ID de la obra: 964

Yakuza Zero - El Latido del Tigre

Gen
NC-17
Finalizada
2
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
646 páginas, 212.665 palabras, 27 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
Compartir:
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección Descargar

Ceniza, Tierra y Juramento

Ajustes de texto

Capítulo 21

“Ceniza, Tierra y Juramento”

El amanecer llegó perezoso, como si no quisiera levantarse. En el Parque del Oeste, las brasas moribundas de las fogatas exhalaban humo frío. Los vagabundos estiraban sus cuerpos encogidos bajo lonas raídas, encendían pitas con manos temblorosas y volvían a acurrucarse. El suelo despedía humedad y hojas pegadas, mientras las farolas parpadeaban, indecisas, como si no valiera la pena iluminar aquel rincón olvidado de Kamurocho. En una carpa improvisada, sobre un tatami que apenas contenía el frío, yacía Tetsu Tachibana, cubierto por una lona azul. La tela se agitó con el viento y, por un instante, pareció respirar. A su lado, Makoto sostenía una mano inerte, la prótesis metálica aún tibia al tacto. Las lágrimas le marcaban surcos brillantes en las mejillas; su respiración se entrecortaba como si el aire le pesara. Al otro extremo, Nishiki observaba en silencio junto a Kiryu, ambos con la mirada vacía, incapaces de intervenir. Cerca de la entrada de la carpa, Ryohei permanecía sentado en una banqueta, encorvado, los ojos fijos en la lona que cubría a su hermano. Su respiración era un hilo, un intento de no romperse. Sacó una cajetilla de cigarrillos con dedos que aún no recuperaban la firmeza. Escogió uno sin pensar y lo sostuvo torpemente entre los labios. El encendedor le tembló en la mano; la llama osciló antes de prender. Inhaló una primera calada y la nicotina le estalló en la garganta. Tosió, una tos seca, breve, como si el humo le reprochara estar vivo. —Se nota que es su primera vez fumando —comentó Nishiki, con una media sonrisa cansada. Kiryu rió apenas, sin alegría. —Perder a una familia y, dos días después, a tu hermano… no hay palabra que alivie eso. Ryohei intentó otra calada y volvió a toser. Su rostro se tiñó de rojo antes de palidecer; el humo subió en remolinos torpes que la mañana deshizo de inmediato. —Deberías hablar con él —añadió Nishiki, dirigiéndose a Kiryu—. Han estado juntos desde que todo esto comenzó. El ex yakuza asintió y se acercó. Se sentó junto a Ryohei, sacó su propio cigarrillo y lo encendió con calma. La llama iluminó su rostro cansado. —Esto pesa —comentó, exhalando el humo con serenidad fingida—. Más de lo que imaginábamos. —Ni que lo digas —respondió Ryohei, soltando una bocanada—. Oda y mi hermano... ambos muertos. Todo por culpa de Dojima y sus tres perros. El silencio que siguió fue denso, cargado de aire no dicho. Kiryu miró de reojo a su compañero. —¿Qué piensas hacer ahora? Ryohei apretó los labios, el cigarro temblando entre los dedos. —Ver los funerales —dijo con voz baja—. Pero Makoto quiere llevarlo al lote. Enterrarlo donde todo empezó. —¿Al Lote Vacío? —repitió Kiryu, incrédulo. El nombre pesó entre ellos como un fantasma. El joven asintió sin soltar la colilla. —Me lo dijo en el camino. Y mientras veníamos, pensé en lo que casi hice... con Kuze. —Alzó la mirada, fija en el vacío—. Estuve a milímetros de romperle la sien. Casi lo mato. Pero te escuché y me detuve. —No eres un asesino, Ryohei. No te ensucies las manos con eso. La justicia se busca… la venganza te devora. El joven apagó el cigarro con el zapato, el sonido metálico contra la piedra fue un eco seco. —¿Entonces cómo? —preguntó con voz quebrada—. Quiero venganza, Kiryu. Quiero que paguen. Que cada gota de sangre de Tetsu y Oda tenga un precio. El ex yakuza respiró hondo. —Cuando la rabia manda, uno pierde el rumbo. Pero hay que elegir la batalla correcta para seguir vivo y poder librarla. Ryohei cerró los ojos y dejó escapar el aire despacio. —Ahora que Tetsu no está, la inmobiliaria pasa a ser de Makoto y mía. Somos los únicos herederos. Usaré lo que dejó: sus contactos, su red, su influencia. Su voz se endureció. —No me importa cuánto tarde ni cuánto cueste. Los tres lugartenientes… Awano, Kuze y Shibusawa… todos caerán. —¿Y tu sueño de ser médico? ¿Vas a enterrarlo también? El joven lo miró, los ojos encendidos, mezcla de furia y vacío. —Quise ser médico por él. Ahora que se fue… no sé si seguir sanando al mundo basta. En ese momento, un zumbido cortó el aire. El localizador de Ryohei vibró en su cinturón; la pantalla mostraba un código conocido. —Es el “Código de Siempre” —murmuró, poniéndose de pie con torpeza—. Es Kenji, debió llegar a Osaka. Voy a la cabina. Guardó el dispositivo en el bolsillo, luego miró a Kiryu con firmeza. —Juraste que acabarías con el Clan Tojo… Espero poder contar contigo para eso. Kiryu lo observó sin palabras. Su silencio valía más que cualquier promesa. Ryohei se dio media vuelta y caminó hacia la cabina telefónica al borde del campamento. Sus pasos crujieron sobre la grava húmeda. Detrás de él, la carpa seguía inmóvil, con Makoto abrazando el cuerpo de su hermano y el sol apenas asomando entre las nubes. El humo del cigarrillo se desgranaba en el aire como recuerdos que nadie quería recoger. Empujó la puerta de la cabina; el clic del cierre sonó demasiado alto en la quietud. El interior olía a metal húmedo y a gasolina vieja; la luz amarilla teñía su cara cansada. Metió la moneda con manos que aún le temblaban, marcó el número y pegó el auricular a la oreja como quien se agarra a un salvavidas. —¿Ryo? —la voz de Kyomi surgió por la línea, suave y llena de alarma—. ¿Eres tú? —Sí —respondió él, con la garganta apretada—. Kyomi... ¿Kenji llegó bien? —Sí —dijo ella—. Llegó antes del amanecer. Está duchándose ahora; me dijo que tuvieron que ayudar con una extracción de bala. ¿Qué pasó en Kamurocho? El chico abrió la boca para hablar, pero la voz de Kyomi se tornó en eco y, un segundo después, Kenji tomó el auricular en el otro extremo; su tono pasó de tranquilo a serio al instante. —¿Ryo? —preguntó Kenji. —¿Estás bien? —No... —Ryohei no pudo disimular—. No estoy bien. —¿Qué pasó? ¿Pudieron... salvar a Tachibana-san? —la pregunta de Kenji tembló entre la urgencia y la esperanza. Ryohei inhaló despacio, como si preparara el cuerpo para una inmersión. —Murió —dijo, con la voz quebrada—. Tetsu no aguantó. Estuvo frente a mí cuando se fue. Me lo arrebataron. Silencio al otro lado del hilo; Kyomi respiró profundo y su voz quedó hecha jirones al pronunciarlo. —Lo siento tanto —murmuró la joven, y la ternura en esas palabras fue la primera grieta por donde Ryohei se desplomó en llanto. La pena ardía y, tras ella, la rabia se encendió como gasolina. —Ellos pagarán —gruñó—. Voy a arrancarles la vida a esos malnacidos. A los lugartenientes, a Dojima… caerán uno por uno. Quiero venganza. Kenji contuvo el aliento y habló con calma, la voz de quien conoce la cuerda que cruza un hombre al borde del abismo. —Escúchame —habló—. Entiendo lo que sientes y sé que lo quieres todo ahora. Pero escucha: la venganza puede tragarte. No serás el primero en desaparecer en ella; no quiero verte destruido. Ryohei sintió la resonancia de las palabras de Kiryu dichas antes en el campamento; lo oyó como un eco dentro de la cabina. —Kiryu me dijo algo parecido —contestó, la voz áspera—. Pero... ¿qué harías tú si fuera tu hermano? Un silencio breve. Luego su mejor amigo respondió sin dudar: —No te dejes consumir. Sé paciente; piensa en lo que vendrá después. La venganza te puede dar un momento de alivio, pero también te puede dejar frío y vacío. No te prohíbo buscar justicia, Ryo; te pido que la busques con los ojos abiertos. Kyomi volvió a tomar la palabra, y su tono tuvo la ternura de quien conoce desde la infancia al otro. —Ryo —susurró—, tu hermano te quiso por lo que eras. No quiero que te pierdas en la oscuridad. Si vas a buscar que paguen, hazlo también honrando lo que prometiste: sigue aprendiendo a curar. Sana. Protege. No abandones lo que te impulsó a estar ahí cuando Tetsu salía de la diálisis. Esas palabras perforaron la cáscara de Ryohei. Recordó las manos de Tetsu, la forma en que lo miraba cuando él le limpiaba una fístula, cómo le agradecía con una sonrisa opaca después de una sesión dura. Recordó por qué, en el fondo, había elegido aprender a curar. —¿Creen que podré? —preguntó, con la vulnerabilidad a flor de piel. —Sí —respondió el otro chico, con la firmeza de un hermano jurado—. Sí, puedes. No lo harás solo; Kyomi y yo estaremos contigo. Sé médico por él. Y cuando llegue el momento, si la justicia debe caer, que lo haga con cabeza fría, no con rabia ciega. Escuchó y, entre sollozos, halló un hilo de razón. La ira no se extinguió; la puso a un costado, menos urgente pero no desaparecida. Había otra vía: terminar de aprender a curar, convertirse en utilidad, no en combustible para el fuego. —Necesito pensarlo, pero gracias a los dos. —Hizo una pausa—. Y... Kenji, cuando te cases, si es que alguna vez pasa —dijo con un hilo de ironía quebrado—, espero que me invites. Una risa entrecortada cruzó la línea; Kenji replicó con sarcasmo cálido: —¡¿Qué dices?! ¿Casarme? ¿Yo? Cuando los cerdos vuelen. Ryohei colgó despacio. Apoyó la frente contra el cristal empañado de la cabina y dejó que la lluvia limpiara su rostro, mientras las palabras de sus viejos amigos, como yeso flexible, empezaban a sostener la pierna por la que pensaba correr hacia la venganza. Al salir, su paso tenía otra cadencia: aún dolorosa, pero con una decisión que no lo borraba por completo. Volvió con pasos que sonaban demasiado grandes contra la mañana. Dejó atrás la cabina. El parque ya se había vestido de día: la niebla retrocedía y las brasas eran humo pálido. Makoto hablaba con Kiryu, la voz baja y firme, la petición clavada en cada sílaba: quería que llevaran a Tetsu al Lote Vacío. El ex yakuza asintió y, sin más trámite, miró a Nishiki como quien reparte tareas urgentes. —Cubre el cuerpo y busquemos una ruta que nos aleje de miradas —ordenó Kiryu con voz contenida—. Y nada de calles principales. Los tres movieron sus cuerpos con la torpeza de quien carga un secreto. Tiraron de las chaquetas hasta envolver el cadáver; lo convirtieron en un fardo oscuro que flotaba entre telas. Avanzaron por atajos, evitaron avenidas, se internaron por pasillos donde la curiosidad no encontrara base. Nadie preguntó, nadie se fijó demasiado. Cuando llegaron al Lote Vacío, las vallas policiales de días atrás ya no cortaban el paso. El terreno era un rectángulo modesto: tierra compacta, algún escombro, nada para atraer miradas. Sacaron palas escondidas bajo las prendas; el metal mordía el frío de la mañana. Empezaron a cavar en un silencio de mecánica: pala, tierra, arcilla; pala, tierra, arcilla. El agujero crecía con la obediencia del trabajo sudoroso. Makoto permanecía a un lado, la chaqueta rozándole las piernas. Algo en su rostro había cambiado: las pupilas, antes selladas, captaban ahora una sombra de luz. Percibía contornos; el gesto de la pala, la curvatura de la espalda de su hermano menor, la manera en que Kiryu clavaba los pies al golpear. Sin que nadie lo notara al principio, ella dio un par de pasos hacia el ruido de la excavación y, a continuación, se deslizó lateralmente, como si una intención propia la empujara a apartarse. No era exactamente huida: más bien una retirada deliberada para que aquel último secreto quedase solo suyo. Tal vez necesitaba alejarse para no ver lo que ya entendía. Con manos temblorosas colocaron a Tetsu en el borde de la fosa. Lo introdujeron con cuidado, como si pusieran un libro en su último estante. Ryohei se inclinó, levantó la lona un instante y buscó el rostro inmóvil de su hermano. Las palabras que la noche se había tragado salieron por fin. —Hermano —musitó, la voz quebrada—. Me hubiera gustado darte un funeral digno. Aquí… aquí quizá puedas descansar. Se incorporó con los ojos encharcados y, con un gesto, llamó a Makoto. —Listo, hermana. No hubo respuesta. La figura que había estado allí se había desvanecido. —¿Y la chica? —Nishiki clavó la pala en la tierra y se quedó inmóvil, la inquietud marcando su tono. —¿Makoto? —Ryohei buscó con la voz, como si el nombre pudiera atraerla de vuelta al borde del agujero. Kiryu limpió la mano en el pantalón y examinó el perímetro con gesto seco. —Iba con nosotros. ¿Dónde se habrá metido? Un frío le atravesó el pecho al joven; la posibilidad de que ella se hubiese marchado sin avisar lo dejó desconcertado. —separémonos y búscala —propuso—. No debe de haber ido lejos si apenas comienza a percibir contornos. Nishiki asintió y se dirigió ya hacia la salida del Lote. —Voy al Serena —anunció—. Tengo que decirle a Reina y quizás algún cliente la haya visto. Kiryu recogió la pala, la tierra pegándose a la suela. —Es coherente. Yo rodearé los bloques, chequearé las entradas y salidas. Ryohei alzó el localizador y lo mostró como un juramento. —El que la encuentre, que avise por el aparato. Yo terminaré de enterrar a mi hermano y la buscaré. Se dispersaron en tres direcciones: Nishiki se perdió entre los callejones como quien tira una piedra al agua; Kiryu se volvió sombra que bordea las aceras, examinando entradas y salidas. El chico permaneció un instante más junto al agujero, la pala apoyada en el borde, los dedos hundidos en tierra fría. Respiró hondo, como si tuviera que apretar cada latido en el cuerpo antes de hacerlo suyo. Con movimientos medidos y casi rituales volvió a cubrir el cuerpo. Tierra sobre tierra, mano tras mano, hasta que la fosa reclamó lo que le pertenecía. Cada palada era una palabra que no se atrevía a pronunciar; cada puñado, un último ajuste al contorno de su pérdida. Cuando la tierra hubo sellado el silencio, pasó la mano por la superficie como quien prueba la costura de una reparación y alzó la vista. Se puso en marcha. Sus pasos, primero dudosos, se fueron endureciendo conforme ganaba distancia; no era huir, era buscar. La ciudad seguía despierta y, sin embargo, indiferente: farolas que ya no interrogaban, ventanas que hacían de testigo mudo. Makoto, en cambio, se había diluido en la mañana —pequeña, firme— llevándose consigo un secreto que solo ella había decidido custodiar. Atravesó las calles de Kamurocho con el pulso acelerado; el mediodía ya se había instalado en los pliegues de la ciudad. Corrió de acera en acera hasta detenerse frente a una anciana que barría la puerta de su tienda. —Perdón… —jadeó, recuperando el aliento—. ¿Ha visto a una chica? Lleva un bastón. La mujer se inclinó, los ojos arrugados recorriendo su figura. —¿Una chica? Sí, la vi —respondió con voz rasposa—. Pero el bastón lo llevaba como si no le hiciera falta. No lo apoyaba, lo tenía medio recogido. —¿Cómo así? —insistió el joven, clavando la mirada en ella. —Caminaba sin rumbo —continuó la vecina—, el bastón a un lado; se tropezaba y la gente la ayudaba a levantarse de vez en cuando. —¿Sabe hacia dónde se fue? —Iba por Nakamichi, camino al Distrito Champion. Ryohei asintió con rapidez. Esa ruta estaba cerca; si Makoto se había desviado, no le costaría encontrarla. Mientras se alejaba, su mente no calló: ¿Estará bien? ¿Por qué se marchó del Lote justo cuando enterrábamos a nuestro hermano? Las preguntas amasaban un nudo en su garganta. Por Nakamichi la halló: la sombra de una mujer que avanzaba con el bastón recogido en la mano derecha, como si caminara a tientas por su propia memoria. Tropezó; a punto estuvo de caer, pero él la sostuvo con un gesto instintivo y suave. —Makoto —murmuró, aferrándola con ternura—. ¿Por qué te fuiste sin decir nada? Ella alzó el rostro y, aunque la luz le borraba los contornos, reconoció la voz. Su silueta se recortó en la tarde. —¿Ryo-chan? —respondió, esbozando una sonrisa débil—. No pensé que fueras tan alto. —¿Puedes verme? —preguntó él, con una mezcla de alivio y asombro. —No del todo —admitió ella mientras se reincorporaba con esfuerzo—. Solo sombras, luces que se confunden… Creo que el shock de la muerte de nuestro hermano despertó algo en mis ojos. Ryohei se quedó pensativo un instante, cavilando sobre la fragilidad de los sentidos y la manera en que el dolor puede alterar la percepción. —Es posible —dijo finalmente—. No descartemos que vuelvas a ver pronto. ¿Por qué te fuiste sin avisar? Makoto apartó la vista, las manos temblando levemente. —No podía verlo. No soportaba quedarme allí. Me desvié para pensar… para callar. —¿Para pensar? —repitió él, buscándole matices a la palabra. —¿Podemos hablar en privado? —pidió ella, con cierta urgencia contenida—. Es algo delicado. Ryohei la miró con afecto y, al mismo tiempo, con la energía práctica de quien necesita ordenar las piezas. —Vamos a una cafetería —propuso—. De paso comemos algo. Además, debo avisar a Kiryu y a Nishiki. Makoto lo detuvo con una mano, firme a pesar de la incomodidad. —No los contactes todavía —rogó—. No hasta que te cuente. Por favor. Guardó silencio un instante más, apretó la mano de ella como quien sella un pacto y la condujo por una calle lateral hasta una cafetería de Nakamichi que parecía detenida en otra época. El local olía a café torrefacto, nata recién montada y humo de cigarrillo; las mesas eran de formica gastada, las sillas crujían con historia y, en una esquina, una pequeña rockola parpadeaba con discos que alguien había dejado a medias. El chico la guió por entre las mesas hasta una esquina apartada, donde la luz era tibia y la clientela, escasa. Una camarera de delantal azul y sonrisa práctica se acercó, tomó nota con la eficiencia de quien ha escuchado muchos secretos entre sorbo y sorbo, y se marchó tras una reverencia. —Café para los dos, y dos tartas de nata —dijo, mientras el menor se dejaba caer en la silla frente a ella. El silencio se instaló con la fragancia del azúcar. Makoto jugó con el borde del mantel, las yemas rozando el tejido, y por fin rompió la quietud. —Ryo-chan —comenzó, la voz baja—. Te oí hablar con Kiryu-san en el parque. Él la miró con frialdad medida, como si clasificar pensamientos fuera un ejercicio de laboratorio. —¿Sobre la venganza? —preguntó Ryohei, sin alzar el tono. —Y sobre que intentaste matar a Kuze —respondió ella, alzando la vista—. También quiero que paguen por lo que le hicieron a nuestro hermano. Que paguen con sus vidas. La música de fondo, un blues arrastrado, llenó la pausa. La camarera volvió con dos tazas humeantes y las tartas: la nata se asomaba en cilindros blancos, el aroma azucarado se mezcló con el amargo del café. Ryohei recogió su taza, la pegó a los labios y bebió un sorbo largo; el vapor le nubló la nariz y, por un segundo, pareció medir la temperatura del plan. —No te voy a mentir —dijo, depositando la taza con cuidado sobre el platillo y dejando escapar un suspiro contenido—. Quería matarlo. Estuve a punto. Pero pensándolo con la cabeza fría… no soy lo bastante fuerte para acabar con los tres solo. Ella mordió la tarta sin prisa, sintiendo la textura en la lengua, y lanzó una mirada afilada. —¿Contratar a alguien? —musitó, la miga pegada al labio. —No es solo contratar —replicó él, clavando los dedos en el borde de la mesa—. No son solo los lugartenientes; estamos contra la propia Familia Dojima. No me sorprendería que Sohei Dojima hubiera ordenado que Murakado se acercara a mí en primer lugar. Makoto dejó el tenedor, limpió el borde con un gesto nervioso y bebió un sorbo corto, como si el café fuera un latido que la calmara. —Tenemos algo que ellos desean —continuó su hermano, la voz más baja—. Y lo usaremos a nuestro favor. —El Lote Vacío —dijo ella sin vacilar, masticando—. Puedo ofrecerlo si hace falta. No me interesa el dinero. Lo cambio por sus cabezas. El sonido sordo de una taza al posarse cortó la frase. Ryohei apoyó la palma sobre la mesa, midiendo cada consecuencia como quien pesa piezas en un tablero de ajedrez. —Es una opción —admitió—. Pero si logramos esto tendremos que afrontar las consecuencias. Toda la yakuza podría ir tras nosotros. No sería la primera vez que un acto así enciende una guerra. Makoto dejó la cucharilla en el plato y clavó la mirada en él, fría y decidida. —Entonces habrá guerra —dijo—. No me importa. Si es lo que hace falta para que nadie más sufra como Tetsu. Ryohei sonrió, pero era un destello sin alegría: cálculo, no éxtasis. —Por ahora —propuso—, terminemos de comer. Vamos a la tumba de nuestro hermano a pensar con más calma. Irás, y si no estás lista me acompañas igual; sostenerse juntos ya es mitad de la estrategia. Ella asintió, tomó el último bocado, dejó la taza vacía frente a sí y, con la voz quebrada por una ternura que no quería admitirse, respondió: —No sé si estoy lista. Pero si tú vas conmigo, estaré preparada. El platillo marcó un leve golpecito al posarse en el centro de la mesa, un tic casi imperceptible que, sin embargo, parecía señalar el inicio de algo irreparable y, al mismo tiempo, inevitable. Mientras terminaban las últimas migas y el vapor del café se disipaba en la penumbra del local, Ryohei abrió la mano sobre la mesa y sujetó el localizador. ¿Será prudente avisarles? ¿O sería precipitarlo todo? Chasqueó la lengua, dejó que el dispositivo regresara al bolsillo y dio otro sorbo, como quien cubre una duda con un gesto rutinario. Pagaron la cuenta sin conversación superflua y salieron a la calle. El aire golpeó con el frío anaranjado del atardecer; Kamurocho parecía estirarse y bostezar antes de la noche. Caminaron en silencio hasta el Lote Vacío, donde la tierra aguardaba lo que quedaba de Tetsu Tachibana. El menor de los hermanos tomó a Makoto del brazo y la ayudó a subir por las escaleras hacia un andamio cercano, un esqueleto metálico que ofrecía una vista parcial del terreno. Al llegar, extrajo un cigarrillo, lo colocó entre los labios y lo encendió; la primera bocanada le llenó los pulmones y, sin lograr evitarlo, tosió una vez, tosiendo después en una carcajada sofocada. —Aún no me acostumbro a esto —jadeó, devolviendo el humo al cielo. —No te sienta bien si no estás habituado —replicó ella, con una mezcla de reproche y ternura—. Te raspa el pecho. —Ya empecé —contestó él, clavando la mirada en la ciudad—. Si no lo hago, no me calma. El silencio que siguió no molestó; antes bien, fue una tregua compartida. Ryohei volvió a inhalar y contempló las siluetas que dibujaba el crepúsculo sobre las fachadas: cartelitos desgastados, neones ya tibios, humo de restaurantes que se mezclaba con la bruma urbana. —Hace años —comenzó de pronto, como si buscara anclar la conversación en algo sólido—, en un viaje escolar a Kamurocho ayudamos a un anciano chino. Fui el intérprete; tenía la pierna mal y lo estabilizamos hasta que llegó la ambulancia. —¿En serio? —preguntó Makoto, inclinando la cabeza. —Sí —asintió—. Kyomi y Kenji me ayudaron. Me dijo que tenía buenas manos. Fue la primera vez que alguien me dijo que podía curar. Recordó con nitidez el rostro ajado del hombre, el agradecimiento balbuceado y la sensación de que, por un segundo, su destino había sido señalado. Un silencio breve lo llevó a otro recuerdo, más afilado. —Cuando Tetsu y sus hombres me salvaron del secuestro en Sotenbori —prosiguió—, decidí que sería médico. Estudiaba hasta tarde para prepararme para los exámenes de ingreso. La voz del chico se hizo más suave. El sonido metálico del andamio y las voces distantes de la ciudad componían la banda sonora de sus confesiones. —¿Aún lo quieres? —inquirió ella, con la mirada anclada en su perfil. —Parte de mí sí —admitió—. Por él, por su memoria… pero otra parte quiere dejarlo todo para centrarme en la venganza. Con un movimiento seco apagó el cigarrillo con la punta de su zapato, arrastrándolo contra la chapa. La brasa murió; el humo, en cambio, quedó flotando. —Quiero las dos cosas —dijo—. Ser médico por el abuelo Chen, por lo que me enseñó en la preparatoria, y serlo por Tetsu. Pero quiero también que paguen por lo que hicieron. Ella lo miró, serio y entero, y la tarde se volvió un borde afilado entre el deber y el instinto. —También quiero justicia —reconoció Makoto—. Que haya consecuencias por esta guerra que nos arrebata la paz. Ryohei respiró hondo, como midiendo la palabra antes de soltarla. —Te seré franco: hay algo que ha despertado en mí —confesó—. Una bestia que ruge y quiere salir. Quiere despedazar a sus enemigos. Su hermana sonrió por primera vez en el día; una sonrisa breve, amarga, que llevaba la sombra de aquel nombre Chino. —Hablas de Xiǎo Hǔ, ¿no? —dijo—. Pequeño tigre. Él rió, una risa corta que no alcanzó los ojos. —El abuelo nunca deja de recordarlo —respondió—. Cuando esto termine, te lo presentaré. Dirá que ya tiene dos nietos. Ella apoyó la frente contra la baranda un instante, dejando que el viento le peinara el cabello. Luego alzó la vista hacia el cielo que se oscurecía. —Si lo hacemos —musitó—, que sea con la cabeza fría. —Siempre —prometió—. Primero la tumba. Luego, la cabeza fría. Pensaremos en calma. Makoto se aferró al brazo de su hermano y, sin otra palabra, ambos miraron el Lote Vacío: un rectángulo de tierra muerta en el mapa de la ciudad, pero vivo de memorias y de promesas. La noche descendía lentamente sobre Kamurocho, extendiendo su manto entre los edificios como una respiración densa. El Lote Vacío parecía otro mundo: un silencio que contenía ecos de sirenas lejanas, pasos olvidados, juramentos. Los dos hermanos permanecían de pie, mirando hacia la tierra donde descansaban los restos de Tetsu. El aire olía a polvo, hierro y flores mustias. Y entonces, una voz irrumpió la calma. —Eres… Makoto… ¿verdad? —jadeó la voz, rota, como llegada desde otra pelea. Ninguno de los dos respondió. Solo el viento respondió por ellos. —¿Qué haces aquí arriba? —continuó el hombre, acercándose lentamente—. ¿Makoto? La mujer giró el rostro hacia el sonido, y su hermano hizo lo mismo. La silueta emergió de las sombras: traje negro, cabello engominado, parche en el ojo. Algunas heridas marcaban su rostro, recuerdos recientes de peleas que aún no habían terminado. Ryohei lo reconoció de inmediato. Goro Majima. —Tú eres… —susurró el joven, tenso. Recordó de golpe la conversación con Sera, días atrás: aquel hombre había protegido a Makoto en su ausencia. Su hermana, en cambio, esbozó una sonrisa apenas perceptible. —Tuve la esperanza de que podríamos volver a vernos… —dijo ella, con una calma que solo el dolor puede enseñar. El recién llegado la observó como si el tiempo se hubiera detenido. —¿Tú… puedes ver? —preguntó, incrédulo. —No precisamente —intervino Ryohei, con un tono neutro. —¿Eh? —Veo lo suficiente para andar por el barrio —explicó la chica, con un hilo de voz—. Pero aún dependo de mi hermano. Sé que estás ahí de pie… aunque solo veo tu silueta. Majima contuvo un gesto. La impresión en su rostro mezclaba sorpresa con algo más profundo: alivio, quizá. —¿Hermano? —repitió, mirando hacia el muchacho—. Tú eres… —Nos vimos en el Grand —respondió Ryohei, sereno—. Fui con un amigo a visitar a una de tus chicas. Una vieja amiga de la secundaria. El hombre del parche arqueó una ceja. —Lo recuerdo. Pero… ¿qué ha pasado? Un silencio espeso se instaló entre ellos. La brisa agitó un trozo de lona, como un suspiro. Makoto fue quien rompió la quietud. —Hoy, vi a mis hermanos después de diez años —dijo, mirando hacia el vacío del terreno—. Aunque… aún estaba ciega. —Hicimos lo posible por reunirnos los tres —añadió Ryohei, con voz grave—. Pero… —Nuestro hermano mayor fue asesinado —completó ella, la voz quebrándose apenas—. Cuando toqué su cuerpo frío… algo reaccionó en mis ojos. Vi una luz. —¿Eso es posible? —preguntó Majima, casi para sí. El chico asintió, exhalando el humo invisible de un cigarro imaginario. —El trauma despertó su sensibilidad ocular —explicó con calma médica—. Por eso ahora ve siluetas, sombras, luces difusas. —No importaba cuánto me acercara a su cara —prosiguió la chica—. Ni a la de Ryo-chan. No podía verlos con claridad. Lo único que supe… es que fue torturado sin piedad. Los dedos del muchacho se cerraron sobre sus nudillos hasta que crujieron. —Los yakuzas de la Familia Dojima lo asesinaron —dijo entre dientes—. Todo por este maldito terreno. —No lo hagan —intervino Majima con firmeza—. No vayan por ese camino. No busquen venganza. ¡No desesperen! Ryohei lo miró con una mezcla de ironía y desdén. —¿De qué estás hablando? —Las cosas cambiaron —explicó el hombre del parche, bajando la voz—. Makoto, mi jefe ya no quiere matarte. No quiere hacerte daño. Solo quiere comprarles el terreno. A ambos. Sabe que son los dueños. El silencio volvió a caer, más pesado esta vez. —Si se lo venden —prosiguió—, nadie tendrá motivos para molestarlos. Una risa seca salió del pecho de Ryohei mientras encendía un cigarro. —Qué ingenuo —dijo, dejando escapar el humo con lentitud—. ¿Crees que vendérselo resolverá algo? —Claro que sí —replicó Majima—. Nadie los tocará. Prometo que estaré junto a tu hermana todo el tiempo. Pase lo que pase, pienso protegerla. El joven lo observó por un instante más largo del necesario. Notó en aquellas palabras algo genuino. Tal vez demasiado. —Mi seguridad no importa —irrumpió Makoto, cortante—. Hay algo que debemos hacer, aunque nos cueste la vida. Miró a su hermano, que asintió con seriedad. —Si realmente quieres ayudar… entonces hazlo. El silencio se transformó en tensión pura. —Nuestro hermano fue asesinado por los hombres que codician este terreno —dijo Ryohei, con tono firme—. Los tres lugartenientes de la Familia Dojima… y Sohei Dojima en persona. Majima lo miró, incrédulo. —¿Acaso quieren que… los mate? Makoto levantó la barbilla, su voz sonó tan clara como un disparo. —Podemos pagarte —dijo—. Mil millones bastarán. Aceptaste matarme una vez, ¿no es así? No hubo respuesta. Solo el viento. —Por favor… —añadió ella, casi en un susurro—. Mátalos. Sé, en mi corazón, que por eso mi hermano nos reunió. Y ahora que se ha ido… ¿no significa eso que quiere que lo venguemos? Majima negó lentamente. —Tú no eres así —dijo—. Y él tampoco lo era. No creo que su hermano mayor deseara esto. Ryohei terminó el cigarro, lo aplastó con la punta del zapato y exhaló una última bocanada. —Supuse que rechazarías —dijo, sin rencor, pero con decepción. —No me conoces lo suficiente para pensar eso —replicó Majima. El chico sonrió sin humor. —Tal vez no —admitió—, pero sé quién eres. Qué decepción. Makoto lo tomó del brazo, un tirón leve que decía “vámonos” sin palabras. Comenzaron a andar. Al pasar junto a Majima, ella apenas murmuró: —Déjanos ir. Estoy mejor así. El menor la siguió, los pasos lentos sobre el andamio. Ella tropezó y casi cayó, pero él la sostuvo al vuelo, sujetándola con ambas manos. Su mirada se cruzó con la del hombre del parche, y en los ojos de Ryohei brilló algo entre desprecio y advertencia. —Suéltala —gruñó. —Estoy bien —intervino Makoto, desarmando la tensión. Majima suspiró, mirándolos a ambos. —¿Les molesta si la invito a comer takoyaki? —preguntó de pronto. —¿Qué? —Ryohei frunció el ceño—. ¿Takoyaki? —Sí —repitió el otro, con una media sonrisa—. Solo quiero hablar con ella a solas. Comer algo. Si después de eso quiere que me marche, lo haré. —¿Crees que estoy enfadada porque tengo hambre? —replicó la chica, molesta. —¿Eso es un no? —preguntó Majima, con un tono que rozaba la provocación. Makoto lo meditó unos segundos. —No he dicho eso —respondió al fin, girándose hacia su hermano—. No te preocupes. Él me cuidará mientras comemos. —¿Estás segura? —preguntó Ryohei, sin soltarla aún. —Puedo moverme —dijo ella—. Si pasa algo, te aviso por el localizador. El joven suspiró y bajó la guardia. —De acuerdo. Makoto volvió su rostro hacia el hombre del parche. —Después de comer, déjame preocuparme por mí misma. ¿De acuerdo? —hablémoslo mientras comemos —aceptó Majima—. Prometo cuidarla. No tienes que preocuparte… ¿Ryo-chan? Ryohei lo miró sorprendido, y luego soltó una risa breve. —Pensé que no recordarías eso después de nuestra charla en tu club. Majima sonrió apenas, como si en ese detalle se escondiera algo más que una coincidencia. Ambos ayudaron a la chica a incorporarse y descender del andamio. Una vez abajo, Ryohei los observó alejarse: su hermana del brazo del hombre del parche, las luces de Kamurocho reflejándose en los charcos. El aire del Lote se había vuelto espeso, casi eléctrico. Ryohei observó a su hermana alejarse del brazo de Majima hasta que ambos se perdieron entre los destellos de neón. La ciudad respiraba humo y sospecha. Fue entonces cuando el localizador en su bolsillo vibró, interrumpiendo sus pensamientos. Sacó el aparato y vio el código parpadear: una combinación que reconoció de inmediato. Sin dudarlo, descendió del andamio, caminó entre los escombros y se dirigió hacia la cabina telefónica más cercana. Las luces intermitentes del cartel de un club caían sobre el cristal, bañándolo de rojo. Marcó el número con dedos tensos. —¿Reina-san? —dijo apenas oyó el clic del otro lado. —¿Ryohei? —respondió una voz con un dejo de alivio—. Menos mal que nos llamaste. ¿Estás con tu hermana? El muchacho apretó el auricular contra el oído, el ruido del tráfico amortiguando su voz. —Nishiki te contó todo, ¿no es así? —Sí, pero necesitamos saber si Makimura-san está contigo. Ryohei exhaló por la nariz. —Estaba hace unos momentos. El hombre que la cuidó en Sotenbori… ahora la acompaña. Hubo un breve silencio antes de oír un sonido seco: el cambio de manos en la línea. —Ryo —la voz de Nishikiyama irrumpió con la familiar mezcla de nerviosismo y autoridad—. ¿Ese sujeto se fue con ella? —Sí —confirmó su amigo, ladeando la cabeza—. ¿Pasó algo? Del otro lado se oyó un suspiro. —Ese tipo estuvo en el Serena hace poco —respondió Nishiki—. Buscaba a Kiryu y a ti. Me venció en combate. Decía que quería encontrarlos a ambos por tu hermana. La quería proteger a toda costa. —¿Qué? ¿Peleó contigo? ¿Estás bien? —preguntó ya en tono médico, enderezándose—. Puedo ir para allá, revisarte. —No te preocupes —replicó el otro, con un dejo de orgullo—. Reina ya me curó. Me tomé una Stamina por si acaso. Hubo un breve silencio antes de que Nishiki continuara. —Escucha, Ryo. Goro Majima es parte del Clan Tojo, vinculado directamente con la familia Shimano. Ryohei se quedó mudo un segundo, su respiración apenas audible dentro del cubículo. El eco del nombre lo sacudió más de lo que habría querido admitir. —Sera-san me comentó algo —murmuró—. Pero dijo que Majima estaba bajo las órdenes de alguien más… alguien que no pertenecía al Tojo. —No sé los detalles —continuó Nishiki—, pero desapareció en el ochenta y cinco, cuando Kiryu y yo estábamos en la preparatoria. Al parecer, quien lo controla es aliado de Shimano. El joven apretó los labios, el ruido de un tren pasando a lo lejos acompañó su pensamiento. Las piezas empezaban a encajar… pero no del todo. Recordó las palabras de Kuze: “Hay un traidor dentro del Clan Tojo.” —Nishiki… —dijo al fin—. Majima me comentó que su jefe quiere comprar el terreno. ¿Crees que ese jefe sea… Shimano? Hubo un breve silencio al otro lado. Solo el zumbido del cable, la respiración contenida. —No lo sé —admitió Nishiki—. Pero si ese hombre está involucrado, la situación es más peligrosa de lo que pensamos. Voy a reunirme con Kiryu. Le diré que Makoto está contigo. —De acuerdo —respondió Ryohei—. Cuando ella termine con ese tipo, la llevaré al departamento que compartí con Tetsu. No creo que esté vigilado por los Dojima. —No te confíes —advirtió Nishiki—. Si Shimano está moviendo hilos, podría saber más de lo que imaginas. —Lo tendré presente. Nos veremos pronto. El joven colgó despacio. La línea quedó muda, salvo por el reflejo de su rostro en el vidrio empañado de la cabina. Encendió otro cigarro sin pensarlo, dejó que el humo le nublara los pensamiento. Por primera vez, la sospecha se sentía más pesada que la rabia. El aparato en su bolsillo vibró otra vez. Sacó el localizador: un nuevo código. Lo reconoció de inmediato. “Ve a Little Asia.” Ryohei dejó escapar una risa breve, amarga. —Espero que no sean más problemas —murmuró, exhalando el humo por la nariz—. Ya tengo suficiente de toda esta mierda. Salió de la cabina, ajustándose el abrigo con un movimiento automático, y echó a andar entre los callejones húmedos de Kamurocho. Las luces de neón se reflejaban en los charcos, deformando los colores como si la ciudad respirara en tonos de tragedia. Caminaba sin prisa, pero con el pensamiento girando en círculos. Había aprendido, por experiencia y por dolor, que cuando las piezas no encajan, alguien está manipulando el tablero. La entrada al restaurante chino de su abuelo se alzaba como una postal antigua: el cartel rojo, los faroles de papel, el olor a jengibre y aceite que escapaba por la puerta entreabierta. Empujó la madera con cuidado; un tintineo de campanillas lo recibió como si el tiempo se hubiera detenido allí dentro. Detrás de una mesa, su abuelo Chen bebía té con la calma de quien ya ha visto demasiadas guerras. El anciano alzó la vista, los ojos pequeños brillando bajo la tenue luz del local. —Xiǎo Hǔ —dijo con suavidad, usando aquel nombre que pocos se atrevían a pronunciar. El muchacho apenas pudo responder. Dio unos pasos y lo abrazó, hundiendo la frente en el hombro curtido del viejo. —Se fue… —susurró, con la voz quebrada—. Se fue para siempre, abuelo. Chen asintió despacio, como quien confirma algo que ya sabía desde hacía días. —Me lo contaron —respondió—. Una verdadera lástima. —Lo mira a los ojos—. ¿Sabías que pensaba dejarle el mando de Little Asia a Tachibana-san? Ryohei se apartó apenas, limpiándose la nariz con el dorso de la mano. —Sí lo sabía. Y si estás pensando que yo tome su lugar… no lo haré. Ya lo hablamos. El anciano soltó una risa seca, breve, como el chasquido del fuego en una tetera. —Lo sé —replicó—. La oferta sigue en pie, pero no vine a insistir. Hoy hay otros asuntos más urgentes. —Hizo una pausa y alzó la barbilla hacia el fondo del salón—. Alguien quiere verte. —¿Alguien? —preguntó el joven, girando la cabeza—. ¿Kiryu? Chen negó con un leve movimiento. —No. Alguien más influyente —murmuró, y sus ojos se tornaron un poco más serios—. Está sentado allá. Siguió la dirección de su mirada. En una mesa apartada, con un plato de dumplings intactos y una carpeta cerrada junto a la taza de té, estaba Masaru Sera. Impecable en su traje gris, el cabello peinado hacia atrás, la expresión impenetrable de un hombre que hablaba poco y pensaba demasiado. —¿Sera-san…? —susurró Ryohei, sintiendo un escalofrío que no venía del frío. El presidente de Nikkyo alzó la mirada en ese preciso momento. Sus ojos, oscuros como tinta vieja, se clavaron en él con una mezcla de reconocimiento y estudio. Le hizo un gesto leve con la mano, invitándolo a sentarse. Chen lo miró con el rostro impasible, aunque en su mirada se leía la advertencia silenciosa de un veterano que ha visto demasiadas alianzas traicionarse. Ryohei respiró hondo, enderezó la espalda y se encaminó hacia la mesa. En el breve trayecto, su mente repasó cada palabra que había escuchado esa noche: Shimano, Majima, Sera, el terreno… Las piezas estaban ahí, pero el dibujo final seguía oculto. Cuando se sentó frente a Sera, el vapor del té formó una cortina entre ambos. El joven la apartó con un soplo leve y alzó la mirada. —Ryohei —dijo el hombre con tono medido—. Me alegra que hayas venido. Y lamento lo ocurrido a Tachibana… una verdadera pérdida. —Gracias, Sera-san —respondió el joven, manteniendo la mirada firme—. Pero supongo que no vino solo a darme las condolencias. ¿Todo bien después de nuestra última reunión? Sera asintió despacio y señaló con la mirada un bastón apoyado contra la pared. —Vino Majima —explicó con serenidad—. Lo puse a prueba, pero Sagawa me disparó por la espalda. Gracias al chaleco antibalas pude sobrevivir, aunque el dolor aún es fuerte. Por eso uso ese bastón por ahora. Ryohei entrecerró los ojos. —Tiene sentido… que estuviera buscándome a mí y a Kiryu. El presidente de Nikkyo lo observó unos segundos antes de asentir. —Se llevaron sus tarjetas de presentación. El hecho de que te presentaras como vicepresidente de la inmobiliaria influyó más de lo que crees. Ryohei soltó una leve sonrisa irónica. —Supongo que ahora pasé a ser el “presidente”, aunque sea a la fuerza —dijo Ryohei con una sonrisa cortante—. Pero vayamos al grano, Sera-san… ¿vino por el traspaso del Lote? El hombre frente a él lo observó un instante, serio, como contando cada segundo. —El tiempo no está de nuestro lado —replicó—. Shibusawa está moviendo sus piezas. Aquí tengo el contrato de traspaso al consorcio, a mi nombre. Necesito que tú y tu hermana lo firmen. Ryohei tomó la carpeta que le tendían y la abrió con cuidado. Pasó las páginas con ojos rápidos, deteniéndose en las cifras: el precio, las cláusulas, la distribución en partes iguales. Su ceja se arqueó. —¿Qué es esto? —murmuró, leyendo en voz alta—. Mil millones por el terreno; quinientos millones para cada uno… pero hay más clausulas. Sera le explicó con calma, como quien repasa un mapa. —Sí —dijo—. Fueron condiciones sugeridas por Kazama-san. Cree que así se repara, en parte, lo perdido. Considera que es lo justo tras lo ocurrido. El chico cerró la carpeta con cierta brusquedad. —Sera-san —comenzó, la voz tensa y decidida—. Si dependiera solo de mí firmaría ya. Pero hay razones por las que no puedo hacerlo ahora. —¿A qué te refieres? —preguntó el otro, sin moverse. El joven se puso en pie y caminó hacia la ventana. Afuera, la noche de Kamurocho brillaba indiferente; la gente pasaba sin saber que, en aquel cuarto, se tejía un destino. —Mi hermana y yo hemos decidido vengarnos contra los Dojima —dijo sin volverse—. Queremos usar el Lote como moneda de cambio, pero no para que ellos se queden con nada. Sera lo miró de reojo, midiendo la gravedad de sus palabras. —Sé que mi hermano ya tenía planes para entregarle el terreno —añadió Ryohei, girando a mirarlo—. Pero necesito tiempo. Si puede ayudarnos, le daré mi parte del Lote cuando lo consideres necesario; incluso intentaré convencer a Makoto. El presidente de Nikkyo entrecerró los ojos, buscando la verdad bajo la piel de la proposición. —Ryohei —preguntó con voz baja—, ¿qué entiendes exactamente por venganza? —Matar a Sohei Dojima y a sus lugartenientes —confesó, la voz tan seca como una sentencia—. Eso es a lo que me refiero. El ambiente fue más pesado que antes se posó en la habitación. El anciano, que había regresado con dos tazas de té humeante, se detuvo al borde de la mesa: no pudo evitar oír la declaración de su nieto. El vapor dibujó espirales que se perdían en el techo. —Sé que no soy lo bastante fuerte para lograrlo —continuó él, sin pedir clemencia—. Incluso Majima-san nos dijo que era inútil. Y no quiero el discurso de “no soy un asesino”; ya me lo han espetado demasiadas veces en un solo día. Sera lo observó con calma, los ojos afilando cada una de sus palabras. Luego, como quien cierra una puerta con llave, murmuró: —Ryohei, no te diré eso. Hay una forma de lograr lo que quieres sin mancharte las manos. La pausa que siguió pareció estremecer al joven; fijó su mirada en la del hombre frente a él, buscando una ruta entre la niebla de su rabia. —Lo escucho —contestó, sin dudar—. Cualquier idea que nos acerque al objetivo nos será necesaria. El hombre del bastón explicó con calma cada paso de su estrategia, cada movimiento medido como en un tablero invisible. Ryohei lo escuchaba en silencio, asimilando cada palabra, mientras Chen se acercaba para posar una mano firme sobre el hombro de su nieto. —Deberías seguir su plan —murmuró el anciano, con la serenidad de quien reconoce un destino inevitable. El joven tomó un sorbo del té y lo dejó reposar sobre el platillo, observando cómo el vapor se deshacía en el aire como un suspiro contenido. —No voy a mentirle —dijo Ryohei, con una leve sonrisa de aprobación—. El plan me agrada. ¿Fue Kazama-san quien trazó cada detalle? Sera esbozó una sonrisa medida. —Digamos que fue trabajado entre varias manos —respondió—. No es obra de uno solo. —De acuerdo… —sentenció el joven Tachibana, esbozando una sonrisa meticulosa—. Acepto el trato, pero no firmaré todavía. Necesito que el Clan Tojo cumpla ciertas condiciones… cuando todo esto funcione. El presidente de Nikkyo no pudo ocultar una leve reacción: la sonrisa se amplió, no por afecto sino por una apreciación fría. —No esperaba menos del hermano menor de Tetsu Tachibana —dijo, y extendió la mano—. ¿Tenemos trato? Ryohei estrechó la mano con firmeza. —Tenemos un trato. En ese instante el localizador del muchacho vibró con insistencia en su bolsillo. Lo sacó: en la pantalla parpadeaba el código que conoció al instante. Era su hermana llamándolo. Miró a Sera un segundo, disculpándose con la mirada. —Debo ir a buscar a Makoto —anunció—. Le avisaré de nuestro acuerdo. —Muy bien —asintió el presidente de Nikkyo—. ¿Pasarán la noche aquí? Ryohei dudó un segundo, la preocupación cruzando su rostro. —Pensaba llevarla al departamento que compartí con mi hermano, aunque dudo que sea un sitio del todo seguro. Chen habló entonces, con la voz serena de quien conoce la ciudad como la palma de su mano. —Los vecinos de Little Asia me confirmaron que el lugar está despejado —dijo—. Puedes llevar a Makimura-san para que pase la noche allí sin problemas. La palabra quedó suspendida en el aire. Guardó el localizador, asintió y se levantó. La ciudad fuera del salón seguía intacta, pero dentro, entre tazas vacías y papeles, algo más se había puesto en marcha.
2 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección Descargar
Comentarios (0)