ID de la obra: 964

Yakuza Zero - El Latido del Tigre

Gen
NC-17
Finalizada
2
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
646 páginas, 212.665 palabras, 27 capítulos
Descripción:
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Los Ojos de un Tachibana

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Capítulo 20

“Los Ojos de un Tachibana”

El sótano improvisado olía a desinfectante, humo y metal caliente. Una lámpara colgante oscilaba sobre la mesa de operaciones, proyectando sombras que se movían como espectros al compás de su balanceo. Kiryu yacía inconsciente, el pecho descubierto y las gasas empapadas; su respiración entrecortada marcaba un ritmo débil pero persistente. El aspirante a médico ajustó los guantes con manos temblorosas. A un lado, su amigo alineaba gasas, pinzas y bisturíes sobre la bandeja; el médico de Little Asia examinaba la herida con la serenidad de quien ya ha visto demasiado. En un rincón, Chen trituraba hierbas en un cuenco de piedra; el aroma amargo del polvo medicinal se mezclaba con la sangre reciente. —Mientras extraemos la bala, necesitamos a alguien buscando a mi hermano —dijo Ryohei, sosteniendo el temblor con la voz. —Ya me adelanté —respondió el anciano, sin dejar de moler—. La gente de Little Asia peina los alrededores. Avisarán en cuanto haya algo. Kenji se calzó las gafas protectoras y acercó la bandeja. —No tenemos tiempo que perder. Empecemos. El facultativo indicó el punto con la precisión de un metrónomo. —Incisión aquí —señaló el hombro—. Corta con pulso. Si alcanzas una arteria o un ligamento, lo perderemos. El bisturí devolvió un destello pálido. El primer corte fue limpio; la piel cedió con un susurro húmedo y una perla roja rodó hacia la bandeja. El médico dictaba en voz baja, el asistente relevaba compresas, y el joven marcaba su respiración como si en ello le fuera la vida. —Más presión en el lateral —ordenó el mayor. Kenji apretó la gasa. —Presión sostenida. Mantén firme el bisturí. —Lo intento —gruñó Ryohei —. La hemorragia aumenta. —Aspira. No pierdas el foco. El sudor nubló la vista. Las manos —magulladas desde la paliza— comenzaron a temblar. Un espasmo le recorrió los dedos y por un instante creyó que la hoja se le iría del control. —Ryohei, suelta si no puedes —advirtió el médico. —No —le salió en un hilo—. Si suelto… se muere. La presión en el pecho viró a calor. Algo se encendió dentro: un pulso cálido que viajó del esternón a las manos. El temblor cesó; la vista se aclaró; el mundo pareció lentificarse hasta dejar visibles fibras, líneas y ángulos que antes eran ruido. —Tus manos… —susurró Kenji, sorprendido—. No tiemblan. —No me distraigas —respondió, con la atención clavada—. Casi la tengo. La pinza encontró metal. La bala salió con un tirón mínimo y cayó en la bandeja con un tintineo agudo que sonó a alivio. Chen se acercó con un frasco. —Déjame —dijo, aplicando un ungüento verdoso alrededor de la sutura. Luego vendó el torso con movimientos expertos. El aire volvió a ser respirable. El muchacho soltó el bisturí y cayó sobre una silla improvisada, el pecho en alto y bajo. —Lo… logramos. —Sí —Kenji dejó escapar una risa incrédula—. ¿Y tú estás bien? Miró sus guantes manchados. —C-creo que sí… solo agotado. —Buscó el reloj—. Hora y media. Una mano se posó en su hombro. —Ahora todo depende de Kiryu-san —dijo Chen—. Lo hiciste bien, Xiǎo Hǔ. —Gracias a ustedes… —murmuró, con los párpados pesándole—. T-tengo sueño… El cuerpo cedió. Kenji lo sostuvo antes de que golpeara el suelo. —¡Ryo! ¡Oye, Ryo! —Déjalo —pidió el anciano, sereno—. Ha ido más allá de su límite. Entre ambos lo acomodaron en una camilla, junto a Kiryu. Siguió un silencio de lluvia en los ventanales y goteo de suero. El viejo posó la mirada en los dos jóvenes: uno vendado, el otro exhausto. —Este chico… siempre sobrepasa sus propios límites —murmuró, con un orgullo que pesaba. El amigo se quedó de pie, inquieto. —Chen-san, no puedo irme sin saber que está bien. ¿Puedo esperar a que despierte? —Claro, hijo —asintió el mayor—. La lealtad también cura. Pasaron minutos largos. El tic-tac del reloj se mezcló con la tormenta. Una respiración distinta cortó al fin el silencio; el convaleciente abrió los ojos, desorientado. —¿D-dónde… estoy? —Buenos días, campeón —dijo la voz conocida, entre alivio y cansancio. Parpadeó hasta enfocar. —¿Kenji? ¿Y Kiryu? —Sigue dormido —contestó el otro—. Le sacaste la bala. Vivirá. El cuerpo dolía como si hubiese librado una guerra a solas. —Recuerdo fogonazos… luego, negro. —Agotamiento —explicó el amigo—. El doctor dice que deberías descansar… y que este lugar ya no es seguro. El joven asintió, la mirada volviendo a afilarse. —Ve con Kyomi, a Sotenbori. Allí los Dojima no mandan. Además… —titubeó un segundo— quiere verte para decirte algo. Un rubor le cruzó las mejillas al deportista. —¿D-decirme algo? No me des ilusiones, hombre. —Bromas aparte —sonrió cansado—. Osaka es lo mejor por ahora. Llama a tus padres cuando llegues. El otro bajó el tono, serio. —Les pediré que te acojan cuando esto pase. Volverás con nosotros, tarde o temprano. No hubo promesas de más. Caminaron hacia la salida de Little Asia, donde un automóvil negro aguardaba bajo la lluvia, respirando gasolina y despedida. —Envíame el código de siempre desde el localizador de Kyomi cuando llegues —pidió Ryohei, apoyado en el marco—. Dudo que pueda atender el teléfono con lo que viene. El de la coleta subió al auto y lo miró una última vez. —Cuídate, hermano. Pase lo que pase… no dejes que ninguno muera. —Haré lo necesario —respondió, firme—. Para que esto termine pronto. El coche se perdió entre los callejones mojados de Kamurocho. Durante un momento, el joven quedó inmóvil, observando cómo las luces se disolvían en la distancia. La lluvia caía como si el cielo intentara lavar la sangre de la ciudad. Bajó la vista a sus manos. Aún ardían con aquel calor extraño, ese pulso ajeno que despertó en mitad de la operación. No sabía qué era ni por qué, solo que por primera vez había salvado una vida con algo más que técnica. Cerró los ojos y respiró hondo. Kiryu dormía a salvo; Tetsu seguía vivo en algún lugar. Y él… comprendió que ya no debía temerle al destino, sino enfrentarlo con la misma decisión con que había sostenido el bisturí: sin dudar, sin mirar atrás. El aire de Little Asia olía a té viejo y preocupación. El joven se detuvo frente a la puerta del cuarto, con la mano apoyada en el pomo. Dentro, las voces de Chen y Kiryu se entrelazaban como sombras. El anciano hablaba con gravedad contenida: Shibusawa había planeado todo desde el principio. Oda no era más que su perro, su informante dentro de la red de Tachibana. La trampa había sido perfecta: acercarse a Makoto Makimura era la forma más fácil de atrapar a ambos hermanos. Ryohei bajó la mirada. No hacía falta escucharlo todo para entenderlo: la red se cerraba sobre ellos. Empujó la puerta con suavidad. —Es lo que también veo factible, abuelo —dijo con una sonrisa cansada—. Perdón por interrumpir… tampoco pude evitar oírlos. Su abuelo levantó la vista, sin sorpresa. —No te preocupes. Le comentaba a Kiryu-san mis conclusiones. El joven se acercó a la camilla. Kiryu lo observó con el rostro aún pálido, pero los ojos firmes. —¿Cómo te sientes? —preguntó Ryohei. —Un poco adolorido, pero vivo —respondió el herido—. Gracias por salvarme. —Me pediste que fuera tu médico —replicó, apenas sonriendo—. No iba a negarme. Kiryu giró hacia el anciano. —¿Cree que sus hombres podrán encontrar a Tachibana? Chen bajó la cabeza. —No lo sé, pero estamos buscando. Era mi intención hacerlo mi sucesor. Si muere, Little Asia perderá su faro. —¿Sucesor? —Preguntó el joven aprendiz a medico, confundido. El anciano asintió despacio para luego fijar su mirada en el ex yakuza. —Ya debes saberlo, Xiǎo Hǔ, pero el Lote Vacío pertenecía a tu abuelo, Genzo Makimura. Kiryu frunció el ceño. —Algo me contaron hace unos días —murmuró. —Tras la guerra, Makimura vendió casi todas sus propiedades —continuó Chen—. Los tiempos eran crueles, y muchos hombres honrados tuvieron que negociar con la miseria. Según los registros, hubo cuatro compradores distintos para dividir el terreno. Pero hay algo que nunca encajó. Ryohei dio un paso al frente. —¿Estás diciendo que el Lote era mucho más grande? —Exactamente. —El anciano lo miró con solemnidad—. Genzo intentó quedarse con una pequeña fracción del terreno, un pedazo que consideró suyo por derecho. Nadie entendió por qué, hasta que descubrí que en esos años tenía una hija viviendo en China. El silencio se hizo denso. Ryohei tardó un instante en hablar. —Mi madre… —Quizás pensó que ese trozo de tierra serviría de faro si alguna vez ella regresaba a buscarlo. Yo, al menos, habría hecho lo mismo. El joven sonrió débilmente. —Esa ya parece tu frase, abuelo. El viejo soltó una risa breve, pero su mirada seguía cargada de melancolía. —Es irónico, ¿no creen? El amor de un padre por su hija terminó siendo el origen de una guerra. Ni Makimura ni ustedes tienen culpa de lo que vino después. Es la yakuza la que convirtió ese amor en propiedad, en moneda. Kiryu bajó la mirada. No podía rebatirlo. —A estas alturas —continuó Chen, con tono grave—, la familia Dojima debe de estar torturando a Tachibana para llegar a Makoto… y luego a ti, Xiǎo Hǔ. Si intentamos cualquier movimiento, el Clan Tojo borrará Little Asia del mapa. El ex yakuza se enderezó, los ojos encendidos. —Dígame dónde está. Lo rescataré, cueste lo que cueste. Se lo prometí a Ryohei, y no pienso fallarle. Chen lo miró con respeto. —Por eso ayudé a Xiǎo Hǔ a curarte. Por mucho que te duela, Kamurocho necesita que sigas en pie. El silencio se rompió solo por la lluvia. Ryohei tomó la chaqueta y la camisa del japonés, tendiéndoselas con gesto decidido. —Vamos al Parque del Oeste —dijo, firme—. Voy contigo… y no acepto reproches. Su compañero sostuvo su mirada unos segundos. Lo que vio allí no fue terquedad, sino determinación. Y por un momento, comprendió que aquel joven no solo había heredado el fuego de su familia, sino también su destino. Tomaron la salida más cercana al Parque del Oeste, con ese paso que parece medir el terreno antes de meter la mano en la oscuridad. Las farolas arrojaban medias lunas sobre los senderos, y el aire olía a tierra húmeda. El fulgor de Kamurocho quedaba atrás como un telón que baja lentamente. Avanzaban con cautela, conscientes de que los árboles también podían esconder bocas. De pronto, una voz surgió, seca y burlona, rompiendo la calma de la noche. —¡Kiryu! Veo que tu novio viene contigo. La frase rebotó entre los troncos. Cuando miraron, la figura surgió entre sombras: un puñado de hombres con la confianza de los que actúan en nombre de un apellido. Kiryu, el ex yakuza, mantuvo la calma que parecía hecha de costumbre; mientras tanto, Ryohei buscó con la vista al emisor y reconoció el rostro. —Ese tipo… es el del Matsuya del otro día. El hombre que había hablado sonrió con suficiencia. —Te estábamos buscando. Los de arriba están hasta los huevos de tus “hazañas”. Nos ordenaron matarte y traer al maricón de Tachibana con nosotros. La palabra cayó como un golpe. El joven, afilado por la ira, no retrocedió. —Definitivamente es ese imbécil del otro día. El de traje blanco apretó la mandíbula; se llevó una mano al hombro con una mueca instintiva. Su compañero lo sujetó del brazo, firme. —Kiryu… —le advirtió—. No deberías esforzarte. Los matones respondieron con una risa que olía a ceniza y botellas rotas. —En serio, deberías ya morirte de una puta vez. ¿Qué se siente? Dejaste que Tetsu Tachibana se convenciera para enfrentarte a Dojima, para luego dejarlos tirados a ti y a su hermanito. La acusación pendía, áspera. El joven aspirante se encendió de rabia, respondiendo con un filo controlado. —Será mejor que te calles si no quieres que te vuelvan a romper la mandíbula como la otra vez. El provocador se acercó, el desprecio pegado a los labios. —Mejor será que te calles, putito. Ya tu hermano debe estar tres metros bajo tierra. —Desvió la mirada hacia un costado—. ¿No lo crees así, Nishikiyama? Entre la multitud apareció Nishiki. No irrumpió; se plantó. Su mera presencia rompió el pulso de la escena: el silencio que precede a una tormenta. Kiryu lo miró en silencio; Ryohei, tenso, apenas respiró. —Nishiki… —susurró el hermano de armas. La mirada del recién llegado se movió entre ambos. El provocador retomó su burla: —Ya no te quedan amigos, acabemos con esto de una vez por todas, Kiryu. El joven yakuza habló, con la voz de alguien que ha tragado demasiadas noches sin dormir. —Kiryu… Kuze está torturando a Tachibana ahora mismo. Es cuestión de tiempo hasta que le entregue el Lote Vacío. ¿Aún creen que hay esperanzas? Ryohei se tensó como un resorte. —¿Dónde está mi hermano? Nishiki lo miró, la seriedad en los ojos. —No nos dicen eso a los rangos bajos. Ni aunque supiera, podría decírtelo. La risa de los hombres se volvió más cruel. El provocador, excitado por la posibilidad de sangre, propuso el espectáculo: —Ahora es cuando las cosas se ponen divertidas. Perfecto, seamos testigos de cómo los hermanos se dan de golpes hasta que uno de ellos muera. Kiryu frunció el ceño. Ryohei abrió la boca para replicar, pero el joven yakuza levantó la cabeza, imponiendo silencio con un solo gesto. Entonces bajó la mirada. Y en ese instante, Nishikiyama recordó el asfalto del orfanato, las peleas compartidas, los juramentos susurrados bajo la lluvia; los días en el Serena junto a aquel chico que, pese a sus mentiras, le había ofrecido amistad sincera. También pensó en Kazama, el hombre que lo había criado como un padre y le mostró que incluso en la oscuridad podían existir otros caminos. Aquellos recuerdos no eran excusas: eran raíces. Cuando habló, lo hizo con una calma que dolía. —De verdad… los yakuzas son los hijos de puta más grandes que he visto en mi vida. El sujeto, ofendido, saltó. —¿Eh? ¿Estás hablando de mí, imbécil? ¿Qué tal si te explicas a qué te refieres? Nishiki no buscó pelea por orgullo; habló con la serenidad cortante de quien ha elegido su bando. —El Lote Vacío pronto será de Dojima. Cuando eso ocurra, será el final para Kazama-san… ¿Crees que me voy a sentar a ver cómo eso pasa? Patearé a todos los que haga falta para evitarlo. Ryohei lo miró incrédulo, sin poder procesar que aquel muchacho hablara con tanta convicción. —Nishiki… tú… El aludido giró hacia ellos, la mirada firme. —¿Estoy en lo correcto, Kiryu, Ryo? Kiryu se acercó, la distancia entre ambos reducida como si midiera la lealtad con la mirada. —Idiota… ¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? —Si traicionas a tu familia y estás de nuestro lado, te van a— —¡Cállense! —gritó Nishiki. Ambos lo miraron, sorprendidos por la autoridad en su voz. —En cuanto a mí… —dijo, mirando primero al ex yakuza—. No me interesa escalar rango en el Clan Tojo sin ti. —Luego giró hacia el otro muchacho—. Ni mucho menos dejar a mi médico de cabecera. Ryohei se quedó sin aliento, como si le hubieran regalado una respuesta a una pregunta que no se atrevía a hacer. —Espera… ¿me estás diciendo que…? Nishiki sonrió con una claridad casi dolorosa. —Les estoy diciendo que digan lo que les salga de los huevos. Pero ustedes dos siguen siendo mis hermanos. La palabra flotó un momento en el aire: hermanos. Ryohei tuvo que repetirla en su mente para asegurarse de que era real. —¿Hermanos? ¿Me estás considerando tu hermano? Kiryu lo observó, serio. —Nishiki… —Así que prepárense —dijo el joven yakuza, con voz firme—, porque estaré con ustedes hasta que la muerte nos separe. Kiryu sonrió apenas, sincero. —Si lo tienes claro, no tengo nada que objetar. —Volvió hacia Ryohei—. ¿Qué dices tú? El menor soltó una carcajada que barrió la tensión. —Supongo que la party se expandió a un nuevo miembro, ¿no crees? Nishiki devolvió la sonrisa, con un matiz desafiante. —Hazte atrás, Ryo. Esto lo resolveremos Kiryu y yo. Ryohei se permitió una última broma mientras retrocedía un paso. —Me gusta que me digas Ryo… Entonces Nishikiyama se quitó la chaqueta y la camisa con la teatralidad de quienes han crecido entre golpes: un gesto simple que dejó al descubierto el tatuaje del pez koi sin color. La historia de una vida contada en tinta inacabada. A su lado, Kiryu hizo lo mismo, mostrando el dragón sin color. La imagen fue una promesa silenciosa: dos estandartes listos para el estruendo. Ryohei, entre asombro y admiración, dejó escapar un comentario medio en broma, medio en respeto: —Esos tatuajes… Supongo que tendré que marcarme la espalda un día de estos. El insulto de los matones se perdió en el aire. Nishiki inclinó la cabeza, su sonrisa era puro desafío. —Démosle rock and roll, hermano. Kiryu asintió, colocándose a su lado. Por un instante, la ciudad entera pareció contener la respiración para ver cómo dos hermanos elegidos se preparaban para la batalla. —Adelante. Y la primera piedra fue lanzada. El pavimento húmedo de Kamurocho reflejaba los neones como brasas flotando en la oscuridad. La tensión se extendía en el aire, densa, eléctrica, con sabor a hierro. Los tres avanzaron al unísono, cada uno con el peso de su pasado sobre los hombros. Frente a ellos, los hombres de la Familia Dojima se desplegaron con sonrisas de hiena, rodeándolos como lobos oliendo sangre. Nishiki fue el primero en moverse. Su cuerpo, aún vibrando de rabia, giró con precisión felina; el puño impactó la mandíbula del más cercano, y el crujido del hueso cortó el aire como un disparo. Kiryu siguió el ritmo. Un golpe seco al abdomen de otro hombre, el sonido hueco de los pulmones vaciándose. El menor de los Tachibana, algo rezagado, observaba. No era un peleador, pero entendía el lenguaje del cuerpo: buscaba huecos, ángulos, peso. Cuando un matón intentó atraparlo con una cadena, esquivó con una torsión torpe pero efectiva. La rodilla subió como un resorte; el atacante cayó con un gruñido sordo. El asfalto se volvió un tablero de furia. El ex yakuza movía los brazos como si su cuerpo recordara cada pelea librada en silencio; su hermano jurado, más impulsivo, lanzaba golpes cargados de rencor y juventud. Ryohei no igualaba la técnica, pero compensaba con instinto: usaba muros, barandas, incluso los cuerpos caídos para mantener el equilibrio. Era más reflejo que cálculo. Aun así, todos sangraban. Kiryu tambaleó tras recibir un derechazo al rostro. Nishiki escupió una mezcla de saliva y rabia. Ryohei se llevó una mano a la ceja abierta; la sangre le nublaba un ojo, pero no se detuvo. —¡Vamos, maldito bastardo! —rugió Nishiki, bloqueando un bate con el antebrazo antes de devolver el golpe con un cabezazo que dejó al otro inconsciente. —¡Atrás! —advirtió Kiryu, lanzando a un atacante contra un banco de piedra—. ¡A tu izquierda! El aviso bastó. Nishiki giró sobre sí, y el movimiento dejó un hueco. Ryohei lo aprovechó, impulsándose con la baranda del parque. Una patada lateral, corta y desordenada, pero lo bastante fuerte para sacar el aire al siguiente hombre. Su respiración era fuego. Su mirada, hielo. Solo quedó uno en pie: el mismo del Matsuya, el de la sonrisa torcida. El que había escupido la palabra “maricón” con orgullo. Aún sostenía una navaja oxidada. —¿Eso es todo, princesas? —bufó, tambaleante—. ¡Vamos! Bastó una mirada entre los tres. No hubo palabras. Kiryu avanzó primero, sujetando al tipo del cuello de la chaqueta. Nishiki lo bloqueó por el costado, torciéndole el brazo con fuerza. Ryohei retrocedió unos pasos, calculó la distancia y respiró hondo. Los hermanos jurados jurado se inclinaron justo a tiempo. El joven corrió, saltó entre ambos, y las piernas —única herencia de su entrenamiento inconcluso— se tensaron como acero. La doble patada le estalló en el estómago al agresor. El cuerpo salió volando, chocando contra un poste metálico con un sonido seco, casi hueco. Luego cayó, inmóvil. Silencio. Solo la respiración entrecortada de los tres hombres rompía la quietud. El suelo, sembrado de cuerpos y hojas húmedas, parecía un altar improvisado bajo el parpadeo de las luces. Nishiki se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano. Kiryu apoyó las manos en las rodillas, recuperando el aire. Ryohei, con el pulso acelerado, recogió las chaquetas y camisas esparcidas, sacudiéndoles el polvo antes de devolverlas. —Joder… —jadeó Nishiki, dejando escapar una carcajada entre dientes—. Había olvidado lo invencible que me sentía a tu lado, Kiryu. El de traje blanco soltó una risa breve, ronca. —El sentimiento es mutuo, hermano. El joven los observó, entre admiración y alivio. —Eso fue increíble… verlos pelear así, tan sincronizados. —Y no olvides esa patada final —replicó Nishiki, arqueando una ceja—. No todos mandan a volar a un imbécil con ese estilo. Ryohei bajó la mirada, la voz apenas un hilo. —Nishiki… yo… quería disculparme. Por todo lo que has pasado. Sobre todo por lo de… El otro alzó la mano, interrumpiéndolo. —No digas nada. Reina me contó todo. —¿Reina-san? —preguntó, sorprendido. Nishiki asintió. La rabia en su rostro se había transformado en cansancio honesto. —Entiendo que no querías involucrar a Kiryu. Pero esto iba a pasar igual. Así que dejemos el resentimiento atrás… y terminemos con esta mierda juntos. El silencio que siguió duró un latido. Luego, Nishiki extendió la mano. El menor de los Tachibana la tomó con firmeza. —Entonces… oficialmente ya somos una party de tres. Kiryu los miró con una media sonrisa; la tensión en su rostro se disolvía al verlos reconciliados. —Bien. Nishiki, debemos dirigirnos al Parque del Oeste. —¿Y eso? —preguntó el hermano jurado, limpiándose la sangre del labio. —Makoto Makimura está escondida allí hasta que rescatemos a Tachibana —explicó el ex yakuza, ajustándose la chaqueta—. Debemos mantenerla a salvo. —Entendido. Iré con ustedes. Ryohei echó una última mirada al cuerpo del agresor, todavía inconsciente. El viento levantó las hojas alrededor como si la ciudad, cómplice, cerrara el telón de la escena. Cuando los tres caminaron hacia la salida del parque, Kamurocho pareció contener el aliento. Tres sombras distintas, un mismo paso. Los callejones que conectaban el parque con el corazón de Kamurocho eran un laberinto de luces temblorosas y charcos donde los neones se desangraban en rojo y azul. El silencio tras la pelea pesaba en el aire, pero la adrenalina aún les corría por las venas. Nishiki fue el primero en romper la calma. Encendió un cigarrillo, la brasa iluminó su rostro sudado y el humo se mezcló con la neblina. —Aún no entiendo cómo demonios seguiste con vida todo este tiempo —dijo, exhalando hacia la noche—. La familia Dojima tenía orden de cazarte como a un perro, Kiryu. El de traje blanco caminaba a su lado, hombro resentido y expresión tranquila. Sonrió apenas, esa sonrisa que nunca llega del todo a los labios. —Tuve suerte —respondió con tono bajo—. Y un buen médico como compañero. El comentario hizo que el menor de los Tachibana desviara la mirada con una media sonrisa. —Si lo dices por mí, me debes otra botella de whisky —replicó con ironía—. Te saqué una bala hace tres horas… lo bueno es que el ungüento del abuelo sigue haciendo milagros. El hermano jurado soltó una carcajada que se perdió entre los callejones. —¿Tres horas? Entonces brindemos por la medicina casera —bromeó, echando humo por la nariz—. Aunque no sé si ir al Serena sea buena idea después del desastre que armamos. Se giró hacia el joven médico con una sonrisa ladeada. —¿Qué te parece un club de hostess? Prometo que esta vez también haya hosts, por si te aburres. Ryohei lo miró con fingido fastidio. —¿Así que Reina-san te contó todo, eh? —dijo, cruzándose de brazos. Nishiki asintió sin pudor, encogiéndose de hombros. —Todo. Y antes de que digas algo, no me importa. Lo que vi hoy me bastó para entender que no hay nada que demostrar. —Le dio una palmada en el hombro—. Además, con esas patadas, dudo que alguien se atreva a meterse contigo. El comentario arrancó una risa genuina a Kiryu. —Mientras no terminen diagnosticándome a mí, acepto la invitación. —Tranquilo… —replicó Nishiki, chasqueando los dedos con gesto teatral—. Cuando todo termine, la primera ronda corre por mí. Los tres siguieron caminando, el eco de sus pasos mezclándose con las risas y el murmullo lejano de los bares que nunca dormían. Por un instante, Kamurocho pareció suspender su caos: solo tres hombres golpeados, sucios y vivos, abriéndose paso bajo los neones. Un respiro antes de la tormenta. Una noche donde la amistad, por un breve momento, pesaba más que la sangre. El Parque del Oeste olía a ciudades que nunca duermen: humo de fogatas improvisadas, orina vieja y el tinte metálico del invierno. A la entrada de los callejones, varios vagabundos se acurrucaban en torno a brasas temblorosas; algunos dormían bajo mantas raídas, otros observaban en silencio desde la penumbra, sus ojos encendidos como brasas. Las luces de Kamurocho se filtraban a lo lejos, pálidas, como faros que no encontraban puerto. Kiryu, Ryohei y Nishiki avanzaron despacio, el ruido de sus pasos devorado por la humedad del suelo. Las sombras parecían escucharlos. A unos metros, una carpa de lona vieja, sostenida por sogas deshilachadas, se levantaba entre dos árboles. El viento la hacía crujir con un quejido. Al levantar la entrada, un olor a té tibio y humo se mezcló con la tierra húmeda. Dentro, Makoto Makimura aguardaba sentada sobre una manta doblada. Tenía los brazos apoyados sobre las rodillas y el bastón junto a ella, a un costado, como un centinela discreto. Su rostro se volvió hacia la entrada apenas percibió el crujido de la lona y el roce de los zapatos. —¿Kiryu-san? ¿Ryo-chan? —preguntó con voz temblorosa, buscando en el aire la dirección de las respiraciones—. ¿Hay alguien más? El silencio fue una respuesta breve antes del eco de su siguiente duda. —¿Acaso es… nuestro hermano? Nishiki, sorprendido, ladeó la cabeza. —¿Hermano? —repitió, sin comprender. Ryohei dejó escapar un suspiro cansado. —Será mejor darle los detalles, ¿no crees? —dijo mirando a Kiryu. —Tienes razón. Nishiki, siéntate… será una historia larga. Los tres se acomodaron en el suelo, sobre mantas viejas que olían a humedad y humo. Kiryu tomó la palabra, su voz baja como un rumor entre las paredes de lona. Explicó lo ocurrido: el secuestro de Tetsu Tachibana, la emboscada en la carretera, la orden directa de la familia Dojima. Nombró el vínculo que unía a Makoto y a Ryohei, los hilos familiares que ahora se habían enredado con el poder del clan. La mujer se llevó una mano al pecho; sus dedos temblaron al encontrar el propio pulso. —No… ¿¡La familia Dojima tiene a nuestro hermano!? —exclamó con un hilo de voz. Nishiki intentó procesar lo que escuchaba, aún con el rostro perplejo. —Déjame ver si entendí —dijo, tratando de ordenar el caos—. Ella es hermana de Tachibana y de Ryo… pero también la dueña del Lote Vacío. Es una locura. —No tanto. Es mi hermana mayor. Nuestro abuelo nos dejó en herencia ese terreno a ambos. No es raro que Dojima tenga los ojos puestos ahí. Kiryu tomó la palabra con su voz grave. —En resumen, sí. Pero lo importante ahora es rescatar a Tachibana. Makoto apretó el bastón con fuerza. —¿Por qué está pasando esto? —susurró—. Apenas los había encontrado a los dos… Ryohei se inclinó hacia ella y apoyó con cuidado las manos sobre sus hombros. —Tranquila, hermana. Todo estará bien. —Pero… —titubeó ella, conteniendo el llanto—. —Tetsu es más fuerte de lo que crees —agregó él—. Solo es cuestión de tiempo para traerlo de regreso. Kiryu alzó la vista hacia la lona que goteaba por las costuras. —Los hombres de Dojima se lo llevaron por órdenes de Shibusawa. Makoto frunció el ceño, sorprendida. —¿Shibusawa? —El lugarteniente más temido del clan —respondió Ryohei—. El que mueve los hilos detrás de todo esto. —Fue quien nos atacó en la carretera hacia Osaka. Está manipulando a la familia desde las sombras. El menor de los Tachibana bajó la cabeza, pensativo. —Hay algo extraño —comentó—. Cuando fui al Kaminari Plaza a rescatar a mi amigo, justo cuando mi maestro me salvó, mencionaron a Shibusawa. Y Murakado… cambió el rostro. Sentí miedo en él. Lo obligó a marcharse. El silencio que siguió fue espeso como humo. —¿Entonces…? —preguntó Nishiki, atento. —Kazama-san lo había planeado —explicó Ryohei—. Sera-san me dio una carta. En ella, su capitán debía fingir un ataque contra Murakado en nombre de Shibusawa. Era una maniobra para infundir terror entre sus hombres, un juego de sombras dentro de la propia familia. —Eso explica el miedo. —Kiryu frunció el ceño. —Cuando el terror viene desde dentro, ni los subordinados saben de qué lado están. Makoto levantó el rostro hacia el sonido de sus voces, buscando orientación. —¿Pero para qué querrían a mi hermano? Si me buscan a mí y a Ryo-chan… ¿por qué llevárselo? —Porque quieren que desesperemos. Usan a Tetsu como carnada para que vayamos directo a su trampa. Kiryu cerró los puños sobre las rodillas. —Lo lamento… —dijo con sinceridad—. No pude protegerlo. Pero lo traeré de vuelta, aunque me cueste la vida. El pitido repentino del localizador quebró el silencio. El ex yakuza revisó el aparato: en la pantalla aparecía un código y un número. —Es tu abuelo, Ryohei —anunció—. El anciano de Little Asia. Hay que devolverle la llamada. —Hay una cabina cerca de aquí. Podemos usarla. Nishiki se levantó también, sacudiéndose el polvo del pantalón. —Andando. No perdamos tiempo. Antes de salir, el menor se volvió hacia su hermana. La ceguera no le impedía notar su presencia: ella extendió una mano temblorosa hasta rozarle la mejilla. —Quédate aquí, Makoto —habló con voz firme—. Nosotros iremos por nuestro hermano. Te lo prometo. —Ryo-chan… —murmuró ella, aferrando su mano unos segundos—. Ten cuidado. Él asintió, y con suavidad le dejó la mano sobre el regazo antes de apartarse. Al salir de la carpa, el aire frío les golpeó el rostro. Afuera, los vagabundos seguían cerca de las fogatas, ajenos al drama que se tejía entre sombras. Las llamas danzaban sobre el asfalto húmedo y el humo se elevaba como un suspiro cansado hacia el cielo gris. El aire frío les golpeó apenas salieron de la carpa. El cielo de Kamurocho parecía más bajo, denso, aplastando el silencio con un gris que oprimía los pulmones. Avanzaron por el sendero húmedo hasta la cabina más cercana, una estructura metálica oxidada, medio enterrada entre carteles de pachinko y faroles fundidos. En el trayecto, Kiryu habló, la voz grave rompiendo el murmullo de los pasos. —Nishiki, ya sabes lo que Lau Gui me hizo. —Hizo una breve pausa, como si las palabras pesaran más de lo que admitía—. Ryohei tuvo que sacarme la bala él mismo, sin anestesia, en un sotano improvisado. El hermano jurado lo miró de reojo, asintiendo con una mezcla de respeto y desconcierto. —Ya me lo imaginaba. Cuando dijiste que tuviste “ayuda médica”, pensé que exagerabas. —No tuve elección —dijo—. O lo hacía o lo perdía en el intento. Llegaron a la cabina. Kiryu se inclinó, marcó el número en el dial y cerró la puerta de cristal tras de sí. La luz verdosa del interior lo bañó con un brillo mortecino. Afuera, Nishiki y el menor de los Tachibana aguardaban bajo la llovizna débil que empezaba a caer. Ryohei cruzó los brazos, la mirada clavada en la nada. —Tengo un mal presentimiento —murmuró. —¿Por tu hermano? —Tú mismo dijiste que Kuze lo está torturando para saber la ubicación de Makoto. Me preocupa no llegar a tiempo… —golpeó con la palma la cabina, frustrado—. Kiryu, pídele al abuelo que alguien de Little Asia traiga mi bolso. —¿Tu bolso? —preguntó Nishiki, curioso. —Equipo médico básico. Nada del otro mundo, pero nos ha salvado antes. —Suspiró, mirando sus propias manos—. No pienso enfrentarme a lo que viene sin él. El cristal se deslizó y la puerta chirrió al abrirse. Kiryu salió de la cabina, el rostro sombrío y los ojos fijos en el suelo. —¿Y bien? —preguntó Ryohei, enderezándose. —Tachibana está en el Edificio Crescendo, en la calle Shichifuku, cerca del Lote Vacío —respondió el ex yakuza, con tono seco. Ryohei frunció el ceño. —¿El Crescendo? Ese lugar está abandonado desde hace años. —Justamente por eso lo usan. —Kiryu se cruzó de brazos—. Lo tienen en el sótano. Chen-san dice que hay unos seis hombres con Kuze, todos armados. Nishiki apretó los puños. —Entonces era cierto. Kuze lo retiene. —Sí —confirmó el ex yakuza—. Y según Chen, lo hace siguiendo órdenes de Shibusawa. No tiene otra opción. El joven aspirante se pasó una mano por el cabello, empapado por la llovizna. —Está ganando poder dentro del clan —dijo, pensativo—. Y lo está haciendo rápido. —No le queda otra salida —replicó Kiryu—. Awano perdió terreno hace días. Shibusawa quiere limpiarlo todo antes de que Kazama-san pueda moverse. Nishiki se incorporó del muro donde se apoyaba y asintió con decisión. —Entiendo. Entonces es hora de irnos. Antes de que pudieran moverse, un hombre mayor, envuelto en un abrigo gastado, se acercó por el callejón. El vapor de su respiración se mezclaba con el humo de las fogatas lejanas. —Xiǎo Hǔ —dijo el recién llegado con respeto, inclinando la cabeza—. El anciano Chen me pidió que te entregara esto. Le extendió un bolso grande, cubierto por manchas de polvo. Ryohei lo tomó con gratitud y revisó el interior: vendas, frascos, solución salina, apósitos. Su mundo reducido a un par de herramientas y fe. —Gracias por traerlo —respondió. El hombre asintió, bajando la mirada. —El anciano me pidió que les dijera algo: rescaten a Tachibana. Su vida depende de ustedes. —Dígale que así será. —Luego, mirando a los otros dos, añadió—. Ahora sí… andando. Los tres comenzaron a correr por las calles de Kamurocho, atravesando callejones empapados por la llovizna. Las luces de neón se reflejaban en el asfalto como cuchillas de color; el aire ardía en los pulmones y el ruido de sus pasos se mezclaba con el murmullo distante de los bares que aún seguían abiertos. Kiryu abría paso entre los transeúntes nocturnos, mientras Ryohei y Nishiki lo seguían de cerca. El latido de la ciudad parecía acompasarse con su respiración. —Ahora te comprendo más, Ryo —dijo Nishiki de pronto, sin dejar de correr. —¿A qué te refieres? —A tus hermanos. —El tono del chico era sincero, casi sereno pese al ritmo—. Quieres reunirlos, después de todo este tiempo… ¿no es así? Kiryu intervino desde adelante, sin girarse. —Ella lo pasó mal buscando a los dos. No es fácil sobrevivir sola con ese peso. —Por eso lo entiendo —continuó Nishiki—. Yo también tengo una hermana. Haría cualquier cosa por protegerla… incluso dar mi vida si fuera necesario. En cierto modo, tú y yo somos iguales. Ryohei lo miró en silencio, con un respeto que no necesitaba palabras. —Nishiki… —murmuró. El otro le devolvió una sonrisa breve. —Haré lo posible por reunirlos a los tres. Te lo prometo. —Gracias… y espero conocer a tu hermana algún día. —Así será. —La voz de Nishiki sonó firme, cargada de afecto—. Yuko es agradable. Sé que se llevarán muy bien. Siguieron corriendo bajo la lluvia, con el eco de esas palabras acompañando cada zancada. Kamurocho los observaba desde sus luces y sombras, testigo mudo de una promesa que, como muchas otras en esa ciudad, estaba escrita con sangre, lealtad y destino. l edificio Crescendo se alzó delante de ellos como un bloque muerto; la fachada apagada vomitaba sombras y el olor a humedad se pegaba a las botas. Bajaron por la escalera de emergencia que daba tanto a pisos superiores como inferiores; la estructura crujía con cada paso, y todo parecía demasiado tranquilo —un silencio pesado que olía a espera—. Conforme descendían, la lejanía del bullicio de Kamurocho se volvió eco y, luego, un rumor: risas cortas, golpes secos, una voz que escupía burlas. —¿Oyen eso? —preguntó Ryohei, apretando los puños y la mandíbula. —Deben ser Kuze y sus hombres —respondió Nishiki, afilando la mirada—. Avanzaron con cautela, la respiración contenida. Al doblar un pasillo levemente iluminado por la luz mortecina de una lámpara vacilante, las risas se hicieron más fuertes; los gritos, más cercanos. Frente a una puerta metálica, el ruido se concentró: un golpe seco, una exclamación. —Acá debe ser —murmuró Kiryu. Antes de que terminaran de reaccionar, un estruendo rompió el silencio: un golpe seco por dentro, y una voz que maldecía con furia. Kiryu no dudó; abrió la puerta con una patada certera. La escena les golpeó en la cara con la violencia de un puñetazo: hombres dispersos, algunos riendo, otros con los puños en alto; en el centro, Tetsu Tachibana atado a una silla, su cuerpo marcado por múltiples heridas, la ropa desgarrada y la respiración rasposa. Cerca, un hombre continuaba con la tortura, y a su lado Kuze observaba, uñas como garras y una sonrisa fría. —¡Hermano! —gritó Ryohei, intentando abalanzarse —pero Nishiki lo detuvo, agarrándolo del hombro con fuerza. Kiryu cruzó la habitación en un latido; la rabia le tensó los puños al ver a Tachibana inconsciente, el rostro contraído por el dolor. El lugarteniente, al notar su presencia, volvió la cabeza hacia el prisionero y luego a ellos, la sonrisa burlona clavada en la cara. —Oh… ya veo… —la voz de Kuze era hielo y hierro—. Supongo que así funcionan las cosas, ¿no? —¡Kuze! Antes de que la tensión se rompiera en gritos, la violencia estalló: Kiryu, con toda la furia acumulada, se lanzó sobre Kuze y le propinó un golpe directo al rostro que lo hizo retroceder. Los otros hombres reaccionaron, y la pelea se encendió en un torbellino de pasos, golpes y gritos: el sótano del Crescendo se transformó en un campo de astillas, polvo y acero. —¡Kiryu! —vociferó Ryohei, mientras corría hacia su hermano—. —Ryohei, encárgate de tu hermano… —logró decir, clavando la mirada en Kuze—. Nishiki, cúbreme… Kuze es mío. —Truñó los dedos, tenso como un resorte. Los dos obedecieron. Ryohei se abrió paso hasta Tachibana, las manos temblando al intentar soltar las amarras y buscar señales de vida; a su alrededor, el ruido de la pelea seguía, pero en su mundo solo existía el latido débil de su hermano. El sótano del edificio Crescendo era un laberinto de concreto agrietado, paredes húmedas y tubos de metal que vibraban con cada golpe. El aire estaba saturado de óxido y sudor. Las luces parpadeaban, lanzando destellos que parecían destilar la locura del lugar. Kuze dio un paso al frente, los nudillos crujieron como huesos al romperse. —¡Esta vez no escaparás, Kiryu! —gruñó, lanzándose como un toro enfurecido. El primer impacto fue brutal. El rugido del choque resonó en el pasillo y los hombres de la familia Dojima retrocedieron instintivamente. Kiryu absorbió el golpe con el antebrazo y cambió de postura: su cuerpo bajó el centro de gravedad, giró con precisión y devolvió un gancho ascendente que reventó el aire entre ambos. El estilo Dragón se desplegó sin palabras: movimientos fluidos, la fuerza concentrada en un solo instante de furia contenida. Nishiki se lanzó hacia los otros cinco hombres, esquivando tubos y cadenas. Su ritmo era agresivo, preciso, los puños atravesaban la defensa de los matones con una sincronía casi coreográfica. Ryohei, mientras tanto, corrió hacia su hermano atado en la esquina. Las sogas estaban empapadas en sangre seca. Las desató con manos temblorosas y el cuerpo de Tetsu cayó como un peso muerto sobre él. —¡Hermano…! —susurró con la voz rota—. Reacciona… ¿quién te hizo esto? Sus dedos comenzaron a revisar, a palpar con precisión médica: costillas fracturadas, los dedos de los pies rotos, contusiones en la espalda, hematomas que se extendían como mapas del infierno. —Le rompieron los dedos… —murmuró—. Y tiene fracturas craneales. Si no controlo la hemorragia pronto, no pasará la noche… Un ruido cortó su voz: uno de los hombres de Kuze se abalanzaba por la espalda. Antes de que pudiera reaccionar, Nishiki apareció y lo interceptó con un puñetazo directo al mentón que lo dejó inconsciente. —¡Ryo! —gritó, cubriéndolo—. —Mi hermano se está muriendo… —respondió entre dientes. —Entonces estabilízalo con lo que tengas. Lo llevaremos a un hospital, pero primero tenemos que salir vivos de aquí. —Nishiki giró y arremetió contra otro atacante con un rodillazo demoledor. Kiryu, al otro lado del sótano, siguió golpeando. Su respiración se volvía vapor, cada paso hacía retumbar el suelo. El sonido de sus nudillos chocando con el rostro de Kuze se mezclaba con el eco de los tubos cayendo. —¡No me subestimes! —bramó el lugarteniente, sangrando por la boca, lanzando una ráfaga de puñetazos feroces. El ex yakuza esquivó, giró sobre su eje y lo levantó con un golpe seco al abdomen, estampándolo contra el suelo. El impacto resonó como un trueno. Kuze intentó incorporarse, pero el cuerpo no le respondía. El silencio se tragó el lugar. Ryohei alzó la mirada un instante: el aire en el sótano estaba denso, saturado del olor a sangre y concreto. En medio de la penumbra, vio el perfil de Kiryu bajo la luz intermitente: respiración agitada, mirada de acero, el cuerpo erguido como un dios antiguo. El rugido del Dragón había llenado el edificio, y por un segundo, Kamurocho entera pareció temblar con él. Un murmullo quebró ese silencio: apenas un hilo de voz. —Ryo…hei… El joven giró de inmediato. Tetsu había abierto los ojos con esfuerzo; el pecho subía y bajaba en intervalos desiguales, la piel perlada de sudor. —No… debiste venir… —murmuró, cada sílaba un desgarrón. Su hermano le sostuvo el rostro, buscando su mirada nublada. —Kuze te hizo esto, ¿verdad? —preguntó, aunque ya lo sabía. El mayor movió lentamente la cabeza, señalando hacia un rincón. Allí, entre los restos de la pelea, yacía el cuerpo sin vida de uno de los hombres de Dojima, el cuello roto en un ángulo imposible. —Fue él… —susurró Tetsu—. Kuze quería… soltarme. El joven abrió su bolso con manos rápidas, extrayendo gasas, una aguja, un frasco de suero improvisado. —Deja que controle las hemorragias —dijo, intentando mantener la voz firme. Pero el hermano mayor alzó una mano temblorosa y le sujetó la muñeca con sorprendente fuerza. —Escucha… ya es tarde para mí… —No digas estupideces —replicó con desesperación—. Voy a salvarte, ¿me oyes? No me importa lo que diga nadie. Tetsu sonrió apenas, los labios manchados de sangre. —Ryohei… —su respiración se volvió un suspiro roto—. No sabes… lo orgulloso que estoy de ti. Siempre lo estuve. Los ojos del menor se empañaron. —Calla, hermano… por favor no… —susurró, temblando. —Perdóname por haberte arrastrado a todo esto —continuó Tetsu, la voz cada vez más débil—. Por dejarte sin un camino claro. Pero tú… lo hallaste, incluso en medio del caos. —No digas eso, Tetsu —replicó Ryohei, apretando su mano—. No te despidas todavía. El silencio siguiente fue atravesado por el sonido seco de un golpe. Al otro extremo del sótano, Kiryu impactó el puño contra el rostro de Kuze, lanzándolo contra un tubo de acero. El lugarteniente cayó al suelo con un gruñido ahogado. Nishiki, cubierto de polvo y sudor, terminó de derribar al último de los hombres de la familia. El ruido de los cuerpos cayendo se disolvió en el eco del lugar. Solo quedaron tres respiraciones —y una que ya empezaba a apagarse—. Ryohei, con las manos aún sobre su hermano, sintió cómo la vida se deslizaba entre sus dedos. Y comprendió que ni la medicina ni la fuerza bastaban cuando el destino ya había dictado sentencia. El ambiente posterior a la pelea tenía un peso insoportable. El sótano del Crescendo parecía colapsar sobre sí mismo: tubos reventados, polvo flotando como ceniza y charcos de sangre que devolvían, intermitente, la luz moribunda del fluorescente. El eco de la batalla se desvanecía con lentitud, como si el edificio entero contuviera la respiración. Los cuerpos de los hombres de Kuze yacían por el suelo, inconscientes o jadeando en sus últimos estertores. El lugarteniente, maltrecho, permanecía derribado entre los escombros, con la mirada perdida en la nada. Todo olía a hierro y a humedad, una mezcla tan densa que parecía pegarse a la piel. Ryohei seguía arrodillado, con los brazos sosteniendo a su hermano. Su chaqueta estaba empapada de sangre ajena, las manos temblaban inútilmente intentando detener hemorragias que ya no cedían. Tetsu apenas respiraba. Nishiki se acercó, arrastrando los pies, el rostro golpeado, la voz aún ronca del combate. —¡Kiryu! —gritó, y su tono sonó como un eco que nadie quería oír. El hombre de traje blanco cruzó el lugar con pasos firmes, aunque los ojos le temblaban. Se arrodilló al otro lado, frente al moribundo, su sombra mezclándose con la de Ryohei. —Tachibana… —susurró—. Lo siento. Llegamos demasiado tarde. El mayor de los hermanos sonrió débilmente, los labios manchados de rojo. —No tienes que… disculparte, Kiryu-san… —respondió con una serenidad que dolía—. Kiryu apretó los puños, buscando palabras que no llegaban. —Tachibana, reacciona… no nos hagas esto justo cuando tu hermana está cerca. Ryohei bajó la cabeza; las lágrimas comenzaron a caer sin que él pudiera detenerlas. —Hermano… por favor no… El ex yakuza se volvió hacia el hermano jurado. —Nishiki. Por favor. Trae a Makoto. Deprisa. Sin dudarlo, Nishiki salió corriendo por el pasillo, las pisadas resonando entre los tubos metálicos como un metrónomo de urgencia. Tetsu intentó hablar, pero su voz ya era apenas un soplo. —Ya es… demasiado tarde… para mí… —¡Hermano! —gritó el menor, sosteniéndolo con más fuerza, como si pudiera devolverle el peso de la vida. Los ojos de Tetsu se movieron hacia Kiryu. —Kiryu-san… —murmuró—. Lau Gui… fue contratado por… Sohei Dojima. —¿Qué… qué dijiste? —Kuze… lo dijo… —tosió sangre, apenas un hilo—. Dojima… es quien tira de los hilos. Quería expulsar a Kazama-san… por eso te tendió esa trampa… El silencio se quebró solo por el zumbido de las luces. —¡Hey! Tachibana, mírame —le exigió Kiryu, con la voz rota—. Ryohei negó con la cabeza, la desesperación en los labios. —Resiste, por favor, hermano. Aún puedes hacerlo… Los ojos de Tetsu se cerraban lentamente. —Hermano, por favor… abre los ojos —suplicó el menor, temblando—. No puedes dejarnos. Xiao Qiao viene en camino, te está esperando. Una leve sonrisa cruzó el rostro del moribundo. —Ryo…hei… —susurró—. Sé que serás… un gran médico… ya no eres… el pequeño tigre que definió tu nombre chino… eres la bestia que defiende… lucha… y sana… El menor apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. —No me dejes… por favor… —dijo con voz quebrada—. Te necesito, hermano… Kiryu apartó la mirada, incapaz de contener el temblor que lo atravesó. —No… esto no puede estar pasando… —murmuró. Luego lo miró de frente, con los ojos vidriosos—. Tachibana… prometo proteger a tus hermanos. Los mantendré a salvo, sea como sea. Tetsu intentó levantar la mano, buscando el rostro de Ryohei. Sus dedos temblaron en el aire, apenas a centímetros de tocar su mejilla. Y luego… cayeron. Un último suspiro escapó de sus labios. El cuerpo se relajó. La vida lo abandonó con una suavidad cruel. —¡Hermano, no! —gritó Ryohei, la voz quebrándose en un alarido que se perdió entre las ruinas. Kiryu cerró los ojos, el rostro endurecido por una impotencia que dolía más que cualquier herida. Golpeó el suelo con el puño. —¡Maldita sea! —rugió, y el eco retumbó por todo el sótano como un réquiem. La bombilla parpadeó una vez más y se apagó como si el sótano entero hubiera exhalado. La oscuridad los envolvió con la pesadez de un sudario; solo quedaban respiraciones cortas, el goteo de algún tubito y el cuerpo inmóvil del hombre que había intentado salvarlos a todos. Kuze, apoyado en un montón de escombros, vomitó una frase fría que buscaba justificarse. —Yo… solo hice lo que tenía que hacer. La voz hizo eco entre las losas. Ryohei lo miró fijamente. Al principio eran lágrimas las que le brillaban en los ojos; en segundos se convirtieron en sangre: la órbita enrojecida, la mirada afilada como un bisturí. El dolor lo inundó, pero la rabia llegó detrás y lo empujó a levantarse. Kiryu puso una mano sobre su hombrera, sin dejar de observar al lugarteniente. El de blanco parecía contener un volcán: tranquilo por fuera, tempestad por dentro. Ryohei se incorporó de un salto y, como si hubiera despertado un animal dentro, agarró el bate metálico que descansaba junto a un montón de maderas rotas. —¿Solo lo que tenías que hacer… basura inmunda? —escupió, la voz hecha filo. Kuze entrecerró los ojos, respirando con dificultad. Con la boca torcida, habló de intereses más grandes, de conspiraciones, y de nombres que tejían el destino del Lote Vacío. —El Lote Vacío… ya no es solo un problema de la Familia Dojima… Alguien intenta vendérselos a los Omi… alguien dentro del Clan Tojo. La frase cayó como ácido. Una pausa. Luego, la acusación que abría heridas: —Hay un traidor… Aún no sabemos quién es pero… es un hecho que lo ha intentado. Otra pausa, y la gravedad del plan. —Si el Lote cae en manos de los Omi… se harán cargo del proyecto de reurbanización, marchando por Tokio y declarando la guerra al Clan Tojo. Ryohei avanzó un paso, los dedos blancos en torno al bate. Sus palabras salieron entre dientes, cargadas de una verdad pequeña y salvaje como un grito: —Y eso a mí ni me importa… —comenzó—. Por culpa de ese estúpido lote perdí lo que más amaba en la vida… Kiryu, con la voz que siempre trataba de frenar los abismos, intentó poner orden. —Ryohei, espera… ¿qué piensas hacer? El joven ni oyó la pregunta como advertencia; ya tenía la respuesta hecha. —¿No es obvio? —dijo, apretando el mango con una furia primitiva—. Este bastardo se encargó de eliminar a mi hermano… arruinó a mi familia. Es momento de que pague… con mis propias manos. Los ojos se le volvieron cuencas de furia. Alzó el bate en un arco decidido, dispuesto a partir la oscuridad sobre la cabeza del lugarteniente. —¡Ryohei, detente! —bramó su compañero, pero su voz sonó lejana. El bate se detuvo a milímetros del cráneo de Kuze. En ese instante suspendido, la formación médica del menor habló más alto que el animal que gritaba venganza: conocía la anatomía, las consecuencias, el peso irreversible de una muerte infligida sin control. Era la línea entre justicia y monstruosidad. Kuze, con el rostro aún ensangrentado, lo miró desde el suelo. Por un instante no vio al aspirante que había jurado salvar vidas, sino a la bestia dormida que su hermano había intentado contener durante años. Tragó saliva; la furia de Ryohei le parecía distinta, más peligrosa que la de Kiryu: no nacía del odio, sino del dolor. —Tsk… tienes los ojos de un Tachibana —murmuró Kuze con una mueca que fue a la vez miedo y respeto—. Siempre supe que acabarías rompiendo algo más que huesos. La provocación no sosegó al chico; lo dejó helado. No porque viniera de un enemigo, sino porque por primera vez entendió que su rabia ya no era sólo rabia: era un filo que podía convertirlo en aquello que juró combatir. —No es necesario mancharse las manos por una basura como él… —dijo Kiryu en un susurro que ardía en la oscuridad. Ryohei clavó la mirada en ese cadalso invisible de dudas. La sangre bajo sus uñas ardía, pero la medicina que llevaba dentro le recordó el precio de un golpe definitivo. La rabia se transformó en un grito contenido. Con un gesto lento y pesado, dejó caer el bate como quien suelta un cadáver. Retrocedió unos pasos, respirando al borde del abismo. —¿Cómo que no? —siseó, volviendo a encenderse—. Este hijo de puta fue responsable indirecto de su muerte… Kuze sonrió con desprecio y, aún semiincapacitado, intentó negociar su supervivencia. —Kiryu… deja que él se quede y dame a la chica. La réplica fue un animal distinto: la promesa de un hombre que ya no retrocede. —Una mierda —escupió el otro—. No te los pienso entregar. El lugarteniente alzó la cabeza, con la temible calma de quien mide posibilidades. —¿O piensas enemistarte con todo el Clan Tojo? —preguntó, como si ofreciera un trato. Kiryu no vaciló. Su voz, baja y cortante, fue una sentencia. —Ya te dije que no les pondrás un dedo ni a Makoto Makimura ni a Ryohei Tachibana… Me encargaré de arrasar con el Clan Tojo. Ryohei, aún con la rabia burbujeando en las venas, clavó en Kuze una mirada que era promesa y amenaza juntas. —Escúchame bien… Daisaku Kuze —dijo—. Algún día tú, los lugartenientes y el mismo Sohei Dojima pagarán por todo esto. Los acabaré con mis propias manos. Kiryu lo miró, y en ese intercambio se selló un juramento a dos voces. —Acabaremos con todos ellos —dijo Kiryu, la voz grave y serena—. Te lo juro, Ryohei. —Alzó la mirada al techo agrietado, como si hablara con el cielo mismo—. Lo juro por Dios. Con manos temblorosas, Kiryu tomó el cuerpo inerte de Tachibana. Fue un gesto seco, ritual: recogió lo que quedaba de su hermano y se lo acercó al joven cuyo mundo se había roto. Sin mediar palabras, como si la acción fuera una plegaria, los dos salieron del sótano. Sus siluetas, arrastrando dolor y decisión, desaparecieron por el umbral hacia la luz fría de la noche. Desde el suelo, Kuze dejó escapar una sonrisa amarga, casi un aplauso diminuto. —Malditos mocosos… —murmuró—. Pero ambos se han convertido, indirectamente, en unos auténticos yakuzas. La frase de Kuze siguió flotando en la oscuridad, diluyéndose entre los ecos del subsuelo. Afuera, Kamurocho brillaba como si nada hubiera pasado. Los neones seguían parpadeando, indiferentes, mientras el olor a lluvia y sangre llenaba el aire del callejón. Ryohei abrió la puerta del edificio con un golpe seco. El vapor caliente escapó al contacto con el aire nocturno. Kiryu lo siguió, llevando en brazos el cuerpo de Tetsu Tachibana. El peso del hombre no era solo físico; era el peso de una promesa incumplida, de una vida que había cargado más culpa que gloria. Miró su rostro —aún sereno, casi en paz— y por un instante creyó ver una leve sonrisa, como si Tetsu hubiera encontrado descanso al fin. A su lado, su compañero caminaba en silencio. El cabello empapado, las manos aún manchadas de sangre, y la mirada baja… tan baja que nadie podía ver sus ojos. —Kiryu… Ryo… —la voz de Nishiki llegó desde el final del callejón. Delante de él, una figura menuda avanzaba con pasos vacilantes, guiada por la voz de su compañero. Makoto. El bastón blanco golpeaba el suelo mojado, cada sonido una herida más abierta. —¿Hermano? ¿Ryo-chan? —su voz tembló, cargada de esperanza. El menor levantó la cabeza. Sus labios se movieron apenas. —Hermana… —susurró, y la palabra se quebró como cristal. Nishiki se detuvo al ver el cuerpo en brazos de Kiryu. Bajó la mirada, impotente. Makoto, ajena todavía, siguió caminando despacio, hasta que tropezó con algo metálico. Sus dedos tocaron una superficie fría. Era la prótesis de acero de Tetsu. La reconoció al instante. El bastón cayó de sus manos con un golpe hueco. —¿Dónde están? —preguntó, aunque ya lo sabía. Ryohei tragó aire, pero no logró hablar. —Makoto… él… —fue todo lo que pudo decir antes de que la voz se le rompiera. Kiryu, con un respeto casi sagrado, bajó el cuerpo de Tetsu hasta dejarlo frente a ella. Makoto extendió las manos temblorosas, recorriendo el rostro de su hermano mayor. Su piel ya estaba fría. La respiración se le entrecortó. —Entiendo… —dijo al fin, con voz trémula—. Estás agotado… Ha sido duro, lo sé… Hermano… Esas palabras la desgarraron por dentro, pero también abrieron la herida de Ryohei. El joven cayó de rodillas junto a ella, abrazándola desde atrás. —Perdóname… yo no… —sollozó contra su hombro. La chica inclinó la cabeza, dejando que las lágrimas corrieran libres. Acarició la frente de Tetsu con ternura, como si intentara devolverle la vida. —Ya estoy en casa… hermano —susurró. Su hermano menor se quebró por completo. La abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cuello mientras la lluvia comenzaba a caer sobre ellos. Cada gota golpeaba el suelo como un réquiem. Makoto siguió acariciando el rostro de Tetsu, aun sabiendo que no respondería. El silencio se volvió absoluto, roto solo por el sonido de la lluvia y los sollozos ahogados de los dos hermanos que habían tardado toda una vida en reencontrarse… solo para despedirse. Kiryu los observó en silencio, los puños cerrados, la mirada perdida en el cielo gris. Y en su mente, un pensamiento que no se atrevió a decir: Nadie escapa del peso de Kamurocho.
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