Capítulo 8
“No Estás Solo”
Kamurocho nunca dormía. Pero esa noche, algo en el aire lo hacía más denso, casi irrespirable. Los neones parpadeaban en los charcos de lluvia, sus reflejos fragmentados como promesas rotas. Entre el humo de tabaco y el aroma amargo del alcohol, la música de los clubes se filtraba por las grietas de la ciudad. Borrachos tambaleándose fuera de los bares. Corredores de apuestas en las sombras. Hostesses con sonrisas ensayadas, atrapadas en conversaciones huecas. Para cualquiera, era otra noche sin fin. Para Kiryu, una pesadilla en carne viva. Sus pasos golpeaban el pavimento mojado con urgencia. La mirada barría cada rincón, escaneando sombras, rostros, posibles pistas. Dos callejones, una tienda de conveniencia, varios clubes. —Mierda… —murmuró entre dientes al detenerse en una esquina. Revisó el entorno otra vez. Algunas personas le lanzaron miradas de reojo, pero nadie parecía prestarle atención. Kamurocho estaba acostumbrado a tipos como él: hombres que corrían con urgencia en los ojos y los puños listos. Un grupo de vagabundos se calentaba junto a un tambor en llamas. Se acercó con paso firme. —¿Han visto a un hombre de cabello corto, barba perfilada, camisa celeste y abrigo azul oscuro? —preguntó con voz firme. Los presentes intercambiaron miradas antes de negar con la cabeza. —No, aniki, nada por aquí… —dijo uno, encogiéndose de hombros—. Pero si anda cerca, tal vez lo encuentres en la Calle Senryo. A estas horas, no hay muchos lugares donde esconderse. Kiryu asintió en agradecimiento y siguió adelante. Cada paso se sentía más pesado que el anterior. Tenía que encontrarlo antes de que lo hiciera alguien más. El ruido de la ciudad se volvió un murmullo lejano al llegar a la Calle Senryo. No era un callejón cualquiera. Allí, la luz de los letreros apenas tocaba el suelo, distorsionada por el reflejo de la lluvia sobre el asfalto. Y ahí estaba. Apoyado contra la pared, con un cigarro consumiéndose entre los dedos. Su silueta parecía más delgada bajo la luz mortecina, como si el peso del día lo arrastrara al suelo. Su espalda estaba rígida, pero no con la postura de alguien listo para pelear, sino con la tensión de quien llevaba demasiado tiempo cargando lo imposible. A su alrededor, varios cuerpos yacían inertes. Los charcos de sangre brillaban bajo la escasa iluminación, reflejando su figura. Los zapatos manchados de rojo. Las marcas aún frescas en la piel de los vencidos. Kiryu se acercó con pasos medidos. Frente a él, Ryohei parecía un animal acorralado, tenso, con los dedos crispados. —¿Fueron ellos? —preguntó al fin, grave, pero sin juicio, señalando los cuerpos. No se volvió. Dio una última calada, dejó que el humo llenara los pulmones y arrojó el cigarro al suelo. —Solo querían algo que no podían tener. Kiryu avanzó un paso. El tono era más suave ahora. —Reina me contó lo que pasó. ¿Por qué no me lo dijiste? El silencio se extendió como una herida abierta. La mandíbula se tensó antes de responder, la voz rota por la frustración contenida. —Porque no estabas, Kiryu… No estabas cuando Nishiki y Murakado destruyeron todo. No estabas cuando me arrancaron la única vida que conocía. No estabas cuando… cuando ya no tenía a dónde ir. Finalmente, se giró hacia él. Los ojos vidriosos no mostraban solo furia. Había algo más. Algo que llevaba demasiado tiempo guardando. —¿Sabes lo que fue? ¿Ver a Nishiki volverse un monstruo? ¿Ver cómo me quitaba todo mientras tú no estabas? La voz se quebró por completo. —¡Y yo no pude detenerlo! ¡No fui lo suficientemente fuerte! Apretó los dientes. La respiración se descomponía en espasmos. Las palabras ya no alcanzaban. Solo quedaba el dolor. Sabía que no debía hacerlo. Sabía que dolería. Pero también que no podía más. Cerró los puños con violencia. Como si en ellos pudiera encapsular todos los años de impotencia, traición y culpa. Y entonces los dejó caer. Primero uno. Luego el otro. Los nudillos chocaron contra el pavimento con una fuerza brutal. La carne se desgarró al primer impacto. El dolor trepó por sus brazos como una descarga eléctrica, pero no se detuvo. Golpeó otra vez. Y otra. Cada golpe era un grito mudo. Un lamento por todo lo perdido. La sangre se mezclaba con la lluvia, y el concreto devolvía su furia sin compasión. Kiryu apenas reaccionó al primer golpe. Para cuando cayó el segundo, ya se movía. —¡Ryohei! Pero ya era tarde. Lo que tenía frente a él no era su amigo. Era un reflejo distorsionado, herido, que se castigaba por pecados ajenos. El siguiente golpe hizo crujir los nudillos con un sonido alarmante. Kiryu alcanzó a sujetarle una muñeca, pero la otra ya se alzaba. —¡Basta! —gritó, esta vez con rabia. Sujetó ambos brazos con fuerza. El cuerpo temblaba bajo sus manos, empapado de lluvia y sangre. —¡Suéltame! —gritó el médico con furia desbordada. —¡No! —respondió, firme. Sus miradas se encontraron. Los ojos inyectados en rojo, desbordados de rabia… y miedo. Y entonces ocurrió. Toda la tensión acumulada cedió de golpe. Como si la última cuerda se rompiera. Se desplomó de rodillas. Kiryu lo sostuvo para evitar que se golpeara, y Ryohei se aferró a él con las manos destrozadas, como si fuera lo único real en un mundo que se desmoronaba. —¿Por qué… por qué me dejaste solo? —susurró, con la voz quebrada. Kiryu sintió que algo se rompía dentro. Un eco de culpa le quemó el pecho. —Todo se perdió, Kiryu. Todo. Lo dijo con la voz de un hombre vencido. No por otros, sino por sí mismo. —Estuve solo. Me quedé solo. Y peleé. Peleé hasta que ya no tenía con qué. Kiryu no dijo nada. Solo lo sostuvo. —Intenté ayudar a los demás. Curarlos. Seguir. Pero siempre era igual. Nishiki. Murakado. Todos. Nunca me dejaron vivir. Y ahí, en ese rincón de Kamurocho, bajo la lluvia, Ryohei lloró. Sin elegancia. Sin orgullo. Como un niño que ha perdido todo y ya no puede fingir que no duele. Tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. —Destruyeron la clínica… incluyendo al Serena en el proceso. Atacaban a mis pacientes una y otra vez… cortaban servicios, nos dejaban sin luz, sin agua, sin suministros. Querían que me rindiera, que desapareciera. Kiryu sintió una punzada. Nunca imaginó lo que había tenido que soportar solo. —Y no solo eso… —soltó una risa seca, vacía—. Perdí la licencia el día de mi cumpleaños. ¿Puedes creerlo? Una denuncia falsa de negligencia… por la muerte de Yuko. El impacto dejó al Dragón sin palabras. —¿Qué…? —El cirujano que debía operarla me pidió una recomendación… confié en él. Le dije a Nishiki que era buen médico, pero fue una estafa. Le robó 30 millones y nunca la operó. —Apretó los dientes—. Nishiki no solo me culpó… me destruyó. La respiración de Kiryu se volvió pesada. Ahora todo tenía sentido. —Intenté seguir, pero cada vez que lo hacía… volvían a aplastarme. Me hicieron la vida imposible. —Cerró los ojos, como si aún lo viera—. Creí que Murakado había muerto aquella noche en el muelle. Estaba seguro. Un escalofrío recorrió a Kiryu. Sabía que era fuerte. Que no se dejaba pisotear. Pero lo que estaba diciendo… —Ryohei… —Pero no murió. No sé cómo, pero sobrevivió. Y cuando lo supe, ya era tarde. Mi vida ya estaba hecha trizas. El silencio cayó de nuevo. ¿Cómo ponerle palabras a algo así? Ryohei tomó aire. —Lo siento. —Las palabras salieron con dificultad, pero eran sinceras—. Por antes… por lo que te dije en el Serena. No era tu culpa. Solo me dejé llevar por la rabia. Kiryu negó con la cabeza. —No tienes que disculparte. —Sí, sí tengo. Porque… en el fondo, yo quería verte. Siempre quise. Pero cada vez que imaginaba ese momento, me decía que todo seguiría igual. Que no importaba cuánto te extrañara… al final siempre era lo mismo. Kiryu lo observó en silencio antes de tomar sus manos heridas con cuidado, sintiendo la sangre seca entre los dedos. —Estas manos… —murmuró con firmeza—. No deberían pagar por lo que otros te hicieron. Ryohei bajó la mirada y giró lentamente las palmas heridas, como si las viera por primera vez. Los dedos apenas temblaban. —Todavía pueden salvar vidas. Siempre sirvieron para eso. Pero ahora… son ellas las que necesitan ser sanadas. Tragó saliva. Kiryu estrechó sus manos con más fuerza, como si quisiera anclar esas palabras en la penumbra del callejón. —No importa lo que haya pasado. Todavía puedes sanar. Pero no podrás hacerlo solo. Ryohei alzó la vista, y en esos ojos encontró algo que hacía mucho no veía. Algo que le recordaba por qué, pese a todo, seguía ahí. Porque Kiryu nunca rompía una promesa. —No tienes que cargarlo todo tú mismo —susurró, con voz casi apagada. Ryohei no respondió. Pero dejó de resistirse. —Vamos al Serena —añadió Kiryu—. Todavía hay gente que no te ha soltado. —Creo que… todavía tengo algo de material médico en la bodega. Aunque con mi suerte, seguro está todo vencido. Se secó las lágrimas con la manga del abrigo y esbozó una sonrisa cansada. —Gracias… No sé cómo mierdas sigues aquí después de todo. Kiryu lo miró sin decir nada. Su respuesta fue tan simple como firme: —Porque no pienso dejar que caigas otra vez. La ciudad seguía su curso a su alrededor, indiferente al derrumbe silencioso de un alma. Pero para Ryohei, todo era un eco lejano. Avanzaba con pasos inciertos, la cabeza baja, sostenido por el brazo firme del dragón que no lo soltaba. La sangre en las manos, la imagen de Nishiki, el grito de Murakado… todo se amontonaba en su mente. Pero el calor en el hombro, la manera en que lo sostenían… eso era real. Y por primera vez en años, no lo cargaba solo. El letrero iluminado del Serena brillaba débilmente entre la oscuridad. Ryohei exhaló con fuerza al empujar la puerta con el hombro, arrastrando el cansancio como si fuera una sombra. Al cruzar el umbral, Reina alzó la mirada desde la barra. Su ceño se frunció al instante al ver las manos vendadas con un pañuelo y las manchas secas de sangre. —Ryo-chan… —el tono comenzó con preocupación, pero pronto se endureció—. No me jodas. ¿Otra vez? Soltó una risa breve y entre dientes. Los vendajes improvisados temblaban levemente al alzarlos. —Creo que subestimé el concreto. Kiryu resopló en silencio, negando con la cabeza, mientras Reina lo miraba como si no supiera si reír o gritar. —¿"Subestimé"? ¡Tus manos parecen sacadas de una picadora, idiota! —cruzó los brazos con esa mezcla entre rabia y ternura que solo una amiga cercana puede mostrar—. ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? No puedes seguir haciéndote esto. —Técnicamente, fueron ellos los que terminaron destruidos… —murmuró con una sonrisa sarcástica. Ella no mordió el anzuelo. Chasqueó la lengua y caminó hacia la trastienda. —Voy por el botiquín. Y ni se te ocurra resistirte esta vez. —En la bodega dejé algunos suministros. Si aún sirven, podríamos usarlos. Asintió sin mirar atrás y desapareció detrás de la barra. Mientras tanto, Ryohei se desplomó en un taburete, flexionando con cuidado los dedos maltratados y sintiendo el ardor recorrer cada nudillo. Kiryu se apoyó en la barra, observándolo en silencio. No necesitaba levantar la vista para saber lo que pensaba. —No empieces. Ya me regañaron bastante por hoy. —No dije nada. —No hace falta. Tu cara dice lo mismo que ella. Kiryu suspiró. No insistió. Sabía que no era el momento. Poco después, Reina volvió con el botiquín en una mano y una caja con insumos médicos en la otra. Depositó todo sobre la barra y comenzó a revisar. —Algunos vendajes están en buen estado. El alcohol también sirve… y esto… —sacó un frasco pequeño—. Bueno, con esto te va a arder hasta el alma. Él la miró de reojo. —¿No podrías ser un poco más delicada? Reina sonrió con sorna mientras destapaba el desinfectante. —Después de la estupidez que hiciste, creo que mereces un castigo. Ryohei resopló, pero no se quejó cuando ella empapó el algodón y lo presionó sobre la piel abierta. Apretó los dientes ante el ardor, pero no soltó ni un quejido. —¿Vas a seguir con esto cada vez que te lastimes? —preguntó, envolviendo con cuidado los vendajes alrededor de sus manos. La mirada fue breve, y aunque aún conservaba una pizca de ironía, el tono fue más suave. —No si puedo evitarlo. Reina rodó los ojos, pero terminó de vendarlo con un poco más de cuidado. —Más te vale. Porque la próxima vez, no seré tan paciente. Ryohei sonrió, más sincero esta vez. Kiryu los observó en silencio. La complicidad entre ambos era evidente. Reina no era solo quien los recibía en el Serena; era un ancla, una presencia constante que le recordaba que aún tenía un lugar al que volver. Mientras ella terminaba, dejando los dedos libres, él flexionó los nudillos con cuidado. Aún dolía, pero al menos ahora podía moverlos con más libertad. Mientras ajustaba los últimos vendajes, ambos le contaron lo sucedido. La discusión ya había quedado atrás. Compartieron también lo que ocurrió en la sede del Clan Tojo: el disparo a Kazama y la caótica huida de Kiryu. Reina escuchó en silencio, su expresión endureciéndose con cada detalle. —Ya veo… así que eso le pasó a Kazama-san. —Su voz tenía una carga de tristeza y preocupación apenas disimulada. Kiryu guardó silencio un instante antes de hablar. —Reina… Kazama-san me pidió que encontrara a Yumi. ¿Tienes alguna pista? Ella se quedó pensativa. Su mirada se dirigió instintivamente hacia Ryohei. Él, en sus tiempos como médico, había tratado a Yumi más de una vez. Entre los dos le contaron lo que sabían: la amnesia selectiva tras el trauma del ataque a Sohei Dojima, su hospitalización, y la desaparición repentina que desconcertó incluso a la policía. Las cámaras no registraron nada útil, como si todo hubiera sido orquestado con precisión quirúrgica. —Y eso fue lo que pasó… —concluyó Ryohei, con los brazos cruzados sobre la barra—. Después de eso, el tema se volvió tabú… y ya sabes el resto. —Aunque… —añadió Reina tras una pausa—. Hace cinco años, apareció una mujer. Se hacía llamar Mizuki. Dijo ser hermana de Yumi. El ceño de Ryohei se frunció. —¿Cinco años ahí y nunca la vi...? —murmuró, incrédulo. Como si una sombra hubiera convivido con él sin ser notada. Reina suspiró, apoyando un codo en la barra. —En esa época vivías metido en la clínica. Apenas pasabas por aquí, y cuando lo hacías, ella trabajaba en turnos de madrugada. Siempre te ibas antes. Él médico se cruzó de brazos, aún pensativo. —Pero alguien debió mencionármela. Si se parecía tanto… —Sí, pero nadie sabía que eran parientes. Y Mizuki nunca hablaba de su vida. Estuvo unos meses, luego desapareció. Durante ese tiempo, el Serena no parecía distinto. Pero en retrospectiva, había detalles extraños. Mesas ya limpias. Vasos relucientes sin que él los tocara. Botellas perfectamente alineadas. En su momento, no lo pensó. Pero ahora, todo cobraba otro sentido. También estaban los murmullos de los clientes. Comentarios sueltos sobre una nueva camarera. Una que nunca se quedaba el tiempo suficiente para ser recordada. Kiryu se llevó una mano al mentón, reflexionando. —Tiene sentido… pero ¿saben dónde está Mizuki ahora? Reina se levantó y caminó hacia la repisa de botellas. Mientras pasaba los ojos por las etiquetas, respondió sin darse vuelta: —No volví a saber de ella después de que dejó el Serena. Trabajó aquí como camarera por un tiempo… Luego abrió su propio bar. Eso captó por completo la atención del médico. —Espera… ¿ella trabajó aquí? —Así es —confirmó Reina, sin apartar la mirada de las botellas. La mente de Ryohei empezó a atar cabos. Había pasado casi diez años tras la barra, desde que perdió la licencia. ¿Cómo era posible que nunca hubiese coincidido con esa mujer? ¿Cómo nunca escuchó su nombre? ¿Por qué la dueña jamás lo mencionó? —¿Y cómo se llama ese bar? —preguntó Kiryu con la misma curiosidad. —Ares —respondió la mujer al fin, sacando una botella de la repisa. El Dragon de Dojima se inclinó ligeramente hacia adelante. —¿Sabes dónde está? —Trabajó aquí un tiempo, pero desapareció de un día para otro. No dejó rastro, ni contacto. Nada. Solo recuerdo su tatuaje. Una flor, justo aquí —dijo, señalándose el busto con dos dedos. —¿Cómo es que nunca mencionaste que se parecía a Yumi? —insistió Kiryu. —Porque no lo supe hasta que vi una foto hace poco. No era un parecido cualquiera, Kiryu-chan. Eran casi idénticas. Él se incorporó, listo para marcharse, pero Reina lo detuvo con un gesto. —Antes de que te vayas… dime algo. El antiguo dragón se giró hacia ella, atento. —¿Has sabido algo de Nishikiyama-kun? Su expresión se endureció. —No… solo lo que me han contado. No diré nada hasta verlo con mis propios ojos. Al escuchar el nombre, Ryohei apretó la mandíbula. Un leve ardor volvió a despertarse en sus manos heridas. La anfitriona notó la tensión, pero optó por el silencio. —No puedo creer que haya cambiado tanto —murmuró la mujer, desviando la mirada. —No eres la única —respondió el hombre de traje gris, dejando escapar un suspiro. El silencio volvió a instalarse en la barra hasta que Reina decidió romperlo, cambiando de tema. —¿Te fijaste en la Torre Millennium? No estaba cuando te fuiste. Desde su asiento, el médico alzó la vista, cruzando miradas con ambos. —Sí… la construyeron sobre el Lote Vacío en el 2000. —Y ahora es el centro de todo el maldito caos —añadió ella, cruzando los brazos. Kiryu asimiló la información en silencio. —Ya veo… —Hay un pequeño bar cerca de esa torre —añadió Reina, sirviéndose un poco de whisky—. El camarero ahí conoce todos los bares de la zona. Tal vez pueda darte información. —¿Cómo se llama? —inquirió Kiryu. —Bacchus. El médico se mantuvo en silencio unos segundos. Finalmente, se puso de pie y se estiró con desgano. Fingía una calma que no tenía; los hombros aún tensos revelaban que algo seguía retumbando en su cabeza. Reina terminó de ajustar los vendajes en sus manos antes de guardar los suministros. —Intenta no destrozarte las manos otra vez, ¿quieres? No siempre voy a estar aquí para curarte. Él soltó una sonrisa ladeada. —Es parte del encanto. La mujer rodó los ojos y miró al otro con gesto severo. —Asegúrate de que no haga más idioteces. —De acuerdo —respondió el dragón, dándole una palmada en el hombro a su compañero. Pero el aludido no se movió enseguida. Exhaló con lentitud, caminó detrás de la barra con movimientos automáticos y abrió un compartimento oculto. De ahí sacó un bolso pequeño con insumos médicos básicos, un par de guantes y vendas adicionales. —Supongo que vas a ir —murmuró, soltando un suspiro resignado. —No tengo muchas pistas más —asintió su compañero, con seriedad. —Entonces… —colgó el bolso al hombro, esbozando una sonrisa torcida—. Te acompaño. No es la primera vez que me enfrento a algo así. —¿Estás seguro? —Vamos. Alguien tiene que guiarte. Y si terminamos en problemas —dijo, dando una palmada al bolso—, no quiero ser yo el que tenga que salvarte las tripas otra vez. Antes de cruzar la puerta, Ryohei se detuvo por un segundo. Su mirada recorrió el Serena con un dejo de melancolía. Las luces tenues, los estantes llenos, el eco suave del refrigerador… Todo le resultaba familiar, casi reconfortante. Y, sin embargo, algo había cambiado para siempre. La dueña del bar les dio una última mirada desde la barra. —Cuídense, los dos. Ambos asintieron. Luego, la puerta se cerró tras ellos. El aire frío los recibió al salir del local. Kamurocho seguía vibrando con su energía inagotable, pero para el médico, todo se sentía ajeno. El bullicio nocturno, los letreros titilantes, las risas en la distancia… Nada parecía tocarlo. Caminaba con las manos hundidas en los bolsillos y la vista clavada en el pavimento, como si mirar hacia abajo le ayudara a sostener el peso de lo que acababa de escuchar. Las palabras de Reina seguían rebotando en su mente, repitiéndose como un eco molesto y persistente. —Cinco años… y ni un nombre, ni un comentario. —Masculló con rabia contenida—. Era invisible… y lo hizo a propósito. Era absurdo. Había pasado más de una década entre esas paredes, primero como cliente frecuente, luego como bartender. Conocía cada rincón, cada rostro, cada historia de paso. Recordaba incluso a quienes estuvieron solo unos días. Pero Mizuki… ese nombre no le decía absolutamente nada. —Sigues dándole vueltas, ¿eh? —La voz grave de Kiryu quebró el silencio, sin necesidad de elevarla. Ryohei resopló por la nariz, sin detenerse. —No tiene sentido. Si esa mujer trabajó en el Serena, incluso en otro turno, alguien me lo habría mencionado. No era una mesera más… se parecía demasiado a Yumi. —Reina dijo que no hablaba de su vida personal. Tal vez intentaba pasar desapercibida. O quizás tenía algo más que esconder. —Aun así… —chasqueó la lengua con irritación—. Este distrito no es un lugar donde puedas esconderte tan fácil. Y menos en ese bar. Siempre hay ojos, siempre hay bocas que cuentan todo. Guardó silencio unos segundos, masticando el recuerdo con cuidado. —Ahora que lo pienso… hubo una época en que todo estaba demasiado ordenado. El otro alzó una ceja. —¿A qué te refieres? —A que cuando llegaba tarde de la clínica clandestina, ya estaba todo limpio. Mesas relucientes, vasos secos, botellas alineadas al milímetro. No vi a Reina hacerlo. Supuse que eran los clientes… pero ahora me doy cuenta de que no. El dragón frunció el ceño, conectando las piezas. —Pensaste que era Reina… pero no encaja con ella. —Exacto. Y tampoco recuerdo que se hablara mucho de esa mujer. Apenas uno que otro cliente mencionando algo suelto… como si estuviera allí, pero sin estar realmente. El silencio volvió por un momento mientras el viento helado se colaba por los callejones. Las luces de neón parpadeaban sobre los charcos, y sus pasos resonaban suaves, acompasados, rumbo a lo desconocido. —Si alguien la obligó a mantenerse lejos de ti, puede que también le ordenaran evitar cualquier contacto con los habituales del Serena —sugirió el otro. —O tal vez fue decisión suya —musitó el médico, con el ceño fruncido—. Si de verdad era la hermana de Yumi… quién sabe qué estaba tratando de enterrar. La Torre Millennium apareció de pronto ante ellos. Imponente. Indiferente. Una cicatriz de acero en el corazón de Kamurocho. El médico clandestino de los dos levantó la vista, clavando la mirada en la estructura. —Tantos muertos… para esto. Kiryu giró ligeramente el rostro. —Cuando la vi por primera vez, no pude evitar pensar en él. Ryohei soltó una risa breve, seca, sin rastro de humor. —¿Tetsu? Él siempre supo que este terreno no era solo tierra vacía. Era una sentencia de muerte. Sus ojos recorrieron la base de la torre, como si aún pudiera ver el cuerpo sin vida de su hermano mayor. El eco del golpe. El silencio que vino después. —Intentó salvarnos. Peleó por mí, por Makoto. Y lo que obtuvo fue su cadáver en el asfalto. Su acompañante no respondió. No hacía falta. Él también había estado allí. También lo había visto morir. Las manos del médico se apretaron dentro de los bolsillos. —No me importa si Kamurocho ha cambiado. Lo que me enferma es que esta torre se alce como si nada hubiera pasado. Como si Tetsu jamás hubiese existido. El ex yakuza bajó la mirada. —No lo olvidaremos. El peso de esas palabras quedó suspendido entre ambos, mientras el viento arremetía con una ráfaga más fría que las anteriores. Permanecieron así unos segundos, en silencio. Luego, Ryohei sacudió ligeramente la cabeza y comenzó a caminar. —Vamos. Bacchus nos espera. Las luces de la ciudad seguían vivas, proyectándose sobre los charcos como un reflejo distorsionado del pasado. La lluvia había cesado, pero la humedad aún flotaba en el aire como un suspiro que se negaba a disiparse. Y, por primera vez en mucho tiempo, Ryohei sentía que las piezas empezaban a moverse. Entonces, con voz más baja, volvió a hablar: —Estuve en el funeral de Sera-san. Kiryu asintió, manteniendo la mirada al frente. —Yo también. Aunque no fui precisamente invitado. El médico esbozó una sonrisa amarga. —Te vi de reojo. Solo quería rendir respeto a Sera-san, no quise involucrarme más allá. El ex yakuza soltó un suspiro, recordando la tensión de aquel día. —Las cosas no salieron como esperaba. Un francotirador disparó a Kazama-san y, por un momento, todos pensaron que yo era el responsable. Ryohei negó con la cabeza, su tono teñido de sarcasmo. —Siempre en el lugar equivocado, en el momento menos oportuno, ¿eh? El otro esbozó una ligera sonrisa. —Parece ser mi especialidad. El silencio se instaló entre ellos durante unos segundos, roto solo por el murmullo distante de la ciudad. —Ese funeral... fue el principio del fin para muchos —murmuró Tachibana. El antiguo miembro del clan asintió lentamente. —Ahí fue cuando Kazama-san me pidió que buscara a Yumi… y también un dinero robado. El médico alzó una ceja, su tono volviéndose más ligero. —¿Dinero? ¿Cuánto? —No me lo dijo... pero alguien se está encargando de investigar eso. El otro soltó una risa seca, pero luego frunció el ceño, intrigado. —¿Alguien? ¿Lo conozco? —Puede que sí. Dijo que habló contigo hace años... es de la cuarta división criminal —respondió su compañero mientras sacaba el celular del bolsillo—. De hecho, me dio esto para mantener el contacto. Ryohei lo observó con una mezcla de sorpresa y burla disimulada. —¿Cuarta división? Quizás te refieras a Date-san. —Hizo una pausa, mirando el móvil—. Vaya, tú con un teléfono. El mundo realmente está cambiando. Kiryu negó con la cabeza, con una sonrisa resignada. —Supongo que todos tenemos que adaptarnos. —Bienvenido a la era tecnológica —comentó el médico con tono burlón—. Déjame tu número y correo. Si nos separamos mientras investigamos, mejor tener cómo encontrarnos. El otro le entregó el dispositivo sin protestar. El de abrigo azul oscuro marcó su número y lo guardó en la agenda, pulsando “llamar” para registrar el contacto también en su propio celular. El tono polifónico de “Judgement” sonó desde su bolsillo, arrancándole una risa leve al exconvicto. —Listo. Ahora sí estaremos en contacto. —No sabía que se podía poner ese tono —comentó Kiryu, divertido. —¿Qué te puedo decir? Es parte del encanto —replicó con aire despreocupado. Ambos rieron mientras el letrero del Bacchus apareció a la vuelta de la esquina, iluminando la entrada con una luz cálida y acogedora. —Aquí estamos —dijo Ryohei—. Veamos qué encontramos dentro. Kiryu asintió. A pesar de las sombras que los rodeaban, una chispa de esperanza comenzaba a encenderse. La puerta del Bacchus se abrió con un leve chirrido que pareció rasgar el silencio. El interior estaba sumido en una penumbra espesa, iluminado apenas por el parpadeo errático de un viejo letrero de cerveza al fondo del local. No sonaba música. No había risas. Ni voces. Solo el eco apagado de sus propios pasos y un olor metálico, denso, que lo envolvía todo. Kiryu avanzó con precaución. Bastó un paso para detenerse en seco. —…Mierda —susurró. El otro lo alcanzó y también se detuvo. La escena ante ellos era una fotografía del infierno: cuerpos esparcidos por el suelo, sobre las mesas, junto a la barra. Algunos con las extremidades en posiciones inverosímiles, otros aún con un vaso en la mano, como si la muerte los hubiese alcanzado a medio trago. No había movimiento. Ni un suspiro. Ni un sonido. El hedor a sangre fresca mezclado con pólvora flotaba en el ambiente como una nube tóxica. —Qué demonios ha pasado aquí… —dijo el médico, con la voz más baja de lo habitual. Su mirada ya recorría la habitación como una cámara quirúrgica. El ex yakuza se acercó a uno de los cuerpos sin tocarlo. Una mujer, no mayor de treinta, yacía sobre su costado. El disparo en su pecho había sido limpio, sin señales de forcejeo. El rostro conservaba una expresión de sorpresa congelada. —No hay nadie con vida... —murmuró, sin necesidad de confirmarlo. El silencio lo gritaba por él. Ryohei no respondió de inmediato. Bajó la mochila de su hombro, la colocó sobre la barra con un clic sordo y extrajo su pequeño estuche de primeros auxilios. Sus manos se movían con automatismo. Sacó un par de guantes de látex, se los colocó y luego le tendió otro par a su compañero. —Póntelos —dijo sin mirarlo—. Si hay alguien vivo o si esto lo investigará Date-san más adelante, mejor no contaminar nada. El aludido los aceptó en silencio. Mientras se los ponía, su mirada seguía vagando por el escenario con rigidez contenida. El médico clandestino ya estaba agachado junto a uno de los cuerpos. Era un hombre corpulento con un tiro en la cabeza, muy cerca del parietal derecho. —Ángulo descendente, entrada limpia, sin signos de forcejeo. —Su tono era profesional, casi clínico—. Probablemente murió al instante. Kiryu lo observó sin decir nada. Había visto morir a muchos, pero algo en esta escena le revolvía el estómago. La precisión. El orden. Era más que una masacre. Era un mensaje. —¿Puedes estimar cuánto tiempo llevan muertos? —preguntó en voz baja. Ryohei deslizó un dedo enguantado por la piel pálida del cuello, observando con detenimiento. —No soy forense… pero no más de una hora. No hay rigidez aún, y la sangre sigue tibia en algunas áreas. —Se detuvo y alzó la vista—. Esto fue rápido. Eficiente. No vinieron a asustar. Vinieron a eliminar. Kiryu frunció el ceño. Se agachó junto a otro cuerpo, un hombre joven, casi un adolescente. El disparo lo había alcanzado en el pecho, pero no había sangre en las manos ni señales de defensa. —Nadie trató de resistirse —dijo—. Ni siquiera se levantaron de las sillas. —Una ejecución —afirmó el médico—. Lo que me preocupa es el perfil. Esto no parece trabajo de la yakuza común. Ni gritos. Ni destrucción. Ni exageración. Sólo muertos… en silencio. Hubo una pausa tensa. Ambos estaban en el centro de la habitación, rodeados de cuerpos y con el murmullo lejano de Kamurocho vibrando tras los muros. Ryohei se incorporó, retirándose los guantes con una lentitud medida. —Esto hay que contárselo a Date-san —dijo finalmente—. Si alguien puede investigar quién fue, es él. Y si esto está conectado con lo de Yumi o el dinero, entonces no es casualidad. —¿Crees que venían por ella? —O por alguien que la conocía. Quizás estaban esperando a la persona equivocada… o mataron para cubrir algo más. —Su mirada se deslizó hacia el fondo del local—. Aún no hemos revisado todo. En ese instante, un crujido apenas audible rompió la tensión. Ambos se giraron al mismo tiempo. No fue un disparo. No fue un grito. Solo un leve roce, como el desplazamiento de un objeto contra el suelo. Kiryu alzó la mano en señal de silencio. —¿Oíste eso? El otro asintió, ya con la mirada aguda como bisturí. Algo —o alguien— seguía allí dentro. El horror todavía no había terminado. Avanzaron con cautela, los pasos amortiguados por la tensión que llenaba el aire. El Dragón de Dojima iba al frente, con los hombros tensos y la mirada clavada en el fondo del local. El médico lo seguía de cerca, su respiración contenida, los sentidos en alerta. El murmullo de algo apenas perceptible se intensificó con cada paso. No era un sonido mecánico ni un eco cualquiera. Era humano. Respiración temblorosa. Pequeños sollozos. Y entonces la vieron. Una figura diminuta, encogida en el rincón más alejado del bar. Una niña, sentada en el suelo con las rodillas contra el pecho y los brazos rodeándolas con fuerza. Vestía un abrigo rosa gastado y una falda oscura, la ropa manchada de polvo, las piernas temblorosas. Su rostro estaba enterrado entre sus brazos, pero incluso desde la distancia se notaba la expresión de pánico dibujada en sus facciones. Ryohei se detuvo en seco. —¿Una niña…? Kiryu frunció el ceño, sus ojos endurecidos por el desconcierto. —¿Estuvo aquí todo el tiempo? Ambos intercambiaron una mirada rápida. El peso de la escena a su alrededor hacía que todo se sintiera aún más irreal. Una menor, con vida, en medio de un salón lleno de cadáveres. ¿Qué clase de horror había presenciado? El ex yakuza se adelantó un paso, con la voz grave, pero intentando sonar más tranquilo. —¿Qué pasó aquí? —preguntó, manteniéndose a cierta distancia. La niña no respondió. Su respiración era agitada, sus hombros se sacudían con cada exhalación. Estaba paralizada. —Cuando llegué aquí… todos… ya estaban así… La voz de la pequeña era apenas un hilo quebrado, como si cada palabra le costara vencer el nudo en la garganta. El médico, con una calma entrenada por años de práctica, se agachó lentamente hasta quedar a su altura. No hizo movimientos bruscos. Se inclinó con suavidad y le puso una mano en el hombro con gentileza. —No te preocupes… no vamos a hacerte daño —dijo con voz suave, casi paternal—. Pero… ¿por qué viniste sola a este lugar? La menor no respondió de inmediato. Sus brazos temblaban, pero no se apartó del contacto. Finalmente alzó la mirada hacia él, y luego al otro, que seguía inmóvil como una estatua. Sus ojos estaban rojos, hinchados de llanto, reflejando un miedo que solo un testigo de algo indecible podría cargar. —Estoy buscando a mi mamá… —dijo finalmente, en un susurro trémulo—. Me dijeron que acá podía… encontrarla. O saber algo de ella… El silencio que siguió fue más denso que antes. El médico bajó la mirada con pesar. —¿Cómo te llamas, pequeña? —preguntó el ex yakuza, su tono firme pero con una calidez inusual en él. La niña dudó. Sus labios temblaron. Pero no respondió. Bajó la mirada y se limitó a abrazar sus rodillas con más fuerza. Kiryu suspiró con el ceño fruncido. —No podemos dejarla aquí. —Y no podemos quedarnos mucho más —agregó el otro, mirando brevemente hacia la puerta—. Con nuestro historial, si la policía nos encuentra en medio de esto… seremos los primeros sospechosos. Ryohei se incorporó y le tendió la mano con delicadeza. —Vamos, te ayudaremos. Ya no estás sola. La niña vaciló, pero finalmente soltó sus rodillas y aceptó su mano. El hombre la ayudó a levantarse con cuidado, mientras su compañero echaba un último vistazo al interior del Bacchus. Cuerpos. Silencio. Sangre. Y ahora, una niña que aún temblaba entre ellos. Salieron del local con pasos rápidos pero vigilantes, dejando atrás un lugar que ya no tenía nada que ofrecer… salvo preguntas sin respuesta y una muerte sin sentido. No miraron atrás, pero la imagen del interior se quedó adherida a sus retinas como una quemadura. El médico caminaba con la menor tomada de la mano, sus pasos medidos, como si temiera que al apresurarse se derrumbara todo lo que quedaba en pie dentro de ella. La noche seguía húmeda, espesa, como si Kamurocho también intentara digerir la masacre que acababan de presenciar. —¿No deberíamos avisar… a alguien? —preguntó la niña con timidez, sin levantar del todo la mirada. Su voz era apenas un susurro, pero se sentía como un grito dentro del silencio. Kiryu la miró por encima del hombro, sin dejar de avanzar. —Alguien ya lo habrá hecho. Con ese ruido, con todos esos cuerpos… la policía debe estar en camino. —Y créeme —añadió su compañero con tono serio—, no nos conviene estar cerca cuando lleguen. La pequeña apretó más fuerte la mano de Ryohei, como si comprendiera más de lo que decía. Giraron por una de las calles laterales en dirección al distrito sur. La ciudad había recuperado parte de su bullicio habitual: autos lejanos, voces apagadas, música filtrándose desde algún bar que aún no cerraba. Pero entonces, un sonido distinto cortó el ambiente. Un chillido. Bajo. Aplastado por algo. Y luego, risas. Kiryu se detuvo en seco. Frente a ellos, bajo un poste de luz parpadeante, un pequeño grupo de adolescentes lanzaba piedras hacia el callejón lateral. Sus carcajadas eran agudas, sin rastro de remordimiento. Algo se movía entre los cubos de basura. Otro chillido. El médico frunció el ceño, pero no de preocupación, sino de ese tipo de molestia que precede a la furia templada. —¿Me estás jodiendo? ¿Ahora torturan perros por deporte? La niña se detuvo también, clavada al suelo como si sus piernas ya no le respondieran. Su cuerpo temblaba, sus dedos se aferraban a la mano del adulto con una fuerza desesperada. Las risas de los muchachos resonaban en el callejón, llenas de esa crueldad inconsciente que solo los cobardes ostentan en grupo. Frente a ellos, el pequeño perro temblaba, con el pelaje manchado y varias heridas abiertas. Sus gemidos eran más suspiros que ladridos. —¡Escuchaste cómo chillaba! —rió uno de ellos—. Dale, mátalo ya. —¡Deténganse! —gritó la niña con voz rota, apretando con más fuerza la mano de Ryohei. El ex yakuza colocó una mano sobre la cabeza de la pequeña, transmitiéndole calma sin necesidad de palabras. Luego, alzó la vista y cruzó mirada con su aliado. No hablaron. No hizo falta. Entre ambos, la decisión ya estaba tomada. El otro suspiró y se encogió de hombros. —¿Qué te parece? Un grupo de futuros líderes de Kamurocho… El de traje gris esbozó una mueca que podía pasar por sonrisa. —Hora de ofrecerles orientación vocacional. Sin decir más, el hombre avanzó con paso firme. Uno de los chicos, el más alto y claramente líder del grupo, levantaba una piedra del tamaño de su puño, listo para soltarla con fuerza brutal. El brazo descendió… pero no llegó a su destino. Una mano lo detuvo en el aire. Firme. Irrompible. Kiryu lo miró apenas. Con desdén. Como quien se topa con basura en la acera. Sin esfuerzo, giró sobre sí mismo y, sin decir palabra, lanzó la piedra hacia atrás. El proyectil voló con precisión quirúrgica y se estrelló contra el rostro del mismo imbécil que la había alzado. El golpe sonó seco. Carne, hueso y ego fracturados al unísono. El médico soltó una risa baja, con una sonrisa afilada en los labios. —Buen tiro. Majima-san estaría celoso. El Dragón de Dojima, sin girarse, respondió con su tono más neutro. —La diferencia es que yo no juego con mi comida. El grupo de chicos se amontonó junto al líder, que se sujetaba la cara con una mano mientras soltaba maldiciones entre dientes. Algunos lo rodeaban con nerviosismo, preguntando si estaba bien; otros miraban a Kiryu como si acabaran de despertar del letargo. Pero el tipo se reincorporó tambaleante. El orgullo herido ardía más que la nariz rota. —¿Qué mierda te pasa? —escupió, avanzando hacia el otro como si no supiera lo que hacía. El moreno no se movió. Ni un paso atrás. Su silueta firme, su sombra proyectada en el asfalto. —Ya tuve un día de mierda como para que ustedes sigan arruinándolo. La tensión se espesó como humo. Desde una esquina del callejón comenzaron a aparecer más figuras. Algunos con tubos, otros con botellas rotas. Adolescentes hambrientos de validación, muchos más de los que deberían estar ahí. Se notaba que no eran parte del grupo original, pero la paliza inminente parecía darles una excusa para sumarse. Ryohei soltó un bufido, se quitó el bolso con movimientos decididos y lo colocó en el suelo junto a la niña. La pequeña lo miró con ojos muy abiertos, aún temblando. Se inclinó con calma frente a ella, poniéndose a su altura. —¿Puedes hacerme un favor? —dijo, con una sonrisa suave que contrastaba con la rabia en su voz—. Cuida esto por mí. No lo pierdas… y no te muevas de aquí. La menor asintió con la cabeza, muda. —Y si ves que esto se pone feo, cierra los ojos, ¿sí? La niña tragó saliva, pero volvió a asentir. El hombre le revolvió el cabello con ternura y se irguió. Su expresión cambió como un interruptor. El cansancio, el trauma, la compasión… todo quedó atrás. Solo quedaba ira. —Vamos, mocosos… —murmuró—. A ver qué tan rápido aprenden a sangrar. Entonces lo vio. Algo redondo entre unas bolsas rotas: una olla vieja, abollada, cubierta de grasa seca. El tipo perfecto de proyectil. Sin pensarlo dos veces, levantó el pie y pateó el objeto con fuerza. La olla voló como un misil improvisado y fue a dar directo en la cara del líder, que soltó un gemido ahogado y volvió a desplomarse como un saco de huesos. El silencio que siguió fue de puro shock. El médico se colocó al lado de Kiryu con una media sonrisa torcida. Las luces del callejón brillaban sobre las vendas que aún cubrían sus nudillos. —¿Tus manos… están bien para esto? —preguntó el de cabellos engominados, sin apartar la vista del grupo que los rodeaba. Ryohei giró los hombros con un crujido. —Con suerte… no las voy a necesitar. Su compañero lo miró de reojo. Una ceja apenas levantada. —¿Y eso? —Dame cinco segundos. —Su sonrisa se ensanchó—. Te tengo una sorpresa. La respuesta fue una botella estrellándose cerca de sus pies. Los tipos comenzaban a avanzar. Kiryu cerró los puños. El otro estiró las piernas. El infierno iba a comenzar. Y esta vez, lo harían a su manera. El primero que se atrevió a avanzar no alcanzó a dar más de dos pasos. El dragón lo interceptó con una ráfaga de golpes al torso en estilo Rush, tan rápido que el aire pareció vibrar con los impactos. Un giro seco del hombro y el chico salió volando contra una pila de bolsas de basura. El médico no se quedó atrás. Corrió hacia el grupo con una agilidad sorprendente, usando un muro cercano para impulsarse en un giro aéreo. Cayó de espaldas sobre un tipo más alto que él, usándolo de apoyo para girar su cuerpo y conectar una patada en salto directo al cuello del siguiente, que cayó con un gemido y los ojos en blanco. El moreno alzó una ceja al ver el movimiento. —¿Siempre fuiste tan acrobático? —Diez años dan para mucho —respondió entre respiraciones—. Y no tenía mucho que hacer, salvo entrenar. Otro pandillero se lanzó contra Kiryu con una botella rota. El de traje gris cambió a Beast en un segundo, tomando un banco metálico con una sola mano y estrellándolo contra el atacante. Luego, lo arrojó como proyectil improvisado a otro par de enemigos que venían detrás. El médico, mientras tanto, se deslizó bajo un golpe, apoyó ambas manos en el suelo para impulsarse en un giro invertido y envolvió el cuello de su oponente con las piernas. Un movimiento seco, preciso. El cuerpo cayó convulsionando por un momento… y luego quedó inmóvil. —¿Parálisis temporal? —preguntó el otro, notando el colapso. —Puntos de presión. Lo dejé fuera… aunque tal vez no pueda mover el brazo derecho por unas horas. O... hable coreano. —¿Qué? —Lo sabrás en un rato —respondió con una sonrisa. Un atacante intentó embestirlo desde atrás. Ryohei reaccionó girando, pero el impulso lo forzó a apoyar ambas manos sobre el suelo. El dolor fue inmediato, punzante. Soltó un quejido ahogado y cayó de lado. La venda de uno de sus nudillos se tiñó de rojo. El ex yakuza lo notó. —¿Estás bien? —No me mires, pelea. —Escupió al suelo y volvió a incorporarse, ahora cojeando levemente—. Las piernas aún sirven. Kiryu retomó el combate con el estilo Breaker, girando sobre sí mismo con patadas amplias y arrolladoras, derribando a tres tipos que intentaban rodearlo. La música de Kamurocho —ese caos de voces y metal— se convirtió en fondo de orquesta. El otro usó los hombros de un rival como escalón, girando sobre su espalda en pleno salto para lanzar una patada descendente que dejó inconsciente a otro. La pelea fue rápida, sucia, brutal. Cuando el último cayó al suelo con un gemido, todo quedó en silencio. O eso creyeron. —Ggghh... —uno de los tipos que había sido inmovilizado comenzó a incorporarse lentamente, con la mirada extraviada, como si hubiese despertado en otro continente. —¿Está… hablando francés? —preguntó el de expresión seria, frunciendo el ceño. —O alemán. Aún no calibro bien esos puntos —replicó el médico, sacudiendo la pierna con un gesto despreocupado. Otro se levantó trastabillando, los ojos desenfocados, y de pronto lanzó un derechazo a uno de sus compañeros sin razón aparente. —¡¿Qué mierda te pasa, Hiroshi?! —gritó el golpeado, tambaleándose mientras se sujetaba la mandíbula. —Ese debe tener cruzados los impulsos motores. Confusión temporal, pérdida de control... nada grave. Kiryu alzó una ceja. —¿Nada grave? El otro sonrió con una mezcla de cinismo y orgullo. —Técnicamente... siguen vivos. El de cabello engominado sacudió la cabeza, medio divertido, medio resignado. —La próxima vez, intenta no reprogramar cerebros. —¿Y perderme estas joyitas? Imposible. Ambos se giraron al mismo tiempo, volviendo al punto de partida. La niña seguía allí, arrodillada junto al bolso, abrazándolo con fuerza. No se había movido. Los enemigos derrotados quedaban atrás como una galería de caos disfuncional. Pero entre ellos tres, algo empezaba a parecer más firme. Un vínculo. O una causa. Y en Kamurocho, eso era más raro que la paz. El silencio volvió al callejón, pero esta vez no era tenso ni hostil. Solo… tranquilo. El de traje grises se acercó al pequeño cuerpo que aún yacía entre los cubos de basura. El perro temblaba débilmente, sus ojos apenas abiertos, el hocico húmedo por la sangre y la tierra. Se agachó con cuidado, lo tomó entre sus brazos como si fuera de cristal. El animal no resistió. Solo emitió un gemido suave, apenas audible, acurrucándose contra su pecho en busca de algo que no había sentido en mucho tiempo: calor. Ryohei se acercó en silencio, recogió su bolso del suelo junto a la niña y lo abrió con precisión. Extrajo un pequeño botiquín, lo extendió sobre una caja volcada y se arrodilló frente al animal. —No soy veterinario, pero tengo noción de anatomía básica —murmuró mientras examinaba con delicadeza las patas del cachorro—. No hay fracturas visibles. Pero está deshidratado y tiene cortes superficiales. Algunas de las heridas son por piedras… otras, por hambre. El otro no dijo nada. Solo lo observaba trabajar, la tensión de su cuerpo reducida a un parpadeo lento. El médico tomó una gasa, la humedeció con desinfectante y comenzó a limpiar las heridas. —Estuvo solo mucho tiempo —añadió, sin apartar la vista—. Probablemente buscando a alguien que ya no existe. Entonces, la niña se agachó a su lado, con las manos sobre las rodillas y la mirada clavada en el perrito. —Si no come… va a morir. Su voz era tan tenue que apenas existía, pero la súplica en sus ojos traspasó cualquier muralla que aún pudiera quedar en pie entre ellos. Kiryu se arrodilló lentamente frente a ella, observando con cuidado su rostro pálido, los mechones de cabello revueltos, el temblor leve en sus labios. —¿Dónde está tu madre? —preguntó con voz suave. La niña negó con la cabeza, apretando los puños sobre el regazo. —No la conozco… Crecí en un orfanato. Pero me dijeron que… que mi mamá podría estar aquí, en Kamurocho. Escapé para buscarla. Hubo una pausa breve, casi reverencial. —Mi nombre es Haruka. Él asintió, con expresión contenida. La niña lo miraba con ojos grandes, cansados, pero llenos de una esperanza desesperada. —Soy Kiryu… Kazuma Kiryu. —Y yo… —añadió Ryohei, sentándose con un suspiro al otro lado del perro— soy Ryohei Tachibana. Haruka asintió levemente, aún aferrada a la mirada del cachorro. —¿Podemos hacer algo? Por favor… Sus palabras eran suaves, pero la urgencia en ellas era imposible de ignorar. No rogaba por sí misma. Rogaba por otro ser vivo. Ryohei suspiró, vencido por la insistencia en sus ojos. Se llevó una mano al bolsillo trasero de la chaqueta, sacó su billetera y se la tendió a Kiryu… con los ojos cerrados, como si le doliera más que un golpe. —Ve al Don Quijote, que seguro sigue abierto. Compra comida para perro, un cuenco, agua mineral… y si sobra, un poco de tu sentido común. El otro tomó la billetera sin decir nada. Echó una última mirada al cachorro tendido sobre la manta improvisada y a la niña que ahora lo abrazaba con delicadeza, y comenzó a caminar calle abajo. Su figura se perdió entre las luces de neón, dejando atrás, por un momento, ese pequeño refugio entre el caos. Ryohei se sentó junto a Haruka, quien seguía observando el lugar por donde Kiryu había desaparecido. Luego bajó la vista al bolso, soltando un suspiro. —A este paso… voy a necesitar una sección veterinaria en mi equipo de emergencia. La pequeña no respondió. Solo acariciaba con cuidado el lomo del cachorro, que respiraba con más calma. El silencio que se instaló entre ellos no era incómodo. No era soledad. Era compañía.