ID de la obra: 1399

One-shots/Poppy x El Prototipo

Gen
NC-17
En progreso
2
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Tamaño:
planificada Mini, escritos 72 páginas, 27.136 palabras, 12 capítulos
Descripción:
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Mira a quién odias

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Los pasillos de Playtime Co. olían a sangre seca, plástico quemado y desesperación antigua. Poppy avanzaba sola esta vez. Apenas un metro veinte de altura, el vestido rosa hecho jirones colgando como harapos de su cuerpo de porcelana sintética. El cabello rojo intenso caía en mechones sucios y enmarañados hasta la cintura. Sus ojos azules, antes grandes y brillantes como los de una muñeca de anuncio, ahora ardían con una mezcla de rabia y determinación que no admitía réplica. En la mano derecha llevaba un tubo de metal oxidado, su única arma real. Detrás de ella, en la penumbra, Huggy Wuggy, Kissy Missy y Boxy Boo se habían quedado bloqueando los corredores. Del otro lado, CatNap, Mommy Long Legs y los mini-Huggies habían recibido la misma orden silenciosa del Prototipo y también retrocedieron. Todos, sin excepción, entendieron que esta noche no había lugar para testigos. Esta noche era solo entre ellos dos. En el nivel más profundo de la fábrica, el Prototipo reinaba. Casi cuatro metros de altura cuando se erguía por completo, aunque rara vez lo hacía: prefería moverse inclinado, como una araña de metal y carne muerta. Su cuerpo era una pesadilla viva de extremidades articuladas, placas blindadas negras y grises, cables vivos que se retorcían como venas expuestas. El torso era una masa irregular de metal retorcido y restos de experimentos fallidos: pedazos de piel sintética colgando como harapos, costillas de acero que se abrían y cerraban como branquias. La cabeza era una calavera alargada de aleación oscura, sin labios, solo una hilera de dientes metálicos que nunca se cerraban del todo. Dos ojos rojos incandescentes brillaban en las cuencas vacías, sin párpados, sin piedad. De su espalda salían seis apéndices segmentados, cada uno terminado en una garra quirúrgica capaz de cortar acero. No tenía piernas propiamente dichas: se desplazaba sobre cuatro extremidades inferiores articuladas que terminaban en puntas afiladas, dejando surcos humeantes en el suelo. Él creía que la fábrica era el único lugar seguro. Ella creía que era una tumba. Y esta noche, uno de los dos iba a morir. El laboratorio principal estaba en penumbra, solo iluminado por el resplandor rojo de sus ojos y el parpadeo intermitente de los monitores rotos. El aire olía a ozono quemado, a fluido hidráulico caliente y a algo más denso, algo que ninguno de los dos quería nombrar. Poppy cruzó la puerta blindada abierta y se detuvo. Él estaba allí, inmóvil, como una estatua de pesadilla. —Sal de aquí —dijo él, voz distorsionada y grave, resonando dentro de su cavidad torácica-. Todavía puedes irte. Poppy dio un paso adelante. —Nunca me iré —respondió, la voz dulce y venenosa—. No mientras tú sigas respirando. Él soltó un gruñido bajo, casi un rugido contenido, y avanzó. El suelo tembló bajo sus patas articuladas. En dos zancadas la tuvo delante, tan cerca que el calor de sus sistemas internos le quemó la piel de porcelana. Una garra enorme le rodeó la cintura y la levantó sin esfuerzo hasta dejarla a la altura de su rostro. —Eres tan insoportable que me causas un gran odio —susurró él, los ojos rojos brillando más intensos. —Pruébamelo —respondió ella, y le escupió sangre rosa en la calavera. Fue la señal. El Prototipo la estampó contra la pared metálica con tanta fuerza que la porcelana de su espalda crujió. Poppy jadeó de dolor, pero sus manos pequeñas ya estaban arañando las placas de su pecho, buscando cualquier grieta. Él le arrancó el vestido de un solo tirón, la tela rosa se desgarró como papel y cayó al suelo hecha jirones. Quedó desnuda, temblando de rabia y frío, la piel sintética pálida cubierta de polvo y arañazos antiguos. Él no esperó. Una de sus garras le abrió los muslos con violencia, sujetándola inmovilizada contra la pared. Otra garra le sujetó las muñecas por encima de la cabeza. Un tercer apéndice, más grueso, segmentado y caliente, se deslizó entre sus piernas y la rozó una sola vez, casi con desprecio. Poppy gimió, un sonido que era mitad odio, mitad súplica. —No —dijo él, voz temblorosa por primera vez—. No vas a suplicar. Vas a odiarme mientras te follo. Y la penetró de una sola embestida brutal. Poppy gritó. El dolor fue cegador: él era enorme, mucho más de lo que su cuerpo estaba diseñado para soportar, y entró sin piedad, desgarrando costuras internas, abriéndola hasta el límite. Ella intentó arañarle la cara, pero él le apretó más fuerte las muñecas y la mantuvo inmovilizada mientras empujaba más profundo, más fuerte, cada golpe un castigo que resonaba en todo el laboratorio. —Te odio —siseó ella entre dientes, lágrimas cayéndole por las mejillas. —Repítelo _gruñó él, embistiéndola tan fuerte que la pared se agrietó detrás de ella. —Te odio... te odio... te odio... Cada "te odio" salía más roto, más entrecortado, porque el dolor se estaba convirtiendo en otra cosa. El placer sucio y oscuro que siempre había estado ahí, escondido bajo capas de rabia. Poppy empezó a empujar hacia él sin quererlo, sus caderas moviéndose al ritmo de sus embestidas, buscando más aunque le doliera, aunque la destrozara. Él soltó sus muñecas y la agarró por las caderas con dos garras, levantándola más alto, abriéndola más. Un tercer apéndice se deslizó por su espalda agrietada por el golpe y le sujetó la nuca, obligándola a mirarlo a los ojos mientras la follaba sin descanso. El cuarto se enroscó alrededor de su garganta, apretando justo lo suficiente para que le faltara el aire. —Mírame &ordenó, voz distorsionada y rota—. Mira a quién odias. Poppy lo miró. Los ojos azules llenos de lágrimas, la boca abierta, la porcelana agrietada. Y se corrió. Un grito desgarrado salió de su garganta mientras todo su cuerpo se convulsionaba alrededor de él, apretándolo con tanta fuerza que él rugió y se derramó dentro de ella en chorros calientes, viscosos, interminables. Siguió empujando, siguió corriéndose, siguió llenándola hasta que el exceso salió por sus muslos y cayó al suelo en charcos brillantes. Cuando el último espasmo se apagó, ninguno se movió. Él seguía dentro de ella, todavía duro, todavía latiendo, como si su cuerpo se negara a aceptar que había terminado. Poppy colgaba de sus garras, las piernas abiertas en un ángulo imposible, la espalda dañada contra la pared, la cabeza caída hacia atrás. El fluido rosa y negro se mezclaba entre sus muslos y goteaba al suelo en un ritmo lento, constante, obsceno. El silencio era peor que cualquier grito. Poppy fue la primera en hablar. Su voz salió ronca, rota, llena de veneno. —Quítamelo —susurró—. Quítamelo de dentro ahora mismo. Él no se movió. Uno de los apéndices que le sujetaba la nuca se tensó, obligándola a alzar la cara. —¿Ahora te da asco? —preguntó él, voz baja y metálica—. Hace un minuto me rogabas que no parara. Poppy le escupió en la cara. El fluido rosa le salpicó la calavera, resbaló por una grieta y cayó al suelo. —No te rogué nada —siseó—. Te dejé usarme porque sabía que te dolería más que a mí. Porque sabía que después te odiarías por haberlo hecho. Él soltó una risa que sonó como metal desgarrándose. &¿Yo odiarme? &se inclinó más, hasta que sus dientes rozaron su oreja destrozada&—. Mírate, muñequita. Estás rota. Te abrí en dos. Y aun así te corriste gritando mi nombre. Poppy tembló de rabia. Intentó arañarle la cara otra vez, pero él le sujetó las muñecas con una sola garra y las aplastó contra la pared por encima de su cabeza. &No tienes nombre —escupió ella—. Ni siquiera eres una persona. Eres un error. Un puto experimento que se salió de control y ahora se cree dios. Él empujó una vez más dentro de ella, lento, profundo, solo para verla jadear de dolor y humillación. —Y tú eres la cara bonita que pusieron en la caja para vender mentiras —respondió—. La niña buena que nunca existió. Tú me creaste, Poppy. Cada vez que sonreías en esos anuncios, cada vez que prometías "juguemos para siempre", me dabas otra razón para existir. Este odio es tuyo. Yo solo lo hice real. Ella cerró los ojos con fuerza. Lágrimas de fluido rosa rodaron por sus mejillas agrietadas. —Te voy a matar —susurró—. Un día te voy a abrir el pecho y te voy a arrancar lo que sea que tengas por corazón. Y cuando lo haga, me voy a reír. Él se quedó quieto un segundo eterno. Luego, muy despacio, salió de ella. El vacío fue peor que el dolor. Poppy se derrumbó de rodillas cuando él la soltó, las piernas temblando, el cuerpo abierto y sangrando. El Prototipo se agachó a su altura. Una garra le levantó la barbilla con brutal delicadeza. —Hazlo —dijo, los ojos rojos brillando más que nunca—. Mátame. Pero cuando lo hagas, recuerda esto: cada vez que te mires en un espejo roto, cada vez que sientas el vacío donde estuve, cada vez que tu cuerpo recuerde cómo te llené, vas a odiarte más que a mí. Poppy lo miró. Y por primera vez desde que empezó todo, no dijo nada. Él se levantó, la sombra colosal cubriéndola por completo. Sin una palabra más, dio media vuelta y se alejó hacia la oscuridad del laboratorio. Poppy se quedó allí, de rodillas en el charco de sus propios fluidos mezclados, temblando de frío, de rabia y de algo que se parecía demasiado al vacío. Y odió. Odió con cada fibra rota de su ser. Odió al monstruo que se iba. Odió a la muñeca que se quedaba. Y sobre todo, se odió a sí misma por saber que él tenía razón. Pasaron meses. Meses de silencio, de heridas que no cerraban, de noches en que Poppy se despertaba jadeando, sintiendo todavía su peso sobre ella, todavía el vacío donde él había estado. Y entonces volvió. Con la jeringa definitiva en la mano. Un tubo largo de cristal reforzado lleno de líquido plateado que brillaba como mercurio vivo. Lo había creado ella misma, usando los restos de núcleos que él mismo había arrancado a sus propios aliados. Una sola gota bastaba para desactivar su núcleo para siempre. Él la esperaba en el mismo laboratorio, más roto que nunca: un ojo apagado, tres apéndices arrancados, el torso abierto dejando ver el núcleo palpitante, rojo y vulnerable. Respiraba con un zumbido irregular, como un motor a punto de apagarse. —Adelante acaba conmigo —dijo, voz apenas audible. Poppy levantó la jeringa. El líquido plateado brilló bajo la luz roja. Solo tenía que clavarla en el núcleo expuesto y todo terminaría. Y entonces, sin saber por qué, sin quererlo, dio un paso más. Y otro. Y cuando estuvo a centímetros de él, dejó caer la jeringa al suelo con un sonido metálico que resonó como un disparo. Él la miró confundido. Poppy lo tomó por lo que quedaba de su cuello metálico y lo besó. Fue un beso lleno de odio puro: dientes chocando, sangre rosa y negra mezclándose, lenguas peleando como si quisieran matarse. Ella lo empujó contra la columna y él la atrapó con las garras que le quedaban, desgarrándole la chaqueta, dejando su cuerpo al descubierto. Poppy le arañó el torso abierto, le clavó las uñas en el núcleo mismo, haciéndolo rugir de dolor y placer. Se devoraron. Él la levantó del suelo y la empaló contra la columna con una sola embestida brutal. Poppy gritó dentro de su boca, pero no se apartó. Lo arañó, lo mordió, lo odió con cada célula mientras él la follaba con la desesperación de quien sabe que está viviendo sus últimos minutos. Cada golpe era un "te odio", cada gemido era un "nunca te perdonaré", cada vez que ella se corría era una promesa rota. Él la giró sin salir de ella, la puso de espaldas contra la columna y la levantó más alto, abriéndola más. Un apéndice se deslizó por su espalda dañada y le sujetó la nuca, obligándola a arquearse mientras él la follaba desde atrás con una brutalidad que hacía saltar sus pequeños pechos. Otro se enroscó alrededor de su cintura y la sostuvo inmovilizada mientras él la embestía sin piedad. —Nunca vas a olvidarme —gruñó él contra su oído. Poppy sollozó, pero empujó hacia atrás con más fuerza. —Nunca te perdonaré —jadeó—. Nunca... pero joder... no pares... Él la giró otra vez, la puso de cara y la levantó en el aire, sus piernas abiertas alrededor de su cintura metálica. La embistió de nuevo, más profundo que nunca, y empezó a follarla suspendida, sus cuerpos chocando con un sonido húmedo y obsceno que llenaba todo el laboratorio. Se corrieron juntos. Él rugió como si se estuviera muriendo, derramándose dentro de ella en chorros calientes, interminables, que la llenaron hasta desbordarse por sus muslos y caer al suelo en charcos brillantes. Poppy gritó mientras su cuerpo convulsionaba una última vez, recibiendo hasta la última gota, hasta que los dos temblaron juntos, abrazados entre sangre y metal. Cuando terminaron, él no la soltó. La mantuvo ahí, temblando, los dos sangrando sobre el suelo. Ella lloraba en silencio contra su pecho metálico, las manos todavía clavadas en su núcleo. Después de un tiempo eterno, Poppy se bajó lentamente, las piernas temblando, el cuerpo roto y lleno de marcas. Se quedó de pie frente a él, desnuda, sangrando, absolutamente destruida. Y lo miró. —No te mataré —dijo, la voz fría como el acero—. Porque si lo hago, me convertiría en ti. Pero alguien vendrá. Alguien que no tenga miedo de ensuciarse las manos. Ese día, tú morirás. Dio media vuelta y empezó a caminar hacia la salida, dejando un rastro de sangre rosa y negra en el suelo. Él intentó seguirla, pero sus sistemas fallaron y cayó de rodillas. &¡Poppy! —rugió, la voz quebrándose por primera vez. Ella no se detuvo. —Adiós —dijo sin mirar atrás. Y se fue. El Prototipo se quedó solo en el laboratorio, de rodillas entre los restos de su propio cuerpo y los de ella, el núcleo latiendo débilmente. Y por primera vez en toda su existencia, sintió miedo de verdad. Porque sabía que ella tenía razón. Y porque, en el fondo, ya no quería morir. Quería que ella volviera. Una y otra vez. Hasta que el odio se convirtiera en algo que ninguno de los dos pudiera nombrar. Hasta que no quedara nada que destruir. Solo ellos dos, rotos, vivos, atrapados en ese ciclo brutal que era lo único que les quedaba. Y eso era mucho peor que la muerte.
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