ID de la obra: 962

Yakuza Kiwami - El Tigre que Nunca Rugió

Gen
NC-17
Finalizada
1
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
525 páginas, 169.963 palabras, 21 capítulos
Descripción:
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Lo Que Nunca Se Rompió del Todo

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Capítulo 10

"Lo Que Nunca Se Rompió del Todo"

El apartamento de Ryohei los recibió con una calma inusual, como si el eco del caos de Kamurocho no pudiera entrar allí. Era un espacio limpio, práctico, marcado por la funcionalidad más que el diseño. Aun así, había calidez en los detalles: el orden meticuloso, el aroma tenue a café y desinfectante, las luces suaves como si intentaran no molestar a nadie. Haruka recorrió el lugar con los ojos entrecerrados por el sueño. Fue entonces cuando se detuvo frente a una repisa en un rincón. Sobre ella, dos fotos enmarcadas. Una mostraba a un hombre con traje oscuro y sonrisa suave. La otra, a uno más joven, con expresión decidida. —¿Quiénes son? —preguntó en voz baja. El médico dejó su mochila junto al perchero y se acercó. No necesitó mirar para saber a qué se refería. —Mi hermano mayor, Tetsu. Y Oda… alguien que hizo más por mí de lo que alguna vez pude agradecerle. —¿Murieron? Asintió con lentitud. —Sí. Pero no del todo. El Dragón se aproximó en silencio. Los reconocía. A ambos. Y aún sentía el peso de esas ausencias. Sobre la misma repisa, casi escondido entre una cajita de madera y un par de documentos doblados, descansaba un reloj de bolsillo metálico, gastado y abollado. Lo tomó con cuidado. Lo abrió. Dentro, un grabado en metal mostraba a tres jóvenes. Kiryu, con el rostro serio pero joven, de pie a la izquierda. Nishikiyama a la derecha, con una expresión viva que ya no existía… o más bien, no se distinguía: su cara estaba cubierta por rayones profundos, como si alguien hubiese intentado borrarlo del recuerdo. En el centro, Ryohei sonreía con confianza, el cabello corto apenas más largo de lo habitual y la barba apenas perfilada. Su expresión transmitía algo raro en esos tiempos: una tranquilidad compartida. Como si, al menos en ese instante, todos creyeran que nada podría romperlos. La aguja marcaba las 17:45. Y no se movía. —Pensé que lo habrías tirado —comentó el ex yakuza, sin apartar la vista del objeto. —Lo consideré —respondió desde detrás su anfitrión—. Pero fue un regalo de ustedes. Cuando me gradué. El único día que creí que todo… iba a estar bien. Kiryu cerró el reloj y lo dejó en su sitio, con una delicadeza que hablaba más que cualquier frase. —Está roto. —Desde hace años. Pero aún me dice la hora… si la recuerdo. Hubo silencio. De esos que no necesitan llenarse. —¿Y tú… aún lo recuerdas? —preguntó Ryohei, sin mirarlo. El Dragón no respondió con palabras. Solo bajó la cabeza. Y eso bastó. —Te prepararé el sofá cama —dijo el médico, girándose hacia Haruka—. No es el mejor, pero después de lo que pasamos… hasta el suelo sería un lujo. —No me quejaré —murmuró ella, ya con los ojos a medio cerrar. Ambos hombres armaron el sofá con eficiencia. Kiryu, sin necesidad de decirlo, tomó el relevo cuando su compañero apretó la mandíbula al intentar extender el armazón. —Te estás forzando demasiado —comentó Kiryu. —Si no me duele, me olvido de que sigo vivo —respondió con un tono más seco del que pretendía. La niña ya estaba tumbada, envuelta en una manta. En minutos, respiraba con la cadencia suave del sueño profundo. —Bueno —dijo Ryohei, volviéndose hacia su invitado—. Supongo que ahora viene la parte incómoda… —¿Dormir juntos otra vez? —Te juro que esta vez no ronco. —Eso dijiste la última —replicó el Dragón, conteniendo una sonrisa. Se dirigieron al dormitorio. La cama no era particularmente grande, pero ya lo habían hecho antes. Ryohei dejó la puerta entreabierta y se sentó, quitándose los guantes con gesto lento. Las vendas estaban levemente manchadas, aunque mejor que antes. Kiryu las notó. —Aún sangran. —No tanto como antes. Pero duelen… igual que entonces. —Te dije que no iba a dejarte caer —dijo con voz baja, más susurro que promesa. —Y yo… —dudó—. Nunca pensé que volverías a decirlo. Apagaron la luz. Ya acostados, el ex yakuza giró levemente y lo observó. El médico parecía dormido, pero un pequeño estremecimiento en su hombro lo delató. Un reflejo de dolor, tal vez. O algo más. Sin pensarlo, Kiryu extendió el brazo y lo sostuvo por el hombro, como si el contacto fuera necesario para anclarlo al presente. No era deseo ni compasión: era el instinto silencioso de no dejarlo caer. De recordarle —sin palabras— que esta vez no estaba solo. Que, aunque el mundo se quebrara, estaban en esto juntos. Y en la quietud del dormitorio, sin perrito, sin ruido, solo con el latido de dos pasados entrelazados… la noche, al fin, descansó con ellos. La luz se filtraba tenue por las persianas, dibujando líneas suaves sobre las sábanas desordenadas. El Dragón de Dojima abrió los ojos lentamente, sintiendo primero el calor. Luego, el peso. Y por último, el recuerdo. El otro seguía dormido, o al menos con los ojos cerrados, con la espalda apoyada contra su pecho. No lo había soltado en toda la noche. No supo cuándo había sucedido. Solo que, en algún momento, su cuerpo decidió que lo más natural era rodearlo con un brazo y quedarse así. No por miedo. Ni siquiera por culpa. Sino porque esa noche, nadie más lo haría. Se retiró con cuidado, como si mover el brazo demasiado rápido rompiera algo invisible. Se sentó al borde de la cama, estirando los hombros con un suspiro. Detrás, Ryohei murmuró algo inaudible, antes de girarse y abrir un ojo. —¿Te desperté? —Me despertó el vacío. Supongo que tu espalda no es tan cómoda como pensaba —gruñó, con una media sonrisa. Kiryu negó con la cabeza. —Deberías hablarle así a todos los que te abrazan mientras duermes. —¿Lo hice? —arqueó una ceja, incorporándose con lentitud—. Vaya, qué necesidad tenías de protegerme. —Instinto. No empieces. —No dije nada. —Su sonrisa creció un poco mientras se sacaba los guantes—. Además… no estuviste tan mal. En el salón, Haruka ya estaba despierta. Vestía una camiseta demasiado grande —probablemente del médico— y acomodaba platos en la pequeña mesa del comedor improvisado. Olía a pan tostado, café suave y algo que recordaba a hogar. —Buenos días —dijo al verlos entrar. —¿Dormiste bien? —preguntó Kiryu. —Como un tronco —respondió, mientras colocaba un par de tazas frente a ellos—. Aunque no sé si el perrito roncaba más o Ryohei-san. —Él no estaba aquí, recuerda —intervino su dueño con una ceja alzada. —Ah… cierto. Entonces eras tú —dijo con una sonrisa inocente. El Dragón se sentó. Observó a su compañero mientras se quitaba los guantes y revisaba sus manos. Las vendas estaban visiblemente más manchadas que la noche anterior. —Déjame ayudarte con eso. —¿Con qué? ¿Con la ternura o con el vendaje? —Con el vendaje —dijo Kiryu, sin entrar en el juego. Ryohei resopló, pero no protestó. Se sentó frente a él, y extendió las manos. —Adelante. Doctor Kiryu. —Solo no grites si te arde. —Solo no me mires con esos ojos de “te lo dije”. La niña observaba la escena con interés desde la cocina. —¿Ustedes siempre discuten así? —No es discusión. Es… tradición —dijo el médico. Kiryu ya había empezado a desenvolver las vendas con cuidado. Al quitarlas, la piel estaba menos inflamada, aunque las cicatrices incipientes aún se notaban. Había costras formándose. El sangrado era más superficial. —Van mejorando —dijo, limpiando con una gasa limpia—. Pero deberías descansar más. —¿Y cuándo fue la última vez que eso funcionó en esta ciudad? El Dragón no respondió. Solo le tendió las nuevas vendas con gesto medido. Ryohei se las ajustó él mismo, con movimientos aún torpes, pero sin el mismo dolor reflejado de días anteriores. —Gracias —murmuró, mientras se ponía los guantes nuevos que había dejado en su mochila. —No hay de qué —dijo Kiryu, sin apartar la vista—. Alguien tenía que hacerlo. El médico soltó una risa breve, irónica. —¿Así que ahora eres mi enfermero personal? Su compañero lo miró de reojo. —No. Solo quiero que recuerdes que no estás solo. Ambos se quedaron en silencio por un momento. Y aunque ninguno lo dijo… sabían que eso significaba más de lo que parecía. El desayuno transcurrió entre bocados rápidos y bromas sencillas. Haruka insistía en servir más café, moviéndose por la cocina con una energía que desmentía las horas sin dormir. —Esto sabe mejor que muchas cafeterías de Kamurocho —comentó Kiryu, terminando su porción. —Será el toque secreto de hospital en mis manos —replicó Ryohei, sin alzar la vista. En ese momento, el celular de Kiryu vibró sobre la mesa. Lo tomó y leyó en silencio. Date: Estoy en el Serena. Cuando puedan, pasen por aquí. Tengo información. Ryohei lo observó de reojo. —¿Date-san? El otro asintió. —Está en el Serena. Quiere hablar. El médico se puso de pie con lentitud, estirando los brazos. —Puede esperar un poco. Necesitamos una ducha antes de seguir con el drama... —¿Juntos? —preguntó Haruka, genuinamente curiosa. —Por separado —respondieron ambos al unísono, sin perder el ritmo. —Qué lástima —murmuró Ryohei mientras se estiraba hacia su mochila—. Ya me estaba haciendo ideas... —Ryohei… —Bromeo —dijo con una sonrisa torcida mientras caminaba hacia el baño—. Aunque un día caerás. Kiryu giró el rostro en un reflejo leve, apenas perceptible, como si algo lo hubiera tocado por dentro. Pero no dijo nada. Solo negó con la cabeza, con esa media sonrisa que escondía más de lo que mostraba. Y Ryohei… ya se había metido al baño, sin notar lo que acababa de decir. Bajaban por las escaleras del edificio, los pasos resonando con suavidad entre los muros silenciosos del amanecer. El aire fresco de la mañana se colaba por las ventanas abiertas del pasillo, trayendo consigo el murmullo distante de Kamurocho despertando. El médico iba al centro, con la mochila colgando de un hombro, vendas nuevas bajo los guantes oscuros. Haruka descendía un par de escalones por delante, dando pequeños saltos rítmicos para mantenerse despierta. El Dragón de Dojima cerraba la marcha con el rostro serio, aunque relajado. Fue la niña quien rompió el silencio: —Anoche… escuché que alguien hablaba dormido. Ryohei la miró con curiosidad. —¿Ah, sí? ¿Y qué decían? —No entendí bien. Pero creo que era un nombre. Algo como… “Ryo…” Kiryu tensó apenas la mandíbula, pero no dijo nada. Mantuvo la vista fija en los escalones. Ryohei no perdió la oportunidad. —¿En serio, Kiryu? ¿Tan pronto me andas llamando en sueños? —Al menos no roncaste esta vez —replicó el otro, sin mirarlo. —Nunca ronco cuando estoy cómodo —contestó el médico, con una sonrisa de medio lado. Haruka los miraba con una expresión divertida, como si empezara a entender la dinámica entre ellos. Al llegar al portal, la ciudad los recibió con su habitual mezcla de caos y rutina. Luces de neón aún encendidas, motos pasando, el ruido de fondo de una Kamurocho que jamás dormía del todo. En la esquina, un taxi los esperaba. —¿Al Serena entonces? —preguntó Ryohei, ya abriendo la puerta trasera. —Vamos a ver qué tiene Date-san para nosotros —respondió su compañero. Y así, con los primeros rayos del día acariciando la calle, los tres subieron al vehículo. No sabían si encontrarían respuestas, pero sabían algo con certeza: esta vez no estaban solos. El sol entraba sin pedir permiso por las ventanas del Serena, tiñendo las paredes con una luz cálida que no combinaba con las preocupaciones del día. La ciudad afuera vibraba con su ritmo habitual, pero adentro, todo parecía suspendido. Como si el bar aún conservara el silencio de la noche anterior. Reina los esperaba ya detrás de la barra, una sonrisa suave en el rostro. En el suelo, el pequeño perro que habían rescatado se revolcaba feliz, moviendo la cola al ver a Haruka entrar. —¡Ahí estás! —exclamó la niña, corriendo hacia él y agachándose para abrazarlo. —Despertó hace poco —dijo Reina, con una expresión amable pero firme—. Le di un poco de comida, pero creo que extrañaba a su manada. Haruka se rió mientras el cachorro le lamía las mejillas con devoción. Reina se sentó a su lado, vigilante, aunque con una ternura que no solía mostrar abiertamente. En una de las mesas del fondo, Date los aguardaba, el cigarrillo a medio consumir entre los dedos y una taza de café casi vacía frente a él. Se notaba que llevaba horas allí. Los hombres se acercaron en silencio y tomaron asiento a su lado. —No has cambiado en nada en todos estos años, Tachibana —dijo Date, cruzando los brazos con una media sonrisa. Ryohei ladeó la cabeza, casi divertido. —No gracias a tu amigo el abogado-detective-contador-sanguijuela. Date suspiró, como si ya conociera el tono. —Lamento lo de tu licencia, en serio. Pero ese chico… hace bien su trabajo. —Claro. Cobraba más que todas las botellas premium del Serena juntas. A ese ritmo, pensé en vender uno de mis pulmones. —¿Te lo aceptaban con tanto café encima? —Y tabaco reciclado —añadió con una sonrisa torcida, haciendo reír bajo la nariz a Kiryu. El detective apagó el cigarrillo en silencio, antes de ponerse serio. —Bien. A lo que vinimos. Ya lo saben: la hermana de Yumi, Mizuki, es la dueña del bar Ares. Y hay indicios sólidos de que podría estar relacionada con el robo de los diez mil millones de yenes. —Y Haruka es su hija —añadió el ex yakuza, directo. Date asintió. —Pese a que Mizuki había desaparecido, Yumi seguía visitando a Haruka en el orfanato Girasol. Lo hacía de forma discreta, pero constante. —Eso lo sabíamos —intervino Ryohei, con el ceño fruncido—. Pero hay algo que no termina de encajar. —¿A qué te refieres? El médico se acomodó en el asiento, cruzando los brazos. —Ya lo he dicho antes… pero ahora, con todo lo que sabemos, es aún más inquietante: trabajó aquí durante cinco años. Si no la vi… es porque alguien no quería que la viera. Date arqueó una ceja, atento. —¿Y eso te parece raro? —Lo que me parece imposible —continuó Ryohei— es que yo también trabajaba aquí. No una o dos veces. Años. A veces abría, a veces cerraba con Reina. Compartíamos turnos. Cubría noches enteras. Y sin embargo… —frunció el ceño, bajando la mirada por un segundo— …jamás la vi. Kiryu, que hasta entonces había permanecido en silencio, añadió con voz grave: —Ya lo habías mencionado camino al Bacchus… pero cuando vimos la foto en el Ares, lo notaste distinto. —Sí —asintió Ryohei, sin dudar—. Y no solo por su rostro. Lo que me hizo dudar de verdad fue la blusa… —alzando la mirada hacia Date—. Es la misma que le regalé a Yumi en su cumpleaños, hace años. Podría ser una coincidencia, claro… pero verla en esa foto, en otra mujer con la misma cara… ya no lo parece tanto. El detective entrecerró los ojos, el cigarro ya consumido olvidado entre sus dedos. Su voz sonó más baja, como si se preguntara a sí mismo más que al otro. —¿Y estás completamente seguro de que nunca la viste? ¿Ni siquiera de lejos? —Ni una sola vez —respondió Ryohei, cruzando los brazos con una lentitud medida. Su tono no era molesto, pero sí cargado de certeza. Date desvió brevemente la mirada hacia la barra. Sus labios se tensaron, el gesto pequeño de alguien que comienza a sospechar que también fue manipulado sin saberlo. —¿Ni siquiera volviendo de…? —empezó a decir, pero dejó la frase sin terminar. Ryohei lo miró directamente. —Ni siquiera de eso —cortó con voz seca, como si esa parte le costara más de lo que admitía. El silencio que siguió pesó como una losa entre los tres. Date resopló por la nariz y se frotó la frente con dos dedos. No por frustración… sino por vergüenza. —Cinco años… —murmuró—. Y yo también pasé cerca de este lugar más de una vez. Patrullas, búsquedas, investigaciones… Y ni una sola vez me crucé con ella. El otro giró apenas la cabeza, intrigado. —¿También para ti era invisible? —Eso es lo que me molesta —dijo el detective, con una mueca amarga—. Si fuera cualquier otra persona, pensaría que no presté atención. Pero Mizuki tenía esa cara… —se inclinó un poco hacia la mesa, bajando la voz—. Y en Kamurocho, las caras como la de Yumi no pasan desapercibidas. No por tanto tiempo. Ryohei bajó la vista, sin responder. Date lo miró de reojo, y añadió en voz baja: —Igual que algunos doctores que tampoco tienen título oficial, ¿verdad? Ryohei sonrió de lado, sin sorpresa. —Y, sin embargo, nunca llamaste para detenerme. —Quizás porque curas más gente de la que lastimas —respondió Date, girando la taza entre los dedos—. O porque en esta ciudad, no todo lo legal es justo. Otro silencio. Pero esta vez, más cargado de comprensión que de juicio. —Si alguien pudo mantenerla invisible para todos nosotros —dijo finalmente Kiryu—, no estaba sola. —No —afirmó el detective—. Y quien sea que la haya ocultado… lo hizo demasiado bien. El silencio que siguió fue tenso. Reina dejó de secar vasos en la barra, mientras Haruka, que acariciaba al cachorro en una esquina, levantaba brevemente la mirada. Algo flotaba en el ambiente, como si la lógica no pudiera rellenar ese vacío. Pero entonces, el teléfono del bar sonó con fuerza, cortando el momento como un disparo. Todos se sobresaltaron levemente. —¡Kiryu-chan! —llamó Reina desde la barra—. ¿Puedes contestar? ¡Y sé amable, por favor! El ex yakuza frunció el ceño. No por molestia, sino por la sensación de que algo venía. Se levantó sin apuro, cada paso hasta el teléfono más pesado de lo que parecía. Tomó el auricular y respondió con voz grave, firme: —Serena. ¿Con quién hablo? Hubo un silencio al otro lado. Una pausa que duró apenas dos segundos, pero que se sintió más larga. —Ah… um… ¿Aniki? ¿Eres tú? La voz lo golpeó como un eco del pasado. Rápidamente se irguió. —¿Shinji? Al oír el nombre, Ryohei alzó la mirada de inmediato. Su expresión cambió. Se acercó con pasos lentos pero decididos, alerta. —Menos mal… —la voz de Shinji sonaba aliviada, pero cargada de tensión—. Intenté localizarte por todas partes. No sabía si este número aún existía… —¿Qué pasa, Shinji? —preguntó Kiryu, y su tono dejó de ser cordial. Ahora era directo. Protector. Una breve pausa del otro lado. Luego, las palabras llegaron como un puñetazo. —Estoy huyendo… con Kazama-san. Kiryu se quedó inmóvil. El silencio que siguió no fue por falta de reacción, sino por el esfuerzo que le costó digerir esa frase. —¿Qué has dicho? —Lo estaban tratando en el hospital. Pero no ha despertado. Y… Aniki, lo que ocurrió… no fue un accidente. Estoy casi seguro de que alguien del Clan Tojo le disparó. Si descubren dónde está, podrían volver a intentarlo. Apretó el teléfono con más fuerza, los nudillos marcando tensión. —¿Dónde estás ahora? —Estoy tratando de ocultarlo con alguien que me debe un favor. Es temporal, pero servirá hasta que me asegure de que no lo siguen. Cuando esté seguro, los llamaré. El médico ya estaba junto a él, tan cerca que podía oír perfectamente la voz a través del auricular. —¿Está Ryo contigo? ¿O lo llamo al Serena? —Shinji —intervino el aludido, inclinándose un poco—. Estoy aquí. ¿Kazama está estable? ¿Pudieron extraer la bala? La voz de Shinji dudó un segundo, pero se recompuso. —¿Ryo? Sí. Sí, está estable. No ha despertado, pero ya no hay hemorragia. Si pasa algo, te llamo directamente. —O a mí —agregó Kiryu, sin apartar los ojos del teléfono—. Tengo celular ahora. —¿En serio? —Shinji sonó medio impresionado, medio divertido—. Vaya… eso sí que es nuevo. Ryo, mándame su número por mensaje, ¿sí? —Lo haré —afirmó el médico, más serio de lo habitual. Un clic seco marcó el final de la llamada, pero el eco de las palabras de Shinji pareció quedarse suspendido en el aire. Kiryu bajó el auricular con lentitud, como si cada movimiento llevara el peso de lo que acababa de escuchar. Su rostro, ya serio por costumbre, se endureció aún más; las facciones tensas, la mandíbula apretada. Reina los observó desde la barra, con la mirada seria. No preguntó nada. Pero el silencio con el que les alcanzó las llaves del bar… decía suficiente. Algo se había desplazado en su interior, y no era solo preocupación: era una certeza creciente de que la calma que habían construido en las últimas horas… estaba a punto de romperse. El ambiente en el Serena seguía cargado de tensión. A pesar del café que Reina había dejado humeante sobre la mesa, nadie lo había tocado. La llamada de Shinji aún flotaba en el aire como un mal presentimiento que se negaba a desvanecerse. Date se recostó en la silla, cruzando los brazos con una expresión ceñuda. —Kiryu… ¿tienes alguna pista? El Dragón de Dojima negó con lentitud. Su mandíbula apretada decía más que cualquier palabra. —No. Ninguna —respondió, con un tono más grave de lo habitual—. Voy a salir a buscar algo. Lo que sea. Date exhaló con fuerza, frotándose el puente de la nariz. —A este paso no encontraremos nada… —hizo una pausa, como si midiera lo que iba a decir a continuación—. Tal vez sea momento de recurrir a cierto informante. Kiryu levantó la mirada, intrigado. —¿Te refieres a ese informante legendario? He oído hablar de él… —El Florista de Sai —interrumpió Ryohei, con los brazos cruzados—. También lo he escuchado nombrar. Supuestamente sabe todo lo que ocurre en esta ciudad. El detective asintió, llevándose el cigarro a los labios sin encenderlo. —Dicen que opera desde un parque de mala muerte. El más olvidado de Kamurocho. —El parque del oeste… —murmuró Kiryu. —Vaya recuerdos —añadió Ryohei, mirando de reojo al compañero. —Sí… ahora lo llaman El Purgatorio —confirmó Date—. Los vagabundos lo tomaron hace años. Dicen que el Florista se oculta justo en el corazón del lugar. Bajo tierra. —Un escondite perfecto para alguien que no quiere ser encontrado —murmuró Ryohei—. Aunque… en estos años se ha vuelto más peligroso. No es como lo recordábamos. Kiryu se puso de pie, ajustándose la chaqueta con un gesto automático. —Aun así, cualquier pista es mejor que quedarnos de brazos cruzados. ¿Vienes? El otro negó con la cabeza, aunque su expresión no era de rechazo. Era de decisión. —No esta vez. Me quedaré aquí con Haruka. El ex yakuza frunció el ceño apenas. —Estará bien. —Lo sé. Pero no voy a repetir errores. Alguien tiene que asegurarse de que esté a salvo, y Reina no está ahora. —Ryohei se cruzó de brazos, más firme—. Solo ten cuidado. Si necesitas algo, ya sabes cómo contactarme. Date se levantó también, tomando su abrigo del respaldo de la silla. —Yo me quedo también. Aunque no sea el sitio más seguro, entre los dos podremos mantenerla a salvo. No dejaré que se la lleven. El médico miró de reojo a Haruka, que jugaba en silencio con el perrito en un rincón del salón. A ratos lo acariciaba, a ratos hablaba con él en susurros inaudibles, como si el mundo fuera más fácil de entender a través de esos ojos caninos. A su lado, el bolso de Ryohei permanecía cerrado, como si la niña aún lo resguardara por instinto. —Prometimos protegerla —dijo con un tono más bajo, como para sí mismo. Kiryu asintió con lentitud, con los ojos clavados en la puerta. —Entonces vuelvo pronto. Y sin más palabras, salió del Serena, tragado por la neblina sucia de Kamurocho. El bar había caído en esa calma artificial que solo aparece después de una llamada difícil. Haruka seguía en el rincón con el cachorro, acariciándolo con ternura silenciosa. A ratos le hablaba en susurros que ni Ryohei ni Date lograban oír. Ryohei, en cambio, pasaba un trapo húmedo por la barra. No porque estuviera sucia, sino porque necesitaba tener las manos ocupadas en algo que no doliera. Los guantes nuevos hacían su trabajo, pero la memoria del ardor seguía ahí. —¿Siempre limpias así cuando estás nervioso? —preguntó Date desde una de las mesas, sin mirarlo. Giraba entre los dedos un cigarro sin encender. —Cuando uno vive entre bisturís y botellas de whisky… desarrolla costumbres —respondió el médico, sin detenerse. Hubo un silencio. Luego Date habló, esta vez más bajo. —Estuve viendo tu expediente. El trapo se detuvo un instante. Ryohei no respondió. —Encontré cosas —siguió el detective—. Declaraciones contradictorias. Testigos que desaparecieron. Un abogado con vínculos turbios. Documentos alterados. —Te sobra tiempo libre —murmuró el otro, retomando el movimiento. —Y aún así tú no hiciste nada. No apelaste. No alzaste la voz. ¿Por qué? El médico se encogió de hombros. —Porque sabía que no iba a ganar. Y pelear contra algo que ya te enterró… no siempre vale la pena. —¿Aun cuando sabías que era una trampa? —Especialmente por eso. Date lo miró, serio. No con juicio, sino con algo más parecido al respeto. —¿Y después de eso? ¿Nunca te tentó dejarlo todo? —Lo hice —confesó el médico—. Durante semanas. Pero cuando te toca ver a alguien sangrando frente a ti y sabes cómo detenerlo… no puedes darte el lujo de mirar a otro lado. Date dejó caer el cigarro sobre el cenicero, sin molestarse en encenderlo. —¿Incluso si es alguien que arruinó vidas? ¿Qué tal vez arruinó la tuya? Ryohei alzó la vista. Lo miró directo. —Yo no juzgo a la gente por lo que son. Ni por lo que hicieron. Si tuviera que elegir a quién atender basándome en eso, dejaría de ser médico… y me volvería juez. El detective no respondió enseguida. —¿Y no sería más fácil hacerlo? —Claro. Pero también estaría decidiendo quién vive y quién muere. Y ahí se traza una línea que no quiero cruzar —dijo con firmeza, no como una declaración, sino como una convicción masticada a lo largo de los años. Date asintió lentamente. —Entonces no eres legal. Pero sí eres mejor que muchos con bata y licencia. —La ciudad no necesita otro con título colgado en la pared. Necesita a alguien que no le tenga miedo a la mugre. Siguió un leve silencio. Esta vez, no incómodo. Solo cargado de una comprensión tácita entre dos hombres que sabían lo que era caer… y seguir de pie igual. —¿Y tú? —preguntó Ryohei, cruzando los brazos—. ¿Desde cuándo te importa limpiar este lugar? Date resopló. —Desde que me di cuenta de que no quiero morirme rodeado de cenizas. El otro rió por lo bajo, pasando el trapo por una parte ya limpia de la barra. —Ya veremos si todavía estás vivo cuando vuelva Kiryu —añadió, dejando el paño colgado del borde del mesón. El detective soltó una carcajada seca. —Siempre tan alentador. —Te haré un café. A falta de moral, al menos cafeína —añadió el médico, ya colocando la cafetera sobre el fuego. —¿Tienes idea de la cantidad de café rancio que he tomado en comisarías? No me asusto tan fácil. —Este no es rancio. Solo... fuerte. Puede que más que el de Reina —bromeó con una ceja alzada. —¿Eso fue un chiste? ¿Tú sabes hacer eso? —No se lo digas a nadie. Podría arruinar mi reputación —replicó, sirviendo el líquido oscuro en dos tazas. Le alcanzó una a Date, que la recibió con cierto escepticismo. Ryohei se apoyó en la barra, soplando el vapor del suyo, aún con las manos vendadas, pero más hábil que la noche anterior. —¿Ves? Ni temblor, ni dolor. Solo buena memoria muscular. El picaporte se movió por tercera vez. Esta vez, no hubo duda. Un chirrido leve. Luego, pasos. Más de uno. El médico se enderezó sin perder la calma. Sus dedos fueron directo al panel oculto en la bodega, activando la compuerta trasera. Date ya tenía el arma desenfundada. —¿Qué tan segura es esa salida? —preguntó entre dientes. —Más que quedarnos a esperarlos —respondió sin dudar—. Vamos. Haruka lo miró, nerviosa. El cachorro se tensó junto a ella, gruñendo bajito. —¿Y él…? Como si lo supiera, el animalito corrió y se escondió entre dos sacos al fondo del local, deslizándose por un espacio que apenas existía. —Listo. Más listo que nosotros —murmuró Ryohei—. Ven. Entraron al pasadizo y lo cerraron justo cuando la puerta principal del Serena reventaba con una patada. —¡Al suelo! —se oyó una voz— ¡Busquen a la niña! La salida daba a un callejón angosto entre dos edificios. El aire estaba frío, denso, cargado de electricidad y ruido de ciudad. El médico tomó a Haruka de la mano y echó a correr. Date iba detrás, cubriéndolos, su chaqueta larga agitándose con cada zancada. —Vamos al Purgatorio —dijo entre jadeos—. Kiryu está allá. Tal vez el Florista pueda ayudarnos. —¿Estás seguro de eso? —Estoy seguro de que es lo único que tenemos. Doblaron una esquina y cruzaron entre cubos de basura y luces parpadeantes. Pero el sonido de pasos los seguía. Gritos. Órdenes. Y algo peor: reconocimiento. —¡Tachibana! ¡¡Detente!! Una lluvia de golpes resonó detrás. Ryohei empujó a Haruka por un costado, y Date desenfundó con precisión. Tres hombres los esperaban al final del callejón. Llevaban chaquetas negras con el emblema de la familia Majima bordado en los hombros. —No queremos pelear —dijo uno, levantando las manos—. Pero son órdenes. Lo sentimos. —¿De quién? —escupió el médico. —Del jefe. Solo necesitamos a la niña. —No tienen idea de lo que hacen. —Sí que lo sabemos —interrumpió otro—. Por eso lo lamentamos. No esperó más. Soltó a Haruka con una seña rápida. —Corre al fondo. Quédate pegada al muro. Giró y se lanzó contra el primero con una patada directa al estómago. El tipo voló hacia atrás, estrellándose contra una reja. Date disparó al aire. Uno retrocedió, pero el otro se abalanzó. Ryohei bloqueó un cuchillo con el antebrazo vendado y giró la cadera, clavando su rodilla en el costado del atacante. Otro llegó por la espalda. El médico giró, más lento por el dolor en las manos, y lo derribó con un barrido. Pero más pasos se oían. Más voces. —¡Por la derecha! ¡Flanqueen! Date jadeaba. El arma vacía. Se lanzó con el cuerpo contra uno, derribándolo como un toro viejo pero aún furioso. —¡Tantos para una niña! ¿No se les cae la cara? Ryohei tomó a Haruka de la mano de nuevo. —¡Vamos! Corrieron hacia una avenida lateral. Gente caminaba distraída, sin notar la persecución. Un grupo más apareció frente a ellos. El médico frenó en seco, empujó a la niña detrás de un taxi estacionado. —¡Ahora! ¡Cruza la calle! ¡Corre! Ella dudó. Él no. Salió tras ella, conectando una patada en la cara del que venía de frente. Otro lo sujetó del hombro, y en ese segundo… Un disparo. Murakado, a media cuadra, apoyado contra un poste. Sonriente. El arma humeando. Sintió el impacto en la pierna izquierda. No fue profundo. Pero el músculo cedió. Y cayó. Haruka gritó. Trató de ayudarlo. —¡Corre…! —rugió él, intentando levantarse. —¡No! ¡No te dejaré! Murakado avanzó con calma. Los miembros de la familia Majima lo miraban sin entusiasmo. —¡Dijimos que no íbamos a disparar! —Y yo dije que venía a asegurarme de que no fallaran —replicó el atacante. Uno de los hombres miró al caído, aún en el suelo. —Lo siento, doctor. No es personal. —Sí, eso ya lo dijeron —escupió Ryohei, con la pierna ardiendo—. Pero sigue oliendo a mierda. Uno agarró a Haruka por la cintura. —¡NO! ¡SUÉLTENME! —¡HARUKA! —gritó, intentando incorporarse. Pero su pierna no respondía. Y sus manos… no podían sostener su propio peso. Date se arrastró hacia ellos, pero lo golpearon por la espalda. En segundos, el grupo desapareció por una calle lateral. Las luces rojas de neón reflejadas en los charcos ocultaban el rastro de sangre. Y el médico quedó ahí. Solo. Con la pierna ensangrentada. Y el corazón aún más. El eco de los pasos se había desvanecido. Haruka… se había ido. Apretó los dientes con fuerza mientras el dolor se hacía más real. La tela del pantalón estaba empapada en sangre. El roce de la bala había sido preciso, cobarde y suficiente para derribarlo. Trató de incorporarse, pero el mundo giró brevemente. Apoyó una mano en el suelo, luego la otra… y apenas logró ponerse de rodillas. —Maldita sea… —murmuró, con la respiración entrecortada. Una mano firme lo sostuvo por el brazo. —No lo hagas solo, idiota —gruñó Date, jadeando también, la camisa empapada de sudor y polvo. —¡Se la llevaron! —rugió, golpeando el suelo con el puño vendado—. ¡Kiryu me la confió! ¡Yo debía cuidarla! —Y casi te revientan la pierna por eso —replicó el detective, echando un vistazo a la herida—. No vas a servirle de nada si te mueres aquí, ¿me entiendes? —Tengo que ir tras ellos… —intentó levantarse de nuevo, la pierna temblando—. No puedo esperar. ¡No puedo! Date se interpuso, sujetándolo por los hombros. —¡Escúchame! ¿Tú crees que Kiryu querría que vayas detrás de Haruka arrastrando una pierna rota? ¿Que lo hagas solo, como si él no existiera? El aludido respiró con fuerza, como si cada palabra lo atravesara. —Kiryu confió en mí, Date-san… por primera vez en diez años. Me entregó a Haruka, confió en que yo la protegería. ¿Y qué hice? La perdí en cinco malditos minutos… —Y si sigues sangrando, vas a perder algo más que una niña —replicó el mayor, señalando su pierna con la barbilla—. ¿Quieres ayudarla? Pues empieza por llegar vivo a donde está. Un rugido de motor los interrumpió. Luces de autos a lo lejos. Voces. Gritos. Pasos apresurados. La ciudad no se había dormido. Y quienes habían tomado a Haruka… no estaban solos. —Vienen más —dijo Date, endureciendo el gesto—. No podemos quedarnos aquí. Ryohei alzó la vista, los ojos cargados de rabia contenida. —¿Dónde? —Al Purgatorio. Está a dos calles. Si Kiryu está allá, lo encontraremos. Y si no… el Florista sabrá a dónde se la llevaron. Pero primero… te vas a apoyar en mí. Y no me vengas con tu estúpido orgullo. Ryohei vaciló un instante. Luego, con un gruñido, se sostuvo en el hombro del detective. —No le digas a nadie que pasó esto. —¿Qué parte? ¿La de que casi estirás la pata o la de que casi lloras? —Ambas. —Tranquilo. Sé guardar secretos —masculló el mayor con una mueca que no era del todo sonrisa. Los dos comenzaron a avanzar hacia la avenida. Uno arrastrando la pierna herida. El otro vigilando los alrededores con la mirada de un perro viejo que ya conocía el peligro. Y tras ellos… solo quedaba un callejón teñido de sangre. Los pasos del médico eran arrastrados, pero firmes. Su compañero lo mantenía sujeto del hombro, usando cada músculo de su cuerpo curtido para evitar que se desplomara. Ya se vislumbraba la entrada al Purgatorio, enrejada, con luces tenues y ese olor a humedad rancia, cuando un motor rugió cerca. Un coche oscuro se cruzó de golpe frente a ellos, cerrándoles el paso. —¡Carajo…! —escupió el detective. Antes de que pudieran reaccionar, dos sujetos bajaron del vehículo. Uno arremetió contra Ryohei sin decir palabra. El impacto lo desestabilizó y ambos cayeron al suelo por el peso de la lesión. El segundo fue directo a Date, empujándolo hasta hacerlo caer contra el asfalto. —¡Ryohei! ¡Date-san! —La voz de Kiryu retumbó como un disparo. El Dragón de Dojima llegó corriendo, con el rostro encendido por la furia. Alcanzó a ver la sangre en el pantalón del herido, la palidez en su rostro, la mandíbula tensa. —Se la llevaron… —informó Date desde el suelo, con la voz rasposa—. A Haruka. No pudimos detenerlos. —Lo sé —respondió el ex yakuza, agachándose hacia su amigo—. ¿Quién te hizo esto? —Eso ahora no importa —gruñó el médico, intentando incorporarse con dificultad. Uno de los atacantes escupió al suelo y señaló con rabia. —¡Tenemos cuentas pendientes con ese tipo! —apuntó al mayor con un dedo trémulo—. ¡Nos arruinó en el parque hace años! ¡Casi terminamos en la cárcel por su culpa! —Lo que me faltaba… —murmuró Ryohei con ironía—. Nostálgicos vengativos. El segundo levantó un bate metálico y lo alzó sobre Date. Kiryu reaccionó sin pensarlo, bloqueando el golpe con una sola mano. El arma vibró al contacto. —Ya basta —ordenó, con un tono que no dejaba espacio a discusión. —¡Todavía no! —vociferó el agresor—. ¡No hasta matarlo! —¡Sí, acaben con todos! —rugió el otro. El luchador apretó la mandíbula. Su mirada recorrió rápidamente la escena: Date intentaba incorporarse, Ryohei apenas lograba mantenerse en pie, con la pierna empapada de rojo. —Ryohei… —dijo en un susurro cargado de tensión. —No lo hagas, Kiryu… —advirtió el detective. —Si tienen tantas ganas de matarlo —continuó el Dragón, dejando caer el bate al suelo—, van a tener que pasar sobre mí primero. Los maleantes no se detuvieron. Pero ya era tarde para ellos. El estilo Rush le permitió esquivar la navaja del primero con un paso lateral. Tres golpes secos al abdomen y el agresor cayó de rodillas, sin aire. El segundo vino por la espalda. El ex yakuza cambió al estilo Beast. Un puñetazo descendente desarmó al atacante y lo estrelló contra el costado del vehículo con un estruendo metálico. El primero intentó reincorporarse. Kiryu inhaló profundo, activó el estilo Dragón y lo remató con un combo preciso: codo, rodillazo, puño giratorio. Cayó desmayado. El último, aún empuñando el bate, retrocedió instintivamente. Kiryu avanzó con Brawler, una patada baja lo hizo tambalear, y una ascendente lo lanzó por el aire, dejándolo inconsciente sobre el techo del auto. Las luces rojas del cartel titilaban como un corazón fallando. El aire apestaba a humo, humedad y recuerdos viejos. El ex yakuza ayudó al médico a sentarse en los escalones cercanos. El detective se arrodilló frente a él, sacó un pañuelo limpio y una botellita de alcohol del bolsillo interior de su abrigo. —Quieto —ordenó, mientras comenzaba a limpiar la herida con gestos precisos. El herido apretó los dientes, viendo su pantalón desgarrado por la bala. —Perfecto… justo el que más me gustaba. —Cierra la boca, idiota —gruñó Date, con un dejo de alivio—. Por suerte no impactó el hueso. Te salvó la grasa. —O fue mala puntería… Una voz surgió desde la sombra del callejón. —Tu fuerza es inhumana, Kiryu. El veterano giró la cabeza, reconociendo de inmediato al hablante. —¿Tú eres… el Florista? El herido entrecerró los ojos, evaluando al hombre que emergía con traje oscuro y camisa abierta, envuelto en neón y sombra. —¿Ese es el famoso Florista? —preguntó, incrédulo. —Ha pasado tiempo, Date-san —dijo el recién llegado, con una sonrisa torcida—. Y tú debes ser el médico que corre por los techos de Kamurocho. Te vi muchas veces, pero nunca tan… inmóvil. Ryohei ladeó la cabeza, aún sarcástico. —Dicen que lo sabes todo. No estaban tan errados. El Florista se giró hacia el Dragón. —Kiryu… el coche que se llevó a la niña está detenido en el centro de bateo. No te preocupes, luego me pagan por el dato. —Gracias —dijo el ex yakuza, sin apartar la mirada. Date finalizó el vendaje. —No hay desgarro ni sangrado activo. Puedes caminar si no forzás. Pero si corres, vas a besar el suelo. El médico se incorporó. Probó el apoyo. Gruñó. Asintió. —Funciona. Te loa agradezco. —Ese tipo fue policía —explicó el mayor, mientras el Florista se desvanecía entre sombras—. Yo mismo lo denuncié. Pero tiene ojos donde nadie mira. A veces… es mejor tenerlo como amigo. —Los que se llevaron a Haruka eran de la familia Majima —advirtió el herido, sombrío. El Dragón frunció el ceño. —La familia de Majima… —Y Murakado estaba ahí. No con ellos, pero aprovechó el caos. Él me disparó y me inmovilizó. Y gracias a eso, se la llevaron. El Dragón de Dojima bajó la vista. Sus puños cerrados hablaban por él. —De todos los que podían tomarla… El silencio se instaló como una niebla densa. Insoportable. La noche seguía saturada de neón, humedad y tensión. Frente al Purgatorio, las luces brillaban sin saber que tres hombres, rotos pero aún firmes, acababan de empezar la verdadera pelea. Ryohei se acomodó sobre el borde de una banca, tanteando la firmeza de su pierna herida. El detective revisaba el vendaje por última vez, limpiando con esmero los bordes donde la sangre se había filtrado. —No te muevas tanto —murmuró sin levantar la vista. —Lo intento, pero el pantalón está arruinado… —respondió con una mueca—. ¿Ya dije que era mi favorito? El otro resopló, pero no comentó nada. A pocos pasos, el ex yakuza observaba en silencio. El entrecejo fruncido, el cuerpo tenso como un resorte a punto de estallar. —Iré solo —dijo de pronto, con tono grave. El herido alzó la mirada, confundido. —¿Qué…? —Voy a ir solo —repitió, girándose hacia él. —¿Y por qué harías algo tan estúpido? —espetó, poniéndose de pie con esfuerzo—. ¿Otra vez con esa manía de cargarlo todo tú? —¡Porque no quiero perder a nadie más! —soltó el otro, avanzando con rabia. El médico se mantuvo firme. —No estamos en 1995. ¡No tienes que hacer esto solo! —¡Y tú no entiendes lo que es ver caer a todos los que te importan por confiar en ellos! —¡¿Y qué crees que hago yo todos los días, maldita sea?! —la voz le tembló por la rabia contenida—. ¿Te crees el único que ha perdido cosas? El otro lo miró fijamente… y dio un paso más. Lo sujetó del cuello del abrigo con fuerza. Los nudillos tensos, la mirada cargada de algo entre ira y miedo. —¡La secuestraron mientras tú la cuidabas! El silencio que siguió fue brutal. No se defendió. No lo empujó. Solo lo sostuvo con la mirada, los labios apretados, los ojos húmedos. —Lo sé —susurró, sin pestañear—. Es mi culpa. No lo niego. El agarre comenzó a aflojarse. Miró su propia mano como si recién notara lo que estaba haciendo. Y lo soltó. —Pero si crees que voy a quedarme sentado mientras vas a arriesgar tu vida por ella… —continuó el otro, esta vez más bajo—. Entonces no entiendes nada. —¡Es que no puedo perderte también! —las palabras de Kiryu le salieron como una confesión arrancada del pecho. Esta vez, no hubo respuesta inmediata. La dureza en su rostro se suavizó apenas. —Entonces no me dejes atrás. Un segundo eterno se interpuso entre ellos. Luego, el mayor carraspeó con un suspiro resignado. —Bien. Si ya acabaron con su telenovela… hay una niña que rescatar. El más alto bajó la cabeza, respiró profundo… y extendió la mano. —¿Tienes vendas nuevas? —Y guantes. Siempre tengo guantes —contestó el médico con una sonrisa de lado. —Entonces muévete. No me hagas esperarte. —No pienso hacerlo. Y juntos, al fin en sincronía, se dirigieron hacia el centro de bateo… donde todo iba a estallar. El viento entre los callejones se colaba helado, acariciando sus rostros con una dureza casi simbólica. Las luces del distrito titilaban como estrellas rotas sobre el asfalto húmedo. El de abrigo azul avanzaba con paso contenido, la pierna aún resentida por el disparo, pero sin ceder al dolor. A su lado, el del traje gris caminaba en silencio, con el cuerpo rígido y el pecho enredado. Fue Ryohei quien rompió el silencio, su voz apenas un murmullo entre el tránsito lejano: —Sobre lo que pasó… lo siento. El otro no respondió de inmediato. Bajó la mirada, como si contara cada paso. —Yo también —respondió al fin, casi como un suspiro. —No debí haber intentado cargar con todo… como si pudiera arreglarlo solo —admitió el médico—. Pero tampoco fue justo lo que dijiste. Ambos se detuvieron. El rugido lejano de un tren acentuó la pausa. Cruzaron miradas en una calma tensa. —Me asusta perder lo que aún me queda —murmuró el ex yakuza—. Cada vez que dejo que alguien se acerque, algo dentro de mí se quiebra un poco más. El otro lo observó sin parpadear. Luego habló con firmeza, sin dureza: —Yo no vine a repararte. Vine a quedarme. La quietud lo absorbió todo. Hasta el eco del distrito pareció apagarse. —Ryo... —No digas mi apodo… —lo detuvo, bajando un poco la mirada—. A menos que de verdad lo sientas. El Dragón de Dojima asintió con lentitud. No había excusas en su gesto, solo una aceptación callada. —Cuando me desplomé en ese callejón —continuó el sanador, con la voz aún más baja—. No dijiste que todo estaría bien. Solo me abrazaste. Y ese silencio me sostuvo más que cualquier palabra. Kiryu entrecerró los ojos, sintiendo el golpe de una verdad que había ignorado demasiado tiempo. —Anoche —añadió el de abrigo azul—. Dormimos juntos. No hubo palabras ni caricias forzadas. Solo tu brazo sobre mí… como si tu cuerpo supiera que yo también necesitaba sostén. —No fue intencional —murmuró él, incómodo. —Lo sé —respondió con una sonrisa tenue—. Pero fue real. Una ráfaga barrió la calle, removiendo el polvo y el silencio. —Por un momento, pensé que no quería que me soltaras nunca más. El otro no dijo nada, pero su mirada hablaba un idioma que el médico conocía desde hacía años. —Supongo que si algún día cruzamos esa línea —dijo Ryohei con tono suave—, no será con flores ni promesas. Solo… pasará. —Y no habrá regreso —susurró Kiryu. —No —afirmó el otro—. Pero tal vez… no necesitemos uno. Respiraron al mismo tiempo. Por primera vez en años. —Gracias por no soltarme, Kazuma —dijo Ryohei. —Gracias por seguir de pie, Ryo —respondió su compañero. Después de todo lo vivido, de cada golpe, pérdida y silencio, ya no quedaban dudas: seguían firmes. No como las sombras de lo que fueron, sino como las versiones que apenas empezaban a ser. No se trataba de restaurar lo anterior, ni de fingir que el dolor no existía. Era avanzar con lo que quedaba, con las cicatrices bien puestas y los pasos finalmente acompasados. En esa noche espesa, entre neones y murmullos de una ciudad despierta, Kamurocho pareció guardar silencio. No por miedo ni compasión… sino porque entendía que algo estaba por transformarse. Esta vez, para siempre. El letrero del centro de bateo parpadeaba como un faro oxidado. El mundo seguía girando: autos cruzaban la avenida, luces danzaban sobre las vitrinas, voces lejanas se perdían entre edificios. Pero para ellos, ese lugar no era solo otro punto del mapa. Era un umbral. El borde invisible entre lo que fueron… y lo que estaban por ser. Se detuvieron frente a la entrada. —¿Plan? —preguntó Kiryu, sin voltear. —Entrar. Golpear. Sacarla de ahí —respondió el otro, ajustándose los guantes de cuero—. A la antigua. —Como en los viejos tiempos. —Sí… hace diecisiete años —añadió con una media sonrisa—. El héroe y su sanador. El de traje gris giró apenas el rostro, alzando una ceja. —¿Y no eras tú el que pasaba media pelea quejándose porque nadie te cubría? Ryohei soltó una risa seca. —¡Porque tú te lanzabas directo al jefe sin mirar atrás! Me tenías al borde del colapso. —Decías que eso me hacía valiente. —Decía que me hacías sudar como loco. Ambos rieron. No con euforia, sino con esa risa que solo nace cuando el dolor ya no quema tanto, y los recuerdos pesan menos. El médico bajó la mirada un instante, pero su voz salió firme: —Ya no eres solo el héroe. El otro entrecerró los ojos, atento. —¿Ah, no? —No. Ahora eres el dragón. El que se alza aunque todo a su alrededor se esté cayendo. El que quema… pero no se apaga. El ex yakuza soltó una exhalación leve, como si le costara aceptar el elogio… pero no lo negara. —Y tú… —dijo en voz baja—. Sigues siendo el que me saca del fuego. El que nunca se rinde. El que está… incluso cuando todos los demás ya no. Ryohei se encogió de hombros. —Con más cicatrices y menos reflejos, sí. Pero con mejores patadas. El otro asintió, con una mueca breve que no era sonrisa, pero se le parecía. —Y aún así… el que me sostiene cuando todo en mí se tambalea. El silencio se instaló sin tensión. Cómodo. Verdadero. —Y tú… me recuerdas por qué sigo —murmuró Ryohei, sin apartar la vista del umbral—. Incluso cuando todo se rompe. Incluso cuando ya no queda fuerza. Kiryu no respondió de inmediato. Solo extendió una mano hacia él. No como un gesto automático, sino como una promesa tácita. El de abrigo azul la sostuvo sin dudar. —¿Listo, Kazuma? —¿Desde cuándo me llamas así tan tranquilo? —Desde ahora —replicó, y su voz no tembló—. Y tú dirás “Ryo” sin pensarlo. Ya verás. Permanecieron así un segundo más, sin soltar el contacto. —Vamos —dijo Kiryu—. Una vez más, como antes. —No somos los mismos de entonces —admitió su compañero—. Pero tal vez eso sea justo lo que necesitamos. El Dragón lo miró de lado… y bajó la voz. —Ya no eres solo el sanador. Ryohei arqueó una ceja. —¿No? —Eres el tigre —dijo, sin dudar—. El que ruge desde la herida. El que protege… incluso cuando está solo. El médico apretó la mandíbula, pero no respondió. Solo asintió, despacio. La puerta frente a ellos se abrió, como si el destino mismo les diera paso. Y entraron. El dragón… y su tigre cruzaron hombro con hombro. No como los jóvenes de hace diecisiete años, llenos de certezas. Sino como los hombres que el tiempo forjó a golpes. Con cicatrices nuevas y viejas, con pérdidas tatuadas en la memoria… pero con la voluntad intacta. Más firmes. Más humanos. Más reales. Y tal vez por eso… Inseparables como nunca antes.
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