ID de la obra: 962

Yakuza Kiwami - El Tigre que Nunca Rugió

Gen
NC-17
Finalizada
1
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
525 páginas, 169.963 palabras, 21 capítulos
Descripción:
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Cuando el Dragon Espera, el Tigre Despierta

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Capítulo 14

“Cuando el Dragón Espera, el Tigre Despierta”

La noche había envuelto Kamurocho con su manto de neón y penumbra. El bullicio habitual seguía latiendo en las calles: luces vibrantes, música filtrándose desde los bares, murmullos y risas rotas flotando entre edificios. Pero para dos hombres que caminaban hombro a hombro por la acera húmeda, la ciudad parecía respirar de otra manera. Ambos llevaban las camisas con los primeros botones abiertos, las chaquetas bien ajustadas. Aún sentían el leve ardor en la espalda, donde la tinta fresca se asentaba como fuego dormido. Ryohei, más consciente que nunca del peso simbólico que el tigre y el dragón ahora compartían. Kiryu caminaba en silencio, con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido. Su compañero lo conocía demasiado como para interrumpir ese tipo de mutismo. Era el mismo que precedía a decisiones difíciles. Al doblar una esquina, el Dragón finalmente habló: —No deberías estar en la reunión de mañana. El aludido arqueó una ceja, sin dejar de mirar al frente. —¿Y por qué no? —Porque esa reunión es conmigo… y con Nishiki. No quiero que tengas que presenciar algo que... no necesitas ver. —¿Crees que van a humillarme por servirles una copa? —preguntó el médico, la voz baja pero firme—. ¿O el pasado golpeando de nuevo? Kiryu apretó la mandíbula. —No quiero verte arrastrado en esto, Ryo. Tú mismo dijiste que te humillaron por años. El otro se detuvo un segundo, obligando a su amigo a girarse. —Kazuma —sus ojos brillaban con un orgullo contenido, el mismo que lo había sostenido durante años—. Ser bartender también es mi trabajo, ¿lo olvidaste? Lo ha sido por más de una década. Cada vaso que serví, cada sonrisa que fingí fue parte de mi forma de reconstruirme. —Lo sé, pero… —Sí, ambos me humillaron. Me intentaron hundir. Y aun así… aquí estoy. Con vendas, con cicatrices, con un tigre en la espalda que no piensa bajar la cabeza. Así que no me saques de esto ahora. No cuando, por fin… puedo estar de pie junto a ti. —Ryo… El médico se acercó y le apoyó una mano firme en el hombro. —Estamos juntos en esto, ¿recuerdas? Tigre y Dragón, como tú y otros nos han dicho. —Lo miró directo a los ojos—. Así que te quiero con la frente en alto. Y ahí estaré, sirviéndote una copa mientras Nishiki te habla. No estás solo. El ex yakuza bajó un poco la mirada y asintió en silencio. Era su forma de rendirse… y de aceptar. —Kazuma —murmuró Ryohei, con una media sonrisa—. Frente en alto. Ahora. El otro alzó la mirada. Había algo distinto en sus ojos. Decisión. Firmeza. —De acuerdo… Pero —añadió tras una pausa—, tendremos que ver qué hacemos con Haruka. —Sí. Ella no puede estar mañana en el bar. Y mucho menos el perrito… —el médico se quedó pensativo—. Mejor discutamos eso en el Serena junto a Date-san. Cuatro mentes piensan mejor que dos. —¿Cuatro? Claro… incluyendo a Reina. Ambos reanudaron el paso. A lo lejos, el letrero del Serena brillaba como un faro en medio del mar nocturno. Al cruzar la puerta, fueron recibidos por el ambiente cálido del bar: luces suaves, el murmullo lejano de la ciudad filtrándose por las ventanas y, tras la barra, Reina organizando unas copas mientras el detective bebía un vaso de whisky con expresión serena. —No vayas a emborracharte otra vez, Date-san… —dijo Ryohei con su característica ironía mientras se sacudía el abrigo—. Ayer te tomaste todo mi “Elixir del Olvido Absoluto”. —¿El qué? —frunció el ceño Kiryu, mirando de reojo. —Verdad, no estabas en ese momento. ¿Recuerdas que Date-san estaba cantando enka, tirado en la barra? —Oye, no estaba cantando —protestó el detective, sin demasiada convicción. —Tengo dos testigos que pueden jurarlo —añadió el médico, mirando a Reina y a Haruka con una sonrisa—. Pero bueno, Kazuma, le di algo que en segundos le quitó la borrachera... y salió directo al Stardust. ¿Y ves? Esta mañana, sin resaca. Reina soltó una carcajada baja, sacudiendo la cabeza. —¿Y bien? ¿Cómo les fue con Utabori? Les tomó casi todo el día estar allá. Kiryu se acomodó en uno de los asientos junto al detective, y su compañero lo acompañó. Un silencio breve los envolvió antes de que el Dragón hablara. Con voz calma pero densa, relató lo ocurrido: el tatuaje de la mujer encontrada en la bahía, el diseño floral que resultó no ser de Utabori, y cómo el maestro tatuador reconoció su obra… y a la vez no. Luego, mencionó el retoque en su espalda y el añadido del dragón en el diseño de Ryohei, explicando que Utabori había dicho que ahora eran más que animales tatuados… eran compañeros de batalla. Finalmente, compartió lo más inquietante: la llamada de Nishikiyama, y la reunión programada para el día siguiente en el Serena. El detective chasqueó la lengua, dejando el vaso en la barra. —¿Nishikiyama va a venir aquí? —Sí —asintió Kiryu, serio. —Reina, mañana me encargo yo de la barra durante esa reunión —intervino el médico con decisión. —¿Estás seguro, Ryo-chan? —preguntó la dueña, preocupada. Él no respondió con palabras. Solo asintió con firmeza. Reina entendió. Date apoyó los codos en la barra, mirando hacia la puerta. —Haruka está en la mira de todo el Clan Tojo. Tienen que sacarla de aquí cuanto antes. —Mi apartamento era una opción… —dijo Ryohei con seriedad— pero el Purgatorio nos ofrece algo más que paredes: contactos, protección. Lo necesitamos. —Allí… razones no les faltan —murmuró el detective, pensativo. En ese instante, Haruka, que había estado acariciando al perrito dormido sobre su regazo en una de las bancas, intervino con voz firme: —No voy a irme. —¿Por qué no, Haruka-chan? —preguntó Reina, dejando una copa a medio limpiar. —Señor… —la niña se acercó a Kiryu, la mirada firme—. Ustedes fueron a buscar información sobre mi mamá, ¿verdad? Entonces… ¿por qué no me llevaron? —Pues verás… —intentó Ryohei, en tono conciliador. —¡Quiero verla! ¡No he venido aquí a jugar! —Haruka… —intervino Date, con un tono más autoritario, intentando detenerla. —¡Es por este colgante, ¿verdad?! —soltó ella, señalando con fuerza el pequeño objeto que colgaba de su cuello—. Todos lo quieren, pero nadie me pregunta lo que yo quiero. Nadie se preocupa por mí… El silencio en el Serena fue inmediato. —Sé que todos están detrás del dinero… —continuó, bajando la voz—. Por eso me mantienen al margen. Kiryu, sin pensarlo, levantó la mano y le dio una bofetada leve, pero seca. —¡Kazuma! —exclamó el médico, levantándose de golpe. Haruka se quedó inmóvil, sujetándose la mejilla. No lloraba, pero sus ojos estaban vidriosos. —L-lo siento… —susurró el Dragón, sin saber cómo sostener la culpa en su mirada. —Hábleme de mi mamá… por favor… sé que sabe algo. ¿Por qué no me lo quieren decir? ¡Dígamelo! El detective tragó saliva, movido por la escena. —Haruka… Kiryu no quiere decirte que tu madre está… —¡Cierra la boca, Date-san! —interrumpió Ryohei, con los ojos encendidos de rabia. El ex yakuza golpeó la barra con fuerza. —Haruka… —murmuró, la voz apenas un susurro—. Necesito que confíes en mí. Es todo… lo que puedo pedirte ahora. Ella lo miró, con el rostro desencajado. —Quiero creerle… de verdad quiero hacerlo. Pero mi mamá… es todo lo que tengo. Y si ustedes hacen lo que quieren, entonces yo… haré lo mismo. Sacó el colgante y lo dejó sobre la barra con un golpe seco. —¡Adiós! Se dio media vuelta y salió corriendo del bar. —¡Haruka-chan! —gritó Reina, corriendo hacia la puerta. —¡Haruka, espera! —dijo el médico, saliendo detrás de ella. Pero no alcanzó a avanzar, la puerta se cerró con un ruido seco. El Serena quedó en silencio. Solo el colgante brillaba sobre la madera, como una herida abierta en medio de la noche. Nadie se atrevía a tocarlo. Nadie se atrevía a romper el momento. Hasta que el Dragón se levantó con determinación. —Voy a buscarla —dijo, con voz tensa y mirada fija en la puerta por donde Haruka había desaparecido. —¿Irás solo? —preguntó Date, levantándose también. —Haruka podría estar en cualquier parte… —respondió Kiryu, mirando a su amigo—. Pero Ryo… ¿puedo pedirte un favor? El otro ya había dejado su asiento. Se cruzaron las miradas, y con la misma naturalidad con la que se entienden los que han compartido demasiado, respondió: —No hace falta que lo digas, Kazuma. Ya te leí la mente. Separémonos. Así cubrimos más terreno. El Dragón asintió. Una leve sonrisa se dibujó apenas en el borde de sus labios. —Eso quería escuchar. Quien la encuentre primero, que avise al otro. —Hecho —dijo el médico, dirigiéndose a Reina y al detective—. Quédense aquí, por si vuelve sola. Es posible que regrese sin decir nada. —De acuerdo —respondió la dueña, con el rostro serio. —También voy… —añadió el detective, empujando su vaso vacío a un lado—. No puedo quedarme quieto. —Ven conmigo, Date-san —dijo el Dragón, ya de pie en la puerta. Ambos hombres asintieron con firmeza, entendiendo que no había tiempo para más palabras. Sin mirar atrás, Kiryu y el médico salieron del Serena, llevándose consigo el peso de la incertidumbre y la determinación de encontrar a quien habían jurado proteger. Tomaron caminos distintos, sí… Pero el propósito que los guiaba era el mismo. Las luces de Kamurocho centelleaban con su eterno artificio, pero para Ryohei, esa noche todo parecía más oscuro. Caminaba rápido, con la vista recorriendo cada rincón, cada callejón, cada rostro. —Abrigo rosa… nueve años… —murmuró, mientras escaneaba la avenida Taihei con la mirada—. Vamos Haruka, dime que solo estás asustada y no huyendo del mundo… Se detuvo frente a una tienda de conveniencia, y preguntó al dependiente: —¿No ha pasado una niña por aquí? Cabello negro, abrigo rosa, sola. El joven lo pensó unos segundos. —Creo que sí… hace como media hora. Parecía apurada. La vi girar hacia la calle Pink. —Gracias. Siguió su camino, apresurado. La calle Pink tenía demasiadas salidas… demasiadas sombras. Interrogó a dos ancianos sentados cerca de un puesto de takoyaki. Luego a un taxista que descansaba en su vehículo. La mayoría decía lo mismo: sí, una niña pasó sola, parecía triste… tal vez iba a casa. Pero él sabía que eso no podía ser cierto. Haruka no tenía casa. Solo tenía el Serena. Solo los tenía a ellos. Y aun así… había huido. Como él, tantos años atrás. Cuando su hermano, Tetsu, lo dejó fuera del conflicto del Lote Vacío. Cuando creyó que lo excluían por debilidad… cuando aún no entendía que a veces, proteger significa alejar. Se detuvo un momento, apoyando la mano enguantada en una pared húmeda por la condensación. Respiró hondo. Sintió el ardor sordo de la tinta fresca en su espalda. —Yo también lo odié —murmuró, como si hablara con un eco del pasado—. Cuando Tetsu me dejó fuera… pensé que no confiaba en mí. Que no me veía como parte de todo esto. Cerró los ojos. —Pero lo hacía… solo intentaba cuidarme. Miró de nuevo hacia la calle. —Haruka… sé lo que se siente. Y no voy a cometer el mismo error que él. Se incorporó, apretando los puños. Su voz recobró fuerza. —Te encontraré. Aunque tenga que recorrer cada callejón de esta maldita ciudad. Y con pasos decididos, volvió a sumergirse en la noche de Kamurocho. Las luces del distrito ardían como brasas en la distancia mientras el médico corría por callejones angostos, saltando escaleras de incendio y techos bajos con precisión felina. El sudor le perlaba la frente, pero sus ojos eran fuego. La llamada de su compañero seguía resonando en su oído como un eco urgente. “Parque número 3, cerca de la calle Tenkaichi. Unos tipos con traje… dicen que la tienen.” —¡Mierda! —murmuró, acelerando el paso, cortando camino por los tejados como un depredador nocturno. Y entonces, lo vio. Al descender con un giro limpio desde un muro lateral, cayó junto a Kiryu y el detective. —¡Kazuma! ¡Date-san! —¡Ryo! —respondió el Dragón, con tensión en el rostro—. Aún no la hemos visto… pero está cerca. Los tres avanzaron hacia el parque, donde los tambores de metal ardían con fuego sucio. La escena parecía sacada de una emboscada mal armada. Un hombre de traje oscuro los esperaba, ladeando la cabeza con falsa cortesía. —Kiryu-san. Tachibana-san. Y el detective Date, supongo. —Basta de presentaciones —gruñó el médico, el ceño marcado por una furia apenas contenida—. ¿Dónde está Haruka? El desconocido sonrió. —Todo está listo para recibirlos. Permítanme guiarlos… Se miraron entre ellos. Nadie confiaba en ese tipo, pero tampoco tenían elección. El camino los llevó directamente al Stardust. Sus luces encendidas. La atmósfera… extrañamente podrida. —¿Este lugar no es… el Stardust? —murmuró Date, entornando los ojos. —¿Qué hicieron aquí? —dijo el Dragón, tenso como una cuerda a punto de romperse. —Adentro lo sabrán todo —respondió el tipo, abriendo la puerta. El interior estaba vacío. O casi. Hombres de negro flanqueaban las paredes. En el centro, como si estuviera en su salón privado, Itsuki Murakado los esperaba sentado en un sofá de terciopelo, con una copa en la mano y su sonrisa de serpiente. —Los estábamos esperando… Kiryu-san. Tachibana… —Murakado… —la voz del médico salió como un gruñido. Sus ojos eran cuchillas. —Más te vale que Haruka esté bien —espetó Kiryu, avanzando un paso. Desde la escalera del VIP, apareció otro tipo. Esta vez, con Haruka a su lado. La tenía sujeta del brazo. Una pistola brillaba en su otra mano. —¡Haruka! —gritó el ex yakuza. Date intentó dar un paso, pero el arma lo detuvo en seco. —¿Esto es idea tuya o de Nishiki? —rugió Ryohei. Murakado alzó una ceja, teatral. —Tachibana, me ofendes. ¿Crees que siempre necesito la aprobación de mi… querido patriarca para mover un dedo? El Tigre dio un paso al frente, pero su aliado lo contuvo con el brazo. —¿Dónde están Kazuki y los demás? —preguntó el Dragón, con voz gélida. —Amarrados. Vivos. Qué dramáticos son —dijo el antagonista, girando su copa con parsimonia. —¿Qué es lo que realmente quieres? —soltó el médico, con veneno en la garganta. —Ah, nada relevante. Solo quería confirmar que la niña tenía el colgante. Kiryu sacó el objeto del bolsillo. Lo sostuvo con fuerza, como si contuviera su alma. Murakado sonrió como un gato satisfecho. —Ese mismo… Adelante, Kiryu. Entrégalo. —¿Y si lo hago? ¿Haruka quedará libre? —Por supuesto —dijo con una risita—. ¿Acaso crees que sería tan cruel con una pequeña? —Viniendo de ti… sería lo mínimo —escupió Ryohei. El adversario alzó una mano. El secuaz empujó suavemente a Haruka hacia las escaleras. —Camina, pequeña. Pero detente donde yo diga. Haruka comenzó a bajar. Sus ojos, rojos de angustia, se clavaron en Kiryu. —¡Alto! —ordenó Murakado. Ella se detuvo. —Kiryu, el colgante… ahora. El Dragón tragó saliva. Miró a Haruka. Luego al colgante. —Lo siento… todo esto es culpa mía. —¡No! —dijo la niña, con lágrimas en los ojos. Y entonces, sin apartar la vista de ella, Kiryu apretó los dientes y arrojó el colgante con fuerza, como si con ese acto también soltara una parte de sí mismo. Al ver el objeto volar por el aire, Haruka rompió la tensión contenida y corrió hacia él con los brazos extendidos, decidida a alcanzarlo… o a alcanzar a quien la había protegido todo este tiempo. Pero justo en ese instante, el eco seco de dos disparos rasgó el silencio. El primero pasó de largo, perdiéndose entre el mobiliario destrozado del Stardust, pero el segundo encontró su objetivo: una bala rozó el brazo de la niña con un chasquido sordo, arrancándole un grito ahogado. La inercia la hizo tropezar y caer, su pequeño cuerpo desplomándose a medio camino entre el peligro y el resguardo, mientras todos los corazones en esa sala se detenían por un instante, suspendidos en una mezcla de terror, furia y desesperación. —¡Haruka! —gritó Date, atrapándola justo a tiempo. El secuaz tomó el colgante en el aire. —¡¿Están bien?! —gritó Kiryu. —¡Le rozó el brazo! ¡Maldita sea! —respondió el detective, presionando la herida. El ex yakuza se volvió hacia Murakado, que ya se alejaba, rodeado de sombras como un mal recuerdo. —¡Maldito…! ¡Ahora sí voy a…! —gruñó el médico, los ojos encendidos como brasas. Murakado se detuvo un momento en el umbral oscuro del local. —Oye, oye… yo no le disparé —dijo con ironía venenosa—. Pero en fin… ya tengo lo que quería. Acaben con ellos y tráiganme el colgante, por favor. —¡Cobarde! ¡Vuelve aquí! —rugió Ryohei. Pero el antagonista ya se desvanecía entre las sombras, como si fuera humo imposible de atrapar, dejando tras de sí solo el eco de su burla y el caos a punto de estallar. En cuanto desapareció, los hombres de negro comenzaron a rodearlos, sus pasos sincronizados y hostiles, cerrando el círculo con precisión amenazante. Kiryu, sin apartar la mirada del frente, dio un paso adelante con los puños cerrados, la tensión recorriéndole los hombros como una descarga eléctrica, listo para lo inevitable. —Ryo… concentra esa furia. —Lo tengo claro —dijo el Tigre, los ojos encendidos, como un animal al borde del salto—. No tendré piedad. —Date-san —añadió Kiryu, sin mirarlo—. Cuida de Haruka mientras limpiamos esta basura. El detective asintió, apretando con fuerza el abrigo de la niña. Y en ese momento, el Dragón y su compañero… desataron el infierno. Los hombres de negro se abalanzaron como una ola oscura, confiados en su número, en sus armas, en el miedo que solían causar. Pero el Dragón no retrocedió. Con un giro de hombros, adoptó su postura clásica y, sin esperar el primer golpe, se lanzó hacia el enemigo. Uno de los matones lo atacó de frente con una katana. Kiryu esquivó con una precisión mínima, apenas ladeando el cuerpo, y respondió con un derechazo al mentón que envió al tipo directo contra la pared. Cambió al estilo Rush, moviéndose con velocidad entre los atacantes. Golpeaba sin pausa, encadenando puños y esquivas como una danza violenta: dos jabs al rostro, un uppercut que hizo crujir la mandíbula y un barrido bajo que tumbó a dos más. A su lado, el médico rugió como el animal que llevaba tatuado en la espalda. Su estilo era distinto, más salvaje, acrobático. Mezclaba fuerza con equilibrio, ritmo con brutalidad. Ejecutó una voltereta hacia atrás, esquivando un disparo, y giró con la pierna extendida, rompiendo costillas en el impacto. Uno se lanzó por su espalda, pero Ryohei se impulsó con los brazos, usando un poste como punto de apoyo, y giró en el aire para golpear al atacante en la sien con ambas piernas. Entonces sucedió. Uno de los enemigos lo tomó por la chaqueta y lo arrastró hacia sí, preparado para un golpe directo. El otro giró sobre sí mismo, liberándose, y lo derribó de un empujón. Cayó sobre el tipo, con el puño derecho alzado. Por un segundo eterno, todo se detuvo. El sudor bajaba por su rostro, la respiración era una tempestad, su corazón palpitaba como tambor de guerra. Podía aplastar su rostro. Su mano tembló. Era su mano de cirujano. La que había salvado a Asahi, la que había suturado en la oscuridad, la que aún temblaba por lo vivido… pero jamás había sido usada para herir. “Mis manos… son para sanar.” Y entonces, soltó el aire contenido y apoyó ambas en el suelo, levantando el cuerpo entero sobre ellas. Usó su impulso como eje, girando el torso y lanzando una patada giratoria brutal que impactó en la cabeza del enemigo. El tipo cayó, inconsciente. Ryohei aterrizó de pie, sin perder el equilibrio. Siguió peleando. Codos, rodillas, piernas. Las manos solo como anclas, como herramientas de movimiento. Nunca como armas. El ex yakuza, aún en estilo Brawler, atrapó el brazo de uno de los últimos enemigos y lo proyectó contra una mesa. Luego giró con una patada al pecho que lo dejó sin aire. El hombre, que hasta entonces sostenía el colgante, abrió los dedos por reflejo tras el impacto. El objeto cayó al suelo con un leve tintineo metálico, rodando apenas unos centímetros hasta detenerse a los pies del Dragón. Sin vacilar, Kiryu se agachó y lo recogió, cerrando el puño con fuerza alrededor de él, como si protegiera algo más que un simple recuerdo. Cuando el último cuerpo tocó el suelo, el médico ya cruzaba la estancia con pasos veloces, su silueta firme entre las sombras, directo hacia Haruka. Se arrodilló sin aliento a su lado, mientras el detective aún la sostenía, el rostro tenso, y sacó el mini botiquín que siempre llevaba consigo. —¿Dónde fue? —preguntó con la voz entrecortada, sus dedos ya recorriendo el abrigo rosa empapado de sangre en la manga. —En el brazo… le rozó —respondió Date, jadeando aún. Ryohei rasgó con cuidado la tela, dejando a la vista la herida. Una línea superficial, sangrante pero no letal. —Está bien, está bien… —susurró, más para sí mismo que para los demás. Ya estaba limpiando la zona, aplicando desinfectante, vendando con presión justa, sin perder ni un segundo. La niña lo miraba con los ojos vidriosos. —Estoy bien —susurró. El otro alzó la vista, su expresión quebrada de alivio. —Lo estás. Porque llegamos a tiempo. A sus espaldas, Kiryu observaba en silencio, con el rostro endurecido por la rabia… y el respeto. Uno de los hombres que yacía en el suelo, aún consciente, se removió apenas. El resto, viendo la escena, ya había huido por las salidas laterales como ratas despavoridas. Aquel que quedaba, con el rostro ensangrentado y los dedos temblorosos, tanteó a ciegas en busca de algo. Un cuchillo. Pero antes de que pudiera aferrarse a él, el peso brutal del Dragón descendió sobre su mano. Un crujido sordo acompañó el grito ahogado del hombre. —¿De qué organización son ustedes? —demandó Kiryu, con la voz cargada de rabia contenida—. No son de la yakuza… pero trabajan con Itsuki Murakado. ¿Cómo sabían de esto? El colgante brillaba en su mano como un símbolo maldito. El tipo apenas podía respirar. Intentó zafarse, pero el ex yakuza presionó con más fuerza, haciendo que la mueca de dolor se deformara en su rostro. —¡Oye! —gruñó—. ¡Contesta! —Somos… J-Jin… —balbuceó el sujeto, la voz al borde de romperse. Pero no alcanzó a terminar la frase. Un disparo seco partió el aire como un latigazo. La cabeza del hombre estalló hacia un lado, bañando el suelo en rojo oscuro, brutal y repentino. Kiryu se echó hacia atrás por reflejo, esquivando la salpicadura por apenas unos centímetros. El asesino ya huía. Uno de los suyos. Un solo disparo, una traición… y el silencio que cayó después fue tan mortal como el arma. Kiryu chasqueó la lengua, apretando con fuerza el colgante. Sus nudillos palpitaban, pero no por miedo. Era una ira silente, acumulada como pólvora bajo la piel. Entonces, su mirada giró con rapidez. Haruka seguía recostada, frágil como nunca, pero viva. Y a su lado, el médico trabajaba con precisión quirúrgica, concentrado, los guantes teñidos de sangre mientras suturaban la herida con manos firmes. Su rostro era una máscara de enfoque absoluto, como si todo el caos a su alrededor no existiera más. —¡Haruka! —llamó el Dragón, cruzando la estancia en dos pasos. —El roce no fue profundo —informó Ryohei, sin levantar la vista—. Pero sí perdió algo de sangre. Controlé la hemorragia justo después de patear a esos malnacidos. El detective, aún recuperando el aliento, se acercó por detrás. —No tienes que preocuparte —dijo con voz más suave—. Ryo ya se encargó de todo. —¿Me llamaste Ryo? —ironizó el médico con media sonrisa mientras guardaba los últimos insumos—. Me siento halagado. La niña parpadeó, reincorporándose con lentitud. —Gracias… Ryohei-san —susurró, la voz pequeña pero firme. —¿Te duele? —preguntó él, sin borrar esa expresión serena que solo usaba con los pacientes más frágiles. —Sus manos son geniales. Ya no me duele —respondió ella, sonriendo un poco, antes de girarse hacia Kiryu—. Señor… vino a salvarme. Él asintió, visiblemente afectado. —Lo lamento mucho… —murmuró ella—. Es culpa mía por salir corriendo. Kiryu intercambió una mirada silenciosa con sus dos compañeros. Ambos hombres asintieron con sutileza. Sabían lo que venía. El Dragón de Dojima se arrodilló junto a ella. —Haruka… yo también debo disculparme. ¿Puedes escucharme un momento? Ella asintió sin hablar. El otro tragó saliva. Su voz se quebró en la primera palabra. —Mizuki… tu mamá… ya no está. Ella… murió. El silencio pareció extenderse por toda la sala. —Lo siento… —dijo con la mirada baja, la garganta hecha nudos—. No pude salvarla. Lo siento… lo siento mucho, Haruka. Hubo un instante suspendido en el tiempo. La pequeña, con los ojos vidriosos por la noticia, extendió la mano con delicadeza. La apoyó en la mejilla del hombre, obligándolo a alzar la vista. No dijo una sola palabra. Solo negó con la cabeza, lentamente. Un gesto mudo, lleno de una madurez dolorosa para su edad. No era su culpa. Ella lo entendía. Lo perdonaba. El momento se quebró con un estruendo metálico. La puerta lateral se abrió con violencia, y desde la penumbra surgieron dos figuras conocidas. —¡Kiryu-san! ¡Ryo! —gritó Kazuki, jadeando, con Yuya pisándole los talones. —¡Kazuki! ¡Yuya! —exclamó el médico al levantarse—. ¿Están bien? ¿Heridos? Mientras se acercaba a revisarlos, su rostro volvió a la concentración profesional. Las manos volaban con eficiencia, palpando, inspeccionando. Nada grave. Unos moretones. Tensión muscular. Pero vivos. El detective, mientras tanto, se agachó junto al cadáver del hombre asesinado. Tomó la insignia metálica de su solapa. La sostuvo entre los dedos, frunciendo el ceño. —Este símbolo… voy a investigar. Veré qué puedo averiguar. Kiryu le dio un gesto afirmativo con la cabeza. Yuya explicó con voz baja que ellos habían sido encañonados por Murakado y encerrados en una de las bodegas del local. Estaban vivos, sí… pero eso no borraba el ultraje. —Murakado siempre mueve sus hilos entre diversas organizaciones —comentó Ryohei, alzando la vista, aún con guantes ensangrentados—. Nunca se casa con una sola alianza. Se arrastra donde vea poder. —Veo que lo conoces bien —dijo Date, con gravedad. —No tanto como quisiera… —replicó—. Pero sé que está dispuesto a todo por conseguir lo que quiere. Y ve a los demás como herramientas desechables. El de traje gris se puso de pie, con la mirada clavada en la insignia. —Será mejor que salgamos de aquí. Vamos al Purgatorio. Allí estaremos más seguros… por ahora. El médico estiró los brazos por encima de la cabeza, dejando escapar un suspiro largo que disipó parte de la tensión acumulada. El dolor en la pierna seguía ahí, punzando como una advertencia silenciosa, pero no era nada comparado con el peso que había llevado durante las últimas horas. —Si vamos a quedarnos allá, necesitaremos algo más que colchones decentes —dijo, girando el cuello con un leve crujido. Por un instante, su mente regresó al cuarto donde operó a Asahi: precario, frío… pero suficiente para salvar una vida. —Iré a mi apartamento primero. Luego los alcanzo en el Purgatorio. La niña, aún con el brazo vendado y acurrucada entre el detective y Kiryu, lo miró con preocupación infantil. El otro se agachó hasta su altura y le sonrió con calidez, ese tipo de sonrisa que solo podía nacer de quien estaba roto pero seguía cuidando. —No te preocupes, corazón —le dijo en tono suave, revolviéndole el cabello con ternura—. Solo voy a buscar unas cosas: guantes nuevos, mantas, ropa limpia… Si vamos a dormir en ese agujero congelado, al menos no quiero que te despiertes hecha un cubito de hielo. Ella rió apenas, asintiendo. —¿Prometes volver? —Más rápido de lo que un perrito podría robarte tu jugo —bromeó, lanzándole una mirada cómplice. Luego, se incorporó y se giró hacia Kiryu, ya con la chaqueta abrochada hasta el cuello. Se acercó, y con un gesto casi imperceptible, le ajustó el cuello de la camisa con una precisión que hablaba de costumbre. —Kazuma… no hagas todo tú solo —dijo en voz baja, lo suficientemente cerca para que solo él lo escuchara—. Somos dos en esto. Tigre y Dragón, ¿recuerdas? El otro lo miró de reojo. No respondió, pero el leve asentimiento de su cabeza fue suficiente. El médico sonrió de medio lado. —Además, sin mí no tendrán quien los regañe por no dormir bien. Y con eso, dio media vuelta, saliendo del Stardust con paso decidido. El frío de diciembre lo envolvió apenas cruzó la puerta, pero no le importó. Esa noche, tenía más que una misión. Tenía una razón. Un lazo. Una promesa que cumplir. El taxi se detuvo en una esquina tranquila, donde la luz del farol parpadeaba contra la humedad nocturna. El hombre descendió en silencio, el crujido de su abrigo quebrando la quietud. A esas horas, Kamurocho parecía conteniendo la respiración… o quizás solo él lo sentía así. Subió las escaleras del edificio al segundo piso, una a una, con el cuerpo exhausto, pero el paso firme. El frío se colaba entre los botones de su chaqueta y se alojaba en los huesos, pero no se detuvo. Ya lo conocía. Al llegar a su puerta, sacó las llaves del bolsillo con movimientos mecánicos. El tintinear del llavero rompió el silencio del pasillo, resonando como un recuerdo entre las paredes del edificio. Empujó con el hombro —como siempre hacía— porque la madera, hinchada por la humedad de tantos inviernos, ya no cedía con facilidad. El apartamento lo recibió como un viejo amigo cansado. No hubo luces automáticas, ni música, ni palabras. Solo ese silencio denso y tibio que envuelve lo conocido. El aroma tenue a té viejo, el papel amarillento de los libros apilados en la esquina, el crujir leve de la madera bajo sus pasos. Todo igual. Caminó hacia la repisa del recibidor. Allí lo esperaba, inmutable, el reloj. Las manecillas seguían clavadas a las 17:45. La misma hora desde hacía años. Estaba roto, sí. Pero aún en su lugar. Una grieta cruzaba la esfera como una herida vieja, una línea que parecía abrirse un poco más cada vez que la miraba. Y sin embargo, se negaba a caer. Como si aferrarse a la repisa fuera su último acto de dignidad. El médico se quedó observándolo en silencio, no por nostalgia, sino porque lo entendía: ambos estaban agrietados, ambos estaban cansados, pero ninguno se había rendido. Se quedó un momento frente a él, los ojos vacíos, la expresión suspendida. —Tú también resistes, ¿eh…? No esperó respuesta. Caminó hacia el pequeño altar que había dispuesto al lado de la mesa baja del comedor, donde descansaban dos fotografías. Ambas eran retratos frontales, sobrios, con fondo neutro. Tetsu, serio, pero con los ojos llenos de esa autoridad tranquila que lo definía. Oda, más joven, con la expresión calma de quien carga demasiado, pero aún sonríe con dignidad. Alargó una mano temblorosa y acarició el borde de ambos marcos con el dorso de los dedos enguantados, como si al tocarlos pudiera robar un poco de su fuerza… o pedirles, en silencio, que no lo dejaran solo esta vez. —Hermano… Oda… —susurró—. ¿Pueden guiarme un poco esta noche? Cerró los ojos. —No les pido que me salven… Solo que no me dejen solo. No ahora. El silencio le respondió. Pero no se sentía vacío. Era como si, por un segundo, el reloj dejara de pesar, y las fotos respiraran con él. Sacudió ligeramente la cabeza, recobrando el foco. Caminó hacia su armario, sacó una mochila más grande, y comenzó a llenarla. Ropa de cambio, mantas térmicas, un par de guantes nuevos, y una caja hermética con insumos médicos de repuesto. Revisó cada vendaje, cada tubo de solución salina, cada ampolla. No olvidó nada. Antes de salir, se giró una última vez hacia las fotos. —Volveré cuando esto termine. Y con esas últimas palabras, cerró la puerta detrás de sí. El tigre… regresaba al campo de batalla. Ya afuera, cerró la puerta de su apartamento con un leve clic metálico. Esta vez no bajó por el balcón como otras veces. Las manos aún le dolían levemente bajo los guantes, pero no por esfuerzo físico… sino por la carga emocional de los últimos días. Bajó las escaleras con paso medido, como si descendiera también hacia una incertidumbre cada vez más profunda. En la calle, el frío le mordió los pómulos apenas salió del edificio. El aire era seco, nítido, como si el invierno hubiera decidido limpiar la ciudad a su manera. Alzó la mano y un taxi se detuvo casi de inmediato. Subió, cerrando la puerta con cuidado. —A la entrada del parque del oeste, por favor —indicó con voz firme. —Claro, señor —respondió el conductor, mientras ponía el vehículo en marcha. Dentro del auto, una música instrumental suave flotaba desde la radio: algo con piano y cuerdas, sereno pero melancólico. Ryohei apoyó el codo en la ventanilla y observó la ciudad pasar como un río de luces, letreros y sombras. El taxi avanzaba entre avenidas iluminadas y callejones susurrantes, atravesando la respiración nocturna de Kamurocho. Intentó relajarse, pero su mente no cooperaba. Todo había sido demasiado rápido: el ataque, el colgante, el disparo a Haruka, el rescate… Y ahora, la reunión. Nishikiyama. Apretó la mandíbula al recordar su nombre. Había algo que no encajaba. —¿Está bien, señor? —preguntó el chofer de pronto, con un tono amable. El médico parpadeó, sacudido un segundo de sus pensamientos. —Sí… solo cansado. Gracias. El hombre asintió sin insistir, y él volvió a mirar por la ventana, pero su mente ya no estaba allí. Algo había comenzado a enredarse en sus pensamientos como una hebra suelta imposible de ignorar. ¿Cómo supo Nishiki que estaban con Utabori? Ese pensamiento era como un insecto revoloteando en su nuca: incómodo, persistente. Ni él ni Kiryu habían anunciado su visita al salón Ryujin. Nadie lo sabía, salvo Date, Reina… y el propio Utabori. Pero Nishiki lo supo. Y no solo eso: sabía que estaban los dos allí. Esa precisión no era casualidad. Era demasiado limpia, demasiado dirigida. Algo o alguien estaba entregándole información. Apretó los puños sobre sus muslos, sintiendo cómo las vendas se tensaban contra su piel. Kamurocho siempre había sido un laberinto de espejos, donde cada paso podía ser reflejado por los ojos equivocados. ¿Había un infiltrado? ¿Alguien más vigilando sus movimientos? Una punzada de desconfianza le recorrió el pecho. En algún rincón, alguien estaba observando… y pasándole cada detalle al hombre que menos merecía saberlos. El taxi se detuvo frente a la verja oxidada del parque del oeste. El médico pagó en silencio, agradeció con un leve gesto y bajó del vehículo. El purgatorio lo esperaba. Pero esta vez, no era solo un refugio… Era el lugar donde tendría que abrir bien los ojos. Porque la tormenta se acercaba. Y no todos los aliados lo eran realmente. Empujó la reja con cuidado y se adentró por la entrada secreta. El cielo comenzaba a teñirse de gris azulado; la madrugada ya daba paso a un nuevo día. Al final del sendero iluminado tenuemente por las fogatas de los vagabundos, el Dragón lo esperaba de pie, con las manos en los bolsillos. —No tenías que esperarme afuera —dijo, alzando una ceja. —Pensé que traerías muchas cosas… —respondió el otro, echando un vistazo a las bolsas—. No me equivoqué. —Solo lo esencial. —¿Esencial? Mantas, utensilios médicos, ropa… —Tengo mi encanto —replicó con una sonrisa ligera—. ¿Y Haruka? —Se quedó dormida donde estaremos escondidos —indicó con un gesto hacia la bodega—. Con esto —añadió, mirando las mantas— no pasará frío. —Estás actuando como todo un papá. —Mira quién lo dice. Ambos soltaron una risa breve, cómplice, y continuaron caminando hacia la bodega que el Florista les había asignado. El lugar era amplio, pero austero: colchones viejos sobre tarimas, una sola lámpara colgante parpadeando débilmente, y un silencio que solo rompía la respiración de los que dormían. —No me equivoqué al pensar que no sería un hotel cinco estrellas… pero no me quejaré —murmuró el médico, dejando sus cosas a un lado. El ex yakuza se acercó a Haruka, que dormía encogida sobre uno de los colchones, abrazada al perrito. Con delicadeza, le colocó una de las mantas sobre los hombros. Ryohei observó el gesto y se dejó caer sobre la cama más cercana. —Realmente estoy agotado… necesito dormir. —Yo también —respondió su compañero, bajando la voz—. Ha sido difícil… pero si no hubieras estado conmigo, habría sido imposible. Desde su colchón, el otro lo miró con los ojos ya medio cerrados. —Estamos juntos en esto… como la adición en mi espalda. El Dragón asintió con suavidad. —Es verdad… Descansa, compañero. Mañana será un día difícil. Sin más palabras, ambos se acomodaron en sus camas. El silencio del purgatorio se los tragó suavemente, como una cuna áspera pero segura. Y en ese rincón olvidado de Kamurocho, el Dragón y el Tigre encontraron, por unas horas, el refugio que necesitaban. Mañana… tocaría volver a pelear. El médico abrió los ojos lentamente, con el cuerpo aún entumecido por el descanso precario. La manta lo cubría hasta los hombros, pero el frío se colaba por las rendijas como una presencia persistente. Se incorporó con cuidado y lo primero que notó fue el silencio. Kiryu y Haruka ya no estaban en sus camas. Se frotó los ojos, se colocó los zapatos, y tras asegurarse de que el perro aún dormía enroscado en una esquina con el hocico sobre las patas, salió hacia los pasillos mal iluminados del escondite. Caminó hasta la oficina del Florista, guiado por el sonido lejano de los ventiladores y el murmullo eléctrico de las pantallas. El anfitrión del lugar no lo miró al entrar, sus ojos estaban fijos en el mar de monitores que cubrían la pared. —¿Durmieron bien? —preguntó sin girarse. —No diría que bien… pero algo es algo —respondió con un bostezo, tapándose la boca con el dorso de la mano enguantada—. Pero Kazuma y Haruka no estaban cuando desperté. —Salieron temprano —informó el Florista, señalando una pantalla con un leve movimiento de la cabeza—. Dijeron que no querían despertarte. Te veían agotado. El médico se acercó y enfocó la mirada en la imagen. Kiryu conversaba con una mujer en las calles cercanas al distrito comercial. Haruka estaba junto a él. —¿Qué estará haciendo ese idiota? —murmuró con sorna—. De seguro coqueteando con esa mujer… —Ni idea —respondió el otro con su tono grave, casi neutral. Entonces se giró para encararlo por completo—. Por cierto, el padre de Asahi quería verte. Y un viejo del parque también. Parece que tu fama como médico se está expandiendo, Tachibana. Ryohei parpadeó una vez, luego asintió con un suspiro breve. —Supongo que un poco de aire fresco no me vendrá mal. El reencuentro fue sencillo… pero significativo. Asahi y su padre lo esperaban junto a una de las fogatas cercanas a la entrada secundaria. El niño, envuelto en una chaqueta dos tallas más grandes, lo saludó con una sonrisa tímida pero viva, como si la herida de la operación fuera ya un recuerdo lejano. —¡Doctor! —dijo Asahi, corriendo hacia él con pasos aún algo torpes. El médico se arrodilló para quedar a su altura, sin perder la sonrisa. —Veo que estás mucho mejor, campeón. —Mi papá dice que tengo que tomar sopa todos los días y no correr… pero no puedo evitarlo —se rió. El padre, con los ojos enrojecidos por la emoción, se inclinó en una reverencia sincera. —Esa noche de la operación me preocupe cuando se desmayó… pero veo que está mejor. Quería volver a agradecerle por lo que hizo por mi hijo… Estamos en deuda con usted. —Solo hice lo que debía hacerse. Me alegra verlo así… Y asegúrese de que coma esa sopa. Asahi, entonces, extendió la mano. En ella llevaba un pequeño paquete envuelto en papel kraft arrugado, atado con un hilo rojo. —Es para usted. Lo hice yo. Lo tomó con curiosidad, desenvolviendo con cuidado hasta encontrar un pequeño amuleto de madera, tallado a mano. Era tosco, pero reconocible: un tigre. Apenas unas líneas torpes, pero con intención. —Es un tigre —dijo Asahi, orgulloso—. Como usted. El médico apretó el amuleto en su mano, el nudo en la garganta haciéndose presente por un segundo. Lo guardó en el bolsillo interior de su abrigo sin decir nada, solo asentando, con los ojos brillantes. —Gracias… Lo cuidaré. El niño sonrió, y el padre volvió a inclinarse en señal de respeto. Cuando regresó al interior del purgatorio, el frío que antes calaba los huesos ya no se sentía igual. Había algo cálido ahora dentro de él, una llama suave y persistente que no era fuego, ni rabia… ni siquiera orgullo. Era esperanza, tan silenciosa como firme. Mientras sus pasos lo guiaban por los pasillos sombríos hacia el fondo del parque, ya no pensaba en descansar. Su cuerpo seguía cansado, sí, pero su espíritu estaba despierto. En su mente solo había una idea clara: entrenar, fortalecerse, prepararse. Porque si quería proteger a Haruka… y pelear hombro a hombro con Kiryu… tendría que despertar por completo al tigre. Y hacer que su rugido, esta vez, se escuchara por toda Kamurocho. El suelo crujía levemente bajo sus pasos mientras avanzaba por el parque del oeste. La mañana estaba cubierta por un manto de neblina leve, y entre los tambores de metal oxidados y las fogatas apagadas, un sonido firme se destacaba: el impacto seco de puños contra madera. Komaki estaba allí, entrenando en solitario. Su postura inquebrantable y movimientos precisos eran prueba de décadas de disciplina. Incluso el aire parecía respetarlo. El viejo maestro se giró apenas al notar su presencia. —Veo que el protegido de Hanzo decidió venir… —murmuró, sin dejar de golpear el tronco frente a él con la palma abierta. Ryohei se detuvo a pocos metros, con las manos en los bolsillos de su abrigo, aunque su mirada era firme. —Usted dijo que podía ayudarnos a ser más fuertes. Que podía ayudarme a pulir mi estilo de combate —declaró con decisión. Komaki lo observó de arriba abajo con ojo crítico. Luego asintió, como si confirmara algo que ya intuía. —Conozco tu estilo. El de los puntos de presión… Rápido. Letal si se ejecuta bien. Pero también… rígido. Limitado por la mente. Puedo hacer que esos movimientos fluyan mejor. Más naturales. El aludido frunció el ceño. —¿Naturales? ¿A qué se refiere? Komaki sonrió, esa sonrisa afilada como una hoja que ha probado batalla. —A que el cuerpo tiene su propia sabiduría, muchacho. No todo se gana con cálculo. El tigre no mide su fuerza… la deja fluir. Y sin previo aviso, lanzó un golpe rápido. El otro apenas lo esquivó con un paso lateral. —¿Qué hace? —Estás aquí para entrenar, ¿no? Entonces… ¡muéstrame de qué estás hecho! No necesitó más provocación. Se quitó el abrigo de un solo tirón, revelando su torso vendado, el tatuaje del tigre apenas asomando por el hombro. El maestro atacó con una palmada descendente. Ryohei rodó por el suelo y se impulsó de vuelta con una voltereta, girando sobre una de las fogatas apagadas. Cayó de pie, giró el torso, y lanzó una patada giratoria que rozó el rostro del maestro. El viejo se inclinó apenas, sin perder su equilibrio. —Bien. Rápido. Preciso… Pero muy dependiente de la postura. Volvió al ataque, esta vez usando un banco de madera como punto de impulso. Se apoyó con las manos, giró sobre sí mismo y lanzó una doble patada en el aire. Komaki cruzó los brazos y la recibió, retrocediendo dos pasos. —¡Ja! Tienes fuerza en las piernas, eso está claro —gruñó el maestro, frotándose el antebrazo—. Pero aún puedes afinar tu flujo. Tus ataques deben venir desde el centro… no desde la forma. El otro aterrizó con agilidad felina. Su respiración se aceleraba, pero sus ojos brillaban con algo distinto: hambre de mejorar. —¿Entonces qué soy ahora? ¿Un tigre que no sabe usar sus garras? Komaki rió entre dientes. —No. Eres el Byakko. El Tigre Blanco. Bestia sagrada del oeste. Tu poder está ahí, dentro de ti, dormido… pero acechando. Solo necesitas despertarlo del todo. Ambos se quedaron en silencio unos segundos. —Esta noche tendrás que pararte frente a sombras del pasado —añadió el anciano, serio de nuevo—. Si tu estilo no está afinado… caerás. Pero si dejas que fluya, si haces que tu cuerpo y tu voluntad se muevan como uno solo… —¿Entonces…? —Entonces rugirás tan fuerte, que ni un dragón podrá ignorarte. El médico sonrió apenas. Respiró profundo, colocó su postura base y volvió a avanzar. —De acuerdo, maestro… Enséñeme a rugir. Y el entrenamiento, esta vez en serio, comenzó. La mañana dio paso a la tarde, y el parque del oeste se convirtió en un campo de batalla improvisado. Fogatas apagadas, bancos de madera, tambores vacíos, y el aire frío de diciembre envolvían a discípulo y maestro en un escenario donde solo el eco de sus movimientos rompía el silencio. Horas habían pasado. El cuerpo del Tigre jadeaba. El abrigo hacía mucho que había sido lanzada a un rincón. Las vendas de sus manos estaban sueltas, empapadas en sudor. El ardor de sus músculos era tan familiar como el de sus heridas viejas. Pero aún continuaba. —Otra vez —ordenó Komaki, con voz firme, sin perder ese tono calmado de maestro que ha visto generaciones caer y levantarse. El discípulo asintió. Esta vez, no habló. Solo se lanzó hacia adelante. Saltó con una voltereta sobre uno de los bancos de metal, usándolo como punto de impulso. En el aire, giró, y con una maniobra imposible, extendió la pierna hacia el objetivo invisible, imitando el trayecto de una estrella fugaz cayendo desde lo alto. El impacto contra el tambor vacío fue brutal. ¡BANG! La lata tembló, se dobló sobre sí misma, y salió rodando varios metros. El sonido rebotó entre los muros como un trueno contenido. El peleador aterrizó, rodó por el suelo y quedó de rodillas. —¡Mierda! —exclamó entre dientes, apretando los puños— ¡Me falta algo! El maestro se acercó, deteniéndose frente a él. —Tienes el control… pero no el propósito. —¿Qué? —Esa técnica no es solo cuerpo. Es voluntad pura. Determinación hecha movimiento. Has entrenado el cuerpo todo el día… pero ¿estás preparado emocionalmente para ese golpe? El aludido bajó la cabeza, el sudor corriendo por su cuello. —No lo sé… Komaki se acuclilló frente a él, clavando su mirada afilada en sus ojos. —Piensa. ¿Para qué peleas? ¿Qué te hace levantarte cuando el cuerpo ya no responde? Silencio. El mundo pareció detenerse un instante mientras el médico cerraba los ojos, buscando algo más allá del agotamiento físico. No eran sus músculos los que flaqueaban, era la voluntad la que necesitaba afirmarse. Y entonces, como una marea que se alzaba en su interior, llegaron las imágenes. Vió a Haruka, herida, aferrándose a su brazo con confianza ciega. Vió a Tetsu, su hermano, protegiéndolo aún en la muerte. Vió a Oda, a Kazuki, Yuya, Asahi, al detective, a Reina… y al Dragón. Cada rostro, cada memoria, era un pilar invisible que lo había sostenido en los peores días. Personas que, sin pedirlo, se habían convertido en su razón para seguir de pie. A todos ellos… les debía algo. Y todos ellos, ahora, lo necesitaban fuerte. Presente. Invencible. El luchador abrió los ojos, una chispa encendida en la mirada. Y desde lo más profundo de su pecho, surgió un rugido. —¡Por ellos! —gritó al cielo. Se incorporó, corrió, pisó uno de los tambores, lo usó como trampolín, giró sobre sí mismo, ascendió con el sol dorado detrás de él… y cayó como un rayo blanco. —¡Tōbu Shissoku Shin: Byakko no Suisei! —bramó en su mente. El aire silbó con violencia cuando su pierna descendió como la garra de un tigre divino. El impacto fue brutal: el banco metálico que servía de blanco se hizo trizas bajo la fuerza concentrada del golpe, mientras el suelo mismo crujía como si reconociera el peso de algo más que un simple ataque. El ejecutor aterrizó con precisión, de pie… pero temblando. Cada fibra de su cuerpo exigía descanso, cada músculo gritaba por alivio, y su corazón pedía más latidos para sostener el torrente de energía liberado. Frente a él, Komaki no se movió. Solo lo observó… y asintió, en silencioso reconocimiento. —Lo lograste. Volvió a caer de rodillas, agotado. —No puedo… hacer eso dos veces hoy… El anciano se agachó a su lado, colocando una mano en su hombro. —No tienes que hacerlo. Esa técnica… es definitiva. Es una carta que solo se juega cuando todo está en la línea. No la malgastes en cualquier pelea. El otro asintió en silencio, respirando como si su alma intentara regresar a su cuerpo. El sol comenzaba a ocultarse entre los edificios, tiñendo el cielo de tonos naranjas y púrpuras mientras Kamurocho se preparaba para una noche más. Y él sabía lo que eso significaba. Con movimientos lentos pero decididos, se incorporó, sacó una camisa limpia del bolso y se colocó los guantes, aún con el pulso vibrando en sus dedos como un eco del rugido que acababa de liberar. —Tengo que irme. Soy el bartender esta noche… y tengo que dejarlo todo perfecto. Komaki lo observó en silencio, luego asintió con una media sonrisa. —Ve. Esta vez… servirás más que copas. El Tigre se despidió con una leve inclinación. Caminó hacia la salida del parque. Sus pasos eran lentos, pero firmes. El dolor no lo vencía. Lo acompañaba. Y en su espalda, el tigre brillaba bajo la luz del crepúsculo… Preparado para rugir de nuevo. El reloj marcaba las 20:00 cuando se despidió del purgatorio. Al cruzar la entrada, vio al detective aproximarse, con las manos hundidas en los bolsillos y el rostro marcado por la preocupación. —Ryo… ¿Vas al Serena? Asintió sin dudar, la expresión serena, pero firme. —Sí. La hora se acerca. Es mi deber dejar todo preparado para esa reunión. El mayor lo observó por un instante, midiendo sus palabras. —La persona que fue tu amigo durante años… Me pregunto qué querrá hablar con Kiryu. —Ya sabes lo que quiere —respondió mientras se acomodaba el abrigo y miraba al cielo oscurecido—. Pero yo también sé lo que tengo que hacer. Dile a Kazuma que estaré en el Serena. Sin más, caminó hacia la calle, tomó un taxi y partió rumbo a su destino. Al llegar, el neón del cartel lo recibió como una vieja promesa. Abrió la puerta del Serena y Reina se giró de inmediato desde la barra. —¡Ryo-chan! ¿Todo bien? —Todo en orden… —respondió con un tono que mezclaba rutina y convicción—. Tengamos el bar preparado. Echó un vistazo al reloj de pared. Las manecillas señalaban exactamente las nueve de la noche. Una hora. Solo una. Sin perder tiempo, comenzó junto a Reina a dejar todo impecable: limpió vasos con precisión quirúrgica, ordenó las botellas por preferencia y visibilidad, ajustó las luces para dar la atmósfera perfecta. Cada gesto era medido, como si preparar ese espacio fuera su forma de templarse para la tormenta que vendría. Finalmente, cuando todo estuvo en su lugar, se quedó de pie detrás de la barra, observando el reflejo de las luces sobre el mármol. —Está todo listo… Reina se acercó con suavidad, su voz un susurro amable. —Ryo-chan… puedo quedarme yo en la barra si no quieres verlo. No tienes que pasar por esto. Pero él negó con la cabeza, sin apartar la mirada del salón vacío. —No. Estamos en esto… —dijo, con la voz baja pero cargada de determinación—. Soy el bartender de este bar. Y es mi obligación atender a un cliente… aunque ese cliente sea el hombre que arruinó mi vida. Ella no dijo nada más. Sabía que esas palabras no nacían del rencor, sino de algo más profundo: la necesidad de demostrar que, pese a todo, Ryohei Tachibana seguía de pie. Y mientras el reloj avanzaba hacia las 22:00, el Serena respiraba en calma… esperando la llegada de la tormenta. Los minutos pasaban como sombras lentas sobre las paredes del Serena. El bar, impecable y silencioso, parecía contener la respiración. Todo estaba en su sitio: las botellas alineadas, los vasos brillando como espejos, la luz tenue filtrándose por las ventanas empañadas por el frío nocturno de esas fechas. En ese momento, la puerta se abrió con un sonido familiar. El Dragón de Dojima cruzó el umbral en silencio. Sus ojos se posaron de inmediato sobre las dos figuras junto a la barra. El médico estaba de pie con su uniforme de bartender: camisa celeste, pantalón negro y su chaqueta sin mangas. Serio, firme, como si el ritual de vestir para esa noche hubiera sido también una forma de prepararse para el juicio que se avecinaba. A su lado, Reina, aún en su atuendo de trabajo, pero con los brazos cruzados y el ceño fruncido por la tensión. —Reina… —dijo Kiryu, extrañado—. ¿Qué estás haciendo aquí? —Le dije que no era necesario que estuviera… —añadió el otro, sin apartar la vista de las botellas—. Yo podía encargarme de todo. El recién llegado asintió levemente. —Ryo tiene razón… Nishiki está en camino. La mujer bajó la mirada un segundo, y su voz salió con un tono que mezclaba miedo y terquedad: —Por eso mismo… —hizo una pausa larga, tragando el nudo en la garganta—. Me preocupa que se terminen matando entre los tres. Tachibana se acercó a ella, sin dureza, solo con una firmeza suave, de esas que nacen de la preocupación genuina. —Reina… —murmuró con suavidad, acercándose un paso—. Me preocupa más verte atrapada en medio de esto. No deberías estar aquí… no cuando puede volverse peligroso. Ella negó con la cabeza, los labios apretados, la voz temblando apenas. —Pienso quedarme… Si puedo intervenir… lo haré. Si puedo evitar algo… lo intentaré. No soy fuerte como ustedes… pero no pienso seguir mirando desde afuera cómo se destruyen. Kiryu se quedó en silencio, sus ojos pasando del bartender a Reina y de regreso, sin necesidad de palabras. La barra quedó en un mutismo denso, casi reverente, mientras la hora se acercaba… y con ella, los recuerdos también comenzaban a llegar. Como fantasmas. Como heridas que nunca cerraron del todo, flotando en el aire con el mismo peso que las verdades que estaban por decirse. Los lazos que alguna vez fueron irrompibles… ahora pendían de hilos invisibles, tensados al límite entre lo que fueron y lo que podrían romperse para siempre. No había marcha atrás. No esta vez. Porque esa noche, más que copas, el Serena serviría verdades. No las suaves, ni aquellas que se susurran al oído para no herir, sino las que cortan, que arden, que sacuden los cimientos del alma. Las que se han postergado por diez años y que, aun así, siguen doliendo como el primer día. El bartender terminó de limpiar el último vaso, colocándolo con precisión frente al asiento central. Luego se quedó quieto, inmóvil, observando el cristal como si ya supiera quién se sentaría allí. Como si pudiera ver el rostro de su antiguo amigo reflejado en el brillo de un pasado que nunca dejó de perseguirlo. Reina permanecía en silencio a su lado, y el recién llegado, firme junto a la puerta, avanzó hasta sentarse en su posición junto a la barra. Un dragón que contenía el aliento antes del rugido final. En la penumbra del Serena, solo el reloj se atrevía a hablar. 21:40. En veinte minutos, la conversación que ninguno de ellos quiso tener… finalmente comenzaría. Y lo haría en el único lugar donde no habría escapatoria: frente a una copa, entre viejos amigos, enemigos… y una historia que, para bien o para mal, aún no terminaba de escribirse.
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