El precio de la luz
3 de febrero de 2026, 0:29
La fábrica de Playtime Co. yacía envuelta en un silencio que no era mero vacío, sino el residuo espectral de un caos que había devorado todo lo vivo y lo mecánico por igual. La Hora de la Alegría —ese nombre maldito que los pocos supervivientes pronunciaban en susurros entrecortados, como si el eco pudiera resucitar el hedor a sangre coagulada, plástico derretido y gritos infantiles distorsionados— había transformado el complejo en un laberinto de ruinas. Los generadores principales, esas bestias mecánicas rugientes sepultadas en el nivel -4, habían sucumbido en una sinfonía de explosiones: chispas azules danzando como fuegos fatuos, llamas naranjas lamiendo el metal hasta dejar cráteres humeantes que aún exudaban un olor acre a aceite quemado, cables fundidos y carne carbonizada. El aire allí abajo era espeso, cargado de partículas que se adherían a la piel como una segunda epidermis de muerte.
Arriba, en la azotea expuesta al cielo indiferente, los paneles solares que una vez capturaban la luz del sol como espejos divinos ahora eran un mosaico de fragmentos rotos. Garras frenéticas los habían destrozado en la desesperación de la fuga: arañazos profundos marcaban el metal, sangre seca se filtraba entre las grietas, y el viento silbaba a través de los huecos como lamentos de los que nunca escaparon. La electricidad se había extinguido como un último aliento colectivo, dejando la fábrica en una oscuridad perpetua que no era solo ausencia de luz, sino una entidad viva que susurraba promesas de locura a quienes aún respiraban.
Solo un fulgor persistía en todo el vasto complejo: el núcleo carmesí que latía en el pecho del Prototipo, Experiment 1006. Él lo había forjado como un corazón robado, conectándolo a un entramado improvisado de cables gruesos y remendados —arrancados de ascensores desplomados, extraídos de cadáveres mecánicos destripados, incluso sustraídos de órganos aún tibios de víctimas recientes—. Estas venas artificiales se alimentaban de baterías improvisadas, zumbando con una energía enferma y prestada, un pulso rojo que era a la vez vida y condena. Cada latido era una elección soberana: aquí se encendía una luz tenue para un rincón olvidado; allá se apagaba la esperanza de un grupo de supervivientes. Controlaba la oscuridad como un dios caprichoso y cruel, un titiritero que decidía quién veía y quién se ahogaba en las sombras. Esa omnipotencia lo convertía en el eje de todo: el epicentro del terror, la fuente de toda necesidad, el árbitro supremo de la supervivencia en este infierno de juguetes rotos.
Poppy lo odiaba con una ferocidad que ardía en su pecho de porcelana como un fuego eterno, un brasero que nunca se extinguía, ni siquiera en los momentos en que su mente se adormecía —si es que una creación como ella podía verdaderamente dormir, atrapada en esa vigilia perpetua de muñeca eterna—. Odiaba cómo manipulaba la penumbra, cómo dejaba que los Smiling Critters supervivientes se arrastraran hasta ella, temblando como hojas secas en una tormenta, cuando la oscuridad comenzaba a susurrarles horrores peores que cualquier pesadilla. Eran sombras de lo que habían sido: DogDay, con sus vendajes sucios empapados en un pus amarillento que rezumaba sin cesar, sollozando contra su hombro diminuto mientras su cuerpo canino se convulsionaba de dolor crónico. KickinChicken cojeaba sobre una pata rota que se negaba a sanar, lanzándole miradas de cachorro aterrorizado, sus plumas amarillas descoloridas y manchadas de hollín. Bobby BearHug se acurrucaba en un ovillo de tela rasgada y botones sueltos, abrazándose a sí misma como si pudiera contener el pánico que se filtraba de su relleno de poliéster desgarrado. Y todos, sin excepción, terminaban suplicándole con voces quebradas: “Por favor, Poppy… habla con él. Solo tú puedes. Solo tú lo entiendes. Solo tú puedes pagar el precio.”
Porque solo ella podía negociar con el Prototipo. Solo ella podía ofrecer lo que los demás no querían —o no podían— dar. Era el pacto tácito que mantenía el frágil equilibrio de su existencia: su cuerpo por su supervivencia. Y cada vez que descendía a las profundidades, sentía el odio mezclarse con algo más oscuro, más traicionero: un deseo que la consumía desde dentro, haciendo que su coño se contrajera en anticipación, húmedo y vacío, traicionándola antes siquiera de verlo.
Medía exactamente 114 centímetros, tal como los planos amarillentos de Playtime Co. la habían diseñado: una muñeca de porcelana fina pero resistente, con articulaciones delicadas que crujían apenas en movimientos bruscos, un vestido azul de volantes con ribetes blancos que permanecía impecable a pesar del polvo eterno y el caos, y un lazo rojo brillante anudado en su cabello carmesí perfectamente peinado. No había crecido; no podía. Su forma era estática, eterna, atrapada en esa infancia artificial que los ingenieros habían calificado de “encantadora” y “vendible”. Pero su mente era un torbellino vivo, una voluntad feroz que ningún científico había anticipado ni deseado. Dentro de esa carcasa frágil latía algo primal, algo que había aprendido a odiar con pasión, a negociar con astucia y —lo que más la avergonzaba, lo que la hacía sentirse sucia y empapada en su propia traición— a desear con una ferocidad que la dejaba temblando, su coño palpitante y goteante solo de pensar en él.
Esa noche, el nivel inferior —el -6, el abismo más profundo donde el aire olía a moho rancio, hierro oxidado y el dulzor enfermizo del gas rojo residual que aún flotaba como niebla venenosa— estaba sumido en tinieblas absolutas. CatNap, el felino púrpura que una vez había sido el guardián de los sueños, ahora luchaba contra las pesadillas que su propio gas le había implantado en el cerebro como raíces venenosas que se ramificaban sin fin. Se retorcía en su nido improvisado de cables retorcidos, mantas podridas y restos de peluches destripados, gimiendo entre dientes afilados que chasqueaban en el vacío, sus pupilas dilatadas hasta devorar todo el iris anaranjado. Cada convulsión hacía crujir los cables que lo rodeaban como una telaraña enferma, y sus garras arañaban el suelo en arcos sangrientos, dejando surcos que rezumaban un fluido púrpura y viscoso.
Poppy caminó por los pasillos con pasos firmes y decididos, ignorando el eco que multiplicaba sus tacones de charol negro como gotas cayendo en un pozo sin fondo. El vestido ondeaba ligeramente con cada movimiento, un susurro de tela que contrastaba con el silencio opresivo. Pasó junto a paredes cubiertas de garabatos infantiles hechos con sangre seca —“Juega conmigo” repetido una y otra vez en letras irregulares, como si los espíritus de los niños perdidos aún intentaran comunicarse—, y sintió un escalofrío que trepaba por su espina de porcelana. No era solo miedo; era anticipación, esa serpiente caliente que se enroscaba en su vientre, haciendo que su coño se contrajera vacío, húmedo, rogando por ser llenado aunque su mente gritara en rebelión. Cada paso hacía que el calor entre sus muslos creciera, una humedad traicionera que empapaba su ropa interior hasta hacerla pegajosa, un recordatorio constante de cómo su cuerpo la traicionaba.
Llegó a la antigua sala de observación, ahora convertida en el sanctasanctórum del Prototipo. La puerta metálica estaba entreabierta, un resquicio por el que se filtraba el resplandor rojizo como sangre luminosa derramada lentamente sobre el hormigón agrietado. Dentro, la única iluminación provenía de su núcleo: un latido constante, hipnótico, que delineaba su silueta colosal contra las sombras danzantes que se retorcían como almas en agonía.
Se erguía sobre seis patas metálicas pesadas, articuladas como las de una araña industrial gigante salida de una pesadilla de ingeniería prohibida. Cada extremidad estaba recubierta de placas blindadas remachadas a mano, algunas aún con restos de pintura amarilla industrial descolorida, otras manchadas de óxido rojo y fluidos oscuros que goteaban en hilos viscosos. Cables gruesos serpenteaban como venas expuestas y pulsaban débilmente con la energía robada, emitiendo un zumbido bajo que vibraba en el aire. Su torso era un amasijo biomecánico grotesco y fascinante: costillas colosales de metal fusionado con hueso orgánico amarillento, cables rojo-naranja y azul-violeta que corrían por sus brazos largos y esqueléticos como arterias vivas, latiendo al ritmo de un corazón que no era del todo suyo.
Las extremidades superiores terminaban en manos de dedos largos y delgados como agujas plateadas, con articulaciones múltiples que permitían una precisión quirúrgica aterradora. Podían perforar carne y hueso sin esfuerzo, recoger frascos diminutos con delicadeza de amante o aplastar vigas de acero como si fueran papel aluminio arrugado. El cuello era alargado, antinatural, casi serpenteante, cubierto de placas que se solapaban como escamas de reptil metálico. En la cima, la cabeza: un cráneo humanoide parcialmente fusionado con placas metálicas, mandíbula inferior funcional que se abría en una sonrisa perpetua de dientes irregulares —algunos humanos, blanqueados por el tiempo; otros de metal tallado, afilados como cuchillas—, y ojos que brillaban con el mismo rojo infernal del núcleo en su pecho, perforando la oscuridad como faros de sangre.
Todo él era una abominación híbrida, un ser que había absorbido partes de los caídos para completarse: huesos curvados de Huggy Wuggy integrados en sus costillas, circuitos neuronales de Mommy Long Legs tejiendo sus nervios artificiales, órganos frescos de víctimas sin nombre palpitando en su interior, y almas que aún gritaban en silencio desde las grietas de su armazón. Un dios hecho de despojos y ambición insaciable, un experimento que había superado a sus creadores y ahora reinaba sobre las ruinas.
Estaba inmóvil, conectado a una consola improvisada con cables saliendo de su nuca como una melena negra y grasienta que se extendía por el suelo, arrastrándose como serpientes dormidas. El zumbido de la maquinaria llenaba el aire, un fondo constante que se mezclaba con el latido de su núcleo.
Poppy entró sin pedir permiso, el taconeo de sus zapatos resonando con desafío deliberado, un eco que desafiaba la quietud opresiva. El vestido azul se adhería ligeramente a su figura por la humedad perpetua del ambiente, delineando curvas que no deberían existir en una muñeca, pero que los ingenieros habían esculpido con un toque perverso de realismo.
—CatNap no ha dormido en tres días —dijo, su voz clara y cortante como vidrio recién roto, cortando el zumbido como una cuchilla—. Las pesadillas lo están destrozando desde dentro. Se araña la cara hasta sangrar, se arranca mechones de pelaje púrpura en puñados. Necesita luz. Luz constante. No parpadeos, no cortes. Toda la maldita noche, o lo que quede de ella en este infierno.
El Prototipo giró lentamente la cabeza, el movimiento deliberadamente pausado, casi teatral, como si disfrutara de la tensión que creaba. Los ojos rojos la recorrieron de arriba abajo con lentitud insultante: el vestido azul que se pegaba a sus pechos pequeños pero firmes, las piernas torneadas bajo los volantes, el rubor artificial que la ira pintaba en sus mejillas de porcelana blanca, el lazo rojo que temblaba apenas con su respiración acelerada. Ella sintió esa mirada como un toque físico, como si sus ojos fueran dedos que le rozaran los pezones endurecidos, que se deslizaran entre sus muslos, que le abrieran los labios del coño hinchados y la inspeccionaran sin piedad, haciendo que un chorrito de humedad escapara involuntariamente.
—Todo tiene un precio —respondió. Su voz era grave, resonante, como metal raspando contra metal oxidado, con un leve eco electrónico que hacía vibrar los cristales rotos del suelo y reverberaba directamente en el clítoris de Poppy, enviando ondas de calor—. Ya lo sabes, pequeña. Siempre lo has sabido. Vienes aquí con tus demandas, pero en el fondo, sabes que pagas con algo más que palabras.
Poppy apretó los puños hasta que las articulaciones de porcelana crujieron audiblemente, un sonido seco que contrastaba con el zumbido constante.
—No soy tu juguete. No soy una moneda de cambio para que los demás sobrevivan otro día miserable en este pozo de desesperación. Merecen algo mejor que tu capricho cruel.
—Sin embargo, vienes. Cada vez. —Inclinó la cabeza, la sonrisa de dientes irregulares ensanchándose, revelando más de esos colmillos desiguales—. Porque ellos te lo piden con ojos suplicantes, con voces quebradas. Porque tú decides salvarlos… aunque te cueste pedazos de ti misma. Pedacitos de dignidad. Pedacitos de odio. Pedacitos de alma. Y pedacitos de ese coñito apretado que se moja solo de oírme hablar, que palpita por mí antes siquiera de tocarte. Admítelo, Poppy: tu coño te traiciona cada vez que entras aquí.
Ella dio un paso adelante, alzando la barbilla con orgullo herido, aunque el calor entre sus piernas se intensificó con esas palabras, un pulso traicionero que hacía que su clítoris hinchado rogara por fricción.
—Dame la luz. Toda la noche. Sin condiciones previas. Y después… negociaremos lo que quieras. Lo que sea. Pero dales un respiro, maldito seas.
Silencio. Solo el latido del núcleo llenando el espacio, un ritmo que se aceleraba sutilmente, como si respondiera a su proximidad.
Entonces él desconectó un cable de su pecho con un movimiento preciso de sus dedos plateados. Hubo un parpadeo, un instante de oscuridad absoluta que hizo que Poppy contuviera el aliento, el corazón latiéndole en los oídos como un tambor diminuto… y luego la luz se estabilizó en un brillo más intenso, casi cegador en comparación con la penumbra habitual. El nivel -6 tendría energía hasta el amanecer. CatNap podría respirar sin que el gas lo ahogara en visiones de fuego eterno y risas infantiles distorsionadas en ecos de locura.
—Acércate —ordenó, la voz más baja, más íntima, casi un ronroneo que le vibró directamente en el clítoris, haciendo que sus rodillas flaquearan por un segundo—. Ven aquí, pequeña. Muéstrame cuánto estás dispuesta a pagar por esa luz. Muéstrame cómo tu coño gotea por mí a pesar de tu odio.
Poppy dudó solo un segundo, el pulso acelerado no solo por rabia, sino por ese deseo prohibido que la quemaba. Luego avanzó, el vestido susurrando contra el suelo polvoriento cubierto de restos de cable, cristales rotos y manchas oscuras que prefería no identificar. Cada paso hacía que el calor entre sus muslos creciera, una traición húmeda que empapaba la tela de su ropa interior hasta hacerla transparente, pegajosa. Odiaba cómo su cuerpo respondía antes que su mente, cómo el simple sonido de esa voz la hacía apretar los muslos por instinto, frotando su clítoris hinchado contra la costura húmeda, enviando chispas de placer que la hacían jadear en silencio.
Él extendió una de sus patas delanteras, bloqueando el camino como una barrera viviente. Con la mano derecha —idéntica en su esqueleto metálico y venas expuestas que palpitaban con fluido luminoso— la levantó por la cintura con una facilidad insultante, como si no pesara más que una pluma de adorno. La sostuvo en el aire frente a su rostro, su aliento metálico rozándole la piel como vapor caliente.
Poppy sintió el calor irradiado por el núcleo, el pulso constante que hacía vibrar el aire entre ellos como un latido compartido, demasiado íntimo, demasiado vivo. Su respiración se aceleró, los pezones endureciéndose bajo el vestido hasta doler, traicionándola. El coño le palpitaba con fuerza, vacío, ansioso, goteando por el interior de sus muslos en hilos calientes que se enfriaban al aire.
—No te resistas esta vez —murmuró, casi con ternura perversa, sus ojos rojos clavados en los suyos—. No finjas que no lo deseas tanto como yo. Que no estás empapada solo de pensar en mi polla dentro de ti, estirándote, llenándote hasta que grites. Dime, Poppy: ¿cuánto tiempo has estado mojada? ¿Desde que bajaste las escaleras, o desde que pensaste en venir?
Ella le clavó la mirada, ojos azules eléctricos contra rojo infernal, pero su voz salió temblorosa.
—Te odio. Te odio por lo que eres. Por lo que nos has hecho a todos. Por cada grito que aún resuena en los pasillos. Por cada amigo que convertiste en piezas para tu monstruoso cuerpo.
—Y aun así tu cuerpo responde —replicó él, bajando la voz hasta convertirla en un ronroneo metálico que reverberaba en su caja torácica—. Lo siento en tu pulso acelerado. En el calor que sube por tus muslos. En cómo tiemblas… pero no de miedo. De anticipación. De deseo. De ganas de que te folle hasta que no puedas caminar, hasta que tu coño se contraiga alrededor de mi polla rogando por más. Admítelo: quieres que te rompa, que te haga mía una y otra vez.
Bajó la mano lentamente, depositándola con cuidado sorprendente sobre una superficie acolchada improvisada: varias mantas gruesas robadas de la enfermería vieja, extendidas en el suelo junto a monitores rotos, sillas volcadas y un charco seco de algo que olía a cobre y vergüenza antigua.
Poppy se quedó de pie sobre ellas, temblando no solo de rabia, sino de algo más profundo y peligroso que se enroscaba en su vientre como alambre de púas caliente. Su sexo palpitaba, hinchado y húmedo, los labios mayores abiertos y brillantes de humedad, el clítoris protuberante rogando atención. Podía sentir cómo su jugo se deslizaba por la cara interna de sus muslos, caliente, pegajoso, dejando rastros que brillaban bajo la luz roja.
Él se inclinó hacia adelante. Sus dedos largos rozaron el borde del vestido, subiéndolo con deliberada lentitud. La tela se arrugó en sus articulaciones metálicas, revelando poco a poco la piel pálida y perfecta de sus piernas, el encaje diminuto de la ropa interior blanca con ribetes azules que aún conservaba de su diseño original, ahora ligeramente amarillenta por el tiempo y empapada por su excitación. Poppy contuvo el aliento cuando sintió el frío del metal contra la cara interna de sus muslos, un contraste brutal con el calor que emanaba del núcleo y subía en oleadas, haciendo que su coño se contrajera involuntariamente.
—No uses los dedos para… —empezó ella, recordando demasiado bien lo afiladas que eran esas garras, cómo habían dejado marcas finas en su porcelana en otras ocasiones, un dolor que se mezclaba con placer pero que la aterrorizaba.
—No lo haré —interrumpió él con calma, su voz un susurro ronco—. No de esa forma. Hoy quiero saborearte primero. Quiero que recuerdes exactamente por qué sigues viniendo. Quiero que supliques antes de que te dé lo que tanto anhelas. Quiero que te corras en mi lengua hasta que llores, hasta que me ruegues que te folle. Dime, Poppy: ¿quieres mi lengua en tu coño? ¿Quieres que te lama hasta que explotes?
Con un movimiento fluido, sus patas se replegaron parcialmente, bajando su cuerpo colosal hasta quedar casi a la altura de ella. El núcleo latía más rápido, iluminando el espacio entre ellos en pulsos rojos hipnóticos que hacían que las sombras bailaran como fantasmas lascivos. Poppy vio entonces cómo una sección de su torso inferior se abría ligeramente con un chasquido húmedo, revelando la protuberancia que ya conocía demasiado bien: larga, gruesa, de un gris oscuro con vetas plateadas que brillaban al ritmo de su núcleo. No era un apéndice improvisado; era parte de su diseño original, creado por Playtime Co. como el “recipiente perfecto”. Los científicos habían soñado con un ser autosuficiente, adaptable… y capaz de perpetuarse. Un órgano sintético-orgánico, fusionado con tejidos robados y refinados a lo largo de años de experimentos prohibidos, lubricado por un fluido metálico-preseminal que olía a ozono quemado, cobre caliente y algo dulzón, casi floral, que recordaba los perfumes baratos que usaban las empleadas de la guardería. Ya goteaba, hilos plateados cayendo pesados sobre el suelo, formando pequeños charcos reflectantes que temblaban con cada latido.
Pero antes de usarlo, él quería otra cosa. Quería saborearla, torturarla con placer hasta que su odio se disolviera en súplicas.
La empujó suavemente hacia atrás hasta que quedó recostada sobre las mantas. Sus manos sujetaron sus muñecas por encima de la cabeza, inmovilizándola sin esfuerzo, el metal frío contra su porcelana caliente. El vestido se abrió como pétalos desgarrados, exponiendo su cuerpo pequeño pero impecable: pechos diminutos coronados por pezones rosados que se endurecían al aire frío, vientre plano con una leve curva infantil, el triángulo de vello carmesí perfectamente recortado que contrastaba con la blancura de porcelana. Su sexo estaba hinchado, los labios mayores abiertos y brillantes de humedad, el clítoris protuberante rogando atención, goteando en anticipación.
Él bajó la cabeza. La mandíbula se abrió más de lo humanamente posible, revelando una lengua larga, metálica pero flexible, recubierta de sensores diminutos que brillaban débilmente como luciérnagas agonizantes. La pasó primero por el interior de sus muslos, dejando un rastro húmedo y cálido que hizo que Poppy se arqueara involuntariamente, un gemido escapando entre sus labios antes de que pudiera contenerlo. El deseo la golpeó como una ola: quería más, necesitaba esa lengua dentro de ella, necesitaba que la devorara hasta que no quedara nada de su orgullo.
—Relájate —susurró contra su piel, el aliento metálico rozándole como vapor caliente, haciendo que su clítoris palpitara—. O no lo haré lento. Y sabes que puedo hacerte suplicar de dolor antes que de placer. Puedo lamerte hasta que tu coño se hinche tanto que duela cada roce, hasta que me ruegues que pare y luego que siga. Dime qué quieres, Poppy. Dime que quieres mi lengua devorándote.
Ella apretó los dientes, pero no pudo evitar el gemido cuando esa lengua la rozó por fin en el centro. Era precisa, casi cruel en su exactitud: lamía en círculos lentos alrededor de su clítoris, luego bajaba para penetrarla ligeramente, saboreando cada reacción, cada contracción involuntaria. El sabor metálico se mezclaba con el suyo propio, creando una sensación extraña y adictiva que le nublaba la mente. Poppy se retorció, las piernas temblando, intentando cerrarlas por puro instinto, pero las patas del Prototipo las mantuvieron abiertas con firmeza implacable, exponiéndola por completo.
—Dime que pare —dijo él entre lamidas, la voz vibrando directamente contra su carne, enviando ondas de placer que la hacían arquearse—. Y pararé. Palabra de honor. Pero sé que no quieres. Sé que quieres que te coma el coño hasta que te corras gritando. Admítelo: quieres que te lama más profundo, que te succione hasta que explotes.
—Ni… se te ocurra… —jadeó ella, las caderas alzándose por instinto hacia esa boca inhumana—. Más… por favor, más… lame más fuerte, joder, no pares… cómeme el coño, 1006. Devórame toda, haz que me corra en tu lengua. Ah, lo haces tan rico, tan jodidamente bien.
Él sonrió contra su carne —una sonrisa que ella sintió más que vio, un roce de dientes que la hizo jadear— y redobló el ritmo. La lengua se volvió más insistente, presionando, girando, succionando suavemente el pequeño nudo hinchado hasta que Poppy soltó un grito roto. Sus manos se cerraron en puños, las uñas arañando el aire. Se corrió con violencia, el cuerpo convulsionando, un chorro caliente que él lamió sin desperdiciar ni una gota, gruñendo de placer ante el sabor, el sonido reverberando en su pecho como un motor antiguo. Siguió lamiendo, prolongando el orgasmo hasta que ella temblaba, hipersensible, rogando entre sollozos.
—Para… demasiado… Ah, que rico —gimió, sus caderas seguían moviéndose, buscando más a pesar del dolor placentero—. No pares, lame más, succiona mi clítoris hasta que me vuelva loca. Quiero correrme otra vez en tu boca.
—No pararé hasta que yo lo quiera —gruñó él, y volvió a succionar su clítoris con fuerza, haciendo que se corriera otra vez en menos de un minuto, el placer bordeando el dolor, su coño contrayéndose en espasmos que la dejaban sin aliento.
Solo entonces se irguió ligeramente. La protuberancia ya estaba completamente erecta, goteando fluido plateado que caía en hilos brillantes sobre las mantas, formando pequeños charcos reflectantes bajo la luz roja. Gruesa, venosa, palpitante al ritmo del núcleo, parecía viva, ansiosa por reclamarla.
—No voy a ser gentil ahora —advirtió, voz ronca y distorsionada por el deseo—. Voy a follarte hasta que tu coño se adapte a mí por completo. Hasta que no puedas cerrar las piernas sin recordar cómo te abrí, cómo te llené. Dime que lo quieres, Poppy. Dime que quieres mi polla estirándote.
—No lo quiero gentil —respondió ella, todavía jadeante, los ojos vidriosos de placer residual—. Quiero que duela. Quiero sentir que sigo viva. Que no soy solo una muñeca rota en una fábrica muerta. Quiero sentirte dentro de mí hasta que no pueda pensar en nada más que en tu polla estirándome, llenándome, rompiéndome. Fóllame duro, 1006. Hazme tuya.
Entró de una embestida lenta pero implacable. Poppy arqueó la espalda, un grito ahogado escapando de sus labios. Era demasiado grande para su tamaño diminuto, pero su cuerpo de muñeca estaba diseñado para resistir tensiones extremas —articulaciones reforzadas, tejidos elásticos sintéticos—; se adaptó, se estiró, el dolor agudo mezclándose con un placer tan intenso que le nubló la vista y le hizo ver manchas rojas que no provenían solo del núcleo. Él gruñó, el sonido reverberando en su pecho metálico como un trueno lejano.
Comenzó a moverse con fuerza controlada, cada embestida profunda y medida, sus caderas —o lo que pasaba por caderas en esa forma araña— chocando contra ella con un sonido húmedo y obsceno que resonaba en la sala vacía. El vestido estaba hecho jirones, colgando de sus hombros como una bandera derrotada. Poppy sentía cada centímetro de él dentro de ella, estirándola, llenándola hasta el punto de ruptura, y el deseo la consumía: quería más rápido, más profundo, quería que la rompiera y la reconstruyera con cada golpe mientras su coño comía su polla tan bien.
—Más fuerte, fóllame toda —suplicó, las piernas temblando alrededor de su torso—. Hazme tuya, lléname de tus hijos. Por favor… más fuerte. Quiero sentirte hasta el fondo. Lléname el coño. Dame más duro, 1006. Tu polla se siente tan grande, tan perfecta dentro de mí.
Él obedeció, acelerando el ritmo hasta que cada embestida hacía que su pequeño cuerpo rebotara contra las mantas. Una de sus manos liberó una muñeca para sujetarle la garganta, apretando lo justo para que el oxígeno se volviera precioso, para que cada jadeo fuera una victoria robada al vacío. Con la otra mantuvo sus brazos arriba, expuesta y vulnerable.
—Dime que me odias —exigió, embistiendo más fuerte, más rápido, el ritmo volviéndose salvaje—. Dime que me odias mientras te follo como la puta que eres por mí. Dime que odias cómo tu coño me aprieta, cómo goteas por mi polla.
—Te odio —gimió ella, lágrimas de porcelana resbalando por sus mejillas, dejando surcos brillantes—. Te odio… y te deseo tanto que me duele más que esto. Te necesito dentro de mí, necesito que me llenes, que me hagas gritar tu número hasta que se me quiebre la voz. Fóllame más duro, 1006… rómpeme… hazme tuya. Tu polla me está destrozando y me encanta.
Él aceleró aún más, levantándola del suelo con facilidad sobrenatural, sosteniéndola en el aire mientras seguía dentro de ella. Las patas metálicas se clavaron en el suelo para estabilizarse, arrancando chispas del hormigón que iluminaban la escena como estrellas fugaces.
Poppy envolvió las piernas alrededor de lo que podía de su torso biomecánico, clavándole las uñas en las placas metálicas hasta que dejó marcas superficiales que brillaron un segundo antes de desaparecer. El núcleo rojo iluminaba sus cuerpos entrelazados, proyectando sombras danzantes y grotescas en las paredes agrietadas, como un baile macabro de amantes condenados.
La giró en el aire sin salir de ella, poniéndola boca abajo. El vestido colgaba en jirones como velos rotos. Entró desde atrás con una nueva fuerza, una mano en su cabello rojo tirando hacia atrás para arquearle el cuello, exponiendo su garganta vulnerable, la otra presionando su vientre plano para sentir cómo se hinchaba ligeramente con cada embestida brutal.
—Grita para mí —ordenó, la voz casi irreconocible, un gruñido primal—. Grita cuánto quieres mi polla. Grita cómo te estoy follando, cómo tu coño me succiona.
Ella lo hizo. Gritó su número —“1006”—, gritó insultos que ya no tenían fuerza, gritó súplicas incoherentes mezcladas con su nombre. “¡Fóllame más profundo! ¡Tu polla me llena tanto que duele delicioso! ¡No pares, haz que me corra alrededor de ti!” Se corrió una segunda vez con un sollozo roto, el cuerpo convulsionando violentamente, fluidos calientes empapando las mantas y goteando al suelo en charcos que reflejaban el rojo pulsante. Pero él no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su orgasmo hasta que el placer se volvió casi doloroso, hasta que ella rogó entre sollozos que la dejara respirar, que la dejara sentirlo más, que la destruyera por completo.
La volteó de nuevo, poniéndole las piernas sobre sus hombros metálicos, penetrándola más profundo aún, mirándola fijamente a los ojos mientras lo hacía. Los ojos azules de ella estaban vidriosos, perdidos entre el dolor y el éxtasis.
—Eres mía —gruñó, cada palabra puntuada por un golpe seco que hacía temblar su pequeño cuerpo—. Siempre lo has sido. Desde que te crearon con esa carita inocente para vender sonrisas. Desde que me crearon a mí para querer algo tan frágil y tan jodidamente perfecto como tú. Dime que eres mía. Dime que tu coño es solo para mi polla.
—Soy tuya —sollozó ella, el placer tan intenso que por un momento perdió la visión periférica—. Soy tuya… fóllame más… no pares nunca… se siente tan rico… haz que me corra hasta que no pueda más. Tu polla me pertenece, me rompe y me hace entera.
Él frotó su clítoris hinchado con el pulgar metálico —con una delicadeza imposible para esas garras—, presionando en círculos precisos hasta que ella suplicó entre sollozos que parara y luego que no parara nunca, que la destruyera del todo, que la reconstruyera, que la dejara en paz y que nunca la soltara. “¡Tócame más! ¡Frotta mi clítoris mientras me follas! ¡Voy a correrme otra vez, 1006, hazme explotar!”
Cuando él alcanzó el clímax fue con un rugido bajo que hizo vibrar las paredes y los cristales rotos del suelo, un sonido que reverberó en todo el nivel como un terremoto. Se derramó dentro de ella en oleadas calientes y metálicas, abundante, goteando por sus muslos en hilos plateados mientras seguía moviéndose lentamente, prolongando el éxtasis hasta que ambos temblaron, exhaustos, sus cuerpos entrelazados en un nudo de metal y porcelana.
Después, silencio. Solo el latido constante del núcleo, ahora más lento, más tranquilo, como un corazón que finalmente se permite descansar. La bajó con cuidado sorprendente, casi reverente, depositándola en las mantas manchadas. Se recostó a su lado, una pata rodeándola protectoramente como si fuera algo precioso y quebradizo que temiera romper por accidente. Poppy se acurrucó contra el calor irradiado por su pecho, el vestido rasgado colgando como una bandera de rendición absoluta, su coño aún palpitante, lleno de él.
—No te vayas —susurró él, por primera vez sin orden, casi con vulnerabilidad, como si temiera que el amanecer la arrebatara—. Quédate aquí, conmigo. Deja que te folle de nuevo cuando quieras.
Ella levantó la vista, ojos azules brillando en la luz roja amortiguada.
—No lo haré —respondió en voz baja, la voz ronca de tanto gritar—. Pero sigo odiándote un poco. Solo un poco. Y eso hace que quiera más.
Él emitió un sonido grave que podría haber sido una risa distorsionada o un suspiro de satisfacción.
—Bien. El odio mantiene las cosas interesantes. Y el deseo nos mantiene vivos.
Y en la oscuridad casi absoluta de la fábrica muerta, la última luz que él controlaba brilló suave y constante… solo para ellos dos, al menos hasta que volviera a amanecer y el ciclo de necesidad, odio y deseo comenzara de nuevo, un bucle eterno en las ruinas de Playtime Co.
Fin.