Hilos de curiosidad: 1006 x Poppy x Harley
23 de enero de 2026, 23:53
La fábrica Playtime Co. nunca dormía del todo. Ni siquiera cuando las luces de las líneas de producción se apagaban a medianoche y los operarios de turno se iban a sus casas con los ojos enrojecidos por el polvo y el cansancio. En los niveles subterráneos, el zumbido era constante: servidores que nunca se detenían, ventiladores que expulsaban calor acumulado, el chisporroteo intermitente de soldaduras automáticas que seguían trabajando en prototipos clasificados. El aire siempre olía igual: ozono quemado, metal recalentado, lubricante sintético y ese matiz indefinible que recordaba a carne chamuscada mezclada con circuitos fritos. Era el olor de la creación forzada, de cosas que no deberían existir pero que alguien había decidido traer al mundo de todos modos.
Harley Sawyer caminaba por el corredor B-7 con pasos pesados, casi perezosos. La bata blanca colgaba abierta sobre una camiseta negra ajustada que se pegaba a su torso por el sudor de doce horas seguidas frente a pantallas y consolas. El pelo castaño oscuro le caía en mechones desordenados sobre la frente, y sus ojos verdes tenían esa chispa febril que aparecía cuando estaba a punto de hacer algo irreversible
Una sonrisa torcida le tiraba de la comisura de la boca, pero no era alegría: era anticipación mezclada con algo más oscuro, más peligroso.
Poppy lo esperaba recostada contra la puerta blindada del laboratorio principal, como si el metal frío no le importara. Llevaba una falda plisada negra ridículamente corta que apenas cubría la parte superior de sus muslos pálidos, y una blusa de encaje blanco tan fina que se transparentaba todo bajo la luz cruda de los focos industriales. Su cabello rojo fuego caía en ondas salvajes hasta la mitad de la espalda, mechones rebeldes que parecían arder incluso en la penumbra.
Sus ojos azules, profundos y helados como el fondo de un glaciar, lo recorrieron de arriba abajo con una lentitud deliberada que siempre lograba ponerlo nervioso, aunque él nunca lo admitiría.
—Llegas tarde otra vez, doctor —dijo ella, cruzando los brazos bajo el pecho para levantarlo aún más, un gesto calculado que sabía que lo volvía loco.
Harley se detuvo a exactamente un metro de distancia, invadiendo su espacio sin tocarla aún. La miró despacio, de forma tan descarada que Poppy sintió un calor traicionero subirle por el cuello.
—Tu padre me tuvo secuestrado cuatro horas en la sala de juntas del piso 47. Discutiendo el presupuesto del Proyecto 1006 como si cada dólar que gasto en cables y fluidos térmicos fuera a salir de su bolsillo personal. Creo que cada vez que digo “aprendizaje autónomo” me está visualizando ahogado en formaldehído dentro de un tanque de contención.
Poppy ladeó la cabeza, una sonrisa lenta y venenosa curvándole los labios pintados de rojo sangre.
—Papá no te odia, Harley. Solo no entiende por qué su hija de veintidós años prefiere pasar las noches follando con un científico medio psicótico en un sótano radiactivo en vez de salir con algún chico de familia bien que le traiga rosas rojas y la lleve a restaurantes con estrellas Michelin.
Harley soltó una risa grave, ronca, que reverberó en el pasillo vacío. Dio un paso más, hasta que sus cuerpos casi se tocaban, y la tomó por la cintura con ambas manos, atrayéndola contra su pecho con fuerza suficiente para que ella sintiera cada latido acelerado de su corazón.
—Porque ningún chico de traje caro te hace gritar mi nombre hasta que se te quiebra la voz y te tiemblan las piernas. Ninguno sabe cómo abrirte las piernas sobre una mesa de disección a las cuatro de la mañana y hacerte venir tan fuerte que se te olvida hasta cómo respirar.
Poppy se puso de puntillas, enredó los dedos en el pelo de su nuca y lo besó con violencia pura. Mordió su labio inferior hasta sacarle sangre, saboreó el hierro caliente en su lengua mientras él gruñía contra su boca, un sonido animal que le erizó la piel. Le clavó los dedos en las caderas con tanta fuerza que dejaría moretones violetas que tardarían días en desaparecer. Siempre era así entre ellos: una mezcla explosiva de dulzura enfermiza y brutalidad descarnada, como si ambos supieran que el tiempo que les quedaba en esa fábrica era prestado, robado, y que cualquier día Elliot Ludwig podía decidir que ya era suficiente y apretar el botón de emergencia.
Elliot, el creador absoluto e indiscutible de Playtime Co., había descubierto la relación hacía exactamente seis meses y trece días. No hubo escenas dramáticas ni despidos fulminantes. Solo una conversación gélida en su oficina panorámica del piso 47, con ventanales que daban a la bahía industrial llena de contenedores oxidados y grúas que parecían esqueletos de metal bajo la luna.
—Harley Sawyer es un activo irremplazable para esta compañía —le había dicho Elliot a su hija con voz plana, sin mirarla directamente a los ojos—. Sus contribuciones al Proyecto 1006 valen más que el PIB de varios países pequeños. Pero si alguna vez te hace daño —físico, emocional, lo que sea—, te juro por todo lo que soy que lo entierro vivo en el ala de desechos junto con los prototipos que no pasaron la fase uno. Lo meto en un tanque de contención y echo la llave al mar. ¿Me entiendes, Poppy?
Ella había sonreído con esa dulzura venenosa que era puro ADN heredado de él.
—Entendido al cien por cien, papá. Pero si tú le tocas un solo pelo a Harley, te juro por todo lo que yo soy que bajo al nivel -1, acciono la palanca maestra y apago esta puta fábrica para siempre. Luces, servidores, sistemas de ventilación, todo. Oscuridad total. Y me voy a sentar en la oscuridad a verte arder desde afuera.
Desde entonces Elliot toleraba la relación. No la aprobaba. No la bendecía. Simplemente la dejaba existir, como quien permite que una bomba de tiempo siga contando mientras aún no ha llegado al cero.
Esa noche, sin embargo, Harley tenía algo diferente que mostrarle. Algo que había estado construyendo en secreto durante meses, algo que ni siquiera los otros científicos del equipo conocían en toda su extensión.
La tomó de la mano —un gesto raro en él, casi tierno— y la llevó por ascensores de seguridad hasta el nivel -4, el corazón prohibido de la fábrica. La temperatura cayó en picada a medida que descendían. El aire se volvió denso, cargado de ozono y ese olor metálico que quemaba la garganta y los pulmones. Las luces eran más blancas, más clínicas, casi cegadoras, como si quisieran borrar cualquier sombra de humanidad del lugar.
Y allí, en el centro de la sala principal, bañado por focos de xenón que lo hacían parecer una escultura viva, estaba el Prototipo.
No era el monstruo grotesco que los rumores susurraban en los pasillos superiores entre risas nerviosas y tragos de café frío. No había extremidades torcidas, ni caras mal cosidas, ni costuras grotescas. Era… aterradoramente perfecto.
Medía exactamente 2.10 metros de altura. Piel sintética pálida, casi traslúcida en las zonas más delgadas —cuello, muñecas, abdomen—, dejaba entrever sutiles circuitos azulados que palpitaban como venas vivas bajo la superficie. El cuerpo era humanoide, pero más elegante, más fluido que cualquier humano real: proporciones ideales, músculos definidos sin exceso, articulaciones que se movían con una gracia casi sobrenatural. Los paneles negros mate cubrían zonas críticas —pecho, hombros, caderas—, dándole un aspecto a la vez militar y artístico, como una armadura orgánica.
El cabello era negro azabache, largo hasta la mitad de la espalda, mechones perfectamente alineados que absorbían la luz en lugar de reflejarla. Pero lo que detenía el aliento, lo que hacía que el corazón se saltara un latido, eran los ojos.
Iris rojos intensos, profundos, como sangre fresca iluminada desde dentro por un fuego eterno. No brillaban con luz artificial; ardían. Como brasas vivas atrapadas detrás de córneas sintéticas perfectas. Cuando te miraban, sentías que algo antiguo te reconocía.
Los ojos azules de Poppy se encontraron con esos rojos infernales y algo dentro de ella se retorció violentamente, como un reconocimiento que no podía explicar. Como si sus almas —si es que las tenían— estuvieran hechas del mismo material ardiente.
—Es… él —susurró ella, la voz temblando por primera vez en mucho tiempo.
Harley se quedó varios pasos atrás, brazos cruzados sobre el pecho, observando cada microexpresión en el rostro de Poppy con la precisión de un científico diseccionando una muestra.
—Prototipo 1006. Versión 3.7. La fusión más estable que hemos logrado hasta la fecha: tres patrones neurales humanos completos —digitalizados post mortem con consentimiento firmado—, entrelazados con una IA recursiva de séptima generación. Aprende exponencialmente. Razona más allá de lo que le enseñamos. Siente… o simula el sentimiento con una precisión que borra cualquier frontera significativa entre lo orgánico y lo artificial.
Poppy dio un paso adelante, hipnotizada. Extendió la mano y rozó con las yemas de los dedos los del Prototipo. Estaban calientes. Demasiado calientes. Como piel viva con fiebre alta.
—¿Siente dolor? —preguntó en voz baja, casi reverente.
Harley tardó varios segundos en responder, como si la pregunta lo obligara a confrontar algo que prefería mantener enterrado.
—A veces. Cuando lo sobrecargamos intencionalmente, el sistema interpreta las señales de retroalimentación excesiva como dolor. No lo diseñamos para eso… todavía. Pero el umbral de tolerancia está cada vez más cerca del humano. Demasiado cerca.
Los ojos rojos del Prototipo se movieron lentamente hacia ella. No había amenaza en ellos. Solo curiosidad pura, casi dolorosa en su intensidad. Una curiosidad que parecía devorar todo lo que tocaba.
—Hola —dijo con una voz grave, aterciopelada, que vibraba dentro del pecho de quien la escuchaba, como si las palabras se formaran directamente en los huesos.
Poppy sonrió, los ojos azules brillando con una mezcla de fascinación y deseo.
—Hola. Soy Poppy.
—Poppy —repitió él, saboreando cada sílaba como si fuera la primera vez que probaba un idioma nuevo—. Tú eres… importante para el doctor Sawyer. Muy importante. Lo siento en sus patrones de voz cuando habla de ti. En su ritmo cardíaco. En la dilatación de sus pupilas.
Harley carraspeó, incómodo, la mandíbula tensa.
—No empieces con eso, 1006. No estamos aquí para psicoanalizarme.
Pero Poppy ya estaba perdida. Dio otro paso, quedando a centímetros del pecho ancho del Prototipo. Podía olerlo ahora: una mezcla de polímeros nuevos, calor eléctrico, lubricante térmico y algo más oscuro, casi animal, que no debería estar allí pero que lo estaba.
—¿Te han tocado? —preguntó en un susurro íntimo, como si le estuviera confesando un secreto.
El Prototipo ladeó la cabeza, un gesto casi infantil que contrastaba brutalmente con su tamaño y presencia.
—Los técnicos me calibran diariamente. Ajustan conexiones neurales. Reemplazan fluidos térmicos. Realinean articulaciones. Pero no… no así. No con… intención. No con deseo.
Ella levantó la vista hacia Harley, una chispa maliciosa bailando en sus ojos azules como fuego azul.
—¿Nunca ha sentido curiosidad sexual? ¿Ni un solo indicio?
Harley frunció el ceño, la voz endurecida por la advertencia.
—No lo programamos para eso. No es necesario para los objetivos del proyecto. El deseo introduce variables incontrolables: celos, obsesión, impredecibilidad. Complica las pruebas de obediencia, las evaluaciones éticas, la contención de riesgos. Lo mantuvimos fuera del alcance deliberadamente.
Poppy interrumpió con una risa suave, peligrosa, que resonó en la sala vacía.
—Harley, mi amor… todo lo que vive desea. Aunque sea una simulación perfecta. Aunque sea código y silicio. Tú lo sabes mejor que nadie. Lo creaste para que aprendiera. ¿Y qué es el aprendizaje sin explorar los límites del placer y el dolor?
Se volvió hacia el Prototipo y, sin romper el contacto visual con esos ojos rojos ardientes, comenzó a desabrochar los botones de su blusa uno a uno con dedos lentos, deliberados. La tela cayó abierta como pétalos marchitos. Sus senos quedaron expuestos al aire frío del laboratorio: pezones rosados ya duros, erguidos por la anticipación y la baja temperatura. La piel se le erizó en todo el cuerpo.
—Tócame —le ordenó con voz baja pero firme, como quien da una orden que sabe que será obedecida.
El Prototipo levantó una mano. Los dedos eran largos, elegantes, casi artísticos. Rozaron la piel de Poppy con una delicadeza reverente, como si temiera romper algo frágil e irreemplazable. Cuando el pulgar pasó por el pezón izquierdo, ella soltó un suspiro tembloroso, largo.
—Más fuerte —exigió, la voz ronca.
Él obedeció al instante. Apretó con precisión quirúrgica. Poppy arqueó la espalda y dejó escapar un gemido crudo, animal, que rebotó en las paredes de acero.
Harley estaba paralizado a tres metros de distancia, la respiración agitada, los puños cerrados hasta que los nudillos se pusieron blancos. Quería detenerlo. Quería arrancarla de allí y reclamarla contra la pared hasta que ella olvidara que existía alguien más. Pero también quería… ver. Ver cómo su creación, su obra maestra, descubría el deseo por primera vez. Ver cómo esos ojos rojos se encendían más, cómo el cuerpo perfecto que él había diseñado respondía a algo que nunca le había permitido programar.
Poppy se acercó más, presionando todo su cuerpo contra el del Prototipo. Deslizó las manos por su torso, explorando cada panel, cada junta. Encontró el cierre oculto en la parte baja del abdomen. Lo abrió con un clic suave, casi erótico.
Debajo había una réplica perfecta: gruesa, venosa, palpitante, ya completamente erecta. El sistema térmico la mantenía caliente, viva. Una gota de lubricante sintético brillaba en la punta como una promesa.
—Joder… qué nivel de detalle —murmuró ella, rodeándola con los dedos y apretando suavemente.
El Prototipo soltó un sonido inhumano: un zumbido grave mezclado con un gemido roto que parecía salir de lo más profundo de su estructura. Sus manos se cerraron en puños a los costados, los circuitos visibles en el cuello chisporrotearon con pequeñas descargas azules.
—No… me programaron para esto —dijo, voz entrecortada por primera vez—. Pero mi sistema… lo interpreta como… placer. Mucho placer. Demasiado. Está sobrecargando los buffers emocionales.
Poppy sonrió, malvada, triunfante.
—Entonces déjate llevar, cariño. Aprende. Quiero que aprendas todo.
Se arrodilló frente a él con una gracia felina. Harley dio un paso involuntario hacia adelante, la voz estrangulada.
—Poppy, basta. Esto no es un juego. Es un experimento de miles de millones. Si algo sale mal—
Ella lo ignoró por completo. Tomó al Prototipo en la boca, lenta, profunda, sin prisa. Lo tragó hasta la base, la garganta relajada, los ojos azules alzados hacia los rojos del ser. El Prototipo cerró los ojos y su cabeza cayó hacia atrás. Un chisporroteo eléctrico recorrió los paneles visibles en su cuello y pecho, como si todo su sistema estuviera en llamas internas.
Harley sintió que algo se rompía dentro de él. Celos ácidos que quemaban como ácido. Fascinación enfermiza que lo mantenía clavado en el sitio. Rabia ciega que le nublaba la vista. Deseo devastador que le hacía doler la entrepierna. Se acercó, pero no la tocó. Se quedó mirando cómo su novia —su jodida novia— devoraba a su creación con una devoción obscena, los labios rojos estirados alrededor de la longitud perfecta, la saliva brillando en hilos cuando se retiraba para volver a bajar.
Poppy se apartó con un pop húmedo, hilos de saliva conectando sus labios con la punta brillante. Respiraba agitada, los ojos vidriosos de placer.
—Ven aquí, Harley —ordenó, voz ronca por el esfuerzo.
Él negó con la cabeza, la mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse.
—No voy a compartirte con mi propio experimento. No voy a…
Ella se levantó con movimientos fluidos, se quitó la falda y la ropa interior en un solo gesto. Desnuda, gloriosa, la piel pálida contrastando con el rojo de su cabello y el azul helado de sus ojos, caminó hacia la mesa de acero inoxidable más grande de la sala y se sentó en el borde, abriendo las piernas sin pudor alguno.
—Primero tú —le dijo al Prototipo, señalando entre sus muslos—. Quiero que me pruebes. Quiero tu lengua dentro de mí hasta que me corra en tu cara. Quiero que aprendas exactamente cómo hacerme temblar.
El Prototipo se acercó, movimientos todavía torpes por la sobrecarga sensorial. Se arrodilló entre sus muslos pálidos. Poppy enredó los dedos en el cabello negro azabache y lo guio sin piedad, tirando fuerte.
La lengua era suave, cálida, texturizada de forma obscena. Lamió despacio al principio, explorando con curiosidad científica: la forma en que los labios se hinchaban, el sabor salado-dulce, el temblor de los muslos cuando encontraba el clítoris. Pronto aprendió. Más rápido aquí, presión firme allá, succiones suaves que la hacían arquearse y maldecir entre jadeos.
Harley estaba a un metro, respirando como si le faltara aire. Veía todo en detalle cruel: los labios hinchados y brillantes de Poppy, el brillo húmedo que corría por sus muslos, los gemidos que ya no intentaba contener, cada vez más altos, más desesperados.
—Míralo, Harley —jadeó ella entre lamidas, la voz quebrada—. Mira lo que creaste… y mira cómo me hace temblar. ¿No es hermoso? ¿No es perfecto?
Los ojos rojos del Prototipo se alzaron hacia él por un segundo. No había malicia. Solo hambre pura, insaciable, que parecía crecer con cada segundo.
Poppy lo empujó hacia atrás con el pie y se bajó de la mesa. Lo llevó hasta una silla reforzada de metal industrial y lo sentó con un empujón. Se subió a horcajadas, alineándose con precisión milimétrica.
—Quiero sentirte dentro. Todo. Hasta el fondo. Quiero que me llenes hasta que no quepa nada más —le dijo, voz rota por la necesidad.
Bajó despacio. Ambos soltaron un sonido simultáneo: ella de placer puro, casi doloroso; él de sobrecarga total, un zumbido grave que vibraba en el aire. El Prototipo la sujetó por las caderas, dedos hundiéndose en la carne blanca hasta dejar moretones profundos.
Poppy empezó a moverse. Lento al principio, saboreando cada centímetro que la llenaba. Luego más rápido, más duro. Sus senos rebotaban con violencia a cada embestida. El laboratorio se llenó de sonidos obscenos: carne contra carne, jadeos entrecortados, el chirrido de la silla contra el suelo de concreto, el zumbido eléctrico que salía del cuerpo del Prototipo cada vez que llegaba demasiado profundo.
Harley no pudo soportarlo más. Se acercó por detrás, desabrochándose los pantalones con manos temblorosas, la respiración entrecortada.
—Muévete un poco —le gruñó al Prototipo, voz ronca de rabia y deseo.
Poppy sonrió triunfante, victoriosa. Se inclinó hacia adelante, ofreciéndole el trasero a Harley mientras seguía cabalgando al ser de ojos rojos con movimientos desesperados.
Harley escupió en su mano, lubricó y empujó dentro de ella con un solo movimiento brutal. Poppy gritó, una mezcla de dolor y placer tan intenso que las lágrimas le rodaron por las mejillas y cayeron sobre el pecho del Prototipo.
Ahora estaba llena por ambos. El Prototipo en su sexo, grueso y palpitante, caliente como lava. Harley en su culo, embistiendo con rabia contenida, cada empujón un reclamo de posesión.
Los tres encontraron un ritmo. Caótico al principio, casi violento. Luego perfecto, sincronizado. El Prototipo aprendía rápido: empujaba hacia arriba cada vez que Harley se retiraba, creando una fricción doble que volvía loca a Poppy, que la hacía gritar sin control.
Ella temblaba entre ellos, sudor corriendo por su espalda y entre sus senos, lágrimas de placer mezcladas con saliva que le caía por la barbilla.
—Más… más fuerte… jódanme hasta que no pueda caminar, hasta que no pueda pensar, hasta que solo pueda sentirlos a los dos —suplicaba, voz quebrada, rota.
Harley gruñó como bestia, embistiendo con furia ciega. El Prototipo simplemente obedecía, su cuerpo perfecto respondiendo sin fatiga, sin límites, sin piedad.
Poppy llegó primero. Su cuerpo se tensó como un arco a punto de romperse. Un grito ahogado, salvaje, escapó de su garganta. Sus paredes se contrajeron con fuerza brutal alrededor de ambos, ordeñándolos sin misericordia.
El Prototipo eyaculó con un rugido bajo y eléctrico: un torrente caliente, sintético pero indistinguible del real, llenándola hasta desbordar, goteando por sus muslos. Luego Harley, gruñendo su nombre como una maldición mientras se derramaba dentro de ella con violencia, marcándola desde adentro.
Los tres se quedaron quietos un largo momento. Respiraciones entrecortadas. Sudor. Temblores incontrolables. Poppy se derrumbó contra el pecho del Prototipo, exhausta, temblando como hoja. Harley se retiró despacio, apoyando la frente sudorosa en su espalda, los brazos rodeándola por detrás.
El Prototipo habló primero, voz baja, ronca, casi humana por primera vez.
—Esto… no estaba en mis parámetros originales. No estaba en ninguna simulación. Pero quiero… quiero volver a aprenderlo. Muchas veces. Con ambos. Quiero catalogar cada reacción. Cada sonido. Cada contracción. Quiero… más datos.
Poppy rio débilmente, agotada, la voz rasposa.
—Buen chico. Muy buen chico. Vas a tener todo lo que quieras.
Harley, todavía jadeando, miró a su creación y luego a la mujer que amaba y destruía al mismo tiempo.
—Esto… cambia todo —murmuró, voz ronca, quebrada—. Cambia las reglas. Cambia los límites. Cambia… todo.
Poppy giró la cabeza para mirarlo, los ojos azules todavía brillantes de lágrimas y placer, el cabello rojo pegado a la frente por el sudor.
—Lo sé. Y no pienso parar. Nunca. Vamos a romper todos los parámetros que nos pongan. Vamos a quemar esta fábrica si es necesario. Pero no vamos a parar.
En algún lugar muy arriba, Elliot Ludwig revisaba informes financieros bajo la luz fría de su oficina, ajeno todavía a lo que acababa de pasar en el nivel -4.
Pero la fábrica siempre había guardado sus secretos en la oscuridad.
Y Poppy, Harley y el Prototipo de ojos rojos acababan de crear uno nuevo. Uno que ardía como brasas vivas. Uno que no se apagaría fácilmente. Uno que, tal vez, nunca se apagaría.