Uno contra uno
3 de diciembre de 2025, 23:42
La sala común del nivel -9 huele a aceite de lámpara y a polvo viejo, pero también a café que DogDay preparó hace horas y a la cera de las velas que Kissy insiste en encender aunque no hagan falta.
Las paredes están cubiertas de grafitis hechos por los experimentos durante años de aburrimiento: frases, dibujos, fechas.
En una esquina hay un sofá enorme rescatado del despacho del director, tapizado en terciopelo rojo descolorido.
En el centro, una mesa baja hecha con una puerta y cuatro bloques de hormigón.
Sobre la mesa: un tablero de Risk viejo, ejércitos rojos y negros.
Poppy (1,20 m exactos, piel de porcelana sintética que nunca envejece, pelo rojo intenso recogido en una coleta alta, vestido negro sencillo que le llega a medio muslo, ojos azules que brillan incluso con poca luz) está sentada con las piernas cruzadas sobre un cojín rojo.
Sus pies descalzos rozan la alfombra raída.
Tiene delante el ejército rojo y una expresión de concentración absoluta.
Frente a ella, sentado en el suelo porque ningún sofá le cabe, está 1006, el Prototipo.
2,20 m de altura, piel gris oscuro con vetas plateadas que parecen moverse cuando respira, torso desnudo cubierto de cicatrices antiguas que cuentan historias que nadie quiere recordar, pantalones negros raídos.
Sus manos descansan sobre sus rodillas: dedos largos, delgados, terminados en garras negras afiladas como bisturís, capaces de cortar acero o acariciar sin dejar marca cuando él decide.
Los ojos rojos están fijos en el tablero, fríos, calculadores.
Se conocen desde 1991.
Ella era el Experiment 1000, la cara pública, la muñeca estrella.
Él era el 1006, el proyecto secreto, el arma definitiva.
Durante cuatro años planearon la Hora de la Alegría: cada pasillo, cada cámara, cada segundo del 8 de agosto de 1995.
Ella distraía, él mataba.
Cuando la fábrica cerró, se quedaron.
No por castigo.
Porque no tenían a dónde ir.
Y porque, entre tanta sangre, algo se rompió y se volvió a unir de una forma que ninguno de los dos sabe nombrar.
No son pareja.
No son amigos.
Son los únicos que entienden lo que hicieron y por qué.
Y eso los ata más que cualquier palabra.
En la fábrica siguen vivos más experimentos:
CatNap duerme colgando del techo como un murciélago púrpura,
DogDay patrulla con su sonrisa eterna y su linterna,
Mommy Long Legs teje redes en el nivel -7,
Huggy y Kissy viven en el túnel de los juguetes,
y una docena más de criaturas que prefieren la oscuridad.
Pero esta noche la sala está vacía.
Solo ellos dos y el tablero.
Poppy mueve tres ejércitos rojos hacia Yakutsk.
—Te voy a rodear Asia en tres turnos —dice sin levantar la vista.
Él responde moviendo cinco negros desde Ucrania hacia Europa del Este.
—No si te corto el paso por Oriente Medio primero.
Su voz es grave, fría, sin inflexión.
Siempre lo ha sido.
Ella sonríe de medio lado.
—Eres un hijo de puta predecible, 1006.
Él no contesta.
Solo mueve otro ejército.
El juego dura casi dos horas.
Hablan poco.
Se entienden con miradas.
Al final ella gana por dos continentes.
—Paga —dice, extendiendo la palma.
Él la mira un segundo largo.
Después se levanta, rodea la mesa y se arrodilla frente a ella.
Sus garras se posan con cuidado sobre sus rodillas desnudas.
—¿Qué quieres de premio? —pregunta, voz baja.
Poppy se inclina hacia adelante hasta que sus frentes se tocan.
—Que me toques como si no fueras a romperme.
Él nunca sabe cómo responder a eso.
Durante años su cuerpo fue diseñado solo para matar.
Incluso su miembro (largo, gris oscuro, con una textura ligeramente rugosa y venas plateadas que brillan cuando está excitado) fue creado con un propósito clínico: extraer material genético de los sujetos de prueba sin dañar órganos internos.
Nunca se suponía que fuera a usarlo para placer.
Pero con ella lo hace.
Poppy se pone de pie, le toma la mano y lo lleva hasta el sofá grande del fondo.
Se quita el vestido en un solo movimiento y queda desnuda, la luz de las lámparas de aceite bailando sobre su piel de porcelana.
Él se quita los pantalones con la misma lentitud de siempre y se sienta.
Ella se sienta a horcajadas sobre él, despacio, sin prisas.
Sus manos pequeñas se posan sobre su pecho, sintiendo el latido metálico debajo.
—No quiero que seas frío esta noche —susurra contra su boca.
Él la mira a los ojos.
—No sé ser otra cosa.
—Inténtalo.
Y él lo intenta.
La besa despacio, sin morder, solo labios y lengua.
Sus garras se posan en su cintura sin arañar, solo sosteniendo, las puntas frías rozando apenas su piel.
Poppy guía su polla dentro de ella centímetro a centímetro, gimiendo bajito cuando la llena por completo.
La sensación es distinta a todo lo que él conoce: no es violencia, no es control.
Es calor, es humedad, es ella apretándolo como si nunca quisiera soltarlo.
Se quedan quietos un momento, respirando juntos.
—Muévete conmigo —susurra ella.
Él obedece.
Empieza a moverse muy despacio, apenas un balanceo de caderas.
Ella sube y baja con la misma lentitud, sus pechos rozando su torso, sus manos enredadas en su pelo corto.
No hay prisa.
No hay fuerza.
Solo el sonido de sus respiraciones y el roce suave de piel contra piel sintética.
Poppy inclina la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello.
Él lo besa, lo lame, deja un rastro húmedo sin morder.
Sus garras suben por su espalda, dibujando líneas invisibles de hielo y fuego.
—Te siento —susurra ella, voz temblorosa—. Todo tú.
Cada centímetro.
Cada latido.
Él cierra los ojos.
Sus caderas se mueven un poco más rápido, pero aún con cuidado.
Sus manos bajan hasta sus caderas, la guían, la sostienen.
Ella se arquea, los pechos presionados contra su cara.
Él los besa, los lame, chupa un pezón con suavidad hasta que ella gime bajito.
—Más cerca —pide ella.
Él la abraza fuerte, la pega completamente a su cuerpo.
Ahora no hay espacio entre ellos.
Solo calor.
Solo piel.
Solo el movimiento lento y profundo que los une.
Poppy empieza a temblar.
No es un orgasmo violento.
Es algo más hondo, más suave.
Sus paredes se aprietan alrededor de él, lo abrazan, lo retienen.
Él siente el calor, la humedad, el amor que ella nunca dice en voz alta pero que está ahí en cada jadeo.
Ella se corre con un suspiro largo y tembloroso, la frente apoyada en su hombro, las uñas clavadas en su espalda sin fuerza.
Él la sigue segundos después, derramándose dentro en silencio, chorros lentos y calientes que la llenan por completo.
No hay rugidos.
No hay violencia.
Solo un abrazo que dura una eternidad.
Se quedan así mucho rato.
Ella sobre él, él dentro de ella, respirando juntos.
Sus garras le acarician el pelo con una ternura que nadie creería posible.
—Feliz aniversario de la masacre —dice ella contra su cuello.
Él suelta una risa seca, casi un suspiro.
—Treinta años —responde—. Y sigues ganándome en todo.
Se están vistiendo cuando la puerta se abre de golpe.
CatNap entra flotando, envuelto en su niebla púrpura, los ojos entrecerrados como siempre.
—1006… Mommy dice que… oh.
Se queda parado en la puerta.
Poppy está sentada en el sofá poniéndose el vestido, él de pie abrochándose los pantalones.
Los dos despeinados, con marcas de labios y arañazos leves.
CatNap parpadea lento.
—¿Están… peleando otra vez?
Poppy se tapa la boca para no reírse.
1006 suspira, se pasa una garra por el pelo.
—No, CatNap.
Estábamos… teniendo una pequeña reconciliación.
CatNap ladea la cabeza, confundido.
—¿Re-con-ci-li-án-do-se?
¿Eso es cuando se abrazan muy fuerte y se hacen cosquillas?
Poppy estalla en carcajadas.
1006 cierra los ojos como si rezara por paciencia.
—Algo así —dice al fin.
CatNap asiente muy serio.
—Ah.
Entonces… ¿pueden reconciliarse después?
Mommy necesita que bajes al -7.
Dice que Huggy se comió otra puerta.
1006 suspira de nuevo.
—Voy para allá.
CatNap se va flotando, todavía confundido.
Poppy se seca las lágrimas de risa.
—Treinta años planeando una masacre…
y ahora tenemos que explicar el sexo a un gato gigante dormilón.
Él la mira de reojo, casi sonríe.
—Vale la pena.
La besa una vez más, suave, antes de salir.
Y en la fábrica abandonada, treinta años después del día que lo cambió todo,
siguen vivos.
Rotos.
Juntos.
Y, por primera vez, casi en paz.