Capítulo 23
“Puente al Pecado”
El trayecto se desarrolló en un silencio moderado, apenas interrumpido por el ronroneo grave del motor. El vehículo que los transportaba no tenía lujos ostentosos, pero sí el tipo de equipamiento sobrio y eficiente que uno esperaría de alguien como Sera: radio interna, localizador incorporado, mapas plegados en la guantera y una discreta cortina metálica que separaba al conductor del asiento trasero. La noche, a esas horas, parecía más un océano espeso que un cielo. A través de la ventana, las luces de Tokio se reflejaban en los ventanales de oficinas dormidas y en los rieles metálicos del tren elevado. El ambiente dentro del auto, sin embargo, estaba cargado de otra clase de tensión: la que se instala después del miedo, cuando uno aún no está seguro de que ha pasado lo peor. El vehículo se desvió hacia los muelles, donde la humedad del mar comenzaba a dominar el aire. Shibaura emergió como un espacio distinto del resto de la ciudad: un lugar más industrial, más callado, con luces dispersas que parecían vigilar el puerto como faros exhaustos. Finalmente frenaron frente a un embarcadero privado. Sera descendió primero, apoyándose en su bastón. Ryohei lo siguió, su expresión firme pese al agotamiento. Más atrás, un equipo de paramédicos trasladaba a Makoto en una camilla portátil, el monitor cardiaco sujeto con correas improvisadas para evitar daños durante el trayecto. Un yate blanco aguardaba en silencio. Su interior no era lujoso, pero sí sólido, diseñado para resistir más que para impresionar. Ryohei observó cómo subían a la joven por la rampa metálica. Las luces del muelle dibujaban sombras oblicuas sobre su rostro pálido. —Esperemos esté segura aquí —murmuró, más para sí mismo que para los otros. —Lo estará —respondió el presidente de Nikkyo, sin titubeos. La doctora se volvió hacia ellos en la entrada del barco. Se había quitado el gorro quirúrgico, pero aún llevaba la bata abierta sobre la ropa. Sus ojos reflejaban cansancio, pero también determinación profesional. —Estaré informando a Sera-san de cada avance por medio del localizador. Hizo una leve inclinación hacia el muchacho. —Tachibana-san, haré todo lo que esté a mi alcance para que despierte. El aspirante a médico respondió con una reverencia profunda, sincera. —Cuento con usted, doctora. Dejo la vida de mi hermana en sus manos. Ella asintió, sin solemnidades innecesarias, y subió la rampa con paso firme. Las puertas se cerraron detrás de ella, y varios hombres comenzaron a asegurar el embarcadero para la salida. Sera observó el proceso unos segundos antes de hablar: —Vamos. Tenemos una conversación pendiente… y un documento que firmar. Ryohei soltó una exhalación breve. No de alivio, sino de preparación. —Sí. Aunque como dije antes, debo incluir ciertas “condiciones”. Una sonrisa apenas perceptible cruzó el rostro del mayor. —Ja… definitivamente eres como tu hermano. Otro rubro, mismo filo. El comentario golpeó algo en el pecho del joven; no dolor, sino un eco cálido, un recordatorio de Tetsu que casi se había permitido olvidar por una hora. Sin añadir más, ambos regresaron al automóvil. El motor volvió a encenderse, y mientras el muelle quedaba atrás, las luces de la bahía se alejaron como fantasmas dormidos. A partir de ese momento, el trayecto los condujo de vuelta a Kamurocho en absoluto silencio. El vehículo avanzaba por calles húmedas, iluminadas apenas por faroles cansados; el motor era lo único constante, como un pulso mecánico que marcaba el paso hacia lo inevitable. Para cuando cruzaron el arco de Little Asia, el aire olía a sopa recién servida y a metal, un contraste extraño con la tensión que cargaban ambos. El restaurante del abuelo Chen seguía abierto pese a la hora. Faroles rojos oscilaban en la entrada, y el murmullo del barrio se filtraba entre las cortinas de cuentas. Ryohei fue el primero en entrar. —Abuelo… —saludó con un cansancio que intentó disimular. Chen levantó la vista desde una tetera y, al reconocerlo, sus facciones se suavizaron. —Xiǎo Hǔ… Caminó hacia él sin dudar y lo abrazó con firmeza sorprendente. —Supe lo de Makimura-san. —La estabilizaron en cirugía —explicó el joven—. Iba a llamar a Ji-Yeon para avisarle. —No hace falta. —El anciano negó despacio—. Esa muchacha vino hace unas horas. Estaba inquieta, así que la mantuve informada a través de la gente del barrio. Ryohei no pudo esconder la sorpresa. El viejo siempre estaba un paso adelante. —Como siempre… —murmuró. Luego miró hacia el fondo del local—. ¿Podemos usar la mesa de atrás? Tenemos un documento que revisar. —Por supuesto. Nadie los molestará —respondió Chen, retirándose para darles privacidad. La mesa privada estaba separada por un biombito de madera oscura. Sera tomó asiento frente a él y extendió la carpeta sobre la superficie, alisándola con un gesto lento. El silencio entre ambos cambió de textura: pesado, expectante. Ryohei soltó el aire, centrando la mente. —Me comprometí a firmar —dijo finalmente—, pero antes quiero dejar algo claro. —Te escucho —contestó el presidente del consorcio, observándolo con detenida atención. El muchacho apoyó una mano sobre la carpeta, aún cerrada. —¿Qué gana usted con obtener el Lote? El mayor entrecerró los ojos. Su respuesta fue fría, medida. —Eso lo explicaré cuando tú y Kiryu estén presentes. Es información que debe escucharse en conjunto. —Hizo una breve pausa—. Pero sí te aseguro que cambiará el equilibrio dentro del Clan… y que no puedo llevarlo a cabo sin ustedes. No consiguió más de él, pero tampoco lo esperaba. Con un gesto breve, abrió el documento y revisó las primeras líneas. —Bien. Entonces… mis condiciones. No son excesivas, solo compensaciones justas. El silencio del hombre al otro lado de la mesa fue una invitación a continuar. —Primero: se mantienen los términos ya establecidos. Quinientos millones para cada uno por la venta del solar, depositados en cuentas separadas tras la división de los bienes de mi hermano. —Veo que estás bien informado. —Tetsu acumuló una fortuna considerable, pero no dejó herederos directos. Legalmente, todo pasa a manos de Makoto y mías. Mientras ella no pueda decidir, lo haré yo. El consorciado asintió sin interrumpirlo. Ryohei pasó suavemente la página. —Segundo: quiero mantener intacto lo relativo al tratamiento ocular de mi hermana. Su consorcio cubrirá todos los gastos hasta su alta médica. Luego alzó la mirada. —Pero quiero que se mantenga en secreto quién costea el procedimiento. Ella creerá que lo financiare yo o la inmobiliaria. Sera meditó unos segundos antes de responder. —Aceptado. Es lo correcto… y lo más humano. Ryohei respiró despacio. Lo que venía requería más cuidado. —Tercero: necesito protección discreta, no excesiva. Algo que cubra tanto a Makoto como a mí durante los próximos años. —¿Cuántos? —inquirió el mayor, inclinándose un poco hacia adelante. —Siete. —Enderezó la espalda—. Es el tiempo estándar de una carrera médica con posibilidad de extensión. Quiero estudiar sin interferencias y que Makoto se recupere sin que Dojima intente terminar lo que empezó. El hombre entrecerró los ojos, evaluando la petición. —Puedo gestionarlo. No será un muro indestructible, pero sí moveré a determinadas familias para mantenerlos fuera del radar. Kazama también ayudará. Ryohei asintió, tomando un poco de aire antes de continuar. —Además… me gustaría un apoyo académico. No económico total, solo algo que abra puertas. Sus dedos recorrieron el borde de una de las hojas. —Una carta de recomendación del Consorcio Nikkyo para los programas de becas de la Universidad de Tokio. Allí una sonrisa leve cruzó el rostro del presidente. —No pides dinero… pides herramientas. Muy Tachibana. Lo conseguiré. Aún faltaba lo más delicado. —Por último… necesito una garantía interna para dos personas. No blindaje. No privilegios. Solo asegurarse de que no se les adjudique responsabilidad por lo ocurrido en el Lote. El presidente levantó una ceja. —Déjame adivinar. Kiryu y Nishikiyama. —Exacto. La voz del joven se volvió más firme. —Si alguien debe caer por lo sucedido, que sea quien realmente lo merece. Ellos no deben cargar con un crimen que no cometieron. Solo quiero justicia interna, no favores. El silencio que siguió tuvo otro peso. Sera lo observó con una mezcla difícil de descifrar, como si estuviera viendo un eco de Tetsu sentado frente a él. Finalmente cerró la carpeta con un clic suave. —Eso puedo otorgarlo. No los blindaré, pero sí garantizaré que no recaiga sobre ellos una culpa ajena. Kazama estará de acuerdo. El aire en la mesa cambió: ya no era tensión, sino resolución. —Bien, Ryohei Tachibana —declaró, acomodándose en el asiento—. Con estas condiciones… puedes firmar. El joven no tomó el bolígrafo de inmediato. En vez de eso, recolocó la carpeta con calma, como si necesitara un segundo para ordenar algo más profundo que simples palabras. —Antes de firmar… hay dos cosas que quisiera pedirle. No son condiciones —aclaró—. Son favores. El líder del Consorcio soltó un suspiro exagerado. —Me vas a matar de los nervios con tanta petición —refunfuñó, aunque la curva leve de su boca lo traicionó. —No se lo pido como comprador ni como vendedor —continuó el aspirante a médico—. Se lo pido como alguien que lo considera un amigo. Sera levantó una ceja, sorprendido de verdad. —¿Amigos…? —repitió, casi divertido. —¿Le molesta? —Ryohei lo miró con seriedad franca. La expresión del mayor se suavizó, mostrando un matiz que casi nunca dejaba ver. —Al contrario —dijo al fin—. Me honra que lo digas. El muchacho asintió, reafirmando su decisión. —El primer favor es simple: Firmaré cuando usted contacte a Kiryu y nos explique todo lo que sabe. —Una chispa irónica cruzó su mirada—. No se preocupe, voy a firmar incluso si me dice que el mundo se acaba en doce horas. El comentario arrancó una carcajada limpia del mayor, una de esas que parecían oxigenar la habitación. —Sarcasmo bien dosificado —comentó—. Me agrada. —El segundo favor es más… personal. —Ryohei entrelazó las manos sobre la mesa—. Me gustaría que, cuando todo esto termine, podamos reunirnos a beber algo. No como presidente de Nikkyo y heredero de Tachibana Real Estate… sino como Masaru Sera y Ryohei Tachibana. Hablar de la vida, salir un poco de la rutina. El mayor lo observó en silencio, como si evaluara algo más profundo que la petición en sí. Finalmente, su expresión cedió. —Mi vida suele ser una vorágine —admitió con honestidad rara—. Pero sí… aceptaré ese trago. El joven extendió la mano hacia él. —Entonces tenemos un trato. Cuando contacte a Kiryu, cerramos esto de una vez. Sera estrechó la mano con firmeza, y ese gesto selló mucho más que un acuerdo: marcó el inicio improbable de una amistad entre dos mundos que, en teoría, jamás deberían cruzarse. El mayor se incorporó y caminó hacia el pequeño teléfono de pared del restaurante. A pesar de la calma del local, el sonido de los faroles agitándose afuera reforzaba la tensión del momento. Marcó una breve serie de números para enviar un mensaje directo al localizador de Kiryu. No era una llamada: solo un pulso codificado, discreto, imposible de rastrear. Luego colgó y regresó a la mesa. Bastaron unos minutos para que el dispositivo del restaurante comenzara a sonar con insistencia. Sera volvió sobre sus pasos y descolgó el auricular con la misma serenidad que mostraba ante cualquier crisis. —¿Kiryu? —su voz se volvió más formal—. Soy Sera, del Consorcio Nikkyo. Ryohei, sentado aún a la mesa, levantó apenas la vista. La carpeta del contrato seguía abierta frente a él, el bolígrafo reposando sobre una esquina. Escuchaba cada palabra sin apartar los ojos del documento. Hubo un silencio abrupto al otro lado de la línea. Era evidente que Kiryu había respondido. —He oído lo que pasó con el presidente Tachibana… —La voz de Sera bajó un matiz—. Que los Dojima lo mataron. El gesto de Ryohei se endureció apenas, una mueca contenida entre resignación y una sed de justicia aún latente. No necesitó decir nada: el ambiente lo dijo por él. Sera continuó: —Estoy con Ryohei en el restaurante de Chen, en Little Asia. Necesitamos hablar contigo cara a cara. ¿Puedes venir? —Hizo una pausa breve—. Te explicaremos todo cuando llegues… y ven con cuidado. Los hombres de Dojima aún te buscan. No hubo despedida. Solo el clic seco al cortar la llamada. El joven finalmente levantó la mirada. —¿Vendrá? —preguntó en un susurro, como si confirmar algo tan simple pudiera afectar todo lo que vendría después. —Vendrá —afirmó Sera con seguridad—. Y te diré algo… no esperaba que fuera yo quien llamara. —Lógico —respondió el muchacho—. No conoce el número del abuelo Chen. El líder del Consorcio regresó a la mesa y tomó asiento nuevamente, cruzándose de brazos mientras evaluaba la situación con ojos de estratega. —Bien —sentenció—. Solo queda esperar. Ryohei acomodó la carpeta, dejó el bolígrafo listo sobre la página final y exhaló con una calma que apenas sostenía. —Cuando él llegue —dijo, sin dramatismo—, dejaré todo concluido. No dijo “firmar”, no tenía que hacerlo. El peso de esa decisión ya llenaba la habitación por sí sola. El silencio se había asentado sobre la mesa como una tercera presencia, intermitente apenas roto por el tintineo lejano de platos, risas apagadas en mandarín y el aroma espeso del té verde que flotaba entre los faroles del local. La puerta del restaurante se abrió con un leve chirrido, y el murmullo familiar de pasos reconocibles hizo que el pequeño mundo de esa mesa se tensara. Chen fue el primero en notarlo. Su caminar silencioso lo llevó hasta la entrada. —Kiryu-san… —lo saludó con una leve inclinación—. Tus invitados están justo por allá. Le señaló la mesa del fondo, donde dos siluetas aguardaban bajo la luz cálida de un farol. El menor levantó la mano para llamarlo. —Ya era hora… —murmuró Ryohei, sin dureza, solo cansancio. Pero antes de avanzar, Chen detuvo a Kiryu con un gesto suave. —Lamento lo de Tachibana-san. —Su voz tenía un respeto grave—. Sufrir tanto y no tener la oportunidad de ver a su hermana… — Hizo una pausa, exhaló lento. —Pero sé que hiciste todo lo posible por ayudarlo a él y a Xiǎo Hǔ. En nombre de todos en Little Asia, te damos las gracias. —No, por favor —interrumpió Kiryu, incómodo—. No pude hacer nada. No merezco esa gratitud. —¿Cómo que no? —la voz del chico cortó el aire entre ellos. Ryohei ya se había acercado—. Deja de castigarte solo porque sí. Acepta la gratitud del abuelo, ¿quieres? Lo tomó del antebrazo con firmeza. —Ven. Tenemos que hablar. Ambos se acercaron a la mesa privada. El líder del Consorcio Nikkyo se incorporó con su habitual compostura, la mirada firme, leída ya mil veces por hombres que sabían que las palabras que seguirían no serían sencillas. —No tengo mucho tiempo —dijo Kiryu al sentarse—. ¿Qué es lo que quiere? —Que respires —respondió Sera sin rodeos—. Que te lo tomes con calma. La frase, tan fuera de lugar, provocó un parpadeo incrédulo en el joven de blanco. El mayor le indicó con la mano que se sentara. Cuando todos estuvieron acomodados, la bomba cayó sin anestesia. —A Makoto Makimura… le dispararon los hombres de Dojima. —¿Qué? —La reacción fue visceral, inmediata. Los dedos de Kiryu se crispaban sin darse cuenta. Ryohei tomó la palabra, su voz contenida como una hoja que se dobla sin romperse. —Fue después de vernos en mi apartamento. Se escapó de Ji-Yeon para ir a hablar con Dojima… y uno de sus hombres le disparó. —Lo peor ya pasó —agregó Sera—. Sobrevivió a la cirugía, pero no ha despertado. El estado es estable… pero crítico. —Necesito saber más —exigió Kiryu, inclinado hacia adelante. Entre ambos —el aspirante y el presidente de Nikkyo— reconstruyeron cuidadosamente las horas perdidas: la reunión clandestina, la oferta que Makoto había hecho por el Lote, la traición de Dojima, el disparo, la llegada de Majima y la carrera contra el tiempo. Cuando mencionaron la recuperación parcial de la vista, Kiryu se quedó inmóvil. —¿Entonces… ya no está ciega? Ryohei negó con un gesto lento. —Clínicamente solo distingue luces y sombras. Pero con tratamiento… sí. Podrá ver de nuevo. Un aire más cálido se coló en la escena, apenas perceptible. —Al menos —añadió Sera— la Familia Dojima cree que está muerta. Ryohei apoyó los antebrazos sobre la mesa. Había aceptado una verdad incómoda. —Lo que significa que ahora irán por mí. Soy el único heredero vivo del Lote. El mayor confirmó con un leve asentimiento. —Exacto. Ya reactivaron el proyecto de reurbanización de Kamurocho. Ella está a salvo… por ahora. Kiryu frunció el ceño. —¿Y tú? ¿Qué hay de tu seguridad? Además… ese tal Majima. ¿Sabe que está viva? ¿Podemos confiar en él? El aspirante a médico bajó un instante la mirada. No era duda, era un desconcierto que aún no sabía procesar. —Vi algo en él… algo que me hace creer que no le hará daño. Pero no puedo asegurarlo. —Yo sí creo que puede protegerla —intervino Sera—. Al principio trabajaba para Shimano. Tenía órdenes de matarla. Pero ahora… —Entrecerró los ojos— creo que su lealtad cambió de dirección. No añadió nada más. No hacía falta. El silencio que cayó sobre los tres hombres fue pesado, como una cuerda tensada al límite. Los faroles rojos del restaurante parpadearon cuando el viento sopló desde el pasillo de Little Asia, trayendo consigo el eco de una noche que todavía no decía todo lo que tenía que decir. —Por ahora, centrémonos en la Familia Dojima… —Sera continuó, sin rodeos—. Shibusawa ya ha sido ascendido oficialmente a capitán. Desde hoy, él tomará las decisiones. El aire alrededor de la mesa pareció tensarse. —¿Ascendido? —Ryohei levantó la vista, incrédulo. —Sí. —El líder del Consorcio asintió lentamente—. Nunca ha sido del tipo fanfarrón. Siempre callado, siempre paciente. Un hombre que observa y espera… y en el momento justo, aprieta el cuello. Es más maquiavélico de lo que deja ver. El joven entrecerró los ojos, recordando palabras lejanas. —Mi hermano me lo dijo una vez… —murmuró—. De los tres lugartenientes, él es el peor de todos. —Y no se equivocaba. —Sera entrelazó los dedos, apoyándolos sobre la mesa—. La Familia Shibusawa sigue siendo una organización joven. Si quieren ponerse por encima del Clan Kenno de Kuze o de la Asociación Taihei de Awano… van a necesitar una demostración de fuerza. Nadie habló por unos segundos. El silencio no era vacío: era una advertencia. Finalmente, el mayor soltó la verdad como una sentencia: —Te garantizo que lo primero que hará es purgar a la vieja guardia de Kazama. Kiryu se tensó al instante. Su respiración cambió, apenas audible, pero Sera lo notó. —Tú eres su niño mimado —continuó—. Y sigues siendo sospechoso del asesinato en el Lote Vacío. La policía también te busca. Estás atrapado por ambos lados. Ryohei apoyó un codo en la mesa, la voz más grave. —Es verdad. ¿Alguna idea, Sera-san? —Sí. —El mayor asintió, como si ya hubiera decidido antes de llegar—. Ustedes dos deben abandonar Kamurocho y esconderse un tiempo. Mientras Ryohei siga siendo el dueño político de media parcela, Dojima enviará a todo su ejército a matarlo. Si logran ganar algo de tiempo… podría haber esperanza. Kiryu lo miró, desconfiado. —¿Esperanza? —Si Makoto Makimura despierta —explicó Sera con calma implacable—, el Consorcio Nikkyo adquirirá la segunda mitad del Lote Vacío. Se volvió hacia el joven del abrigo. —Continúa tú. El heredero del Lote asintió, girando la carpeta hacia Kiryu. —Quería que estuvieras presente —dijo con voz firme—. Porque he decidido traspasar mi mitad al Consorcio. Todo está listo. Solo faltaba… que tú fueras testigo. Y sin vacilar, tomó el bolígrafo y estampó su firma. La tinta fresca selló años de historia familiar. —A partir de ahora —cerró la carpeta con un gesto seco—, ya no me pertenece. Sera respiró hondo, como si quitara un peso antiguo de sus hombros. —Todo este tiempo… ese ha sido el verdadero objetivo de Kazama-san. Kiryu frunció el ceño. —¿A qué se refiere? —miró al joven—. ¿Lo sabías? —No —admitió Ryohei, sin rastro de duda—. Pero ya no importa. Sera apoyó una mano sobre el documento, como un juez que valida un veredicto. —Kazama buscaba evitar que Dojima se fortaleciera aún más. Y me eligió a mí, y al Consorcio, como contrapeso directo. Ryohei se enderezó. —¿Mi hermano sabía de esto? —Cuando descubrió que ustedes eran los propietarios —dijo el mayor—, creyó que tu parte era un error administrativo. Pensaba entregarnos el Lote antes de que Dojima actuara. Su objetivo final era frustrar a Sohei Dojima… estableciéndome a mí como sucesor del Clan Tojo. El silencio fue inmediato. —¿Me está diciendo… —susurró Kiryu— que Kazama-san planea ponerlo a usted al frente del Clan Tojo? —Eso parece. —Sera no evitó la dureza del peso que caía sobre él. Ryohei dejó escapar una risa muy breve, amarga. —Ahora entiendo las cláusulas del contrato. Todo encaja. —Y yo… —Kiryu sacudió la cabeza— jamás imaginé que usted y Kazama-san fueran tan cercanos. —No lo soy tanto como tú —respondió el mayor—. Pero fue esencial para llegar aquí. Él me enseñó cómo funciona la yakuza desde dentro. Le debo más de lo que puedo pagar. Hubo un silencio más suave esta vez, pesado, pero humano. Dos jóvenes mirando a un hombre que cargaba planes que ya no podían detenerse. Finalmente, Sera habló con una sinceridad rara en él: —Kiryu, Ryohei… Kazama-san me pidió que hiciera todo lo posible por ustedes dos. El aspirante alzó una ceja. —¿Por mí? —Si algo le ocurría a tu hermano —explicó el mayor—, se comprometió a velar por ti del mismo modo en que lo hace por Kiryu. Y también… —miró al del blanco— prometo que encontraré la forma de limpiarte de la acusación de asesinato. El murmullo del restaurante se apagó como si alguien hubiese bajado un interruptor invisible. Solo quedaron los tres en aquella mesa del fondo, aislados del mundo por una burbuja de destino y decisiones que no podían deshacerse. El ex yakuza apretó los puños sobre la madera, los nudillos tensos, la mandíbula rígida. —Entonces… ¿no hay nada que pueda hacer? —preguntó Kiryu, con frustración contenida, casi resignación. Sera lo observó un largo segundo antes de responder, como quien elige cuidadosamente una verdad difícil. —Ya has hecho suficiente —afirmó—. Si no fuera por ti, Makoto nunca habría llegado a Kamurocho. Si ella está aferrándose a la vida, es gracias a ustedes dos… pero sobre todo gracias a ti. Kiryu bajó la mirada apenas, respirando por la nariz. —¿Dónde está ella ahora? El menor de los Tachibana respondió con tono grave. —La sacamos del hospital. —¿Tú también estás en eso? —preguntó Kiryu, girándose hacia él. Ryohei negó suavemente con la cabeza. —No del todo… pero es lo mejor. En parte. Sera cruzó los brazos. —Tengo un barco en la bahía de Tokio. En Shibaura. Está ahí. No puedo arriesgarme a que Sohei Dojima descubra que sigue con vida. Kiryu abrió ligeramente los ojos. —En Shibaura… —Te lo digo por respeto —continuó Sera—. Por lo que has hecho por ambos, por el rol que has jugado en este desastre. Pero desde ahora, debes centrarte en salir de Kamurocho. Los dos. Mantenerse a salvo es la prioridad. El líder del Consorcio se levantó entonces, tomó la carpeta del contrato y la aseguró bajo el brazo. Era evidente que su papel en este encuentro había terminado. —Ryohei —dijo mientras se ajustaba la chaqueta—. Cuando todo esto termine, aplicaré el anexo al contrato y procesaremos el pago acordado. El joven asintió sin ceremonias. —De acuerdo. Cuando mi hermana despierte, quiero estar ahí. Quiero verle la cara cuando confirmemos que el plan de Dojima se derrumbó. Sera respondió con una inclinación breve, casi paternal, antes de marcharse por el pasillo. Entre los faroles, su figura se fue desvaneciendo. La puerta del restaurante se cerró detrás de él. Quedaron solos ambos jóvenes… todavía sin saber que ese sería uno de los últimos momentos tranquilos que compartirían por mucho tiempo. Ryohei giró hacia su amigo. —¿Y bien? —preguntó, con un filo de ironía para suavizar el peso de todo—. ¿Qué piensas hacer? Kiryu soltó un suspiro, frotándose la nuca. —No lo sé. Quizá… deba hablarlo con Nishiki. —Te acompaño —respondió el joven sin pensarlo—. Ya no soy el dueño del Lote. Tengo “libertad”. —Sonrió con una ironía amarga que apenas pudo ocultar. Kiryu negó con la cabeza y sonrió muy levemente. —Deberíamos ir al Parque del Oeste, entonces. —¿Qué esperamos? —Ryohei se puso de pie—. Andando. Ambos se perdieron entre los callejones iluminados de Little Asia, ajenos al hecho de que esa conversación recién terminada era apenas el preludio de algo mucho más oscuro. Kamurocho, mientras dormía en apariencia, preparaba su siguiente jugada. Al otro extremo de la ciudad, la bruma de la noche envolvía el muelle industrial como un sudario espeso. Entre contenedores oxidados, una figura esperaba inmóvil, apoyada con elegancia estudiada contra el metal húmedo. Itsuki Murakado dejó caer la colilla de su cigarrillo y la aplastó bajo su zapato con una calma que no pertenecía a un hombre fugitivo. Había perdido casi todo, pero nada en su postura sugería derrota. Si acaso, parecía un estratega en la penúltima fase de su plan. Las pisadas que se acercaron resonaron como un anuncio. Keiji Shibusawa emergió de las sombras con la tranquilidad de un depredador que jamás ha conocido el miedo. El abrigo largo, las manos enguantadas, la mirada dura: llevaba encima la autoridad recién adquirida… y el peligro que venía con ella. No traía escoltas. No los necesitaba. Su presencia sola tensaba el ambiente. Murakado inclinó la cabeza con un gesto venenoso. —Así que los rumores eran ciertos… —murmuró, sonriendo—. Felicidades por su ascenso, Shibusawa-san. El capitán ni siquiera frunció un músculo. —Ahorra tus halagos. —La voz fue un corte preciso—. Traicionaste órdenes simples, retuviste al amigo de Ryohei Tachibana más tiempo del debido… y encima caíste en una trampa risible creyendo que mis hombres iban a matarte. Patético. Itsuki rió entre dientes, sin ofenderse. —Un error de cálculo, lo admito. Pero estoy aquí para enmendarlo. —Ya no hay nada que enmendar —respondió Shibusawa con frialdad—. Podría matarte ahora mismo y acabar con esta molestia. Murakado elevó el mentón apenas un centímetro. —Si me mata… jamás sabrá dónde Sera y Tachibana escondieron a Makoto Makimura. La mirada del capitán, por primera vez, reveló interés. —¿Qué dijiste? —Que sé dónde está. —el mafioso avanzó un paso, disfrutando el impacto—. Su hombre falló en matarla. O más bien… siguió su orden de mantenerla con vida para negociar por el Lote. Y ahora está estable, en coma… pero viva. Shibusawa dio un leve giro de cabeza. —Habla. ¿Dónde? —La información tiene un precio, capitán. El silencio se volvió más frío que el viento del muelle. —¿Un precio? —el capitán chasqueó la lengua con desprecio—. Puedo mandar a mis hombres a arrancarte cada diente para que hables. Sabes perfectamente que dejé viva a la chica para obtener su parte del solar. No necesito negociar contigo. Murakado deslizó una sonrisa lenta. —Pero eso tomará tiempo. Y el tiempo, Shibusawa-san, es el único lujo que usted no puede permitirse. Y yo ya lo hice por usted. Otra pausa. Otra línea invisible tendida entre ambos. —Muy bien —concedió finalmente el capitán—. Dilo. ¿Qué quieres? ¿Dinero? ¿Influencia? —Nada tan vulgar. —Murakado ladeó la cabeza como un noble antiguo—. Solo quiero una cosa: Matar yo mismo a Ryohei Tachibana. Shibusawa lo observó con una mezcla de juicio y desdén. —¿Eliminar… a ese mocoso? —Exactamente. —La voz de Murakado se tiñó de veneno—. Ese crío que ahora juega a ser heredero de Tachibana Real Estate. Ese… —susurró con asco apenas contenido— marica pretencioso que cree que el mundo le debe algo por tener apellido y ojos bonitos. No soporto verlo respirar. Lo quiero muerto por mis manos. El capitán no reaccionó al insulto, aunque en su mirada cruzó una sombra de advertencia. —Suena a obsesión. —Suena a eficiencia. —Replicó el otro suavemente—. Consigo su parte. Se la entrego. Usted sobrepasa a Kuze, a Awano… incluso al mismo Dojima. Y yo satisfago una deuda personal. Shibusawa guardó silencio. Lo estudiaba como quien mide el filo de un cuchillo antes de usarlo. —Conozco tu manera de jugar, Murakado. —susurró al fin—. Traicionarías incluso a tu sombra si te diera ventaja. Murakado sonrió con elegancia mortal. —Por eso debería usarme mientras me necesita, ¿no cree? El capitán soltó una leve exhalación. —Bien. —dictaminó—. Te daré tu oportunidad. Yo me encargaré de hacer que Tachibana vaya hacia ti. Un destello de triunfo cruzó los ojos del traidor. —Agradecido, capitán. —Habla entonces. ¿Dónde está la chica? —En un barco en la bahía de Tokio —respondió sin dudar—. Shibaura. Custodiada día y noche por un equipo médico. Está viva… por ahora. Shibusawa asintió lentamente. —Tiene sentido. Y dime… ¿cómo obtuviste esa información? Murakado inclinó la cabeza como si revelara un secreto trivial. —Usted me conoce. Seguí sus movimientos desde Kaminari Plaza. Observar es una de mis especialidades. El viento del muelle volvió a soplar, arrastrando olor a sal y a gasolina. El silencio entre ambos era casi reverencial… una alianza peligrosa nacida de la pura conveniencia. —Útil. Demasiado útil. —Shibusawa dio media vuelta—. Prepararemos una emboscada en ese barco. La purga comenzará allí. Tendrás tu presa. Murakado lo siguió unos pasos detrás, su sombra alargándose como un presagio. En su mente, no había dudas. —Shibusawa hará el trabajo sucio. Dojima caerá en la trampa. Y yo… me quedaré con todo. Una sonrisa oscura cruzó su rostro. —Ryohei Tachibana… prepárate. Compartirás tumba con tus “hermanitos adorados”, y yo seré quien cierre el círculo. El aire denso de Little Asia quedó atrás mientras Kiryu y Ryohei avanzaban por los pasillos húmedos que conectaban el distrito con Kamurocho. Las luces de papel temblaban con la brisa nocturna, y el murmullo de los puestos de comida se apagaba a medida que ellos dos se alejaban. La tensión en sus pasos era distinta: más urgente, más cargada. El Parque del Oeste ya estaba a la vista cuando unos pasos apresurados irrumpieron desde un callejón lateral. —¡Kiryu! ¡Ryo! —la voz llegó antes que la figura. Akira Nishikiyama apareció jadeando, con el rostro encendido por la carrera. Kiryu frunció el ceño. —Nishiki… —¿Estás bien? —preguntó el aspirante a médico. —Yo sí —respondió el hermano de infancia, recuperando el aliento—, pero está pasando algo terrible. Kiryu se tensó. —¿Qué ocurrió? —¡La Familia Dojima se dirige a la oficina de la familia Kazama! —soltó de golpe—. ¡Están preparando algo grande! Las pupilas de ambos jóvenes se contrajeron. —Era lo que dijo Sera-san… —murmuró Ryohei, con un nudo en el estómago—. Shibusawa ya está ordenando una purga contra Kazama-san y todos sus aliados. Nishiki asintió, apretando los dientes. —Sí. Shibusawa fue ascendido a capitán. Y quiere borrar hasta al último hombre leal a Kazama. —Su mirada fue hacia Kiryu—. Tú y yo somos objetivos ambulantes. —Y es probable que mi maestro Hanzo también esté en la lista —añadió Ryohei, con la mandíbula tensa. —¿Tu maestro? —preguntó Nishiki, desconcertado. —Fue miembro de la familia Kazama. Incluso le pidió a Kazama-san ser padrino de su hijo. Su lealtad es conocida… y me ayudó a liberar a mi amigo de Murakado. —Entonces la orden viene directa de Shibusawa… —dedujo Kiryu. —Hombre, la ciudad estará llena de tipos Dojima en minutos —gruñó Nishiki—. Los tres debemos irnos ya. El murmullo de pasos se volvió un rugido. Desde el cruce cercano emergieron varias figuras con el pin del clan Dojima brillando en sus solapas. —¡Miren ahí! —gritó uno—. ¡Kiryu! ¡Nishikiyama! ¡Y también Tachibana! La tensión se volvió un cuchillo en el aire. Kiryu avanzó un paso, protegiendo instintivamente a los otros dos. —Nishiki —dijo sin apartar la vista de los enemigos—, la hermana de Ryohei está con Sera del consorcio Nikkyo. —¿Qué? —Nishiki lo miró incrédulo. —La Familia Dojima cree que la mataron… que ya solucionaron el tema del Lote Vacío. Ahora van por Ryohei como “el único heredero vivo”. —Pero ella sigue con vida —respondió el menor de los Tachibana—, y ya no soy dueño oficial de nada. Kiryu asintió, con una chispa de determinación en la mirada. —Mientras ella siga viva, es el as bajo la manga de Sera y Kazama-san. Con eso podemos derrotar a Dojima. —Solo debemos sobrevivir lo suficiente —agregó el aspirante a médico. —Así las tornas pueden cambiar a nuestro favor —dijo Kiryu, tenso pero firme. Nishiki miró a ambos, confundido y asustado. —¿Qué significa esto? ¿Qué mierda hacemos ahora? Kiryu tomó aire, decidido. —Llévate a Ryohei a las oficinas de la familia Kazama. Dile a Kashiwagi-san que él también debe esconderse. Yo contendré a estos tipos. —Kiryu… —Nishiki dudó. —Pero— —intentó intervenir Ryohei. —¡Dense prisa! —rugió el ex yakuza—. ¡Nishiki! ¡Ryohei! ¡Vayan! Los dos jóvenes se miraron apenas un segundo. Fue suficiente. Nishiki asintió y tiró de la manga de Ryohei. —Vamos. ¡Ryo, andando! —El dojo está de camino —dijo el médico en formación mientras comenzaban a correr—. Avisaré a Hanzo y lo pondré a salvo. Kiryu dio un paso al frente, interponiéndose entre los perseguidores y sus hermanos. —Yo ganaré el tiempo necesario —dijo con una calma helada. Ryohei se volvió por un instante. —Solo no se te ocurra morir antes de venir por nosotros… ¿de acuerdo? Una media sonrisa cruzó el rostro de Kiryu. Nishiki tiró de él. —¡Ryo, corre! Ambos se lanzaron por la calle Tenkaichi en dirección a las oficinas de Kazama. Detrás de ellos, la voz de Kiryu fue un filo cortando la noche. —Si quieren llegar a ellos… —se irguió en posición de combate— …tendrán que pasar por mí. —¡El niño mimado de Kazama! —escupió un yakuza—. No te hagas el héroe. Vamos a enterrarlos a todos. ¿Quieres culpar a alguien? ¡Culpa al viejo Kazama! El resto se abalanzó. Y la calle se llenó de golpes, gritos, metal rompiéndose y el rugido sordo de una pelea que marcaría un antes y un después en la historia del Distrito. Mientras tanto, Ryohei y Nishiki corrían. Corrían contra el destino. Contra la sombra del pecado que ya se acercaba. La carrera por Tenkaichi los dejó sin aliento. Los neones vibraban sobre el pavimento mojado, y la mezcla de humo, alcohol y urgencia los perseguía como un segundo pulso. A mitad de cuadra, una silueta tambaleante les salió al paso. —Oh, Tachibana… —la voz arrastrada, cálida—. ¿Cómo va todo? Hanzo caminaba despreocupado, con ese bamboleo propio de quien venía de beber más de la cuenta. Un leve rubor le teñía las mejillas, y aún llevaba en la mano el recibo de algún bar de la zona. Ryohei frenó de golpe, con la respiración entrecortada. —Sensei… menos mal lo encuentro aquí. ¿Se encuentra bien? —¿Yo? —rió, golpeándose ligeramente el pecho—. De maravilla. Fui a beber un trago al bar donde dices que trabajas… El Serena tiene su encanto. Iré más seguido. Nishiki levantó las manos, exasperado. —No es momento para beber, viejo… El maestro lo observó con una ceja en alto. —Tu amigo se ve alterado —comentó—. ¿Pasó algo? El aspirante a médico respiró hondo. —Sensei… la gente leal a Kazama está en peligro. La borrachera se evaporó en un parpadeo. Hanzo enderezó la espalda; el guerrero desplazó al hombre ebrio. —¿A qué te refieres? Ryohei relató, en frases cortas, lo ocurrido: la muerte de Tetsu, la ascensión de Shibusawa, y la purga inminente. El rostro curtido del maestro se endureció. —Entiendo… —murmuró—. Avisaré a mi esposa y a Shintaro que se escondan. —¿Shintaro? —repitió Ryohei. —Mi hijo —explicó Hanzo—. Le puse el nombre del viejo Kazama en su honor. Él es su padrino, después de todo. El muchacho asintió, recordándolo con claridad entonces. —Sensei… usted también debería marcharse. —¿Y dejar que destruyan mi dojo? —bufó—. Primero muerto. Dio un paso adelante y le apoyó una mano pesada en el hombro. —Escucha, Tachibana. Lamento lo ocurrido a tu hermano… Pero sabes que no soy de esconderme como un cobarde. Y tú tampoco. —Sí, pero… —Voy a pelear —lo interrumpió—. Protegeré mi dojo y las tiendas de alrededor. Tú ve a la oficina de Kazama y adviertan a Kashiwagi. Yo haré lo mío… ustedes hagan lo suyo. Nishiki soltó un corto suspiro. —Se nota que lo dice en serio, Ryo. Vamos. Ryohei asintió, luego se inclinó apenas. —Solo tenga cuidado… me debe un entrenamiento. —Y será infernal —sonrió el mayor—. No lo olvides. Siguieron corriendo hasta que la figura del maestro quedó atrás entre luces parpadeantes. —Tu maestro es raro —comentó Nishiki, aún agitado. —Sí —admitió Ryohei, con un dejo de orgullo—. Pero es quien me enseñará a ser fuerte… para estar al frente junto a ti y Kiryu. El otro rió entre dientes. —Tendré que ponerme serio si no quiero que me superes… No alcanzó a terminar la frase. Una figura bloqueaba la calle. Quieto. Imponente. Fumando con la calma de quien está exactamente donde quiere estar. Daisaku Kuze. El humo de su cigarro ascendía como una señal de guerra. Ryohei frenó, su expresión cambiando al instante. —¿Llegamos tarde? —su voz se volvió fría. —¡Kuze! —escupió Nishiki. El veterano levantó la vista, sin alterar su postura. —Tranquilos, mocosos —dijo—. Solo quiero hablar con Tachibana. A solas. —¿De verdad crees que te voy a dejar? —replicó Nishikiyama, adelantándose. Kuze chasqueó la lengua. —Ya dije que te calmes. No pienso matarlo. Ya no me interesa eso. Ryohei estrechó los ojos. —¿Y piensas que te voy a creer? —preguntó—. Eres responsable de la muerte de mi hermano, aunque sea indirectamente. El hombre mayor no apartó la mirada. —Sí… —admitió—. Puede llamarse así. Por eso quiero hablar. Mientras esperamos a Kiryu. Nishiki se tensó. —¿A Kiryu? —escupió—. ¿Para qué? —A él sí quiero enfrentarlo —dijo el Teniente—. Y acabar lo que quedó pendiente. El silencio se volvió filo. Ryohei respiró hondo. —Nishiki… déjame hablar con él. Ve con Kashiwagi-san. —¿Estás seguro? —No. Pero puedo leerlo. Y no está mintiendo. —Una chispa de ironía cruzó su voz—. Ya me han dicho que soy bueno leyendo a la gente. Pues bien… ahora lo estoy leyendo a él. Nishiki dudó unos segundos. Finalmente asintió. —Confiaré en ti. Si algo pasa, grita y vuelvo de inmediato. Le lanzó una última mirada a Kuze antes de alejarse corriendo. Y quedaron solos. El silencio entre ambos era como un callejón sin salida. Ryohei cruzó los brazos. —Bien. —Su voz era un filo contenido—. ¿Qué es lo que tienes que decir? El lugarteniente soltó el cigarro y lo aplastó contra el asfalto con la suela, sin romper el contacto visual. Era extraño verlo así: sin fanfarroneo, sin la soberbia que lo había acompañado incluso en sus peores días. Solo estaba él, un hombre cuya sombra parecía estirarse más que su figura. —Primero… —dijo con una calma más perturbadora que cualquier amenaza— quiero que entiendas que no vine por ti. Si hubiera querido matarte, ya estarías bajo tierra. No estoy aquí para eso. Ryohei mantuvo los brazos cruzados, el ceño fruncido, sin ceder un milímetro. Kuze continuó: —Tachibana… —su tono bajó, ronco, casi cansado—. Lo que pasó con tu hermano… sé muy bien que no fue solo “mala suerte”. Yo contribuí a que ocurriera. Lo sé. No busco tu perdón. Ni lo quiero. Una brisa fría atravesó el callejón, moviendo apenas la camisa del joven. —No te estoy diciendo esto para limpiar mi conciencia —agregó el hombre, encendiendo otro cigarrillo con manos sorprendentemente firmes—. Te lo digo porque quiero que estés justo ahí, frente a mí, cuando Kiryu llegue. Quiero que veas cómo termina esto. Ryohei no se movió, aunque los dedos se tensaron. —¿Y qué exactamente quieres que “vea”? —preguntó, seco. Kuze expulsó el humo hacia un lado, sin apuro. —Quiero enfrentarme a Kazuma Kiryu con mis propios dos puños. Pero no solo eso… —lo señaló con el cigarro—. Quiero que tú estés ahí cuando lo mate. Quiero que seas testigo del final entre nosotros. Era brutal. Pero no había odio en su voz. Solo destino. —¿Y si Kiryu gana? —preguntó Ryohei, más por confirmar que por duda. El lugarteniente sonrió con una resignación inquietante. —Si él me vence… iré a entregarme a la policía. No pienso huir. No pienso esconderme. No pienso morir tirado en un callejón como un perro. Se acercó un paso, sin agresión, pero con peso. —Y tú, Tachibana… vas a testificar en mi contra. Ryohei arqueó una ceja. —¿Quieres que sea yo quien te condene? —Exacto. Nadie más. —Kuze bajó la voz hasta un murmullo—. No quiero que me traten como un cobarde ni como un peón de Dojima. Quiero caer limpio. Si alguien va a hundir el cuchillo final… serás tú, diciendo la verdad: que fui yo quien lo golpeó, quien lo buscó, quien quiso ese final. —Tú no lo golpeaste —corrigió Ryohei—, incluso querías liberarlo. —¿Y eso qué? No detuve al idiota que lo mató. Solo maté al tipo después. Y ya. Un silencio cayó entre ambos. No incómodo, pero tampoco amistoso. El silencio de dos hombres que estaban a punto de perder algo irremplazable. Kuze dio otra calada antes de hablar, esta vez sin mirarlo. —He escuchado los rumores sobre ti. —¿Sobre mí? —preguntó el joven, sin moverse un centímetro. —Todos esos comentarios baratos, esos intentos de provocarte con lo que eres o con quién te acuestas… —escupió al suelo con desprecio—. Estupideces. He visto a tantos tipos “muy hombres” quebrarse en cuanto se les cae el suelo bajo los pies. Y tú… —O sea, rumores sobre mi sexualidad… irónico, diría yo. Kuze lo miró de frente. —Tú te mantuviste de pie incluso cuando te arrancaron a tu hermano. Aun con ese Murakado respirándote en la nuca. —Hizo una pausa—. Tienes más huevos que todos esos bocones juntos. Ryohei no respondió. Pero algo en su mirada dejó de ser hostil. No era respeto. Todavía no. Era reconocimiento. El hombre continuó, bajando la voz como quien revela un secreto que no piensa repetir: —Ese tipo, Itsuki Murakado… —su mandíbula se tensó— es peligroso. No por su fuerza. Sino porque no es un yakuza. Es una víbora. No tiene lealtades ni códigos. Él y Shimano están moviendo piezas para traicionarlo todo y a todos. El nombre Shimano atravesó la mente del joven, recordando lo que había escuchado antes: el jefe de Goro Majima. —Escucha. —Kuze se inclinó mínimamente—. Shimano quiere vender el Lote a los Omi. Murakado lo quiere para tener el poder que Shibusawa ya consiguió. Y va por tu cabeza… tú eres un objetivo personal para él. No por el Lote. Por odio. Es visceral para ese malnacido. Ryohei entornó los ojos. —Lo sé. Y aun así, no pienso matar a nadie. —Su voz era firme, sin temblor. Kuze soltó una carcajada amarga. No burlesca; triste. —Pero intentaste romperme la cabeza con ese bate. ¿O se te olvidó? —Eso fue distinto. Fue… —bajó la mirada— un ataque de ira. —Yo, si hubiera sido tú, me reviento la cabeza. —Chasqueó la lengua—. Me entiendes. Pero solo diré esto: si no lo haces tú, lo hará él. Y ese bastardo no deja segundas oportunidades. Su tono se volvió grave. —No te digo “mata”. Te digo “sobrevive”. Hay diferencia, aunque se sienta igual en las manos. Ryohei respiró hondo, sin apartar la mirada. —No cruzaré esa línea —respondió en voz baja—. No pienso hacerlo. No por él. No por nadie. El lugarteniente lo observó largamente. Como quien mira a alguien que podría haber sido una versión mejor de sí mismo si la vida hubiera sido distinta. —Entonces… —dijo por fin— tendrás que encontrar otra forma. Pero hazlo rápido. Porque Murakado ya se está moviendo. Y no vendrá solo. Un silencio tenso cayó entre ambos. Los pasos distantes en el pavimento empezaban a acercarse. La noche parecía contener la respiración. Kuze dio la última calada y dejó caer el cigarro sin apagarlo. —Prepárate, Tachibana. Lo que viene ahora… no es una guerra. Es una limpieza. —Se giró hacia la calle, esperando la llegada inminente de Kiryu. —Y quiero que estés de pie cuando empiece. Ryohei apenas inclinó la cabeza, en un gesto seco. No hacía falta decir más. El duelo estaba a punto de comenzar. El estruendo lejano de sirenas, el rumor de la noche y el murmullo inquieto de Kamurocho parecían desvanecerse mientras Kiryu avanzaba a zancadas por Tenkaichi. Su respiración era firme, la camisa pegada al cuerpo por el esfuerzo del combate previo. Había superado sin dificultad a los hombres que lo arrinconaron cercano al Parque del Oeste, pero algo en el aire seguía oliendo a peligro. Cuando dobló por la esquina, la escena lo detuvo. Ryohei estaba de pie en medio de la calle, con los brazos cruzados y la mirada clavada en alguien que se mantenía unos pasos más adelante. Un hombre grande, de postura rígida y ojos que ardían con una mezcla peligrosa de determinación y fatalismo. Se acercó sin bajar la guardia. —Ryohei… El joven se volvió inmediatamente. —Kiryu… ¿estás bien? —Sí… —recobró el aliento— eso no fue nada. Su mirada pasó del muchacho al lugarteniente. Su expresión se endureció. —Kuze. ¿Has venido solo? El hombre lanzó una exhalación que casi parecía una risa amarga. —Sí. Solo tenía una pequeña charla con tu amigo mientras te esperábamos. Kiryu tensó la mandíbula. —¿Una charla? Ryohei respondió antes que Kuze, sin apartarse del adulto ni un centímetro. —Solo saldando pequeñas cuentas. ¿No es así, Kuze-san? El mayor dio una calada y lanzó otro cigarro hacia un lado. —Les pedí a mis hombres que se largaran. No quiero idiotas estorbando lo que tú y yo tenemos pendiente. Aún no hemos atacado la oficina de Kazama. Nishiki está ahí arriba… por ahora. Kiryu dio un paso más, su sombra proyectándose al lado de Ryohei. —¿Qué piensa hacer la Familia Dojima con la Familia Kazama? ¿Qué piensan hacer con Kazama-san? Kuze sonrió. Una sonrisa rota. —Todos van a morir. Tanto la Familia Kazama como tú. —Su voz se volvió un gruñido— Shibusawa manda ahora. Y con cómo van las cosas… el Clan Tojo será nuestro antes de que amanezca. Ryohei apretó los dientes. —Así que eso significa… —Significa —continuó Kuze— que tendremos todas las tropas que queramos para hacer que ratas como ustedes salgan de sus agujeros. Kiryu no parpadeó. —Puede ser… pero ahora mismo prefiero enfrentarme a cien matones del Tojo antes que un uno contra uno contigo. Los ojos del lugarteniente brillaron con un orgullo herido. —¿Eh? —Estás aquí por una razón —continuó Kiryu, firme—. Acabar conmigo. No hay peor pelea que enfrentar a alguien que arriesga su cuello sin importarle lo que pueda ganar o perder. Kuze dejó escapar una risa ronca, casi emocionada. —Así que lo entiendes. El único motivo que me ha traído hasta aquí… es mi orgullo. Ryohei lo miró de reojo; había algo en esas palabras que resonaba, un eco de la conversación previa. Algo que no iba solo hacia Kiryu, sino hacia él también. Kuze levantó el mentón, desafiante. —Mientras un hombre mantenga su orgullo, puede morir con una sonrisa en la cara. Será interesante ver cuál de los dos muere aquí hoy… el tuyo o el mío. —Hizo una pausa, clavando los ojos en Ryohei—. Y Tachibana será el único testigo de esto. Kiryu frunció el ceño. —¿Qué? —Ya se acordó —sentenció el hombre—. Tachibana no se moverá de aquí. Será testigo de nuestra batalla final. —Se colocó en posición de combate. Kiryu respiró profundamente, acomodando su postura. Sus músculos se tensaron como muelles. —Si así lo quieres… —sus ojos se endurecieron— es hora de poner fin a esto, Kuze-aniki. El viento arrastró un trozo de basura por el asfalto, como si la ciudad contuviera el aliento. Ryohei dio unos pasos hacia atrás, situándose en un punto desde el cual pudiera verlos a ambos con claridad. No intervendría. No debía. La promesa ya estaba hecha. Kuze sonrió como un hombre que ya aceptó la muerte. —Mocoso arrogante… Estoy listo. ¡Será mejor que esta vez intentes matarme! Las manos de ambos se alzaron. El silencio se quebró. La calle Tenkaichi estaba a punto de convertirse en un campo de batalla. La tensión se espesó, como si el aire mismo comprendiera que estaba a punto de ocurrir algo irreversible. Las luces de la calle parpadeaban sobre los charcos, reflejando los cuerpos de los dos hombres que se enfrentaban con la ferocidad de dos titanes a punto de chocar. Kuze avanzó primero. Su pie golpeó el asfalto con fuerza, levantando grava. La postura era la de un luchador de la vieja escuela, puro hueso, músculo y rabia contenida. Kiryu lo esperaba, con los hombros relajados pero los ojos encendidos. El Dragón dormido estaba abriendo los ojos. Ryohei tragó saliva, sintiendo cómo su pecho se tensaba. “Este es el Kiryu que siempre se ha contenido… y el Kuze que se niega a morir.” Un gruñido rasgó el aire cuando Kuze lanzó el primer golpe: un recto devastador dirigido directo a la mandíbula. Kiryu lo bloqueó con el antebrazo, pero el impacto lo hizo deslizar un pie hacia atrás. —¡Vamos, Kiryu! —rugió Kuze— ¡Muéstrame tu fuerza real! Kiryu respondió con un derechazo ascendente que hizo crujir costillas. Kuze se dobló, pero se mantuvo en pie, devolviendo un gancho que golpeó seco en el rostro del muchacho. La cabeza de Kiryu giró por la fuerza del impacto. Ryohei apretó las manos. “Kiryu… ¡concentración! No te dejes llevar.” Kiryu retrocedió un paso, se limpió la sangre del labio con el pulgar… y su mirada se volvió aún más peligrosa. Kuze sonrió. —Eso es… ¡así me gusta! Volvió a embestirlo como un toro enfurecido. Su oponente se agachó, esquivó por milímetros y encajó un rodillazo al abdomen que dejó sin aire al mayor. Luego, un derechazo al rostro, un codazo al esternón y un empujón que mandó al lugarteniente a chocar contra una motocicleta estacionada. El vehículo cayó con estrépito. Kuze escupió sangre y se levantó, tambaleante. —Je… ¡así es como debe sentirse un buen día antes de morir! El de traje blanco no contestó. Estaba emanando un extraño calor: un aura rojiza vibraba en el aire como electricidad contenida. Su compañero sintió el calor en la piel. “Esta sensación… es como si emanara aura de su cuerpo… el estilo Dragón está activo y aun así, Kuze sigue de pie.” El lugarteniente volvió a cargar, esta vez con la fuerza desesperada del que ya aceptó su destino. Kuriboshi. Sanchoku. Dos golpes rápidos, mortales, que Kiryu logró desviar… pero no el tercero. Un uppercut de Kuze impactó en su mandíbula. Kiryu cayó de espaldas sobre el asfalto. Ryohei dio un paso adelante instintivamente. —¡Kiryu! ¡Levántate! Kuze escupió hacia un lado. —¿Eso es todo? ¡Ya lo escuchaste! ¡De pie! ¡No voy a ganar así! Kiryu respiró hondo, apretó los dientes y se puso de pie lentamente. Sus manos temblaban. Su cuerpo también. Pero sus ojos… no. Sus ojos estaban más vivos que nunca. —Kuze… —gruñó—. Se acabó. El viejo yakuza lanzó un último ataque: una serie brutal de puñetazos que levantaban el aire con chasquidos, golpes diseñados para romper hueso y derribar gigantes. El joven de blanco los bloqueó uno tras otro, retrocediendo apenas. Y entonces… El Dragón despertó por completo. El muchacho arqueó el cuerpo, bajó el centro de gravedad y liberó un rugido de poder que retumbó en el callejón. Kuze abrió los ojos, sorprendido por primera vez. —¿Qué…? Su oponente giró sobre su eje, cargó el puño con todo el peso de su cuerpo… Y asestó un derechazo brutal. Un golpe de aquellos que marcan historia. El impacto resonó como un cañonazo. Kuze salió disparado contra la pared del edificio, quebrando parte del cemento antes de caer de rodillas, jadeando. Ryohei sintió un escalofrío recorrerle la espalda. “Ese golpe… ese fue el estilo Dragón dominado por completo.” Kuze intentó levantarse. Falló. Su cuerpo tembló. Otra vez. Finalmente, soltó una carcajada amarga mientras la sangre le resbalaba por la barbilla. —Je… Eres un maldito monstruo —alzó la vista hacia Kiryu, casi orgulloso—. Cada vez… eres más fuerte. Kiryu se sostuvo apenas, respirando con esfuerzo, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido kilómetros. —Kuze-aniki… Ryohei dio un paso tembloroso para sostener mejor a Kiryu, pero Kuze levantó la mano, exigiendo silencio. El viejo yakuza respiró hondo, como si esas palabras hubiesen estado acumulándose durante años. —Se nota algo… —murmuró, arrastrando el aliento—. El capitán Kazama… sabía que esto pasaría. Te contuvo para evitar que te convirtieras en un auténtico yakuza. —Luego giró un ojo hacia Ryohei—. Y tu hermano… también lo sabía. El comentario golpeó más fuerte que cualquier puñetazo. El joven apretó la mandíbula, sosteniendo a su compañero por el brazo para evitar que cayera. Kuze se dejó caer sentado sobre el asfalto, exhausto pero sorprendentemente lúcido. —Llegamos nosotros y los liberamos… —escupió hacia un lado—. La Familia Dojima hizo esto. Hubo un silencio denso, cortado solo por el sonido distante de motores. —Pero no son los únicos —continuó—. Hay otros moviéndose ahora mismo, buscando convertirse en “auténticos yakuzas”. Levantó la mirada hacia los dos muchachos. —Deberían ir al consorcio Nikkyo… —sus ojos centellearon con gravedad—. Shibusawa y Murakado están ahí. Ryohei frunció el ceño. —¿Qué…? ¿Qué demonios estás diciendo? El lugarteniente no lo dejó terminar. —Makoto Makimura está viva, ¿cierto? El corazón de Ryohei dio un vuelco. La preocupación lo atravesó como una corriente eléctrica. Kuze continuó, implacable: —Shibusawa ordenó que el disparo no fuera letal. Necesita su mitad del Lote para aplastar a Dojima y quedarse con el control. —Lo miró de lado—. Y Murakado… ese malparido le dijo dónde la esconden. Ryohei sintió el calor subirle por la espalda. Ese bastardo… Kuze chasqueó la lengua. —Ambos quieren acabar con todos ustedes. La chica, Sera, tú, Kiryu… cualquiera que tenga relación con Kazama. Es la única forma en que Shibusawa puede convertirse en un verdadero dragón dentro del Clan. Ryohei parpadeó. —¿Un dragón? ¿Y Murakado qué busca entonces? —Lo obvio —rió amargamente el mayor—. Lo hablamos antes. Tu cabeza. No por el Lote. Por odio. Ustedes dos… tigre y dragón. Opuestos. Destinados a chocar. El joven inhaló lentamente, procesando cada palabra. —Entre ustedes cuatro… —añadió Kuze— alguien heredará el futuro de la ciudad. Y dos están listos para ensuciarse las manos hasta los codos. Su mirada pasó de Kiryu a Ryohei con sorprendente serenidad. —Dime, Kiryu… ¿va todo según el guion de Kazama? Kiryu soltó el aire que retenía. —Kazama-san ve más lejos de lo que cualquiera de nosotros puede. Pero… no sé cuántos pasos adelante alcanza a prever. Liberado del agarre de Ryohei, se incorporó con esfuerzo, pero con firmeza. El derrotado sonrió, una sonrisa torcida, casi humana. —Seguramente este es su límite. Al menos eso creo yo. —Después miró a Ryohei—. ¿Tú qué opinas, Tachibana? El joven desvió la mirada, pensativo. —No lo conozco en persona… pero sí sé algo: ve más allá de lo que nosotros podemos entender. —Lo imaginé —musitó el veterano. Intentó encender un cigarrillo, pero el encendedor falló una y otra vez. Kiryu suspiró, se agachó y sacó el suyo. La llama iluminó por un instante los tres rostros. Kuze acercó la punta del cigarro, encendiéndolo con una calada profunda. —Pase lo que pase, Kazama solo podrá observar desde su celda —expulsó humo lentamente—. Y tú, Kiryu… eres su apuesta. Su última y mejor opción. El ex yakuza respondió sin dudar: —Estoy preparado para todo. Lo que venga… lo enfrentaré. Kuze soltó una carcajada ronca, casi nostálgica. —Con razón confía tanto en ti… Y en ti también, Tachibana —añadió—. Aunque apenas conozcas este mundo, eres más firme que muchos de los que llevan décadas en él. Ryohei frunció el ceño, sorprendido por el reconocimiento. —Mi hermano… yo… siempre tuvimos claro qué significaba la lealtad —dijo. —Aun si eso significa ir contra la corriente. —La lealtad del más fuerte —replicó Kuze—. Esa es la única que conozco. Kiryu sonrió con ironía. —Y aun así… fuiste tú quien me enseñó este camino. —Hmph… será. —Kuze se levantó tambaleante. Ambos jóvenes lo sostuvieron sin pensarlo. El viejo yakuza resopló—. Dejaré esta pelea en suspenso. —Eso es trampa —bufó Ryohei. —Por mí está bien —dijo Kiryu, tranquilo. El lugarteniente rió por lo bajo. —Me asociaré con ustedes dos… por ahora. Si Shibusawa o Murakado los vencen, no pienso aceptarlo. Ese triunfo… debería ser mío. —Acabaré con Shibusawa —respondió Kiryu—. No por ti, sino por lo que viene después. —Y yo… pondré fin a lo que empezó Murakado —añadió Ryohei, firme—. Pero a mi manera. Kuze asintió, satisfecho. —Van a entrar a la cueva más oscura de este jodido mundo… el mismo que Kazama y tu hermano trataban de mantenerlos lejos. Si están listos para dar el paso… Dio un golpe seco al suelo con la punta del zapato. —¡En marcha! ¡Y sin mirar atrás! Los dos jóvenes intercambiaron una mirada tensa. Ryohei incluso se inclinó en señal de respeto, algo que jamás imaginó hacer ante el hombre que indirectamente contribuyó a matar a su hermano. El viejo yakuza los contempló por última vez. —Oye, Tachibana… —lo llamó justo cuando se dieron vuelta—. Espero ver algún día al hombre fuerte en que dices querer convertirte. Al médico brutal que este país necesita. Y cuando ese día llegue… quiero un combate justo contigo. De hombre a hombre. Ryohei apretó los puños, sin apartar la mirada. —Así será. De una forma u otra. Kiryu también se inclinó. —Vaya dolor de cabeza eres, Kuze-aniki. Pero… ganaré. Kuze soltó una carcajada seca mientras las sirenas policiales empezaban a sonar a lo lejos. —Eso quiero ver, mocosos… eso quiero ver. Cuando los coches se detuvieron, Kiryu y Ryohei ya habían desaparecido entre las sombras. Kuze se puso de pie sin ayuda, estiró la espalda, encendió otro cigarro… Y subió al vehículo policial con una sonrisa orgullosa, como si finalmente hubiera encontrado paz. El capítulo para él terminaba ahí. Con un hombre que caminaba hacia su encierro… y dos jóvenes encaminándose hacia el pecado.