Capítulo 1: Celdas
30 de diciembre de 2025, 23:10
—Quiero decirte que no te culpo por esto.
El murmullo de Camryn la sacó de sus pensamientos. Se volteó a mirarla entonces. Su hermana gemela se veía en condiciones peores que ella misma, a ella la habían golpeado más fuerte.
—Deberías culparme —musitó Alex, apenas con un hilo de voz, para que el hombre que la sostenía no supiera que estaba hablando y la volviera a golpear.
Ellas estaban de rodillas sobre el polvo de la plaza del castillo de Coventry. Había gruesas cuerdas trenzadas en sus muñecas y tobillos, sangre corría de sus ropas rotas y andrajosas en jirones parecidos a los de su piel en la espalda. Había un hombre detrás de ambas, tomándolas por el cuello con firmeza y poca amabilidad. Si se le hubiera permitido, Cam diría que esa no era la forma de tratar a una princesa. Pero ahora, ellas eran menos que eso. No se les podía llamar así nunca más.
Thantos, el tío de las gemelas, se hallaba en su mejor momento. Estaba sentado cómodamente sobre un sofá traído ahí por sus siervos, una pierna cruzada sobre la otra, reclinado con superioridad ante el pueblo reunido en la plaza. Pronunciaba un discurso florido sobre cosas algo banales que Alex había dejado de escuchar por completo hacía unos minutos.
Más allá, a los pies de él se hallaban los protectores de las gemelas: Karsh e Illeana. Alex había renunciado a mirarlos, el corazón se le estrujaba con solo escuchar los sollozos de Karsh. Él había perdido un brazo, hubiera perdido además un ojo, pero el tajo se lo habían dado un poco arriba, en la ceja. Tenía una profunda herida en el costado izquierdo de la que seguía manando sangre. Illeana estaba inconsciente, con tantas magulladuras como las que las gemelas presentaban y cortes en diversos sitios del cuerpo. El prometido de la mujer la sostenía con el único brazo que le quedaba, oprimiéndola contra su pecho mientras sollozaba débilmente.
Vivirían. Lamentablemente vivirían las gemelas y sus protectores, esas eran las ordenes del nuevo rey, según escuchó Alex al principio del discurso de su tío. Según decía, ya se vería qué hacer con ellos.
Alex no sabía porqué, pero algo le decía que el destino de la protectora de Cam sería idéntico al de ellas. Y no era la muerte. No, era peor que eso. Se notaba en la forma en la que Thantos las miraba, pasando uno de sus dedos por sus labios, como si acariciara su propia sonrisa de triunfo y satisfacción.
En la frente de Alex, como en la de Camryn, entre los ojos en el área donde se suponía que estaría el tercer ojo o la glándula pineal, Thantos les había clavado profundo un cristal. Parece que era un conocimiento antiquísimo que traía del otro lado, del mundo de las sombras. Este cristal se suponía que drenaba su energía y su magia. A medida que se produjera, él solo tendría que tomarlo directamente de ellas, haciéndose gradualmente más poderoso.
Thantos lo había logrado, no solo había asesinado por fin a su hermano, sino que había destrozado por completo la posibilidad de una venganza por parte de sus sobrinas. Ahora ellas no tenían magia y jamás la recuperarían.
—Quiero que mis amadas sobrinas sirvan de ejemplo —siguió hablando— de lo que les pasa a los que me desafian.
El hombre que sostenía a las gemelas las obligó a ponerse en pie y darse la vuelta. Alex y Camryn no evitaron soltar un par de gritos ante la mera acción de moverse, pero tuvieron que obedecer, mostrando la espalda a la gente. Habían sido asotadas hacía poco tiempo, con tanta fuerza que Alex estaba segura de presentar una lamentable visión. Era justo lo que Thantos quería, demostrar su poder y su sadismo. Pero era evidente que no era suficiente.
Las ropas de las gemelas, ahora hechas jirones, fueron desgarradas aún más. Alex sintió el frío de la noche contra su piel herida, un contraste brutal con el calor que había sentido durante su agonía. El mismo hombre se tomó su tiempo para girarlas de nuevo, obligándolas a enfrentar al público que observaba con una mezcla de admiración y horror.
Alex decidió no mirar a la multitud. Mantuvo la vista baja, resistiendo la humillación que Thantos deseaba que experimentara. Su cuerpo estaba expuesto a la mirada del pueblo, y la desesperanza era palpable en el ambiente.
—Llévenlas a las celdas, su castigo aún no ha terminado.
El hombre de antes las tomó y las arrastró por entre la gente que aún ellas no se atrevieron a mirar directamente. Aquí y allá se escucharon sonidos sofocados de admiración y de compasión. Algunos lloraban porque sabían lo que significaba que la oscuridad hubiera ganado.
Las chicas fueron conducidas por los pasillos y de ahí a una construcción rudimentaria en un lado del castillo. Tan antigua como el castillo mismo, la piedra se veía desgastada por el uso y llena de grietas en otras partes. Las pasaron a su interior, por una puerta de piedra a un sitio donde la oscuridad era algo más real de lo que ellas pudieran concebir en sus pesadillas.
Casi se podían saborear los olores, de tan potentes que eran. Alex percibió tierra y polvo antiguo, pero también sudor y sangre. No era un lugar para princesas, definitivamente, pero era un lugar para prisioneras de guerra.
Cuando sus ojos se acostumbraron, ya llevaban un largo trecho de niveles recorrido. Alex calculaba por el ahora marcado olor a humedad y el sonido corriente del agua, que debían estar ya bajo tierra. Había lámparas de luz azul, pero tan espaciadas unas de otras que apenas y servían para algo más que no fuera recordarles donde estaban.
Las celdas no eran más que habitaciones hechas en la piedra, con un pesado canto rodado por puerta que se encajaba en muescas en el suelo, practicando un cierre casi hermético. Había una pequeña abertura con rejas de metal por la que los carceleros debían revisar que todo estuviera en orden dentro, pero no entraba más que oscuridad por ahí.
Antes de ser separadas, las gemelas se miraron una última vez. Sabían que estaban a punto de ser divididas.
—No te culpo por nada de esto —reiteró Camryn, con una voz apenas audible antes de ser empujada dentro de su celda y ver cómo se sellaba la abertura.
Alex, dejándose llevar hacia su propia celda, suspiró con resignación—. Deberías.