula se tensó. —No digas eso —replicó, casi con rabia. Yuko sonrió con resignación. —Es la verdad. Todos lo piensan, nadie lo dice. Pasó una mano por el rostro, intentando recomponerse. —No voy a hablar de eso porque no va a suceder. Nishiki va a conseguir el dinero. Vas a salir adelante. —Pero si no lo logra… —murmuró. Ryohei cerró los ojos un instante. Finalmente, suspiró. —No necesitas pedírmelo. Lo haré. La sonrisa que ella le dedicó no fue de alivio, sino de alguien que ya ha aceptado lo inevitable. —Gracias… Desvió la mirada, intentando no dejar que se le notara el temor que comenzaba a calarle los huesos. Al salir del cuarto, sintió el peso de esa promesa hundirse sobre sus hombros. Rebuscó en el bolsillo interior de su bata y sacó su reloj de bolsillo. Las manecillas seguían detenidas: 17:45. Las grietas del grabado, lejos de desaparecer, parecían más marcadas. Cerró la tapa con un clic seco y lo guardó, sintiendo que, aunque el mundo avanzaba, él seguía anclado en aquel instante. Esa misma tarde, al abandonar el hospital, tomó un taxi hacia Kamurocho. Su destino, como siempre, eran las oficinas de la familia Kazama. Era parte de su rutina. Ir cada cierto tiempo, preguntar por Yumi, por Kiryu… y recibir las mismas respuestas de siempre. El ambiente en la oficina principal era sobrio, con el leve aroma a tabaco impregnando las paredes. Kashiwagi estaba tras el escritorio, revisando algunos documentos, pero al notar su llegada, alzó la vista con un leve asentimiento. Ryohei se dejó caer en el sofá con un suspiro largo y encendió un cigarro, inhalando hondo antes de soltar el humo con visible agotamiento. —Ya va a ser un año desde el incidente y Yumi aún no aparece —murmuró, su tono cargado de frustración—. Ni siquiera sabemos si recuerda algo. El subordinado de Kazama exhaló con pesadez, recostándose en el respaldo de la silla. —Su desaparición del hospital fue extraña… sospechosa —admitió—. Pero el caso sigue abierto. La policía aún no la ha declarado muerta, aunque tampoco han hallado pista alguna. Ryohei entrecerró los ojos, observando cómo el humo se dispersaba en el aire. —Lo de ella es un misterio, pero lo de Kiryu… eso es lo que realmente me revienta —gruñó, aspirando con fuerza, como si el humo pudiera arrastrar su rabia. Kashiwagi cruzó los brazos y lo estudió en silencio unos segundos antes de responder. —Algunos intentaron meter tu nombre como médico voluntario en la prisión, con la excusa de atender a los reclusos… y de paso, verlo. Ryohei soltó una risa amarga, ladeando la cabeza. —Déjame adivinar… no funcionó. El otro negó con serenidad. —El director del hospital bloqueó la solicitud. Dijo que no tenías “los años de experiencia necesarios” para algo tan delicado. Bufó con incredulidad. —Por supuesto. —Se hundió más en el sofá—. Claro, porque qué mejor que un doctor con veinte años de servicio que ni siquiera se acerca a un quirófano. Kashiwagi se mantuvo sereno. —¿Y qué vas a hacer al respecto? Ryohei encendió otro cigarro, exhalando con lentitud. —Esperar. Y cuando pueda, encontrar la forma de joderlos. El otro hombre dejó escapar una leve risa por la nariz, aunque su mirada se volvió más suave. —Tienes que aprender a canalizar esa frustración. No puedes dejar que el sistema te quiebre, porque si te caes… no habrá nadie que te levante. Ryohei desvió la vista, apretando la mandíbula. —Solo… si logras conseguir una visita, avísame. El subordinado del patriarca asintió sin decir nada más. Tomó su abrigo y salió de la oficina, dejando que la brisa nocturna le golpeara el rostro con fuerza. Por un momento, consideró ir al dojo. Le vendría bien entrenar para liberar tensión. Pero se sentía agotado, más mentalmente que en el cuerpo. Además, ya había aprendido todo lo que Hanzo podía enseñarle… ahora tocaba perfeccionar su propio camino. Suspiró, decidiendo que era mejor descansar. No tenía cabeza para el combate, no esa noche. Se encaminó hacia la parada de taxis, pero un escalofrío recorrió su espalda como un cuchillo helado. Se detuvo en seco. Ya conocía esa sensación. No era imaginación. Las luces de neón de Kamurocho titilaban sobre los charcos del asfalto. El bullicio habitual: risas, pasos apurados, motores rugiendo a lo lejos. Todo parecía en orden… pero algo estaba fuera de sitio. Sentía una mirada clavada en él. No se giró de inmediato. Su instinto le decía que no estaba solo. Una presencia oculta entre las sombras. Acechante. Indetectable para cualquiera… menos para alguien como él. Sin notarlo, su respiración cambió: se volvió más controlada, más consciente. Entonces, un sonido casi imperceptible rompió la quietud: un paso. No era un borracho ni un peatón distraído. Ese movimiento era meticuloso. Silencioso. Demasiado preciso. Avanzó hacia la parada con aparente tranquilidad, pero cada zancada se volvía más pesada, como si el aire lo comprimiera. No necesitaba girar para saber que había alguien allí. Fingió mirar el reloj, usando el reflejo del vidrio de una tienda. Nada. Pero en el borde de su visión, una figura oscura pareció desvanecerse entre los contornos. Inhaló despacio. Su cuerpo, entrenado para detectar amenazas, se tensó. Las luces del taxi recortaron su silueta en la acera. Antes de subir, vio en el vidrio un destello: una sombra fugaz, sin rostro. Entró al vehículo con rapidez, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. —¿A dónde, señor? Tardó un segundo en responder. —Al distrito residencial. El conductor asintió y arrancó, pero la sensación no desapareció. Fuera lo que fuera aquello… lo estaba esperando en alguna parte. Y tarde o temprano, iban a encontrarse. Esa presencia lo seguía en distintos puntos de Kamurocho, pero nunca cruzaba los umbrales del hospital, el dojo o el Serena. En esos lugares, la sensación se desvanecía, como si tuviera un resguardo… por ahora. Una tarde, entre copas en el bar, Nishiki comentó que ya tenía reunida gran parte del dinero. Kashiwagi lo había apoyado, y también Matsushige, uno de los capitanes de su grupo. Ryohei lo había visto de reojo en ocasiones, y no le inspiraba confianza, pero prefirió guardarse la opinión. —Si quieres, puedo prestarte lo que falta —propuso mientras bebía con tranquilidad—. Aún tengo parte de la herencia de mi hermano. Nishiki apoyó el vaso en la barra y lo miró con una sonrisa ladeada. —Ya has hecho demasiado por mí, Ryo… sería un abuso. Ryohei arqueó una ceja y soltó un leve bufido, fiel a su tono de ironía. —¿Abuso? Vamos, Nishiki. He visto tipos pedir préstamos para apuestas ridículas. Esto ni se compara. Recuerda que estamos juntos en esto. El otro sonrió, como en los viejos tiempos, pero algo había cambiado en su expresión. Ya no era la misma confianza de antes. Ni el mismo brillo. Las charlas mantenían el ritmo de siempre: ironía, bromas, complicidad. Pero Ryohei sentía que, poco a poco, ese vínculo se debilitaba. Y cuando se rompiera del todo… no habría regreso. La aparente calma del hospital era solo una ilusión. En la sala de descanso, los monitores zumbaban y las luces fluorescentes parpadeaban, proyectando sombras difusas. El aire se sentía espeso, como si algo flotara en suspenso. Ryohei estaba sentado en un sillón desgastado, con la chaqueta a medio cerrar y una taza de café tibio a su lado. Miraba el reloj de bolsillo que giraba entre sus dedos. El metal reflejaba la tenue luz, pero su atención estaba en las grietas del grabado. Eran más profundas. Más agresivas. Cada vez que lo observaba, parecía más dañado. Como si el tiempo, cruel y constante, estuviera descomponiéndolo junto con todo lo que alguna vez creyó eterno. Lo cerró con un clic y se frotó el rostro, sintiendo el peso de tantas horas acumuladas. No podía quedarse en esas ideas. Había trabajo. Justo cuando se incorporaba, la puerta se abrió de golpe. —¡Doctor Tachibana! Levantó la vista al instante. Una de las enfermeras estaba en el umbral, jadeante, el rostro tenso. —¿Qué ocurre? —La paciente de la habitación 412, Yuko Nishikiyama… está en crisis. Su condición se deteriora rápido. El aire se volvió denso. Se levantó sin dudar, la adrenalina ya tomando el control. —¿Qué tan grave? —Ritmo irregular, presión en caída libre, signos de insuficiencia respiratoria. Ya avanzaba por el pasillo cuando lanzó la pregunta inevitable: —¿Avisaron al doctor Hiyoshi? La enfermera vaciló. —El doctor… desapareció. Se detuvo en seco. —¿Cómo que desapareció? Ella tragó saliva, inquieta. —Desde que su hermano entregó el dinero para la operación, no ha vuelto. Nadie sabe dónde está. La mandíbula de Ryohei se tensó. —Mierda. Antes de que pudiera responder, otro enfermero se le acercó a toda prisa. —Doctor, el hermano de la paciente lo está llamando. Dice que vaya a la habitación de inmediato. No necesitó más. Giró sobre sus pasos y prácticamente corrió por el pasillo, la bata ondeando detrás de él. No. No ahora. No ella. Cuando llegó a la 412, la escena fue un puñetazo directo al estómago. Los monitores emitían alarmas caóticas, alertando del colapso inminente. El cuerpo de Yuko se estremecía débilmente, su piel casi translúcida, la respiración errática, como si cada inhalación fuera una guerra por sobrevivir. Dos enfermeras se movían con rapidez, aunque el miedo asomaba en sus rostros. Y en el centro de todo, su hermano. Nishiki estaba al borde de la cama, aferrando la mano de ella con desesperación, como si solo eso pudiera mantenerla anclada a este mundo. Sus ojos hinchados, la respiración entrecortada… y cuando vio a Ryohei entrar, la súplica se desbordó. —¡Ryo! ¡Por el amor de Dios, haz algo! —gritó, con la voz quebrada, un grito ahogado nacido del terror absoluto. El médico no perdió ni un segundo. —¡¿Estado actual?! —Pulso irregular, 40 y cayendo. Saturación bajando rápido. Está entrando en shock. —¡Preparen intubación y traigan adrenalina! Tenemos que estabilizarla ya. Una de las enfermeras salió disparada. Ryohei se acercó de inmediato, mientras Nishiki lo miraba con ojos desorbitados. —¡¿Qué mierda está pasando, Ryo?! ¡Hiyoshi dijo que todo estaba bajo control! —¡Maldición…! —murmuró mientras auscultaba a la paciente—. Nos jodieron, Nishiki. Hiyoshi desapareció… se llevó el dinero. —No… —El rostro de Nishiki se descompuso. La incredulidad lo paralizó—. No puede ser… no ahora… —¡Oxígeno al 100%! ¡Preparen el desfibrilador! —ordenó sin despegar la mirada del monitor—. No hay tiempo para esto. El pitido prolongado lo atravesó. —¡Ritmo crítico! El pecho de Ryohei se encogió. —¡Carguen a 200! El zumbido del desfibrilador llenó la habitación. Nishiki retrocedió, apretando con fuerza la sábana de la cama. —¡Descarga! El cuerpo de Yuko se estremeció. Un espasmo. Luego… el tono agudo del monitor, ininterrumpido. Un segundo. Dos. El vacío. —¡Vamos, Yuko, carajo! —bramó Ryohei, con la voz rota. —¡Aún sin respuesta, doctor! —¡Suban a 300! Otra vez. Los segundos se volvieron eternos. Nishiki no apartaba la mirada. Sus labios murmuraban algo apenas audible. Tal vez una oración. Tal vez un ruego. La segunda descarga recorrió el cuerpo frágil. El sonido persistía. Constante. Mortal. —No… No, no puede ser… —susurró Nishiki, sus manos temblorosas aferrándose con fuerza a los pliegues de la sábana. —¡Vamos, Yuko! —gruñó Ryohei—. ¡Carguen a 360! El sudor frío le bajaba por la nuca. No te vayas. No así. —¡Descarga! Otra sacudida. Y por un instante… un latido. Uno solo. Después… el silencio. Nishiki quedó inmóvil. Las enfermeras se miraron, conteniendo el aliento. Ryohei sintió el peso del fracaso como una losa. Bajó la vista hacia el reloj en su bolsillo. Las 17:45. No… no podía ser. El mismo instante. Otra vez. Cerró los ojos, apretó los puños. El dolor. La impotencia. La maldita hora congelada. Nishiki no contuvo el derrumbe. —No… —susurró. Y el grito le desgarró el alma. Su furia estalló sin frenos. Se abalanzó sobre Ryohei, golpeándolo en el pecho con todo el peso de su pérdida. —¡TÚ TENÍAS QUE SALVARLA! ¡MALDITA SEA, TENÍAS QUE SALVARLA! Ryohei no se defendió. No retrocedió. No levantó las manos. Solo lo sostuvo. Dejó que la furia lo golpeara. Que la rabia hiciera su curso. El pitido final había dejado atrás un silencio sepulcral. Nishiki, agotado, quedó de rodillas. Los hombros temblorosos, su agarre ya sin fuerza. Entonces, algo se rompió de nuevo. La respiración agitada. El rugido ahogado en el pecho. Se incorporó de un salto. —¡TÚ TENÍAS QUE SALVARLA, MALDITO BASTARDO! Se lanzó de nuevo, lo sujetó por el cuello de la bata, lo empujó con violencia. —¡Era tu maldito trabajo! ¡Tú, con tus batas blancas de mierda, con tus títulos, con tu maldita compostura…! ¡TÚ TENÍAS QUE SALVARLA! Ryohei no pestañeó. No respondió. Estaba ahí… pero ausente. El puño de Nishiki se alzó. —¡BASTA! Dos enfermeros irrumpieron, sujetándolo por los brazos antes de que pudiera golpearlo. Nishiki forcejeó con desesperación. —¡SUÉLTENME! ¡SUÉLTENME, MIERDA! Lo arrastraron fuera, a empellones. —¡Es tu culpa, Ryohei Tachibana! ¡TODO ESTO ES TU MALDITA CULPA! La puerta se cerró con un portazo. Y la habitación volvió al silencio. Ryohei no se había movido. Seguía de pie, la mirada clavada en la cama vacía, los brazos inertes. Las sombras lo envolvían, devorándolo poco a poco. No escuchaba los susurros. No veía las miradas. Solo una certeza se clavaba en su mente: Nishiki tenía razón.
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