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Cerca de los lagos congelados, minutos después de salir de la montaña. Grishu aterrizó de un salto deslizándose por la nieve antes de sacudirse, olfateó el ambiente detectando ceniza y un olor rancio en las cercanías, siguió el rastro teniendo cuidado de no llamar mucho la atención ni mover tanto los árboles a su paso, los lagos congelados se veían vacíos sin ninguna señal. No estaban ahí esos tres desde hace un tiempo, y con el sol ya escondido dándole paso a la luna las sombras de los árboles se alargaban mucho para ayudarle a divisar alguna silueta en específico. —“Seguro subieron a los glaciares, hay cuevas profundas y a esos dos pequeños les gusta jugar a las escondidas” Se dijo a sí mismo ya tomando dirección hacia ese lado con el mismo andar sigiloso, el aire seguía sintiéndose pesado, casi asfixiante. La ceniza volaba en el viento, a este paso con ayuda de las corrientes de aire, la ceniza podría propagarse por el resto de la tundra asfixiando a la fauna silvestre junto a los dragones de Hielo. Apuntó eso de forma rápida mientras saltaba una colina en su camino, serpenteó entre rocas y arboles llegando a una entrada de glaciar cercano a menos de un kilómetro de distancia entre los lagos y esa zona. No había rastro del trío, si habían estado ahí por los rasguños pequeños en el hielo seguramente por las garras de Fioril e Yngri, pero solo esas pistas estaban a la vista. Gritos en un idioma desconocido a lo lejos lo hicieron agacharse hasta caminar agazapado, eran esos invasores, Grishu tenía una vaga idea de qué clase de seres se trataba, pero debía verlo con sus propios ojos. Su padre hace mucho tiempo le había contado sobre una vez cuando él era joven y una grieta se había abierto, cruzó por ella en lugar de esperar a ver qué criaturas entraban a su mundo. Al otro lado de esa grieta había seres que caminaban en dos patas, con sus patas delanteras a sus costados, sin pelaje y miradas asesinas dispuestas a matar por encontrarse con algo nuevo. Algo más grande a ellos. Del grupo de jóvenes dragones que habían entrado a la grieta solo pudieron regresar cuatro de seis, esos seres les habían atacado sin piedad con cosas largas que explotaban antes de lanzar a gran velocidad metal en forma de tubos largos dolorosos, rasgando el tejido blando sin ningún problema. La grieta se cerró después de que el grupo pasó de nuevo a su mundo natal, dándole un nombre a esos seres llenos de instinto asesino. Innrásarher. Seres bípedos capaces de controlar el fuego y el metal al mismo tiempo, tan salvajes como los osos polares protegiendo a sus oseznos. Pero ellos no necesitaban algo para proteger, ya eran agresivos por naturaleza innata. Ahora estaban en su territorio con el poder ígneo en sus manos a disposición, dudaba mucho que vinieran a hablar en paz. El aroma a carne quemada le hizo sentir un escalofrío por su cuerpo completo que incluso su cresta vibró, se movió por la nieve entre los árboles con paso cauto, apuró el paso siendo un trote antes de comenzar a correr cuando el aroma nauseabundo se volvió más penetrante. Sus ojos cosquilleaban a causa de la ceniza en el aire y el picor de ese olor, derrapó cuando el escenario cambió de esa hermosa nieve pura cayendo del cielo a un cuerpo mediano con poca carne negruzca pegada al esqueleto. No necesitaba buscar alguna característica distintiva en ese cadáver chamuscado para reconocer el débil olor emergente del tejido carbonizado, el aroma a musgo mezclado al de pescado dulce. Hvítaugu. Grishu parpadeó varias veces de una forma tan dolorosamente lenta que el tiempo se detuvo como una cinemática trágica, su corazón se paró por igual al acercar su hocico a la cabeza calcinada de su segundo hijo, la carne se volvió ceniza apagada dejando un cráneo sucio por el carbón. Sus pulmones se tropezaron al inhalar aire exhalando en lapsos cortos como si estuviera cayendo a las profundidades de un vasto océano muerto, solo oscuridad, el cerebro no le daba para procesar más allá de esa imagen. No había llorado antes, y si lo hizo fue tal vez cuando era tan joven como lo fue su pequeño Hvítaugu, por algo idiota en su momento. Está vez no se sentía así. No podía ser verdad. —“Mi pequeño dragón de ojos nevados” Su voz fue un soplo débil en su cabeza, esta vez su segundo hijo no escucharía el sonido de esa voz quebrado en lamentos profundos, mirando a los lados de esa mancha negra sobre la superficie. El crujido de varios pasos en la nieve no lo sacó del trance auto-impuesto por el dolor de un padre observando el cadáver quemado de uno de sus hijos. Un pinchazo inofensivo lo hizo alzar la cabeza, hocico abierto ya conjurando su aliento helado sin una sola pizca de objetividad, no había raciocinio en ese momento. Solo ira. Olvidó las enseñanzas de su padre sobre no abusar del aire helado al lanzarlo en oleadas largas de ataque, congeló los arbustos, los robles, la misma nieve ya estacionada en el suelo y a aquellos que portaban el fuego en sus manos. Se habían enfrentado a otros dragones de Hielo en su camino seguramente, pero ahora no estaban frente a cualquier dragón, estaban frente al gran e impávido Soberano del Hielo. No había tregua ahí, ni la habría jamás.⸻ৎ୭⸻
En las tierras el Este La enredadera de túneles subterráneos en las tierras del Este era más extensa y difícil de aprender para los visitantes de los otros clanes, pero con la memoria de Lainsh los cinco llegaron al corazón de esos corredores de roca angostos. Primero paso Yngri seguido de Snjóblóm con Storar detrás, Elst le pidió a su madre subir primero el desnivel antes de saltar siendo recibidos por voces conocidas. —“Hija mía, mis amados pequeños” Una dragona casi igual de blanca y alta como Lainsh recibió a cada uno con un choque de cabezas sutil, acicaló la cabeza de su única hija antes de saludar a sus nietos. El rostro inexpresivo de la dragona madre sacó las alarmas en su padre, el dragón anciano se le acercó comprensivo recibiéndola en sus alas. —“Mi Lainsh, mi pequeña tormenta de nieve ¿Qué sucedió?” El dragón albino acunó a su hija cuando ella no pudo sostenerse más con sus propias patas, desplomándose en el suelo de la caverna a la vista de otros dragones que habían sido mandados al Este por los mensajeros de Grishu, cada uno de los dragones de Hielo debía estar en un mismo lugar para escuchar la situación actual de su amado hogar. Lainsh no le importó ser vista en debilidad, chilló agudo escondiendo la cabeza bajo la garra de su padre. —“Mi niña… mi bebé Fiorildahali… ya no está respirando… ya no ríe” Su voz sonó en la mente colmena dentro de ese hueco rocoso, los chillidos y gorgojeos ansiosos de los demás dragones viendo a la compañera de vida de su Soberano desplomándose así no les daba esa seguridad que esperaban. Yngri miró a cada rincón sintiéndose abrumado de golpe, el ruido de un peso inmenso aterrizando sobre una de las entradas lo sobresalto, el cuerpo de su padre se asomó por el escalón de piedra entrando en la cámara. Solo. —“Grishu…”— Lainsh se levantó en un instante mirando a los lados con el hocico entreabierto, el frío inicial en su garganta se fue al resto de su cuerpo al verlo solo— “Grishu… ¿Dónde está Hvítaugu?... ¿Dónde está mi otro bebé?” El tono quebrado junto a sus ojos cristalinos le rompió más el corazón al inmenso wyvern, el Soberano de Hielo bajó la mirada a sus garras membranosas antes de negar en lentitud. Cerró los ojos con fuerza frunciendo el ceño por el ardor creciente en su sangre, esa imagen no se iría nunca de su mente. Lainsh soltó otro rugido tan agudo capaz de romper el hielo colgante en el techo rocoso de la caverna, su cuerpo se movió por inercia buscando donde sujetarse para rejuntar los pedazos de su alma, Grishu se movió por reflejo colocándose debajo de ella para ser su roca donde apoyar su peso. Los padres de Lainsh se acercaron poniendo sus cabezas sobre la crin de ella cerrando los ojos por igual, en ese abrazo desconsolado, Yngri no podía escuchar en su cabeza por más tiempo los llantos de su madre. Gruñó sin tanta fuerza corriendo por una de las grutas que llevaban a las zonas más profundas de esa enredadera, Elst lo siguió con la mirada a punto de llamarlo, Snjóblóm lo detuvo extendiendo su ala a un lado de forma simbólica para detenerle. —“Yo iré por él, tú y Storar quédense aquí” La hija giró su cabeza a donde se fue el menor de ellos, en un ritmo algo apresurado, trotó rasguñando un poco la roca con sus garras en el proceso. Olfateó el aire siguiendo ese hilo con aroma a hojas secas y tierra mojada, dio varias vueltas en esquinas con dobles entradas perdiéndose en una de ellas para regresar por sobre sus pasos, el sonido de gimoteos dentro de una grieta estrecha la detuvo en su carrera. Su hocico no alcanzaba a pasar por la abertura, pegó su cabeza de costado solo dejando su ojo visible notando entre las sombras esa figurita de wyvern pequeño tembloroso. —“Yngri, cachorro ¿Puedes salir de ahí? Debemos regresar con los demás antes de asustar a mamá y papá” —“No quiero… no me gusta oír a mamá llorando” —“Es solo que…”— Snjóblóm suspiró mirando a otro lado buscando las palabras adecuadas— “A ti te duele no volver a ver a Fioril y Hví ¿No es así?” —“Si… fue mi culpa” —“No, cachorro, no fue culpa tuya”— Snjóblóm suavizó su mirada acostándose en ese lugar cerca de la grieta— “¿Por qué dices eso?” Yngri gimoteó más fuerte al girarse dando un gruñido chillón al ver el ojo de su hermana mayor. —“¡Yo no fui lo suficiente fuerte para ayudarlos! Yo… soy pequeño… sí hubiera sido más grande… más fuerte como papá… ellos estarían aquí”— el pequeño dragón agitó sus alitas, impotente— “Sí pudiera lanzar hielo… sí volara sin ayuda… ¡Hvítaugu hubiera volado más rápido!... ¡Fioril no estaría torcida!” —“Cachorro”— Snjóblóm suspiró profundo cruzando sus patas delanteras para apoyarse bien contra el muro— “Aún eres un bebé, uno muy pequeño, pero eres fuerte y muy talentoso. Tu tamaño no será así siempre, por ahora debes ser protegido y eso está bien, esa es la tarea de nosotros hacia ti, cuando seas tan grande como papá será tu turno de proteger a tus seres queridos —“¿Crees que sea capaz de hacerlo, Snjó?” Yngri se acercó a la entrada de la grieta con su carita gimoteando en chillidos bajos, ella solo miró a la pequeña criatura temblorosa cual cachorro recién nacido. Se alejó un poco de la salida para darle espacio al pequeño de los seis de salir con pasos torpes, ya ambos frente a frente ella le acicaló la frente y las alitas bajando su temblor que le sacudía su cuerpecito completo. —“Sí, cachorro aventurero” Snjóblóm pegó su costado de la cabeza a la cabecita de su hermano menor en un bufido suave. —“Serás el dragón más poderoso e intimidante que jamás hayan visto los demás dragones. Promesa” Los dos chocaron las frentes entre risas mentales con sus ojos entrecerrados, un mordisco juguetón en el hocico de la hermana mayor la hizo dar un chillido alegre recibiendo Yngri una lamida en la mitad de su cabeza. Sacudieron su cuerpo ambos preparándose mentalmente para oír muchas voces en sus cabezas al regresar, seguramente entre ellas las de su papá y su mamá en pánico por la repentina desaparición. Y así sucedió. Yngri se pegó al costado de su madre quedando bajo su ala a su disposición por si necesitaba abrazarlo o sentirlo cerca, los ojos de Lainsh mostraban algo nuevo en su alma. Una necesidad de brutalidad contra esos seres bípedos para ajustar cuentas, más feroz en su mirar tan intimidante para cualquiera que le mirara fijamente. —“Escuchen todos, silencio por favor”— Grishu entonó con esa autoridad infundada por su papel de Soberano, caminó unos metros al centro de la cámara escuchando los gruñidos y mordidas al aire de los más adultos a los jóvenes para callarlos— “Silencio” Las crías rebeldes tan ruidosas como las aves en las mañanas llamando a sus iguales se callaron por el rugido del dragón más ancestro del lugar, el silencio se instaló con lentitud, así el dragón más ancestro le dio una afirmación al Soberano. Ya estaban poniendo atención cada uno de ellos. Grishu asintió para sí mismo antes de alzar la cabeza mirando a cada uno de esos dragones de Hielo bajo su cuidado. Era hora.