Nido
20 de diciembre de 2025, 19:09
Notas:
One-shot version Omegaverse.
No sé mucho del Omegaverse asi que me disculpan si algo está mal, algunas cosas podrán dar cringe así que estén atentos :0
La puerta blindada se cerró con un estruendo que retumbó en los huesos de ambos.
Dentro solo había una cámara de contención vacía: paredes de acero negro, suelo acolchado con gomaespuma gruesa, una única lámpara roja de emergencia y un montón de mantas, almohadas y ropa vieja que los técnicos habían arrojado antes de sellar la puerta.
No hay cámaras dentro.
No hay micrófonos.
Solo una mirilla blindada que nadie se atreve a abrir.
Poppy (Omega, 1,20 m, piel de porcelana que ahora está sonrojada hasta el cuello, pelo rojo pegado a la cara por el sudor, vestido rosa hecho jirones) está temblando en una esquina, de rodillas, abrazándose a sí misma.
Su celo llegó de golpe hace dos horas, el primero de su vida.
No sabe qué le pasa.
Solo sabe que duele, que quema, que necesita algo que no puede nombrar.
El Prototipo (Alfa dominante puro, 2,25 m, piel gris acero, ojos rojos brillando como brasas, garras retraídas pero listas) está de pie al otro lado de la celda, espalda contra la pared, brazos cruzados.
Su propio celo lo golpeó al mismo tiempo que el de ella.
Lo sabe todo sobre la biología Alfa-Omega: el nudo, la marca, el nido, la necesidad.
Los científicos se lo explicaron una y mil veces antes de convertirlo en arma.
Pero nunca lo había sentido.
Y nunca pensó que su primera vez sería con ella.
Poppy gime, un sonido roto y húmedo.
Se arrastra por el suelo, las piernas temblando, hasta llegar a las mantas.
Empieza a hacer un nido sin saber que lo está haciendo: arrastra almohadas, dobla mantas, mete dentro una de las camisas negras que él llevaba antes y que los técnicos le quitaron.
El olor de él la calma y la desespera al mismo tiempo.
Él la observa en silencio.
Su instinto Alfa ruge, le pide que la tome, que la marque, que la llene hasta que deje de llorar.
Pero él no quiere.
No quiere ser el monstruo que la rompe.
No quiere ser el arma que la usa.
—Aléjate —dice, voz helada.
Poppy levanta la cabeza, los ojos vidriosos, las mejillas empapadas.
—No… no puedo… duele…
Por favor… ayúdame…
Se arrastra más cerca, se arrodilla frente a él, las manos temblando sobre sus muslos.
—Tócame… aunque sea un poco…
No sé qué me pasa…
Solo sé que si no lo haces me voy a morir…
Él aprieta los dientes.
Su olor (dulce, floral, desesperado) lo está volviendo loco.
Su polla ya está dura, el nudo hinchándose en la base, una presión dolorosa que nunca había sentido.
—No —repite, más débil.
Poppy llora más fuerte.
Se quita lo que queda del vestido, queda completamente desnuda, la piel brillante de sudor, los pezones duros, el coño hinchado y mojado goteando sobre el suelo.
—Te necesito…
Por favor…
Aunque me odies…
Aunque después me mates…
Necesito que me toques…
Él se rompe.
Un paso.
Dos.
Se arrodilla frente a ella, las garras temblando.
—No te voy a marcar —dice, voz rota—.
No te voy a convertir en mía para siempre.
Solo… solo esta vez.
Poppy asiente, llorando.
—Cualquier cosa… por favor…
Él la levanta como si no pesara nada y la lleva al nido que ella construyó.
La acuesta sobre las mantas que huelen a los dos.
Se quita los pantalones con un movimiento brusco.
Su polla sale: larga, gruesa, gris oscuro, el nudo ya hinchado y palpitante en la base.
Poppy gime al verlo, abre las piernas instintivamente.
Él se coloca entre sus muslos, la cabeza de su p.lla rozando su entrada empapada.
—Va a doler al principio —advierte.
—No me importa —susurra ella—. Solo entra…
Él empuja.
Lento al principio.
Ella está tan apretada, tan caliente, que él tiene que cerrar los ojos para no perder el control.
Poppy grita, se aferra a sus hombros, las uñas clavándose.
Cuando está completamente dentro, se quedan quietos.
El nudo presiona su entrada, aún fuera, demasiado grande para entrar todavía.
—Respira —ordena él.
Ella obedece, temblando.
Él empieza a moverse: lento, profundo, cada embestida rozando ese punto dentro de ella que la hace llorar más fuerte.
Sus manos (garras retraídas al máximo) acarician sus costados, su cintura, sus pechos.
Poppy se arquea, gime su nombre una y otra vez.
—Más… por favor…
Él acelera.
El nudo empieza a empujar contra su entrada, estirándola más con cada embestida.
Cuando ella está al borde, él se detiene.
—No te corras todavía —ordena.
Poppy solloza.
—Necesito…
—Lo sé.
Y empuja una vez más, fuerte.
El nudo entra.
Poppy grita, el cuerpo convulsionando, el orgasmo golpeándola tan fuerte que llora sin control.
Él ruge, se corre dentro en chorros largos y calientes, el nudo hinchándose más, sellándolos juntos.
Se quedan así, atados, temblando, él derramándose dentro de ella una y otra vez, ella apretándolo como si nunca quisiera soltarlo.
Cuando el nudo empieza a bajar, él sale despacio, la abraza fuerte y la cubre con las mantas del nido.
—No te marqué —susurra contra su pelo—.
Sigues siendo libre.
Poppy, todavía temblando, se acurruca contra su pecho.
—Gracias… por no romperme.
Él la abraza más fuerte.
Y en la celda sin cámaras, sin nadie que los vea,
el Alfa más frío y la Omega más rota
se quedan dormidos en el nido que ella construyó y que él, por primera vez,
no destruyó.
El día siguiente llegó y por desgracia. El celo no terminó.
Se volvió peor.
Mucho peor.
La primera interacción sexual había sido casi tierna en comparación.
Ahora el aire de la celda está tan denso de feromonas que corta la respiración.
El olor de Poppy (dulce, floral, desesperado, empapado) se mezcla con el de él (metálico, oscuro, dominante) hasta crear algo que haría caer de rodillas a cualquier otro Alfa.
El nido es una fortaleza ahora.
Poppy lo ha rehecho cuatro veces en las últimas seis horas:
almohadas apiladas formando paredes altas, mantas negras y rojas dobladas en capas gruesas, la camiseta destrozada de él hecha un ovillo en el centro porque ella la ha estado oliendo y mordiendo como si fuera oxígeno.
Hay sangre seca en algunas esquinas donde sus garras se clavaron sin querer.
Hay semen seco en las mantas donde él se corrió fuera de ella cuando intentó resistirse.
Ella está de rodillas en el centro, completamente desnuda, temblando como si tuviera fiebre.
El sudor le recorre el cuerpo en riachuelos: entre los pechos, por la espalda, entre los muslos.
Sus pezones están tan hinchados que duelen al roce del aire.
Su coño está rojo, abierto, goteando una mezcla espesa de sus fluidos y los de él.
Tiene marcas de garras en las caderas, en los muslos, en el culo.
Y aún así se arrastra hacia él.
Él está de pie al borde del nido, la polla tan dura que duele, más grande que ayer, más venosa, el nudo ya hinchado y palpitante como un corazón secundario.
Las garras completamente extendidas, los músculos tensos, los ojos rojos brillando con una luz que parece fuego líquido.
—No —dice, voz grave y rota—. No voy a follarte otra vez.
Poppy gime, se arrastra más cerca, gateando, las caderas balanceándose como una puta.
—Mientes —susurra, voz rota—. Te huelo.
Tu nudo está latiendo.
Quieres metérmela hasta el fondo.
Quieres llenarme hasta que me reviente el vientre.
Quieres dejarme preñada.
Él aprieta los puños.
Las garras se clavan en sus propias palmas y sale sangre negra.
—No te voy a marcar —repite.
Ella llega hasta sus pies, se arrodilla y, sin pedir permiso, le lame la polla desde la base hasta la punta.
Un lametón largo, lento, obsceno, recogiendo el líquido preseminal que gotea sin parar.
—Entonces no me marques —dice, mirándolo desde abajo, los ojos llenos de lágrimas y deseo—.
Pero rómpeme igual.
Ábreme.
Lléname de cachorros.
Hazme tuya aunque sea solo esta noche.
Él se rompe.
Un rugido gutural sale de su garganta.
La agarra del pelo con una garra y la levanta del suelo como si fuera una muñeca rota.
—Aunque no te muerda, vas a llevar mi olor hasta que te pudras.
La tira al centro del nido boca abajo, le abre las piernas de un tirón brutal y entra sin aviso.
Una embestida salvaje, hasta el fondo, sin lubricante más que lo que ya gotea de ella.
Poppy grita, la cara hundida en las mantas, el cuerpo convulsionando.
Él no espera.
Empieza a follarla con una fuerza animal que sacude todo el nido.
Cada golpe es tan profundo que sus caderas chocan contra su culo con un sonido húmedo y obsceno.
Una garra en su nuca empujándola contra el suelo, la otra clavada en su cadera, dejando surcos rojos que sangran levemente.
—Esto es lo que querías, ¿verdad? —ruge—.
Que te use como a una perra.
Que te abra hasta que no puedas caminar.
Que te llene hasta que revientes.
Poppy llora, gime, empuja hacia atrás buscando más.
—Sí… sí… rómpeme…
Lléname…
Hazme tuya…
Él la gira sin salir, la pone boca arriba y le levanta las piernas hasta sus hombros.
Vuelve a entrar, más profundo, mirándola a los ojos.
—Mírame cuando te folle —ordena—.
Quiero verte llorar cuando te corras con mi polla dentro.
Quiero verte suplicar cuando te anude.
Ella obedece, los ojos llenos de lágrimas y deseo.
—Voy a llenarte —dice él, cada palabra un golpe—.
Voy a dejarte tan llena de mi semen que vas a oler a mí durante años.
Tú serás mía aunque no te marque nadie más te va a tocar nunca.
Poppy gime más fuerte, las manos aferrándose a sus antebrazos.
—Quiero… quiero tus cachorros…
Quiero que me llenes…
Quiero que me rompas…
Él acelera, el nudo empujando contra su entrada con cada embestida brutal.
—Pídemelo —ordena.
—Rómpeme… méteme el nudo… lléname… hazme tu puta preñada… por favor…
Él empuja una vez más, fuerte, sin piedad.
El nudo entra.
Poppy grita tan fuerte que se queda sin voz, el orgasmo golpeándola como un rayo, chorros calientes saliendo alrededor del nudo, empapando su vientre, sus pechos, el nido entero.
Él ruge, se corre dentro en chorros interminables, el nudo hinchándose más, sellándolos juntos, su semen tan abundante que sale a presión por los lados aunque estén atados.
Se quedan así casi veinte minutos, él derramándose dentro una y otra vez, ella temblando, llorando, apretándolo con cada contracción.
Cuando el nudo baja un poco, él no sale.
La gira con cuidado, la pone de lado, él detrás, todavía dentro, una garra rodeando su cintura posesivamente, la otra bajo su cabeza.
—Quédate quieta —ordena contra su nuca—. Voy a correrme dentro otra vez, y otra, y otra. Hasta que tu vientre esté hinchado de mí. Hasta que cada vez que respires huelas a mis cachorros.
Poppy solloza, pero asiente.
—Hazlo… lléname…
Quiero sentirte todo el día… toda la semana… todo el año…
Él vuelve a moverse, lento ahora, profundo, cada embestida rozando su cervix, el nudo empujando otra vez.
—Vas a oler a mí para siempre —susurra contra su oído—.
Aunque no te marque, todos van a saber que te follé.
Que te abrí.
Que eres mi Omega aunque no lleves mi mordida.
Ella gime, otro orgasmo construyéndose.
—Hazlo…
Quiero llevar tus cachorros… y tú aroma.
Quiero que todos sepan que soy tuya…
Él muerde su hombro, sin romper la piel, solo marcando territorio con los dientes.
—Eres mía —repite como un mantra—.
Mi Omega.
Mi nido.
Y se corre otra vez, más profundo, más caliente, llenándola hasta que el semen le baja por los muslos aunque él siga dentro.
Cuando finalmente salen del nudo, él la abraza fuerte, la cubre con todas las mantas, su cuerpo grande envolviéndola por completo.
Poppy está exhausta, temblando, pero sonríe contra su pecho.
—¿Me odias ahora? —pregunta bajito.
Él la besa en la frente, lento, casi reverente.
—No podría odiarte aunque quisiera.
Y en la celda sin salida, sin cámaras, sin nadie que los salve de sí mismos,
el Alfa más despiadado y la Omega más rota
se quedan dormidos atados por algo más fuerte que cualquier marca.
Porque aunque él no la mordió,
ella ya lleva su olor grabado en la piel.
Y él ya lleva su nombre tatuado en el alma.