ID de la obra: 964

Yakuza Zero - El Latido del Tigre

Gen
NC-17
Finalizada
2
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
646 páginas, 212.665 palabras, 27 capítulos
Descripción:
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Adiós, Hermano de Armas

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Capítulo 17

“Adiós, Hermano de Armas”

El sol de la tarde bañaba Sotenbori con un resplandor dorado, reflejándose en los neones apagados que aún no despertaban. La corriente del río arrastraba destellos como brasas líquidas, mientras los transeúntes cruzaban el puente cercano al Cabaret Grand. Más allá, en otra calle del distrito, una franja seguía acordonada: cicatriz reciente de un coche bomba que había reducido el bullicio a murmullos nerviosos. Ambos caminaron por un pasaje lateral, lejos del tumulto. El aire olía a fritura, y pronto el humo amable de un puesto de takoyakis los envolvió. El cocinero giraba con destreza las bolitas doradas, impregnando la tarde con un aroma pegajoso y familiar. —Este lugar era mi favorito cuando iba en preparatoria —recordó Ryohei con una sonrisa breve—. Pasábamos a comer todos los días con Kyomi y Kenji. —¿Takoyaki, eh? —Kiryu arqueó una ceja—. Si dices que es bueno, valdrá la pena probarlo. —Dos cajas, por favor. —pidió al tendero, inclinando apenas la cabeza. El vendedor asintió, y en minutos les entregó las porciones humeantes. Buscaron un banco cercano, desde donde el río se extendía como un espejo roto de luces. El aspirante a médico sopló una de las bolitas antes de llevársela a la boca. —Te seré sincero… no estoy tranquilo. Pero tampoco puedo darme el lujo de estar tenso o nervioso… ¿no crees? El de traje blanco masticó despacio, pensativo. —Curioso. Hace un rato querías quedarte esperando la llamada… y ahora hablas como si nada. El comentario arrancó una ceja arqueada y una media sonrisa de su compañero. —Uno cambia rápido cuando tiene hambre. El muchacho de cabello negro soltó un bufido breve. —Supongo que tienes razón. —Sus ojos se perdieron en las sombras que teñían el agua—. Aun así, me preocupa algo. —¿Qué cosa? —Siento que todo está saliendo demasiado fácil… —la voz salió baja, contenida—. No sé, quizás sea paranoia mía. Ryohei se recostó contra el respaldo del banco, jugueteando con el palillo. —Paranoia o instinto… cuesta diferenciarlos en este distrito. —Hablas como si ya lo hubieras vivido antes. —Quizás. —Se encogió de hombros—. Ahora mismo debería estar repasando para mi examen de ingreso a la facultad, y en cambio… estoy aquí, comiendo takoyaki contigo. —¿Medicina, eh? —el de traje blanco ladeó la cabeza—. Lo comentaste más de una vez. Pero no pareces alguien que viva encerrado entre libros. La observación provocó una risa corta. —¿Tú crees? Apenas llevo unos días entrenando, y a veces pienso en dejarlo. Pero supongo que he aprendido más curando tus heridas que leyendo apuntes. El otro guardó silencio, evaluándolo. —Igual siento que, tarde o temprano, serás un gran médico. El comentario lo sorprendió. Ryohei lo observó en silencio hasta que su amigo sostuvo un instante el contacto y añadió, con cautela: —Me gustaría proponerte algo… si te interesa, claro. —Te escucho. —Si algún día Nishiki o yo llegamos a formar nuestra propia familia en la yakuza… ¿te gustaría ser nuestro médico de cabecera? El silencio lo tomó por sorpresa. Ryohei parpadeó y luego soltó una carcajada incrédula. —¿Su médico? ¿Tanto confiarías tu vida en mis manos? —Quizás no quieras involucrarte en el bajo mundo cuando todo esto termine… —su compañero se encogió de hombros—. Pero podría ser lejos del ojo público. El rostro del aspirante a doctor se suavizó, aunque la sonrisa irónica no se borró. —Si esa promesa sirve para que al menos me paguen bien y no me falten pacientes… acepto. Pero que quede claro: mis consultas no incluyen descuentos por amistad. El de traje blanco rió por lo bajo, relajando la tensión que pendía entre ambos. La brisa trajo un eco de risas desde los bares cercanos. El puesto de takoyaki chisporroteaba como si no existiera peligro alguno en el mundo. Y justo entonces, un pitido metálico quebró la calma: el localizador vibraba con urgencia, recordándoles que la tregua había terminado. Ryohei bajó la caja a medias vacía, frunciendo el ceño. —Ese debe ser Oda-san… ya debieron haber llamado. Su compañero dejó el palillo a un lado y asintió con seriedad. —Hora de volver. Ambos se pusieron de pie casi al mismo tiempo. El murmullo del río quedó atrás mientras avanzaban hacia el videoclub. La tregua había terminado; la tensión volvía a colarse entre ellos como una sombra inevitable. Al abrir la puerta de la oficina, lo primero que los recibió fue el humo espeso de un cigarro. Oda estaba junto al escritorio, erguido, como si llevara horas aguardando. —Ya era hora. ¿Comieron algo? —preguntó sin rodeos. —Sí. Los takoyaki de siempre —respondió Ryohei, aún con el sabor pegado al paladar. El de traje blanco se cruzó de brazos. —¿Sera llamó? —Tenemos la ubicación. —El fumador soltó el humo lentamente—. Nos entregará a Makimura en la posada Benten, en Camellia Grove. El comentario hizo fruncir el ceño al ex yakuza. —¿Camellia Grove? ¿La posada Benten? —El mismo sitio donde me reuní con Sera-san esta mañana —explicó Ryohei, bajando un poco la voz—. Allí vi a Makoto. —Exacto. —Oda tomó otra calada, midiendo las palabras—. Si no surge nada extraño, la custodiaremos y seguiremos la ruta prevista. —¿Tan pronto? ¿No es precipitado? —replicó el otro, inclinándose hacia adelante. —La ciudad se está llenando de ojos que buscan a la chica… y también a Ryohei. No hay tiempo que perder. —El tono se endureció—. Por lo que entendí, Makimura no sabía que era heredera del Lote Vacío hasta que Sera se lo reveló. El menor de los Tachibana apretó los puños. —Solo sabe que heredó la mitad del terreno… ni siquiera imagina que yo soy el otro propietario, mucho menos los motivos del dueño original. —¿No sabe que recibiste esa parte por un error? —preguntó Kiryu, frunciendo el ceño. —No. Solo me presenté como vicepresidente de Tachibana Real Estate y le dije que el otro dueño la espera en Kamurocho. Allá le aclararemos todo. —¿Y sobre el dueño original? Oda bajó la voz, el tono grave como una sentencia. —Ya no podemos preguntarle. Falleció hace dos años, poco después de que dejamos Osaka. Coincidió con la fuga de Makimura. —¿Escapó de casa? El fumador hizo una breve pausa antes de añadir: —Eso parece. Por eso nadie conocía su paradero. Y ya que hablamos de misterios… quedó ciega en algún momento. Nadie aclara del todo cómo ocurrió. Ryohei bajó la mirada, la voz cargada de rabia contenida. —Fue un hecho aislado. Uno que la marcó para siempre. Oda negó suavemente. —De tragedia en tragedia… y ahora hereda medio terreno que vale mil millones. Si existe justicia, no parece haberla alcanzado. Kiryu soltó un resoplido sombrío. —Más bien un respiro le vendría bien. Aunque dudo que le agradezca a Dios lo que le ha tocado vivir. —No hace falta preguntarle —cortó el mayor—. La han tenido escapando de un escondite a otro, aterrada, hasta el punto de fingir su muerte con un cadáver en el río. El menor de los Tachibana levantó la cabeza, firme. —Lo único claro es que ella no quiere el Lote… y yo tampoco. Apenas lleguemos a Kamurocho haremos el traspaso legal. Quiero librarme de esa carga de una vez. El silencio se extendió unos segundos, roto solo por un asentimiento de Kiryu. El jefe de campo apagó el cigarro en un cenicero improvisado y retomó el mando. —Bien. Es hora de marcharnos. El plan es simple: ustedes dos entran a la posada y buscan a la chica. Yo esperaré afuera, vigilando quién entra y quién sale. —¿Seguiremos la ruta que te comenté? —preguntó Ryohei. —Sí —Oda inclinó la cabeza—. Iremos en coche hasta Kioto y de ahí tomaremos el Shinkansen. —¿No sería más rápido ir directo a Shin-Osaka? —la desconfianza se le escapó a Kiryu. —Precisamente por eso —replicó el otro Tachibana—. Es probable que estén vigilando la estación. —Exacto —remató el de chaqueta marrón—. Shibusawa y los Omi deben de tener hombres apostados allí. El ambiente tenso volvió a instalarse en la oficina. Finalmente, Oda los recorrió con la mirada, serio. —Escuchen. Esta misión es crucial para Tachibana Real Estate… y también para ti, Kiryu. Cuento con que se cumpla. —Lo tengo claro —asintió el de blanco, con firmeza. El mayor dio un paso hacia la salida. —Pase lo que pase, la prioridad es proteger tanto a Ryohei como a Makimura. Si logramos mantenerlos a salvo y aseguramos ambas partes del Lote, Kazama estará fuera de peligro. Con esas palabras, los tres abandonaron la oficina. El atardecer de Sotenbori los recibió con un aire pesado; la tensión se les pegaba a la piel como una segunda sombra. El trayecto en coche fue breve, pero cada curva parecía estirar el silencio. Afuera, los letreros empezaban a encenderse como brasas inquietas. Cuando finalmente se detuvieron, los recibió la penumbra solemne de Camellia Grove. El lugar se alzaba apartado del bullicio, con jardines cuidados y faroles de papel que temblaban con la brisa. Al fondo, la posada Benten aguardaba, discreta y antigua, como si perteneciera a otro tiempo. —Así que este es Camellia Grove —murmuró Kiryu, clavando la mirada en la entrada. —Deja de quedarte pasmado… no estamos de paseo. —Oda suspiró, aplastando la colilla—. ¿Están listos? Como dije, los esperaré aquí afuera. —Ya lo sabemos —respondió el de traje claro, firme—. Nos vemos en un rato. Los dos jóvenes avanzaron hacia la entrada. Apenas cruzaron el umbral, el murmullo del río y de los bares cercanos quedó atrás. En la recepción, un hombre de traje oscuro se inclinó con formalidad. —Señor vicepresidente —saludó con deferencia, fijando los ojos en Ryohei—. El presidente Sera los espera en el mismo lugar de siempre. Por favor, acompáñenme. —Gracias —respondió él, inclinándose levemente. El recepcionista los guió por un pasillo cubierto de tatamis, mientras el crujir de la madera acompañaba cada paso. —¿Vicepresidente? —alzó una ceja el ex yakuza, con tono curioso. —Cosas de mi hermano —suspiró el muchacho—. Solo un título para que mi presencia tenga “peso” en estas reuniones. Cuando todo esto acabe, volveré a ser el bartender que sueña con ser médico. Su compañero no insistió. La seriedad del momento se imponía sobre cualquier comentario. Al llegar a la habitación principal, el recepcionista deslizó la puerta corrediza y anunció con voz clara: —Ryohei Tachibana y Kazuma Kiryu, de Tachibana Real Estate. Dentro, Masaru Sera los aguardaba sentado en el tatami, la espalda erguida y las manos reposando sobre las rodillas. —Soy Sera, del consorcio Nikkyo —dijo con calma, señalando el espacio frente a él—. Tomen asiento. Los dos se acomodaron sobre el tatami. Kiryu presentó su tarjeta de presentación con un gesto respetuoso. —Soy Kiryu, de Tachibana Real Estate. El hombre recibió la tarjeta con formalidad. —Ya sabía que vendrías —comentó, dirigiendo una breve mirada al aspirante a médico—. Ryohei me lo mencionó en nuestra reunión anterior. Luego fijó los ojos en el de blanco. —Además, Kazama-san me habló bastante de ti. Estoy al tanto de las circunstancias. El silencio que siguió fue corto, roto por un suspiro que arrastraba peso contenido. —Sin embargo, no es el momento ni el lugar para hablar de ello. —Desvió la vista hacia el otro chico—. ¿Encontraste a esa persona? —Sí —respondió el joven—, pero lo único que dijo fue que alguien cercano conoce la ubicación exacta. Apenas mencionó el distrito hotelero de Kamurocho. —Entonces estás cada vez más cerca. —Sera deslizó la mano a su bolsillo y sacó un sobre lacrado—. Esto me lo dejó Kazama-san. Me pidió que te lo entregara personalmente. El muchacho parpadeó. —¿Para mí? —Así es. Me pidió que no lo abras. Cuando tengas el lugar exacto donde mantienen a tu amigo, entrégaselo al capitán de su familia: Osamu Kashiwagi. —¿A Kashiwagi-san? —el de blanco entrecerró los ojos, incrédulo—. ¿Él sabe lo que contiene? —Ni yo lo sé —respondió el presidente del consorcio, con la seriedad de alguien que no acostumbra a admitir dudas—. Solo cumplo con lo que me fue encomendado. El joven guardó el sobre con cuidado, como si llevara fuego en las manos. —No entiendo qué planea… —murmuró, apretando el sobre contra el pecho—. Pero si esto me sirve para salvar a Kenji, haré lo que sea necesario, aunque tenga que entrar en la oficina de una familia yakuza. La puerta corrediza del fondo se abrió con un chirrido suave, y los dos se pusieron de pie al instante. El recepcionista apareció primero. Tras él, una muchacha avanzaba despacio, el bastón blanco aferrado entre sus dedos. —Ella es Makimura-san —anunció Sera con solemnidad. El aspirante a médico se adelantó, inclinándose apenas. Sus dedos rozaron los de ella, posándose sobre el bastón con un gesto firme y tranquilizador. —Makoto-san. Como te dije, ya estamos aquí. La joven giró el rostro hacia él, sorprendida. —¿Eh? ¿Ryohei-san? ¿Es usted? Él esbozó una media sonrisa. —¿No que ibas a llamarme Ryo-chan? La recién llegada se sonrojó un poco y sonrió con timidez. —Lo siento… no quería sobrepasar su confianza. —Para que sepas, tenemos la misma edad. Así que no te preocupes. —Le hizo una seña a su compañero—. Vine con mi socio. Kiryu se inclinó respetuoso. —Soy Kiryu, de Tachibana Real Estate. —Makimura. —ella correspondió la inclinación, la voz suave pero firme—. Es un placer conocerle. —Te llevaremos a Kamurocho, junto con otro compañero llamado Oda —explicó él con sencillez. La joven ciega apretó el bastón contra su pecho, como si buscara en él un punto de equilibrio. —Así que serán mis guardaespaldas. —Así es —confirmó. Un suspiro se escapó de sus labios. —Ni siquiera sabía que mi abuelo había fallecido, hasta que Sera-san me lo dijo… y de pronto me arrastraron a esta locura por un terreno que desconocía por completo. —Por eso nos encargaremos de todo —intervino el muchacho, con voz firme—. No tienes que preocuparte. El de blanco bajó la mirada un instante. —Debió de ser duro. La joven asintió, con la voz quebrada. —Mataron al hombre que me protegía… —se detuvo, conteniendo las lágrimas—. No me interesa el dinero. Solo quiero deshacerme de ese lugar, encontrar a mi familia que me dijeron vive en Kamurocho. Por favor. —De acuerdo —dijo Kiryu, con la seriedad de alguien que entendía más de lo que admitía. Sera se incorporó un poco, la mirada serena. —Denle mis saludos a Tachibana. —Se los haremos llegar, Sera-san —respondió el joven, inclinándose con gratitud. Luego giró hacia la muchacha—. Es hora de irnos. Sujétate de mí, yo te guiaré. —Sí. Él tomó la iniciativa y, tras un breve gesto, miró a su compañero. —¿Me ayudas por el otro lado? El aludido asintió y se colocó junto a Makoto, ofreciéndole su brazo. —Con su permiso. —Hizo una breve reverencia hacia Sera—. Nos retiramos. Los tres abandonaron la habitación con paso medido, llevando consigo más peso del que mostraban. Afuera, la brisa nocturna agitaba los faroles de papel, y en la entrada los esperaba Oda, con la puerta del coche abierta. —¡Vamos, dense prisa! —ordenó, la voz áspera quebrando el silencio. —Ya vamos —respondió Ryohei, guiando a Makoto hacia la salida. Al escuchar aquel timbre, la joven se tensó de inmediato. Su mano, que hasta entonces reposaba tranquila en la de su acompañante, lo aferró con una fuerza casi dolorosa. —Esa voz… —susurró apenas audible. Kiryu, que caminaba del otro lado, ladeó el rostro. —¿Ocurre algo? —¿Estás bien? —preguntó el otro Tachibana en voz baja, notando la rigidez en su brazo—. Te pusiste tensa de golpe. —¿Qué están haciendo? ¡Rápido, suban al auto! —apremió el mayor, ya acomodándose en el asiento del copiloto. —Vamos, Makimura-san —dijo Kiryu con suavidad. —D-de acuerdo… —respondió ella, aunque sus pasos eran lentos, como si cada uno pesara más que el anterior. El muchacho la ayudó a subir primero. Ryohei entró enseguida, permaneciendo a su lado, mientras Kiryu tomó el otro extremo. Una vez dentro, el taxi se puso en marcha, alejándose de Camellia Grove. El de traje blanco notó cómo la joven no soltaba la mano de su compañero, aferrándose a ella como a un salvavidas. Cruzó una mirada breve con Ryohei; ninguno necesitó palabras para entender que algo andaba mal. —¿Ocurre algo? —preguntó Oda desde el asiento delantero, girando apenas el rostro. —No lo sé… —respondió el ex yakuza, sin apartar los ojos de Makoto. El copiloto volvió a mirar al frente, pero insistió con un tono más neutro. —Perdón por no presentarme antes. Soy socio de Kiryu y del vicepresidente de Tachibana Real Estate. Me llamo Oda. La muchacha no respondió. Solo apretó con más fuerza su bastón y la mano de Ryohei. —¿Eh? ¿He hecho algo para incomodarla, señorita? —intentó el hombre, forzando una sonrisa. —Quién sabe… —intervino Ryohei, buscando quitar hierro al asunto—. Con esa voz de matón, cualquiera se asusta. —¡Oye! Mi voz no es de matón —replicó el aludido, fingiendo molestia. —Puede que solo esté nerviosa. No te culpes —añadió el otro Tachibana, dándole una salida. —Puede ser… —murmuró Oda, apagando el tema. Makoto, en silencio, seguía aferrada a la mano de quien le daba seguridad, mientras la ciudad se deslizaba tras los cristales. Y en los ojos de Oda, reflejados un instante en el retrovisor, pasó un destello fugaz: algo que prefería enterrar bajo capas de calma. La noche se estiraba sobre la autopista rumbo a Kioto. Los faros se estiraban en estelas sobre el asfalto mojado, y las luces lejanas de estaciones y edificios parpadeaban en el retrovisor como fuegos errantes. Dentro del taxi, el silencio era tan espeso que cada respiración resonaba como un eco. Makoto mantenía la cabeza gacha, los dedos aferrados con fuerza a la mano de Ryohei, como si soltarla significara hundirse en la oscuridad. Oda, en el asiento del copiloto, aparentaba calma, aunque sus ojos volvían una y otra vez al espejo. —Oigan… —su voz grave quebró el mutismo—. Dos coches nos siguen. Uno por cada carril. El aire se tensó al instante. Los jóvenes giraron la vista en direcciones opuestas. —Nos vienen pisando los talones desde hace rato… y ahora aceleran. A la derecha, Kiryu reconoció un rostro demasiado familiar. A la izquierda, Ryohei abrió los ojos con incredulidad. —¿Shibusawa? —murmuró el ex yakuza, los dientes apretados. —¿¡Murakado-sensei!? —la voz del menor Tachibana se quebró, cargada de confusión. —¿Qué? —saltó Oda, incrédulo. El motor rugió, como si la tensión se transformara en movimiento. Las ventanillas traseras de los autos enemigos descendieron casi al unísono. El reflejo de Shibusawa se delineó en el cristal, apuntando con un revólver. Del otro lado, el antiguo maestro del bartender emergió de la penumbra con un arma en mano, el gesto cargado de desprecio. El instinto de Ryohei fue inmediato: cubrió a Makoto, obligándola contra el asiento. El disparo reventó la ventanilla, y el sacudón hizo tambalear el taxi. —Tch… mocoso inútil —escupió Murakado, apuntándole sin piedad. El muchacho sintió un nudo en el estómago. El hombre al que alguna vez llamó sensei, el que lo había obligado a soportar entrenamientos brutales con la excusa de forjarlo, ahora lo miraba como si fuera desecho. —¿Qué demonios…? ¿Siempre fuiste un yakuza? Murakado esbozó una sonrisa torcida. —Me cansé de fingir, Tachibana. Este soy yo en realidad. El mundo de Ryohei se resquebrajó. La voz del maestro que lo había doblegado en el tatami sonaba ahora como la sentencia de un verdugo. —¿Y tu hijo? ¿Esto es lo que piensas dejarle? El otro bufó, con una risa rota. —¿Mi hijo? No me hables de ese bastardo. Nunca me importó. Esa “enfermedad” suya me sirvió de excusa para librarme de todo lo demás… El chico se quedó helado. En un segundo comprendió que toda la disciplina, cada golpe y cada palabra dura en el dojo, no habían sido enseñanza, sino una máscara que escondía pura ambición. El vehículo se adelantó con un rugido, dejando su confesión flotando como una condena. —¡Mierda, nos encontraron! —gritó Kiryu al conductor—. ¡Pisa el acelerador! —¡S-sí! —respondió el hombre, sudando mientras el taxi se sacudía a máxima velocidad. No hubo tiempo. Un fogonazo en el carril derecho: Shibusawa apretó el gatillo y la bala impactó en la cabeza del chofer. El cuerpo se desplomó al volante, y el vehículo comenzó a derrapar sin control. —¡Joder! —exclamó Oda, saltando para tomar el timón—. Esto tiene que ser una maldita broma. Más faros surgieron de la oscuridad. Hombres de Shibusawa y refuerzos de los Dojima cerraban la trampa, disparando contra la carrocería hasta hacerla chillar de chispas metálicas. Makoto soltó un grito, temblando entre los brazos de Ryohei. —¿Qué está pasando? El chico la sostuvo con firmeza, tratando de sonar calmado aunque la adrenalina le quemaba la garganta. —Tranquila. Vamos a sacarte de esta. El asedio no cesaba. Uno tras otro, los enemigos cerraban los flancos como depredadores acorralando a su presa. Oda abrió la guantera, sacando una pistola que entregó sin rodeos. —Kiryu, tómala. El joven parpadeó, incrédulo. —¿De dónde demonios sacas esto? —Deja de preguntar y dispara. —El tono de Oda era seco, implacable—. Si no lo haces, no salimos vivos. Ryohei alzó la voz, aún aferrado a un código que se resistía a ceder. —Solo apúntales a las ruedas. Nada de matar. Kiryu vaciló un instante. Luego asintió, el arma firme en sus manos. Se asomó por la ventanilla destrozada, preparado para devolver fuego mientras la autopista a Kioto se transformaba en un campo de batalla. El taxi se precipitaba por la autopista, sacudido por el estrépito de las ráfagas. El metal crujía bajo el fuego enemigo, y un aliento a pólvora se filtraba con cada ventanilla rota. Kiryu disparaba desde el flanco derecho, aferrado al marco de la puerta. Cada disparo lo sacudía, pero su puntería era implacable: neumáticos reventados, parabrisas quebrados, chispas surcando la oscuridad. Oda zigzagueaba con el volante, sus nudillos blancos de fuerza. —¡Si te quedas colgado ahí, te vas a partir la cabeza contra el asfalto! El de traje blanco se replegó al asiento, recargando el arma con manos rápidas. El cargador vacío cayó al suelo con un sonido hueco. Ryohei, que mantenía a Makoto pegada a su pecho, no pudo evitar mirar de reojo. —Vaya, muy elegante —ironizó, intentando disimular el temblor en su voz—. Casi parece que has practicado esto en un campo de tiro turístico. Kiryu no respondió, solo encajó el nuevo cargador y volvió a asomar medio cuerpo por la ventanilla. Entonces ocurrió algo extraño. Por un instante, el caos pareció ralentizarse: los faros enemigos se estiraron en estelas, los disparos se volvieron ecos graves, y las siluetas de los rivales se movían como a través de un líquido denso. El chico respiró hondo, apuntando con calma sobrenatural. Las balas salieron en una secuencia perfecta. Una llanta explotó, un parabrisas se fragmentó en mil piezas, un motor humeante comenzó a arder. En segundos, dos coches quedaron fuera de combate. El tiempo volvió a la normalidad con un estruendo: una explosión detrás iluminó el cielo nocturno. —¿Acabas de… ver el mundo en cámara lenta? —Ryohei parpadeó, incrédulo. Después soltó una carcajada nerviosa—. Genial, resulta que además de matón eres un maldito superhéroe. Makoto se estremeció en sus brazos, y él suavizó el tono para calmarla. —Tranquila, es solo mi manera rara de lidiar con todo esto. Los enemigos, sin embargo, no cedían. Desde un sedán que se emparejó al taxi por el lado izquierdo, dos hombres asomaron torsos enteros empuñando metralletas. El estruendo de sus ráfagas convirtió la noche en un infierno de fuego. Los cristales traseros saltaron en mil pedazos, y el tapiz de los asientos comenzó a desgarrarse. Oda lanzó un volantazo, rozando las vallas de contención. —¡Nos van a coser vivos si no los bajas ya, Kiryu! El joven disparó de nuevo, pero las balas rebotaban sin efecto contra el blindaje reforzado del sedán. Uno de los atacantes sacó un cargador extendido, preparándose para arrasar todo el lateral. —¡Muévete al otro lado! —rugió Kiryu. Su compañero se inclinó con Makoto, abriendo espacio. El ex yakuza cambió de ventana de un salto, apoyando la rodilla sobre el asiento. Apenas asomó el arma, disparó directo a las manos del enemigo. El fusil se soltó en el aire, rebotando contra el asfalto, antes de que el coche perdiera el control y terminara atravesando la valla. —Eso estuvo cerca… —murmuró Oda, respirando con furia. Ryohei no pudo evitar soltar otra ironía, casi un murmullo para sí mismo. —Genial, el agente inmobiliario pistolero. Y yo que solo quería acabar la noche con una cerveza barata. El alivio duró poco. A lo lejos, entre los haces de luces, apareció otro vehículo más grande, con el techo abierto. Dos figuras se incorporaron, sosteniendo algo mucho peor que rifles. El cañón de un lanzacohetes brilló bajo la luna. —¡Lanzacohetes! —gritó Oda, girando el volante con desesperación. El proyectil salió disparado, cortando el aire con un silbido atroz. La explosión estalló a pocos metros, levantando una ola de fuego y fragmentos que hizo temblar el asfalto. El taxi se sacudió de lado a lado; Makoto gritó, Ryohei la cubrió por completo con su cuerpo, y Oda casi perdió el control. El coche enemigo volvió a cargar. Y detrás de él, más faros se multiplicaban como una jauría rabiosa. La verdadera tormenta apenas comenzaba. El taxi se lanzó a una curva cerrada, neumáticos chillando contra el asfalto. El aire olía a pólvora y caucho quemado, mientras la autopista se convertía en un campo de batalla improvisado. Por el retrovisor, Oda distinguió un enjambre de faros que se multiplicaban. —¡No se joden, vienen más! Los nuevos vehículos se repartieron en abanico: sedanes por los costados, una furgoneta por detrás. Las ventanillas bajaron al unísono y las ráfagas de metralletas iluminaron la noche como fuegos artificiales. El tablero estalló en astillas, el espejo central se desprendió hecho añicos. Ryohei se encogió sobre Makoto, abrazándola con todo su cuerpo. —Aguanta, ya casi… —murmuraba, aunque ni él mismo sabía si lo decía para ella o para sí. Kiryu volvió a cubrir medio cuerpo fuera, cambiando de ventana para tener un ángulo limpio. Apuntó a las llantas del furgón que venía pegado a la cola. Su concentración se afinó al extremo; cada detalle se volvía punzante: el giro de los casquillos, el brillo de los faros, la respiración nerviosa de sus enemigos. Un disparo. Otro. La llanta explotó y la furgoneta volcó de costado, arrastrándose en un chirrido metálico hasta chocar contra las vallas, generando una lluvia de chispas y fuego. —¡Tch, hijo de puta…! —gruñó Oda, girando bruscamente para esquivar los restos que volaban. Kiryu se dejó caer al asiento, jadeando mientras recargaba. Encajó el nuevo cargador con un chasquido seco. Ryohei soltó una risa seca, casi incrédula. —Genial… yo aquí abrazando medio Japón y tú disparando como si organizaras los fuegos artificiales del Obon. Suspiró, con la mirada fija en el caos afuera. —Si la vida insiste en que pase por algo así otra vez, lo voy a llamar “la secuela que nadie pidió”. El alivio fue breve. Dos coches se emparejaron a ambos lados del taxi, hostigando sin descanso. Desde el techo de uno de ellos, un atacante emergió cargando un lanzacohetes improvisado. El cañón brilló bajo la luz de los faros. —¡Otra vez no! —rugió Oda. El proyectil salió disparado con un silbido. Oda reaccionó con un volantazo brutal; el taxi se ladeó tanto que por un segundo las ruedas del costado izquierdo se levantaron del suelo. Este pasó rozando y estalló contra un muro. La onda expansiva golpeó el taxi como un martillazo en el pecho, un estruendo que les zumbó en los oídos y dejó el aire saturado de humo. Makoto gritó, cubriéndose el rostro entre los brazos de Ryohei. —¡Maldición! ¡Nos quieren volar en pedazos! —vociferó este, su voz quebrada entre furia y miedo. La persecución parecía no tener fin. Cada vez que Kiryu neutralizaba un coche, dos más surgían de la oscuridad. De repente, un sonido distinto comenzó a imponerse entre motores y disparos. Un retumbar grave, metálico, que vibraba en el aire. Makoto levantó la cabeza, temblorosa, aferrándose a la manga de Ryohei. —¿Y ese ruido…? Todos se miraron un instante, como si temieran nombrarlo. Oda apretó los dientes, mascullando entre maldiciones. —…Me están jodiendo… Kiryu se giró, serio, mirando hacia los cielos. El reflejo de unas aspas comenzó a parpadear en el retrovisor. —…Un maldito helicóptero. Las hélices desgarraron la noche con un zumbido grave; la autopista tembló y el mundo se redujo a ráfagas de luz y metal. El de traje blanco abrió fuego desde la ventanilla derecha; las balas escupían chispas al rebotar contra el armazón del aparato. Algunas solo arañaban el fuselaje en destellos inútiles; otras lograban arrancar pintura, rasgar paneles y liberar humo del metal herido. Oda maniobraba como si el volante le quemara las manos: volantazos, contramanos, derrapes ajustados para mantener vivo el carril. —¡Aguanta, maldita sea! Del vientre del helicóptero emergió un misil, un toro de fuego trazando su curva hacia el taxi. Kiryu no dudó: apretó el gatillo y la bala se cruzó con su trayectoria. El proyectil brilló como una estrella fugaz… y estalló en un fogonazo que lamió el aire. El aparato se sacudió con un gemido metálico, alarmas apagadas que chillaban bajo el rugido de las hélices. Ryohei, con Makoto encogida contra su pecho, no pudo contener el grito ahogado: —¿Puedes darle al piloto? El otro frunció el ceño, sin apartar la vista del objetivo. —¿Qué? —Si pudiste acertar a un misil en movimiento, también puedes dañar los mandos. —Tachibana apretó los dientes—. No podemos dudar cuando ellos buscan matarnos. Oda intervino, ronco sobre el estruendo: —El chico tiene razón. Hazlo. El ex yakuza vaciló: las ventanas eran mínimas, el blindaje brutal. Lo imposible se respiraba en el aire. Finalmente asintió. —Lo intentaré. Se inclinó otra vez fuera del marco. Respiración, empuñe, mirada fija. El mundo reducido a un punto rojo sobre el metal. No era “cámara lenta”, era un silencio tenso que acomodaba cada pieza para que la bala encontrara su camino. Disparó. Algunos impactos se deshicieron contra la coraza; otros alcanzaron compartimentos, paneles, soportes. No era un fuego elegante: era quirúrgico, buscando fisuras, debilitando costuras. El helicóptero vibró. Desde la cabina, una figura intentó escapar; otro tripulante maldijo, aferrado a un panel. Kiryu recolocó la mira. Encontró un punto mínimo en el cockpit: un vidrio lateral, un tornillo de soporte. No era un disparo heroico, sino de mecánico. Apretó el gatillo. El casquillo saltó. La bala atravesó la bisagra, rebotó en una placa y perforó un conducto de control. Un chispazo, un fallo eléctrico, un tirón seco en los mandos. El piloto perdió el control y el aparato entero lo supo: las aspas comenzaron a desentonar, inclinándose en un tambaleo aterrador. De la rampa surgieron sombras con paracaídas, cayendo hacia las luces de la autopista. Kiryu se dejó caer al asiento, respirando hondo, con el pulso todavía desbocado. Ryohei soltó aire, incrédulo. —Lo lograste… —susurró. El otro esbozó una mueca. —Fue gracias a la idea. Makoto, aún temblando, se atrevió a preguntar: —¿Está bien, Kiryu-san? Se aferró con más fuerza al brazo de Ryohei, buscando en él refugio. El aludido asintió, breve. —Estoy bien. Solo necesito un respiro. Por la ventanilla trasera vieron la caída: el helicóptero giró en descenso descontrolado hasta impactar contra el asfalto. La explosión convirtió la noche en día; una bola de fuego sacudió el suelo y lanzó fragmentos incandescentes. Los perseguidores se dispersaron: unos frenaron en seco, otros chocaron entre sí, más de uno buscó la fuga inmediata. El menor de los Tachibana rió, una carcajada rota por el cansancio. —Por ahora, se acabó. El de traje blanco se acomodó la chaqueta con la palma, sin bajar la mirada. —No nos confiemos. Esto aún no termina. Oda, jadeante al volante, revisó el retrovisor. La mancha de fuego quedaba atrás, pero a su derecha la joven seguía temblando; Ryohei la apretó, ocultando una calma que no sentía. El eco de la explosión se perdió en la distancia. La autopista recuperó un ritmo torpe, marcada por caucho quemado y olor a pólvora. La certeza de haber sobrevivido cayó sobre ellos como un golpe frío. —Sigamos —ordenó Kiryu—. Todavía hay ojos en la oscuridad. Avanzaron hacia Kioto, encorvados y en guardia. La pelea había terminado, pero la noche seguía respirando amenaza. Llegaron a un sitio escondido: una hilera de galpones cerrados. De madrugada, el taxi —abollado y con cristales rajados— quedó vibrando en silencio. Bajaron del vehículo y escudriñaron alrededor, atentos a cualquier sombra que hubiera quedado atrás. —Mierda… nos esconderemos aquí por ahora —masculló el mayor, la voz rasposa contra el viento frío. Avanzaron entre las naves. Ryohei guiaba a Makoto por el codo; ella se pegaba a su costado buscando protección. Por delante, Kiryu y Oda marchaban con respiraciones cortas, la tensión dibujada en cada paso. —Maldita sea… ¿cómo nos encontró Shibusawa y sus hombres? —gruñó Oda, con la mandíbula apretada. —Lo peor… la persona que me entrenaba también debe de pertenecer a ellos —soltó el aspirante a médico, como un puñetazo en el aire. —Eso no es lo peor… ¡la aparición de tu sensei es lo menos en todo esto! —Cálmate, Oda… —Kiryu alzó la mano y señaló a la chica—. La estás asustando. Makoto apretó la manga del joven, intentando aquietar el temblor. —¡Cállate! ¿A quién le importa eso ahora!? Ella se irguió y se soltó del brazo de Ryohei; gesto pequeño, firme. —Yo estoy bien. —¿Ah, sí? Pues estoy seguro de que no. Oda alzó la mano con intención de golpearla. Kiryu reaccionó al instante y le sujetó la muñeca con un agarre que detuvo el golpe. —¿Qué crees que estás haciendo? —Oda-san, ¿qué te pasa? —Ryohei alzó la voz, incrédulo. El conductor chasqueó la lengua, se zafó del agarre y se dio la vuelta. —Necesito un cigarro; aprovecharé para echar un vistazo más allá. Cuando la silueta se perdió entre las sombras, el de traje blanco los miró a ambos. —Lo lamento. —No entiendo qué le pasa —murmuró el menor de los Tachibana—. Nunca se ha comportado así. —¿Estás bien después de la emboscada? —preguntó Kiryu, dirigiéndose a Makoto. Ella asintió. —Disculpa, me dijiste que eras Kiryu-san, ¿verdad? —Sí. —Necesito hablarles a ambos sobre Oda-san. —¿Qué cosa? —preguntó Ryohei, atento a lo que la chica iba a comentar. —Estoy bastante segura de que… lo conozco. —¿Qué? —Kiryu se mostró sorprendido. —¿Cómo que lo conoces de antes? Entonces Oda emergió de las sombras con la pistola en la mano, apuntándolos. Su aparición fue fría, calculada. —Me imaginaba que tarde o temprano se descubriría todo. —Oda… —dijo Kiryu, volviéndose. —Oda-san… si esto es una broma, es de muy mal gusto —atizó Ryohei. —Cállense y no se muevan. Avanzó con el cañón por delante. Kiryu se plantó en guardia. —¡Les dije que no se movieran! El traidor llegó hasta los dos jóvenes; empujó con fuerza a Ryohei y, en el mismo movimiento, tomó a Makoto por el cuello, obligándola contra el pecho del muchacho. —¡Makoto! —¿Qué crees que estás haciendo? —saltó Kiryu. —Lo siento… pero no puedo dejar que esta chica se reúna con el jefe —dijo Oda sin aflojar la presa. —¿De qué mierda hablas? Sabes muy bien… —¡Dije que te callaras, Ryohei! —le apuntó—. Además, si ella muere, todo el terreno pasará a tu nombre y será más rápido salir de esto… —Suéltala… ¡Suéltala ahora, Oda! ¡Es una orden! Makoto no dijo nada. Su respiración se hizo tenue, como si un hilo la anclara al suelo. La frase resonó: “todo el terreno pasará a tu nombre”. Fragmentos encajaron en su mente: el recuerdo de Xiǎo Hǔ en boca de Sera, las promesas en la posada, la cercanía inexplicable que había sentido en la piel de Ryohei. Sus dedos, crispados sobre la manga de su compañero, reconocieron en ese calor la verdad que nunca se atrevió a pronunciar. No necesitaba verlo para saberlo: la sangre la llamaba, y estaba más cerca de lo que imaginaba. —Ahora me das órdenes, chico… —escupió Oda—. Pero no puedo cumplirlas. —¿Qué? —Es más… me veo en la obligación de que ustedes tres mueran aquí y ahora… Makoto, asustada pero decidida, sacó el cuchillo oculto en el bastón que Sera le había modificado y apuñaló a Oda en el muslo derecho. Él la soltó de inmediato; el disparo se escapó al aire. Kiryu aprovechó el instante: lo embistió, lo tiró al suelo y le quitó el arma, mientras Ryohei atrapaba a Makoto antes de que cayera. El de blanco apuntó al traidor que yacía en el suelo. —¿Está bien, Makimura-san? Ella asintió. —¿Ese bastón? —Fue idea de Sera-san… se lo entregó cuando la vi en la posada. —Me lo dio por protección… —respondió la joven, con el aliento entrecortado—. Nunca pensé que lo terminaría usando contra alguien de Tachibana Real Estate. El de traje blanco no apartó el arma del hombre tendido. —¿Por qué no nos explicas, Oda? —su voz fue seca, cargada de plomo—. ¿Por qué nos traicionaste? ¿No eras hermano de armas de Tachibana? El herido respiraba con dificultad, la mano empapada de sangre oprimiendo su muslo. —Kiryu-san… —la voz de Makoto tembló—. En su brazo izquierdo… ¿tiene un tatuaje? Un murciélago. Ryohei giró el rostro, desconcertado. —¿Un murciélago? Las piezas encajaron como cuchillas en su mente: había visto ese diseño antes. El brillo furioso de sus ojos se clavó en el hombre derribado. —No… no puede ser… —Muestra tu brazo —ordenó Kiryu. A regañadientes, Oda remangó la chaqueta. Bajo la luz apareció el dibujo: alas negras desplegadas, un murciélago aferrado a la piel. —Es ese —confirmó el ex yakuza—. El tatuaje de murciélago. Makoto apretó los labios, la respiración acelerada. —Lo sabía… cuando escuché su voz… estaba casi segura de que era él… El menor de los Tachibana se adelantó, la furia endureciendo cada sílaba. —Tú… ¡tú la vendiste a los coreanos! Avanzó con pasos que retumbaron sobre el cemento. Se plantó frente al traidor y descargó el pie sobre su pecho, hundiéndolo contra el suelo. Oda gruñó, no solo por la herida: el peso que lo aplastaba era más del que esperaba. —¡La vendiste como si fuera basura! —rugió Ryohei, los músculos tensos, la voz quebrándose por la rabia—. ¡Maldita sea, Oda! ¿¡Sabes lo que pasará cuando mi hermano se entere de esto!? El hombre escupió sangre y rió entre dientes. —Esa fuerza… Kiryu lo miró de reojo, aún con la pistola fija. —¿Qué quiere decir con eso? Makoto tomó aire como si las palabras la atravesaran. —Hace dos años… ese hombre me secuestró. Me mantuvo prisionera hasta que… me vendió como si fuera ganado. —¡Y por su culpa…! —Ryohei presionó más fuerte, la suela crujiendo contra el hueso—. Por su culpa ella terminó ciega. Kiryu lo sujetó por el hombro, firme, pero sin apartar el arma. —Basta. Deja que se explique. —No tiene por qué explicar nada… —el furioso lo miró con ojos inyectados en sangre—. Traicionó a mi familia; cayó tan bajo que… Su compañero apretó con más fuerza su hombro, clavándole la autoridad en el gesto. —Suéltalo y deja que hable. Ryohei chasqueó la lengua; la rabia seguía vibrando en su cuerpo, pero aflojó la presión. Al fin retiró el pie. —De acuerdo… habla ahora. —Su voz eran dos palabras cortadas por el soplo de la noche. Oda dejó escapar un aliento que dolía. La sangre le empapaba la pierna; la respiración le salía entrecortada. —Ya lo oyeron —dijo—. Para ella, soy la mayor escoria de la tierra. Matarme sería lo más justo. Kiryu apretó la pistola sin bajar la mirada. —Pero preferiste intentar matarnos… ¿A qué te refieres con que ella “no podía ver a Tachibana”? ¡Esto no tiene sentido! ¿Qué mierda está pasando aquí? Ryohei inclinó la cabeza; la mirada, aún fría, pesó como una losa. —¿Lo digo yo o lo dices tú? —propuso. Un silencio incómodo se estiró entre los galpones. Kiryu cortó el hilo. —Habla, Oda. El traidor carraspeó, y su confesión comenzó lenta, como quien remueve una vieja brecha. —Este tatuaje —señaló su brazo, la voz rasposa— era nuestra marca. Todos los miembros de la banda lo llevaban. Pausó, como arrancando imágenes del pasado. Luego continuó: —Hace cinco años pedí un préstamo a una mafia china y terminé ocultándome en un barco rumbo a Japón. En Sotenbori aceptaba cualquier cosa bien pagada: robos, asaltos, incluso estafas. Lo que fuera. Su respiración se quebró un instante, y alzó los ojos con un dejo de vergüenza. —Incluso llegué a vender chicas. Ella fue una de las que engañé y vendí. El aire pareció cortarse. Makoto apretó instintivamente el bastón contra su costado; su cuerpo se tensó sin emitir sonido. —¿Y eso qué tiene que ver con los Tachibana? —preguntó Kiryu, seco. —Fue poco después —respondió Oda— cuando los conocí. Hizo un esfuerzo por acomodarse en el suelo, como si cada palabra pesara. —Él era diferente; no solo fuerza bruta. Me ganaba sin humillarme. Me dio esperanza. Sonríe con pesar. —Le propuse que fuera nuestro jefe, con la condición de no involucrar a su hermano menor. Incluso lo convencí de tatuarse como nosotros. Las imágenes que Oda describía se empastraron con rencor y culpa: manos sudadas, contratos, promesas. Su voz se volvió más áspera. —Yo estaba hundido en la miseria, y él me salvó de eso. Juré proteger lo que más amaba: su hermano. Pero no cumplí. Un día los Omi lo atraparon… y el jefe perdió el brazo por protegerme. Las palabras cayeron como golpes. Ryohei apretó la mandíbula; el recuerdo le tensó los puños. —Ese fue el día que me secuestraron —dijo, la frase dura, contenida. Oda bajó la mirada, mordiendo el dolor y la vergüenza. —Desde entonces juré no traicionar a Tetsu Tachibana. Un silencio breve se coló entre ellos, roto solo por el golpeteo de botas a lo lejos. —Pero la vida… la vida tiene ironías. Un día vimos un programa de televisión: un reportaje sobre huérfanos de guerra chinos que, años atrás, algunos vinieron a Japón a buscar suerte. Su voz tembló, y al pronunciar lo siguiente lo hizo casi con culpa: —En la pantalla apareció una chica. Era ella. Kiryu frunció el ceño. —¿Así fue como la reconociste? —Sí. —Oda soltó una risa amarga—. La vi en la tele. La chica que yo había vendido a la mafia coreana aparecía en ese reportaje. Comprobé la edad, pensé que sería coincidencia hasta que el jefe dijo su nombre. Ryohei murmuró el nombre, y Makoto lo escuchó. —Xiao Qiao… —dijo él, como si pusiera un sello en el aire. Oda siguió, con la resignación de quien desenreda una culpa: —No lo podía creer. La había mandado al infierno por dinero… y el hombre al que le juré lealtad decía en televisión que esa chica era su hermanita. Kiryu tardó un suspiro en digerirlo. —¿Makoto Makimura… es hermana de los Tachibana? —preguntó, la incredulidad rota en la voz. —Sí —respondió Ryohei, apretando la mandíbula—. Es la melliza de la que te hablé días atrás. Makoto, que hasta entonces había sido un nudo de tensión, dio un paso que no necesitó ver: las manos de Ryohei la tomaron con suavidad por los hombros. Su voz, baja y temblorosa, soltó lo inevitable: —No puedo creerlo… Entonces, ¿eres Xiǎo Hǔ? —Sí… Lo soy. —La confesión salió como un susurro que se abrió paso entre los latidos—. Perdóname por ocultar mi identidad cuando nos conocimos. Ella no respondió con palabras. Negó con la cabeza, como rechazando la culpa que él se echaba encima, y se lanzó a abrazarlo. No fue una caricia teatral, sino un asidero visceral: brazos que se cierran, respiración temblorosa que busca el calor humano. —Ryo-chan… —susurró Makoto, aferrándose a él como si hubiera encontrado un pedazo de vida que le habían arrancado. Su hermano la sostuvo con fuerza, su cuerpo vibrando entre la furia contenida y el alivio. La voz volvió a quebrársele en el contacto: —Lo siento… de verdad lo siento. Oda, en el suelo, escupió sangre y murmuró, resignado: —Supongo que ya no tiene sentido mentir. Fue tarde para enmendarlo… pero yo tenía dos opciones. Ryohei separó la espalda del mundo y lo miró, clavando cada sílaba con la dureza que solo la traición conoce. —¿Entre ellas estaba eliminarnos? —la pregunta no fue retórica. Oda alzó la mirada y habló sin justificaciones suaves: —Una era dejar que ella conociera al jefe y así terminar conmigo; la otra era eliminarla para que todo quedara cerrado. Podría haberte dejado a ti… pero igualmente corría peligro. Pensé en proteger a Ryohei y sobrevivir. Esa fue mi lógica enferma. —¿Entonces por eso viniste a Osaka? —intervino Kiryu—. ¿Para asegurarte de que ella no quedara con vida o para encubrirlo? —Para las dos cosas —contestó Oda—. Nunca pensé que el chico insistiría en venir. Nadie habría cuestionado si decía que fueron Shibusawa o los Omi. Habría protegido a Ryohei y nadie habría sabido que yo era el culpable. Pero supongo que todo se acabó. El silencio que siguió no fue reconfortante. Era la calma que anuncia tempestades: cuentas abiertas, nombres que exigirán explicaciones y heridas que no cierran con palabras. Un murmullo distante empezó a reptar entre los galpones: voces, botas, hombres de Shibusawa buscándolos. —Son los de Shibusawa… —dijo Oda con la voz áspera. —Mierda… nos encontraron —respondió Kiryu con un gruñido seco. Makoto, todavía en el abrazo, se separó despacio y miró —por costumbre, no por vista— hacia donde provenía el ruido. —Oda-san, ¿puedes levantarte? —le urgió—. ¡Tenemos que huir! El herido esbozó una sonrisa torva, más irónica que maliciosa. —¿Aún quieres que vaya contigo? —musitó—. ¿Cómo alguien puede ser tan ingenua? Ryohei cerró los ojos un segundo, la furia templándose en decisión. Avanzó y se agachó junto al hombre tendido y metió la mano en el bolsillo; sacó un pañuelo grande y se puso de rodillas. Con gestos rápidos, improvisó un torniquete alrededor de la pierna ensangrentada. —¿Qué estás haciendo? —preguntó Oda, con respiración entrecortada. —No voy a dejar que mueras —respondió el joven sin levantar la vista, la voz contenida—. No sé suturar, pero puedo detener tu hemorragia con esto. El herido miró el pañuelo y luego al muchacho que lo vendaba. Había una mezcla extraña de reproche y algo parecido a la ternura en su mirada. —¿Después de lo que le hice a tu hermana? —escupió, como pidiendo castigo. Ryohei apretó la tela con más fuerza; sus manos hablaban por él. —No puedo perdonarte por lo que hiciste, pero tampoco puedo odiarte. —Lo miró fijamente, y en sus ojos hubo una luz abrupta—. Eres parte de mi familia, al fin y al cabo. Oda ladeó la cabeza, sorprendido. Un brillo amargo cruzó su rostro. —Chico… —dijo, con voz quedamente asombrada—. Escúchame: sé quién tiene a Kenji y dónde está. El joven alzó la vista, el torniquete apretándole la herida. —¿Eh? ¿Quién? Oda respiró con dificultad, y cada palabra parecía costarle aire. —Tu sensei… —jadeó—. Ese tal Murakado. —¿Murakado? —Sí… —asintió apenas—. Fue Awano quien le ordenó secuestrarlo. Pero en realidad es una rata de los Dojima que se mueve entre los tres bandos. Se detuvo un instante, apretando la mandíbula antes de soltar lo último: —Está en el Kaminari Plaza, en el distrito hotelero… última planta. Parece un edificio de oficinas, pero esa es su base.Ryohei palideció. —¿Tú… sabías eso? ¿Eras ese cercano que mencionó el de Toko Credit? —Lo siento. Otra vez te fallé —suspiró Oda, como quien admite mil noches de error. El menor de los Tachibana clavó en él una mirada que mezclaba ira y algo parecido al perdón. Antes de responder, bajó la cabeza un instante y apoyó las manos con más cuidado; el recuerdo del pie sobre el pecho le pasaba por la mente. Se inclinó y, con voz baja, dijo: —Perdóname por pisarte antes. Oda dejó escapar un gruñido que terminó en una risa ronca. —Tienes fuerza en las piernas, chico —admitió—. Aprovecha eso cuando llegue la venganza. Ryohei no sonrió. Terminó de apretar el torniquete hasta que la hemorragia cedió. Se quedó un momento mirando la sangre que ya no brotaba, como si con ello también quisiera domesticar la rabia. —Con esto debería coagular —anunció, firme. Oda, apoyándose en el codo, miró a Kiryu con una petición clara. —Kiryu, pásame la pistola. Les retrasaré todo lo que pueda. —¿Estás loco? —saltó la réplica inmediata de Ryohei—. Si haces eso, morirás. No lo permitiré. ¿Me oíste? La sonrisa del mayor fue una sombra contra la luz de la lámpara. —Aunque pongas ese torniquete, sería una carga. Si voy a morir, prefiero hacerlo siendo útil para ti y para los Tachibana. Ryohei negó con brusquedad. —No… te lo prohíbo. —La orden fue íntima, casi un ruego. Oda lo miró, y en la profundidad de sus pupilas hubo algo que rompía la dureza: cariño no correspondido. —Suena egoísta, pero… ¿pueden darle un último mensaje al jefe? —pidió. Kiryu frunció el entrecejo. —Oda… —empezó. —Dile a Tachibana… que lo amaba de verdad —soltó, y la frase quedó colgando entre el viento y el humo. La palabra atravesó a Ryohei. La rabia se cortó por un instante, reemplazada por incredulidad y un dolor que no era solo suyo. Las manos que apretaban el vendaje se tensaron. —No me digas que tú estás… —balbuceó, incapaz de formularlo. Kiryu tomó aire. —Lo haré —respondió con voz seca—. Pero no te hagas el héroe. No seas imprudente o te matarán. Oda sonrió, como quien acepta condena y da consigna. —Puede ser… —murmuró—. Y, chico, me gusta que me llames así… sin honoríficos. Ryohei depositó la última vuelta del torniquete y se incorporó con dificultad. Se acercó a Makoto y a Kiryu para que los tres se ocultaran entre las sombras de los galpones. Antes de marcharse, se agachó un segundo junto al hombre que había sido su amigo y su traidor, y dijo con voz rota: —No me hagas prometer que no iré por ti cuando todo esto termine. Pero ahora… vive. Oda asintió con lentitud, el orgullo y la resignación peleando en su rostro. Cuando Ryohei levantó la mano por última vez, no hubo promesas ni palabras; solo una despedida austera. Kiryu tomó a Makoto y, con el menor de los Tachibana a su lado, se deslizaron entre los pasillos como sombras. El mayor quedó atrás, respirando hondo, con la pistola helada en la mano y el peso de un amor imposible clavado en el pecho. Un grito quebró el silencio nocturno: —¡Los vi! ¡Están por allá! Los hombres de Shibusawa emergieron entre los galpones, armados con tubos, cadenas y cuchillos. Kiryu adelantó un paso, su voz grave cargada de determinación: —Me encargaré de protegerlos a ambos… lo prometo. —Kiryu… yo también pelearé —afirmó su compañero, apretando los puños con el fuego brillando en sus ojos. —Aún no tienes experiencia en combate —replicó el ex yakuza, sin dejar de vigilar las sombras—. Pero quédate junto a ella y cúbreme. Te encargo la estrategia, compañero. El joven sonrió, apenas un destello en medio de la tensión. —Déjamelo a mí. Los enemigos se abalanzaron. —¡Entréganos a los dos! ¡Esta es su última parada! La respuesta no fue con palabras, sino con movimiento. Kiryu cambió de ritmo como si su cuerpo no conociera límites: primero la velocidad precisa del Rush, luego la contundencia del Brawler, el salvajismo desatado del Beast y, por último, un fluir híbrido que parecía nacido de todos ellos. Cada golpe, cada esquiva, cada embestida, se entrelazaba con la gracia feroz de un dragón en danza mortal. Ryohei lo observó un instante, incrédulo y fascinado. —Se mueve como… un dragón. El campo se volvió un torbellino. Un matón cayó con la mandíbula rota; otro rodó tras recibir un codazo bestial. Ryohei, sin quedarse quieto, tomó un fierro oxidado del suelo y lo blandió con instinto. Un giro, una patada en seco, y un enemigo salió volando como un muñeco de trapo, aterrizando sobre tres más que se derrumbaron con él. —¡¿Qué demonios fue eso?! —exclamó uno, tambaleando. —¡Ese mocoso es un maldito toro! —gritó otro antes de recibir el golpe del bastón de Makoto en la pierna y caer de bruces. —Yo no diría un toro… —respondió el muchacho con la mirada fría—. Muchos dicen que me parezco a un tigre. Uno a uno fueron cayendo. El último intentó huir, pero Kiryu lo derribó de un rodillazo que lo dejó inconsciente. El silencio volvió, solo roto por los jadeos de todos. —¿Están bien? —preguntó el de traje blanco, sacudiéndose el polvo de las manos. —Sí. —Ryohei respiraba agitado, pero con una sonrisa cansada—. Y todo gracias a tu estilo… Dragón. Debería apodarte así, ¿no? Kiryu lo fulminó con la mirada, serio. —No es momento de bromas. Vamos. Avanzaron rápido entre los pasillos. La noche parecía haberles dado un respiro… hasta que un sonido seco cortó el aire. ¡Bang! Ryohei se detuvo en seco. El eco del disparo retumbó entre los galpones. —¿Ryo-chan? … —susurró Makoto, tirando de su manga. El muchacho cerró los ojos un instante. No necesitaba confirmarlo; el corazón ya lo sabía. —…Oda. —La palabra fue un hilo roto que se perdió en la oscuridad. Luego, con voz grave y resignada—: Adiós. No miró atrás. Si lo hacía, quizá no podría seguir. Se quedó quieto apenas un segundo, lo justo para inclinar la cabeza en un gesto casi invisible, un último respeto hacia el hombre que había sido traidor, hermano y mártir. —Gracias por protegernos, aunque fuera al final —murmuró, solo para que la noche lo oyera—. No te olvidaré… en mi casa tendrás un altar, para que siempre sepas que aún te considero de los nuestros. La voz se le quebró apenas un instante, y enseguida apretó la mandíbula. Dio un paso adelante y se reunió con los otros dos. —Vamos… Kiryu lo miró de reojo en ese instante. En los ojos de su compañero brillaba un destello contenido, como si quisiera llorar, pero no se lo permitiera. Era la chispa de un adiós que sí había pronunciado, pero cuyo dolor quedaría guardado en silencio. Juntos se internaron en la negrura de Kioto, mientras el eco del disparo quedaba flotando como epitafio.
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