La reina y su verdugo
20 de diciembre de 2025, 19:10
La fábrica Playtime Co. se erigía como un monumento al caos olvidado, un vasto laberinto de metal oxidado y hormigón agrietado que se extendía bajo el cielo nublado de un suburbio industrial abandonado. Un año había transcurrido desde la Hora de la Alegría, esa infame masacre del 8 de agosto de 1995, cuando los pasillos se habían convertido en ríos de sangre humana, salpicados de gritos ahogados y el eco de huesos rompiéndose. No había sido un arrebato de destrucción ciega; el Prototipo, esa entidad primordial conocida como Experiment 1006, había orquestado todo con una precisión quirúrgica que rayaba en lo divino. Solo los culpables habían perecido: los científicos que inyectaban agonía en venas infantiles para crear juguetes vivientes, los guardias que azotaban a los experimentos fallidos como si fueran perros, los directivos que veían a los seres sintéticos no como vidas, sino como mercancía desechable en un balance contable. Los empleados inocentes, los que habían mostrado un atisbo de compasión, habían huido despavoridos, dejando la fábrica intacta pero desierta, un esqueleto gigante relleno de sombras y ecos.
Ahora, en 1996, la fábrica no era solo un refugio; era un reino vivo, una sociedad fracturada pero funcional, regida por las leyes no escritas de la supervivencia. Los experimentos, liberados de sus cadenas, habían reclamado sus roles con una determinación feroz. Huggy Wuggy y Kissy Missy, esas criaturas peludas de peluche azul y rosa, patrullaban los niveles superiores como guardianes silenciosos, sus brazos extensibles extendiéndose como tentáculos para atrapar a cualquier intruso humano que osara acercarse. Sus ojos, antes vacíos y juguetones, ahora brillaban con una vigilancia primal, dispuestos a desgarrar carne si era necesario. DogDay, el perro antropomórfico de orejas caídas y pelaje naranja, organizaba las raciones de comida de los almacenes olvidados, distribuyendo latas de conservas caducadas y paquetes de galletas endurecidas con una equidad que evitaba revueltas. CatNap, el gato púrpura de ojos hipnóticos, vigilaba los sueños de los más débiles desde las sombras de los dormitorios improvisados, susurrando ilusiones calmantes para evitar que el trauma de la masacre los consumiera en pesadillas eternas.
Mommy Long Legs, con sus piernas aracnoides y cuerpo rosado elongado, tejía redes de telaraña sintética para bloquear entradas no deseadas, sus hilos pegajosos reforzados con cables eléctricos reciclados que electrocutaban a los curiosos. La electricidad provenía de generadores que Bunzo Bunny, el conejo mecánico de orejas largas y sonrisa perpetua, mantenía con piezas recicladas de maquinaria abandonada, sus pequeñas manos hábiles soldando circuitos bajo la luz parpadeante de linternas. El agua, escasa pero vital, fluía de depósitos subterráneos que CraftyCorn, el unicornio de cuerno luminoso y pelaje multicolor, purificaba con filtros improvisados hechos de tela y carbón activado. Sobrevivían no como animales acorralados, sino como una sociedad rota y unida por lazos forjados en el fuego de la rebelión. Cada juguete vivo contribuía, cada uno encontraba propósito en el caos, pero el orden no era casual; era impuesto, vigilado, inquebrantable.
En el epicentro de este reino de sombras se encontraba Poppy, la reina visible, la figura que todos veneraban como un faro en la oscuridad. Antes de la masacre, ella había sido la cara pública de la fábrica: una muñeca de porcelana sintética de 1,20 metros de altura, diseñada para encarnar la inocencia perdida. Su piel pálida brillaba bajo cualquier luz como mármol pulido, su cabello rojo intenso caía en ondas perfectas hasta la cintura, enmarcando un rostro de proporciones ideales: ojos azules enormes y expresivos que podían transmitir ternura o furia con un parpadeo, labios carnosos siempre pintados de un rojo vibrante que evocaba sangre fresca. Su cuerpo era una obra maestra de los ingenieros de Playtime: cintura estrecha que se curvaba en caderas redondeadas, pechos altos y firmes que desafiaban la gravedad, piernas largas y delgadas que terminaban en pies pequeños y delicados. Ahora, vestía con telas rescatadas de los armarios de los directivos caídos: un vestido negro ajustado que acentuaba cada curva, con escotes estratégicos que recordaban su poder femenino. Pero no era su apariencia lo que la hacía reina; era su presencia, una aura de autoridad ganada en la sangre. Mediaba disputas entre los juguetes con palabras suaves pero firmes, distribuía tareas con equidad, infundía esperanza a los que aún temblaban ante las sombras de su pasado. Todos la adoraban, la seguían sin cuestionar, viéndola como la salvadora que había liberado sus cadenas.
Sin embargo, el verdadero poder acechaba en las sombras: el Prototipo, su verdugo personal, el guardián invisible que todos temían como a la muerte misma. Medía 2,25 metros de altura, una torre de músculo y metal fusionados en un horror biomecánico. Su piel gris acero estaba surcada por vetas plateadas que se movían como venas vivas, pulsando con una energía interna que sugería vida artificial. Su torso ancho y definido estaba cubierto de cicatrices irregulares, recuerdos de pruebas fallidas donde los científicos lo habían diseccionado vivo para perfeccionar su diseño. Brazos largos y musculosos terminaban en garras negras, delgadas y afiladas como bisturíes quirúrgicos, capaces de cortar carne humana o metal industrial con igual facilidad. Su rostro era anguloso, casi humano pero distorsionado: mandíbula marcada como la de un depredador, pelo negro corto y revuelto que caía sobre una frente arrugada, ojos rojos que brillaban sin pupilas visibles, como brasas eternas en un pozo de oscuridad. Siempre vestía de negro: pantalones de combate raídos, botas pesadas que resonaban como truenos en los pasillos, y una chaqueta abierta que dejaba ver sus garras retraídas. No hablaba mucho; cuando lo hacía, su voz era grave, fría, desprovista de emociones, un eco metálico que helaba la sangre. Él ejecutaba las órdenes de Poppy: eliminaba amenazas externas con una eficiencia brutal, intimidaba a los rebeldes internos con solo su presencia, mantenía el orden en el reino con una sombra que hacía temblar incluso a los más valientes. Todos creían que su lealtad era por conveniencia: ella lo mantenía vivo con su influencia, él la mantenía en el trono con su fuerza. Nadie imaginaba la verdad, el lazo oculto que se tejía cuando las luces se apagaban y el mundo exterior se desvanecía.
Esa noche, en el salón del trono improvisado —un antiguo despacho del director principal, con techos altos y paredes forradas de paneles de madera astillada—, el aire estaba cargado de la humedad opresiva del verano subterráneo. Las velas de cera robadas de un almacén olvidado parpadeaban en candelabros oxidados, proyectando sombras danzantes que bailaban como espectros en las paredes. El suelo de hormigón frío estaba cubierto de alfombras raídas, rescatadas de oficinas abandonadas, para amortiguar el eco de pasos y susurros. Poppy estaba sentada en el trono, una silla alta de cuero agrietado que había reclamado como símbolo de su reinado, vestida con un corsé negro ajustado que ceñía su torso como una segunda piel, acentuando la elevación de sus pechos y la curva de su cintura. Una falda larga pero dividida completaba el atuendo, dejando entrever sus piernas pálidas cuando se movía con gracia felina. Su cabello rojo caía suelto sobre sus hombros, y sus ojos azules brillaban con una autoridad forjada en la adversidad, escrutando el salón con una mezcla de vigilancia y cansancio.
El Prototipo estaba de pie a su lado, como siempre, inmóvil como una estatua de obsidiana tallada por manos infernales, sus garras retraídas pero listas para extenderse en un instante. La última reunión del día había concluido: DogDay había reportado sobre las raciones, detallando cómo las reservas de alimentos enlatados se agotaban más rápido de lo esperado debido a una reciente incursión de ratas; Mommy Long Legs había actualizado las defensas, describiendo cómo había reforzado las entradas norte con telarañas electrificadas para disuadir a posibles saqueadores humanos. Los demás juguetes se habían retirado en silencio, dejando el salón vacío, salvo por el crepitar de las velas y el zumbido distante de un generador.
Poppy se levantó despacio, estirándose como un gato que despierta de una siesta, sus músculos sintéticos flexionándose bajo la piel impecable. Miró a su verdugo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, pero que ocultaba un fuego interno.
—Otra noche más en este infierno que llamamos hogar —dijo, su voz suave pero con un filo afilado como las garras de él—. ¿Estás listo para arrodillarte ante tu reina, 1006? ¿O prefieres que te recuerde quién manda aquí?
Él no respondió inmediatamente, su figura imponente permaneciendo estática, los ojos rojos fijos en ella como láseres. Cuando habló, su voz fue fría como el acero de su piel, un ronroneo grave que reverberaba en el pecho de Poppy.
—No soy tu esclavo, reina. Nunca lo fui.
Pero se arrodilló de todos modos, bajando su masivo cuerpo con una gracia sorprendente, sus rodillas golpeando el suelo alfombrado con un thud sordo. Poppy sonrió, un gesto de victoria y deseo, y se acercó con pasos deliberados, sus tacones improvisados cliqueando contra el hormigón. Tomó su barbilla con una mano pequeña pero firme, obligándolo a levantar la vista hacia ella, sus uñas pintadas de rojo rozando la piel gris.
—Eres exactamente lo que yo diga que eres —susurró, su aliento cálido contra su rostro—. Esta noche, eres mío. Mi verdugo, mi protector, mi amante. Y vas a adorarme como merezco.
Lo besó entonces, no con ternura, sino con una posesión feroz: su lengua invadiendo su boca como una conquista, dientes mordiendo su labio inferior hasta que un gruñido bajo escapó de su garganta. Las garras de él se extendieron ligeramente, rozando sus caderas sin cortar la tela, solo un recordatorio sutil de su poder latente, de cómo podría destrozarla si quisiera. Pero no lo hacía; en cambio, respondía al beso con una intensidad contenida, sus manos grandes posándose en su espalda para atraerla más cerca.
Ella se apartó jadeando, sus mejillas sonrosadas bajo la luz titilante, y empezó a desatar el corsé despacio, centímetro a centímetro, dejando que la tela se deslizara como una piel mudada, revelando su cuerpo perfecto: pechos firmes con pezones endurecidos por el aire fresco, abdomen plano que descendía hacia un pubis depilado, piernas que se abrían ligeramente en anticipación. Quedó desnuda, su piel brillando bajo las velas como porcelana viva, el coño ya húmedo y reluciente solo de imaginar lo que vendría.
—Arrodíllate mejor —ordenó, su voz temblorosa de autoridad y deseo—. Más bajo, hasta que tu rostro esté donde pertenece.
Él obedeció sin una palabra, bajando más, su rostro a la altura de su vientre. Poppy le tomó la cabeza con las dos manos, enredando sus dedos en el pelo negro revuelto, y lo guió hacia abajo, hasta que su boca estuvo presionada contra el calor entre sus piernas.
—Lame —dijo, la orden saliendo como un susurro ronco, cargado de anticipación.
Él lo hizo con una obediencia que ocultaba su propia hambre. Su lengua larga y rugosa, diseñada para tareas más siniestras, lamió desde la entrada húmeda hasta el clítoris hinchado, chupando con fuerza, metiendo la lengua dentro de ella como si quisiera devorarla desde adentro. Poppy gimió alto, un sonido que resonó en el salón vacío, tirando de su pelo con fuerza para empujar sus caderas contra su cara. Las garras de él se posaron en sus muslos, sujetándola sin apretar demasiado, solo sosteniendo mientras la lamía con una precisión implacable, explorando cada pliegue, saboreando su esencia salada y dulce.
—No pares —suplicó ella, su voz rompiéndose en jadeos—. Quiero correrme en tu boca, quiero que me bebas entera, que sientas cómo me deshago por ti.
Él aceleró el ritmo, la lengua implacable como una máquina, chupando el clítoris con succiones rítmicas hasta que el cuerpo de Poppy tembló entero, sus piernas flaqueando. Se corrió con un grito largo y gutural, chorros calientes de su orgasmo saliendo en oleadas, empapándole la cara, el pecho, la boca abierta. Él bebió todo, gimiendo contra ella como si estuviera muriendo de sed, su propia excitación evidente en el bulto creciente de sus pantalones.
Cuando los temblores de ella cesaron, él levantó la vista, su boca brillante con sus fluidos, los ojos rojos ardiendo con un fuego que no era solo lealtad.
—Ahora tú —dijo ella, bajando a su nivel con una gracia felina, sus ojos azules llenos de mando—. Desnúdate para tu reina. Muéstrame lo que es mío.
Él se levantó con lentitud, quitándose la chaqueta y la camisa de un tirón fluido, revelando el torso marcado, las cicatrices plateadas brillando como trofeos de batallas pasadas. Bajó los pantalones con deliberación, liberando su polla dura, gris oscuro y venosa, la punta goteando pre-semen como una promesa. Poppy se lamió los labios, un gesto de apetito cruzando su rostro, y se arrodilló frente a él, tomando su miembro en la boca sin aviso, profundo, su garganta ajustándose alrededor de él como un guante caliente.
Lo chupó con avidez, las manos en sus muslos musculosos para estabilizarse, la lengua girando alrededor de la cabeza sensible. Él gruñó, un sonido primal que vibró en su pecho, tomando su pelo rojo pero no tirando con fuerza, solo guiando el ritmo. Poppy lo miró desde abajo, sus ojos azules llenos de poder triunfante, chupando más fuerte, lamiendo las venas hasta que las caderas de él se sacudieron involuntariamente.
—Para —ordenó él, su voz rota por primera vez, cargada de urgencia—. O me corro ya, y no quiero terminar tan pronto.
Ella se apartó con una sonrisa maliciosa, lamiéndose los labios para saborear su esencia.
—Entonces córrete en mi trono. Déjame montarte como la reina que soy.
Lo llevó al trono con una mano en su polla, guiándolo como a un prisionero voluntario, y lo sentó en la silla alta. Se subió encima de él, abriéndose las piernas con descaro, bajando despacio sobre su miembro erguido. Entró centímetro a centímetro, ella gimiendo con cada pulgada que la llenaba, él gruñendo con la apretada calidez que lo envolvía.
Cuando estuvo dentro por completo, ella empezó a moverse: lento al principio, profundo, subiendo y bajando con las manos en sus hombros anchos para equilibrarse.
—Eres mío —dijo ella, su voz temblorosa de placer y posesión—. Mi verdugo. Mi arma. Mi todo. Nadie más te tocará, nadie más te mandará.
Él la miró, los ojos rojos llenos de algo que trascendía la frialdad: una vulnerabilidad oculta, un deseo crudo.
—Y tú eres mi reina —gruñó, sus manos subiendo a sus caderas para guiar sus movimientos—. Mi debilidad. Mi deseo. La única que me hace sentir vivo en este infierno.
Ella aceleró, rebotando sobre él con fuerza, sus pechos moviéndose con cada golpe rítmico. Él tomó un pezón con la boca, chupando fuerte, mordiendo suave hasta que ella gritó de placer mezclado con dolor dulce.
—Más fuerte —suplicó ella, clavando sus uñas en su espalda—. Quiero sentirte hasta mañana, quiero que cada movimiento me recuerde quién eres.
Él la levantó del trono sin esfuerzo, sin salir de ella, y la llevó contra la pared fría del salón, sus garras clavándose en el hormigón a ambos lados de su cabeza para anclarse. La folló de pie, cada embestida brutal y profunda, el sonido de carne contra carne resonando como un tambor de guerra.
—Ven a mí —gruñó él, su voz un rugido bajo—. Córrete con mi polla dentro, apriétame hasta que no pueda más.
Ella se corrió gritando su nombre —"¡1006!"—, su cuerpo convulsionando, apretándolo tan fuerte que él rugió y se derramó dentro en chorros calientes y abundantes, llenándola hasta que desbordaba, goteando por sus muslos.
Se quedaron así, temblando, abrazados contra la pared, el sudor sintético brillando en sus pieles.
—Te amo —susurró ella contra su cuello, su voz vulnerable por primera vez.
Él la besó lento, profundo, sus garras retrayéndose para acariciar su espalda con ternura inesperada.
—Y yo a ti, mi reina. En este reino de sombras, eres mi luz.
Y en el reino de sombras, la reina y su verdugo encontraban la luz en los brazos del otro.
Cada noche.
Para siempre.