Esta bien no seamos hermanos seamos amigos primero
1 de abril de 2026, 0:08
Notas:
En este one-shot, Poppy y el Prototipo —a quien aquí llamo Oliver— no son experimentos ni criaturas artificiales. Ambos son completamente humanos.
Sé que a muchos lectores no les agradará esta elección, ya que prefieren mantenerlos más fieles al canon o con elementos más fantásticos. Sin embargo, esta historia es mía, y decidí escribirla exactamente así: con dos jóvenes humanos, marcados por el dolor y unidos por un vínculo complicado.
Fue el one-shot que más tiempo, esfuerzo y energía me llevó crear, por lo que le tengo mucho cariño. Espero que lo disfruten tal como salió.
Elliot Ludwig nunca aceptó la muerte de su hija.
Cuando Poppy, su niña de doce años, quedó gravemente herida en un accidente de auto que le costó la vida a su madre, Elliot movió cielo y tierra. Gastó fortunas en tratamientos experimentales, cirugías reconstructivas y terapias que bordeaban lo ilegal. Después de meses en coma, Poppy despertó. Su cuerpo quedó marcado: cicatrices finas en el torso y las piernas, el cabello rojo que antes era largo ahora crecía más despacio, y una fragilidad que la hacía parecer de porcelana viva. Pero estaba viva.
Meses después, en un hospital público de la ciudad, Elliot conoció a Oliver.
El chico de trece años tenía el cuerpo lleno de moretones viejos y nuevos, una fractura mal curada en el cráneo y una mirada que parecía haber visto demasiado infierno para su edad. Su familia biológica había sido… violenta. Cuando los servicios sociales intervinieron, Elliot ya estaba ahí, ofreciendo una adopción privada y rápida.
—Ven conmigo —le dijo Elliot aquella noche, sentado junto a la cama del niño, se le ocurrió que talvez en compañía de un “hermano” como ella Poppy se sentiría mejor —. Te daré un hogar. Una hermana. Se llama Poppy. Os vais a llevar bien, te lo prometo.
Oliver lo miró con desconfianza, los ojos verdes brillando con una mezcla de miedo y rabia contenida.
—No necesito otra familia que me rompa la cabeza.
Elliot sonrió con esa calma paternal que ocultaba su obsesión.
—Esta vez no te romperán. Te voy a reconstruir… y tú vas a ayudar a reconstruir a Poppy. Ella también ha pasado por mucho.
Oliver llegó a la mansión Ludwig una tarde de otoño en compañía de Elliot. La casa era enorme, llena de juguetes caros, libros y un silencio que se sentía vivo.
Poppy lo esperaba en el salón principal.
Era una niña delgada, de piel pálida y cabello rojo intenso que le caía en ondas suaves hasta los hombros. Sus ojos azules lo observaron con curiosidad pura, sin miedo. Llevaba un vestido blanco sencillo que dejaba ver algunas de las cicatrices más visibles en sus brazos. Caminó hacia él con pasos cuidadosos, como si todavía le doliera el cuerpo.
—Hola… —dijo con voz suave, casi tímida—. Papá me dijo que ahora tengo un hermano. Me llamo Poppy.
Oliver se quedó quieto, apretando los puños dentro de los bolsillos. No sabía qué decir. Nunca había tenido hermanos. Ni amigos. Solo golpes y gritos.
—No soy tu hermano —respondió seco, mirando al suelo.
Poppy inclinó la cabeza, estudiándolo. Notó la cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda, los moretones desvaneciéndose en su cuello, la forma en que sus hombros se mantenían tensos, listos para defenderse.
Se acercó un poco más y, con mucho cuidado, extendió la mano.
—Entonces… ¿podemos ser amigos primero?
Oliver levantó la vista. Había algo en esos ojos azules —una calidez frágil, pero real— que hizo que algo dentro de su pecho se moviera. No era piedad. Era reconocimiento. Los dos estaban rotos. Los dos habían sido reconstruidos por el mismo hombre.
Dudó unos segundos eternos.
Luego, lentamente, tomó su mano. Los dedos de Poppy eran cálidos, suaves, y temblaban un poco, igual que los suyos.
—…Está bien —murmuró—. Amigos primero.
Poppy sonrió. Fue una sonrisa pequeña, pero genuina, que iluminó su rostro pálido.
—Bienvenido a casa, Oliver.
Esa noche, Elliot los dejó cenar juntos en el comedor grande. Poppy hablaba poco, pero no dejaba de mirarlo de reojo. Oliver comía en silencio, pero aceptó cuando ella le pasó el plato de postre sin decir nada.
Los primeros meses fueron extraños.
Compartían tutores privados porque ambos necesitaban recuperar clases. Poppy era más lenta físicamente, pero tenía una mente rápida y creativa. Oliver era brillante en matemáticas y mecánica, pero explosivo cuando algo lo frustraba. A veces discutían por tonterías. Otras veces se quedaban en silencio en la misma habitación, simplemente acompañándose.
Poco a poco, las barreras cayeron.
Poppy empezó a dejarle notas con dibujos en su habitación. Oliver comenzó a arreglarle los juguetes rotos que ella guardaba con cariño. Cuando las pesadillas de Oliver lo despertaban gritando, Poppy aparecía en su puerta con una manta y se sentaba en el borde de la cama sin decir nada, solo acompañándolo hasta que se calmaba.
Y cuando las cicatrices de Poppy le dolían en los días fríos, Oliver le traía una bolsa de agua caliente y se quedaba a su lado, leyendo en voz alta hasta que ella se dormía.
Eran dos niños rotos que el mismo hombre había elegido como sus hijos.
Y aunque Elliot los llamaba “mis niños”, entre ellos nunca dejaron de sentir que esa palabra “hermanos” era demasiado estrecha… incluso desde el principio.
Los años en la mansión Ludwig pasaron como un sueño extraño y agridulce.
A los quince años, Poppy ya no era la niña frágil que caminaba con cuidado. Las terapias físicas y el cuidado obsesivo de Elliot habían hecho su trabajo: su cuerpo seguía siendo delgado y pálido, pero había ganado curvas suaves y una gracia natural que hacía que Oliver se quedara mirándola más tiempo del que admitiría. Las cicatrices en sus brazos y torso se habían vuelto líneas plateadas casi elegantes, como hilos finos que contaba cuando estaba nerviosa.
Oliver, por su parte, había crecido mucho. A los dieciséis era más alto que Elliot, con hombros anchos por las horas que pasaba en el taller improvisado del sótano, construyendo mecanismos y robots pequeños. Su cabello negro seguía siendo un desastre, y la cicatriz de la ceja le daba un aire peligroso que contrastaba con la suavidad que solo Poppy lograba sacar de él.
Seguían compartiendo casi todo.
Estudiaban en la misma sala de clases privada. Comían juntos. Veían películas acurrucados en el enorme sofá de la sala de cine. Elliot viajaba cada vez más por los negocios de Playtime Co., dejándolos solos durante semanas enteras con solo personal de servicio que sabía mantenerse discreto.
Una noche de invierno, cuando ambos tenían quince años, Poppy tuvo una de sus crisis. El frío le despertaba dolores viejos en las cicatrices y las pesadillas volvían con fuerza. Se levantó temblando y, sin pensarlo dos veces, caminó descalza hasta la habitación de Oliver.
Tocó la puerta suavemente.
—…¿Oliver? ¿Estás despierto?
Él abrió casi al instante. Llevaba solo pantalones de pijama negros y el torso desnudo, marcado por algunas cicatrices propias. Al verla pálida y con los ojos rojos, frunció el ceño.
—¿Otra vez?
Poppy asintió, abrazándose a sí misma.
Sin decir nada más, Oliver abrió la puerta del todo y la dejó entrar. Ella se metió directamente en su cama, como había hecho varias veces antes. Él se acostó a su lado, dejando un espacio prudente entre los dos.
Pero esa noche Poppy se acercó más. Apoyó la cabeza en su pecho y suspiró cuando sintió el calor de su piel.
—Gracias… —susurró—. Contigo no tengo tanto miedo.
Oliver tragó saliva. Su corazón latía fuerte contra la mejilla de ella. Lentamente, pasó un brazo alrededor de su cintura, cuidando de no presionar las zonas que aún le dolían.
—Duerme, Poppy. Yo estoy aquí.
Ella se durmió primero. Oliver se quedó despierto mucho rato, mirando el techo y sintiendo el peso ligero de su cuerpo contra el suyo. Por primera vez notó lo suave que era su cabello rojo contra su piel, cómo olía a champú de vainilla y a algo dulce que era solo de ella. Y cómo su mano descansaba inocentemente sobre su abdomen, justo encima de la cintura de sus pantalones.
Se sintió culpable por el calor que empezó a subirle por el cuerpo.
A los dieciséis años, las cosas empezaron a cambiar más rápido.
Compartían el mismo sillón grande de la biblioteca. Poppy se sentaba entre sus piernas, de espaldas a su pecho, mientras leía en voz alta. Oliver fingía prestar atención al libro, pero sus ojos se desviaban constantemente hacia la curva de su cuello, hacia cómo el tirante de su camisola se deslizaba por su hombro, revelando la línea plateada de una cicatriz.
Una tarde de lluvia, mientras Elliot estaba en otro de sus viajes, estaban viendo una película de terror en la sala oscura. Poppy se asustó en una escena y se escondió la cara en el cuello de Oliver. Él rio bajito y la abrazó más fuerte.
—Cobarde —murmuró contra su cabello.
—Calla… —protestó ella, pero no se apartó. Al contrario, se acomodó mejor, quedando prácticamente encima de él.
Sus cuerpos encajaban demasiado bien.
Cuando la película terminó, ninguno de los dos se movió. La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por la luz de la pantalla en negro. Poppy levantó la cabeza y lo miró. Sus ojos azules brillaban.
—Oliver… ¿alguna vez has pensado que somos raros? —preguntó en voz baja.
Él pasó los dedos por un mechón de su cabello rojo, enrollándolo distraídamente.
—Todo el tiempo. Pero si somos raros juntos… no me importa.
Poppy sonrió con esa sonrisa pequeña y tímida que solo le dedicaba a él. Luego, muy despacio, se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Fue inocente. Duró un segundo más de lo normal.
Oliver sintió que algo dentro de su pecho se apretaba.
—Buenas noches, hermanito —susurró ella, usando esa palabra que ambos sabían que ya no encajaba del todo.
—Buenas noches, Poppy.
Pero esa noche, cuando ella se fue a su habitación, Oliver se quedó despierto, con la mano todavía hormigueando donde había tocado su cintura y con un calor incómodo y nuevo instalándose en su vientre.
Los “amigos primero” que habían acordado años atrás empezaban a sentirse como una promesa que se les estaba quedando pequeña.
Los años siguieron pasando, y con ellos llegó también el peso de la responsabilidad. Elliot había empezado a exigirles que pasaran más tiempo en la fábrica de Playtime Co. Ahora, con dieciocho y diecinueve años respectivamente, Poppy y Oliver se esforzaban por adaptarse al nuevo entorno: aprender a convivir con los niños del Playcare, interactuar con los empleados y comprender el oscuro imperio que su padre adoptivo estaba levantando a su alrededor.
Era uno de esos raros días en los que Elliot Ludwig les permitía visitar las instalaciones de Playtime Co. sin supervisión estricta. “Para que vean el futuro que estamos construyendo”, les había dicho. Pero para Poppy y Oliver, la fábrica era más un enorme patio de juegos prohibido que un lugar de trabajo.
El Playcare estaba lleno de niños: huérfanos, hijos de empleados, pequeños que participaban en los programas piloto de la compañía. Ese día había una actividad especial de “día de disfraces y juegos”.
Poppy, con su cabello rojo recogido en dos coletas altas y una sonrisa que iluminaba todo el salón, había decidido que sería la “princesa del circo”. Llevaba un vestido corto de colores pastel con volantes y unas medias blancas que le llegaban a medio muslo. Se veía adorable, alegre y llena de vida.
Oliver, en cambio, intentaba pasar desapercibido con su sudadera negra y jeans oscuros.
—No. Ni de broma —dijo él cuando Poppy le mostró el traje.
Era idéntico al del bufón de juguete que recien había salido a la venta, era un traje de rombos rojos y azules, con pompones dorados, cuello blanco rizado, guantes blancos y un gorro de bufón con cascabeles y tres puntas de los tres colores. El traje era elástico, diseñado para moverse con libertad y exagerar los gestos.
Poppy puso las manos en las caderas y lo miró con esos ojos azules que siempre lo desarmaban.
—Oliver Ludwig, vas a ponerte el traje y vas a jugar con los niños conmigo. Hoy eres mi bufón personal.
—Poppy, parezco idiota con eso.
—Vas a parecer divertido. Y guapo —añadió ella bajando la voz solo para él, con una sonrisita traviesa—. Además, los niños te van a adorar. ¿O quieres que les diga que el hermano mayor es un aburrido?
Oliver suspiró derrotado. Sabía que cuando Poppy usaba ese tono dulce y mandón, era imposible negarse.
—Solo por ti… —gruñó mientras entraba al vestidor.
Cuando salió, el traje le quedaba sorprendentemente bien. El material elástico marcaba sus hombros anchos, su cintura y las piernas largas. Los colores vivos contrastaban con su cabello negro y la cicatriz de la ceja, dándole un aire entre ridículo y peligrosamente atractivo. Los cascabeles sonaban con cada movimiento.
Poppy soltó una risita encantada y aplaudió.
— ¡Mira nada más! Mi bufón favorito.
—Te odio —murmuró él, pero la comisura de su boca se levantó.
El resto de la tarde fue puro caos alegre. Poppy y Oliver jugaron con los niños del Playcare: carreras de relevos, escondite, marionetas y un mini circo improvisado. Oliver, dentro del traje de bufón, hacía malabares torpes con pelotas (gracias a su habilidad con las manos en el taller), hacía voces graciosas y dejaba que los niños lo persiguieran mientras Poppy reía a carcajadas y lo animaba desde el centro.
En un momento, mientras los niños descansaban, Poppy se acercó a él, todavía jadeando por la risa, y le arregló el gorro de bufón.
—Estás muy lindo así —susurró cerca de su oído—. Me gusta verte sonreír de verdad.
Oliver sintió que el calor le subía por el cuello bajo el cuello blanco rizado.
—Cállate… —dijo, pero sus ojos verdes se suavizaron al mirarla.
Cuando regresaron a la mansión Ludwig ya era de noche. Elliot aún estaba en un viaje de negocios, así que la casa era solo de ellos dos. Oliver seguía con el traje de bufón puesto porque Poppy le había rogado “solo un ratito más, por favor”. Ella se había quitado el vestido de princesa y ahora llevaba una camiseta oversize y shorts cortos.
Se acomodaron en el enorme sofá de la sala de cine, con las luces bajas y una película de animación infantil que ninguno de los dos estaba viendo de verdad. Poppy se acurrucó contra el costado de Oliver, apoyando la cabeza en su hombro. El traje de bufón crujía suavemente con cada movimiento.
—Fue un buen día —murmuró ella, trazando con un dedo uno de los rombos rojos en el pecho de él—. Me gustó verte jugar. Parecías… feliz.
Oliver giró la cabeza para mirarla. La luz de la televisión bailaba en el rostro de Poppy, resaltando sus pecas suaves y el rosa de sus labios.
—Tú me haces feliz —respondió en voz baja, sin pensarlo demasiado.
Poppy levantó la vista. Sus ojos azules se encontraron con los verdes de él. El aire entre los dos cambió de repente. Ya no era solo el calor inocente de dos “hermanos” adoptivos compartiendo un sofá.
Ella se incorporó un poco. Sus dedos subieron hasta el cuello blanco del traje y juguetearon con los pompones.
—Oliver…
Él no respondió con palabras. En cambio, bajó la cabeza y la besó.
Fue suave al principio. Un roce tímido de labios que llevaba años conteniendo. Poppy suspiró contra su boca y respondió, inclinándose más hacia él. El beso se volvió más profundo, más ansioso. Las manos de Oliver se posaron en su cintura, atrayéndola hasta que ella quedó sentada a horcajadas sobre su regazo, el traje de bufón crujiendo bajo sus muslos.
Poppy enredó los dedos en su cabello negro, tirando suavemente mientras sus lenguas se encontraban por primera vez. Sabía a caramelo y a algo dulce que era solo de ella. Oliver gruñó bajito, una mano subiendo por su espalda bajo la camiseta oversize, sintiendo la piel cálida y las líneas suaves de sus cicatrices.
Cuando se separaron para respirar, Poppy tenía los labios hinchados y las mejillas sonrojadas.
—…No somos solo amigos, ¿verdad? —susurró ella, apoyando la frente contra la de él.
Oliver negó con la cabeza, todavía con el gorro de bufón torcido y los cascabeles sonando levemente.
—No. Nunca lo fuimos.
Volvió a besarla, esta vez con más hambre. Poppy se apretó contra su cuerpo, sintiendo cómo el traje elástico dejaba muy poco a la imaginación. Sus caderas se movieron instintivamente, provocando un jadeo ahogado en Oliver.
La película seguía reproduciéndose de fondo, ignorada. En la mansión silenciosa, solo se escuchaban los suaves sonidos de besos, respiraciones entrecortadas y el tintineo ocasional de los cascabeles del traje de bufón.
Ninguno de los dos quería parar. Y por primera vez, ninguno de los dos fingia que solo eran “hermanos” o “amigos”.
La sala de cine de la mansión Ludwig estaba envuelta en una penumbra azulada, rota solo por el parpadeo constante de la pantalla. La película infantil seguía reproduciéndose en segundo plano, con su música alegre y colores saturados que contrastaban brutalmente con lo que estaba ocurriendo en el enorme sofá de terciopelo negro.
Poppy estaba a horcajadas sobre Oliver, el traje de bufón rojo y azul todavía puesto, arrugado y tenso en las zonas donde sus cuerpos se presionaban. Los cascabeles tintineaban suavemente con cada pequeño movimiento de caderas de ella, un sonido ridículo y erótico que hacía que todo se sintiera aún más prohibido.
Las manos grandes y callosas de Oliver sujetaban firmemente las caderas de Poppy, los dedos hundidos en la carne suave mientras ella se mecía lentamente contra la erección que se marcaba obscenamente bajo la tela elástica del traje.
—Poppy… —la voz de Oliver salió ronca, casi rota—. Si seguimos así… voy a perder el control. No soy tan fuerte como crees.
Ella lo miró desde arriba, los ojos azules oscurecidos por el deseo, los labios entreabiertos y húmedos. Su cabello rojo caía en desorden sobre sus hombros, algunas hebras pegadas a su frente por el sudor.
—No quiero que seas fuerte —susurró ella, inclinándose para rozar sus labios contra los de él—. Quiero que me desees como yo te deseo a ti. Sin fingir que solo somos hermanos adoptivos… sin fingir que esto está mal.
Oliver gruñó bajito y la besó con fuerza, metiendo la lengua en su boca con hambre. Sus manos subieron por debajo de la camiseta oversize, recorriendo la piel caliente de su espalda, trazando cada cicatriz plateada con las yemas de los dedos como si quisiera memorizarlas con caricias.
—Eres mía —murmuró contra su boca entre beso y beso—. Siempre has sido mía, Poppy. Desde el día que me tomaste de la mano y dijiste “seamos amigos primero”. Te he querido de todas las formas posibles… incluso las que no debería.
Poppy jadeó cuando él le quitó la camiseta de un tirón y desabrochó el sujetador con dedos impacientes. Sus pechos pequeños quedaron expuestos, los pezones ya duros y rosados. Oliver los cubrió con las palmas, masajeándolos con fuerza pero con un fondo de ternura, pellizcando los pezones entre sus dedos hasta que ella arqueó la espalda y soltó un gemido agudo.
—Ah… Oliver… sí… tócame así…
Él bajó la cabeza y capturó un pezón con la boca, succionándolo con avidez mientras su lengua lo azotaba. Su otra mano bajó hasta los shorts de Poppy, metiéndose dentro sin pedir permiso. Los dedos encontraron su coño ya empapado, resbaladizo y caliente. Deslizó dos dedos entre sus pliegues, abriéndola lentamente, frotando su clítoris hinchado con el pulgar en círculos firmes.
—Estás empapada… —gruñó contra su pecho, mordiendo suavemente la piel sensible—. Tan mojada por tu “hermanito”… ¿Cuánto tiempo llevas así, eh? ¿Cuántas noches te has tocado pensando en mí?
Poppy sollozó de placer, moviendo las caderas contra su mano, buscando más profundidad.
—Desde hace mucho… —admitió con voz entrecortada—. Todas las noches… imaginando que eras tú quien me tocaba… quien me follaba…
Esas palabras hicieron que algo se rompiera dentro de Oliver. Con un movimiento rápido pero cuidadoso, le bajó los shorts y las bragas hasta los tobillos. Poppy se levantó un momento para quitárselos del todo y volvió a sentarse sobre él, completamente desnuda sobre el traje de bufón.
Oliver se bajó la parte inferior del mono elástico lo suficiente para liberar su polla. Estaba dura como el hierro, gruesa, venosa y con la cabeza enrojecida, goteando precum. Poppy la miró con ojos vidriosos y la rodeó con su mano pequeña, masturbándolo con movimientos lentos y firmes.
—Tan grande… —susurró con admiración y un toque de nervios—. Vas a llenarme tanto…
—Te voy a llenar hasta el fondo —prometió él, la voz oscura—. Pero despacio al principio… quiero sentir cada centímetro entrando en ti.
La sujetó por las caderas y la guio. La cabeza gruesa de su polla presionó contra su entrada resbaladiza. Poppy bajó lentamente, mordiéndose el labio mientras sentía cómo él la abría, centímetro a centímetro, estirándola de una forma deliciosamente dolorosa. Cuando estuvo completamente sentado dentro de ella, ambos soltaron un gemido largo y tembloroso.
—Joder… Poppy… estás tan apretada… tan caliente… —gruñó Oliver, clavando los dedos en sus caderas—. Es como si tu coño me estuviera apretando a propósito… como si no quisiera dejarme salir nunca.
Poppy apoyó la frente contra la de él, respirando con dificultad. Sus paredes internas palpitaban alrededor de la polla gruesa, adaptándose a su tamaño.
—Te siento todo… hasta el fondo… —susurró ella, la voz dulce y rota al mismo tiempo—. Muévete, Oliver… por favor… hazme tuya de verdad.
Él empezó a embestir. Primero lento y profundo, saliendo casi por completo para volver a hundirse hasta la base. Cada golpe hacía que los cascabeles del traje tintinearan obscenamente, un recordatorio constante de lo ridículo y erótico que era follar con ese atuendo puesto. Poco a poco el ritmo aumentó. Oliver la follaba con embestidas más fuertes, levantando las caderas para encontrarse con las de ella, golpeando ese punto profundo que la hacía gritar.
—Así… ¡así! —gemía Poppy, clavando las uñas en sus hombros cubiertos por el traje—. Más fuerte… quiero sentirte mañana… quiero que me duela recordarte dentro de mí…
Oliver la abrazó contra su pecho, una mano en su nuca y la otra en su culo, guiando el movimiento. Sus bocas se encontraron en besos desesperados, húmedos y llenos de saliva. El sonido de piel contra piel se mezclaba con los gemidos, los jadeos y el tintineo constante de los cascabeles.
—Te quiero… —gruñó él contra su oído, follándola más rápido—. Te quiero tanto que me duele el pecho. Eres lo único que tengo… mi Poppy… mi todo.
—Yo también te quiero… —sollozó ella de placer, el orgasmo acercándose peligrosamente—. Voy a correrme… Oliver… ¡me voy a correr en tu polla!
—Hazlo —ordenó él, mordiendo su cuello—. Córrete para mí, princesa. Apriétame.
Poppy se corrió con un grito ahogado, todo su cuerpo temblando violentamente mientras su coño se contraía alrededor de la polla de Oliver en espasmos fuertes y rítmicos. Él aguantó solo unos segundos más antes de derramarse profundamente dentro de ella, chorros calientes y espesos llenándola hasta rebosar. Siguió embistiendo durante el orgasmo, prolongando el placer de ambos hasta que quedaron jadeando, exhaustos y pegados el uno al otro.
Se quedaron unidos, la polla de Oliver todavía palpitando dentro de ella, semen goteando lentamente por sus muslos. Oliver besó su frente sudorosa, su nariz, sus labios hinchados, susurrando palabras tiernas entre respiraciones agitadas.
Ninguno de los dos se movió durante varios minutos. Poppy seguía sentada sobre Oliver, su coño todavía palpitando alrededor de la polla semi-dura que seguía enterrada profundamente dentro de ella. El semen caliente de la primera corrida se escapaba lentamente por los bordes, resbalando por los muslos de Poppy y manchando el traje de bufón rojo y azul.
El pecho de Oliver subía y bajaba con fuerza bajo el mono elástico. Tenía la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo del sofá, los ojos entrecerrados, una mano acariciando perezosamente la espalda sudorosa de Poppy mientras la otra descansaba posesivamente sobre su culo desnudo.
Poppy fue la primera en moverse. Levantó la cabeza de su cuello y lo miró. Sus ojos azules brillaban con algo oscuro y hambriento, los labios hinchados y rojos por los besos.
—Oliver… —susurró, la voz ronca y dulce al mismo tiempo—. No he tenido suficiente.
Él soltó una risa baja, casi incrédula, y apretó los dedos en su nalga.
—¿No has tenido suficiente? —repitió, inclinándose para morder suavemente su labio inferior—. Acabo de llenarte hasta que te chorreaba por las piernas y ya quieres más, ¿eh? Mi princesita codiciosa…
Poppy se sonrojó, pero no apartó la mirada. En cambio, contrajo sus músculos internos alrededor de la polla de Oliver, arrancándole un gruñido ronco.
—Quiero sentirte otra vez —confesó en voz baja, casi tímida, aunque sus caderas ya empezaban a moverse en círculos lentos—. Quiero que me folles hasta que no pueda caminar derecho mañana… hasta que solo pueda pensar en ti.
Esas palabras encendieron algo primitivo en Oliver. Su polla, que apenas había empezado a ablandarse, se endureció de nuevo dentro de ella en cuestión de segundos. Poppy jadeó al sentirlo crecer y estirarla otra vez.
—Joder, Poppy… —gruñó él, sujetándola fuerte por las caderas—. Eres peligrosa.
Sin salir de su interior, Oliver la giró con un movimiento rápido y la tumbó de espaldas en el amplio sofá (osea acostada). El traje de bufón crujió obscenamente cuando se posicionó entre sus piernas abiertas. Ahora él estaba encima, el mono rojo y azul contrastando con la piel pálida y sudorosa de Poppy. Los cascabeles tintineaban con cada pequeño movimiento.
La miró desde arriba, devorándola con los ojos. El semen de la primera ronda brillaba en su coño hinchado, mezclado con sus propios jugos. Oliver pasó dos dedos por esa mezcla resbaladiza y los llevó a la boca de Poppy.
—Lame —ordenó suavemente.
Ella obedeció sin dudar, chupando sus dedos con ojos entrecerrados, saboreando el gusto salado y dulce de los dos juntos.
—Buena chica… —murmuró Oliver, la voz oscura de deseo—. Mira cómo te dejé… toda llena de mi semen. Y aún así quieres más.
Se inclinó y la besó con fuerza, compartiendo el sabor prohibido. Al mismo tiempo, alineó su polla otra vez y empujó de una sola embestida profunda, entrando hasta el fondo en su coño resbaladizo y sensible.
Poppy arqueó la espalda y soltó un grito agudo de placer.
—¡Ah! Oliver… ¡sí!
Él no fue lento esta vez. Empezó a follarla con embestidas fuertes y profundas, el sonido húmedo y obsceno de piel contra piel llenando la sala junto con los tintineos constantes de los cascabeles. Cada golpe hacía que sus pechos rebotaran y que más semen de la primera corrida se escapara alrededor de su polla.
—Tan apretada… incluso después de que te llené —gruñó Oliver, sujetándola por los muslos y abriéndola más para él—. Tu coño me está chupando… como si no quisiera que salga nunca.
Poppy gemía sin control, las uñas clavadas en la espalda del traje de bufón, tirando de la tela.
—Más fuerte… por favor… ¡Quiero sentirte mañana cuando me siente! —suplicó, la voz entrecortada—. Quiero que me marques por dentro… que me dejes adolorida y llena de ti…
Oliver obedeció. Sus embestidas se volvieron brutales pero precisas, golpeando ese punto profundo que la hacía ver estrellas. Una mano bajó entre sus cuerpos y encontró su clítoris hinchado, frotándolo en círculos rápidos y firmes mientras seguía follándola sin piedad.
—Quiero que te corras otra vez en mi polla —le dijo al oído, mordiendo el lóbulo—. Quiero sentir cómo me aprietas mientras te lleno por segunda vez. ¿Puedes hacer eso por mí, mi amor?
Poppy asintió frenéticamente, las lágrimas de placer escapando por las comisuras de sus ojos.
—Sí… sí… ¡Oliver, me voy a correr! ¡No pares!
Su segundo orgasmo fue más intenso. Todo su cuerpo se tensó, las paredes internas contrayéndose violentamente alrededor de la polla gruesa de Oliver mientras gritaba su nombre. Él aguantó solo unos segundos más, embistiendo hasta el fondo y derramándose dentro de ella con un gruñido gutural y largo. Chorros calientes y espesos la inundaron de nuevo, mezclándose con la primera corrida y desbordándose por su entrada estirada.
Oliver siguió moviéndose lentamente durante su orgasmo, prolongando el placer, hasta que ambos quedaron temblando y exhaustos.
Se derrumbó sobre ella con cuidado, todavía enterrado profundamente. Poppy lo abrazó con brazos y piernas, besando su cuello sudoroso mientras recuperaban el aliento.
—Te quiero… —susurró ella contra su piel, la voz suave y rota—. Te quiero tanto que me da miedo… pero no quiero parar nunca.
Oliver levantó la cabeza y la miró a los ojos, apartando un mechón rojo pegado a su frente.
—Yo también te quiero, Poppy. Más que a nada. Eres mi familia… mi pecado… y mi todo.
Se quedaron así, unidos y pegajosos, con el traje de bufón manchado de sudor y fluidos, los cascabeles finalmente en silencio. La película había terminado hacía rato y la pantalla mostraba solo un menú azul. Él se derrumbó sobre ella con cuidado, todavía enterrado profundamente. Poppy lo abrazó con brazos y piernas, besando su cuello sudoroso mientras recuperaban el aliento. El traje de bufón estaba manchado de sudor y fluidos, los cascabeles finalmente en silencio.
El silencio de la mansión los envolvió como una manta demasiado pesada.
Ninguno de los dos habló durante un largo rato. Solo respiraban juntos, piel contra piel, corazones latiendo al mismo ritmo irregular.
Oliver besó su frente con ternura, apartando un mechón rojo pegado a su piel. Pero el gesto se sintió frágil, como si ambos supieran que ese beso no podía arreglar nada.
Poppy levantó lentamente la mirada hacia él. Sus ojos azules brillaban, no solo de placer residual, sino de algo mucho más doloroso: vulnerabilidad pura, miedo y mil preguntas que no se atrevía a formular en voz alta.
“¿Qué hemos hecho?”
“¿Esto nos va a destruir?”
“¿Podremos volver a mirarnos como antes?”
Y ahí se quedaron.
Sin promesas.
Sin respuestas.
Solo el calor de sus cuerpos todavía unidos, el olor denso a sexo, sudor y vainilla flotando en el aire como un recordatorio acusador, y un futuro que de repente se sentía demasiado incierto, demasiado peligroso.
Tal vez mañana todo seguiría igual: desayunos compartidos, risas fingidas y la palabra “hermano” colgando entre ellos como una mentira cada vez más grande.
Tal vez esto sería solo un secreto que guardarían para siempre, un recuerdo que los quemaría por dentro cada vez que se cruzaran en los pasillos de la mansión.
O tal vez, en algún momento, el peso de lo que eran —hermanos adoptivos, hijos del mismo hombre, dos almas rotas que se habían encontrado en la oscuridad— los alcanzaría de golpe. Elliot descubriría algo. Ellos mismos se romperían bajo la culpa. O simplemente se darían cuenta de que lo prohibido siempre termina doliendo más de lo que vale.
Poppy tragó saliva, sintiendo cómo una lágrima silenciosa se escapaba por la comisura de su ojo y rodaba hasta perderse en el cabello negro de Oliver. No dijo nada. No hacía falta.
Oliver la apretó un poco más contra su pecho, como si quisiera fundirse con ella antes de que la realidad los separara. Su respiración todavía estaba agitada, pero ahora había un nudo en su garganta que no tenía nada que ver con el placer.
Pero esa noche, en el sofá de la sala de cine, con el traje de bufón todavía
puesto y el corazón latiendo desbocado contra el de ella, solo existían ellos dos.
Y eso, por ahora… dolía tanto como aliviaba.
Notas:
Fin
Cada uno es libre de imaginar el final que pudieron tener.