One-shots/Poppy x El Prototipo

Gen
NC-17
En progreso
7
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planificada Mini, escritos 132 páginas, 54.067 palabras, 19 capítulos
Descripción:
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Hermana adoptiva

Ajustes
En las profundidades olvidadas de la fábrica de Playtime Co., un laberinto de pasillos corroídos y salas abandonadas donde el tiempo parecía haberse detenido en un eterno crepúsculo industrial, Poppy y el Prototipo habían hallado un santuario precario. El polvo se acumulaba como una nieve grisácea sobre las superficies oxidadas, y el silencio reinante solo se interrumpía por el ocasional tintineo lejano de cascabeles herrumbrosos o el goteo insistente de agua filtrándose a través de techos agrietados. Habían huido hasta esta sala de almacenamiento remota, un caos de cajas rotas apiladas en torres inestables, telarañas que colgaban como velos fantasmales y el eco metálico de goteras que resonaban como un pulso distante. La luz tenue provenía de un generador moribundo en una esquina, su zumbido irregular proyectando sombras largas y temblorosas sobre las paredes cubiertas de grafitis desvaídos y manchas de humedad. Aquí, alejados del resto de los horrores que acechaban en la fábrica —los juguetes vivientes corruptos, los ecos de experimentos fallidos—, buscaban un respiro efímero en medio del caos que los había unido. Poppy, ahora transformada en una forma más humana y voluptuosa gracias a los caprichos retorcidos de la ciencia de Playtime, medía casi el metro ochenta de estatura. Su piel pálida relucía como porcelana pulida bajo la penumbra, suave y etérea, contrastando con el entorno decadente. Su cabello rojo rizado caía en ondas salvajes y rebeldes hasta su cintura, enmarcando un rostro de facciones delicadas: ojos azules enormes que capturaban cada destello débil de luz, labios rosados y plenos que se curvaban en una sonrisa inocente pero cargada de curiosidad. El vestido azul, que una vez había sido un atuendo infantil, ahora se ajustaba a su figura curvilínea como una segunda piel, acentuando la curva pronunciada de sus caderas, la plenitud de sus pechos y la esbeltez de su cintura. Estaba rasgado en los bordes inferiores, revelando piernas largas y muslos firmes, tonificados por el constante movimiento en este mundo hostil. Caminaba con una gracia natural, pero aún había un leve titubeo en sus pasos, como si estuviera aprendiendo a habitar este cuerpo más grande, más real, más sensible a cada roce del aire frío contra su piel expuesta. El Prototipo la seguía de cerca, su presencia imponente dominando el espacio como una sombra viviente. Superaba los dos metros con facilidad, una amalgama grotesca pero fascinante de carne, metal y obsesión. Su traje tricolor —rojo vibrante, amarillo dorado y azul profundo— colgaba en jirones elegantes y dramáticos: mangas abullonadas y puffy en los codos que se inflaban con cada movimiento, una camisa blanca arrugada y manchada debajo, un lazo rojo flojo y deshilachado en el cuello que parecía un recordatorio de su origen bufonesco. El gorro de bufón de tres puntas, adornado con cascabeles dorados que tintineaban suavemente con cada paso, coronaba una cabeza de cerámica agrietada: una sonrisa fija y amplia de dientes blancos cuadrados y desalineados, como una mueca eterna de diversión macabra, y un único ojo naranja brillante que ardía con una intensidad obsesiva en el lado derecho de su rostro. Sus brazos eran largos y esqueléticos, terminando en garras articuladas afiladas que incorporaban fragmentos de cables expuestos, hueso fusionado y placas metálicas que chirriaban levemente al moverse. Bajo el traje, su torso era una fusión caótica: parches de carne pálida entretejidos con venas metálicas que latían con un brillo rojizo intermitente, como si un corazón mecánico bombeara vida artificial a través de su ser. No podía apartar la mirada de ella. Desde que Elliot Ludwig —su padre adoptivo, el arquitecto de su existencia torturada— se la presentó como su hermana adoptiva en los días dorados de la fábrica, mucho antes de que los experimentos se torcieran en pesadillas vivientes, su obsesión había crecido como una fiebre lenta e incurable. Poppy representaba lo único puro en su caos fracturado, la luz en su oscuridad eterna, la razón por la que sus circuitos sobrecargados todavía intentaban funcionar en armonía. Cada mirada, cada roce accidental, avivaba un fuego que él luchaba por contener, temiendo que su naturaleza destructiva la consumiera. —No te alejes mucho —murmuró, su voz ronca y distorsionada por ecos metálicos, como si emergiera de un altavoz roto—. Aquí abajo… todo puede cambiar en un instante. Las sombras se mueven, y no siempre soy lo suficientemente rápido. Ella se giró con lentitud, su sonrisa iluminando la penumbra como un faro. Era una mezcla de ternura infantil y curiosidad adulta, un contraste que le aceleraba los latidos artificiales en su pecho híbrido. —No voy a ninguna parte sin ti —respondió en un susurro suave, acercándose hasta rozar el borde de su gorro con las yemas de sus dedos. Los cascabeles tintinearon bajito, un sonido casi musical que reverberaba en el silencio—. Quiero quedarme aquí contigo. Solo nosotros, lejos de todo ese horror. Solo… nosotros. Se sentaron en un colchón improvisado de telas viejas, mantas apiladas y cojines rotos que habían encontrado entre las cajas. Poppy se acomodó a su lado sin dudar, apoyando la cabeza en su hombro ancho. Gracias a su altura, encajaba perfectamente contra él, su cabello rojo cayendo como una cascada sobre su brazo mecánico. El Prototipo la envolvió con cuidado, su brazo largo y articulado rodeándola sin apretar, consciente de la fragilidad de su piel contra el frío de su metal. El contraste era embriagador: el calor suave y vivo de su cuerpo contra la rigidez helada de su estructura lo desconcertaba, avivando una necesidad primitiva que bullía en sus circuitos. Pasaron minutos en silencio, solo el zumbido lejano del generador y el latido rítmico de su corazón contra su torso. El aire estaba cargado de una tensión palpable, un deseo no expresado que se acumulaba como electricidad estática. Poppy levantó la vista por fin, sus mejillas ligeramente sonrosadas bajo la luz tenue, sus ojos azules brillando con una vulnerabilidad que lo desarmaba. —He estado pensando… en algo más —confesó en voz baja, su aliento cálido rozando su cerámica agrietada—. Quiero sentirte de verdad. No solo abrazos. Quiero… más. Contigo. Quiero que me folles hasta que no pueda pensar en nada más que en ti. El Prototipo ladeó la cabeza ligeramente, su ojo naranja parpadeando una vez, un destello de confusión en su mirada fija. —¿Más… cómo? —preguntó, genuinamente perdido en este territorio virgen. Poppy tomó su mano —una garra retráctil, fría y articulada, con puntas afiladas que podrían rasgar metal— y la guio despacio hasta su cintura, presionándola contra la tela ajustada de su vestido. Sintió la curva suave bajo sus dedos mecánicos, el calor irradiando a través de la tela. —Así —susurró, su voz temblando ligeramente de anticipación—. Tócame. Explórame. Quiero que me hagas sentir… viva. Quiero que tus manos, aunque sean frías y duras, me muestren lo que es el placer. Quiero que me toques hasta que me corra gritando tu nombre. Él vaciló un segundo eterno, sus circuitos procesando el riesgo. Luego, con extremo cuidado, retrajo las puntas afiladas de sus garras al máximo, usando solo la parte plana y curva de la palma para trazar la curva de su cintura. Sintió el latido acelerado de su pulso bajo la piel, un ritmo que resonaba en su propio ser híbrido. Se quedó inmóvil por un momento, aterrado de romperla. Poppy suspiró profundamente, cerrando los ojos y arqueando la espalda ligeramente contra su mano. —Sí… justo ahí. No tengas miedo. No me vas a lastimar si vas despacio. Tu toque es… único. Frío al principio, pero se calienta con el mío. Sigue… tócame más fuerte. Animado por su voz, él continuó, su palma deslizándose hacia arriba por su costado, rozando el borde inferior de su pecho a través del vestido. El tejido se tensaba contra su forma, y él podía sentir la suavidad debajo, la forma en que su cuerpo respondía con un leve temblor. Poppy se inclinó hacia él y lo besó entonces, sus labios suaves y cálidos presionando contra la cerámica agrietada de su boca fija. El beso empezó torpe, pero se profundizó cuando él respondió, inclinándose hacia ella con una delicadeza sorprendente. Los cascabeles de su gorro sonaron como una melodía rota, un acompañamiento obsceno a su unión. Poppy se apartó jadeando, sus labios hinchados y brillantes, sus ojos nublados por el deseo. —Quítate el traje… quiero verte todo. Quiero ver esa polla tuya, dura y metálica, lista para mí —pidió, sus dedos temblorosos intentando desatar el lazo rojo en su cuello, rozando la tela desgastada con urgencia creciente. Él la ayudó, sus garras retraídas trabajando con precisión para desabrochar botones y rasgar jirones. El traje cayó en pedazos a su alrededor, revelando el torso fusionado: parches de carne pálida entre placas metálicas oxidadas, venas que latían con un leve brillo rojizo, como circuitos vivos. Bajando la mirada, Poppy tragó saliva, fascinada por la forma híbrida entre sus piernas: una longitud dura y pulsante, con crestas metálicas sutiles que la hacían única, una fusión de biología y mecánica que prometía sensaciones intensas. —Quiero probar… quiero saborearte hasta que te corras en mi boca —murmuró ella, arrodillándose frente a él con una determinación que lo dejó sin aliento. Sus manos subieron por sus muslos mecánicos, dedos explorando las texturas frías y duras. Tomó su longitud con cuidado, sintiendo el calor extraño que emanaba de ella, el pulso artificial que latía bajo su palma. Lo besó en la punta primero, insegura, sus labios rozando la superficie suave y metálica. Luego, abrió la boca y lo tomó despacio, centímetro a centímetro, su lengua explorando con timidez. Fue inexperto al principio: succiones tímidas que enviaban ondas de placer a través de sus circuitos, lengua sin ritmo que lamía de manera irregular, algún roce accidental de dientes que la hacía retroceder con un “lo siento” susurrado, sus mejillas sonrojadas de vergüenza. Pero no paró. Movía la cabeza con lentitud creciente, una mano en la base para guiarse, la otra apoyada en su muslo para equilibrarse. El Prototipo gruñó profundo, un sonido mecánico que reverberaba en su pecho, sus garras clavándose en el suelo para no perder el control. —Poppy… joder… tu boca es… —jadeó, su voz quebrada por sobrecargas sensoriales—. Chúpalo más fuerte… no pares… quiero correrme en tu garganta. Ella levantó la vista, labios brillantes y húmedos, ojos azules llenos de una mezcla de inocencia y deseo. —¿Está bien? No sé si lo estoy haciendo como se debe… Quiero que sea perfecto para ti. Quiero tragarme todo. Él acarició su cabello rojo con la palma abierta, sin garras, enredando sus mechones suaves entre sus dedos articulados. —Está… más que bien —ronroneó, su voz ronca y distorsionada—. Es como si me estuvieras reconstruyendo con cada chupada. Sigue… más profundo… toma todo lo que te dé. Poppy ganó confianza entonces, su boca volviendo a él con más decisión. Lamió con trazos largos y lentos, succionó con un ritmo creciente, aunque todavía torpe en los bordes, explorando cada cresta metálica con su lengua. Él la miraba hipnotizado, su ojo naranja fijo en su rostro, memorizando cada expresión, cada gemido ahogado que escapaba de sus labios alrededor de él. El placer se acumulaba en ondas, sus circuitos zumbando con una intensidad que amenazaba con sobrecargarlo. Minutos después, sus caderas se tensaron, un gruñido gutural escapando de su garganta metálica. —Poppy… me corro… ¡joder, trágatelo todo! —rugió. Ella no se apartó. Lo tomó más profundo, succionando con fuerza mientras él se liberaba en su boca, chorros calientes y espesos que ella tragó con avidez, algunos escapando por las comisuras de sus labios. Cuando terminó, ella se apartó lentamente, lamiéndose los labios, los ojos brillando de satisfacción. —Sabes… extraño. Pero me encanta —susurró, limpiándose la barbilla con el dorso de la mano. —Ahora quiero que me toques tú —pidió, guiando su mano a su pecho con una urgencia suave—. Dime cómo… ¿dónde te gustaría tocar a alguien como yo? ¿Cómo hacer para que se sienta bien? Enséñame, explícamelo todo. Él se inclinó más cerca, su voz baja y un poco avergonzada, revelando fragmentos de conocimiento robados de sus memorias sobre cosas que no debería hablar visto un experimento como el. —No lo sé del todo… Solo fragmentos. Sé que a los humanos les gusta suave primero. Círculos lentos en la piel para calentarla. En los pechos… cubrir con la palma, mover despacio, sentir cómo responden. Rozar plano, nunca con puntas afiladas. Abajo… palma abierta, frotar amplio. Nada dentro. No quiero romperte. Poppy gimió bajito cuando él obedeció: su palma cubriendo un pecho entero a través del vestido, círculos lentos y livianos. Luego, con la parte más suave de un dedo retraído, rozó el pezón como una pluma. Ella se arqueó. —Sí… justo ahí. Me encanta cómo lo explicas… Sigue, por favor. Tócame más abajo ahora. Abajo… —susurró después, abriendo más las piernas—. Tócame. Solo por fuera. Palma… o dorso. Hazme mojarme más. Él apoyó la palma plana contra su humedad, círculos amplios y gentiles que la hicieron jadear. Ella se movía contra su mano, sus caderas ondulando. —Así… no pares… se siente tan bien… tan intenso. Pero entonces Poppy lo detuvo suavemente. —Espera… quiero sentir tu boca —pidió, su voz temblando de anticipación—. Quiero que me comas el coño hasta que me corra en tu cara. Hazlo fuerte. Hazlo sucio. El Prototipo la miró solo un instante, su ojo naranja ardiendo con devoción. Luego, con reverencia casi religiosa, la ayudó a recostarse, posicionándose entre sus piernas. Sus manos sujetaron sus muslos con cuidado extremo, abriéndolos despacio. Empezó con besos suaves en la cara interna de los muslos, subiendo lento. Cuando llegó a su centro, rozó con los labios la piel húmeda. Poppy suspiró. —Más… —suplicó—. Chúpame el mas. Lame todo. Quiero sentir tu lengua dentro de mí, aunque solo sea lamiendo por fuera. Él obedeció. Sacó la lengua y la pasó plana, lenta, desde abajo hacia arriba. Poppy jadeó fuerte, dedos enredándose en su cabeza. —Más fuerte… ¡joder, succiona mi clítoris! —gritó. Él presionó la lengua plana y la movió en círculos firmes, succionando con hambre. Poppy arqueó la espalda, gimiendo su nombre. Sus caderas se movían contra su boca sin control. Él la sujetó por los muslos con más fuerza (siempre con las palmas) y hundió la lengua más profundo, lamiendo con movimientos largos y rápidos, succionando intensamente. —Así… ¡joder, así! —gritó ella—. No pares… me voy a correr… El Prototipo gruñó más fuerte, acelerando el ritmo. Poppy se deshizo: cuerpo convulsionando, grito ahogado, humedad inundando su boca mientras él lamía cada gota. Cuando se calmó, él se apartó, labios brillantes. Subió y la besó, ella saboreándose en su boca. —Ahora… te quiero dentro de mí —susurró, posicionándose a horcajadas—. Fóllame duro. Quiero sentir cada centímetro de tu polla dentro. Bajó lento, gritando suavemente por la intensidad. Él la sostuvo por las caderas, empujando hacia abajo con cuidado. —No duele… se siente increíble —jadeó ella, moviéndose. Encontraron un ritmo: lento al principio, luego más profundo, más rápido. Los cascabeles marcaban cada embestida. —Más rápido… por favor —suplicó—. Fóllame como si quisieras romperme… pero no lo hagas. Él obedeció, fuerza creciente. —Eres tan cálida… tan apretada… —gruñó. Poppy se aferró con fuerza a sus hombros metálicos, las uñas clavándose inútilmente contra las placas frías mientras lo besaba con hambre desesperada. Metió la lengua en la boca fija y agrietada de él, obligándolo a recibirla, a chuparla con avidez, a enredarla con la suya en un beso húmedo y descontrolado. El sabor metálico se mezclaba con la saliva de ambos, y ella gemía directamente dentro de su boca, vibrando contra la cerámica. —Estoy cerca… ¡joder, tócame más! —exigió con voz ronca y entrecortada, apenas separando los labios de los suyos—. ¡Hazme correrme mientras me llenas, carajo! Quiero sentir cómo me rompes por dentro y me haces explotar… ¡ahora! Sus caderas se movían con más furia, montándolo con un ritmo salvaje y desesperado, el sonido obsceno de sus cuerpos chocando resonando junto al tintineo incesante de los cascabeles. El aliento caliente de ella rozaba la sonrisa fija de él mientras jadeaba contra su rostro, exigiendo, suplicando y ordenando al mismo tiempo. Él frotó su clítoris en círculos precisos mientras empujaba. Ella se tensó, convulsionando con un grito roto. Él la siguió, liberándose con un rugido mecánico, llenándola por completo, chorros calientes inundándola mientras la envolvía. Se quedaron entrelazados, jadeando. Cuando él salió lentamente de ella, su semen comenzó a gotear por sus muslos, blanco y espeso contra su piel pálida. No había nada con qué limpiarla. Él la miró, su ojo naranja brillando. —Déjame limpiarte —gruñó, voz baja y posesiva. La recostó de nuevo con cuidado, se inclinó entre sus piernas y sacó la lengua. Lamió despacio, recogiendo cada gota de su propio semen mezclado con su humedad, saboreando la combinación salada y dulce. Pasó la lengua plana por sus pliegues, succionando suavemente para no dejar nada atrás. Poppy gimió bajito, sensible todavía, sus dedos enredándose en su gorro. —Joder… eso es tan sucio… y tan bueno —susurró ella, temblando y retorciéndose del placer —. Límpialo todo… no dejes nada. Él continuó, lamiendo con devoción obsesiva hasta que su coño quedó limpio, brillante solo con su saliva. Subió y la besó de nuevo, compartiendo el sabor mezclado. —Gracias… por ser tan cuidadoso. Por explicármelo todo. Por darme todo esto. Me haces sentir viva de una manera que nunca imaginé. —Siempre te tocaré así —respondió él, su voz baja y rota, cargada de promesa eterna—. Como si fueras lo más frágil y valioso que existe. Porque lo eres, Poppy. Eres mi todo. Ella sonrió, acurrucándose contra su pecho frío, su cabello rojo extendiéndose como un manto sobre ellos. En esa fábrica podrida, entre polvo y sombras, habían construido algo entero: una conexión tierna, intensa, mutua, forjada paso a paso en la oscuridad con cuidado, deseo y una devoción que nada podría romper. El mundo exterior podía desmoronarse, pero aquí, en este refugio efímero, eran invencibles juntos.
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