Capítulo 18
“Cenizas, Juramento y Vidrio”
Las calles nocturnas de Kioto estaban húmedas y silenciosas. Entre faroles mortecinos y sombras alargadas, los tres avanzaban con cautela. Kiryu guiaba a Makoto del brazo, marcando el paso con firmeza, mientras de reojo vigilaba a Ryohei. El muchacho avanzaba con la cabeza gacha, los ojos fijos en un vacío que solo él veía. —Ryohei… ¿estás bien? —preguntó su compañero, sin frenar el andar. El menor respiró hondo, sosteniendo a su hermana con suavidad. —Te mentiría si digo que sí. Solo… necesito dormir. Un letrero de neón intermitente los detuvo al girar la esquina. Un love hotel se erguía con luces rosas y azules, demasiado vistoso para el momento, pero era lo único que ofrecía un respiro. Se miraron en silencio: no era el sitio que hubieran imaginado, pero no podían darse el lujo de seguir vagando. Entraron sin titubeos. La recepcionista apenas alzó la vista; aun así, el gesto “extrañado” ante ver a dos jóvenes acompañados de una chica no pasó desapercibido. Pagaron en efectivo y subieron. La habitación los envolvió con su particular intimidad: una cama redonda y amplia, un frigo bar lleno de latas frías, música de jazz suave emanando de un parlante pegado a la pared. El aire tenía un perfume barato a incienso y tabaco, acorde a la época y al lugar. Ryohei condujo a Makoto hasta la cama; ella se sentó despacio, con las manos apoyadas sobre sus piernas. Kiryu, incómodo, se acomodó en un lado junto a la mesa de centro. El menor de los Tachibana tomó asiento junto a su hermana, pero sus ojos se desviaron a una cajetilla de cigarrillos en la mesa. Tomó uno, lo giró entre los dedos, sin llegar a encenderlo. —No tienes por qué preocuparte —dijo Kiryu, rompiendo el silencio—. No pienso insinuarme ni nada parecido. Solo necesitamos un lugar discreto para pasar la noche. —Lo tengo claro —respondió Makoto. —La recepcionista nos miró raro… ¿no lo notaron? —comentó Ryohei, jugando todavía con el cigarro. Kiryu desvió la mirada, el gesto serio. —Sí, ya me di cuenta, no tuvo gracia como las otras veces… Lo siento —añadió el muchacho, bajando el tono. La voz de Makoto emergió entonces, suave y curiosa. —¿Qué clase de persona es mi hermano mayor hoy en día? Kiryu guardó silencio unos segundos. —La mayor parte del tiempo es alguien calmado e inteligente. Mantiene sus emociones bajo control en todo momento. —Eso es frente a Kiryu o a la gente de la inmobiliaria —replicó Ryohei, arqueando una ceja—. Conmigo es terco, obstinado… A veces parezco su niñera más que su hermano. Se encogió de hombros y una sonrisa nostálgica suavizó su rostro. —Pero es el mejor hermano del mundo. Makoto afirmó con un leve gestó. —Ya veo… Parece muy distinto al hermano que conocí. —Extendió la mano, torpe, tanteando el aire hasta encontrar la de Ryohei—. Ryo-chan, ¿es cierto lo que dijiste, que quieres ser médico? Él la apretó con fuerza. El cigarro apagado quedó sobre la mesita. —Sí, es cierto. Me estoy preparando para el examen de ingreso a la facultad de medicina en Tokio. Es el próximo mes. —Eso es… increíble —murmuró ella, asombrada. —¿Cuándo fue la última vez que se vieron? —intervino Kiryu. —Hace una década —recordó Makoto—. Él tendría quince y nosotros diez. Nos dejó a mi madre y a mi hermano para venirse a Japón. Dijo que iría a Osaka… Fue lo último que supimos de él. —Yo no quise aceptarlo —añadió Ryohei—. Lo seguí a escondidas en el barco en que viajaba. Ya conoces el resto de mi historia. Kiryu asintió, comprendiendo. —Entonces estabas en Sotenbori buscándolos a ambos. Makoto inclinó la cabeza. —Hace dos años me escapé de casa en Tokio. Cuando llegué a Sotenbori pregunté a todos los chinos del distrito si los habían visto. —Es probable que haya sido poco antes del secuestro que viví. —comentó Ryohei, sombrío. Makoto bajó la voz. —Entre quienes pregunté estaba aquel hombre del tatuaje de murciélago. Kiryu apretó la mandíbula. —Oda… El recuerdo hizo que Ryohei bajara la cabeza, la culpa oprimiéndole el pecho. —Me dijo que creía conocerlos a ambos —prosiguió Makoto—. Fui con él… pero quizá entonces no los conocía. Tal vez fue todo una mentira. —Si lo hubiera sabido antes… —Ryohei se llevó las manos al rostro—. Hizo algo horrible, pero aun así no puedo odiarlo. —Fui una tonta… de verdad —susurró Makoto. Kiryu negó con calma. —No lo fuiste. Y esta vez vas a ver a tu hermano mayor. En Kamurocho. Ryohei la sostuvo por los hombros, firme. Se quedó allí, con la certeza en voz baja de Ryohei aún calentando el aire entre los tres. —Si te soy sincera —dijo Makoto, mirando sus manos—, casi me da miedo ver cómo habrá cambiado. —¿Miedo? —replicó él, sorprendido. Ella asintió, y por un momento su rostro fue solo memoria. —El hermano que conocimos no era una persona fuerte. En China, nos acosaban por ser hijos de una mujer japonesa. Ryohei inclinó la cabeza. —Es verdad… —murmuró, y la voz le sonó más pequeña que antes. —En los cines, cuando apagaban las luces… nos escupían hasta que terminaba la función. Ryohei la apretó más contra sí, como si con ese gesto pudiera borrar las sombras antiguas. —Te colocábamos en medio, ¿recuerdas? —preguntó, buscando en la memoria un consuelo que sonara verdadero. Makoto volvió a asentir, y un hilo de risa rota se le escapó sin alegría. —Pero teníamos tanto miedo que no nos podíamos mover. Kiryu los escuchaba en silencio, el humo de su cigarro formando un hilo lento en la habitación. —Creo que… unirse a la mafia fue la única forma que tuvo de defenderse —dijo Makoto con voz baja—. Lo hizo en secreto para no involucrarnos. —Después de eso nos fuimos —añadió Ryohei—, y te dejamos sola con mamá. —Sí —respondió ella, como si fuera un eco inevitable—. No me fui hasta diez años después, cuando supe que nuestro abuelo estaba en Japón. El jazz quedó tan bajo que casi no se oía, como si la habitación contuviera la respiración del tiempo. —Mamá estaba emocionada por salir de China —dijo Makoto, y por un instante su voz parecía la de una niña—. Yo también lo estaba. Ryohei bajó la cabeza, y el gesto recogió toda la culpa y la ternura del mundo. —¿Qué pasó después de que escaparon? —preguntó él, necesitando la verdad como una guía. —Nuestro abuelo nos recibió, pero la amabilidad no duró —respondió ella—. Éramos familia, sí, pero no entendíamos la lengua. Me esforcé tanto que casi olvidé el chino. Intenté adaptarme. Mamá no tuvo tiempo de aprender el idioma… antes de que se suicidara. El aire se cerró. Ryohei sintió que algo en su interior se rompía. —Comprendo… mamá está muerta —dijo, con la voz rota y un brillo sostenido en los ojos que contenía el llanto—. Makoto ya no pudo más. La carta de despedida, la traducción del chino, la promesa rota de encontrar a los hermanos: todo explotó en sollozos. El bastón rodó de sus manos y cayó al suelo con un sonido hueco. —Desde entonces —balbuceó entre lágrimas—, toda la gente que me ayudó… uno terminó asesinado y el otro no sé si sigue vivo… El silencio que siguió fue solo un tiempo para que Makoto soltara el peso que había cargado años. Kiryu apagó el cigarro en el cenicero y dejó que el humo se disipara como un gesto de acompañamiento. Ryohei no dijo nada más; la envolvió con los brazos y la apretó contra el pecho. Ella sollozó mientras él sostenía su cabeza, las manos firmes y temblorosas al mismo tiempo. —Has caminado sola en la oscuridad tanto tiempo —murmuró Kiryu, mirando el techo y esbozando una media sonrisa—, que debes pensar que la luz nunca llegará. Te rindes antes de tiempo. Makoto se limpió las lágrimas con la manga. —¿Qué? —preguntó, aún insegura. —Nadie sabe lo que el destino traerá —continuó él, con esa voz que no daba consuelo fácil pero sí claridad—. Todo lo que podemos hacer es elegir: quedarse quietos y llorar, o dar un paso adelante. Ryohei alzó la mirada, sorprendido por la simpleza y la dureza de la frase. —Kiryu… —susurró, como si pidiera permiso. —Yo solo puedo llevarte a la salida —finalizó el de traje blanco—. Tú eliges lo que quieres hacer con ella. Makoto respiró hondo. Secó las últimas huellas de su llanto con la determinación de quien se ha resignado a no caer de nuevo. —Iré a Kamurocho —dijo, la voz ya firme—. Quiero ver a mi hermano mayor. Por favor… ¿pueden llevarme? ¿Kiryu-san? ¿Ryo-chan? Hubo un instante en el que el cuarto contuvo la respuesta. Luego, como si fuera lo más natural del mundo: —Claro —dijo Kiryu. —Te llevaremos —repitió Ryohei, con la misma certeza, mano sobre la suya. Y la decisión, pronunciada en voz baja, cerró la pequeña grieta que había abierto la noche. La madrugada avanzaba a paso medido, con el rumor lejano de un tren que se apagaba en la distancia. En la habitación del hotel, Makoto dormía profundamente sobre la cama redonda, el rostro relajado después de tantas lágrimas. A su lado, Ryohei permanecía despierto, con la mirada fija en el techo. Cada sombra de la lámpara parecía más pesada que la anterior. Finalmente se incorporó con cuidado, procurando no despertar a su hermana, y caminó en silencio hacia la mesa de centro. Kiryu, recostado en un sillón con un cigarro apagado entre los dedos, no lo perdió de vista. —¿No puedes dormir? —preguntó en voz baja, como si respetara el sueño de Makoto. Ryohei soltó un suspiro, dejándose caer en la silla frente a él. —Y pensar que hace unas horas te dije que lo necesitaba… Me siento hipócrita. Una ligera sonrisa cruzó el rostro de Kiryu. —No lo eres. Después de tanta revelación, es normal que no encuentres calma. El menor lo observó de reojo, arqueando una ceja. —Lo tomas muy a pecho, ¿verdad? Como si esto fuera pan de cada día. —En la yakuza, esto es pan de cada día —respondió el de traje blanco, con tono firme—. Créeme. El silencio que siguió no fue incómodo. Era el tipo de silencio que une, que se llena con la certeza de que no hacen falta más palabras. Solo la música de jazz, tenue en el parlante, acompañaba el momento. Kiryu, tras un instante, giró la cabeza hacia él. —Ahora comprendo por qué eres el otro propietario. Ryohei bajó la mirada, meditando. —Yo también lo entiendo ahora. Mi madre le pidió a mi abuelo que nos buscara… y parece que lo hizo. —Dejándote la mitad del terreno… y yo pensando que era un error. —Kiryu asintió, como quien encaja piezas de un rompecabezas. Ryohei soltó una risa corta, cansada. —Está como para escribir una novela de misterio o de ciencia ficción, ¿no crees, Dragón? La sonrisa de Kiryu se ensanchó apenas, pero en ella había complicidad. —No lo dudo. Sería un best seller. Ambos rieron con suavidad, como si fueran amigos de toda la vida, a pesar de que apenas llevaban días compartiendo camino. En ese momento, el vínculo entre ellos parecía más antiguo que sus propios recuerdos. La risa se apagó poco a poco, y Ryohei quedó serio, apretando las manos contra las rodillas. —Kiryu… ¿puedo pedirte otro favor? El hombre se incorporó, inclinándose hacia adelante, como si quisiera recibir la petición de frente. —Te escucho. —¿Puedes llevar tú a mi hermana con mi hermano? Kiryu lo miró fijamente, sin disimular la sorpresa. —¿No piensas ir con nosotros? —No es eso… —Ryohei giró la vista hacia la cama, donde Makoto dormía abrazada a la chaqueta que él le había prestado. La contempló con ternura antes de volver al presente—. Es solo que… ya sé dónde está Kenji. Y debo entregar esa carta al capitán de la familia Kazama. ¿Lo recuerdas? Kiryu frunció el ceño, el peso de la preocupación marcándole el gesto. —Debería ir contigo. No deberías exponerte a enfrentar solo a ese tipo… —Guardó silencio unos segundos, como si rememorara algo enterrado—. Cuando lo vi, intenté hacer memoria. Y entonces lo recordé. Ryohei sostuvo la vista expectante, con la respiración contenida. —¿Qué cosa? Kiryu entrecerró los ojos, como si aún le costara creerlo. —Murakado. Es un tipo de rango más alto que yo cuando estaba en la familia Dojima. Escuché un rumor: entregó las cabezas de sus propios padres para poder entrar. La confesión quedó flotando en el aire, helada. El jazz parecía haberse apagado. Ryohei se irguió, apretando los puños sobre la mesa. La sombra de su antiguo sensei se alargaba ahora más oscura que nunca. —¿Las cabezas… de sus propios padres? —murmuró incrédulo, la voz rota entre furia y asco. —Sí —confirmó Kiryu con un hilo de gravedad en su tono—. Eso era lo que Nishiki y yo escuchábamos en los pasillos, cuando recién nos asignaban a cobrar deudas para la familia. Incluso el mismo Murakado nos dio órdenes, porque era de un rango superior. Ryohei se le hizo un nudo en el estómago, tratando de asimilar lo que su compañero le comentaba. —Oda me dijo que era una rata que se movía entre varios bandos… Ahora entiendo. —Ese es otro de los rumores —asintió Kiryu, exhalando el humo con pesadez—. Se deshace de quienes no le sirven. Incluso se dice que mata a novatos que fallan misiones, justificándolo como “accidentes”. Si le sirves, te exprime. Si no, te desecha. El silencio cayó, denso, como un peso imposible de sacudir. —Con razón me sometía a entrenamientos extremos —gruñó el menor de los Tachibana, los ojos endurecidos—. Siempre con favoritismos hacia los avanzados… Era un verdugo disfrazado de maestro. —No soy detective ni mucho menos —replicó Kiryu—, pero si mi teoría es correcta, Kuze o algún lugarteniente le dio la orden de hacerte sufrir. Quizás buscaban quebrarte para que cedieras tu parte del lote. —Y usó la excusa del “entrenamiento” para justificar torturas… —Ryohei apretó los dientes—. Todo tenía sentido: convertir el dolor en método, la humillación en disciplina. Kiryu clavó en él una mirada seria, casi fraternal. —Si Murakado es tan peligroso, insisto: no deberías enfrentarlo solo por tu amigo. Podríamos hablar con tu hermano o con alguien de Tachibana Real Estate. Ryohei negó con firmeza, poniéndose de pie. —Eso pondría a Kenji en más peligro. Si está en sus manos, ya debe estar lastimado. Y si lo saben, podría ser su sentencia. —Suspiró, mirando hacia la cama donde Makoto dormía en paz—. Debo ir yo solo. Si quiero salvarlo, tengo que hacerlo por mi cuenta. —Ryohei… no seas testarudo —gruñó Kiryu, alzando una ceja. El muchacho esbozó una sonrisa amarga. —No es testarudez. Murakado quiere el Lote, ¿no? Si le ofrezco mi mitad a cambio de Kenji, quizá logre negociar. Su compañero chasqueó la lengua. —No creo que sea tan sencillo. Ese hombre no entiende de acuerdos, solo de poder. Ryohei lo miró con una mezcla de agradecimiento y decisión. —Entonces confío en ti con algo más valioso: lleva a Makoto con mi hermano. Protégela, por favor. El silencio entre ellos se volvió pacto. No necesitaron juramentos: cada mirada ya era compromiso. El amanecer los sorprendió cuando abandonaron el hotel. El aire frío de Kioto parecía arrastrar consigo los restos de confesiones y culpas. Un taxi los llevó hasta la estación, y pronto subieron a un tren abarrotado de oficinistas, estudiantes somnolientos y viajeros cansados. El trayecto se volvió eterno: cabeceos contra el vidrio, murmullos apagados de pasajeros, el traqueteo constante que parecía repetir sus culpas. El sol subió y cayó. Para cuando llegaron a Tokio, ya era de noche y Kamurocho los recibió con sus luces despiadadas. Los recibió el bullicio habitual: bares que apenas cerraban, risas ebrias desparramadas en las esquinas y los rótulos eléctricos como si el distrito jamás durmiera. Caminaron juntos por las calles mojadas, pero cada paso cargaba la certeza de que pronto se separarían. Frente a un edificio sobrio, distinto al ruido del distrito, en calle Tenkaichi, se erguía la oficina de la familia Kazama, imponente y serena como un santuario. Ryohei se detuvo un instante, la respiración entrecortada. El peso de la decisión lo atravesaba, y aun así no dudó. Kiryu le colocó una mano firme en el hombro. —Aquí es. Makoto, que había caminado en silencio, buscó a tientas la mano de su hermano menor. —¿De verdad no vienes con nosotros? —preguntó con un hilo de voz. —No puedo, hermana —respondió él, acariciándole los dedos con ternura—. Me amigo me necesita… y la carta también debe llegar a su destino. Kiryu lo posó sus ojos durante unos segundos que parecieron eternos, hasta que finalmente aceptó con un movimiento minimo.. —Está bien. Yo llevaré a Makimura-san al Parque del Oeste y luego veré si Tachibana está en Little Asia. El apretón de manos fue fuerte, sincero, más un juramento que una despedida. —Gracias, Dragón —dijo Ryohei, con una sonrisa cansada. Su compañero lo soltó, tomó a Makoto bajo su cuidado y se alejó. El joven Tachibana empujó entonces la enorme puerta del edificio. El interior olía a incienso y madera vieja. Los pasillos estaban iluminados con lámparas bajas que proyectaban sombras alargadas en las paredes. Ryohei avanzó con el corazón golpeándole en el pecho, hasta que dos hombres con trajes oscuros se cruzaron en su camino. —¿Qué buscas aquí, chico? —gruñó uno, con la mano apoyada en el cinturón. —¿No ves que este lugar es peligroso para críos como tú? —añadió el segundo, con una mueca de fastidio. El joven respiró hondo y sostuvo el sobre con ambas manos. —S-soy Ryohei Tachibana. Traigo una carta para su capitán… de parte del patriarca. Los guardias se miraron, soltando una carcajada ronca. —¿Una carta? ¿Y esperas que te creamos? —se burló el segundo, empujándole el hombro. —Si no quieres salir herido, mejor te das media vu… Una voz profunda los interrumpió, firme como un corte de cuchillo: —Déjenlo. Ambos se irguieron de golpe, la tensión marcándoles el gesto. —Es el hermano de Tetsu Tachibana —continuó la voz, emergiendo desde la penumbra—. Y un aliado importante para nuestra familia. —K-Kashiwagi-san… —balbucearon, apartándose de inmediato. El hombre alto apareció con la seguridad de quien no necesita imponerse más que con su presencia. El cigarro en la comisura de los labios ardía como un faro en la penumbra. —Te estaba esperando, Ryohei Tachibana —dijo Osamu Kashiwagi, clavando en él una mirada penetrante—. Pasa. Tenemos mucho de qué hablar. Los guardias agacharon la cabeza cuando él añadió con voz cortante: —Este chico tiene acceso completo al edificio. Sin rechistar. ¿Está claro? —¡Sí, señor! —respondieron ambos. El despacho era sobrio, iluminado apenas por una lámpara de pie que bañaba de ámbar la mesa cubierta de ceniceros y papeles. El humo flotaba pesado en el aire. Kashiwagi lo recibió de pie, alto, con porte severo y una mirada que parecía atravesarlo. —Es la primera vez que te veo en persona… —dijo con voz grave—. El hermano de Tetsu Tachibana. Se acercó un paso más, soltando lentamente el humo del cigarro. —Pero no creas que eres un desconocido para nosotros. Sabíamos que trabajabas en el Serena. Desde hace tiempo se te tenía en la mira por el asunto del Lote Vacío. Ryohei sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Bajó apenas la vista, sorprendido de que lo hubiesen vigilado tan de cerca. —¿Me… estaban protegiendo? —Por orden de Kazama-san —respondió el capitán sin titubeos—. Nos pidió que, aunque tú no lo supieras, veláramos por tu seguridad. El joven apretó los labios, incapaz de disimular la mezcla de alivio y desconfianza que lo embargaba. Kashiwagi apagó la ceniza en el cenicero, con un movimiento tranquilo de la muñeca. —Bien. Ahora dime, ¿cuál es esa carta que dices traer? El aspirante dudó un momento, para luego inclinándose en señal de respeto. Extendió el sobre con ambas manos. —Sera me lo entregó. Por orden directa de Kazama-san. Me dijo que solo debía dárselo a usted. Los ojos del capitán se entrecerraron. Rompió el sello y leyó el contenido en silencio, sin variar la expresión. Apenas una arruga en el ceño delató el peso de las palabras. Guardó la carta dentro de su chaqueta y apagó el cigarro en el cenicero. —Ya veo… —murmuró con calma—. Entiendo. —Kashiwagi-san… necesito pedirle algo. —El chico apretó los puños con fuerza, como si temiera que sus palabras se deshicieran en el aire—. Mi amigo Kenji Shirakawa está secuestrado. Lo tienen en el Kaminari Plaza, en el distrito hotelero. Es un escondite de Itsuki Murakado. Inspiró hondo y dio un paso al frente. —No puedo enfrentarlo solo. Si puede darme refuerzos… yo puedo pagar, lo que sea. El silencio pesó como una losa en la habitación. Kashiwagi encendió otro cigarro, lo sostuvo entre los labios y habló con voz grave: —No es cuestión de dinero, chico. Si la familia Kazama entra en Kaminari Plaza, no será un rescate. Será un grito de guerra. Dojima responderá… y el Tojo entero puede arder. —Entonces… ¿me está diciendo que lo abandone? —replicó Ryohei, con los ojos encendidos. —Te digo que entiendas lo que está en juego —corrigió Kashiwagi, clavando en él una mirada de acero—. Si muere un civil en medio de un choque entre familias, Kazama-san cargará con la culpa. Y eso destruiría la paz que aún sostiene al clan. El aspirante a médico no respondió de inmediato, sintiendo la garganta arder. —No hablo de política… hablo de mi amigo. Prefiero morir buscándolo que vivir sabiendo que lo dejé en manos de ese monstruo. El capitán lo sostuvo en silencio unos segundos, evaluándolo. Después, sacudió la ceniza del cigarro y desvió la vista. —Tienes agallas, pero también ingenuidad. Esa mezcla mata más rápido que una bala. —Entonces iré por mi cuenta —sentenció Ryohei, con la voz quebrada pero firme. Se inclinó con respeto—. Gracias por escucharme. Dio media vuelta y salió, cerrando la puerta con suavidad tras de sí. El despacho quedó en penumbra. Kashiwagi permaneció de pie, mirando la puerta cerrada, hasta que el humo del cigarro se disipó en el aire. Sacó la carta de la chaqueta y la sostuvo un instante, murmurando para sí: —Kazama-san… siempre piensa varios pasos adelante. Incluso de este chico. Entonces tomó el teléfono de la mesa y marcó. —Hora de poner en marcha el plan —dijo con la calma de un estratega que mueve piezas invisibles en el tablero. Hubo una breve pausa antes de añadir: —Llamen a Hanzo. Lo necesitaremos. Colgó con un gesto seco, exhalando hacia el techo. Sus ojos volvieron a la puerta por la que había salido Ryohei; en silencio tomó la decisión de protegerlo desde las sombras. El taxi los dejó en la arteria principal del distrito hotelero cuando la noche ya había alcanzado su plenitud: neones desbordando rosa y azul, sombrillas iluminadas, letreros parpadeantes en kanji que prometían lujo y vicios por igual. Hileras de hombres en traje y mujeres ofreciendo compañía por sonrisas y billetes llenaban las veredas. Un olor a gasolina, alcohol y perfume femenino flotaba en la brisa húmeda. Ryohei apretó el abrigo contra el frío y señaló con la barbilla hacia un bloque más austero entre las fachadas ostentosas. —Ahí está… el Kaminari Plaza —susurró—. No puedo entrar así. Tampoco puedo usar el título provisional que me dio mi hermano. La fachada era casi anodina: ventanales esmerilados, un pequeño lobby con alfombra discreta y una puerta giratoria por la que cruzaban hombres de negocios. Observó el flujo un momento, midiendo movimientos y cámaras, luego se pegó a la sombra de un portal y esperó. Se mezcló con un grupo de ejecutivos que reían demasiado alto y entró sin prisa. El interior cambió: mármol, luces tenues, camareros con bandejas de cristal. El lujo olía a tabaco caro y menta. Se pegó a una columna, dejó que la multitud lo arrastrara unos pasos y, cuando pudo, se deslizó por un corredor lateral hacia las escaleras de servicio. Subió con cuidado; el metal crujía apenas bajo las suelas. El corazón le latía en la boca, no por miedo a los puños, sino por la urgencia de no fallar. Al asomarse al pasillo superior creyó haber ganado la partida. No contaba con la mano que se cerró sobre su muñeca con fuerza de hierro. Lo arrastraron en un giro seco. Sintió el golpe contra la pared y la presencia pesada detrás suyo. —Encontré un intruso en la primera planta —dijo una voz por el transmisor—. Hombre sospechoso de camisa amarilla y chaquetilla. Parece un bartender. El timbre le heló la sangre; reconoció la voz antes de verla. —¿Kato? —murmuró. El agarre apretó. Frente a él estuvo la misma cara del dojo: mandíbula ancha, una fina cicatriz en la ceja. La soberbia había cedido al barniz del poder. —¿Te conozco? —dijo el otro, frío—. Ah, claro. Hiratori. El debilucho del dojo. Pensé que habías desertado como un cobarde. La presión le dejó la piel marcada. Ryohei apretó la mandíbula; el dolor fue menor que la memoria de aquellas humillaciones. No retrocedió. —Si me soltaras… podría explicarte —contestó, la voz contenida, la vieja verdad todavía en sus palabras. Un tirón lo obligó a mirarle a los ojos. Kato no buscaba pelear; buscaba algo más punzante. —Nah —ronroneó con una sonrisa sin humor—. Sé lo que buscas. Murakado nos dijo que alguien vendría por él. Claro… eras tú. Hiratori. O debería decir… ¿Tachibana? El nombre le cayó como un martillazo. La respiración se le hizo corta. No fue un error: el apellido había sido pronunciado para herir, para dejar claro que el secreto ya no existía. —¿Qué dijiste? —replicó Ryohei, conteniendo la voz. El agarre aumentó un milímetro; la sangre palpitó en la muñeca. —Dije tu apellido —murmuró Kato—. Murakado lo sabía hace tiempo. Me lo soltó como migas a un perro hambriento: “Ese chico, Tachibana, es de quien hablamos. Si aparece, tráemelo.” Y yo… hago lo que me piden. La confesión cortó más que un filo. En el pecho de Ryohei se amontonaron todas las risas, todas las vejaciones convertidas en órdenes. La mirada del otro no era de triunfo: llevaba el remordimiento amortiguado por la necesidad de sobrevivir bajo la sombra de Murakado. —¿Por qué? —la pregunta escapó, más humana que táctica. Kato ladeó el rostro, buscando una justificación que no llegaba fácil. —Me prometió que subiría —confesó—. Me juró un lugar si cumplía. Me dio órdenes y me hizo ver bien. Yo quería ser alguien. Y a veces obedecer te salva; otras, te destroza. El chico tuvo que morderse la lengua para no responder con reproche. Las piezas del engaño encajaban: lo habían buscado porque la red enemiga se alimentaba, también, de viejas humillaciones. El que lo había humillado en el tatami era ahora quien lo había tendido la trampa. La radio chilló otra voz: “Confirmen. ¿Qué tienen ahí?” Kato apretó los dientes; la tensión se palpó otra vez. —Te voy a soltar —dijo al fin, con brusquedad que disfrazaba una pizca de piedad—. Pero no te creas nada. Te llevaré con Murakado-sensei y, mi ascenso será garantizado. Lo soltó de inmediato. Ryohei se frotó la muñeca, sintiendo el ardor del agarre. El otro lo empujó hacia el ascensor y, tocando el transmisor en su hombro, ordenó: —Llevaré al intruso donde el jefe. Sigan patrullando el perímetro. El hombre lo empujó dentro del ascensor y presionó el botón de la última planta. La cabina vibraba mientras ascendía, cargada de un silencio sofocante y un perfume caro que no hacía más que estorbar al respirar. Ryohei rompió el mutismo con la lengua afilada que Oda le había aconsejado usar como arma. —¿De verdad crees que Murakado te hará subir? —soltó, con media sonrisa torcida—. Sigues siendo el mismo perro obediente del dojo. Kato giró la cabeza de golpe, los ojos encendidos. —Cierra la boca, Tachibana. Te olvidas de que yo mismo te puse de rodillas más de una vez en el tatami. —Oh, lo recuerdo —replicó, sin perder la calma—. Como también recuerdo que no lo hiciste porque fueras mejor… sino porque él te usaba como su látigo. El agarre en su brazo se endureció, como si quisiera partirle el hueso ahí mismo. —Cállate. No tienes idea de lo que hablas. Ryohei arqueó una ceja. —¿Ah, no? Sé lo suficiente. Murakado se abrió paso matando a sus propios padres para impresionar a Sohei Dojima. Lo sostuvo con la mirada, y la estocada llegó en un susurro: —¿Le harías eso a tu madre? El gesto del otro vaciló apenas un segundo, un temblor mínimo en la mandíbula. Después escupió con dureza: —¿Y eso qué? Ese hombre tiene poder. Estar cerca de él es estar a salvo. —¿Seguro? —la voz bajó, tan fría como un bisturí—. Secuestró a mi mejor amigo por lo que mi familia posee. Y menos mal que fuiste tú quien me atrapó… porque vas a ser el primero en ver la farsa en la que has creído. El guardia lo empujó contra la pared metálica. —Sigues siendo el mismo mocoso insolente. Crees que con palabras puedes derribar a un hombre como él. Una sonrisa seca se dibujó en los labios de Ryohei. —No, con palabras no. Pero dime algo… ¿todavía presumes de lo que contaste en el dojo? ¿De ese hijo suyo que apenas tiene cuatro meses.? Kato lo fulminó con la mirada, los labios tensos en una mueca. —Cuida tu lengua, mocoso… Ryohei soltó una carcajada breve, hueca. —¿Cuidarla? Deberías cuidarte tú. ¿Quieres saber lo que piensa tu gran Murakado de ese niño? Que no le importa en lo más mínimo. El otro parpadeó, incrédulo. —¿Qué…? —Sí. Lo llamó un bastardo inútil, una carga. —La sonrisa de Ryohei se torció en veneno—. Y ahí estabas tú, presumiendo en el dojo como si hablar de su hijo te hiciera más hombre… cuando el tipo al que idolatras lo escupe como si fuese basura. El silencio se volvió una losa. La mandíbula de Kato temblaba, apretada al límite. Ryohei inclinó apenas la cabeza, dejando caer la daga final: —Debe ser todo un orgullo, ¿no? Seguir a un hombre que desprecia incluso a su propio bebé. Dime, Kato… si puede hablar así de su sangre, ¿qué crees que hará contigo? El ascensor siguió avanzando. La tensión era un campo minado. Kato apretaba los dientes con tanta fuerza que parecía que iba a romperlos. —Murakado no sube a nadie —sentenció el muchacho al final—. Solo pisa más fuerte sobre los que le sirven de escalón. El “ding” metálico anunció la última planta. Kato lo empujó hacia afuera con más violencia de la necesaria, como si así pudiera acallar la grieta que aquellas palabras le habían dejado dentro. Las puertas del ascensor se abrieron con un susurro metálico. Frente a ellos se extendía un corredor alfombrado, custodiado por lámparas de pie y cuadros enmarcados en dorado. El contraste con la fachada anodina del edificio era grotesco: allí dentro no había nada de discreto, todo estaba pensado para ostentar. Al fondo, unas puertas dobles de madera oscura se abrieron sin necesidad de anunciarse. El salón era amplio, con ventanales altos que dejaban ver el parpadeo lejano de los letreros de Kamurocho. Una mesa de caoba dominaba el centro, cubierta de papeles y botellas de licor importado. Sobre ella, un cenicero de cristal brillaba bajo la luz cálida de una lámpara colgante. De espaldas, un hombre fumaba en silencio. Giró con calma, aplastando el cigarro contra el cristal como si cerrara un ritual. —Vaya, vaya… —Murakado esbozó una sonrisa irónica al verlos—. El vicepresidente de Tachibana Real Estate en persona. No pensé que sobrevivieras tanto. Lo midió de arriba abajo, sin prisa. —¿Y Oda? —prosiguió, con teatral indiferencia—. Oh, cierto… lleno de plomo en el infierno. La mandíbula del joven se tensó. Dio un paso adelante, la voz cargada de veneno. —Cállate. No vine a hablar de los que ya no están. Vine por mi amigo. El mafioso dejó escapar una carcajada seca, un ruido sin alma. —¿Shirakawa? —chasqueó la lengua—. Claro, claro. Órdenes del presidente Nihara. Tranquilo, está vivo. Al menos, de momento. El guardia que lo escoltaba lo empujó un poco más hacia el centro, pavoneándose como si hubiera logrado una captura gloriosa. —Aquí lo tienes, sensei. Tal como lo pediste. —Lo miró por encima del hombro, con aire de superioridad—. Al final, no fue más que un cordero perdido que vino a entregarse solo. Murakado lo aplaudió con desgano, como quien celebra un chiste malo. —Buen trabajo, Kato. Quizá no seas tan inútil después de todo. La ironía flotó, dejando claro que ni siquiera su propio discípulo estaba a salvo del desprecio. El menor de los Tachibana no apartó los ojos del hombre que tenía enfrente. —Vicepresidente, ¿eh? —escupió con sarcasmo—. Ese título falso solo existe en tus juegos de poder. Lo único real aquí es el hedor de la podredumbre en la que te revuelcas. Los ojos del yakuza brillaron con un destello de ira, pero su sonrisa no se borró. —Valiente. Aunque un poco tarde para las frases heroicas. Con un chasquido de dedos, ordenó algo. Un par de subordinados arrastraron hacia el salón una figura encadenada. Los pasos pesados, el sonido del hierro contra el mármol y un quejido apagado precedieron a la imagen que le heló la sangre al muchacho. Kenji Shirakawa. El estudiante estaba irreconocible: la piel cubierta de hematomas, la ropa hecha jirones, las muñecas laceradas por cadenas oxidadas. La cabeza le caía hacia adelante, y al alzarla con esfuerzo, los ojos febriles se encontraron con los de su amigo. —Ryo… —la voz era un hilo roto, impregnada de miedo y del veneno sembrado por Murakado—. Pensé… que me habías dejado. El golpe fue más duro que cualquier puñetazo. El corazón de Ryohei se desgarró, pero mantuvo la postura, apretando los puños hasta que le dolieron los nudillos. El yakuza sonrió, disfrutando el espectáculo. —¿Ves? Así es como se quiebra un hombre. Con palabras. Le dije la verdad: que lo habías abandonado, que tu lugar estaba con otros. Y míralo ahora… roto, como un juguete viejo. El discípulo observaba en silencio. Su pecho se inflaba con la arrogancia del que cree haber ganado, pero sus ojos se desviaban una y otra vez hacia Kenji, como si algo en esa brutalidad le incomodara. Las frases que había escuchado en el ascensor aún resonaban, aunque no lo admitiera. El muchacho dio un paso al frente, la voz tensa pero firme: —Kenji, no escuches. Estoy aquí. No te dejé. El encadenado apenas logró esbozar una sonrisa débil, como si quisiera creerlo. Murakado exhaló humo de un nuevo cigarro y se acomodó en su sillón de cuero. —Qué conmovedor. Pero inútil. La lealtad es un lujo que los débiles no pueden pagar. La frase quedó flotando como un dardo. Ryohei sintió cómo algo dentro de él se endurecía: allí no solo se jugaba la vida de su amigo, sino la verdad de lo que ese hombre representaba. Se acercó con pasos medidos. Kenji no podía sostenerse; las piernas le temblaron y terminó desmoronándose en su regazo. El joven lo atrajo sin dudarlo. —No te muevas —susurró, con el pulso a punto de estallar—. Te sacaré de aquí. El mafioso aplaudió con calma, como si asistiera a una función privada. —Jamás fui un carnicero sin motivo —dijo, con voz suave—. Al menos, lo dejé con vida. Podía haberlo terminado la primera vez cuando llamó al Serena. Fue mi error no reducirlo a un montón olvidado en un callejón. El estudiante intentó hablar; un hilo de voz salió de su pecho. —F-fue… saliendo de la biblioteca… me atajaron… me taparon la boca… Su amigo lo apretó contra sí, sintiendo la fragilidad temblar bajo la piel. —Awano me lo contó después —añadió, clavando la mirada en el mafioso—. Todo por el Lote Vacío. El muchacho alzó la vista, la confusión y el dolor marcando sus ojos. —¿E-es verdad, Ryo? —balbuceó—. ¿Eres dueño de ese terreno? —Te lo explicaré —respondió, con la voz rota—. Primero te llevo a un lugar seguro. Tenía pensado entregar mi mitad del lote a cambio de sacarte de esto… pero el acuerdo con Nihara sigue en pie. Me llevo a mi amigo y esto termina aquí. Se puso en pie para cargarlo al hombro, preparado para salir. No llegó a dar dos pasos. El guardia se interpuso, plantado como un muro. El anfitrión, entretenido, dejó caer la frase como quien pide un favor. —No creas que te irás tan fácil, Tachibana. Hay algo que necesito si quieres a Shirakawa con vida. El joven tensó la mandíbula. —¿Qué quieres? La respuesta fue una sonrisa de triunfo. —Tu mitad del Lote Vacío. La risa no tuvo alegría, solo la fría confianza del que sabe exigir. —¿Tanta obsesión con ese terreno? —escupió—. Tú y tus lugartenientes acosando a mi familia por un trozo de tierra. —¿Cuándo no? —el yakuza se recostó en su sillón—. Quien lo obtenga tendrá poder. Será capitán. El puesto que me corresponde por nacimiento. El menor de los Tachibana soltó una carcajada amarga. —¿Capitán? No me hagas reír. El hombre dejó el cigarro en el cenicero y su rostro cambió, como si abriera un armario lleno de rencor. —Mi familia fue grande. Desde la era Edo, éramos de las casas honorables. Títulos, tierras, respeto. Todo se esfumó cuando mis padres, en su locura filantrópica, donaron la fortuna y los nombres a la caridad para empezar de cero. Hubo un silencio que olía a resentimiento antiguo. —¿Y sabes qué? —continuó, clavando la vista en su adversario—. No soporté la humillación. No soporté que los mismos plebeyos que despreciaban a mi sangre convirtieran en ley algo que yo no elegí. Quería demostrar que valía. Lo ofrecí todo por ese puesto. El joven sintió el golpe venir, pero no estuvo preparado para la crudeza que siguió. —Una noche —confesó el mafioso, sin pedir perdón—, cuando tenía tu edad, me aseguré de entrar. Corté los lazos. Entregué sus cabezas a Sohei Dojima para demostrar mi lealtad. La sala exhaló en esa confesión. No hubo gritos, solo la certeza de que algo oscuro se mostraba en pleno día. El muchacho palideció, pero no por asco: por la claridad absoluta de la voluntad de ese hombre. El discípulo cambió apenas de postura; el rostro del soldado duro mostró por un breve instante una fisura. —Y aun así —remató el yakuza, como si hablara de un trámite—, Dojima solo me concedió un rango menor. Insuficiente. Desde entonces, he subido con dientes y sangre. El menor de los Tachibana apretó más a su amigo. La rabia ya no era solo rescate; era condena. —Nunca te perdonaré esto —dijo, con una voz que no admitía vuelta atrás. El mafioso se encogió de hombros, frío. —Entonces tendrás que intentarlo. Pero recuerda: aquí los sentimientos son piezas. Y yo decido su valor. El silencio se tensó. Kato tragó saliva, y la dureza de su máscara titubeó; la escena, el chico roto, las palabras frías, todo empezó a reclamar algo que hasta entonces había preferido negar. La verdadera batalla no era ya entre puños. Era entre verdades: la lealtad contra la ambición, la amistad contra la sed de grandeza. Murakado se reclinó en el sillón de cuero, exhalando el humo como si expulsara recuerdos. Sus ojos brillaban con un fulgor extraño, más cercano a la memoria que a la soberbia. —Hubo un tiempo… —su voz bajó, casi íntima— en que no quería nada de esto. Ni sangre, ni títulos, ni guerras estúpidas. Por ella… Ryohei entrecerró los ojos, intentando descifrar el tono que jamás había escuchado en él. —¿Ella? —preguntó en un murmullo. —Aoi. —El nombre se deslizó de sus labios como un veneno dulce. Murakado lo sostuvo unos segundos en el aire, como si saboreara cada letra—. La única mujer que me hizo creer que el poder no importaba. El hombre apagó la ceniza en el cenicero y sonrió sin alegría. —Se casó conmigo a espaldas de su familia, porque decía que solo quería al hombre, no al apellido. Me enseñó a soñar con dejar la yakuza. Se llevó el pulgar a la cicatriz del labio, como quien palpa una vieja promesa. —Estaba dispuesto a cortarme una mano si era necesario. Todo, por ella y por mi hijo. El cigarro volvió a sus labios. El humo subió lento, dibujando espirales que parecían atraparlo en su propia confesión. —El embarazo fue un infierno —continuó—. Los médicos suplicaron que abortara, que su cuerpo no resistiría. Pero Aoi se aferró. Decía que ese niño sería nuestra luz, que nacería para darme un futuro lejos de toda esta basura. Se inclinó hacia la mesa, los codos apoyados con fuerza. La sonrisa torcida que asomó no tuvo nada de gozo. —El ocho de agosto… —su voz se quebró un instante, y volvió como acero afilado— murió en el parto. Ella, la única que me había dado algo real. Aplastó el cigarro contra el cristal hasta que se extinguió, dejando un olor amargo. —Y yo me quedé con un niño al que apenas pude mirar. Lo dejé con sus abuelos. No quise volver a tocarlo. Ryohei sintió un vuelco en el pecho, pero la rabia pesó más que la compasión. —Y ahí entendiste —espetó, los puños cerrados— que la culpa no era tuya, sino del mundo, ¿verdad? Murakado lo sostuvo con la mirada, y en sus ojos brilló un destello fugaz, como el reflejo de un hombre que alguna vez quiso escapar. —Desde ese día juré que el Lote Vacío sería mío. —Hizo una pausa breve, dejando que las palabras calaran—. Para mí. Y solo para mí. Kenji sollozó entre cadenas, con la cabeza vencida. Kato apartó la vista, el gesto endurecido, aunque el temblor en su mandíbula revelaba la grieta que no quería aceptar. Ryohei dio un paso al frente. El aire le quemaba en la garganta, y cuando habló, lo hizo con veneno puro. —No. Tu esposa murió porque eligió creer en ti. Y tú convertiste ese sacrificio en excusa para hundirte en sangre. Avanzó un poco más, dejando que cada palabra fuera una estocada. —Lo que hiciste no fue por ella. Ni por tu hijo. Fue solo por ti. El salón pareció perder el calor de un latido. Humo, lámparas y botellas brillaban con frialdad; bajo ese lujo, la verdad mordía sin disimulo: no se trataba de un trozo de tierra, sino de las almas que aún podían elegir. El hombre en su asiento se incorporó sin prisa. Sus dedos rozaron el borde del cenicero como quien tantea un futuro. —Piensa lo que quieras —dijo, con voz sin aristas—. Ahora no tengo nada que perder. Hablemos de negocios, Tachibana. Ryohei apretó el cuerpo alrededor del amigo enfermo. El auricular del silencio parecía pesar más que el hierro. —Te dejo ir con tu amiguito sin problemas —continuó el otro—, a cambio de tu parte del Lote. Y habrá beneficios. —¿Beneficios? —replicó el joven, la incredulidad derramando ácido en cada palabra. —Claro. Convence a tu hermana de ceder su mitad y tendrán mi protección permanente. Ni el Tojo ni los Omi podrán acercarse a ustedes. Ryohei palideció un segundo, la idea pasando como un escalofrío. Luego la rabia le calentó la garganta. —¿Me ofreces protección después de torturar a Kenji por ese sitio? —escupió—. ¿Ahora me vienes con promesas? ¿Me tomas por idiota? Y sabes muy bien que, si no me dejas ir, el que acabará masacrado por el Tojo serás tú. La estancia se tensó. Las palabras quedaron colgando, y el anfitrión sonrió, lento, sin gracia. Con un gesto seco mostró el arma. El golpe del metal sobre la madera cortó el aire. —Kato —ordenó Murakado, voz tan fría como el acero—. Sujétalos con fuerza. El subordinado se tensó. Su mano tembló al acercarse. Por un instante, su postura de seguridad se hizo pequeña, humana. —¿Me escuchaste, Kato? —insistió el otro, ya preparando un cargador, la calma de quien tiene costumbre de mando—. Te ordené que los sujetes con fuerza. El guardia apretó la mandíbula, la frente perlada de sudor. Sus dedos rozaron la muñeca del joven y de pronto pareció dudar: el deber contra la duda, la obediencia contra la vergüenza. —Kato —susurró Ryohei con voz contenida, cada palabra afilada como una navaja—. Ya escuchaste de lo que es capaz. ¿De verdad crees que te recompensará por sujetarnos y dejar que nos maten? El guardia tragó saliva. El sudor le corría por la sien, pero no aflojaba el agarre. Sus ojos, tensos, se desviaron apenas hacia el cañón del arma que Murakado blandía con indiferencia. —Después que acabe con Kenji y conmigo… —la voz de Ryohei bajó un tono, cargada de veneno—, ¿quién crees que será el siguiente? No dejará testigos. El silencio se tornó casi religioso. El subordinado tragó saliva; su mano cerró un instante y luego se aflojó, la decisión batallando en su pecho. Kenji gimió, un sonido que no era solo miedo sino el último hilo de esperanza. El brillo del arma colgó en el aire como una sentencia. Murakado clavó la vista en Kato con la frialdad de quien ya había dictado su veredicto. —Bien hecho —murmuró, como si concediera una migaja de mérito—. Sabía que me serías útil. El guardia sostuvo el brazo de Ryohei con fuerza, pero con la otra mano buscó el transmisor en su pecho. El dedo rozó el botón, apenas un movimiento instintivo, como un último intento de equilibrio. El líder lo advirtió. Su sonrisa se torció en veneno. —¿Todavía crees que me sirves? —preguntó, con calma helada—. Cuando alguien duda, deja de ser necesario. —S-sensei… —balbuceó el subordinado, con la frente perlada de sudor—. Solo… solo iba a informar que el intruso estaba bajo control. Eso es todo. Murakado ladeó la cabeza, divertido por la excusa. —¿Crees que me tomo esa mentira en serio? —chasqueó la lengua—. No me importa inventar un muerto más para mantener el orden. El cañón giró y el disparo llegó como un relámpago. La bala destrozó la mano del guardia. Kato gritó, soltando a Ryohei por reflejo. El transmisor se desplomó al suelo, reventado en pedazos. —Qué idiota soy… —murmuró, mirando la sangre. Kenji ahogó un alarido, encadenado aún, los ojos desorbitados. Ryohei aprovechó el segundo de libertad. Su mirada recorrió la sala como un bisturí: la lámpara de pie, la mesa de caoba, las botellas de licor, el cenicero de cristal. El cálculo fue inmediato. Se inclinó hacia su amigo. —Kenji —susurró—. ¿Puedes levantarte? El otro negó con un gesto débil, tembloroso. —Tengo miedo… —Yo también. —La voz de su amigo fue firme, casi serena—. Pero no podemos titubear. Ayuda a Kato en cuanto tengas la oportunidad. Si logran moverse, corran. El muchacho lo miró con lágrimas brillando en los ojos. —No me iré sin ti… —He sobrevivido emboscadas peores —replicó, con una sonrisa cargada de tensión—. Confía en mí. En ese instante, Murakado se inclinó sobre Kato, dispuesto a disparar otra vez. No vio venir la sombra que se alzó tras él. El cenicero impactó con un chasquido brutal contra su sien. El mafioso tambaleó, perdió equilibrio y cayó pesadamente sobre la alfombra. No estaba muerto, pero su cuerpo quedó fuera de precisión, fuera de control. —¡Ahora! —exclamó Ryohei, lanzándose hacia Kenji para sostenerlo. El pasillo los recibió con un silencio cargado de pólvora. Habían avanzado apenas unos metros cuando otro disparo rugió detrás. La bala alcanzó a Kato por la espalda, hundiéndose en el hombro. El hombre cayó de rodillas, jadeando de dolor. —¡Kato! —rugió el menor de los Tachibana, arrastrándolo hacia una columna para cubrirlo. El yakuza, tambaleante, ya se incorporaba. La furia lo mantenía de pie, arrastrando la pistola como una extensión de su odio. El joven se arrodilló junto al herido. Con movimientos rápidos arrancó la manga de la chaqueta, la enrolló sobre la herida y ordenó: —Aprieta. Kenji, ayúdame a tensarlo. El otro obedeció con torpeza. El nudo se cerró con fuerza y la sangre disminuyó. Kato apretó los dientes, su rostro una mezcla de dolor y claridad. —Ahora lo veo —susurró, apenas audible—. Tarde, pero lo veo. Ryohei lo sostuvo de un brazo, mirándolo fijo. —Encárgate de él. Sácalo de aquí. No vuelvas atrás. El guardia asintió, con la voz hecha trapo. —Buscaré ayuda. Iré por Hanzo… lo prometo. —Ve por alguien que cure esas heridas —respondió Ryohei sin soltarlo—. Ve a recepción y repórtalo. Dense prisa. Kenji, todavía temblando, juntó fuerzas para murmurar una petición entre dientes. —Ryo… —susurró—. No mueras antes de entrar a la facultad… promételo. Su amigo no respondió con palabras. Su silencio fue una respuesta más dura que cualquier juramento. Se puso en pie sin prisa, la figura recortada contra el resplandor intermitente de los neones que se colaba por las rendijas. Detrás, los pasos vacilantes de Kato y Kenji se alejaban por el corredor; delante, la sombra aún en pie: Murakado, que ya volvía a alzar el arma. El yakuza sonrió, esa mueca sin calidez que convertía las promesas en amenazas. —Je… el traidor y el cobarde huyeron —dijo—. Da igual. De todas maneras, mi presa principal está aquí. Ryohei clavó la mirada en él, cada músculo tenso, la rabia contenida en la garganta. —No te acercarás a ellos —replicó con voz dura—. Esto se acaba ahora. Murakado soltó una carcajada corta, segura. —¿Tú? —bufó—. ¿De verdad crees que puedes vencerme? Te felicito por el golpe con el cenicero, fue ingenioso... pero tu suerte termina aquí. El joven adoptó la postura defensiva, los pies firmes, el cuerpo preparado para el contraataque. Frente a él, el otro habló con la frialdad de quien ya midió el tablero entero. —Cuando te mate —prometió con desprecio—, el solar pasará completo a tu hermana. Será cuestión de tiempo antes de que lo tenga en mis manos, antes de que el Tojo o los Omi siquiera se den cuenta. La frase cayó como un desafío y, al mismo tiempo, como una sentencia. Ryohei sintió el aire comprimirse: no solo era su cuerpo el que estaba en juego, sino el futuro de quienes amaba. Se abrió un espacio mínimo entre los dos; la ciudad, más allá de las ventanas, seguía su ritmo de luces y olvidos. En aquel cuarto, sin embargo, el tiempo se redujo a un pulso: el latido seco de Ryohei y la respiración medida de su enemigo. Adelantó el peso. Y fue.