—
“En cuanto a los demás, no supe cómo fueron sus muertes”
El wyvern de hielo miró a sus garras membranosas que estaban sobre un casco oxidado, con un movimiento sutil lo hizo a un lado mirando al cielo despejado. Recordando muchas cosas, muchas memorias felices, tristes, desagradables e incluso incomodas, pero de entre ellas escucho risas que le hicieron exhalar en paz.
—
“La ayuda que pidieron, la justicia que debía hacerse…”— Neuvillette habló tan quedito que su voz de matices profundas se volvió tan tersa como el pelaje de un conejo—
“Nunca fue dada ¿No es así?”
—
“No, nosotros…”— el wyvern cerró los ojos mirando de nueva cuenta a la nieve—
“Ellos, pelearon como pudieron, con garras, sangre, odio, sacrificios, cólera y esperanza. Se mataron entre ellos hasta el último en pie. Y todo porque esos egoístas e hipócritas de los Soberanos no quisieron ayudar”
El dragón de hielo apretó una garra membranosa controlando el resentimiento que aún existía en su corazón, relajó sus músculos al alzar la vista viendo los ojos cristalinos del leviatán sin mirar a un lugar en especial.
—
“Tu… eres ese pequeño ¿Cómo…?”
—
“El agua de la tundra es fría, sí, pero en esa gruta el agua se sintió cálida”— el wyvern se acercó al otro dragón sosteniéndole la mirada contemplativa llorosa—
“Pude sobrevivir sumergido en un letargo de hibernación muy largo para alguien de mi raza, fue gracias al agua, el frío redujo mis funciones casi dejándome muerto. Cuando tuve la edad necesaria para aclimatarme a su temperatura, desperté”
—
“Para ese momento, ya no había otro dragón ¿No?”
—
“No, lo que conocía se había vuelto cenizas y la guerra había acabado sepultándose bajo la nieve”— miró al cementerio de nieve, huesos y hielo a su alrededor—
“Pasaron siete siglos cuando desperté, para mí fue solo una siesta, para ellos un infierno gélido”
Neuvillette miró unos segundos al wyvern antes de caminar con respeto por la nieve acercándose a algunos huesos desenterrados por el poder del dragón de Hielo. Algunos eran de humanos, pero varios de ellos eran de dragones jóvenes, la última línea de defensa luchó por su vida en ese valle destruyéndose con los otros.
—
“¿Entonces sabes de la existencia del asentamiento humano aquí en la tundra?”
El leviatán se giró viendo el movimiento sutil en afirmación del otro, con paso cuidadoso para no faltarle el respeto a sus hermanos y hermanas de ese cementerio, el wyvern señaló con su cabeza la dirección donde quedaba el pueblo.
—
“Yo los conocí cuando apenas era un grupo de diez personas, sin comida, agua ni oportunidades de sobrevivir. Les ayude a saber cómo adaptarse a este lugar tan indomable.”
—
“¿Por qué?”
Neuvillette siseó confundido sintiendo ese choque en su interior, la justicia de impartirle el castigo a cada uno de los involucrados con la necesidad de entender al wyvern. Su mentalidad podía ser la de un dragón en ese momento, pero también era un Juez Supremo que había impartido juicios y sentencias de forma imparcial por siglos.
Un lado le decía que el wyvern había errado en su dirección de justicia, y el otro le daba esa duda para comprender.
—
“Ellos tienen la sangre de quienes aniquilaron a tu familia, a tu gente, están manchados por igual ¿Por qué entonces…?”
—
“Porque solo eran niños y mujeres, leviatán. Llevan la misma sangre, sí, pero ellos no pidieron participar en esa guerra al ser traídos a la fuerza a este lugar”
El dragón de Hielo respiró profundo, sabía que el dragón de Agua tenía una moral ajena a la suya. Incluso contradictoria a lo que veía en ese momento, pero esa no era razón para odiarlo o dejarlo sin una explicación.
—
“Son inocentes. Yo también pensé como tú cuando salí del hielo y los vi, deseaba despedazarlos y devorarlos si hacía falta, pero cuando un día me encontré con uno de ellos ¿Sabes qué hizo?”
Neuvillette le miró de reojo esperando la respuesta, su mente aun luchando por lo que él consideraba correcto e incorrecto.
—
“Me extendió una flor silvestre invernal, era solo un niño que creció sin odio ni furia de su padre, cuando yo salté encima casi aplastándolo con mi garra. Ahí supe que ellos no eran asesinos, eran víctimas”
El leviatán parpadeó varias veces mirando al otro dragón antes de mirar a la nieve con esa presión en su tórax.
La forma en cómo el wyvern lo había dicho, con tanta soltura y cariño de ese recuerdo de su primer encuentro con aquellos humanos que le arrebataron todo, de quienes compartían su sangre con los invasores.
Solo un niño.
El corazón de Neuvillette se sintió pequeño en un inicio por el rencor al ponerse en el lugar del wyvern si él hubiera sido esa cría perdida en los glaciares, conforme las palabras de él se iban asentando en ese corazón empequeñecido se fue agrandando lleno de admiración, respeto y esa forma tan bella de reconstrucción desde el odio, tristeza y soledad. Transformándose en un pensamiento más compasivo, sin dejarse cegar por la rabia contenida de siglos pasados.
Ese pequeño cachorro se transformó en un poderoso e imponente dragón, era verdad, pero también aprendió a tener nobleza en su actuar. Ser fiel a sí mismo, y eso le hizo sentir como ese extraño calor que ya tenía en su corazón aumentara más.
Frente a él no había una víctima de una cruel tragedia, había un guerrero firme y justo capaz de sanar para proteger a otros sin juzgarlos por pecados que no cometieron. Ese era un corazón humano, no un corazón de dragón.
Él también era un dragón con corazón humano, y lo portaba con orgullo.
Neuvillette sintió como la marea en su interior se agitaba cuales olas chocando en la ladera de un acantilado, las burbujas subieron hasta su cuello volviéndose lluvia en sus ojos sin pedirle permiso de dejar caer las gotas a la nieve, cristalizándose en el aire volviéndose pequeños copos. Era una historia hermosa.
Él era hermoso.
El wyvern se enderezó en pánico al ver al leviatán llorando a mares con su mirada fija en la de él, sin pensarlo mucho lo jaló hacía él envolviéndolo con sus alas. Apoyando la cabeza del dragón de Agua sobre su cuello, el wyvern restregó su cabeza contra el cuello alargado del otro. El movimiento lleno de una calidez ajena a lo conocido por el leviatán lo hizo llorar más, no podía moverse de su lugar, se sentía tan abrumado por el torbellino de emociones primerizas en su cuerpo que se le olvidó por un segundo como se respiraba.
—
“Estas temblando, leviatán”
La voz amable con un dejo de burla le hizo regresar a la realidad a Neuvillette recomponiéndose con un parpadeo, se aclaró la garganta en su mente para separarse de ese abrazo regresando a su postura recatada y solemne. No lo sabía, claro que no, ese se había vuelto su sistema de defensa al sentir alguna emoción fuerte “impropia” para él.
—
“Discúlpame, yo no… lo lamento, debí verme irrespetuoso e indigno. Mis disculpas”
—
“No lo fuiste”— el wyvern le miró con sus pupilas elípticas dilatadas en óvalos, su cabeza agachada para verle a su altura—
“Fuiste sincero, fuiste tú”
Neuvillette le miró de reojo de nuevo sintiendo esa emoción subiendo por su estómago hasta su cabeza, se sacudió a sí mismo girando sobre sus patas para darle la espalda. Era un dragón en ese momento, entonces ¿Por qué su cara se sentía caliente? No podía verse el rostro, pero sentía que estaba sonrojado a más no poder. Las preguntas comenzaron a llegar a su cabeza una por otra sin darle un respiro.
¿Se le notaría el sonrojo en las escamas de la cara? ¿Si intentaba excusarse se vería más ridículo? ¿Cómo iba a volverle a ver a la cara al wyvern ahora? ¿Desde cuándo se dejaba guiar por sus emociones? Era nueva esa faceta en sí mismo, le gustaba en realidad, solo tenía miedo de dejar de ser él si la aceptaba. Ya no poder ser Juez Supremo de Fontaine si decía “si” a ese dragón.
—
“Ahora, yo ya dije mi historia”— el dragón de Hielo caminó a un lado dándole espacio físico y personal al otro para regresarlo a su centro—
“¿Tu qué haces aquí en la tundra?”
El leviatán despejó su mente de golpe al oír la pregunta, una nueva indecisión surgió en su corazón como avalancha de nieve volviéndose un mar salvaje. La verdad, o una mentira piadosa. Él siempre decía la verdad cuando se la pedían, o eso era antes, en esas últimas semanas mentía sin tener una mala intención detrás. Solo pedía tiempo para procesar, pero con él no podía ser así.
Le abrió su corazón y el alma de la forma más hermosa posible vista por ese leviatán en cientos de años, un humano era comprensible que hablara de esa forma al buscar la compasión del Juez en un tribunal, un dragón no lo habría hecho.
Y él lo hizo. Se atrevió a mostrar sus colores y fueron hermosos.
—
“Y-Yo… en realidad yo…”— Neuvillette se tragó el nudo en su garganta para darse la vuelta y buscarle la mirada a él—
“¿Me odiarás si te digo la verdad?”
—
“No si hablas con la verdad sin disfrazarla ni alterarla”— el wyvern le sostuvo la mirada con calma—
“No soy idiota, por algo viniste a la tundra desde un inicio, solo quiero saber para qué te aventuraste hasta este confín del mundo”
—
“Yo vine… vine porque…”— el leviatán inhaló profundo antes de titubear si acercarse o no, lo hizo solo unos metros—
“Vine a buscar al mito que le llaman ‘Sombra Blanca’ que resultó ser tú, tenía la misión de llevarte a esas montañas para mostrar mi valía como digno sucesor del Trono del Agua”
De alguna forma el ambiente se detuvo, los copos de nieve se suspendieron en el aire, el viento no sopló más y la calidez en los gestos del wyvern se enfrió. Sus ojos azul profundo se vaciaron de brillo volviéndose una piedra fría ante la mirada.
Neuvillette sintió el pánico surgir desde sus entrañas, la bilis en su estómago burbujeó junto a la oleada de calor incomodo que subía a borbotones.
—
“Eres igual a ellos”
—
“No, alto, aún no he terminado de hablar…”
—
“Y yo que pensé que eras diferente, que tenías dignidad”
—
“Déjame seguir hablando”
—
“No vales nada”
—
“¡QUE TE CALLES!”
Los copos de nieve estallaron en gotitas de agua rodeándolos a ambos en un remolino inofensivo, detuvieron su movimiento cuando el wyvern abrió los ojos por completo, expulsó un poco de su aliento de hielo para congelarlas y frenar el descontrol en el poder del otro.
—
“¡Cállate y escucha hasta el final!”— Neuvillette gritó agudo por el miedo de la sola idea de ver a ese dragón de Hielo irse volando en un parpadeo—
“¡Sí, fue una prueba de valía de parte de los demás Soberano y la acepté! Pero porque yo no soy de aquí”
—
“Eso es muy obvio, los dragones de Agua viven en los mares al Norte de este mundo”
—
“¡Escúchame, te dije! Yo no soy de esta tierra, no soy de este mundo, yo vengo de otro lugar. Yo…”— pensó rápidamente como darse a entender con el wyvern, abrió más los ojos al saberlo—
“Crucé por una grieta, yo crucé por una grieta junto a mis… amigos, ellos vinieron conmigo y llegamos a este hermoso y utópico mundo lleno de tan vasta variedad de dragones. Cuando pensé que me sentía en casa, en un lugar donde podía ser mi verdadero yo, mi verdadera naturaleza, me llevaron con los otros Soberanos. Me llamaron paria, un traidor a la sangre por ser…”— Neuvillette agachó la mirada calmándose al inhalar y exhalar varias veces recobrando la compostura—
“Por ser lo que ellos llaman ‘un dragón con corazón humano’ y eso… dolió”
—
“Tus amigos con los que llegaste a este mundo”— el wyvern fue calmando su decepción inicial por intriga, conocía ese término muy bien—
“¿Son dragones?”
—
“No, yo soy el único dragón en mi mundo, en mi nación, o al menos de mi clase”— el leviatán alzó la mirada viendo con tanta fragilidad al otro buscando solo un segundo más de convivencia—
“Ellos son humanos, y son las personas más increíbles que conozco. Aunque nunca me he dado el tiempo de ser más cercanos por miedo a perder mi imparcialidad en mi rol como Juez Supremo, reconozco sus corazones, su fuerza y bondad. Y no me avergüenzo de ello.”
El dragón de Hielo ladeó la cabeza a un lado con un resoplo, como juzgando la verdad detrás de esas palabras sumándole a su juicio la cara actual del leviatán. Ojos llorosos implorando comprensión a su situación, su hocico entreabierto debido a la adrenalina de las emociones dentro de él. Eso decía mucho sobre ser su primera vez lidiando con emociones tan fuertes. Su historia era verdad, su sentir el más sincero, y nuevamente el wyver comprobó algo.
El dragón de Agua era un cachorro, uno asustado y sin saber qué hacer.
Cerró los ojos un momento repasando sus propias emociones antes de volver a ver a Neuvillette, él solo retrocedió unos pasos por miedo a ser ahora quien fuera juzgado por sus actos impulsivos guiados por el orgullo draconico. Se acercó al temeroso dragón de Agua con su mirada fija en sus ojos, un escalofrío subió por el lomo del leviatán antes de alzar la vista para ver al otro.
Muchos escenarios inundaron la mente de Neuvillette, desde los más brutales hasta el más amable, pero se quedó en blanco al sentir la frente del otro dragón sobre la suya.
—
“Tal vez tus intenciones iniciales no eran las más honestas, ahora después de encontrarte conmigo y saber mi historia ¿Qué piensas?”
El leviatán se quedó unos segundos en silencio reorganizando sus pensamientos y emociones, como una flor abriéndose después de una larga noche, sus emociones fueron claras. Su mente cesó la tormenta de confusión.
—
“Que eres alguien noble, alguien capaz de perdonar lo que a otros les tardaría una vida entera siquiera comprender, creciste y te volviste alguien capaz de proteger a los tuyos”— Neuvillette subió su mirada a la del wyvern cuando se separaron la distancia necesaria sin dejar de tocar el hocico del otro—
“Que eres lo más hermoso que he conocido”
La dulce voz tan llena de admiración y adoración temprana le hizo sacudirse al wyvern, él se giró a un lado desviando la vista a los árboles cercanos en un fallido intento de calmar sus latidos. Eso último le había llegado de improvisto a su cabeza, sentía su cara caliente y su cresta de hielo brilló por el sonrojo interno.
—
“Eso fue… demasiado sincero”
—
“¿Y quieres saber más?”
Neuvillette se rio en la mente de ambos dando un salto a un lado para caminar alrededor del wyvern con sus iris brillando de emoción al no sentirse rechazado por su confesión. El dragón de Hielo siseó en queja al tener en frente una segunda vez al otro.
—
“Que ya no tengo la necesidad de cumplir esa prueba de valía, sigo aquí porque quiero estar, para conocerte más no por una obligación sino para entenderte mejor”
—
“Por el cielo, ya deja de hablar”
Los dos dragones se rieron en la cabeza del otro antes de darse mordidas inofensivas, para mostrarle respeto a los caídos el wyvern se llevó al leviatán a otro claro sin dejar de jugar en el trayecto, lanzándole bolas de nieve con su aliento de escarcha. Neuvillette chillaba agudo al esquivarlas lanzándole chorros de agua, no con tanta presión para no lastimar al otro, así cuando el bosque se despejo de nuevo el wyvern emboscó al leviatán.
Saltándole encima los dos rodaron en la nieve lanzando cantidades de la misma por los aires, gruñeron sin enojo real y se lanzaron zarpazos sin garras hasta quedar tirados sobre la nieve. Los dos volvieron a reír como niños con el corazón lleno.
—
“¿Significa que puedo preguntarte tu nombre ahora?”
—
“Llámame Neuvillette, o si quieres un apodo más corto puede ser Neuv”— se giró sobre su peso quedando panza abajo para tirarle una mordida inofensiva a su garra membranosa—
“¿Cómo debo llamarte yo a ti ahora?”
—
“Mi nombre de nacimiento es Yngri, eso ya lo sabes”— el wyvern torció un poco su cuello para mirar al otro quedando boca arriba—
“Mi nombre humano que me fue dado por los del pueblo es Kalaham”
Neuvillette sintió que le faltaba el aire un segundo, por inercia se levantó de un salto mirando al wyvern aun panza arriba con su cabeza torcida en inocencia. ¿Kalaham? Ese era el nombre del sujeto que el grupo de cuatro estaban investigando.
Y Neuvillette había estado conviviendo con él todo ese tiempo.
La cara del leviatán se volvió un poema.
—
“¿Cómo?”
—
“¿A qué te refieres?”
El dragón de Hielo, ahora ya identificable por el nombre de Kalaham, se volteó para ponerse de pie por igual caminando hasta Neuvillette, la confusión en sus ojos bien abiertos era muy notoria.
El leviatán se quedó pensando con un nuevo problema en su cabeza, la identidad del wyvern ya estaba revelada y estaba bien con eso, pero el recuerdo le asaltó de golpe. Furina había dicho que Wriothesley le había pregunta a Kalaham que si estaba soltero cuando intentó hablar con él ¿Y si el Duque realmente estaba interesado en Kalaham? Neuvillette había estado pasando tiempo con él desarrollando sus propias emociones sin considerar las de su amigo más cercano. Ahí otra duda se sumó a su ya angustia actual ¿Y si Kalaham estaba interesado en el Duque de igual forma? Por eso había sido así de distante las primeras veces con él y le seguía llamando por “cachorro” en vez de un “dragón adulto” o algo similar.
Para Kalaham, Neuvillette era un cachorro por lo que significaba que lo veía como un hermano o alguien menor, no alguien de forma romántica. De alguna forma eso le hizo doler su corazón, se retrajo en un sonido roto silencioso.
—
“Nada, no es nada”
Habló en voz baja mirando a otro lado con la sensación de tener un puñal clavado en el tórax, trastabilló un poco al darle la espalda al otro.
Kalaham lo vio, de inmediato supo que algo había incomodado a Neuvillette de una forma profunda, había convivido con él por al menos dos meses y medio. Lo conocía un poco para reconocer esa mirada de tristeza en sus hermosos iris violetas, sus sospechas se confirmaron al acercarse para darle apoyo y el leviatán se alejó de forma sutil.
—
“Neuvillette”
El dragón de Agua alzó la vista encontrándose esos ojos azules tan profundos como el océano ártico, sintió arder sus ojos una vez más ahora con una picazón dolorosa.
—
“Dime”
Incluso su voz fue un susurro a punto de romperse siendo llevado por el viento, Kalaham pensó rápido en un plan para contentarlo por si él había hecho algo sin saber y herido en el proceso al otro.
—
“Para que no te sientas solo ¿Qué tal si vienes conmigo a la aldea? Puedo decirle al jefe que no eres una amenaza, y así no tendrías que vagar solo por la tundra”
“Pero entonces te vería todos los días con alguien que no soy yo” quería decirle eso Neuvillette a Kalaham, tener el valor de hablarle con esa honestidad tal como él le hablaba. Se detuvo y solo asintió débilmente.
—
“Está bien”
—
“¿Seguro?”
—
“Sí”
Esa pequeña afirmación hizo ver más pequeño al leviatán ante los ojos del wyvern, la urgencia de abrazarlo diciéndole que lo sentía por haberlo hecho entristecer sin saber la razón fue reprimida con fuerza. Necesitaba primero llevarlo a un lugar con más personas, distraerlo un poco de su sentir para después hablar bien los dos.
Con paso tranquilo por entre la nieve y la tormenta nevada que se sentía más calma ahora, Neuvillette iba detrás de Kalaham con la mirada observando la nieve bajo sus garras. El wyvern se detuvo varias veces en el camino a esperar al decaído dragón de Agua, por impulso se restregó en su costado de la cabeza unas dos veces sin obtener una respuesta.
La incertidumbre se volvió más pesada en el corazón del dragón de Hielo, sacudió varias veces su cuerpo poniendo de excusa la nieve que se le atoraba en sus púas.
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Clorinde le ayudó a uno de los jóvenes a apuntar al blanco, de entre los cuatro ella ya dominaba la mayoría de las palabras en ese lenguaje extraño, comunicándose mejor con los ancianos para preguntar cosas sobre la historia del pueblo.
Sabían más o menos lo mismo cada uno de ellos, sobre sus ancestros siendo ayudados por un gigante noble con aliento de Hielo creando una tormenta de nieve en la tundra para esconderlos de otros depredadores. Suministrando comida, agua potable y sobre todo protegiéndolos con sus garras y colmillos en una tregua de hace centenares.
El hombre misterioso llamado Kalaham fue uno de esos temas, dijeron que llegó un día y se quedó, pero a la verduga del justiciazgo le sonaba a mentira disfrazada de verdad. Tal vez si había llegado un día a quedarse con ellos, pero no en unos pocos años como le hacían ver.
Ella solo asintió en su momento dando las gracias por su tiempo, desde ese día se la pasaba dándole vueltas a esa conversación con las ancianas del pueblo.
Los demás no conseguían mucho por la falta de dialecto. Furina había aprendido a su forma el nuevo idioma, a su ritmo vinculando las frases a guiones de teatro para facilitar la conexión de palabras. Wriothesley también iba a su paso, analizaba un poco más algunas expresiones en general que las palabras en sí, pero podía hablar lo básico con los demás a veces preguntando el significado de alguna palabra. Navia lo intentaba, se distraía en el proceso por enfocarse mucho en una palabra no conocida olvidando el resto del significado, pero iba bien.
Debido a que Kalaham casi siempre salía por largos periodos de tiempo, ahora Clorinde se había vuelto la segunda traductora del grupo por excelencia. No solo resaltada por los otros tres, sino por la gente de la aldea, incluso el Jefe le felicitó por aprender su idioma en solo dos meses.
Ella había aceptado los halagos con modestia sin celebrar tanto, Navia se encargó de eso junto a Furina.
El atardecer ya pintaba el cielo en colores violetas cuando dos siluetas colosales se vieron en los límites de la aldea, una era Neuvillette aún como leviatán y el otro debía ser el wyvern del que tanto hablaba el primero. Lo curioso fue ver a los niños y jóvenes diciendo palabras de alegría al ver al wyvern de Hielo acercarse con paso medido, lo recibieron con preguntas antes de que el dragón señalara a Neuvillette con la cabeza.
Clorinde fue de inmediato por el resto.
—Furina.
Llamó a la tienda donde los cuatro estuvieron viviendo esas semanas, la chica salió con su abrigo bien puesto con cara atenta y algo enojada por ser interrumpida en sus lecciones autodidactas para seguir estudiando el idioma.
—¿Qué sucede, Clorinde? Estoy en medio de algo importante, ya casi logro leer completo el pergamino.
—Neuvillette está aquí.
—¿Y eso es alarmante por qué?
—Vino en su forma de dragón junto al wyvern de Hielo, llama a los demás de inmediato para ir también a recibirlos. Ya.
—¡¿Qué vino como qué?!
Furina gritó en shock levantándose de golpe a ir por Navia, quien estaba dormida habiendo anunciado que ese día dormiría temprano para mañana en la mañana hacer sus tareas lo antes posible, Wriothesley se estaba quitando los indicios de una barba con una navaja prestada por el Jefe.
Mientras ellos se ponían en acción, Clorinde regresó a donde el tumulto de personas recibía a los dos dragones.
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Los dos dragones habían cambiado a su forma humana para no llegar a lastimar a una persona por accidente, pero el leviatán no miró ni una sola vez al wyvern. Kalaham les había dicho a las personas que Neuvillette no era una amenaza sino un “amigo” de él, no quería presionar al leviatán si decía otra clase de término así que fue a algo más firme. Le sonrió de forma cortes a los niños antes de ver llegar al Jefe de la aldea, mientras él le explicaba la situación al anciano, el Juez se removió en su lugar algo intranquilo por tener la atención de los niños en él por primera vez en su estancia en la tundra.
—Neuvillette.
El nombrado dio media vuelta al reconocer esa voz, con una sonrisa aliviada se acercó rápidamente a donde Furina estaba de pie con Navia detrás, y un poco más lejos aún a paso apresurado para llegar, Clorinde y Wriothesley. Se sentía impropio de él mirar con recelo al Duque, pero se sintió aún más avergonzado cuando abrazó a Furina buscando donde apoyarse para organizar sus pensamientos.
—¡Woah! Eh, no es que me queje por esto, pero ¿Te encuentras bien, Neuvillette?
—No, bueno no sé, es demasiado confuso y me siento… ajeno a mí y no me gusta.
Furina hizo un silencioso “oh” al entender al dragón de Agua, haber mostrado una faceta nueva con alguien recién conocido aparte de ser de su misma especie era divertido, más por la razón de dejar de ser el Juez Supremo y solo ser un leviatán. Ahora, estaba en su forma humana en la aldea donde los había dejado a ellos semanas atrás con ese mismo dragón a un lado. Su personalidad estaba dividida en ser él mismo sin una máscara o seguir jugando su papel imparcial por sus conocidos ahí.
O bueno, eso era lo que Furina tenía como hipótesis, realmente era otra cosa en la mente y corazón de ese Juez.
De forma inconsciente Neuvillette se abrazó más a ella cuando los demás se acercaron, Furina extendió una mano diciéndoles a los otros tres de mantenerse a esa distancia en lo que pensaba como calmar al dragón.
—Neuvillette, está bien que puedas sentir emociones hacia alguien sin la necesidad de ser imparcial o alejarte de ello por miedo a dejar de ser tú, de ser el Juez Supremo. Sigues siendo tú.
—¿Y que se supone que haga si… esos sentimientos no serán correspondidos?
—¿Qué? ¿A qué te refieres con eso?
El Juez la soltó poco a poco mirando al rostro a la chica, por primera vez en siglos Furina vio esa cara solemne en neutralidad con el ceño fruncido y la mirada baja para ocultar sus ojos vidriosos. Ella miró a un lado buscando la ayuda de los otros tres cuando los pasos de varias personas vinieron del otro franco, casi de forma inconsciente Furina se puso delante de Neuvillette con la férrea intención de protegerlo.
—El Jefe está de acuerdo en que él se quede en la aldea, y como parece ser, como ustedes cuatro lo conocen tendrá una tienda enfrente de la suya.
Kalaham asintió sin alguna expresión en su rostro, aun cuando miró al leviatán que se sintió más pequeño al verle esa cara tan neutra al que conocía como un wyvern juguetón y amable. Por un segundo, Neuvillette se preguntó si así se veía él cuando un segundo estaba sonriendo y al siguiente debía regresar a su fachada habitual. Dolía mucho, se sentía antinatural, demasiado robótico.
—Muchas gracias por ese gesto, si es así, con su permiso nos vamos a nuestra tienda en lo que levantan la de él— Furina empujó con sutileza en el pecho al Juez para hacerlo retroceder— ¡Tenemos tantas cosas por hablar! Será mejor hacerlo antes de que le den sus tareas ¿No? Con permiso.
La chica se giró con prisa empujándole por la espalda a Neuvillette cuando él no sabía decirle a su cerebro que se moviera, con un gesto de su cabeza les pidió a los otros tres también decir una excusa creíble en lo que ellos dos se adelantaban.
—¿Ah? ¡Oh, cierto! Tenemos que hablar de cómo se la pasó en la tundra, y esas cosas ¿Verdad, Clorinde?
—Sí, Navia, sí. Vamos.
—Entonces con su permiso, y gracias por aceptarlo en la aldea, se portará muy bien. Gracias— Wriothesley hizo una reverencia ridícula antes de girarse velozmente para alcanzar al grupo caminando con prisa con la cara compungida en preocupación.
El Jefe de la aldea le dijo algo a Kalaham, pero él solo veía con el corazón en la mano al grupo irse sintiendo que había hecho algo mal de nuevo.
Agachó la mirada respondiéndole en voz baja al anciano antes de irse él por otro camino de la aldea para desaparecer sin ser notado, con el peso en su pecho volvió a salir de la zona despejada en su forma de wyvern. Necesitaba un momento a solas.
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Neuvillette estaba hecho un ovillo en la cama más grande de las cuatro, a Navia no le importó mucho, podía robarle a Clorinde la suya o pedírsela prestada bajo amenaza la de Wriothesley. La preocupación general de los cuatro era ver tan decaído al Juez que para ellos era la imagen de lo justo, de la objetividad, de un ser tan sereno incapaz de romperse por situaciones ajenas a él.
Navia llevó a los demás a la zona cerca de la entrada de la tienda para hablar sobre ese mismo tema, ahí Neuvillette no escucharía la plática y dudaba las personas de la aldea hubieran aprendido su idioma de ellos.
—Furina ¿Qué sucedió? De repente Neuvillette se veía alegre el día de ayer cuando vino en la noche y ahora está tan apagado que…— la chica rubia se llevó sus manos al pecho con sus labios fruncidos viendo a su cama al fondo— No me gusta verlo así.
—¿Sucedió algo con el wyvern? El cual al parecer resulta ser el mismo Kalaham, eso no me lo esperaba.
—No lo sé, Wriothesley, no sé. Me dijo que se sentía ajeno a él por estar confuso, y cuando le dije que estaba bien sentir emociones por alguien me dijo con voz triste— Furina aclaró su garganta para replicar el tono casi quebrado del Juez— “¿Y que se supone que haga si… esos sentimientos no son correspondidos?” ¡Así que, no Wriothesley, no está bien!
—Cálmense los tres, por favor— Clorinde extendió sus manos a los lados callando la inminente discusión del trío— Sí, puede que haya sucedido algo entre Neuvillette y el wyvern, perdón, Kalaham. Algo que deprimió por primera vez a nuestro Neuvillette, pero no sabremos nada si nos ponemos a gritarnos los unos a los otros.
—Clorinde tiene razón— Furina dijo ya más tranquila mirando de reojo a la figura en posición fetal del fondo— Debemos confrontar a Kalaham.
—No, eso no era a lo que…
—¿Mañana por la mañana?
—Hecho.
—¡Wriothesley, Navia, no!