Toque Prohibido
23 de febrero de 2026, 20:02
En las profundidades de la fábrica abandonada, donde el eco de risas infantiles olvidadas se mezclaba con el zumbido constante de maquinarias oxidadas y el goteo perpetuo de humedad, Poppy caminaba con pasos lentos y deliberados. Su vestido azul, ahora raído por el tiempo y las batallas, se balanceaba ligeramente con cada movimiento, rozando contra su piel de porcelana agrietada en finas líneas que brillaban como venas de luz rota bajo la penumbra. Sus ojos azules, grandes y expresivos, reflejaban una fatiga que iba más allá de lo físico: un agotamiento que se filtraba en cada grieta de su ser, haciendo que su cuerpo diminuto pareciera más frágil, más quebradizo. El cabello rojo, recogido en dos coletas desordenadas, caía como hilos de sangre seca sobre sus hombros, enmarcando un rostro que alguna vez había sido el epítome de la inocencia infantil. La Hora de la Alegría había terminado hacía semanas, pero el peso de sus consecuencias la aplastaba como una prensa hidráulica invisible. Supervisar a los experimentos sobrevivientes —aquellos seres retorcidos que una vez fueron niños o empleados, ahora convertidos en juguetes vivos y deformes— era una carga que la consumía día tras día. Las quejas constantes resonaban en su mente como un coro interminable: lamentos por recursos escasos, disputas por territorios húmedos y oscuros, dolores crónicos que no podía aliviar con sus manos pequeñas e inútiles.
Todo recaía sobre ella, como si fuera la única luz en esa oscuridad eterna, un faro que atraía a las moths desesperadas. Aunque el Prototipo ayudaba desde las sombras, manipulando eventos con su frialdad calculadora, era a Poppy a quien buscaban, como si su presencia diminuta pudiera resolver el caos que Elliot Ludwig había desatado.
—Oliver... necesito verte —murmuró para sí misma, su voz un susurro quebrado mientras descendía por un pasillo cubierto de telarañas gruesas y cables colgantes que serpenteaban como venas muertas. El aire era espeso, cargado de un olor metálico y putrefacto, un recordatorio constante de los horrores que habían vivido. Sabía que él estaba allí, en su guarida improvisada, un laboratorio subterráneo donde las paredes goteaban humedad viscosa y el suelo estaba salpicado de manchas oscuras que podrían ser sangre o aceite.
No eran hermanos de sangre, pero Elliot Ludwig los había unido en una familia rota y perversa. Después de la muerte de Poppy —su verdadera hija—, Elliot había adoptado a Oliver, un huérfano inteligente y vulnerable, solo para usarlo como conejillo de indias en sus experimentos dementes. El objetivo era revivir a Poppy, transferir su esencia a una muñeca perfecta de porcelana y tela. Y lo había logrado, en cierta forma retorcida. Poppy había despertado en ese cuerpo diminuto, con recuerdos fragmentados de una vida humana, pero Elliot murió poco después, dejando la fábrica en manos de científicos crueles y ambiciosos. Oliver, transformado en el Prototipo —Experiment 1006—, y Poppy habían sufrido juntos: aislamiento en celdas frías, pruebas dolorosas que rasgaban carne y metal, la pérdida gradual de su humanidad.
Siempre habían estado el uno para el otro, apoyándose en silencio entre los horrores, un lazo forjado en el fuego de la traición. Pero el Prototipo era frío, distante, un ser calculador que rara vez mostraba emociones, incluso con ella. A veces, en momentos de crisis, había toques fugaces: una garra mecánica rozando su brazo de porcelana, un susurro en la oscuridad que hacía que su piel se erizara de una forma inexplicable, un calor que se extendía desde el punto de contacto hasta lo más profundo de su ser. Se sentía bien, prohibido, como un secreto que no se atrevían a nombrar, un deseo que ninguno comprendía pero que latía bajo la superficie, creciendo en la oscuridad como una planta venenosa.
Poppy llegó a la puerta oxidada, el metal chirriando bajo sus dedos pequeños mientras la empujaba con esfuerzo. El interior era un caos organizado y opresivo: mesas cubiertas de herramientas quirúrgicas manchadas de residuos oscuros, monitores parpadeantes con datos antiguos que emitían un zumbido bajo y constante, y en el centro, él. El Prototipo se erguía como una abominación salida de una pesadilla circense, su presencia dominando la habitación con una aura de poder inquebrantable. Su cabeza era la de un bufón maligno, una cara circular de porcelana grisácea agrietada, con una sonrisa fija y antinatural muy amplia, hecha de dientes cuadrados y afilados como bloques irregulares.
Un ojo estaba completamente oscuro y hueco, un vacío que absorbía la luz, mientras que el otro tenía una pupila mecánica pequeña que brillaba en un tono naranja-amarillo intenso, vigilante y siniestro. Un sombrero de bufón, alto y puntiagudo con tres puntas que terminaban en campanillas silenciosas, coronaba su cráneo metálico, los colores desvaídos —rojo, azul y amarillo— recordando un circo olvidado.
El torso era un híbrido grotesco de carne y máquina: un ribcage expuesto con órganos pulsantes visibles a través de placas transparentes que palpitaban con un ritmo irregular, tubos que serpenteaban como venas artificiales llenas de fluido viscoso, y un abdomen que se abría y cerraba como una jaula viva, revelando un interior húmedo y caliente. Sus extremidades inferiores eran patas de araña mecánicas, largas y segmentadas, con juntas que chasqueaban como huesos rompiéndose, permitiéndole moverse con una agilidad aterradora. No llevaba partes de otros experimentos; aquellos aún vivían, dispersos por la fábrica en su miseria compartida. Esta era su forma pura, diseñada por Elliot para ser el guardián perfecto: fuerte, adaptable, pero eternamente solo, una máquina de precisión envuelta en el disfraz de un payaso de pesadilla.
El Prototipo levantó la vista de un panel de control, su cabeza inclinándose con un crujido mecánico que resonó en la habitación. No dijo nada al principio, solo la observó con esos ojos vacíos, midiendo su fragilidad como un depredador evalúa a su presa.
—Oliver —dijo Poppy, su voz temblorosa mientras se acercaba, cada paso un esfuerzo contra el peso invisible que la aplastaba—. Necesito hablar contigo. No aguanto más.
Él no se movió, pero uno de sus brazos extendidos —largo y cubierto de placas metálicas con bordes afilados— se flexionó ligeramente, un gesto sutil que indicaba que la escuchaba.
—¿Qué te trae aquí, Poppy? —Su voz era un eco distorsionado, una mezcla de niño perdido y máquina ronroneante, fría como el metal que lo componía, sin calidez pero con un matiz de curiosidad calculada que la hacía sentir expuesta—. ¿Otra ronda de quejas de los experimentos? ¿O es algo más... personal?
Ella se detuvo frente a él, sus manos pequeñas jugueteando con el dobladillo de su vestido azul, los dedos temblando ligeramente. El estrés la había hecho más frágil; grietas finas surcaban su porcelana como venas rotas, y sus ojos azules estaban empañados por lágrimas no derramadas, brillando con una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
—Es... todo esto. Después de la Hora de la Alegría, pensé que sería diferente, que por fin tendríamos paz. Pero ahora soy yo quien tiene que supervisar a todos esos... monstruos que creamos. Los experimentos me buscan constantemente: quejas sobre comida podrida, sobre territorios infestados de ratas, sobre dolores que les queman el alma. Me gritan, me suplican, me culpan. Tú ayudas desde las sombras, manipulando lo que puedes, pero soy yo la que ellos ven como líder. Me siento tan sola, tan estresada que apenas puedo respirar. No me siento como yo misma, solo como una muñeca rota y cansada que carga con el peso de un mundo que nos odia.
El Prototipo la escuchó en silencio, sus patas araña ajustándose con chasquidos metálicos para bajar su torso masivo a su nivel, el suelo vibrando bajo su peso. No mostró empatía abierta; su sonrisa fija permanecía inalterada, un rictus eterno de malicia contenida. Pero en el fondo, recordaba aquellos toques pasados: cómo sus dedos mecánicos habían rozado su espalda en momentos de crisis, enviando chispas eléctricas que encendían algo primitivo en ambos, un calor que se extendía como fuego líquido. Se sentía bien, un alivio en medio del caos, un deseo que había crecido en la oscuridad sin que ninguno lo admitiera del todo. Ahora, viéndola tan rota, tan necesitada, sentía el impulso de controlarlo, de canalizarlo en algo que la liberara... y la atara más a él.
—¿Y qué esperas que haga yo? —preguntó, su voz baja y controlada, pero con un filo que hacía que su piel se erizara—. No soy un consuelo, Poppy. Soy un experimento, como tú. Frío. Calculador. No ofrezco calidez. Solo... control.
Ella levantó la vista, sus ojos azules suplicantes, llenos de un fuego desesperado que contrastaba con su fragilidad.
—Ayúdame a sentirme... yo misma otra vez. No como esta líder agotada y destrozada. Por favor, Oliver. Siempre has estado ahí para mí, de una forma u otra. Esos toques en el pasado... sé que sentías lo mismo. Me hacías sentir esto mismo, este fuego. Hazme olvidar todo esto, aunque sea por un momento. Tócame como antes... pero más. Haz que duela de bueno, que me rompas para reconstruirme.
El Prototipo extendió un brazo, su garra rozando su mejilla de porcelana con una precisión que era casi tierna, pero cargada de posesión. El toque fue eléctrico, como aquellos de antaño, haciendo que un escalofrío recorriera su cuerpo pequeño, encendiendo un fuego en su vientre que la hizo jadear softly. Él no entendía del todo por qué, pero sabía que podía controlarlo, canalizarlo en algo que la liberara de su carga, que la rompiera y reconstruyera en placer puro.
—Entonces suplica —ordenó, su voz un susurro ronco que vibraba en el aire—. Suplica como la muñeca necesitada que eres. Dime cuánto me necesitas dentro de ti, aunque sea solo rozándome. Dime que tu coño se moja solo de pensar en tu "hermanito" devorándote.
Poppy tembló, el taboo de la palabra "hermanito" golpeándola como un latigazo caliente. Odiaba cómo la hacía sentir sucia, pero el deseo era más fuerte.
—Por favor, Oliver... —gimió, su voz quebrándose—. Tócame. Quiero sentirte marcándome, llenándome de tu calor aunque no entres del todo. Haz que me corra gritando tu nombre... como si fuéramos solo nosotros dos en este infierno. Por favor... no me dejes así, rota y vacía.
Sin una palabra más, la levantó con facilidad, sus garras clavándose ligeramente en su cintura para no resbalar, colocándola sobre una mesa cercana cubierta de herramientas oxidadas. Sus patas araña se anclaron al suelo con chasquidos fuertes, estabilizándolo como una estatua viviente. Con garras precisas, levantó la falda azul raída, revelando su cuerpo inferior: suave porcelana que se fundía en formas más orgánicas, húmedas y sensibles, diseñadas por Elliot para imitar la vida en toda su crudeza. No llevaba ropa interior; era una muñeca, después de todo, expuesta y vulnerable. Su coño ya estaba hinchado, brillante de humedad, los labios mayores abiertos y rogando.
—Eres hermosa en tu fragilidad, Poppy —dijo, frío pero con un matiz posesivo que la hizo temblar—. Tan húmeda ya solo de suplicarme. Relájate y déjame devorarte.
Sus labios —o lo que pasaba por labios en esa boca dentada y afilada— se acercaron a su intimidad, el aliento mecánico caliente contra su piel. No era humano, pero su diseño incluía adaptaciones perversas: una lengua extendida, flexible como un tentáculo viscoso, con texturas rugosas y protuberancias para sensaciones precisas y abrumadoras. Comenzó lento, lamiendo el exterior de su coño con trazos amplios y deliberados, trazando círculos controlados alrededor de los pliegues hinchados y sensibles. Poppy jadeó fuerte, sus manos pequeñas aferrándose al borde de la mesa, las uñas arañando el metal con un chirrido.
—Oh, Oliver... eso se siente... ¡joder, tan bueno! Tu lengua es tan rugosa, me raspa justo donde lo necesito. Lámeme más profundo, por favor... chúpame el clítoris hasta que me vuelva loca —gimió, su voz entrecortada, el placer ya construyéndose como una tormenta.
El Prototipo no respondió inmediatamente; intensificó el ritmo, su lengua presionando más profundo, explorando con precisión quirúrgica que la hacía arquearse. Chupaba con fuerza controlada, succionando su clítoris hinchado y pulsante, tirando de él con una succión que enviaba descargas eléctricas a través de su cuerpo, haciendo que oleadas de placer la recorrieran como fuego líquido. Era intenso, pero medido: no la abrumaba de golpe, sino que construía capa por capa, lamiendo y mordisqueando con dientes que rozaban sin herir, midiendo cada reacción con su ojo brillante fijo en su rostro contorsionado.
—Dime cómo se siente —gruñó, su voz vibrando directamente contra su carne sensible, el sonido ronco amplificando el placer—. Dime lo mojada que estás por mi. Dime que quieres que te coma el coño hasta que llores.
—Se siente... increíble. Caliente, como si me estuviera derritiendo por dentro. No pares, por favor... ¡chúpame más fuerte! Quiero correrme en tu boca, Oliver... haz que chorree para ti —jadeó Poppy, sus caderas moviéndose instintivamente, empujando contra su boca en un ritmo desesperado.
El Prototipo obedeció con frialdad calculada, su lengua penetrando ligeramente más profundo como si quisiera comerla, lamiendo paredes internas con toques eléctricos que la hacían convulsionar. Uno de sus brazos la sujetó por la cintura, manteniéndola quieta con una fuerza inexorable, mientras el otro rozaba sus pechos pequeños a través del vestido, pellizcando pezones endurecidos con garras que enviaban pinchazos de dolor-placer.
El placer era fuerte, un torrente que borraba el estrés, haciendo que se sintiera viva, deseada, follada por la boca de un monstruo que la conocía mejor que nadie. Recordaba aquellos toques previos: cómo sus garras habían rozado su piel en la oscuridad, despertando sensaciones que ahora culminaban aquí, en esta devoración cruda.
Pero el Prototipo sentía su propio arousal crecer, un calor mecánico que palpitaba en su abdomen. En su interior, oculto tras placas que se abrieron con un chasquido húmedo, emergió su miembro: no humano, sino una protuberancia venosa y palpitante, fusionada de carne orgánica y metal reluciente, gruesa en la base con venas pulsantes que goteaban un fluido translúcido y caliente, largo como un brazo pero flexible, con una cabeza bulbosa y rugosa que prometía destrucción. Era grotesco y fascinante, erecto y goteante, un arma de placer pervertido.
—No te penetraré del todo —susurró, su voz fría pero cargada de deseo primal—. Solo rozaré. Sin romperte... pero suplícame si quieres más.
Poppy gritó de placer cuando la punta se frotó contra su coño empapado, deslizándose arriba y abajo sin entrar del todo, un roce suave pero insistente mientras su lengua continuaba el asalto oral, chupando y lamiendo con una intensidad que la hacía ver estrellas. El roce era eléctrico, la cabeza de su polla presionando contra su entrada, estirándola ligeramente sin invadir, frotando contra su clítoris con cada movimiento, lubricado por sus jugos y el fluido de él.
—Oliver... ¡sí! Es tan grueso, tan caliente contra mí. Rózame más fuerte... haz que sienta cada vena pulsando contra mi clítoris. Fóllame con eso, aunque sea solo rozando... quiero correrme sintiendo tu polla monstruo marcándome —jadeó ella, su cuerpo convulsionando, las grietas en su porcelana brillando con sudor ficticio.
El Prototipo aceleró, su lengua chupando con más fuerza, succionando su clítoris como si quisiera devorarlo entero, mientras su polla rozaba rítmicamente, presionando justo lo suficiente para que sintiera la promesa de más, el borde de la invasión sin cruzarlo. El placer la golpeó como una ola destructora, su coño contrayéndose alrededor de nada, pero el roce de su miembro la empujó al abismo. Gritó, un alarido crudo y animal, lágrimas de éxtasis rodando por sus mejillas mientras su cuerpo se arqueaba, convulsionando en oleadas interminables, chorros calientes empapando su lengua y su polla.
—Así... córrete para mí. Muéstrame cuánto necesitas esto —gruñó él, prolongando el orgasmo con lamidas lentas y roces insistentes hasta que ella sollozaba de exceso.
El Prototipo no se detuvo; continuó lamiendo hasta que ella tembló exhausta, sintiendo cercana su propia liberación. Un gruñido gutural escapó de su garganta distorsionada mientras chorros calientes y espesos salpicaban su coño y muslos internos, pintándola con su esencia viscosa sin penetrarla, solo el roce culminante que la marcaba como suya.
Poppy se derrumbó sobre la mesa, jadeante, su vestido arrugado y manchado con fluidos pegajosos, el cuerpo temblando con réplicas de placer. El Prototipo se apartó lentamente, su miembro retrayéndose con un chasquido húmedo, su sonrisa fija inalterada, pero su ojo brillante traicionando un atisbo de satisfacción fría.
—¿Te sientes mejor ahora? —preguntó, su voz un eco bajo en la habitación, fría como siempre.
Ella lo miró, ojos azules brillantes con un fuego renovado, el estrés disipado en el éxtasis.
—Sí... mucho. ¿Podrías repetir lo cuando te lo pida?
El Prototipo inclinó la cabeza, una campanilla de su sombrero tintineando suavemente en el silencio, un sonido que parecía una promesa oscura.
—Tal vez —respondió, su voz un eco prometedor en la oscuridad, cargado de la frialdad que los unía—. Pero la próxima vez... suplícalo más sucio. Dime cuánto quieres que tu “hermano” te rompa el coño.
Poppy se levantó lentamente, sintiendo el residuo pegajoso entre sus muslos, un recordatorio tangible de lo que acababa de pasar, un calor que la hacía sentir viva por primera vez en semanas. Tocó su torso expuesto con dedos temblorosos, trazando los tubos pulsantes con una reverencia casi devota. Los órganos internos latían bajo las placas, un ritmo que sincronizaba con su propio pulso acelerado, y ella sintió una conexión profunda, forjada en años de sufrimiento compartido y toques prohibidos.
—Siempre has sido así de frío —dijo ella, su voz aún ronca por los gemidos—, pero sé que te importo. Aquellos toques en el pasado... no eran accidentales, ¿verdad? Me hacías sentir esto mismo, este fuego. Y ahora... quiero más. Quiero que me marques como tuya, Oliver. Aunque sea pecado.
El Prototipo no negó ni afirmó; solo extendió un brazo para atraerla más cerca, su garra rozando su espalda en un gesto que era posesivo y controlador. Sus patas araña chasqueaban suavemente, ajustando su posición masiva. La fábrica parecía más silenciosa ahora, como si el mundo exterior se hubiera desvanecido en la intensidad de su encuentro, dejando solo el zumbido de sus mecanismos y el latido de sus cuerpos rotos.
—Vuelve cuando quieras más —murmuró, su voz distorsionada pero con un filo de invitación—. Pero recuerda, Poppy, esto no cambia nada. Somos lo que Elliot nos hizo: aunque el deseo... siempre pida más.
Ella asintió, pero en su interior, sabía que sí cambiaba. El estrés se había aliviado, reemplazado por una calidez adictiva que la hacía sentir completa, deseada en su fragilidad. Pasaron minutos en silencio, con ella recostada contra su forma masiva, escuchando el zumbido de sus mecanismos internos como una canción de cuna perversa. El olor de su unión persistía en el aire, un aroma a metal caliente y fluidos orgánicos que la embriagaba.
Más tarde, cuando Poppy regresó a sus deberes en los pasillos superiores, el peso de las quejas parecía más ligero, un eco distante comparado con el fuego que ardía en su interior. Las voces de los experimentos aún llegaban, demandantes y desesperadas, pero ahora tenía un secreto, un refugio en las profundidades donde podía perderse en el placer controlado de su "hermano" adoptivo. Y el Prototipo, en su soledad eterna, sentía un atisbo de algo más allá de la frialdad: un lazo que Elliot nunca había previsto, un deseo que los consumiría a ambos en la oscuridad de la fábrica.
Fin.