Capítulo 24
“Pecado Consumado”
La noche había caído sobre Kamurocho como un telón pesado, encharcado de neón y humo. Era una ciudad vibrante, viva… pero esa noche tenía un pulso distinto. Algo en el aire se sentía tenso, como si todo el distrito contuviera el aliento. Una calma falsa, previa a una tormenta que todos sabían que estaba por estallar. Las luces de Tenkaichi reflejaban en los charcos mientras Ryohei y Kiryu avanzaban a paso firme, casi sincronizados. No hablaban, no hacía falta: los dos sabían que, tras la advertencia de Kuze, Makoto estaba en peligro real. Shibusawa y Murakado ya habían movido sus piezas para el golpe final. Y ellos no pensaban quedarse atrás. Kamurocho, por primera vez en años, parecía observarlos. —¡Kiryu! ¡Ryo! —la voz de Nishiki cortó el aire como un latigazo. Ambos se detuvieron. Nishikiyama llegó corriendo, respiración agitada. —¿Pasó algo en las oficinas de Kazama? —preguntó Ryohei de inmediato. —Ahí no, todo en orden. —Nishiki tragó saliva—. Pero recibí noticias de la gente de Little Asia… Shibusawa va hacia Shibaura con hombres de Dojima. Ahora mismo. Un silencio denso cayó entre los dos. Kiryu fue el primero en hablar, la voz baja, grave. —Shibaura… el consorcio Nikkyo. —El barco de Sera… —murmuró Ryohei. —Y tu hermana está ahí —remató el de blanco. Ese nombre abrió una grieta brutal en su pecho. Makoto. Su hermana. —Kuze tenía razón —dijo Ryohei, apretando los dientes—. Shibusawa y Murakado ya comenzaron. —Mierda… —Nishiki miró a ambos, inquieto—. Si es así, tenemos que irnos ya. Voy a preparar el auto. Salió corriendo. Ryohei y Kiryu quedaron solos bajo el resplandor japonés que bañaba la calle. —¿De verdad quieres ir? —preguntó Kiryu, sin rodeos—. Puede que no volvamos con vida. El joven lo miró directo a los ojos. —Si eso garantiza que mi hermana siga viva, no me importa morir. Una pausa. Su tono cambió, más suave, casi familiar. —Además… tengo al Dragón de mi lado. Kiryu resopló una risa suave. —Y sigues con eso. —Negó con la cabeza—. Yo te dejaría en Little Asia por tu seguridad, pero… —Lo lamento, pero no estoy de acuerdo. —Déjame terminar —dijo Kiryu, suspirando—. Pero sé que no lo harás. ¿Cierto? Ryohei sostuvo su mirada. No había miedo, solo convicción. —Mi hermano empezó todo esto para protegernos. Tetsu ya no está. Oda tampoco. No puedo permitir que sus sacrificios mueran conmigo escondido. Llámalo venganza si quieres… pero no voy a permitir que esto termine mal. ¿Me entiendes? El ex yakuza lo observó con una mezcla de respeto y gravedad. Era verdad lo que Kuze y otros mencionaban: la bestia ya había despertado, pero no para destruir, sino para cumplir un objetivo. —Entonces andando —dijo Kiryu—. Será la pelea final… y necesito al healer en el equipo. Su compañero sonrió de lado. —Así se habla. Ambos caminaron hasta donde Nishiki ya tenía el motor encendido. Ryohei subió en el asiento trasero. Kiryu tomó el copiloto. Nishikiyama pisó el acelerador sin preguntar nada más. El auto se lanzó hacia Shibaura, mientras a sus espaldas, Kamurocho ardía silenciosamente bajo el neón, como si supiera que esa noche, algo en ellos cambiaria para siempre. La bahía de Tokio estaba extrañamente quieta. El muelle de Shibaura, bañado por las luces rojas del anochecer y por el reflejo metálico del agua, parecía contener la respiración. Esa calma, sin embargo, no era más que un velo frágil antes de la tormenta. A los pies del enorme barco anclado, decenas de vehículos negros rodeaban el muelle. Hombres de la Familia Dojima, armados hasta los dientes, avanzaban en formación cerrada. Al frente, erguido como un general que evalúa su tablero, estaba Keiji Shibusawa. A un costado, apoyado con elegancia venenosa en el parachoques de un sedán, Murakado esperaba la señal, su sonrisa maliciosa alimentándose del caos inminente. Un subordinado corrió hacia el capitán. —Jefe… Sera aún no ha vuelto al barco. ¿Qué hacemos? Shibusawa ni siquiera giró del todo la cabeza. —No importa. Empiecen la invasión. Murakado dio un paso adelante con un ademán casi teatral. —Supuse que no vendría —murmuró con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Me adelantaré, capitán. Quiero encontrar el escenario perfecto para mi propio encuentro. —Hazlo. Y no la jodas. El subordinado se internó entre la marea de yakuza. La operación había comenzado. Un motor rugió a la distancia. Un vehículo se aproximó por la carretera del muelle y, al frenar, las puertas se abrieron de golpe: Kiryu, Nishiki y Ryohei bajaron al unísono. Nishiki evaluó el panorama con un nudo en la garganta. —Llegaron antes que nosotros… Están listos para matar a cualquiera del consorcio. Los tres avanzaron unos pasos. Al verlos, Shibusawa se giró ligeramente, con la indiferencia de quien contempla insectos. —Shibusawa… —gruñó Kiryu. Más atrás, Murakado los observó de reojo. Ryohei captó esa sonrisa torcida y su cuerpo reaccionó al instante: puños cerrados, respiración tensa. El tigre reconocía a su depredador. El capitán dio media vuelta y se dirigió hacia el barco, pero cuando los jóvenes intentaron seguirlo, una oleada de hombres de Dojima levantó un muro humano frente a ellos. —Sabía que no nos dejarían pasar tan fácil —murmuró Ryohei. —¡No se acerquen al capitán! —rugió uno de los hombres, levantando un arma. Entonces, desde el barco, estallaron los primeros disparos. Chispas saltaron del metal y los hombres de Dojima retrocedieron. —¡El consorcio empezó a atacar! ¡Disparen! —Parece que Sera-san también previó esto —dijo el menor de los Tachibana—. Y trajo refuerzos. —¿Serán suficientes? —Nishiki dudó. —Solo tienen que abrirnos camino. El muelle explotó en caos. Hombres de Nikkyo disparaban desde las pasarelas del barco, los de Dojima respondían con fuego cerrado, los gritos se mezclaban con chispas, cuerpos cayendo, acero chocando. La guerra había comenzado. De pronto, un motor mucho más pesado rugió detrás de ellos. Los tres voltearon justo a tiempo para ver un camión acercarse a toda velocidad hacia la formación enemiga. —¿Qué demonios—? —alcanzó a decir Nishiki. Antes de que pudiera terminar, varias botellas ardientes salieron por la ventanilla del camión. Las molotov explotaron entre los enemigos, levantando un muro de fuego. Los hombres de Dojima gritaron, retrocediendo en desorden. El camión frenó con un chirrido brutal. La puerta del conductor se abrió. Kiryu entrecerró los ojos… esa presencia era imposible de confundir. —…Kashiwagi-san. Las sombras dentro del camión se movieron. La compuerta trasera se abrió de golpe y decenas de hombres de la Familia Kazama descendieron armados, formando una línea compacta y despiadada. La voz grave del capitán de Kazama retumbó por encima del estruendo: —¡Kiryu! ¡Nishikiyama! ¡Tachibana! Los tres jóvenes se tensaron al escucharlo. Kashiwagi levantó un brazo y señaló el barco. —¡Suban al barco y vayan tras ellos! ¡Estos mierdas son asunto de la Familia Kazama! La orden cayó como un trueno. A su espalda, sus hombres ya avanzaban hacia el fuego sin miedo ni vacilación. Ellos abrirían el camino. El hermano jurado tragó saliva. —Es ahora… —Sí —respondió Kiryu, tronándose los nudillos—. Vamos. Ryohei sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho. Su hermana estaba ahí. Murakado también. Y Shibusawa esperaba un desenlace escrito en sangre. Su voz salió firme, profunda, casi como un rugido contenido. —Es hora… ¡la batalla final! Los tres echaron a correr entre explosiones, fuego y cuerpos hacia el puente que conectaba el muelle con el barco. El destino los esperaba al otro lado. Y ya no habría redención sin pecado. La rampa metálica vibró bajo sus pies cuando los tres jóvenes avanzaron. El olor a pólvora se mezclaba con el salitre del muelle, y el barco entero parecía respirar como una bestia despierta. Desde el puente superior llegaban gritos y el estruendo de disparos; la guerra estaba en su punto más alto. Kiryu fue el primero en lanzarse. Entró directo en Brawler, rompiendo guardias y astillando costillas con golpes cortos, brutales. Nishiki lo siguió como una sombra idéntica pero más feroz, su estilo menos técnico y más visceral: puro puño, pura rabia contenida hecha carne. Y detrás de ellos, Ryohei cerró los dientes, esquivando balas que silbaban a centímetros de su rostro, moviéndose con la torpeza de un hombre sin experiencia formal, pero con los reflejos de alguien que había sobrevivido a demasiada muerte. Un hombre de Dojima emergió con un tubo metálico. Ryohei lo esquivó por puro instinto, sintiendo el golpe pasar rozándole el cabello. Aprovechó el impulso, tomó el tubo del suelo y lo usó como extensión de su cuerpo: cada golpe era torpe, imperfecto… pero cargado de una fuerza desmedida que hacía retroceder incluso a los veteranos. —¡Kiryu, la derecha! —gritó Ryohei al ver a un enemigo levantar una pipa pesada. Su compañero rotó sin pensarlo, cambiando a Rush; su figura borrándose en un parpadeo para esquivarlo y devolver un golpe al estómago que dejó al enemigo en el aire. —¡Izquierda tuya, Nishiki! —añadió el aspirante. —¡Lo sé, lo sé! ¡Este es turno por turno, como en el Club SEGA! —bromeó Nishiki mientras estrellaba la frente de un tipo contra un pilar. El humor no apagaba el filo de la situación. Los hombres eran demasiados. Desde arriba, una lluvia de balas los obligó a cubrirse tras los pilares metálicos. Las chispas iluminaban sus rostros tensos. —¡Por la derecha hay menos enemigos! —indicó Ryohei—. ¡Si abrimos paso por ahí, podemos entrar por la cubierta! —Perfecto —gruñó Kiryu, entrando en Beast. Levantó un barril como si fuera espuma y lo arrojó a un grupo que intentaba flanquearlos, derribándolos a todos de una sola embestida. Nishiki soltó una carcajada peligrosa. —¡Así se hace, hermano! Subieron por la rampa mientras el acero se teñía de sangre y agua. Un enemigo intentó bloquearles el paso con una katana corta. Ryohei, sin usar las manos, aprovechó el tubo metálico, enganchó la muñeca del hombre y lo lanzó por encima, su cuerpo abriendo la puerta metálica de la cubierta al estrellarse contra ella. —Bien pensado, Ryohei —comentó Kiryu. —Técnica médica —jadeó el joven—. Cuando algo no abre… golpeas más fuerte. La cubierta interior era un laberinto. Ecos de disparos resonaban entre los pasillos estrechos. Los tres avanzaron con cuidado… hasta que una ráfaga de balas los obligó a tirarse al suelo. —¡Mierda! —Nishiki se pegó contra la pared—. Tienen una posición demasiado elevada. —Retrocedemos por la izquierda —susurró el aspirante, analizándolo como si fuese una sala de cirugía bajo fuego. —No hay tiempo —Kiryu negó con firmeza. Nishiki respiró hondo… y entonces se encogió de hombros, como si hubiera tomado una decisión inevitable. Sacó una pistola que llevaba oculta entre su ropa. Los otros dos lo observaron, sorprendidos. —…Nishiki —murmuró Kiryu. —Yo los detendré —dijo él, mirando por encima del hombro, con esa mezcla peligrosa de arrogancia y cariño—. Ahora todo depende de ustedes dos. —Es una locura —susurró Ryohei—. Si te pasa algo… —No me pasará nada, Ryo. —Lo interrumpió con una sonrisa casi infantil—. Vayan a salvar a Makoto. Si no se dan prisa, Shibusawa la va a matar. Su hermano jurado apretó los dientes. —Pero— —¡Váyanse ahora! —bramó Nishiki, los ojos encendidos—. Si no lo detenemos aquí… ¿cómo vamos a mirar a Kazama-san a los ojos? ¿O a Tachibana cuando llegue la hora? Ryohei sintió el golpe de esas palabras. Su hermano. El legado. El peso real de lo que estaban viviendo. —Si alguien tiene que partirle la cara a Shibusawa, eres tú, Kiryu. —Nishiki volvió a mirar al dragón—. Llévalo hasta él, Ryo. Ryohei asintió, tragando saliva. —Nishiki… —Estamos juntos en esto, compañero —dijo él, tocándole el hombro con promesa—. Ahora llévate a mi hermano. Y no se te ocurra morir sin convertirte en lo que juraste ser… Doctor Tachibana. Kiryu le devolvió la mirada. Fue un instante breve, pero lleno de historia. —De acuerdo. El yakuza dio un paso hacia la esquina del pasillo. —Cuando empiece a disparar… corran. Y será mejor que hayas vencido a Shibusawa cuando yo llegue. —Alzó el arma, respiró hondo—. ¡Ahora, váyanse! Las balas salieron como un trueno. Y en ese único segundo de caos, Kiryu y Ryohei se lanzaron hacia el interior del barco, corriendo hacia un destino que sabía a sangre, deber y tragedia. Detrás de ellos, Nishiki era una tormenta. El pasillo que llevaba al corazón del barco era estrecho, húmedo, con olor a pólvora suspendido en el aire. Las luces de emergencia parpadeaban en rojo, bañando el metal en un carmesí que hacía parecer al buque una criatura viva, una bestia respirando antes del sacrificio. Al doblar la esquina, un hombre apareció con una metralleta colgando del hombro. Los dos se pegaron instintivamente a los pilares, conteniendo el aliento. —Lo que faltaba… —murmuró Ryohei, con ese tono cansado que solo anuncia problemas mayores. Kiryu escaneó el entorno; su mirada se detuvo en un objeto a un costado del pasillo. —Usemos eso. Su compañero lo siguió con la vista y asintió. —Perfecto. Tú lo rematas. La maniobra fue silenciosa pero letal: un golpe lateral, una llave improvisada, la metralleta rodando por el suelo. El de blanco lo tomó del cuello y, con una brutalidad propia del estilo Beast, lo arrojó por la barandilla hacia el agua negra del muelle. El cuerpo cayó con un chapuzón que se perdió entre el retumbar de los motores. El pasillo siguiente se abría hacia un salón amplio, con las escaleras visibles entre el humo. Shibusawa estaba arriba. Makoto también. El héroe y el healer avanzaron… hasta que la oscuridad habló. —Bienvenido, Tachibana. Kiryu. Los esperaba. La silueta emergió entre las sombras. Ryohei sintió cómo todo su cuerpo se tensaba antes incluso de ver el rostro. La voz bastó. Itsuki Murakado. El hombre caminó hacia la luz con un aplomo enfermizo, como si esa nave fuera un teatro privado preparado solo para él. —Murakado —respondió el joven, su tono más acero que aire. Kiryu dio un paso adelante, rígido. —¿Dónde está Shibusawa? El enemigo levantó la barbilla con elegante desprecio. —Ahí arriba. —señaló las escaleras con un gesto casi cortés—. Aunque dudo que lleguen a verlo. Porque ustedes dos… —su mano bajó hacia un arma— morirán aquí mismo. El aire pareció quebrarse. Ryohei soltó una exhalación burlona. —¿Aún obsesionado con el Lote Vacío? Patético. La sonrisa de Murakado se torció, mostrando colmillos. —Cállate, maricón. Serás el primero en reunirte con tu hermanito adorado. Kiryu reaccionó antes de pensarlo. —¿¡Cómo lo llamaste!? —rugió, la rabia vibrándole en la garganta como metal caliente. El joven alzó un brazo de inmediato. —Kiryu, calma. No caigas en su juego. —Pero— —No. —lo cortó, firme como piedra—. Sube la escalera. Yo me encargo de él. El de blanco lo miró sin comprender del todo dónde quedaron los límites del muchacho. —¿Estás seguro? Entre los dos podríamos— —Sí, podríamos vencerlo —interrumpió—, pero tú tienes un combate más importante. ¿Olvidaste lo que dijeron Kuze y Nishiki? Vencer a Shibusawa. Salvar a mi hermana. Murakado soltó una risa nasal, venenosa. —Pueden intentarlo, Kiryu. Yo no te atacaré por la espalda… —suspiró con dramatismo fingido— no es mi estilo. —Como si te creyera —espetó el ex yakuza. Fue entonces cuando vio los ojos de Ryohei: ese brillo afilado, ese borde salvaje que no tenía nada que ver con el joven aspirante a médico amable que conocía. El muchacho apretó los puños. —Lo tengo claro —susurró—. Muy claro. Pero no voy a titubear. Lo detendré como sea. Aunque tenga que aguantar hasta que Nishiki llegue. Volvió la mirada hacia Kiryu, más cálido. —Ahora ve. Salva a Makoto. Te lo pido. Un silencio pesado. Kiryu asintió apenas. —…Tigre y Dragón, ¿verdad? Una sonrisa fugaz cruzó los labios de su compañero. —Tú lo dijiste. No yo. Ahora vete. Kiryu subió las escaleras sin bajar la guardia. Su sombra desapareció entre el humo. El eco de sus pasos se diluyó… dejando solo a dos bestias encerradas en un templo de metal. Murakado suspiró, como quien por fin se permite mostrar su auténtico rostro. Tomó el arma… y la lanzó lejos. El metal resonó en el piso como un desafío. —No necesito eso para matarte, Tachibana. Lo que necesito es tu parte del Lote Vacío. El joven lo observó con serenidad quirúrgica. —¿Lo que quieres? ¿Poder? ¿Prestigio en el Tojo? —sus ojos brillaron con ironía oscura—. No será posible. Un silencio helado. —Ya no soy dueño de la mitad del solar —añadió sin parpadear—. La vendí. Cuando Makoto despierte, Sera será propietario del cien por ciento. La sonrisa del enemigo desapareció. —¿Qué…? —Lo que oíste. No tienes nada. Ni control, ni poder, ni herencia. —dio un paso adelante—. Solo tu propia miseria. Murakado inhaló profundamente. Su rostro dejó de parecer humano. —Es una lástima… —susurró—. De verdad quería hacerlo sin violencia. Entrenarte. Recuperar el lazo con mi hijo. Una redención bonita para todos. Pero… —se arrancó la camisa y la chaqueta de un tirón— como ya no tienes nada que ofrecer… El pasillo tembló. En su espalda emergió un tigre tatuado, ennegrecido, feroz, de fauces abiertas, una criatura que parecía morder la piel para salir. Un tigre sin alma. El criminal adoptó una postura pulida, asesina. —Ahora no pienso contenerme. Acabaré contigo… con Kiryu… con Nishiki… con Shibusawa… y luego purgaré a todos los aliados de Kazama. Incluso ese anciano sensei tuyo. El joven Tachibana respiró hondo. Su postura cambió. La sombra de Hanzo se reflejó en él como un espíritu ancestral. —No si te detengo. La risa de Murakado fue un rugido. —¿Se te olvidó la paliza que te di en Kaminari Plaza? Si no fuera por Kashiwagi y ese vejete, ya estarías muerto. Pero ahora no hay nadie que te salve. Solo tú y yo. Veamos si mi estilo… o el patético estilo de ese viejo prevalece. Los ojos de Ryohei Tachibana, normalmente cálidos, se oscurecieron. No con odio. Con resolución. El Tigre abrió los ojos… y el primer latido emergió. El salón vibraba con el eco distante de explosiones y disparos. Las luces de emergencia parpadeaban en rojo, tiñendo las paredes de un tono que parecía más sangre que metal. El aire estaba denso, saturado de humo, sal y pólvora. Cuando Ryohei y Murakado quedaron frente a frente en el centro del lugar, quedó claro que no harían falta palabras: uno de los dos no saldría caminando. El tigre tatuado en la espalda del mafioso parecía respirar junto a él. Su sombra se estiraba en el suelo como un animal recién liberado de una jaula demasiado pequeña. La frase de Hanzo llegó al joven sin pedir permiso, como una orden suspendida entre respiraciones: El campo de batalla es tu arma, no tu enemigo. Murakado atacó primero. El golpe descendente buscaba partirlo en dos. Ryohei esquivó por instinto, sintiendo el viento caliente pasar junto a su rostro y escuchando cómo el puño del criminal hundía el metal de la pared como si fuese cera. El hombre sonrió —una sonrisa torcida, húmeda, impaciente. —Sí… eso quería. Muéstrame más. El joven respondió con una patada rápida, imperfecta, pero cargada de todo lo que había aprendido sobreviviendo a Kamurocho. El impacto resonó en el pecho del enemigo, que retrocedió apenas un paso antes de soltar una carcajada seca, casi eufórica. —Más fuerte, doctorcito. Haz que valga la pena matarte. Ryohei tomó un tubo del suelo y lo hizo chocar contra las costillas, el hombro y la mandíbula del exmaestro. Cada golpe fue limpio, desesperado, tan preciso como su cuerpo lastimado se lo permitía. Murakado escupió sangre y sonrió aún más. —Así… ¡ASÍ! El sitio se convirtió en un campo de guerra estrecho. Murakado avanzaba como una bestia rabiosa, disfrutando cada impacto. Ryohei esquivaba con una mezcla de técnica incompleta y pura voluntad de vivir. Cada choque hacía temblar el metal. Cada respiración ardía. Un error bastó. El criminal lo tomó del cuello y lo estampó contra una columna con una fuerza que buscaba quebrarlo. —No eres lo bastante rápido —susurró, acercando la cara, los ojos desbordando una locura vibrante. El destello del cuchillo en su mano fue suficiente para que el corazón del joven se detuviera. La hoja subió. Estaba a centímetros de perforarle la garganta. Entonces escuchó otra voz: rota, gastada, pero firme. No es matar. Es sobrevivir. La advertencia de Kuze se encendió en su mente como una alarma. La mano libre del joven actuó sola. Sacó un cuchillo que había obtenido en la carrera previa y hundió la hoja en la pierna de Murakado. El hombre aulló un sonido irreconocible, mezcla de furia y placer, que helaba la sangre. Aun así, no soltó el cuello. —¡Eso! ¡ASÍ se pelea! ¡Dame más! Un rodillazo le vació el aire. Un codazo le abrió la ceja y lo tiró de rodillas. El mundo se inclinó. Murakado avanzó arrastrando la pierna herida, inclinado como un depredador a punto de arrancarle el alma. —Aquí termina todo —jadeó—. Tú mueres… y después tu hermana. Entonces la vio. La pistola. Caída junto a un cadáver. A solo unos centímetros. El cuchillo bajó. Ryohei tomó el arma. La levantó. Y disparó. El primer disparo retumbó como un trueno en su propio pecho. Sintió el retroceso, el olor a pólvora, y por un instante su mente se quebró entre dos pensamientos incompatibles: ¿Qué acabo de hacer? y Tenía que hacerlo. Luego vino otro disparo. Y otro. Y otro. El cuerpo de Murakado retrocedió ante cada impacto, como si alguien estuviera arrancándole trozos del alma. Pero sus ojos seguían brillando, rabiosos, negándose a caer. La sangre manaba a chorros bajo las luces rojas. —Aún… no… —musitó, tambaleando, extendiendo una mano ensangrentada—. Aún… no terminé contigo… Cargó contra él, un último impulso nacido del puro odio. Ambos chocaron contra la ventana del salón. El vidrio se quebró en un estallido brutal. La brisa fría de la bahía entró de golpe, clavándose en los pulmones del joven. El marco metálico vibró. Ryohei giró la cadera con un movimiento desesperado, canalizando la fuerza del enemigo justo como Hanzo había repetido miles de veces: Usa el entorno. Usa su impulso. El campo de batalla pelea contigo si lo escuchas. Murakado perdió el equilibrio y atravesó la ventana con un estruendo seco. El vidrio explotó en centenares de fragmentos carmesí bajo las luces de emergencia. Su cuerpo cayó hacia atrás, retorciéndose como un animal dispuesto a seguir peleando incluso mientras la gravedad lo arrastraba. El tigre ennegrecido de su espalda vibró en su piel como si quisiera morder el aire. Y aun así, seguía riendo. Esa risa rota, macabra, que no sonaba a derrota… sino a un triunfo retorcido. Mientras caía, sus ojos atraparon a Ryohei. Fue solo un segundo, pero lo bastante para dejar clavada una duda venenosa: no había odio en ellos. Ni furia. Ni locura. ¿Era decepción? ¿O lástima? ¿O quizá… un maestro observando a su alumno fallar la última lección? No habría forma de saberlo. Y esa duda lo perseguiría mucho más que cualquier herida. —¡Lo hiciste… Tachibana! —escupió sangre mientras la oscuridad lo envolvía—. ¡Ya eres un asesino… igual que yo! Igual que todos los que te han acompañado hasta aquí… Tu sueño… tu vida entera… manchados para siempre… Una risa mordaz, rota, casi celebratoria. Y luego, el golpe del mar tragándoselo por completo. Silencio. Un silencio brutal. El joven quedó inmóvil. La pistola seguía aferrada a su mano, como si sus dedos se hubieran convertido en un candado. Su respiración era un temblor irregular que no lograba estabilizar. No sabía si lo que le comprimía el pecho era alivio, horror, o un vacío tan profundo que dolía. Las palabras de Kuze regresaron con precisión quirúrgica: No es matar. Es sobrevivir. —Era él… o yo… —susurró, sin reconocer su propia voz. Miró hacia el vacío. La bahía estaba tranquila, indiferente, como si no acabara de devorar a un monstruo… ni de convertirlo a él en algo más oscuro. —Dejé a un niño sin padre… —murmuró, la mirada perdida—. Crucé… esa línea. Le tembló la mandíbula. Abrió la mano y dejó caer el arma. El metal desapareció en el agua sin ceremonia alguna. Fue casi silencioso. Ese fue el entierro. —¡Ryo! —la voz de Nishiki irrumpió con un golpe de adrenalina. El muchacho apareció doblando la esquina, con el arma aún humeante en las manos. Sus ojos recorrieron la escena: los vidrios rotos, el marco destruido, la sangre salpicando el suelo, el aire cargado de pólvora… y Ryohei, quieto, de pie en medio del infierno recién apagado. —¿Estás bien? ¿Qué diablos pasó? ¿Dónde está Kiryu? El aludido se giró despacio. Tenía la mirada opaca, la piel manchada de sudor y sangre. Pero lo más inquietante era la calma. Una quietud afilada. Una máscara perfecta sobre un corazón a punto de colapsar. —Aquí no pasó nada —dijo, con una serenidad que no le pertenecía—. Kiryu está arriba. Con Shibusawa. Tenemos que alcanzarlo. Nishiki lo observó un segundo. Solo un segundo. Pero bastó para ver que algo no encajaba: el chico estaba en shock. Había algo roto dentro de él. Algo que intentaba fingir que todo seguía igual. Y aun así, no preguntó. No era el momento. Asintió, apretó su arma y respondió: —Entonces vamos. Esto no ha terminado. Ambos subieron las escaleras, dejando atrás el olor a pólvora, el eco del último rugido de Murakado… y el peso silencioso de un pecado consumado. La cubierta superior estaba sumida en una penumbra rojiza, teñida por las luces que latían como un corazón enfermo. Cuando Ryohei y Nishiki llegaron al final de las escaleras, el estruendo del combate los recibió antes que la vista. Kiryu estaba allí, jadeante, con la espalda desnuda y el dragón recién delineado resplandeciendo bajo el sudor y la sangre. Frente a él, Shibusawa intentaba incorporarse, escupiendo rojo sobre el metal frío, su orgullo destrozado pero su lengua todavía venenosa. Makoto no estaba. Solo quedaba el eco del combate… y el rastro del odio. Ryohei alcanzó a escuchar fragmentos rotos, apenas susurros entre la respiración entrecortada del yakuza derrotado: palabras sueltas que hablaban de matar, de no rendirse jamás, de acabar “con todos ellos”, como había hecho con Oda y su hermano. Aquello bastó para tensarle los puños, recordándole que la rabia es más afilada que cualquier cuchillo. Kiryu golpeó de nuevo. El impacto sonó como un trueno contenido. Luego vino otro, y otro, y otro. Cada puñetazo hundía más a Shibusawa en el suelo y hundía a Kiryu en un abismo distinto al del dragón que llevaba en la espalda. Su respiración era un gruñido; su mirada, un pozo negro que empezaba a vaciarse de humanidad. Nishiki tragó saliva. —Si sigue así… lo va a matar. Esa palabra —matar— fue un disparo en el pecho de Ryohei. No era matar para sobrevivir. No era matar porque no había opción. Era matar por ira, por dolor, por venganza. Una línea completamente distinta. Una que él ya había cruzado. —Detenlo —murmuró, sin apartar la vista—. No permitas que pase al otro lado… Antes de que pudieran avanzar, la voz rota de Shibusawa surgió entre jadeos y sangre. Era casi un susurro, dirigido a Kiryu con la precisión de un veneno. —¿Eso es… todo…? —susurró, sonriendo con los dientes teñidos— Ya no tienes elección. Hazlo. Alzó la cabeza lo suficiente para que Kiryu lo viera. —Mátame… Sigue los pasos de Shintaro Kazama… y conviértete en un auténtico yakuza. Kiryu levantó el puño, bañado en sangre. Ese golpe sería el final. Nishiki reaccionó como si le hubieran arrancado el alma. —¡Kiryu! —se abalanzó sobre él, sujetándolo por los brazos, tirando con toda la fuerza que le quedaba— ¡Detente! El Dragón parpadeó, aturdido, atrapado entre el frenesí y la cordura. —¿Nishiki…? —susurró, confundido, respirando como si el aire le doliera. Luego sus ojos se deslizaron hasta Ryohei—. ¿Ryohei? El joven no respondió. Había algo en su rostro que no pertenecía a un hombre de su edad. Un peso nuevo. Una sombra que se adhería a su expresión como sangre seca. Porque aunque Kiryu aún tenía opción, él ya había renunciado a la suya. Nishiki, jadeando, sostuvo a su hermano. —No lo hagas. Si cruzas esa línea… no vas a poder volver. Esas palabras cayeron sobre Ryohei como una verdad indecorosa. Una verdad que lo golpeó peor que cualquier puño. Yo ya no puedo volver, pensó, sin decirlo. —¿Qué ganarás matándolo? —continuó Nishiki, la voz rota— ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Kiryu bajó lentamente el brazo. La tensión comenzó a desprenderse de sus hombros, como si cada músculo se resistiera al regreso de la razón. —Ustedes… —dijo apenas. Ryohei avanzó entonces, sin rabia, sin temblor, solo con una frialdad que no habría reconocido una hora atrás. Se detuvo frente a Shibusawa, que lo miró desde el suelo como si observara una revelación desagradable. —Se acabó —dijo simplemente—. Tu imperio ya no existe. Shibusawa rió, una carcajada desgarrada que manchó el suelo. —El Dragón de Dojima… —susurró, mirando a Kiryu por un instante. Ryohei no le dio tiempo a retomar aire. —Ya sabemos quién se alza como dragón. Y matarte sería demasiado fácil. Prefiero que vivas con tus pecados… hasta que la cárcel te consuma. Fue entonces cuando Shibusawa lo miró a él. No a Kiryu. No a Nishiki. Solo a él. Y en su rostro herido apareció una sonrisa cansada, torcida, casi complacida. —Je… ya veo… —murmuró— Él no cruzó la línea… pero tú sí… Su voz cayó hasta un susurro que solo Ryohei pudo escuchar. —Pobre chico… querías ser un médico bueno… y acabaste como todos nosotros. Un asesino con bata blanca. La cabeza le cayó hacia un lado. La inconsciencia lo reclamó. Pero la frase quedó suspendida entre ambos, como un filo que nunca dejaría de cortar. Y Ryohei, sin mover un músculo, entendió que Shibusawa acababa de decir la verdad más amarga de su vida. El interior del barco estaba convertido en un laberinto de cuerpos: algunos inconscientes, otros agonizando entre los destellos rojos de las luces. Nishiki y Ryohei avanzaron como pudieron, sosteniendo a Kiryu entre ambos, hasta que una silueta conocida apareció desde uno de los pasillos. La doctora, respirando con dificultad pero aún en pie, hizo un gesto rápido. —Por aquí. Es seguro. Los guió a una pequeña sala improvisada como enfermería. Allí, recostada en una camilla, Makoto dormía profundamente, su respiración tranquila entre el caos que los rodeaba. Ryohei sintió el corazón detenerse un instante. —Makoto… —susurró, acercándose—. ¿Cómo está? —Estable —respondió la doctora—. Pero ustedes tres necesitan atención inmediata. —Yo estoy bien —dijo él por reflejo—. Déjeme ayudarla con Kiryu y Nishiki. La doctora no discutió. Era un terreno que él conocía mejor que nadie. Mientras ella atendía a Nishiki, Ryohei se sentó frente a Kiryu, empapado de sangre, sudor y golpes que parecían recién marcados. —¿Estás bien? —preguntó el dragón, observándolo con una mezcla de confusión y alerta—. Te veo… extraño. El joven siguió limpiando las heridas sin levantar la vista. —Estoy bien —murmuró—. Solo… golpeado. Pero Kiryu no era tonto. —¿Qué pasó con Murakado? Las manos de Ryohei se detuvieron apenas un segundo. Ese segundo bastó para que Kiryu lo notara. —Él… desapareció —respondió con calma medida—. Tras vencerlo. —¿Le ganaste? Entonces quizá vuelva. —O quizá la policía lo atrape antes. —Guardó los implementos de curación—. No vale la pena pensarlo ahora. El silencio posterior fue denso, pero Kiryu decidió no insistir. La doctora terminó con Nishiki y se acercó al joven para atenderlo a él. Apenas iba por la mitad cuando una voz suave, débil, quebró la quietud. —¿Dónde… estoy? Makoto abrió los ojos, aturdida, palpando la camilla donde la habían colocado. Su respiración tembló al no reconocer el entorno. —Lo último que recuerdo es… —Makoto… —Ryohei prácticamente saltó de la camilla, acercándose—. Makoto, soy yo. Vine por ti. Ella entornó los ojos, intentando enfocar. —¿Ryo-chan…? ¿De verdad… eres tú? ¿Qué… pasó? Él sonrió, pero era una sonrisa cansada. —Ya todo terminó. Los Dojima cayeron. Solo falta un paso para cerrar esto. Makoto frunció el ceño. —¿Cayeron…? ¿Cómo? Una voz grave, sólida, respondió desde la entrada. —Quizá deberías explicarlo con un poco más de calma. Todos voltearon. Kiryu se incorporó instintivamente. Nishiki tensó la mandíbula. —Sera… —dijo el dragón. El presidente avanzó con la seguridad de quien ya ha visto demasiada muerte para sobresaltarse por un poco más. —Todo acabó. Nadie volverá a molestarlos por el Lote Vacío. Pero aún falta lo esencial. Ryohei asintió. —La firma de Makoto. Sera abrió la carpeta que llevaba bajo el brazo. —Tu hermano ya cedió su mitad al consorcio Nikkyo. Solo falta la tuya, Makimura-san. Makoto llevó una mano al pecho. —¿Mi firma…? —Solo eso —dijo Ryohei, arrodillándose frente a ella—. Para que ambos podamos ser libres de esto. ¿Confías en mí? ¿O en él? Ella no lo dudó. —Ayúdame a firmar. Aún… no veo bien. Ryohei tomó su mano con cuidado, con esa suavidad que solo él tenía, y la guió hasta la línea. La firma quedó trazada junto a la de él, cerrando por fin un ciclo de sangre que había durado demasiado. Sera guardó el documento. —Listo. El acuerdo completo. Se aplicará con el tiempo, según lo conversado. —¿Qué hará ahora? —preguntó Ryohei. —Voy a Dojima HQ. Debo mostrarles que su poder ya no existe. El joven dudó medio segundo. —¿Le molesta si lo acompaño? La pregunta sorprendió a los presentes. Incluso Kiryu lo miró, desconcertado. Ryohei bajó la mirada, pero su voz no titubeó. —Solo quiero verlo. Ver su cara cuando entienda que perdió. Que la venganza de mi hermana y mía… se cumplió sin que nosotros ensuciáramos las manos. Sera suspiró, comprendiendo más de lo que decía. —Está bien. Pero te mantienes cerca de mí. No sabemos si alguien aún puede atacarte. —Entendido. —Miró a Kiryu y Nishiki—. Vayan con Kashiwagi-san y los hombres de Kazama. Díganme si hay heridos… quiero ayudar. Nishiki soltó una risa cansada. —Dalo por hecho. Aunque sospecho que ellos están mejor que nosotros. Ambos salieron de la sala corriendo. Y el joven, por primera vez desde que Murakado cayó al mar, respiró sin temblar. Porque Makoto estaba despierta. Porque Kiryu estaba vivo. Porque Nishiki seguía a su lado. Porque ese pecado… aunque lo cargara solo él, no había sido en vano. La bahía de Tokio seguía respirando hondo después de la masacre. El viento arrastraba olor a pólvora, sal y metal oxidado, mezclándose con el rumor lento de las olas golpeando contra las rocas. Las luces lejanas del puerto teñían el agua de un rojo sucio, como si la ciudad hubiese derramado sangre en su propio océano. Algo emergió entre ese vaivén oscuro. Un cuerpo. Arrastrado por la marea. Rechazado por el mar como si ni siquiera fuera digno de morir allí. Murakado apareció entre las rocas húmedas, jadeando apenas. La sangre que brotaba de su pecho y abdomen se mezclaba con el agua salada, formando un rastro espeso que se perdía entre la espuma. Su respiración era mínima, quebrada, un hilo que se estiraba demasiado lejos de la vida. Intentó hablar, y solo logró un murmullo ahogado. —Ta…chi…ba…na… Su mano tembló al intentar apoyarse en una roca; los dedos se deslizaron inútilmente. El tigre ennegrecido tatuado en su espalda parecía convulsionar con cada espasmo, como si también luchara por no desaparecer. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Solo sabía una cosa: no podía morir. No todavía. Los pasos llegaron sin advertencia. Voces hablaron en mandarín mientras las linternas cortaban la niebla del muelle. Hombres con impermeables oscuros bajaron por la pendiente con la disciplina de quienes viven en la clandestinidad. —Aquí. —Una luz cayó sobre su rostro desfigurado—. Está vivo. Apenas… pero vivo. Murakado intentó levantar la cabeza, pero solo logró que más sangre corriera por su mandíbula. Otro hombre se acercó, frunciendo el ceño. —Reconozco ese tatuaje… es uno de los Dojima. Tuvo que venir de la pelea del barco. El líder del grupo no respondió de inmediato. Caminó unos pasos, evaluando el cuerpo con una mezcla de interés y prudencia. Era un joven de cabello oscuro, mirada afilada y fría: Lau Ka Long, aún en los años en que no era más que una sombra ascendente. —Lau Ka Long… ¿qué hacemos con él? —preguntó uno de los subordinados. El joven mantuvo la linterna fija un par de segundos adicionales, como si estuviera leyendo el destino en la piel lacerada del hombre. —Esto no es casualidad —murmuró al fin—. Un perro de los Dojima, casi muerto, flotando hasta nuestras costas… No es coincidencia. No muere aquí por accidente. —Pero está destruido. Ni un hospital podría salvarlo —dijo otro. La sonrisa de Lau Ka Long fue delgada y peligrosa. —Los hospitales no. Pero nosotros sí. Tenemos médicos… y métodos que no aparecen en ningún registro. Si queremos, este hombre puede volver a caminar. A pelear. Aunque nos tome años reconstruirlo. La linterna iluminó el rostro agonizante de Murakado. Sus ojos se abrieron un instante, lo justo para ver figuras desconocidas acercarse. Intentó hablar otra vez. —Ta…chi…ba…na… La voz se deshizo antes de encontrar el aire. Nadie entendió la palabra. Pero Lau Ka Long sí notó algo. —Aún lucha por mantenerse consciente —observó—. Tiene voluntad. La gente con voluntad siempre termina siendo útil. Hizo un gesto breve. —Levanten al tigre caído. Desde este momento, le pertenece a la Snake Flower. Aunque sea japonés. Los hombres rodearon el cuerpo maltratado y lo levantaron con cuidado, aunque la sangre empapaba sus manos. Murakado soltó un gemido que no parecía humano, una mezcla de dolor y rabia que aún tenía filo. Lau Ka Long se inclinó lo justo para mirarlo de cerca. —Tranquilo —susurró—. No morirás hoy. No hasta que yo decida para qué vas a vivir. Las sombras se retiraron hacia un sector del muelle sin iluminación. El mar golpeó la roca una vez más, cerrando la escena como un telón oscuro. Y así, bajo la superficie silenciosa de Tokio, comenzó la larga y paciente resurrección de un monstruo. El edificio de la Familia Dojima era un cementerio de cuerpos inconscientes. Pasillos enteros yacían cubiertos de matones que respiraban con dificultad. La guerra había pasado por allí. No quedaba duda. Sera avanzó con su postura impecable, un arma corta en la mano. Ryohei lo seguía con pasos silenciosos, calculados, con esa calma extraña que aparece cuando la adrenalina se ha gastado… pero la furia aún respira. Las puertas del salón principal se abrieron de golpe. El espectáculo los recibió sin ceremonias. Sohei Dojima, jadeante, sudoroso, apuntaba un arma contra la cabeza de un Goro Majima semidesnudo, bañado en sangre y con la respiración rota. A su alrededor, Awano estaba tendido en el suelo, muerto, con un corte que atravesó su pecho osible. Y al fondo, Lau Gui permanecía inconsciente, su cuerpo inmóvil como una estatua caída. Dojima giró apenas… demasiado tarde. El disparo de Sera fue certero. La bala atravesó la mano del patriarca. El arma cayó con un golpe metálico que resonó por todo el salón. Dojima gritó, llevándose la mano al pecho, incrédulo. Ryohei recorrió la escena con la mirada, y soltó un suspiro cansado, casi divertido. —Ya se lo había advertido a Awano-san —dijo con un tono clínico, casi profesional—. Si no tomaba vacaciones iba a terminar muerto. Pero bueno… hay pacientes que simplemente no siguen las indicaciones médicas. Sera se acercó a Majima. —Majima ¿Aun quieres matarlos? El aludido levantó el rostro, el ojo visible encendido como un carbón. —¿Piensan detenerme? —jadeó—. ¿Ahora? ¿Después de todo esto? Mientras estos bastardos sigan respirando… ella seguirá en peligro. Ella y su hermano también. —Majima-san… —Ryohei murmuró, acercándose sin miedo. El del parche golpeó el suelo con el mango de su cuchillo, temblando de rabia. —La única forma… ¡es matarlos aquí mismo! ¡Ahora! Sohei retrocedió, por primera vez mostrando miedo. Esa pequeña reacción le arrancó a Ryohei una sonrisa peligrosa. El joven puso una mano en el hombro de Majima. —Cuando mi hermana se entere de lo que hiciste… sufrirá —dijo, con un tono suave, pero afilado como una hoja. Majima lo miró, confundido. Sera se adelantó. —Puede que te agradezca o que se disculpe contigo —añadió—. Pero sufrirá igual. Porque tu carga no es la suya. Igual que tú sufriste cuando Taiga Saejima mató a esas dieciocho personas sin ti. Tú lo sabes mejor que nadie. Majima apretó los dientes. La mano que sostenía el cuchillo tembló. Ryohei inclinó la cabeza. —Las manos de Makoto estarán limpias —dijo con una sonrisa triste— porque las tuyas quedarán manchadas para siempre. El silencio se quebró. —Ryo-chan… —murmuró Majima— Tú me pediste… —Sí —lo interrumpió el joven—. Te pedí que los mataras. Y créeme, esa deuda la habríamos cargado los dos hasta el último día de nuestras vidas. ¿De verdad quieres eso, Majima-san? El del parche lanzó un grito gutural. Golpeó el piso. Clavó su cuchillo tan cerca de la cara de Dojima que le abrió una línea sangrienta en la mejilla. —¡¿Entonces qué mierda se supone que haga?! ¡Si matarlo no basta para salvarla, ¿Qué se supone que haga? El eco resonó en las paredes. Ryohei respiró hondo, calmado. —Ya acabó, Majima-san. —¿Eh…? Sera avanzó un paso. —Makoto Makimura recuperó la consciencia —anunció—. En este momento, la Familia Kazama ya la está trasladando al hospital. Está a salvo. Majima se congeló. Su cuchillo tembló. —¿Makoto…? ¿Está despierta? ¿De verdad? Ryohei asintió. —Despertó hace poco. Está viva. Y fuera de peligro. Dojima abrió los ojos como si hubiera escuchado un fantasma. —¿Q-qué dicen? Esa chica… ¿está viva? Ryohei lo miró con auténtica ironía. —Oh, ahora sí veo al gran Sohei Dojima reaccionar. Discúlpeme, con tanta masacre no me presenté como corresponde… aunque supongo que ya sabe quién soy. —Ryohei Tachibana… —tragó saliva el patriarca— El otro propietario del Lote Vacío… —Bingo. —Ryohei chasqueó la lengua— Y parece que sus subordinados no son tan leales como pensaba, ¿no? Dojima perdió color. —E-entonces… el lote sigue teniendo dos dueños… ¿Qué pasó con el terreno? Ryohei giró levemente hacia Sera. —¿Puedo decírselo yo? Sera sonrió. —Por eso querias venir. Adelante. El joven dio un paso al frente, la sombra oscura en sus ojos aún viva tras su encuentro con Murakado. —Mi hermana y yo ya no somos los dueños del Lote Vacío —anunció—. Todos los derechos… están a nombre de Masaru Sera. Dojima se desplomó, derrotado. Sera añadió con frialdad quirúrgica: —Si quiere comprarlo… cien mil millones. Podemos discutir los términos. Ryohei lanzó una carcajada baja. —Presidente-san… qué jugada más hermosa. Majima gruñó, frustrado. —¿Y qué? ¿Así me piden que no los mate? Sera le extendió el arma que llevaba. —Necesitamos al asesino con vida. Ha matado por órdenes de Dojima. Su testimonio bastará para destruirlo. Ya informamos a la policía. Majima respiró hondo, mirando al patriarca como si lo viera por primera vez. Sera concluyó: —Lo que le espera… será peor que la muerte. Ryohei se inclinó ante Majima. —Majima-san… por proteger a mi hermana… te debo más de lo que puedo pagar. —No me den discursos —gruñó Majima, tomando su camisa—. Solo fui usado. Igual que por Shimano. Sera intervino, entregándole un mensaje para Shimano. Majima tomó el arma y se marchó sin mirar atrás. El mayor junto al joven quedaron solos con el derrotado emperador de Kamurocho. —¿Satisfecho? —preguntó el presidente. Ryohei sonrió, no con alegría… sino con justicia. —Tal como lo planeó. No hay mejor venganza para un aspirante a médico que ver al hombre que destruyó a su familia tirado en el piso como basura. Cruzó una mirada con Sera. Más cómplice que subordinada. —Vamos —dijo el joven—. Quiero ver a mi hermana. Y comer algo antes de que mi estómago también declare la guerra. Sera soltó una risa suave. —Solo si dejas de tratarme de usted. Me hace sentir viejo. —Ahora lo dices… Ambos rieron, saliendo del edificio que alguna vez simbolizó el poder absoluto de la Familia Dojima. Ese imperio… acababa de caer. El aire frío de Kamurocho les golpeó al salir. Ryohei guardó silencio unos segundos, dejando que el peso de la noche se asentara en su pecho. No era paz… pero era lo más cercano que había sentido en mucho tiempo. El trayecto de regreso al hospital fue extrañamente silencioso. No había sirenas, no había disparos, no había gritos. Solo los pasos de ambos hombres sobre el pavimento húmedo, arrastrando consigo el peso de todo lo vivido. Cuando entraron en la habitación, Makoto dormía profundamente; su respiración suave, por fin tranquila, parecía una señal divina de que la tormenta había terminado. Kiryu y Nishiki estaban con ella, agotados, magullados, pero vivos. Nadie habló. Nadie tenía fuerzas para hacerlo. Ese gesto bastó para cerrar una guerra que los había dejado al borde del colapso. Los días siguientes pasaron como si el mundo estuviera tratando de recordar cómo funcionar sin sangre de por medio. Y cuando llegaron las semanas, los cimientos del Clan Tojo ya se habían acomodado en un equilibrio nuevo y frágil. Tal como dictaba el canon del bajo mundo, Nihara —el actual segundo presidente— anunció el ascenso de Masaru Sera a capitán del clan, y poco después se informó oficialmente que sería nombrado tercer presidente del Clan Tojo. Un orden que para muchos parecía predecible… menos para Sohei Dojima. No hubo castigo visible para el patriarca. Pero la humillación silenciosa —esa que nadie dice y todos observan— se encargó de despojarlo de todo lo que alguna vez le dio poder. Con Sera al mando de Nikkyo, bastaba una sola palabra suya para reducir a Dojima a cenizas sociales. No hizo falta la palabra; bastó el miedo. Shimano no asumió ninguna responsabilidad. Culpó a los Omi, ocultó su participación y todos en el bajo mundo decidieron mirar hacia otro lado. Así funcionan las cosas: la verdad nunca importa tanto como el silencio correcto. Todo había terminado. Pero no para Ryohei. En las noches, el departamento que compartió con Tetsu se volvía un ataúd lleno de recuerdos. Despertaba empapado en sudor frío, con el sonido del vidrio rompiéndose aún resonando en su mente. Algunas veces recordaba el peso del arma en su mano. Otras, la risa rota de Murakado mientras caía. Y siempre, siempre, esa frase que Shibusawa disparó como un juicio: “Un asesino de bata blanca…”. Aquel eco lo perseguía incluso con las luces encendidas. Era imposible dormir sabiendo que había cruzado una línea que nunca pensó tocar. Una tarde, incapaz de seguir encerrado en las mismas paredes donde Tetsu vivió junto a él, decidió llamar a Kenji. Su mejor amigo había sanado rápido del secuestro sufrido semanas atrás, llevaba mejor postura, más vitalidad, como si quisiera demostrarse que Murakado no logró romperlo. Ambos caminaron desde la estación hacia un edificio de Nakano, abrigados contra el frío, sin hablar más de lo necesario. —Gracias por acompañarme —dijo Ryohei finalmente. —Siempre lo haría —respondió Kenji—. Pero sigo sin entender qué hacemos aquí. —Confía. Solo sígueme. En el lobby los esperaba un agente inmobiliario con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa ensayada. —Bienvenido, señor Tachibana. Todo está listo. Nadie lo mencionó, pero todos sabían que ahora el apellido Tachibana tenía un nuevo dueño al mando. No era una corona que él hubiese querido, pero la muerte de su hermano había dejado la empresa sin líder… y a él sin margen de decisión. No odiaba su apellido; jamás lo había hecho. Solo que ahora cargaba con él como si fuera un abrigo demasiado grande. El apellido seguía siendo suyo… pero ahora dolía llevarlo. El agente los condujo al tercer piso. Cuando abrió la puerta, un aroma a pintura fresca y madera nueva los envolvió. El departamento era pequeño, silencioso, perfecto para alguien que necesitara empezar otra vez desde cero. Ventanas amplias, paredes libres de marcas, un espacio vacío esperando a ser un hogar. —Este es el que vio en las fotografías —explicó el agente—. Ideal para una persona o una pareja. Ryohei recorrió cada rincón sin prisa. Apoyó la mano en el marco de la ventana. Abrió y cerró la puerta del baño. Miró la luz entrar en la cocina. —Es tranquilo —dijo al fin—. Y acogedor. Kenji lo observaba con los brazos cruzados. —¿Es para ti? ¿O para Makoto? —Para ninguno —respondió Ryohei, sin girarse—. Lo compro. ¿Puede emitir la escritura a nombre de otra persona? El agente asintió con profesionalidad. —Siempre que usted firme como aval, no habrá problema. —Perfecto. Quiero el contrato… a nombre de Kazuma Kiryu. Su mejor amigo parpadeó varias veces. —¿Le vas a comprar este departamento a Kiryu-san? —Sí. Perdió su hogar por el incidente del Lote. Él insiste en que no fue mi culpa… pero igual siento que debo compensarlo. Kenji soltó un suspiro largo, cargado de incredulidad. —Mira, Ryo… sé que ahora eres millonario, pero Kiryu-san es un buen tipo. Yakuza, sí, pero puede conseguir dinero solo. Además, volverá a la Familia Dojima tarde o temprano. —Eso escuché —respondió Ryohei en voz baja. —Los Dojima te destruyeron la vida —continuó Kenji—. A mí me secuestraron, mataron a tu hermano, a Oda, intentaron asesinar a Makoto… ¿y aún así le vas a regalar un departamento al tipo que regresará con ellos? El joven se apoyó en la encimera, exhalando lentamente. —Él no es como ellos. Déjame hacer esto. Por favor. Hubo un silencio largo, cargado de resignación. —Está bien —dijo Kenji al fin—. Me cae bien Kiryu-san de todas formas. Aunque sigue siendo una locura. —Miró alrededor— ¿Y tú? ¿Vas a seguir viviendo en ese mausoleo tuyo? El joven soltó una sonrisa pequeña. —Aún no lo sé. Primero superar el examen. Luego veré qué hacer. El agente regresó. Los documentos se firmaron. Y el departamento quedó oficialmente bajo el nombre de Kazuma Kiryu. Un hogar nuevo para un hombre que lo había perdido todo. Una deuda silenciosa. Una amistad sellada sin palabras. Y un paso más hacia la vida que Ryohei —pese a todo, pese a la sangre, pese al pecado— aún quería construir. Días después, el viejo apartamento todavía olía a incienso caro y a madera impregnada de recuerdos. Era tarde, pero Kiryu había pasado igual, apoyado en el marco de la puerta mientras Ryohei ordenaba unos cuadernos dispersos sobre la mesa. La luz amarilla del velador envolvía la habitación como un capullo tibio, ajeno al ruido del mundo exterior. —Así que volverás a la familia Dojima, ¿verdad? —preguntó Ryohei sin levantar la vista, aunque su voz arrastraba algo más denso. Kiryu asintió. —Sí. Pero esta vez será distinto. Voy a seguir mi propio camino, aunque siga bajo el mismo nombre. Su compañero dejó el lápiz sobre la mesa. No era enojo lo que arrugaba su mirada, sino una mezcla complicada de cansancio, memoria y un peso que no sabía dónde colocar. —Seré sincero —dijo al fin—. Todavía odio a Sohei Dojima. Lo que hizo… lo que ordenó… Saber que su poder se derrumbó fue lo único que me hizo sentir que algo de esto valió la pena. —Respiró hondo—. Si me preguntaras qué camino elegiría para ti, te diría que fueras directo a la familia Kazama. Que te alejaras de los Dojima para siempre. Kiryu entrecerró los ojos. —¿Entonces estás molesto? —No… —negó, apoyándose en el respaldo de la silla—. Preocupado, sí. Molesto, no. No voy a detenerte, Kiryu. Este es tu camino, igual que yo debo seguir el mío. —Le sostuvo la mirada con una sinceridad sin filtros—. Solo te pido una cosa. El aludido dio un paso más cerca. —Dímelo. Ryohei tragó saliva, como si la frase llevara más peso del que aparentaba. —No dejes de ser mi amigo. Pase lo que pase. No desaparezcas de mi vida. La reacción de Kiryu fue leve, pero profunda. Sus hombros se relajaron, como si le hubieran quitado un peso invisible. —Eso jamás —respondió con una firmeza que no necesitó elevar la voz—. Eres mi amigo, Ryohei. Y no me voy a alejar de ti. Ni ahora, ni cuando vuelva a Dojima, ni nunca. Tendrás que aguantarme por un buen rato. El aspirante soltó una risa suave. —Bien… con eso me basta. Kiryu miró a su alrededor: los libros apilados, los papeles de la universidad, el sillón donde Ryohei pasaba las noches batallando con recuerdos que jamás decía en voz alta. Ese apartamento era un santuario y una tumba al mismo tiempo. —Debes irte —recordó Kiryu—. Tu examen es en unas horas. —Lo sé. —Ryohei se puso de pie, recogió una carpeta y la metió en un maletín—. Y cuando vuelva, tú y yo tenemos una conversación pendiente. Kiryu frunció el ceño. —¿Ahora qué estás tramando? —Un par de sorpresas —dijo con una media sonrisa que no revelaba nada. —Esa sonrisa nunca trae nada bueno… Ryohei soltó el aire, tomó su abrigo y apagó la luz del velador. El apartamento quedó en penumbra, salvo por la tenue claridad que entraba desde el pasillo. —Bueno —dijo, colgándose el maletín al hombro—. Es hora. Su amigo abrió la puerta. El aire frío de la madrugada chocó con el calor del departamento. Caminaron juntos hasta la entrada del edificio. Ahí, bajo un poste de luz parpadeante, se separaban dos caminos: uno hacia la universidad, otro hacia Kamurocho y la vida yakuza que esperaba a Kiryu. Ryohei se ajustó el abrigo. —Nos vemos después, Kiryu. —Te estaré esperando —respondió él. Y sin más palabras, cada uno tomó su rumbo. Uno hacia la prueba que definiría su futuro como médico. El otro, hacia un clan que amenazaba con devorarlo… pero que él estaba decidido a enfrentar a su manera. Sus pasos se alejaron en direcciones opuestas, pero por primera vez en semanas, ninguno de los dos dudó de que sus caminos volverían a cruzarse.