ID de la obra: 964

Yakuza Zero - El Latido del Tigre

Gen
NC-17
Finalizada
2
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
646 páginas, 212.665 palabras, 27 capítulos
Descripción:
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Lazos Inquebrantables

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Capítulo 19

“Lazos Inquebrantables”

El eco de los pasos de Kato y Kenji se desvaneció en el pasillo. Solo quedó el pulso acelerado de joven y el zumbido lejano de la ciudad filtrándose por los ventanales del hotel. Murakado apareció tambaleante, pero erguido. Sus ojos ardían como brasas bajo la luz fría de los tubos fluorescentes. Guardó el arma en la cartuchera con un gesto casi teatral, como si la pólvora ya no fuese necesaria. —¿Pensaste que esto acabaría con un golpe de cristal? —gruñó, sacudiéndose la chaqueta—. Chico, ni siquiera has empezado a entender. Ryohei levantó los puños. Respiraba con dificultad, pero firme. El neón lo recortaba como una figura delgada frente a la mole que lo acechaba. El yakuza avanzó lento, cada paso un desafío. —¿Recuerda, Tachibana? Yo te mostré lo básico. Los desplazamientos, las llaves… Incluso esos golpes de pierna que tanto presumes. Deberías saber cuándo estás superado. El muchacho escupió a un costado. No sangre todavía, solo saliva espesa. —Puede que seas mil veces más fuerte… —dijo entre jadeos— pero si logro detenerte lo suficiente… habrá valido la pena. Su rival soltó una carcajada breve, sin humor. —Jugando a ser héroe. Veamos cuánto dura tu teatro. Se abalanzó sobre él. El primer puñetazo hundió el aire de su abdomen; el segundo castigó las costillas, obligándolo a retroceder hasta golpear contra un pilar. El eco del impacto se expandió por el pasillo. El rodillazo que siguió lo dobló en seco. Ryohei cayó de rodillas, buscando oxígeno, las manos apoyadas en el mármol brillante. Tosió, y ahora sí un hilo rojo se deslizó por la comisura de su boca. —¿Lo sientes? —murmuró Murakado, inclinándose hasta sujetarlo del cabello y alzarlo a la fuerza—. Esto no es entrenamiento. Esto es sobrevivir. Un derechazo lo estampó contra la pared. Rebotó con un gemido ahogado, escupiendo más esencia roja, apenas cubriéndose antes de otro golpe que lo arrojó al piso de espaldas. —Levántate —ordenó el mafioso, arrastrándolo otra vez del pelo como si fuese un muñeco roto—. No he terminado contigo. El chico se puso en pie tambaleando, labios partidos, un ojo ya amoratado. Intentó una patada lateral, pero su contrincante la bloqueó con facilidad y lo estampó contra el muro. De nuevo la pistola brilló en su mano. Un disparo resonó, astillando el pilar detrás de Ryohei en una nube de polvo. Rodó hacia un lado, jadeante, buscando a su alrededor: placas metálicas decorativas en el muro, una lámpara caída. Nada más. Con un impulso desesperado arrancó una de las placas y se abalanzó con ella como si fuese un escudo. Murakado, divertido, arrojó el arma al suelo y lo esperó con los brazos abiertos. El choque fue brutal. La plancha chirrió entre ambos hasta que la mole dobló los brazos del joven y lo empujó de lleno contra la pared. El improvisado escudo salió disparado al otro extremo del pasillo. El pecho del muchacho crujió bajo la presión. Sangre fresca se deslizó desde su labio partido. El yakuza sonrió con crueldad, lo derribó de un empujón y, cuando intentó incorporarse, le pisó la mano con todo su peso. —¿Quieres ser médico, muchacho? —su voz fue un látigo—. Si te rompo las manos, tu sueño se irá a la mierda. Ryohei gritó, el dolor atravesándole los dedos como fuego vivo. Murakado giró la bota, aplastando más fuerte, antes de propinarle una patada al costado que lo hizo rodar por el suelo. —No sirves para nada más que arrastrarte. El muchacho se encogió, jadeando, la respiración rota. Trató de levantarse, pero otro puñetazo lo hizo caer de nuevo contra el mármol. La sangre le nublaba la visión, un ojo apenas podía abrirse. Murakado levantó el puño, listo para el golpe de gracia. —Te felicito por tu coraje, pero aquí termina. Ryohei cerró los ojos, un pensamiento fugaz hacia Kenji y Kato, cuando una voz quebró la tensión: —¡Basta, Murakado! El sonido seco de un bastón golpeando el suelo retumbó en el pasillo. Una silueta se recortó en la entrada iluminada: Hanzo, con los ojos como cuchillas, avanzando paso a paso. —Te metiste con mi estudiante—dijo, y su voz cargaba la solemnidad de un juicio—. Ahora tendrás que enfrentarme a mí. El yakuza giró lentamente, sorprendido. —Así que al fin apareces, viejo… El maestro dejó caer la chaqueta al suelo. Sus manos se cerraron en puños, el bastón en la otra. —Hiratori… —su voz resonó firme, casi solemne. Un instante después rectificó—. No, Tachibana. El herido alzó el rostro, con sangre en los labios y la respiración entrecortada. —¿Maestro… de verdad está aquí? —susurró, incrédulo, como si temiera que fuese una alucinación nacida del dolor. —¿Cómo supo lo de…? El anciano no apartó la vista de su rival, que lo observaba con una sonrisa torcida. —Luego hablamos de eso, chico. Quédate atrás. Yo te protegeré… al menos hasta que lleguen ellos. —¿Ellos? La tensión cambió de dueño. El pasillo entero se transformó en un cuadrilátero improvisado: dos viejos titanes frente a frente, con un alumno magullado como testigo de un duelo inevitable. El pasillo se volvió un cuadrilátero. Murakado flexionó los hombros, aún jadeante por la embestida anterior, pero con el brillo de quien todavía se siente dueño de la escena. Frente a él, Hanzo plantó el bastón contra el suelo y se inclinó apenas, como si el mundo entero se redujera a medir distancias. Ryohei, encogido junto a la pared, apenas podía mantenerse erguido. El ojo amoratado le nublaba la visión, pero cada parpadeo lo llenaba de un asombro nuevo: su maestro parecía rejuvenecido, un depredador oculto bajo la piel de un anciano. —¿Un bastón contra mí? —se burló Murakado, tronando los nudillos—. No pienso contenerme porque seas viejo. Hanzo sonrió apenas. —No lo necesito. El mafioso se lanzó como una avalancha. Un derechazo que hubiese roto huesos chocó contra el vacío cuando el maestro se impulsó contra la pared, apoyándose en un pilar y girando sobre sí mismo. El bastón trazó un arco perfecto y golpeó el costado del agresor, obligándolo a retroceder con un gruñido. Ryohei abrió los ojos de par en par. —¿P-parkour? —susurró, incrédulo. Hanzo no se detuvo. Deslizó un pie contra la pared, saltó y giró sobre su eje, el bastón descendiendo como un martillo contra el hombro del yakuza. Murakado se tambaleó, pero contraatacó con un manotazo brutal que destrozó parte del marco de una puerta. La fuerza era abrumadora; la técnica, un filo pulido. El choque de estilos llenó el pasillo de ecos: la crudeza animal contra la precisión milimétrica. Murakado embestía como toro, cada golpe dejando marcas en el concreto; Hanzo esquivaba, escalaba paredes, se apoyaba en columnas, devolviendo impactos medidos que erosionaban la resistencia de su rival. —¡Viejo de mierda! —rugió el mafioso, lanzando una patada que partió una lámpara contra el suelo. El maestro rodó por la pared, se impulsó con un brazo y cayó de pie frente a él, el bastón apuntando directo al pecho. —Tu fuerza es ruido. La experiencia es silencio —sentenció. La presión de ambos llenaba el aire como humo. Ryohei, jadeante, intentó ponerse de pie para ayudar, pero sus piernas flaquearon. Solo pudo observar, con la impotencia de quien admira una danza letal sin poder unirse. Entonces, un grito cortó la escena: —¡Murakado-san! —un subordinado apareció al final del pasillo, el rostro desencajado—. ¡Los de Shibusawa vienen hacia aquí! ¡Exigen tu cabeza! La bestia se volvió hacia él, con la rabia pintada en el rostro. —¿Qué…? El hombre insistió, desesperado: —¡Tenemos que irnos, ahora! ¡Trajeron refuerzos! La furia de Murakado osciló un instante mientras calculaba la mejor salida. Bufó, exhaló con desprecio y, sin dignarse a mirar atrás, encaminó a sus hombres hacia una salida lateral. —Esto no ha terminado —escupió antes de girar—. La próxima vez que te pille, te desharé la vida pieza por pieza. Te lo juro: no habrá dónde esconder tus huesos. Con esas palabras dobladas en veneno, se perdió por el corredor. Las botas de sus hombres se apagaron en la distancia y el silencio volvió a caer sobre el pasillo. Hanzo se volvió hacia el muchacho magullado con la calma de quien ya había visto demasiadas noches. —Ya se fue —murmuró—. Puedes salir. Ryohei apenas asomó la cabeza desde el rincón donde se sostenía. La respiración le ardía en los pulmones. —¿Y… y los de Shibusawa? —preguntó, tembloroso—. ¿Siguen ahí afuera? Antes de que el maestro respondiera, otra figura emergió del extremo del pasillo. Traje oscuro, paso firme, mirada como un bisturí: Osamu Kashiwagi. Avanzó con la serenidad de quien llega al final de una obra cuyo guion ya conocía. —Veo que el montaje funcionó —dijo con una media sonrisa—. Todo un teatro cortesía de Kazama-san. El herido parpadeó incrédulo. —¿Montaje? —balbuceó—. ¿Me está diciendo que esto era un plan desde el principio? Hanzo lo sostuvo del brazo, firme, como un poste en la tormenta. —Tranquilo. Afuera no están los de Shibusawa. Solo refuerzos nuestros haciéndose pasar por ellos. Kashiwagi se llevó una mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacó la carta doblada. La misma que Ryohei le entregó, la agitó en el aire como si fuese un libreto ya ensayado. —Kazama-san pidió esta farsa. Hacer creer que Shibusawa venía a ajustar cuentas, mientras sus propios hombres llenaban la entrada. Una jugada de distracción para que Murakado se replegara. Ryohei se pasó la lengua por los labios partidos, tragando saliva y enojo. —Entonces lo que tuve fue una obra de teatro sangrienta para salvarme… —ironizó—. ¿Kazama dirige también en el Cabaret Grand? Kashiwagi arqueó una ceja. —Digamos que no era teatro por gusto. Si interveníamos a cara descubierta, estallaba una guerra. Kazama ordenó que yo fingiera mantenerme al margen, aunque moviera piezas en la sombra. El joven chasqueó la lengua, dolido. —Ustedes juegan con piezas. Yo casi pierdo las mías. Hanzo le dio una palmada seca en el hombro. —Muchacho, estás vivo. Eso basta de momento. Pero Ryohei, todavía incrédulo, insistió: —¿Cómo llegó usted hasta aquí, maestro? ¿Fue Kato? El anciano guardó silencio, con una sombra en la mirada. Kashiwagi respondió por él, como quien deja caer una piedra en un estanque: —No subestimes a ese guardia. Sí, Kato avisó… pero Hanzo no necesitaba mucha guía. —Y, tras una pausa, soltó la bomba—. Alguna vez perteneció a la familia Kazama. El estudiante lo miró atónito. —¿Qué…? Hanzo no negó ni confirmó. Solo clavó los ojos en el vacío, como si las cicatrices hablaran por él. Kashiwagi dobló la carta y la guardó. —Ese guardia y tu amigo están siendo atendidos. La policía llegará pronto. Mis hombres se retiran ya. Se giró hacia Ryohei. —Luego resolveremos tus dudas. Me alegra que sigas de pie, aunque sea tambaleando. Y con esa frase seca, se perdió por el pasillo. Hanzo sostuvo al joven y lo guió hacia la salida. —Vamos, Tachibana. Yo te cubro… El metal del ascensor suspiró al ponerse en movimiento. Afuera, la ciudad rugía con su ruido habitual, pero dentro todo era estrecho: golpes frescos en la piel, el eco de los latidos, el olor metálico de la sangre. Ryohei apoyó la frente contra la pared fría un instante antes de girar hacia Hanzo. —¿Cómo… usted estuvo con la familia Kazama? —balbuceó, con voz rota—. ¿Fue yakuza? El maestro soltó un suspiro largo, como quien desempolva un recuerdo que nunca termina de apagarse. —En mi juventud, sí —admitió—. Cuando Kazama empezó a forjar su familia, yo estuve allí. El anciano bajó la mirada un segundo, como si evaluara cada palabra antes de soltarla. —No era de los que disparaban desde la sombra. Peleaba con los puños, corría por los tejados… —una sonrisa breve se asomó en su rostro curtido—. Hice cosas que no le pediría a ningún muchacho. Su expresión se endureció otra vez, la voz bajó medio tono. —Pero nunca maté con un arma. El herido arqueó una ceja, incrédulo. —¿Correr por los tejados? —ironizó—. ¿Como un acróbata? La risa seca de Hanzo llenó el cubículo. —Hoy lo llaman parkour. Entonces, era solo ingenio. Entraba y salía sin ser visto. Tenía mis códigos… y un día decidí renunciar. El ascensor descendía lento. Los números del panel se encendían como si bajaran hacia otra vida. —¿Renunciar? ¿Por qué? —insistió Ryohei, todavía jadeante. El anciano clavó la vista al frente, los ojos hundidos en memorias que no compartía por completo. —Por mi familia. Me casé, tuve un hijo… y preferí sus vidas antes que la prosperidad teñida de violencia. Abrí un dojo para alejarlos de todo esto. No elegí la sangre ni el cuchillo. La frase lo golpeó más que cualquier puñetazo. El muchacho apretó los labios, intentando encajar la idea de un yakuza que eligió la paz. —¿Y Kazama-san lo dejó ir sin más? —preguntó—. ¿Sin pedir un dedo, sin juramentos eternos? Hanzo asintió despacio, una sombra de gratitud cruzándole el rostro. —Me permitió partir. Ni castigos ni deudas. Hanzo alzó la mirada, y en su rostro se dibujó una gratitud contenida. —Y yo, en agradecimiento, le pedí que fuera padrino de mi primer hijo. El ascensor descendía lento, y las palabras quedaban suspendidas en el aire. —Desde entonces, su familia protege el dojo. Un pacto silencioso de respeto mutuo. Ryohei se sostuvo el costado herido, sorprendido por la lealtad oculta entre líneas. —¿Y cómo supo lo mío? —inquirió—. ¿Que era un Tachibana? ¿Desde cuándo lo sabía? El maestro guardó silencio un instante. —Hay cosas que se leen en los gestos si sabes mirar. Y algunos nombres llegan con el viento —respondió al fin, enigmático—. No era algo que se anunciara. El joven lo miró con reproche, el dolor mezclado con incredulidad. —¿Eso es todo? —gruñó—. ¿Me dejó entrar a la hoguera sin advertirme? Los ojos de Hanzo se ablandaron, cargados de una culpa tranquila. —Lo lamento. Debí verlo antes. Te dejé cargar un peso que no correspondía a tu edad. Se inclinó, un gesto breve y sincero; la costumbre lo precedía, pero el joven lo detuvo con un movimiento de la mano. —No se inclines, por favor —dijo Ryohei, la voz ronca—. Míreme a los ojos. El maestro alzó la cabeza y fijó la mirada en la suya. Fue un intercambio de voluntades: el viejo que pedía perdón sin palabras y el joven que exigía reconocimiento. —Si quieres aprender, si quieres forjar tu propio estilo, seré tu maestro personal —prosiguió Hanzo, la voz ya firme—. Yo mismo te entrenaré. No prometo atajos… solo honestidad y trabajo. Se hizo un silencio cargado. El muchacho tragó saliva; la boca le sabía a sangre y promesa. —Está bien —susurró al fin—. Acepto. Se apoyó contra la pared, el cuerpo aún vibrando por los golpes. Cerró los puños un segundo antes de soltar lo que llevaba encima. —Pero hay condiciones. Primero debo saldar lo pendiente: mi familia, el Lote Vacío, y el examen de ingreso a la facultad. No puedo quedarme a entrenar mientras todo eso esté en el aire. Hanzo asintió, con la gravedad de quien entiende el precio de una promesa. —Lo sé. Esperaré. Cierra tus cuentas primero. Cuando todo eso esté en su lugar, empezaremos. Y no te formaré sólo para pelear: te enseñaré a sostener una vida sin romperla. El descenso culminó en la planta baja. La puerta del ascensor se abrió y el aire frío de Kamurocho los recibió de golpe. Afuera, la noche rugía con su ruido habitual: motores, neones parpadeando, voces cruzadas. Ryohei apoyó el pie en el suelo, cada músculo adolorido. Magullado, pero con un juramento nuevo latiéndole en el pecho. Hanzo lo sostuvo apenas con un brazo, y juntos avanzaron hacia la salida del Kaminari Plaza. El breve tramo hasta el frontis parecía eterno. Allí los esperaba la realidad: Kenji sentado en un banco, con un pan entre los dientes y una botella de agua en la mano, recuperando energías. Una enfermera terminaba de cubrirle una raspadura con gasas. Más allá, Kato era trasladado en camilla hacia la ambulancia, rodeado de paramédicos. —¡Ryo! —Kenji dejó caer el pan al verlo aparecer—. ¿P-pero qué demonios te hicieron? El muchacho levantó una mano con torpeza, intentando restarle gravedad. —Detalles, detalles… —bromeó con un hilo de voz—. Murakado se fue. Todo terminó por ahora… gracias a Hanzo-sensei. Los ojos de Ryohei se movieron hacia la camilla. —¡Kato! Con ayuda del maestro se acercó hasta él. El guardia, pálido pero consciente, intentó sonreír. —Tranquilo —jadeó—, diré que son gajes del oficio… Alzó la mano buena, ofreciéndola. Ryohei la tomó con firmeza. —Prométeme que te harás fuerte —pidió Kato—. Y que algún día nos enfrentaremos en el tatami. No como enemigos… como rivales. El muchacho asintió, la voz quebrada pero segura. —Cuando todo esto acabe, cuando Murakado esté tras las rejas, nos enfrentaremos. Pero dame paciencia… aún debo volverme fuerte. El herido sonrió débilmente. —Eso dalo por hecho. Hasta yo podré ayudarte… Ambos rieron apenas, aunque el dolor los obligó a morderse los labios en el intento. Un paramédico se inclinó sobre la camilla. —La bala no tocó nada vital. Quien le hizo el torniquete lo salvó. ¿Fue usted? Ryohei se rascó la nuca, incómodo. —Digamos que sí. Fue una medida desesperada… lo justo para ganar tiempo y que bajaran a pedir ayuda. —Hizo bien —aprobó el hombre de blanco—. Lo llevaremos al hospital para extraer el proyectil. Señaló discretamente a los uniformados que aguardaban a un lado. —La policía quiere que preste declaración. El otro chico ya habló. —De acuerdo. Las sirenas se encendieron en la distancia mientras la camilla desaparecía rumbo al vehículo. El sonido se perdió calle abajo. Minutos después, tras declarar lo justo y omitir lo que debía permanecer en las sombras, quedó solo con Hanzo y Kenji en el frontis del edificio. El herido miró a su amigo con calma. —Te llevaré a Little Asia. El abuelo Chen podrá revisar tus heridas y darte una cama decente. Kenji bebió un sorbo de agua y sonrió cansado. —Necesito dormir. Y avisar a mis padres de que sigo vivo… gracias a ti. —Después de descansar, tenía pensado que fueras a Sotenbori. Hay cierta chica preocupada por ti… —comentó su amigo con una mirada cómplice. —¿Q-qué? —Kenji casi se atragantó con el agua. El anciano carraspeó, solemne pero divertido. —Los jóvenes y el amor… nada cambia. —Hasta el maestro se dio cuenta —remató Ryohei, con media sonrisa. La risa breve de los tres quebró por un instante la tensión. Tomaron un taxi rumbo a Little Asia. Entre luces de neón, heridas y promesas, la noche seguía latiendo sobre Kamurocho. Durante el trayecto, Ryohei se frotaba la mano derecha con gesto incómodo. El vendaje improvisado ocultaba la marca, pero el dolor aún ardía. En la declaración a la policía había explicado la verdad: Murakado le había pisado la mano con toda su fuerza durante la pelea. Solo había resultado en una contusión, nada roto, pero cada movimiento recordaba el peso de aquel pie sobre su futuro. Hanzo lo observó en silencio, reconociendo en ese gesto lo que ya había escuchado. Kenji, a su lado, también lo notó, pero ninguno dijo nada. El silencio del taxi estaba cargado de respeto, y de un miedo compartido a lo que pudo haber significado perder esas manos. Al llegar, el aire del callejón estrecho los envolvió con su mezcla habitual de vapor y especias. Los letreros en mandarín brillaban en rojo y dorado, y el murmullo de la comunidad se entrelazaba con el chisporroteo de los woks en los restaurantes. El lugar respiraba como un corazón oculto en medio del distrito. En la entrada del restaurante, los esperaba Chen. Con las manos cruzadas en la espalda y la mirada cargada de años, alzó las cejas al verlos acercarse. —Xiǎo Hǔ… —murmuró con gravedad—. Veo que lograste rescatar a tu amigo. El anciano atrapó la mano vendada de Ryohei y la sostuvo con firmeza, como si quisiera leer lo que escondía. —¿Estás bien? —Sí, abuelo —respondió el joven con respeto—. Llegó personal de la policía y los paramédicos. Me atendieron, no fue fractura… pero todavía duele. Kenji, a un costado, se inclinó con torpeza. —Espero no causar problemas, señor Chen. La arruga en los labios del anciano se suavizó. —Eres el mejor amigo de mi nieto. Eres bienvenido en este lugar cuando quieras, jovencito. Te preparé una cama para que descanses. Sus ojos pasaron luego hacia Hanzo. —Gracias por ayudar a Xiǎo Hǔ en esto, Hanzo-san… y por proteger Little Asia cuando yo no estoy. El aludido arqueó una ceja. Ryohei se giró de golpe, desconcertado. —¿Espera qué? ¿Se conocen? El anciano asintió despacio. Con pocas palabras, explicó lo esencial: tras el incidente en Little Asia provocado por Dojima y Kazama, Hanzo estuvo allí. Ayudó a evacuar a varios sobrevivientes en secreto y, después de aquello, tomó la decisión de abandonar la yakuza para proteger a su familia. El joven escuchó en silencio, uniendo piezas que hasta entonces no conocía. Finalmente asintió. —Entiendo… De todas maneras, le vuelvo a agradecer, Hanzo-sensei. —No me agradezcas, muchacho. Te esperaré en el dojo para comenzar tu entrenamiento. Hasta entonces, no se te ocurra morir… ¿de acuerdo? Con esa advertencia, se dio media vuelta y se internó en el callejón hasta perderse entre sombras. Ryohei se giró hacia Chen, aún con preguntas en la mirada. —¿Y mi hermano? —Se está dializando donde siempre —respondió el anciano con calma—. Pidió verte apenas llegaras. —Voy. El ruido de Little Asia siguió envolviéndolos, como si la ciudad nunca dejara de latir, aun cuando sus heridas ardían con cada paso. El zumbido constante de la máquina de diálisis llenaba la sala con un ritmo monótono. El aire olía a antiséptico y té amargo; a lo lejos, los neones de Kamurocho parpadeaban tras las persianas, como un corazón que latía fuera de compás. Chen había llevado a Kenji a una habitación contigua, lo dejó arropado y con una taza de agua en la mesita de noche. Ahora, solo quedaban ellos: un hermano conectado a tubos y otro con la ropa arrugada y las vendas aún frescas de sangre seca. Tetsu abrió lentamente los ojos al escuchar pasos. Cuando distinguió la silueta frente a su cama intentó incorporarse, pero Ryohei lo empujó con suavidad para que volviera a recostarse. —Quieto ahí… —murmuró el menor, con la voz debilitada por el agotamiento—. No te esfuerces. —¿Qué son todas esas vendas? —insistió, aunque el cuerpo le temblaba al moverse. —No es grave —respondió su hermano, acomodándolo de nuevo—. Me dieron una paliza, pero sigo en pie. Kenji está a salvo; el abuelo lo cuidará esta noche. El suspiro de Tetsu se mezcló con el pitido de la máquina. Un silencio pesado, cargado de preguntas, se instaló en la sala. —¿Cómo terminó todo en Sotenbori? —logró articular al fin—. ¿Qué ocurrió exactamente? Ryohei se sentó en el borde de la cama. Las rodillas crujieron al moverse, y las vendas tironearon contra su piel. Relató lo ocurrido con calma, sin adornos: la carta de Sera, la emboscada en la carretera bajo el rugido del helicóptero, la traición de Oda, la maniobra de Kashiwagi, la infiltración en el Kaminari Plaza y, al final, el rescate de Kenji. El ceño de Tetsu se fue frunciendo mientras trataba de procesar cada pieza. —¿Oda… los atacó? —preguntó con voz tensa, sin sorpresa, solo con un peso que ya intuía. —Sí. —El menor bajó la cabeza—. Intentó matarnos. Las manos del mayor apretaron la sábana, temblorosas. —¿Y qué pasó con él? El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier palabra. —Él… murió, hermano —dijo al fin, la voz baja, quebrada—. Nos dio tiempo para escapar. Nos cubrió y luego escuché un disparo. Tetsu clavó la mirada en el techo. La noticia se asentó en cada pitido de la máquina, lenta, dolorosa. Durante un momento no habló; cuando lo hizo, su respuesta fue un suspiro largo. —Cuando llegue Kiryu te daremos los detalles… pero no puedo odiarlo —comentó su hermano, pausado—. Si es posible, busquen su cuerpo. Merece una sepultura. La voz del menor se suavizó, apenas un hilo cargado de emoción. —También me dijo algo antes del final. Que… te amaba de verdad. No puedo olvidar lo que intentó hacer, pero quiero recordarlo por lo bueno, por habernos salvado. El mayor cerró los ojos un instante. Al volver a abrirlos, su mirada estaba cansada, pero menos turbia. —De acuerdo… —sentenció al fin—. Ordenaré que lo busquen. Ryohei asintió con la mandíbula apretada. Después bajó la voz, como si hablara con una promesa. —Kenji está seguro. Nuestra hermana está con Kiryu, aunque aún no puede vernos. Hermano, quiero que algún día recupere la vista. Que pueda mirarte. El hombre conectado a tubos se dejó envolver por el zumbido de la máquina. Cerró los ojos buscando calma y, al abrirlos otra vez, había en ellos un destello de alivio. —Xiao Qiao… —murmuró—. Apenas termine de dializarme, iremos. ¿Puedes llevarme? —Lo haré —respondió el otro con firmeza—. Te lo prometo. Afuera, la ciudad seguía con su concierto de luces, faroles y cláxones. Dentro, los dos hermanos compartían un silencio breve y necesario; ese silencio en el que se ordenan planes y dolores antes de volver a la calle. Ryohei revisaba de tanto en tanto que la máquina de diálisis siguiera funcionando. Con suavidad le limpiaba la frente a Tetsu y, entre medias, disimulaba sus propios gestos de dolor para que él no los notara. La puerta se abrió. Al alzar la vista, vio a Kiryu acompañado del médico de Little Asia. El visitante se detuvo ante la escena: un Tachibana débil conectado a tubos y el otro cubierto de vendajes y magulladuras. —Tachibana… —la voz grave se dirigió primero al mayor, después al menor—. ¿Y esas heridas? El aludido apenas levantó la cabeza. —Estoy bien. —La ironía apenas alcanzó a suavizar la respuesta—. Heridas de guerra, supongo. —Me comentaron que trajiste de regreso a tu amigo, ¿es cierto? —Sí —admitió, bajando la mirada—. No sin una paliza de por medio y un guardia herido por culpa de Murakado. Lo normal. Un leve movimiento sobre la cama los hizo girar: Tetsu había abierto los ojos. —Hermano… —alcanzó a susurrar Ryohei. El médico, terminando de desconectar las mangueras, explicó con calma: —Estos días ha estado más débil. Su condición empeoró, pero conseguimos estabilizarlo. Despertó cuando Ryohei llegó. Cuidó con rapidez la zona de la extracción, colocó un vendaje firme y se dispuso a marcharse. —Tómense el tiempo necesario —dijo, guardando el material—. Ayúdalo a vestirse; su ropa está en esa silla. —Gracias, doctor. —Ryohei asintió mientras tomaba las prendas. El sanitario se retiró, dejando a los tres hombres a solas. El menor ayudó despacio a su hermano a incorporarse y sentarse en el borde de la cama. Kiryu rompió el silencio: —Logramos traer a Makoto Makimura a Kamurocho. La dejé en el parque del oeste, con un vagabundo que la está cuidando. Ella… espera encontrarse contigo. —Te dije que la habíamos traído, hermano. —El gesto de Ryohei se suavizó un instante; luego miró al visitante, con un dejo de gratitud—. Gracias, compañero. Tetsu exhaló despacio, todavía con la voz áspera: —Por lo que me contó mi hermano y lo que acabas de decir… supongo que Oda-san te habló de ella. Que te dijo que Makoto era nuestra hermana. ¿Verdad? —Solo le conté parte de lo ocurrido —respondió Ryohei mientras lo ayudaba a ponerse la camisa—. Quise esperarte para dar juntos los detalles. El mayor bajó la cabeza. —Supongo que te debo otra disculpa. Pensaba contártelo todo cuando esto terminara… aunque le dejé claro a Oda-san que no dijera nada. La mandíbula del menor se tensó, pero no dijo palabra, limitándose a ajustar los botones. Kiryu habló entonces sin rodeos: —Tachibana, Oda intentó matarnos. Sobre todo a Makoto. La reacción del hombre en la camilla fue inmediata. —¿Pueden darme los detalles? —pidió, la voz cargada más de ruego que de exigencia. Cuando estuvo vestido, los dos se sentaron a su lado y contaron sin adornos: la traición de Oda, la venta de Makoto a la mafia coreana sin saber quién era, y su sacrificio final para enmendar el error. Ryohei cerró la explicación con un hilo de voz: —Por eso te dije que no puedo odiarlo. Sí, vendió a nuestra hermana… pero… Kiryu completó la idea, sombrío: —He intentado contactarme con él desde que dejamos Osaka, pero no ha sido posible. El menor apretó los puños sobre sus rodillas. —Cuando escuché ese disparo en los galpones tuve un presentimiento. Oda ya no está. —Eso me lo dijo Ryohei… Oda-san ya no está vivo. Siento que todo esto es mi culpa. —¿Por qué te estás culpando? —preguntó el menor, inclinándose hacia él. El suspiro que siguió parecía arrastrar una década de peso. —Hace diez años decidí huir contigo, escapando de mi propio destino. Esa decisión convirtió la vida de mi madre y de mi hermana en un caos. Y ahora… le costó la vida a Oda-san. Kiryu dio un paso al frente. —Tachibana… —su voz fue baja, firme. Ryohei permaneció en silencio, apretando los puños junto a las rodillas de su hermano. El mayor continuó, con la mirada perdida en algún punto del techo: —En China nos rechazaban por nuestra sangre mestiza. Me llamaban “El Demonio Japonés”. El menor endureció la expresión. —Ese apodo… —Venía del odio hacia Japón, por la guerra —explicó Tetsu. El silencio se volvió palpable. —Crecí temiendo a todos —prosiguió—, hasta el día en que decidí huir… dejando a mi familia a su suerte. Pero… Kiryu inclinó apenas la cabeza. —¿Pero? Fue Ryohei quien completó con un hilo de voz: —Me encontraste como polizón, empeñado en seguirte. —Podía haberlo dejado abandonado, pero era solo un niño. Me siguió… y no podía dejarlo solo. Y aun así, en China nos odiaban por ser japoneses; en Japón, éramos unos malditos chinos. —Hermano… —susurró el menor. —Los primeros días en Sotenbori hice lo que pude para que sobreviviéramos —continuó Tetsu—. Nos defendimos como pudimos, hasta que logré que tuvieras la nacionalidad legal. La voz de Ryohei se quebró con un recuerdo: —Ese cinco de diciembre… aún lo recuerdo con cariño. —Después decidí entrar al bajo mundo. —El mayor bajó la mirada, con pesar—. Una vez que pisas ese lugar solo puedes avanzar devorando a otros. Mostrar debilidad significa que te devoran… y arrastran a tu familia contigo. El silencio volvió a instalarse, denso, como un humo invisible que llenaba la sala. Tetsu permanecía sentado al borde de la cama, la camisa abrochada, la espalda encorvada por el cansancio y la mirada fija en un techo que parecía muy lejos. Cuando habló, las palabras pesaron más que su cuerpo debilitado. —Cuando finalmente sucumbí a la oscuridad —dijo, con la voz temblorosa— nada me importaba. Solo la diferencia de poder… y alejar a Ryohei de ese camino, aunque me costara a mí mismo. Se detuvo unos segundos, tragando saliva con dificultad, como si cada recuerdo tuviera filo. —Fue entonces cuando supe que mi madre y mi hermana estaban en Japón. En Kamurocho. El hilo de voz se quebró, conteniendo la pena. —Después del secuestro y de perder la mano dejamos Sotenbori. La idea era empezar de nuevo, pero también buscarlas. Usé todo lo que había conseguido para asentarme en la ciudad… y levanté una red de inteligencia. El menor lo miraba con el ceño fruncido. —¿Qué habrías hecho si las hubieras encontrado? —No tenía idea—confesó Tetsu, cerrando los ojos un instante—. Solo tenía claro que no podía seguir viviendo sin saber cuán miserable había sido por abandonarlas en China. El aire se tensó con su suspiro largo. —Al final, lo único que descubrí fue que mi hermana había desaparecido de Kamurocho. Nuestra madre y el abuelo habían muerto… dejando como herencia un terreno. A ti y a ella. Los labios de Ryohei se apretaron en una línea seca. —Tú me dijiste que habían muerto en China, víctimas de la guerra. —Te mentí —admitió el mayor, bajando la voz—. No quería que cargaras con ese peso. Era mi responsabilidad encontrarlas. Después… vería cómo contártelo. El muchacho bajó la mirada, con los puños cerrados. —Hermano… —En mi investigación descubrí que ese terreno heredado era un obstáculo para el gran proyecto de reurbanización de la ciudad. Kiryu, que hasta entonces había escuchado en silencio, intervino con la voz grave: —¿Te refieres al Lote Vacío? —La familia Dojima estaba invirtiendo sumas colosales en bienes raíces. Si el plan salía como esperaban, obtendrían diez veces lo invertido. Pero si el lote se interponía… todo se vendría abajo. Ryohei levantó la vista, incrédulo. —Eso nos ponía a mi hermana y a mí en la mira de la yakuza. —Exacto —confirmó Kiryu con gesto sombrío—. Y eso es lo que hemos vivido estos días. —Por eso me lo ocultaste —acusó el menor, la voz cargada de reproche—. Para que yo no estuviera involucrado. Para mantenerme a salvo. Tetsu inclinó apenas la cabeza. —Al principio pensé que tu parte era un error. Pero al confirmar que no lo era… y que Makoto era nuestra hermana… acudí a Kazama-san. Le pedí protección para ustedes. Kiryu dio un paso hacia la cama, con la mirada fija en él. —Así que ahí nació la alianza. Pero dime… ¿qué ganaba él en todo esto? —Kazama-san temía que Sohei Dojima adquiriera un poder que ni él mismo podría detener. —¿Más poder del que ya tiene? —La influencia de Dojima no conoce límites —explicó con dureza—. Kazama-san temía que ese poder lo embriagara, que perdiera el juicio. Si se hacía con el Lote Vacío, se convertiría en capitán del Clan Tojo… y después en el tercer presidente. Ni siquiera él podría enfrentarlo. Un silencio espeso se adueñó de la habitación, como si las paredes escucharan. Ryohei lo rompió con un murmullo incrédulo: —Entonces… la carta que me dio Sera, el plan para rescatar a Kenji… ¿todo formaba parte de esa alianza? —En parte, sí. ÉL sabía que intentarían usar a los nuestros para llegar al lote. Por eso me pidió que levantara la inmobiliaria en Kamurocho, sobre la red de inteligencia que ya había formado. El menor entrecerró los ojos. —Entonces… ¿Tachibana Real Estate era solo una fachada? —No del todo. —Negó con la cabeza, firme—. Era el único camino para obtener el lote completo y protegerlos a ambos. De paso, reunir el poder suficiente para sostenerlo. Kiryu mantuvo la mirada en él, cada palabra cayendo como sentencia. —¿Lo que quieres decir es que la inmobiliaria… fue idea de Kazama-san? Tetsu asintió, y por primera vez en mucho tiempo, en su mirada brilló un destello de respeto. —El nacimiento de la inmobiliaria, el tablero que se movió alrededor del Lote Vacío… todo se desarrolló como él lo había planeado. Shintaro Kazama… realmente es un genio. Kiryu y Ryohei se quedaron un momento en silencio, procesando la magnitud de esa simple frase. —Aún me cuesta creer que lo haya previsto todo —murmuró el menor, la voz rota por el cansancio. Tetsu clavó la mirada en el ex yakuza un instante, luego la volvió hacia su hermanos. —La razón por la que tú y yo terminamos en este mismo bando fue él —dijo despacio—. Yo buscaba reunir a mi familia; él, controlar al Clan Tojo desde la sombra. Se puso en pie con esfuerzo. La luz fría de la lámpara dibujó arrugas más profundas en su rostro. Al mirar a Ryohei, la voz le falló. —Nuestra hermana… —comenzó—. Tras haberla abandonado, tengo todo el derecho del mundo a que me odie. El silencio que siguió fue tan ancho que parecía tragarlos. La garganta del mayor tembló; las palabras le pesaban. —Hace unos días Sera-san me dijo que ella perdió la vista —balbuceó, la mirada al borde de romperse—. Pensé que sería mejor ocultártelo; creí protegerte. Ryohei bajó la cabeza; su propia voz vino a medias, apenas un hilo. —No tenías por qué cargarlo solo. Un ahogo. Un gesto: Tetsu ya no pudo contenerlo. La primera lágrima se deslizó, luego otra. Ryohei la siguió, sin poder apagar el nudo en la garganta. Era como si años de silencio rompieran una presa en ambos. —La mujer que me han descrito —continuó el mayor, con la voz despedazada—, esa Makoto Makimura… es la hermanita que recuerdo. El llanto se convirtió en sollozo. Ryohei se lanzó hacia él y lo abrazó con fuerza, cuerpo contra cuerpo, como si ese contacto pudiera pegar los pedazos rotos. —Hermano —susurró, entre lágrimas, apretando la espalda contra la de Tetsu—. No tienes que pedir perdón. Tetsu correspondió el abrazo con la misma intensidad, como si necesitara sostenerse de alguien que no iba a desaparecer. —Perdóname —tragó aire con violencia—. Por ser el cobarde que se marchó. Por todo lo que les he hecho pasar. Ryohei negó con la cabeza, la cara enterrada en el hombro de su hermano. —No tienes que disculparte —dijo con voz ahogada—. Haz sido una inspiración para mí. Has sido padre y hermano. No me debes nada. —Ryohei… no pienso huir nunca más, voy a luchar por ustedes dos, para volver a ser una familia. Kiryu los vio, conteniendo el silencio con respeto. Luego, sin perder la compostura, dejó caer una palabra que vino a templar la emoción. —Su larga espera terminó —observó con calma—. Y te digo una cosa: ella no te odia. Necesita ayuda. Los dos. El alivio mezclado con el peso no borró todo, pero aflojó un poco la presión en el pecho de Tetsu. Ryohei, aún con lágrimas en las mejillas, miró a Kiryu como quien pide un último favor. —No me gusta deber favores… —dijo, la voz quebrada por la emoción—. Pero por favor: tráela a mi hermano. Te lo pido como amigo. El ex-yakuza posó una mano en su hombro, un gesto sobrio que lo dijo todo. —Cuenta con ello. En ese instante la puerta se abrió de golpe. El médico apareció pálido y al borde del pánico. —¡La familia Dojima está aquí! —gritó sin preámbulos—. Exigen que entreguemos a los Tachibana. La frase cayó como un cubo de agua fría. Rápidamente Ryohei se apartó del abrazo y se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Su expresión se cerró; la pena dio paso a la ira contenida. —Doctor —ordenó con voz firme—. Lleve a Kenji a la otra habitación y enciérrese con él. No deje que se acerquen ni un paso. El sanitario asintió y, sin detenerse, salió disparado con paso firme. Tetsu, aún temblando, murmuró con incredulidad: —¿Justo ahora? —Justo ahora —repuso Kiryu, poniéndose en guardia—. ¿Estás en condiciones? —Sí —respondió el mayor, apartando con un hilo de ironía el temblor de su voz—. Iré. —¡Dense prisa! —rugió Ryohei. El mandato cortó la habitación; la urgencia era un filo. En menos de un minuto, varios hombres de negro con el pin de la familia Dojima cruzaron la puerta. Ojos fríos, pasos seguros; su presencia oliendo a amenaza. —¡Aquí están los Tachibana! —vociferó uno al entrar, la sala llenándose del olor del peligro. El grupo avanzó con intención, la habitación reducida a una jaula. Ryohei y Tetsu se colocaron lado a lado; su compañero un paso adelante, cuerpo tenso, preparado. —¿Así que vienes por los Tachibana? —siseó Kiryu, la voz baja como una advertencia. El que parecía el líder escupió su desprecio y añadió, cargado de odio: —Tú también estás aquí, Kiryu… Deberías haber muerto hace tiempo. El antiguo yakuza no se movió. Su postura era un muro. Sus manos se cerraron en un gesto preparatorio. El silencio se contrajo hasta que cada respiración pareció una bomba de tiempo. La pelea iba a estallar. La ciudad fuera seguía su latido indiferente, pero dentro de aquella habitación se definían destinos: justicia, venganza y secretos que aún no querían abandonar la noche. La sala se llenó de caos. El aire, antes saturado por el olor del antiséptico, se convirtió en un campo de batalla improvisado. Los hombres de la familia Dojima irrumpieron con un estruendo seco de botas y gritos, moviéndose con la precisión de un grupo acostumbrado a la violencia. Kiryu fue el primero en reaccionar. Su cuerpo se deslizó entre los atacantes con una ferocidad contenida, cada golpe una mezcla de técnica y rabia. El estilo Dragón se desplegó en toda su gloria: la velocidad del Rush, la contundencia del Brawler y la brutalidad del Beast se entrelazaban en una coreografía letal. Un enemigo cayó de espaldas con un chasquido. Otro voló por el aire tras recibir un gancho directo al rostro. El atacante se movía como un depredador en su elemento. A un costado, Ryohei observaba la escena, paralizado entre el miedo y el impulso de actuar. Cuando uno de los matones giró hacia ellos con una navaja en la mano, el cuerpo del hermano menor se adelantó sin pensar. No hubo técnica. No hubo plan. Solo instinto. Esquivó el ataque con un movimiento rápido, casi torpe, y su pierna reaccionó por pura supervivencia. La patada salió con más fuerza de la que habría imaginado. Golpeó al agresor directo en el estómago; el impacto le robó el aire y lo lanzó hacia atrás, chocando contra una pila de cajas que se desplomaron con estrépito. El silencio duró un segundo. Tetsu lo miró, incrédulo. Luego, en su rostro se dibujó una mueca de orgullo mal disimulado. —¿Esa fuerza? —preguntó, apenas conteniendo la sorpresa. Ryohei respiraba agitado, las manos temblorosas por la descarga de adrenalina. —No preguntes —respondió con una media sonrisa—. Ya varios me lo han dicho. El comentario rompió por un instante la tensión, pero la pelea seguía. Dos hombres se lanzaron contra Kiryu; uno terminó estampado contra la pared, el otro cayó al suelo con una llave que le dislocó el hombro. El resto dudó, pero el orgullo los empujó hacia adelante. Fue su error. El atacante giró sobre su eje, tomó a uno por el cuello de la chaqueta y lo arrojó contra la camilla metálica. El sonido del impacto retumbó como un golpe de martillo. Ryohei, aún con el corazón desbocado, aprovechó el desconcierto de otro atacante y le propinó un rodillazo que lo dobló de dolor. Tetsu, sin moverse demasiado, lo observaba todo con una mezcla de asombro y alivio: su hermano no era un luchador, pero tampoco un espectador indefenso. En menos de un minuto, la sala volvió a quedar en silencio. Solo quedaban cuerpos inconscientes, respiraciones entrecortadas y el zumbido lejano de las lámparas fluorescentes. Kiryu se enderezó, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano. —¿Se encuentran bien? —preguntó, sin perder la alerta. —Sí —respondió su compañero, señalando con el mentón al tipo que había mandado volar—. Solo se acercaron dos. Hizo una pausa y añadió, con media sonrisa fatigada. —Tampoco preguntes qué pasó, ¿de acuerdo? Tetsu miró alrededor. Los hombres caídos respiraban, aunque ninguno parecía dispuesto a levantarse pronto. —Al parecer eran los únicos… al menos por ahora. El de traje blanco frunció el ceño. —Si saben que nos escondemos aquí, no tardarán en regresar. —Eso me preocupa tanto por mi hermano como por Kenji. —Comentó su compañero. —Entonces hay que moverlo —dijo Tetsu, recobrando el tono práctico—. Sáquenlo de Kamurocho cuanto antes. El menor pensó un instante, la decisión viniendo con rapidez. —A la casa de Kyomi, en Sotenbori. Es el lugar perfecto. Kiryu asintió, serio mirando los cuerpos inconscientes. —Mientras tanto, nosotros debemos salir de aquí. —Por la entrada trasera —ordenó Tetsu, ajustándose la camisa—. Síganme. Los guiaré. Los tres se movieron entre los cuerpos caídos, con el sonido de sus pasos mezclándose con el pitido débil de una lámpara. El silencio del pasillo era antinatural. Ni un murmullo, ni un paso. Solo el zumbido eléctrico de una lámpara parpadeante y el leve eco de sus respiraciones. Era la calma que antecede al caos. El respiro antes de la siguiente tormenta. Los tres salieron de la sala. El aire del corredor olía a óxido, sudor y peligro. Subieron las escaleras que conducían a la salida trasera; cada peldaño crujía bajo sus pies, como si el propio edificio advirtiera lo inevitable. Al empujar la última puerta, el frío de Kamurocho los golpeó en el rostro. El viento nocturno arrastraba el olor metálico del smog, mezclado con el rugido lejano de los motores. Allá abajo, el distrito seguía respirando, ajeno a la guerra silenciosa que se gestaba en sus alturas. —Ya no podemos quedarnos mucho tiempo en Little Asia —jadeó el hermano mayor, apoyándose contra la pared para recuperar el aliento—. Debemos ir al Parque del Oeste, rápido. El ex yakuza lo observó de reojo. —¿Quieres ver a Makoto? —Mientras la familia Dojima siga tras el Lote Vacío, no estaremos seguros en ningún sitio. —Su tono se mantuvo firme, aunque la respiración era irregular—. La única salida es acelerar el papeleo para que mis hermanos dejen de ser los propietarios. El eco de los pasos se apagó. Tetsu se detuvo. Kiryu lo imitó. Ambos intercambiaron una mirada instintiva y se colocaron frente a Ryohei, formando una barrera silenciosa. —¿Qué pasa? —preguntó el joven, sin comprender la tensión que los había detenido. El silencio del mayor fue respuesta suficiente. Sus ojos lo decían todo. —Nos están vigilando —susurró apenas, sin mover los labios. Una ráfaga gélida cruzó el techo. El instante siguiente estalló en ruido: un disparo rompió el aire, y el hombro de Kiryu floreció en sangre. —¡Kiryu! —exclamó Ryohei menor, lanzándose hacia él. —Ayúdame a llevarlo adentro —ordenó su hermano con voz ronca. Ambos lo sujetaron, arrastrándolo hacia las escaleras interiores. El herido respiraba con dificultad, el rostro contraído por el dolor, mientras el suelo se teñía de rojo. Entonces una sombra cayó desde lo alto. Rápida. Precisa. Inhumana. El intruso aterrizó sin ruido, flexionando apenas las rodillas. El traje oscuro y el brillo metálico de su arma contrastaban con la luz amarillenta del neón. Su rostro, afilado y carente de emoción, tenía algo extraño, ajeno a las calles de Kamurocho. Un segundo disparo hizo saltar esquirlas de cemento, a un palmo de la puerta. —Es el peor enemigo posible —murmuró Tetsu, tenso mirando de reojo hacia el atacante. Kiryu apretó los dientes y sujetó su hombro ensangrentado. —¿Lo conoces? El recién llegado avanzó un paso, sereno, como quien ya domina la escena. El presidente de la inmobiliaria asintió con gravedad. —Lo vi una vez, en la mafia continental. Es el sicario más efectivo que existe. —¿Sicario? —Sí… —respondió a su hermano con voz grave—. Su nombre es Lao Gui. El desconocido se irguió frente a la entrada, apuntando con la pistola. Su mirada era de hielo. —¿Lao Gui? —repitió el ex yakuza, incrédulo. —El asesinato del Lote —continuó Tetsu—. La policía lo atribuyó a aficionados… pero fue obra de un profesional. Un escalofrío recorrió la espalda de Ryohei. —¿Crees que haya sido él? —Para alguien como él —musitó el otro—, eso debió de ser un simple trabajo. Kiryu jadeó de dolor, intentando mantenerse consciente. —¿Qué quieres decir? —Si un asesino de ese nivel trabaja para la familia Dojima, entonces él está detrás de la trampa que te tendieron. —¿Estas confirmando que él asesino a ese hombre? —preguntó su hermano recibiendo un asentimiento del mayor. La silueta del sicario avanzó un paso más, recortándose bajo el resplandor azul del neón. Su voz, cuando habló, fue de piedra: —Sal ahora, Li Hua. Me han ordenado atraparte, no matarte. —¿Qué está diciendo? —preguntó el ex yakuza, confuso. El menor tragó saliva. —Que quieren a mi hermano con vida. El arma se alzó lentamente. El aire se espesó. —Kiryu-san… —susurró Tachibana, observando la sangre que aún goteaba del hombro de su aliado—. En nuestra condición actual, no podemos huir de Lao Gui… ni mucho menos enfrentarlo. Sus ojos se movieron entre los dos hombres, cargados de determinación. —Deben escapar. —Luego, dirigiéndose al herido—. Cuida de mis hermanos. —No puedo dejarte solo —replicó Ryohei, la voz temblorosa—. Voy contigo. —No. —El tono fue firme—. A mí me quieren con vida, no a ti. —Pero soy el otro propietario —insistió—. Si me quedo contigo, estarán más cerca del Lote. —Precisamente por eso. —Su mirada se endureció—. Si no te buscan todavía, es porque te quieren libre… desesperado. —Pausó un instante, bajando la voz—. Y alguien tiene que sacarle esas balas a Kiryu-san. Estas a cargo a partir de ahora. ¿Entendido? El joven bajó la cabeza, mordiéndose los labios. —Hablas como si te despidieras… El mayor no respondió. Solo se enderezó con dificultad, se ajustó la ropa empapada y caminó hacia la salida. Su figura, recortada por el neón, parecía más grande de lo que era. —¡Hermano, espera! —gritó el menor. —¡Tachibana, no! —rugió el ex yakuza. Pero ya era tarde. El hombre se plantó frente al asesino, mirándolo de frente, y habló en chino con voz grave: —¿Por qué no buscas a mi hermano? —Solo tengo órdenes de llevarme al Tachibana mayor —contestó Lao Gui, impasible—. Él vive. Los demás no me importan. —Entonces compórtate —advirtió Tetsu—. Si quieres que siga con vida, no toques a nadie más. El sicario asintió una sola vez. —Ellos no están en mi contrato —dijo, con una frialdad cortante—. No significan nada. Ambos se alejaron hacia la oscuridad, sin mirar atrás. El joven quiso correr tras ellos, pero el peso del herido se derrumbó sobre su hombro. —Mierda… —alcanzó a murmurar Kiryu antes de perder el conocimiento. El muchacho lo sostuvo como pudo, con la respiración entrecortada, mientras veía a su hermano desaparecer entre los callejones. El eco de los pasos se diluyó en la noche, como si Kamurocho los tragara. Entonces, una voz conocida rompió el vacío. —Xiǎo Hǔ… —era el abuelo Chen, seguido de varios residentes de Little Asia. El joven parpadeó, intentando reaccionar. —¡Abuelo! —exclamó con la voz quebrada—. Se lo llevaron… se llevaron a mi hermano. —Se arrodilló junto al cuerpo del ex yakuza, presionando la herida—. ¡Necesito una camilla, ya! ¡Rápido! Chen no preguntó. Solo asintió. Y, mientras el viento nocturno azotaba los callejones del distrito, el muchacho juró en silencio que aquella no sería la última vez que vería con vida al hombre que lo había criado. El viento de Kamurocho rugía afuera, pero dentro solo se oían las respiraciones agitadas y el golpeteo de los pasos. Llevaron al herido en una camilla improvisada hasta una habitación de ladrillos húmedos y luces parpadeantes. El olor a metal y desinfectante se mezclaba con el humo de incienso. Allí, sobre una mesa de acero, Kiryu yacía con la camisa rasgada, la piel empapada de sangre, y el rostro aún consciente, aferrado al límite entre el dolor y la determinación. Ryohei se colocó junto a él, tembloroso, sin saber si por el frío o el miedo. —Tengo que sacarle la bala —dijo con voz entrecortada—. ¿El doctor está con Kenji? —Tal como le indicaste —respondió Chen, sereno, observando cómo el muchacho intentaba no desmoronarse. —Necesito el equipo médico que él tiene. —Se volvió hacia dos residentes—. Vayan por él. Rápido. Los hombres asintieron y salieron corriendo por el pasillo. La quietud volvió. Solo el goteo de agua y el zumbido de una lámpara acompañaban sus pensamientos. —Xiǎo Hǔ… —la voz del anciano sonó suave, pero firme—. ¿Crees poder hacerlo? El muchacho bajó la mirada. —Tengo miedo —confesó—. Mi hermano está allá afuera… tal vez ya siendo torturado por los Dojima. Y todavía no entiendo por qué no vinieron directo por mí. Chen entrelazó las manos detrás de la espalda. —Porque te quieren libre y desesperado. —Su tono era grave, casi profético—. Saben que con Tachibana-san en su poder, tú y tu hermana vendrán por él. Incluso entregarían el Lote Vacío si fuera necesario. —Algo similar dijo mi hermano… —murmuró—. Me quieren libre… y lo están logrando. —Apoyó las manos sobre la mesa quirúrgica, con los nudillos tensos—. Pero no pienso darles el gusto. La puerta se abrió de golpe. Kenji apareció junto al médico de Little Asia, ambos jadeando tras la carrera. —Ryo… —lo llamó el muchacho, acercándose—. ¿Estás bien? —Sí… pero él no. —Su mirada se posó en el cuerpo ensangrentado de Kiryu. El médico se inclinó sobre la herida y frunció el ceño. —Si no actuamos pronto, la pérdida de sangre lo matará. La bala no está en una zona vital, pero… un mal movimiento y podría desgarrarle una arteria. —Mierda… —susurró Ryohei. Una mano cálida se posó sobre la suya. Kiryu, aún consciente, lo miró con una calma que no correspondía a su estado. —Hazlo… —dijo con voz ronca—. Opérame, Ryohei. —Pero si fallo, podrías… —¿No quieres ser el médico de mi futura familia? —lo interrumpió con una sonrisa débil, ensangrentada—. Si no confío mi vida en tus manos desde ahora, nunca lo haré. Su compañero parpadeó, conteniendo las lágrimas. —Kiryu, yo… El hombre apretó los dientes por el dolor, pero mantuvo la mirada fija. —Pongo mi vida en tus manos, doctor Tachibana. Hubo un silencio. Luego, Kenji dio un paso al frente. —Te ayudaré. —Su voz sonó firme, más de lo que cualquiera habría esperado—. Mi padre me enseñó lo básico… lo he visto hacerlo muchas veces. El médico los miró a ambos, incrédulo. —¿Están locos? Ni siquiera tienen formación médica formal. El joven exhaló y enderezó la espalda. —No tenemos opción. —Su voz, antes temblorosa, sonó decidida—. El tiempo está en nuestra contra. Si quiero rescatar a mi hermano, necesito la ayuda de este hombre… y él necesita la mía. —Clavó la mirada en Kiryu—. Lo haré, compañero. Pero no me culpes si mueres. Una sonrisa apenas visible curvó los labios del herido. —No pienso morir… adelante, doctor. —¿Estás listo? —preguntó Kenji, preparándose. —Lo estaré —respondió el otro con un gesto afirmativo—. Empezaremos en diez minutos. Preparen el instrumental y la sedación. El joven se giró hacia el anciano. —Abuelo, necesitaremos hierbas medicinales para ayudar a la cicatrización. ¿Me ayudas? Chen asintió, una chispa de orgullo brillando en su mirada. —Dalo por hecho, nieto mío. El murmullo del agua se confundió con el sonido de guantes ajustándose y bandejas metálicas alineándose bajo la luz blanca. La tensión era una cuerda que nadie se atrevía a romper. Ryohei respiró hondo, observando a su alrededor: Chen preparando compresas, Kenji encendiendo la lámpara quirúrgica, el médico afilando bisturís y Kiryu mirándolo con esa fe irracional que solo se concede una vez en la vida. En ese instante lo comprendió. Ya no era un fugitivo ni un aprendiz: era el hombre entre la vida y la muerte. Y aunque su hermano estuviera lejos, aunque el enemigo aguardara en la oscuridad, su juramento se mantenía intacto. “Mientras mi corazón lata, no perderé a nadie más.” La lámpara brilló sobre su rostro decidido. El futuro doctor Tachibana tomó el bisturí y susurró: —Comencemos. El tiempo estaba en su contra, Tetsu lejos. Kiryu herido. Y un joven aspirante a médico dispuesto a luchar contra el destino.
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