La virgen eterna

Gen
NC-21
En progreso
7
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planificada Mini, escritos 46 páginas, 22.328 palabras, 9 capítulos
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Capítulo 9: leche

Ajustes
Jocsan nunca sacaba a Janice de su cuarto secreto, más allá de los juegos del harem, o los del jardín. La mayoría de las veces él iba a visitarla en su habitación secreta, donde retozaba con ella por algunas horas antes de dormir o por la mañana, al despertar. Mantenía a Raspin pasando a menudo por si ella necesitaba algo, y debía hacerse a la idea de que él se la follaba tanto como él mismo. Pero Jocsan debía mantener un reino y también gozaba de una esposa, su reina, por lo que aunque lo deseaba, no podía llevarse a Janice a su cuarto y encerrarla ahí. Todos en el reino pensaban que había matado a las dos insurrectas de la profecía, porque las había humillado y violado frente a todos y después quemado los cuerpos. Nadie sabía que el cuerpo de la joven Janice fue sustituido por el de otra víctima de la guerra, y que era ese cuerpo auténtico, pequeño y menudo, de piel nacarada, el que lo hacía eyacular con más rapidez que ninguna otra mujer de su harem. Los hombres y mujeres del harem eran cuidados por Raspin, que era leal, así que no podía esperar a que el chisme saliera de ese cuarto del palacio. Jocsan ya casi no usaba el harem, pasaba tanto tiempo con Janice que ni siquiera frecuentaba a su esposa. Podían pasar los meses, pero nunca se cansaba de Janice. No lo negaría, estaba enamorado de ella tal como Raspin. No era ningún tonto, la reacción del sirviente ante la forma en la que el guardia penetraba a Janice en el caballo, le confirmaba cuanto de su corazón estaba en la niña. Además, la desbordada pasión que mostraba con ella no se comparaba ni con la propia. Janice tenía veinticuatro y seguía pareciendo una moza de dieciocho. Dark había sido claro, pero Jocsan ya lo sabía. El aspecto de la chica nunca lo atrajo demasiado, hasta que la probó como mujer. Cuando él se introdujo en ese precioso espacio reducido, cálido, suave, tierno, delicado y a pesar de eso estrecho, supo que debía ser suyo hasta el último centímetro. La habitación secreta de Janice estaba siempre bajo llave, escondida al final de un largo pasillo hasta el centro del palacio. Los guardias solo conocían la puerta que iba a ese pasillo, nunca conocieron el destino. Solo veían que Jocsan frecuentemente iba por las noches o mañanas y que a veces permanecía hasta el alba. Después, al salir, su piel y ropa olían a sudor y se le veía más relajado y feliz. Menos propenso a gritar o a tomar decisiones impulsivas. De Raspin podían contar una historia parecida, el sirviente entraba a cada tiempo de comida llevando bandejas llenas y pesadas y salía con las mismas señales que el faraón. Solo Dark, el guardia, sabía qué ocurría dentro, porque a él mismo se lo dejaba entrar como premio algunas veces. No era difícil saber que pensaban todos, qué el faraón guardaba ahí una mujer perfecta que compartía con su sirviente y su mejor soldado. Raspin prefería que se dijese parte de la verdad de esa forma, antes que revelar toda la conspiración. En eso pensaba, con Janice en el regazo, sentados en el centro de la cama. Esa tarde, Jocsan había estado con su reina. Jocsan, el faraón, ya desnudo y erecto, se recostó sobre los cojines de lino bordado mientras la reina —su reina inclemente, de ojos kohl-negros y labios pintados de ocre— se posicionaba a horcajadas sobre él con la gracia felina de una leona. No le permitió tocarla aún; solo la miró devorarla con los ojos mientras ella se untaba lentamente el aceite en los pechos, bajando por el vientre plano hasta llegar a su sexo depilado, donde sus dedos se deslizaron entre los pliegues, abriéndose para él, mostrándole lo húmeda que ya estaba solo de anticipación. Raspin, arrodillado a un lado, obedecía en silencio. No podía mirarla directamente a los ojos —la prohibición era absoluta, grabada en su carne con el miedo y el deseo prohibido—, pero sí podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, oler la mezcla de su excitación con el aceite. Tomó la ánfora y vertió un chorro tibio sobre las nalgas de la reina, viendo cómo el líquido dorado corría por la hendidura, goteaba hacia el miembro palpitante de Jocsan y lo lubricaba mientras ella descendía despacio, centímetro a centímetro, tragándoselo entero con un suspiro largo y tembloroso que resonó en la sala. Raspin, arrodillado a un lado, obedecía en silencio. No podía mirarla directamente a los ojos —la prohibición era absoluta, grabada en su carne con el miedo y el deseo prohibido—, pero sí podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, oler la mezcla de su excitación con el aceite. Tomó la ánfora y vertió un chorro tibio sobre las nalgas de la reina, viendo cómo el líquido dorado corría por la hendidura, goteaba hacia el miembro palpitante de Jocsan y lo lubricaba mientras ella descendía despacio, centímetro a centímetro, tragándoselo entero con un suspiro largo y tembloroso que resonó en la sala. —Más profundo, mi señor… —murmuró ella con voz ronca, casi orden, mientras sus caderas empezaban a girar en círculos lentos y torturantes. Jocsan gruñó, agarrándola por la cintura con fuerza, clavando los dedos en su carne aceitada hasta dejar marcas rojas que desaparecerían al amanecer. Cada embestida era violenta pero controlada: salía casi por completo solo para volver a hundirse hasta la raíz, golpeando ese punto dentro de ella que la hacía arquear la espalda y soltar gemidos agudos, dulces como miel. Raspin se acercó más, como le habían ordenado. Sostuvo las caderas de la reina desde atrás, no para tocarla de forma indecente —eso le costaría la vida—, sino para ayudarla a mantener el ritmo, a bajar con más fuerza cuando Jocsan empujaba hacia arriba. Sus manos temblaban al sentir la piel caliente y resbaladiza bajo las palmas; podía percibir las contracciones de ella alrededor del faraón, el modo en que su cuerpo se apretaba y soltaba, succionando, reclamando. El sonido era obsceno: carne contra carne húmeda, el chapoteo del aceite, los jadeos entrecortados de los tres. —Dime que soy tu diosa… —exigió, apretando los músculos internos hasta que Jocsan rugió y aceleró, follándola con embestidas brutales que la hacían rebotar sobre él. El aceite salpicaba, brillaba en sus cuerpos unidos, corría por los muslos de ella y goteaba sobre las manos de Raspin, que seguía sosteniéndola, sintiendo cada sacudida, cada contracción. Jocsan la tomó por el cabello, tiró su cabeza hacia atrás para besarla con fiereza, mordiendo su labio inferior hasta que un hilo de sangre se mezcló con el sabor del aceite y el sudor. Ella gimió contra su boca, cabalgándolo más rápido, más desesperada, hasta que su cuerpo se tensó entero y estalló en un orgasmo que la hizo temblar violentamente, sus paredes apretando al faraón como un puño caliente y empapado. Él no tardó en seguirla: con un gruñido profundo se vació dentro de ella, pulsando una y otra vez, llenándola mientras ella se dejaba caer sobre su pecho, jadeante, sudorosa, satisfecha. Raspin los sostuvo a ambos un momento más, sintiendo el calor residual de sus cuerpos, el goteo lento del semen mezclado con aceite que escapaba de entre sus piernas. Cuando Jocsan finalmente la soltó y se recostó exhausto, la reina se incorporó con dignidad regia, ignorando el fluido que le corría por los muslos. Miró a Raspin una última vez —sin palabras, solo con esa media sonrisa que lo mataba de deseo y humillación— antes de ordenarle con voz suave pero firme: —Límpiala. Con la lengua, si es necesario. Pero no la toques más allá de lo que yo permita. Y mientras Raspin obedecía, arrodillado entre sus piernas abiertas, saboreando la mezcla salada y dulce de su señor y de ella Ambos sabían que preferían a Janice, pero Jocsan había quedado satisfecho. Raspin llegó impaciente, la erección dolorosa bajo la túnica, disimulada a duras penas. No hubo palabras. Solo un gruñido bajo, animal, cuando la tomó por los hombros con manos temblorosas de urgencia. La arrastró hacia la cama, pero el colchón estaba a solo dos pasos y la necesidad lo traicionó antes. Con un movimiento brusco, casi desesperado, alzó su propia túnica y la de ella al mismo tiempo, arrugando la tela en puños, exponiendo las nalgas y el sexo apenas entreabierto de Janice. Su miembro, liberado, saltó caliente y enrojecido contra la piel suave de los muslos de la joven. No esperó lubricación ni hubo preliminares. No hubo dedos, ni saliva, ni caricia alguna. Solo la punta hinchada y seca de su pene presionando con fuerza contra la entrada estrecha y poco preparada de Janice. Empujó de un solo golpe salvaje, rompiendo la resistencia inicial con un gruñido ronco. Ella se tensó entera, soltando un grito ahogado —dolor puro mezclado con un placer inesperado y crudo— mientras su cuerpo se abría a la fuerza alrededor de la invasión gruesa y ardiente. Las paredes secas se resistieron al principio, frotando con aspereza, pero eso solo lo enloqueció más. Janice soltó un gemido agudo —mitad dolor, mitad sorpresa placentera— mientras su cuerpo se tensaba alrededor de la invasión repentina. Sus rodillas flaquearon y cayó hacia adelante, apoyando el torso sobre el borde del colchón, las manos aferradas al lino arrugado. Raspin se detuvo en seco dentro de ella, jadeando contra su nuca, sintiendo el interior glorioso: estrecho como un puño de seda, cálido como el sol del mediodía, palpitante con vida propia alrededor de su longitud enterrada hasta la raíz. —Joder… tan apretada… —masculló entre dientes, las caderas clavándose una y otra vez en embestidas cortas y brutales, sin salir del todo, solo forzando más adentro como si quisiera partirla en dos. El roce era áspero, casi doloroso para ambos, pero el calor interno de ella lo envolvió como un guante de fuego. Raspin sintió el glorioso estrechamiento, el pulso frenético alrededor de su longitud, y eso lo quebró. —Janice… perdóname… no puedo… —susurró ronco, voz quebrada por la vergüenza y el éxtasis. Pero su cuerpo no obedecía: las caderas se movían solas, un espasmo involuntario, y eso bastó. No aguantó ni diez segundos, el placer lo atravesó como un rayo. Se derramó dentro de ella con un gruñido ahogado y prolongado, chorros calientes y espesos inundándola, pulsando una y otra vez mientras su semen la llenaba, goteando ya por los bordes de donde estaban unidos, creando esa humedad resbaladiza que suavizaba todo retroactivamente. Su pene aún latía dentro, semierecto, derramando las últimas gotas en pulsos débiles. Se desplomó sobre su espalda, cubriéndola con su peso, el pecho subiendo y bajando contra ella. Janice quedó de rodillas en el suelo de mosaico fresco, torso apoyado en la cama, respirando con dificultad, el cabello revuelto pegado a la frente sudorosa. Por un momento solo se oyó su respiración entrecortada y el latido compartido que resonaba donde sus cuerpos seguían conectados. El dolor inicial aún le ardía entre las piernas, pero ya se mezclaba con un calor líquido y traicionero que subía por su vientre. Entonces ella giró apenas la cabeza, lo suficiente para que sus labios rozaran la mejilla de él. Un susurro suave, casi tierno: —No pares… ahora sí… muévete, amor. Hazlo despacio. Raspin tembló entero al oírla. El “amor” pronunciado con esa voz ronca y dulce lo deshizo. Se incorporó lo justo para besarle la nuca, lamiendo el sudor salado, mordisqueando con cariño mientras sus caderas empezaban a mecerse de nuevo —esta vez lento, profundo, deliberado. El semen que ya había derramado facilitaba cada salida y entrada; el sonido era húmedo, obsceno y tierno a la vez: carne resbaladiza, suspiros compartidos, el roce de sus testículos contra los pliegues hinchados de ella. Janice arqueó la espalda, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida, sus gemidos volviéndose más dulces, más necesitados. “Más… así… te siento tan adentro…” murmuró, una mano buscando la de él para entrelazar dedos sobre la cama. Raspin obedeció, acelerando solo un poco, pero sin perder esa dulzura: besos en el hombro, en la oreja, susurros rotos de “eres mía… tan perfecta… te amo tanto…”. El orgasmo de ella llegó como una ola lenta: primero un temblor en las piernas, luego las paredes internas contrayéndose alrededor de él en espasmos rítmicos, apretándolo hasta que Raspin no pudo más y se corrió de nuevo, esta vez más suave, más prolongado, vaciándose hasta la última gota mientras la abrazaba fuerte por la cintura, como si temiera que el mundo los separara. Se quedaron así un largo rato: él aún dentro, semierecto, abrazándola desde atrás; ella apoyada en la cama, girando lo justo para buscar sus labios en un beso lento, profundo, lleno de lengua y saliva y promesas silenciosas. El semen goteaba por sus muslos, mezclándose con el sudor y el aroma de jazmín, pero ninguno se movió para limpiarlo. Solo respiraban juntos, piel contra piel, en esa quietud dulce y saciada que seguía a la tormenta. Raspin soltó una risa amodorrada y se incorporó para tomar a la jovencita y llevarla al centro de la cama. Tuvieron todo el sexo que él quiso —y ella también, porque cuando Raspin no era el sirviente disciplinado y sádico que servía a Jocsan, se convertía en un amante voraz pero atento, casi devoto. No necesitaban aceite esa vez; los cuerpos ya estaban empapados de lo que habían producido antes: semen espeso, jugos claros que corrían por los muslos, sudor que pegaba la piel y facilitaba cada roce hasta volverlo resbaladizo y obsceno. Janice terminó sentada a horcajadas sobre su regazo, las rodillas hundiéndose en el colchón a ambos lados de sus caderas. Su túnica fina, de lino casi transparente, seguía subida solo hasta la cintura, arrugada y húmeda en los bordes; los pechos aún cubiertos por la tela, pero los pezones erectos se marcaban como puntas duras que rozaban el pecho desnudo de él con cada movimiento. Raspin, con la túnica apenas apartada lo suficiente para liberar su polla —gruesa, aún dura pese a las eyaculaciones previas—, la guió hacia abajo con una mano en la base. Entró despacio esta vez, saboreando cómo las paredes calientes y empapadas de ella lo recibían sin resistencia, envolviéndolo centímetro a centímetro hasta que sus caderas se encontraron con un suspiro compartido. Ella lo abrazó por el cuello, los brazos delgados pero firmes rodeándolo, los dedos enredándose en su cabello corto y húmedo de sudor. Raspin la besó como a ella le gustaba: obscenamente, sin pudor. La lengua invadiendo su boca con lentitud deliberada, frotando la de ella en círculos largos y profundos, succionando su labio inferior hasta que se hinchara, mordisqueando apenas lo suficiente para arrancarle gemiditos. Entre besos se separaban solo para respirar, bocas abiertas, hilos de saliva conectándolos antes de volver a fundirse. Janice rebotaba suavemente sobre él, un vaivén rítmico y perezoso que hacía que su polla se hundiera hasta el fondo una y otra vez. Cada descenso era acompañado de un pequeño gemido ahogado contra la boca de él; cada ascenso dejaba escapar un chorrito de fluidos que goteaban por los testículos de Raspin y manchaban las sábanas. Los pezones de ella frotaban contra el pecho de él a través de la tela húmeda, enviando chispas directas a su clítoris hinchado. Raspin la llevaba de orgasmo en orgasmo con una precisión casi cruel de tan dulce: una mano en su cadera guiando el ritmo, la otra entre sus cuerpos para frotar el clítoris con el pulgar en círculos lentos y firmes. Ella se tensaba, temblaba, se contraía alrededor de él en espasmos que lo ordeñaban, pero él se contenía —apretando los dientes, respirando hondo— para no correrse aún, para alargar esa tortura deliciosa. Entre ellos ya era un desastre glorioso: calor pegajoso, semen que salía y volvía a entrar con cada movimiento, jugos que chorreaban, sudor que corría por las espaldas y los pechos. El olor era embriagador —salado, dulce, animal—. Ninguno quería despegarse; solo seguir moviéndose, seguir recibiendo el calor del otro, seguir sintiendo esa unión resbaladiza y profunda. Cuando llegó el orgasmo culminante de la noche para Janice —el más intenso, el que la hizo arquear la espalda, clavar las uñas en los hombros de él y gritar su nombre en un sollozo roto—, sus paredes se cerraron como un puño caliente y pulsante alrededor de la polla de Raspin. Eso lo quebró. Con un gruñido largo y ronco se derramó dentro de ella otra vez: chorros espesos y calientes que la llenaron hasta rebosar, goteando por donde estaban unidos mientras sus caderas seguían moviéndose en espasmos involuntarios. Se quedaron así, anudados como animales en celo, abrazados con una suavidad que contrastaba con la intensidad de minutos antes. Raspin no salió de ella —ya había aprendido lo mismo que Jocsan: era infinitamente mejor quedarse dentro, sintiendo cómo su sexo se contraía suavemente en réplicas, cómo el semen se enfriaba poco a poco pero seguía uniéndolos. Apoyó la frente contra la de ella, respirando el mismo aire, besos suaves y perezosos en los labios hinchados, en las mejillas, en el cuello. Aún así, Raspin bajo sus manos hacia el borde de la túnica de la joven para sacársela de un tirón. Entonces su boca fue a su seno derecho para depositar besos sobre ese delicado pezón sensible antes de iniciar unos besos y lamidas, succiones profundas acompañadas de gruñidos de puro extasis. Pero entonces Janice se contrajo de dolor que la hizo querer despegarse de él. A la vez, Raspin tuvo una grata sorpresa, del pequeño seno sobreestimulado, acababa de brotar una leche dulce y suave que tenía un sabor semejante al aceite afrodisíaco. Sorprendido, lo paladeó en la lengua antes de tragarlo con suavidad, Janice por el contrario tenía lágrimas en los ojos. —Lo siento, tranquila... No fue intencional... —Raspin empezó a mimarla como a una niña pequeña, acariciándola, mientras seguía disfrutando del palpitar acompasado de su apretada intimidad— te he sacado algo de leche, nada más... Janice se dejó acariciar, por que había aprendido a disfrutar las manos ásperas de ese hombre que le daba tan buen sexo. Pero el dolor de su pecho la había sorprendido, sintió la leche bajar hasta el pezon. —Tienes un sabor dulsisimo, pequeña —Raspin empezó a embestirla de nuevo, con suavidad pero más deseo—. Dejame probarte de nuevo... Janice aceptó y Raspin cubrió con su boca el pezon erecto mientras sus manos apretaban los glúteos redondos y sonrosados de la joven. Los separó y amasó mientras mamaba con hambre de ella. La leche fluyó de ella como un torrente y endulzó el paladar del hombre que la poseía. Janice sintió como Raspin volvía a endurecerse dentro de ella y como sus mamadas lo llenaban de una satisfacción nueva que lejos de saciar, provocaba más y más deseo sexual. Janice ya gemía por la fuerza con la que Raspin la embestia, con dureza y pasión, con ella aun sentada sobre su regazo. Pero en un momento dado, Raspin se acabó la leche de ese pecho y sin pensarlo, atacó el otro. El acceso de dolor duró sólo un instante, la leche fluyó como si siempre hubiera estado ahí y solo hacía falta mamar con suficiente fuerza. Raspin estaba en el paraíso de nuevo. El calor del sexo de Janice, su estrechez sedosa y tierna, acompañada del sabor de su leche eran indescriptibles. No supo cuando eyaculó de nuevo ni cuando lo volvió a hacer, pero cuando la niebla sexual había llegado a su punto culmine, Raspin se la estaba follando con una fuerza tan atronadora que la cama rechinaba y ambos gemían de puro extasis. Hacia rato que Raspin había empujado sobre su espalda a Janice y ahora follaban en perfecta posición de misionero, con las piernas enredadas y los sexos firmemente unidos, anudados, uno solo, aunque Raspin seguía empujando dentro de ella, eyaculando varias veces dentro y sintiéndola a su vez tensarse de placer con los orgasmos que iban y venían. La leche se acabó en ambos pechos, pero la sensación afrodisíaca del aceite permaneció por tres horas más. Tres horas en las que Raspin le confesó entre balbuceos lo mucho que la amaba, lo mucho que deseaba robársela para si y poder penetrarla así por años sin salir de su cama ni una vez. Tres horas en las que Janice suspiró y gimió y gritó y se aferró al hombre que le hacía el amor con tanta fiereza, y también le confesó amor entre sollozos de puro amor, mientras lo sentía enviar otra carga caliente de su semilla dentro de ella. La cama terminó mojada, ambos mojados de tanto. Pero al acabar, Janice se dio cuenta de que no quería que Raspin saliera de ella. Por eso, cuando él quiso quitarse de encima, Janice se apretó a él, impidiéndoselo. Raspin se quedó dentro, como dormían con Jocsan desde hacía días, y Janice comprendió que ese placer siempre la seduciría. Dormir con una polla dentro era lo más dulce que había sentido nunca, bajo la manta del cuerpo masculino de Raspin: pesado, caliente, húmedo de tanta actividad. No fue sino hasta poco después que Raspin dormía, moviendo su delicioso pene semierecto dentro en cada respiración, que Janice tuvo una idea. Si de sus pechos salía leche... ¿Quería decir que estaba embarazada?
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