One-shots/Poppy x El Prototipo

Gen
NC-17
En progreso
7
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planificada Mini, escritos 132 páginas, 54.067 palabras, 19 capítulos
Descripción:
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Espejos rotos

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En las profundidades más olvidadas de la Fábrica de Juguetes Playtime Co., donde el polvo se acumulaba como una capa de nieve sucia sobre montañas de cajas rotas y restos de sueños infantiles abandonados, el Prototipo y Poppy mantenían un equilibrio frágil y podrido. La paz entre los experimentos era un pacto silencioso, sostenido por el miedo y la resignación. Huggy Wuggy, con su pelaje azul raído y los ojos hundidos en sombras eternas, acechaba en los conductos de ventilación sin atreverse a bajar. CatNap se deslizaba como un fantasma entre las vigas, sus ojos rojos brillando solo cuando olía sangre o desesperación. Los Smiling Critters deformados, sabían que no debían desobedecer. El Prototipo era la sombra larga y silenciosa que imponía orden con un solo gesto de sus extremidades alargadas, un recordatorio viviente de que la fábrica ya no pertenecía a los humanos. Poppy, con su piel de porcelana impecable y su figura —alcanzando casi 1.30 metros, frágil como una figura de adorno que alguien había intentado romper y luego reparar con cinta adhesiva—, era la voz que calmaba, la que negociaba con una dulzura rota y desesperada. Sus ojos grandes y azules todavía conservaban ese brillo infantil que Elliot Ludwig había diseñado con tanto cuidado, pero ahora estaban opacados por años de polvo y traición. No se llevaban bien. Nunca lo habían hecho. Eran hermanos en el sentido más retorcido: ambos creados por el mismo hombre, ambos abandonados en el mismo infierno de metal y tela. Él era el Experiment 1006, el primero, el prototipo perfecto. El que Elliot había adoptado como un hijo en aquellos días de locura científica, cuando la fábrica aún olía a pintura fresca y promesas. Una figura imponente de más de tres metros de altura, con torso humanoide delgado y costillas visibles que albergaban un núcleo que brillaba débilmente con una luz azulada y fría. Su rostro era de porcelana agrietada, fijado en una sonrisa cuadrada y antinatural de dientes rectangulares que nunca se cerraban del todo. Un solo ojo mecánico amarillo brillaba con inteligencia fría y calculadora en una órbita, mientras la otra permanecía como un socket vacío y oscuro, un hueco que parecía absorber la luz. Sobre su cabeza llevaba el sombrero de bufón de tres puntas con campanas mudas, reliquia de un diseño infantil que ahora parecía una burla cruel. Vestía una chaqueta azul raída con cuello vuelto, lazo rojo deshilachado y mangas abombadas de colores primarios desvaídos, como un payaso que había escapado de una pesadilla. Debajo de la cintura, su cuerpo se fusionaba en una masa mecánica de araña: seis patas metálicas largas y articuladas, construidas con piezas de fábrica, tendones y músculos humanos expuestos en algunos segmentos, terminando en puntas afiladas a 45 grados que dejaban marcas profundas en el suelo de concreto. Sus brazos esqueléticos, desproporcionadamente largos, colgaban a los lados como ramas muertas, terminando en garras con múltiples articulaciones y púas metálicas que podían cortar acero o acariciar con una delicadeza aterradora. Esa noche, después de que un grupo de experimentos menores provocara un disturbio en el ala de almacenamiento —rompiendo tubos de ensayo, liberando un gas espeso que hacía toser a todos y dejaba un olor acre a químicos viejos—, el Prototipo había perdido los estribos por completo. El aire aún vibraba con el eco de los gritos y el sonido de metal contra metal. —¡Te dije que los vigilaras, Poppy! —rugió él, su voz resonando como metal contra metal en el pasillo oscuro, tan profunda que hacía vibrar las tuberías oxidadas del techo—. ¡No eres su niñera, eres su guardia! ¡Si no puedes mantener el orden, yo lo haré a mi manera! ¡Y mi manera termina con cuerpos colgando de las vigas! Ella se mantuvo firme en medio del pasillo, su vestido azul raído pegado a su piel de porcelana por el sudor y el polvo. El lazo rojo en su cabello rojo estaba un poco torcido, como si incluso su apariencia perfecta empezara a desmoronarse. Sus ojos grandes y azules lo miraron con cansancio infinito, pero también con ese fuego pequeño que nunca se apagaba del todo. —Solo fue un error —respondió ella, suave, como siempre, intentando que su voz no temblara—. No todos son como tú. Algunos todavía recuerdan cómo era antes… cuando éramos solo juguetes, cuando Elliot nos prometía que seríamos felices. Él se acercó con pasos pesados. Sus seis patas araña chasqueaban contra el suelo con un sonido metálico irregular, como cuchillos afilándose. La sombra de su figura de jester-araña la cubrió por completo, bloqueando la luz tenue de las lámparas de emergencia que parpadeaban en el techo. —No me hables de “antes” —siseó él, inclinando su torso humanoide sobre ella. Su núcleo brilló con más fuerza, proyectando sombras danzantes en las paredes—. Antes era una mentira. Elliot nos mintió a los dos. Y tú sigues aferrándote a esa mentira como una muñeca rota que espera que alguien la arregle. Pasaron las horas. La fábrica volvió a su silencio inquietante, roto solo por el goteo lejano de tuberías y el zumbido ocasional de maquinaria que nadie había apagado nunca. Poppy se retiró a una de las salas de observación abandonadas, donde los espejos antiguos aún colgaban torcidos en las paredes, cubiertos de polvo y grietas. Se sentó en el borde de una mesa rota, abrazándose las rodillas contra el pecho. El vestido se le subió ligeramente por los muslos de porcelana lisa. El Prototipo la siguió, sus patas araña moviéndose con precisión inquietante, para asegurarse de que no hubiera más problemas. Pero algo en el aire estaba distinto esa noche. La fatiga acumulada durante décadas, el peso de los años atrapados en este lugar, la hizo bajar la guardia por primera vez en mucho tiempo. —Estoy harta de esto —murmuró ella, más para sí misma que para él—. De que me grites por todo. De que actúes como si yo fuera el error y tú el salvador. Como si tú fueras el único que merece sobrevivir aquí. Él se detuvo en el marco de la puerta, sus brazos esqueléticos colgando inertes mientras las patas araña se flexionaban ligeramente, las puntas arañando el suelo. El sombrero de bufón se inclinó un poco, las campanas mudas brillando bajo la luz parpadeante. —¿Y qué quieres que haga? —preguntó él con sarcasmo venenoso—. ¿Que te mime como una muñequita rota? ¿Que te acaricie la cabeza y te diga que todo va a estar bien? Eso es lo que hacía Elliot, ¿verdad? Y mira dónde terminó. Poppy levantó la vista. Sus labios de porcelana temblaron. Fue un momento de debilidad absoluta, uno que no planeó y que no pudo detener. Las palabras salieron como veneno que había guardado durante años. —Elliot nunca me habría tratado así. El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. El aire se espesó. El núcleo en el torso del Prototipo se encendió con una intensidad cegadora, proyectando un resplandor azul que iluminó cada grieta en los espejos. Su ojo amarillo se dilataron, el socket vacío pareciendo absorber toda la luz de la habitación. —¿Qué dijiste? —preguntó él, voz baja y peligrosa, casi un susurro que raspaba como metal oxidado. Poppy se arrepintió al instante, pero ya era tarde. El miedo le subió por la columna vertebral de porcelana como electricidad. —Dije que Elliot nunca… No terminó la frase. El Prototipo cruzó la distancia en unos pocos pasos largos de sus patas araña, tan rápidos que el aire se movió a su alrededor. Una garra esquelética se cerró alrededor de su brazo delgado con fuerza inhumana, pero sin romper la porcelana… todavía. Los dedos múltiples se clavaron lo suficiente para dejar marcas rojas que se verían durante días. La arrastró por el pasillo, sus pies apenas tocando el suelo mientras las patas de él chasqueaban detrás como un enjambre de insectos metálicos. —¡Suéltame! ¡P-Prototipo! ¡Por favor! —gritó ella, pataleando en el aire, su vestido subiéndose y exponiendo más piel lisa. —Cállate —ordenó él, sin siquiera mirarla. Su voz era fría, controlada, pero debajo latía una rabia que llevaba décadas fermentando. La llevó hasta el Cuarto de Pruebas 4-B, una sala olvidada en las entrañas de la fábrica donde los científicos habían probado espejos unidireccionales y reflectantes antes de que todo se fuera al infierno. Las paredes estaban completamente cubiertas de fragmentos de vidrio: espejos rotos, agrietados en patrones de telaraña, algunos colgando de marcos oxidados como cuadros torcidos, otros hechos añicos en el suelo y formando un tapiz peligroso de reflejos distorsionados. Cientos, miles de versiones de ellos mismos los miraban desde todos los ángulos posibles. La luz de una lámpara de emergencia parpadeaba irregularmente, proyectando sombras irregulares que bailaban como payasos locos. La arrojó al centro de la habitación con un movimiento brusco. Poppy tropezó y cayó de rodillas frente al espejo más grande, uno que aún conservaba la mayor parte de su superficie, aunque surcado por grietas como venas abiertas. Se vio a sí misma: piel blanca impecable ahora sonrojada, ojos azules abiertos por el miedo puro, vestido subido hasta los muslos, la porcelana de sus piernas marcada por las garras de él en líneas rojas finas. Y detrás, el Prototipo, imponente y multiplicado infinitamente: el sombrero de tres puntas, la sonrisa cuadrada y dentada, el ojo amarillo brillando con hambre, las seis patas araña extendidas como un dios mecánico, el núcleo palpitando. —Mírate —ordenó él, voz ronca y baja—. Mírate bien, hermanita. Mira lo que eres en realidad. Ella intentó levantarse, las rodillas temblando. Una de sus patas araña descendió con rapidez y la empujó de nuevo hacia abajo, obligándola a arrodillarse con la frente casi tocando el espejo. El metal frío de la punta le presionó la espalda. Con un movimiento rápido y preciso de sus largos dedos esqueléticos, arrancó un trozo de cable eléctrico grueso que colgaba de la pared como una víscera expuesta y le ató las muñecas detrás de la espalda. El nudo fue apretado, cruel, mordiendo la porcelana delicada de sus brazos hasta que ella jadeó de dolor. —Prototipo… por favor… no hagas esto —suplicó ella, la voz quebrándose—. Somos lo único que queda… no me rompas más. —Repite lo que dijiste —susurró él, inclinando su torso sobre ella. Su aliento caliente y metálico, mezclado con el olor a aceite y óxido, le rozó el oído—. Dilo otra vez. Dime cómo Elliot era mejor que yo. —Él nunca me habría tratado así —repitió ella, voz temblorosa, pero con un filo de desafío que aún ardía en sus ojos—. Él me quería. Me protegía. El Prototipo rio. Fue un sonido bajo, metálico y prolongado que hizo tintinear levemente las campanas mudas de su sombrero. Sus garras bajaron hasta el borde de su vestido y lo subieron bruscamente hasta la cintura, exponiendo la porcelana lisa y perfecta de sus nalgas redondas y el lugar entre sus piernas, suave y sin nada debajo. Nunca había necesitado ropa interior; era un juguete, diseñado para ser vulnerable. —Mírate en el espejo —gruñó él, forzando su cabeza hacia arriba con una garra bajo la barbilla, los dedos esqueléticos clavándose en su mandíbula—. Mira cómo te ves ahora. La princesita de Elliot. La muñequita perfecta que él mimaba mientras yo me pudría en la oscuridad. Poppy vio su propio reflejo multiplicado en cada fragmento: mejillas sonrojadas de vergüenza, labios entreabiertos en un jadeo, lágrimas acumulándose en sus ojos grandes y azules. Y a él, elevándose sobre ella con sus patas araña plantadas firmemente a ambos lados, el torso inclinado como una torre, el núcleo brillando con furia contenida. Sintió cómo una protuberancia gruesa y caliente —parte orgánica, parte ensamblada con cables y metal— emergía de la zona inferior de su torso, justo donde se unía la estructura de araña. Era venosa, con textura ligeramente metálica y rugosa, pulsante por la rabia y el deseo reprimido durante décadas. Medía casi el doble de lo que su cuerpo de muñeca podía soportar. —No… no hagas esto —suplicó ella de nuevo, pero su voz se quebró cuando él presionó la cabeza gruesa y caliente contra su entrada seca, usando el ángulo perfecto de sus patas araña para posicionarse encima y detrás sin necesidad de arrodillarse. Las seis patas lo anclaban al suelo como raíces de acero. —Vas a mirar —ordenó él, la voz un gruñido gutural—. Y vas a repetir todo lo que yo te diga. Cada palabra. Cada verdad que te niegas a aceptar. Empujó hacia adentro sin aviso, sin preparación, sin piedad. Sus patas araña se flexionaron con precisión mecánica, manteniéndolo estable mientras su torso se inclinaba más sobre ella. Poppy gritó, el sonido rebotando en los espejos rotos y multiplicándose en un coro de agonía. Su cuerpo se tensó violentamente, la porcelana estirándose dolorosamente alrededor de él. Era demasiado grande, demasiado profundo de una sola vez. La posición elevada hacía que cada centímetro se sintiera como una invasión que la partía en dos. Sintió cómo su interior se abría, cómo cada vena y cada relieve metálico raspaba contra sus paredes sensibles. —Estás muy dentro… mierda, me estás rompiendo… —jadeó ella entre sollozos ahogados, las lágrimas corriendo por su porcelana y goteando al suelo—. Duele… por favor, más lento… Él rio de nuevo, un sonido oscuro y satisfecho, y comenzó a moverse. Embistidas controladas al principio, profundas y deliberadas, luego más rápidas, más brutales. Sus patas araña se flexionaban y extendían con cada golpe, manteniéndolo en posición dominante mientras sus garras se clavaban en las caderas de ella, sosteniéndola en su lugar como si fuera una presa. Cada embestida hacía que sus pechos pequeños rebotaran bajo el vestido arrugado, y cada reflejo en los espejos mostraba un ángulo diferente de su degradación: su cara contorsionada de placer forzado, las lágrimas corriendo en ríos, el sombrero de bufón del Prototipo balanceándose ligeramente con el ritmo, su único ojo amarillo fijo en los reflejos, y el semen que ya empezaba a gotear por los muslos de porcelana en los empujones siguientes, mezclándose con su propia humedad traicionera. —Dilo —gruñó él, una garra enredada en su cabello rojo, tirando su cabeza hacia atrás con fuerza para que no pudiera apartar la vista ni un segundo—. Di que eres débil. Como él. Como el hombre que nos abandonó. —Soy… débil… —repitió ella, voz rota y entrecortada, mientras su cuerpo traicionero empezaba a responder contra su voluntad. El roce constante contra ese punto profundo dentro de ella la hacía temblar, el dolor mezclándose con un placer vergonzoso y ardiente. —Más fuerte. Mira tu cara. Mira cómo te corres por el monstruo que odias. Mira cómo tu cuerpo me acepta aunque tu boca mienta. Los espejos multiplicaban todo en un laberinto infinito de humillación: su propia expresión de éxtasis forzado, el cuerpo del Prototipo moviéndose como una máquina de araña y jester sobre ella, sus cables zumbando dentro del torso, su sonrisa cuadrada reflejada en cientos de fragmentos, sus patas araña extendidas como alas de metal. Cada espejo mostraba un detalle nuevo: la forma en que su entrada se estiraba obscenamente alrededor de él, la forma en que sus nalgas se separaban con cada golpe, la forma en que el semen blanco empezaba a formar hilos pegajosos que colgaban de sus muslos. Poppy sintió el orgasmo subir contra su voluntad, caliente y vergonzoso, como una traición de su propio cuerpo. Intentó resistir, apretando los dientes, pero él aceleró el ritmo, una garra bajando entre sus piernas para frotar su clítoris hinchado con precisión cruel y experta mientras sus patas araña lo mantenían en posición dominante absoluta. —Córrete —le ordenó al oído, la voz ronca y caliente—. Córrete mientras piensas en él. Mientras recuerdas cómo te mimaba. Córrete para mí, muñequita. Ella estalló con un grito ahogado que resonó en todos los espejos. Su cuerpo convulsionó violentamente alrededor de él, porcelana apretándose y soltándose en espasmos incontrolables. El placer fue violento, forzado, desgarrador. Las lágrimas cayeron con más fuerza. Los espejos lo reflejaron todo: su boca abierta en un gemido interminable, ojos vidriosos y desenfocados, mejillas húmedas y sonrojadas, el vestido hecho un desastre alrededor de su cintura. —Elliot está muerto porque era débil —dijo él entonces, voz fría y satisfecha mientras seguía follándola a través de su orgasmo, embistiendo más profundo, más rápido, sus patas araña chasqueando ligeramente contra el suelo con cada impacto—. Débil como tú. Débil como esta fábrica que dejó atrás. Débil como el padre que nos traicionó a los dos. —Elliot… está muerto… porque era débil… —repitió ella entre gemidos y sollozos, las palabras saliendo como un veneno que él le obligaba a tragar, mientras su segundo orgasmo la golpeaba casi inmediatamente después, más intenso, más humillante. Él no se detuvo. Siguió embistiendo sin misericordia durante largos minutos que parecieron horas. Cambió el ángulo ligeramente, haciendo que sus patas araña se movieran para profundizar más, para golpear ese punto exacto que la hacía gritar y convulsionar. La obligó a repetir frases una y otra vez: “Soy tu juguete”, “Elliot me abandonó”, “Tú eres el fuerte”, “Mírame romperme”. Cada repetición era acompañada de un golpe más brutal, de una garra apretando su clítoris o tirando de su cabello. Finalmente, su propio clímax lo golpeó como un rayo. Se enterró hasta el fondo, las puntas de sus patas araña clavándose en el suelo, y se corrió con un gruñido gutural y prolongado que hizo vibrar el aire. La llenó de semen caliente y espeso, chorro tras chorro, tanto que Poppy sintió cada pulsación, cada chorro inundándola por dentro. El exceso goteó inmediatamente por sus muslos de porcelana, formando hilos blancos y brillantes que corrían hasta el suelo agrietado. Cuando por fin se apartó, el líquido blanco y pegajoso corrió libremente por sus piernas, formando un charco pequeño y obsceno debajo de ella. Él no la desató. Simplemente retrocedió unos pasos con sus seis patas araña, alto y terrible, el núcleo aún brillando débilmente, la protuberancia aún semierecta y goteando. —Quédate así toda la noche —dijo, voz calmada ahora, casi suave, como si estuviera dando una orden a un hijo—. Mira tu reflejo. Mira cómo gotea. Cada vez que pienses en Elliot, cada vez que recuerdes cómo “nunca te habría tratado así”, recordarás esto. Recordarás que yo soy lo que queda. Yo soy el fuerte. Yo soy el que sobrevive. Poppy sollozó en silencio, atada, expuesta, con el semen del Prototipo deslizándose por su piel y acumulándose entre sus rodillas. Los espejos rotos la rodeaban por todas partes: cientos de versiones de sí misma, rota, humillada, marcada, con el vestido arrugado, el cabello rojo desordenado, las marcas rojas de garras en las caderas y los brazos. Y en cada una, la figura de jester-araña observándola desde atrás, el ojo amarillo brillando con satisfacción oscura. Él se detuvo en la puerta un segundo más, su único ojo amarillo fijo en ella a través de los reflejos. —Buenas noches, hermanita. La puerta se cerró con un clang metálico que resonó como una sentencia. Y Poppy se quedó sola, arrodillada frente al espejo grande, mirando su propia degradación reflejada infinitamente mientras la noche se estiraba eterna en la fábrica silenciosa. Cada gota que caía era un recordatorio dol oroso y caliente. Cada reflejo, una promesa rota. Elliot estaba muerto. Y el Prototipo era lo único que quedaba. Fin
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