Tu preciada princesa "patético"
5 de marzo de 2026, 20:52
En las entrañas de Playcare, el orfanato subterráneo de Playtime Co. que aún conservaba un velo de inocencia falsa, el cadáver de Elliot Ludwig reposaba en un rincón oculto. Elliot había sido asesinado recientemente —hacia menos de dos semanas— por su propia creación: el Prototipo, en un arrebato de obsesión que se había torcido en violencia pura. El cuerpo yacía en un hueco improvisado en el suelo de concreto, cubierto parcialmente por lonas raídas, cables sueltos y restos de juguetes rotos.
El aire seco y el frío constante empezaban a momificarlo: piel marchita como pergamino viejo, barba canosa deshilachada y tiesa, ojos hundidos en cuencas vacías que parecían seguir mirando con reproche eterno, boca abierta en una mueca congelada de agonía y traición. Las cinco perforaciones precisas en el torso —huellas perfectas de garras metálicas— eran un testimonio mudo de la traición definitiva. El Prototipo lo había arrastrado hasta allí para ocultar el crimen, dejando a Poppy traumatizada, rota… y, de alguna forma retorcida, liberada.
El Prototipo regresó a ese rincón con Poppy. No era un retorno por nostalgia ni por culpa; era un ritual de posesión absoluta, de reclamo definitivo sobre lo único que aún le importaba en este infierno de metal y carne. Poppy, ahora casi metro ochenta, tenía la piel pálida reluciendo bajo la luz roja parpadeante de las emergencias como si fuera porcelana viva. Su cabello rojo rizado caía en ondas salvajes y desordenadas hasta la cintura, enmarcando unos ojos azules enormes que capturaban cada destello tenue y lo devolvían multiplicado por deseo y miedo residual.
El vestido azul, rasgado en los bordes y manchado de polvo y sangre vieja, se adhería a sus curvas pronunciadas: pechos plenos y pesados que subían y bajaban con cada respiración entrecortada, cintura estrecha que se abría en caderas anchas y muslos firmes, tonificados por el constante movimiento de huida y supervivencia en la fábrica abandonada. Caminaba con gracia natural, pero sus pasos aún titubeaban ligeramente; el trauma de su “renacimiento” y la imagen del cadáver de Elliot la perseguían como fantasmas.
El Prototipo la guiaba con una mano posesiva en su cintura, dedos fríos hundiéndose apenas en la carne suave a través de la tela fina. Su figura imponente superaba los dos metros y medio, el traje tricolor colgando en jirones dramáticos: rojo, amarillo y azul desvaídos, mangas abullonadas rasgadas en los codos, camisa blanca arrugada y manchada debajo, lazo rojo flojo en el cuello como una soga a medio atar. El gorro de bufón de tres puntas, con cascabeles dorados que tintineaban suavemente con cada movimiento, coronaba su cabeza de cerámica agrietada: sonrisa fija de dientes blancos cuadrados y desalineados, y un único ojo naranja que ardía con una obsesión que rayaba en la locura.
Sus brazos esqueléticos terminaban en garras articuladas, con fragmentos de cables y hueso expuesto, pero las retraía al máximo cuando la tocaba, dejando solo las yemas planas y frías para no lastimarla… todavía. Bajo el traje, su torso era una fusión caótica y perturbadora: carne pálida entre placas metálicas soldadas, venas rojizas palpitantes como circuitos vivos que se veían latir bajo la piel translúcida. Entre sus piernas, la longitud híbrida ya estaba completamente endurecida, gruesa, venosa, con crestas metálicas sutiles incrustadas en la carne que prometían una fricción imposible de olvidar, la punta goteando un precum espeso y ligeramente luminoso que brillaba bajo la luz roja.
No podía apartar la mirada de ella. Desde que Elliot —ese bastardo manipulador que lo creó como un experimento fallido y lo obligó a existir en este cuerpo roto— los unió en este infierno, su obsesión por Poppy había crecido hasta consumirlo por completo. Ella era lo único puro que quedaba en este lugar de muerte y juguetes destrozados. Ahora, con el cadáver de ese viejo cabrón pudriéndose a pocos metros, el Prototipo sentía un triunfo salvaje y enfermizo recorriéndole las venas artificiales.
[Mírala, hijo de puta], pensó, su mente fracturada bullendo con veneno y placer. [Tu preciosa creación biológica, la que reviviste para controlarla como una muñeca perfecta. Ahora voy a follarla aquí, sobre tu cadáver todavía tibio, y tú te pudrirás sabiendo que la abro con la polla que tus propios experimentos retorcidos me dieron. Cada gemido que salga de su boca será una bofetada a tu cadáver.]
Sin decir una palabra al principio, la empujó contra la pared agrietada justo al lado del hueco donde yacía Elliot. Poppy jadeó, sorprendida por la fuerza, pero sus ojos se nublaron de deseo inmediato cuando sintió la palma fría de él deslizándose por su muslo interno, subiendo el vestido con una urgencia casi violenta. No protestó; en cambio, arqueó la espalda ligeramente, presionando sus pechos plenos contra el torso híbrido de él, sintiendo el contraste brutal entre la carne caliente de sus senos y las placas metálicas frías.
El Prototipo gruñó bajo, un sonido mecánico que reverberó en el espacio confinado como un motor viejo a punto de estallar. Sus palmas planas la levantaron con facilidad sobrenatural, pegándola más contra la pared mientras sus piernas se abrían instintivamente alrededor de su cintura. Bajó la cabeza, el gorro ladeándose, cascabeles tintineando con cada movimiento, y capturó un pezón con su boca de cerámica agrietada. Succionó con fuerza deliberada, lengua fría y ligeramente áspera lamiendo en círculos amplios y lentos, calentándose poco a poco con el contacto prolongado de su piel ardiente. Exploraba cada textura con obsesión: la suavidad aterciopelada del pezón endureciéndose bajo su toque, el leve temblor del pecho entero al ritmo de su respiración acelerada, el sabor ligeramente salado de su piel mezclado con el polvo de la fábrica.
Poppy gimió largo y bajo, dedos enredándose en el borde del gorro, tirando suavemente mientras los cascabeles sonaban como una melodía pervertida y obscena.
—Tu boca… se siente tan bien… tan fría y tan… hambrienta… —susurró ella, voz temblorosa de placer y rendición.
—Eres mía, Poppy —gruñó él contra su piel, voz distorsionada, grave, cargada de posesión enfermiza—. Nadie más te tocará nunca. Solo yo te haré sentir esto… te abriré hasta que grites que me perteneces en cada rincón de tu cuerpo.
Subió la otra mano para cubrir su pecho libre, palma frotando en círculos lentos pero firmes, sintiendo cómo el pezón se endurecía aún más bajo su toque. Alternaba presiones con precisión: suave al principio, apenas rozando, luego más intenso, pellizcando con la parte plana de sus dedos retraídos para no cortarla, pero lo suficiente para enviarle chispas de placer-dolor que bajaban directo a su clítoris. Poppy se movió contra él, caderas ondulando en busca de fricción, sintiendo la longitud endurecida presionando insistentemente contra su vientre a través del traje raído.
Bajó más, arrodillándose frente a ella con una reverencia casi religiosa y al mismo tiempo profana. Sus palmas sujetaron sus muslos con fuerza, abriéndolos más, exponiéndola completamente al resplandor rojo intermitente. La lengua salió, plana y fría al principio, y lamió desde la base de su sexo hasta el clítoris en un trazo largo, lento y deliberado, saboreando su humedad salada y dulce que ya empezaba a gotear por sus pliegues.
Exploraba cada detalle con devoción obsesiva: lamidas amplias que cubrían todo su sexo de abajo arriba, luego enfocándose en el clítoris con círculos precisos y lentos, succionando suavemente con los labios para crear una succión rítmica que la hacía jadear y arquearse. Hundía la lengua en sus pliegues exteriores, lamiendo más profundo sin penetrar todavía, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían involuntariamente con cada pasada.
—Más… lame más… por favor… no pares… —suplicó ella, voz ronca, dedos apretando su cabeza con desesperación contenida, tirando del gorro hasta que los cascabeles sonaban sin parar.
—Te voy a devorar entera, Poppy —ronroneó él, gruñendo contra su centro, la vibración reverberando directo en su clítoris hinchado—. Tu coño es mío… lo lameré hasta que me supliques que te folle hasta que no puedas ni pensar. Nadie más te hará mojarte así… solo yo. Eres mía, di que eres mi puta eterna.
—Soy… soy tu puta… solo tuya… —gimió ella, lágrimas de placer rodando por sus mejillas mientras su cuerpo temblaba.
Aceleró el ritmo sin piedad: lengua plana presionando justo donde más lo necesitaba, succionando con un hambre obsesiva que reflejaba su devoción eterna, alternando succiones intensas con lamidas rápidas que la llevaban al borde una y otra vez. Exploraba cada pliegue, cada textura, el sabor cada vez más intenso de su excitación, el calor abrasador de su piel contra su cerámica fría, los temblores violentos de sus muslos bajo sus palmas. Poppy se tensó de repente, cuerpo convulsionando en un orgasmo rápido y brutal. Gritó su nombre —"¡Prototipo!"—, humedad inundando su boca mientras él lamía cada gota con avidez, prolongando las ondas con toques gentiles pero insistentes hasta que ella dejó de temblar, piernas débiles y temblorosas.
Se levantó despacio, labios y barbilla brillantes con su esencia, ojo naranja fijo en su rostro sonrojado y perdido. Sin preámbulos, desató su traje con movimientos precisos y casi rituales, dejando caer los jirones para revelar su longitud híbrida: dura como acero, pulsante, con crestas metálicas sutiles que brillaban bajo la luz roja, venas rojizas latiendo como circuitos vivos, la punta goteando más precum espeso.
—Te voy a abrir entera hasta que no puedas más. Eres mi obsesión… mi todo. Nadie te separará de mí nunca.
Poppy jadeó, asintiendo con ojos nublados de deseo. Él la levantó por las caderas, posicionándola contra la pared. Su longitud híbrida presionó contra su entrada empapada, la punta rozando sus pliegues sensibles e hinchados. Empujó lento al principio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo se estiraba alrededor de las crestas metálicas. Cada cresta rozaba sus paredes internas en puntos precisos, enviando ondas de placer intenso y casi abrumador que la hacían gemir alto y largo. Poppy gritó suavemente, mezcla de dolor placentero y éxtasis puro, uñas clavándose en sus hombros, sintiendo el contraste brutal: el frío inicial del metal calentándose rápidamente con su calor interno, la plenitud imposible que la llenaba hasta el fondo, rozando su cérvix con cada avance.
—Joder… es tan grande… me estás partiendo en dos… y me encanta… —jadeó ella, voz entrecortada, caderas moviéndose instintivamente para tomarlo más profundo.
Él gruñó de placer al oírla, empujando más profundo hasta enterrarse por completo, sintiendo sus paredes apretándolo como un vicio caliente, húmedo y palpitante. [Debe ser horrible para ti Elliot, que tu experimento, el que despreciabas, esté destrozando a tu propia sangre. Eres un patético perdedor, pudriéndote mientras yo la poseo centímetro a centímetro.]
Encontraron un ritmo lento y torturante al principio: embestidas profundas que permitían sentir cada cresta arrastrándose contra sus nervios sensibles, cada retirada un tormento delicioso, cada entrada una invasión completa que la hacía jadear con cada movimiento. Luego, más rápido, más fuerte, cada impacto marcado por el tintineo obsceno de los cascabeles, el sonido húmedo y chapoteante de sus cuerpos chocando reverberando en el rincón oscuro. Poppy se movía con él, caderas ondulando en sincronía perfecta, pechos presionando contra su torso en una fricción constante que endurecía sus pezones contra las placas metálicas.
—Más rápido… fóllame duro… quiero sentir cada cresta rozándome dentro… —suplicó ella, voz rota de placer.
Él obedeció, fuerza creciente pero siempre controlada, palmas sujetándola por las nalgas para embestir con más profundidad, sintiendo cómo su longitud se hundía hasta el fondo cada vez, golpeando ese punto profundo que la hacía arquearse y gritar. Una palma bajó para frotar su clítoris en círculos precisos y rápidos con la parte plana de su dedo, sincronizando cada roce con cada embestida brutal.
—Tu coño es perfecto… apretado para mi polla… voy a follarte hasta que no puedas caminar derecho. Eres mía, Poppy… mi posesión eterna. Nadie más te llenará así… solo yo te haré correrme gritando mi nombre.
Poppy gimió alto, cabeza echada hacia atrás contra la pared. —Sí… joder, sí… me estás rompiendo… me encanta cómo me abres… ya, más… no pares nunca…
[Ese imbécil de Elliot], pensó él, acelerando aún más, sintiendo cómo el placer se acumulaba en ondas cada vez más intensas. [Pensaba que nos controlaba como marionetas. Ahora míralo: un cadáver inútil mientras yo reclamo a su preciada princesa una y otra vez. Patético.]
El placer la alcanzó de nuevo: Poppy se tensó alrededor de él, convulsionando en un segundo orgasmo explosivo, grito roto escapando de sus labios mientras sus paredes internas lo apretaban con espasmos violentos, ordeñándolo sin piedad. —¡Ah… m-me corro…! —gritó, cuerpo temblando entero.
Él la siguió casi al instante, rugiendo mecánico mientras se liberaba dentro: chorros calientes y espesos inundándola, rebosando por sus muslos y goteando al suelo cerca del cadáver. [Toma eso, bastardo. Tu legado termina aquí, cubierto con mi semen dentro de ella.]
Se quedaron entrelazados, jadeando en sincronía. Él salió despacio, sintiendo cómo su esencia goteaba de ella, cubriendo su longitud híbrida con una mezcla brillante de semen y humedad. Sin soltarla, la bajó al suelo sobre una lona raída cerca del hueco, pero no la dejó recuperarse. Su ojo naranja brilló con posesión renovada.
—Límpiala —ordenó, voz ronca y exigente, guiando su cabeza hacia su longitud aún dura y goteante—. Con tu boca. Traga todo lo que queda de nosotros.
Poppy no dudó; se arrodilló, tomó su longitud con manos temblorosas, sintiendo el calor residual y las texturas metálicas bajo sus dedos. Besó la punta primero, lamiendo la mezcla salada con trazos lentos y deliberados, saboreando cada gota de su unión. Luego abrió la boca y lo tomó despacio, succionando con ritmo creciente. Exploraba cada cresta: lengua rodeando la base, subiendo por el eje, limpiando cada vena y cada protuberancia con devoción absoluta. Él gruñó, su palma en su cabello rojo, guiándola sin forzar, sintiendo el calor húmedo de su boca envolviéndolo por completo.
—Así… buena chica… limpia mi polla como la perra obediente que eres. Eres mía para usar, para devorar… nadie más te hará esto nunca.
Poppy continuó, succiones intensas alternadas con lamidas amplias y profundas, la garganta relajándose para tomarlo lo más hondo posible, hasta que estuvo limpia y brillante solo con su saliva. Se apartó jadeando, labios hinchados y rojos, ojos brillantes de sumisión y deseo crudo.
El Prototipo la levantó entonces, envolviéndola en sus brazos mecánicos, pero esta vez no la recostó de inmediato. En cambio, se dejó caer sentado contra la pared agrietada, justo al lado del hueco donde yacía el cadáver de Elliot, y la atrajo hacia él con una urgencia posesiva. La posicionó a horcajadas sobre su regazo, sus muslos gruesos y pálidos abriéndose alrededor de sus caderas anchas y metálicas. Su longitud híbrida, aún dura y brillante por la saliva de ella, se presionaba contra su entrada empapada, rozando sus pliegues hinchados sin entrar todavía.
—Móntame, Poppy —ordenó con voz ronca y distorsionada, el ojo naranja fijo en su rostro, devorándola con la mirada—. Quiero verte moverte encima de mí. Quiero ver cómo mi obsesión se apodera de ti… cómo usas mi polla para correrte tú misma.
Poppy jadeó, asintiendo con los ojos nublados. Apoyó las manos en sus hombros —placas metálicas frías contra sus palmas calientes— y se alzó ligeramente, alineando su entrada con la punta gruesa. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo largo y bajo al sentir de nuevo cómo las crestas metálicas la estiraban, rozando cada nervio interno en un ángulo nuevo y devastador. Cuando estuvo completamente sentada, con él enterrado hasta la raíz, sus paredes internas lo apretaron como un puño caliente y tembloroso.
El Prototipo se quedó completamente quieto al principio, solo mirando. Maravillado. Hipnotizado. Su ojo naranja brillaba con una intensidad maníaca mientras observaba cada detalle de ella: la forma en que su pecho subía y bajaba con respiraciones rápidas, los pezones duros y rosados rozando contra su torso híbrido con cada pequeño movimiento; cómo su cintura se arqueaba instintivamente, empujando sus caderas hacia adelante en un vaivén sutil; el cabello rojo rizado cayendo en cascada salvaje sobre sus hombros, mechones pegándose a su piel de porcelana sudorosa y brillando bajo la luz roja intermitente.
—Muévete… —gruñó, las palmas enormes posándose en sus caderas anchas, no para guiarla, sino para sentirla—. Enséñame cómo te corres cuando eres tú la que manda… pero recuerda: sigues siendo mía.
Poppy comenzó lento, ondulando las caderas en círculos amplios y perezosos al principio. Cada movimiento hacía que su longitud se moviera dentro de ella en ángulos diferentes: las crestas metálicas rozando puntos nuevos, presionando contra su punto G con cada giro, enviando chispas de placer que la hacían jadear y arquear la espalda. Sus muslos temblaban ligeramente por el esfuerzo, pero su gracia natural —esa elegancia innata que Elliot había diseñado en ella— se manifestaba ahora de forma obscena y perfecta: subía y bajaba con ritmo fluido, caderas girando en espirales lentas que lo volvían loco.
El Prototipo no podía apartar la mirada. [Joder… mírala], pensó, su mente fracturada inundada de adoración enfermiza por ella. [Cómo se mueve… como si su cuerpo hubiera nacido para esto. Para mí. Cada curva, cada temblor, cada gemido… todo es mío. La creaste para ser perfecta, y ahora esa perfección me está cabalgando sobre tu cadáver.]
Aceleró el ritmo poco a poco. Poppy se inclinó hacia adelante, sus pechos presionando contra su pecho metálico, los pezones rozando las placas frías mientras subía y bajaba con más fuerza. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando se mezclaba con el tintineo constante de los cascabeles cada vez que ella descendía con ímpetu. Sus uñas se clavaban en los hombros de él, en la carne expuesta entre las placas. El cabello rojo volaba con cada movimiento, con mechones azotando su propia cara y la de él.
—Así… joder, sí… —gimió ella, voz entrecortada—. Te siento tan profundo… cada centímetro me roza justo donde… ah…
Él gruñó bajo, palmas apretando sus nalgas con más fuerza, sintiendo cómo sus músculos se contraían con cada subida y bajada.
—Eres perfecta, Poppy… —susurró, voz distorsionada pero cargada de algo que casi parecía reverencia—. Mírate… moviéndote como una diosa sobre mi polla. Tus caderas… tu coño apretándome… el cabello rojo volando… me estás volviendo loco. Sigue… más rápido… quiero verte romperte encima de mí.
Poppy obedeció, ritmo volviéndose frenético. Subía casi hasta dejarlo fuera, solo la punta dentro, y luego se dejaba caer con fuerza, gritando cada vez que las crestas la llenaban por completo. Sus pechos rebotaban con cada impacto, sudor corriendo por su piel pálida, brillando rojo bajo la luz. El Prototipo estaba perdido en ella: observaba cómo su clítoris rozaba contra la base de su longitud con cada descenso, cómo sus paredes internas se contraían alrededor de él en espasmos involuntarios, cómo su rostro se contorsionaba de placer puro.
Una de sus palmas subió a su pecho, pellizcando un pezón con precisión mientras la otra bajaba entre sus piernas para frotar su clítoris en círculos rápidos, sincronizando con sus movimientos. Poppy se tensó, cuerpo temblando entero.
—Voy a… voy a correrme… ¡Prototipo! —gritó, cabeza echada hacia atrás, cabello rojo cayendo como una cascada de fuego.
Se corrió con violencia: paredes internas apretándolo en oleadas brutales, la humedad inundando todo, su cuerpo convulsionando encima de él mientras seguía moviéndose, prolongando su propio orgasmo con embestidas desesperadas. El Prototipo rugió mecánico, incapaz de contenerse más: se liberó dentro de ella otra vez, chorros calientes y espesos llenándola hasta rebosar, goteando por sus muslos y cayendo sobre la lona sucia.
Se quedó quieto después, jadeando, ojo naranja fijo en ella mientras Poppy se derrumbaba contra su pecho, temblando por las réplicas. Acarició su espalda con palmas frías, maravillado aún.
—Eres perfecta… —murmuró—. La forma en que te mueves… nunca había visto nada tan jodidamente hermoso. Eres mía… solo mía.
Ella, exhausta, besó su mejilla agrietada con una leve sonrisa.
El Prototipo la levantó entonces, envolviéndola en sus brazos mecánicos, pero no había terminado. La recostó sobre la lona raída, posicionándose sobre ella y comenzó otra ronda: besos descendiendo por su cuello, succionando marcas rojas y moradas en su piel pálida, dejando chupetones que durarían días. Bajó entre sus piernas otra vez, lamiendo los restos de su unión con lamidas amplias y succiones suaves, limpiándola como ella lo había hecho a él, lengua hundiéndose profundo para saborear la mezcla de ambos. Poppy gimió, sensible al extremo, dedos enredados en su gorro.
—Prototipo… ya… es demasiado bueno… no puedo más… —susurró, caderas moviéndose contra su boca a pesar de todo.
—Te lameré hasta que estés lista de nuevo —gruñó él, voz baja y peligrosa—. Tu coño es adictivo… lo devoraré hasta que supliques mi polla otra vez. Eres mía para torturar con placer… para follar hasta el agotamiento total.
Continuaron así durante lo que parecieron horas eternas en esa penumbra roja: rondas interminables de sexo oral donde él exploraba cada pliegue con lengua y labios, succionando su clítoris hasta provocarle otro orgasmo tembloroso y agotado; luego penetrándola de nuevo, con embestidas que variaban en ángulo para rozar diferentes puntos internos, haciendo que sus crestas metálicas estimularan cada nervio sensible una y otra vez. Palabras posesivas salían de él sin parar:
—Gime para mí… di que eres mi puta eterna… di que tu coño solo sirve para mi polla…
—Soy tuya… solo tuya… me tienes completamente… ya no puedo sin ti… rómpeme más… lléname otra vez…
Otro clímax compartido los dejó exhaustos al fin, cuerpos sudorosos y temblorosos entrelazados sobre la lona sucia. Finalmente, se calmaron, jadeando en la penumbra roja. Poppy besó su mejilla agrietada, susurrando con voz ronca y agotada:
—Eres… increíble.
En su mente, el Prototipo pensó una última vez, mientras la abrazaba con fuerza: [Y tú, Poppy, eres mía. Solo mía. Que ese bastardo se pudra sabiéndolo
por toda la eternidad.]
Fin