Capítulo 13
“Forjados en Tinta, Hermanados por Fuego”
Los gritos en la calle apenas se apagaban cuando el combate estalló. El Dragón se lanzó como un rugido contenido, sus nudillos chocando contra el rostro de uno de los maleantes con la precisión de un boxeador profesional. A su lado, el médico giró sobre sí mismo con la fluidez de un artista marcial veterano, sus patadas trazando líneas invisibles en el aire. Ambos se movían como engranajes de una misma máquina: cuando uno bajaba la guardia, el otro la cubría. Cuando uno atacaba, el otro seguía el ritmo. —¡Ryo, arriba! —gritó Kiryu. Sin pensarlo, el Dragón flexionó las rodillas y entrelazó las manos. Su compañero corrió a toda velocidad, apoyó un pie firme en las palmas de Kiryu y se impulsó. El aire pareció comprimirse por un instante. El cuerpo del sanador se elevó por encima de los atacantes y, girando en el aire, ejecutó una patada giratoria directa a la sien del líder del grupo, derribándolo de inmediato. —¡Tōbu Shissoku Kai: Byakko no Suisei! —exclamó en pleno vuelo. El tipo cayó como una piedra, inconsciente. El detective también se defendía. Aunque su estilo era más sucio y menos elegante, usó el cuerpo de un maleante como escudo y le propinó un codazo en las costillas que lo dejó sin aire. Cuando todo terminó, Date tenía a uno de los agresores inmovilizado contra el suelo, con la rodilla firmemente plantada en su espalda. Kiryu giró, respirando agitado. —¿Estás bien, Ryo? Ryohei se miró las manos. A pesar de la tensión, las vendas seguían limpias. Luego bajó la vista a su pierna, comprobando la firmeza del vendaje bajo su pantalón. —Estoy perfectamente, Kazuma. Gracias por el impulso… te debo una. Su compañero sonrió. —Va a tu cuenta. El detective apretó al hombre bajo su control. —Ahora dime dónde está tu jefe —gruñó con voz grave—. Y no te hagas el idiota. El sanador le lanzó una mirada a Saya, que observaba desde la entrada, temblando. —Llevaré a Saya al interior del Stardust. Le haré una revisión rápida. ¿No te molesta, Date-san? —Adelante. Ve si está herida —asintió sin soltar al hombre. El médico se acercó a la chica con paso seguro, y extendió la mano. —Vamos, Saya. —Pero yo no… —iba a protestar, pero una mirada seria del otro bastó para que lo siguiera sin chistar. El Stardust estaba inusualmente tranquilo. Las luces tenues en tonos azules y púrpuras daban al lugar una atmósfera más serena que glamorosa, como si el propio club estuviera conteniendo la respiración. La música había sido silenciada. Las voces, ahogadas por la calma. Saya se sentó con lentitud en uno de los sillones de cuero cercanos al escenario vacío. Ryohei se arrodilló frente a ella, con movimientos precisos pero suaves, sacando de su bolso una pequeña linterna médica. —No veo heridas visibles —comentó con tono bajo, casi en un susurro clínico—. Déjame ver tus muñecas, por favor. La joven dudó por un segundo, pero finalmente extendió los brazos. Las marcas eran leves, apenas enrojecidas, pero reveladoras. El doctor las observó en silencio, luego asintió. —Pasará en unos días. Frío local, un poco de reposo… y paciencia. Nada grave, al menos por fuera. Saya apartó la mirada, mordiéndose el labio inferior. Su voz fue apenas audible. —¿Tú eres amigo de mi papá? Ryohei la miró por un segundo, cerrando la linterna con un clic. —Podría decirse que sí. Somos… aliados. Él y yo tenemos formas distintas de ver el mundo, pero compartimos cosas más profundas de lo que parece. Ella rió con sarcasmo. —¿Como qué? ¿La habilidad de arruinar las cosas? Él no respondió de inmediato. En lugar de eso, se sentó frente a ella, apoyando los codos sobre sus rodillas. —No lo sé todo de él. Pero lo he visto arriesgarse por ti. Lo suficiente para entender que te quiere, aunque no sepa cómo mostrarlo. La joven bajó la cabeza. Sus hombros parecían más pesados de pronto. —Siempre me deja plantada… A veces ni siquiera me habla. Solo… se queda ahí, como si no supiera quién soy. Ryohei suspiró, dejando el sarcasmo a un lado. Su voz, esta vez, fue más baja. Más real. —Y aun así, vino por ti. Solo. Furioso. A punto de romperse. Ella lo miró, confundida. —¿Por qué dices eso como si fuera algo bueno? —Porque no todos tienen eso —respondió él, con un dejo de melancolía—. Yo… nunca conocí a mis padres. Ni una foto. Ni una carta. Nada. Pero tuve a mi hermano mayor, Tetsu. Él fue todo para mí. Hermano, padre, mentor. Y cuando él faltó… el viejo Chen en Little Asia me acogió como a un nieto, aunque no lo fuéramos de sangre. Saya lo escuchaba, inmóvil. —¿Y eso fue suficiente? —No —respondió Ryohei sin rodeos—. Pero fue lo que tenía. Y con los años entendí algo… que familia no siempre es quien comparte tu sangre. A veces es quien te levanta cuando ya no puedes más. Quien se queda, incluso cuando no tiene las palabras correctas. Y créeme, Saya… tu padre se queda. Un silencio denso llenó el espacio entre ellos. Y justo en ese instante, desde la entrada, Kiryu apareció, sin hacer ruido. Se detuvo al escuchar las últimas frases, pero no dijo nada. Solo se apoyó en la pared, observando a ambos. Saya respiró hondo. En sus ojos había lágrimas contenidas, no por dolor, sino por comprensión. Por primeras verdades. —Entonces… ¿eso es familia? El médico asintió. —A veces, sí. Otras… es lo que uno decide construir. Ella lo miró con los ojos vidriosos, pero más calmada. Más liviana. —Gracias, Ryohei-san… Él sonrió, por primera vez en la noche. —Llámame Ryo. Tus heridas ya no son tan graves. —Está bien… Ryo. Desde la entrada, Kiryu cerró los ojos y sonrió apenas. Sin interrumpir, sabiendo que aquella conversación no necesitaba héroes ni consejos. Solo necesitaba escucharse. Las luces tenues del club titilaban en tonos cálidos, como si quisieran devolverle al lugar la paz robada minutos atrás. El murmullo ambiente regresaba poco a poco, tímido. Ryohei estaba apoyado junto a la barra, con una toalla húmeda en el cuello y un vaso con hielo medio derretido entre las manos. Kiryu se acercó con pasos lentos, pero antes de decir una palabra, el otro alzó la vista y caminó hacia él. —¿Y Date-san? —preguntó con voz baja. Su compañero soltó un suspiro apenas audible. —Después de que el idiota le dijo lo que necesitaba… creo que fue tras el jefe. El médico arrugó el ceño, sin sorpresas. —¿No será peligroso si no lo acompañamos? El Dragón se cruzó de brazos, apoyando la espalda contra la pared. —Si algo pasa… llegaremos antes de que se ponga peor. Hubo un breve silencio entre ambos. Casi cómodo. Casi inevitable. —La técnica de antes —rompió el otro, con la vista fija al frente—. Tōbu Shissoku Kai: Byakko no Suisei… —¿Impresionado? —responde el médico, medio sonriendo. Kiryu no contestó al instante. Luego, ladeó la cabeza apenas. —No esperaba que pudieras moverte así después de lo que pasaste en el Purgatorio. —Ni yo. —Bebió un sorbo, dejando el vaso en la barra con un leve clack—. Para serte honesto, no creo haberla hecho solo. Esa técnica… la logré por ti. —¿Por mí? —Sentí el impulso. No solo físico… —hizo un gesto leve con la mano vendada—. También mental. Cuando dijiste “vamos, Ryo”, algo hizo clic. No sé, fue como si el cuerpo supiera qué hacer… pero necesitaba que tú creyeras que podía hacerlo. El ex yakuza desvió la mirada, incómodo con la intensidad de esas palabras. —Aún así, parecía más tuya que mía. —Aún no está lista —dijo el otro, más serio ahora—. No es como la visualizo. Algo le falta… o me falta a mí. Precisión, potencia, tal vez equilibrio. —Entonces perfecciónala —replicó Kiryu, con firmeza contenida—. Y cuando lo hagas… estaré ahí para verte usarla. —¿Como dándome impulso de nuevo? —O como escudo, si fallas. Ryohei soltó una risa breve, más ligera que el aire del club. —Eres incorregible. —Y tú, un testarudo. Pero esa técnica... tiene potencial. —Lo sé —asintió, con una mirada que brillaba apenas—. La próxima vez… saldrá perfecta. Aunque me cueste los dos brazos y una pierna más. —Mejor que no. No pienso llevarte en brazos de nuevo. —Vamos, Kazuma… podrías llevarme en la espalda. O a lo caballito. O como una princesa en noche de bodas. —Sonrió con picardía, solo para provocarlo—. No sería la primera vez que terminamos juntos en una cama, ¿o sí? El otro lo miró con el ceño fruncido, pero el rubor apenas contenido traicionaba su reacción. —Ni lo sueñes. —Ya lo hice. Ambos estallaron en una risa breve, esa que nace del cansancio compartido, de los golpes que aún dolían y de un lazo que no necesita explicación. Y por un instante, el Stardust dejó de ser un simple club nocturno. Se convirtió en un refugio silencioso. Un breve respiro entre dos tormentas. Mientras la risa se apagaba lentamente en sus gargantas, intercambiaron una mirada cargada de complicidad. El silencio entre ellos no era incómodo; al contrario, hablaba más de lo que las palabras podrían. Ambos sabían que ese momento de respiro no duraría mucho. Fue entonces cuando sus miradas se desviaron hacia el otro extremo del club. Yuya y Kazuki conversaban en voz baja, con expresiones serias, casi preocupadas. Kiryu lo notó al instante. Se puso de pie, estirando los hombros adoloridos. Luego, sin volverse del todo, dijo: —Espera aquí un momento, Ryo. El médico no respondió, pero asintió con un gesto tranquilo, volviendo a recostarse contra el respaldo del sofá. Sus músculos aún protestaban, y su cuerpo le agradecía cada segundo más de descanso. Kiryu cruzó la pista con paso firme, acercándose a Yuya y Kazuki. A medida que se aproximaba, pudo captar fragmentos de la conversación: un nombre mencionado con preocupación—Shota—y las palabras "adelanto", "deuda" y "malas compañías". Yuya explicaba que, aunque Shota era un trabajador dedicado, últimamente se lo veía tenso, vinculado a personas con reputaciones dudosas. Kazuki, por su parte, comentó que el joven había solicitado un adelanto del sueldo hacía unos días. Supusieron que fue para ayudar a Saya, pero descartaron que fuera una estafa interna: el Stardust no aplicaba intereses ni recargos a sus trabajadores por esos adelantos. Era una política estricta del local. La tensión se filtraba entre los tres hombres como el humo tenue del club. No había escándalo. No había urgencia. Pero había algo. Y Kiryu lo sintió. Al fondo, el médico cerró los ojos por un momento. No dormía, pero por primera vez en días… dejaba que el silencio lo cubriera sin culpa. La noche aún no terminaba, pero por ahora, podían respirar. El Dragón de Dojima regresó al sofá donde su compañero aún descansaba con los ojos entrecerrados. —¿Deberíamos irnos ya? —preguntó el aludido sin abrirlos del todo. El otro no respondió con palabras. Solo asintió, y en ese gesto sobrio, ambos se entendieron. Se pusieron de pie y se dirigieron hacia la salida del Stardust. Pero antes de cruzar la puerta, una voz familiar los detuvo. —Kiryu-san… Ryo… Ambos se giraron. Saya estaba a pocos pasos, con las manos entrelazadas frente al pecho. Su mirada, esta vez, ya no era desafiante. Era… vulnerable. —Shota me lo dijo —comenzó—. Que saldaría su deuda con un prestamista de inmediato. Hizo una pausa, como si las palabras siguientes costaran aún más. —Por eso… me pidió que le ayudara a conseguir el dinero. El Dragón frunció el ceño. —¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? —¡Les juro que fue la primera vez! —dijo Saya, casi suplicando—. Pero… me dijo que si no pagaba la deuda esta semana… lo matarían. Ryohei alzó una ceja. Su tono se volvió irónico, como una navaja bien afilada. —Ah… qué clásico. Así que ese imbécil tiene miedo por su pellejo y decide meter a su chica para conseguirle el dinero. Vaya… narcisista y chantajista. —¿Eh…? —Saya lo miró, confundida por el término. —Amiga… date cuenta —añadió el de las vendas, cruzándose de brazos. —Si le preocuparas, aunque fuera un poco —intervino el otro con voz firme—, jamás te habría pedido algo así. Saya bajó la mirada, luchando entre lo que sentía… y lo que ya comenzaba a entender. —Pero… Shota es todo lo que tengo… —No —dijo Ryohei con suavidad, pero con la firmeza de quien ya ha estado ahí—. No es todo lo que tienes. Recuerda lo que hablamos… Aún tienes a alguien más. Ella lo miró, lentamente, como si empezara a ver la silueta de una verdad que había ignorado por demasiado tiempo. —¿Crees que tu padre, si estuviera en la situación de ese tipo, te habría pedido que hicieras lo que hiciste? Saya guardó silencio. Kiryu dio un paso al frente, sin levantar la voz, pero con una convicción que dolía. —Date-san te habría protegido. Incluso si tuviera que ir al mismo infierno por ti. Como dice Ryo… él jamás te pondría en peligro. Porque es el único que realmente se preocupa por ti. —Así es —añadió su compañero, sin titubear—. Es un tipo complicado, sí… pero cuando se trata de ti, Saya, es el hombre más claro del mundo. Ella tragó saliva, la vista clavada en el suelo. —Yo… —murmuró— estoy preocupada por mi papá… El ex yakuza se acercó con lentitud. —¿Sabes dónde está el prestamista? Saya asintió con lentitud, pero determinada. —Edificio Hanagata, en la calle Pink. Tienen una oficina en el cuarto piso… al fondo del pasillo. El Dragón intercambió una mirada con el médico, que ya empezaba a estirar el cuello como quien se prepara para lo inevitable. —Vamos, Saya. Vienes con nosotros. Ella no respondió con palabras, solo los siguió. Y así, salieron juntos del Stardust: una hija envuelta en dudas, y dos hombres que se negaban a dejarla caer. Caminaban hacia una deuda que no sabían si saldarían con palabras… o con los puños. Las luces de Kamurocho brillaban como faroles de una ciudad que nunca dormía. El pavimento mojado por una lluvia pasada reflejaba los neones de locales abiertos hasta el amanecer. Gente pasaba apresurada, ignorando que a solo metros de ellos caminaba un trío inusual: dos hombres marcados por la batalla… y una chica que había estado a punto de perderse. Durante un buen rato, avanzaron en silencio. No uno incómodo, sino de esos que surgen cuando las palabras aún están madurando. Saya fue la primera en hablar: —Kiryu-san… ¿qué relación tienes con mi papá? El ex yakuza la miró de reojo, con ese gesto neutro que usaba para no revelar más de lo necesario. —Digamos que… estuve bajo su cuidado. Ella asintió, luego giró hacia el otro. —¿Y tú, Ryo? —Algo parecido, aunque en una situación muy distinta —respondió con voz baja, sin quitar la vista del camino—. Aun así, cuando más lo necesité… no me dio la espalda. Saya frunció ligeramente el ceño. —¿Te ayudó con algo grave? El médico dudó, pero luego sonrió con cierto aire resignado. —Usó sus contactos para ayudarme con algo que, honestamente, ya no tenía arreglo. No tenía por qué hacerlo… pero lo hizo. La joven soltó un suspiro que se transformó en una sonrisa astuta. —¡Lo sabía! ¡Sabía que me sonaban esas cosas! —dijo con tono juguetón—. Eres el de los rumores, ¿cierto? El médico que atiende sin licencia a los vagabundos, y que salta por los techos como si fueras un gato. Ryohei arqueó una ceja, dándole una mirada lateral. —¿Ahora soy un gato callejero? Primero tigre, ahora gato… lo próximo será murciélago. Saya se encogió de hombros con una risa suave. —Y Kiryu-san tiene toda la pinta de yakuza. Se nota a kilómetros. El otro asintió sin pensarlo. —Eso no lo discuto. —Dicen que en la Cuarta División de la policía hay más yakuza infiltrado que policías —comentó ella, divertida. —Eso suena redundante —replicó el médico. —¿Cuarta División? —preguntó el Dragón. —Los detectives —aclaró Saya con un gesto—. Van por ahí creyendo que saben todo, pero no ven más allá de su propia nariz. Y encima, se visten peor que los delincuentes que arrestan. El médico soltó una carcajada suave. —Tienen el peor sentido de la moda. Trajes mal planchados, gabardinas de otro siglo… una pena. —¡Gracias! Alguien que me entiende —dijo ella con alivio, entre risas. Kiryu negó con la cabeza, sin dejar de caminar. —Supongo que es mejor que crean lo que quieran. A veces, los rumores protegen mejor que las verdades. El silencio volvió por un momento, esta vez con una sensación más liviana. No de incomodidad, sino de esa extraña familiaridad que nace cuando compartes una noche difícil… y aún así decides seguir caminando juntos. El ascensor subió lentamente, chirriando como si advirtiera del desastre que los esperaba en el cuarto piso del edificio Hanagata. Al abrirse las puertas, un pasillo largo y angosto los recibió con un silencio inquietante… hasta que comenzaron los gritos. —¡¿Qué demonios crees que haces, viejo de mierda?! —se oyó la voz de Shota, rasposa, arrogante. Un golpe seco. Luego, la voz del detective, firme a pesar del dolor: —Saya es todo para mí… no dejaré que le pongas un dedo encima. Los dos aceleraron el paso. —¿Esa es… la voz de Shota? —susurró la joven, tensa. —Sabía que este chisme tenía algo más jugoso —musitó el médico con tono irónico—. ¿Crees que tengamos que patear traseros, Kazuma? —Dalo por hecho —respondió el otro, sin mirarlo—. Pero por el espacio reducido, no podrás usar tu técnica. —No necesito mucho —replicó—. Un par de volteretas, patadas bien puestas… y tú cubriéndome la espalda. Del otro lado de la puerta, el griterío seguía. —¿¡Qué clase de padre eres!? ¡Podrías usar tus contactos en la policía para que nos saliéramos con la nuestra! ¡Pero no! ¡Prefieres ver cómo arruinan a tu hija! —bramó el muchacho, fuera de sí. —Soy su padre… y también soy policía —gruñó el mayor, incorporándose con dificultad, la mirada firme—. Así que paso de tu oferta de mierda. —¡Entonces muere! —vociferó el joven, desenvainando un cuchillo con torpeza y furia descontrolada. —Mátame si así lo deseas… —replicó el exdetective con determinación, apretando los dientes mientras un hilo de sangre le corría por el labio—. Pero no subestimes al cuerpo policial japonés. Y en cuanto a Saya… sé que mis amigos la protegerán con su vida. Un segundo antes de que Shota pudiera moverse… ¡THAM! La puerta explotó hacia adentro. Una patada precisa la había convertido en un proyectil, que impactó de lleno contra uno de los secuaces, derribándolo con un estruendo seco que retumbó en todo el pasillo. —Puntería perfecta —murmuró el médico, aún con la pierna extendida, mientras retomaba el equilibrio con una elegancia felina. —¡Papá! —gritó la chica, corriendo hacia Date mientras los demás hombres reaccionaban con torpeza. —¿Ustedes… quiénes son? —balbuceó Shota, retrocediendo con el cuchillo en mano. —Los que vinieron a arruinar tu fiesta —respondió Kiryu, caminando con calma—. Y a cobrarte lo que hiciste. —Creíste que podías esconderte detrás de amenazas y deudas… —añadió el otro, la mirada afilada como navaja—. Pero solo eres un cobarde. Un parásito con ínfulas de líder. El ex yakuza se detuvo junto a él. —Hora de darles una paliza, Ryo. —Estoy listo, Dragón. El aire se tensó. Los criminales se lanzaron al ataque. El primero se adelantó como una ráfaga, bloqueando al más cercano con el antebrazo y contraatacando con un rodillazo al abdomen. Cambió al estilo Rush, esquivó un segundo golpe y respondió con una ráfaga de puños al pecho del siguiente atacante. Ryohei, con movimientos giratorios, lanzó una doble patada que envió a dos enemigos a estrellarse contra las paredes. Su cuerpo respondía mejor que nunca: el ardor en su pierna baleada era apenas un eco. Su entrenamiento, su precisión, todo fluía como si su instinto supiera exactamente cuándo y cómo moverse. —¡Por aquí! —gritó otro, corriendo con una tubería. El Dragón cambió al estilo Beast, levantó una silla y la partió en el cuerpo del atacante como si fuera papel. El médico, por su lado, se deslizó por debajo de otro y le propinó una patada ascendente al mentón que lo dejó inconsciente. En medio del caos, Shota intentó escapar por la puerta trasera. —¡No tan rápido! —bramó Kiryu, sujetándolo del cuello de la camisa. El muchacho forcejeó, pero entonces el otro llegó por el otro lado, haciendo un gesto a Kiryu. —¿Un último golpe conjunto? —preguntó con una sonrisa. —Con todo el gusto del mundo. Con un movimiento perfectamente coordinado, el primero empujó al muchacho hacia Ryohei, quien giró sobre sí mismo con precisión felina y lanzó una patada giratoria directa a la mandíbula. El impacto resonó como un trueno, y el cuerpo del agresor voló hasta estrellarse contra una mesa cercana, que se hizo trizas bajo su peso. Entonces, el silencio cayó como un manto denso sobre la habitación. Uno a uno, los secuaces quedaron inconscientes o demasiado aturdidos para levantarse. En el centro del desastre, Shota gimoteaba, con sangre escurriendo por la comisura de los labios. A pocos metros, Date permanecía de rodillas junto a Saya, envolviéndola en un abrazo que hablaba de todo lo que no había podido decir antes. Kiryu se giró hacia su compañero. No dijo una palabra. Solo levantó el puño, firme, silencioso. Ryohei lo chocó sin dudar, con una sonrisa cansada… pero satisfecha. El Tigre y el Dragón habían hablado. Ambos compartieron una risa breve. Afuera, Kamurocho seguía rugiendo… pero en ese cuarto, por un momento, la justicia había hablado. El Dragón de Dojima se adelantó un paso, haciendo crujir los nudillos con lentitud, su mirada afilada como una navaja. —¿Así que usar la influencia de la policía a su favor? —preguntó con voz baja, pero cargada de amenaza. El médico, a su lado, sonrió con sorna. —Escuchamos todo, idiota. Y como estafador… te mueres de hambre. Como comediante, ni hablar. Shota, tambaleante, retrocedió hasta chocar con una de las paredes. —¡El contrato! —rugió el otro, acercándose—. Dámelo. Ahora. —Está… ahí —balbuceó el joven, con el rostro empapado de sudor, señalando una pequeña caja fuerte al fondo de la sala—. Pero necesita una cla… Antes de que pudiera terminar la frase, el doctor ya se había movido. Con un giro y una patada seca, estampó el pie contra la caja fuerte. El golpe fue tan brutal que la tapa se abrió de inmediato, las bisagras chirriando en rendición. Papeles volaron por el aire. —Uy, dinero —murmuró el de las vendas, hojeando los documentos con expresión fingidamente interesada—. Me tienta… pero no. Veamos… —hizo una pausa, sacando una carpeta—. Aquí está, Kazuma. Contrato completo, con su letra de mierda y todo. Kiryu lo tomó sin dejar de mirar al muchacho, que ya temblaba como una hoja. —Perfecto —gruñó—. Y más te vale no volver a acercarte a Saya. Porque si lo haces… te juro que mi amigo te hará hablar en ruso. De una patada. El tipo palideció hasta volverse blanco como el papel. Y antes de poder articular una palabra más… se desplomó de golpe, inconsciente, vencido por el miedo, sin siquiera un suspiro. Ambos intercambiaron una mirada breve, cargada de entendimiento. A unos pasos, el detective se volvió hacia Saya, que los observaba en silencio, aún procesando lo ocurrido. Sin necesidad de más palabras, los cuatro salieron del edificio. El aire de Kamurocho los recibió con su habitual mezcla de neón y humo, como si la ciudad apenas hubiera parpadeado. Detrás de ellos quedaban contratos rotos, miedos enfrentados… Y un idiota desmayado, perdido entre los escombros de sus malas decisiones. El cielo de Kamurocho ya no era naranja. La noche había caído por completo, profunda y silenciosa, acariciada por una brisa fría que barría los restos de una ciudad que no dormía, pero sí sabía guardar respeto. Las luces de los neones parpadeaban a media potencia. El parque número 3, pequeño y modesto, parecía fuera del tiempo. El veterano se detuvo en el centro del claro, con las manos en los bolsillos y la mirada cargada de todo lo que no había dicho durante años. —Les debo una… —murmuró con voz ronca, más baja que de costumbre—. Gracias… a los dos. —Nah —respondió Kiryu, con la serenidad de alguien que sabe cuándo no hace falta decir más—. Está bien. La joven apareció minutos después, vestida ya con su uniforme escolar. Había lavado el maquillaje y atado su cabello con una coleta sencilla. Más que una transformación externa, era una declaración: volvía a ser ella misma. —Papá… —murmuró, su voz apenas audible en el silencio de la madrugada. Ryohei la miró con una leve sonrisa, el rostro cansado pero cálido. —Ahora sí pareces más tú que antes… Saya infló las mejillas y desvió la mirada, apenada. —Ay no digas eso, Ryo… me haces pasar vergüenza… Date dio un paso hacia ella. Levantó la mano… y le dio una bofetada suave, casi simbólica. Antes de que Saya pudiera reaccionar, él la abrazó con fuerza. Como si se le fuera la vida en ese gesto. —Saya… te fallé como padre… —susurró, con la voz quebrada—. Hace diez años… te abandoné a ti y a tu madre… Sé que no tengo derecho a pedirte nada… Ella no dijo nada. Solo se aferró más a él. —Pero… ¿podrías prometerme una cosa? La joven asintió sin hablar. —Prométeme que tendrás más cuidado. Que pensarás en ti primero. Que no dejarás que nadie… te haga sentir menos. Si de verdad quieres encontrar la felicidad… empieza por quererte a ti. Se separó apenas para mirarla a los ojos, llorando. —Y si alguna vez… sientes que no puedes más… si te pierdes… dime. Yo haré lo que sea. Lo que sea… por protegerte. —Papá… —murmuró Saya, comenzando también a llorar—. Por favor, ya no llores… —Le limpió las lágrimas con la manga del uniforme, temblando un poco—. Me harás llorar más fuerte. Ambos se abrazaron otra vez, más fuerte, como si no quisieran soltarse nunca. El médico dio un paso hacia atrás, desviando la mirada. Su voz sonó baja, pero clara. —Deberíamos dejarlos a solas un momento… Kiryu asintió, en completo silencio. Los dos se alejaron por el sendero del parque. El detective los miró mientras sostenía a su hija, con el rostro surcado por lágrimas, pero aliviado. —Kiryu… Ryo… —susurró con el pecho lleno. Más tarde, en el Serena, el ambiente estaba en calma. Reina les entregó el bolso de Ryohei, mientras Haruka dormía profundamente en uno de los sillones, abrazada al perrito, que roncaba con suavidad. El Dragón la cargó con cuidado, acomodándola en su brazo como si fuese algo frágil, demasiado valioso para dejar caer. El otro revisó brevemente sus cosas, saludó a Reina con una sonrisa cansada —pero sincera— y recogió su bolso. Tomaron un taxi sin decir una sola palabra. No hacía falta. El conductor, al verlos entrar con aquella niña dormida y ese aire de hombres que venían de pelear contra el mundo, no preguntó nada. Solo arrancó, en dirección al apartamento del médico. Kamurocho, a esas horas, parecía otro mundo. Las calles estaban medio vacías, las luces de neón parpadeaban como si también estuvieran agotadas, y el ruido constante de la ciudad se reducía a susurros. En ese breve respiro de la ciudad insomne… El Dragón y el Tigre regresaron a casa. Porque incluso en Kamurocho, a veces la madrugada trae consigo una pequeña victoria. La de haber salvado algo que aún vale la pena. El sonido de las llaves girando en la cerradura del apartamento trajo consigo un suspiro colectivo. Ryohei entró primero, encendiendo las luces con suavidad. El calor familiar del espacio fue un alivio para ambos. Dejaron los zapatos en la entrada con movimientos casi coreografiados por la costumbre. El médico armó el sofá cama sin dificultad, sin mostrar dolor alguno en sus manos. Ya no temblaban. Solo quedaba el cansancio, profundo, pero llevadero. Colocó sábanas limpias mientras Kiryu acomodaba a Haruka con cuidado, aún dormida, en el centro. El perrito saltó con suavidad y se acurrucó a su lado como un guardián diminuto. Entre los dos, la arroparon. Como si fueran —aunque no lo dijeran— dos padres cuidando a una hija que acababa de sobrevivir al peor de sus días. —Duerme bien, pequeña —murmuró Ryohei, pasando una mano por su cabello sin hacer ruido. Kiryu asintió en silencio. Y después, ambos cruzaron la puerta del dormitorio. El cuarto estaba en penumbra. Se deshicieron de las chaquetas, se acomodaron sobre la cama —una que ya habían compartido antes, pero que esta noche parecía distinta—, y el silencio los acompañó durante varios minutos. No incómodo, sino denso. Reflexivo. —Fue un día largo… —murmuró el médico, sin mirar a su compañero. —Demasiado. Pero se siente como si… todo hubiese estado conectado. —Sí. Padres, hijos, deudas, errores… promesas que no siempre se cumplen, pero que aún pesan —cerró los ojos un momento—. Y tú… ¿has pensado en Kazama-san? El ex yakuza tardó en responder. —Todo el tiempo. Él fue… lo único parecido a un padre que tuve. Siempre me protegió, incluso cuando no lo merecía. —Tetsu fue eso para mí. No tenía por qué hacerse cargo, pero lo hizo. Me dio una vida… me enseñó a pelear, a resistir, a pensar. A seguir adelante, incluso sin él. —¿Crees que estaría orgulloso de ti? El médico pensó la respuesta durante varios segundos. —Creo que sí. Al menos… espero que sí. El otro desvió la mirada, hacia el techo. —Yo también espero que Kazama-san esté orgulloso. Pero a veces siento que aún me falta algo… como si aún tuviera una deuda con él. —Quizá no se trata de saldarla —murmuró su compañero—. Quizá solo se trata de seguir su ejemplo. De proteger a los que aún puedes proteger. Otro silencio cómodo. Y así, cuando el silencio del dormitorio parecía envolverlo todo, los pensamientos se fueron apagando como luces al final de una jornada larga. Las respiraciones se sincronizaron, los cuerpos se relajaron, y justo cuando el sueño comenzaba a alcanzarlos, Kiryu, sin pensarlo, movió el brazo y lo dejó caer sobre Ryohei. No fue un gesto cargado de intención, sino de instinto. Una reacción natural nacida del cansancio compartido, de la confianza ganada a golpes, cicatrices y promesas. El cuerpo reconociendo una verdad que no necesitaba ser dicha en voz alta: "No estás solo". El médico no dijo nada, solo cerró los ojos y soltó un suspiro largo, como si dejara ir el peso de un mundo que por fin podía compartir con alguien. —Buenas noches, Kazuma… —murmuró apenas audible. —Duerme bien, Ryo… —respondió el otro, con un tono más suave del que jamás habría usado en voz alta durante el día. Y con el murmullo lejano de Kamurocho vibrando como una nana apagada tras los cristales, ambos cayeron en un sueño profundo. Uno sin pesadillas. Sin huellas de lo que perdieron. Solo la calma temporal de quienes, por una noche, podían dejar de luchar. El Dragón y el Tigre… por fin, podían descansar. El sol comenzaba a filtrarse por las persianas del dormitorio, tiñendo las paredes con un leve resplandor ámbar. Kamurocho, aún con los restos del silencio nocturno pegados a sus esquinas, despertaba a su manera: con motores lejanos, pasos apurados y el eco de una ciudad que jamás duerme del todo. En el interior del apartamento, el ambiente era distinto. Calmo. Casi doméstico. Ryohei se desperezó lentamente, los músculos aún resentidos, pero en mejor estado que la noche anterior. Movió un poco el brazo... y notó algo sobre su torso. Su compañero aún dormía, con el rostro ladeado y un brazo apoyado sobre él. El médico se quedó quieto unos segundos, observándolo. Luego, con cuidado, se giró y murmuró: —Te estás acostumbrando a dormir así, ¿eh, Kazuma? El otro apenas gruñó algo sin despertar del todo, antes de retirar el brazo con lentitud, como si también su cuerpo dudara en soltarlo. Cuando ambos estuvieron listos —ducha rápida, cambio de ropa y el usual intercambio de sarcasmos suaves—, salieron rumbo al Serena. En la calle, el aire era fresco, y Tachibana alzó la vista hacia el cielo claro de la mañana. —Y antes que digas algo raro —añadió, sin mirarlo—. No es que me moleste que me abraces… Solo digo que, para variar, es reconfortante. El ex yakuza bufó con una sonrisa apenas visible. —No digas eso en voz alta. Van a pensar que te tengo de almohada. —¿Y si es así? Al menos eres más cómodo que mis almohadas reales. Ambos rieron en tono bajo mientras caminaban entre los callejones aún húmedos por el rocío. Cuando llegaron al Serena, la puerta ya estaba abierta. Reina les saludó desde la barra con una sonrisa cálida y un gesto hacia el fondo. Ahí estaba el detective, con una taza de café en la mano, ojeras marcadas, pero con la postura relajada. —Buenos días, dormilones —dijo sin despegar los ojos del vapor del café—. Veo que sobrevivieron a la noche. —Barely —resopló el médico, sentándose—. Pero sobrevivimos. Kiryu tomó asiento junto a él, cruzando los brazos. —¿Y tú? ¿Cómo están las cosas con Saya? El otro dejó la taza con un leve clink. —Mejor. No perfecto, pero… hablamos. Y por primera vez, sentí que me escuchaba. Eso es un milagro en sí. —Eso —dijo su compañero, con una sonrisa sincera— es un buen síntoma. Cuando Reina les sirvió café a ambos, el de las vendas tomó la taza con ambas manos, disfrutando del calor en los dedos vendados. Haruka estaba despierta, sentada en una de las bancas del Serena, con un jugo entre las manos. El perrito dormía en su regazo, plácido, como si todo Kamurocho estuviera en paz. Ryohei la observó un segundo, sonriendo sin decir nada. Fue entonces cuando su celular vibró. Sacó el dispositivo con una ceja levantada, lo desbloqueó, y sus ojos recorrieron con rapidez el mensaje en pantalla. —¿Algo importante? —preguntó el Dragón, sin girarse. El médico no respondió de inmediato. Solo dejó escapar una breve exhalación, una mezcla de alivio y satisfacción. —Es del Florista —dijo al fin—. Asahi despertó. Está estable, sin fiebre, comiendo bien… Dice que lo primero que pidió fue helado. Date alzó la vista con expresión confundida. —¿Asahi? Kiryu tomó un sorbo de café, y con la misma calma con la que respiraba, dijo: —Ryo operó a un niño en el Purgatorio. Estaba al borde de la muerte. Fue la noche que nos separamos. El detective parpadeó un par de veces, procesando. —¿En serio operaste ahí? —murmuró, entre asombro y resignación. —Condiciones inhumanas… pero sí. Lo hice. Date apoyó los codos en la barra, frotándose el rostro con ambas manos antes de soltar un resoplido. —Lo volvió a hacer… —exclamó, casi para sí mismo, y sacudió la cabeza con una sonrisa derrotada—. El maldito idiota con vocación de mártir. —Su padre quiere que lo visite pronto —añadió el doctor, con la voz más suave—. Dice que nunca va a olvidar lo que hice. El Dragón lo miró de reojo. Luego asintió. —Buen trabajo, Ryo. Ryohei bajó la vista al café humeante entre sus dedos. —No sé si fue un milagro, ciencia… o el “toque del tigre”. Pero me alegra haber estado ahí. —Y tú que querías ser juez —bromeó Kiryu, empujándole el hombro con un codazo suave. —Sigo teniendo más pinta de doctor, ¿no crees? —Más bien de gato con complejo de tigre. —Estoy evolucionando. Ya voy en camino al dragón —replicó con una sonrisa ladeada. Ambos se rieron, esa risa que nace del cansancio compartido y de la complicidad sin necesidad de palabras. El sol comenzaba a colarse por los ventanales del Serena, tiñendo el suelo de reflejos dorados, cálidos y suaves. Y en ese instante, mientras Haruka acariciaba al perro medio dormido y Date sorbía su café entre lamentos bajos, Ryohei y Kiryu compartieron un silencio que decía más que cualquier conversación. Habían peleado, sangrado, salvado una vida… y reconectado a una familia rota. Por unas horas… eso era suficiente. El silencio en el Serena era denso, pero cómodo. El aroma del café recién hecho flotaba en el aire, mezclado con los rayos dorados del amanecer que se filtraban por los ventanales. Kiryu, el médico y el exdetective habían compartido más de una noche difícil… pero aquella, al menos por unos minutos, les permitía respirar. Hasta que el mayor rompió esa calma. —Kiryu… —dijo en voz baja, sacando una fotografía del bolsillo interior de su chaqueta—. Mira esto. La deslizó sobre la barra con gesto medido. La imagen era cruda: un pecho femenino, parcialmente cubierto por una blusa negra rasgada. En el lado izquierdo, un tatuaje. Una flor trazada con precisión quirúrgica, delicada pero imposible de ignorar. El otro frunció el ceño. —¿Y esto? —Esta mañana encontraron el cuerpo de una mujer en la bahía de Tokio —explicó Date con voz grave—. Esto es parte del registro forense. Ryohei se inclinó hacia adelante, tomando la fotografía con cuidado. —Déjame verla. La examinó con atención, entrecerrando los ojos. Su voz bajó de tono. —Ese tatuaje… lo he visto antes. —¿Dónde? —preguntó el detective, alerta. —En el Ares —respondió el de las vendas sin dudar—. En la fotografía de Mizuki. Es el mismo diseño. El ambiente cambió al instante. Kiryu tomó la imagen y la observó con una intensidad creciente. —¿Tienes detalles de la causa de muerte? —preguntó, sin apartar la vista del papel. —Contusión severa en la cabeza. Traumatismo craneal. —Date bajó la voz—. Murió desangrada. El cuerpo tenía bloques de hormigón atados… Alguien quería asegurarse de que no saliera a flote. El médico cerró los ojos, visualizando el informe, como si pudiera ver la escena. —La torturaron antes de matarla… El Dragón apretó la mandíbula. Luego señaló un punto en la imagen. —Date, mírale el pecho. Aquí. —¿Qué ves? —preguntó el detective. —¿Lo notas, Ryo? Ryohei volvió a acercarse. —Ese kanji… —murmuró—. “Uta”. El símbolo de “canción”. —La firma de Utabori II —confirmó Kiryu—. El maestro tatuador. Siempre deja su sello oculto en sus diseños. Date levantó las cejas. —¿Creen que él lo hizo? —Es probable —afirmó el médico—. El mío también lo lleva… en la espalda. —¿Tú tienes un tatuaje? —replicó el mayor, entre sorprendido y divertido. —No es como si lo anduviera mostrando —respondió con un encogimiento de hombros—. Pero sí, es obra de Utabori. Igual que el de Kiryu. —El mío representa al Dragón —añadió el ex yakuza, casi en un susurro—. No es necesario explicar más. Date dejó la foto sobre la barra, con un gesto más serio. —Entonces… si este tatuaje también fue hecho por él… —Puede que sepa quién es la mujer —dijo Ryohei, directo. El silencio volvió a apoderarse del lugar, esta vez más pesado, como si cada palabra los acercara a una verdad que no querían descubrir. —¿Creen que podría ser Mizuki? —murmuró el Dragón. —Es posible… —dijo el detective—. Pero si lo es… y Haruka lo sabe… —No podemos decírselo —interrumpió el médico con firmeza—. No hasta estar completamente seguros. El de traje gris asintió, su mirada desviándose hacia la niña, que seguía acariciando al perrito dormido en su regazo. Su expresión tranquila contrastaba con el torbellino que comenzaba a formarse entre los adultos. —Entonces debemos ir a ver a Utabori. Él podrá confirmarlo. —Salón Ryujin —dijo el médico clandestino—. Entre la avenida Senryu y la calle Pink. Aún trabaja ahí, ¿verdad? Kiryu asintió. Ambos se levantaron casi al mismo tiempo, como si la decisión ya hubiera estado tomada mucho antes de verbalizarla. Desde la barra, Reina alzó la cabeza, cruzándose de brazos con ligera preocupación. —¿Van a salir? —Un momento —respondió el ex yakuza con su tono habitual. —Prometo que recuperaré esas horas… —añadió el otro con media sonrisa—. No me descuentes, por favor. Ella soltó una risa nasal, sin perder el gesto maternal. —¿Cuántas escapadas te he descontado en todos estos años, Ryo-chan? Ninguna ¿verdad? Vayan con cuidado. El Dragón inclinó la cabeza en señal de agradecimiento. Ryohei le guiñó un ojo y, sin más palabras, ambos cruzaron la puerta. El aire matinal los recibió como un recordatorio. Kamurocho nunca dormía del todo… pero incluso su caos sabía callarse cuando una amenaza más oscura se avecinaba. Y así, con pasos decididos, los dos volvieron al campo de batalla. El trayecto hacia el salón Ryujin se hizo en silencio al principio. El sol de la mañana comenzaba a imponerse sobre los restos de la madrugada, y las calles de Kamurocho recuperaban su bullicio habitual. Aun así, había algo distinto en la forma en que caminaban: no era prisa… era propósito. Mientras avanzaban, Kiryu recordó en voz baja algo que Date les había contado alguna vez, en una de esas noches tranquilas en el Serena: cómo, tras su encarcelamiento diez años atrás, no se limitó a aceptar la versión oficial. Desde dentro de la policía, el detective continuó investigando por su cuenta el asesinato de Sohei Dojima, levantando sospechas incómodas sobre quiénes realmente se beneficiaron de su muerte. Paralelamente, rastreó las conexiones turbias en el caso del Dr. Hiyoshi, el mismo médico que estafó a Ryohei y Nishiki antes de desaparecer y ser encontrado muerto en su apartamento, bajo circunstancias sospechosas que nunca se esclarecieron del todo. En ese mismo contexto, Date también escarbó más de lo permitido en el juicio manipulado contra el médico, uno que claramente estaba amañado por las influencias de la familia Nishikiyama. Fue él quien, con sumo riesgo, facilitó el contacto con el abogado defensor, aun sabiendo que el sistema entero estaba inclinado en contra. Ese gesto no fue ignorado: lo relegaron a la cuarta división como castigo silencioso, una caída disfrazada de traslado administrativo. Y aunque el Dragón creía que el detective tenía el talento para volver a la élite investigativa, también sabía que algunos caminos, una vez cruzados, se sellan para siempre. Y quizás por eso, ahora los tres compartían algo más que recuerdos: compartían una deuda silenciosa, una lealtad que no pedía nada a cambio. Una red de vínculos forjada en fracasos, culpas… y la terquedad de no rendirse. A la altura del puente sobre la calle Senryu, Kiryu rompió el silencio con una pregunta casi casual. Pero en su voz había un matiz de curiosidad sincera. —Nunca me dijiste cuál era tu tatuaje. El aludido sonrió apenas, como si la pregunta le hubiese alcanzado el pecho más que los oídos. —¿Nunca lo viste en todos estos años? —Sé que lo tienes —replicó el otro, cruzando los brazos mientras caminaban—. Dijiste que te lo hiciste antes de graduarte. Pero… nunca me mostraste el diseño. El de las vendas desvió la mirada hacia los callejones, como si el pasado le hablara desde ellos. —Era incompleto. Una obra en progreso. Como yo. —¿Y ahora? —Ahora tiene color. Y algunas cicatrices… como yo —respondió, más bajo. Kiryu lo miró de reojo, captando algo en su tono que no se podía poner en palabras. No insistió. Simplemente esperó. El otro continuó: —Es un tigre. No uno rugiendo con furia, ni uno dormido. Es uno al acecho, a punto de atacar. Tenso, contenido… pero listo. —¿El tigre estaba pintado desde el principio? —Solo los ojos. Amarillos. Intensos. Utabori dijo que no podía pintar el cuerpo si yo no estaba listo para cargarlo —explicó, con una media sonrisa—. Hace unos años, volvió a contactarme. Me dijo que ahora sí estaba listo. Que mi espalda ya tenía historia suficiente para sostener el resto del diseño. El Dragón asintió lentamente, como si entendiera más de lo que decía. —¿Y qué añadió? —Patrones de bambú desgarrado en el fondo. Tinta roja mezclada con sombras negras, como si el tigre hubiera emergido de entre llamas y bosque. Y una luna quebrada sobre el hombro izquierdo. —Una luna rota… —murmuró Kiryu. —Dijo que todos los guerreros tienen su propio cielo. El mío tiene grietas… pero sigue ahí. Caminaron unos pasos más sin hablar. El sonido de la ciudad quedó de fondo, distante. Era solo el crujido de sus pasos, el peso de sus historias… y la cercanía de quien sabe lo que es cargar con una espalda tatuada por las decisiones. Kiryu rompió el silencio otra vez: —Me gustaría verlo… algún día. —Algún día —respondió con suavidad. El cartel del salón Ryujin apareció al final de la calle, antiguo y sin pretensiones. La puerta de madera estaba cerrada, pero la cortina de bambú moviéndose detrás del cristal dejaba en claro que Utabori estaba dentro, como siempre, observando sin ser visto. Ryohei respiró hondo. —Veamos qué puede decirnos el hombre que pinta las verdades de otros sobre la piel. Y entonces, ambos cruzaron la calle… listos para otra verdad. El salón Ryujin olía a tinta fresca y madera antigua. Las paredes, forradas con grabados tradicionales, irradiaban solemnidad. Todo estaba en orden, como si ni una sola mota de polvo osara perturbar el lugar donde los cuerpos eran convertidos en lienzos vivientes. Luces cálidas colgaban desde el techo bajo, iluminando la cabina principal donde Utabori II, maestro del arte, afilaba con calma sus agujas. —Ha pasado tiempo… —comentó el ex yakuza con voz grave, cruzando la puerta con pasos firmes. El tatuador levantó la mirada y sonrió con leve sorpresa. —Oh, Kiryu… y veo que Tachibana viene contigo. El médico se adelantó un paso y se inclinó con respeto, la espalda recta, la voz contenida: —Ha pasado tiempo, maestro. —Me dieron la libertad condicional hace unos días —añadió el Dragón, sin rodeos. —Te vi en televisión —Utabori entrecerró los ojos con sorna—. Liándola en el funeral de Sera… ¿También fuiste tú, Tachibana? —Pues sí… aunque en ese momento cada uno estaba por su cuenta —respondió el doctor con un deje de incomodidad. El maestro cruzó los brazos. —¿Y a qué vienen? ¿Quieren que les retoque los tatuajes? No parecen muy desgastados… Kiryu negó con la cabeza y sacó del bolsillo interior de su chaqueta una fotografía doblada. La dejó sobre la mesa. El artista la observó detenidamente. El silencio se volvió espeso, casi ritual. —Este diseño… —murmuró al fin—. Es La Reina de la Noche. Solo florece una vez al año… y únicamente durante la noche. Simboliza lo efímero… y lo hermoso del sacrificio. —Entonces… ese tatuaje… —insistió el otro, la voz tensa. Utabori exhaló, con cierta pesadez. —¿Estás preguntando si es un diseño mío? —hizo una pausa—. El diseño es mío, sí. Pero últimamente he tenido demasiados imitadores. Un silencio incómodo se instaló como una sombra entre los tres. —Recuerdo cada tatuaje que marco en la piel —añadió—. Cada línea. Cada sombra. Cada gota de tinta. Y este, definitivamente… no es mío. —Entiendo —dijo Kiryu, bajando la mirada, meditando. Entonces, el teléfono del estudio sonó con un zumbido abrupto. El tatuador lo tomó sin apuro. —¿Hola?... —hizo una pausa— Ah, eres tú… —otra pausa—. Sí, están aquí conmigo… —más silencio—. De acuerdo. —Extendió el auricular al Dragón—. Es Nishikiyama. La tensión explotó. El médico se tensó como un resorte, los puños cerrados tan fuerte que los nudillos crujieron bajo los guantes. Kiryu lo notó de reojo antes de llevarse el auricular al oído. —Habla Kiryu —dijo con frialdad. —Ha pasado tiempo, hermano… —La voz de Nishikiyama era una mezcla de ironía y afecto podrido. —¿Cómo supiste que estaría aquí? —preguntó el Dragón. —La gente con poder tiene contactos… y contactos útiles siempre consiguen buena información. El silencio en el estudio era tan denso que solo se oía el zumbido de las luces. Ryohei inclinó ligeramente la cabeza, tratando de captar cada palabra. —¿Viste el cadáver de Mizuki? —soltó Nishiki de golpe. —¿Qué dijiste? —Kiryu endureció la mandíbula. —Tenemos que hablar. Cara a cara. Mañana, a eso de las diez… en el Serena. Tú y yo. Ah, y que Ryo —remarcó con burla— también esté presente. Necesitaremos a alguien que sirva un buen cóctel… o que limpie la sangre si la conversación se pone intensa. —Y cortó. El silencio volvió con fuerza, más frío que antes. Kiryu soltó el auricular con lentitud, sin decir una palabra. Su compañero seguía inmóvil, la mirada clavada en la madera del suelo. Utabori se aclaró la garganta con calma. —Kiryu. Tachibana. —Ambos lo miraron—. Les retocaré el tigre y el dragón. Un dragón descuidado no ruge con fuerza. Y un tigre con las garras gastadas… no sobrevive a la caza. No si el enemigo es Nishikiyama o ese tal Murakado. El médico frunció el ceño. —¿Cómo sabe de…? —Eso es lo de menos —respondió el maestro, girando hacia su equipo de trabajo—. Ahora… quítense las camisas. Ryohei vaciló un segundo, pero obedeció. Se desabotonó la camisa con movimientos lentos. Al otro lado de la sala, Kiryu alzó la vista… y por un instante, su expresión cambió. Utabori se colocó los guantes con movimientos suaves, ceremoniales. Como si más que preparar una sesión de tinta, se alistara para un ritual antiguo. Miró primero al Dragón, que ya había comenzado a desabotonarse la camisa con una expresión que mezclaba resignación y respeto. —Tú primero, Kiryu —dijo Utabori—. El Dragón lleva más tiempo durmiendo. El Dragón de Dojima se recostó en la camilla, mostrando la espalda hacia él. El diseño, aún imponente tras los años y batallas, mostraba algunos rastros del tiempo: líneas apenas desvanecidas, cicatrices que se cruzaban con la tinta, como si el cuerpo intentara contar una historia paralela. Pero aún así, el Ryū que habitaba su espalda seguía siendo majestuoso: ojos severos, escamas definidas, una furia contenida envuelta en elegancia. Utabori mojó la aguja, y mientras comenzaba a retocar la línea dorsal del Dragón, habló con voz grave, sin apartar la vista del trabajo. —¿Sabías que Nishikiyama se tatuó un koi? —comentó—. Uno que nada contra la corriente, buscando convertirse en dragón. Kiryu asintió apenas. —Lo supe cuando fue a verte. Dijo que quería algo que representara su lucha. —Y ahora es un dragón también —continuó el artista—. Pero no uno como tú. No uno que ascendió por virtud, sino por rabia… por dolor. Tachibana, recostado en silencio sobre la camilla contigua, cruzó los brazos detrás de la cabeza mientras aguardaba su turno. No hablaba, pero su mirada seguía cada movimiento del maestro con atención, como si absorbiera el arte y la ceremonia detrás de cada línea trazada. Algo en la solemnidad de ese momento exigía respeto. Cuando Utabori terminó con el retoque del dragón de Kiryu y limpió con precisión quirúrgica los últimos trazos, se incorporó con un leve asentimiento y volvió su mirada hacia él. —Tachibana —dijo simplemente, con ese tono que no admitía dudas. El médico se sentó despacio, retirando la camisa que tenía sobre los hombros. Su torso, firme y marcado por años de entrenamiento, revelaba una musculatura funcional, sin exageración. Permanecía con sus guantes negros puestos: sus manos, aunque más sanas, aún llevaban el peso de todas las vidas que había tocado. Se recostó nuevamente boca abajo en la camilla, dejando su espalda completamente expuesta a la tenue luz del salón. Kiryu, aún sentado en la suya, giró el rostro instintivamente. Y lo vio. El tigre de su compañero ya no era la silueta en sombras que le habían descrito años atrás. El pelaje estaba matizado con tonos cálidos: anaranjados, dorados y ocres, mezclados con negros intensos que realzaban su fuerza. Las rayas eran precisas, fluidas. Las garras extendidas parecían salirse de la piel, listas para proteger o atacar. Era una criatura viva, vibrante. Pero lo que más llamaba la atención eran los ojos. Amarillos. Profundos. Como si miraran más allá de la piel… más allá del tiempo. El Dragón entrecerró los ojos, impactado. Sin pensarlo demasiado, se acercó un poco y, con cuidado, posó la yema de sus dedos sobre el hombro del médico. No fue un gesto invasivo ni afectado. Solo una muestra muda de admiración. —Luce increíble —murmuró. Ryohei, sin mirarlo, sonrió con suavidad. Utabori no dijo nada al principio. Solo estudió el tatuaje como quien observa a un viejo amigo después de años. Finalmente habló: —Tu tigre… ha madurado —dijo, más para sí que para ellos. Tomó la tinta con delicadeza, mezclando nuevos tonos como quien elige palabras en un poema. El otro aguantó el ardor con serenidad. La aguja era punzante, pero su mente ya estaba en otro sitio. Un recuerdo lo asaltó. Murakado. Su espalda también llevaba un tigre… pero no como este. El suyo era oscuro, asfixiante. Sus líneas agresivas, sin alma ni armonía. Garras hundidas en sombras, ojos sin luz. Un tigre hecho para intimidar… no para proteger. El de Ryohei, en cambio, brillaba. No por el color, sino por el equilibrio. Era una bestia que rugía para proteger, no para dominar. Su postura, sus músculos, la dirección de la mirada… todo hablaba de temple. De fuerza contenida. Y entonces, lo sintió. El patrón cambió. El trazo ya no tocaba al tigre, sino el espacio justo al borde superior derecho de la espalda. —¿Qué estás haciendo, maestro? —preguntó sin moverse. Utabori continuó sin vacilar. —Lo complemento —dijo con tono firme—. Tranquilo. No voy a arruinar nada. —¿Con qué? El artista bajó el tono, como si respondiera a una pregunta secreta. —Con un dragón —dijo sin levantar la vista—. El mismo que lleva Kiryu. Solo delineado, pero con los ojos pintados. No está completo todavía… porque ese vínculo apenas comienza a revelarse. Tachibana frunció el ceño mientras sentía el trazo firme en su piel. —¿Por qué hacerlo? —preguntó en voz baja, como quien lanza una pregunta al vacío esperando una verdad que no duele, pero transforma. El maestro no se detuvo. Su mano siguió trabajando con la precisión de quien entiende lo que el alma calla. —El tigre y el dragón existen en armonía —respondió—. En la mitología japonesa, son opuestos complementarios: tierra y cielo. Instinto y sabiduría. Cuerpo… y espíritu. Uno no nace sin el otro. Uno no se eleva… sin el otro. Se tomó una pausa, luego volvió a hablar con una certeza que no pedía permiso. —Y tú, Tachibana… ya no eres solo el tigre. Has empezado a despertar algo más. Lo veo en tus heridas, en tus silencios. En la forma en que eliges a quién proteger… y en cómo peleas a su lado. El aludido no dijo nada; solo levantó lentamente la mirada, y sus ojos se encontraron con los de Kiryu. El Dragón lo observaba en silencio, serio como siempre… pero con esa calidez que solo alguien como él podía ofrecer. Sostuvo la mirada un segundo más y, luego, con voz baja, casi un susurro, dijo: —No estás solo, Ryo. Y en ese instante, no hizo falta nada más. El médico cerró los ojos y dejó que el silencio lo envolviera. Sintió cómo la tinta, el ardor y la historia se fundían con su piel, con todo lo que había sido y con todo lo que ahora comprendía. Cada línea lo afirmaba: el tigre en su espalda ya no estaba solo. El dragón lo observaba. Y por primera vez en años… no se sintió incompleto.