ID de la obra: 964

Yakuza Zero - El Latido del Tigre

Gen
NC-17
Finalizada
2
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
646 páginas, 212.665 palabras, 27 capítulos
Descripción:
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Preludio al Pecado

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Capítulo 22

“Preludio al Pecado”

La lluvia había cesado, pero Kamurocho aún olía a humedad, a pavimento recién lavado y a humo de los puestos que resistían la noche. Las luces de los letreros se reflejaban en los charcos, multiplicando el rojo y el azul sobre los pasos de quienes se apresuraban a huir del frío. Entre ellos, Ryohei corría. Su respiración formaba nubes breves en el aire, y cada exhalación le recordaba el peso de la noche anterior, todavía viva en su pecho. Doblando por Nakamichi, divisó una figura sentada en una de las bancas del parque. El bastón plegado descansaba sobre sus rodillas, y su rostro —aún frágil pero sereno— se mantenía vuelto hacia el rumor de la fuente. —¡Makoto! —la voz le brotó desde la garganta más que desde la razón. La mujer giró apenas, buscándolo con ese instinto que sobrevivía incluso a la oscuridad. Cuando lo encontró, sonrió, y su gesto bastó para borrar las últimas sombras del miedo. —¡Ryo-chan! —respondió, alzando la mano en un saludo tembloroso pero lleno de alivio. El joven se aproximó y la ayudó a incorporarse. El contacto fue leve, casi ritual. Ella apoyó los dedos sobre su brazo como quien tantea un mapa conocido. —¿Estás bien? —preguntó él, asegurándose de que su equilibrio no flaqueara—. ¿Hablaste con ese hombre? Makoto asintió despacio. —Sí. Ya está todo resuelto. La tensión que Ryohei no sabía que aún retenía se disipó con un suspiro. —Perfecto. Te llevaré al departamento donde viví con mi hermano. Podremos descansar unas horas. —De acuerdo —respondió ella, su voz apenas un hilo que se confundía con el rumor del tráfico. Caminaron juntos hacia la avenida. El neón se filtraba entre los árboles desnudos del parque, pintando sus siluetas con destellos azulados. Él la guiaba tomándola del brazo con la misma delicadeza con que sostendría una promesa. El ruido de los autos se mezclaba con el murmullo de las calles. Por primera vez en mucho tiempo, Kamurocho parecía respirar en calma. —¿Avisaste a Kiryu-san sobre nuestra ubicación? —preguntó ella, rompiendo el silencio. —Lo haré cuando lleguemos. No te preocupes —respondió él, mirando el cielo que ya clareaba entre los edificios. Llamaron un taxi. El conductor apenas los observó por el retrovisor, y Ryohei agradeció ese anonimato. Mientras el vehículo se deslizaba por los callejones húmedos, Makoto se recostó sobre el respaldo, los ojos cerrados. El reflejo de los carteles parpadeaba sobre su rostro, tiñendo su piel con luces que iban del rojo al dorado, como si la ciudad le ofreciera su extraño consuelo. Él la observó de reojo. Había en ella una quietud nueva, distinta a la resignación; una calma que anunciaba inicio, no final. Cuando el taxi giró hacia la avenida donde aguardaba el antiguo apartamento, Ryohei pensó que, tal vez, aquella noche no marcaba un retorno… sino una segunda oportunidad para empezar de nuevo. El ascensor se deslizó hasta el último piso con un zumbido sordo. Durante el ascenso, ninguno habló; la tensión que los había sostenido hasta entonces empezaba, por fin, a aflojarse. Cuando el sonido de la campanilla anunció la llegada, Ryohei sintió un tirón en el pecho: volver al apartamento no era solo regresar a un lugar, sino enfrentar la sombra del hermano que ya no estaba. La puerta principal del apartamento seguía intacta. Introdujo la llave y la giró con un leve chasquido. Un olor familiar —mezcla de madera encerada y jazmín— los envolvió al cruzar el umbral. El lugar estaba impecable, como si alguien lo hubiese estado cuidando día y noche. —Bienvenida —murmuró él. Makoto avanzó con cautela, la mano sobre el marco de la puerta. —No distingo los detalles, pero se siente… hermoso. —Tetsu mandó decorar todo personalmente —explicó su hermano mientras encendía una lámpara—. La única habitación que dejó a mi gusto fue la mía. —Entonces supongo que tienes un estilo particular. Su hermano sonrió con un gesto breve. —Si “particular” significa montones de libros y papeles por todas partes… sí, es bastante distinto. Ambos rieron. Esa risa, pequeña y sincera, quebró la rigidez que había dominado los últimos días. Él la condujo hasta el sofá del salón, amplio y cubierto con un tapizado oscuro. —No he comido nada desde la cafetería —confesó mientras se frotaba el cuello. —Yo estoy bien. Los takoyaki me dejaron satisfecha. Come tú algo —respondió Makoto con suavidad. Antes de que pudiera contestar, una voz femenina resonó desde el pasillo. —¿Hay alguien ahí? —La figura se detuvo al verlos y entreabrió los labios, incrédula—. ¿Ryohei? —¿Ji-Yeon? ¿Qué haces aquí? Oda te dijo que fueras a tu casa unos días. La mujer —de complexión menuda, cabello recogido y uniforme impecable— avanzó unos pasos. Sus ojos brillaban con alivio y una leve culpa. —Sí, lo sé… pero no podía dejar el departamento solo. —Su mirada pasó a Makoto y esbozó una reverencia—. Bienvenida a la residencia Tachibana. Ryohei se rascó la nuca, recordando su falta de presentación. —Cierto. Makoto, ella es Ji-Yeon, quien se encarga de mantener esto en pie. Ji-Yeon, mi hermana, Makoto Makimura. La sirvienta abrió los ojos, sorprendida. —¿La señorita Makimura? —dijo en un hilo de voz. Makoto se incorporó con una cortesía medida. —Así es. Espero no causarte inconvenientes. —El honor es mío, Makimura-san. —Luego giró hacia Ryohei, más seria—. He intentado contactar a Tachibana-san y a Oda-san, pero no he recibido respuesta. ¿Sabes algo? El silencio que siguió bastó como respuesta. Ryohei desvió la mirada hacia el suelo, el brillo de las lámparas se reflejaba en el piso como un río detenido. —Será mejor que te sientes —dijo finalmente. Le relató lo ocurrido: la caída de Oda, los ataques, el caos que siguió. No habló de traiciones ni de sangre, solo del desenlace inevitable. Makoto permaneció callada todo el tiempo, con las manos entrelazadas sobre su regazo. Ji-Yeon inclinó la cabeza. —Lo lamento mucho. —Su voz tembló apenas—. Debió ser insoportable. Prometo servirles en todo lo que necesiten. No duden en pedírmelo. —Seré sincero. No sabemos qué pasará con el apartamento ni con la inmobiliaria. Tal vez tenga que despedir a todos. —Lo comprendo —contestó ella con firmeza—. Pero hasta que ese día llegue, permaneceré a su lado. Permítanme cumplir con mi deber hasta el final. Él la miró un instante, con una mezcla de gratitud y preocupación. —No quiero que te arriesgues. A todo esto… ¿estuviste aquí todo este tiempo? —Oda-san me pidió marcharme con mis padres, pero no pude —admitió—. Sentí que debía mantenerlo todo listo para cuando regresaran. Vi gente merodeando por el edificio, pero bajé las cortinas y solo salía a comprar lo justo. Nadie sospechó. Ryohei esbozó una sonrisa cansada. —Astuta como siempre. —Tengo su habitación y la de Tachibana-san limpias —añadió ella con una pequeña reverencia—. Pueden quedarse a descansar. Supongo que tendrán hambre. —Solo yo —reconoció él. —Entonces te prepararé algo —respondió ella sin dudar. —Algo simple, como siempre. La mujer se inclinó y desapareció hacia la cocina, dejando tras de sí el leve aroma de té verde. Makoto observó la escena en silencio. —¿Siempre fue así de dedicada? ——Desde que Tetsu la contrató —respondió él, recostándose contra el respaldo—. Nunca se lo pedimos, pero convirtió este lugar en su manera de protegernos. Makoto inclinó la cabeza, como si pudiera ver a través de los gestos. —Se nota —murmuró—. La devoción no se finge. Se hizo un pequeño vacío en el comedor cuando Ji-Yeon cerró la puerta de la cocina. El vapor del caldo ascendía en tiras pálidas, llenando la habitación con un aroma doméstico que, por un instante, disolvió la ciudad y sus ruidos en una burbuja de calma. Ryohei condujo a su hermana hasta la mesa y la acomodó frente a la ventana; la luz de la calle se filtraba a través de las persianas, trazando líneas doradas sobre su rostro. Al posar la mirada en la cabecera, el joven se detuvo. Ese lugar había sido de Tetsu: allí se firmaron contratos, se discutieron sueños y se tomaron decisiones que cambiaron vidas. Pensar en ocuparlo se sentía como irrumpir en un espacio que aún le pertenecía. Sin hacer ruido, eligió el asiento a la derecha, más discreto, más suyo. Una usurpación del vacío que aún olía a cigarro frío y perfume de madera. Respiró hondo y negó con la cabeza. Sin dramatismos, se apartó y tomó el asiento a la derecha: más modesto, más suyo, menos habitado por los muertos. Ji-Yeon regresó con dos tazas de té y las depositó frente a ellos. —Ji-Yeon, gracias —dijo el muchacho, la voz apenas un susurro—. Esto huele muy bien. —Espero que les guste —respondió ella—. Si necesitan algo más, estaré en la cocina. —Ve a descansar —pidió él con una sonrisa cansada—. Yo me encargo de lavar. —Pero… —No te preocupes —intervino Makoto con suavidad—. Has trabajado suficiente por hoy. —Así es —añadió Ryohei con un tono más cálido—. ¿O quieres que te diga “es una orden”? La mujer soltó una risa breve antes de inclinar la cabeza. —Está bien… hasta mañana. Hubo algo más que obediencia en su gesto: una decisión silenciosa de permanecer, aunque el mundo se derrumbara a su alrededor. Fue un acto de lealtad que no necesitó palabras. Cuando finalmente se retiró, el comedor recobró su pulso. Ryohei vertió agua caliente, preparó el té para su hermana y probó un bocado del pescado. Comió en un silencio cómodo, roto solo por el golpeteo del cuchillo en la fuente. Al terminar, se levantó. Tomó el teléfono, marcó un número y habló en voz baja, dejando un mensaje breve y cargado de intención. Makoto no alcanzó a escuchar las palabras, pero sí vio la forma en que su hermano apretaba el auricular, como quien sostiene un juramento. El zumbido del localizador en su bolsillo confirmó lo que esperaba. —Avisé a Kiryu —dijo, con un tono más sereno—. Vendrá mañana temprano. Necesito hablar con él después de lo ocurrido en el Lote. Makoto alzó la vista, sorprendida. —¿Mañana? ¿Por la mañana? —Sí. Será solo una conversación entre nosotros. Ella jugueteó con la taza, intentando ocultar cierta inquietud. —Está bien… necesita saber que seguimos con vida. El silencio que siguió fue espeso, como si la casa también los observara. Ryohei la miró con atención. —¿Pasa algo? —No, solo… —hizo una pausa—. Pensé que podríamos hacer algunas cosas juntos antes de verlo, quería salir temprano, pero puedo ir sola sin problemas. Él asintió lentamente, percibiendo la tensión en su voz. —Puedo pedirle a Ji-Yeon que te acompañe mañana si necesitas salir. Quizás comprar algo de ropa o caminar un poco. —Puedo moverme por mi cuenta, Ryo-chan —respondió ella con una media sonrisa—. Pero si eso te tranquiliza, aceptaré. —Lo sé —replicó él—, pero prefiero que alguien te guíe. No quiero que arriesgues nada hasta que todo esto se aclare. Makoto asintió y se levantó con calma. —Entonces, iré a descansar. Me levantaré temprano. —Ve. Te despertaré cuando llegue Kiryu. Cuando ella desapareció por el pasillo, Ryohei permaneció un rato más sentado, girando la taza vacía entre las manos. El reflejo del té formaba un remolino que le recordaba las horas recientes: la reunión con Sera, el contrato de traspaso, las cláusulas que exigían la firma de ambos hermanos. Aún no habían decidido nada. Y aunque la cifra y las promesas de protección sonaban tentadoras, sabía que firmar significaría aceptar el final de una era y renunciar, quizá, a su derecho a vengar la sangre de Tetsu. Apoyó los codos sobre la mesa y exhaló lentamente. —Mañana —murmuró para sí—. Mañana hablaré con Kiryu, y después… veremos si vale la pena seguir el plan de Sera. El reloj marcó las once con un clic seco. En la cocina, el té aún humeaba en la tetera, y en el pasillo, una luz tenue escapaba desde la habitación de Tetsu, donde Makoto fingía dormir. Ji-Yeon, desde el cuarto de servicio, vigilaba los ruidos de la calle con la atención de un guardián invisible. Kamurocho seguía despierta, indiferente al silencio que pesaba en el apartamento Tachibana. Mientras las lámparas parpadeaban y el té se enfriaba sobre la mesa, en otro punto de la ciudad la noche preparaba un escenario distinto, uno donde el pasado volvía a reclamar su cuota de sangre. La tierra olía a frío y polvo removido. El rectángulo del Lote Vacío se extendía ante él como una plancha gris donde nadie quería dejar huellas. Murakado avanzó despacio, con las manos hundidas en el abrigo, observando la fosa cerrada que marcaba el final de un hombre al que nunca pudo derrotar en vida. Avanzó sin prisa, pasos medidos, y contempló la fosa cerrada como quien contempla el último acto de una obra diseñada a su medida. Una mueca le curvó el labio, afilada y metálica. —Murió —murmuró, dejando que la palabra rodara con gusto de derrota transformada—. Tetsu Tachibana está muerto. Paradójico, ¿no? La memoria del plan que se desplomó volvía a él con la precisión de un hierro insertado: la reunión en Kaminari Plaza, la pista que creyó firme, la sensación de haber sido engañado como un niño. Habían hecho de él el blanco de una farsa: la trampa trivial que lo señaló hacia Shibusawa fue una humillación que ardía aún más que la frustración por perder el Lote. Encendió un cigarrillo con dedos que no temblaban. El humo se alzó y se disipó sobre la tierra como un velo inútil. —Tu hermano es astuto —murmuró, sin sonrisa—. Y tú… —la palabra quedó suspendida—. Pero lo que lograron fue romper mis planes. Murakado no necesitó vocalizar un método. Sus pensamientos trazaban un mapa helado: Shibusawa se movía, no en silencio; los hilos políticos se tensaban y había nombres que debía arrancar del tablero para que su pieza, al fin, quedara libre. Pensó en Kazama y en su séquito —Kiryu, Nishiki, Kashiwagi— figuras que se interponían entre él y el Lote. Pensó en Ryohei y en Makoto como piezas emotivas, aún capaces de estorbar su ascenso. Y más allá, en Shibusawa, el verdadero nudo que ataba todo. —Primero, Kazama y los que lo siguen —susurró como quien enumera jugadas—. Después, el obstáculo menor: Ryohei y la hermana. Y al final, Shibusawa. Romper los apoyos; vaciarlos hasta dejar manos desnudas. Esa era su lógica: uno a uno, con paciencia y precisión. No gritaba planes; los guardaba como afiladas cartas en la manga. Aplastó la colilla con el zapato, el resplandor se extinguió, y volvió la espalda al Lote. Sus pasos fueron ceñidos, decididos; en su sombra no había apresuramiento, sino la calma de quien prepara la última jugada. «Jugaré mejor», se dijo. «Que caigan los muros, que se rompan las lealtades. Cuando todo termine, será mi turno de ocupar lo que dejaron vacío.» Se perdió en la noche, y detrás suyo quedó el olor a tierra fresca y la promesa helada de una venganza que ya había empezado a afilarse. El amanecer desgranó la ciudad en tonos anaranjados y húmedos. Kamurocho seguía siendo la misma masa de luz y ruido, pero en el apartamento Tachibana el mundo parecía reducirse al aroma del caldo que Ji-Yeon había dejado en la mesa: un olor doméstico que, por un rato, escondió la sangre y la promesa de violencia que aún latía en la ciudad. La sirvienta apareció al final del comedor con la formalidad pulida que siempre la caracterizaba: uniforme impecable, manos hábiles, y la calma de quien ha decidido permanecer. Hizo una reverencia breve a Makoto, ajustó una bufanda y se preparó para salir a acompañarla —una figura serena que se quedaría, aun cuando todo pareciera derrumbarse. Ryohei quedó solo en su habitación. Extendió los apuntes sobre la mesa del estudio y repasó fórmulas, nombres y notas de operaciones. La duda—dar el examen o no—le rozaba la nuca con la insistencia de un viejo deber. En el fondo, la idea de curar seguía llamándolo; una voz que, entre ira y deseo de justicia, proponía otro camino: no destruir, sino sanar. Esa tensión ya se había manifestado antes y la había puesto como opción frente a la venganza. Al cabo de unas horas, el timbre cortó la quietud. Ryohei bajó las escaleras y encontró a Kiryu en el umbral, con su postura firme y la mirada de siempre. No hubo gran protocolo: un gesto de bienvenida, el silencio lleno de cosas por decir. —Te esperaba. ¿Estás bien? —preguntó el chico con un hilo de tensión que trató de disimular. —Eso debería preguntarte yo —respondió su compañero—. ¿Puedo pasar? La ironía en la voz de Ryohei fue breve; cerró la puerta y lo invitó a sentarse en el sofá frente a él. La casa todavía olía a arroz y miso; el resto del mundo parecía, por un momento, apartado. —Aún queremos vengar la muerte de nuestro hermano —comenzó, con la voz contenida—, pero siento que podemos hacerlo de otra manera. Kiryu lo miró con calma, como estudiando una escena antes de intervenir. —¿No quieres matarlos? —la pregunta fue directa. Ryohei dejó caer los hombros. —A veces sí, a veces no… —dijo—. Hay partes en mí que rugen; otras que se sientan a estudiar. Hablé con Sera-san sobre el traspaso del Lote Vacío: me dejó el contrato para firmarlo con Makoto, pero aún no es el momento. El ex yakuza apoyó las manos sobre las rodillas, pensó un instante y preguntó lo que primero debía preguntarse. —¿Lo hiciste? Ryohei negó despacio. —Todavía no. Necesito que todo encaje… y necesito que estés conmigo en esto. Lo miró a los ojos, con decisión —Sabemos que Kazama-san aún corre peligro. Si me ayudas con lo que planeo contra los Dojima y el Tojo, yo te ayudo a proteger lo que quede de Kazama y su gente. La mención de Kazama tensó la expresión de Kiryu; por un instante la habitación quedó colmada por la gravedad de esa petición. Luego, con su característica firmeza: —Prometí a Tachibana defender a tu hermana y a ti, pienso cumplirlo. Pero hay una condición adicional para que sigamos como un equipo de tres. Su compañero esbozó una sonrisa corta, ya sabiendo la respuesta. —¿Ah sí? Dilo. —Quiero que des el examen de ingreso. —Kiryu clavó la mirada, recordando una promesa antigua—. Nuestra promesa en Sotenbori ¿no? Si no lo das, nuestro pacto termina aquí y con Nishiki nos preocuparemos de ustedes desde las sombras. Un silencio. Ryohei sostuvo la mirada de Kiryu y pensó en el juramento que, de una u otra forma, ambos habían hecho: medicina y protección entrelazadas, deber y lealtad. Respiró hondo, apartó la mirada a las hojas de sus apuntes y alzó la vista. —Está bien. Lo prometo. —La palabra salió con la firmeza de alguien que no cede sus principios, sino que los redirige. Sellaron el pacto con un apretón de manos: no solo como aliados, sino como un equipo que se rehace. Cuando Kiryu se levantó para irse, Ryohei lo acompañó a la puerta. En la entrada, Kiryu se volvió un momento y agregó, en voz baja: —Vendré mañana temprano para hablar más. —Te esperamos —respondió Ryohei. La ciudad respiró otra vez por fuera, y dentro, El aspirante a médico volvió a sus apuntes con una certeza nueva: la venganza podía esperar a ser inteligente; la medicina, no. El apartamento había quedado en silencio tras la partida de Kiryu. El eco de sus pasos aún parecía resonar en el piso de madera, como si la promesa que acababan de sellar se resistiera a marcharse del todo. El chico permaneció un rato frente a los apuntes abiertos sobre el escritorio; las letras bailaban ante sus ojos, y ninguna fórmula parecía quedarse en su memoria. Cerró el cuaderno con un golpe seco y se levantó. La tarde caía lenta, dejando un resplandor dorado que se filtraba entre los edificios. Se acercó a la ventana y miró la ciudad, el pulso inquieto de Kamurocho latiendo bajo sus pies. Sacó un cigarro del bolsillo, lo encendió y aspiró. Ya no tosía como antes; el humo le salía suave, casi familiar, como si hasta los malos hábitos hubieran aprendido a convivir con él. —Soy demasiado fácil de convencer —murmuró, dejando que el humo se deshiciera frente a él—. Algún día tendré que equilibrar la balanza… de alguna manera. Una sonrisa leve le curvó los labios, más cansada que divertida. —¿Cómo podría hacerlo?… Quizás un traje nuevo. O un lugar propio, digno. Aún recuerdo que perdió su hogar por mi culpa, aunque nunca lo diga. Hizo una pausa, mirando la ciudad desde la ventana. —Tal vez… tal vez merezca ambas cosas. Entonces el teléfono sonó. El sonido lo cortó todo. Se giró de inmediato; la tensión le recorrió la espalda. Nadie había llamado en días, no desde que el caso del Lote Vacío lo había empujado a la sombra. Caminó hasta el auricular, cada paso más rápido que el anterior, y lo levantó con cautela. —¿Diga? —¿Ryohei? —la voz al otro lado temblaba—. Es terrible… El corazón del joven dio un salto. —¿Ji-Yeon? ¿Qué pasó? —Makimura-san… desapareció. El silencio fue tan violento que solo se oyó el tic del reloj del comedor. —¿¡Cómo que desapareció!? —exclamó. —Después de ir de compras fuimos a una cafetería —respondió la mujer, sollozando—. La dejé un minuto, solo un minuto, para ir al baño… cuando volví, ella ya no estaba. —¿Preguntaste a alguien del lugar? —la voz de Ryohei se quebró con ansiedad contenida. —Sí. Dijeron que se marchó sola… —el sollozo volvió más fuerte—. Lo siento, Ryohei. Te fallé. Él se quedó callado un momento, intentando ordenar los pensamientos. Su primer impulso fue culparse, el segundo, moverse. —No te preocupes, Ji-Yeon. No es tu culpa —dijo, conteniendo la rabia que empezaba a escalar—. ¿Dónde estás ahora? —En una cabina cerca de Nakamichi… por donde está el Lote Vacío. La mención del lugar lo heló. —Voy para allá. Quédate donde estás, ¿de acuerdo? No te muevas. Quizás Makoto esté por los alrededores. Necesito hacer unas llamadas y activar el localizador. —De acuerdo… —susurró ella—. Y de verdad, lo lamento. —Ya hablaremos —respondió, más suave—. Lo entiendo. Nos vemos pronto. Colgó. Por un momento se quedó mirando el auricular como si esperara que el aparato le devolviera respuestas. La sensación de vacío era densa, un peso familiar en el pecho. —¿Por qué te fuiste, Makoto? —pensó. —¿Será por lo del Lote… o por la venganza? Se movió con rapidez. Tomó el localizador de la mesa y envió una señal a Kiryu: una simple secuencia numérica, pero cargada de urgencia. Luego buscó en su libreta un número escrito con tinta apurada y marcó. —¿Diga? —respondió la voz firme al otro lado. —¿Sera-san? Soy Ryohei. —Chico, se te oye agitado. ¿Pasa algo? —Makoto desapareció. Necesito su ayuda. Hubo un breve silencio; después, la voz del presidente de Nikkyo se volvió más grave. —¿Qué? ¿Cómo que desapareció? —Fue difícil de explicar —respondió, caminando de un lado a otro frente al ventanal—. Salió con una amiga de la familia, Ji-Yeon. Entraron a una cafetería, y cuando ella fue al baño, se esfumó. Tengo el presentimiento de que ha hecho algo imprudente. —¿Dónde está esa chica ahora? —Cerca del Lote Vacío. Me llamó desde Nakamichi. —Entiendo —replicó Sera, tras una pausa reflexiva—. Nos reuniremos allí en media hora. Están por ser las cinco; mantente alerta. No sabemos quién puede estar observando. —De acuerdo. Voy para allá. Colgó y se quedó mirando la ciudad. El humo del cigarro seguía suspendido en el aire, como una niebla que se negaba a disiparse. Afuera, las luces de Kamurocho parpadeaban una a una, encendiendo la antesala de algo inevitable. Ryohei cerró el puño. No sabía si lo que venía sería justicia o tragedia, pero ya no podía permitirse vacilar. Tomó la chaqueta del colgador y salió del edificio; cada zancada era una punzada de cansancio, pero el instinto lo empujaba más rápido que el miedo. El aire de Kamurocho olía a humedad y gasolina cuando dobló por Nakamichi. La ciudad ardía bajo sus luces de neón, indiferente a las tragedias que se gestaban en sus calles. Había corrido tanto que el pulso se le confundía con los pasos; cada respiración era una descarga de ansiedad contenida. La chaqueta le rozaba los brazos con un leve silbido, y el rumor de motores se mezclaba con el eco de sus propios pensamientos. Entre la multitud, una figura conocida giraba la cabeza en todas direcciones. Ji-Yeon. Sus ojos se iluminaron apenas lo vio acercarse. —Ryohei… menos mal has llegado. —¿Te encuentras bien? —preguntó él, acercándose con el ceño fruncido. —Estoy preocupada —respondió ella, la voz quebrada—. Perdí a tu hermana por un descuido. —No fue un descuido, no estoy molesto contigo. —Sí, pero… debía estar con ella en todo momento, como me pediste. —Oye, ir al baño no es algo malo… —dijo, intentando calmarla mientras miraba los alrededores—. Ya la encontraremos. Dudo que haya ido sola tan lejos. Ji-Yeon respiró hondo, tratando de mantener la compostura. —Revisé por los alrededores y no está. Han pasado solo unos minutos. Con su estado, es difícil que se desplace sin usar el bastón, creo yo. —Sí. Comentó que solo ve siluetas en las personas y algún que otro destello… —Ryohei la miró con atención—. Ji-Yeon, una pregunta. ¿La viste extraña? ¿Ansiosa? ¿O algo así? Ella se tomó un momento. —Sí. La noté rara. Me preguntaba la hora a cada momento, pero tenía una extraña manía. —¿Manía? —Hacía el gesto de mirar un reloj de pulsera, pero luego chasqueaba la lengua con molestia. Ryohei guardó silencio, el rostro endurecido. —Algo nos estaba escondiendo… Un vehículo se detuvo frente a ellos, levantando una fina lluvia de polvo. Las luces frontales bañaron el pavimento húmedo, y la ventanilla trasera bajó lentamente. Una voz grave quebró el aire. —Ryohei… traté de llegar lo más rápido que podía. Era Masaru Sera. —No hay problema —dijo el joven—. Ella es Ji-Yeon, amiga de la familia y ayuda en el apartamento. —Mucho gusto —saludó la mujer con una leve reverencia. —El gusto es mío —respondió Sera, saliendo del auto con el bastón como apoyo—. Necesito saber cómo ocurrió que Makimura-san desapareció. Sin mediar palabra, Ji-Yeon relató lo sucedido: la cafetería, la insistencia en la hora, el gesto frustrado, la mesa vacía. Al final bajó la mirada. —Y eso fue lo que pasó… —susurró. Ryohei cruzó los brazos, pensativo. —Creo que Makoto tenía alguna cita importante… tengo el presentimiento de algo malo. —Buscarla en este distrito será complicado —comentó Sera. —Es verdad —asintió el joven—. Deberíamos ir al Lote primero. Puede que haya ido a ver la tumba de Tetsu. Caminaron por el callejón hasta que un olor metálico los detuvo. En el suelo, varios hombres yacían retorcidos, los pines de la familia Shibusawa brillando entre sangre seca y polvo. El silencio era denso, roto solo por algún gemido. Sera se adelantó y observó a uno de ellos. —Son de la familia Shibusawa —dijo. Luego, con voz firme—: Oye tú… ¿qué ocurrió aquí? El yakuza levantó la vista, la cara ensangrentada. —Tú eres… Sera… y también Tachibana está aquí… Ryohei se adelantó. Su sombra se alargó sobre el hombre. La mirada del Tigre volvió a aparecer: helada, instintiva, inquebrantable. —¿Dónde está mi hermana? —preguntó, sin elevar la voz. —Je… —rió con nerviosismo el herido—. Ella se fue a una reunión con el patriarca Dojima… Los tres reaccionaron de inmediato. —Explícate —ordenó Ryohei. —Se reunió con nosotros aquí para llevarla a otro sitio… nos pidió que nadie interviniera, pero ese alguien nos dio una paliza… Sera lo miró con una mezcla de sospecha y urgencia. —¿Quién los golpeó? Otro yakuza, temblando, se incorporó. —G-Goro Majima… El presidente de Nikkyo dio un paso hacia él. —¿Y dónde se llevaron a Makoto Makimura? ¡Respondan! —E-el edificio S-Sebastián, en Roppongi… —Idiota —gruñó el primer yakuza—, no debiste haberles dicho… Ryohei lo interrumpió. Su voz ya no era humana: era un filo. —Si no hablabas tú, lo haría él. Porque, al igual que Majima-san, no tengo piedad con los imbéciles que le hacen daño a mi familia. —S-sé que no tienes la fuerza suficiente para… El hombre no terminó la frase. El pie de Ryohei cayó sobre su espalda con un golpe seco. No fue una patada, fue un pisotón. Un movimiento impulsivo, natural, nacido del instinto que lo unía al Tigre. La fuerza le recorrió la pierna como una descarga; el pavimento crujió, y el yakuza gritó. —¿Decías? —preguntó, apenas inclinando la cabeza. La presión aumentó un instante antes de aflojar—. No vuelvas a subestimarme. —Y-ya entendí… pero saca tu pie de encima… —¿Tu amigo dice la verdad? —preguntó, sin apartar la presión. —Confírmalo y sacaré mi pie. —S-sí… la llevamos ahí para esa reunión… Solo entonces Ryohei retiró el pie. El aire volvió a fluir. —Roppongi está algo lejos de aquí —dijo con frialdad. —Te llevaré en mi auto —agregó Sera. —De acuerdo. —Luego se giró hacia la sirvienta—. Ji-Yeon, vuelve al apartamento. Espera cualquier llamado mío. Si vienen Kiryu o su hermano Nishiki, explícales todo lo ocurrido. La mujer asintió, todavía pálida. —D-de acuerdo… tengan cuidado. Los tres se separaron. Ryohei y Sera subieron al vehículo, dejando atrás el olor a pólvora, sangre y miedo. La noche de Kamurocho rugía, y entre el ruido metálico de los motores, solo una certeza seguía viva: el Tigre había despertado, y no habría paz hasta que encontrara a su presa. El viaje en el vehículo transcurría en un silencio pesado, solo interrumpido por el rugido constante del motor. Se movían a gran velocidad, el paisaje urbano pasaba en destellos de neón y sombras, como una película en cámara rápida. Sera observaba el localizador con gesto concentrado, los dedos presionando los botones del aparato con precisión mecánica. La luz del panel parpadeaba sobre su rostro, dándole un aire de estratega en medio del caos. Ryohei, en cambio, iba con los brazos cruzados, la mirada fija en la ventana. Su reflejo lo devolvía con el ceño tenso y el pie derecho se movía de forma inquieta, golpeando el piso del auto al ritmo de su ansiedad contenida. —Listo —dijo finalmente Sera, guardando el dispositivo—. Informé a mis hombres y pedí personal médico de apoyo, por si las cosas se complican. —Gracias —respondió el más joven sin apartar la vista de la ciudad. Sera lo observó un instante, notando la rigidez en su postura. —¿Estás molesto por algo? Ryohei giró apenas el rostro, la voz cargada de una calma falsa. —No es molestia. Es preocupación. Ya perdí a mi hermano, no quiero perderla a ella también. El mayor asintió lentamente, comprendiendo más de lo que decía. —Te entiendo —murmuró, antes de mirar al conductor—. Acelera todo lo que la ley nos permita. No podemos darnos el lujo de llegar tarde. El vehículo respondió con un rugido grave, adelantando autos entre el tráfico mientras las luces de Kamurocho quedaban atrás. Dentro del coche, el silencio volvió a ocupar su lugar, denso y cortante. Solo el sonido del motor llenaba el espacio, marcando el pulso de una carrera donde cada segundo podía decidir entre la vida y la pérdida. Roppongi brillaba bajo el reflejo húmedo del asfalto. Las luces de neón se mezclaban con el vapor de los respiraderos, tiñendo la calle de un tono violeta eléctrico. El vehículo se detuvo con un chirrido frente al Edificio Sebastián, un bloque imponente de acero y cristal que se alzaba sobre el distrito como un coloso moderno. Sera bajó primero, seguido de Ryohei. Frente a ellos, un grupo de hombres vestidos con trajes blancos los esperaba con seriedad militar. —Sera-san, estamos listos para sus indicaciones —dijo uno de ellos. —Perfecto… —respondió el presidente de Nikkyo, señalando al joven a su lado—. Él es Ryohei Tachibana, presidente actual de Tachibana Real Estate. Si da órdenes, las obedecen sin dudar. —Sí, señor. Tachibana-san, esperamos sus indicaciones. Ryohei ajustó el cuello de su chaqueta y asintió con voz firme. —Entremos. No sabemos qué nos espera ahí dentro. —Ya lo oyeron —ordenó Sera—. ¡Andando! Los hombres se alinearon tras ellos. El vestíbulo del edificio estaba sumido en penumbra, iluminado solo por luces de emergencia que parpadeaban como si temieran encenderse del todo. El olor metálico de la sangre dominaba el aire, mezclado con humo y polvo. Era evidente: alguien había pasado por allí… y no había tenido piedad. El joven se inclinó sobre uno y palpó su cuello, mientras uno de los hombres revisaba otro. —Están vivos, solo inconscientes —confirmó. Se incorporó lentamente. —Eso prueba que Majima-san está aquí… avanzando por los pisos, ¿no cree? —También lo creo —respondió Sera, el rostro impasible—. Sigamos con cautela. Avanzaron hasta el ascensor, el silencio solo interrumpido por el eco de las pisadas. Cuando las puertas se abrieron, la escena que los recibió los dejó inmóviles. El suelo del último piso era un campo de batalla: cuerpos por doquier, las paredes salpicadas de sangre y el aire impregnado de pólvora y sudor. En medio de todo, Goro Majima, sin camisa, con el tatuaje de la hannya en la espalda reluciendo bajo la luz de emergencia, sostenía en sus brazos a Makoto Makimura. Ryohei dio un paso al frente, la voz quebrada. —¡Makoto! Sera lo detuvo con un gesto. —Déjamelo a mí —dijo, avanzando junto al joven. Majima, con la respiración agitada, intentaba reanimarla. —Hey… ¿puedes reconocerme? —su voz temblaba—. ¡Di algo, Makoto! —Lo… siento… —balbuceó la joven con un hilo de voz. —¿Makoto? —El del parche la sostuvo con más fuerza. Ryohei dio un paso más, los ojos abiertos de par en par. —Está hablando… está viva. Makoto giró débilmente el rostro, reconociendo aquella voz. —Ryo-chan… —susurró. El nombre detuvo a Majima. Por un instante, el caos se volvió silencio. Ella los miró a ambos, con lágrimas empañando sus ojos. —Lo siento… solo les causé problemas… a ambos. —No digas más —contestó su hermano, arrodillándose junto a ella—. Te ayudaremos. —Por favor… escuchen… Su respiración se volvió irregular mientras las palabras salían entrecortadas. Makoto relató con dificultad lo sucedido: la reunión, su intento de negociar el Lote Vacío a cambio de las cabezas de los lugartenientes. Quería terminar lo que ella y Ryohei habían empezado, cerrar su venganza tras la muerte de Tetsu. Pero Dojima se burló de ella, confesando que el proyecto de reurbanización podía llevarse a cabo incluso sin el Lote, y que solo necesitaban eliminar a uno de los herederos para quebrar al otro. El disparo vino después. Majima apareció segundos más tarde. La chica sonrió débilmente, las lágrimas se mezclaban con la sangre que corría por su cuello. —Soy… una completa tonta… si presionaba con el Lote Vacío… pensaba que podía vengarme sin involucrar a Ryo-chan en esto… —Makoto… —susurró su hermano. —Es todo lo que… quería lograr… —Tranquila —murmuró Majima—. Está bien… —Tenía que… —sus palabras se desvanecieron. Su cuerpo se relajó en los brazos del hombre. —¡Mierda! —gritó Majima—. ¡Por favor, ayúdala! ¡Ayuda a tu hermana! Ryohei ya estaba junto a ella, sus manos firmes en su cuello. —Está viva. Pulso débil, pero presente —dijo con rapidez—. Está perdiendo sangre. Hay que sacarla de aquí ya. Sera levantó la vista. —Majima… ¿qué ocurrió exactamente? —Los de Shibusawa y Dojima la querían muerta —gruñó el hombre con los dientes apretados—. Llegué tarde. —No hay tiempo que perder —dijo Sera con tono cortante. Luego, giró hacia sus hombres—. ¡Ya saben qué hacer! Los hombres de blanco entraron con rapidez, desplegando el equipo médico improvisado que habían preparado desde el vehículo. En cuestión de segundos colocaron a Makoto en una camilla plegable y comenzaron los primeros auxilios. Majima se levantó, aún con las manos manchadas. —¿Dónde se la llevan? —Tranquilo. Vengan conmigo —ordenó el presidente de Nikkyo, dirigiéndose a ambos—. Si quieres salvarla, confía en nosotros… a menos que creas poder hacerlo tú solo. El silencio pesó sobre ellos. Solo el zumbido del ascensor rompía el aire, mientras la puerta se cerraba con un ding metálico. Makoto era llevada hacia la luz, y Ryohei sabía que, si ella moría, el Lote Vacío no volvería a ser solo tierra… sino un altar. El hospital improvisado olía a desinfectante y sangre. Las luces blancas del pasillo parpadeaban, bañando las paredes con destellos fríos. Makoto era llevada sobre una camilla a toda prisa, rodeada de enfermeros y paramédicos que apenas hablaban entre sí. Las ruedas golpeaban el suelo con un sonido seco, metálico, hasta que desaparecieron tras las puertas del quirófano. —Makoto… ¿puedes oírme? —susurró Majima, corriendo a su lado—. No puedes morirte… no todavía. El equipo médico lo apartó en cuanto cruzaron las puertas. Estas se cerraron con un clic que retumbó en el pecho de ambos. La luz roja del quirófano se encendió. Majima se quedó quieto, mirando la puerta sellada como si pudiera atravesarla con la mirada. —Haré lo que sea… —murmuró con voz rota—. Si ella quiere venganza, la tendrá. Lo que desee… —golpeó la puerta con el puño—. Pero por favor… Su voz se quebró. El eco del golpe se apagó, y él cayó de rodillas sobre el piso estéril. Ryohei se acercó en silencio y apoyó una mano firme sobre su hombro. —Levántate —dijo con tono seco, apenas disfrazando la emoción—. Te ves patético ahí tirado. El del parche en el ojo levantó la cabeza, los ojos encendidos. —¿Te lo estás tomando tan bien después de lo que le pasó a tu hermana? —gruñó, poniéndose de pie de golpe y agarrándolo del cuello de la camisa—. Ella está ahí dentro, puede morir en cualquier momento y tú… ¿tú solo me llamas patético? El joven no retrocedió. Su mirada era una mezcla de ira y agotamiento. —¿Crees que yo no estoy sufriendo? —soltó entre dientes—. Perdí a mi hermano hace dos días. Y ahora ella está al borde de la muerte. Lo único que puedo hacer es esperar… y eso también me destruye. Cerró los puños con fuerza, los nudillos pálidos. —Y tú hablando de venganza como si eso sirviera de algo… sí, queríamos las cabezas de los Dojima, pero ya no importa. Ellos van un paso adelante, como siempre. Majima soltó una risa amarga, más parecida a un gemido. —Aun así pienso hacerlo. Si quieren que los mate, lo haré. Aunque tenga que morir en el intento. Ryohei lo miró con sorpresa, luego con un dejo de ironía triste. —¿Qué estás diciendo? —hizo una pausa, entrecerrando los ojos—. Espera… ¿tú estás enamorado de mi hermana? —No digas estupideces —respondió el otro al instante, desviando la mirada. El joven Tachibanan dejó escapar una breve carcajada sin alegría. —Se te nota en la cara. —Luego, más serio—. Si quieres vengarte por lo que le hicieron, no te detendré… pero quiero pedirte algo. —¿Qué cosa? —No mueras. —Su voz fue un susurro firme—. Ella tiene que verte cuando salga de ese quirófano. Majima esbozó una sonrisa rota. —Es mejor que no me vea. Que no sepa que existo cuando todo esto acabe. —¿Qué estás diciendo? —replicó Ryohei con incredulidad—. Eres la persona que la protegió desde que toda esta mierda comenzó. ¿Vas a alejarte así sin más? El del parche levantó la vista, con una serenidad que dolía. —Escúchame, Ryo-chan. Mi vida está marcada, manchada por la yakuza. Si ella ve mi rostro, solo recordará el terror, la sangre, las noches en que pensó que moriría. Sus ojos se clavaron a los del joven aspirante. —Por eso nunca debes decirle quién soy. Ni mi nombre… ni lo que hice por ella. Ryohei tragó saliva. El silencio se extendió entre ambos como un juramento. —Majima-san… —Prometo salvarla, aunque tenga que dejar mi vida en el proceso —dijo el hombre, con una calma que helaba—. Pero a cambio, prométeme algo tú también: nunca le reveles quién soy, quién fui ni quién seré. ¿De acuerdo? El joven bajó la mirada. El silencio fue su respuesta. Solo el sonido distante del monitor cardíaco rompía el aire mientras ambos quedaban frente a la puerta, cada uno enfrentando su propio infierno. Las horas avanzaban como un martirio. Cada minuto parecía eterno. En la sala de espera, los dos hombres permanecían sentados frente a frente, en un silencio quebrado solo por el zumbido de las luces y el lejano eco de pasos en los pasillos. De vez en cuando, ambos levantaban la vista hacia el letrero rojo del quirófano que seguía encendido, impasible. El hombre del parche chasqueó la lengua, impaciente. —¿Cuánto más van a tardar? —murmuró con el ceño fruncido. Ryohei no respondió. Mantenía las manos entrelazadas, los nudillos blancos por la tensión. Finalmente, la luz del quirófano se apagó. Ambos se pusieron de pie al instante, el corazón golpeando como si quisiera escapar del pecho. Las puertas se abrieron con un suave chirrido y una mujer de bata quirúrgica salió, empapada de sudor, retirándose la mascarilla con un gesto agotado. —¿Ha salido del quirófano? ¿Cómo está ella? —preguntó Majima, acercándose de inmediato. La doctora lo miró con cautela. —Lo siento, señor… ¿pero quién es usted? —Es un amigo de la familia —intervino Ryohei antes de que el otro respondiera—. Soy el hermano de la paciente. ¿Cómo está mi hermana? La mujer suspiró, dejando escapar una mínima sonrisa cansada. —Tenemos buenas noticias. La cirugía fue un éxito. Ambos exhalaron casi al mismo tiempo, un alivio fugaz entre tanto miedo. —Sin embargo… —añadió ella, bajando la voz—. Aún no recupera la consciencia. Estas horas son críticas. En su estado, existe la posibilidad de que no despierte. El silencio cayó como un golpe. Ryohei bajó la cabeza, cerrando los ojos un segundo. Majima apretó la mandíbula, incrédulo. —¿Qué? —alcanzó a decir, apenas un susurro. —Esa es la situación actual, Sera-san —continuó la doctora. Ambos giraron al escuchar pasos firmes en el pasillo. El presidente de Nikkyo avanzaba apoyado en su bastón, su silueta recortada bajo la luz blanca del hospital. —Ryohei. Majima —saludó con voz grave—. Debemos trasladar a Makoto. Aquí no puede quedarse. —¿A qué se refiere? —Si la Familia Dojima se entera de que sigue con vida, vendrán a terminar el trabajo —explicó Sera, sin titubeos—. Y de paso, quebrarte hasta la muerte. El joven asintió lentamente. —Supongo que tiene razón. Es arriesgado mantenerla aquí. Majima frunció el ceño. —¿Y a dónde piensas llevarla? —A un sitio más seguro que este, eso está claro —respondió el hombre del bastón—. La doctora vendrá con nosotros. ¿Nos acompañas? Ryohei quedó en silencio unos segundos. Su mirada vagó hacia la puerta cerrada del quirófano. —¿Sentarme a esperar a que despierte? Así no puedo ayudar —dijo con voz áspera. —Majima-san… —empezó el joven, intentando frenarlo. —Sera, Ryo-chan… —lo interrumpió, bajando el tono—. Cuiden de ella, por favor. Por mi parte… hay algo que debo hacer. Ambos hombres lo miraron. El más joven comprendió de inmediato a qué se refería. —Vas a hacer lo que dijiste antes, ¿verdad? —preguntó, sabiendo la respuesta. El hombre del parche asintió sin dudar. —Pienso ponerle fin a esto. —No puedes estar hablando en serio —replicó Sera con incredulidad—. ¿Piensas enfrentarte tú solo a Dojima? El aludido no respondió. En lugar de eso, se acercó a la doctora, inclinando levemente la cabeza. —Le encargo su bienestar, doctora. Cueste lo que cueste… tiene que despertarla. La mujer asintió, comprendiendo sin palabras la gravedad de su promesa. Majima giró sobre sus talones y comenzó a caminar por el pasillo, la chaqueta abierta, el paso decidido. —Uno, por amor, puede hacer verdaderas locuras… —susurró el joven con amargura, observando cómo el hombre del parche desaparecía al final del pasillo—. Solo no mueras, Majima-san. El eco de sus pasos se desvaneció entre las luces frías del hospital. Sera se giró lentamente, apoyado en su bastón, la mirada seria, pero sin dureza. —Empezaremos con el traslado —dijo en voz baja—. Luego tú y yo tenemos una conversación pendiente. El aspirante a médico asintió. —Sí… es sobre el traspaso —respondió con calma, aunque en su interior sentía el peso del momento—. Decidí que voy a firmar. A partir de ese instante, mi parte del Lote le pertenece. El mayor arqueó una ceja, sin sorpresa, pero con respeto. —Añadí nuevas condiciones al contrato —explicó—. Antes de que firmes quiero que las leas. Si hay puntos que quieras modificar, estoy dispuesto a considerarlos. Ambos hombres comenzaron a caminar por el pasillo, acompañados por la doctora, que aún revisaba documentos y monitoreaba los signos vitales de la paciente. El sonido de sus pasos resonaba entre el olor a desinfectante y la luz blanca de los fluorescentes. Al llegar a la habitación, los recibió el pitido rítmico del monitor cardíaco. Makoto yacía en la cama, pálida, cubierta por una sábana hasta el pecho. Una máscara de oxígeno cubría su rostro y los tubos del suero colgaban desde el soporte metálico. El hermano se acercó despacio, apoyando una mano sobre el borde de la camilla. Por un momento, el tiempo pareció detenerse. —¿Dónde tiene pensado llevarla? —preguntó sin apartar la vista de ella. —Tengo un embarcadero en Shibaura, en la bahía de Tokio —respondió el hombre del bastón—. Nadie podrá acceder allí. Es amplio, discreto, y cuenta con lo necesario para mantenerla a salvo junto a la doctora y su equipo. —Entendido. Después del traslado podemos revisar el contrato… —su voz se volvió más formal, casi fría—. Será mejor hacerlo en el restaurante de mi abuelo. Es un lugar seguro, y necesito avisar a Kiryu de lo ocurrido. —Pensé lo mismo —respondió Sera con una ligera sonrisa que apenas duró un instante—. Bien, empecemos el traslado. El equipo médico comenzó a desconectar las máquinas, moviéndose con precisión. Las ruedas de la camilla chirriaron al girar, y la doctora ajustó las correas con cuidado. Mientras caminaban hacia el ascensor de servicio, Ryohei echó una última mirada a la habitación vacía. Su reflejo en el cristal de la puerta devolvía la imagen de un hombre distinto: ya no el hermano perdido entre la venganza, sino el heredero que debía elegir entre el amor y el deber. En silencio, siguió a Sera por el pasillo iluminado, mientras afuera la noche de Tokio seguía ardiendo con el resplandor de los neones.
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