ID de la obra: 962

Yakuza Kiwami - El Tigre que Nunca Rugió

Gen
NC-17
Finalizada
1
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
525 páginas, 169.963 palabras, 21 capítulos
Descripción:
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Hasta las Últimas Consecuencias

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Capítulo 15

“Hasta las Últimas Consecuencias”

El Serena estaba bañado en una quietud espesa. El murmullo lejano de Kamurocho quedaba aislado tras los muros del bar, como si el tiempo se hubiera contenido en esa sala para presenciar lo inevitable. Detrás de la barra, Ryohei alineaba vasos con la precisión de un cirujano, como si al ordenar el cristal pudiera mantener el caos a raya. A su lado, Reina permanecía inmóvil, pero sus dedos temblaban apenas sobre la superficie pulida del mostrador. Frente a ellos, Kiryu se mantenía sentado, el rostro tenso, los ojos clavados en el fondo ámbar del vaso de whisky que sostenía. El bartender le sirvió un poco más y murmuró, sin apartar la vista del reloj colgado en la pared: —La hora se acerca... Ya son las diez en punto. —Sus palabras flotaron en el aire como una campanada sin eco—. Llegará en cualquier momento. En ese momento, la puerta del Serena se abrió con un crujido sordo que pareció atravesar la tensión suspendida en el aire. Los tres giraron la vista al unísono, como si sus cuerpos respondieran a una señal ancestral que reconocía el peligro antes que la mente. Allí estaba él. Akira Nishikiyama. Vestido con un traje blanco impecable que contrastaba con la sombra que parecía arrastrar consigo. La camisa azul se ceñía con precisión a su torso, y la corbata blanca colgaba perfecta, el nudo tan firme como su expresión. Su cabello, peinado hacia atrás con una rigidez casi metálica, parecía esculpido por el tiempo… y por la ambición. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos: no reflejaban cansancio ni culpa, sino una oscuridad silenciosa que nada tenía que ver con la noche que reinaba afuera. Era como si hubiese entrado no solo a un bar… sino al pasado que él mismo ayudó a quebrar. —Nishiki… —murmuró el Dragón. —Ha pasado tiempo, hermano —respondió el recién llegado, con una voz aterciopelada que escondía cuchillas. Caminó con paso seguro hasta la barra y se sentó a su lado—. Reina… Sake. Ella asintió en silencio, pero antes de moverse, el otro ya tenía el vaso servido. Lo deslizó frente a Nishiki con pulso firme. Ni una palabra. Ni un parpadeo. Silencio. Los ojos Kiryu y su antiguo hermano se encontraron como espadas desenvainadas. —Han pasado diez años desde la última vez que bebí contigo —dijo el visitante, alzando la copa, pero sin brindar. —Bastante tiempo —respondió el otro, con la voz tensa como alambre. —No había espacio en mi agenda para visitas… He estado muy ocupado, ya sabes… —Estoy seguro de que sí. Demasiado ocupado. —Te seré sincero —añadió Nishiki, apoyando los codos en la barra—. Quiero tener en mi poder ese dinero… los diez mil millones. La tensión descendió como una tormenta silenciosa. El encargado del bar seguía secando un vaso con un paño blanco, pero sus movimientos se ralentizaron. La atmósfera, pesada como concreto, no dejaba escapar ni un suspiro. —Entrégame a la niña y el colgante —ordenó el visitante, como si hablara de objetos perdidos y no de una vida. Kiryu dejó su vaso sobre la barra con un golpe seco. Su mirada ardía. —Primero, respóndeme esto, Nishiki —dijo, cada palabra marcada por la rabia contenida—. ¿Por qué mataste a Mizuki? Un latido colectivo se suspendió. El hombre de blanco bajó ligeramente la vista. —No fue mi intención… La hermana de Yumi… —cerró los ojos un instante—. Nunca quise matarla. Y entonces, habló. Contó cómo había enviado a sus hombres a interrogarla. Cómo los había presionado para obtener información sobre Yumi. Pero Mizuki nunca habló. Nunca traicionó. Cuando él llegó, la mujer yacía en el suelo, apenas reconocible. Su sangre aún tibia. La muerte no había sido rápida. —Yo… no di esa orden —murmuró, con una voz que no buscaba perdón, solo recuerdo—. Le vacié el cargador entero en el pecho al hijo de puta que lo hizo. En ese mismo instante. Reina dejó escapar un sollozo débil y se cubrió el rostro. El médico, sin apartar la mirada de Nishiki, colocó una mano firme en su hombro. No temblaba. Pero sus nudillos, bajo los guantes, estaban tensos. En su mente, la escena se superpuso con otra. Dieciocho años atrás. Otro lugar. Otro disparo. Otra rabia. Había hecho lo mismo. Había creído haber matado a alguien… sin pensarlo. Porque no había otra opción. —Durante diez años… —continuó Nishiki—. Busqué cualquier rastro de Yumi. Me llegaron rumores de que su hermana trabajaba aquí… en el Serena. En turnos donde tú no trabajabas —dijo, girando los ojos con desdén hacia el bartender—. Así que la puse bajo vigilancia. —¿Vigilancia? —murmuró el aludido, más para sí que para el resto, sus labios apenas moviéndose. —Imagina esto… —prosiguió el recién llegado, con un tono casi sarcástico—. Donde fuera, estaría “segura”. Kiryu volvió a clavarle los ojos. —¿Y fue ahí cuando oíste sobre Haruka? El visitante sostuvo la mirada del ex yakuza un largo instante antes de hablar, como si calibrara cuánto podía decir... o cuánto podía seguir fingiendo. —Tal vez fuese cosa del destino… —murmuró, bajando la mirada por un instante—. Esa niña estaba en el “Girasol”. Precisamente en el mismo orfanato donde crecimos. Silencio. Un silencio pesado, cargado de ecos antiguos. Nishiki bebió otro sorbo de sake, dejando el vaso en la barra con una suavidad deliberada, como si cada movimiento estuviera coreografiado. Luego, sin apresurarse, llevó una mano al bolsillo interior de su chaqueta y, con la misma teatralidad con la que un ilusionista revelaría su truco final, extrajo un pequeño objeto. Era un anillo. Fino, delicado, con una piedra engarzada en el centro que brillaba débilmente bajo la luz cálida del Serena. No hizo falta que dijera nada: los tres supieron de inmediato a quién había pertenecido. Y en el momento en que lo sostuvo en alto, el médico reconoció de inmediato su forma. —Ese es el… —Exacto —lo interrumpió Nishiki, su voz un susurro afilado—. El anillo de Yumi. Lo encontraron en la escena del crimen. Lo sujetó con fuerza, como si intentara extraerle alguna verdad. —Yumi debe de estar cerca… lo presiento. Nadie dijo nada. Una nueva pausa se impuso en la atmósfera. El hombre de traje se puso de pie frente al Dragón, ya sin ocultar la presión en su mandíbula. —Kiryu… Actualmente el Clan Tojo está en guerra. Una guerra que nadie puede controlar. —Hizo una pausa, como si bajara el tono para sonar más humano—. No pienso hacerte daño… Incluso puedo hacer que le devuelvan su licencia de médico a tu amigo… Sus ojos buscaron los de Kiryu con falsa franqueza. —Pero necesito que me entregues el colgante. El ex yakuza lo miró de reojo. Luego, sus ojos se posaron en el bartender, que negó lentamente con la cabeza. El mensaje era claro: No le creas. El Dragón volvió la vista a su antiguo hermano. —Ese colgante… es lo único que le queda a Haruka. El único recuerdo de su madre. —Su voz era baja, pero cargada de gravedad—. No me interesa esa estúpida guerra. —¿Ni siquiera por la reputación de nuestro amigo? —replicó Nishiki con una sonrisa venenosa—. Puedo hacer que vuelva a ser un médico legítimo. El aludido levantó la mirada, sin moverse de su puesto en la barra. —Ya lo escuchaste, Nishiki… —dijo, con una calma peligrosa—. No me interesa recuperar mi licencia si es a base de mentiras. Como las tuyas. Como las de todos estos años. El hombre de blanco observó a ambos. Luego bebió lo último de su vaso. —No han cambiado nada. Ustedes dos… —dijo, más para sí que para los demás—. Por eso Yumi siempre se sintió atraída por ti, Kiryu. Y por eso tenía ese extraño vínculo contigo, Ryo. La gente acude a ustedes. Siempre ha sido así. Se giró hacia la puerta. —Eso tampoco ha cambiado. Kiryu lo observó. —¿Me odias por eso? Nishiki sonrió, pero era una mueca más que un gesto. —Ni siquiera lo sé. Pero al final… los traicioné. A ti, a Ryohei, a Kazama-san. Y ya no hay marcha atrás. Kiryu se irguió. —No me digas que… ¿fuiste tú el que le disparó a Kazama-san? Nishiki lo sostuvo, sin pestañear. —Sí. —Las palabras cayeron como piedras—. Me temblaban las manos cuando apreté el gatillo. El médico se irguió de golpe, los ojos inyectados de furia. —¿Entonces cuando me viste salir del funeral… era toda una coartada? El otro no respondió; simplemente bajó la mirada, y fue todo lo que el Dragón necesitó. Su puño cruzó el aire como un rayo contenido durante años, impactando de lleno en el rostro de su antiguo hermano y derribándolo contra el suelo con un golpe seco que resonó como un trueno en la quietud del Serena. —¡Por favor! ¡No peleen entre ustedes! —suplicó Reina, aferrándose a la camisa de Ryohei, escondida tras su espalda. —¡Kazuma! —exclamó el bartender, avanzando un paso, conteniéndose apenas. En el suelo, Nishiki abrió los ojos con sorpresa. No por el golpe, sino por cómo lo habían llamado. Kiryu no dejó espacio a dudas. —¿¡Por qué!? —gritó—. ¡Después de todo lo que Kazama-san hizo por nosotros! El caído se incorporó con lentitud, sacudiéndose el polvo con una calma inquietante. Sin pronunciar palabra, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una pequeña grabadora, discreta, casi anodina. La encendió con un clic sordo y la dejó sobre el suelo. Instantes después, una voz emergió del diminuto aparato… la voz de Shinji. —Kazama-san… Estamos aquí… El Tigre dio un paso al frente, los ojos clavados en el aparato. —¿Le pusiste un micrófono a Shinji? —Después de los dos incidentes de hace diez años… —respondió Nishiki—. Ya no confío en nadie. Kiryu, sin decir una palabra, pisó la grabadora con fuerza, partiéndola en dos. Sus ojos eran hielo. —Voy a llegar a la cima del Clan —dijo Nishiki, sacudiéndose el polvo de la solapa—. A mi manera. Con o sin su ayuda. Y si no me entregan a la hija de Mizuki… incluso ustedes saldrán perjudicados. Ryohei alzó una ceja, el tono irónico como un puñal. —¿Es eso una amenaza? Porque, sinceramente… es la amenaza más poco original que he escuchado. —Haz lo que quieras —dijo el Dragón, cada palabra afilada—. Pero no te entregaremos a Haruka. —¿Usar a una niña para tus planes? —añadió el médico—. Ni siquiera pienses en contar con eso, Nishiki. El aludido guardó silencio. Se giró lentamente hacia la puerta. —Te seré sincero… Pensaba que podía volver a trabajar contigo, como en los viejos tiempos. Incluso… perdonar a Ryohei después de lo que me hizo. Se detuvo frente a la puerta. —Pero ahora lo sé. Ya no somos hermanos. Y con un golpe seco, Nishiki desapareció entre las sombras, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que cualquier grito. Reina, aún aferrada al brazo de su amigo, no podía contener las lágrimas. Sus hombros temblaban con cada sollozo, y sus ojos enrojecidos se clavaron en Kiryu, buscando una respuesta que dolía más de lo que podía admitir. —¿Por qué? —preguntó, con una voz quebrada, apenas un susurro endurecido por la tristeza—. ¿Por qué tenía que pasar esto? El hombre tras la barra bajó la mirada. Sus dedos enguantados temblaban levemente, pero su voz se mantuvo serena. —Era algo que tenía que pasar, Reina… —dijo, con el tono grave de quien comprende el peso de lo inevitable—. Algo que estaba destinado a romperse. Guardó silencio un instante, luego, alzó la vista hacia el vacío que había dejado Nishiki al marcharse. —Como aquel reloj que me regalaron… ¿Lo recuerdas Kazuma? —añadió, con una sombra de amargura en los labios—. Diez años… marcando la misma hora. Detenido. Agrietado. Pero aún firme… hasta que ya no pudo sostenerse más. Y aunque no lo dijera, en ese momento, cualquiera podía imaginarlo en la repisa de su apartamento… finalmente hecho trizas. Como ese lazo que acababan de ver romperse frente a sus ojos. La atmósfera en el Serena era espesa, como si el aire mismo hubiese decidido no moverse tras la conversación con Nishiki. Reina seguía llorando, las manos cubriéndose el rostro, sus sollozos atrapados entre el silencio de los cristales y la madera. El Dragón se mantenía firme a su lado, con el ceño fruncido, mientras el médico, aún tras la barra, la observaba con una mezcla de rabia contenida y compasión. Entonces, sin previo aviso, la puerta principal se abrió de golpe. Un estruendo seco rompió el momento como un disparo en una iglesia. Ambos hombres giraron la vista de inmediato, los músculos tensos por instinto. Un grupo de sujetos de traje oscuro irrumpió en el bar, armados con cuchillas, pistolas, katanas y una arrogancia brutal. Entraron no solo por la puerta principal, sino también por la trasera, flanqueándolos con precisión quirúrgica. Los destellos metálicos de sus armas relampagueaban bajo la luz tenue del bar. En las solapas de sus chaquetas, un detalle traicionero: el pin dorado de la familia Nishikiyama. El de los guantes los miró con ojos afilados, entrecerrando los párpados con una calma gélida. —Nishiki dio la orden… —murmuró, su voz como una navaja que se arrastra sobre vidrio—. Ejecutarnos aquí mismo. Reina alzó la vista, sobresaltada. Él la tomó suavemente de los hombros. —Esto se va a poner feo —añadió, sin perder de vista a los enemigos—. Ve a la bodega, Reina. Ahora. Después… veremos cómo arreglar todo esto. Ella asintió en silencio, corriendo con pasos vacilantes hacia el fondo del local. Apenas desapareció tras la cortina, Ryohei se volvió hacia Kiryu. —Kazuma… El otro no dijo nada por un segundo. Luego, su mirada se endureció. Dio un paso al frente, los puños cerrados, el cuerpo relajado pero listo. —Sin piedad, Ryo. El Tigre sonrió de lado, sacudiendo los hombros como quien despierta del letargo. —Eso pensé. Ambos se pusieron en posición, espalda contra espalda mientras los hombres de Nishiki se acercaban como sombras vivientes. Y entonces… El Serena, ese refugio de copas y recuerdos, se transformó en un campo de batalla… Otra vez. El primero en moverse fue el Dragón. Con la rapidez de una bestia desencadenada, se abalanzó sobre el primer enemigo con una patada giratoria que lo estampó contra una mesa. El sonido del cristal rompiéndose llenó el aire. Cambió de estilo al instante, moviéndose con la gracia pesada del Rush, esquivando los cuchillos que buscaban su costado, lanzando una ráfaga de puños tan veloces que el enemigo no tuvo tiempo ni de pestañear antes de caer con un gemido sordo. A su lado, el médico se deslizaba entre los cuerpos con movimientos de felino. Rodó por encima del mostrador, pateó una botella al rostro de uno, cegándolo, y en un giro imposible se impulsó con ambos brazos sobre una de las sillas, girando en el aire con una voltereta para impactar con ambas piernas en el pecho de un hombre. Este voló hacia atrás como si le hubieran arrancado el alma, su cuerpo estrellándose contra el suelo sin resistencia. —Uno menos… —murmuró entre dientes, sin perder el ritmo. Kiryu atrapó el brazo de un enemigo armado con una katana y lo lanzó por encima de la espalda como en sus días de Brawler, estrellándolo contra una mesa de vidrio que estalló en mil fragmentos. Luego, con el estilo Beast, levantó una silla metálica del suelo y arremetió contra un trío de atacantes, rompiendo guardias y huesos al mismo tiempo. Ryohei aterrizó en seco sobre el cuello de otro enemigo, clavando su talón como un bisturí. El hombre se desvaneció al instante. Usó el impulso para caer sobre el siguiente con una doble patada al pecho, empujándolo contra la pared donde colgaban las botellas. Su estilo había cambiado. Más que pelear, ahora fluía. Las enseñanzas de Komaki estaban activas: golpes más naturales, más conectados al cuerpo. No había tiempo para pensar, solo para sentir. Las patadas eran más firmes, más pesadas. Las volteretas, más precisas. Las zonas de impacto, quirúrgicas. A cada punto de presión tocado, otro enemigo caía inconsciente, como si llevara anestesia en los pies. Kiryu cambió al estilo Dragón, su postura ahora más erguida, más sólida, más precisa. Los enemigos que quedaban dudaron al verlo avanzar con el rostro bañado en sudor y furia. Con un solo puñetazo, atravesó la guardia de un hombre armado con un bate, haciéndolo girar en el aire antes de estrellarse contra la barra. El otro giró sobre sí mismo, esquivando un machetazo. Tomó la muñeca de su agresor con una sola mano, presionó un punto entre el antebrazo y el codo y lo desarmó en un segundo. El tipo cayó al suelo con los ojos en blanco. Otro se le acercó por la espalda, pero ya lo había sentido. Saltó hacia atrás con un giro acrobático, golpeándolo con ambos pies en la mandíbula. El Serena era ahora una sinfonía de caos controlado. Vidrios en el suelo, sillas rotas, vasos destrozados. Pero en medio de ese torbellino, Dragón y Tigre se movían con armonía letal. El Dragón de Dojima clavó el puño en el estómago de un último hombre. Ryohei completó su giro con una patada descendente implacable. El impacto fue tan brutal que el hombre salió disparado hacia la puerta trasera, la cual se abrió de golpe con un estruendo metálico. El cuerpo cruzó el umbral como un proyectil humano, estrellándose contra el suelo en un impacto desarticulado, como si el alma hubiese abandonado el cuerpo en pleno vuelo. Por un instante, el silencio volvió. Denso. El aire olía a polvo, metal y rabia contenida. El Dragón y el Tigre se miraron apenas, con esa sincronía muda que solo la guerra forja. Sin decir una palabra, se acercaron al balcón. Al asomarse, vieron más figuras moviéndose en el callejón. Trajes oscuros, armados. El emblema de la familia Nishikiyama brillaba bajo la luz pálida del alumbrado público. El médico apretó los puños, sus guantes manchados de hollín y sudor. —No nos dejarán en paz hasta que estemos muertos… —murmuró. Los pasos resonaron entre los muros del callejón. Firmes, pesados. Como un tambor de guerra. De entre las sombras emergió una silueta corpulenta, vestido con un traje blanco inmaculado, espada corta en mano. Su voz era grave, con ese tono arrogante que sólo quienes se creen invencibles se permiten usar. —Ha pasado mucho tiempo… Teniente Kiryu. Doctor Tachibana. Kiryu frunció el ceño al reconocer la voz. —Shindo… El hombre sonrió con una mueca torcida. —Son órdenes del jefe —dijo, alzando ligeramente el filo de su arma—. No se lo tomen personal. Y con un ademán final, rugió la orden: —¡Acaben con ellos! Fue todo lo que necesitaron. Ambos dieron un paso atrás, tensaron las piernas… y saltaron desde el balcón, dos sombras en perfecta sincronía. El dragón y el tigre descendieron del cielo directo al campo de batalla, listos para pintar el callejón con el eco de su furia. Y Kamurocho… tembló. El aterrizaje fue seco, controlado. La dupla cayó en el callejón como dos sombras letales, absorbiendo el impacto con las rodillas flexionadas. Frente a ellos, los hombres de la familia Nishikiyama se reagruparon, espadas cortas y bates en alto, ojos encendidos por el fanatismo o el miedo disfrazado de deber. El Tigre no esperó. Giró sobre un pie, se impulsó contra la pared y lanzó una patada giratoria que impactó en el cuello de uno de los atacantes. El hombre cayó sin emitir un solo sonido, inconsciente al instante, como si su cuerpo simplemente hubiera olvidado cómo sostenerse. Otro vino por su espalda. Ryohei lo esquivó agachándose y rodando con agilidad felina, luego dio un salto invertido apoyando ambas palmas contra una pared lateral. Se impulsó con fuerza hacia atrás y lanzó una doble patada al pecho de su enemigo, derribándolo como si fuera de papel. Nunca usó las manos para atacar. Ni una sola vez. Eran sus herramientas para sanar. No para destruir. Sin embargo, cada movimiento con las piernas era una declaración silenciosa: podía defenderse, y lo haría, sin traicionar su esencia. A varios metros, el ex yakuza también estaba en su elemento. Con el estilo Brawler, arrojó a uno contra un poste de luz con una combinación de codo al rostro y rodillazo al abdomen. Luego cambió a Rush, zigzagueando entre tres oponentes que intentaban encerrarlo, usando su velocidad para desmontar su formación con ganchos demoledores al hígado. Cuando uno de ellos intentó atacarlo por la espalda con una katana, cambió al Beast: atrapó el filo con el antebrazo cubierto por la chaqueta y lo partió en dos con una silla de metal oxidada que levantó del suelo como si nada. —¡Kiryu! —bramó una voz desde el fondo. Era Shindo. El capitán apareció caminando entre los suyos como un general de antaño, espada desenvainada y mirada hambrienta. Cada paso retumbaba con amenaza. —¡Tu leyenda se acaba esta noche! El Dragón no respondió. Solo cambió al Dragon of Dojima. El capitán embistió con la espada en alto, feroz y directo. Kiryu bloqueó el golpe con el antebrazo, aunque el filo le rozó la piel. No se detuvo: contestó con un combo devastador, puñetazo al costado, palm strike al mentón, y un giro de cadera para lanzar una patada que lo hizo retroceder. Pero el enemigo era fuerte. Muy fuerte. Aguantó el embate, lanzó una patada ascendente que Kiryu apenas esquivó, y ambos chocaron de nuevo en una secuencia donde cada movimiento parecía coreografiado por la violencia misma. Desde lo alto, en el balcón del Serena, Reina observaba. Las manos aferradas al barandal, la mirada clavada en la escena. No podía intervenir. Solo mirar. Ver cómo los dos hombres que más quería… luchaban contra un ejército. Uno, un dragón que cargaba con la culpa de mil batallas. El otro, un tigre que se negaba a dejar de rugir. Y abajo, en ese callejón convertido en campo de guerra, la historia seguía escribiéndose… a patadas, puñetazos y voluntad. Los últimos hombres de la Familia Nishikiyama rodearon al médico con cuchillos y tubos de acero, jadeando como perros rabiosos. Pero él no retrocedió. No había espacio para el miedo. Solo espacio para el Tigre. —Uno a uno, caerán. Y ni uno solo recordará cómo fue que perdió. —murmuró, bajando el centro de gravedad, ojos fijos como un depredador. El primero se lanzó con un tubo. Ryohei esquivó con un giro, deslizándose por el suelo y lanzando una patada ascendente que le quebró el mentón. Otro intentó cortarlo con una cuchilla, pero lo inmovilizó con una barrida, luego un giro y un rodillazo en el estómago. El hombre cayó inconsciente tras impactar contra un contenedor. Las sombras bailaban a su alrededor. El luchador era fluido, feroz, como si su cuerpo se moviera por instinto. Ya no había espacio para pensar. Solo precisión. Puntos de presión. Golpes que cortaban la conciencia. Y ningún enemigo logró tocarlo. Una última patada giratoria derribó al último lacayo contra la pared. El cuerpo cayó como un costal de carne. El médico se incorporó, jadeando, con un hilo de sangre resbalando desde la comisura de sus labios, cortesía de los golpes recibidos. A lo lejos, un rugido retumbó en el aire, seguido del estruendo sordo de un impacto brutal. Giró. Kiryu estaba peleando contra Shindo. Un duelo titánico. El Dragón contra un jefe armado. El acero brillaba bajo las luces del callejón, pero Kazuma resistía, cambiando estilos con una sincronía perfecta. Beast, Rush, Brawler… cada cambio una respuesta a la brutalidad de su adversario. El otro no lo dudó. Corrió hacia ellos. —¿En serio crees que puedes con los dos? —espetó, apareciendo justo a la izquierda del Dragón, ya en guardia. Shindo, sudando, con la espada aún en alto, esbozó una sonrisa torcida. —¡Soy un Capitán de la Familia Nishikiyama! ¡He aplastado a hombres más duros que ustedes! El Tigre ladeó la cabeza, burlesco. —¿Y siempre das discursos tan mediocres antes de perder? El rival rugió como una bestia y cargó con fuerza. Pero Kiryu lo bloqueó desde el frente, reteniendo la espada. El otro ya se movía. El Dragón le dio impulso con el hombro. —¡Ryo, ahora! Ryohei saltó. Giró en el aire como una estrella fugaz, la pierna descendiendo con precisión implacable. Kiryu, al mismo tiempo, ejecutó su giro, su zapato trazando un arco perfecto en el aire. Dos caminos. Una fuerza. Las patadas combinadas impactaron con brutal sincronía en el pecho de Shindo. El golpe fue seco, demoledor. Cayó como una estatua derribada de un pedestal, el peso de su derrota dejando una grieta en el silencio. Solo el eco del impacto flotaba en el aire. Shindo yacía inmóvil, inerte. El médico aterrizó con elegancia, sus zapatos resonando sobre el asfalto. El Dragón dio un paso al frente, respirando con dificultad. Sus miradas se cruzaron brevemente. No necesitaban hablar. Habían luchado como uno solo, dos voluntades entrelazadas en la furia. Y entre el sudor, la sangre y el aliento entrecortado… el lazo que los unía se volvió, sin palabras, irrompible. —No estuvo mal, Dragón… —murmuró Ryohei. —Nada mal, Tigre —respondió Kiryu, secándose la sangre del labio con el dorso de la mano. Pero entonces, una voz los detuvo. —¡Ryo-chan! ¡Kiryu-chan! Desde el balcón del Serena, Reina los observaba con los ojos húmedos y el rostro bañado en luz amarilla. Sostenía en sus brazos el abrigo de Ryohei y su bolso médico. —¡Atrápalo! —gritó. El médico alzó las manos y, como si todo estuviera cronometrado, atrapó ambas cosas sin esfuerzo. Se colocó el abrigo con una elegancia felina, mientras Kiryu lo observaba en silencio. —¡La policía viene en camino! ¡Tienen que irse! ¡Yo estaré bien! —añadió Reina, ya con la voz entrecortada. Tachibana alzó el rostro, mirándola con gratitud silenciosa. —Te debo otra más, Reina. Sin mirar atrás, ambos se perdieron entre las sombras del callejón, desapareciendo en la noche de Kamurocho. Porque el Dragón y el Tigre… aún tenían cuentas pendientes. Y esta guerra, apenas comenzaba. El eco de las sirenas aún flotaba en el aire cuando la dupla comenzó a correr por los callejones de Kamurocho. Sus pasos eran firmes, veloces, pero medidos, conscientes de que cualquier movimiento erróneo podía atraer la atención no deseada. El sudor les recorría la espalda, mezclándose con el polvo y la adrenalina del combate recién terminado. La ciudad, bajo la pátina dorada de los faroles, parecía contener el aliento. Los neones parpadeaban como si fueran testigos nerviosos. Kiryu mantenía el ritmo con precisión militar. A su lado, Ryohei corría con los guantes aún puestos y el abrigo revoloteando detrás de él como una capa de sombras. No hablaban. Solo avanzaban. Porque sabían que en cualquier momento… podrían volverse el blanco. Doblaron por la avenida Senryu y ya divisaban la verja oxidada del parque del oeste cuando un estruendo los obligó a frenar en seco. ¡BOOM! Una explosión sacudió el suelo. Polvo, humo, y un relámpago de fuego surgieron de la entrada al parque. La onda expansiva les sacudió el pecho. —¿Qué demonios fue eso? —murmuró el médico, tenso, con el cuerpo aún en guardia. Un transeúnte que corría en dirección opuesta los miró con pánico en el rostro. —¡Una explosión! ¡Justo en la entrada del parque! ¡No sé más, acabo de oírla! Ambos intercambiaron una mirada rápida. Sin una sola palabra, se lanzaron hacia adelante. Sus pasos eran decididos, sus cuerpos tensos como resortes. Atravesaron la verja entre el humo, ignorando los gritos de advertencia de los bomberos y los llamados de algunos civiles que intentaban detenerlos. Avanzaron con paso rápido por el parque del oeste, esquivando fragmentos de escombros, aún humeantes. El aire olía a pólvora, a metal quemado, a advertencia. A pesar del estruendo reciente, el fuego no había alcanzado las bodegas del fondo. Pero la destrucción era evidente. El refugio ya no era seguro. Ryohei empujó la puerta oxidada con el hombro. Chirrió con fuerza antes de abrirse del todo. —¡Haruka! —gritó Kiryu al entrar. La bodega estaba sumida en un caos controlado. Algunos colchones estaban volcados, los estantes tirados al suelo. Frente a una mesa maltrecha, Date se levantó con lentitud, aún con una venda improvisada en la cabeza. El florista, sentado frente a uno de los monitores apagados, se limitaba a observar la nada con una expresión de derrota. —Kiryu… Ryo… —murmuró el detective. —¿Qué fue lo que pasó? —dijo el otro con el tono grave. —¿Dónde está Haruka? —añadió el Dragón, con los ojos llenos de rabia contenida. El Florista bajó la cabeza. —Lo siento… jamás pensé que llegarían tan lejos… —¡¿Qué fue lo que pasó?! —Kiryu alzó la voz, su respiración temblaba—. ¡¿Dónde está Haruka?! Hubo un silencio denso, quebrado solo por la respiración agitada de los tres. Fue el mayor quien finalmente habló. —Ocurrió hace solo una hora… —dijo, con tono bajo, casi avergonzado—. Haruka estaba afuera, en la entrada del parque. Caminaba en círculos, mirando el cielo… pensativa. Me acerqué. Le pregunté qué hacía… y ella solo dijo que estar con nosotros la hacía feliz. Sobre todo, contigo, Kiryu. Hizo una pausa. Su voz se volvió más rasposa. —Pero también dijo que estar aquí era peligroso… para ti, para Ryo… incluso para mí. No quería que le pasara nada a ninguno. Que quizás, si se alejaba, las cosas se calmarían… Kiryu cerró los ojos por un segundo, como si eso bastara para contener el dolor que subía como una marea oscura. —Fue entonces… que ocurrió la explosión. Todo tembló. Las llamas empezaron a extenderse. Quise protegerla, ¡juro que lo intenté! Pero… alguien me golpeó por la espalda. Fuerte. Me dejaron inconsciente. —Eso fue lo que pasó… —concluyó Date, bajando la cabeza. Los otros no dijeron nada. Solo apretaron los puños. Los nudillos tensos. El aire, denso como plomo. —Ha sido un ataque coordinado —intervino el Florista, con la voz áspera—. Entraron al parque como si supieran cada rincón. Se llevaron a Haruka. Lo siento… fallé. —¿Una pandilla? —dijo el ex yakuza con incredulidad. —Una pandilla muy bien organizada —respondió el informante—. Kamurocho está lleno de ellas. Se encargan del trabajo sucio de la yakuza. Ryohei alzó la mirada, la mandíbula tensa. —¿Crees que fue orden de Nishiki? —No puedo asegurarlo —respondió el florista—. Pero lo que sí sé… es que esta vez no vino solo un grupo. Vinieron las tres. La pandilla Bloody Eye, White Edge y Blue Z… como si respondieran al mismo amo. Kiryu clavó la mirada en él. —¿Y quién se la llevó? —No lo sé. La explosión tumbó todo el sistema de vigilancia. No tengo imágenes. No sé cuál de los tres grupos lo hizo. El médico chasqueó la lengua con molestia, girando sobre sus talones. La frustración le quemaba en el pecho. —Entonces no queda otra opción —sentenció el Dragón—. Iremos tras ellos. Uno por uno. —Yo iré a la comisaría —dijo Date—. Tal vez pueda rastrear algún movimiento, algún testigo. Haruka no pasaría desapercibida. —Yo iré a Little Asia —añadió el de los guantes—. El abuelo Chen y la comunidad ahí… están siempre atentos. Tal vez alguien vio algo que los demás no. —De acuerdo —asintió Kiryu, pero sus ojos se oscurecieron. Su voz bajó. —Si algo le pasa… —No le pasará nada —lo interrumpió su compañero, dando un paso adelante. Lo tomó por los hombros, firme, mirándolo directo a los ojos—. Si quieren a Haruka por el dinero del Clan Tojo, no la dañarán. Aún hay tiempo. Kiryu respiró hondo. Asintió. —Confío en ti. —Y yo en ti —respondió Ryohei—. Recuerda: cualquier cosa, llámame. Ambos se soltaron con un leve movimiento, ya listos para moverse, porque Haruka no era solo una niña perdida: era el centro de todo, el vínculo que los unía, la chispa que aún les recordaba lo que significaba proteger, sentir, resistir… y no estaban dispuestos a perderla. No esta vez. La brisa fría de la noche tamborileaba suave sobre los techos oxidados de Little Asia, contrastando con el calor tenue que aún se aferraba a los muros de concreto y madera. A unas cuadras, Kamurocho rugía con su habitual estruendo de sirenas, luces y voces desbordadas… pero aquí, todo era susurro y humo. Ecos bajos, casi respetuosos, como si el barrio mismo pidiera silencio para no despertar a sus propios recuerdos. El médico cruzó la entrada lateral sin titubear. El paso seguro, sí… pero los ojos cargados de tiempo. Hacía años que no pisaba esas calles, no por vergüenza ni rechazo, sino por falta de tiempo. El trabajo en el bar, las consultas clandestinas, la constante necesidad de desaparecer entre sombras. Y últimamente, las batallas. Protegiendo a Haruka. Luchando con Kiryu. Enfrentando a los fantasmas que alguna vez intentó enterrar. El aire olía a hierbas finas y medicina antigua. Ese mismo olor que lo acompañó tantos inviernos en los callejones, atendiendo a los olvidados cuando nadie más se atrevía. A cada paso, los sonidos se fundían en el crujido de madera, el zumbido de faroles, el murmullo lejano de algún televisor encendido en blanco y negro. Ancianos se asomaban tras cortinas de cuentas o desde ventanas apenas abiertas. Algunas miradas lo reconocieron. Una mujer murmuró su nombre con la voz ahogada por la sorpresa. Otra levantó la voz entre dientes, casi con alivio. —Xiǎo Hǔ… La voz, áspera por los años pero aún firme, detuvo a Ryohei como si el viento mismo hubiera susurrado su nombre. Se giró hacia el anciano que lo había pronunciado. No hubo sobresalto, solo una calidez inmediata. Aquel nombre chino —el que solo se usaba entre los suyos, entre los que lo conocían de verdad— ya no lo hería. Al contrario: lo escuchaba con orgullo. —Pensé que habías muerto en los terremotos —comentó otro anciano, sacudiendo la cabeza con una mezcla de reproche y alivio. —No moriré tan fácil —respondió con una media sonrisa—. ¿Cómo están todos? —Gracias a tus tratamientos y a la ayuda de Chen… nos hemos mantenido fuertes —dijo el primero, sonriendo con afecto—. Todavía seguimos ese remedio que nos enseñaste para no resfriarnos. El del jengibre y el ajo. Ryohei asintió, con el pecho apretado por la ternura. —Me alegra escuchar eso… —hizo una breve pausa, bajando la mirada con respeto—. Hablando del abuelo… ¿está despierto? —Sí, debe estar en su oficina —asintió uno de ellos—. Últimamente ha tenido muchas reuniones. —Gracias —dijo, inclinándose con respeto antes de caminar entre los estrechos pasillos hacia la puerta de madera, familiar incluso en su desgaste. Tocó suavemente. —Un momento. La puerta se abrió con lentitud, revelando al viejo Chen, más encorvado que antes, pero con los mismos ojos vivos, igual de agudos. No hubo palabras. No aún. Solo una respiración contenida. En ese instante, como un niño volviendo a casa tras años de tormentas, el médico dio un paso adelante… y lo abrazó. Fuerte. Instintivo. Con ambos brazos alrededor del anciano, aferrándose como si ese gesto pudiera curar todas las ausencias. —Abuelo… —murmuró, la voz quebrada por todo lo que no había dicho en tanto tiempo. Chen, sin perder el equilibrio, lo sostuvo con fuerza, sin prisa. —No importa la hora que sea… —susurró contra su hombro— si mi Xiǎo Hǔ viene a abrazarme, así como cuando era niño… puedo desvelarme toda la noche. Ryohei soltó una leve risa apagada, aún sin soltarlo del todo. —Lo siento… fue sin pensar… —No te disculpes por sentir —le acarició la cabeza, despacio, como antaño—. En este mundo, hay pocas cosas que valen la pena repetir. Un abrazo sincero… es una de ellas. Ambos se separaron con lentitud, y el anciano le indicó con un gesto que entrara. —Ven, te serviré un poco de té. Estoy seguro de que tu visita no es solo por nostalgia. El otro asintió, cruzando el umbral. Porque, aunque el mundo ardiera allá afuera… por un momento, el hogar aún existía. Aunque fuera en una taza caliente y en la mano temblorosa que la ofrecía. La oficina olía igual que hace dieciocho años. A madera vieja, a té amargo, a secretos bien guardados. El visitante cruzó el umbral con pasos contenidos, como si cada paso lo devolviera a otro tiempo. El escritorio de Chen, los estantes con frascos rotulados en kanji y polvo, la silla de bambú ligeramente vencida en una pata: todo permanecía intacto. Incluso el mismo silencio que, antaño, había rodeado a su hermano Tetsu mientras se ocultaba allí de la Familia Dojima. El maestro lo condujo con un gesto a sentarse. Preparó una taza con la misma ceremonia pausada de siempre. Vertió el té de hierbas en un cuenco de porcelana agrietada y lo deslizó hacia el joven. —Veo que dominaste los puntos de presión —comentó el anciano, con la voz ronca pero firme. El médico tomó la taza con ambas manos, como si el calor le ayudara a responder. —Sí… aunque, después de aquella visita hace años, nunca se lo conté directamente. Chen soltó una breve risa por lo bajo, mientras se sentaba frente a él. —Los rumores vuelan como hojas en otoño, nieto mío. Un médico clandestino que deja inconscientes a tipos con una patada bien colocada… no es algo que pase desapercibido. Ambos sonrieron. Un instante de ligereza, fugaz como la espuma del té. —Lo admito… jamás creí que eso pudiera pasar —dijo Ryohei, antes de que la seriedad volviera a asentarse en su expresión—. Pero no vine solo para ponernos al día. El anciano entrecerró los ojos, como quien ya sabe lo que viene. —Eres igual a tu hermano Li Hua cuando algo se le metía en la cabeza. Terco, intenso… hecho de fuego y raíces profundas. —Se recostó ligeramente en la silla—. Te escucho. Hubo una pausa. El vapor del té se enroscaba entre ambos como si tratara de demorar la conversación inevitable. —Abuelo… —comenzó el otro, con voz baja— ¿Has escuchado hablar de Blue Z, White Edge y Bloody Eye? Chen frunció el ceño, pensativo. —Sí. Algunos residentes han mencionado esos nombres en voz baja. Bandas… agresivas, jóvenes. ¿Por qué lo preguntas? El médico bajó la mirada a la taza, como si las palabras dolieran más al decirlas en voz alta. —Hace menos de dos horas secuestraron a una niña. Haruka. Alguien a quien Kazuma y yo… estamos protegiendo. —¿Kazuma Kiryu? —preguntó el anciano, con las cejas alzadas. Ryohei asintió con un leve movimiento. —Aliados nuestros creen que esas pandillas están detrás de esto. Pero no tenemos idea de cuál la tomó. Necesitamos información. Cualquier cosa… cualquier detalle. El viejo se mantuvo en silencio unos segundos. Luego se levantó con la lentitud digna de su edad y su experiencia. —Hablaré con quienes patrullan los límites de Little Asia. Algunos de ellos vigilan más de lo que los forasteros creen. Si alguien vio algo… me lo dirán. El médico se puso de pie, con respeto, haciendo una inclinación breve. —Gracias, abuelo. Esperaré aquí. Chen lo miró de reojo, antes de salir por una puerta lateral. —Tu hermano estaría orgulloso de ti, Xiǎo Hǔ… —dijo, sin volver la vista atrás—. No por las peleas que has ganado, sino por a quién estás eligiendo proteger. La puerta se cerró con suavidad. Y Ryohei, por un momento, no sintió el peso del cansancio. Solo la certeza de que aún no estaba solo. El silencio volvió a instalarse en la oficina cuando el anciano se marchó. El más joven permaneció sentado, los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas, el té ya frío entre sus dedos. No lo bebió. Solo lo sostuvo, como si con eso bastara para no venirse abajo. El reloj de péndulo en la esquina marcaba las 2:18 de la madrugada. Sus pasos lo guiaron hacia la ventana de celosía, desde donde se podía ver buena parte del callejón estrecho de Little Asia. Las luces mortecinas, el humo de incienso, los postes eléctricos mal cableados... todo seguía igual. Y, sin embargo, él ya no era el mismo. En aquella calle atendió sus primeros resfriados. En ese rincón, un hombre había perdido un dedo y se lo reimplantó con una aguja oxidada y determinación. En ese mismo edificio donde estaba ahora, se había escondido cuando todo parecía perdido. Y muchas noches, al borde del agotamiento, durmió en el suelo sin almohada, usando su bata como manta. Volvió la vista hacia la repisa. Había nuevas tazas, pero la vieja tetera seguía en su lugar. El polvo de los años no había borrado los fantasmas. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la puerta abriéndose. Chen regresó, seguido por un hombre corpulento de unos cuarenta y tantos, con barba descuidada y una cicatriz en la mejilla izquierda. Vestía con ropa modesta, pero su postura era firme. El visitante lo reconoció al instante. —¿Yu Fan? —dijo, entornando los ojos con sorpresa. El hombre sonrió, como si reviviera un recuerdo con solo oír su nombre en esa voz. —Xiǎo Hǔ… pensé que te habías olvidado de mí. —Hace casi siete años que te suturé aquella herida en el costado —recordó el médico, acercándose—. Dijiste que fue una pelea con ladrones. —Mentí. Fue con una de esas pandillas de mocosos que creen que esta ciudad es suya. Desde entonces, no dejo que entren sin vigilancia. —Se llevó la mano al costado, donde el tejido de su chaqueta aún tenía una cicatriz casi invisible—. Gracias por salvarme esa vez. No solo me cosiste… también me diste coraje para no huir de nuevo. El anciano asintió en silencio, con esa mezcla de calma y sabiduría que solo los años le habían regalado. Era la mirada de alguien que había visto demasiado para sorprenderse… pero no lo suficiente como para perder la fe. Su gesto parecía aprobar ese reencuentro, como si supiera que algunas conexiones, incluso en medio del caos, conservaban su pulso. —Yu Fan patrulla la entrada sur de Little Asia —dijo con voz baja, pero firme—. Me ha dicho que tiene algo que podrías necesitar. El aludido se enderezó al instante, con una alerta sutil en los hombros. Era más que atención: era una chispa interna. Como si el cuerpo entero se preparara para recibir información que podía cambiarlo todo. —¿Viste algo? —preguntó, sin rodeos. Yu Fan dio un paso hacia adelante. Su tono se volvió más bajo, casi un susurro, mientras lanzaba una mirada rápida hacia la puerta cerrada de la oficina, como si aún en un lugar seguro, los secretos pudieran filtrarse por las rendijas. —Tres tipos con brazaletes azules. Blue Z. Pasaron hace un rato por el drenaje sur. No causaban alboroto, pero… había algo raro en ellos. Se movían como si esperaran algo. Como si estuvieran preparando el escenario para otro actor. El médico frunció el ceño, cruzando los brazos con gesto analítico. —¿Dijeron algo? —Sí. Uno de ellos soltó una frase mientras miraba hacia las rejas del drenaje. Dijo: “cuando la sangre se mueva, el silencio es la clave”. No lo dijo como quien bromea… lo dijo como quien repite algo importante. —¿Sangre? —repitió el otro, sin ocultar el tono ácido. Yu Fan asintió, más nervioso. —Creo que hablaba de Bloody Eye. El tipo más alto tenía el cabello teñido de gris y un tatuaje en el cuello, justo al costado de la yugular. Era un kanji mal hecho, decía “sangre”, pero estaba invertido. Como si lo hubiera copiado de un libro sin entenderlo, o se lo hubieran hecho al revés a propósito. —¿Y el resto? ¿Algo más? El vigilante bajó la vista, como repasando mentalmente lo escuchado. —Mencionaron que “el blanco ya limpió Champion”. Que la última entrega sería “en la boca del infierno con luces de neón”. Chen, que hasta ese momento había estado en silencio, soltó una carcajada seca. No tenía alegría. Era una carcajada vacía, vieja, como si la hubiera usado en demasiados funerales. —Idiotas jugando a la guerra —murmuró—. Pero la boca del infierno… es como los ancianos llamaban a Debolah. Ese club. Esa caja negra que escupe alcohol y se traga secretos. Ryohei se tensó al escuchar a su abuelo. —¿Estás seguro? El anciano lo miró con gravedad. —No olvido apodos, Xiǎo Hǔ. Ese lugar siempre fue un umbral para los que querían desaparecer sin hacer preguntas. Si alguien va a desaparecer a una niña sin dejar rastro… sería allí. La atmósfera se volvió espesa. El médico sacó su teléfono con dedos rápidos, marcando sin dudar. Llamando a: Kazuma Kiryu La voz del Dragón llegó ronca al auricular, con ese tono que mezclaba alerta y desgaste: —¿Ryo? —Tengo pistas. Blue Z está limpiando la zona para los de rojo. Mencionaron algo sobre una boca del infierno con luces de neón. Todo apunta a Debolah. Del otro lado, solo silencio. No tuvo que esperar, como si ya lo supiera, el otro respondió: —Estoy cerca. Acabo de despachar a los blancos. Esto es lo último que queda. ¿Vienes? El Tigre lo pensó por una fracción de segundo, girando hacia Chen. El viejo no dijo nada. Solo asintió, como quien sabe que hay batallas que no se pueden delegar. —Voy en camino —respondió, mirando al vacío—. Pero no te metas solo… —Ya es tarde —replicó Kiryu antes de cortar. El médico cerró el teléfono y exhaló como si el alma le pesara. El eco de la conversación quedó suspendido en el aire. —A veces siento que no me necesita… —dijo, más para sí que para otro—. Y otras veces, siento que si no estoy, se parte en pedazos. Chen bebió de su té con esa parsimonia de quien no tiene prisa por tener la razón. —Eso es un vínculo, nieto mío. No dependencia. No distancia. Es saber que, si tú no corres hacia el fuego, nadie más lo hará. El más joven asintió en silencio. El peso en su pecho se volvió dirección. Se inclinó en señal de respeto y caminó hacia la puerta. —Entonces correré. Pero si no regreso… —se detuvo un momento, apenas el tiempo justo para no quebrarse— guarda mi taza. El anciano sonrió, nostálgico. —Siempre habrá té para quien regresa con heridas. Anda, Xiǎo Hǔ… ve a buscar lo que te importa. Y, con los guantes bien ajustados y la noche como cómplice silente, el médico se perdió entre los estrechos pasillos de Little Asia, con pasos que no corrían por urgencia… sino por convicción. Porque cuando se tiene un vínculo como el que lo une a Kiryu, uno no se detiene a calcular riesgos ni a preguntarse si vale la pena enfrentar el peligro. Simplemente, se corre hacia él. El cuerpo de Ryohei corría como una sombra entre las luces de Kamurocho, sus pasos tan silenciosos que ni el asfalto parecía notarlos. Los años huyendo por callejones, escapando de la policía y entrando en clínicas clandestinas lo habían convertido en un experto en desplazarse sin ser oído. Pero esta vez… había algo distinto. Más rápido. Más ágil. El entrenamiento con Komaki había dejado cicatrices en sus músculos, pero también un nuevo ritmo. Uno que ahora latía con cada zancada. Doblando una esquina, divisó una figura familiar corriendo al frente. —¡Kazuma! —gritó con fuerza contenida. El otro se detuvo de golpe, apenas girando el rostro. —¡Ryo! El tiempo está en nuestra contra. —Lo tengo claro —respondió el médico, alcanzándolo. Sus respiraciones eran sincronizadas, como si sus cuerpos ya supieran que estaban hechos para moverse juntos—. ¿Tienes más información? —Date-san me llamó justo antes que tú. Dice que esto… —Kiryu hizo una pausa breve—. Está fuera del control del Clan Tojo. El Tigre lo miró con incredulidad. —¿Qué? ¿Te dijo algo más? —Sigue investigando. Pero por ahora… —miró al frente, los ojos ardiendo—. Démonos prisa. —Te sigo, Dragón. Siguieron corriendo, cruzando calles, evitando luces, como dos fantasmas con un solo objetivo. Se detuvieron frente al letrero apagado de Debolah. —Los de blanco dijeron que estaban acá —murmuró Kiryu, observando la entrada con la tensión de una bestia a punto de entrar a la jaula. —¿Sin piedad? El otro tronó los nudillos. —Sin piedad. Entraron sin ruido, sin dudar. Y entonces los rojos los encontraron. Cuatro tipos de jerseys chillones se lanzaron a ellos con gritos desafinados. Kiryu fue el primero. Un giro de su cuerpo y un codo al rostro del más cercano lo dejó fuera de combate. El Tigre giró sobre su pierna izquierda y lanzó una patada ascendente que mandó al segundo directamente a la barra. El tercero fue directo a Ryohei. Pero él lo esquivó como si bailara, golpeando con la rodilla al plexo y luego con un giro de cadera al cuello. Cayó sin emitir sonido alguno. El último quiso escapar. No lo logró. Kiryu lo sujetó de la chaqueta, lo lanzó al suelo y lo dejó fuera con un golpe seco en la mandíbula. —Demasiado fácil… —murmuró el médico, ajustando sus guantes. —No bajemos la guardia —advirtió su compañero, subiendo las escaleras. El Debolah parecía una herida abierta en medio de la noche. Luz de neón roja, reflejos sucios sobre el piso pegajoso, el aroma de cigarro barato y licor añejo. Un antro donde los secretos iban a morir… o a ser vendidos. En el segundo piso, un grupo más numeroso los esperaba. Ocho jóvenes, todos con jerseys rojos, los observaron con soberbia. Uno de ellos, el más alto, cruzó los brazos con arrogancia. —¿Dónde está Haruka? —bramó Kiryu. —¿Y ustedes quiénes se creen? —espetó el líder—. Igual no les diría nada. Ryohei dio un paso adelante. Sus ojos se estrecharon, su sombra parecía alargarse con cada palabra. —Cuida tus palabras. Hoy no tengo paciencia para idioteces. —su voz era como una aguja de hielo—. Soy médico. Y sé exactamente por dónde cortar para que no puedas volver a hablar. —¿Y qué me importa? La respuesta bastó. Dos segundos después, el grupo yacía en el suelo. Golpes secos, rápidos. Ryohei usó los puntos precisos que Komaki le había afinado, y el Dragón alternó entre su estilo Brawler y Beast, utilizando incluso un taburete como arma. El médico se acuclilló frente al único que quedó semiconsciente. —¿Tú eres el líder? —N-no… los líderes están… abajo… Lo miró fijamente, inclinándose más. —Espero que estés diciendo la verdad. Porque si no… —dejó la amenaza inconclusa, pero su mirada terminó la frase. El tipo se desmayó de puro terror. Ryohei se levantó y volvió la mirada a Kiryu. Fría, como si nada hubiese ocurrido. —¿Vamos? Sin esperar respuesta, ambos descendieron por las escaleras del club Debolah. A cada paso, el retumbar de la música se volvió grave, presagiando lo que estaba a punto de estallar. La pista de baile, teñida por luces rojas y violetas, parecía más una arena subterránea que un lugar para celebrar. Allí, en el centro, los líderes de Bloody Eyes esperaban. Eran dos. Gemelos. Altos, musculosos, con el cabello teñido de rojo oscuro. Camisas abiertas, torsos marcados por tatuajes irregulares, ojos que delataban una mezcla peligrosa de cocaína y rabia contenida. —Hijos de puta… —gruñó uno de ellos, avanzando un paso como un toro en celo—. ¿Creen que van a salirse con la suya? El Dragón de Dojima dio un paso al frente, su sombra alargada por los focos temblorosos. —Entréganos a Haruka… o si lo prefieres, podemos romperte los huesos uno por uno. —Mira, aniki… —espetó el otro, chasqueando el cuello—. Se creen que pueden vencernos… —Si creen que pueden contra todos… —añadió el primero, con una risa rota—. ¡Tengo ganas de ver cómo lo intentan! El suelo tembló bajo el rugido de los altavoces cuando ambos grupos se lanzaron al combate. Ryohei se deslizó entre la multitud con la fluidez de un asesino nocturno. Sus movimientos eran exactos, rápidos, como una coreografía entre muerte y precisión. Patadas giratorias, apoyos con una sola mano sobre mesas volcadas, zancadas extendidas, todo el cuerpo en armonía como si su esqueleto conociera la música antes que sus oídos. El ex yakuza, por su parte, alternaba entre sus estilos con la maestría de un guerrero probado. Un puño con estilo Brawler abría el espacio. Un agarre con Beast lanzaba a dos adversarios contra las columnas del club. Rush le permitía zigzaguear entre enemigos, esquivando con pasos rápidos, y Dragon… Dragon era puro poder. Furia canalizada en golpes que hacían crujir costillas. Los gemelos peleaban bien. Mejor de lo esperado. Uno de ellos atrapó al médico con una patada descendente, haciéndolo retroceder y sangrar por la comisura del labio. Pero el Tigre no cayó: rugió con la mirada, giró sobre sí mismo y lo atrapó con una patada ascendente directa a la mandíbula. El otro intercambió puños con Kiryu. Rodillazos, codazos, esquives. Se alejaron un instante, y en ese momento, sin necesidad de palabras, los roles se invirtieron: el Tigre se lanzó hacia el contrario y el Dragón hizo lo mismo con el hermano restante. Sincronía brutal. Puro instinto. Uno golpeaba mientras el otro distraía. Y al final, ambos cayeron. Los cuerpos de los líderes se desplomaron, jadeantes, uno sangrando por la ceja, el otro con el hombro dislocado. —Malditos… malparidos… —escupió el segundo—. Después de esto, van a desear no haber nacido… Kiryu avanzó un paso más, su mirada helada, su voz como un cuchillo entre las costillas. —¿Dónde… se… han… llevado a Haruka? —¡No tengo ni puta idea! —gimió el líder, retrocediendo un paso—. No alcanzó a moverse más. El Dragón de Dojima lo sujetó del cráneo y lo azotó con violencia contra la mesa más cercana. El sonido fue seco. El cristal se agrietó. —¡Aniki! —gritó el otro, intentando intervenir. Pero una hoja plateada apareció frente a su garganta. —Mejor ni te muevas… —dijo Ryohei, su tono bajo y letal—. Este bisturí está tan afilado como mi paciencia esta noche. El primero jadeó, mareado. —E-espera… ¡espera! —¿Dónde está? —bramó Kiryu, alzando el puño de nuevo—. ¡¿Dónde está Haruka?! —Nos contrataron… —balbuceó el tipo—. Nos pagaron para hacer esto… —¿Quién? —presionó el médico, con la hoja a milímetros de piel. Kiryu lo azotó de nuevo. —¡¿Quién los contrató?! —L-Lau Ka Long… —susurró el otro, con la voz rota por el terror—. —El de la Snake… Flower Triad… —añadió el primero—. Está con la niña… en Chinatown… Ryohei acercó más el bisturí. —¿Chinatown? ¿Cuál ciudad? —Yokohama… el Chinatown de Yokohama… —musitó, temblando. Luego se desmayó, vencido por el frío metal en su piel. Kiryu soltó al segundo, su respiración más intensa. El Tigre se acercó despacio, guardando el arma con la destreza de quien guarda un juramento. —Kazuma… —Lau Ka Long… —repitió el Dragón, como si el nombre fuera un veneno que aún ardía en su lengua. La memoria lo golpeó. Doce años atrás, Lau Ka Long lo había secuestrado. Una transacción fallida por pasaportes falsos lo puso en la mira de la Snake Flower Triad. Lo drogó. Lo torturó con agujas gruesas, le arrancó gritos y piel. Estuvo al borde de perder la vida… hasta que Kazama lo rescató. No sin pagar un precio: una herida en la pierna lo obligó a usar bastón desde entonces. Kiryu sobrevivió. Gracias a Kazama… y gracias a Ryohei. Porque fue él, aún siendo interno en medicina, quien cerró las heridas más profundas aquella noche. Fue su primer encuentro real. Fue el inicio de un lazo que ahora ardía más fuerte que nunca. —Lau Ka Long… —volvió a murmurar el ex yakuza, la voz tensa—. Es él quien tiene a Haruka. El médico solo asintió. —Entonces no perdamos tiempo… andando. —Sí. Andando. Ambos salieron del club a paso firme. Afuera, la ciudad seguía rugiendo. El teléfono de Kiryu vibró. —¿Kiryu? —Era el detective, su voz directa como siempre—. ¿Encontraste a Haruka? —Aún no. —Necesito hablar contigo y con Ryo. Estoy en el escondite del Purgatorio. Los esperaré ahí. —De acuerdo —respondió el Dragón, y colgó. Sin más palabras, el dúo cruzó la calle, hombro a hombro, con el peso del mundo sobre sus espaldas tatuadas. Las luces de Kamurocho parpadeaban sobre ellos como testigos silenciosos, pero su andar era firme, decidido. Cada paso que daban llevaba la urgencia de un propósito: avanzar sin volver la mirada. Frente a ellos, el acceso al Purgatorio los recibió como un viejo conocido, con su humedad pegajosa y el rumor constante de voces apagadas. El lugar donde las verdades se esconden bajo tierra, donde las almas rotas buscan consuelo en la penumbra… y donde el pasado siempre está al acecho. Pero esta vez, el secreto más oscuro no era una conspiración ni un crimen oculto… sino una niña de nueve años, con un colgante en el cuello y la tristeza del mundo en los ojos. Una niña que, sin saberlo, se había convertido en la pieza clave del tablero. Y mientras la noche devoraba los últimos vestigios de luz, el Dragón y el Tigre descendieron hacia el corazón de ese laberinto subterráneo. Marcados por fuego, sangre y decisiones que no siempre podían evitar. Porque el tiempo se agotaba… y el rostro de Haruka, perdido entre sombras, ya no era solo una misión. Se había convertido en la razón por la que estaban dispuestos a arder, sin mirar atrás… hasta las últimas consecuencias.
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