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Neuvillette nadó lo más posible hasta las orillas de la tundra donde la tormenta de nieve se veía igual a la que se cernía sobre Espinadragón, pero al sacar su cuerpo del agua para dejar en la nieve al grupo sintió el drástico cambio de temperatura, congelando parcialmente sus aletas delanteras. Rugió de dolor temiendo ver segundos después sus aletas partidas, pero solo se cubrieron de escarcha en seguida dándole la grata sensación de entumecimiento seguido de calor natural. Aun así, su atención bajó al grupo al escuchar un estornudo de Navia. —Por los Arcontes, este lugar esta helado a niveles exagerados— la chica rubia sopló a sus manos sin conseguir sensación de calor— Ni siquiera puedo calentarme las manos. —Diría que no hace tanto frío por la ayuda de mi Visión, pero creo que tendré que usar mi abrigo de verdad esta vez— Wriothesley se frotó el brazo mientras jalaba su abrigo de sus hombros para acomodarlo bien antes de ponérselo. —Moriré congelada aquí, quiero e-escribir mi testamento, p-por favor. Furina se abrazó a sí misma girándose entre temblores a Clorinde, como si ella trajera una pluma en la mano y papel en su bolsillo, la verduga negó antes de mirar a su alrededor con atención. —Debemos movernos y buscar refugio, después podremos organizarnos para comenzar la búsqueda. Su Señoría Neuvillette, usted nos guía. —“Vamos” Deslizarse en la nieve sonaba más divertido al inicio sin tomar en cuenta la ventisca nevada, pero conforme más se iban adentrando a la tundra el frío se volvió intorelable. Los arboles no tenían ni una sola hoja en sus ramas, el suelo era de al menos tres metros y medio de nieve compactada haciendo difícil caminar para el grupo, excepto para el leviatán. Neuvillette decidió ponerse al frente para despejar el camino lo suficiente y darle paso a los demás. El viento aullaba con fiereza sin tregua, cortando las mejillas de los cuatro humanos a cada paso. Ni siquiera el Duque podía aguantar el frío, menos después de darle su abrigo a Navia que compartió la mitad con Furina para moverse juntas en un intento de hacer una zona de calor corporal, fallaron al segundo. El camino rodeado de troncos negruzcos con capas de escarcha sobre sus ramas se volvió una claro o algún lugar abierto donde a menos de tres metros no había ni una sola silueta de árbol o roca, la tormenta de nieve tan densa les prohibió ver más allá de dos metros y difícilmente a tres metros de distancia. —Neuvillette ¿N-No puedes despejar la nieve u-un poco? Furina se pegó más a Navia al mirar hacia arriba a donde el leviatán tenía de igual forma sus ojos entrecerrados, mirando a los alrededores con movimientos lentos. Bufó sin molestia alguna, sino por pensar una solución. —“No lo sé, nunca he intentado manipular la nieve antes” —Pero eres un dragón de Agua ¿No? Puedes usar tu domino sobre la nieve, es solamente agua congelada. Wriothesley se sacudió por sexta vez la nieve en su cabello con una mano desesperada, tal cual había dicho en su momento, podría ser portador de una Visión Cryo, pero el frío calaba con fuerza en sus huesos. —“Lo intentaré, tal vez solo se despeje unos cuantos metros, pero será suficiente para buscar un refugio” El leviatán se posó en sus aletas delanteras lo más erguido posible abriendo su hocico poco a poco hasta sentir el agua acumularse en sus colmillos, la nieve antes errática y salvaje se fue deteniendo por segundos como si fuera una simple nevada en los últimos meses del año. Neuvillette cerró el hocico en un gruñido definitivo congelando en su lugar los copos de nieve que caían o volaban gracias al viento invernal. El paisaje revelado no fue el esperado. Era un extenso valle de al menos cuatro kilómetros a la redonda donde el leviatán puedo despejar una cuarta parte, suficiente zona para revelar restos de una guerra de hace centenares. El grupo se quedó en silencio mirando las catapultas viejas congeladas en el tiempo con la madera pudriéndose a un paso lento, conforme más caminaron más restos encontraron. Espadas en buen estado enterradas en la nieve, cascos con cuernos a los costados, escudos de madera la mayoría partidos. Más en el centro se encontraron lo más escalofriante. Huesos de dragones. Algunos más grandes a otros, con colmillos en buen estado o sin nada más allá de un cráneo escarchado, los esqueletos se fueron incrustando en la nieve con el paso del tiempo y con ayuda de la tormenta de nieve fueron sepultados de forma solemne. Entre esos esqueletos había algunos más pequeños para la vista de Neuvillette, se encontraban revueltos entre huesos grandes de algún dragón mayor, seguramente crías buscando la protección de su madre sin mucho éxito. Los pasos en la nieve crujían demasiado para ese escenario tan fúnebre. —¿Q-Qué es este lugar? —Un cementerio congelado— Clorinde respondió sin emoción alguna mirando a Furina y después a Navia— Un campo de batalla. —Debe ser el lugar donde ocurrió la matanza de los dragones de Hielo, como dijeron esos dragones— Wriothesley se detuvo en su andar al sentir como algo crujió debajo de su pie, alzándolo y encontrando un cráneo humano enterrado— No imaginé que hubiera sido tan horrible. —“Fue peor”— Neuvillette se arrastró con aire decaído a donde se veían los huesos de un dragón cubriendo a otro de su mismo tamaño— “Madres vieron morir a sus hijos, padres vieron a sus hijos sacrificarse por sus hermanos pequeños, sin tiempo de reaccionar o huir” Agachó su cabeza para olfatear los huesos de un ala enterrada en densa capa blanca, con cuidado escondió los esqueletos bajo la nieve esperando así traerles paz a las almas de aquellos caídos en guerra por sus vidas. —Ahora entiendo el odio hacia los humanos de parte de los dragones— Navia se arrodilló junto a uno de los esqueletos pequeños, acariciando con su mano enguantada con sumo cuidado el hueso— No todos somos así, no todos los humanos somos despiadados. —Tal vez no, pero la herida ya está hecha y no hay forma de repararla ni cerrarla. Clorinde miró desde arriba a Navia, quien ya tenía los ojos acuosos convirtiéndose sus lágrimas en pequeños cristales por el frío. Le tendió la mano con calma ayudándola a ponerse de pie, al asegurarse que ella estaba bien junto a los demás, aunque con al ánimo decaído por el paisaje desolador del lugar, asintió a sí misma poniéndose en el papel ella sola. —Sigamos adelante, si cae la noche y no hemos encontrado un refugio antes será peor para nosotros en general. Vamos.
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No era la mejor cueva ni la mejor estructura para refugiarse de una tormenta nocturna, mucho menos sin fuego creado al instante por una Visión Pyro. Con esos problemas el grupo consiguió prender una fogata por si solos usando la Visión de Clorinde para prender las ramas secas no tan podridas que encontraron cerca de la entrada a la cueva, un conejo asándose a las brasas le dio el aroma perfecto a la noche. El leviatán se mantuvo tapando la entrada con su enorme cuerpo rodeando la fogata con la mirada en las llamas y la mente en muchas otras cosas, de fondo la charla de los cuatro rebotaba dulcemente en las paredes de la cavidad. —…Es ridículo completamente ¿Tu qué piensas, Neuvillette? Furina se giró a ver al ojo del dragón de Agua, quien no se movió de su lugar ni entornó su mirada hacia ella. Se mantuvo en silencio sin iniciativa alguna llamando la atención de los otros tres. —Neuvillette. —“Lo siento”— la voz tan serena del dragón se escuchó apagada con ese dejo de arrepentimiento— “Lo lamento por meterlos en esta situación, tenían razón. Solo debimos dar la vuelta y regresar a Teyvat, a casa, pero mi orgullo tomó lo mejor de mí. Discúlpenme” —Oh, Monsieur Neuvillette— Navia se levantó de su lugar alisándose la falda antes, caminó hasta la cabeza del dragón en remordimiento posando con sutileza su mano sobre su nariz— No lo culpamos por nada, estamos con usted por decisión propia y no nos iremos de aquí sin usted, aunque eso signifique poner en su lugar a esos dragones arrogantes llevándoles algo a cambio. —Navia tiene razón— Clorinde se unió al discurso de motivación con una sonrisa ladina— Estamos aquí para ayudarle, no por lastima ni por compromiso, usted es nuestro Juez Supremo y amigo a su peculiar forma. Iremos hasta el final, juntos. Las tres chicas y el dragón miraron al Duque que seguía comiendo su parte del conejo en silencio, Wriothesley se detuvo de darle la mordida a la carne antes de mirar a los cuatro. Se sentó derecho con su mano sobre su boca para aclarar su garganta fingiendo elegancia como si segundos atrás no estuviera chupando sus dedos para quitarse la grasa de la carne. —Si esperan un comentario emocional de esos optimistas, no soy de esos. —Wriothesley. —Pero…— el Duque le sonrió con sorna a Clorinde antes de ver a Neuvillette con más empatía— También pienso igual a ellas, esos dragones podrán llamarte “paria” y demás solo por entender lo que significa ser humano. No es un insulto a tu sangre, y si a ti te deja tranquilo enseñarles que no eres alguien diferente a ellos llevándoles una criatura toda extraterrestre o irreal para mostrar tu confianza e identidad…— se encogió de hombros poniendo sus talones en el suelo para doblar sus piernas— Callémosles el hocico juntos. Navia le chifló en festejo por ese comentario tan propio del Duque, Furina le dio halagos a la forma de hablar tan "elegante" que tenía, y Clorinde se cruzó de brazos con orgullo al ver a Wriothesley sonrojado por las felicitaciones a unas cuantas palabras, meneando su mano en el aire para restarle importancia al asunto. Las risas llenaron las paredes de esa cueva poco a poco conforme la charla se amainó cambiando al tema sobre cómo y dónde buscar pistas sobre la famosa “Sombra Blanca” para llevarla juntos ante los demás Soberanos. Con los ánimos de nuevo arriba se organizaron antes de dormirse todos juntos pegados al costado del leviatán, quien se enrosco en sí mismo para cubrirlos a ellos del frío del exterior.